Un recordatorio para los padres en el día de los padres

Coalición por el Evangelio

Un recordatorio para los padres en el día de los padres

SUGEL MICHELÉN 

No sé cuántos países celebran el día de los padres en la misma fecha que nosotros lo hacemos en RD (es decir, el último domingo de Julio). Pero sea cual sea la fecha de este evento en el calendario de cada país, no quise dejar pasar la oportunidad sin traer una nota de recordatorio para todos los que somos padres.

Tanto en Ef. 6:1-4 como en Col. 3:20-21, el apóstol Pablo escribe unas palabras sobre el deber de los hijos de obedecer a sus padres, y el deber de los padres de criar a sus hijos en el marco del evangelio. El pasaje de Efesios es el más extenso de los dos, así que voy a tomarlo como punto de partida:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Aunque en los versículos 1 y 4 aparece la palabra “padres” en nuestra versión RV60, en el original griego son dos palabras distintas. La del versículo 1 puede ser traducida como “progenitores”, e incluye tanto al padre como a la madre. Es por eso que Pablo se vale del quinto mandamiento del Decálogo para recordar a los hijos que debían honrar a su padre y a su madre. De manera que ambos padres tienen una responsabilidad en la crianza de sus hijos, y ambos poseen la misma autoridad sobre ellos.

Sin embargo, el término que Pablo usa en el vers. 21 es la palabra griega páteres que parece señalar de manera especial a los hombres, a los padres. Ellos son los que tienen la responsabilidad primaria de guiar a la familia, incluyendo a sus esposas en el papel de madres.

Contrario al pensamiento del mundo en ese sentido, Dios coloca sobre los hombres la responsabilidad del liderazgo de su familia. Por supuesto, nosotros sabemos que las madres juegan un papel vital en la crianza de los hijos. Generalmente ellas pasan más tiempo con ellos y ejercen una influencia determinante en sus vidas. Pero el hombre es responsable ante Dios de proveer a su esposa y a sus hijos la guía, el sostén y la protección que necesitan en un clima de amor y servicio.

Ser cabeza de la familia no es contemplado en la Biblia como una ventaja, sino como una gran responsabilidad. Nosotros tenemos un trabajo que debemos hacer de manera intencional, procurando el bien espiritual y físico de nuestra esposa y nuestros hijos. Dios nos ha llamado a hacer un trabajo, un trabajo que está muy por encima de nuestras capacidades naturales y que solo puede ser hecho en dependencia de Él. Él nos contrató, Él nos da los recursos que necesitamos cada momento para poder ser los padres que Él quiere que seamos, y Él nos pedirá cuentas algún día por esa mayordomía que nos fue confiada.

Lamentablemente, la influencia del mundo ha tenido un impacto profundo en la iglesia de Cristo en este asunto. En muchos hogares cristianos es la mujer y no el hombre la que va delante en la vida espiritual de la familia y la crianza de los hijos. Leí recientemente que un autor cristiano fue a proponerle a una casa publicadora un libro sobre la paternidad. ¿Saben lo que el encargado la respondió? Que los libros dirigidos a los padres no venden. “Nuestros estudios nos han mostrado que el 80% de los libros sobre crianza son comprados por las madres. Ellas los leen y se los pasan a sus maridos, que apenas los leen. Es difícil mercadear la paternidad a una audiencia femenina”.

Y el impacto que ese matriarcado está produciendo en las iglesias y en la sociedad es sencillamente devastador, sobre todo para el desarrollo de un verdadero liderazgo. La masculinidad es algo que se produce mayormente en un ambiente en el que las mujeres se comportan como mujeres y los hombres se comportan como hombres (lean bien: no como “machos”, sino como hombres).

De manera que tanto el padre como la madre tienen la responsabilidad de criar a los hijos en el temor de Dios, pero el padre es el principal responsable de ese deber.

Apreciamos todo comentario que pueda complementar este artículo para edificación de los lectores de este blog.

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Siguiendo al Dios que no admite rivales

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Siguiendo al Dios que no admite rivales

Salvador Gómez

Salvador Gómez Dickson pertenece al Consejo de Pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, donde tiene la responsabilidad de exponer la Palabra de Dios cada domingo, además de impartir clases de Escuela Dominical. Es profesor de la Academia Ministerial Logos de IBSJ, donde ha impartido clases de Hermenéutica, Exégesis Bíblica, Griego, Doctrina del Hombre, de Cristo y de la Salvación, Introducción al Nuevo Testamento, entre otras. Está casado con Johanny Pérez y juntos tienen 4 hijos.

http://www.ibsj.org

Viviendo santamente en la vida cotidiana

The Master’s Seminary

Viviendo santamente en la vida cotidiana

Luis Contreras

A lo largo de las Escrituras encontramos ciertos pasajes y capítulos que sobresalen porque enfatizan o explican alguna verdad de manera concentrada o detallada. Levítico 19 sobresale porque Dios le explicó a Israel un principio muy importante: la santidad en la vida se manifiesta en obedecer las Escrituras en la vida cotidiana. Aunque Levítico 19 fue escrito a la nación de Israel bajo el antiguo pacto, 1 Pedro 1:14–16 aplica el principio de la santidad a nuestras vidas, como cristianos. En otras palabras, al igual que los israelitas de la época de Levítico, tu santidad debe manifestarse en toda área de tu vida diaria. Por eso, es vital estudiar los primeros versículos de Levítico 19, ya que es un texto que presenta principios que te ayudan a entender cómo vivir en santidad como miembro de tu iglesia. En este pasaje, Dios les dio a los israelitas mandatos específicos, para que supieran cómo reflejar la relación de pacto que tenían con el Señor. Estos mandatos servirán de guía para entender el mandato a vivir vidas santas y cómo se debe ver la santidad en la vida cotidiana.

La santidad mandada

El Señor es quien demanda santidad porque Él es santo. En el capítulo 19 de Levítico es Él quien «habló a Moisés» (Lv. 19:1). La iniciativa viene de Él. No era algo que Moisés pedía del pueblo. El propósito de Dios es que su mensajero «[hablara] a toda la congregación de los hijos de Israel», diciendo: «seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv. 19:2). Dios es santo en el sentido que «es inherentemente grande […] es distinto a todas sus criaturas en majestad infinita, de un modo trascendental»[1], pero también «está apartado del pecado, y es moral y éticamente perfecto, aborrece el pecado y exige pureza en sus criaturas morales»[2]. La demanda de Dios es categórica, ya que «está basada en el principio que Dios es santo»[3]. Israel no tenía que ser santo en el primer sentido ya que, naturalmente, Dios es distinto. Su demanda no tiene que ver con que Israel fuese grande y trascendente como Él, sino que tenían que apartarse del pecado y vivir para Él.

El llamado a ser santos en Levítico 19:2 resume el contenido y la razón de todos los mandatos en el resto del capítulo. Los israelitas debían apartarse del pecado, porque su Dios estaba apartado del pecado. Debían «vivir el carácter piadoso del Señor en cada esfera de la vida […] En pocas palabras, la santidad no está restringida a asuntos religiosos: toda la vida es un escenario sobre el cual se debe vivir la santidad»[4]. En términos teológicos, a esto se le llama el principio de la imitación de Dios o, en latín: imitatio Dei[5].

Al final del versículo 2, Dios firmó —por así decirlo— de esta manera: «yo, el Señor vuestro Dios». Esta frase y dos variantes —«yo soy el Señor vuestro Dios» y «yo soy el Señor»— se repiten dieciséis veces a lo largo del capítulo (19:2–4, 10, 12, 14, 16, 18, 25, 28, 30–32, 34, 36–37). ¿Por qué repitió Dios estas frases tantas veces? Él quería que los israelitas estuvieran conscientes de que el Dios santo con el que profesaban tener una relación de pacto, era el que les mandaba a vivir en santidad. En el resto de Levítico 19, Dios les explicó cómo debía verse esa santidad en su vida diaria bajo la ley, el antiguo pacto.

Nosotros como cristianos, como creyentes bajo el nuevo pacto, no tenemos la obligación de mostrar santidad de una manera exactamente igual a la que Dios le mandó a los israelitas bajo el antiguo pacto en Levítico 19. Sin embargo, Dios sí nos manda a vivir vidas santas; es decir, vidas que no satisfacen deseos pecaminosos, como cuando no éramos salvos. 1 Pedro 1:14 nos exhorta a que, «como hijos obedientes, no [nos conformemos] a los deseos que antes [teníamos] en [nuestra] ignorancia». La idea aquí es que como hijos que hacen lo que sus padres les mandan, obedezcamos su voluntad. No debemos vivir como antes. No conformarse tiene que ver con no formarse conforme al patrón de algo o no adquirir la forma de algo más; en otras palabras, «no [adaptarse] a este mundo» (Ro. 12:2). Debemos, por lo tanto, vivir santamente, «así como aquel que [nos] llamó es santo» (1 P. 1:15).

No hay área alguna en nuestra vida que no deba ser santa. No hay área que no deba ser sometida al señorío de Cristo. No puede haber un área de obediencia y otra de desobediencia. No puede haber una santidad selectiva: «aquí sí me aparto del pecado, pero acá no». No debe ser así. El Señor nos manda a ser «santos en toda [nuestra] manera de vivir» (1 P. 1:15). La buena noticia es que, porque Él nos salvó, tenemos la capacidad de hacer lo que nos manda (1 P. 2:9).

Dios no quiere que vivamos vidas a medias. No quiere nuestro corazón dividido. Cuando Pedro dice: «sed vosotros santos […]», es un imperativo. Dios da un mandato que debe ser cumplido, y 1 Pedro 1:14 nos explica cómo ser santos: somos santos al no «[conformarnos] a los deseos que antes [tuvimos]». ¿Qué deseos eran estos? Todo aquello que hacíamos «en otro tiempo [viviendo] en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente» (Ef. 2:3). En pocas palabras, éramos «hijos de ira» (Ef. 2:3; cp. 1 P. 4:3–4). Ahora hemos sido «[llamados] de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9); por eso, al alejarnos activa y constantemente de la vida que vivíamos cuando «[estábamos] muertos en [nuestros] delitos y pecados», estaremos viviendo para Dios, en santidad.

La motivación para vivir vidas santas, además de ser un mandato como se vio antes, es «porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo» (1 P. 1:16). Debido a que tenemos una relación con el Dios que está separado del pecado, debemos vivir separados del pecado. No hay otra opción. No hay otra manera de vivir la vida cristiana. Todo esto es un ejemplo claro de que es imposible separar la teología de la vida práctica. Piénsalo: Dios es santo —la santidad es una cualidad de Dios, eso es teología—, y debido a que Dios es santo, debemos vivir vidas de santidad —eso es vida práctica—. Él quiere un pueblo santo para sí mismo, porque Él es santo:

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo (He. 7:26–27).

La santidad explicada

En Levítico 19:2, Dios le dijo a Israel que debían vivir alejados del pecado, así como Él está alejado del pecado. Y en el resto del capítulo, en los versículos 3 al 37, Dios les explicó cómo se debía mostrar el vivir alejados del pecado en su vida diaria. Por motivos de espacio no podemos ahondar en todos los aspectos mencionados en Levítico 19. Sin embargo, un ejemplo de esto, el primero que Dios brinda, servirá de ilustración para comenzar a entender lo que Dios demandaba de ellos y cómo esto debe impactar nuestras vidas hoy: «cada uno de vosotros ha de reverenciar a su madre y a su padre» (Lv. 19:3). Esto habla del respeto que debían tener hacia sus progenitores. Dios repite aquí el quinto mandamiento del decálogo, con una palabra un poco diferente de la que se usa en Éxodo 20:12. Ahí, Dios dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx. 20:12); sin embargo, el punto es el mismo: los israelitas debían respetar a sus padres. Parte de ese respeto tenía que ver no solo con el trato sino incluso con ayudarles económicamente cuando tuviera necesidad (véase Mt. 15:4–6). Además, este mandato de honrar a los padres se repite para nosotros como cristianos en Efesios 6:2–3: «Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra». Al igual que con los israelitas, esto significa dos cosas: debemos respetarlos y remunerarlos. Esto es parte también de vivir en santidad, y es solo uno de los aspectos —el primero que el Señor mencionó en Levítico 19.

Pero ¿qué comprendía este aspecto práctico de la santidad? En primer lugar, tenemos que respetar a nuestros padres. Es nuestra obligación hacerlo de por vida. Sin embargo, esto no significa que tenemos que obedecerlos y hacer todo lo que nos pidan como cuando teníamos cinco años y estábamos en casa y dependíamos de ellos. Una vez que una persona deja de depender de sus padres, ya sea porque deja de vivir con ellos y vive de manera independiente de ellos en todo sentido, o porque se casa, ya no tiene la obligación de obedecerlos de la misma manera que antes (Ef. 6:1). En segundo lugar, tenemos que remunerarlos. Esto tiene que ver con ayudarles con sus necesidades materiales. Esto puede verse, por ejemplo, con una viuda que no tiene lo necesario para vivir en 1 Timoteo 5:3–16. En otras palabras, una vez que hayamos cubierto las necesidades de nuestra esposa e hijos, debemos atender las necesidades materiales de nuestros padres. Aunque sea contrario a la práctica común, aunque vaya en contra de lo que se cree actualmente, todo esto es santidad en la práctica.

Una vez que ha quedado clara la necesidad de vivir en santidad y cómo se ve un aspecto de la santidad que se nos requiere como hijos de Dios, puede que te preguntes por qué el Señor habrá comenzado a explicar a los israelitas cómo se veía la santidad en su vida diaria con este mandamiento a temer a sus padres. La respuesta es muy sencilla: la santidad comienza en el hogar. Ya sea que fueses un israelita que escuchó las instrucciones de Levítico 19 o un cristiano hoy en día, lo cierto es que la obediencia a Dios debe comenzar en tu hogar. No podrás vivir una vida santa en la iglesia, en la vía pública, en el trabajo o en la universidad, si no vives santamente primero en tu hogar. Esto lo vemos ilustrado también por uno de los requisitos para los hombres que quieren servir como pastores: se pide de ellos «que [gobiernen] bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)» (1 Ti. 3:4–5). Al mismo tiempo, somos mandados a imitar a nuestros pastores: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe» (He. 13:7). Si Dios manda a los pastores a ser un ejemplo de obediencia a Dios en su casa y si Dios nos manda a imitar la obediencia de nuestros pastores, la santidad entonces comienza por nuestra casa. Esto ilustra y confirma lo que enseña el resto de Levítico 19: los israelitas debían ser santos en toda área de su vida diaria, empezando por cómo vivían en su familia. Lo mismo se requiere para ti, como cristiano, el día de hoy. Vives en santidad al vivir en obediencia a la Palabra de Dios. No hay cómo escaparse de ello, no hay atajos, no hay claves secretas, no hay posibilidad de alterar el requisito: si vives en obediencia al Señor y su Palabra, esa santidad se reflejará en tu casa, en tu trabajo, en tu iglesia y en toda área de tu vida.

[1] John MacArthur y Richard Mayhue, Teología sistemática: Un estudio profundo de la doctrina bíblica (Grand Rapids: Portavoz, 2018), 188.

[2] Ibíd., 188–189.

[3] Paul R. House, Old Testament Theology (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1998), 144.

[4] Jay Sklar, Leviticus: An Introduction and Commentary, ed. por David G. Firth, vol. 3, TOTC (Nottingham, England: InterVarsity Press, 2013), 243.

[5] Stephen G. Dempster, «Work», en Evangelical Dictionary of Biblical Theology, Baker Reference Library (Grand Rapids: Baker, 1996), 831. Para más información acerca del concepto de imitatio Dei para los judíos y la importancia que Levítico 19:2 tiene para ellos, véase Harold M. Wiener, «Pentateuch», ed. por James Orr et al., The International Standard Bible Encyclopaedia (Chicago, IL: The Howard-Severance Company, 1915), 2312.


Luis Contreras

Luis Contreras

Luis Contreras (M.Div., Th.M., D.Min, The Master’s Seminary) sirvió 17 años como pastor-maestro de la Iglesia Cristiana de la Gracia y tiene más de 20 años trabajando como profesor del Seminario Bíblico Palabra de Gracia. Luis contribuyó al proyecto de La Biblia de Estudio MacArthur, como parte del equipo de traducción y como corrector final. Actualmente, Luis traduce los sermones del Dr. John MacArthur en Gracia a Vosotros y es parte de Grace en Español en Sun Valley, California. Está casado con Robin y tienen 3 hijos: Olivia, Rodrigo y Ana Gabriela.

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Temor

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Por Rebecca VanDoodewaard


Nota del editor:
 Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Mónica era una mujer que temía por el alma de su hijo. Y con razón: Agustín veía la fe de Mónica como algo tonto y débil. Rechazó su cristianismo, volviéndose a la filosofía pagana, al entretenimiento violento y a la indulgencia sexual. Sin embargo, esta madre de la Iglesia primitiva siguió a su hijo por todo el Imperio romano, con la esperanza de seguir influenciándolo y de algún modo llevarlo a Cristo. 

Mónica no está sola. El temor por nuestros hijos es tan antiguo como Adán y Eva. Parece ser tan natural en la crianza como lo son las ampollas después de un maratón. Nos preocupamos por el bienestar físico, mental y emocional de nuestros hijos. Y los temores tienden a crecer junto con ellos: nos preocupa que al aprender a caminar terminen con un chichón en la frente; nos preocupa que al aprender a conducir terminen en la sala de emergencias de un hospital.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Pero el temor a que un hijo no sea salvo es el más oscuro de nuestros temores. La conducta de nuestros hijos puede confirmar y aumentar nuestros temores, profundizándolos a medida que pasa el tiempo y persiste su falta de arrepentimiento. Y este temor es complicado. Tememos no solamente por las almas de nuestros hijos, aunque eso es lo principal. También tememos que se hagan daño a sí mismos y a los demás, que desacrediten el nombre de Cristo y de la Iglesia, que nadie entienda nuestro dolor, que estemos perdiendo el contacto con ellos mientras buscan escapar de nuestra influencia. Tememos que esta prueba sea de por vida. Aun en medio del dolor, el temor a lo que piensen los demás acerca de nuestra paternidad o familia puede nublar nuestras mentes y nuestros corazones.

La preocupación de Mónica por Agustín la hacía llorar mientras iba de un lugar a otro. Las oraciones y las lágrimas deben estar allí, fluyendo a causa del amor por nuestros hijos y la tristeza por la acumulación de su culpa delante de Dios. Pero nuestras lágrimas nunca podrán consolar, alentar ni eliminar la culpabilidad de nuestros hijos. ¿Qué pasa si no lloramos lo suficiente o si lloramos por las razones equivocadas? ¿Qué pasa si oramos con un énfasis incorrecto? Nuestras acciones paternas nunca son meritorias. Como diría el gran escritor de himnos Horatius Bonar, todas nuestras oraciones, suspiros y lágrimas son incapaces de aliviar su terrible carga.

Hace falta que intervenga un amor por nuestros hijos que supere el nuestro. Dios no ha prometido salvar a todos los niños del pacto (Mt 10:34-36). Pero Él sigue siendo el Dios fiel que guarda el pacto y que se reveló a Sí Mismo a Abram (Gn 17). Nuestra experiencia no cambia el carácter de Dios. Si nuestros hijos no se aferran a las promesas del pacto, la culpa es de ellos, no de Dios. Dios es el mismo Padre celestial inmutable que salva a todos los que vienen a Él. Él escucha nuestras oraciones y las responde con Su sabiduría oculta.

Pero Él hace más que eso. Dios entiende lo que es tener un hijo descarriado. En Oseas, el Señor dice: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo. Cuanto más los llamaban los profetas, tanto más se alejaban de ellos» (11:1-2a). Dios fue rechazado por un pueblo que Él amó y cuidó.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Tú y yo nunca habríamos sacrificado a un hijo fiel y amoroso por gente que nos odiara. Esto va más allá del alcance del amor humano. Pero si estamos en Cristo, esta es nuestra experiencia: antes estábamos «alejados y… de ánimo hostil, ocupados en malas obras» (Col 1:21), mas ahora estamos reconciliados con el Padre por medio de la expiación del Hijo. El Dios que se acercó a nosotros no ha cambiado a pesar de nuestras circunstancias.

Un hijo descarriado es una gran prueba de fe, en parte porque la situación expone qué tanto caminamos por fe, y no por vista. Cuando solo tenemos ojos para nuestro hijo descarriado, y para todas las formas en que el mundo, la carne y el diablo están obrando con éxito en él o ella, el temor es una respuesta natural. Al vivir por fe uno puede ver esta realidad. Uno ve el peligro espiritual, pero se enfoca en quién es Dios. Miramos a Cristo, quien puede decirle al Padre: «De los que me diste, no perdí ninguno» (Jn 18:9). Por Su gracia, Dios trae a muchos pródigos de vuelta a casa. Los padres cristianos deben llegar al punto de su fe en el que, con mansedumbre pero de todo corazón, afirmen junto con nuestro Señor Sus palabras más difíciles:

El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí (Mt 10:37-38).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rebecca VanDoodewaard
Rebecca VanDoodewaard

Rebecca VanDoodewaard es autora de Reformation Women: Sixteenth-Century Figures Who Shaped Christianity’s Rebirth [Las mujeres de la Reforma: Figuras del siglo XVI que moldearon el renacimiento del cristianismo] y de las series para niños de Banner Board Books.

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor

Por Thomas Keene 

Probablemente estas parábolas son dos de las más sencillas y, sin duda, son de las más cortas; pero aún así, el impacto que transmiten supera grandemente la cantidad de sus palabras. ¿Por qué han resultado ser tan memorables? Porque hacen uso de la imaginación que Dios nos ha dado. No necesitas un título avanzado en teología para poder entender lo que está sucediendo aquí. Al contrario, si alguna vez has buscado a Narnia en tu patio, o si has desempolvado un rincón abandonado en tu ático con la esperanza de encontrar un objeto antiguo que ha estado perdido por mucho tiempo, o si simplemente te has hecho la pregunta: «¿Habrá una mejor manera en que podamos hacer esto?», entonces estás bien equipado para entender lo que Jesús quiere comunicar. Él quiere que nuestra mente se cuestione: «¿Qué haría yo si encontrara lo imposible?». Entonces nos recuerda que ya lo hemos encontrado: el Reino de los cielos.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Estas parábolas son muy cautivadoras porque todos hemos experimentado «la búsqueda». Quizás ha sido la búsqueda de un objeto valioso que hemos perdido; o cuando buscamos la manera de pagar la universidad; o cuando tratamos de encontrar la manera de preparar a la perfección aquella imposible taza de café; en cualquiera de estos casos, sabes bien lo que significa buscar algo. Esa experiencia humana universal de buscar y descubrir provee el escenario y el punto de partida metafórico para estas dos parábolas. Ahora, imagina que tu búsqueda resultó en un descubrimiento tan glorioso que impacta vidas; ya que, afortunadamente, estas parábolas no muestran un mundo en el que la búsqueda pueda resultar infructuosa. Todo lo contrario, el descubrimiento es inesperadamente glorioso. Eso es lo que Jesús nos está llamando a imaginar y a considerar aquí: ¿qué harías si tu búsqueda resulta ser un hallazgo verdaderamente trascendental?

¿Sacrificaríamos todos los bienes del mundo para obtener algo infinitamente mejor?

Tal pregunta nos lleva al punto principal de estas parábolas. Aunque el escenario metafórico es la búsqueda y el descubrimiento sorprendente, el énfasis principal recae en el costo. Analiza la parábola del tesoro. En el mundo antiguo la posibilidad de encontrar un tesoro enterrado en un campo era escasa, pero no del todo exagerada. Dada la falta de cajas de seguridad y sistemas de alarma, el lugar más seguro para la posesión más preciada ciertamente podía ser «debajo del colchón». Sin embargo, Jesús no está muy interesado en los detalles. Su atención y énfasis están en el precio que nuestro buscador de tesoros está dispuesto a pagar. Y la enseñanza de Jesús aquí es tan sorprendente como sencilla. Obtener el tesoro le cuesta todo al hombre, y ni siquiera se detiene a hacer las cuentas. Actúa por impulso, conmovido y motivado por la energía de su «alegría» (Mt 13:44). La belleza y la gloria del Reino son tales que quien lo encuentra y sabe lo que ha encontrado reacciona con alegría instintiva, sacrificándolo todo sin contarlo como pérdida con tal de obtener lo imposible.

La parábola de la perla de gran valor es aún más sorprendente y desafiante en este sentido. A simple vista, podría parecer que no sucede mucho en la segunda parábola que no haya sido expresado con mayor claridad en la primera. En ambas, el buscador vende todo lo que tiene para obtener el premio, pero parece haber un pequeño giro en la parábola de la perla. Hay un acto irracional de parte del mercader que merece nuestra atención. En este caso, el mercader no lo vende todo para obtener algo de mayor valor, como ocurrió en la parábola anterior. Por el contrario, el mercader lo vende todo, incluyendo (presumiblemente) su inventario completo de perlas, para comprar una sola perla. Eso no es un buen negocio. Sus acciones demuestran que él no está en el negocio de las perlas por ganar dinero, sino por las perlas en sí, y ahora ha encontrado «La Perla». Este hombre no es realmente un mercader, sino un coleccionista de perlas, y poseer esta perla es poseer la única perla que tiene verdadera importancia. ¿Por qué el mercader vendió todo (¿hasta su casa?) para convertirse en el dueño de una sola perla? Por amor a esta perla. Una vez más, por el gozo que le daba. Ese es el giro de la segunda parábola. Irónicamente, el mercader parece estar menos motivado por ganancias económicas que el hombre del campo, ya que el mercader lo sacrifica todo, no por la esperanza de obtener mayores ingresos, sino por el simple gozo de poseer la perla.

Por lo tanto, estas parábolas nos invitan a considerar nuestro amor por el Reino. A través del tesoro, Jesús nos reta a revaluar lo que valoramos. ¿Estamos juzgando correctamente cuando se trata de las cosas de este mundo y del venidero? ¿Sacrificaríamos todos los bienes del mundo para obtener algo infinitamente mejor? Luego, con la perla, nos hace una pregunta aún más difícil: ¿es ese sacrificio verdaderamente por puro amor al Reino? El tesoro examina nuestra visión y nuestros valores: ¿consideramos que el Reino es mejor? Pero la perla examina aún más profundo penetrando en nuestro corazón y voluntad: ¿consideramos que el Reino lo es todo

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Keene
Thomas Keene

El Dr. Thomas Keene es profesor asociado de Nuevo Testamento y decano académico en el Reformed Theological Seminary en Washington, D.C.

Un Llamado al Valor Respecto a La Hombría y a La Feminidad en la Biblia 

Esclavos de Cristo

Un Llamado al Valor Respecto a La Hombría y a La Feminidad en la Biblia 

Albert Mohler

Las líneas de falla de la controversia en la Cristiandad contemporánea oscilan a través de un vasto terreno de temas, pero ninguno parece ser tan volátil como la cuestión del género sexual. Como Cristianos hemos estado pensando esto una y otra vez durante los años recientes, un claro modelo de divergencia ha aparecido. En juego en este debate, existe algo más importante que la cuestión del género sexual, ya que esta controversia alcanza las cuestiones más profundas de la identidad Cristiana y la autoridad bíblica.

Durante demasiado tiempo, aquellos que sostienen las interpretaciones tradicionales de la hombría y la feminidad, arraigadas profundamente tanto en las Escrituras como en la tradición, se han permitido el ser “empujados” a una postura defensiva. Dado el espíritu prevaleciente de la época y la enorme presión cultural hacia la conformidad, actualmente los tradicionalistas están siendo acusados de estar lamentablemente fuera de foco y desesperanzadamente pasados de moda. Ahora es un buen momento para reconsiderar los temas sobre la base de este debate y reasegurar los argumentos relativos a la hombría y feminidad bíblicas.

La cuestión más básica de esta controversia se reduce a lo siguiente: ¿Ha Dios creado a los seres humanos como hombre y mujer con una revelada intención respecto a cómo nos relacionamos uno con el otro? El mundo secular se encuentra actualmente profundamente comprometido a la confusión respecto a estos temas. Negando al Creador, el punto de vista del mundo secular entiende que el género sexual no es más que un subproducto accidental del ciego proceso de evolución. Por lo tanto, el género sexual se reduce a nada más que a la biología, tal como las feministas famosamente han argumentado, la biología no es destino.

Esta rebelión radical en contra del modelo del género sexual divinamente diseñado ha alcanzado actualmente los límites externos de la imaginación.

Si el género sexual no es más que un accidente biológico, y si los seres humanos no están por lo tanto moralmente obligados a tomar su sexo en forma significativa, entonces los teóricos radicales del género sexual y los defensores de los derechos homosexuales están, después de todo, en lo correcto. Ya que, si el género sexual es meramente incidental respecto a nuestra humanidad básica, entonces debemos ser libres de poder hacer cualquier ajuste, alteración o transformación respecto a las relaciones sexuales que cualquier generación pudiere desear o exigir.

El punto de vista mundano post-moderno abarca la noción del género sexual como una construcción social. Es decir, los post-modernistas argumentan que nuestras nociones de lo que significa ser hombre y mujer se deben enteramente a lo que la sociedad ha construido como sus teorías de masculinidad y feminidad. Por supuesto que la construcción social de toda la verdad es central para la mente post-modernista, pero cuando el tema trata del género sexual, los argumentos se tornan más volátiles. El feminismo se reduce al reclamo relativo a que las fuerzas patriarcales en la sociedad han definido a hombres y mujeres de modo tal que todas las diferencias atribuidas a las mujeres representan esfuerzos por parte de los hombres para proteger su posición de privilegio.

Por supuesto, la penetración de esta teoría explica por qué el feminismo radical debe necesariamente unirse a la agenda homosexual. Ya que, si el género sexual es socialmente construido, y por lo tanto, las diferencias entre hombres y mujeres no son más que una convención social, desde luego la heterosexualidad se torna nada más que en una forma culturalmente privilegiada de sexualidad.

La utopía prevista por las feministas ideológicas seria un mundo libre de toda preocupación respecto al género sexual – un mundo dondela masculinidad y la feminidad se borran como nociones anticuadas, y una era en la cual las categorías de hombre y mujer son maleables y negociables. Desde el punto de vista del post-modernismo, todas las estructuras son plásticas y todos los principios, líquidos.

La influencia de eras anteriores nos ha moldeado para creer que los hombres y las mujeres son distintos de maneras significativas, pero nuestra era recientemente liberada nos promete liberarnos de dichas mal concepciones y dirigirnos hacia un nuevo mundo de sentido transformado del género sexual.

Tal como una vez lo reflejó Elizabeth Elliot, “A través de los milenios de la historia humana, hasta hace alrededor de dos décadas, la gente tomó por concedido que las diferencias entre hombres y mujeres eran tan obvias que no necesitaban comentario alguno. Aceptaban las cosas tal cual eran.

Pero, nuestras fáciles suposiciones han sido atacadas y confundidas, de modo tal que hemos perdido nuestros conceptos en una niebla de retórica acerca de algo denominado igualdad, de modo tal que me encuentro en la incómoda posición de tener que atacar verbalmente con criticismo a la gente educada lo que alguna vez fue perfectamente obvio para el campesino más sencillo”.

En respuesta a ello, los tradicionalistas seculares argumentan que la experiencia histórica de la raza humana afirma distinciones importantes entre hombres y mujeres y diferentes roles para ambos sexos tanto en la familia como la sociedad más grande. Los tradicionalistas seculares tienen a la historia de su parte y su reclamo respecto a la autoridad está arraigada en la sabiduría acumulada de las eras. Respecto a la evidencia, estos tradicionalistas señalarían el modelo consistente del matrimonio heterosexual a través de culturas y la realidad histórica innegable respecto a que los hombres han predominado en posiciones de liderazgo y que los roles de las mujeres han estado mayormente definidos alrededor del hogar, los hijos y la familia. De este modo, estos tradicionalistas advierten que el feminismo representa una amenaza respecto al orden social y que el sentido transformado de los sexos que las feministas exigen conduciría a la anarquía social.

Claramente, los tradicionalistas entran el debate con un argumento fuerte. Ellos sí tienen a la historia de su parte y debemos reconocer que la experiencia histórica de la raza humana no es insignificante. Algunas de las pensadoras feministas más honestas admiten que su verdadero objetivo es el de revertir su este modelo histórico y mucha de su escolástica está dirigida a identificar y ejercer este modelo patriarcal en el futuro. El problema con el tradicionalista secular es que su argumento es, al final, esencialmente secular. Su argumento se reduce a reclamar que la sabiduría heredada de la experiencia humana apunta a un deber y a un imperativo moral que debería informar al presente y al futuro. Finalmente, este argumento, aunque poderoso y aparentemente significativo, falla respecto a la persuasión. Los individuos modernos han sido entrenados desde la cuna para creer que toda generación se renueva a sí misma y que el pasado es realmente pasado.

Esta ética moderna de liberación, actualmente tan profundamente y absolutamente encastrada en la mente moderna, sugiere que las tradiciones del pasado pueden verdaderamente ser una prisión de la cual la generación actual debería exigir la liberación. Aquí es donde los tradicionalistas bíblicos deben ingresar al debate con vigor. Compartimos mucho terreno en común del argumento con los tradicionalistas seculares. Los tradicionalistas bíblicos afirman que la experiencia histórica de la humanidad debería ser informativa del presente. También afirmamos que el modelo de roles distintos entre hombres y mujeres, combinado con la centralidad de la familia natural, presenta un argumento imperativo que debería ser comprendido como descriptivo y prescripto. No obstante, el argumento fundamental del tradicionalista bíblico va más allá de la historia.

En esta era de desenfrenada confusión, debemos volver a capturar el concepto bíblico de hombría y feminidad. Nuestra autoridad debe ser nada menos que la revelada Palabra de Dios. Bajo esta luz, el modelo de la historia afirma que la Biblia incuestionablemente revela que Dios ha creado a los seres humanos a Su imagen como hombre y mujer, y que el Creador ha revelado su gloria en ambas similitudes y diferencias por las cuales establece a los seres humanos como hombre y mujer.

Confrontados por la evidencia bíblica, debemos tomar una decisión interpretativa vitalmente importante. Debemos elegir entre dos opciones inevitables: si la Biblia se afirma como la inequívoca e infalible Palabra de Dios y por lo tanto presenta una visión comprensiva de la humanidad verdadera tanto en unidad como en diversidad, o si debemos clamar que la Biblia está, en un grado u otro, comprometida y envuelta por una parcialidad patriarcal dominada por el hombre que debe superarse en nombre de la humanidad.

Para los tradicionalistas bíblicos, la opción es clara. Entendemos que la Biblia presenta un hermoso retrato del complemento entre los sexos, y que ambos, hombres y mujeres deben reflejar la gloria de Dios de un modo diferente. Así, existen distinciones muy reales que marcan la diferencia entre la masculinidad y la feminidad, hombres y mujeres. Sobre la base de la autoridad bíblica, debemos criticar tanto el presente como el pasado cuando el modelo bíblico ha sido comprometido o negado. Del mismo modo, debemos apuntar a nosotros mismos, nuestras iglesias y nuestros hijos hacia el futuro, afirmando que la gloria de Dios respecto a nuestra respuesta a la obediencia o a la desobediencia de Su diseño, está en juego.

Durante demasiado tiempo, aquellos que sostienen un modelo bíblico de distinciones de sexo se han permitido ser silenciados, marginados e intimidados cuando son confrontados por los teóricos del nuevo género sexual. Ahora es el momento de volver a capturar la culmine, de forzar las preguntas y de mostrar a esta generación el diseño de Dios en el concepto bíblico de la masculinidad y la feminidad. La gloria de Dios se muestra al mundo en el complemento entre el hombre y la mujer. Este desafío crucial es una convocatoria a la audacia cristiana del momento.

Por Al Mohler sobre Masculinidad y Feminidad
Una parte de la serie JBMW
Traducción por Maria Gustafson

La historia de la Reforma

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

La historia de la Reforma

Por R.C. Sproul

«Un vertedero de herejías». Este fue el juicio pronunciado por el santo emperador romano Carlos V el 26 de mayo de 1521, poco después de que Martín Lutero compareciera en la Dieta de Worms.  

Anteriormente, en la bula Exsurge Domine, el papa León X describió a Lutero como un cerdo salvaje, suelto en la viña de Cristo y como un hereje terco, escandaloso y condenado. El 4 de mayo de 1521, Lutero fue «secuestrado» por unos amigos y llevado al castillo de Wartburg, donde lo mantuvieron escondido y disfrazado de caballero. Allí Lutero asumió de inmediato la tarea de traducir la Biblia a la lengua vernácula.  

La Reforma se describe frecuentemente como un movimiento que giraba en torno a dos cuestiones fundamentales. La llamada causa «material» fue el debate sobre la sola fide («justificación por la fe sola»). La causa «formal» fue sobre la sola Scriptura, es decir, que la Biblia, esto es, la Biblia sola, tiene la autoridad para atar la conciencia del creyente. Los reformadores respetaron la tradición de la Iglesia, pero no la consideraron una fuente normativa de revelación. La «protesta» del protestantismo fue más allá del tema de la justificación por la fe sola, desafiando muchos dogmas que surgieron en Roma, especialmente durante la Edad Media.  

La Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia.

En poco tiempo, la Reforma se expandió por toda Alemania, pero no se detuvo allí. Gracias a la traducción de la Biblia en otras naciones, llegó a Escocia, Inglaterra, Suiza, Hungría, Holanda y a los hugonotes en Francia. Ulrico Zuinglio dirigió el movimiento de la Reforma en Suiza, John Knox en Escocia y Juan Calvino entre los protestantes franceses. 

En 1534, Calvino dio un discurso llamando a la Iglesia a regresar al evangelio puro del Nuevo Testamento. Su discurso fue quemado y Calvino huyó de París a Ginebra. Se disfrazó de viñador y escapó de la ciudad en una canasta. Durante el año siguiente, más de dos decenas de protestantes fueron quemados vivos en Francia. Esto llevó a que Calvino escribiera la Institución de la religión cristiana, la cual fue dirigida al rey de Francia. El contenido de la Institución se convirtió en la teología dominante para la expansión internacional de la Reforma.  

La primera edición de la Institución fue completada en 1536, el mismo año en que Calvino fue persuadido por Farel de ir a Suiza para convertir a Ginebra en una ciudad modelo de la Reforma. En 1538, Farel y Calvino fueron obligados a abandonar Ginebra. Él vivió y ministró en Estrasburgo por tres años hasta que fue llamado a regresar a Ginebra en 1541.  

La teología de Calvino enfatizó la soberanía de Dios sobre todos los aspectos de la vida. Su pasión principal fue la reforma de la adoración a tal nivel de pureza que no promoviera ni apoyara la inclinación humana hacia la idolatría. Ginebra atrajo a líderes de toda Europa que iban para observar el modelo y para ser instruidos por el mismo Calvino. 

La turbulencia se extendió a Inglaterra durante este período cuando el rey Enrique VIII se resistió a la autoridad de Roma. En 1534, Enrique se convirtió en el jefe supremo de la Iglesia anglicana. Él asumió la persecución de los evangélicos, la cual se intensificó con el reinado de «María la sanguinaria», provocando que muchos huyeran a Ginebra en busca de refugio. 

Las persecuciones fueron suspendidas bajo el reinado de «la buena reina Bess», Isabel I, cuya postura provocó una bula papal contra ella en 1570. La Reforma se expandió rápidamente a Escocia, mayormente bajo el liderazgo de John Knox, quien sirvió por 19 meses como esclavo de galera antes de irse a Inglaterra y luego a Ginebra. En 1560, el Parlamento escocés rechazó la autoridad papal. En 1561, se reorganizó la «Kirk» reformada escocesa.  

Una interesante nota al margen es que el primer hombre que John Knox ordenó al ministerio de la iglesia fue un clérigo desconocido llamado Robert Charles Sproul, de quien soy descendiente directo.  

A principios del siglo XVII, la Reforma se extendió al nuevo mundo con la llegada de los peregrinos y las colonias de puritanos que trajeron la teología reformada y la Biblia de Ginebra con ellos. 

La teología de la Reforma dominó el evangelicalismo protestante por décadas, pero más tarde se diluyó bajo las influencias del pietismo y el finneyismo.  

A finales del siglo XX, la teología de la Reforma declinó drásticamente en el mundo occidental, siendo atacada por un lado por la teología liberal del siglo XIX, y por el otro lado por la influencia de la teología arminiana. Esto fue especialmente cierto en los Estados Unidos. 

En el escenario actual del evangelicalismo estadounidense, la teología de la Reforma es minoritaria. Las corrientes teológicas dominantes en los círculos evangélicos actuales son el dispensacionalismo y el pensamiento carismático neopentecostal. La expansión y el crecimiento fenomenales de la teología dispensacional en los Estados Unidos es un capítulo fascinante en la historia de la Iglesia. Con sus raíces en las suposiciones de los Hermanos de Plymouth, el dispensacionalismo se extendió rápidamente a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Impulsado por el movimiento de los institutos bíblicos, las conferencias de profecías y la predicación de hombres como D. L. Moody, el dispensacionalismo obtuvo un gran apoyo popular. 

La versión estadounidense del dispensacionalismo fue potenciada por la publicación de la Biblia Anotada de Scofield. La Biblia de Scofield, con sus notas de estudio, sirvió como una herramienta popular para la expansión de la teología dispensacional. Esta teología fue forjada por hombres cuyas raíces estaban principalmente en las ideas de la Reforma. Los temas de la teología reformada clásica fueron modificados significativamente por este movimiento.  

The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] —publicada originalmente en inglés como New Geneva Bible [Biblia de Estudio de Ginebra]— es la primera Biblia de estudio distintivamente reformada desde la publicación de la Biblia de Ginebra en el siglo XVI. Ella busca recuperar la teología de la Reforma y proveer una guía para que el laicado entienda la riqueza de su sistema histórico, doctrinal y bíblico. Su importancia para el cristianismo es enorme. Espero que esta Biblia ayude a los evangélicos a regresar a sus raíces reformadas. Más importante aún, está diseñada para llamar a los evangélicos de regreso a la Palabra y a sus confesiones históricas de teología bíblica.  

Más allá de las fronteras de los Estados Unidos, The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] puede ser utilizada para expandir la luz de la Reforma a tierras donde la Reforma original nunca llegó, especialmente Rusia y Europa del Este. 

En nuestros días hemos visto un avivamiento del interés en la Biblia y un compromiso renovado con la autoridad y la confiabilidad de las Escrituras. Pero la Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia. No basta con ensalzar la virtud de las Escrituras; tenemos que volver a escuchar la enseñanza de las Escrituras, una vez más. La única manera de evitar caer en un nuevo vertedero de herejías es mediante una recuperación seria y ferviente de la verdad bíblica.

Este artículo fue publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Es la fe en Cristo la única manera de ser salvos?

9Marcas

Por 9Marks 

¿Es la fe en Cristo la única manera de ser salvos?

  • El cambio cultural: las personas de hoy en día aman ser inclusivos. Queremos que todo el mundo tenga la razón. De hecho, pensamos que la única manera de estar equivocados es pensando que cualquiera podría alguna vez estar equivocado sobre cualquier cosa. Así que en lo que se refiere a religión decimos, «todos los caminos conducen a Dios. No hay un camino correcto. Lo correcto es creer en cualquier cosa que funcione para ti». Pero, ¿Es eso lo que la Biblia dice?
  •  La respuesta corta: En Hechos 4:12 Pedro dice, «y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos».
  •  Una respuesta un poco más larga: la fe en Cristo es la única manera de ser salvos porque es sólo por la fe en Cristo que podemos ser considerados justos a la vista de Dios (Gálatas 2:16). Es sólo por la fe en Cristo que podemos ser reconciliados con Dios (Romanos 5:9-11). Es sólo por la fe en Cristo que podemos recibir vida eterna (Juan 3:16). Jesús es el único mediador entre Dios y el hombre (1 Timoteo 2:5).
  •  Verdaderamente inclusivo: a pesar de que muchas personas hoy en día encuentran este mensaje intolerablemente exclusivo, deberíamos apuntarles hacia la inclusividad radical del evangelio. El evangelio confronta a todas las personas como pecadores y ofrece perdón y vida eterna a todos aquellos que se vuelven de su pecado y confían en Cristo. No importa lo bueno o malo que hayas sido. No importa de dónde eres o cuáles son tus antecedentes religiosos. Si te arrepientes de tu pecado y confías en Cristo serás salvo.
Mark Dever

La historia de la Iglesia es importante

The Master’s Seminary

La historia de la Iglesia es importante

Josué Pineda Dale 

«¿Para qué me va a servir esto?», dijo en algún momento de su vida todo estudiante, refiriéndose a una materia o algún tema en particular. Tanto el creyente como el estudiante de teología no están exentos de este sentimiento. No todos los temas son igual de atractivos para todos y no todos disfrutan memorizar fechas, eventos importantes y personajes principales. Sin embargo, estudiar la historia de la Iglesia  es importante para el creyente en general y el estudiante de teología en particular.

¿Por qué estudiar la historia de la Iglesia?[1]

  1. Muchas veces se desconoce la historia de la Iglesia. Conocerla hará que se entienda mejor muchas cosas de práxis y doctrina, entre otras.
  2. Dios ha estado obrando a través de la historia. La historia es un testimonio de la providencia soberana de Dios. Sin embargo, hay que tener claro que la autoridad no la tiene la historia ni la tradición. La autoridad suprema es la palabra de Dios. La historia es un testimonio latente de lo que Él ha hecho a través de ella.
  3. Cristo dijo que Él edificaría su Iglesia (Mt. 16:18). Estudiar la historia es ver cómo la promesa se desarrolla.
  4. La historia de la Iglesia es la historia del creyente como miembro de su cuerpo. Cada creyente es parte. Por eso se debe estudiar.
  5. La verdad se ha conservado y transmitido a través de la historia (Jn. 15:26). Jesucristo encargó a los apóstoles de ese testimonio, ellos a sus discípulos, y ellos a todos los que no fueron testigos oculares (1 P. 1:8).
  6. Así como el creyente es alentado por la historia de la verdad, es también advertido por la historia del error. En el primer concilio (Hch. 10) se hizo defensa en contra del legalismo. A pesar de esto, hay grupos que siguen manteniendo esto (por ejemplo, los Adventistas). Siguen la ley a pesar que eso ya había sido descartado y condenado. La nueva era, los mormones o el gnosticismo fueron confrontados en su momento. Si no se estudia estas cosas, se corre el riesgo de volver a caer en el mismo error.
  7. Hay mucho que aprender de aquellos que caminaron con Dios (cf. He. 11).
  8. Hay mucho que aprender de aquellos que fallaron en varios puntos (2 Co. 10:6). Incluso Calvino en su momento defendió tanto el bautismo de infantes que estuvo de acuerdo en que alguien muriera por practicar lo contrario.
  9. Ser un apologista fiel incluye a menudo ser un buen historiador. Es importante poder defender las enseñanzas bíblicas del error.
  10. La historia ayuda a los pastores de este siglo a tener una perspectiva correcta sobre su lugar en estos tiempos de la Iglesia.

Una breve advertencia

La historia de la Iglesia son eventos que sucedieron en un momento específico. Por eso se cuenta con documentos de donde se obtiene la información de esos sucesos. Es importante que se investigue a profundidad y no apresurarse a hacer conclusiones apuradas y sin suficiente fundamento. Se debe tener cuidado porque puede haber algún tipo de sesgo en el autor al describir el evento histórico. Por eso es importante darle peso a los documentos que se consultan. Eso es hacer historia. Se debe hacer un estudio cuidadoso de los documentos disponibles e interpretarlos objetivamente. A diferencia de la Escritura, no podemos confiar plenamente en libros meramente históricos y tomar como dogma todo lo que se detalla. Hay que leer cada uno de ellos con sobriedad y tratar de entender lo que pasó porque cada autor relata según su perspectiva, su fuente o sus presuposiciones. También, hay un elemento filosófico a menudo, ya que algunos son pesimistas y otros optimistas. Finalmente, en ocasiones hay enfoques o elementos artísticos ya que se trata de presentar la historia de manera que no sea aburrida. Es vital tener presente todo esto a la hora de recopilar datos históricos.

Algunos usos prácticos

Las ilustraciones de personajes, temas o situaciones de la historia pueden ser de gran ayuda para el predicador. Son una herramienta valiosa porque no pasan de moda. Probablemente tendrán más utilidad y relación con el tema expuesto que otro tipo de ilustración. Los comentarios hechos por hombres históricos también son útiles a la hora de predicar por la misma razón que las ilustraciones. Se puede usar alguna cita en el sermón que servirá para ampliar o aclarar el punto que se está haciendo. La historia de la doctrina, por su parte, es útil para verificar que lo que se dice es verdad —entendiendo que la historia no tiene autoridad en sí misma sino sólo la palabra de Dios—. Esto salvaguardará al predicador de que sus descubrimientos exegéticos se mantienen dentro de la ortodoxia.

La apologética por su lado, se sirve también de la historia porque brinda herramientas para defender fácilmente en contra de ataques, cultos y demás que ya han surgido con anterioridad muy probablemente. Sin embargo, no se debe olvidar que la única fuente inerrante, infalible, suficiente y poderosa de verdad es la palabra de Dios. No hay otra fuente o norma suprema por encima de ella. Su palabra debe ser nuestro estándar de medición.

Reflexiones finales

Al estudiar la historia de la Iglesia el creyente aprenderá de lo que los padres de la Iglesia hicieron y podrá valorarlos más. Son hombres que lucharon y evitaron muchas veces que el nombre del Señor fuera vituperado. Es sorprendente constatar cómo defendían la verdad a costa de sus propias vidas. Muchas veces el creyente se encuentra muy cómodo y no está dispuesto a dar la milla extra, mucho menos sacrificar su vida.

Es invaluable leer los escritos de estos hombres y aprender acerca de sus vidas por medio de biografías y distintos relatos. Es reconfortante saber que el creyente no está solo y que antes vivieron cientos de hombres valientes. Poco a poco los errores entraban en la iglesia, fracturando el cuerpo de Cristo; sin embargo, Dios siempre se guarda un remanente fiel y cumple sus propósitos. Es de mucho ánimo contemplar la providencia de Dios en la vida y hechos de cada uno de estos personajes.

El reto es seguir aprendiendo y disfrutarlo en el proceso. Es importante «tomar nota» a fin de no cometer los errores que otros cometieron. Si el creyente hace esto, aprenderá a ser más sabio.


[1] Este listado está adaptado del material de clase de Teología Histórica I de The Master’s Seminary.


Josué Pineda Dale

Josué Pineda Dale

Josué Pineda Dale (M.Div., Th.M. Candidate) es coordinador administrativo de educación en español e instructor de sección en The Master’s Seminary, así como administrador de la Sociedad Teológica Cristiana. También es editor del blog de TMS en español y del ministerio «A tiempo y fuera de tiempo». Además, sirve en la enseñanza y como coordinador del ministerio de matrimonios en Grace en Español en Los Angeles, California. Está casado con Mabe y tienen dos hijos: Daniel y Valentina. Josué es el editor general y contribuidor de «En ti confiaré» (2 volúmenes), editor de contenido de «La hermenéutica de Cristo», autor en «Estudios bíblicos para la vida» de LifeWay y contribuidor en los siguientes libros: «Declaring His Glory among the Nations» y «Siervo Fiel».

El temor a no ser cristiano

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Temor

El temor a no ser cristiano

Por John P. Sartelle

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Cuando era niño caminaba con mi padre por el campo que había detrás de nuestra casa. El terreno era irregular y a veces la maleza era alta. Inevitablemente, me caía. Cuando me ponía de pie, papá me ofrecía su mano. La lucha por la autonomía comienza temprano en nuestras vidas, así que yo ya estaba luchando por mi independencia. Debido a esto, avanzaba obstinadamente en mis propias fuerzas. Después de varias caídas que resultaron en múltiples cicatrices, papá empezó a tomarme de la mano con fuerza. Entonces algo maravilloso ocurrió: ya no me caía al suelo. Bueno, seguía tropezándome, pero ahora mis pies colgaban en el aire mientras su brazo fuerte me sujetaba.

En Juan 10:28-29, Jesús afirma plenamente que Sus manos y las manos del Padre nos sostienen. Él dice:

… y Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre.

Como nuevos creyentes tenemos la tendencia a desarrollar doctrinas de salvación que son antropocéntricas. Así como yo quería caminar por el campo en mis propias fuerzas, preferiríamos jugar roles autosuficientes en nuestra salvación y en nuestro andar con Dios. Durante las diferentes tormentas que sacuden nuestras vidas —tanto física como espiritualmente— y nos llenan de temor y desaliento, nos imaginamos aferrándonos desesperadamente a Dios, a Su Palabra y a Su cruz. Esa percepción es errónea. Lo que nos mantiene a salvo no es nuestra capacidad de aferrarnos a Dios. Nuestro agarre no es omnipotente. El pecado todavía habita en nuestras mentes y en nuestros corazones. En nuestros mejores días, cuando nuestra confianza en Dios está llena de fuerza, esa fe sigue estando manchada por el pecado y la traición. Querido lector, las manos del Padre son omnipotentes. Son las que sostienen el universo. No hay nada en la tierra ni en el cielo que pueda arrebatarle a Sus hijos de las manos. 

Jesús también dijo que Sus manos nos sostienen. Mira esas manos. Tienen las cicatrices de los clavos de la crucifixión. Esas cicatrices probaron Su fidelidad y amor. Cuando Sus manos fueron clavadas, cuando el juicio y el castigo por nuestros pecados cayeron sobre Él, incluso mientras los escupitajos burlones de los incrédulos se mezclaban con Su sangre, no abandonó Su misión. Él no bajó de esa cruz, algo que seguramente tenía el poder de hacer. No desistió con ira para dejarnos perecer. Pablo debe haber tenido eso en mente cuando escribió:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:35-39).

¿Está tu fe menguando hoy? ¿Sientes que ya no tienes fuerzas para aferrarte a las increíbles promesas de Su Palabra? ¿Piensas que debes estar perdido porque has vuelto a caer en pecado? Entonces aprende una vez más a renunciar a tu orgulloso deseo de ser el que salva y preserva.

Las manos del Padre son omnipotentes. Son las que sostienen el universo. No hay nada en la tierra ni en el cielo que pueda arrebatarle a Sus hijos de las manos. 

En Mateo 14, Jesús les dice a Sus discípulos que se pongan en marcha y crucen el mar de Galilea mientras Él se queda a solas en tierra para orar. Más tarde, en las primeras horas de la mañana, Jesús viene andando sobre el agua hacia su barca. Están asombrados. Estos discípulos, algunos de los cuales son pescadores experimentados, están luchando contra las olas y el viento. Pedro, con su típica audacia, pregunta si puede acercarse a Jesús en el agua. Jesús le dice a Pedro que vaya hacia Él. Ahí va Pedro con fe, caminando hacia Jesús. Sin embargo, mientras camina sobre las olas su fe empieza a debilitarse y él comienza a hundirse. Pero entonces, es la mano de Jesús la que se apodera de él. Pedro no se salva por su aferramiento a Jesús; se salva por el aferramiento de Jesús a él.

Durante una época en la que estaban siendo castigados por sus pecados, el pueblo de Israel pensaba que Dios los había abandonado. Pero Dios envió a Isaías con un mensaje maravilloso:

¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré. He aquí, en las palmas de Mis manos, te he grabado (Is 49:15-16a).

Siglos más tarde, de esas manos a las que Isaías se refiere brotaría la sangre del pacto. Esas manos omnipotentes que aún llevan las cicatrices de los clavos son las que nos sostienen.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John P. Sartelle Sr.
John P. Sartelle Sr.

El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].