Bonifacio: El apóstol a Alemania
Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier
Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII
Bonifacio: El apóstol a Alemania
Nota del editor:Ā Este es el primer capĆtulo en la serie especial de artĆculos deĀ Tabletalk Magazine:Ā La historia de la Iglesia | Siglo VIII

No es exagerado decir que, desde los dĆas del gran apóstol a los gentiles, ningĆŗn misionero del evangelio ha sido mĆ”s eminente en trabajos, en peligros, en devoción, y en tener ese propósito tenaz pero flexible que nunca pierde de vista su objetivo, aun cuando se viera obligado a acercarse a Ć©l por algĆŗn otro camino que el que se habĆa propuesto originalmente, que Winfrid, conocido en los anales de la cristiandad como Bonifacio, āel apóstol de (los PaĆses Bajos y) AlemaniaāĀ» (William Smith y Henry Wace, eds., A Dictionary of Christian Biography [Diccionario de biografĆas cristianas], Nueva York: AMS Press, 1967, vol. 1, p. 327).
Este emotivo veredicto deja una impresión duradera en todo lector reflexivo. Francamente, deberĆa emocionarlos. Pero ĀæquiĆ©n es este Bonifacio? ĀæQuĆ© le hizo merecedor de este veredicto? ĀæQuĆ© lo convirtió en el hombre que fue? Y, por Ćŗltimo, pero no menos importante, ĀæquĆ© debe hacer la Iglesia con su legado?
Nacido en la dĆ©cada del aƱo 670 en BretaƱa y, preocupado por las cosas eternas a una edad sorprendentemente temprana, Bonifacio rogó, y finalmente recibió, el permiso renuente de su padre para entrar en un monasterio y entregarse a una vida de servicio en el Reino de Dios. Durante la preparación monĆ”stica para la tarea de su vida, aprendió la obediencia incondicional a sus superiores eclesiĆ”sticos, se inflamó su amor por Cristo, demostró ser un estudiante celoso de las Escrituras, se convirtió en un discĆpulo devoto en la escuela de la oración, creció rĆ”pidamente en la santidad con propósito, demostró ser un poderoso predicador del evangelio y fue ordenado sacerdote a la edad de treinta aƱos. Pero, sobre todo, el monasterio, un semillero de fervor evangelĆstico, lo impregnó de un celo evangelĆstico duradero.
Su ministerio puede ser dividido en tres fases, formuladas desde su incursión misionera inicial (716) en los PaĆses Bajos (Frisia), hasta su incursión final (754), posiblemente ya como un octogenario, en la misma Ć”rea geogrĆ”fica. Su primera incursión no tuvo Ć©xito debido a una guerra que se desató entre Radbod, rey de los frisones, que buscaba devastar todas las iglesias y monasterios posibles, y Carlos Martel, rey de los francos. Su Ćŗltima incursión concluyó con su muerte como mĆ”rtir, la pieza que coronó una vida extraordinaria, caracterizada por un impulso espiritual enorme, un entusiasmo sin temor, un vigor interminable y una perseverancia indomable. Se distinguió desde el principio como un misionero apasionado y eventualmente se convirtió en un organizador excepcional, un excelente administrador y un fino estadista. Dedicó todos sus dones y talentos a la infatigable bĆŗsqueda de su gran visión dual: cristianizar toda la Europa pagana y fusionar a los convertidos en una Iglesia poderosa, efectiva e influyente bajo la sombrilla unificadora y autoritaria del obispo de Roma.
En su primera fase (718-722), Gregorio II le encargó que trabajara como sacerdote misionero en Turingia (centro-sur de Alemania) y Frisia. En Turingia se encontró con una mezcla de cristianismo y paganismo, y con una moral relajada. Aunque disfrutó de cierto Ć©xito, experimentó la resistencia de un clero de mentalidad independiente que controlaba a las iglesias ya establecidas. Esto y la muerte de Radbod lo motivaron a regresar a Frisia, donde trabajó durante tres aƱos. Vio muchos paganos convertidos. Esta vez las autoridades eclesiĆ”sticas estaban con Ć©l e incluso le ofrecieron un obispado. Pero su corazón misionero no le permitió aceptarlo, porque estaba ansioso por moverse a nuevos campos de labor evangelĆstica.
En la segunda fase (722-742), bajo la protección de Carlos Martel y delegado por Gregorio II como obispo misionero, se concentró primero en Hessia (norte-centro de Alemania) y luego en Turingia. Su Ć©xito en Hessia lo inmortalizó como uno que Ā«superó a todos sus predecesores en la dimensión y en los resultados de su ministerioĀ» y, por tanto, Ā«fue un instrumento de Dios mayor que ningĆŗn otro individuo para llevar el cristianismoĀ» a Alemania. Los eventos que asestaron un golpe decisivo al paganismo mitológico y que hicieron que su ministerio se disparara fueron, en primer lugar, el talado osado y estratĆ©gico de un roble impresionante dedicado a la adoración de Thor, dios del trueno, que era considerado sagrado e inviolable. Y segundo, el uso de esa madera para erigir una capilla para la gloria de Cristo. Para la población nativa, la Ā«falta de respuestaĀ» de Thor estableció la autoridad del Dios cristiano y Su apóstol eclesiĆ”stico. Esto llevó a miles de conversiones y constituye el comienzo de la cristianización a todo lo largo de Alemania. Lo que caracterizó su ministerio en Turingia, luego de que Gregorio III lo encomendara como arzobispo misionero para darle mayor autoridad, fue la fundación de una vasta red de iglesias dedicadas, diócesis funcionales, monasterios disciplinados y escuelas florecientes. Con una combinación de gracia apacible y disciplina intolerante, predicó incesantemente contra el culto pagano, las herejĆas doctrinales, la impureza moral y el catolicismo independiente, y trató de erradicar estas cosas armado con el amor por las Escrituras y el celo por la Iglesia, asĆ como con habilidad organizativa y capacidad administrativa.
En la tercera fase (744-753), bajo la protección de Pipino, hijo de Carlos Martel, y comisionado como arzobispo de Maguncia por el papa para darle jurisdicción regional, expandió su ministerio a Baviera (sur de Alemania) y Francia. En Baviera continuó mostrando su genio para la organización y administración eclesiÔsticas, y en Francia su celo indomable por la reforma personal y eclesiÔstica.
Al final, sin interĆ©s de partir tranquilamente de esta escena terrenal, murió como habĆa vivido, como un soldado de Cristo. Buscando destruir la adoración pagana y salvar almas paganas, trajo sobre sĆ la ira de los objetos de su amor y celo. Ćl y sus compaƱeros se negaron a defenderse y fueron masacrados. Irónicamente, sus asesinos en poco tiempo reconocieron frente al Dios de Bonifacio y sus muchos amigos leales, el callejón sin salida espiritual y social en que vivĆan y se arrepintieron, en apariencia, de corazón. Se hicieron seguidores de Cristo y miembros de Su Iglesia. AsĆ, Bonifacio logró con su muerte lo que no logró durante su vida.
Esto nos deja con las dos Ćŗltimas preguntas planteadas al principio de este artĆculo: ĀæQuĆ© hizo que Bonifacio fuera el hombre que fue? ĀæY cuĆ”l es su legado? Ninguna de las dos preguntas es muy difĆcil de responder con la ayuda de las Escrituras, sus cartas y los testimonios de la historia.
Todos los elogios que le han sido y que le pudieran ser asignados, tales como su piedad con propósito, su gozo inefable, su constante alabanza a Dios, su celo indomable, su trabajo infatigable y su esfuerzo sacrificial, a menudo en medio de tiempos difĆciles, parecen reflejar la gloria restaurada (Sal 85), con su fuente en la cruz y en la resurrección de Cristo, su agente en el EspĆritu de Cristo y su primera gran demostración en Hechos 2. A lo largo de su ministerio, Bonifacio anheló y mostró el poder pentecostal de la resurrección que estaba ansioso por abrazar tanto el sufrimiento, que viene al predicar el evangelio, como la semejanza a una muerte llena de frutos que JesĆŗs mismo dejó como modelo, tanto para Sus discĆpulos como para la Iglesia universal (Jn 12:24; Fil 3:10; Col 1:24). Combina este poder abundante del EspĆritu con un amor sacrificial y un discernimiento que luce infalible en el manejo de personas y situaciones eficazmente y sin temor (2 Tim 1:7), y comenzarĆ” a surgir el perfil del Ā«apóstol de los PaĆses Bajos y AlemaniaĀ». En una entrega llena de gozo, se sometió a vivir en un monasterio como campo de entrenamiento habitual de la fe cristiana. Pronto encontró su nicho misionero y con una devoción inquebrantable mantuvo el rumbo en el principio, en la mitad y hasta el final de su vida. Al principio, puso en peligro su vida aventurĆ”ndose en una zona que estaba en guerra con el evangelio. A la mitad, arriesgó su vida y bajo la autoridad del evangelio derribó un roble que era idolatrado. Al final, entregó su vida y fue martirizado por la causa del evangelio. BĆ”sicamente, estas tres instancias cuentan su historia.
Pero ahora, su legado. SerĆa inconcebible demandar que todos los cristianos imiten los dones que Dios ha derramado sobre algunos individuos en especĆfico, como es el genio para la organización y la administración. Sin embargo, serĆa igualmente inconcebible no presentar como vinculante para cada individuo lo que Dios requiere de todos los cristianos. Siguiendo los pasos del gran apóstol a los gentiles, Bonifacio abrazó de todo corazón, como norma de Dios, el doble plan que Cristo dejó a la Iglesia: sufrimiento y muerte en Ćl, y vida en Su pueblo (2 Co 4:12). Si la Iglesia celebrara a Bonifacio simplemente como un fenómeno extraordinario, perderĆa el punto. Solo si Ć©l logra energizar a la Iglesia, y solo si la Iglesia lo abraza a Ć©l y su vida como un ejemplo del deseo de avivamiento de parte de Dios, y solo si nos confesamos como culpables y avergonzados de todo lo que se quede corto de esto, entonces podremos esperar disfrutar de un tipo de ministerio asĆ de indispensable, ya sea en lo que parece ser un Oriente Medio (musulmĆ”n) prĆ”cticamente muerto, en una Europa (secularizada) casi muerta o en unos Estados Unidos de AmĆ©rica (humanistas) moribundos. Francamente, el mensaje de la historia en general y de Bonifacio en particular es muy claro. A menos que la Iglesia, siguiendo los pasos de Bonifacio, estĆ© dispuesta a sufrir y morir, y con palabras y ejemplos urja a todos sus hijos a una edad temprana a seguir su ejemplo, en lugar de solo permitirles renuentemente que lo hagan en circunstancias extraordinarias, la Iglesia estarĆ” destinada a sufrir y enfrentar de cerca la muerte a manos del mundo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Henry Krabbendam
El Dr. Henry Krabbendam es profesor de teologĆa en Covenant College en Lookout Mountain, Georgia, y es misionero en Uganda.

