El factor miedo

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

El factor miedo
Por Keith A. Mathison

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando me mudé al centro de Florida en 1992, me dijeron que esta parte del estado no había sido golpeada directamente por un huracán desde los años cincuenta. En ocasiones nos golpearon los bordes exteriores de algunos huracanes y tormentas tropicales, pero nada importante. Todo eso cambió en 2004, cuando esta pequeña parte del estado fue golpeada, no por uno, sino por tres fuertes huracanes en el corto espacio de seis semanas. El huracán Charley nos golpeó la noche del 13 de agosto. Tres semanas después nos golpeó el huracán Frances. Tres semanas después nos golpeó el huracán Jeanne. No fue un tiempo agradable para vivir en esta parte de Florida.

Hubo un efecto secundario en esa temporada de huracanes de 2004 que quizás debí anticipar, pero no lo hice. Tiene que ver con el efecto que tendría en nuestros meteorólogos locales. Al acercarse la temporada de huracanes de 2005, algunos de ellos enloquecieron. Si se me permite un poco de hipérbole, el informe meteorológico típico de ese año podría parafrasearse así: «Se ha formado una depresión tropical frente a la costa de África. Es probable que se convierta en un gran huracán. Probablemente va a golpearnos y probablemente todos vamos a morir». Ellos parecían tener un objetivo: crear un estado perpetuo de miedo y ansiedad. Dejé de verlos después de unas semanas y le pedí a mi esposa que solo me dijera si era necesario tapar las ventanas o evacuar.

Quienes hayan visto o leído las noticias en los últimos años probablemente hayan notado esta tendencia, independientemente del lugar donde se viva. Al ver las noticias lo suficiente comienza a desarrollarse un monólogo en tu mente: «La economía se derrumbará pronto, obstaculizando nuestra guerra contra los terroristas que están a punto de atacarnos de nuevo. Lo único que puede detenerlos es una pandemia de gripe aviar, gripe porcina o la peste negra, pero esta pandemia solo afectará a aquellos de nosotros que no hayan sucumbido ya a los efectos nefastos del cambio climático. Quédate en sintonía para un informe sobre qué producto alimenticio popular ha demostrado producir cáncer en ratas de laboratorio y chimpancés».

¿Cómo podemos lidiar con toda esta paranoia, miedo y ansiedad inducidos por los medios de comunicación? Un ejemplo en la historia de la iglesia resulta instructivo. San Agustín (354-430) vivió en una época de gran temor y ansiedad. Su mundo cambió dramáticamente en el año 410 d. C. cuando el bárbaro Alarico I entró en Roma. Fue el principio del fin de la mitad occidental del Imperio romano. Mientras los refugiados huían al norte de África, trayendo todo tipo de informes nefastos, Agustín se vio obligado a lidiar con varios problemas, ya que muchos llegaron a culpar al cristianismo de la caída de Roma. Su obra clásica La ciudad de Dios fue escrita para responder a esa crisis. Una de mis citas favoritas de este libro se refiere al temor de sus lectores. Anima a los cristianos que están rodeados de peligros por todas partes, diciendo: «Entre los peligros diarios de esta vida, cada hombre en la tierra está amenazado de la misma manera por innumerables muertes, y no se sabe cuál de ellas le llegará. Y por eso la cuestión es si es mejor sufrir una al morir o temerlas todas al vivir» (libro 1, cap. 11). Estas son las palabras de alguien que confía en la soberanía de Dios. Agustín sabía que no tenía sentido vivir temiendo a todos los peligros que le rodeaban. Sabía que Dios tenía el control y que ni un solo cabello podía caer de su cabeza si no era por la voluntad de Dios.

El mundo tiene miedo y está ansioso, pero ese miedo y ansiedad es por las cosas equivocadas. El mundo tiene miedo por la economía. El mundo tiene miedo por las finanzas de las pensiones. El mundo teme las catástrofes naturales y las provocadas por el hombre. El mundo tiene miedo del terrorismo y de las enfermedades. Sin embargo, el mundo no teme a Dios. Jesús nos dijo que no debemos temer a los que pueden matar el cuerpo, pero que no pueden matar el alma. En cambio, debemos temer a Dios, que puede destruir ambas cosas (Mt 10:28). La ira de Dios hace que todos los demás objetos de los temores del mundo parezcan nada en comparación. Lo verdaderamente aterrador es caer en las manos del Dios vivo (He 10:31).

Sin embargo, quienes han puesto su fe en Jesucristo no tienen nada que temer del hombre ni de cualquier otra cosa. Los que confían en Cristo no tienen nada que temer de los huracanes, las enfermedades, el colapso económico, la guerra, el hambre o incluso la muerte. Todas estas cosas están bajo el control de nuestro Padre soberano en el cielo. Por supuesto, decir esto es muy fácil, pero con demasiada facilidad quitamos nuestros ojos de Dios y solo vemos los peligros que nos rodean.

¿Hay algo que podamos hacer para combatir esta ansiedad y miedo mundanos? Creo que Pablo nos da una pista importante al contrastar el miedo con la oración. Él escribe: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:6-7). Descuidar la oración casi siempre se traduce en el aumento de nuestro miedo y ansiedad. Esto no es coincidencia. La oración es un acto de fe en Dios, y la fe en Dios conduce a la paz de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].

El orgullo me había impedido arrepentirme

Lunes 19 Septiembre
¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?
Romanos 2:4
El orgullo me había impedido arrepentirme
Testimonio
“En mi infancia tuve una instrucción cristiana. Aparentaba ser un cristiano, incluso a los ojos de los creyentes. No me daba pena decir a mis amigos que yo era un cristiano evangélico; sin embargo, estaba perdido, lejos de Dios. A menudo, en la noche, tenía pesadillas que me aterrorizaban. La eternidad sin Dios me asustaba, porque yo sabía que era un pecador ante él y que él no llevaría pecadores al cielo. Con frecuencia reflexionaba sobre el sentido de la vida y llegaba a la conclusión de que yo llevaba una vida inútil. Y me decía: “¿De qué sirve esta vida? No tiene sentido porque todo pasa”. Nunca había tomado una decisión firme en mi corazón, pero la necesidad de creer en Cristo crecía en mí.

Y fue así como una tarde, después de haber escuchado una vez más la invitación a aceptar a Jesucristo como mi Salvador personal, convencido de ser un pecador, me arrepentí de mis pecados y creí en Cristo. Reconocí mis pecados y pedí perdón a Dios, rogándole que hiciera de mí su hijo. El orgullo que durante años me había impedido arrepentirme de mis pecados y humillarme delante de Dios fue vencido con su ayuda. Al instante sentí que un peso era quitado de mis espaldas; el gozo y la paz llenaron mi corazón; gustaba la bondad de Dios. A partir de ese momento estuve seguro de ser salvo.

Así comenzó mi vida en Cristo. El Señor estaba conmigo, fortaleciéndome en la fe”.

Giacinto B
Jeremías 50:1-20 – 2 Corintios 8 – Salmo 106:19-23 – Proverbios 23:22

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Palabras del evangelio: Ora a tu Padre (4)

Domingo 18 Septiembre
Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.
Mateo 6:6
Palabras del evangelio: Ora a tu Padre (4)
Antes de subir al cielo, Jesús reveló a sus discípulos la relación nueva y maravillosa que ellos tenían ahora con Dios, basada en Su obra cumplida en la cruz. “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (Juan 20:17). Hechos hijos de Dios, podemos dirigirnos a él sin temor, con la certeza de ser escuchados.

“Ora a tu Padre”. Dejémonos tocar por esta palabra de Jesús. Él no nos dice: “Oren a Dios”, ni siquiera: “Ora a tu Dios”, sino: “Ora a tu Padre”. Para esto es necesario apartarnos, cerrar la puerta por un momento sobre nuestras vidas agitadas. Para uno será poner un poco a un lado su actividad profesional; para otro, apagar su teléfono móvil o su computador; y para cada uno, cerrar la puerta a los pensamientos que lo agitan.

Cerrar mi puerta para encontrar a mi Padre que está en lo privado. Él ve lo más profundo de mi corazón, mis heridas ocultas, mis penas, mis gritos silenciosos, y su mirada es una mirada de amor. La confianza en el amor de mi Padre es la base de toda oración.

Orar en lo secreto es orar con verdad, sin querer interpretar un personaje, pero pidiendo a Dios que nos dé la gracia de la humildad, del temor y de la confianza en su compañía.

“Y tu Padre… te recompensará”. Las recompensas de Dios a nuestras oraciones son innumerables. Cuando oramos, el Espíritu Santo nos comunica una paz profunda. En su presencia, nuestros miedos y nuestras lágrimas desaparecen para dar lugar al gozo de ser amados por nuestro Padre que está en los cielos.

Jeremías 49:23-39 – 2 Corintios 7 – Salmo 106:13-18 – Proverbios 23:19-21

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IDEOLOGÍA DE GENERÓ

Agustín Laje
Nació en la ciudad de Córdoba (Argentina) el 16 de enero de 1989. Desde muy joven comenzó a interesarse por las ideas políticas, convirtiéndose en columnista de importantes medios nacionales con solo 18 años. Es autor de los libros Losmitos setentistas (2011), Cuando el relato es una Farsa (2013) y su último trabajo se llama El libro negro de la Nueva Izquierda (2016), en coautoría con Nicolás Márquez. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Católica de Córdoba. Además, estudió contraterrorismo y combate contra el crimen organizado en el Center of Hemispheric Defense Studies, de la National Defense University en Washington DC. En 2020, se tituló como Máster en filosofía por la Universidad de Navarra. Ha sido premiado tanto en Argentina como en el extranjero numerosas veces.

Actualmente dirige el think tank «Fundación LIBRE». Sus columnas han sido publicadas en medios locales, nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de La Gaceta de la Iberósfera, El American, PanamPost, AltMedia y El Liberal de España. Sus ensayos de filosofía política han sido premiados cinco años consecutivos en México por Caminos de la Libertad. Ha brindado conferencias en distintos países, tales como Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Paraguay, Ecuador, Bolivia, México, El Salvador, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Guatemala, Puerto Rico, Estados Unidos y España.

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¡Tú no eres mi jefe!

Sábado 17 Septiembre
No sois vuestros… Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.
1 Corintios 6:19-20
(El siervo hebreo dice:) Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre.
Éxodo 21:5
¡Tú no eres mi jefe!
¿Ha oído a un adolescente decir: Tú no eres mi jefe? ¡No solo los adolescentes detestan que les den órdenes! En algunas ocasiones esta reacción es sana porque siempre existe el riesgo de inclinarse servilmente delante de los que quieren dominar. Pero a menudo ella traduce el rechazo a la autoridad, y este es uno de los defectos del corazón orgulloso del hombre, desde la transgresión del mandato de Dios en el huerto del Edén.

“Tú no eres mi jefe”. Sin formularlo explícitamente, ¿no es, en el fondo, lo que decimos al Señor Jesús cuando lo excluimos de ciertas esferas de nuestra vida? Sin embargo, él es nuestro Señor, el Señor de toda nuestra vida.

La actitud del siervo en el libro del Éxodo (versículo citado en el encabezamiento) nos muestra cómo la sumisión y la libertad pueden ir a la par en la vida del creyente: “Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre”. ¿Qué hace libre al esclavo? El amor por su señor y por los suyos. Esta es exactamente la situación del creyente en sus relaciones con Dios y con Jesús, su Señor.

Cuanto más confiemos en Jesús, en su amor, en su perdón, más desearemos abrirle la puerta de nuestra vida. “Habéis obedecido de corazón”, escribió el apóstol Pablo a los romanos (Romanos 6:17). Su obediencia no era solo exterior, como cuando nos sometemos al Código civil, sino la respuesta de su corazón a Jesucristo, la respuesta de la fe. La verdadera obediencia cristiana es la libertad, ella trae reposo al alma.

Jeremías 49:1-22 – 2 Corintios 6 – Salmo 106:6-12 – Proverbios 23:17-18

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«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…»(Sal. 27:).

SALMO 27
«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…»
(Sal. 27:).
Esperar es una virtud que muchas veces no es cultivada en el tiempo que vivimos. Vivimos en el tiempo de la comida rápida, de acceder a información en segundos, y de poder ir a otros continentes en pocas horas. En este momento que estamos enfrentado, la humani- dad ha sido llamada a esperar. Providencialmente el mundo se ha detenido y todos nuestros planes, metas y sueños se han detenido instantáneamente. En estos momentos somos llamados a poner en práctica nuestras creencias, a verdaderamente tener una absoluta confianza en Dios y aprender a esperar en Él, porque sabemos que Él es bueno.

Hay diferentes opiniones de cuándo escribió este salmo David. Lo que es claro en el mismo es que David muestra la respuesta piadosa de una persona que conf ía en Dios en momentos de dificultad. Este salmo nos debe ayudar tanto a prepararnos para el tiempo difícil, como para sostenernos en el tiempo difícil, ya que comparte ver- dades sobre quién es Dios y que su cercanía es nuestro sostén en tiempos devastadores.
David comienza alabando a Dios por su obra redentora:
El SEÑOR es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?
El SEÑOR es el baluarte de mi vida: ¿quién podrá amedrentarme? (v. 1).
En estos momentos es importante que recordemos que Dios nos ha salvado. Nos ha salvado del pecado, de sus consecuencias y he- mos sido librados de la mayor demostración de Su ira. Básicamente sí, Dios nos ha salvado, y no tememos porque al que debemos de temer está de nuestra parte. Esta verdad debe ser suficiente para nosotros, calmar nuestras almas para dar paz y traer consuelo; Aquel que debemos temer es Aquel que nos salva.
Y eso lleva al creyente a desear la cercanía de Dios. Ya no tenemos que temer al que debemos temer, pero algo más increíble es que podemos acercarnos a Él. No es que solamente me libre de Él, sino

que con un corazón lleno de fe podemos pedirle Su cercanía:
Una sola cosa le pido al Señor,
y es lo único que persigo:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida,
para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo.
Porque en el día de la aflicción
él me resguardará en su morada;
al amparo de su tabernáculo me protegerá,
y me pondrá en alto, sobre una roca (vv. 4-5).
El comienzo del versículo 4 siempre me sorprende, David pudo pedir muchas cosas y pidió una sola: estar en la casa del Señor. Él sabe que el lugar de protección es estando en la cercanía de Dios. En medio de este tiempo de espera, los animo a cultivar intimidad con Dios, sin olvidar que el templo del Señor se manifiesta en su expresión máxima en la tierra cuando todos juntos nos reunimos presencialmente como Iglesia.
En este tiempo de angustia clamamos y pedimos a Dios que nos permita prontamente estar como Iglesia juntos, porque donde está Su pueblo ahí Dios habita.
Al final, el salmista termina reconociendo que sin la cercanía de Dios no hubiera podido continuar:

Pero de una cosa estoy seguro: he de ver la bondad del SEÑOR en esta tierra de los vivientes. Pon tu esperanza en el SEÑOR; ten valor, cobra ánimo;
¡pon tu esperanza en el SEÑOR! (vv. 13-14).
Por eso esperamos, en este tiempo donde estamos aislados, donde parece que el enemigo se está adelantando, esperamos en el momento que estemos junto al pueblo de Dios con Aquel que nos salvó. Solo esperamos por medio de Jesús, porque sin Cristo en lugar de salvación y esperanza, tendríamos juicio y desanimo.

¿Qué dice la biblia acerca de la igualdad de género?

Por: Susi Bixby

“La Biblia habla contra la igualdad de género”.

“Dios es sexista porque les da más privilegios a los hombres”.

“Los cristianos oprimen y menosprecian a las mujeres y su Biblia les enseña a hacerlo”.

No dudo que hayas escuchado las acusaciones, y que hayas tenido dudas sobre este tema en tu propio corazón. Es un tema difícil, hecho más complicado por la retórica y terminología ambigua que a veces se usa.

¿Qué es la igualdad de género? Si buscas una definición, encontrarás algo parecido a esta de Wikipedia: La igualdad de género implica que hombres y mujeres deben recibir los mismos beneficios, las mismas sentencias y ser tratados con el mismo respeto. Aunque hay muchas diferentes maneras de entender este término, vamos a tomar esta definición como base. Entonces…

¿La Biblia enseña y apoya el trato equitativo y justo de las mujeres?

Quizá nos ayude contestar esta pregunta si vemos en qué áreas la Biblia no indica una diferencia entre los géneros.

Igualdad en origen y patrón. Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó (Gen. 1:27 NVI). Tanto el hombre como la mujer fueron creados igualmente a la imagen de Dios. No hay ninguna indicación en ningún pasaje de la Biblia que diga que uno lleve más o menos imagen de Dios que el otro.

Igualdad en naturaleza pecaminosa. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno (Rom. 3:10). Aunque Eva fue la que pecó primero, Dios le pidió cuentas a Adán. Ambos fueron considerados igualmente pecadores y separados de su comunión con Dios por su pecado. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino (Is. 53:6). Esto significa que igualmente daremos cuenta por nuestro pecado e igualmente somos incapaces de salvarnos a nosotros mismos.

Igualdad en valor y posición. Porque de tal manera amó Dios al mundo… (Jn. 3:16). El amor de Dios para con sus seres creados a su imagen es parejo para hombres y mujeres. No queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 Pe. 3:9). Él desea salvar a todos por igual. Nos ofrece esa posición de “escogidos” tanto a mujeres como a hombres: Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros (Juan 15:16). El mundo dice que Dios no valora a las mujeres porque no les permite cierta posición, pero nuestra posición delante de Él no se basa en nuestro género.

Hay muchos puntos más de igualdad en la Biblia que podríamos destacar, pero estos tres son los más esenciales para nuestra identidad en Cristo. Podemos concluir que, en los aspectos más profundos de nuestra identidad como hijas de Dios, Dios nos trata completamente igual que a los hombres. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús (Gal. 3:28).

Entonces, ¿por qué las personas dicen que la Biblia está en contra de la igualdad de género? Lo dicen porque Dios sí hace diferencia entre mujeres y hombres. Son diferencias que muchas mujeres resisten al estudiar su Biblia. Son diferencias de roles. Probablemente conoces estas enseñanzas bíblicas así que solo las voy a explicar brevemente.

El rol de ayuda idónea en el hogar. No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea (Gen. 2:18). Dios diseñó a la mujer como la contraparte perfecta del hombre que creó primero. Dios también instruye a la mujer en el Nuevo Testamento que se someta a su esposo como la iglesia se somete a Cristo (Ef 5). En el diseño de Dios para la familia, el hombre es la cabeza del hogar, y la mujer se somete gozosamente a su liderazgo. El mundo iguala “ayuda” y “sumisión” a “inferioridad”. ¿Tú crees esto?

El rol de aprendiz sumisa en la iglesia. Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre (1 Tim. 2:12). Dios ha dejado muy claro en este, y otros, pasajes del Nuevo Testamento, que la autoridad y enseñanza principal en la iglesia se lleve a cabo por hombres. La mujer puede y debe enseñar a otras mujeres y niños (Tito 2), pero tener autoridad (en posición o enseñanza) sobre los hombres no le es permitido en el plan de Dios para su iglesia. Las mujeres deben modelar un espíritu afable y sumiso en todos los escenarios de su vida, pero la Biblia no prohibe que la mujer tenga autoridad sobre hombres en alguna empresa o en la política.

Es importante notar que Dios nunca indica inferioridad del género femenino como razón para esta diferencia de roles. Dios es un Dios de orden y creatividad. Lo demostró cuando creó a los animales, las plantas, incluso el sol, la luna y las estrellas. Vemos orden en muchas áreas de la vida. ¿El vicepresidente de una compañía es una persona de valor personal inferior al presidente? Función o posición de autoridad no indica grado de valor personal.

En las historias de la Biblia, y la historia del mundo, hay un sinfín de historias trágicas y tristes sobre el abuso y maltrato de hombres hacia mujeres. El pecado ha roto este mundo, y las mujeres hemos sufrido como objetos de ese pecado. Pero el pecado no cambia el diseño original de la creación de Dios.

Como joven y ahora como mujer de carácter fuerte e independiente, he tenido que luchar con este tema. He llegado a la conclusión que mi perspectiva depende de una sola gran pregunta:

¿Confías en tu Diseñador?
¿Realmente crees que Dios es sabio, bueno, y soberano? Si Él te creó y diseñó, ¿no sería Él mismo que mejor sabe cómo funcionas? ¿Has considerado que Dios estableció el orden de esposo-> esposa-> hijos en el hogar porque ama profundamente a las mujeres y quiere que desarrollen su identidad y diseño en el hogar sin obstáculos? Él no quiso cargar sobre nuestros hombros una responsabilidad que no nos diseñó para cargar. ¿Has pensado que, por amor a su iglesia, Él equipó y diseñó a los hombres para llevar a cabo la dirección y enseñanza de su rebaño?

Chicas sabias, quitémonos los lentes del mundo y pongámonos los lentes de Dios. ¡No escuchemos los gritos de mujeres que no entienden ni aceptan el dominio de Dios sobre sus vidas! Estudiemos los roles que Dios ha diseñado para su creación, y gocémonos en sus dones perfectos. Lee capítulo nueve de Chicas sabias en un mundo salvaje, y ¡deléitate en el privilegio que tienes de vivir el diseño perfecto de tu Creador!

Reto
Lee:
Chicas Sabias en un Mundo Salvaje: Capítulo 9: Roles; y Capítulo 10: Conducta Sexual (p. 129-162)
Génesis 2:18-25; Efesios 5
Memoriza:
Génesis 2:24 Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

Reflexiona:
¿Tienes un genuino deseo de entender los roles de género que la Biblia establece? ¿O te has dejado llevar por el mundo a tal grado que ya no quieres saber nada más?
¿Te deleitas en el hecho de que tu Diseñador te hizo mujer para un propósito especial? Comprométete hoy a dedicarte a glorificarle a Él con cada aspecto de tu feminidad.
¿Qué perspectiva tienes del sexo? ¿Te satisfaces con demasiada facilidad, aceptando la versión pervertida y deficiente del placer sexual que el mundo ofrece?
Ora:
Diseñador Perfecto, reconozco que las voces a mi alrededor han encontrado lugar en mi corazón y mente. Someto mi concepto de la feminidad y el sexo a tu Palabra, y te pido que me des una comprensión mayor de tu plan perfecto. ¡Te alabo como el Creador todo sabio!

True Woman 2022
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Sobre el autor
Susi Bixby
Tiene 21 años de casada con Mateo, y ama a sus tres regalos de Dios: Aaron, Ana y David. Deseando vivir el diseño de Dios para su vida, dedica la mayor parte de su energía a su familia. Es esposa … leer más …

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Palabras del evangelio: Venid (3)

Jueves 15 Septiembre
Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma.
Isaías 55:3
Venid, que ya todo está preparado.
Lucas 14:17
Palabras del evangelio: Venid (3)
En el evangelio de Mateo encontramos cuatro veces esta palabra en boca de Jesús: “Venid”. La primera invitación: “Venid en pos de mí”, es decir, “sígueme”, fue dirigida a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés (Mateo 4:19). ¡Qué poder en este llamado de Jesús! ¡Ellos dejaron todo y le siguieron!

Y a mí, Señor, ¿qué me impide ir a ti? ¡Concédeme la felicidad de vivir por la fe contigo!

La segunda invitación de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados” (Mateo 11:28) ¡es tan hermosa! Se dirige a todos los que están cargados con los problemas, las inquietudes, la culpa, las tristezas, cansados de empezar cada vez de nuevo… Jesús agrega: “Y yo os haré descansar”. Un descanso experimentado por una fe simple y total en su amor y su poder.

La tercera invitación se halla en la parábola del rey que convidó a sus amigos a la boda de su hijo (Mateo 22:4). Aquí es Dios quien nos invita a entrar en el gozo de su reino, creyendo en el Señor Jesús. Él ha preparado todo; nosotros solo tenemos que aceptar.

Por último, la cuarta invitación: “Venid”, se refiere a un tiempo futuro, cuando Jesús vuelva en su reino (Mateo 25:34). Será el tiempo cuando él dirá a los que hayan creído en él: “Venid”. Pero a los que hayan rechazado su invitación, la cual aún hoy dirige a cada uno de nosotros, les dirá: “Apartaos de mí”.

“El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

(continuará el próximo domingo)
Jeremías 48:1-27 – 2 Corintios 4 – Salmo 105:37-45 – Proverbios 23:13-14

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Un llamado a criar hijas conscientes del abuso doméstico

Un llamado a criar hijas conscientes del abuso doméstico
JEREMY PIERRE

«Si tu futuro esposo te pone un dedo encima, será mejor que me lo digas y lo mataré».

Hasta ahí llegaban muchos padres al abordar el tema del abuso con sus hijas. Se siente eficaz porque es simple, protector y duro. Además, se siente bastante genial decirlo.

Pero es una manera perezosa de hacerlo, el tipo de bravuconería que se jacta de mucho pero hace poco. Asume que el abuso es fácil de identificar y que la fuerza debe responderse con una contrafuerza. Peor aún, está basado en una fantasía. Se trata de idealizar el mandato de «no hay amor más grande» como un acto heroico —como lanzarse a una calle inundada o recibir una bala en un tiroteo para salvar a alguien que amas— mientras se ignoran las innumerables formas reales en las que estamos llamados a entregar nuestras vidas por las personas reales que amamos (Jn 15:12-13). Preparar a nuestras hijas para que detecten las señales de advertencia en un potencial abusador no viene con el lujo del heroísmo.

Por eso, cuando hablamos de abuso con nuestras hijas —y, en realidad, con todas las mujeres que estamos llamados a cuidar en nuestras iglesias— no debemos hacerlo con bravuconería, sino con entendimiento. ¿Por qué con entendimiento? Porque lo que nuestras hijas necesitan no es que los hombres se pongan bravucones contra otros hombres, sino que los hombres les proporcionen un entendimiento que les ayude a discernir activamente a un buen hombre de un mal hombre.

Lo que nuestras hijas necesitan es un entendimiento que les ayude a discernir activamente a un buen hombre de un mal hombre

Lo sé, técnicamente todos los hombres son malos. Mi doctrina del pecado es clara. Pero aquí no estoy usando «malo» para describir la pecaminosidad universal, sino la propensión a un tipo particular de pecado que es relacionalmente peligroso. El tipo de hombre con el que no quieres que tu hija salga. Un hombre caracterizado por una mentalidad manipuladora o abusiva.

El abuso es fácil de discernir cuando tiene la apariencia de algo que todo el mundo sabe que es malo: un puñetazo, un empujón por las escaleras, un armario cerrado con llave. El abuso es mucho más difícil de discernir cuando se parece a algo bueno, como un liderazgo asertivo, un afecto exclusivo o una instrucción clara.

No se puede predecir el abuso futuro, pero estar informado sobre las dinámicas del abuso puede ayudarte a discernir si un hombre se caracteriza por tendencias preocupantes. El corazón de un abusador lo inclina a ver su vida a través de unos lentes de tener derecho. Esto le lleva a ver a los demás como activos u obstáculos para el deseo al que supuestamente tiene derecho. Lo peligroso es cuando utiliza su influencia y fuerza para disminuir la influencia y la fuerza de los que están bajo su cargo para conseguir lo que quiere.

Enseñando discernimiento exigente sobre los hombres
El discernimiento significa distinguir entre lo que agrada y lo que desagrada al Señor en tu situación actual, basándote en lo que sabes de Él por las Escrituras. No es algo automático ni evidente, sino que requiere un esfuerzo: «Examinen qué es lo que agrada al Señor» (Ef 5:10). Y los derechos artificiales son más difíciles de discernir que los errores obvios. Es mucho más fácil distinguir la hiedra venenosa de los girasoles que de una enredadera trepadora.

Nuestras hijas deben conocer los valores de la Escritura. La mejor manera de aprenderlos es viéndolos en la vida de sus padres y de los demás hombres de la iglesia. Pablo expuso este punto con frecuencia en su énfasis en la imitación de los que también imitan al Señor (1 Co 11:1; 1 Ts 1:6; 2 Ts 3:9). Al final, nuestras hijas tomarán su propia decisión sobre con quién se casarán. Con toda razón. Lo que queremos como padres es que estén equipadas para tomar la mejor decisión posible. Esto es lo que quiero decir con discernimiento.

Aquí hay cinco distinciones que podemos señalar a nuestras hijas para ayudarlas a discernir qué hombres son dignos de su atención, particularmente para una relación que lleve al matrimonio. Con la ayuda de Dios, podemos modelar estas cualidades en nuestro propio liderazgo.

  1. «Un buen hombre es humilde, no inseguro».
    La inseguridad puede parecerse mucho a la humildad. Un hombre que necesita que le aseguren constantemente su lugar en el mundo o lo que los demás piensan de él puede parecerle algo dulce a una joven. Su vulnerabilidad es comprensible. A medida que el hombre busca esta seguridad en ella, hace que la joven se sienta necesitada. Puede sentirse como una intimidad privilegiada: Este pobre chico tiene una autoestima tan baja que necesita a alguien que constantemente lo refuerce y me busca a mí para que sea esa persona.

Pero esa no es la idea que la Escritura tiene de la humildad. La necesidad de una reafirmación constante es, por el contrario, un fracaso en reconocer la base sobre la que debe descansar nuestra confianza personal. Pablo modeló una confianza que no provenía de la afirmación de su propio valor por parte de otras personas, sino del reconocimiento humilde de que solo es un siervo y administrador. Solo el reconocimiento de Dios es importante (1 Co 4:1-5).

Toda persona lucha contra la inseguridad en cierta medida. Pero un patrón profundo de inseguridad es una luz de alerta. Si un hombre no recibe la afirmación que espera, puede buscar extraerla de otros, particularmente de aquellos con los que puede ser más agresivo. Los hombres abusivos casi siempre son profundamente inseguros. La humildad, por el contrario, significa no demandar nuestros deseos personales a los demás (Stg 4:1-10).

  1. «Un buen hombre es fuerte, no defensivo».
    La actitud defensiva puede parecer fuerza porque es asertiva frente a la oposición. Un hombre a la defensiva parecerá decidido y centrado cuando perciba resistencia. En un mundo lleno de hombres genuinamente débiles de voluntad y pasivos, esta característica puede parecer atractiva para nuestras hijas. Pueden confundirla fácilmente con la verdadera fuerza.

Pero no es así como Pablo habla de la fuerza:

Así que, nosotros los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación. Pues ni aun Cristo se agradó a Él mismo; antes bien, como está escrito: «Los insultos de los que te injuriaban cayeron sobre Mí» (Ro 15:1-3).

La verdadera fuerza es ejercer un esfuerzo personal —podríamos decir poder— para lograr el bien de los demás, no el propio. En este sentido, Jesús, en su punto aparentemente más débil, estaba ejerciendo el mayor poder que un hombre haya mostrado jamás.

La verdadera fuerza de un hombre puede verse en su voluntad de sobrellevar las cargas a favor de otros. La actitud defensiva de un hombre muestra lo pequeño que es, ejerciendo toda su fuerza para su propio y pequeño círculo de preocupación.

La verdadera fuerza de un hombre puede verse en su voluntad de sobrellevar las cargas a favor de otros

  1. «Un buen hombre se arrepiente, no se disculpa».
    Las disculpas son fáciles, comparadas con el arrepentimiento. Pedir disculpas es reconocer el error y ofrecer una explicación del porqué: «No debí ser tan duro; tuve un día difícil». Hay un elemento de reconocimiento del mal cometido, pero es más explicativo que contrito. Las disculpas tienen mil accesorios diferentes que una persona puede añadir: trasladar la culpa, hacer sentir culpable a la otra persona, restar importancia. El punto es que las disculpas parecen arrepentimiento, pero los abusadores se disculpan mucho como una forma de evitar que las mujeres se alejen o salgan corriendo.

El arrepentimiento es algo diferente. Es reconocer la falta y asumir la causa de la misma: «No debí ser tan duro. He pecado contra ti y te he hecho daño». No se identifica solo con palabras; debe apartarse del pecado y rendir cuentas de verdad. El tipo de rendición de cuentas que un hombre no controla por sí mismo, sino que tiene que someterse a ella: el tipo de rendición de cuentas que duele (Heb 12:11). Un buen hombre sabe que la incomodidad de tener que rendir cuentas es la gracia de Dios para evitar que se entregue a su propio egoísmo y orgullo.

  1. «Un buen hombre liderará, no exigirá».
    Los hombres pueden fracasar en el liderazgo tanto por no tener ambiciones como por exigirlas. En una cultura que suele mimar a los hombres sin ambiciones, nuestras hijas pueden sentirse atraídas por lo contrario. Pueden ver a un hombre que es exigente consigo mismo y con los demás; creen que han encontrado a un hombre poco común con suficiente temple para liderar de verdad.

Pero liderar no es exigir. Pablo, quien ostentaba la autoridad única de un apóstol y testigo ocular de Jesús, fue criticado por no ser más duro en su liderazgo personal. En cambio, demostró «la mansedumbre y la benignidad de Cristo» al ser «humilde cuando estaba delante» los corintios (2 Co 10:1). Se negó a alabarse a sí mismo como hacían otros exigiendo lealtad hacia él por encima de sus rivales (v. 12). Por el contrario, quería que su propia influencia se limitara a edificar la fe de los creyentes en el evangelio para que pudieran llevar ese evangelio a otros (v. 15).

¿Lo comprendiste? Pablo quería que su influencia sobre su gente fuera limitada. Solo quería que le siguieran en la medida en que les impulsara a hacer lo que agradaba al Señor. Este es el verdadero liderazgo: no obligar a las personas a ajustarse a preferencias personales, sino ejercer influencia para que se cumpla la voluntad de Dios en sus vidas. Este tipo de liderazgo requiere una profunda seguridad en Dios y una valiente resolución para trabajar por el bien de los demás, aun con pocos aplausos.

El liderazgo de un esposo en el matrimonio nunca es a la fuerza. La esposa no debe seguir por imposición, sino por libertad. La instrucción de Pablo para que las esposas se sometan a sus maridos (Ef 5:22-24) es igual que todos los mandatos para todos los cristianos en Efesios. La obediencia de un creyente siempre fluye de la confianza en el evangelio del amor de Dios, resultando en una expresión libre de amor como respuesta.

El liderazgo de un esposo en el matrimonio nunca es a la fuerza. La esposa no debe seguir por imposición, sino por libertad

  1. «Un buen hombre puede estar en desacuerdo contigo, pero no te menospreciará».
    Esta es quizás la distinción más importante que debo recalcar: Un hombre puede estar en desacuerdo contigo —incluso fuertemente— sin menospreciarte. Un hombre insistente no es necesariamente un hombre abusivo. Un hombre puede ser muy obstinado, estar encerrado en sus planes o estar totalmente convencido de que su opinión sobre un tema es la correcta. Esto puede incluso caracterizarse a veces por pecados como el orgullo y la arrogancia. Pero el desacuerdo no es abusivo en sí mismo.

Esa oscura línea se cruza cuando la insistencia de un hombre pasa a menospreciar a las personas bajo su influencia para que se sometan. Cuando una discusión pasa del tema mismo hacia la persona, se ha producido un giro peligroso. Los insultos y las amenazas no son meras ofensas personales; son un intento de eliminar la oposición (Stg 3:1-4:10). Si un hombre que sale con mi hija se molesta por un asunto en el que no están de acuerdo, no tendría problemas en ayudarlos a resolverlo. Si comienza a insultarla y a menospreciarla como persona, utilizaría un cálculo diferente. Si él ya está usando palabras para empujarla hacia sus preferencias, no es un hombre al que ella deba confiar una mayor influencia en su vida.

Los buenos hombres no controlan a las mujeres. Las equipan para detectar el tipo de hombre que lo haría. Esa es la verdadera hombría: el poder dado por Dios para el bien de quienes están bajo su cuidado. El tipo de hombre que se enfrentará a la versión cobarde y controladora de la hombría, equipando a sus hijas para que sean fuertes y capaces de discernir.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Jeremy Pierre es el decano de Estudiantes y profesor asociado de la consejería bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary y sirve como anciano en la Iglesia Bautista Clifton. Es co-autor de “The Pastor and Counseling” (“El Pastor y la Consejería”, Crossway, 2015) y autor del próximo “The Dynamic Heart in Daily Life: Counseling from a Theology of Human Experience” (“El Corazón Dinámico en la Vida Diaria: Aconsejando desde una Teología de la Experiencia Humana”, New Growth, 2016). Él y su esposa, Sarah, tienen cinco hijos y vive en Louisville, Kentucky.