Una razón para vacunarse: libertad

Coalición por el Evangelio

Una razón para vacunarse: libertad

John Piper

Mi objetivo con este artículo es animar a los cristianos a vacunarse si es que pueden hacerlo con limpia conciencia y una autorización médica acertada.

Las personas a las que tengo en mente son aquellas que no se han vacunado por miedo a dejar de estar en el bando de las personas que respetan y piensan que se unirán al bando de aquellas a quienes no admiran. Mi mensaje para ellos es simple: eres libre.

En este caso, no les estoy hablando a todos de manera directa. Si el sombrero te sirve, póntelo: revisa tu conciencia, consulta a tu médico y ve a vacunarte. Si no es así, sigue tu camino, por un lado triste y por otro alegre. Triste, porque más de 4.5 millones de personas han muerto por COVID-19 en todo el mundo (incluyendo a más de 700,000 estadounidenses). Con alegría, porque Cristo hace posible amar milagrosamente a las personas al estar «como entristecidos, pero siempre gozosos» (2 Co 6:10).

La leña que alimenta el fuego

Antes de llegar al argumento bíblico a favor de la libertad radical, considera algunas estadísticas que sirvieron de leña para alimentar el fuego sobre el cual se cocinó este artículo.

  • «Casi todas las muertes por COVID-19 que han ocurrido ahora en los EE. UU. han sido de personas que no estaban vacunadas… Desde mayo [2021]… las infecciones en personas completamente vacunadas representaron menos de 1,200 en más de 107,000 hospitalizaciones por COVID-19. Eso es alrededor del 1.1%. En el mes de mayo, alrededor de 150 de las más de 18,000 muertes ocurridas por COVID-19 fueron de personas completamente vacunadas. Eso se traduce en alrededor del 0.8%» (Associated Press).
  • Indiana «tuvo 3,801 muertes por coronavirus entre [18 de enero del 2021] y 16 de septiembre: 94% de ellos no estaban vacunados… El 97.9% de los habitantes de Hoosiers menores de 65 años que murieron no estaban vacunados» (Evansville Courier and Press).
  • En Montana, «desde febrero de 2021 hasta septiembre de 2021… el 89.5% de los casos, el 88.6% de las hospitalizaciones y el 83.5% de las muertes se produjeron entre personas que no estaban completamente vacunadas, incluyendo las que aún no eran elegibles para la vacunación» (KRTV – Great Falls).
  • «Más del 95% de las 443 personas menores de 60 años que han muerto de COVID-19 en Kentucky desde principios de julio no estaban vacunadas» (Lexington Herald-Leader).
  • El Departamento de Salud de Pensilvania informa que entre el 1 de enero y el 4 de octubre de 2021, «el 93% de las muertes relacionadas con COVID-19 ocurrieron en personas no vacunadas o que no habían sido completamente vacunadas» (FOX43).

Cuando las personas responden a esta realidad, que cada vez es más clara, señalando a líderes gubernamentales y médicos poco confiables y de mala reputación, yo respondo: «Eso es un non sequitur» [una conclusión que no sigue lógicamente la declaración anterior]. El equipo llamado «vacunación» acaba de anotar el primer punto, aun si son monos los árbitros. Para los amigos de todo el mundo que no conocen el fútbol americano, eso significa que una victoria es una victoria, aun si todos los entrenadores y árbitros son incompetentes.

Entonces, pensemos en la libertad cristiana.

El llamado a la libertad de Pedro

El apóstol Pedro dijo:

«Esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, ustedes hagan enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos. Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad, sino empléenla como siervos de Dios. Honren a todos, amen a los hermanos, teman a Dios, honren al rey» (1 Pedro 2:15-17).

«Anden como libres».

Pedro acababa de decir: «Sométanse, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad» (1 P 2:13). ¿Cómo puedes «someterte» y «andar como libre» al mismo tiempo?

La respuesta de Pedro es que los cristianos son «siervos de Dios». En otras palabras, cuando te sometes a una «institución humana» (1 P 2:13), no lo haces como siervo de esa institución. Lo haces en libertad porque eres siervo de Dios, no del hombre. Dios es dueño de su pueblo, por creación y redención.

Dios es nuestro único dueño y por eso solo Dios nos gobierna. No somos gobernados por ningún hombre. Somos libres de toda propiedad y gobierno humanos 

El apóstol Pablo dice lo mismo: «…ustedes no se pertenecen a sí mismos… Porque han sido comprados por un precio» (1 Co 6:19-20). Dios te compró con la sangre de Cristo. Él es tu dueño y si le perteneces a Dios, no le puedes pertenecer a nadie más: «Ustedes fueron comprados por precio. No se hagan esclavos de los hombres» (1 Co 7:23).

Los cristianos no son propiedad de hombre alguno: de ninguna sociedad, empresa, clan, familia, escuela, ejército, gobierno o grupo de interés político. Dios es nuestro único dueño y por eso solo Dios nos gobierna. No somos gobernados por ningún hombre. Somos libres de toda propiedad y gobierno humanos.

Cuando nos sometemos, lo hacemos por amor al Señor, porque Él nos mandó que lo hiciéramos. La propiedad de Dios sobre su pueblo le quita todo derecho decisivo a la autoridad humana. Convierte cada acto de obediencia humana en adoración. Cuando nos sometemos, lo hacemos para la gloria de nuestro único Dueño y Maestro. La vida se dirige de manera radical hacia Dios.

«Los hijos están exentos»

Durante su vida en la tierra, Jesús le había enseñado a Pedro una lección sobre la libertad. Pedro se preguntaba a sí mismo acerca del impuesto de dos dracmas que los judíos tenían que pagar cada año (Mt 17:24). La respuesta de Jesús es la siguiente:

«“¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes cobran tributos o impuestos los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?”. “De los extraños”, respondió Pedro. “Entonces los hijos están exentos”, le dijo Jesús. “Sin embargo, para que no los escandalicemos, ve al mar, echa el anzuelo, y toma el primer pez que salga; y cuando le abras la boca hallarás un siclo; tómalo y dáselo por ti y por Mí”» (Mateo 17:25-27).

«Los hijos están exentos». Es decir, están libres de ser controlados por cualquier autoridad humana. Los hijos obedecen a su Padre. Él es su autoridad determinante. Lo que hacen, lo hacen por su voluntad, no por la voluntad del hombre. Los hijos son libres.

Los hijos del Rey no están obligados a pagar impuestos a las instituciones creadas por su Padre. Están obligados a obedecer a su Padre, no al hombre. Por lo tanto, cuando pagan el impuesto, lo hacen para honrar a su Padre, porque Él les dio los recursos y el mandato: «Tómalo y dáselo» (Mt 17:27).

Pedro aprendió la lección y ahora les dice a los cristianos: «Anden como libres». Ustedes son hijos de Dios, son esclavos de Dios. Ser hijos implica privilegio y amor. La esclavitud implica la propiedad y el gobierno de Dios. Ambos implican la libertad del hombre.

La liberación del hombre no es la exaltación del yo

Pero ay de nosotros, los cristianos, si esta libertad radical nos hace arrogantes. «Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad» (1 P 2:16, énfasis añadido). El mayor mal es el orgullo de la exaltación propia. Pedro tiene claro cómo la propiedad y la paternidad de Dios deberían afectar a su pueblo: es decir, a sus siervos e hijos.

«Revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo, echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes» (1 Pedro 5:5-7). 

Los cristianos somos humildes porque estamos «bajo la poderosa mano de Dios» y estamos gozosos porque «Él tiene cuidado de [nosotros]». Nuestra libertad no nos vuelve descarados. Nos vuelve audaces, pero no descarados. Hay una audacia cristiana particular, una audacia de un corazón quebrantado. Nuestra libertad no nos vuelve arrogantes. Valientes sí, pero no engreídos. Hay un coraje que es particularmente cristiano: un coraje contrito.

¿Por qué contrito? Porque nuestra ropa todavía está chamuscada por el fuego de nuestra casi condenación. Merecemos la condenación y nos salvó solo por gracia. Dependemos por completo de la misericordia inmerecida y sin derecho. La promesa de Dios a sus hijos es tan asombrosamente grande que estamos, como dicen, anonadados por ella, abrumados. Humillados por las alturas prometidas.

«Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es de ustedes: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es suyo, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Corintios 3:21-23). 

¡Todas las cosas son tuyas! ¡Así que no te jactes! Esa es la paradoja de la libertad cristiana. Nuestro Padre es dueño de todo. Somos sus herederos y lo heredamos todo. Somos hijos y sus hijos son libres. Por lo tanto, no hay que fanfarronear, no hay jactancia. Solo hay lágrimas de alegría porque no merecemos nada y queremos que todos los demás se unan a nosotros. Sin embargo, muchos se niegan. Esta es la libertad del amor. Una libertad que nos convierte en deudores de todos (Ro 1:14). Una libertad con obligaciones radicales enviadas por el cielo.

Liberados del miedo al hombre: de izquierda o de derecha

No te dejes esclavizar por el miedo a apartarte de las filas de tus aliados ideológicos. Eres libre 

Ahora, podríamos pensar que el objetivo de esta realidad bíblica de libertad cristiana audaz y con el corazón contrito sería esta: no es necesario vacunarse cuando el gobierno lo diga. Ustedes son libres, así que anden como personas libres.

Eso es cierto, por supuesto. Si tu Padre que está en los cielos te deja en claro, por su Palabra y sabiduría, que su gloria y el bien de tu prójimo serán mejor servidos si no estás vacunado, eres libre de correr el riesgo de infectarte de COVID por amor. Ningún cristiano está obligado a ceder ante mandatos injustificados.

Pero ese no es mi punto principal.

Mi punto es este: no te dejes esclavizar por el miedo al hombre. No te dejes esclavizar por el miedo a apartarte de las filas de tus aliados ideológicos. El antiguo nombre para esto es presión de grupo. Eres libre.

  • Has considerado el riesgo del COVID al ver morir a cientos de miles de personas.
  • Has considerado los riesgos a corto y largo plazo de las vacunas mientras observas a millones de personas recibir las inyecciones.
  • Has comparado la frecuencia de hospitalizaciones y muertes de personas con y sin vacunas.
  • Has pensado mucho en las implicaciones de las líneas celulares fetales en la producción y prueba de las vacunas.
  • Te has regocijado por la creciente evidencia de que la inmunidad natural, desarrollada después de recuperarse del COVID, es tan efectiva como la inmunidad por vacunación.
  • Has reflexionado sobre la probabilidad y la improbabilidad de las conjeturas conspirativas.

Tu conciencia está cada vez más limpia. Dice: «Vacúnate». ¡Pero existe este miedo molesto de parecer de izquierda, progresista, demócrata, transigente, o woke!

Entonces, mi mensaje para esas personas es este: «¡Los hijos son libres!»

Cada uno de nosotros permanece o cae ante su propio Maestro (Ro 14:4). «Anden como libres». Anden libres del miedo: al hombre, a ser etiquetado, a ser llamado transigente, a que se dude de que no son parte de los que valientemente se resisten (especialmente cuando sabes que miles de esos resistentes son realmente valientes, sabios y reflexivos).

El miedo no es libertad. «El temor al hombre es un lazo, pero el que confía en el Señor estará seguro» (Pr 29:25). El miedo al hombre tiende una trampa para arrebatar la libertad. ¿Por qué? Porque el alma temerosa ya está atrapada, ya cayó en la trampa, está atada y esclavizada.

Te llamo a algo mejor. «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud» (Gá 5:1). No es un yugo al gobierno, no es un yugo antigubernamental. No es un yugo de izquierda ni un yugo de derecha.

Tienes la libertad de decir con integridad: «Mi decisión de vacunarme no es una decisión política. No es de derecha ni de izquierda. Es un acto de amor informado bíblicamente». Los hijos son libres. Entristecidos, pero gozosamente libres. Por tanto, «anden como libres».

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

​John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

EL MANDATO DE VACUNACIÓN Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA CRISTIANA: DE 2021 A 1721 Y VICEVERSA

Lumbrera

EL MANDATO DE VACUNACIÓN Y LA LIBERTAD DE CONCIENCIA CRISTIANA: DE 2021 A 1721 Y VICEVERSA

BEN PURVES

Durante la semana pasada, muchas personas de dentro y fuera de la iglesia han preguntado sobre la forma de abordar las cuestiones de conciencia y la atención sanitaria en lo que respecta a los mandatos de vacunación COVID-19. A medida que los mandatos se multiplican en la sociedad, ¿cómo se debe responder? ¿Deben los que han rechazado la vacunación anteriormente buscar una exención religiosa, o deben vacunarse? ¿Qué hay que hacer si no hay exención religiosa? A medida que se plantean estas cuestiones, es importante que consideremos cómo la Iglesia ha aplicado las Escrituras para resolver cuestiones similares en el pasado. Con esto en mente, miremos tres siglos atrás para revisar cómo la iglesia respondió a la controversia de la inoculación de la viruela de 1721.Durante esta última semana, muchas personas dentro y fuera de la iglesia han preguntado sobre cómo navegar por cuestiones de conciencia y de salud cuando se trata de los mandatos de la vacuna COVID-19. A medida que los mandatos se multiplican en la sociedad, ¿cómo se debe responder? ¿Deben los que han rechazado la vacunación anteriormente buscar una exención religiosa, o deben vacunarse? ¿Qué hay que hacer si no hay exención religiosa? A medida que se plantean estas cuestiones, es importante que consideremos cómo la Iglesia ha aplicado las Escrituras para resolver cuestiones similares en el pasado. Con esto en mente, miremos tres siglos atrás para revisar cómo la iglesia respondió a la controversia sobre la inoculación de la viruela de 1721.

La epidemia de viruela de Boston de 1721


Cuando una epidemia de viruela llegó a Boston en la década de 1720, recibir o no inoculación se convirtió en la controversia de la hora. Cuando comenzó la epidemia, la población de Boston era de alrededor de 11.000 habitantes, y muchos huyeron con sus familias para escapar de la enfermedad. Esta epidemia se cobraría 844 vidas antes de que llegara a su fin. Fue en medio de esta crisis de salud pública que Cotton Mather comenzó a promover una inoculación experimental de la que había aprendido de su esclavo Onésimo.


Mather convenció a un médico llamado Zabdiel Boylston para que comenzara las inoculaciones. El método utilizado por Boylston infectaría deliberadamente a personas sanas con un virus vivo de la viruela. Se tomaría una muestra de alguien que estaba enfermo, se haría un pequeño corte en la piel del que se iba a inocular y luego se frotaba la muestra en el corte. Esto resultaría en que el paciente inoculado esté enfermo, aunque por lo general con un caso menos grave de viruela. Entre los que no fueron vacunados, la tasa de mortalidad fue del 15 por ciento. Entre los que fueron vacunados, la tasa de mortalidad cayó al 2 por ciento.1 Aunque la inoculación protegió a la mayoría de los que la recibieron, este éxito llegó al precio de la vida humana, ya que algunos de los que estaban enfermos por la inoculación murieron.


Controversia de la inoculación: Cotton Mather, Jonathan Edwards y John Newton


El mismo año en que Cotton Mather comenzó las inoculaciones en Boston, su padre Increase Mather publicó un folleto titulado Varias razones que demuestran que la inoculación o trasplante de la viruela es una práctica legal, y que ha sido bendecida por DIOS para salvar muchas vidas.En esta obra, el anciano Mather trató de desacreditar la muerte de un paciente de inoculación, y argumentó que la inoculación era una manera de guardar el sexto mandamiento. Mientras equiparaba “No asesinarás” a “que te inoculen”, recurrió a usar la vergüenza y atacar la reputación de aquellos que se oponían a la inoculación. Caricaturizó a aquellos que eran “feroz enemigos de la inoculación” como “Hijos del maligno”. En lugar de estar asociado con tales personas, argumentó que su audiencia se uniera a personas tan dignas como él y los otros pastores que apoyaron la inoculación, que incluía a Solomon Stoddard de Northampton. A pesar de estas tácticas, es sorprendente notar que Increase Mather no quería que nadie recibiera una inoculación contraria a la conciencia, sino que se les persuadiera de cambiar de opinión.


Cuando se introdujo por primera vez la inoculación, hubo una oposición significativa en la comunidad médica y en la iglesia. Múltiples pastores predicaron en contra, como William Douglass, que condenó a aquellos que recibieron la inoculación como culpables de una desconfianza pecaminosa de Dios, aunque cambiaría de opinión en años posteriores. Mather también enfrentó la violencia cuando se lanzó una bomba por la ventana de su casa el 13 de noviembre de 1721, con la nota adjunta: “Cotton Mather, perro, ¡maldita seas! Te inocularé con esto; y una viruela para ti”. 3


En respuesta a la oposición, un pastor bostoniano llamado William Cooper escribió una carta pastoral titulada Una respuesta a las objeciones hechas contra tomar la viruela en el camino de la inoculación de los principios de conciencia. La carta de Cooper defiende la inoculación como un medio legítimo para evitar el sufrimiento y preservar la vida. Rechazó el legalismo de los pastores que buscaban prohibir la inoculación, y pidió libertad de conciencia para elegir o rechazar la inoculación.4


Un momento particular que vale la pena señalar durante un brote posterior de viruela es la muerte de Jonathan Edwards. El 22 de marzo de 1758, Edwards murió después de recibir la inoculación de viruela. Esto es narrado por su bisnieto, Sereno Edwards Dwight, en The Works of President Edwards with a Memoir of His Life. Dwight proporciona una narrativa de la cuidadosa consideración de Edward de la inoculación y su búsqueda de consejo antes de recibir el tratamiento que causó su muerte.Edwards y varios miembros de la familia recibieron la inoculación creyendo que era un curso de acción sabio, mientras se confiaban al Señor. Esther, la hija de Edwards, que también fue inoculada, murió poco después de su padre.


La controversia continuó en Nueva Inglaterra, y también en Londres. El 8 de julio de 1772, Edmund Massey predicó un sermón en St. Andrew’s Holborn de Londres titulado Un sermón contra la práctica peligrosa y pecaminosa de la inoculación.Este texto fue republicado y circulado en Boston, con Massey denunciando la inoculación como un intento peligroso y pecaminoso de escapar del juicio de Dios o evitar la prueba de la propia fe. En lugar de recibir inoculación, Massey argumentó que uno debería confiar en el Señor. Además de esto, Massey argumentó que los médicos están asumiendo el papel de Dios en dar intencionalmente la enfermedad a sus pacientes.

John Newton y la Libertad de Conciencia

Mientras las cuestiones de conciencia continuaban con este debate, John Newton escribió una carta de consejo pastoral que abordaba la ética de si uno debe recibir o no la inoculación. En lugar de tomar una posición, ofreció un consejo equilibrado y argumentó para que el individuo tomara una decisión basada en la fe, ya sea para recibir o no inoculación, y para que todos se confiaran al cuidado providencial del Señor.7


Al leer múltiples sermones y cartas de este período, los lados opuestos del debate de la inoculación manipularían la Escritura para abogar por su posición, a veces con ambas partes usando el sexto mandamiento para argumentar su caso. En contraste con estos polos opuestos estaban las voces que apelaban a Romanos 14 y veían la inoculación como una cuestión de la libertad de conciencia. Con el tiempo, esta convicción cobró impulso. En lugar de un falso dilema entre la fe y la atención médica, el consenso emergente era que uno podía recibir la inoculación en la fe, y que la inoculación era un uso legal y legítimo de los medios para alejarse del daño de la viruela. Aunque la interpretación de la Escritura y los datos médicos podría dar forma a la decisión de uno sobre si recibir o no la inoculación, la decisión todavía debe tomarse a la luz de la conciencia de uno.


Aunque la controversia en torno a la inoculación disminuiría a medida que la práctica se volviera más ampliamente aceptada en la medicina y en la iglesia, muchos se enfrentan a preguntas similares con respecto a la vacuna COVID hoy en día. La carta de consejo pastoral de John Newton con respecto a la inoculación de viruela cierra fácilmente la brecha entre el pasado y el presente, y contiene un sabio consejo para hoy. Aunque Newton no era un defensor de la inoculación, abogaba por la libertad de conciencia mientras llamaba a su audiencia a confiar en el Señor.

Lea el texto completo de la carta de Newton a continuación:

3 de junio de 1777

Estimado señor,

Parece que debo escribir algo sobre la viruela, pero no sé bien qué: habiéndola tenido yo mismo, no puedo juzgar cómo me sentiría si estuviera realmente expuesto a ella. No me declaro partidario de la inoculación; pero si una persona que teme al Señor me lo dice, creo que puedo hacerlo con fe, considerándolo como un recurso saludable, que Dios en su providencia ha descubierto, y que por lo tanto parece ser mi deber recurrir a él, de modo que mi mente no duda con respecto a la legalidad, ni estoy ansioso por el evento; Estando satisfecho de que, tanto si vivo como si muero, estoy en ese camino en el que puedo esperar alegremente su bendición; no sé si podría ofrecer una palabra a modo de disuasión.

Si otra persona dijera: “Mis tiempos están en manos del Señor; ahora tengo salud, y no estoy dispuesta a traer sobre mí un trastorno cuyas consecuencias no puedo prever. Si he de tener la viruela, creo que él es el mejor juez de la época y la forma en que he de ser visitado, de la manera que más convenga a su gloria y a mi propio bien; y por lo tanto elijo esperar su designación, y no precipitarme ni siquiera ante la posibilidad de peligro sin una llamada. Si los propios cabellos de mi cabeza están contados, no tengo motivos para temer que, suponiendo que reciba la viruela de forma natural, tenga un solo grano más de los que él considere oportunos; ¿y por qué habría de desear tener uno menos? Es más, admitiendo, lo que sin embargo no es siempre el caso, que la inoculación podría eximirme de algunos dolores e inconvenientes, y disminuir el peligro aparente, ¿no podría también, por esa misma razón, impedirme recibir algunos de esos dulces consuelos que humildemente espero que mi bondadoso Señor me proporcionaría, si tuviera a bien llamarme a una prueba aguda? Tal vez el principal propósito de esta hora de prueba, si llega, sea mostrarme más de su sabiduría, poder y amor de lo que jamás he experimentado. Si pudiera idear un medio para evitar el problema, no sé cuán grande sería mi pérdida en cuanto a gracia y consuelo. Tampoco tengo miedo de mi rostro; ahora es como el Señor lo ha hecho, y así será después de la viruela. Si a él le gusta, espero que a mí me guste. En resumen, aunque no censuro a los demás, sin embargo, en lo que respecta a mí, la inoculación es lo que no me atrevo a aventurar. Si me aventurara, y el resultado no fuera favorable, me culparía por haber intentado tomar la dirección de las manos del Señor en las mías, lo que nunca he hecho todavía en otros asuntos, sin descubrir que no soy más capaz de lo que soy digno de elegir por mí mismo. Además, en el mejor de los casos, la inoculación sólo me aseguraría de uno de los innumerables males naturales de los que es heredera la carne; seguiría siendo tan propenso como ahora a una fiebre pútrida, a un cólico bilioso, a una inflamación en los intestinos o en el cerebro, y a mil formidables enfermedades que me rondan, y que sólo esperan su permiso para cortarme en unos días u horas: y por eso estoy decidido, por su gracia, a resignarme a su disposición. Déjeme caer en las manos del Señor, (porque sus misericordias son grandes,), y no en las manos de los hombres.

Si una persona me hablara en este sentido, seguramente no podría decir: “A pesar de todo esto, lo más seguro es que te vacunen”.

Predicamos y oímos, y espero que conozcamos algo de la fe, como la que nos permite confiar en el Señor con nuestras almas. Desearía que todos tuviéramos más fe para confiarle nuestros cuerpos, nuestra salud, nuestra provisión y nuestras comodidades temporales. El primero debería parecer que requiere la fe más fuerte de los dos. Qué extraño es que, cuando pensamos que podemos hacer lo más grande, seamos tan torpes e inhábiles cuando nos proponemos lo menos.

Dale recuerdos a tu amiga. No me atrevo a aconsejarla; pero si puede volver tranquilamente a la hora habitual, y no se mete intencionadamente en el camino de la viruela, ni se aparta de él, sino que lo deja simplemente en manos del Señor, no la culparé. Y si se preocupa de orar y predicar, y cree que el Señor puede cuidar de ella sin ninguno de sus artificios, no la culparé. Es más, lo alabaré por ambos. Mi recomendación es leer el Salmo cxxi del Dr. Watts todas las mañanas antes del desayuno, y orarlo hasta que se produzca la curación. Probatum est.

¿No has dado tu palabra?
¿Para salvar mi alma de la muerte?
Y puedo confiar en mi Señor
Para mantener mi aliento mortal.
Iré y vendré,
Ni miedo a morir,
Hasta que desde lo alto
Me llamas a casa.

Ora por los tuyos, &c.

¡Adiós!

La aplicación de Newton de la doctrina de la libertad de conciencia es amable y caritativa, y está lejos de donde estamos hoy. En lugar de darse la libertad de conciencia, muchos están demasiado dispuestos a abrazar la coacción cuando la persuasión ha fracasado.

La Biblia no nos instruye si uno debe recibir o no una vacuna, pero está claro cuando se trata de la doctrina de la libertad de conciencia.

Libertad de conciencia y libertad religiosa

La doctrina de la libertad de conciencia fue prominente e instrumental en la configuración de la libertad religiosa en los Estados Unidos. Fue atribuido tanto por cristianos como por deístas, y fue fundamental para la autoría de Thomas Jefferson del Estatuto de Libertad Religiosa de Virginia. Esto fue aprobado por la Asamblea General el 16 de enero de 1786, y sirvió como precursor de la protección de la libertad religiosa de la Primera Enmienda. Cabe señalar que la libertad de conciencia fue reconocida como otorgada por Dios, y que no procedía del Estado.

A continuación se presentan algunos extractos clave:

Mientras que Dios Todopoderoso ha creado la mente libre; que todos los intentos de influir en ella por castigo temporal, o burthens, o por incapacidades civiles, tienden sólo a engendrar hábitos de hipocresía y maldad, y son una desviación del plan del Santo Autor de nuestra religión, quien, siendo Señor tanto del cuerpo como de la mente, sin embargo eligió no propagarlo por coacciones sobre ninguno de los dos, como estaba en su poder Todopoderoso para hacer…

Sea promulgado por la Asamblea General, que ningún hombre será obligado a frecuentar o apoyar ningún culto, lugar o ministerio religioso en absoluto, ni será aplicado, restringido, molestado o enterrado en su cuerpo o bienes, ni sufrirá de otra manera a causa de sus opiniones o creencias religiosas; sino que todos los hombres serán libres de profesar, y por argumento de mantener, su opinión en asuntos de religión, y que de ninguna manera disminuirá, ampliará o afectará sus capacidades civiles.

En 2021, la multiplicación de los mandatos de la vacuna COVID deja claro que la libertad de conciencia se está desvaneciendo rápidamente de la conciencia pública. Los que ordenan vacunas dan poco espacio a la libertad de conciencia. Muchos se niegan a dar una exención religiosa a nadie, y aquellos que los tienen en cuenta a menudo buscan algún extraño principio doctrinal, como “Nuestra oscura secta religiosa no permite que los miembros reciban atención médica”. A muchos empleados no se les permite autocertificar sus propias convicciones, y en su lugar se les pide que presenten cartas escritas por sus pastores. Algunos miembros del ejército están siendo obligados a ser entrevistados por capellanes, con la intención de determinar la legitimidad de sus convicciones. Esta investigación de creencias debería ser alarmante para cualquiera que valore la libertad religiosa. La autoridad religiosa nunca debe cederse al Estado o a los empleadores para determinar si las condenas de uno son legítimas o no.

Mandatos y conciencia

La Biblia no nos instruye si uno debe recibir o no una vacuna, pero está claro cuando se trata de la doctrina de la libertad de conciencia. En asuntos que no son especificados por la Palabra de Dios, el cristiano debe considerar las enseñanzas de la Escritura, y recordar que todas las cosas deben proceder de la fe y hacerse para la gloria de Dios. En ese sentido, no hay un principio antivacuna de la fe cristiana. Sin embargo, si la aplicación de la Escritura, la sabiduría y la conciencia nos lleva a rechazar un tratamiento médico en particular, esta es una aplicación de la doctrina de la libertad de conciencia. Las objeciones religiosas de algunos pueden ser tan simples como mantener la convicción de que el cuerpo humano es creado por Dios, que la salud de uno es una cuestión de mayordomía, y la Escritura pone esa responsabilidad en el individuo y no en el estado. Otros, en aplicación de la doctrina de la santidad de la vida, rechazarán AstraZeneca y Johnson & Johnson, mientras eligen Pfizer o Moderna, o los rechazan por completo.

Si un empleador está ordenando la vacuna, debe considerar su posición. ¿Puedes recibir la vacuna con fe? ¿Es una cuestión de preferencia o una cuestión de conciencia? Si la conciencia no le permite recibir la vacuna, busque aprender sus opciones sobre una exención religiosa. Si esa no es una opción, busque consejo con su iglesia mientras sopesa la decisión de recibir la vacuna en lugar de permanecer en su lugar de empleo.

Un llamado a la libertad de conciencia

No estoy tratando de apoyar u oponerme a la vacuna COVID. Más bien, estoy defendiendo la libertad de conciencia. A medida que toma la decisión de recibir o rechazar el tratamiento médico, es responsable de revisar cualquier información médica disponible y tomar una decisión informada. También vale la pena señalar que hay diferencias importantes entre las vacunas COVID de hoy en día y la práctica histórica de inoculación a través de la cual uno se infectaría con un virus vivo. Independientemente de estas diferencias, las decisiones deben basarse en la fe y con confianza en el Señor para cualquiera que sea el resultado. Hay un componente espiritual en nuestras decisiones de salud, porque todo lo que hacemos debe ser para la gloria de Dios, y debe proceder de la fe (Rom 14, 23, 1 Cor 10, 31). Para algunos, esto significará elegir vacunarse, y para otros, significará rechazar la vacuna por completo.

Cuando se trata de la iglesia, en lugar del legalismo de vincular las conciencias de los demás más allá de las enseñanzas de la Escritura, haríamos bien en considerar la sabiduría de la carta de Newton. Todo lo que no procede de la fe es pecado. No insistamos en que nadie reciba un tratamiento médico contrario a la conciencia, y no pisoteemos las conciencias de nuestros hermanos y hermanas. En cambio, caminemos en fe y amor dándonos unos a otros libertad de conciencia. Que la iglesia recupere y ejerza la doctrina de la libertad de conciencia, y que nuestras decisiones de salud se tomen en fe para la gloria de Dios.


[1] Matthew Niederhuber, “The Fight Over Inoculation During the 1721 Boston Smallpox Epidemic“, Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard. Consultado el 1 de agosto de 2021

[2] Aumentar Mather. Varias razones que prueban que inocular o trasplantar la viruela es una práctica legal, y que ha sido bendecida por Dios para salvar muchas vidas (Boston: S. Kneeland, 1721).

[3] Elizabeth A. Fenn. Pox Americana: La gran epidemia de viruela de 1775-82 (Nueva York: Hill and Wang, 2001).

[4] William Cooper. Una respuesta a las objeciones hechas contra tomar la viruela en el camino de la inoculación de los principios de conciencia (Boston: Stationers Arms, 1730).

[5] Sereno Edwards Dwight, The Works of President Edwards with a Memoir of His Life, 10 vols., (Nueva York: S. Converse, 1829).

[6.] Edmund Massey, Un sermón contra la peligrosa y pecaminosa práctica de la inoculación (Londres: Angel in Cornhill, 1722).

[7] John Newton, The Works of John Newton, 4 vols., (Edimburgo: The Banner of Truth Trust, 2015), 617-619

Este artículo fue publicado originalmente aquí.CORONAVIRUSVACUNAS CORONAVIRUSCOVIDVACUNAS COVID-19, VACUNAS COVID-19, GOBIERNOLÍDERES GUBERNAMENTALESJOHN NEWTONJONATHAN EDWARDSLIBERTAD DE CONCIENCIAMANDATO DE MÁSCARAVACUNAMANDATO DE VACUNASPASAPORTES DE VACUNAS

ARTÍCULO TOMADO DE: https://lumbrera.me/

Mi umbral hacia la desobediencia civil en el mundo del COVID-19

Coalición por el Evangelio

Mi umbral hacia la desobediencia civil en el mundo del COVID-19

PAUL CARTER

La mayoría de los cristianos que leen la Biblia admitirán que, como regla general, los creyentes deben estar sujetos a los gobernantes. Pablo declara el principio y lo respalda con una advertencia:

“Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan. Porque no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios son constituidas. Por tanto, el que resiste a la autoridad, a lo ordenado por Dios se ha opuesto; y los que se han opuesto, recibirán condenación sobre sí mismos” (Romanos 13:1-2).

El apóstol Pedro dice algo similar en su epístola, probablemente escrita durante el reinado de Nerón:

“Sométanse, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad, o a los gobernadores como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien” (1 Pedro 2:13-14).

Esos mismos cristianos lectores de la Biblia probablemente traerán a colación la “cláusula de excepción”:

“Cuando los trajeron, los pusieron ante el Concilio, y el sumo sacerdote los interrogó: ‘Les dimos órdenes estrictas de no continuar enseñando en este Nombre, y han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y quieren traer sobre nosotros la sangre de este Hombre’. Pero Pedro y los apóstoles respondieron: ‘Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron y colgaron en una cruz. A Él Dios lo exaltó a Su diestra como Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento a Israel, y perdón de pecados. Y nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen’” (Hechos 5:27-32).

Aquí notamos que Pedro, el mismo apóstol que dijo “honren al rey” (1 P 2:17), ahora dice: “Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres” (Hch 5:29).

Por lo tanto, tenemos la excepción reconocida a la regla general:

Si el gobierno nos prohíbe hacer lo que Dios manda, o requiere que hagamos lo que Dios prohíbe, debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres.

Pocas historias ilustran el compromiso cristiano, tanto con la regla general como con la excepción, que la historia de Justino Mártir. Justino dirigió su defensa del cristianismo al emperador Antonino Pío. Su objetivo era obtener, si era posible, un permiso más amplio para la práctica y la misión cristiana. Sin embargo, como su nombre lo indica, el propio Justino fue martirizado bajo el emperador Marco Aurelio. En el año 165, él, junto con otros cristianos, fue llevado ante el prefecto de Roma y obligado a ofrecer sacrificios a los dioses romanos.

Él se negó, junto con todos sus compañeros, diciendo: “Hagan lo que quieran, porque somos cristianos y no ofrecemos sacrificios a los ídolos”. Así que fueron sentenciados a muerte.[1]

Llegará un momento en que los cristianos deben estar preparados para pagar un precio por desobedecer al estado debido a sus convicciones. Pero, ¿ha llegado ese momento a nuestros países?

Algunos evangélicos dicen que sí.

Después de todo, la Biblia nos manda a congregarnos para la adoración cristiana. La Biblia dice:

“Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca” (Hebreos 10:24-25).

Sin embargo, como señala amablemente Jonathan Leeman:

“Existe una asimetría en lo que significa obedecer mandatos negativos y mandatos positivos. Siempre es un pecado romper un mandato negativo como ‘no robarás’. Sin embargo, hay al menos cierta flexibilidad sobre cómo y cuándo cumplimos muchos de los mandatos positivos de las Escrituras”.[2]

¿Con qué frecuencia se nos ordena reunirnos? ¿Cuánto tiempo podemos aplazar las reuniones en interés de la salud pública? ¿Podemos obedecer la orden del gobierno de detener temporalmente las reuniones generales de adoración pública como parte de una estrategia comunitaria para limitar la propagación de un virus como el COVID-19?

Durante la mayor parte de la historia cristiana, la respuesta a esa última pregunta habría sido “sí”.

En su libro A Christian Directory (Un directorio cristiano), el pastor puritano Richard Baxter aborda este mismo tema:

“Pregunta 109: ¿Podemos omitir las asambleas de la iglesia en el día del Señor, si el gobierno las prohíbe?

Respuesta: 1. Una cosa es prohibirlas por un tiempo, por alguna causa especial (como infección por pestilencia, fuego, guerra, etc.) y otra cosa es prohibirlas de manera declarada o profana”.[3]

Baxter distingue entre un estado que prohíbe la adoración de manera declarada y profana, y un estado que prohíbe la adoración temporalmente por razones relacionadas al bien público. Menciona específicamente el caso de “infección por pestilencia”.

Del mismo modo, en el siglo XVI, Johannes von Ewich advirtió que los gobernadores estaban en su derecho de prohibir, durante una época de pestilencia “las asambleas públicas, los juegos, las fiestas, las bebidas, los matrimonios, los bailes, las ferias, las escuelas, las iglesias y los baños públicos; porque… no es que no exista un gran riesgo de contraer y esparcir la infección. Por lo tanto, los hombres sabios aconsejan que en tales ocasiones rara vez nos encontremos en compañía de muchas personas”.[4]

Por tanto, basados en una lectura de las Escrituras aplicables, usando nuestro sentido común e informados por la interpretación histórica y la aplicación de la iglesia, todavía no parece que hayamos alcanzado el umbral bíblico de desobediencia civil con respecto a las restricciones actuales relacionadas al COVID-19.

Entonces, ¿qué nos llevaría a ese punto?

Es bueno que estemos hablando de esto. Sería prudente que usemos la presión de esta pandemia para aclarar nuestra comprensión sobre estos principios. Con ese objetivo, como pastor en Canadá, ofrezco mi umbral personal hacia la desobediencia civil en un mundo de COVID-19.

Para ser doblemente claro: este es mi umbral personal.

No hablo por mi iglesia; no hablo en nombre de TGC Canadá y ciertamente no hablo en nombre del mundo reformado.

Considera esto como una publicación para pensar o un punto de partida para una conversación muy esperada.

Creo que estaríamos justificados en desobedecer los protocolos del gobierno con respecto al COVID-19 en las siguientes circunstancias:

1. Si las restricciones obvia y maliciosamente se dirigen a la iglesia

Si los cines de mi ciudad pudieran hacer uso del 80% de su capacidad de pre-COVID, mientras que a mi iglesia solo se le permite el 30%, lo interpretaría como una evidencia convincente de malicia particular por parte del gobierno.

Pero ese no es el caso.

De hecho, lo opuesto es cierto. En la ciudad donde está mi iglesia, los cines actualmente tienen permitido un máximo de 50 personas por sala, mientras que a nosotros se nos permite el 30% de la capacidad de nuestro salón, asumiendo un distanciamiento físico. Dados esos parámetros, podemos sentar a casi 230 personas por servicio, lo que hace que nuestras experiencias de adoración del domingo por la mañana sean las reuniones públicas más grandes de nuestra ciudad.

Por lo tanto, no hay evidencia convincente de que los protocolos actuales de COVID-19 hayan sido diseñados de manera específica o maliciosa para atacar a la iglesia.

Sin embargo, si surgiera tal evidencia, eso cambiaría la ecuación y podría justificar alguna medida de desobediencia civil.

2. Si las restricciones prohíben absoluta e indefinidamente reunirse para adorar

Como Leeman aclaró anteriormente, hay cierta flexibilidad cuando se trata de mandatos positivos. ¿Con qué frecuencia vamos a celebrar la Cena del Señor? La Biblia no dice exactamente, solo dice:

“Hagan esto cuantas veces la beban en memoria de Mí” (1 Corintios 11:25).

¿Cuántas personas deben estar presentes en nuestras reuniones de adoración? ¿O qué porcentaje de nuestra congregación total debe estar presente en una sola reunión de adoración?

Nuevamente, la Biblia no responde este tipo de preguntas. Por lo tanto, no se puede argumentar de manera convincente que una pausa temporal en las grandes reuniones de adoración justifica desobedecer a los gobernantes.

Sin embargo, si la restricción se volviera absoluta y si se extendiera por un período de tiempo indefinido, el argumento a favor de la desobediencia civil se fortalece considerablemente.

3. Si las restricciones parecieran no haberse hecho de buena fe

Si se dijera que las restricciones se hicieron en aras de contener el virus, pero de hecho se descubrió que se hicieron en pos de otros objetivos no declarados e ilegales, entonces obviamente sería apropiado participar en la desobediencia civil.

Sin embargo, no hay absolutamente ninguna evidencia creíble de que este sea el caso.

Realmente (al menos en mi país) parece que estas restricciones se están imponiendo cuidadosa y conscientemente hacia el objetivo público y declarado de proteger a los más vulnerables y administrar los recursos limitados del sistema de atención médica.

Por lo tanto, lejos de levantar un grito de protesta, los cristianos de este país deberían estar dando ejemplo de perseverancia alegre y paciente. Si eso significa que atraeremos la ira de nuestros amigos y hermanos más rigurosos, que así sea:

“Pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal” (1 Pedro 3:17).

Soli deo gloria,

Pastor Paul Carter


[1] F. F. Bruce, The Spreading Flame (La llama que se esparce) (Exeter: The Paternoster Press, 1978), pág. 177.
[2] https://www.9marks.org/article/the-government-says-we-cant-sing-what-should-we-do-a-forum/
[3] Como se cita aquí (en inglés).
[4] Como lo cita Ian Clary aquí (en inglés).

Una versión de este artículo apareció primero en The Gospel Coalition: Canadá. Traducido por Equipo Coalición.

Paul Carter asistió al Moody Bible Institute y se graduó de York University (BA) y McMaster Divinity College (MDiv). Ha estado en el ministerio pastoral desde 1994 y sirve como el pastor principal de la First Baptist Church Orillia en Ontario, Canadá. Frecuentemente escribe sobre la vida cristiana en Adfontes, y ha lanzado un podcast de devocional llamado Into the Word. Es el cofundador de Covenant Life Renewal Association (CLRA), la cual busca un avivamiento bíblico y espiritual en las Iglesias Bautista de Canadá. Paul es un miembro original del concilio de TGC Canadá, siendo parte también del comité ejecutivo. Lo puedes contactar en pcarter@firstbaptistorillia.org.