Aquí quizá se hable de juicio y, si es así, debo considerar el motivo de esta visita y prestar «atención al castigo y a quien lo establece» (Mi. 6:9). No soy el único a quien se castiga en la noche; debo, pues, someterme con alegría a la aflicción y esforzarme con toda solicitud en sacar provecho de ella. Pero la mano del Señor puede hacerse sentir de otro modo: fortaleciendo el alma y elevando el espíritu hacia las cosas eternas. ¡Oh, qué dicha experimentaría yo si pudiese percibir que el Señor trata conmigo en este sentido! El sentimiento de la divina presencia y de su permanencia en nosotros lleva al alma hacia el Cielo, como sobre alas de águila. En tales ocasiones nos sentimos llenos hasta rebosar de gozo espiritual, y olvidamos los cuidados y las tristezas de la tierra; lo invisible está cerca, y lo visible pierde el poder sobre nosotros.
El siervo, que es el cuerpo, aguarda al pie del monte, mientras que el espíritu, que es el dueño, adora en la cumbre en la presencia del Señor. ¡Oh, qué bendito momento de divina comunión me puede ser concedido esta noche! El Señor sabe lo mucho que lo necesito. Esta es la razón por que su mano sanadora debiera reposar sobre mí. Su mano puede mitigar el calor de mis ardientes sienes y calmar la agitación de mi angustiado corazón.
Aquella gloriosa diestra que ha formado el mundo puede recrear mi mente, la infatigable mano que sostiene los gigantescos pilares de la tierra es capaz de sostener mi espíritu, la mano amorosa que abarca a todos los santos me puede acariciar y la poderosa mano que quebranta al enemigo someter mis pecados. ¿Qué motivos hay para que no sienta yo esta tarde el toque de esa mano? Ven, alma mía, dirígete a tu Dios con el poderoso argumento de que las manos de Jesús fueron traspasadas para tu redención y, sin duda, sentirás sobre ti aquella misma mano que una vez tocó a Daniel y lo hizo arrodillarse para que pudiese ver las visiones de Dios.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 14). Editorial Peregrino.
Esta mañana, en Lecturas matutinas, señalamos la bondad de la luz y la división que hizo el Señor entre ella y las tinieblas. Observemos ahora cómo considera Dios la luz. «Vio Dios […] la luz». La miró con satisfacción, la contempló con placer, «vio que […] era buena». Si el Señor te ha dado luz, querido lector, él mira esa luz con particular interés; pues no solo la quiere por ser obra de sus manos, sino porque es semejante a él mismo, que «es luz». Para el creyente constituye un placer saber que Dios observa con tanto cariño la obra de gracia que él ha empezado.
Dios nunca pierde de vista el tesoro que ha colocado en nuestros vasos de barro. Algunas veces nosotros no podemos ver la luz, pero Dios la ve siempre; y es mucho mejor que sea así. Es mejor que el Juez vea mi inocencia y no que yo piense que la veo. Es para mí muy agradable saber que formo parte del pueblo de Dios; pero, aunque no lo supiera, con tal que lo sepa el Señor, estoy fuera de peligro. Este es el fundamento: «Conoce el Señor a los que son suyos».
Tú, quizá estés sollozando y gimiendo a causa de tu pecado innato y, posiblemente, llores en tus tinieblas; sin embargo, el Señor ve «luz» en tu corazón, pues él la puso ahí, y las oscuridades y tinieblas de tu alma no pueden ocultar tu luz de sus misericordiosos ojos. Quizá estés hundido en el desaliento y hasta en la desesperación, pero si tu alma anhela a Cristo y procura descansar en su obra consumada, Dios ve la luz. No solo la ve, sino que también la preserva en ti: «Yo, el Señor —dice—, la guardo». Estas palabras constituyen un valioso estímulo para aquellos que, después de una angustiosa vigilancia y de un buen cuidado de sí mismos, sienten su impotencia para conservar esa luz.
La luz, así preservada por su gracia, será transformada por Dios en el esplendor del mediodía y en la plenitud de la gloria. Esa luz que está en el corazón indica la aurora del día eterno.
Esta mañana, en Lecturas matutinas, hemos deseado que el conocimiento que tenemos del Señor Jesús experimente un crecimiento; es bueno, pues, que esta noche consideremos un asunto el cual tiene afinidad con el tema de esta mañana: es decir, el conocimiento que nuestro celestial José tiene de nosotros. El conocimiento que Jesús tiene de nosotros era perfecto mucho antes de que nosotros tuviésemos el más insignificante conocimiento suyo.
Antes que estuviésemos en el mundo, ya estábamos en su corazón. Cuando éramos sus enemigos, él nos conoció y conoció también nuestra miseria, nuestra insensatez y nuestra maldad. Cuando llorábamos amargamente en desesperado arrepentimiento, y lo veíamos solo como un juez, él nos miraba como a hermanos bien amados y sus entrañas suspiraban por nosotros. Él nunca desconoció a sus escogidos, sino que siempre los consideró como objetos de su infinito afecto: «Conoce el Señor a los que son suyos».
Esto es tan cierto en cuanto a los pródigos que apacientan los cerdos como acerca de los hijos que se sientan a la mesa. Pero, ¡ay!, nosotros no conocimos a nuestro Hermano real, y en esta ignorancia se originaron un sinfín de pecados. Le negamos nuestros corazones y no le permitimos entrar en nuestro amor. Desconfiamos de él, y no dimos crédito a sus palabras. Nos rebelamos contra él y no le rendimos ningún homenaje de amor. El Sol de Justicia brilló y nosotros no pudimos verlo.
El Cielo descendió a la tierra y la tierra no lo advirtió. Gracias a Dios, esos días han pasado para nosotros; sin embargo, aun ahora, conocemos muy poco a Jesús en comparación con el conocimiento que él tiene de nosotros. Solo hemos empezado a conocerlo, pero él nos conoce enteramente. Es una ventaja que la ignorancia no esté de su lado, pues eso sería desesperanzador para nosotros.
Él no nos dirá: «Nunca os conocí»; sino que confesará nuestros nombres en el día de su Venida y, mientras tanto, se manifestará a nosotros como no se manifiesta al mundo.
Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia
¿Imaginas el malestar que sintió la gente en Antioquía cuando Pablo confrontó a Pedro, según se describe en Gálatas 2? Probablemente recuerdas la historia: hombres de Jerusalén habían venido a la iglesia en Antioquía. Su visita creó una división. En lugar de que judíos y gentiles adoraran juntos y tuvieran comunión libremente, algunos de los judíos (incluso Pedro y Bernabé) se apartaron de los gentiles. Pablo dijo a los gálatas que había confrontado a Pedro «delante de todos» (v. 14). ¿Fue durante una comida o inmediatamente después de una oración? ¿Atrapó Pablo a Pedro en el patio o lo denunció en medio de un sermón?
Aunque no sabemos las respuestas a estas preguntas, puedes preguntarte si fue un error que Pablo confrontara a Pedro de esta manera. ¿No debió haber seguido los pasos indicados en Mateo 18? No, Gálatas 2 y pasajes como Hechos 5 y Filipenses 4 demuestran que hay momentos en los que una confrontación pública del pecado y el error es necesaria para la salud y el bienestar de la iglesia.
Pablo confrontó a Pedro pública e inmediatamente cuando fue testigo de pecado público. Al apartarse de los gentiles, Pedro había actuado de una manera que negaba el evangelio. Pablo no dudó en condenar a Pedro públicamente porque el pecado fue público. Este mismo principio se demuestra en Hechos 5, donde Pedro confronta a Ananías y Safira por mentir al Espíritu Santo al no declarar que se habían quedado con una parte de las ganancias del terreno que habían vendido para dar a la iglesia. Su pecado fue público, y por lo tanto, la condena del pecado fue pública. El mismo principio se ve en Filipenses 4:2, donde Pablo «ruega» a Evodia y Síntique «que vivan en armonía en el Señor». Aunque no sabemos qué fracturó la relación de estas dos hermanas, su desacuerdo fue público y, por tanto, la confrontación de Pablo del pecado —aunque menos enérgica que la que aparece en Gálatas 2 o Hechos 5— también es pública. El principio que se expone en cada uno de estos pasajes es que la confrontación pública del pecado y el error es necesaria para corregir el pecado y el error público.
Otro principio que podemos derivar de estos textos es que la confrontación pública del pecado y el error se hace en el contexto de la iglesia local. Por desgracia, vivimos en una época de «Pablos» autoproclamados que vagan por la Internet en busca de «Pedros» a quienes denunciar. Podemos sentirnos tentados a recurrir a Gálatas 2 para justificar que tomemos los tridentes electrónicos a fin de perseguir a los villanos teológicos. Sin embargo, el principio de Gálatas 2, Hechos 5 y Filipenses 4 es que tal confrontación pertenece al contexto de la iglesia local, donde se experimenta el pecado y el error y donde al pecador puede perdírsele que rinda cuentas.
Un tercer principio está implícito en estos pasajes. No hay muchos ejemplos de este tipo de confrontación pública del pecado y el error públicos, pero los que tenemos abordan graves amenazas para la iglesia. La conducta de Pedro no era conforme al evangelio. El pecado de Ananías y Safira amenazaba la existencia misma de la iglesia, como el pecado de Acán después de que Israel cruzara a la tierra prometida (Jos 7). La fractura entre Evodia y Síntique amenazaba la unidad de esa iglesia. El hecho de que haya pocos ejemplos de este tipo de reprensión pública nos indica que no todos los errores —ni siquiera todos los errores públicos— deben ser confrontados públicamente. Pero cuando un pecado o error público amenaza la existencia misma de la iglesia, o incluso el evangelio mismo, puede ser necesaria una reprensión pública.
En 1553, estalló una disputa en Ginebra sobre quién tenía la autoridad para excomulgar. El gobierno de la ciudad quería que Philibert Berthelier fuera readmitido para tomar la Cena del Señor. Berthelier, opositor a Juan Calvino y abogado del hereje Miguel Serveto, había sido excomulgado por rebelión. El día en que debía celebrarse la Cena del Señor, Berthelier y sus amigos abarrotaron la iglesia de St. Pierre y se sentaron en primera fila. Sin embargo, Calvino se negó a servir la comunión a los «aborrecedores de los misterios sagrados». Dijo: «Pueden aplastar estas manos; pueden cortar estos brazos; pueden quitarme la vida; mi sangre es de ustedes, pueden derramarla; pero nunca me obligarán a dar cosas sagradas a los profanos, ni a deshonrar la mesa de mi Dios». Tal audacia es necesaria ante el pecado y el error público. Que Dios dé a Sus ministros el valor de tomar tales medidas para proteger la pureza y la paz de la iglesia.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric Landry El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.
La voz del que clama en el desierto pide un camino para el Señor, un camino preparado y un camino preparado en el desierto. Yo deseo atender la proclama del Maestro y proporcionarle un camino en mi corazón: un camino obra de la gracia a lo largo del desierto de mi carácter. Las cuatro indicaciones del texto merecen mi sincera atención. «Todo valle se rellenará». Los pensamientos bajos y rastreros acerca de Dios deben abandonarse; hay que remover la duda y la desesperación y olvidar los deleites carnales.
De una a otra parte de estos profundos valles tiene que construirse una calzada de gracia. «Se bajará todo monte y collado». Deben derribarse la presunción altiva y la arrogante justicia propia para hacer un camino real para el Rey de reyes. A los pecadores altivos y orgullosos nunca se les concede la comunión divina. El Señor atiende al humilde y visita al contrito de corazón, pero el altivo le es abominación.
Alma mía, pide al Espíritu Santo que te ponga en orden acerca de este particular. «Los caminos torcidos serán enderezados». Es menester que el corazón vacilante tenga trazado un camino de decisión por Dios y de santidad. Los hombres indecisos son extraños al Dios de verdad. Alma mía, procura ser sincera y veraz en todas las cosas: como en la presencia de Dios, que escudriña los corazones. «Los caminos ásperos [serán] allanados». Tienen que quitarse los estorbos del pecado y desarraigarse las espinas de la rebelión: tan sublime visitante no debe encontrar caminos encenagados ni lugares pedregosos, cuando venga a glorificar a los suyos con su séquito.
¡Oh, que esta noche halle el Señor en mi corazón un camino real por el cual pueda efectuar su marcha triunfante desde el principio hasta el final de este año!
Todas las cosas de la tierra necesitan ser renovadas. Ninguna cosa creada puede continuar existiendo por sus propios medios. «Tú renuevas la faz de la tierra», dijo el Salmista. Aun los árboles, que no se consumen de ansiedad ni acortan sus vidas con fatiga, tienen que beber la lluvia caída del cielo y absorber los ocultos tesoros del suelo.
Los cedros del Líbano, que Dios plantó, solo viven porque día tras día se llenan de la fresca savia que extraen de la tierra. Tampoco la vida del hombre puede sostenerse sin ser renovada por Dios. Como es necesario reparar el desgaste del cuerpo con repetidas comidas, también lo es reparar el desgaste del alma, alimentándola con la lectura de la Palabra de Dios, con la predicación del evangelio y con la participación de la Cena del Señor. ¡Cuán deprimidos se hallan nuestros dones cuando descuidamos los medios de gracia! ¡Cuán extenuados están algunos santos que viven sin el diligente uso de la Palabra de Dios y de la oración privada! Si nuestra piedad puede vivir sin Dios, entonces no ha sido creada por Dios: es solo una ilusión. Pues si Dios la hubiese creado, esperaría en él como las flores esperan el rocío.
Sin una constante renovación, no estaremos preparados para hacer frente a los continuos asaltos del Infierno o a las severas aflicciones del Cielo o a nuestras luchas interiores. Cuando el torbellino se desate, ¡ay del árbol que no haya absorbido la savia o se haya asido fuertemente de la roca, entretejiendo en ella sus raíces! Cuando se levanten las tempestades, ¡ay de los marineros que no hayan afirmado su mástil, echado sus anclas o buscado el puerto! Si permitimos que el bien se debilite, sin duda el mal se fortalecerá e intentará desesperadamente lograr el dominio sobre nosotros; a esto quizá siga una penosa desolación y una lamentable desgracia.
Acerquémonos con humildes ruegos al trono de la divina gracia y experimentaremos el cumplimiento de esta promesa: «Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas» (Is. 40:31, LBLA).
El dominio propio en tu hogar Por Soldados De Jesucristo
El dominio propio en la iglesia local y en el trabajo son importantes, pero no olvidemos que mucho de nuestro tiempo lo pasamos en casa: en nuestro hogar, dulce hogar. Pero ¿demostramos genuinamente esto ante todos, es decir, un hogar guiado por Dios, controlado y que es una delicia para todos los que habitan allí con nosotros? Para ayudarnos a aplicar el dominio propio en nuestros hogares repasaremos la vida de varios hombres del Antiguo Testamento y su lucha por obtener el dominio propio en eventos puntuales con sus seres amados y personas allegadas a ellos, seguido de una breve reflexión cristiana para nosotros que vivimos de este lado de la cruz, con el fin de admirar y descansar en la obra del varón perfecto, Jesucristo.
Los patriarcas sin dominio propio
Iniciamos con Noé, quien fue un hombre justo (Gn. 6:8), viviendo en una sociedad torcida y dada al desenfreno (Gn. 6:5-6, Jud. 14-16). Este hombre de fe «preparó un arca», aunque no se veían las cosas predichas por Dios (He. 11:7), y predicó acerca de la justicia de Dios sobre los pecadores, sin que creyeran su mensaje (2 P. 2:5). A pesar de tantas virtudes, después de salir del arca, «plantó una viña», se emborrachó, «se desnudó» y fue de tropiezo para sus hijos (Gn. 9:20-22). Aunque Noé fue un hombre sobresaliente y figura en la galería de la fe de Hebreos 11, tuvo problemas con la falta de dominio propio. Sin embargo, este hombre —al igual que nosotros— «halló gracia ante los ojos del SEÑOR» (Gn. 6:8). Estás son grandes noticias para Noé y para todos los que vendrían después de él. Por eso siempre es bueno recordar que no hay nada bueno en nosotros que no sea por la gracia de Dios.
Sigamos con nuestro padre en la fe: Abraham. De todos es sabido del problema del patriarca con su carácter, fallando en honrar a su esposa cuando dijo en dos ocasiones que era su hermana, exponiéndola al peligro y la vergüenza, mientras procuraba su propia honra y protección (Gn. 12:11-15; 20:2-3). También lo recordamos por llegarse a Agar, su sierva (Gn. 16:1-6), trayendo «agravio» a Sarai (Gn. 16:5). Sin embargo, Dios la honra cambiando su nombre Sarai por Sara (Gn. 17:15-16), y exhortando a su esposo, Abraham, a «presta[rle] atención» a ella en lugar de a su sierva Agar e Ismael su hijo (Gn. 21:9-12). De todo lo anterior se desprende que aún los hombres de fe tienen grietas en su carácter. Por un lado, pueden ser muy inspiradores en eventos desafiantes al ojo humano, tal como lo hizo Abraham al seguir el llamado de Dios «sin saber adónde iba» (He. 11:8). Por el otro lado, pueden no ser tan coherentes en manifestar ese dominio en lo más íntimo de su ser. Lo cierto es que Dios obró en su vida, pasando de servir a «otros dioses» junto con su familia (Jos. 24:2), a creer «en Aquél que justifica al impío»; por lo tanto «su fe se le cuenta por justicia» (Ro. 4:5).
Ahora veamos a Jacob, un hombre cuya concepción, vocación y bendición fue predicha por Dios a su madre (Gn. 25:21-23). Él demostró desde niño un gran interés por los asuntos religiosos de la familia (Gn. 25:31-34) —aunque claro que no siempre con las mejores intenciones—. Además, tuvo la iniciativa de obedecer a sus padres en procura de un futuro para él y su familia (Gn. 27:6-10; 28:1-5). Sin embargo, su astucia, medias verdades o mentiras y codicia personal, le trajo problemas para él y sus descendientes por muchas generaciones (problemas con Esaú, con Labán, con sus mujeres, con sus hijos, con los cananeos, etc.). La falta de dominio propio en Jacob afectó gravemente sus relaciones familiares, aunque fue un hombre llamado y amado por Dios (Mal. 1:2-3). A pesar de las muchas faltas de Jacob, afectando a su familia de muchas maneras, él es el padre terrenal de la nación de Israel. Si no fuese por el llamado divino, esos pecados que destruyen familias, incluido la intemperancia vista en el patriarca, únicamente hubieran traído destrucción, sin esperanza alguna. Lo cierto es que la salvación que Dios provee, por su gracia, eligiéndonos desde antes de nacer, es la base para una transformación genuina y duradera de nuestro carácter. Así sucedió con Jacob, llamado después Israel (Gn. 32:24-32) y héroe de la fe para todos (He. 11:9, 21).
El libertador y un seguidor sin dominio propio
Pasemos a observar a Moisés, el gran libertador de Israel. Desde el principio, fue un hombre amado por Dios y sus padres, quienes lo protegieron hasta que providencialmente llegó a la corte del mismísimo Faraón (Ex. 2:1-10). Fue educado para la corte, sobresalió en muchos sentidos a los hombres de su tiempo (Hch. 7:19-22), pero su evidente problema de carácter lo hizo matar un egipcio (Ex. 2:11-15), enojarse con los israelitas varias veces (Ex. 17:4), abandonar a su familia dedicándose a su trabajo desproporcionadamente (Ex. 18:13-24), de tal manera que finalmente no pudo entrar a la tierra prometida por la que tanto trabajó (Dt. 32:48-52). Al final de sus días, llegó a ser transformado por la gracia de Dios, en «un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la superficie de la tierra» (Nm. 12:3).
Es muy ilustrativo que los grandes líderes del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento eran personas que poseyeron una rara mezcla de vicios y virtudes. La Biblia no las oculta, pero tampoco las condona. Podemos identificarnos fácilmente con dicha mezcla, ya que a menudo nos enfrentamos a situaciones similares. Es común que nos enojemos con facilidad y que reaccionemos inadecuadamente contra aquellos a quienes servimos. También, seguramente con buena intención, dedicamos más de lo debido al trabajo de Dios, como si el hogar no estuviera primero (1 Ti. 3:4-5). Ni Moisés ni nosotros podemos ser aceptos delante de Dios por nuestros propios medios, a menos que tengamos un mediador fiel (He. 3:1-6).
Hay otro personaje del que podemos aprender: Acán. Israel vino del desierto, en dirección a Canaán, y miró la ciudad de Jericó grande, poderosa y rica. Dios prometió destruir la ciudad, pero todos debían abstenerse de tomar botín de ella, porque estaba bajo su maldición y las ganancias serían para sostener el futuro templo (Jos. 6:1-2, 17-19). Pero Acán se creyó muy listo. Decidió desobedecer tomando un botín con sigilo y escondiéndolo bajo su tienda (Jos. 7:1, 14-23). Lo peor, es que la codicia de este descendiente de Judá costó la vida de muchos hombres en guerra, el avance del pueblo se detuvo, la victoria se volvió derrota y su familia sufrió las consecuencias por siempre, pues su testimonio se recordó por siglos (Jos. 7:24-26).
La riqueza material no es mala en sí misma, siempre que cumpla el propósito de glorificar a Dios y servir al prójimo, como enseñó otro de la familia de Judá (Mt. 6:1-3; 19-24). El problema de Acán estuvo en desobedecer la orden divina por no contentarse con su situación financiera, pensar solo en su interés personal, codiciar la riqueza de los impíos, comprometiendo su honra personal y familiar, olvidando que los avaros no «tiene[n] herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Ef. 5:5). La templanza en el área financiera nos guardará a nosotros y a nuestras familias (Pr. 28:22).
Jueces sin dominio propio
Nuestro siguiente personaje es Jefté, a quién la Biblia lo presenta como un héroe de la fe (He. 11:32). Conocido como un «guerrero valiente» (Jue. 11:1), era también «hijo de una ramera» y un padre galaadita. Este hombre tuvo problemas personales y familiares que lo llevaron al rechazo de sus hermanos mayores y a juntarse, en su lugar, con «hombres indignos» (Jue. 11:1-4). Jefté fue juez de Israel en medio de una grave coyuntura política con los amonitas, quienes tuvieron un origen igualmente oscuro (Gn. 19:36-38). La falta de autocontrol lo vemos en que Jefté negoció su apoyo a la causa, si le garantizaban ser el líder de la nación y de su pueblo en Galaad, lo cual, en efecto, logró (Jue. 11:9-11). Su celo por fortalecer su posición ante la familia, tribu y nación, lo llevó a asumir compromisos que Dios no exigió, ni que él sabía si podía cumplir (Jue. 11:30-31). Ganó la guerra, obtuvo respeto social, pero sacrificó su joven e inocente hija a causa de sostener su compromiso insensato (Lv. 22:17-33; Nm. 30:1-16; Ec. 5:1-7; Mt. 5:33-37). A menudo también nosotros, buscando alguna forma de aprobación familiar y social, podemos llegar a asumir compromisos más allá de nuestras capacidades. De esta manera, podemos afectar directamente a nuestros seres queridos.
Notemos ahora a Sansón. Este héroe de la fe (He. 11:32) es bastante conocido por los cristianos de todas las épocas y edades. Sabemos que su nacimiento fue predicho por Dios, su conducta regulada por Dios y también su vida protegida por Dios (Jue 13:1-5). El problema de este juez fue su intemperancia, porque nunca tuvo el control de sus pasiones, hecho que al final lo llevó a una caída vergonzosa (Jue. 16:20-22). Sansón es un personaje que, por su inmadurez e inconstancia, causó estragos en su familia (Jue. 14:1-3, 19; 15:1-8). Los padres de Sansón sufrieron con este hijo inestable, lo mismo las mujeres de este poderoso hombre, que al final es un ejemplo vívido de que es mejor tener dominio propio que ser fuerte, como ya hemos discutido con anterioridad (Pr. 16:32).
Los dones espirituales solo sirven adecuadamente al prójimo y a quien los posee cuando están sustentados en un carácter sólido. Todo lo opuesto al poderoso Sansón, quien tuvo fuerza física, pero no pudo dominar sus emociones. Cuando se enfrentó con varios hombres venció, pero fue derrotado al lidiar consigo mismo. Es difícil tener hijos así, hermanos emocionalmente inestables, padres viscerales, cónyuges inmaduros en sus emociones, porque los que más sufrirán serán los cercanos a ellos. Observamos que ser de temperamento volátil es ser débil y no fuerte de carácter (Stg. 4:1), porque ser controlado por las emociones, nos llevará a cometer locuras fácilmente (Pr. 14:17).
Reyes sin dominio propio
No podemos olvidar a David, el rey más insigne de Israel. Se ha oído mucho de sus grandes hazañas (como la victoria sobre Goliat en 1 Samuel 17 y la conquista de Jerusalén en 2 Samuel 5), así como de sus grandes caídas, fracasos e imprudencias (causando guerras, muertes y pobreza en su pueblo [1 S. 21:1-15; 2 S. 11; 13; 24]). Podríamos hablar mucho de sus virtudes y defectos, pero quisiera resaltar su caída con Betsabé (2 S. 11). David cedió a sus deseos sexuales gradualmente (olvidó su debilidad, expuso su vulnerabilidad y halló su oportunidad). Aunque era salmista, profeta y rey ungido por Dios, no se libró de su debilidad por todo ello (Ec. 7:20). Tampoco siguió trabajando en sus conquistas militares, sino que descansó en tiempo de trabajo (Ec. 3:8). Cuando la mayoría de los hombres iban a la guerra y sus mujeres estaban en casa, él encontró su oportunidad para la lujuria desde el palacio ubicado por encima de las casas de Jerusalén (Pr. 27:20). Mientras no hizo lo que debía hacer (ir a la guerra como comandante de Israel —2 S. 11:1-4—), terminó haciendo lo que no debía hacer (codiciar y quitar la mujer de su prójimo —Ex. 20:14, 17—).
Si no fuera por este hecho, poco sabríamos de la lucha íntima de un santo con sus pasiones sexuales y las terribles consecuencias que sufren todos a su alrededor, como lo narra 2 Samuel, sobre la casa de David, es decir: su familia. Tampoco prestaríamos atención a los proverbios que amonestan a los jóvenes sin dominio de su sexualidad, si no fuera Salomón, hijo suyo, quien los escribió en su mayoría (Pr. 1:1-4; 5-7). Impactantes son, además, las conclusiones de Salomón sobre una sexualidad intemperante (Ec. 7:25-29), y las del cronista sagrado, sobre la influencia de un padre lujurioso en un hijo dotado, que aprendió demasiado caro el ignorar el cuidar su corazón como lo más sagrado (Pr. 4:23; 1 R. 11:1-13).
Conclusión
Sin duda, los hombres de la Biblia son como nosotros en múltiples aspectos. Hay mucho que tenemos en común. Esto nos guarda de verlos más allá de lo que en verdad son: pecadores rescatados por la misma gracia que nos alcanzó a nosotros (1 Co. 10:6, 11-14). Mientras tanto, el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo brilla por su madurez, sensatez y dominio propio en el trato con otros, participando en cenas, bodas y actividades sociales, pero siempre agradando a Dios, su Padre en todo (Jn. 8:29). Debemos agradecer a Dios porque su evangelio es poder divino para salvación de todos los pecados de los que creen en Él, incluyendo la falta de moderación en sus múltiples manifestaciones (Ro. 1:16-17, 21-31).
Por lo tanto, descansa todas tus debilidades de carácter en «Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén» (Ef 3:20-21). Vive una vida controlada, dominada por el Espíritu, sabiendo que tu familia será impactada por tu falta de dominio propio tarde o temprano, o bendecida por la presencia de ese autocontrol, que es fruto del Espíritu.
Nos gozaremos y alegraremos en Dios. No abriremos las puertas del año a las lúgubres notas del tamboril, sino a los suaves sonidos del arpa del gozo y a los retumbantes címbalos de la alegría. «Venid, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación» (Sal. 95:1, LBLA).
Nosotros los llamados, los fieles, los elegidos, ahuyentaremos nuestros pesares y levantaremos nuestras banderas de confianza en el nombre de Dios. Dejemos que otros se lamenten de sus aflicciones; nosotros que tenemos para echar en el amargo lago de Mara el árbol que endulza, magnificaremos al Señor con gozo. ¡Oh Espíritu Eterno, nuestro eficiente Consolador, nosotros que somos los templos en que tú habitas, no cesaremos nunca de adorar y de bendecir el nombre de Jesús! Queremos que Jesús tenga la corona del deleite de nuestro corazón; no afrentemos a nuestro Esposo gimiendo en su presencia.
Estamos destinados a ser los cantores del Cielo; ensayemos, pues, nuestro cántico antes de entonarlo en los palacios de la nueva Jerusalén. Nos gozaremos y alegraremos, dos palabras con un significado: doble gozo, felicidad sobre felicidad. ¿Es necesario que nuestro gozo en el Señor tenga ahora algún límite? ¿No hallan los hombres piadosos que su Señor es aun ahora alheña y nardo, caña aromática y canela? ¿Pueden estas sustancias tener en los cielos una fragancia mejor? Nos gozaremos y alegraremos en ti.
Esta última palabra es como el meollo de la nuez, como el alma del texto. ¡Qué riquezas están atesoradas en Jesús! ¡Qué ríos de infinita felicidad hallan en él su manantial y cada gota de su plenitud! ¡Oh bondadoso Jesús, ya que tú eres la presente porción de tu pueblo, favorécenos este año con tal sentido de tu inmenso valor que desde el primer día hasta el último podamos gozarnos y alegrarnos en ti. Que enero comience con gozo en el Señor y diciembre concluya con alegría en Jesús. 2 de enero
Deje que el Espíritu Santo controle su mente La vida llena del Espíritu comienza con el regalo del Espíritu Santo a toda persona que recibe a Cristo como Salvador.
31 de diciembre de 2022
Lucas 15.11-19
La manera en que pensamos determina cómo nos comportaremos; por dicha razón, debemos aprender a pensar en cuanto a nosotros mismos de la manera en que Dios lo hace: como nuevas criaturas que ya no estamos bajo el dominio del pecado. Podemos ser “más que vencedores” a pesar de nuestros pecados del pasado (Ro 8.37).
Debemos reconocer las mentiras del enemigo y contraatacar con la verdad de Dios, que declara que el Espíritu de Cristo es mayor que Satanás (1 Jn 4.4). Debemos enfocar nuestra mente en lo que importa espiritualmente (Fil 4.8), y así aprenderemos a distinguir entre lo que nos conviene como creyentes y lo que no. Por último, debemos elegir lo bueno y rechazar lo malo. Cuanto más tiempo seamos guiados por el Espíritu Santo, más sensibles nos volveremos a sus advertencias. Y además, estaremos mejor preparados para ganar la batalla en defensa de nuestra mente.
La vida llena del Espíritu comienza con el regalo del Espíritu Santo a toda persona que recibe a Cristo como Salvador. Cuando decidimos ponernos bajo el control del Espíritu, su poder divino se libera en nuestra vida. Por ello, ser diligente es necesario para resistir la tentación y mantenernos entregados a Dios. Por tanto, cambie su “mente independiente” y experimente las victorias de quienes tienen la llenura del Espíritu.
Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia.
– Envejezco, Señor; concédeme permanecer modesto y no creer que mi experiencia me permite tener una opinión infalible en todo. Dame el ser sabio en mis apreciaciones de las situaciones y de las personas.
– ¡Que no llegue a ser un personaje triste, austero, inquieto, siempre evocando el pasado, sino un modelo de paciencia, dulzura y comprensión!
– Hazme respetar cada vez mejor tus enseñanzas. Dame el ánimo de difundirlas y, ante todo, de vivirlas en un mundo desorientado, sin puntos de referencia ni esperanza. Concédeme especialmente poder reflejar el ejemplo de amor verdadero y desinteresado que tú nos dejaste.
– Que la lectura de la Biblia llegue a ser, no el cumplimiento de un deber sin gozo, sino la fuente que puedo aprovechar gustoso para renovarme en ella cada día.
– Hazme más sensible a las necesidades de los que me rodean, mi familia, mis allegados, todos aquellos que atraviesan la soledad o el sufrimiento. Ayúdame a orar por ellos con perseverancia y fe.
– Hazme aguardar, no la muerte para ser liberado de mis problemas, sino el gozo de verte y estar contigo para siempre.
“Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos… Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:10, 12). “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23).