Testigos de la persecución

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo II

Testigos de la persecución

Por Tom Nettles 

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo II

Rústico, el prefecto de Roma, estaba tan decidido a obligar a los cristianos a obedecer los dioses romanos que les prometió una muerte extremadamente dolorosa si se rehusaban. Pero Justino Mártir, un maestro de la fe cristiana que residía en Roma en ese tiempo, resistió su acoso con una presentación calmada y firme de la verdad cristiana. Finalmente, el prefecto confrontó a Justino con una pregunta fundamental: «¿Supones entonces que ascenderás al cielo a recibir alguna recompensa?». Justino le respondió: «No lo supongo, sino que lo sé y estoy totalmente persuadido de ello».

Tan seguro estaba Justino de las verdades de la fe cristiana que podía decir con confianza: «Ninguna persona que piense correctamente se aleja de la piedad a la impiedad». Pero no siempre había estado tan seguro.

Aprendemos de su diálogo con Trifón, un inquisidor judío, que Justino nació de padres paganos en Flavia Neapolis, una ciudad de Samaria en Palestina. Estudió filosofía intensamente bajo varios maestros: un estoico, un peripatético, un pitagórico y un platonista. Aunque el platonismo le dio a Justino más satisfacción que los otros sistemas filosóficos, no le proveyó la certeza de la verdad que estaba buscando.

La conversión de Justino en el año 130 d. C. vino después de una vigorosa discusión con un cristiano experimentado. Tal conversación expuso la superficialidad de la comprensión de Justino de la verdad y lo llevó a considerar seriamente a Cristo. Consumido por un celo por conocer a los profetas y a los «amigos de Cristo», comenzó a estudiar las palabras de Jesús. Concluyó, como lo dice en sus palabras a Trifón, que la enseñanza de Cristo «era la única filosofía verdadera».

Después de su conversión, Justino estableció una «escuela» en Roma para enseñar la fe cristiana y debatir con los paganos. Procuró también hacer evangelismo entre los judíos. Sus enseñanzas le dieron una amplia notoriedad entre los intelectuales de la ciudad y le llevaron a un debate con un influyente filósofo cínico llamado Crescente. El derrotar a Crescente en este debate fue probablemente lo que condujo a su arresto y a su eventual decapitación en el año 165 d. C., inmediatamente tras el juicio de Rústico. 

La mayoría de los escritos de Justino no están disponibles para nosotros hoy. Nuestro conocimiento de su pensamiento, por lo tanto, viene de dos obras conservadas: Apología (I y II) y Diálogo con Trifón. Estas obras nos facilitan una deleitante entrada a la mente de Justino y nos muestran cómo presentó el evangelio a su cultura, dándole forma y definición a la fe de paganos y judíos.

Tres Temas Comunes 

Hay tres características que son comunes al testimonio de Justino tanto a los paganos como a los judíos. Lo fundamental de todo es la regla de la fe, es decir, los aspectos históricos de la misión redentora de Jesús.. En segundo lugar, el cumplimiento de Jesús de la profecía del Antiguo Testamento encuentra aplicación apropiada e ingeniosa para las muy diferentes audiencias de Justino. En tercer lugar, Justino presenta claramente a Jesús como el eterno Hijo de Dios, digno de adoración, y desde Su encarnación, un verdadero hombre. En todas sus presentaciones, Justino sostiene la Escritura como la más alta y única inerrante autoridad, incapaz de contradicción. Su apego profundo a las doctrinas del cristianismo, por las cuales está dispuesto a morir, le da poder a su enérgica defensa.  

Por ejemplo, Justino presenta repetidamente los eventos de la vida de Cristo ante Trifón como virtualmente auto-evidentes de Su mesianismo. «Pero si Juan llegó como precursor —señala Justino— exhortando a los hombres a que se arrepientan, y luego llegó Cristo …y predicó el evangelio en persona, afirmando que el Reino de los cielos es inminente, y que tenía que sufrir mucho en manos de los escribas y fariseos, y ser crucificado, y levantarse otra vez al tercer día, y aparecer nuevamente en Jerusalén para comer y beber con Sus discípulos», estos hechos en sí mismos muestran que Él cumple todas las profecías y tipos del Antiguo Testamento. Justino cita y ofrece exposición de grandes porciones de la profecía para demostrar que en la aparición de Cristo en el mundo, Sus enseñanzas, Sus sanaciones, Sus sufrimientos y muerte, Su resurrección y ascensión, y Su promesa de venir otra vez, solo Él podía cumplir las profecías del Antiguo Testamento. 

Estos mismos hechos del evangelio sirvieron a Justino para argumentar tanto la claridad y la antigüedad de la verdad en el cristianismo como la vaguedad del paganismo y la filosofía griega.  Aunque Justino concede demasiado al decir que «los que han vivido por la razón son cristianos», incluyendo a varios de los antiguos filósofos griegos, su punto es que cualquier verdad real que hayan descubierto se hace más clara en la persona, enseñanzas y obra de Cristo. «Por  todo lo que se ha dicho —argumentó Justino insistentemente— un hombre inteligente puede entender por qué, a través del poder de la Palabra, de acuerdo con la voluntad de Dios, el Padre y Señor de todo, Él nació como hombre de una virgen, se le puso por nombre Jesús, fue crucificado, murió, resucitó y ascendió a los cielos» (Apología, 46). La aparición de Cristo en la tierra para hablar las palabras que el Padre le dio y para llevar a cabo la tarea redentora que el Padre le asignó, así como Su cumplimiento de todo lo que los profetas dijeron sobre Él, le da credibilidad superior a todas las enseñanzas del cristianismo.

Argumentos para los paganos 

Justino usó algunos argumentos especialmente diseñados para confrontar el paganismo. Uno era su insistencia en la superioridad moral del cristianismo. Él usa muchos ejemplos de la crudeza de la cultura pagana, de cómo excusan injustamente sus abominaciones y cómo hipócritamente acusan a los cristianos de crímenes morales de los cuales ellos mismos son los verdaderos perpetradores.  Escribe: «Nosotros los que antes nos deleitabamos en las impurezas, ahora nos aferramos a la pureza» porque «nos consagramos al buen e inconcebido Dios» (Apología, 14).  Los dotados artesanos que hacían dioses paganos son «hombres licenciosos… experimentados en todo vicio conocido», quienes «hasta deshonran a las doncellas que trabajan con ellos». ¡Qué estupidez! Las enseñanzas de Cristo, citadas abundantemente por Justino, muestran la clara superioridad moral del cristianismo y también lo absurdo de las acusaciones falsas presentadas contra los cristianos.

La determinación de los cristianos de escapar de la contaminación mundana y revertir los estándares aceptados de crueldad e irrespeto por la vida, aunque provocan la ira del mundo en el proceso, muestra que su entendimiento moral está fundamentado en la verdad eterna.

Justino también argumentó que el cristianismo se destingue en la claridad de la verdad. Ridiculizó la ingenuidad y criticó la inconsistencia de los griegos que recibían, sin prueba, las enseñanzas de que, cuando se trataba sobre Cristo con mayor amplitud y con demostración histórica, lo condenaban como un absurdo. Justino se aprestó a demostrar que el absurdo pertenecía a los paganos porque la verdad estaba en Jesús.

En el argumento de Justino, la prueba consiste de tres elementos: realidad histórica, cumplimiento de la profecía y argumentos superiores. Primero, el cristianismo se deleita en la irreducible realidad de sus eventos históricos. No existe evidencia histórica o documentación para las fábulas que se cuentan de Zeus, Júpiter, Minerva y demás. Aun si existiera evidencia histórica, sería inservible ya que esas deidades no inspiran o redimen la humanidad sino que la brutalizan y la degradan. No obstante, la certeza de las acciones y las palabras de Jesús va mucho más allá de todo cuestionamiento, como materia de documentación y como tema recordado en las comunidades cristianas.   

Segundo, el cumplimiento de la profecía de Jesús, como ya se mencionó, fue dominante, preciso e imposible de inventar. El mundo estaba cuidadosamente preparado para Su venida a través de las Escrituras del Antiguo Testamento. Juan el Bautista la anunció inmediatamente antes de Su aparición, y Jesús reclamó ser el cumplimiento de todas las profecías. Estos hechos muestran que Él nos da verdadero conocimiento de Aquel que creó el mundo, lo sostiene, conoce todas las cosas y da tanto recompensas como castigos eternos de acuerdo con los principios de justicia inefable. 

Tercero, por causa de que Jesús es la manifestación histórica de la verdad, y no hay verdad que Él no haya originado, todo lo que es verdadero tiene su fundamento en Cristo. Justino argumentaba que todo lo que fue correctamente planteado por los filósofos vino como resultado de la contemplación seria y dificultosa de «alguna parte del Logos». Por causa de que no podían contemplar la «Palabra completa», aun cuando hablaban bien, algunas veces se contradecían a sí mismos y siempre sabían que hablar de Dios era un asunto difícil. Cristo, sin embargo, habló con amplitud, precisión absoluta y confianza total. Sus palabras provenían de Su propio poder, que surgiendo del entendimiento intrínseco y divino. Nadie está dispuesto a morir por Sócrates o Heráclito. Pero por la causa de Cristo, no solo el educado y filosófico, sino también el obrero, los esclavos y el inculto, no solo menosprecian toda gloria, sino que tampoco le temen a la muerte. 

Justino argumentó de forma convincente contra los principios dominantes de varios sistemas filosóficos, mostrando la absurdidad a la que conducían. Tales fueron sus interacciones con el cinismo y el estoicismo, así como sus claras opiniones sobre los epicúreos y de gran número de poetas obscenos.  A pesar de su gran respeto por el platonismo, lo veía como inadecuado, porque la «simiente de algo y su imitación …es una cosa, pero la cosa misma, que es compartida e imitada de acuerdo a Su gracia, es totalmente otra».  

El propósito de Justino no era puramente defensivo ante el paganismo, sino que «de modo que si fuera posible, llegaran a convertirse». Concluyó su segunda apología con la plegaria de que «los hombres de toda nación consideren conveniente el recibir la verdad». 

Argumentos para los judíos 

La presentación de Justino a los judíos tenía mucho del mismo contenido teológico pero el contexto y empuje de sus argumentos eran diferentes. No obstante, su celo por la evidencia permaneció intacto. Él le dice a Trifón: «Te probaré, aquí y ahora, que no creemos en mitos infundados ni en enseñanzas que no estén basadas en la razón, sino en doctrinas que son inspiradas por el Espíritu Divino, abundantes de poder y llenas de gracia».  

Justino compartió con su audiencia judía la creencia en la revelación divina, en la inspiración del Antiguo Testamento, en la unidad de Dios y en la promesa de un Mesías. Sin embargo, de varias maneras infinitamente importantes, vió el cristianismo como superior. Los cristianos tienen un entendimiento preciso del significado del Antiguo Testamento porque perciben su tipología (tales como el Éxodo, la serpiente en el desierto, el sistema de sacrificios, la redención de Rahab y así sucesivamente) como cumplida en Cristo. Saben que la circuncisión es cumplida en la circuncisión del corazón. La profecía es clara para ellos porque la ven en el contexto de los eventos de la vida de Cristo. Su conocimiento del pacto es más completo porque son los recipientes del nuevo pacto prometido en el antiguo. Y mantienen un conocimiento más maduro de Dios porque conocen al Ungido, el verdadero Hijo de Dios, cuyo engendramiento asegura que Él es de una naturaleza con el Padre y por lo tanto es digno de adoración. 

Después de laborar con profundo denuedo e intensidad para convencer a Trifón y a sus amigos de la verdad de la obra de Cristo para la redención de los pecadores, Justino cerró su diálogo con estas palabras: «Les ruego que pongan todo su esfuerzo en esta gran lucha por su propia salvación, y que abracen al Cristo del Dios Todopoderoso en lugar de a sus maestros». 

De la misma manera, nuestra pasión por la verdad también debe incluir una preocupación por las almas.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

La exposición de los lobos

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo II

La exposición de los lobos

Por Harold O.J. Brown

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo II

El siglo II de la era cristiana vio a la Iglesia emerger de las sombras y comenzar a empuñar armas en el mundo de las ideas. 

El inicio no fue fácil. A principios de siglo, el emperador Trajano (98-117), uno de los cuatro «emperadores buenos» (junto con sus sucesores Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), tomó como política no buscar cristianos y rechazar las denuncias anónimas. De este modo, los cristianos eran perseguidos solamente cuando se daban a conocer. Esta política pudiera entenderse como tolerante y benevolente, pero el resultado, por supuesto, fue el martirio precisamente de aquellos cristianos que no estaban dispuestos a guardar silencio sobre su fe. 

Las autoridades imperiales no fueron los únicos que hostigaron a los cristianos. La hostilidad pagana hacia el cristianismo creció a lo largo del siglo, y numerosos paganos escribieron duramente en contra de este. Los más famosos fueron Luciano de Samósata y el filósofo Celso, cuya diatriba anticristiana, Discurso Verdadero, inspiró la obra apologética de Orígenes de Alejandría, Contra Celso

No obstante, fue un movimiento al interior de la misma Iglesia, un movimiento que se mostraba a sí mismo como una élite, con un entendimiento superior del cristianismo, el que presentó el desafío más significativo a la Iglesia creciente. Este movimiento fue conocido como gnosticismo. 

Irónicamente, el martirio de Potino, obispo de Lyon en la Galia, quien fue llevado a la muerte por Marco Aurelio, el «emperador filósofo», alrededor del 177 d. C., trajo a la fama al hombre que más hábilmente respondió a los gnósticos. Ireneo sucedió a Potino como obispo y llegó a ser uno de los más efectivos defensores tempranos de la verdad cristiana, entregándole a la Iglesia una clara definición frente a la desviación más peligrosa de la ortodoxia cristiana. 

En una época se creyó que el gnosticismo había surgido desde dentro de los círculos cristianos, esto debido a que se había hecho notorio principalmente por los intentos de los cristianos ortodoxos de refutarlo. Más recientemente ha salido a la luz que el gnosticismo, por el cual se entiende un fenómeno subversivo existente dentro del campo cristiano, era el aspecto cristiano de un movimiento gnóstico mucho más grande, que incluso afectaba al judaísmo y al mundo pagano. Hoy existe un paralelo distinto al movimiento gnóstico del segundo siglo. Es conocido como Nueva Era, y tal como el antiguo gnosticismo, tiene representantes dentro de la cristiandad y fuera de ella. 

El gnosticismo, así como el movimiento gnóstico más amplio fuera de la Iglesia, era un fenómeno de muchos rasgos como para caracterizarlo en un par de párrafos —tal como lo es hoy la Nueva Era— pero hay algunas características sobresalientes que eran comunes a la mayoría de los gnósticos. Como su nombre implica (tomado de la palabra griega gnosis, que significa «conocimiento»), los gnósticos consideraban que el conocimiento, o un tipo particular de conocimiento, era la clave para la comprensión de toda verdad y la fuente de salvación. Los gnósticos «cristianos» enseñaron que el Cristo de los Evangelios y los Evangelios mismos eran de hecho una revelación, pero de un nivel inferior, adecuada para los de mente simple (tal como el mundo intelectual y la élite mediática mira hoy a la religión evangélica).

Por lo tanto, el gnosticismo era elitista, pues consideraba que solo una parte de la humanidad, la verdaderamente espiritual, era capaz de recibir la gnosis salvadora o conocimiento oculto, que se transmitía en secreto y que no estaba disponible para la gran masa de personas. Las personas menos espirituales, irremediablemente sumidas en el mundo material, eran rechazadas como «terrenales».

En términos tanto de contenido como de actitud, el movimiento gnóstico representaba una tendencia humana recurrente; como ya se ha sugerido, ha reaparecido en nuestra propia época como el movimiento Nueva Era, con su increíble variedad de ideas fantásticas. Por esta razón, es útil observar el gnosticismo cuasi-cristiano y ver cómo la Iglesia evitó ser subvertida por él, con Ireneo como figura destacada en la lucha.

El combate no solamente se libró en el plano intelectual; parte de la razón del éxito que tuvo la Iglesia en su autodefensa yació en la prontitud con la que líderes de congregaciones individuales tomaron medidas contra los infiltrados o conversos gnósticos. Estos fueron rápidamente identificados, denunciados como falsos creyentes y expulsados. La mayoría de los líderes verdaderamente cristianos reconocieron instintivamente el peligro de tolerar sus ideas, que alegaban, tal como lo ofrecieron, un tipo de conocimiento más elevado a la élite intelectual o la élite en potencia en sus congregaciones. Aún así, la pronta acción disciplinaria de los líderes congregacionales no habría sido suficiente sin el trabajo de los primeros teólogos, quienes contrarrestaron la amenaza gnóstica al tratar en detalle tanto sus principios generales como sus errores particulares.

Uno de los enfoques favoritos de los gnósticos era afirmar que creían y respetaban las enseñanzas del evangelio, y que simplemente estaban trayendo verdades más grandes y secretas a aquellos que eran lo suficientemente espirituales como para recibirlas. En consecuencia, una de las principales tácticas de opositores tales como Ireneo fue insistir en que el mensaje canónico del evangelio era completamente suficiente y que otras verdades aparentes no eran mejoras sino que, de hecho, representaban un peligro real para la salvación, porque la salvación viene por creer en el evangelio, no por aceptar una gnosis elitista.

La necesidad de definir, aclarar y justificar la legítima creencia cristiana frente a las nociones fantasiosas del gnosticismo llevó a Ireneo a producir una de las primeras obras importantes en la teología cristiana, Adversus Haereses [Contra las herejías]. Al leer a Ireneo, incluso podríamos decir que el gnosticismo fue una ayuda para el cristianismo porque estimuló la buena teología cristiana.

Ireneo sucedió a Potino como obispo de Lyon alrededor del 177 d. C., luego de que Potino fuera martirizado. Anteriormente, había sido discípulo de Policarpo, quien también había sido martirizado ya anciano cerca del 167 d. C., durante el reinado del mismo «emperador bueno», Marco Aurelio. Por lo tanto, Ireneo sabía de primera mano el peligro de defender a Cristo en el mundo multicultural y tolerante a la religión del emperador filósofo. Los cristianos del siglo XXI en Estados Unidos probablemente no enfrentan un peligro mayor que ser despreciados y posiblemente perder sus empleos por presentar la enseñanza exclusivista de que la salvación se encuentra solo en Jesucristo. Pero si Ireneo pudo defender la verdad cristiana contra el gnosticismo en los días en que atraer la atención pública como cristiano podía llevar a la muerte, ciertamente deberíamos ser capaces de rechazar sus variantes modernas cuando el peor peligro que corremos es ser denunciados como políticamente incorrectos o intolerantes. Desde la perspectiva de los protestantes ortodoxos del siglo XXI, la exaltación de Ireneo de la suficiencia del evangelio contra las supuestas mejoras de los gnósticos también ofrece un ejemplo útil de cómo manejar la afirmación del catolicismo romano de que la tradición es una fuente esencial de doctrina además de las Escrituras.

El gnosticismo presentaba tres grandes amenazas para los primeros cristianos. Primero, se agregaron «verdades» gnósticas secretas al registro del evangelio, diluyendo los fundamentos de la fe bíblica con enseñanzas extrañas y a menudo fantásticas. Segundo, la afirmación de los maestros gnósticos de tener acceso a verdades secretas socavaba la autoridad de los obispos y presbíteros. Tercero, la impartición de la gnosis solo a un cuerpo selecto o autoseleccionado de buscadores dividió las congregaciones y les dio a los gnósticos neófitos una razón para exaltarse a sí mismos como miembros verdaderamente «espirituales» de una clase de élite muy por encima del rebaño común de aquellos que tenían únicamente una «fe simple».

Además de la Nueva Era, el gnosticismo del siglo II tiene un paralelo en nuestros días en otro tipo de tentación gnóstica, a saber, una fascinación por la experiencia teológica y una disposición acompañante para tomar lo que los «expertos» nos dicen en sus palabras. Algunos que han obtenido doctorados y otras distinciones en el estudio de las Escrituras y la teología actúan como si supieran algo nuevo y verdaderamente esencial, a lo que los cristianos más simples solo pueden acceder al escucharlos. Naturalmente, estos «cristianos más simples», crédulos, inadvertidamente alimentan el elitismo autoinfatuado de estos maestros cuando con su aprendizaje superior difieren, cuestionan o contradicen las claras enseñanzas de las Escrituras.

Como obispo, Ireneo comenzó insistiendo en la autoridad de la comunidad de obispos, afirmando que uno puede estar seguro de la verdad solo si está en comunión con los líderes que han sido designados para defenderla. Su insistencia en la autoridad de los obispos como grupo y no en el obispo de Roma como único jefe de la Iglesia a menudo se ha utilizado como argumento en contra de la supremacía papal. En un controvertido pasaje en Contra las herejías, Ireneo habla de Roma como el lugar donde las iglesias se reúnen y dan fe de su unidad, pero no el lugar al que se someten.

Nadie de la generación de Ireneo pudo estar mejor arraigado que él en la tradición ni, de haber sido necesario, tenido un mejor acceso al conocimiento secreto, porque Ireneo había sido alumno de Policarpo, y Policarpo había sido alumno del apóstol Juan. Esta herencia le da a sus escritos la autenticidad inusual de una conexión distante con el último de los discípulos originales de Cristo. Si Cristo realmente hubiera impartido un conocimiento secreto a su círculo más íntimo durante los 40 días posteriores a la resurrección, que es una de las supuestas fuentes de gnosis, Ireneo habría estado en una buena posición para aprenderlo.

Al igual que Lucas en su Evangelio y en Hechos, Ireneo escribió Contra las herejías para un amigo. El amigo le había preguntado sobre el sistema de Valentín, un atractivo maestro que quería ser considerado un verdadero cristiano, solo que más conocedor (gnóstico) que el rebaño común. Valentín, el gnóstico más importante del siglo II, era un hombre altamente educado y sensible, lleno de celo y pathos religioso. Desafortunadamente, sus doctrinas transformaron la fe simple del evangelio en algo muy diferente. Podríamos comparar a Valentín con un teólogo moderno cuya genialidad y encanto nos hacen perder de vista la naturaleza errónea de sus enseñanzas.

En varios capítulos del Libro I, Ireneo describe el elaborado sistema de Valentín con cierto detalle; de hecho, Contra las herejías es una de nuestras mejores fuentes para conocer a Valentín y su típico rechazo gnóstico de la doctrina bíblica de la creación. Para los gnósticos, la entidad espiritual suprema era demasiado elevada para que se contaminara (a sí misma) mediante la producción o interacción con la materia básica. (La adhesión de la mayor parte del mundo educativo contemporáneo a la evolución naturalista es una presuposición tan grande como la idea gnóstica de que el espíritu no puede afectar la materia). A los ojos gnósticos, la materia era mala y el único Proarché (Protoprincipio) espiritual del cual vinieron todas las cosas no pudo haberse contaminado mediante el contacto con ellas. Valentín, por lo tanto, concibió un orden descendente de entidades espirituales, llamadas eones, un número inmenso con muchos nombres exóticos, agrupados en formaciones con otros nombres exóticos, que incluyen, por ejemplo, la Pléroma (plenitud), la Ogdóada (grupo de ocho), la Década (10) y la Docena (12). Finalmente, al final de una larga y confusa lista de entidades espirituales cada vez menos puras, se genera el mundo burdo de la materia.

Por supuesto, Valentín realmente no tuvo éxito en explicar cómo la creación ex nihilo de la Escritura pudo ser pasada por alto por los eones espirituales que gradualmente se convirtieron en materia, pues nunca resolvió realmente la cuestión de cómo la materia puede existir a través de la degeneración de aquello que es espiritual. La proliferación de sus eones simplemente ocultó la contradicción.

Sin embargo, Ireneo lo expuso de manera brillante y con mucho humor. Luego de entrar en el sistema de eones de Valentín, con sus nombres imaginativos y fascinantes, Ireneo escribió una parodia que expone lo absurdo de evadir la doctrina de la creación mejor que cualquier descripción que podamos idear:

Nada obstaculiza a nadie, al tratar el mismo tema (el origen de la materia a partir del espíritu), para colocar nombres de la siguiente manera: hay un cierto Proarché (Protopincipio), real, que supera todo pensamiento, un poder que existe antes que cualquier otra sustancia, y extendido en el espacio en todas las direcciones. Pero junto con él existe un poder que yo llamo Calabaza, y junto con esta Calabaza existe un poder que nuevamente llamo Vacío Absoluto. Esta Calabaza y este Vacío, dado que son uno, produjeron (y, sin embargo, no produjeron, para estar separados de sí mismos), una fruta, visible en todas partes, comestible y deliciosa, que el lenguaje de las frutas llama Pepino. Junto con este Pepino existe un poder de la misma esencia, que nuevamente llamo Melón. Estos poderes, la Calabaza, el Vacío Absoluto, el Pepino y el Melón, produjeron la multitud restante de los melones delirantes de Valentín.

Ireneo merece respeto por la amplitud y claridad de su pensamiento, y se ubica entre los principales teólogos del cristianismo primitivo. Hizo mucho más que refutar el gnosticismo, contribuyendo a nuestra comprensión de la encarnación, de la obra de Cristo y de la naturaleza humana. Sin embargo, su exitosa defensa contra el gnosticismo haría más para las futuras generaciones que cualquier otro trabajo suyo. ¿Podemos seguir su ejemplo de los melones delirantes al tratar con los innumerables absurdos de la Nueva Era?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Harold O.J. Brown
Harold O.J. Brown

El Dr. Harold O.J. Brown fue profesor de teología en Reformed Seminario Theological Seminary en Charlotte, N.C.

La plenitud del tiempo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

La plenitud del tiempo

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el sexto y último capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

En el principio creó Dios…». Estas cinco palabras, las primeras en la Biblia, son como una bullosa trompeta retumbando en los oídos de los naturalistas seculares, porque ellas afirman tres verdades fundamentales con las que los hijos del postmodernismo siempre se atragantan. Esta tríada de verdades establece el escenario para toda la historia bíblica de la redención: hay un Dios, el universo fue creado por Dios y la historia tuvo un principio en el tiempo.

Los temas sobre la existencia de Dios y Su creación del universo son puntos de conflicto fundamentales frente a todas las formas de naturalismo. Estos temas, aunque merecen una atención especial, están fuera del alcance de este artículo. Quiero centrarme en el tercer punto, la verdad de que el universo tuvo un principio en el tiempo. Esto hace que la preocupación se reduzca a solo las primeras 3 palabras de la Biblia: «En el principio».

En el conflicto que existe entre el cristianismo y el naturalismo, la popularidad de la cosmología del big bang pareciera forzar un acuerdo en cuanto al punto de que el universo tuvo un principio en el tiempo. Se suele argumentar que el big bang, a través del cual toda la energía y la materia del universo explotó desde un «punto de singularidad» infinitesimal y comprimido, ocurrió hace unos 12 000 a 17 000 millones de años (suma o resta mil millones). Sin embargo, acechando bajo la superficie de la teoría se esconde la idea de que algo precedió al principio, que la materia y la energía existían antes de la explosión, en la eternidad pasada. De modo que, para algunos naturalistas, el big bang no describe realmente el principio  como tal, sino a un cambio radical en la forma y estructura de la realidad para la que no hay un principio. 

En el propósito eterno de Dios, el nacimiento de Jesús tuvo lugar en «la plenitud del tiempo».

En el mundo antiguo, la afirmación hebrea de un principio era algo radical. La teoría favorita de la historia, adoptada particularmente (pero no exclusivamente) por los filósofos griegos, fue la postura cíclica. Según este punto de vista, la historia no es lineal ni progresiva, más bien, da vueltas y vueltas en un círculo interminable. No tiene punto de origen ni punto de destino específico. Esto a menudo es visto como un esquema en el que la historia no tiene un propósito. Esta perspectiva pesimista es explorada y contrarrestada en el libro de Eclesiastés. El estribillo: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», describe una visión de la historia en la que el sol se pone y sale, pero nada nuevo aparece «bajo el sol». 

En contra de las teorías cíclicas de la historia se encuentra la perspectiva judeo-cristiana de una historia lineal progresiva que tiene un punto de partida específico y una consumación futura. Esta afirmación es crucial no solo para el conflicto entre el cristianismo y el naturalismo, sino también para las teorías críticas de interpretación bíblica. 

El enfoque neo-gnóstico de Rudolf Bultmann en cuanto a la teología fue la visión más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Él hizo una distinción en la Biblia entre lo que era historia y lo que era un mito. Partiendo de un marco de referencia naturalista, negó todas las cosas milagrosas de la narración bíblica. En su opinión, los milagros eran la cáscara mítica que necesitaba ser pelada para llegar al núcleo de la verdad histórica. A Bultmann no le molestó en su comprensión de la fe el afirmar que la Biblia estaba llena de mitología en sus narraciones cuasi-históricas. Intentó construir una teología de intemporalidad. Para él, la salvación no se lleva a cabo dentro de los límites de la historia, sino que es «supratemporal» o «transtemporal». El ámbito supra o trans es aquel que está por encima del ámbito de la historia y no está contenido en este. Bultmann abogó por una salvación que tiene lugar en el «aquí y ahora», en un plano existencial vertical, no en el plano horizontal de la historia. En este esquema, el contenido histórico de la Biblia no tiene por qué ser cierto en el sentido de la realidad. En el análisis final, ni siquiera importa si hubo un Jesús histórico. 

El historiador y erudito bíblico suizo Oscar Cullmann escribió en contra de esta violación radical al cristianismo bíblico. Al examinar las referencias cronológicas de la Biblia, Cullmann concluyó que el cristianismo bíblico es ininteligible aparte de su contexto histórico. La visión hebreo-cristiana de la historia está ligada a la fe judeo-cristiana. El cristianismo es acerca de un Dios que crea la historia, la gobierna y lleva a cabo Su plan de salvación en ella. Arrancarle al contenido de la Biblia su contexto histórico no es rescatarla de la crítica filosófica naturalista, sino entregarla al naturalismo filosófico. Un naturalismo cristiano es un oxímoron. 

Cullmann señaló la diferencia entre dos palabras griegas para «tiempo», chronos kairosChronos se refiere al paso normal del tiempo, momento a momento, a la historia normal de la que se hace una «crónica». Kairos se refiere a un momento específico en el tiempo que es especialmente significativo. Un momento kairos o «kairótico» define la importancia del pasado y del futuro. Para hacer esta distinción, veamos lo que significa que algo sea «parte de la historia» y que algo sea «histórico». Todo lo que sucede es parte de la historia, pero no todo es histórico. Sin embargo, todo lo que es histórico es también parte de la historia en el sentido de que toma lugar dentro del tiempo. Por lo tanto, los momentos kairos de los que habla la Biblia no son momentos fuera del tiempo, sino que tienen lugar en el contexto del chronos

En el propósito eterno de Dios, el nacimiento de Jesús tuvo lugar en «la plenitud del tiempo». Dios había gobernado la historia en preparación para ese momento kairótico, que ocurrió en la historia real. Es por esa historia real que el cristianismo se mantiene en pie o se cae.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

¿Una Iglesia del primer siglo?

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

¿Una Iglesia del primer siglo?

Por Douglas Wilson

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

No es raro escuchar a los cristianos modernos decir que asisten a una iglesia del Nuevo Testamento. Tomando en cuenta todo lo que eso podría significar, mi primer impulso es preguntar algo como: «¿Por qué querrías hacer eso?». ¿Borracheras en la Cena del Señor? ¿Controversias sobre tocino, idolatría y circuncisión? Por supuesto, si el que hace la declaración simplemente intenta afirmar la sola Scriptura, entonces no hay nada excepcional en esa opinión, aunque haría bien en incluir el Antiguo Testamento. Sin embargo, la situación suele ser mucho más compleja.

Un conjunto de suposiciones románticas sobre la revelación y la historia impulsa esta opinión. En este punto de vista, la Iglesia en el primer siglo era pura, bien gobernada y madura, y no fue hasta que los apóstoles empezaron a morir que las corrupciones comenzaron a inundarla. En esto vemos la típica creencia evangélica sobre la historia de la Iglesia: hubo una Edad de Oro que duró de cien a trescientos años, luego mil años o más de oscuridad. 

A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. 

Ahora, todos los herederos de la Reforma reconocen que sí hubo corrupciones de doctrina y de práctica —de lo contrario, ¿para qué hacer una Reforma entonces?— pero la posición protestante clásica  coloca el verdadero problema mucho más adelante en el tiempo, y lo ve como un proceso muy gradual que infectó a algunas facciones de la Iglesia mucho más que a otras. Por ejemplo, sabemos que en la corte de Carlomagno estaban sucediendo cosas maravillosas, y durante la Plena Edad Media encontramos a santos fieles trabajando en la obra del evangelio. 

La insatisfacción con la forma en la que algunas cosas marchaban fue lo que impulsó la Reforma, un movimiento desde dentro de la Iglesia para reformar esa misma Iglesia. Ahora, esto nos lleva de regreso al siglo I. Nuestras perspectivas de ese siglo son una buena prueba de fuego para los cristianos modernos. Una perspectiva es que la Iglesia moderna es una restauración: la Iglesia original casi desapareció, pero Dios la ha traído de vuelta. Esta mentalidad restauracionista ve la obra de Dios en este continente en los últimos dos siglos como si Dios hubiera comenzado de nuevo. Cuando se hace la pregunta: «¿Dónde estaba tu iglesia antes de (inserta la fecha de la fundación de tu denominación)?», la respuesta habitual es: «En el siglo I». Pero el protestante clásico, cuando se le pregunta dónde estaba su iglesia antes de la Reforma, responde preguntando: «¿Dónde estaba tu cara antes de que te la lavaras?». 

El contraste es entre una visión de la historia que ve la levadura trabajando a través del pan y una visión que ve el reino de Dios viniendo de manera definitiva pero inconstante, con altas y bajas. Según este último punto de vista, debido a que la Iglesia del primer siglo estaba completa, lo que tenemos ahora debe estar completo. Es una mentalidad de todo o nada. La visión inicial contempla espacio para el desarrollo, el retroceso, la reforma, el avance del credo y así sucesivamente; no es perfeccionista. Pero la suposición de todo o nada es perfeccionista, y esto explica su dogmatismo defensivo sobre las cosas más indefendibles. 

Considera algunos de los problemas con nuestros estilos de adoración, con nuestras tradiciones. Debido a nuestro compromiso a priori de ser «la Iglesia del Nuevo Testamento», tendemos a entender nuestras prácticas anacrónicamente.  A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. Es por esto que se ha llegado a creer que formas de adoración inventadas en la frontera de Kentucky fueron las prácticas de Pedro, Santiago y Juan. Un coro con tres acordes acompañados de una guitarra parece mucho más espiritual, simple, sencillo y piadoso que, digamos, una pared de tubos para un órgano. Y hay gente que realmente cree que el vino del Nuevo Testamento era 100% jugo de uva, y piensan esto porque alguien empezó a insistir en que era jugo de uva en algún lugar en Missouri hace poco más de un siglo. Pero a la luz de la historia, insistir en que Pablo sirvió jugo de uva en la Cena del Señor es tan tonto como afirmar que él usó una corbata. 

Algunas tradiciones de la Iglesia medieval se alejaron de los estándares establecidos por la Escritura en el primer siglo, y esta desviación era de condenar y requería una reforma. Los reformadores querían, con razón, regresar ad fontes, «a las fuentes». Sin embargo, las fuentes a las que apelaban no se limitaban a la Escritura, aunque la Escritura era la norma final e infalible. Los reformadores eran los mejores eruditos patrísticos en la Europa de su tiempo, y comprendían los patrones fieles que la Iglesia había seguido durante siglos. 

En contraste a esto, en lugar de ver nuestra era a la luz de la revelación y la historia subsiguiente, tendemos a colocar las Escrituras en un contexto cultural —el nuestro— y leerlas e interpretarlas de acuerdo a ello. Por la gracia de Dios, muchos de los elementos del evangelio han sido interpretados con precisión. No obstante, de muchas otras maneras, nuestras tradiciones evangélicas son simplemente tontas o absurdas, y esto se debe a que, en muchos aspectos, lo último que quisiéramos tener es una Iglesia del primer siglo.

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Douglas Wilson
Douglas Wilson

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.

La sangre de la vida

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

La sangre de la vida

Por John Piper

La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:14). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Piper
John Piper

El Dr. John Piper es fundador y profesor de Desiring God y Chancellor de Bethlehem College and Seminary en Minneapolis, Estados Unidos. Es autor de muchos libros, entre ellos: Cuando no deseo a Dios y Viviendo en la Luz: Dinero, Sexo & Poder.

¡Vayan!

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

¡Vayan!

Por Dennis E. Johnson

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Con sus esperanzas frustradas por la muerte de su Maestro, dos de los amigos de Jesús caminan apesadumbrados hacia Emaús. Al encontrarse con un «extraño» en el camino, le explican cómo la crucifixión de Jesús ha hecho añicos sus sueños: «Nosotros esperábamos que Él era el que iba a redimir a Israel» (Lc 24:21). Escucha su desilusión: «Habíamos esperado, pero luego Él murió». 

Pero ahora, semanas después, sus esperanzas están vivas nuevamente, emergiendo con Él de Su tumba. Ellos han visto a Jesús, misteriosa pero tangiblemente vivo de nuevo, una y otra vez. El sueño en sus corazones alcanza la punta de sus lenguas: «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el Reino a Israel?» (Hch 1:6). Ciertamente un Dios que ha rescatado de la tumba a Su Mesías puede desterrar a los infieles opresores de Su tierra, quebrando el yugo que tenían en el cuello de Su pueblo.

Sin embargo, a los ojos de Jesús, los sueños más descabellados de Sus discípulos en cuanto al resurgimiento de Israel no son lo suficientemente grandes. Dios tiene una agenda de Reino más grande de lo que ellos han imaginado, una que minimiza su insignificante preocupación por el rango de Israel en el orden jerárquico político. Jesús les recuerda que el tiempo de Dios no es asunto de ellos (como les había dicho antes en Mr 13:32); luego Él expande sus horizontes con respecto al Reino de Dios: «Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). De esta promesa fluye el resto del relato de Lucas de «los Hechos», pero no los de los apóstoles. Al caracterizar su evangelio como un relato de «todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» (Hch 1:1), Lucas da a entender que Hechos relata todo lo que Jesús siguió haciendo y enseñando después de ascender al cielo. La diferencia es que ahora Él reina como Señor y Cristo en el cielo, extendiendo Su gobierno sobre la tierra a través del poder del Espíritu en la palabra de Sus testigos. 

La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando.

La luz se mueve en forma de ondas, como las ondas en un estanque que se propagan desde el punto donde la piedra atravesó la superficie. Obediente al mandato del Señor, la Iglesia espera al Espíritu en Jerusalén y, cuando este llega en poder, ella da su primer testimonio valiente allí. Aunque el lugar es la capital de Israel, sus oyentes constituyen los primeros frutos de una cosecha mundial (de manera apropiada, ya que la Ley estableció a Pentecostés como una fiesta de los primeros frutos, Nm 28:26). Lucas inserta una lista de nacionalidades (Hch 2:9–11) que evoca la lista de naciones que precedió a Babel (Gn 10) con el objeto de subrayar el movimiento centrífugo geográfico y demográfico del Reino. A medida que el evangelio es proclamado, una gran cantidad de gente de todas partes se precipita a este. La Iglesia crece de ciento veinte a más de tres mil en un solo día, y los números pronto superan los cinco mil (Hch 4: 4). 

El aumento trae oposición y sobrecarga administrativa. Los apóstoles pasan las noches tras las rejas y los días presentándose ante los celosos agentes de poder del sistema judío, quienes amenazan con serias consecuencias a menos que los testigos de Jesús dejen de proclamarlo crucificado y resucitado. Sin embargo, los testigos no son libres para desistir; la autoridad de su Señor resucitado triunfa sobre la de los líderes del judaísmo. Obligados a obedecer a Dios por encima del hombre, ellos explican con calma: «No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (4:20; cf. 5:29). 

La fructuosidad del evangelio en gran número, así como las diferencias de idioma, interfieren en el cuidado de la Iglesia para con las viudas de habla griega, amenazando su unidad (6:1). La solución es una distribución de la autoridad de liderazgo, con siete hombres sabios y de confianza (todos con nombres griegos, ¡y uno que era un prosélito gentil!) designados para supervisar los ministerios de misericordia, liberando a los apóstoles para servir a la gente con la Palabra de Dios y la oración (Hch 6). La Palabra sigue creciendo (6:7), porque la Iglesia crece por la Palabra (ver 12:24; 19:20; Col 1:6). 

A través de Esteban y sus colegas, el Reino irrumpe como una ola sobre los muros de Jerusalén, esparciéndose por toda Judea y Samaria, llevado por cristianos dispersos ​​por la persecución como si fueran semillas que dan vida (Hch 8:1). Esteban abre las compuertas al declarar que Dios (quien no está encerrado en templos hechos por el hombre) puede estar con Sus siervos en cualquier lugar: con Abraham en Mesopotamia, con José en Egipto y con Moisés en el Sinaí (7:2, 9, 30). Esteban sella su testimonio con su sangre, y su paz frente a la muerte enciende el celo de Saulo, quien no descansará hasta que haya borrado esta amenaza a sus preciadas tradiciones (8:3). 

Felipe, consiervo de Esteban, es dispersado hacia el norte hasta Samaria (8:4-25) y luego hacia la costa (8:26-40). Por medio de él, el Reino de Dios rompe dos barreras demográficas más. Los samaritanos son mestizos étnicos y sincretistas religiosos, que se adhieren a los libros de Moisés pero añadiéndoles elementos paganos (2 Re 17:24-41 nos da una pista sobre sus antecedentes). Sin embargo, el Jesús que Felipe predica irrumpe como la luz del día en corazones nublados con superstición y magia. Al poco tiempo Pedro y Juan siguen los pasos de Felipe e incorporan a los creyentes samaritanos en la Iglesia bautizada en el Espíritu (Hch 8:14-25). 

La segunda barrera es aún más alta: la pared aparentemente inviolable que separa a los judíos de los gentiles incircuncisos (Ef 2:14-15). El tesorero de Etiopía ha hecho una peregrinación al templo de Dios en Jerusalén, y de regreso está desconcertado por un precioso pergamino que contiene la profecía de Isaías sobre el Siervo Sufriente (Hch 8:26-39). Este dignatario no puede ser un prosélito del judaísmo. Él es un eunuco, y su discapacidad, así como su linaje gentil, lo excluyen doblemente de la asamblea del Señor (Dt 23:1). Pero ahora un nuevo día ha llegado. Dios ahora da la bienvenida tanto a los eunucos como a los extranjeros a Su nuevo templo, abrazando a los «extranjeros» en Su gracia (Is 56:3-8). 

Pedro sigue a Felipe hacia el oeste hasta la costa, llegando a Jope a tiempo para su cita divina con los emisarios de un centurión romano, Cornelio (Hch 10-11). A los ojos de los judíos, Cornelio es un gentil piadoso, pero todavía incircunciso y, por lo tanto, fuera del pueblo de Dios (10:1-2; 11:3). Pero aún más grave, Cornelio necesita el perdón que se encuentra solo en el nombre de Jesús (10:43). Este perdón él y sus amigos lo reciben por fe mientras Pedro predica y el Espíritu inunda sus corazones y llena sus bocas de alabanza (10:44-46). El tsunami de la gracia ha reventado el muro entre judíos y gentiles de una vez por todas. En poco tiempo, una vibrante Iglesia multiétnica está creciendo en la cosmopolita Antioquía de Siria (11:19-30). 

Mientras tanto, el objetivo de Saulo ha sido destruir la Iglesia (Hch 9:1-2). Pero Jesús tiene otros planes. Aunque lleva consigo órdenes de arresto para los cristianos, Saulo se encuentra a sí mismo arrestado mientras al acercarse a Damasco, derribado por la deslumbrante gloria del Señor a quien él persigue capturado por la gracia soberana para llevar el nombre de Jesús «en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel» (9:15). En Hch 13-28 escuchamos a Saulo (Pablo) dirigirse a cada una de estas audiencias, llevando el evangelio desde la costa de Israel hasta la capital del César.

Desde Antioquía, el Espíritu Santo envía a Bernabé y Saulo a las costas al otro lado del mar (ver Is 42:449:1), comenzando con Chipre y el sur central de Asia Menor (Hch 13-14). Después del concilio apostólico que confirma de manera decisiva que Dios reúne a los gentiles por la fe en Jesús, no por la circuncisión en la carne (Hch 15), Pablo parte con un nuevo compañero, el profeta Silas. Como si fuera un pastor alemán celestial, el Espíritu de Jesús le impide la entrada a las provincias de Asia y Bitinia, guiándolos hacia el oeste hasta la costa del mar Egeo (16:6-8). En respuesta a una visión, cruzan el mar y entran en Macedonia, llevando el evangelio a Europa. 

A través de Pablo, que una vez fue el perseguidor violento  pero ahora es el defensor apasionado, la Palabra impacta a los judíos y a los gentiles piadosos, conocedores de las Escrituras y de la tradición de la sinagoga (Hch 13:13-49). La Palabra también brilla en la oscuridad de los politeístas supersticiosos (14:8-18) y de los intelectuales sofisticados (17:16-34). Jesús el Señor comparte Su papel de siervo con Sus siervos: «Te he puesto como luz para los gentiles, a fin de que lleves la salvación hasta los confines de la tierra» (13:47). 

Pablo finalmente llega a Roma en los confines de la tierra (desde la perspectiva  de Israel), aunque el evangelio ya ha echado raíces allí para cuando él llega (Hch 28:15; ver Rom 1:8) y ha impactado incluso la casa de César (Flp 4:22). Lucas cierra apropiadamente su relato con una afirmación paradójica de que Pablo, aunque encadenado «24/7» a guardias romanos, predica a Jesús y Su Reino sin estorbo (Hch 28:31). Aunque Pablo está encadenado, la Palabra de Dios no lo está (2 Tim 2:9). 

El heróico despliegue del evangelio a través del imperio más poderoso del mundo antiguo nos deja sin aliento. Nuestra predecible y ordinaria vida hace que esos emocionantes días de antaño parezcan casi míticos en su grandeza: la agonía de los azotes soportados con gozo «por Su nombre» (Hch 5:41) y el éxtasis de los corazones esclavizados puestos en libertad. Pero el Espíritu de Dios que movió a Lucas a escribir esta historia santa (¡no un mito!) no nos dio a Hechos para despertar la nostalgia por los «buenos viejos tiempos». La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando. El Espíritu que empodera a los testigos de Jesús no es dado solo a los apóstoles que presenciaron Su resurrección, sino también a todos los que obedecen el llamado del evangelio de Dios (Hch 5:32). La Palabra que hizo crecer a los hombres sigue creciendo y con su luz los ojos cegados ven la gloria del Señor y los confines de la tierra son testigos de la salvación de nuestro Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Dennis E. Johnson
Dennis E. Johnson

El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

Como el relámpago sale del oriente

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

Como el relámpago sale del oriente

Por Kenneth L. Gentry, Jr.

Los cristianos están muy conscientes del significado histórico-redentor sin paralelo de la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión de Cristo. Estamos igualmente bien informados de Su victorioso derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia en Pentecostés. Sin embargo, muy pocos creyentes están apercibidos del significado del derramamiento de la santa ira de Cristo sobre Jerusalén en el año 70 d. C.

El Antiguo Testamento está repleto de signos y símbolos que prefiguran la obra de Cristo.

Aún así, los acontecimientos del año 70 d. C. ocupan un lugar importante en la profecía del Nuevo Testamento, sirviendo como una dramática consecuencia de la primera venida. El holocausto del año 70 d. C.  aparece en varias profecías en el Evangelio de Lucas (Lc 13:32-3519:41-4421:20-24 y 23:28-31). Además, no solo es el tema de muchas de las parábolas del Señor (por ejemplo, Mt 21:33-4522:1-14), sino que es incluso la causa de Su triste lamento por Jerusalén (Mt 23:37). Y ese lamento introduce uno de Sus más largos discursos registrados, uno que inicialmente se centra en ese trágico año (Mt 24–25).

Consideremos el significado del año 70 d. C. en cuatro áreas:   

Corrobora la autoridad de Cristo 

La catástrofe del año 70 d. C. es el resultado de la palabra profética de Cristo, lo que corrobora Su autoridad mesiánica de una manera dramática. El año 70 d. C. demuestra que Su profecía no es solo una palabra verdadera de Dios (Dt 18:22) sino una palabra de juicio contra el pueblo de Dios.

La petición de los discípulos de una «señal» que marcara «la consumación de este siglo» (Mt 24:3) es lo que suscita el Discurso de los Olivos en Mateo 24 y 25. Hasta el 24:34, Jesús se enfoca en la destrucción de Jerusalén: la devastación de la ciudad santa y la conflagración de su santo templo se convierten en «la señal del Hijo del Hombre en el cielo» (v. 30, RV60). De modo que, cuando el holocausto del primer siglo estalla sobre Israel, definitivamente manifiesta la autoridad divina de Aquel que está ahora en el cielo (ver Mt 26:59-64Lc 23:20-31).

Muchos cristianos no entienden el significado de la venida de Jesús sobre las nubes en Mateo 24:30 por dos razones. Primero, no están familiarizados con los pasajes apocalípticos del Antiguo Testamento en los que los juicios divinos se manifiestan con venida de nubes (Is 19:1). Segundo, pasan por alto las pistas interpretativas en Mateo 24: la mención de la destrucción del templo (v. 2), el enfoque en Judea (v. 16) y la proximidad temporal de todos los eventos entre los versículos 4 y 34 (v. 34). De hecho, Jesús advierte a los mismos hombres que lo juzgaban: «Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo» (Mt 26:64b).

Ciertamente, así es como la Iglesia primitiva leía Mateo 24. Refiriéndose al año 70 d. C., Eusebio destaca «el pronóstico infalible de nuestro Salvador en el cual Él expuso proféticamente estas mismas cosas» (Historia eclesiástica, 3:7:1). 

Concluye la antigua economía 

El Antiguo Testamento está repleto de signos y símbolos que prefiguran la obra de Cristo. Sin embargo, la naturaleza misma de esa era tipológica exige que esta fuera un paso temporal hacia la plena conclusión redentora e histórica que Cristo propició , una etapa pasajera que avanza hacia un gran clímax. En efecto, la vitalidad del nuevo pacto no podía estar contenida en las restricciones del antiguo pacto de un pueblo étnico, una tierra geográfica y un templo tipológico, ya que «nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden» (Mt 9:17a). 

El Nuevo Testamento frecuentemente señala este cambio inminente en la administración pactual. Por ejemplo, Hebreos 8:13 declara: «Cuando Él dijo: «Un nuevo pacto», hizo anticuado al primero; y lo que se hace anticuado y envejece, está próximo a desaparecer». De hecho, el libro de Hebreos advierte a los judíos conversos que no se regresen al judaísmo, especialmente «al ver que el día [año 70 d. C.] se acerca» (Heb 10:25). Tal apostasía los regresaría a una copia material y a punto de  desaparecer de la verdad, porque Cristo ha llevado al pueblo de Dios a «un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos» (Heb 9:11; cp. 9:24). Dejando a un lado las estructuras del antiguo pacto, el año 70 d. C. asegura el esquema final del nuevo pacto. 

Confirma el ministerio a los gentiles    

La Iglesia primitiva estuvo tentada a descansar satisfecha en la misión judía (lo atestigua la experiencia de Pedro en Hechos 10-11). Con el creciente ministerio de Pablo, esto comienza a cambiar. Este importante cambio de enfoque de una misión judía palestina a una misión gentil mundial es finalmente sellada en el año 70 d. C. 

Regresando a Mateo 24, vemos que a raíz de la destrucción del templo, Cristo enviará a Sus «mensajeros» (angeloi en griego, aquí son mensajeros humanos) «con una gran trompeta y reunirán a Sus escogidos de los cuatro vientos» (Mt 24:31a). Así que, en la caída de Jerusalén, el jubileo final (ver Lv 25), la salvación eterna, será declarada para todo el mundo. Ahora que las restricciones del antiguo pacto son eliminadas para siempre, el mundo se convierte en el campo de misión para la Iglesia. 

Ciertamente, Pablo relaciona proféticamente el éxito final de la misión a los gentiles con la «caída» de Israel, es decir, su tropiezo con Cristo y la consecuente destrucción del año 70 d. C. Porque su caída es «riqueza para el mundo» y su fracaso es «riqueza para los gentiles» (Rom 11:12). En verdad, el «excluirlos a ellos es la reconciliación del mundo» (Rom 11:15a). 

Nos confronta con Su severidad 

El año 70 d. C. enfatiza la realidad, no solo de la bondad de Dios, sino también de Su severidad. Pablo advierte a los que se autodenominan el pueblo de Dios: «Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en Su bondad; de lo contrario también tú serás cortado» (Rom 11:22). 

La «severidad» que cae sobre los judíos en el año 70 d. C. muestra el juicio de Dios sobre su incredulidad y rebelión. Aunque Israel tenía una herencia gloriosa (Rom 9:3-5), aunque su «raíz es santa» (Rom 11:16), esta severidad ilustra trágicamente las consecuencias de fallar en una responsabilidad santa. Todos debemos aprender la lección aquí expuesta: «A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él» (Lc 12:48b). El juicio de Israel en el año 70 d. C. enfatiza la impresionante obligación que resulta del llamamiento divino. Pero mientras Israel se marchita bajo el calor abrasador de la severa ira de Dios, los gentiles florecen en las frescas aguas de la buena misericordia de Dios (Rom 11:12,15Hch 13:46-47). Tal es la bondad de Dios. No obstante, los gentiles también deben tomarse en serio la lección, «porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará» (Rom 11:21). 

El fantasma del año 70 d. C. persigue el registro del Nuevo Testamento (siendo profetizado frecuente y vigorosamente). Su ocurrencia impacta dramáticamente la historia del primer siglo (siendo uno de sus eventos más fechables y catastróficos) y confirma importantes verdades históricas y redentoras (la autoridad suprema de Cristo, la conclusión de la economía del antiguo pacto, la naturaleza universal del Evangelio y el juicio de Israel) e imparte importantes lecciones prácticas para nosotros (nuestro alto llamado conlleva obligaciones santas). Haríamos bien en aprender de los caminos de Dios entre los hombres.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kenneth L. Gentry, Jr.
Kenneth L. Gentry, Jr.

El Dr. Kenneth L. Gentry, Jr. es un ministro presbiteriano jubilado, autor de numerosos libros de teología y estudios bíblicos y conferencista que ha hablado en toda América, en el Caribe y en Australia. Es un cristiano conservador, evangélico y reformado.

Principados y potestades

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

Principados y potestades

Por Chris Schlect

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Los lectores atentos de la Biblia deberían preguntarse qué sucedió entre Malaquías y Mateo. El Antiguo Testamento cierra con el pueblo de Dios acabando de regresar a su tierra palestina. Hablan y escriben el idioma hebreo en un mundo dominado por los persas. Pasando la página hacia el Nuevo Testamento, vemos al mismo pueblo todavía en Palestina, pero ahora el idioma que ellos hablan y escriben es el griego, no el hebreo, y los romanos, no los persas, están a cargo. Entre los Testamentos, el centro de la civilización se desplazó desde el valle del Tigris-Éufrates hasta el Mediterráneo. Comprender este cambio es entender el mundo en el que fue establecida la Iglesia del primer siglo.

La lengua griega y las formas de pensamiento que vinieron con ella fueron la herencia directa de Alejandro III de Macedonia. Alejandro partió de Grecia en el 335 a. C. para arrebatarle Asia a los persas. Su campaña lo llevó por el extremo oriental del Mediterráneo, derrotando a los persas en Issos, luego sitiando a Tiro y Gaza por la costa. Josefo nos dice que fue en esta etapa de su campaña, en 332 a. C., que Alejandro vino a Jerusalén. Allí honró al sumo sacerdote y reconoció al Dios de ese sacerdote como el que le estaba concediendo la victoria sobre los persas. Cuando a Alejandro le presentaron la profecía de Daniel de que los griegos derrotarían al Imperio persa, creyó que él mismo era el cumplimiento de esa profecía y le concedió favores a los judíos. 

El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Sin embargo, el resultado permanente de la conquista de Alejandro no fue tan grato para los judíos. En solo 11 años, convirtió en griego al mundo conocido, pero no vivió para reinar sobre su imperio. En el 323 a. C., Alejandro, ya en su lecho de muerte con solo 33 años de edad, dividió su vasto reino entre sus oficiales. Por más de un siglo después, Palestina fue disputada en un tira y afloja entre dos de las dinastías que Alejandro creó: los ptolomeos de Egipto y los seléucidas de Siria y Asia. A este conflicto en Palestina se sumó la presión cultural y política para que los judíos adoptaran las costumbres griegas, un proceso llamado «helenización». El rey seléucida Antíoco III (el Grande) finalmente le arrebató Palestina a los ptolomeos en 198 a. C., y su hijo, Antíoco IV (Epífanes), intensificó la campaña de helenización. Josefo explica que este Antíoco más joven profanó el templo de Jerusalén de la manera más abominable: lo convirtió en un santuario para Zeus y sacrificó cerdos al dios griego en el Lugar Santísimo. Antíoco Epífanes también prohibió la circuncisión y otras prácticas de la ley judía y ordenó quemar las Escrituras judías. Así inició la incesante hostilidad religiosa entre los judíos monoteístas de Palestina y los griegos. Esta hostilidad continuaría en el período romano y daría forma a la Iglesia del primer siglo como veremos. 

Muchos judíos claudicaron en sus convicciones y siguieron el programa coercitivo de helenización de Antíoco Epífanes, pero algunos se negaron. Un grupo patriótico de judíos rebeldes temerosos de Dios se alzó bajo el liderazgo de Judas Macabeo. Judas y sus tropas rebeldes bien entrenadas retomaron Jerusalén y rechazaron a la oposición seléucida. Él se convirtió en el fundador de una nueva dinastía gobernante independiente, los asmoneos (nombrados en honor a uno de los antepasados ​​de Judas). El 14 de diciembre de 164 a. C., Judas limpió el templo de la profanación griega, y las lámparas del templo se encendieron una vez más en el nombre de Yahvé. Este evento se conmemoró a partir de ese entonces en la fiesta judía de la dedicación (o «Jánuca», que significa «luces»). Años después, Jesús mismo estuvo en Jerusalén durante esta celebración (Jn 10:22). Jánuca es una metáfora adecuada para el contexto cultural de la Iglesia del primer siglo, ya que el festival nos recuerda la hostilidad entre la religión de Abraham y Jesús, por un lado, y las creencias grecorromanas establecidas, por el otro. 

Alejandro Magno desvió la atención del mundo hacia el oeste, desde Susa hasta Grecia. Pronto se movería aún más al oeste, a Roma. En los días de Alejandro, Roma se distinguía a sí misma por las victorias sucesivas y la ampliación del territorio en la lejana península italiana. A diferencia de otros imperios antiguos, Roma trató a sus enemigos conquistados como aliados, en lugar de esclavos. Cuando la guerra con Cartago añadió Sicilia, Córcega y Cerdeña a sus dominios (241-238 a. C.), los romanos formularon un esquema eficiente para gobernar a los súbditos distantes: organizaron «provincias», territorios con magistrados especiales asignados a cada uno de ellos. 

Fue en el 63 a. C. que Judea quedó bajo el dominio romano como parte de la provincia de Siria. Para ese entonces, Roma había derrotado a los cartagineses en el norte de África y España, y a los macedonios en Grecia, convirtiendo así el Mediterráneo en un lago latino. Del 67 al 62 a. C., Pompeyo el Grande intensificó el control romano en Siria y Asia. El historiador romano Tácito nos dice que cuando Pompeyo llegó a Jerusalén, entró en el templo, un acto que pensó era su prerrogativa por derecho de conquista. Se presume que él quería proclamar que la pequeña deidad de los judíos había sido vencida por los dioses superiores de Roma. Al igual que los griegos, los romanos aceptaban a dioses desconocidos, siempre que se diera el debido honor a los dioses de Roma. Esto, a menudo trajo conflicto entre judíos y cristianos y sus amos. 

Los judíos no solo eran extraños, sino también fastidiosos. Roma gobernó Judea durante la dinastía de los asmoneos y luego la de los herodianos, pero una actitud rebelde se agudizaba entre los orgullosos judíos. Al reconocer su inestabilidad, Roma hizo de Judea una provincia autónoma en el año 6 d. C. y asignó su gobierno a una sucesión de prefectos. Poncio Pilato (26-36 d. C.) fue el tercero de ellos, y por lo menos fue tan incompetente como cualquiera de los que ocuparon el cargo. Los herodianos gobernaron un vasto territorio bajo Herodes el Grande (37-4 a. C.). Herodes fue sucedido por sus hijos, Felipe el Tetrarca (4 a. C.-34 d. C.) quien gobernó la parte norte del territorio de su padre, y Herodes Antipas (4 a. C.-39 d. C.), quien es a menudo mencionado en los Evangelios y que gobernó en el sur. Cuando Felipe el Tetrarca murió, su territorio fue anexado a la provincia de Siria. Pero tres años después, en 37 d. C., el emperador Calígula separó ese mismo territorio de Siria y se lo dio a un sobrino de Herodes Antipas y Felipe, Agripa I (37-44 d. C.). El emperador Claudio expandió el territorio de Agripa para que fuera tan vasto como el de Herodes el Grande, y le confirió el título de «rey». 

Estos fueron los primeros años del Imperio romano. A lo largo del primer siglo antes de Cristo, el mundo romano fue devastado por la guerra civil. Los militares de alto rango tenían más poder como individuos que el mismo Senado romano, puesto que las legiones que dirigían eran más devotas a sus generales que a Roma. Cuando Mario luchó contra Sila, las tropas romanas llegaron de hecho a marchar contra la ciudad de Roma. Más tarde, César llevó a sus legiones desde la Galia a Roma para luchar contra el poderoso Pompeyo. Finalmente, Marco Antonio y su aliada amante egipcia, Cleopatra, fueron derrotados por Octavio. El polvo se había asentado, y Octavio era el último hombre en pie. La paz finalmente había regresado a Roma, y ​​en el 27 a. C. el Senado le confirió a Octavio el título de «Augusto». Las vastas fronteras del imperio estaban protegidas. Las carreteras estaban bien construidas y eran seguras, y las rutas marítimas habían sido purgadas de piratas. La justicia era administrada con imparcialidad y eficiencia (de acuerdo a los estándares antiguos). Roma se veía hermosa, y Horacio y Virgilio proclamaban una nueva era de paz. En la remota Judea, nacía un Salvador. 

Muchos judíos despreciaban el gobierno herodiano y romano y esperaban que Yahvé los liberara de sus opresores. Algunos eran radicales —los zelotes— que estaban dispuestos a tomar las armas contra Roma al igual que los jueces de antaño habían hecho contra sus opresores, y como Judas Macabeo había hecho contra los seléucidas. Del otro lado estaban los recaudadores de impuestos, que eran vistos como traidores a Israel. 

Recuerda que los orígenes de la Iglesia fueron judíos. «La salvación es de los judíos», dijo Jesús (Jn 4:22). Jesús mismo era judío, Sus primeros seguidores eran judíos, y la Iglesia se fundó sobre el evangelio que fue predicado a nuestro padre Abraham (cf. Gal 3:7-9Ef 2:11-13). Cuando los cristianos comenzaron a llamar la atención en el siglo I, fueron identificados por los de afuera, y con razón, como una secta que había surgido desde dentro del judaísmo. 

Irónicamente, fue de los mismos judíos de donde vino la hostilidad más intensa contra los cristianos del primer siglo. Al principio, cualquier estigma que el mundo pagano le había adjudicado al judaísmo le fue etiquetado también al cristianismo. Tácito dijo que los cristianos fueron «odiados por sus abominaciones» y calificó su punto de vista como «una superstición muy maliciosa». En Roma, el emperador Nerón aprovechó el desdén popular hacia los cristianos para culparlos del incendio de Roma. Él iluminaba sus fiestas de jardín con antorchas de cristianos en llamas. 

Al igual que sus padres hebreos, los cristianos del primer siglo fueron despreciados. Sin embargo, ellos vinieron a un mundo preparado por Dios para una extensión generalizada del evangelio. El mundo estaba bajo una ley: la de Roma. El mundo hablaba una lengua cosmopolita: el griego de Alejandro Magno. Los caminos y las rutas marítimas eran seguras. El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Chris Schlect
Chris Schlect

El Dr. Chris Schlect es profesor de historia en New Saint Andrews College y anciano en Christ Church en Moscow, Idaho.