Una razón para vacunarse: libertad

Coalición por el Evangelio

Una razón para vacunarse: libertad

John Piper

Mi objetivo con este artículo es animar a los cristianos a vacunarse si es que pueden hacerlo con limpia conciencia y una autorización médica acertada.

Las personas a las que tengo en mente son aquellas que no se han vacunado por miedo a dejar de estar en el bando de las personas que respetan y piensan que se unirán al bando de aquellas a quienes no admiran. Mi mensaje para ellos es simple: eres libre.

En este caso, no les estoy hablando a todos de manera directa. Si el sombrero te sirve, póntelo: revisa tu conciencia, consulta a tu médico y ve a vacunarte. Si no es así, sigue tu camino, por un lado triste y por otro alegre. Triste, porque más de 4.5 millones de personas han muerto por COVID-19 en todo el mundo (incluyendo a más de 700,000 estadounidenses). Con alegría, porque Cristo hace posible amar milagrosamente a las personas al estar «como entristecidos, pero siempre gozosos» (2 Co 6:10).

La leña que alimenta el fuego

Antes de llegar al argumento bíblico a favor de la libertad radical, considera algunas estadísticas que sirvieron de leña para alimentar el fuego sobre el cual se cocinó este artículo.

  • «Casi todas las muertes por COVID-19 que han ocurrido ahora en los EE. UU. han sido de personas que no estaban vacunadas… Desde mayo [2021]… las infecciones en personas completamente vacunadas representaron menos de 1,200 en más de 107,000 hospitalizaciones por COVID-19. Eso es alrededor del 1.1%. En el mes de mayo, alrededor de 150 de las más de 18,000 muertes ocurridas por COVID-19 fueron de personas completamente vacunadas. Eso se traduce en alrededor del 0.8%» (Associated Press).
  • Indiana «tuvo 3,801 muertes por coronavirus entre [18 de enero del 2021] y 16 de septiembre: 94% de ellos no estaban vacunados… El 97.9% de los habitantes de Hoosiers menores de 65 años que murieron no estaban vacunados» (Evansville Courier and Press).
  • En Montana, «desde febrero de 2021 hasta septiembre de 2021… el 89.5% de los casos, el 88.6% de las hospitalizaciones y el 83.5% de las muertes se produjeron entre personas que no estaban completamente vacunadas, incluyendo las que aún no eran elegibles para la vacunación» (KRTV – Great Falls).
  • «Más del 95% de las 443 personas menores de 60 años que han muerto de COVID-19 en Kentucky desde principios de julio no estaban vacunadas» (Lexington Herald-Leader).
  • El Departamento de Salud de Pensilvania informa que entre el 1 de enero y el 4 de octubre de 2021, «el 93% de las muertes relacionadas con COVID-19 ocurrieron en personas no vacunadas o que no habían sido completamente vacunadas» (FOX43).

Cuando las personas responden a esta realidad, que cada vez es más clara, señalando a líderes gubernamentales y médicos poco confiables y de mala reputación, yo respondo: «Eso es un non sequitur» [una conclusión que no sigue lógicamente la declaración anterior]. El equipo llamado «vacunación» acaba de anotar el primer punto, aun si son monos los árbitros. Para los amigos de todo el mundo que no conocen el fútbol americano, eso significa que una victoria es una victoria, aun si todos los entrenadores y árbitros son incompetentes.

Entonces, pensemos en la libertad cristiana.

El llamado a la libertad de Pedro

El apóstol Pedro dijo:

«Esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, ustedes hagan enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos. Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad, sino empléenla como siervos de Dios. Honren a todos, amen a los hermanos, teman a Dios, honren al rey» (1 Pedro 2:15-17).

«Anden como libres».

Pedro acababa de decir: «Sométanse, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad» (1 P 2:13). ¿Cómo puedes «someterte» y «andar como libre» al mismo tiempo?

La respuesta de Pedro es que los cristianos son «siervos de Dios». En otras palabras, cuando te sometes a una «institución humana» (1 P 2:13), no lo haces como siervo de esa institución. Lo haces en libertad porque eres siervo de Dios, no del hombre. Dios es dueño de su pueblo, por creación y redención.

Dios es nuestro único dueño y por eso solo Dios nos gobierna. No somos gobernados por ningún hombre. Somos libres de toda propiedad y gobierno humanos 

El apóstol Pablo dice lo mismo: «…ustedes no se pertenecen a sí mismos… Porque han sido comprados por un precio» (1 Co 6:19-20). Dios te compró con la sangre de Cristo. Él es tu dueño y si le perteneces a Dios, no le puedes pertenecer a nadie más: «Ustedes fueron comprados por precio. No se hagan esclavos de los hombres» (1 Co 7:23).

Los cristianos no son propiedad de hombre alguno: de ninguna sociedad, empresa, clan, familia, escuela, ejército, gobierno o grupo de interés político. Dios es nuestro único dueño y por eso solo Dios nos gobierna. No somos gobernados por ningún hombre. Somos libres de toda propiedad y gobierno humanos.

Cuando nos sometemos, lo hacemos por amor al Señor, porque Él nos mandó que lo hiciéramos. La propiedad de Dios sobre su pueblo le quita todo derecho decisivo a la autoridad humana. Convierte cada acto de obediencia humana en adoración. Cuando nos sometemos, lo hacemos para la gloria de nuestro único Dueño y Maestro. La vida se dirige de manera radical hacia Dios.

«Los hijos están exentos»

Durante su vida en la tierra, Jesús le había enseñado a Pedro una lección sobre la libertad. Pedro se preguntaba a sí mismo acerca del impuesto de dos dracmas que los judíos tenían que pagar cada año (Mt 17:24). La respuesta de Jesús es la siguiente:

«“¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes cobran tributos o impuestos los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?”. “De los extraños”, respondió Pedro. “Entonces los hijos están exentos”, le dijo Jesús. “Sin embargo, para que no los escandalicemos, ve al mar, echa el anzuelo, y toma el primer pez que salga; y cuando le abras la boca hallarás un siclo; tómalo y dáselo por ti y por Mí”» (Mateo 17:25-27).

«Los hijos están exentos». Es decir, están libres de ser controlados por cualquier autoridad humana. Los hijos obedecen a su Padre. Él es su autoridad determinante. Lo que hacen, lo hacen por su voluntad, no por la voluntad del hombre. Los hijos son libres.

Los hijos del Rey no están obligados a pagar impuestos a las instituciones creadas por su Padre. Están obligados a obedecer a su Padre, no al hombre. Por lo tanto, cuando pagan el impuesto, lo hacen para honrar a su Padre, porque Él les dio los recursos y el mandato: «Tómalo y dáselo» (Mt 17:27).

Pedro aprendió la lección y ahora les dice a los cristianos: «Anden como libres». Ustedes son hijos de Dios, son esclavos de Dios. Ser hijos implica privilegio y amor. La esclavitud implica la propiedad y el gobierno de Dios. Ambos implican la libertad del hombre.

La liberación del hombre no es la exaltación del yo

Pero ay de nosotros, los cristianos, si esta libertad radical nos hace arrogantes. «Anden como libres, pero no usen la libertad como pretexto para la maldad» (1 P 2:16, énfasis añadido). El mayor mal es el orgullo de la exaltación propia. Pedro tiene claro cómo la propiedad y la paternidad de Dios deberían afectar a su pueblo: es decir, a sus siervos e hijos.

«Revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo, echando toda su ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de ustedes» (1 Pedro 5:5-7). 

Los cristianos somos humildes porque estamos «bajo la poderosa mano de Dios» y estamos gozosos porque «Él tiene cuidado de [nosotros]». Nuestra libertad no nos vuelve descarados. Nos vuelve audaces, pero no descarados. Hay una audacia cristiana particular, una audacia de un corazón quebrantado. Nuestra libertad no nos vuelve arrogantes. Valientes sí, pero no engreídos. Hay un coraje que es particularmente cristiano: un coraje contrito.

¿Por qué contrito? Porque nuestra ropa todavía está chamuscada por el fuego de nuestra casi condenación. Merecemos la condenación y nos salvó solo por gracia. Dependemos por completo de la misericordia inmerecida y sin derecho. La promesa de Dios a sus hijos es tan asombrosamente grande que estamos, como dicen, anonadados por ella, abrumados. Humillados por las alturas prometidas.

«Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es de ustedes: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es suyo, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Corintios 3:21-23). 

¡Todas las cosas son tuyas! ¡Así que no te jactes! Esa es la paradoja de la libertad cristiana. Nuestro Padre es dueño de todo. Somos sus herederos y lo heredamos todo. Somos hijos y sus hijos son libres. Por lo tanto, no hay que fanfarronear, no hay jactancia. Solo hay lágrimas de alegría porque no merecemos nada y queremos que todos los demás se unan a nosotros. Sin embargo, muchos se niegan. Esta es la libertad del amor. Una libertad que nos convierte en deudores de todos (Ro 1:14). Una libertad con obligaciones radicales enviadas por el cielo.

Liberados del miedo al hombre: de izquierda o de derecha

No te dejes esclavizar por el miedo a apartarte de las filas de tus aliados ideológicos. Eres libre 

Ahora, podríamos pensar que el objetivo de esta realidad bíblica de libertad cristiana audaz y con el corazón contrito sería esta: no es necesario vacunarse cuando el gobierno lo diga. Ustedes son libres, así que anden como personas libres.

Eso es cierto, por supuesto. Si tu Padre que está en los cielos te deja en claro, por su Palabra y sabiduría, que su gloria y el bien de tu prójimo serán mejor servidos si no estás vacunado, eres libre de correr el riesgo de infectarte de COVID por amor. Ningún cristiano está obligado a ceder ante mandatos injustificados.

Pero ese no es mi punto principal.

Mi punto es este: no te dejes esclavizar por el miedo al hombre. No te dejes esclavizar por el miedo a apartarte de las filas de tus aliados ideológicos. El antiguo nombre para esto es presión de grupo. Eres libre.

  • Has considerado el riesgo del COVID al ver morir a cientos de miles de personas.
  • Has considerado los riesgos a corto y largo plazo de las vacunas mientras observas a millones de personas recibir las inyecciones.
  • Has comparado la frecuencia de hospitalizaciones y muertes de personas con y sin vacunas.
  • Has pensado mucho en las implicaciones de las líneas celulares fetales en la producción y prueba de las vacunas.
  • Te has regocijado por la creciente evidencia de que la inmunidad natural, desarrollada después de recuperarse del COVID, es tan efectiva como la inmunidad por vacunación.
  • Has reflexionado sobre la probabilidad y la improbabilidad de las conjeturas conspirativas.

Tu conciencia está cada vez más limpia. Dice: «Vacúnate». ¡Pero existe este miedo molesto de parecer de izquierda, progresista, demócrata, transigente, o woke!

Entonces, mi mensaje para esas personas es este: «¡Los hijos son libres!»

Cada uno de nosotros permanece o cae ante su propio Maestro (Ro 14:4). «Anden como libres». Anden libres del miedo: al hombre, a ser etiquetado, a ser llamado transigente, a que se dude de que no son parte de los que valientemente se resisten (especialmente cuando sabes que miles de esos resistentes son realmente valientes, sabios y reflexivos).

El miedo no es libertad. «El temor al hombre es un lazo, pero el que confía en el Señor estará seguro» (Pr 29:25). El miedo al hombre tiende una trampa para arrebatar la libertad. ¿Por qué? Porque el alma temerosa ya está atrapada, ya cayó en la trampa, está atada y esclavizada.

Te llamo a algo mejor. «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud» (Gá 5:1). No es un yugo al gobierno, no es un yugo antigubernamental. No es un yugo de izquierda ni un yugo de derecha.

Tienes la libertad de decir con integridad: «Mi decisión de vacunarme no es una decisión política. No es de derecha ni de izquierda. Es un acto de amor informado bíblicamente». Los hijos son libres. Entristecidos, pero gozosamente libres. Por tanto, «anden como libres».

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

​John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

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