¿Son la Biblia y la ciencia compatibles?

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Serie: Dando una respuesta

¿Son la Biblia y la ciencia compatibles?

Keith A. Mathison

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

Muchos de los que rechazan la fe cristiana lo hacen porque creen que la Biblia contradice la ciencia, sin embargo, el que exista un conflicto y una contradicción reales depende de cómo uno defina la Biblia y la ciencia. Si la Biblia es definida como «un libro de cuentos de hadas y supersticiones» y la ciencia es definida como «hechos comprobados», entonces es obvio que vamos a tener un conflicto y ambos serán incompatibles como fuentes de la verdad. Si la Biblia es considerada como la Palabra de Dios y la ciencia es considerada como una metodología necesariamente materialista que descarta la posibilidad misma de Dios, entonces sí, habrá un conflicto. Propongo, sin embargo, que estas no son las mejores definiciones de partida y que si reflexionamos más detenidamente sobre la Biblia y la ciencia, veremos que no están necesariamente en conflicto.

Los cristianos entienden que Dios es el Creador de todas las cosas en el cielo y en la tierra y también creen que Dios ha revelado ciertas verdades acerca de Sí mismo a través de Su creación (Ro 1:20). Los teólogos llaman a esto revelación general. Dios también se ha revelado a Sí mismo en Su Palabra, a esto llamamos revelación especial. Un punto importante a tener en cuenta es que tanto en la revelación general como en la revelación especial, Dios es el Revelador. Debido a que Dios es infalible, no hay posibilidad de conflicto o contradicción entre Su revelación general y Su revelación especial; Dios es la única fuente infalible de ambos.

Los creyentes no tienen nada que temerle a la ciencia entendida como el estudio de las obras creadas por Dios.

Tampoco hay conflicto entre lo que Él ha revelado en la Biblia (revelación especial) y lo que es realmente cierto con respecto a Su creación. Si Dios creó algo de manera particular, y si Dios es consistente consigo mismo y siempre veraz, Su revelación especial no dirá nada que contradiga la verdad real sobre Sus obras creadas. Si es verdad, por ejemplo, que Dios creó la tierra como una esfera, entonces Su revelación especial no puede contradecir esto, ni lo hará. Por lo tanto, si hay un lenguaje en la Biblia que parece describir la tierra como un disco plano, entonces el problema está en nuestra interpretación.

Cuando un conflicto surge, es siempre el resultado de una mala interpretación humana de las obras creadas de Dios, de lo que Él ha revelado a través de Su creación, de lo que Él ha revelado a través de Su Palabra o de alguna combinación de estas. En otras palabras, un conflicto puede ser el resultado de una teoría científica incorrecta sobre algún aspecto de las obras creadas por Dios, puede también ser el resultado de una interpretación incorrecta de la revelación especial de Dios o bien puede ser el resultado de mal interpretar ambas. El problema siempre está en los intérpretes humanos caídos y falibles (científicos y teólogos), no en Dios.

Los seres humanos son falibles. El hecho de que hayan varios factores, incluyendo la ignorancia y el pecado, significa que podemos equivocarnos y de hecho lo hacemos.. Aquellos que observan y tratan de entender el mundo creado pueden y han cometido errores. Las hipótesis y teorías científicas son falibles y pueden estar equivocadas. Aquellos que estudian y buscan entender la Biblia también pueden cometer errores y lo han hecho. Hay interpretaciones contradictorias de muchos textos bíblicos y sistemas teológicos contradictorios porque los intérpretes de la Escritura son falibles. Las interpretaciones exegéticas y teológicas y las teorías pueden estar equivocadas.

La ciencia y la Escritura son completamente compatibles siempre y cuando se entienda que la ciencia es el estudio cuidadoso de las obras de Dios en la creación. La ciencia corre el riesgo de ser incompatible con la Escritura solo cuando se importan filosofías metafísicas naturalistas y materialistas a la definición de la ciencia. El conflicto percibido que existe hoy en día se debe, en gran parte, a tales suposiciones filosóficas por parte de muchos incrédulos. Irónicamente, estas suposiciones filosóficas no pueden ser probadas a través de ningún medio de observación empírico.

Debido a que el mundo creado es de la forma en que Dios lo ha creado, tanto los creyentes como los incrédulos pueden y han hecho observaciones verdaderas al respecto. Por supuesto, los incrédulos siempre expresan cualquier observación verdadera que hacen dentro de un marco filosófico no bíblico, pero las observaciones,  en lo que a estas se refieren, pueden ser verdaderas. Como observó Juan Calvino, los incrédulos pueden conocer las verdades sobre «las cosas terrenales», aunque con respecto a «las cosas celestiales», sean «tan ciegos como topos» (Instituciones 2.2.12-21). Los creyentes no tienen nada que temerle a la ciencia entendida como el estudio de las obras creadas por Dios. Las obras de las manos de Dios son impresionantes y maravillosas, y los cristianos pueden regocijarse y alabar a su Creador cada vez que algo verdadero acerca de estas obras es descubierto, sin importar quién hizo el descubrimiento. El problema no es la ciencia como tal; son solo las falsas filosofías que se disfrazan de ciencia las que deben ser rechazadas.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

Considérate a ti mismo

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Considérate a ti mismo

Burk Parsons

Nota del editor: Esta es la octava y última parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

La controversia existe porque la verdad de Dios existe en un mundo de mentiras. La controversia es la difícil situación de pecadores en un mundo caído, quienes originalmente fueron creados por Dios para conocer la verdad, amar la verdad y proclamar la verdad. No podemos escapar de la controversia en este lado del cielo, ni deberíamos intentarlo. Como cristianos, Dios nos ha rescatado de las tinieblas y nos ha capacitado para permanecer en Su luz admirable. Él nos ha llamado a entrar en las tinieblas y brillar como una luz en el mundo, reflejando la gloriosa luz de nuestro Señor Jesucristo. Y cuando la luz brilla en la oscuridad, la controversia es inevitable.

Si nos preocupamos por la gloria de Cristo, nos preocuparemos por la paz y la unidad de Su Iglesia, y, a su vez, nos preocuparemos por la pureza de la Iglesia.

Si estamos en Cristo, la verdad nos ha liberado, y en consecuencia, somos llamados a discernir la verdad del error y la verdad de la verdad a medias. Aunque no siempre es fácil defender la verdad en medio de la oscuridad de este mundo, el Espíritu Santo nos ayuda a distinguir la luz de las tinieblas mientras caminamos a la luz de Su Palabra. La dificultad viene cuando tratamos de discernir la verdad del error en la Iglesia de Cristo. Además, cuando creemos que hemos discernido la verdad del error en la Iglesia, ¿cómo exponemos el error y proclamamos la verdad dentro del cuerpo de Cristo? Esto es particularmente difícil teniendo en cuenta que Dios nos llama, por un lado, a «contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 3), y por otro lado nos llama a esforzarnos “por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef 4:3).

Entonces, ¿cómo contendemos por la fe única y verdadera mientras, a la vez, luchamos por mantener la paz y la unidad en la Iglesia? A primera vista, algunos podrían pensar que estos dos mandamientos son mutuamente excluyentes. Sin embargo, el llamado de Dios para contender por la pureza y el llamado de Dios para luchar por la paz y la unidad están estrechamente entrelazados. Si queremos entender cómo debemos involucrarnos en una controversia, primero debemos entender que éstas no se oponen entre sí, sino que, por necesidad, se complementan la una a la otra.

La paz y la unidad existen en la Iglesia no a pesar de la verdad, sino precisamente a causa de la verdad. Es por eso que luchamos fervientemente por la pureza de la fe única y verdadera a fin de preservar la auténtica unidad de la única y verdadera esposa de Cristo para la gloria de Cristo. La unidad a expensas de la pureza produce anarquía. No podemos tener verdadera paz y unidad sin pureza.

Si nos preocupamos por la gloria de Cristo, nos preocuparemos por la paz y la unidad de Su Iglesia, y, a su vez, nos preocuparemos por la pureza de la Iglesia. Más concretamente, si somos complacientes con todas y cada una de las controversias, esto probablemente significa que somos complacientes con la verdad misma. Sin embargo, si nos involucramos completamente en todas y cada una de las controversias aparentes que ocurren en la Iglesia, podría significar que no nos estamos haciendo las preguntas correctas para determinar en cuáles controversias debemos involucrarnos y, lo que es más, de qué manera y hasta qué punto deberíamos hacerlo.

En su carta Sobre la controversia, John Newton advierte que antes de participar en una controversia de cualquier tipo, primero debemos considerarnos a nosotros mismos. Él pregunta:

¿Qué le aprovechará al hombre ganar su causa y silenciar a su adversario, si al mismo tiempo pierde ese espíritu humilde y compasivo en el cual el Señor se deleita, y al cual le ha prometido Su presencia?

Newton escribió estas palabras en el siglo XVIII, y son tan pertinentes hoy como lo fueron en aquel entonces, especialmente cuando tomamos en cuenta la constante aparición de nuevos medios a través de los cuales cualquiera puede involucrarse en una controversia de una manera más fácil y más pública. No obstante, el medio no es el problema, como tampoco lo es la controversia. Nosotros somos el problema: cómo nos involucramos en la controversia y cómo utilizamos los medios, tanto los antiguos como los nuevos.

Con esto en mente, mientras nos esforzamos por examinarnos correctamente antes de participar en una controversia, ya sea en Internet o en un libro, propongo diez preguntas que podemos hacernos para ayudarnos a determinar si, cuándo y cómo, deberíamos involucrarnos en una controversia mientras luchamos por la paz, la pureza y la unidad de la Iglesia de Jesucristo.

1. ¿He orado? La oración es lo más fácil de hacer y, quizás, lo más fácil de olvidar. Antes de involucrarnos en una controversia, estamos llamados a buscar humildemente al Señor, orando por nosotros mismos y por aquel con quien estamos en desacuerdo.

2¿Cuál es mi motivo? Hacemos bien en cuestionar nuestros motivos sin cuestionar los de los demás. Somos arrogantes al pensar que podemos juzgar los motivos de los demás cuando a veces ni siquiera entendemos nuestros propios motivos. Necesitamos pedirle al Espíritu que escudriñe nuestros corazones y nos revele si hay maldad.

3¿Estoy tratando de edificar a los demás? ¿Estamos tratando de ganar una discusión por el simple hecho de discutir, o es nuestro objetivo llevar a la persona con la que estamos en desacuerdo, y a nuestra audiencia, a un mayor entendimiento de la Palabra de Dios para la gloria de Dios? ¿Es nuestro objetivo mostrar nuestra inteligencia o dirigir a otros hacia Dios y Su Palabra?

4. ¿He  buscado consejo? Necesitamos desesperadamente buscar la sabiduría de nuestros hermanos en Cristo, particularmente hombres y mujeres mayores que se han llegado a ser más amables, amorosos y sabios a medida que han madurado en el Espíritu. Necesitamos buscar la sabiduría de nuestros pastores y ancianos, e incluso de hermanos sabios con quienes aún podríamos estar en desacuerdo.

5¿Preferiría mejor sufrir la injusticia? Cuando alguien nos ha criticado, justa o injustamente, en público o en privado, no siempre es necesario responder. El amor cubre una multitud de pecados, nuestro humilde silencio u ofrecer la otra mejilla pueden apartar la ira del otro.

6¿Cómo trataré a la persona con la que estoy en desacuerdo? ¿Estamos mostrando amor a nuestro hermano para que el mundo pueda ver que somos discípulos de Cristo? ¿Estamos tratando a nuestro «oponente» como a un hermano en Cristo o como un enemigo de la Iglesia?

7. ¿Estoy involucrando a una audiencia más grande de lo necesario? ¿Es este un asunto público o privado? Además, ¿es un tema fundamental o secundario? ¿Han discrepado sobre este asunto hombres piadosos a lo largo de la historia y, de ser así, cómo debería esto afectar mi tono? ¿Estamos respondiendo a una controversia real o estamos más bien creando una o convirtiendo el asunto en un problema más grande de lo que realmente es?

8¿Soy la persona indicada para involucrarme? A menudo tenemos un concepto más alto de nosotros mismos del que deberíamos tener, y rara vez consideramos a los demás como mejores que nosotros. Debemos preguntarnos si es necesario decir algo, y si somos nosotros los indicados para decirlo. El simple hecho de disponer de una plataforma para hablar de un problema no significa que siempre tengamos que usarla.

9¿Cuál es mi meta final? ¿Qué aspiramos? ¿Qué verdad estamos defendiendo? ¿Contribuirá nuestra participación a un mayor avance del Evangelio y del amor a Dios y al prójimo? Nuestro objetivo nunca debe ser una mera provocación.

10. ¿Estoy enfocado en la gloria de Dios? ¿Estamos sirviendo al reino de Dios o a nuestro propio reino y reputación? Nuestra meta no es ganar más lectores u oyentes, sino dirigir los ojos de todos hacia Cristo para Su gloria. Si tenemos que involucrarnos en una controversia, hagámoslo única y exclusivamente por el reino y la gloria de Dios, no el nuestro.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Cómo la vara puede apuntar los niños hacia Dios

Coalición por el Evangelio

Cómo la vara puede apuntar los niños hacia Dios

TILLY DILLEHAY

Todo padre que conozco ha pasado más tiempo con sus hijos este año de lo que esperaban. Sumado a todas las muchas otras presiones del 2020, los padres de hijos pequeños han sentido mayor presión en la crianza de sus hijos. Más tiempo significa más oportunidad para pecar y de que pequen contra nosotros. Más tiempo significa que nos preguntamos si la manera en que hemos estado haciendo las cosas le hará bien a nuestra familia en unos años. Más tiempo significa que se despliegan las grietas.

Pero esas grietas no son cosas nuevas del 2020.

Una de mis amigas cristianas más jóvenes acaba de dar a luz a una hermosa niña y anda ansiosamente navegando las filosofías de nuestros tiempos con respecto a la crianza. Me contó que una de sus amigas, que tiene una hija de tres años, le confesó que teme levantarse por las mañanas porque su hija es muy difícil. Esta madre comentó que ella no creía en la “crianza basada en la ley”, pero no estaba segura de cómo lidiar con los constantes berrinches y desafíos de su hija.

La amiga que me relataba esta historia no estaba segura qué era la “crianza basada en la ley”, pero sospechaba que tenía algo que ver con el uso de amenazas y consecuencias. Me dijo que a pesar de haber recibido palmadas cuando era niña por desobedecer y sentir que aquellas palmadas fueron dadas con gracia y de manera efectiva por parte de sus padres, ninguna de sus amigas parecía estar dispuesta a utilizar con sus hijos lo que Proverbios llama “la vara”.

He notado el mismo fenómeno. Muchos padres en mi generación han sido influenciados por términos que no comprenden completamente: términos como crianza basada en el temor o basada en la ley, y no tienen idea de por qué o cómo hay que disciplinar a los hijos. Tenemos acceso a muchos libros cristianos excelentes para padres que nos ayudan a tener conversaciones con nuestros hijos basadas en el evangelio en vez de enfocarnos en su comportamiento externo. Pero estos autores podrían estar dando por sentado algunas herramientas básicas, herramientas que muchos de nosotros no tenemos. 

Si no hemos aprendido estrategias de disciplina de personas que conocemos en la vida real, podría ser que simplemente no sepamos cómo funciona todo esto. Puede ser que no sepamos cómo la vara juega una función en enseñarle a los hijos a escuchar y a obedecer, estableciendo un tipo de confianza relacional que nos da un punto de partida para comunicar el evangelio.

La disciplina les muestra cómo Dios es

Si alguien me preguntara a mí, una madre milenial, con qué batallan más mis compañeras, yo respondería que luchan con la palabra “autoridad”.

Creo que ha habido un malentendido. Entre los padres jóvenes que conozco existe una dicotomía falsa: la crianza basada en la gracia versus la crianza basada en la ley. Otra amiga me preguntó recientemente si, cuando su hijo ignoraba su petición de limpiar su habitación, ella debía “mostrarle gracia” al limpiarlo por él o si ella debía “aplicar la ley” y obligarlo a limpiarlo él mismo. Veo comentarios en línea de madres aterrorizadas de hacer que sus hijos coman su cena, porque temen que esto podría convertirlos en pequeños fariseos.

Mis amigas y yo hablamos con nuestros hijos constantemente. Pero muchas de nosotras vemos que nuestras palabras fallan. Nuestro no no significa no, y nuestro  no significa sí (Mt. 5:37). Nos cuesta poner orden en nuestros hogares a través de una serie de argumentos, persuasiones y explicaciones. Le comunicamos muchas cosas a nuestros hijos acerca de Dios, pero cuando no cumplimos lo que decimos corremos el riesgo de representar mal a Dios. Les estamos enseñando a nuestros hijos que así como nosotros no tomamos en serio lo que decimos, Dios tampoco toma en serio lo que Él dice. 

El axioma bajo el cual muchos actúan va de la siguiente manera: “Dios te muestra gracia al no castigarte. Así que tú también puedes mostrarle gracia a tus hijos al no castigarlos a ellos”.

Estamos entrenando los músculos de la autoridad, obediencia, relación, y bendición; cosas que nuestros hijos seguirán necesitando cuando sean hijos adoptados de Dios

Pero lo anterior es un paralelo falso. Nuestros hijos no están relacionados con nosotros de la misma manera en que una persona inconversa está relacionada con Dios. Una persona inconversa es un enemigo de Dios. Nuestros hijos ya son parte de nuestra familia. No les estamos enseñando cómo obtener su salvación y entrar a la familia; les estamos enseñando lo que es ser parte de la familia. Estamos entrenando los músculos de la autoridad, obediencia, relación, y bendición; cosas que nuestros hijos seguirán necesitando cuando sean hijos adoptados de Dios.

Nuestros hijos, en este rol de crianza, ya son nuestros. Ya estamos en una relación con ellos en el plano terrenal, y tenemos la oportunidad de mostrarles cómo se siente vivir en comunidad. Se siente como reír a carcajadas. Se siente como una buena comida. Se siente como organización. Se siente como una bendición. Y a veces se siente como dolorosas consecuencias de disciplina. Así como nos dice la Escritura:

“Además, han olvidado la exhortación que como a hijos se les dirige:

‘Hijo Mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él. Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo’.

Es para su corrección que sufren. Dios los trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si están sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces son hijos ilegítimos y no hijos verdaderos. Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos, y los respetábamos, ¿con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestros espíritus, y viviremos?”, Hebreos 12:5-9, citando Proverbios 3:11-12.

Este pasaje no se trata de los enemigos de Dios destinados al castigo. Se trata de sus hijos. Si Él disciplina a aquellos que ama, y si dice que es correcto que los padres, hechos a su imagen, disciplinen a los que aman, necesitamos mirar más de cerca lo que esto significa. La disciplina de Dios es la corrección amorosa y paciente de aquellos que pertenecen a Él, no es un arranque caprichoso de ira. Haríamos bien en ejemplificar este tipo de disciplina a nuestros hijos.

La vara en Proverbios

Si queremos encontrar palabras bíblicas claras acerca de cómo la autoridad amorosa funciona dentro del hogar, Proverbios nos da mucho con que trabajar.

“La necedad está ligada al corazón del niño,” dice Proverbios 22:15, “pero la vara de la disciplina lo alejará de ella”.

“No escatimes la disciplina del niño”, insiste Proverbios 23:13, continuando con palabras que podrían sorprendernos, “aunque lo castigues con vara, no morirá”.

“Disciplina a tu hijo y te dará descanso, y dará alegría a tu alma”, dice Proverbios 29:17.

Somos embajadores de gracia, amor, gozo, y de orden para nuestros hijos. Somos embajadores del mismo corazón de Dios. Y para poder mostrarlo a nuestros hijos, debemos estar dispuesto a amarlos como Él nos ama a nosotros

Obviamente estos versículos suscitan muchas otras preguntas sobre los cómo, los por qué, y las excepciones. Pero lo que quiero discutir aquí es algo bastante simple y no controversial: los Proverbios nos exhortan a utilizar la vara. Asumen que el uso de la vara es parte esencial de amar a nuestros hijos.

Algunos pudieran estar en desacuerdo con la idea de que los Proverbios pueden ser leídos de manera prescriptiva (“¡no es un mandamiento; es literatura de sabiduría!”). Puedo aceptar esa perspectiva. Pero todavía me queda la pregunta: ¿queremos sabiduría, sí o no? ¿Pensaron los escritores de la Biblia que esta era una buena idea, o no? ¿Podemos leer estos pasajes y deducir alguna otra razón convincente de por qué existe un respaldo tan fuerte de la disciplina corporal en la Biblia?

Objeciones a la vara

Algunas objeciones razonables surgen cuando hablamos del uso de la disciplina corporal dentro del hogar.

¿Qué hacemos con los niños que tienen discapacidades? ¿Y qué de los niños adoptados, niños con un historial de abuso? También, ¿qué pasa con la legalidad del castigo físico? ¿Deberíamos estar preocupados por esto? ¿Y los padres que se sienten tentados al abuso corporal?

Estas preguntas requieren sabiduría. La vara es el principio, no un evento meramente físico. El principio de la vara es que un poco de dolor en el presente, dado con amor con la intención de detener el pecado, a la larga producirá fruto. Así que cuando un niño o un padre tiene un pasado o una condición médica que hace que la disciplina corporal no sea sabia, todavía hay maneras en que el principio de la vara puede traer paz a la relación. Un niño quiere saber que existe estructura en el mundo: lo correcto es lo correcto, lo incorrecto es lo incorrecto, y las personas a cargo de su cuidado están en una posición de autoridad amorosa. Ellos quieren que el pecado dentro de sus corazones sea llamado pecado y sea abordado, sea cual sea la forma infantil que este pecado pueda tomar. Quieren esto a pesar de que nunca sean capaz de expresarlo. Quieren esto aún cuando vienen de una situación caótica tan avanzada que les es imposible imaginarse cómo luce una autoridad amorosa.

Las excepciones no deben usarse como una excusa para ignorar el llamado de la Escritura

Descubrir cómo comunicar esa autoridad sin el uso de la vara física requerirá sabiduría. Es otra razón por la cual debemos estar dispuestos a humildemente pedir la opinión de padres experimentados quienes han transitado por un camino similar. Y para los padres cuyos hijos no encajan en estas estrechas excepciones, las excepciones no deben ser utilizadas para ignorar el llamado de las Escrituras.

Vale la pena hacer las preguntas legales, e indagar la situación de cada país. Sin embargo, es bueno saber que, hasta este punto, en los 50 estados de los Estados Unidos y en el Distrito de Colombia, la disciplina corporal es legal dentro del hogar. También es legal dentro de las escuelas en la mitad de los estados (principalmente en el Sur y el Medio-Oeste). Pero esto podría cambiar. Ya existen prohibiciones absolutas en algunas áreas de Europa occidental, y Escocia se está convirtiendo en el más reciente del pequeño grupo de países que hacen ilegal la disciplina corporal de cualquier tipo. En otras palabras, la desobediencia civil pudiera convertirse en algo necesario. Esto también requeriría sabiduría y un sentido madurado de lealtad a la sabiduría de Dios y no a la sabiduría humana.

La autoridad y los profetas seculares

Algunas de las voces más claras y útiles sobre la autoridad en la crianza provienen de fuentes seculares de los últimos años.

El fenómeno de la popularidad de Jordan Peterson, el polémico psicólogo canadiense, debería indicarnos el hambre que tienen las personas por saber la manera en que el mundo de Dios funciona. En su libro 12 reglas para vivir, Peterson (un psicólogo clínico y un profesor de psicología en la Universidad de Toronto) utiliza un lenguaje mundano para tratar de describir lo que nosotros conocemos como pecado original. Su experiencia con padres e hijos le ha mostrado algo que muchos en la comunidad cristiana subestiman: un hijo dejado por sí solo puede convertirse en un “pequeño monstruo”. Un hijo al cual se le permite que se gobierne a sí mismo es un hijo no amado. Mientras que Peterson habla del alivio que los hijos sienten cuando los adultos asumen su responsabilidad, también menciona el uso del castigo físico como una forma que podría ser necesaria.

En su libro El colapso de la autoridad, Leonard Sax narra historias de padres que dejan que sus hijos decidan todo: qué comer, beber, y qué ponerse; cómo utilizar su tiempo libre; y hasta a dónde ir a la escuela. “En las últimas tres décadas”, el escribe, “ha habido una transferencia masiva de autoridad de los padres a los hijos”. El conecta esta transferencia de autoridad a un número de problemas, incluyendo la sobremedicación de los niños, el pobre rendimiento en las escuelas, y la fragilidad de los universitarios.

La crianza piadosa es mucho más que establecer autoridad. Y establecer autoridad es más que la vara. Pero no es menos que eso

Ambos Peterson y Sax están dispuestos a decirnos cosas que nos hacen sentir incómodos. Uno de los capítulos de Peterson es llamado “No permitas que tus hijos hagan cosas que detestes”. Un padre cristiano tal vez evite este lenguaje, temiendo pensar que existe algo que sus hijos puedan hacer que lo lleve a detestarlos. Sax da historias que nos sorprenden, como la de un niño de 12 años diciéndole a su mamá: “Date la vuelta. Cállate. Conduce”. No nos gusta pensar que nuestros hijos puedan llegar a este punto.

Pero este tono de advertencia es algo familiar en la literatura de sabiduría: “El que evita la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo disciplina con diligencia” (Pr. 13:24). Y también tenemos uno aún más cautivador: “Disciplina a tu hijo mientras hay esperanza, pero no desee tu alma causarle la muerte” (Pr. 19:18). Otras versiones han reproducido esto: “Disciplina a tu hijo… no dejes que tu alma se detenga por causa de su llanto”. Charles Bridges escribió en 1847:

“Hay mucha más misericordia en lo que parecería ser severidad, que en una ternura falsa. Permite que el hijo vea que estamos determinados; que no seremos distraídos de nuestro deber por el llanto de debilidad o pasión. Es mucho mejor que un hijo llore bajo una sana corrección, que los padres lloren después para sí mismos y con sus hijos bajo el fruto amargo de la disciplina descuidada”.

Este lenguaje parecería mucho para nosotros cuando tenemos hijos pequeños, porque no siempre podemos ver en qué se convertirán los pecados infantiles cuando crezcan en pecados adultos de mediana edad. Preferimos utilizar un lenguaje de iglesia y sentimental cuando se trata del tema de la crianza. Pero este lenguaje sobrio no es demasiado para los autores de sabiduría de la Biblia. Y aparentemente tampoco lo es para profetas seculares como Sax y Peterson. No debería ser demasiado para nosotros en la iglesia.

El discipulado y la vara

La crianza piadosa es mucho más que establecer autoridad. Y establecer autoridad es mucho más que la vara. Pero no es menos que eso. Y con palabras tan pesadas utilizadas en las Escrituras sobre el uso de la vara, nosotros como padres jóvenes deberíamos estar dispuestos a aprender los cómo y los por qué de su uso.

Existen referencias útiles sobre la vara en algunos libros cristianos sobre crianza. Rachel Jankovic nos ofrece una gozosa manera para disciplinar en Loving the Little Years (Amando los pequeños años). El libro de Ginger Hubbard No me hagas contar hasta tres es muy práctico. Y Tedd Tripp nos da un capítulo entero sobre el uso de la vara en Cómo pastorear el corazón de su hijo.

Me gustaría ver a padres mileniales acercarse a generaciones previas de padres que hicieron esto bien y haciéndoles las preguntas más básicas. ¿Cómo disciplinas de manera amorosa? ¿Para qué propósito disciplinas? ¿Qué utilizas? ¿Cómo oras con el niño después de haberlo disciplinado? Es difícil aprender este tipo de cosas en un libro. Lo aprendes mejor a través del ejemplo, a través de personas que respetas y en las cuales confías. Obviamente lo ideal sería que hayas sido criado en un hogar donde esto fue hecho bien (yo lo fui). Pero si no lo obtuviste allí, como es el caso de muchos de mis amigos mileniales, es difícil captar la visión si no tienes influencia personal y apoyo.

Como me gustaría escuchar historias de padres jóvenes dentro de la iglesia siendo lo suficientemente humildes para pedir ayuda. También me gustaría ver a más padres con experiencia estar dispuestos a arriesgarse a verse como unos entrometidos con el propósito de hacer lo amoroso y compartir sus experiencias. 

Somos embajadores para nuestros hijos. Embajadores de gracia, de amor, de gozo, y de orden. Somos embajadores del corazón mismo de Dios. Y para que nosotros les podamos mostrar al Señor a nuestros hijos, debemos estar dispuestos a amarlos de la misma manera en la que Él nos ama. Aunque no tengamos garantizado el resultado del corazón de nuestros hijos cuando los disciplinamos, sí tenemos promesas claras acerca de la disciplina de Dios hacia nosotros: “Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, después les da fruto apacible de justicia” (Heb. 12:11).

Este es el corazón de Dios en la disciplina. Y esta es la disciplina que debemos imitar al caminar en fe a través de la gozosa, compleja, e increíblemente valiosa responsabilidad que es ser padres.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Lauren Charruf Morris y adaptado por Equipo Coalición.

Tilly Dillehay es la esposa de Justin y la madre de Noah, Agnes, y Henry. Ella es la autora de Seeing Green (Viendo las cosas de color verde) and Broken Bread (Partimiento del pan) (Junio 2020). Escribe con su esposo en While We Wait (Mientras esperamos), y es co-anfitriona del podcast Home Fires.

En busca de la verdad

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Serie: Dando una respuesta

En busca de la verdad

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

Cada vez que la gente me pregunta a qué me dedico, respondo diciéndoles que soy pastor. Cuando les digo que soy pastor, la gente parece llenarse  instantáneamente de una variedad de emociones mientras tratan de decidir cómo responder. Dependiendo de su estado espiritual y de su relación con Cristo y la Iglesia, sus respuestas van desde el miedo hasta el consuelo, desde la ansiedad hasta el deleite. Algunas personas intentan cambiar el tema lo más rápido posible, otras quieren contarme todo sobre su caminar espiritual, otras quieren descargar todas sus cargas, algunas hablan de porqué dejaron la iglesia y otras se regocijan de nuestra fe común en Cristo. Pero la mayoría de las veces, cuando le digo a la gente que soy pastor, ellos tienen preguntas: preguntas sobre nuestra iglesia, sobre lo que creo, sobre la Biblia, Dios y la vida después de la muerte. Todas la gente tiene preguntas. Somos inquisitivos por naturaleza, y en esta era de pluralismo, ateísmo y escepticismo, mucha gente está buscando la verdad y las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

En esta era de pluralismo, ateísmo y escepticismo, mucha gente está buscando la verdad y las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

En cierta manera, los pastores tienen más oportunidades que otros cristianos para proclamar y explicar el Evangelio y hacer el trabajo de un evangelista y apologista. Es uno de los gozos de ser pastor. Por la naturaleza misma de lo que hacemos, los pastores somos teólogos y apologistas; pero en realidad, cada cristiano es un teólogo y un apologista. La pregunta para todos nosotros es si en realidad somos buenos teólogos y apologistas y si somos estudiantes serios de la Escritura, de la teología y de las respuestas que provienen de la Escritura. Como cristianos, estamos llamados a estar preparados para dar una respuesta de la esperanza que está en nosotros, como nos manda Pedro, y a no olvidar nunca que debemos responder con «mansedumbre y reverencia» (1 Pe 3:15).

Cuando hacemos nuestras buenas obras ante el mundo espectador —no para ser vistos por los hombres a fin de obtener gloria para nosotros mismos, sino para que el mundo pueda ver nuestras buenas obras y glorificar a nuestro Padre celestial— la gente naturalmente nos preguntará por qué hacemos todo lo que hacemos, por qué creemos lo que creemos y por qué nos aferramos a la esperanza que está en nosotros. Y cuando lo hagan, no debemos tener miedo, porque Cristo ha prometido que el Espíritu Santo está con nosotros para darnos el valor y la compasión a fin de hablar la verdad en amor. Porque esta es una de las principales maneras en que brillamos como luces en las tinieblas del mundo, sabiendo que la gente solo puede ver la luz si el Espíritu Santo abre sus ojos, expulsa las tinieblas, regenera sus corazones y les da vida a la luz de la gloria de Jesucristo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Considera a tu oponente

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Considera a tu oponente

Keith A. Mathison

Nota del editor: Esta es la sexta parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Fui convencido de la verdad de la teología reformada mientras asistía al Dallas Theological Seminary, la institución emblemática de la teología dispensacional. Algunos de mis compañeros me acusaron de ser un apóstata cuando descubrieron que había rechazado el dispensacionalismo. Después de haberme puesto mi nuevo uniforme de los cinco puntos del calvinismo, asumí una actitud de superioridad y condescendencia hacia aquellos que permanecían comprometidos con el dispensacionalismo. La burla se convirtió en el arma principal de mi arsenal. Cuando llegué al Reformed Theological Seminary [Seminario Teológico Reformado], aterricé justo en medio de debates entre estudiantes sobre temas que eran desconocidos para mí —debates acerca de teonomía, metodología apologética entre otros— y que eran poco frecuentes en Dallas. No era capaz de contribuir mucho a estas discusiones, pero continué con mi burla hacia los dispensacionalistas.

Con cuánta frecuencia olvidamos tratar a los hermanos en Cristo como a hermanos en Cristo, aquellos a quienes el Padre ama y con quienes compartiremos la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.

Estaba en lo que Michael Horton llama la «etapa de jaula»: ese periodo de tiempo en el cual un nuevo convertido a la teología reformada debe ser encerrado en una jaula por su propio bien y el bien de los demás a su alrededor. Durante la etapa de jaula, el novato reformado está frecuentemente airado porque las doctrinas de la gracia no le fueron enseñadas antes. Él puede ser particularmente mordaz hacia la tradición de la cual vino, y ay de aquellos que permanecen en esa tradición (ya sea dispensacionalismo o cualquier otra). A menudo ellos son vistos como intelectualmente inferiores por no ser capaces de ver la clara verdad de la Escritura que la megamente calvinista sí ve. Se vuelven el objeto de la burla y el blanco del sarcasmo y el escarnio. El nivel de arrogancia y orgullo que uno puede alcanzar durante la etapa de jaula es imposible de comprender y desagradable de contemplar..

No sé si John Newton pasó por algo similar a la «etapa de jaula» después que vino a Cristo. Lo que sí sé es que su carta Sobre la controversia me ayudó a ver lo que había estado haciendo. Newton escribió esta carta a un compañero de ministerio que estaba planeando tomar la pluma contra otro ministro que consideraba que estaba en error. Esto es a veces necesario, pero Newton ofrece sabios consejos sobre cómo hacerlo. En su escrito, le recomienda a su amigo que piense en tres cosas: su oponente, su audiencia y en sí mismo. En este artículo, consideraremos cómo debemos pensar acerca de nuestros oponentes en una controversia.

Newton comienza esta sección con un consejo muy sabio. Él escribe:

En cuanto a tu oponente, deseo que antes de que pongas la pluma sobre el papel en su contra, y durante todo el tiempo que estés preparando tu respuesta, puedas encomendarlo con una oración fervorosa a las enseñanzas y la bendición del Señor. Esta práctica llevará tu corazón a amarlo y a compadecerse de él; y tal disposición tendrá una buena influencia en cada página que escribas.

¿Alguna vez has pensado en orar por aquellos con quienes estás involucrado en algún tipo de controversia? Parece obvio, pero tendemos a quedar tan atrapados en el calor de la batalla que fácilmente nos olvidamos de hacer esto. Vemos a nuestro oponente teológico de la misma manera que un soldado ve a un enemigo de combate, como alguien que debe ser destruido antes de que nos destruya a nosotros. Así, los debates teológicos en los círculos calvinistas a veces degeneran en el equivalente verbal de la Federación Internacional de Lucha Libre. Si oráramos por aquellos con quienes nos involucramos en controversias, estaríamos menos inclinados a la ira y la malicia hacia ellos.

Newton después explica que necesitamos considerar si nuestro oponente en la controversia es un creyente o no.

Si lo consideras como un creyente, aunque muy equivocado en el tema sobre el cual debaten, las palabras de David a Joab acerca de Absalón, son muy pertinentes: «Por amor a mí tratadlo bien». El Señor lo ama y es paciente con él; por lo tanto, no debes despreciarlo, ni  tratarlo con dureza. El Señor es paciente contigo de la misma manera, y espera que muestres compasión a los demás, considerando el mucho perdón que tú mismo necesitas. Dentro de poco se verán en el cielo; entonces él te será más querido que el amigo más cercano que tienes ahora en esta tierra. Ten presente ese periodo en tus pensamientos; y aunque puede que consideres necesario oponerte a sus errores, velo personalmente como un alma gemela, con quien serás feliz en Cristo por siempre.

Con cuánta frecuencia olvidamos esto. Con cuánta frecuencia olvidamos tratar a los hermanos en Cristo como a hermanos en Cristo, aquellos a quienes el Padre ama y con quienes compartiremos la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.

Por otro lado, si vemos a nuestro oponente como un incrédulo, debemos recordar que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. Dios pudo haber abierto sus ojos en lugar de los tuyos. Debemos permanecer humildes. Debemos recordar que nosotros también estábamos alejados de Dios. Nosotros también éramos enemigos del Señor. Nuestra oración en este caso debe ser por su conversión, y debemos tener cuidado de no hacer algo que sea una innecesaria piedra de tropiezo en su camino. Debemos hablar o actuar con la esperanza de que nuestras palabras puedan ser usadas por Dios para traer a esta persona a la fe y al arrepentimiento.   

La carta de Newton nos anima a tratar a nuestros oponentes en la controversia como desearíamos ser tratados, y si hay algo que a todos nos desagrada, es ser tergiversado o calumniado. Debemos, por lo tanto, hacer el mayor esfuerzo por representar con precisión la perspectiva de nuestro oponente. Aunque Newton no trata con este tema de manera explícita, está implícito en sus palabras.

El noveno mandamiento nos prohíbe hacer daño a nuestro prójimo por medio de las mentiras (Éx 20:16). Aquellos que siguen a Cristo no deben dar falso testimonio de otras personas, oponentes teológicos o de otra naturaleza (Éx 23:17Lv 19:111416). Distorsionar una posición del  oponente en medio de una controversia teológica es calumniar a esa persona, y calumniar es un ejemplo de un uso malvado de las palabras y el lenguaje (Stg 4:11).

Distorsionar los puntos de vista de aquellos con los que no estamos de acuerdo no solo es deshonesto, sino que no tiene sentido. Debemos esforzarnos por representar los puntos de vista de nuestros oponentes con honestidad. Golpear a un hombre de paja es un ejercicio inútil y nos hace parecer bastante tontos en el proceso. Uno no puede convencer a un oponente del error de su punto de vista si uno está argumentando en contra de un punto de vista que este oponente no sostiene.  

En la controversia, entonces, esforcémonos por recordar a nuestro oponente. Recordemos orar por él, tratarlo amablemente y hacerle frente con los estándares más altos de honestidad.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

5 reflexiones acerca del “matrimonio abierto” de Jada & Will Smith

Coalición por el Evangelio

5 reflexiones acerca del “matrimonio abierto” de Jada & Will Smith

GERSON MOREY

En días recientes, Will Smith y su esposa Jada Pinkett Smith, de nuevo fueron noticia. Los Smith causaron controversia hace unos años cuando describieron su relación como un “matrimonio abierto” y que son “compañeros de vida”. Con esto quieren decir que cada uno puede aventurarse con otra persona sin que esto signifique infidelidad y que implique la culminación del matrimonio.

Con esta filosofía de vida no es un secreto que Will Smith haya cometido infidelidades, pero en esta ocasión fue su esposa quien confesó su infidelidad a Will con el cantante August Alsina. Al principio, en una entrevista Alsina insinuó que tuvo un romance con Jada Pinkett y que el mismo Will Smith le dio su aprobación. Luego Jada Pinkett Smith, en un episodio de su programa The Red Table Talk, junto con su esposo Will, hablaron de la situación y confirmaron los rumores. La manera tan ligera y vana con que hablaron del tema refleja la poca estima por el matrimonio y la indiferencia ante la gravedad que supone una infidelidad.

Esta noticia nos llega justo cuando, como iglesia, comenzamos un estudio sobre el matrimonio basado en el libro “el Pacto Matrimonial” de John Piper. Oramos al Señor porque en este tiempo fortalezcamos nuestra visión y renovemos nuestro aprecio y compromiso con el matrimonio bíblico. Por eso quiero hacer algunas reflexiones al respecto:

Los Smith no tienen autoridad para redefinir lo que es el matrimonio

Desde Génesis 2:24, Dios estableció la unión matrimonial y, por eso, solo Él puede establecer su naturaleza, su propósito, y también sus parámetros. El matrimonio es: “la unión de un hombre y una mujer que hacen un compromiso de permanencia y exclusividad mutua”.[1]

En otras palabras, el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer que unen sus vidas en un compromiso de fidelidad, permanente y exclusiva para reflejar la unión y la fidelidad de Cristo por su Iglesia. El significado del matrimonio es la representación del amor fiel al pacto entre Cristo y su pueblo”.[2] Los Smith, que dejaron de llamarse esposos para considerarse “compañeros de vida”, fallan al pretender redefinir lo establecido por Dios.

La infidelidad es condenable aunque el otro la apruebe o la tolere

Que Will Smith apruebe la relación extramarital de su esposa no mitiga la gravedad del pecado. Dios determina lo que es bueno y lo malo. Por eso, Él condena cuando llamamos malo a lo bueno y bueno a lo malo (Is. 5:20). El adulterio es un pecado grave que atenta contra la santidad del matrimonio y el diseño de Dios, incluso si nuestra sociedad quiere maquillarlo. El hombre no puede ennoblecer lo que Dios señaló como malo.

No hay nada noble en que los Smith permanezcan casados

Que los Smith permanezcan juntos, a pesar de sus mutuas infidelidades, no son señales admirables de lealtad y perseverancia. Porque decidieron permanecer juntos con un acuerdo licenciosos para relacionarse sexualmente con otras personas.

En realidad, esa renuencia a separarse está fundada en la conveniencia de no rendir cuentas. Por eso, en el caso de los Smith no podemos hablar de un matrimonio que ha sobrevivido al adulterio.

Los famosos no deben ser el criterio para orientar nuestro matrimonio

La visión y prácticas inmorales del matrimonio incrédulo nunca deben definir el matrimonio cristiano. Nuestra regla es Cristo y, por lo tanto, debemos reflejar la fidelidad y el amor sacrificial que Él mostró por Su Iglesia (Heb. 13:4Ef. 5:25-29).

Los matrimonios cristianos, que estamos llamados a glorificar a Dios, debemos esforzarnos por reflejar la santidad, la pureza, la compasión, la mansedumbre, y la humildad de Cristo, quien dio su vida por el bienestar de su pueblo (Col. 3:17).

Los Smith también rendirán cuentas

Toda buena dádiva viene de Dios (Stg. 1:17), y eso también debe decirse del don de la influencia. Por eso somos responsables ante Dios por el uso que hagamos de ella. Jesús dijo: “porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá (Lc. 12:48).

Los Smith tendrán que rendir cuenta a Dios por cómo usaron su influencia. Ellos serán responsables ante Dios por sus pecados incluyendo el tropiezo que esta forma de vida puede causar en tantas personas.

Palabras finales

He seguido esta noticia con indignación y tristeza por la influencia que tienen en nuestra sociedad. Su visión y su ejemplo son contrarios al diseño bíblico del matrimonio y socavan el llamado a la fidelidad. Pero esto también me recuerda y me hace lamentar el estado de muchos matrimonios cristianos. Es decir, esas parejas en el pueblo de Dios que de una forma diferente, también están lejos de expresar el amor y la fidelidad de Cristo. ¡Cuánto ha influenciado el mundo a la iglesia! Cuando debería ser lo contrario.

La visión aberrante de los Smith es sólo el reflejo de la corrupción de nuestra sociedad. Su visión del matrimonio, y su dinámica como pareja, es una expresión de lo que Pablo enseña en Romanos 1:18-31. Cuando el hombre da la espalda a Dios, también le da la espalda a la verdad y a la sensatez. Cuando el hombre se aleja de su Creador entonces se aparta de la coherencia para darle paso a la insensatez y a la incoherencia.

¡Cuánto necesitamos que Dios nos dé una visión fresca y más clara del amor de Cristo por su iglesia! Nos urge una visión que toque mente y corazón, de tal manera, que los transforme y los impulse a responder en santidad y obediencia. Una clase de visión que no solo despierte gratitud, sino que también renueve un deseo por imitarlo. Una visión que nos permita estimar la fidelidad como una virtud admirable, deseada, y perseguida en nuestros matrimonios.

Quiera Dios que:

  • Los Smith se arrepientan de sus pecados y encuentren la salvación en Cristo.
  • Los creyentes elevemos nuestra visión y aprecio por el matrimonio bíblico.
  • Los cristianos apreciemos y sigamos el ejemplo de nuestro fiel Jesucristo.
[1] Sherif Girgis, Robert P. Georg, & Ryan T. Anderson, What is marriage? (Harvard Journal of Law and Public Policy, Vol. 34, No.1) pág. 245-87.
[2] John Piper, Pacto matrimonial (Editorial Tyndale) pág. 14.

​Gerson Morey

Es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey.

Considera a tu oponente

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Considera a tu oponente

Keith A. Mathison

Nota del editor: Esta es la sexta parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Fui convencido de la verdad de la teología reformada mientras asistía al Dallas Theological Seminary, la institución emblemática de la teología dispensacional. Algunos de mis compañeros me acusaron de ser un apóstata cuando descubrieron que había rechazado el dispensacionalismo. Después de haberme puesto mi nuevo uniforme de los cinco puntos del calvinismo, asumí una actitud de superioridad y condescendencia hacia aquellos que permanecían comprometidos con el dispensacionalismo. La burla se convirtió en el arma principal de mi arsenal. Cuando llegué al Reformed Theological Seminary [Seminario Teológico Reformado], aterricé justo en medio de debates entre estudiantes sobre temas que eran desconocidos para mí —debates acerca de teonomía, metodología apologética entre otros— y que eran poco frecuentes en Dallas. No era capaz de contribuir mucho a estas discusiones, pero continué con mi burla hacia los dispensacionalistas.

Con cuánta frecuencia olvidamos tratar a los hermanos en Cristo como a hermanos en Cristo, aquellos a quienes el Padre ama y con quienes compartiremos la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.

Estaba en lo que Michael Horton llama la «etapa de jaula»: ese periodo de tiempo en el cual un nuevo convertido a la teología reformada debe ser encerrado en una jaula por su propio bien y el bien de los demás a su alrededor. Durante la etapa de jaula, el novato reformado está frecuentemente airado porque las doctrinas de la gracia no le fueron enseñadas antes. Él puede ser particularmente mordaz hacia la tradición de la cual vino, y ay de aquellos que permanecen en esa tradición (ya sea dispensacionalismo o cualquier otra). A menudo ellos son vistos como intelectualmente inferiores por no ser capaces de ver la clara verdad de la Escritura que la megamente calvinista sí ve. Se vuelven el objeto de la burla y el blanco del sarcasmo y el escarnio. El nivel de arrogancia y orgullo que uno puede alcanzar durante la etapa de jaula es imposible de comprender y desagradable de contemplar..

No sé si John Newton pasó por algo similar a la «etapa de jaula» después que vino a Cristo. Lo que sí sé es que su carta Sobre la controversia me ayudó a ver lo que había estado haciendo. Newton escribió esta carta a un compañero de ministerio que estaba planeando tomar la pluma contra otro ministro que consideraba que estaba en error. Esto es a veces necesario, pero Newton ofrece sabios consejos sobre cómo hacerlo. En su escrito, le recomienda a su amigo que piense en tres cosas: su oponente, su audiencia y en sí mismo. En este artículo, consideraremos cómo debemos pensar acerca de nuestros oponentes en una controversia.

Newton comienza esta sección con un consejo muy sabio. Él escribe:

En cuanto a tu oponente, deseo que antes de que pongas la pluma sobre el papel en su contra, y durante todo el tiempo que estés preparando tu respuesta, puedas encomendarlo con una oración fervorosa a las enseñanzas y la bendición del Señor. Esta práctica llevará tu corazón a amarlo y a compadecerse de él; y tal disposición tendrá una buena influencia en cada página que escribas.

¿Alguna vez has pensado en orar por aquellos con quienes estás involucrado en algún tipo de controversia? Parece obvio, pero tendemos a quedar tan atrapados en el calor de la batalla que fácilmente nos olvidamos de hacer esto. Vemos a nuestro oponente teológico de la misma manera que un soldado ve a un enemigo de combate, como alguien que debe ser destruido antes de que nos destruya a nosotros. Así, los debates teológicos en los círculos calvinistas a veces degeneran en el equivalente verbal de la Federación Internacional de Lucha Libre. Si oráramos por aquellos con quienes nos involucramos en controversias, estaríamos menos inclinados a la ira y la malicia hacia ellos.

Newton después explica que necesitamos considerar si nuestro oponente en la controversia es un creyente o no.

Si lo consideras como un creyente, aunque muy equivocado en el tema sobre el cual debaten, las palabras de David a Joab acerca de Absalón, son muy pertinentes: «Por amor a mí tratadlo bien». El Señor lo ama y es paciente con él; por lo tanto, no debes despreciarlo, ni  tratarlo con dureza. El Señor es paciente contigo de la misma manera, y espera que muestres compasión a los demás, considerando el mucho perdón que tú mismo necesitas. Dentro de poco se verán en el cielo; entonces él te será más querido que el amigo más cercano que tienes ahora en esta tierra. Ten presente ese periodo en tus pensamientos; y aunque puede que consideres necesario oponerte a sus errores, velo personalmente como un alma gemela, con quien serás feliz en Cristo por siempre.

Con cuánta frecuencia olvidamos esto. Con cuánta frecuencia olvidamos tratar a los hermanos en Cristo como a hermanos en Cristo, aquellos a quienes el Padre ama y con quienes compartiremos la eternidad en el cielo nuevo y tierra nueva.

Por otro lado, si vemos a nuestro oponente como un incrédulo, debemos recordar que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. Dios pudo haber abierto sus ojos en lugar de los tuyos. Debemos permanecer humildes. Debemos recordar que nosotros también estábamos alejados de Dios. Nosotros también éramos enemigos del Señor. Nuestra oración en este caso debe ser por su conversión, y debemos tener cuidado de no hacer algo que sea una innecesaria piedra de tropiezo en su camino. Debemos hablar o actuar con la esperanza de que nuestras palabras puedan ser usadas por Dios para traer a esta persona a la fe y al arrepentimiento.   

La carta de Newton nos anima a tratar a nuestros oponentes en la controversia como desearíamos ser tratados, y si hay algo que a todos nos desagrada, es ser tergiversado o calumniado. Debemos, por lo tanto, hacer el mayor esfuerzo por representar con precisión la perspectiva de nuestro oponente. Aunque Newton no trata con este tema de manera explícita, está implícito en sus palabras.

El noveno mandamiento nos prohíbe hacer daño a nuestro prójimo por medio de las mentiras (Éx 20:16). Aquellos que siguen a Cristo no deben dar falso testimonio de otras personas, oponentes teológicos o de otra naturaleza (Éx 23:17Lv 19:111416). Distorsionar una posición del  oponente en medio de una controversia teológica es calumniar a esa persona, y calumniar es un ejemplo de un uso malvado de las palabras y el lenguaje (Stg 4:11).

Distorsionar los puntos de vista de aquellos con los que no estamos de acuerdo no solo es deshonesto, sino que no tiene sentido. Debemos esforzarnos por representar los puntos de vista de nuestros oponentes con honestidad. Golpear a un hombre de paja es un ejercicio inútil y nos hace parecer bastante tontos en el proceso. Uno no puede convencer a un oponente del error de su punto de vista si uno está argumentando en contra de un punto de vista que este oponente no sostiene.  

En la controversia, entonces, esforcémonos por recordar a nuestro oponente. Recordemos orar por él, tratarlo amablemente y hacerle frente con los estándares más altos de honestidad.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

La guerra espiritual: 6 mitos y verdades

Coalición por el Evangelio

La guerra espiritual: 6 mitos y verdades

GERSON MOREY

La vida cristiana es una pelea constante y feroz. En su última carta, el apóstol Pablo escribió: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe (2 Ti. 4:7). Él consideraba el caminar cristiano como una guerra. Por eso exhortó a Timoteo: “Pelea la buena batalla de la fe” (1 Ti. 6:12).

La guerra espiritual en la que estamos es la lucha de todo cristiano frente a los poderes del infierno y los enemigos de Dios que conspiran contra nuestra firmeza (Ef. 6:12). El adjetivo espiritual hace referencia al origen y la naturaleza de esta guerra. Es espiritual porque nuestros enemigos son espirituales, y por la forma en que luchamos y las armas que usamos. No apelamos a estrategias humanas, ni usamos pistolas o armas físicas. En cambio, empleamos armas espirituales poderosas en Dios y que nos fueron dadas por Él, como la oración y la Palabra (2 Co. 10:4).

El llamado a la santidad supone grandes conflictos. Debemos estar dispuestos y preparados para resistir. Mientras vivamos en este lado de la gloria, la vida será una batalla sin tregua contra los enemigos de nuestra alma: Satanás, el mundo, y la carne. El diablo nos tienta, el mundo nos resiste, y nuestras pasiones combaten en nosotros para arrastrarnos al pecado.

Desafortunadamente, en los últimos años ha surgido en nuestro países un entendimiento erróneo de esta guerra, y así varias fallas en cómo se lleva a cabo. Estos son algunos mitos comunes al respecto (algunos de los cuales creí por muchos años) y la verdad detrás de ellos:

Mito #1: “La guerra espiritual es arrebatarle al diablo lo que nos quita”.

Esta visión de la guerra espiritual, orientada a la pérdida de los bienes materiales o hacia asuntos terrenales, tiene mucha aceptación dentro de la iglesia. Sin embargo, la noción de que debemos arrebatarle al diablo lo que nos quita (popularizada por una conocida canción hace años) no tiene sustento bíblico y es espiritualmente nociva. En primer lugar, porque parte de la premisa de que aquello que Dios nos da se puede perder. En segundo lugar, porque presenta al diablo como el determinante de mucho (o todo) de lo que nos sucede.

Mientras vivamos en este lado de la gloria, la vida será una batalla sin tregua contra los enemigos de nuestra alma: Satanás, el mundo, y la carne

La Biblia enseña que todas nuestras bendiciones, lo que somos, y todo lo que tenemos en Cristo, fue asegurado por Él en la cruz (Ef. 1:3). A la vez, recordemos que los beneficios terrenales no están asegurados para los cristianos. Dios no nos promete perfecta salud, ni prosperidad financiera, ni una vida sin problemas aquí. Al contrario, los creyentes estamos expuestos a la hostilidad del mundo, a la pérdida de nuestros bienes (Heb. 10:34), y se nos advierte que en esta tierra sufriremos (Jn. 16:33).

Algunas veces padeceremos por nuestra lealtad e identificación con Cristo, y otras simplemente porque vivimos en un mundo afectado por el pecado. Sin embargo, todos los beneficios de la redención son eternos, posesión segura de los creyentes, y podemos confiar en que nada se perderá. Pablo decía que Dios “nos bendijo en los lugares celestiales en Cristo”, para enfatizar el carácter celestial y permanente de nuestros beneficios (Ef. 1:3). Pedro decía que nuestra herencia está reservada en los cielos (1 P. 1:4). Todo lo tenemos en Cristo —aquello que disfrutamos ahora y lo que disfrutaremos en gloria— está seguro en Él. Nada ni nadie, ni siquiera el diablo, tiene el poder para quitarnos esto. 

Por otro lado, los bienes terrenales son pasajeros y se pueden perder. En ocasiones por nuestro propio pecado; a veces, por nuestra fidelidad a Dios o solo como el resultado de vivir en un mundo caído. Pero Dios está por encima de todo escenario. Él es quién finalmente nos da y nos quita cosas, como nos recuerda Job (Job 1:21-22). Este hombre no culpó al diablo ni pretendió arrebatarle lo que había perdido. Más bien, confió en el Dios que dirige soberanamente nuestras vidas según Su sabiduría y para nuestro bien. 

Verdad #1: Dios es quien en última instancia nos da y quita beneficios terrenales, mientras todos nuestros beneficios celestiales están seguros en Cristo.

Mito #2: “Dios da las mayores guerras a sus mejores soldados”.

Este conocido cliché es un error porque sugiere una distinción entre los creyentes. Comunica la idea de categorías entre cristianos. Tal distinción no es saludable ni bíblica. Las palabras de Pablo en Efesios 6 son instructivas al respecto: “No tenemos (plural) lucha contra sangre y carne” (Ef. 6:12). ¡Todos los creyentes están incluidos en esta guerra!

No hay superiores ni inferiores en el reino de los cielos. Las grandes dificultades para unos no sugiere superioridad en ellos

En un sentido todos tenemos la misma lucha, y en otro sentido es diferente para cada uno. Es la misma lucha porque batallamos contra los poderes del infierno; es diferente porque cada uno de nosotros es más propenso a diferentes tentaciones. Lo cierto es que cada creyente tiene su propia batalla. Cada uno experimenta la guerra espiritual de maneras distintas conforme a la providencia de Dios. Pero no hay superiores ni inferiores en el reino de los cielos. Las grandes dificultades para unos no sugiere superioridad en ellos.

Verdad #2: Todos los creyentes están en la guerra espiritual.

Mito #3: “Los gritos al orar añaden poder a la guerra espiritual”.

Santiago nos enseña que debemos ser fervientes en oración (v. 5:17), pero ese fervor no supone levantar la voz y gritar constantemente, porque el ejemplo que él nos provee es el de Elías. Curiosamente, en esa ocasión fueron los falsos profetas de Baal quienes levantaron la voz. Por el contrario, el fervor del profeta se expresó en la firmeza y confianza que demostró al orar (1 R. 18:25-36). La intensidad de los gritos no es crucial en la guerra espiritual.

Levantar la voz puede ser una expresión de celo y fervor, pero los gritos no siempre son una evidencia indiscutible de ello. Tengamos en cuenta que nuestro fervor debe ser una realidad integral y no solo al momento de orar. Es decir, la oración ferviente nace y debe estar en armonía con una vida fervorosa por Dios (Ro. 12:11). 

La resistencia al enemigo comienza con una vida de obediencia que se somete a Dios y no por medio de gritos

Para la guerra espiritual, la oración fervorosa no es un sustituto de la piedad, sino la extensión de una vida piadosa. El mismo Santiago decía: “sométanse a Dios. Resistan, pues, al diablo y huirá de ustedes” (v. 4:7). La resistencia al enemigo comienza con una vida de obediencia que se somete a Dios y no por medio de gritos.

Verdad #3: Los gritos no nos dan más poder en la guerra espiritual.

Mito #4: “Orar en lenguas hace más efectiva nuestra guerra espiritual”.

Es común escuchar que “las lenguas son un idioma de guerra”. Para argumentar eso, se citan las palabras de Efesios 6:18 en el contexto sobre la guerra espiritual: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu”. Sin embargo, más allá de la posición que tengamos sobre el don de lenguas, este mandato en realidad no es sobre eso. La exhortación es general para todos los creyentes, sin importar si hablan en lenguas o no. Es decir, orar “en el Espíritu” es algo que todos podemos y debemos hacer.

Una mirada al uso que Pablo hace de la expresión “en el Espíritu” nos ayuda a entender lo que quiso decir aquí. Por ejemplo, en Efesios 2:22 dice que los creyentes somos “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”. Esto significa que Dios mora en nosotros por medio de Su Espíritu mientras somos edificados. También dice en Gálatas 5:16: “anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne”. Aquí nos exhorta a caminar en dependencia del Espíritu, en el poder del Espíritu, y de manera que honre al Espíritu.

Debemos depender del Espíritu, su fuerza, su impulso, y su guía para levantar nuestras oraciones en medio de la batalla espiritual

Estos dos pasajes —Efesios 2:22 y Gálatas 5:16— nos ayudan a ver que la expresión “en el Espíritu” en Efesios 6, no es necesariamente una referencia al uso del don de lenguas. En cambio, significa que debemos depender del Espíritu, su fuerza, su impulso, y su guía para levantar nuestras oraciones en medio de la batalla espiritual.

Verdad #4: La oración en el Espíritu es la oración guiada, sostenida, y fortalecida por Él.

Mito #5: “Debemos hacer decretos y declaraciones para ganar la guerra espiritual”.

La creencia de que nuestras palabras tienen poder para crear cosas y cambiar la realidad es muy común dentro de la iglesia. La idea es que debemos “declarar” con nuestra boca lo que deseamos que suceda y, si tenemos la suficiente fe y convicción, será hecho. He hablado con más detalles sobre esa práctica y mi experiencia con ella en este otro artículo.

Esta enseñanza falla en entender que los decretos que siempre se cumplen son los propósitos eternos de Dios. Esta es una prerrogativa divina, no humana. Los creyentes estamos llamados a confiar en Él y esta confianza la expresamos por medio de la oración constante y humilde. La Biblia nos enseña a clamar al Señor (Sal. 34:6) y presentar nuestras peticiones a Él; no a decretar ni declarar que se cumplan cosas que deseamos.

La oración cristiana pide, no exige; ruega, no ‘declara’ cambiar cosas

La oración cristiana pide, no exige; ruega, no “declara” cambiar cosas. En ninguna parte en la Escritura vemos un mandato a “declarar”. Al contrario, vemos exhortaciones a pedir y ejemplos de peticiones (ej. Mt. 7:7). El mismo Pablo, en un tiempo difícil de su vida, dice que le pidió a Dios tres veces para que lo librara de una aflicción (2 Co. 12:8). El apóstol sabía que en Dios estaba su esperanza y por eso rogaba por ayuda en vez de “decretar”. 

Verdad #5: El creyente puede confiar en que Dios es el único soberano.

Mito #6: “En la guerra espiritual debo dirigirme al diablo y sus demonios”.

Un popular evangelista, conocido por su énfasis en la guerra espiritual, solía decir al orar: ¡Escúchame bien, Satanás…! Es cierto que Pablo le habló en Filipos a un espíritu de adivinación y le mandó a salir de una muchacha, y que Jesús se dirigió al demonio que tenía cautivo al hombre de Gadara (Hch. 16:18Mr. 5:8-13). Pero la práctica actual de dirigirnos a enemigos espirituales al orar es un error por al menos dos razones.

Solo Dios es la fuente de nuestra ayuda, provisión, y protección

Primero, porque fallamos al distinguir entre lo que es descriptivo y prescriptivo en la Escritura. En los Evangelios y en Hechos vemos prácticas y situaciones que no deben ser tenidas como normas para la iglesia. No todo lo que hizo Pablo o Jesús está para ser imitado. Nadie interpreta el relato de Jesús caminando sobre las aguas como algo que la iglesia debe hacer. Y en segundo lugar, estos relatos bíblicos fueron casos de liberación de demonios y no constituyen un modelo para la práctica de la oración en el conflicto espiritual.

Lo que la Biblia nos manda y modela es que la oración debe ser dirigida a Dios (Mt. 6:6Fil. 4:61 Pe. 4:75:6-7). Solo Él es la fuente de nuestra ayuda, provisión, y protección. El ejemplo en Hechos 4 de la iglesia primitiva cuando fue amenazada es instructivo. En esa ocasión la oración fue dirigida al Señor y no al diablo: “Ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza” (Hch. 4:29). Que ese sea siempre nuestro ejemplo al luchar en la guerra espiritual.

Verdad #6: En vez de dirigir nuestras palabras al diablo y sus demonios, pidamos a Dios y confiemos en que Él dirige y cuida nuestras vidas.

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey

¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

R.C. Sproul

Hoy en día, la experiencia personal ha sido exaltada sobre todas las cosas como el criterio final de lo bueno y lo malo. Solo piensa en todas las personas que tratan de justificarse a sí mismas basándose en lo que sienten. De manera rutinaria el divorcio es excusado basándose en que la pareja casada ya no siente que está enamorada. Se nos dice que la homosexualidad debe ser aceptada como un bien moral porque algunos homosexuales aseguran haber sentido una atracción hacia el mismo sexo desde una edad temprana. Incluso muchos cristianos profesantes toman sus decisiones sobre lo que está bien y lo que está mal basándose en lo que sienten.

Es difícil tener una discusión con alguien que hace de su experiencia el árbitro final de la realidad. Muchas personas aceptan el viejo adagio de que «una persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento». En última instancia, tenemos que estar en desacuerdo con esta afirmación, pero no porque la experiencia no sea un tutor valioso. Ella puede ayudarnos a conectar la teoría con la práctica y los conceptos abstractos con situaciones concretas. Nos ayuda a filtrar las sutiles diferencias que vivimos en este mundo complejo. Incluso algunas experiencias parecen probar que la experiencia triunfa sobre la argumentación. Pienso en el ejemplo de Roger Bannister. Antes de 1954, muchas personas argumentaban que ningún ser humano podía correr una milla en menos de cuatro minutos. Bannister rompió ese récord, demostrando por medio de la experiencia que el argumento no era válido.

El problema no es que la experiencia nunca pueda superar un argumento; sabemos por la historia de la ciencia que a menudo la experiencia de la investigación empírica ha volcado los argumentos prevalecientes. El problema es la idea de que la persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento. En muchos casos, un buen argumento triunfa sobre la experiencia. Esto es particularmente cierto cuando el debate se refiere a la experiencia personal frente a un entendimiento sólido de la Palabra de Dios.

Recuerdo una ocasión en que una señora se me acercó y me dijo: “Dr. Sproul, durante treinta años he estado casada con un hombre amable y un buen proveedor que no es cristiano. Finalmente, ya no pude soportar el no tener en común con él lo más importante en mi vida: mi fe. Así que, lo dejé. Pero me ha estado llamando todos los días rogándome que regrese. ¿Qué cree que Dios quiere que haga?»

«Eso es sencillo», le dije. «La falta de fe cristiana de su esposo no es motivo para un divorcio según 1 Corintios 7. Entonces, la voluntad de Dios es que usted regrese con él».

La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal.

A la mujer no le gustó mi respuesta y dijo que no era buena porque yo no sabía lo que era vivir con su esposo. Le respondí: «Señora, usted no me preguntó qué yo haría si estuviera en sus zapatos. Tal vez me hubiera ido mucho antes que usted, pero eso es irrelevante para el caso. Usted me preguntó acerca de la voluntad de Dios, y eso está claro en esta situación. Su experiencia no es un permiso para desobedecer a Dios”. Puedo decir con gratitud que cuando la mujer se dio cuenta que le estaba pidiendo a Dios que hiciera una excepción solo por ella, se arrepintió y regresó con su esposo.

El argumento de esa mujer se replica todos los días entre muchos cristianos que someten la Palabra de Dios a su experiencia. Muy a menudo, cuando nuestra experiencia entra en conflicto con la Palabra de Dios, dejamos de lado las Escrituras. Podemos refugiarnos en la opinión pública o en los estudios psicológicos más recientes. Permitimos que la experiencia común de las personas que nos rodean se convierta en normativa, negando la sabiduría y la autoridad de Dios y prefiriendo la experiencia colectiva de los seres humanos caídos.

En verdad, todos sabemos que la experiencia suele ser un buen maestro. Pero la experiencia nunca es el mejor maestro. Dios, por supuesto, es el mejor maestro. ¿Por qué? Porque Él nos instruye desde la perspectiva de la eternidad y de las riquezas de Su omnisciencia.

A veces tratamos de encubrir nuestra confianza en la experiencia con un lenguaje más ortodoxo. No puedo decirles cuántas veces he escuchado a los cristianos decirme que el Espíritu Santo los guió a hacer cosas que las Escrituras claramente prohíben o que Dios les dio paz en su decisión de actuar de una manera que es claramente contraria a la ley de Dios. Pero eso es una calumnia blasfema contra el Espíritu, como si alguna vez Él tolerara el pecado. Ya es suficientemente malo culpar al diablo por nuestras propias decisiones, pero cuando apelamos al Espíritu para justificar nuestras transgresiones, nos ponemos en un grave peligro.

Uno de los dispositivos de manipulación más poderosos que hemos diseñado es el afirmar que experimentamos la aprobación del Espíritu a nuestras acciones. ¿Cómo puede alguien osar contradecirnos cuando reclamamos la autoridad divina para eso que queremos hacer? El resultado es que terminamos silenciando cualquier cuestionamiento sobre nuestro comportamiento. Pero la Escritura nos dice que el Espíritu Santo nos guía a la santidad, no al pecado, y si el Espíritu inspiró las Escrituras, cualquier experiencia que tengamos que sugiera que podemos ir en contra de la enseñanza bíblica, no puede ser de Él.

Mientras vivamos en este lado del cielo, debemos lidiar con el estado  caído de nuestros cuerpos y almas. Procurar que nuestra experiencia sea determinante de lo que es bueno y malo es repetir el pecado de Adán y Eva. ¿Por qué ellos desobedecieron al Señor? Porque confiaron en su experiencia que les decía que «el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría» (Gn 3:6). Ignoraron las promesas y las advertencias que Dios les reveló sobre el fruto del árbol prohibido. La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal. Ese papel pertenece únicamente a nuestro Creador, y Su Palabra nos da los estándares por los cuales debemos vivir.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Razones por las que la controversia es a veces necesaria

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Razones por las que la controversia es a veces necesaria

Albert Mohler

Nota del editor: Esta es la quinta parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

Recientemente observé cómo una joven madre reaccionó rápida y decisivamente para poner fin a la disputa entre dos niños de edad preescolar. Ella actuó con justicia y efectividad, y luego se volteó hacia sus dos acusados y estableció la ley: “¡Pelear nunca es lo correcto!”

Lo siento, querida mamá, entiendo lo que estabas tratando de hacer, pero esa instrucción moral no les servirá de mucho a esos niños a medida que crezcan en madurez. El reto que tienen por delante es el de aprender cuándo es correcto pelear, y cómo pelear la buena batalla de la fe, tal como manda la Biblia.

¿Y qué tal en la Iglesia? ¿Es correcto que cristianos e iglesias se involucren en controversias? Por supuesto, la respuesta es sí; hay momentos en que los creyentes están divididos por asuntos serios y trascendentales, y la controversia es el resultado inevitable. La única manera de evitar toda controversia sería considerando que nada de lo que creemos es lo suficientemente importante como para ser defendido y que ninguna verdad es tan valiosa como para ser comprometida.

Sabemos que Cristo se preocupa mucho por la paz de Su Iglesia. En Su oración por la Iglesia en Juan 17, Jesús pide que Su rebaño sea protegido por el Padre y esté caracterizado por la unidad. Pero, como Cristo también aclara, Su Iglesia debe estar unida y santificada en la verdad. En otras palabras, no hay una unidad genuina fuera de la unidad en la verdad revelada de Dios.

El Nuevo Testamento no es evasivo ya que revela controversias serias y trascendentales entre las congregaciones más antiguas e incluso entre los líderes cristianos. El Apóstol Pablo entró en una controversia con los gálatas mientras defendía el Evangelio no adulterado (Gál 1:6-9). Se metió en una controversia moral al escribirle a los corintios (1 Co 5). Pablo confrontó a Pedro en cuanto a los gentiles y la circuncisión (Gál 2:11-14). Judas advirtió del perpetuo desafío de defender la verdad contra sus enemigos (Jud 3). Juan advirtió sobre una iglesia que era tan tibia y poco comprometida con la verdad que era incapaz de entrar en controversia (Ap 3:14-22).

No hay una unidad genuina fuera de la unidad en la verdad revelada de Dios.

La historia de la Iglesia también nos recuerda la necesidad de la controversia cuando está en juego la verdad del Evangelio. Una y otra vez, vemos momentos en que la verdad debe ser defendida o negada. La Iglesia debe mirar directamente lo que se está enseñando y determinar si la enseñanza es fiel a las Escrituras. Esto suele provocar controversia. Si la Iglesia creyera que la controversia se debe evitar a toda costa, no tendríamos idea de lo que es el Evangelio.

Para nuestra vergüenza, con mucha frecuencia la Iglesia se ha divido por las controversias equivocadas. Hay congregaciones y denominaciones que se han dividido por razones que son irrelevantes a la luz de la Palabra de Dios. Más aún, algunas iglesias parecen prosperar en la controversia, incluso cuando algunos miembros y líderes de la congregación son agentes de desunión. Esto trae vergüenza y reproche a la Iglesia, y distrae a la Iglesia de su tarea de predicar el Evangelio y hacer discípulos.  

Entonces, ¿cómo podemos saber si una controversia es correcta o no? La única manera de responder a esa pregunta es yendo a las Escrituras para evaluar la importancia de lo que se está debatiendo. Todas las preguntas relacionadas con la verdad son importantes, pero no todas son igualmente importantes. Las controversias sobre doctrinas centrales y esenciales no se pueden evitar sin traicionar el Evangelio. Tal como Pablo le advirtió a los gálatas, una iglesia que no esté dispuesta a enfrentar la controversia por doctrinas de vital importancia, pronto estará predicando “otro evangelio”. La Iglesia ha tenido que enfrentar controversias por doctrinas tan esenciales como la deidad y humanidad de Cristo, la naturaleza de la Trinidad, la justificación por la fe sola y la veracidad de las Escrituras. Si se hubieran evitado esas controversias, el Evangelio y la autoridad de las Escrituras se habrían perdido. Estas controversias fueron por doctrinas de “primer nivel”: doctrinas sin las cuales la fe cristiana no puede existir.

Doctrinas en un segundo nivel de importancia no tienen que ver con los aspectos fundamentales del Evangelio, y su llamado al arrepentimiento y fe, pero sí explican el por qué la Iglesia se ha dividido en diferentes denominaciones. Las denominaciones han surgido a raíz de desacuerdos en cuanto al bautismo, el orden de la iglesia y otros asuntos que son inevitables en la vida congregacional.

En un tercer nivel, vemos controversias sobre temas que deben ser discutidos, e incluso debatidos, pero que nunca deben dividir a los creyentes en diferentes congregaciones y denominaciones. Las congregaciones y denominaciones deben desarrollar la madurez bíblica y espiritual necesaria para poder determinar la importancia de los desacuerdos y saber cuando la controversia es correcta y cuando no lo es.

Los políticos son conocidos por instar a sus colegas a no desperdiciar una crisis. De la misma manera, la Iglesia no debe desperdiciar una controversia. La iglesia fiel debe hacer que sus controversias valgan la pena. La controversia, cuando aparece, debe conducir a la Iglesia a Cristo y a las Escrituras a medida que los creyentes buscan conocer todo lo que la Biblia enseña. Las disputas y los debates deben poner a la Iglesia de rodillas en oración mientras los creyentes buscan ser de una sola mente guiada por el Espíritu Santo. La controversia,  manejada apropiadamente, servirá para advertir a la Iglesia del peligro de la apatía doctrinal y de la necesidad de la humildad personal.

En fin, la controversia debe llevar a la iglesia a orar por esa unidad que Cristo logrará solo cuando glorifique a Su Iglesia. Aun así, Señor, ven pronto. Hasta entonces, no nos atrevamos a desperdiciar una controversia.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Albert Mohler
Albert Mohler

El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.