Nota del editor: Este es el noveno y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.
Dios se revela a Sí mismo y a Su plan para el mundo y la humanidad en formas que abordan nuestras mentes y nuestros corazones con poderosas imágenes de belleza, quebrantamiento, necesidad, redención, amor y perdón, entre muchas otras. Algunas de estas imágenes de nuestra relación con Dios están contenidas en metáforas religiosas que Dios usa para hablarnos. En este artículo, reflexionaremos sobre las metáforas religiosas del sacerdocio, las ofrendas y los sacrificios.
En el libro de Éxodo encontramos por primera vez una idea que aparece a lo largo de la Biblia: Dios ha escogido a un pueblo para que sea Suyo con el propósito de manifestar al mundo Su plan redentor. Eugene Merrill dice que el éxodo de Israel es el evento histórico y teológico más significativo del Antiguo Testamento, ya que destaca el acto más poderoso de Dios a favor de Su pueblo, un acto que los llevó de la esclavitud a la libertad, de la fragmentación a la solidaridad, de ser el pueblo de la promesa (hebreos) a ser la nación del cumplimiento (Israel).
Es a través de esta metáfora religiosa del sacerdocio que Dios le da una nueva identidad a Su pueblo.
A través de Israel, Dios establecerá Su Reino al hacer de cada hombre y cada mujer sacerdotes que servirán al Rey de reyes. Ya no servirán a Faraón sino que serán consagrados al servicio del Señor.
«Ahora pues, si en verdad escucháis Mi voz y guardáis Mi pacto, seréis Mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque Mía es toda la tierra; y vosotros seréis para Mí un Reino de sacerdotes y una nación santa». Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (Ex 19:5-6).
Es a través de esta metáfora religiosa del sacerdocio que Dios le da una nueva identidad a Su pueblo. Ahora son un pueblo escogido para llevar a cabo los planes de Dios. Esta nueva nación representará la inevitable realidad de un mundo restaurado conforme a los propósitos del Creador. Además, en esta misma metáfora vemos que, al igual que los hebreos cuando salieron de Egipto, aquellos que hoy están en Cristo también encuentran una nueva identidad, un nuevo propósito y la libertad de la esclavitud del pecado y la culpa.
Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable;pues vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; no habíais recibido misericordia, pero ahora habéis recibido misericordia (1 Pe 2:9-10).
El pueblo redimido por el cordero de la Pascua en Egipto y el pueblo redimido por Cristo en la cruz vivirán juntos para proclamar las maravillas y excelencias de Aquel que los salvó de la oscuridad de la separación y los trajo a la luz de la gracia y la comunión. La metáfora religiosa del sacerdocio representa su nueva posición como posesión atesorada de Dios, pero también le da a Su pueblo una misión que cumplir, un nuevo propósito de dar a conocer el nombre del Señor en toda la tierra.
Aquellos que son llamados a ser sacerdotes de Dios disfrutarán de una relación íntima con su Salvador, y Él se deleitará en ellos. Dios describe a Su pueblo escogido como fragante aroma de Cristo para Dios (2 Co 2:15). Esto significa que Dios se deleita en ellos y se regocija en la comunión con ellos que fue hecha posible a través de la obra de Cristo. La salvación ha sido alcanzada, y las vidas del pueblo de Dios —en todo cuanto hagamos— ahora son como incienso ofrecido a Dios. Ser fragante aroma de Cristo para Dios es servir a Dios en cualquier llamado que tengamos en el mundo. Para el pueblo de Dios, todo es una oportunidad para honrar Su nombre: la maternidad, los negocios, la docencia, el arte, los deportes, la ciencia o cualquier otra área de la vida. La esencia del oficio sacerdotal y de la vida cristiana es la adoración, un llamado a buscar maneras de exaltar Su nombre y de estar consagrados a Él en todo cuanto hagamos. Oswald Chambers, el reconocido ministro escocés, dijo lo siguiente respecto a la devoción misionera: «Los hombres y mujeres que Nuestro Señor envía en Sus empresas son de lo más ordinario, pero con una devoción dominante a Él mismo, forjada por el Espíritu Santo». Esta devoción dominante hacia Dios es lo que se espera del pueblo de Dios.
En el Nuevo Testamento, por medio del apóstol Pablo, Dios también nos da las metáforas religiosas de las ofrendas y los sacrificios para describir las maneras en las que los creyentes encuentran su identidad en su relación con Dios. Pablo dice que ha sido llamado al servicio sacerdotal para que, por medio de Cristo, los gentiles puedan ser una ofrenda aceptable a Dios. Esto significa que, a través del evangelio, ahora los gentiles también son parte de este Reino de sacerdotes que fue inaugurado en el monte Sinaí.
… para ser ministro de Cristo Jesús a los gentiles, ministrando a manera de sacerdote el evangelio de Dios, a fin de que la ofrenda que hago de los gentiles sea aceptable, santificada por el Espíritu Santo.Por tanto, en Cristo Jesús he hallado razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios (Rom 15:16-17).
Pablo también utiliza la metáfora del sacrificio al describir su vida y su servicio como «libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe» (Flp 2:17). Su uso del lenguaje del Antiguo Testamento (Lv 1) demuestra que Pablo sabe que su vida se está consumiendo así como las ofrendas que eran dedicadas en el altar se consumían en adoración agradable y sacrificial a Dios.
De la misma manera, Jesús habla sobre el tipo de vida que Sus seguidores deberían vivir al morir a este mundo y ofrecerse a sí mismos como sacrificios a Él: «Y decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”» (Lc 9:23).
Cuán emocionante es entender a través de estas metáforas religiosas lo que significa ser redimidos, amados y perdonados al hoy vivir para la gloria de Dios.
Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.
¿Alguna vez te han dicho que eres familia de algún famoso del pasado? Durante mi infancia, escuchaba con frecuencia que era descendiente de Davy Crockett, héroe del Álamo, por parte de mi padre. Eso no lo he confirmado, pero he confirmado algo infinitamente más significativo: soy parte de la familia de Dios.
Si eres mi hermano o hermana en Cristo, entonces también eres parte de la familia de Dios. Pero tu conexión no es distante ni trivial como la mía con Davy Crockett; más bien, es más cercana que la que tienes con tus propios padres terrenales.
Nuestra primera y más alta lealtad es a la familia de Dios.
Aunque es menos importante, es gloriosamente cierto que también eres familia de personajes bíblicos como Abraham, David, Elías, María, Pedro, Juan y Pablo, así como de Agustín, Martín Lutero, Juan Calvino, Jonathan Edwards, Charles Spurgeon y un sinnúmero de otros héroes de la historia cristiana. Cuando los conozcas en el cielo, te llamarán sinceramente: «¡Hermano!» o «¡Hermana!», y experimentarás un vínculo con ellos que aún no puedes imaginar, y una intimidad que nunca has conocido en la tierra.
Todo esto, y mucho más, lo revelan las metáforas familiares usadas en la Biblia para el pueblo de Dios. Aquí hay una lista parcial de ellas, seguida de algunas breves observaciones.
RELACIONES BÍBLICAS
Jesús nos dice en Mateo 6:9 que nos dirijamos a Dios en oración como Padre. Juan 1:12-13 dice que Dios da a los creyentes en Jesús el derecho de llegar a ser «hijos de Dios», y que estos han «nacido… de Dios».
Efesios 1:5 enseña que Dios nos predestinó para «adopción como hijos para Sí» a través de Jesucristo.
Efesios 2:19 declara que somos «miembros de la familia de Dios».
Efesios 5:23, 30 enfatiza que la iglesia es «Su cuerpo» y que «somos miembros de Su cuerpo».
Efesios 5:25-27 nos recuerda que Jesús trata a la Iglesia como un novio amoroso trata a su novia.
Hebreos 2:11 proclama que Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos. Pablo nos enseña que debemos tratar a los creyentes ancianos como a padres, «a los más jóvenes como a hermanos, a las ancianas como a madres, a las jóvenes como hermanas, con toda pureza» (1 Tim 5:1-2).
Tanto Pablo como Juan se dirigen a los creyentes que leían sus cartas llamándoles «hijitos» (Gal 4:19; 1 Jn 2:1, 12-14, 28; 3:7, 18; 4:4; 5:21).
OBSERVACIONES
Estos términos son familiares. Por supuesto, el Nuevo Testamento se refiere a los cristianos con muchos otros términos relacionales, incluyendo «amigos», «discípulos», «seguidores» y «siervos». Pero los términos que indican relaciones familiares superan en número al resto.
Vuelve a revisar la lista. Todas estas son relaciones amorosas, no económicas. Somos hijos de Dios, no Sus clientes. No oramos para simplemente obtener cosas de Dios; más bien, el génesis de toda oración es «¡Abba! ¡Padre!» (Rom 8:15; Gal 4:6).
Somos parte de la familia de Dios, no meros súbditos de Su Reino. Ciertamente nos relacionamos con Dios como nuestro Creador, Rey, Señor, Juez y de muchas otras maneras. Estos términos enfatizan Su poder, autoridad y soberanía sobre nosotros. Son títulos y verdades preciosas en formas únicas. Pero Jesús también enfatizó y quiso que recordáramos que «el Padre mismo os ama» (Jn 16:27). Casi podríamos decir que nos ama «doblemente», ya que somos Sus hijos tanto por nuevo nacimiento (Jn 1:13) como por adopción (Ef 1:5). Incluso cuando nuestro Padre nos disciplina, lo hace porque nos ama. Como nos recuerda el escritor de Hebreos: «Porque el Señor al que ama disciplina», y cuando lo hace: «Dios os trata como a hijos» (Heb 12:6-7).
Dios es nuestro Padre ahora, y lo será para siempre cuando vivamos con Él en la «casa de nuestro Padre» (Jn 14:2). Luego de que lleguemos allí, nos regocijaremos en medio de una familia eterna. ¿Has visto alguna vez esas reuniones de hermanos que fueron separados por la guerra o alguna tragedia y que llevaban cincuenta años sin verse pensando que el otro estaba muerto? Es hermoso contemplar los abrazos amorosos y las lágrimas de alegría. Cristiano, pronto y por toda la eternidad verás los rostros sonrientes de personas que corren para abrazarte, gritando: «¡Hermano!» o «¡Hermana!».
Estos son términos de intimidad. Los que correrán para abrazarte realmente serán tus hermanos y hermanas, más cercanos que cualquier persona que hayas conocido en este mundo. Nota como todos estos términos se relacionan con el núcleo familiar. La Biblia no habla de tías, tíos ni primos en nuestras relaciones con Dios ni con Su pueblo. Puede que algunos de tus parientes te saluden en el cielo, pero allí te saludarán como «¡Hermano!» o «¡Hermana!» (incluyendo tu padre, madre o cónyuge terrenal, si están allí).
¿Te has dado cuenta de que ninguna otra relación de las que disfrutes en la tierra, por más larga o íntima que haya sido, se comparará con el vínculo que sentirás con cada persona en el cielo? Esto ocurrirá debido a la obra del Espíritu Santo y a los cambios inimaginables que experimentará cada parte de nuestro ser. De hecho, incluso ahora el Espíritu nos ha unido con otros creyentes, y esa unión es más profunda que la que tenemos con nuestra familia terrenal. Debido a esto, y de una manera coherente con todos los mandamientos bíblicos sobre cómo debemos relacionarnos con nuestra familia terrenal, nuestra primera y más alta lealtad es a la familia de Dios.
Estos son términos ideales. Con esto quiero decir que estos términos se refieren a lo que deberían ser nuestras relaciones, sin ninguna de las asociaciones negativas que pudieran tener en este mundo. En esta tierra quizás tengamos que soportar a un padre cruel, una rivalidad entre hermanos o a un cónyuge infiel. Y por causa de estas experiencias, a algunos les cuesta pensar bíblicamente acerca de Dios como Padre, o de sus compañeros cristianos como hermanos y hermanas en Cristo, y de Cristo como Esposo. Las Escrituras reconocen que el pecado mancha toda relación de este lado del cielo, incluso las relaciones cristianas más amorosas. Sin embargo, somos llamados a buscar la pureza y la santidad (el ideal) en todas ellas (ver 1 Tim 5:1-2).
La realidad en este momento es que Dios es un Padre perfecto y que Jesús es un Hermano perfecto. Un día, junto con todos los creyentes, seremos una novia perfecta para Cristo, «santa y sin mancha» (Ef 5:27). En aquel día, en el cielo que Jonathan Edwards llamó «un mundo de amor», toda relación con cualquier otra persona será verdaderamente perfecta.
Cristiano, todos estos términos son tu patrimonio espiritual. Úsalos, y regocíjate en ellos.
El Dr. Donald S. Whitney es profesor de Espiritualidad Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky. Es autor de varios libros, incluyendo Disciplinas espirituales para la vida cristiana y Orando la Biblia.
Empezar a desarrollar el ministerio pastoral en una iglesia local es un paso muy importante. Muchas personas comienzan llenas de ilusiones, proyectos y buenas intenciones. Sin embargo, es común que en el comienzo del ministerio, uno se enfrente a situaciones duras, inclusive peligrosas, de las cuales un seminario o instituto no prepara y que tan solo la experiencia de otros puede ayudar.
Por ese motivo, y fruto de la experiencia vivida, aquí proveemos algunos consejos a aquellos inician en el servicio pastoral:
Guarda tu corazón
Quizá no parezca algo tan importante como para darle la primera posición de nuestra lista de consejos, pero esto es algo en lo que muchos fallan. De hecho, faltar a esto en el comienzo puede ocasionar el fin de un ministerio. Los aplausos y elogios, el reconocimiento como guía, consejero o referente puede ocasionar que la humildad se vuelva soberbia. Esto te puede hace sentir que eres necesario, o peor, imprescindible en la obra que se está desarrollando. «Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.» (Proverbios 4:23) Nunca olvides que todo lo que sucede es fruto de la obra de Dios y no de tus manos: todos somos sustituibles y prescindibles en la obra de Dios.
No cambies la misión por tu propia visión
En diferentes congregaciones he notado lo común que es escuchar frases como: «Mi visión», «lo que Dios me dio», «a lo que yo he sido llamado», etc. Resultando en congregaciones que pierden el foco principal. Es cierto que cada congregación tiene una identidad o personalidad distinta, una manera de proceder o imagen diferente, pero nuestra misión es conjunta. Como Iglesia de Cristo tenemos una misión: vivir para la gloria de Dios en medio de un mundo oscuro, llevar a Cristo a las naciones y manifestar Su luz a los perdidos.
No olvides la gran comisión
La mayoría de los pastores en la actualidad son hombres apasionados por la obra de Dios, el rescate de las almas perdidas y la predicación genuina del Evangelio. Sin embargo, es fácil perder la pasión que te llevó a el ministerio y empezar a centrarte en los creyentes: enseñanza, consejería, visitas, juntas de trabajo, etc., olvidando que la Gran Comisión sigue siendo parte de la vida de todo cristiano, incluyendo al pastor. «Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.» (Marcos 16:15) Dale el tiempo necesario a la congregación. Recuerda lo que dijo Charles H. Spurgeon: «todo cristiano es un misionero o un impostor». Ve, enseña, ora y aconseja a la Iglesia, pero cuando salgas de nuevo a la calle sigue predicando.
Eres un siervo, no un jefe
Muchas veces, antes del pastoreado, solíamos ser personas altamente serviciales, que colaboraban desde la oración hasta la limpieza, pero que cuando tomamos el cargo pastoral olvidamos el servicio y empezamos a delegar todas esas tareas. Recordemos siempre que Cristo no vino para ser servido sino para servir. Pablo el apóstol sirvió y todos somos llamados a hacerlo. «Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor.» (Mateo 23:11). La mejor manera de enseñar a otros a servir no es mandando, sino con el ejemplo. Nunca pierdas el corazón de siervo. Recuerda que somos esclavos de un Señor, Cristo es nuestro Señor, y a él debemos servir.
Todo es de Cristo
La expresión «la iglesia del pastor…» puede confundir a muchas personas dando a entender que la iglesia es propiedad del ministro cuando en realidad es pertenencia de Cristo (Romanos 11:36). Jesús debe ser el centro de todo: sea sermón, actividad o proyecto. La Iglesia, cada congregación y cada oveja son de Cristo. Considerar que algo de esto es tuyo tiene dos inconvenientes. El primero es creer que los frutos vienen, exclusivamente, de tu trabajo y desempeño. El segundo es frustrarte cuando las cosas no salen como lo pensabas como si fuese culpa tuya. Descansa, cumple tu cometido, haz tu labor con desempeño y amor, porque la obra es de Cristo y dará frutos debidos a su tiempo.
Esperamos que estos consejos te ayuden en ese gran paso que vas a dar o que llevas poco tiempo recorriendo. Sigue sirviendo con desempeño, amor y cuidado en esta hermosa labora que Dios te ha encomendado.
Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.
Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.
Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.
Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.
Jesús acababa de ser bautizado, y había sido un bautismo glorioso. «El cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo, que decía: “Tú eres Mi Hijo amado, en Ti me he complacido”» (Lc 3:21-22). Inmediatamente, este segundo Adán fue llevado al desierto para ayunar y contender con el mismo Satanás. El primer Adán había fracasado en el huerto, y este nuevo Adán, el Mesías y Rey de la gloria, retomaría la batalla en el desierto.
Allí en el desierto estaba Satanás, en todo su esplendor y poder, listo para probar al Hijo encarnado que descendió del cielo.
Llevándole a una altura, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo. Y el diablo le dijo: «Todo este dominio y su gloria te daré; pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy. Por tanto, si te postras delante de mí, todo será Tuyo» (Lc 4:5-7).
En un instante panorámico, Satanás le mostró a Jesús todos los reinos del mundo. «Jesús, Tú quieres gobernar estos imperios. Yo te los daré. Hazlo a mi manera, Jesús; es más fácil. No hay necesidad de conflicto. Solo inclínate ante mí».
Satanás no es omnisciente. Él no conocía los detalles del plan de Dios. El Hijo de Dios y el Hijo del Hombre del linaje de David establecería un Reino sobre el cual Él reinaría para siempre. No nos equivoquemos: este Mesías a quien Satanás ofreció los reinos de este mundo ciertamente estaba enfocado en un reino: Su Reino. Después de rechazar la oferta de Satanás, ¿cómo comenzó Su predicación? «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio» (Mr 1:15).
Ahora, adelantémonos unos treinta años y ubiquémonos en Roma, que en ese tiempo era el epicentro del mundo. Sin duda, este fue uno de los imperios que Satanás le ofreció a Jesús. El apóstol Pedro está escribiendo desde esta nueva Babilonia a las iglesias que él amaba. Les recuerda que son una «nación santa» (1 Pe 2:9). Pedro está pensando en iglesias individuales en provincias, ciudades y pueblos específicos. Pero también ve a estos seguidores de Jesús como una sola nación, como un solo Reino. ¿De dónde sacó esa idea? Jesús se la enseñó. Pedro había escuchado a Jesús decirlo una y otra vez. Lo vemos en cada página de los evangelios. Entre los reinos del mundo, había un nuevo Reino. Era un Reino que no había comenzado en este mundo. El Rey de este Reino es el Hijo de Dios encarnado. Este Reino se estableció en la gloria de la eternidad.
¿De dónde provenían los ciudadanos de esta «nación santa»? «Pero vosotros sois… nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 Pe 2:9). Todos los ciudadanos de esta nación santa provenían de los mismos reinos de tinieblas que Satanás le había mostrado a Jesús.
Cada nación en el mundo tiene ciudadanos de otra nación, una nación santa, que vive en medio de ellos.
¿Cómo podía llamarlos nación santa si venían de reinos que estaban bajo el dominio oscuro de Satanás, donde los ciudadanos eran todo menos santos? Pedro les recuerda que habían sido redimidos «con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo» (1 Pe 1:19). Ya eran justos y santos, pues habían sido lavados de la culpa de su pecado mediante el sacrificio del cordero de Dios. No solo eran santos (rectos) en cuanto a su posición ante la justicia de Dios, sino que también eran santos en su conducta. Al haber nacido de nuevo, tenían una relación íntima con Dios: «… así como Aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: “Sed santos, porque Yo soy santo”» (1 Pe 1:15-16).
Para gran consternación de Satanás, Jesús estaba sacando a personas de sus reinos tenebrosos para edificar Su Reino de luz y de justicia. Jesús estaba destruyendo las tinieblas que habían invadido Su creación, usando a las mismas personas que una vez habían sido parte de esa oscuridad. Ahora eran ciudadanos del Reino de Dios que vivían como extranjeros en medio de los reinos de este mundo y llevaban Su luz a estos lugares oscuros.
Amados, os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación (1 Pe 2:11-12).
Piénsalo. Cada nación en el mundo tiene ciudadanos de otra nación, una nación santa, que vive en medio de ellos.
El apóstol y compañero de Pedro, Pablo, llamó a estos ciudadanos santos «embajadores de Cristo». Son emisarios de su Rey en las naciones terrenales que Satanás le había ofrecido a Jesús. «Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros» (2 Co 5:20). Aquellos que habían nacido en rebelión contra Dios para gran alegría de Satanás ahora estaban hablando felizmente en nombre de la misericordia y la gracia de Dios, rogando a los perdidos y quebrantados: «Reconciliaos con Dios».
En 1972, mi difunta esposa, Janet, y yo pasamos dos semanas conduciendo por México con dos amigos. Era mi primera visita a un país extranjero. Todos los días sentía cierta incomodidad porque estaba constantemente consciente de que era un extranjero. Así es como nos sentimos a veces los cristianos, incluso en nuestro propio país, por más que lo amemos. Nos encanta nuestra historia y nuestra constitución, pero no nos sentimos como en casa en nuestra cultura secular. Las costumbres sociales de nuestra sociedad, ancladas en el materialismo, la inmoralidad sexual, el elitismo intelectual, el orgullo egocéntrico, el cinismo posmoderno, la idolatría y el ateísmo, nos recuerdan que en realidad somos extranjeros cuya ciudadanía está en el Reino de Jesucristo. Nos humilla recordar que alguna vez fuimos partícipes voluntarios de esa cultura impía, pero hemos sido rescatados solo por la gracia de Dios. Esa gracia nos impulsa a ser embajadores que llevan la luz del evangelio a las tinieblas. Sin embargo, vivimos como extraterrestres con gozo, sabiendo que somos peregrinos de camino a nuestro hogar.
El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].
Nota del editor: El siguiente memorándum fue escrito por el anciano de una iglesia del Atlántico Medio a sus colegas ancianos. El autor, que fue asistente de un juez de la Corte Suprema de Justicia, actualmente trabaja como abogado y ha accedido amablemente a que lo reproduzcamos aquí.
Para: Los Ancianos.
Asunto: Marco para el cumplimiento de las nuevas órdenes por COVID-19.
RESUMEN
La semana pasada, el gobernador anunció en conferencia de prensa que estaría implementando nuevas restricciones sobre las reuniones en nuestro Estado para disminuir la propagación del COVID-19. En un principio, no especificó con claridad si estas restricciones se aplicarían a las iglesias o cómo; lo que llevó a muchas personas a preguntarse cómo respondería nuestra iglesia. Gracias a Dios, el texto de la orden (una vez publicada) aclaró que los servicios religiosos continuarían realizándose sin limitaciones numéricas por el momento, siempre y cuando continuáramos implementando nuestros protocolos de seguridad existentes. No obstante, la incertidumbre inicial era un buen recordatorio de que aún no estamos fuera de peligro en lo que respecta al COVID-19 ni a las nuevas restricciones por COVID-19.
Dado que el Gobernador o el Ayuntamiento pueden intentar adoptar restricciones adicionales en el futuro, parece sabio considerar de antemano cómo decidiremos si las cumplimos. Este memorándum consta de tres partes. La Parte I esboza un marco general de dos vertientes para decidir cuándo los cristianos pueden o deben someterse a una ley u orden. La Parte II aplica la primera vertiente de ese marco para explicar cómo podríamos evaluar si cumplir con una orden por COVID-19 a la luz de los principios bíblicos. La Parte III aplica la segunda vertiente de ese marco para explicar cómo podríamos evaluar si cumplir con una orden por COVID-19 a la luz de los principios legales.
DISCUSIÓN
Parte I: La sumisión bíblica y sus límites
Romanos 13:1-7, 1 Pedro 2:13-17, y otros pasajes hacen de la sumisión a los funcionarios gubernamentales la norma bíblica, y del incumplimiento la excepción. Sin embargo, existen al menos dos ejemplos en los que el incumplimiento a una ley u orden está justificado bíblicamente: (1) cuando cumplir con una ley u orden sería contrario a la voluntad de Dios revelada en la Escritura, y (2) cuando la ley u orden es en sí misma legalmente inválida. Más específicamente:
Cuando el cumplimiento de una ley u orden viola los mandatos, principios o creencias bíblicas, el cumplimiento no es una opción bíblica. Los cristianos deben «obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch. 5:29). En consecuencia, el marco para decidir si cumplir con una ley u orden por motivos bíblicos es relativamente sencillo:
¿Cuáles mandatos, principios o creencias bíblicas están vinculados en la ley u orden?
¿Es posible (dentro de lo razonable) para el cristiano cumplir con esta ley u orden de manera que se ajuste a todos los mandatos, principios y convicciones bíblicas relevantes?
De ser así, el cristiano debería cumplirla. (Si no está de acuerdo con la ley u orden, podría considerar abogar por su modificación o derogación).
De no ser así, entonces el cristiano no debería cumplirla, pero solo en la medida en que la Escritura lo exija. (Si el cumplimiento de otros aspectos de la ley o u orden está permitido por la Escritura, el cristiano debería cumplir con esos aspectos).
Cuando una ley u orden es legalmente inválida —por ejemplo, porque es inconstitucional, contraria a un estatuto, prohibida o fuera del ámbito de la autoridad otorgada por Dios al gobierno— el cumplimiento no es obligatorio porque la ley u orden no es la «autoridad gobernante» bajo nuestro sistema legal, a pesar de lo que pueda decir la persona que adoptó la ley u orden inválida. 13:1, véase Marbury v. Madison, 5 U.S. 137, 163 (1803). («El gobierno de los Estados Unidos ha sido denominado enfáticamente un gobierno de leyes y no de hombres»). Sin embargo, se permite el cumplimiento de la ley u orden inválida por un asunto de prudencia si el cristiano así lo desea. Y los cristianos también deberían considerar si buscan el reconocimiento oficial de su posición de que la ley u orden es ilegal. Por consiguiente, el proceso de decisión es más complicado:
¿Es prudente el cumplimiento de la ley u orden a la luz de todas las consideraciones relevantes?
De ser así, es probable que no importe si la ley u orden es legalmente válida. El cristiano debería someterse a ella por prudencia.
De no ser así, proceda.
¿Cree el cristiano que la ley u orden en cuestión es legalmente válida?
De ser así, el cristiano debería cumplirla. (Si no está de acuerdo con la ley u orden, podría considerar abogar por su modificación o derogación).
De no ser así, proceda.
¿Ha reconocido ya un tribunal u otra autoridad competente la ley u orden como legalmente inválida?
De ser así, el cristiano no tiene que cumplirla.
De no ser así, proceda.
¿Sería sabio para el cristiano cumplir con la ley u orden hasta que una autoridad competente haya decidido si dicha ley u orden es inválida (por ejemplo, en una demanda o una nueva orden), a la luz de consideraciones tales como las convicciones bíblicas del cristiano, el testimonio del cristiano al mundo, la importancia de la ley u orden, las posibles sanciones por incumplimiento, la obviedad de los problemas legales, el impacto de la ley u orden en el cristiano y las consideraciones financieras y administrativas?
De ser así, el cristiano debería cumplirla hasta que se suspenda o sea declarada inválida (o se modifique o derogue).
De no ser así, el cristiano no tiene que cumplirla.
Para su discusión:
¿Estás de acuerdo con este marco general de dos vertientes? ¿Cambiarías algo?
Parte II: Evaluar las órdenes por COVID-19 bajo la Escritura
¿Cuáles mandamientos, principios y creencias bíblicas están vinculados en la ley u orden?
Cualquier orden por COVID-19 diseñada para retrasar la propagación del virus implicaría el principio bíblico de que Dios designa a las autoridades gubernamentales como servidores para nuestro bien, y les da la responsabilidad de proteger y mantener la dignidad de la vida humana. Por ejemplo,Gn. 9:5-6; Ro. 13:1-5.
Dependiendo de sus términos, una orden por COVID-19 que restrinja el tamaño de las reuniones eclesiales también podría estar vinculada a nuestra creencia bíblica de que a los miembros de las iglesias locales se les ordena congregarse regularmente y ser una muestra corporativa de la gloria de Dios al mundo, predicando el evangelio y haciendo discípulos (véaseHe. 10:24-25; véase también Mt. 5:16; Mt. 28:18-20; Ef. 3:10; 1 Ti. 4:13; 2 Ti. 4:2).
Tal orden también podría implicar nuestra creencia bíblica de que Dios el Padre reina soberanamente sobre la creación y es el autor de cada acontecimiento que ocurre tanto en el tiempo como en la eternidad, véaseSal. 135:6; Hechos 1:7; Ro. 8:28-30; Ro. 11:36; 1 Co. 8:6; 1 Co. 15:24; Ef. 1:3-12, nuestro llamado bíblico a «animarnos y edificarnos unos a otros», 1 Ts. 5:11, nuestro llamado bíblico a «hablarnos entre nosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales», Ef. 5:19, nuestra creencia bíblica de que el bautismo debe hacerse por inmersión, véaseMt. 3:13-17; Mt. 28:18-20; Hch. 2:38-41; Hch. 8:36-38; Ro. 6:4; Gá. 3:27; 1 P. 3:21, nuestra creencia bíblica de que la Cena del Señor debe ser tomada por los creyentes y administrada regularmente por cada iglesia local, véaseMt. 26:26-29; Hch. 2:42; 1 Co. 11:17-34, nuestro llamado bíblico como ancianos a «apacentar la grey de Dios», 1 P. 5:2, nuestra creencia bíblica de que en última instancia «nuestra ciudadanía está en los cielos», Fil. 3:20, y potencialmente incluso el deber bíblico de los padres de guiar pacientemente a sus hijos en los caminos de Cristo, véaseEx. 20:12; Dt. 6:4-9; Salmo 78; Pr. 6:20-22; Pr. 22:6; Pr. 23:13-14; Pr. 29:15-17; Lc. 17:1-2; Ef. 6:1-4; Col. 3:20-21. Muchas de estas creencias se exponen en la Declaración de Fe de nuestra iglesia, y esta lista es meramente ilustrativa; de ninguna manera pretende ser exhaustiva.
¿Es posible (dentro de lo razonable) para el cristiano cumplir con esta ley u orden de manera que se ajuste a todos los mandatos, principios y convicciones bíblicas relevantes?
La respuesta a esta pregunta dependerá de los términos y el ámbito de la orden por COVID-19 y la exigencia de las circunstancias que la justifican.
Discernir si una prohibición por COVID-19 de reunirse viola el mandato bíblico, requiere de decisiones piadosas. Por un lado, los mandatos y creencias bíblicas enumeradas anteriormente establecen claramente un patrón y una práctica normal para el creyente que no debe dejarse de lado a la ligera. Por otro lado, ninguno de los mandatos y creencias enumerados anteriormente requiere categóricamente que se observe en persona, en espacios cerrados, cada semana, por cada miembro del cuerpo de la iglesia, sin demora o aplazamiento o flexibilidad.
Como ancianos de esta iglesia, debemos tomar en cuenta todas las circunstancias relevantes tal y como existen, en el momento en que se nos pide que cumplamos con la orden por el COVID-19, ignorar los hechos y las opiniones inexactas e irrelevantes; y luego, en oración, decidir si la orden va «demasiado lejos», de tal manera que la obediencia al Estado se convierte en desobediencia a Dios. En última instancia, creo que la cuestión de fondo es ésta: ¿Justifican las circunstancias relevantes, tal y como las conocemos, las desviaciones de las pautas y prácticas bíblicas que exige la orden por COVID-19?
Al llevar a cabo este análisis, recomiendo que nos enfoquemos específicamente en si nuestros protocolos de seguridad contra el COVID-19 han sido eficaces en la reducción de la transmisión del virus, si nuestra congregación ha estado cumpliendo con esos protocolos, y si nuestra área está experimentando un pico tan significativo en el número de casos de COVID-19 en comparación con las semanas anteriores, de manera que reunirnos en persona parece imprudente. Debemos dar el peso adecuado a los datos científicos y a la experiencia de las autoridades sanitarias, pero al mismo tiempo, debemos evitar renunciar a nuestra propia responsabilidad de sopesar esa información científica con los mandatos de las Escrituras, la soberanía de Dios y la realidad de la eternidad; en última instancia, la cuestión de si debemos apartarnos de la norma bíblica es una cuestión espiritual y moral, no científica.
También recomendaría no tomar decisiones basadas en el hecho de haber cumplido las órdenes emitidas al principio de la pandemia, cuando gran parte de la naturaleza del virus era incierta y carecíamos de los protocolos de seguridad de COVID-19 que ahora hemos implementado. En este momento, tenemos mucha más información sobre el virus y sobre cómo mitigar el riesgo de transmisión, por lo que personalmente me siento mucho más cómodo y preparado para evaluar de forma independiente si una orden por COVID-19 va demasiado lejos.
Finalmente, dado que estamos hablando de principios bíblicos, deberíamos evitar tomar decisiones basadas en consideraciones políticas u opiniones públicas como tales, independientemente de que esos factores pesen a favor o en contra del cumplimiento de una orden por COVID-19.
Para su discusión:
¿Está de acuerdo con el planteamiento anterior? ¿Qué cambiaría?
Supongamos que la reciente orden del Gobernador nos hubiera impedido reunirnos presencialmente con más de 25 personas, lo cual se castiga como un delito con hasta 12 meses de prisión y hasta $2500 de multa. Supongamos además que las autoridades sanitarias del Estado creyeran que el recuento de casos per cápita y la tasa de productividad del Estado siguen siendo «relativamente bajos», que los casos en el Estado no estuvieran aumentando tan rápidamente como en otros lugares, que la capacidad de los hospitales fuera «estable» y que el único «pico» en el número de casos diagnosticados con COVID-19 en el Estado estuviera en lado opuesto del Estado. Finalmente, supongamos que nuestra zona también tuviera un estimado de entre 15 y 17 casos por cada 100 000 personas, lo cual está en el extremo inferior de la escala, y que esta cifra no fuera significativamente diferente a los niveles que existían la última vez que nos reunimos en persona (con las medidas de seguridad establecidas). Bajo esas circunstancias, ¿deberíamos haber limitado nuestras reuniones a 25 personas bajo este marco? ¿Hay más información que querrías saber?
Parte III: Evaluar la validez legal de las órdenes por COVID-19
¿Es prudente el cumplimiento de la ley u orden a la luz de todas las consideraciones relevantes?
La respuesta a esta pregunta dependerá de los mismos tipos de hechos y circunstancias identificados anteriormente. Si nuestra área está experimentando un aumento de casos por COVID-19, y creemos que un servicio de transmisión en directo es prudente y coherente con la Escritura, poco importa si una orden por COVID-19 es legalmente válida. Hay argumentos a favor de no diferir con las autoridades gubernamentales cuando sea posible, y de evitar tensiones innecesarias cuando las restricciones son tolerables. ¡No se trata de buscar pelea! (VéaseMateo 17:24-27).
Habiendo dicho eso, cuando estamos decidiendo si adoptar voluntariamente las nuevas restricciones como ancianos en nombre de la iglesia, ya sea en respuesta a una nueva orden por COVID-19 o por iniciativa propia, deberíamos considerar que la suspensión de los servicios y eventos impide que las personas tomen sus propias decisiones sobre asistir en base a sus propias consciencias y circunstancias de salud.
Si, por ejemplo, decidimos continuar con los servicios dominicales matutinos presenciales, las personas con preocupaciones sobre el COVID-19 o el cumplimiento legal pueden decidir quedarse en casa y usar nuestra transmisión, que no es de ninguna manera un sustituto completo de nuestras reuniones, pero todavía proporciona cierta edificación espiritual. Por el contrario, si decidimos hacer servicios de transmisión en directo, los miembros que tendrían el deseo de congregarse en persona no podrían hacerlo. ¿Quién sabe cuántas oportunidades de discipulado, confesión, estimulo, exhortación u oración se perderían? Por tanto, hablando solo por mí, se necesitaría de un aumento significativo de casos por COVID-19 en nuestra comunidad para que yo concluya que volver a las transmisiones en vivo es sabio cuando no es legalmente necesario.
¿Cree el cristiano que la ley u orden en cuestión es legalmente válida?
Aunque la protección de la salud pública entra en el ámbito de la autoridad otorgada por Dios al gobierno, nuestra nación ha adoptado leyes que limitan la facultad del Estado de infringir el libre ejercicio de la religión, incluso cuando el gobierno está actuando dentro de su autoridad. Además de la Cláusula de Práctica Libre de la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos —que como mínimo protege a los observadores religiosos contra la desigualdad de trato y contra las leyes que imponen discapacidades especiales basadas en el estado religioso —Espinoza v. Mont. Dep’t of Revenue, 140 S. Ct. 2246, 2254 (2020)—, algunas leyes estatales brindan protecciones adicionales para la práctica religiosa.
Por ejemplo, el análogo de Virginia a la Ley de Restauración de la Libertad Religiosa («RFRA» por sus siglas en inglés) del gobierno federal establece que ninguna entidad o funcionario gubernamental de Virginia «impondrá una carga sustancial al libre ejercicio de la religión de una persona, incluso si la carga resulta de una norma de aplicación general, a menos que demuestre que la aplicación de la carga a la persona es (i) esencial para promover un interés gubernamental imperativo y (ii) el medio menos restrictivo de promover ese interés gubernamental imperativo», Va. Code § 57-2.02(B). Las violaciones de esta ley pueden plantearse «como reclamación o defensa en cualquier procedimiento judicial o administrativo», Id. § 57-2.02(D).
Aunque no puedo brindar asesoramiento legal aquí y no tengo la intención de hacerlo (se debe consultar a un abogado para evaluar cualquier orden en particular), parece que prácticamente cualquier orden por COVID-19 que restrinja significativamente las reuniones de una iglesia sería una carga sustancial para la práctica de la religión de los miembros de la iglesia. Y asumiendo una carga sustancial, la cuestión principal en virtud de estatutos como la RFRA sería si la orden por COVID-19 es tanto esencial para promover un interés gubernamental imperativo como el medio menos restrictivo de hacerlo. Si no es así, la orden por COVID-19 sería legalmente inválida en virtud de este tipo de estatuto.
¿Ha reconocido ya un tribunal u otra autoridad competente la ley u orden como legalmente inválida?
Si se dictan nuevas restricciones por COVID-19, es probable que un tribunal tarde en decidir si concede medidas cautelares contra ellas, incluso si se presenta una demanda inmediatamente.
¿Sería sabio para el cristiano cumplir con la ley u orden hasta que una autoridad competente haya decidido si la ley u orden es inválida (por ejemplo, en una demanda o una nueva orden), a la luz de consideraciones tales como las convicciones bíblicas del cristiano, el testimonio del cristiano al mundo, la importancia de la ley u orden, las posibles sanciones por incumplimiento, la obviedad de los problemas legales, el impacto de la ley u orden en el cristiano y las consideraciones financieras y administrativas?
Si como ancianos concluimos de buena fe que una orden por COVID-19 es legalmente inválida, pero ninguna autoridad competente ha confirmado ya nuestra conclusión, debemos decidir si la cumplimos a la espera de dicha decisión formal. Recomiendo que consideremos una serie de factores, incluyendo los siguientes:
¿Sería el cumplimiento de la restricción inconsistente con las Escrituras?
¿El incumplimiento de la restricción sin buscar una determinación legal por parte de una autoridad competente obligaría a otros a violar sus propias conciencias?
¿Se notaría públicamente el incumplimiento de la restricción, o la restricción se centra en asuntos puramente internos, como el bautismo, la Cena del Señor, los cánticos o las reuniones? Si el incumplimiento se notara públicamente, ¿enaltecería el nombre de Cristo o lo empañaría potencialmente?
¿Es la restricción en cuestión un componente importante de un plan general de salud pública o se centra en asuntos periféricos?
¿Es probable que el incumplimiento dé lugar a fuertes multas o a un tiempo de cárcel significativo?
¿En qué medida la restricción es perjudicial en la práctica?
¿Son evidentes los problemas legales de la restricción? ¿Tienen los problemas un componente moral que justifique la desobediencia civil?
¿Tenemos los medios financieros y administrativos necesarios para presentar una demanda judicial u otros medios de reparación?
Para su discusión:
¿Está de acuerdo con el planteamiento anterior? ¿Cambiaría algo?
Supongamos la misma hipótesis anterior. Bajo esas circunstancias, ¿deberíamos haber limitado nuestras reuniones a 25 personas bajo este marco? ¿Hay más información que querrías saber?
Es importante preguntar cuál pudo haber sido la motivación de Dios para enviar Su unigénito Hijo a morir de manera que los hombres puedan ser salvos. En las Escrituras, descubrimos que Dios no salva al hombre por alguna necesidad divina, o por el valor inherente del hombre, o por algún hecho noble que éste pudiera haber hecho. Sin embargo, Dios fue movido a salvar para la alabanza de Su propia gloria y por el gran amor con el cual nos ama.
Dios No Tenía Necesidad
Una de las verdades más asombrosas acerca de Dios es que Él está absolutamente libre de cualquier necesidad o dependencia. Su existencia, el cumplimiento de Su voluntad, y Su felicidad o beneplácito no dependen de nada ni de nadie fuera de Sí mismo. Él es el Único ser realmente Auto-existente, Auto-sustentador, Autosuficiente, Independiente, y Libre. Todos los demás seres derivan su vida y bienestar de Dios, pero todo lo que es necesario para la existencia y perfecta felicidad de Dios se encuentra en Sí mismo. Enseñar o incluso sugerir que Dios hizo al hombre o salva al hombre porque Él estaba necesitado o incompleto es absurdo e inclusive blasfemo.
Dios explica por medio del salmista, “No tomaré novillo de tu casa, ni machos cabríos de tus apriscos. Porque mío es todo animal del bosque, y el ganado sobre mil colinas. Toda ave de los montes conozco, y mío es todo lo que en el campo se mueve. Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y todo lo que en él hay.” (Salmos 50:9-12)
El Apóstol Pablo declara, “El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay, puesto que es Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos por manos de hombres, ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que El da a todos vida y aliento y todas las cosas…” (Hechos 17:24-25)
Charles Hodge escribe, “De acuerdo con las Escrituras Dios es autosuficiente. El no necesita nada fuera de Sí mismo para Su propio bienestar o felicidad. Él es, en todo sentido, independiente de Sus criaturas.” (Systematic Theology, Vol.1, p.556)
A.W. Tozer escribe, “Si de pronto todos los seres humanos perdieran la vista, aún seguirían brillando el sol de día y las estrellas de noche, porque ninguno de ellos les debe nada a los millones de personas que se benefician con su luz. De igual forma, si todos los hombres de la tierra se volvieran ateos, esto no podría afectar a Dios de manera alguna. Él es lo que es, en sí mismo y sin relación con nadie más. El que creamos en Él no añade nada a sus perfecciones; el que dudemos de Él tampoco le quita nada.” (El Conocimiento del Dios Santo, p.40-41)
El Hombre No Tiene Mérito
Una de las verdades más aleccionadoras acerca del hombre es que éste está absolutamente destituido de virtud o mérito. De acuerdo con las Escrituras, la imagen de Dios en el hombre ha sido seriamente desfigurada, y corrupción moral ha contaminado su ser – cuerpo entero (Romanos 6:6,12; 7:24; 8:10,13), razón (Romanos 1:21; II Corintios 3:14-15; 4:4: Efesios 4:17-19), emociones (Romanos 1:26-27; Gálatas 5:24; II Timoteo 3:2-4), y voluntad (Romanos 6:17; 7:14-15). Todos los hombres nacieron con un gran potencial o inclinación hacia el pecado y son capaces de la más grande maldad, de los crímenes más inexplicables, y de las más vergonzosas perversiones. Todo lo que los hombres hacen está contaminado por su propia corrupción moral, y el pecado penetra incluso en sus hechos más heroicos y altruistas (Isaías 64:6) Las Escrituras también enseñan que los hechos del hombre no son provocados por algún amor a Dios o algún deseo de obedecer Sus mandamientos. Ningún hombre ama a Dios de una manera digna o como la ley manda (Deuteronomio 6:4-5; Mateo 22:37); ni existe un hombre que glorifique a Dios en todo pensamiento, palabra, y hecho (I Corintios 10:31; Romanos 1:21). Todos los hombres se prefieren a sí mismos que a Dios (II Timoteo 3:2-4), y todos los hechos de altruismo, heroísmo, deber cívico, y bondad religiosa externa son provocados por el amor a sí mismo o el amor a otros hombres, pero no el amor a Dios. Además, la mente del hombre es hostil hacia Dios, no puede sujetarse a la voluntad de Dios, y no puede agradar a Dios (Romanos 8:7-8).
Por lo tanto, los hombres están inclinados a mayor y mayor corrupción moral, y este deterioro moral sería incalculablemente más rápido, si no fuera por la intervención divina que restringe la maldad del hombre. Finalmente, el hombre no puede liberarse o recuperarse de su condición pecaminosa y depravada (Jeremías 13:23).
Basado en la descripción bíblica del hombre, es evidente que Dios no fue movido a salvar al hombre por causa de alguna virtud o mérito inherente encontrado en él. Es evidente que no hay nada en el hombre caído que pueda motivar a un Dios santo y justo a amarlo, sino solo traerlo a juicio y condenarlo. ¿Entonces qué motivó a Dios enviar a Su Hijo unigénito para salvar al pecador? De acuerdo con las Escrituras, Dios lo hizo para la alabanza de Su propia gloria y por el gran amor con que nos amó.
Paul David Washer ministró como misionero en Perú 10 años, tiempo durante el cual fundó la Sociedad Misionera HeartCry para apoyar plantadores de iglesias peruanos. Paul ahora sirve como director de misiones de HeartCry (heartcrymissionary.com), la cual Dios ha bendecido para poder apoyar a misioneros en más de cuarenta naciones al rededor del globo. Él y su esposa Charo tienen cuatro hijos: Ian, Evan, Rowan, y Bronwyn.
Nueva esperanza para los espiritualmente atrapados
Hace años me quedo varado con unos amigos y extraños en el ascensor de un edificio alto. Esperábamos a que llegara la ayuda, charlando torpemente y riendo nerviosamente. No soy claustrofóbico y no recuerdo haber sentido terror. Pero definitivamente me sentí impotente. Estaba claro que nunca íbamos a escapar de esa caja de metal suspendida sin la intervención del exterior. Y por supuesto, en 45 minutos más o menos oímos ruidos. Las puertas del ascensor se abrieron. Las caras amables aparecieron por encima de nosotros. Vivíamos para contar la historia.
Atrapado. Por indefensos que sintamos ese día, hay una sensación mucho peor que experimentamos: sentirnos irremediablemente atrapados en nosotros mismos, creyendo que nunca podremos cambiar.
Jack Boughton, el personaje ficticio de Marilynne Robinson, está un poco atascado. Se sabotea a sí mismo, lastima a los demás y daña las relaciones, a veces a través de sus propias decisiones deliberadas y a veces sin intención consciente. En bicicleta hacia la cárcel y la falta de vivienda, se pierde el funeral de su madre y rompe el corazón de su padre. Él está -oprimido por ese viejo sentimiento de que fue envuelto en una red de daño potencial que se hizo real de una manera u otra si respiraba tanto como respiraba» (Jack, 274).-
A lo largo de la novela, Robinson presiona la pregunta: ¿Puede un hombre cambiar? Resueno con esa pregunta porque la he hecho muchas veces, a lo largo de muchos años, sobre mí mismo.
¿Puedo cambiar?
¿Puedo cambiarme? Ahora, en la mediana edad, con las enormes posibilidades de constreñir a los jóvenes, estoy llegando a un acuerdo con ciertas limitaciones. Nunca voy a hacer un mate de baloncesto o actuar en una banda de bluegrass. Bueno y bien. Pero mucho más dolorosa y preocupantemente, hay lugares persistentes de ruptura y pecado donde me siento atrapado.
Anhelo ser menos temeroso y más audaz en la fe, más de corazón siervo y menos egoísta, menos preocupado por mi propio éxito y más alegre por el éxito de los demás. ¡Pero es tan difícil crecer! El progreso es lento. Giro mis ruedas. Pierdo terreno. Me quejo. Estoy de luto. Al igual que Jack, tengo esa vieja sensación de estar enredado, atrapado, limitado, atascado.
¿Me pregunto si alguna vez sientes lo mismo?
Encontrar esperanza en nuevo
Dios nos da una visión del futuro en Apocalipsis 21, una visión llena de esperanza fuerte y vibrante para las personas atrapadas. Juan ve un nuevo cielo, una nueva tierra y una nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:1–2). Entonces oye la voz de Dios proclamando, – He aquí, yo hago nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5).-
La repetición cuádruple de la palabra nuevo demuestra su importancia. También lo hace la palabra he aquí al principio de la promesa: –He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.- Y no sólo es importante la promesa de novedad de Dios; también es cierto— porque Dios le dice inmediatamente a Juan que lo escriba (Apocalipsis 21:5).
Esa pequeña palabra nueva es una balsa salvavidas en los barcos que se hunden en la desesperación. Es un pozo de luz en una habitación oscura. Es la llave que abrirá una puerta cerrada, y la elección que liberará las esposas. Es el sonido de bienvenida de los reparadores de ascensores que llegan para salvarnos a mí y a mis amigos. Contiene un mundo de nuevas posibilidades y esperanza eterna.
Nuevo demuestra que el futuro del universo no está limitado por su realidad actual, por sus recursos actuales (o la falta de ellos).
Novedad ahora y más tarde
Hay novedad en el camino en el último día. Y esa novedad viene de fuera del sistema, del Dios Creador que hizo todo de la nada. Él dice, «Estoy haciendo todas las cosas nuevas.» La palabra nuevo muestra que todavía está en el negocio no sólo de mover cosas viejas, sino de hacer cosas nuevas. Muestra que la ley de la entropía, los procesos de decadencia, todas las leyes de la naturaleza, no tendrán la última palabra, porque por fin habrá una infusión de poder divino fresco, creativo y renovador en todo lo que sabemos.
Hay dos realidades alentadoras acerca de esta novedad que Dios trae. En primer lugar, no se refiere sólo a la creación de materiales no humanos. La gente también está incluida. Aunque en la nueva creación seguiré siendo Stephen Witmer (no alguien más), seré una versión aún mejor de Stephen Witmer que el mejor Stephen Witmer que he aspirado a ser. El cambio al nuevo Stephen Witmer será enorme.
En segundo lugar, la novedad no es sólo algo que Dios traerá al final de los tiempos. Ahora se especializa en llamar a ser cosas que no existen (Romanos 4:17). Su obra de nueva creación ya se experimenta en el presente a medida que las personas entran y experimentan más profundamente su unión con Jesucristo (2 Corintios 5:17).
Esto significa que la palabra nuevo nos abre posibilidades actuales genuinas. No nos limitamos a lo que somos actualmente, o incluso a lo que somos capaces de hacer de nosotros mismos. Ese anhelo que muchos de nosotros sentimos cambiar, de mejorar, de crecer (es por eso que hacemos resoluciones cada año) está destinado a estar satisfecho, y para todos los que creen, algún día estará plenamente satisfecho. Pero incluso ahora hay ayuda divina disponible desde fuera de nosotros mismos. Incluso mientras esperamos la liberación final, su poder divino puede hacernos desenfundar donde estamos ahora.
Liberado de la desesperación fija
En una de las escenas centrales de “A Tale of Two Cities” de Charles Dickens, Sydney Carton le revela su amor por Lucy Manette, junto con su -desesperación fija- de que alguna vez cambiará sus maneras sinvergüenzas. -Nunca seré mejor de lo que soy. Voy a hundirse más bajo, y ser peor.-
Incluso la esperanza parpadeante de sacudirse el perezoso y la sensualidad que Lucy inspira en Sídney es -un sueño, todo un sueño, que termina en nada, y deja al durmiente donde se acuesta…- Cuando Lucy le ruega que crea que es -capaz de cosas mejores,- él responde: -Lo sé mejor.- Está atascado.
Muchos lectores, a lo largo de muchos años, se han sentido atraídos por el carácter de Sydney Carton, tal vez porque resuenan con su desesperación, habiendo sentido a veces de esa manera nosotros mismos. Pero, por supuesto, hay otra razón: nos emocionamos por la redención que encuentra al final. Al establecer su vida para el marido de Lucy, Carton encuentra su vida. Su desesperación fija no es la última palabra. Resulta que cambia, y la ayuda que necesita viene de fuera de sí mismo (en el amor Lucy ha despertado en él). La súplica anterior de Lucy para que crea que es -capaz de cosas mejores- se hace eco en su famosa línea final: -Es una cosa mucho, mucho mejor que nunca.- Ella tenía razón después de todo.
No creas la mentira de que estás atrapado para siempre. No lo estás. Hay ayuda disponible que supera con creces cualquier recurso que pueda reunir usted mismo. Escuche a Dios decir: -He aquí, estoy haciendo todas las cosas nuevas,- incluso tú.
Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.
¿Cuál es la diferencia entre un talento y un don espiritual?
Existen similitudes y diferencias entre talentos y dones espirituales. Ambos son regalos de Dios. Ambos incrementan su efectividad con el uso. Ambos son para ser usados en beneficio de otros, no para propósitos egoístas. 1 Corintios 12:7 dice que los dones espirituales son otorgados para edificar a otros y no para nosotros. Así como los dos grandes mandamientos tratan de amar a Dios y a los demás, consecuentemente, uno debe usar sus talentos para ese propósito. Pero a quién se le dan y cuándo se dan, es diferente. A una persona (sin importar su creencia en Dios o en Cristo), le es dado un talento natural como resultado de una combinación genética (algunos tienen una habilidad natural para la música, arte, o matemáticas) y su medio ambiente (crecer en una familia musical ayudará a la persona a desarrollar un talento por la música), o porque Dios deseó dotar a ciertos individuos con ciertos talentos (por ejemplo, a Bazeleel en Éxodo 31:1-6). Los dones espirituales son dados a todos los creyentes por el Espíritu Santo (Romanos 12:3, 6) al momento de poner su fe en Cristo para el perdón de sus pecados. En ese momento, el Espíritu Santo le otorga al nuevo creyente el o los dones espirituales que Él desea que tenga (1 Corintios 12:11).
Romanos 12:3-8 enumera los dones espirituales de la siguiente manera: profecía, servicio (en un sentido general), enseñanza, exhortación, generosidad, liderazgo, y mostrar misericordia. 1 Corintios 12:8-11 enumera los dones como: palabra de sabiduría (la habilidad de comunicar sabiduría espiritual), palabra de ciencia (la habilidad de comunicar la verdad práctica), fe (una dependencia inusual de Dios), dones de sanidades, de milagros, de profecía, de discernimiento de espíritus, de lenguas, (la habilidad para hablar un idioma que uno no ha estudiado), y la interpretación de lenguas. La tercera lista se encuentra en Efesios 4:10-12, la cual habla de Dios concediendo a Su iglesia apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. También hay una pregunta acerca de cuántos dones espirituales hay, ya que no hay dos listas iguales. También es posible que las listas bíblicas no los abarquen todos, y que haya dones espirituales adicionales además de los que se mencionan en la Biblia.
Mientras que con frecuencia uno puede desarrollar sus talentos y más tarde dirigir su profesión o pasatiempos en ese sentido, los dones espirituales fueron dados por el Espíritu Santo para edificar a la iglesia de Cristo. En ello, todos los cristianos deben formar una parte activa en la expansión del Evangelio de Cristo. Todos son llamados y equipados para involucrarse en la “obra del ministerio” (Efesios 4:12). Todos son dotados para que puedan contribuir a la causa de Cristo, en gratitud por todo lo que Él ha hecho por ellos. Al hacerlo, ellos también encuentran su realización en la vida, a través de su labor por Cristo. Es el trabajo de los líderes de la iglesia, el ayudar a edificar a los santos, para que puedan más tarde estar equipados para el ministerio al que Dios les ha llamado. El resultado esperado de los dones espirituales, es que la iglesia como un todo pueda crecer, siendo fortalecida por la provisión combinada de todos y cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo.
Resumiendo, las diferencias entre los dones espirituales y los talentos: (1) Un talento es el resultado de genética y/o de entrenamiento, mientras que un don espiritual es el resultado del poder del Espíritu Santo. (2) Un talento lo puede tener cualquiera, cristiano o no cristiano, mientras que los dones espirituales solo los tienen los cristianos. (3) Si bien, tanto los talentos como los dones espirituales deben ser usados para la gloria de Dios y para ministrar a otros, los dones espirituales están enfocados en estas tareas, mientras que los talentos pueden ser usados completamente para propósitos no espirituales.
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Aislamiento. División. Es evidente que nuestro momento cultural está dominado por estas dos características. Los estudios demuestran que las personas se sienten cada vez más hambrientas de relaciones reales y están divididas en casi todos los temas. En un mundo hostil, muchos se quedan luchando con sentimientos de inutilidad.
¿Dónde hay esperanza? La Escritura nos invita a ver la Iglesia como el bálsamo para aquellos quebrantados por el aislamiento y la división, particularmente a través de las fascinantes metáforas corporales que encontramos al recorrer todas las cartas de Pablo. En más de una docena de pasajes, Pablo pinta un retrato de la Iglesia como siendo el «cuerpo de Cristo»: todos los cristianos son partes unidas en un solo cuerpo integrado que encarna a Cristo en la tierra, con Cristo mismo como la cabeza del cuerpo. Analicemos cuatro implicaciones de esta rica metáfora. En el camino, será útil comparar las metáforas corporales con las metáforas arquitectónicas (que vimos en otro artículo de esta serie), ya que Pablo a veces las combina (Ef 4:12, 16).
Unidos a Cristo
Las metáforas corporales expresan cómo cada cristiano individual está espiritualmente unido a Cristo en la salvación como un «miembro» (una extremidad o un órgano) de Su cuerpo (1 Co 6:15; Ef 5:30). Mientras que las metáforas de edificios presentan a la Iglesia como llena por el Espíritu (1 Co 3:16), las metáforas corporales enfatizan cómo estamos espiritualmente conectados con Cristo mismo (10:16). La vida de cada cristiano es presionada dentro un molde de Cristo de una manera más profunda de lo que podemos imaginar.
Estamos unidos no solo a Cristo, sino también los unos a los otros de una manera que ninguna otra organización terrenal, club o equipo puede ofrecer.
Cristo como Cabeza
Pablo extiende las metáforas corporales para describir a Jesús como «cabeza» de la Iglesia / «cuerpo» (Ef 1:22-23; Col 1:18). Para un cuerpo literal, el razonamiento y la voluntad de la cabeza deben ser obedecidos por las partes del cuerpo, y sus funciones neurológicas coordinan los sistemas del cuerpo para producir crecimiento. Pablo aplica esto a Cristo: como Cabeza, Él es la máxima autoridad sobre la Iglesia (Ef 5:23-24), y una iglesia crece más saludable no por medio de trucos, sino al someterse a Cristo, quien es el que da el crecimiento (Col 2:19). Pero Pablo complementa esta imagen de autoridad con el amor de Cristo: así como las personas aman y cuidan de sus propios cuerpos, así también, pero en mucho mayor grado, Cristo ama a Su Iglesia / «cuerpo» y cuida de cada miembro de este (Ef 5:29-30). En resumen, mientras que la metáfora de un edificio presenta a Jesús como la piedra angular de la Iglesia una vez y para siempre (2:20), la metáfora de un cuerpo proporciona el consuelo de que tenemos una autoridad benevolente que diariamente nos cuida con amor. Aunque la noche del alma puede ser larga en ocasiones, un cristiano nunca puede ser separado de la Cabeza, Jesucristo.
Diversidad en el cuerpo
De forma similar a la metáfora del edificio (1 Pe 2:4-5), las metáforas corporales capturan en gran medida cómo los cristianos individuales constituyen una entidad (Col 3:15). Sin embargo, hay una diferencia importante. En un edificio, todos somos piedras idénticas, pero un cuerpo por definición está compuesto de diversas partes. Pablo enfatiza dos dimensiones de esta diversidad esencial dentro del cuerpo. La primera se refiere a los dones espirituales dados a cada miembro del cuerpo (1 Co 12:4-11). Las diferencias en los dones no pretenden causar una competencia divisiva, sino todo lo contrario. Así como un cuerpo humano debe tener diferentes partes para funcionar, así también la Iglesia debe tener diferentes partes para funcionar (Rom 12:4). Un cuerpo con solo hígados moriría rápidamente. Del mismo modo, la mano no puede pelear con el ojo o el oído, o de lo contrario el cuerpo no podría ver ni oír (1 Co 12:12-19). El uso de las metáforas corporales por parte de Pablo es increíblemente valioso para ayudarnos a vislumbrar la belleza de cómo nuestros dones diversos —nuestras «muchas partes»— son necesarias (y no un obstáculo) para hacernos «un cuerpo» que funcione de manera saludable (v. 20).
La segunda dimensión de la diversidad dentro del cuerpo trata acerca de la diversidad de grupos de personas. Pablo esboza cómo la obra salvadora de Cristo ha acabado con toda hostilidad a lo largo de las líneas socioétnicas y ha unido a los grupos antiguamente separados en un solo cuerpo de una vez para siempre (Ef 2:14-16; 3:6). Ya sea que estemos hablando de la división judío-gentil de los días de Pablo o de las divisiones raciales/étnicas de hoy (en los Estados Unidos, Malasia, China, Europa Oriental o en cualquier otro lugar), la gloria del evangelio es esta: dado que la salvación es solo por la fe (no por ADN ni nada externo), la Iglesia trae unidad entre grupos de personas al mismo tiempo que celebra las ricas bendiciones que cada uno, de manera particular, aporta al cuerpo. El cuerpo unificado prospera, no a pesar de su diversidad, sino por causa de esta.
Unidos el uno al otro
Hay una última diferencia iluminadora entre las metáforas arquitectónicas y corporales: la primera nos coloca uno al lado del otro como ladrillos en una pared, mientras que la segunda transmite la forma viva en que somos «miembros los unos de los otros» (Rom 12:4; Ef 4:25). Estamos unidos no solo a Cristo, sino también los unos a los otros de una manera que ninguna otra organización terrenal, club o equipo puede ofrecer. Al igual que las partes del cuerpo que comparten la misma sangre, las vías neuronales, etc., los cristianos nos pertenecemos unos a otros, de hecho, nos necesitamos unos a otros de una manera que apenas comprendemos. Por esta razón, Pablo nos exhorta a cuidar con ternura a los miembros más débiles entre nosotros, no ignorarlos ni despreciarlos, extrayendo una analogía de los cuerpos físicos en los que se ofrece más cuidado a las partes vulnerables del cuerpo, no menos (1 Co 12:21-25). Si somos miembros los unos de los otros en el cuerpo de Cristo, la salud de uno nos afecta a todos (v. 26).
Si todo esto es cierto, la metáfora del «cuerpo de Cristo» arroja una visión impresionante de lo que la iglesia puede ser. Ninguna iglesia es perfecta, pero en sus mejores días, una iglesia debe ser un lugar donde no haya aislamiento, porque somos llamados a vivir en relación con otros miembros del cuerpo y con Cristo nuestra Cabeza. Ningún verdadero creyente es amputado del cuerpo de Cristo. La iglesia también debe ser un lugar donde las diferencias en los dones o grupos de personas no conduzcan a un tribalismo divisivo, sino a una unidad forjada a partir de la diversidad, la cual el mundo nunca podrá lograr. Y en medio de todo esto, la iglesia debe ser un lugar donde las personas lastimadas, agobiadas por el sufrimiento y el pecado, puedan ser cuidadas hasta recuperar la salud y tratadas con la máxima dignidad y valía, no abandonadas. Que las metáforas corporales de la vida de la iglesia nos llamen continuamente a tal visión.
El Dr. Greg Lanier es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary de Orlando, Florida, y pastor asistente en River Oaks Church (PCA) en Lake Mary, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo How We Got the Bible [Cómo nos llegó la Biblia] y Old Testament Conceptual Metaphors and the Christology of Luke’s Gospel [Metáforas conceptuales del Antiguo Testamento y la cristología del Evangelio de Lucas].
El deporte es un lenguaje que la gente habla en todo el mundo. Ciertamente era un tema con el que estaban familiarizados los ciudadanos romanos del primer siglo. Los atletas eran los íconos del mundo antiguo, los héroes de los muchachos y la moda de la cultura. Basándose en esta popularidad, los escritores del Nuevo Testamento decidieron comunicar muchos aspectos importantes de la vida cristiana por medio a metáforas atléticas. Se valieron de eventos deportivos para ilustrar verdades importantes relacionadas a nuestra santificación. He aquí algunos aspectos específicos que nos enseñan sobre nuestra búsqueda de la santidad.
Primero, entrenamiento estricto. Se requiere que un atleta se someta a un entrenamiento riguroso a fin de competir al más alto nivel. Él se ejercita vigorosamente para desarrollar sus músculos, agrandar sus pulmones y aumentar su resistencia. Un atleta flojo y fuera de forma nunca logrará el premio. Solo aquellos que estén físicamente en forma ganarán. Del mismo modo, Pablo escribe que los creyentes deben hacer lo mismo: «Más bien disciplínate [Lit., ejercítate; o entrénate, NTV] a ti mismo para la piedad» (1 Tim 4:7). «Disciplínate» (griego gymnazō) literalmente significa «hacer ejercicios desnudo» y se introduce al idioma español como gimnasio. El gimnasio antiguo era un lugar donde los atletas se quitaban la ropa para que nada restringiera sus movimientos físicos durante el entrenamiento. Del mismo modo, cada cristiano debe remover todo obstáculo que impida su crecimiento espiritual. Luego debe ejercitarse diligentemente en las Escrituras. Debe disciplinarse en la oración. Debe fortalecer su corazón para Dios en adoración personal y colectiva.
Segundo, obediencia comprometida. Un atleta tiene que competir de acuerdo a las reglas. Ningún participante puede inventar su propio conjunto de regulaciones. Las reglas ya están establecidas y son aplicadas por el árbitro, y romperlas resultará en una penalidad o descalificación. De manera similar, todo creyente debe vivir en obediencia a las Escrituras. Pablo escribe: «Y también el que compite como atleta, no gana el premio si no compite de acuerdo con las reglas» (2 Tim 2:5). Se requiere obediencia a los mandamientos de la Biblia para todo aquel que corre la carrera de la fe. La obediencia agrada a Dios y se apoya en Su voluntad. La obediencia es una evidencia de verdadera fe salvífica, trae seguridad de salvación y es necesaria para ser como Cristo.
Se requiere obediencia a los mandamientos de la Biblia para todo aquel que corre la carrera de la fe.
Tercero, dominio propio. Se requiere que un atleta ejercite dominio sobre su cuerpo durante su entrenamiento. Si quiere ganar, le corresponde a él limitar sus libertades. Es necesario que se abstenga de comidas poco saludables para controlar su peso. Necesita monitorear cuánto duerme para preservar su fuerza. Del mismo modo, se requiere este mismo dominio propio en la vida cristiana. Pablo escribe: «Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo» (1 Co 9:25). «Se abstiene» significa «autorrestricción, autogobierno». Como creyentes, debemos velar por lo que permitimos que entre a nuestras mentes y corazones. Debemos rehusar consumir la comida chatarra tóxica de este mundo que está envenenada con sus ideologías seculares. En cambio, debemos decidir ser «nutrido[s] con las palabras de la fe y de la buena doctrina» (1 Tim 4:6). Esto requiere de un banquete diario de cada palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4:4).
Cuarto, arduo esfuerzo. Un atleta tiene que ejercer un esfuerzo máximo a fin de ganar su evento. Esfuerzos a medias nunca lograrán la corona. Los corredores relajados que apenas mueven los pies perderán la carrera. La corona le pertenece al que gasta cada onza de energía en su competencia. De la misma manera, Pablo dice que debemos «trabaja[r]» (1 Tim 4:10) si hemos de ganar el premio. «Nos esforzamos» (griego kopiaō) significa «esforzarse hasta el punto de agotamiento». En la búsqueda de santidad, debemos entregarnos hasta que no podamos dar más. Otra vez usando la metáfora atlética, Pablo escribe: «Sigo adelante» (Flp 3:12), empleando una palabra (griego diokō) que significa «moverse rápido y decisivamente tras un objeto». Pablo declara que él estaba corriendo tras el conocimiento de Cristo tan rápido como sus piernas espirituales lo impulsaban. La Biblia dice: «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (Heb 12:1). Esta «carrera» (griego agōn) era el terrible evento a larga distancia que involucraba agonía y era agonizante. Debemos gastarnos en correr la carrera de toda la vida que tenemos por delante.
Quinto, puntería estratégica. En el mundo antiguo, un boxeador entraba al cuadrilátero para pelear contra su oponente. Su objetivo era asestarle golpes directos y demoledores a su contrincante hasta que estuviera ensangrentado y acabado. Un boxeador de aquellos tiempos no podía darse el lujo de desgastarse tirando puños salvajes al aire. No tenía mucha fuerza para gastar. Cada golpe tenía que dar en el blanco. De la misma manera, el apóstol Pablo se veía como un boxeador: «Peleo, no como dando golpes al aire» (1 Co 9:26). En su vida espiritual, él no estaba haciendo boxeo de sombra y lanzando jabs al aire. El apóstol aclara: «Golpeo [O, hiero] mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado» (v. 27). «Golpeo» (griego hupopiazō) literalmente significa «herir, hacer moretones». El apóstol dice que debe golpear a su formidable enemigo hasta que sangre. Irónicamente, este oponente es su propia carne pecaminosa.
Sexto, enfoque singular. Todo atleta tiene que permanecer concentrado en la meta. Debe mantener una concentración intensa en el premio. Es este enfoque miope lo que lo impulsa con estallidos de energía renovada. Mirar hacia otros corredores o hacia el estadio hará que corra más lento y lo llevará a su derrota. De manera similar, los cristianos deben tener «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb 12:2). Nuestro enfoque singular debe mantenerse en Cristo, quien genera la fuerza que necesitamos para correr con resistencia. Mantener nuestra mirada fija en Cristo produce la energía que se requiere para ganar la corona incorruptible. Mientras corría su carrera de vida, Pablo escribió que él estaba «olvidando lo que queda atrás» (Flp 3:13). Él no podía ganar la corona si estaba mirando atrás a sus victorias o fracasos pasados. Él tenía que mantenerse mirando a Jesucristo.
Si has correr «de tal modo que gan[es]» el premio (1 Co 9:24), debes competir como un atleta totalmente comprometido en la vida cristiana. Se requiere sudor santificado. Pero valdrá la pena recibir la corona incorruptible del mismo Señor Jesucristo.
El Dr. Steven J. Lawson es fundador y presidente de OnePassion Ministries. Es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, director del programa de doctorado en The Master’s Seminary y anfitrión del Instituto de Predicación Expositiva. Ha escrito más de dos docenas de libros.