Espíritus inmundos y lugares áridos

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Espíritus inmundos y lugares áridos

Robert W. Carver

Nota del editor: Este es el decimoséptimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

«¡Beelzebú! ¡Este no expulsa los demonios sino por Beelzebú!» Con tal malicia respondieron los fariseos después de que Jesús sanó a un endemoniado. Jesús señaló que su acusación era absurda e ilógica, y luego los acusó de haber cometido el pecado imperdonable (Mt 12:22-32). Dijo que los ninivitas (que se arrepintieron con la predicación de Jonás) y la Reina del Sur (que vino para escuchar la sabiduría de Salomón) se levantarían en el juicio contra «esta generación» (vv. 41-42). Uno mayor que Jonás y Salomón estaba en medio de ellos, y sin embargo, lo rechazaron.

Jesús entonces habló de un espíritu inmundo saliendo de una persona, deambulando, y finalmente volviendo a entrar en esa persona junto con otros siete espíritus más malvados que él (vv. 43-45):

Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso y no lo halla. Entonces dice: “Volveré a mi casa de donde salí”; y cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y arreglada. Va entonces, y toma consigo otros siete espíritus más depravados que él, y entrando, moran allí; y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero. Así será también con esta generación perversa.

El contexto del pasaje es como una serie de círculos concéntricos cada vez más amplios. El contexto más específico se centra en la hostilidad de los fariseos hacia Jesús y la condenación de Jesús hacia ellos. El contexto más amplio se remonta al ministerio de Juan el Bautista. Ante la predicación de Juan, muchas personas (al menos externamente) cambiaron a un mejor estilo de vida (3:5-6). El ministerio de Jesús también atrajo un gran interés inicialmente. En un determinado momento, la gente estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para convertirlo en su rey (Jn 6:15). Pero al día siguiente, muchos de Sus «discípulos» se dieron la vuelta y ya no andaban con Él (6:59-66).

Una persona que ha sido purgada por la auto-negación se vuelve vulnerable a la reinfestación por males aun más graves.

De modo que, podemos decir que un espíritu inmundo y demoníaco sale de una persona cuando esta decide hacer un cambio para bien. Ha iniciado una nueva etapa por su propio esfuerzo y las cosas parecen estar mejor. Pero en realidad, se ha creado un vacío espiritual. Como dice la Reformation Study Bible: «A menos que el Espíritu de Dios venga a habitar en ella (Rom 8:9), una persona que ha sido purgada por la auto-negación se vuelve vulnerable a la reinfestación por males aun más graves tales como el orgullo, la hipocresía y el desprecio por los demás». En consecuencia, el estado final de esta persona resultará mucho peor que el primero.

Jesús concluye: «Así será también con esta generación perversa». Jesús describió a esa generación (tipificada por los fariseos) como caprichosa, perversa y adúltera debido a que fallaron en recibirlo por quien Él es: el Salvador enviado del cielo. Lo mismo ocurrirá con cada generación (y cada individuo) que no lo reconozca y acepte.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert W. Carver
Robert W. Carver

Robert W. Carver se desempeñó como profesor asociado de griego y Biblia en Clearwater Christian College en Clearwater, Florida, durante más de treinta y cinco años.

Nadie sabe

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Nadie sabe

Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el decimosexto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

¿Es nuestra doctrina de Cristo lo suficientemente grande como para acomodar a un Jesús que es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre? Quizá esa parece ser una pregunta extraña en este contexto, pero realmente llega al meollo del porqué muchas personas consideran la afirmación de Jesús en Mateo 24:36“Pero de aquel día y hora [de Su retorno] nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre”, como una declaración dura.

Mateo no tenía problemas en afirmar tanto la completa deidad como la completa humanidad de Cristo, por lo tanto, nosotros tampoco debemos tenerlos.

Algunos han sostenido una cristología que dice que Cristo es verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Para ellos, este versículo ha sido difícil debido a que pone en duda la deidad de Cristo. Si Cristo no sabe algo que el Padre sabe, entonces a Cristo le falta  omnisciencia, ¿verdad? Y si Cristo no sabe todas las cosas, no puede ser Dios encarnado, ¿correcto?

Otros han sostenido una cristología que dice que Cristo es verdaderamente hombre pero no verdaderamente Dios. Para ellos, este versículo en sí mismo no ha sido un problema. La dificultad está en el mal uso de este versículo para negar la enseñanza del Nuevo Testamento de que Jesús es el Hijo de Dios encarnado.

Si nuestra cristología admite tanto la verdadera humanidad como la verdadera deidad de Jesús, esta declaración no es dura en lo absoluto. La presentación de Mateo de la verdadera humanidad de Jesús es clara en este versículo y en otros pasajes que atribuyen limitaciones humanas a nuestro Señor (por ejemplo, Jesús está dormido en 8:24). Mateo también presenta la verdadera deidad de Cristo. En el Evangelio de Mateo, Jesús hace lo que solo Dios puede hacer, como es el perdonar los pecados (9:1-8).

Mateo no tenía problemas en afirmar tanto la completa deidad como la completa humanidad de Cristo, por lo tanto, nosotros tampoco debemos tenerlos. La singular persona de Cristo tiene tanto una naturaleza humana como una naturaleza divina, cada una manteniendo su integridad y atributos particulares. La persona de Cristo tiene atributos humanos y atributos divinos, y vemos los atributos de cada naturaleza manifestados a lo largo de Su ministerio. Su ignorancia del día y la hora de Su regreso pertenece a Su humanidad. De acuerdo con Su naturaleza humana, la cual incluye una mente humana con limitaciones, Él no sabía cuándo regresaría. Pero de acuerdo con Su naturaleza divina, la cual incluye la mente divina con Su omnisciencia, Él sabía y siempre ha sabido el día y la hora de Su regreso.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

¿En qué consiste la fe que salva?

Coalición por el Evangelio

¿En qué consiste la fe que salva?

PAUL WASHER

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro El evangelio de Cristo Jesús (Poiema Publicaciones, 2019). Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

La Biblia define la fe como “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1). Esto nos lleva a una pregunta muy importante: ¿Cómo puede una persona razonable asegurarse de aquello que espera o cómo puede tener la convicción de que lo que él o ella nunca ha visto realmente existe?

La respuesta a esta pregunta se encuentra en el carácter de Dios, la veracidad de la Biblia, y el ministerio del Espíritu Santo. Podemos tener la certeza del perdón de pecados, la reconciliación con Dios y la esperanza de la vida eterna porque Dios ha prometido estas cosas en la Biblia (Tit. 1:2-3) y el Espíritu de Dios testifica a nuestros corazones que son verdad (Jn. 16:3Ro. 8:14-16Gá. 4:61 Jn. 2:2027).

La fe salvadora consiste especialmente en confiar que Cristo es nuestro Salvador, y única justicia con Dios. Una de las evidencias más grandes del arrepentimiento genuino es que no solo nos estamos alejando del pecado, sino también de confiar en nuestras propias virtudes, méritos u obras para ganarnos el derecho de estar delante de Dios.

La fe genuina incluye creer y depender de lo que Dios ha revelado sobre Sí mismo, sobre nosotros y sobre Su obra de salvación a través de Jesucristo

Nos damos cuenta de que toda nuestra supuesta justicia personal y buenas obras son como trapos de inmundicia (Is. 64:6), y las rechazamos firmemente como medios de salvación. Sabemos que si estamos reconciliados con Dios, no será como resultado de nuestras obras hacia Él, sino como resultado de Su gran obra hacia nosotros a través de Jesucristo. Estamos incondicionalmente de acuerdo con los siguientes versículos bíblicos: 

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16 (RVR60).

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”, Romanos 4:4-5 (RVR60).

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”, Efesios 2:8-9 (RVR60).

La fe ilustrada 

En la vida de Abraham, la Biblia nos provee una ilustración maravillosa de la fe genuina. Cuando Abraham y su esposa, Sara, habían pasado por mucho la edad de tener hijos, Dios les prometió un hijo. En respuesta a esta promesa, la Biblia declara que Abraham estaba “plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Ro. 4:21 RVR60). Abraham creyó a Dios, y esto le fue contado por justicia (Ro. 4:3). 

La fe salvadora consiste especialmente en confiar que Cristo es nuestro Salvador, y única justicia con Dios

En cuanto al evangelio, la fe genuina incluye creer y depender de lo que Dios ha revelado sobre Sí mismo, sobre nosotros y sobre Su obra de salvación a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Creer es estar completamente seguro de que Dios está realmente dispuesto y es capaz de realizar lo que ha prometido a través de Jesucristo. Los próximos versículos bíblicos son una buena representación de lo que Dios ha prometido.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, Juan 3:16 (RVR60).

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, Juan 1:12 (RVR60).

“[Jesús dijo] ‘De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida’”, Juan 5:24 (RVR60).

Autoexamen

 ¿Estás creyendo? Debemos creer en Jesucristo para ser salvos. La pregunta que ahora queda por responder es personal: ¿Has creído? ¿Estás creyendo, confiando y dependiendo de la persona y obra de Jesucristo? Las siguientes preguntas explicativas te ayudarán a determinar si la fe genuina es una realidad en tu vida. 

  1. ¿Estás convencido de que la salvación no se encuentra en otro nombre sino en el de Jesucristo? ¿Estás convencido de que las afirmaciones de todos los demás supuestos profetas y salvadores son falsos? ¿Le confías tu bienestar eterno al poder y fidelidad de una sola persona, Jesús de Nazaret? 
  2. ¿Estás convencido de que la salvación no es un resultado de tu propia virtud o mérito? ¿Estás convencido de que incluso tus hechos más justos son como trapos de inmundicia delante de Dios? ¿Estás convencido de que la salvación por obras es totalmente inútil?
  3. ¿Has puesto toda tu confianza en el Hijo de Dios para que te salve de tus pecados? ¿Estás dependiendo de Él para que te enseñe la verdad de la Biblia, perdone tus pecados por Su sangre y cambie tu corazón por Su Espíritu?

Si puedes responder de manera afirmativa a estas preguntas, es un indicador de que Dios ha estado y está obrando en tu corazón, iluminando tu mente para que veas la verdad y creas para salvación.

Si estamos reconciliados con Dios, no será como resultado de nuestras obras, sino de Su gran obra hacia nosotros a través de Jesucristo

Si no puedes responder de manera afirmativa a estas preguntas, pero deseas la salvación, entonces sigue buscando a Dios en Su Palabra (la Biblia) y en oración. Reconsidera los versículos de la Biblia que hemos estudiado y examina tu vida a la luz de ellos. Sigue clamando a Dios para vencer tu incredulidad y para que te salve. La Biblia promete: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro. 10:13, RVR60). Sigue buscándolo en Su Palabra hasta que el Espíritu de Dios te dé la seguridad de que eres un hijo de Dios.

“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”, Romanos 8:16 (RVR60).

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”, Gálatas 4:6 (RVR60).

Paul Washer fue misionero en Perú durante 10 años. Ahora sirve en la sociedad misionera HeartCry. Paul y su esposa Charo tienen cuatro hijos: Ian, Evan, Rowan, y Bronwyn.

Considera la gloria de Dios

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Considera la gloria de Dios

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Esta es la cuarta parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia

John Newton (1725–1807) es mejor conocido hoy día por sus grandes himnos (incluyendo a “Sublime Gracia” y “Glorias mil de Ti se cuentan”). Pero en su época, era quizás más reconocido por su habilidad para escribir cartas: “el gran director de almas a través del correo”, como alguien lo llamó.  Tal era el valor de su correspondencia que publicó varios volúmenes de sus cartas (incluyendo una de sus cartas a su esposa, que provocó el comentario de un crítico, su amigo Richard Cecil, de que las esposas estarían en éxtasis leyendo tales cartas de amor, mientras que «nosotros (los maridos) podríamos sufrir una pérdida de estima por no escribirles cartas tan galantes»).

En varias de sus cartas, él comenta sobre el tema de la controversia. Le disgustaba mucho. (Sería algo trágico tener un «gusto» por tal cosa, ¿no?). También tenía la sensación de no ser apto para ella.. Él comentó que “no solo era desagradable para mi gusto, sino que realmente estaba fuera de mi alcance”. Pero la falta de experiencia no es necesariamente un obstáculo para que uno pueda dar consejos bíblicos. Newton constantemente buscaba dar tal consejo. (¿Acaso no animó a William Wilberforce durante la gran controversia pública del tráfico de esclavos?) En un tiempo en que sólo un número insignificante de ministros anglicanos eran evangélicos, él estaba particularmente consciente de que los calvinistas, siendo por mucho la minoría, podrían con frecuencia sentirse obligados a involucrarse en controversias.

Es seguramente por esta razón que una de sus preocupaciones principales era que si vamos a entrar en controversia, nuestra perspectiva necesita ser dominada por el tema de la gloria de Dios. “Si actuamos en un espíritu equivocado» escribe, «traeremos poca gloria a Dios”. La primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster es relevante aquí como en todas partes: ¿Cómo hablo, escribo o actúo en situaciones de controversia para que Dios sea más glorificado?

Este es el principio básico, pero necesita ser detallado. Newton se dio cuenta de que a veces nos involucramos en controversia supuestamente «para la gloria de Dios”, pero estamos ciegos a las maneras en que nuestras propias motivaciones impactan y se manifiestan en nuestro discurso y en nuestras acciones. La rúbrica “para la gloria de Dios” debe transformar la manera en que los cristianos responden ante la controversia.

“Para la gloria de Dios” no requiere una respuesta monolítica a cada controversia. Las circunstancias influyen en cada caso. No echamos las perlas delante de los cerdos.

Aquí hay tres ejemplos de controversia. En el primero, el silencio es la reacción apropiada para glorificar a Dios; en el segundo, la confrontación; y en el tercero, la paciencia. ¿Por qué respuestas tan distintas?

Guarda silencio

Isaías 36 describe vívidamente cómo  Senaquerib de Asiria atacó a Judá. El Rabsaces (un oficial asirio) trató de provocar controversia. Él habló, como reconoció Ezequías “para injuriar al Dios vivo” (Is 37:17). Pero los líderes siguieron el consejo del rey: “Pero ellos se quedaron callados y no respondieron palabra alguna” (Is 36:21). ¿Cómo terminó la historia? Dios vindicó su respuesta. El ángel del Señor mató a 185,000 asirios. Senaquerib se retiró.

¿No habría sido más osado, más «fiel», entablar una controversia verbal en defensa del Señor? ¿Por qué el silencio? Por tres razones:

  1. Las palabras belicosas no habrían defendido la gloria del Señor aquí. En tales momentos, esperamos que el Señor defienda Su propia gloria y no se la dé a otros.
  2. Defendemos mejor la gloria de Dios al hablar primero con Él acerca de los incrédulos en lugar de hablar primero de Él a los incrédulos. De ahí la oración de Ezequías: “Señor, Dios nuestro, líbranos de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo tú, oh Señor, eres Dios” (37:20). Desgraciadamente, no todos los fervientes polémicos son fervientes intercesores.
  3. Podemos manchar la gloria del Señor —como sugiere Newton— por la manera en que respondemos a la controversia. El insulto del hombre a Dios no es revertido por nuestro insulto al hombre.

Habla directamente

Un incidente menos público pero no menos asombroso, tomó lugar en la Iglesia primitiva.

Imagina la tensa atmósfera: Simón Pedro comía con los gentiles. Luego vinieron “algunos de parte de Jacobo” (Gál 2:12). Pedro se apartó, tal como lo hicieron otros cristianos judíos, “aun Bernabé” (vs. 11-14). ¿Cómo respondió Pablo? Él se “opuso a (Pedro) cara a cara” (v.11).

Pablo tenía la razón. Pero ¿por qué fue esta una respuesta que glorificó a Dios, en lugar  de guardar silencio en deferencia a Pedro y Bernabé, evitando así la vergüenza y la posible división?

  1. Los protagonistas estaban presentes y creían el mismo Evangelio. Pablo no esperó para luego hablar mal de Pedro. Hizo la parte difícil. Le habló directa y personalmente. Eso glorifica a Dios porque sigue un patrón bíblico (Mt 18:15Stg 4:17).
  2. El corazón mismo del Evangelio estaba en juego aquí (como Pablo señala en Gál 2:15-21).
  3. Ministros “ordenados” del Evangelio estaban involucrados, no un individuo común y corriente. La desviación tanto de Pedro como de Bernabé llevaría a la desviación de otros y a una desastrosa ruptura de toda la Iglesia. La gloria de Dios en la Iglesia requería un discurso directo.

Responde con paciencia

Unos años más tarde, Pablo se encontró en una situación, que a primera vista, parecía ser similar. Había una continua controversia acerca de «las dietas y los días» en la iglesia de Roma. Algunos guardaban días especiales y se abstenían de ciertos alimentos. Era presumiblemente una controversia entre creyentes judíos y gentiles (siendo estos últimos mayoría en las iglesias después de la expulsión de los judíos y  judíos cristianos de Roma, ver Hch 18:1-2). Pablo tenía los ojos puestos en la gloria de Dios. ¿Cómo podrían los dos bandos de esta controversia “a una voz glorificar al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15:6)?

  1. Sorprendentemente, los “fuertes”,  aquellos del “lado correcto” de la controversia (14:14), son los que deben abstenerse de insistir en que los demás adopten su postura y práctica “correcta”. La gloria de Dios es mejor vista cuando «los fuertes”acogen a «los débiles», porque esto es lo que Dios ha hecho en Cristo: “ Porque mientras aún éramos débiles…Cristo murió por los impíos” (5:6).
  2. Los hermanos en la fe son siervos de Cristo, no nuestros. Degradar o menospreciar al débil es despreciar al Señor de la gloria. (¿Recuerdas Mt 25:40?)
  3. Insistir en ejercer mi “libertad” en un tema controversial (comer carne, ignorar ciertos días, etc…) atenta contra la libertad misma. Significa que somos impulsados por nuestra “necesidad” interna más que por el amor. Estamos enfocados en nuestra propia gloria en vez de la gloria de Dios. Puesto que “ni aún Cristo se agradó a Sí mismo” (Rom 15:3), ¿deberíamos nosotros?

Estos ejemplos no son en absoluto exhaustivos, pero sí ilustran el punto de vista de Newton.  En todas las cosas, busca la gloria de Dios y guarda tu corazón. Los cristianos siempre tienen necesidad de ese consejo sabio.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

A menos que tu justicia supere la de los fariseos

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A menos que tu justicia supere la de los fariseos

Kevin D. Gardner

Nota del editor: Este es el decimoquinto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Jesús fue severo con los fariseos, llamándolos «sepulcros blanqueados» (Mt 23:27), «hipócritas» (Mr 7:6) e hijos del diablo (Jn 8:44). Y sin embargo, en Mateo 5:20, Él se refiere a ellos al elevar el estándar de la justicia: «Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».

Jesús dice que la justicia es un requisito para entrar al cielo. Es posible que algunos quieran restarle importancia a esta afirmación con la genuina preocupación de proteger la savación por gracia sola por medio de la fe sola. Pero esta declaración no se trata de cómo obtener nuestra salvación. Más bien, habla de la función de la justicia y la ley de Dios en la vida del cristiano.

La justicia que emana de esta obediencia gozosa supera a la de los fariseos en naturaleza en vez de intensidad.

Al obedecer perfectamente la ley de Dios, Cristo alcanzó la justicia para aquellos que confían en Él. Esto lo podemos llamar justicia posicional. Cristo cumplió perfectamente la ley de una manera que los fariseos, a pesar de su minuciosidad, nunca pudieron. Y esa obediencia perfecta es acreditada a aquellos que confían en Él, como si hubieran guardado perfectamente la ley ellos mismos.

Pero Cristo se refiere a algo más. Durante el Sermón del Monte, Él insta a los cristianos a un profundo entendimiento y a una obediencia radical de la ley como un reflejo del carácter de Dios (Mt 5:48). Los cristianos no deberían tratar Su ley a la ligera, porque la forma en que vemos la ley de Dios indica cómo vemos a Dios mismo (Rom 3:21). Por lo tanto, los cristianos están llamados a la obediencia gozosa a Su ley por amor a Cristo. Esta obediencia resulta en una justicia práctica.

Esta justicia no es la base de nuestra salvación; no podemos ser justificados por nuestras obras (Rom 3:21-22). Pero supera a la de los fariseos porque su obediencia no provino del corazón, y porque es una señal de que hemos sido verdaderamente salvos y, por lo tanto, entraremos en el reino de los cielos.

La justicia que emana de esta obediencia gozosa supera a la de los fariseos en naturaleza en vez de intensidad. Aquellos que estamos en Cristo hemos sido salvos de la ley de Dios como el medio necesario para la salvación, pero también hemos sido salvos para la ley de Dios como una manera de amar y adorar al Dios que nos ha salvado (Rom 6:19).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

La maldición de la higuera

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La maldición de la higuera

Daniel M. Doriani

El Domingo de Ramos, Jesús entró a Jerusalén en medio de gritos de aclamación y echó a los cambistas del templo. Dios lo había designado como «casa de oración», pero los sacerdotes lo habían convertido en «una cueva de ladrones». Jesús pasó la noche en Betania. Cuando regresó a la mañana siguiente, estaba hambriento.

Y al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló nada en ella sino sólo hojas, y le dijo: «Nunca jamás brote fruto de ti». Y al instante se secó la higuera (Mt 21:18-19).

Esto es sorprendente. Hasta ahora, los milagros de Jesús produjeron restauración. No podemos decir que Jesús actuó con frustración. De hecho, Marcos 11:13 dice: «Porque no era tiempo de higos». Sin embargo, una higuera fructífera en temporada baja mostraría frutos pequeños y semi comestibles que luego madurarían. Pero esta higuera era completamente estéril. Cuando Jesús la maldijo, realizó un acto simbólico siguiendo el espíritu de Jeremías (Jer 19:1-11). La higuera simboliza a Israel. Así como la higuera tenía hojas pero no fruto, Israel tenía un templo, pero no vida espiritual. Sus deslumbrantes edificios estaban llenos de robo, hipocresía y ceremonia muerta.

Solo la fe puede mover el monte donde florece la religión muerta.
Una vez que la higuera se secó, esperaríamos que los discípulos pregunten por qué Jesús la maldijo. En cambio, ellos preguntan cómo Jesús lo hizo (Mt 21:20). Jesús respondió: «Si tenéis fe y no dudáis», no solo pueden secar las higueras, sino que si aun le dicen a este monte: “‘Quítate y échate al mar’, así sucederá” (v. 21).

Observa que Jesús no dijo que la fe mueve «montes». Más bien, la fe mueve «este monte»; una frase extraña que se refiere a un monte en particular cada vez que aparece (Mt 17:20, Jn 4:21). Cuando Jesús regresó a Jerusalén, vio el monte del templo. Ese monte debe ser movido, no físicamente, sino espiritualmente. Solo la fe puede mover el monte donde florece la religión muerta. Jesús maldijo a una higuera que representaba ese majestuoso pero sin sustancia templo de Israel. Ellos podrían echar eso al mar, si oraban con fe.

No malinterpretemos la frase «todo lo que pidáis en oración» (21:21-22). El Señor escucha las oraciones legítimas. La mejor oración es por una fe viva, y la religión muerta es un gran obstáculo para ella. Así que los discípulos deben orar con fe para que Dios elimine ese obstáculo. Y verdaderamente, Dios quitó ese monte para que la iglesia pudiera crecer.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Daniel M. Doriani
Daniel M. Doriani

El Dr. Daniel M. Doriani es vicepresidente de proyectos académicos estratégicos y profesor de teología en el Seminario Teológico Covenant en St. Louis. Él es autor de “The New Man: Becoming a Man After God’s Heart” [El nuevo hombre: convirtiéndonos en un hombre conforme al corazón de Dios].

Sabiduría y conocimiento

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Sabiduría y conocimiento

R.C. Sproul

Nota del editor: Esta es la tercera parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

En la universidad, me especialicé en filosofía. El primer día del primer curso que tomé en filosofía, el profesor escribió la palabra filosofía en la pizarra, luego la desglosó para mostrar su origen etimológico. El término proviene de dos palabras griegas, lo cual es apropiado, ya que los griegos son vistos generalmente como los padres fundadores de la filosofía occidental. El prefijo filo proviene de la palabra griega phileō, que significa «amar». La raíz proviene de la palabra griega sofía, que significa «sabiduría». Por lo tanto, el significado básico de la palabra filosofía es «amor por la sabiduría».

El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento.

Una vez que comprendí este significado, asumí que al estudiar filosofía aprendería sobre la sabiduría en un sentido práctico. Sin embargo, pronto descubrí que la filosofía griega enfatizaba preguntas abstractas de la metafísica (el estudio del ser último o de la realidad última) y la epistemología (el estudio del proceso mediante el cual los seres humanos aprenden). Es cierto que una de las subdivisiones de la filosofía es la ética, particularmente la ciencia de la ética normativa, los principios de cómo debemos vivir. Esa fue ciertamente una preocupación de los antiguos griegos, particularmente de Sócrates. Pero incluso Sócrates estaba convencido de que la conducta apropiada, o la vida correcta, está íntimamente relacionada al conocimiento correcto.

Hay una sección del Antiguo Testamento conocida como la literatura sapiencial: los libros de Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares. Aquí, vemos un énfasis filosófico completamente diferente, uno basado en la suposición inicial de la Biblia. Muchas personas consideran la afirmación de que hay un solo dios sobre toda la creación como un desarrollo tardío en la filosofía griega. En cierto modo, fue el resultado de su pensamiento. Pero para los judíos, la afirmación de la soberanía de Dios era primordial. La primera línea del Antiguo Testamento dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1). El monoteísmo no está al final del camino; está al principio.

Génesis no ofrece ningún argumento o prueba de la existencia de Dios. Una de las razones de esto es que los judíos estaban convencidos de que Dios ya había hecho el trabajo por Sí mismo: los cielos proclamaron la gloria de Dios (Sal 19:1). Los judíos no estaban preocupados de si había un Dios sino de cómo es Él: ¿Cuál es Su nombre? ¿Cuáles son Sus atributos? ¿Cuál es Su carácter? Todo el Antiguo Testamento se enfoca en la autorrevelación de Dios a Su pueblo del pacto.

La literatura sapiencial hace una afirmación sorprendente: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 111:10Pr 9:10). Para los judíos, la sabiduría significaba una comprensión práctica de cómo vivir una vida que sea agradable a Dios. La búsqueda de la piedad fue una preocupación central de los escritores de la literatura sapiencial. Afirmaron que la condición necesaria para que alguien tenga verdadera sabiduría es el temor del Señor.

Tal temor no es terror ni horror. Como dijo Martín Lutero, es un temor filial, el temor de un niño que admira a su padre y no quiere hacer nada que pueda contravenir a su padre e interrumpir su relación amorosa con él. En una palabra, este concepto tiene que ver con la reverencia, la admiración y el respeto. Cuando los escritores de la literatura sapiencial dicen que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, ellos están diciendo que el punto de partida absoluto y esencial, si deseas adquirir la verdadera sabiduría, es la reverencia y la adoración a Dios.

Mostrando un contraste, el salmista nos dice: «El necio dice en su corazón: ‘No hay Dios’» (Sal 14:1a). La sabiduría es contrastada con la necedad. Sin embargo, en la literatura hebrea, la palabra necio no describe a una persona que carece de inteligencia. Ser necio para el judío es ser irreligioso e impío. El impío es la persona que no tiene reverencia por Dios, y cuando no tienes reverencia por Dios, inevitablemente tu vida lo mostrará.

La  literatura sapiencial también hace una distinción clara entre la sabiduría y el conocimiento. Una persona puede tener conocimiento ilimitado y no tener sabiduría. Pero no puede darse lo contrario; nadie puede tener sabiduría si no tiene conocimiento. El espíritu anti-intelectual de nuestro tiempo declara: «No necesito estudiar. No necesito conocerla Biblia. Todo lo que necesito es tener una relación personal con Jesús». Ese punto de vista está en un curso de colisión con lo que enseña la literatura sapiencial. El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento. La ignorancia engendra necedad, pero el verdadero conocimiento, el conocimiento de Dios, conduce a la sabiduría que es más preciosa que los rubíes y las perlas.

Queremos ser ricos, exitosos y estar cómodos, pero no anhelamos la sabiduría. Por consiguiente, no leemos las Escrituras, el libro de texto supremo de la sabiduría. Esto es necedad. Busquemos el conocimiento de Dios a través de la Palabra de Dios, porque de ese modo encontraremos la sabiduría para vivir vidas que le agraden.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Cuando caen las torres

Ministerios Ligonier

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Cuando caen las torres

David Strain

Nota del editor: Este es el decimotercer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

“Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es Su megáfono para despertar a un mundo sordo”. Así dijo C.S. Lewis en su libro El problema del Dolor. El dolor presenta un desafío continuo para los cristianos mientras nos esforzamos por discernir el diseño de Dios para nuestras vidas.

Con demasiada rapidez llegamos a la conclusión de que cuando suceden cosas malas, debe ser porque nos lo merecemos.

Por más inexplicables que estas preguntas puedan parecer, a veces nos vemos tentados a abstenernos por completo de pensar en el sufrimiento, temiendo quizás que el tema presente dificultades insuperables para la fe. Pero en Lucas 13:1-5, Jesús habla del tema sin rodeos. Se enfoca en dos momentos de sufrimiento, el primero provocado por la malicia de otras personas: Pilato asesinó a unos peregrinos galileos que iban a adorar en el templo y mezcló su sangre con la de sus sacrificios, un acto de cruel desdén hacia la adoración a Dios. La segunda es el resultado de un desastre natural: una torre en construcción en Siloé colapsó matando a dieciocho personas.

En lugar de brindar una hipótesis abstracta sobre problema del sufrimiento, Jesús hace una pregunta diseñada para desenmascarar nuestras suposiciones erróneas: «¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron esto?” (v.2). O en cuanto a los que murieron cuando cayó la torre, «¿eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (v.4). Con demasiada rapidez llegamos a la conclusión de que cuando suceden cosas malas, debe ser porque nos lo merecemos. Qué fácil es encontrar una relación mecánica y directa entre el pecado y el sufrimiento. Pero escucha la respuesta de Jesús. ¿Acaso sufrieron porque pecaron? “Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (vs. 3,5).

Nunca es prudente deducir el grado de pecado en la vida de alguien por la severidad del sufrimiento que tiene que soportar. Lo segundo no es necesariamente causado por lo primero. Pero también debemos aprovechar el sufrimiento cuando llega a nuestras vidas. Habrá un lugar donde con certeza podremos decir que el pecado y el sufrimiento se relacionan como se relaciona un crimen con su castigo: la Biblia lo llama el infierno. Entonces, ¿cómo debemos aprovechar nuestros sufrimientos? Debemos escuchar en ellos la advertencia de Dios a nunca darle tregua al pecado, a movernos otra vez al arrepentimiento, y a aferrarnos solo a Cristo en fe.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
David Strain
David Strain

El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].

Conocer la gloria de Dios, de eso se trata la vida cristiana

Coalición por el Evangelio

Conocer la gloria de Dios, de eso se trata la vida cristiana

GERSON MOREY

“Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”, 2 Corintios 4:6 (cursiva añadida).

Leyendo 2 Corintios 4, me detuve en este texto, principalmente en la frase: “para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo”. ¡Cuánto he meditado en esto y me ha bendecido! Mi meditación en estos días ha girado en torno a la gloria de Dios. En particular, tener conocimiento de ella. Muchas preguntas surgieron que hicieron mi meditación más compleja y extensa, pero a la vez edificante. Algunas de las interrogantes que me planteaba fueron estas:

¿Por qué Dios quiere que conozcamos su gloria?
¿Qué pasa si no la conocemos?
¿Cuál es el beneficio de conocer su gloria?
¿Por qué Dios cree tan importante que nosotros la conozcamos?
Y si es tan importante, ¿por qué sentimos que esa gloria (o ser tocados por ella) muchas veces nos es tan esquiva?
Si su gloria es tan grande, ¿por qué vivimos cómo si fuese pequeña?
Si es trascendente, ¿por qué nos afecta y nos motiva poco?
¿Por qué parece no ser algo más relevante en nuestra vida?
¿Por qué nuestro sentido interno de su gloria es tan débil y tan poco frecuente?
¿Por qué nuestra percepción y apropiación de esa realidad es tan efímera y superficial?
Después de leer 2 Corintios 4:6 y analizar las preguntas anteriores, concluyo que este pasaje es instructivo y revelador, por varias razones.

Dios nos comunica su gloria
Nadie le pidió a Dios que resplandezca en nosotros para que veamos su gloria. Esto fue una decisión y una acción suya. Fue gracia soberana. Así como nadie pidió la luz natural en Génesis 1:3 y Él la trajo. Él tomó la iniciativa de resplandecer para que veamos esa gloria.

Dios considera que lo fundamental para el hombre es conocer Su gloria. Como decía Jonathan Edwards: “Dios nos comunica su gloria. Él quiere que entremos en contacto con ella”. Para Dios, revelar su gloria es su gran deseo y para nosotros conocerla es nuestra gran necesidad; volver a tenerla en, con, y para nosotros.

La gloria de Dios es la grandeza y majestad, es decir, la superioridad y hermosura de su persona por sobre la creación, los pueblos, y los dioses (Dt. 5:24; Jud. 1:24; Sal. 29:9; 97:9). Un pasaje que resume bien esto, y contiene todas estas verdades es Isaías 40:12-25.

Su gloria es exhibida y accesible a nosotros en Cristo. El Hijo de Dios vino para mostrar esa gloria porque Él es la gloria: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14, cursiva añadida). Sin embargo, para experimentarla algo debe pasar primero: el Señor debe traer luz al corazón. Esa gloria nunca será vista a menos que Dios resplandezca: “Pues Dios, que dijo: ‘De las tinieblas resplandecerá la luz’, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2 Co. 4:6).

Lo que necesita el pecador es conocer la gloria de Dios porque en ella está la esperanza del mundo. La verdadera dicha y la más terrible miseria tienen que ver con Su gloria: todo lo malo, es un problema de gloria, todo lo bueno tiene que ver con la gloria. La experiencia humana tiene que ver esencialmente con esto. Todo en la vida encuentra su explicación y sentido únicamente desde la gloria. Cuando entendemos todo en relación a la gloria de Dios empezamos a entender todo correctamente.

Dios nos permite ver su gloria
El hombre no regenerado no busca esa gloria porque él no la percibe ni la entiende. En su estado natural, el hombre no quiere, no persigue ni anhela esa gloria; porque está ciego ante ella. Para el hombre sin Cristo, la gloria no existe: no la siente, tampoco la ve, ni le preocupa. Por esto hay algo llamado el mal. En realidad, la falta de gloria constituye el pecado (Ro. 3:23).

El único contacto que el inconverso tiene con esta realidad es el uso gramatical para describir algo que considera bueno o hermoso. Pero es un uso y una apreciación estrictamente terrenal. ¡Qué desperdicio! Nada de eso tiene que ver con la realidad de la verdadera gloria. Pero para nosotros, los que estamos en Cristo, esto es tan vivo, real, y cercano como lo están las huellas digitales a nuestros dedos. La gloria se vistió de piel y se acercó a nosotros (Jn. 1:14). La vemos porque Dios resplandeció. Al mismo Cristo que los incrédulos no ven, ahora nosotros vemos, porque Dios nos alumbró (Mt. 4:16). ¡Oh cuán precioso sol ha encendido Dios! (Mal. 4:2). Ahora vemos y tenemos esa gloria.

Conocer su gloria y disfrutar la vida en ella. De eso se trata la existencia, porque nos da el enfoque correcto: una vida bien vivida, fructífera, y que no se desperdicia porque cumple con su papel en el evangelio, esa es la gloria de Dios manifestada en el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Esto no es un aspecto más de la experiencia cristiana o de la existencia humana. No es un agregado ni un beneficio más. La existencia tiene que ver fundamentalmente con Su gloria.

Ahora bien, Dios ha dado a conocer su gloria a los hombres. Ha comunicado esa gloria en Cristo (Heb. 1:3). ¡Conocer la gloria de Dios! Ese es nuestro problema, pero también nuestro gozo y esperanza. Cuando el hombre conoce, tiene, y es tocado por esa gloria, Dios es glorificado.

Conocer esa gloria es indispensable para la humanidad. No puede ser de otra manera. La gloria no es una realidad complementaria ni un suplemento opcional. Es la realidad. Es lo más serio; es la vida, la sensatez, y esperanza para el hombre. Desde mi interior afirmo: ¡Déjanos verla, oh Señor, mirarla, y admirarla con mayor claridad! ¡Qué vivamos por ella!

¿Cómo experimentamos la gloria de Dios a plenitud?
No podremos experimentar esa gloria de una manera nueva y transformadora sin estas dos realidades:

Primero, es indispensable. Debemos estar convencidos de que conocer esa gloria —de manera continua— es nuestra necesidad más fundamental.

Segundo, conocer y crecer en esa gloria es una realidad sobre la que no tenemos poder. Carecemos de toda habilidad para lograr conocer más y ser alcanzados por esa gloria. Somos absolutamente dependientes de Dios. Convencernos que no podemos hacer nada, que somos incapaces de hacer progresos por nosotros mismos para conocer más y mejor esa gloria.

Esa doble consciencia nos causará desear más a Dios y hará que lo busquemos con desesperación y lo miremos continuamente. Dile al Señor estas palabras:

“Danos Señor, un sentido interno de tu gloria, una percepción espiritual de ella. Una conciencia viva que toque el corazón para la transformación del creyente y para testimonio al incrédulo”.

Gerson Morey

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey.

No paz, sino espada

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

No paz, sino espada

Jim E. Kim

Nota del editor: Este es el duodécimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Los discípulos de Jesús, al igual que sus contemporáneos judíos, creían que cuando el Mesías viniera, Él vendría como el «Príncipe de Paz», trayendo libertad política y prosperidad material (Is 9:6-7Zac 9:10). Más aún, Jesús les enseñó que los que procuran la paz son bienaventurados en verdad (Mt 5:9) y les dijo que dieran saludos de paz cuando entraran a una casa (Mt 10:12-13). Quizá algunos estaban conscientes que Él habría de traer «paz en la tierra» (Lc 2:14). Sin embargo, Jesús también dijo: «No penséis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada» (Mt 10:34).

El conflicto es inevitable porque junto con Jesús viene un nuevo reino.

Jesús no negó que la paz sería el resultado de Su obra. Él inauguró el gobierno y el dominio del reino de Dios, el cual se caracteriza por una paz duradera, resultando en la destrucción de los enemigos de Dios, la erradicación del pecado y sus efectos y la presencia de la salvación de Dios. Pero el camino a esta paz no está marcado por la tranquilidad. Más bien, está lleno de división y conflicto. Esto es a lo que se refiere el término «espada». El relato de Lucas hace que esto sea aún más claro cuando más adelante la palabra «espada» es reemplazada por «división» (12:51). La división es inevitable porque Jesús y Su mensaje del reino demandan una respuesta. Mientras algunos le dan la bienvenida a Jesús, muchos lo rechazan a Él y a Su mensaje, y a veces de manera apasionada. El conflicto es inevitable porque junto con Jesús viene un nuevo reino. Mientras tanto, el príncipe de este mundo no se queda de brazos cruzados.

Jesús explicó la severidad de este conflicto con una referencia a Miqueas 7:6. Una señal de la pecaminosidad en los tiempos del rey Acaz fue que el pueblo de Israel ya no confiaba el uno en el otro, ni siquiera en sus propias familias. La situación en Miqueas apuntaba a los días de Jesús cuando las familias se vieron presionadas hasta el límite a causa de Jesús y Su mensaje. Vemos esto aún hoy, ya que muchos experimentan separación y división de sus familias a causa de su fe en Jesús.

Aún así, Jesús llama a Sus discípulos a perseverar. Él los preparó para el rechazo y hostilidad inevitables. La respuesta del mundo a Jesús y Su mensaje de paz fue todo menos pacífica, y nosotros quienes hoy somos Sus discípulos, no debemos esperar algo diferente. Mientras que el camino de la cruz está lejos de ser fácil o libre de preocupación, Jesús le recuerda a Sus discípulos que al perder ellos ganan y al morir ellos vivirán.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Jim E. Kim
Jim E. Kim

El Rev. Joel E. Kim es presidente de Westminster Seminary California. Es el co editor de Always Reformed [Siempre Reformado].