Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
Cuando los editores de Tabletalk me invitaron a escribir un artículo sobre la humildad, me reí un poco porque me di cuenta de lo fácil que sería decirme: «¡Wow! Si me están pidiendo que escriba sobre la humildad, debe ser porque saben lo humilde que soy». Podría darme palmaditas en la espalda, sintiéndome orgulloso de mi humildad.
Todo pecado es engañoso, pero el orgullo es especialmente astuto. Cuántas veces has estado leyendo una historia en la Biblia y te has dicho: «¿Qué les pasa? ¿Por qué están haciendo algo tan estúpido?». Es muy fácil comenzar a decir: «Gracias, Padre, porque no soy como esos israelitas continuamente quejumbrosos» o, «Gracias, Padre, porque no soy como ese Sansón. ¿Qué tan ingenuo puede ser alguien?». Luego, llegamos al Nuevo Testamento y nos pillamos diciendo: «Gracias, Padre, porque no soy como ese fariseo quien te agradeció por no ser como ese recaudador de impuestos».
Todas estas cosas fueron escritas para nuestra instrucción. Cuando vemos a los pecadores y necios en las historias bíblicas, nos estamos viendo en un espejo. No podemos mortificar el pecado del orgullo hasta que lo reconozcamos y entendamos cuán desesperadamente pecaminosos somos. Es por eso que Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5:3). Tenemos que entender que Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes (Stg 4:6).
Tenemos que tener un conocimiento verdadero de nosotros mismos, y no podemos tener eso a menos que tengamos un conocimiento verdadero de la santidad de Dios. Es solo cuando nos vemos a la luz de la santidad infinita de Dios que vemos cuán verdaderamente pobres somos. Esto es lo que distingue a las historias de los orgullosos y los humildes en las Escrituras. Aquellos que son orgullosos tienen una visión pequeña de Dios y una visión grande de sí mismos. Se exaltan a sí mismos en lugar de a Dios. Este tipo de orgullo es odiado por Dios (Pr 6:16-17; 8:13).
En el libro de Proverbios, el Señor nos revela que «delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu» (16:18). Vemos numerosos ejemplos de esto a lo largo de las Escrituras. Del rey Uzías, leemos: «Pero cuando llegó a ser fuerte, su corazón se hizo tan orgulloso que obró corruptamente» (2 Cr 26:16). De manera similar, se nos dice con respecto al rey Ezequías: «Mas Ezequías no correspondió al bien que había recibido, porque su corazón era orgulloso; por tanto, la ira vino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén» (32:25). Tarde o temprano, el orgullo será seguido por la destrucción.
Ezequiel 28 contiene un oráculo de juicio contra el rey de Tiro. Dios promete enviar destrucción sobre él debido a su orgullo satánico. El Señor le dice: «Aun cuando tu corazón se ha enaltecido y has dicho: “Soy un dios, sentado estoy en el trono de los dioses, en el corazón de los mares”, no eres más que un hombre y no Dios, aunque hayas igualado tu corazón al corazón de Dios» (vv. 1-2). El rey de Tiro no solo se exalta a sí mismo; se hace pasar por un dios. Ha combinado orgullo y blasfemia.
Uno de los ejemplos más dramáticos de orgullo antes de la destrucción se observa en el caso de Nabucodonosor. Mientras caminaba por el techo de su palacio en Babilonia, Nabucodonosor se dijo a sí mismo: «¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?» (Dn 4:30). Inmediatamente, Dios proclamó juicio sobre él y fue hecho como las bestias del campo hasta que se arrepintió.
Vemos algo muy similar en el caso de Herodes en el Nuevo Testamento:
El día señalado, Herodes, vestido con ropa real, se sentó en la tribuna y les arengaba. Y la gente gritaba: «¡Voz de un dios y no de un hombre es esta!». Al instante un ángel del Señor lo hirió, por no haber dado la gloria a Dios; y murió comido de gusanos (Hch 12:21-23).
Herodes se permitió ser reconocido como un dios, y le costó la vida.
La autoexaltación se ve no solo entre reyes y gobernantes civiles. También se ve entre los religiosos. Jesús dice de los fariseos:
Sino que hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos; aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí. Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni dejéis que os llamen preceptores; porque uno es vuestro Preceptor, Cristo. Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado (Mt 23:5-12).
¿Cómo se ve ser pobre de espíritu y humillarse? Jesús nos lo dice en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Mientras el fariseo casi se disloca el hombro y el codo dándose palmaditas en la espalda, el recaudador de impuestos «no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”» (v. 13). La humildad implica un conocimiento preciso de nuestro estado como pecador ante Dios.
Hay numerosos ejemplos de verdadera humildad en las Escrituras. Es difícil olvidar la historia de José. Cuando era joven, a veces podía estar bastante lleno de sí mismo. Pero a través de numerosas pruebas y años de sufrimiento, José aprendió humildad. Esta humildad está en plena exhibición cuando el faraón le dice a José: «He oído decir de ti, que oyes un sueño y lo puedes interpretar» (Gn 41:15). El José joven podría haber dicho que sí. El José humilde dice: «No está en mí; Dios dará a Faraón una respuesta favorable» (v. 16).
Moisés fue el profeta más grande del Antiguo Testamento, y sin embargo era «muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra» (Nm. 12:3). Se sometió fielmente a Dios.
Sin embargo, David puede ser el ejemplo más claro de humildad en el Antiguo Testamento. Ciertamente no era perfecto. Cometió muchos errores. En algunos casos, cayó en pecados atroces como adulterio e incluso el asesinato. Pero lo que distingue a David es que cuando cayó, se arrepintió genuina y humildemente. No trató de justificarse con orgullo. Recibió la misericordia de Dios porque entendió que Dios es Dios y que él no lo es. Vemos esto desde el momento en que Dios hizo Su pacto con David. David respondió: «¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam 7:18). No llegó a la conclusión de que él era alguien especial. No se exaltó a sí mismo. Reconoció la gracia soberana de Dios al elegirlo.
Cuando nos dirigimos al Nuevo Testamento, inmediatamente se nos presenta un hermoso ejemplo de humildad en el caso de la madre de Jesús, María. Después de que el ángel le anunció quién sería su hijo, María no se exaltó a sí misma. Ella exaltó a Dios, diciendo: «Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada» (Lc 1:46-48).
En el apóstol Pablo, vemos a alguien a quien se le había dado una gran misión y un gran papel en la iglesia de Jesucristo, pero Pablo nunca olvidó quién era y qué había sido. Más de una vez habló de sí mismo como el menor de los apóstoles y el menor de los santos porque había perseguido a la iglesia (1 Co 15:9; Ef 3:8). En un momento dado, incluso se refirió a sí mismo como el más grande de los pecadores (1 Tim 1:15). Él entendió que de no ser por la gracia de Dios, habría sufrido la ira de Dios. Pero no permitió que esto lo inmovilizara en un mar de desesperación. Se regocijó en la gracia de Dios e hizo fielmente lo que Jesús lo había llamado a hacer.
El mayor ejemplo de humildad en las Escrituras es el Señor Jesucristo. Se nos instruye a seguir Su ejemplo. Al igual que Jesús, no debemos hacer nada «por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo» (Flp 2:3). No debemos buscar «cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (v. 4). Imagina cómo se vería la iglesia si los cristianos comenzaran a hacer esto en números significativos.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].
Desde su prisión en Roma, el apóstol Pablo envió a Onésimo, un esclavo fugitivo, a su amo Filemón. En su huida, Onésimo se había encontrado con el apóstol y se había convertido a Jesucristo. Pablo le pidió que volviera a su amo llevando una carta en la cual invitaba a Filemón a recibir a su esclavo con benevolencia. Pablo escribió: “Quizá para esto se apartó de ti por algún tiempo”. Huir de su amo dio la oportunidad a este esclavo de convertirse al Señor, y también permitió a Filemón hallar en él a un “hermano amado”. Notemos que, a pesar de ser un apóstol, Pablo no dice: “por eso”, sino que añade un sabio “quizá”. Fue prudente y moderado; no pretendía comprender y explicar todo.
En el mismo sentido Mardoqueo, un creyente judío, se dirigió a su prima Ester, quien llegó a ser reina (del imperio persa) en un momento crítico para su pueblo: “¿Quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14).
Hay hechos cuyo sentido nos parece evidente. Pero seamos prudentes en nuestras afirmaciones. Dios dirige todas las circunstancias, pero sus razones no siempre están a nuestro alcance; algunas se nos escapan. Oremos para comprender lo que Dios quiere decirnos. No juzguemos, especialmente cuando se trata de los demás. Confiemos, sobre todo, en el amor de Dios.
“De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (Romanos 14:12-13).
Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
El orgullo y la humildad son dos atributos que pueden ser difíciles de entender correctamente. Un punto de vista típico entre los cristianos establece un claro contraste entre estos dos atributos. Este punto de vista sostiene que el orgullo es una cualidad mala y la humildad es buena. Este punto de vista tiene sentido cuando consideramos la evidencia bíblica. En las palabras de Proverbios 3:34 (citadas tanto en Santiago 4:6 como en 1 Pedro 5:5), «DIOS RESISTE A LOS SOBERBIOS, PERO DA GRACIA A LOS HUMILDES». Este versículo parece establecer un contraste claro y directo entre estos dos atributos. Pero ¿es así de sencillo? ¿Podemos decir realmente que el orgullo siempre es un vicio? ¿La humildad siempre es una virtud?
Aunque podamos desear una respuesta rápida y fácil de que el orgullo siempre es malo y la humildad siempre es buena, debemos darnos cuenta de que el orgullo y la humildad pueden ser una virtud o un vicio dependiendo de las circunstancias. Por lo tanto, primero tenemos que examinar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser considerados vicios. Y segundo, tenemos que considerar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser vistos como virtudes.
El orgullo y la humildad como vicios ¿Qué puede hacer que tanto el orgullo como la humildad caigan en la categoría común de vicio? Para encontrar una respuesta a esta pregunta, tenemos que entrar en el baño y mirarnos en el espejo. Debemos mirarnos primero a nosotros mismos. Cuando el orgullo y la humildad miran al yo como su fuente, ambos son vicios egoístas.
En la Escritura, el orgullo se presenta principalmente como un vicio egoísta. Cuando la Escritura utiliza la palabra orgullo, la mayoría de las veces viene en el contexto de una advertencia o amonestación. El vicio del orgullo se refleja en presumir de nosotros mismos. Podemos presumir de nuestra prosperidad como lo hace el evangelio de salud y riqueza, o podemos atribuirnos el éxito de la evangelización, o podemos darnos palmaditas en la cabeza, por así decirlo, como grandes eruditos. El pecado del orgullo echa raíces cuando dejamos de mirar a Dios (Su providencia, sabiduría y gracia) como la fuente de todos estos beneficios y empezamos a atribuirnos el mérito a nosotros mismos.
El orgullo en el yo es claramente nuestra tendencia natural, y actúa en nosotros como un vicio pecaminoso. Cuando Cristo advirtió a los fariseos sobre el orgullo de la justicia propia, los describió como aquellos «que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás» (Lc 18:9). Sin embargo, cuando reflexionamos verdaderamente sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente. Considera a Pablo, quien, en lugar de jactarse de todos sus logros y méritos, comenzó su escrito diciendo que era «el primero» de los pecadores (1 Tim 1:15). Además, cuando entendemos realmente las buenas nuevas de Jesucristo, el orgullo egoísta y la jactancia no tienen cabida en nuestros corazones. Como declaró Horatius Bonar: «Le amo porque Él me amó, por Él yo vivo hoy». Como quienes debemos nuestra propia vida a la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, debemos resistir la tentación de ser orgullosos de nosotros mismos.
Del mismo modo, también debemos estar en guardia contra la humildad que tiene sus raíces en nosotros mismos y no en Dios. La interpretación principal de la humildad en las Escrituras nos dice que es una virtud, como consideraremos en breve. Sin embargo, cuando la humildad se basa en nosotros mismos, cae en la misma trampa que el orgullo egoísta. Si la humildad está centrada en nosotros mismos, entonces encontramos una virtud que se convierte rápidamente en un vicio.
El vicio de la humildad egocéntrica aparece de muchas maneras. El autodesprecio, la cobardía y la falsa humildad pueden tener lugar en nombre de la humildad. Considera este ejemplo. Si a un cristiano maduro se le pide que sirva como anciano o diácono en su iglesia, puede responder: «Con toda humildad, no soy apto para servir». Sin embargo, el hombre puede no tener ninguna razón bíblica para esta respuesta humilde, y puede simplemente estar confundiendo el autodesprecio con la humildad. Debemos ser vigilantes de no odiarnos a nosotros mismos en nombre de la humildad.
Un vicio de humildad también puede verse en la cobardía que nos lleva a callar incluso cuando deberíamos hablar. Podemos decirnos a nosotros mismos que al no abrir la boca cuando nos encontramos con el mal, estamos siendo pacificadores o amadores del prójimo o estamos dependiendo de Dios. Sin embargo, este silencio puede convertir rápidamente la virtud de la humildad en un vicio de cobardía. Así, cuando un miembro de la familia se burla del cristianismo o cuando un viejo amigo de la escuela dice que todas las religiones son iguales, a menudo nos callamos en nombre de la humildad cuando en realidad estamos motivados por la cobardía.
También debemos cuidarnos de la humildad fingida, que es aún peor que el orgullo. El vicio del orgullo es al menos honesto en su error. Sin embargo, la humildad fingida es orgullo disfrazado. Por ejemplo, un pastor conocido podría decir: «Nunca pensé que podría escribir cinco libros en el lapso de un año, pero estoy agradecido de que mi familia me haya apoyado en esta difícil tarea». A primera vista, esta afirmación podría parecer humilde, pero en realidad, podría tratarse no tanto de mostrar agradecimiento como de promocionar el logro y buscar la aclamación.
Como aquellos que estamos vivos en Cristo, debemos desechar el vicio de la humildad que se enmascara como autodesprecio, cobardía o arrogancia. Debemos huir de este vicio y confiar en el Señor. Solo entonces podremos reflexionar sobre el orgullo y la humildad como virtudes.
El orgullo y la humildad como virtudes Mientras que mirar al yo hace que tanto el orgullo como la humildad sean vicios, mirar lejos del yo hacia Cristo convierte estos atributos en virtudes. Cuando miramos al Señor, tanto el orgullo como la humildad pueden convertirse en verdaderas virtudes.
En las Escrituras, vemos ejemplos apropiados de orgullo como virtud. Por ejemplo, Pablo escribió: «En Cristo Jesús he hallado razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios» (Rom 15:17). Observa que este ejemplo de orgullo está basado en el fundamento de Cristo y tiene la motivación de servir a Dios. Por lo tanto, nosotros como cristianos estamos llamados a estar orgullosos de todo lo que el Señor nos ha dado. Debemos sentir orgullo de Su soberanía y salvación.
Primero, cuando consideramos la soberanía de Dios, nunca debería llevarnos a estar orgullosos de nosotros mismos y de nuestros logros. Más bien, debemos estar orgullosos de nuestro Señor, el proveedor. Como cristianos, podemos sentirnos legítimamente orgullosos cuando terminamos una carrera o en una discusión con amigos en la que defendemos la fe o en el momento en que nuestro hijo se casa con una creyente. Sin embargo, este sentimiento de orgullo no debería estar basado en nuestra propia sabiduría, nuestro propio ingenio o nuestros propios consejos matrimoniales. Nuestro orgullo debe encontrarse siempre y solo en el Señor. Pablo citó a Jeremías cuando proclamó: «EL QUE SE GLORÍA, QUE SE GLORÍE EN EL SEÑOR» (1 Co 1:31). La Palabra soberana de Dios nos dirige y guía, y Su voluntad soberana provee todo lo que ocurre en nuestras vidas. Así pues, sintamos orgullo de nuestro Señor.
Segundo, podemos estar orgullosos del don de la salvación que se nos ha dado. Como se nos dice en Hebreos 3:6: «Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios». Somos de Su casa si, de hecho, nos aferramos firmemente a nuestra confianza y a la esperanza de la que nos sentimos orgullosos. Sentir orgullo por nuestro Salvador es bueno. Debemos estar orgullosos de la nueva identidad que tenemos como profetas, sacerdotes y reyes. Debemos estar orgullosos de que los que pertenecen al Señor Jesucristo al final nunca perderán su salvación. Debemos estar orgullosos de proclamar la verdad de la salvación solo en Cristo. Ninguno de estos ejemplos de orgullo implica mirarnos a nosotros mismos. Como cristianos, estamos llamados a sentir orgullo en nuestro Salvador, Jesucristo. Y así como el orgullo virtuoso mira al Señor, también una humildad virtuosa debe mirar al Señor.
Siempre que reconocemos la grandeza de nuestro Dios, somos conducidos a la verdadera humildad. Tanto la culpa por nuestro pecado como la gracia que nuestro Señor nos ha concedido nos llevan a una humildad virtuosa. Cuando reconocemos el peso de nuestro pecado, crece el fruto de la humildad. Venimos de la línea caída de Adán y seguimos luchando con el pecado en este lado de la gloria. Qué verdad tan humillante. Pero no debemos tomar esto como un llamado a volver al autodesprecio de la humildad fingida. Más bien, debemos darnos cuenta de que estamos unidos como una comunidad de pecadores que son santos. Ningún cristiano verdadero es de mayor o menor valor que otro. La humildad es el atributo común que compartimos con Moisés, Pablo y el propio Cristo (Nm 12:3; 2 Co 10:1). Por eso Pedro nos llama a «[revestirnos] de humildad en [nuestro] trato mutuo» (1 Pe 5:5). Como pecadores salvos por gracia, todos recibimos este llamado a revestirnos de humildad. Como Isaac Watts dijo: «Benditas son las almas humildes que ven su vacío y su pobreza; se les dan tesoros de gracia, y coronas de alegría guardadas en el cielo». Estamos llamados, como aquellos que están vivos en Cristo, a caminar en humildad.
Conclusión Escuchemos el llamado de dejar de ser orgullosos y humildes de manera egocéntrica y comencemos a ser orgullosos y humildes de manera piadosa. Debemos cuidarnos del vicio mientras crecemos en la virtud. Una de las mejores maneras de dejar estos vicios y revestirnos de estas virtudes nos viene a través de la oración. Cuando hablamos con nuestro soberano Señor, se nos da una verdadera perspectiva de nosotros mismos. Debemos acudir como humildes penitentes. Nuestro orgullo está fundamentado en nuestro Padre Soberano, que nos escuchará por amor a Su Hijo. La oración nos humilla como pecadores, y la oración nos da confianza al acercarnos al trono de la gracia. Por tanto, sigamos acudiendo a nuestro Padre celestial, por el poder del Espíritu Santo, por amor a Cristo, con orgullo en el Dios trino y con humildad porque Él nos llama Su pueblo.
Cuando realmente reflexionamos sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert M. Godfrey El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.
Lunes 1 Agosto En cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. Hebreos 2:18 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Hebreos 4:16 El eco Dorian, un niño de cuatro años, acababa de descubrir el eco. Llamó tan fuerte como pudo, y una voz le respondió del otro lado del valle. Al principio creyó que había otro niño que se divertía repitiendo lo que él decía, pero rápidamente comprendió que era su propia voz la que se repetía. Luego se cansó de llamar. ¡De nada servía este eco mecánico!
Cuando sufrimos física o moralmente, nos anima que alguien nos comprenda. Es una necesidad sicológica bien conocida. Nos gusta encontrar un eco a nuestro sufrimiento. Pero, ¿basta que una voz nos responda: “He vivido las mismas circunstancias que tú”, para atravesarlas con ánimo? No, si la voz es una réplica de la nuestra, la ayuda es demasiado débil y nos cansamos de llamar. Necesitamos otra voz que diga: “Viví lo mismo, pero salí adelante, ¡triunfé!”.
Esta voz existe, es la de Jesús. Él conoció toda clase de tentaciones y sufrimientos, ¡pero venció! Este es el gran secreto que nos revela. La solución a nuestros problemas no se halla simplemente al nivel humano. El eco de la voz de un hombre a la de otro hombre no es suficiente. Necesitamos salir de nuestros límites y hallar un acceso hasta Dios, un lazo de unión con él. Tenemos que orar. Necesitamos la compasión y la ayuda del Señor Jesús, el Hombre que conoce bien el sufrimiento, y que ahora está en el cielo donde se ocupa de todos los que le pertenecen.
(Testimonio del apóstol Pablo:) Yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí. (El apóstol Pedro en prisión) He aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel.
La grandeza moral y la majestad de Dios -su gloria- resplandecen en Cristo. Jesucristo es “el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3).
Cuando Jesús se transfiguró delante de tres de sus discípulos, su rostro resplandeció “como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz” (Mateo 17:2).
Dios hace resplandecer su luz sobre el creyente.
“Dios… es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Corintios 4:6).
El profeta Isaías contempló “una gran luz” brillando sobre Galilea, y declaró: “los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9:2).
David cantó: “Tú eres mi lámpara, oh Señor; mi Dios alumbrará mis tinieblas” (2 Samuel 22:29). Y también pudo decir a Dios: “Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz” (Salmo 139:12).
La luz resplandecerá un día sobre los creyentes. “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18).
“Los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mateo 13:43).
Culto familiar Arthur W. Pink (1886-1952) Existen algunas ordenanzas y medios de gracia3 exteriores que son muy importantes y están claramente implícitos en la Palabra de Dios, pero para los cuales tenemos pocos, si acaso al- gunos, preceptos claros y positivos que nos ayuden a ponerlos en práctica. Más bien, nos limi- tamos a recogerlos del ejemplo de hombres santos y de diversas circunstancias secundarias. Se logra un fin importante por este medio y es así que se prueba el estado de nuestro corazón. Sirve para probar si los cristianos profesantes descuidarán un deber claramente implícito por el hecho de no poder citar un mandato explícito que requiera su obediencia. Así, se descubre el verdadero estado de nuestra mente y se hace manifiesto si tenemos o no un amor ardiente por Dios y por servirle. Esto se aplica tanto a la adoración pública como a la familiar. No obs- tante, no es difícil dar pruebas de la obligación de ser devotos en el hogar. Considere primero el ejemplo de Abraham, el padre de los fieles y el amigo de Dios (Stg. 2:23). Fue por su devoción a Dios en su hogar que recibió la bendición de: “Porque yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jeho- vá, haciendo justicia y juicio” (Gn. 18:19 JUB4). El patriarca es elogiado aquí por instruir a sus hijos y siervos en el más importante de los deberes, “el camino del Señor”; la verdad acerca de su gloriosa persona, su derecho indiscutible sobre nosotros, lo que requiere de nosotros. Note bien las palabras “que mandará”, es decir que usaría la autoridad que Dios le había dado como padre y cabeza de su hogar para hacer cumplir en él los deberes relacionados con la devoción a Dios. Abraham también oraba a la vez que enseñaba a su familia: Dondequiera que levantaba su tienda, edificaba “allí un altar a Jehová” (Gn. 12:7; 13:4). Ahora bien, mis lectores, preguntémonos: ¿Somos “linaje de Abraham” (Gá. 3:29) si no “[hacemos] las obras de Abraham” ( Jn. 8:39) y descuidamos el serio deber del culto familiar? El ejemplo de otros hombres santos es similar al de Abraham. Considere la devoción que refleja la determinación de Josué quien declaró a Israel: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). No dejó que la posición de honor que ocupaba ni las obligaciones públicas que lo presionaban, lo distrajeran de procurar el bienestar de su familia. También, cuando David llevó el arca de Dios a Jerusalén con gozo y gratitud, después de cumplir sus obligaciones públicas “volvió para bendecir su casa” (2 S. 6:20). Además de estos importantes ejemplos, podemos citar los casos de Job (1:5) y Daniel (6:10). Limitándonos a sólo uno en el Nuevo Testamento, pensamos en la historia de Timoteo, quien se crió en un hogar piadoso. Pablo le hizo recordar “la fe no fingida” que había en él y agregó: “La cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice,…” (2 Ti. 1:5). ¡Con razón pudo decir enseguida: “Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras”! (2 Ti. 3:15). Por otra parte, podemos observar las terribles amenazas pronunciadas contra los que descuidan este deber. Nos preguntamos cuántos de nuestros lectores han reflexionado seria- mente sobre estas palabras impresionantes: “¡Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu nombre!” ( Jer. 10:25). Qué tremendamente serio es saber que las familias que no oran son consideradas aquí iguales a los paganos que no conocen al Señor. ¿Esto nos sorprende? Pues, hay muchas familias paganas que se juntan para adorar a sus dioses falsos. ¿Y no es esto causa de vergüenza para los cristianos profesantes? Observe también que Jeremías 10:25 registra imprecaciones terribles sobre ambas por igual: “Derrama tu enojo sobre…”. ¡Con cuánta claridad nos hablan estas palabras! No basta que oremos como individuos en nuestra cámara; se requiere que también hon- remos a Dios en nuestras familias. Dos veces cada día como mínimo, —de mañana y de noche— toda la familia debe reunirse para arrodillarse ante el Señor —padres e hijos, amo y siervo— para confesar sus pecados, para agradecer las misericordias de Dios, para buscar su ayuda y bendición. No debemos permitir que nada interfiera con este deber: Todos los demás quehaceres domésticos deben supeditarse a él. La cabeza del hogar es el que debe dirigir el tiempo devocional, pero si está ausente o gravemente enfermo, o es inconverso, entonces la esposa tomará su lugar. Bajo ninguna circunstancia ha de omitirse el culto familiar. Si quere- mos disfrutar de las bendiciones de Dios sobre nuestra familia, entonces reúnanse sus inte- grantes diariamente para alabar y orar al Señor. “Honraré a los que me honren” es su promesa. Un antiguo escritor dijo: “Una familia sin oración es como una casa sin techo, abierta y expuesta a todas las tormentas del cielo”5. Todas nuestras comodidades domésticas y las misericordias temporales que tenemos proceden del amor y la bondad del Señor, y lo mejor que podemos hacer para corresponderle es reconocer con agradecimiento, juntos, su bondad para con nosotros como familia. Las excusas para no cumplir este sagrado deber son inútiles y carecen de valor. ¿De qué nos valdrá decir, cuando rindamos cuentas ante Dios por la ma- yordomía de nuestra familia, que no teníamos tiempo ya que trabajábamos sin parar desde la mañana hasta la noche? Cuanto más urgentes son nuestros deberes temporales, más grande es nuestra necesidad de buscar socorro espiritual. Tampoco sirve que el cristiano alegue que no es competente para realizar semejante tarea: Los dones y talentos se desarrollan con el uso y no con descuidarlos. El culto familiar debe realizarse reverente, sincera y sencillamente. Es entonces que los pe- queños recibirán sus primeras impresiones y formarán sus primeros conceptos del Señor Dios. Debe tenerse sumo cuidado a fin de no darles una idea falsa de la Persona Divina. Con este fin, debe mantenerse un equilibrio entre comunicar su trascendencia6 y su inmanencia7, su santidad y su misericordia, su poder y su ternura, su justicia y su gracia. La adoración debe empezar con unas pocas palabras de oración invocando la presencia y bendición de Dios. Debe seguirle un corto pasaje de su Palabra, con breves comentarios sobre el mismo. Pueden cantarse dos o tres estrofas de un salmo y luego concluir con una oración en la que se enco- mienda a la familia a las manos de Dios. Aunque no podamos orar con elocuencia, hemos de hacerlo de todo corazón. Las oraciones que prevalecen son generalmente breves. Cuídese de no cansar a los pequeñitos. Los beneficios y las bendiciones del culto familiar son incalculables. Primero, el culto familiar evita muchos pecados. Maravilla el alma, comunica un sentido de la majestad y au- toridad de Dios, presenta verdades solemnes a la mente, brinda beneficios de Dios sobre el hogar. La devoción personal en el hogar es un medio muy influyente, bajo Dios, para comunicar devoción a los pequeños. Los niños son mayormente criaturas que imitan, a quienes les encanta copiar lo que ven en los demás. “Él estableció testimonio en Jacob, y pusó ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos, para que lo sepa la generación venidera, los hijos que nacerán, y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos. A fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, que guarden sus mandamientos” (Sal. 78:5-7). ¿Cuánto de la terrible condición moral y espiritual de las masas en la actualidad puede adjudicarse al descuido de este deber por parte de los padres de familia? ¿Cómo pueden los que descuidan la adoración a Dios en su familia pretender hallar la paz y bienestar en el seno de su hogar? La oración cotidiana en el hogar es un medio bendito de gracia para disipar esas pasiones do- lorosas a las cuales está sujeta nuestra naturaleza común. Por último, la oración familiar nos premia con la presencia y la bendición del Señor. Contamos con una promesa de su presencia que se aplica muy apropiadamente a este deber: Vea Mateo 18:19-20. Muchos han encontra- do en el culto familiar aquella ayuda y comunión con Dios que anhelaban y que no habían logrado en la oración privada.
Tomado de “Family Worship” (Culto familiar), reeditada por Chapel Library.
A.W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor, nació en Nottingham, In- glaterra. Deseamos profundamente un avivamiento de la religión doméstica.
La familia cristiana era el baluarte de la piedad en la época de los puritanos; sin embargo, en estos tiempos malos, centena- res de familias de pretendidos cristianos no tienen adoración familiar, no tienen control sobre los hijos en edad de crecimiento ni instrucción, ni disciplina saludables. ¿Cómo podemos esperar ver avanzar el reino de nuestro Señor cuando sus propios discípulos no les enseñan su Evangelio a sus hijos? Charles Spurgeon
omado del prefacio de La Segunda Confesión Bautista de Londres de 1689; reeditada por Chapel Library y disponible allí.
Horacio, poeta latino del primer siglo, introdujo uno de sus poemas con estos pomposos versos:
Un monumento me alcé, más duradero
que el bronce,
Más alto que las pirámides regias;
Nada podrá destruirlo.
Hoy, aparte de los que deben estudiar lenguas antiguas, ¿quién lee las obras de Horacio? Este poeta perdió lo esencial de su gloria, como las pirámides reales fueron despojadas de los tesoros que guardaban.
Todo es vanidad en la tierra. Todo desaparecerá. Sin embargo, una obra subsiste; los hombres no pudieron hacerla olvidar: el sacrificio de Jesucristo.
El Evangelio no ha perdido su fuerza. Hoy, como hace veinte siglos, cada día millares de personas son arrancadas del poder de Satanás. ¿Por qué este mensaje tiene tal poder? Porque viene de Dios.
Escuchémoslo una vez más: “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15).
¿Forma usted parte de los que pueden decir: El Hijo de Dios “me amó y se entregó a sí mismo por mí”? (Gálatas 2:20).
Desde hace algunas décadas, muchos cristianos profesantes han comenzado a poner en duda la suficiencia de Cristo y de su Palabra para la guía y dirección de la vida cristiana y para enfrentar los problemas del alma, y consecuentemente han comenzado a buscar soluciones en la psicología secular. Como bien señala el Dr. MacArthur: “Los ‘psicólogos cristianos’ han venido a ser los nuevos campeones de la consejería en la iglesia. Ellos son ahora proclamados como los verdaderos sanadores del corazón humano. Pastores y laicos han sido llevados a sentir que están mal equipados para aconsejar a menos que tengan un entrenamiento formal en técnicas psicológicas”.8 Esto ha venido a ser tan generalmente aceptado que muchos ni siquiera se han detenido a cuestionar si es lícito este maridaje entre la psicología y la religión o si se trata de un yugo desigual con los infieles.
Lo cierto es que tenemos muy buenas razones para pensar que este matrimonio ha venido a ser uno de los más grandes desastres que ha sufrido la iglesia de nuestra generación, y una de las causas principales de la decadencia espiritual de estos días. A medida que la psicología ha ido avanzando en la iglesia, en esa misma medida ha ido disminuyendo la predicación y la consejería bíblica; y a medida que la Biblia es relegada a un segundo plano, y a veces en la práctica eliminada por completo, en esa misma medida se ha ido debilitando la piedad de la iglesia.
El Dr. Ed Payne, luego de haber analizado el contenido de cierta obra “cristiana” de psicología dice: “Tal psicología, presentada por cristianos, es una plaga en la iglesia moderna, porque tergiversa la relación del cristiano con Dios, retarda su santificación y debilita seriamente la iglesia. Ninguna otra área del conocimiento parece tener un dominio tan absoluto sobre la iglesia [como la psicología]”.9 El Dr. Vernon McGee, muy conocido por su programa “A través de la Biblia”, escribió hace unos años un artículo titulado “Psico-Religión – el nuevo flautista de Hamelín”, en el que dice lo siguiente: “Si la tendencia presente continúa, la enseñanza bíblica será eliminada totalmente de las estaciones de radio cristianas, así como de la televisión y del púlpito. Esta no es una manifestación infundada hecha en un momento de preocupación emocional.
La enseñanza bíblica está recibiendo baja prioridad en las emisiones radiales, en tanto que la llamada psicología cristiana es puesta al frente como solución bíblica a los problemas de la vida”.10
Haciendo las preguntas y aclaraciones correctas Es hora de que nos detengamos a pensar seriamente en este asunto. ¿Es la Palabra de Dios suficiente para tratar con los problemas del alma, o necesitamos también la ayuda de la psicología secular? Ese es el tema que quisiera tratar en esta ocasión. Ahora, estoy consciente de que este es un tema polémico que puede levantar una serie de interrogantes, por lo que me adelanto a hacer una aclaración. Mi punto aquí no es que la psicología no tenga ninguna clase de utilidad, sino que su utilidad es limitada. La palabra “psicología” significa estudio del alma.
Pero lo que la psicología estudia realmente es la conducta humana, no el alma. Y sus observaciones limitadas a ese campo pueden ser útiles: en el área vocacional, para detectar problemas de aprendizaje y ayudar a las personas a superarlos, en el área industrial, en la educación. Pero nuestro foco de atención aquí es el uso de la psicología para tratar con problemas tales como la ansiedad, el temor, la ira, la depresión, la amargura, el descontento, los problemas matrimoniales, los hábitos pecaminosos; para lidiar con estas dificultades la psicología no tiene ninguna solución que ofrecer que no podamos encontrarla en la Palabra de Dios. Presuponer que necesitamos la psicología para tratar con los problemas del alma es falso, y esto por dos razones: en primer lugar, porque se fundamenta en algunos conceptos erróneos acerca de la psicología; y en segundo lugar, porque limita el alcance y eficacia de la Palabra de Dios.
Presuposiciones erróneas ¿Cuáles presuposiciones erróneas asumen aquellos que se han volcado hacia la psicología para tratar con los problemas del alma humana?
En primer lugar, presuponen que la psicoterapia (el aconsejamiento psicológico con sus teorías y técnicas) es una ciencia objetiva, cuando es en realidad una especie de religión que posee sus credos y sus dogmas, y en los cuales sus adherentes ejercen fe. Cada día más y más personas, aun en el campo secular, están poniendo en duda, no sólo la capacidad de la psicología para ayudar a las personas, sino también su supuesto ropaje científico. Por ejemplo, el premio Nobel Richard Eynman, dice lo siguiente acerca del status científico de la psicoterapia: “El psicoanálisis no es una ciencia… tal vez se parezca más al curanderismo”.11 El psiquiatra Thomas Szasz, profesor de psiquiatría en la Universidad Estatal de Nueva York, afirma: “No es sólo una religión que pretende ser ciencia, sino en realidad una religión falsa que busca destruir a la verdadera religión”.12
La psicología y el cristianismo son dos religiones en pugna. Los problemas con los que lucha la psicología son esencialmente religiosos. Carl Jung, uno de los padres de la psicología moderna, veía la “neurosis” como una crisis de orden espiritual, no como un problema médico. Lean con cuidado este trozo de una de sus obras, y presten atención a ciertas palabras claves que aparecen allí: ¿Qué deben hacer los terapeutas, pregunta Jung, cuando los problemas del paciente surgen de “no tener amor sino sólo sexualidad; ninguna fe, porque teme andar en oscuridad; sin esperanza porque está desilusionado del mundo y la vida, y sin entendimiento porque ha fracasado en la lectura del significado de su propia existencia?” El problema que encaran los terapeutas, desde este punto de vista, es el de dar a los pacientes amor, fe, esperanza y entendimiento. ¿No son estos problemas netamente religiosos? ¿Cómo podrá un hombre sin Dios proveer tales cosas a un individuo? Como ven, estamos ante una religión rival que intenta desacreditar el cristianismo. Esto viene a ser más evidente cuando rastreamos las raíces de las teorías y métodos psicológicos. Al tratar de desentrañar el origen de la psicología nos topamos con tres nombres principales: Sigmund Freud, Carl Jung y Carl Rogers.
El primero decía que las creencias religiosas son una mera ilusión, y que la religión misma no es otra cosa que “la neurosis de obsesión de la humanidad”. De hecho, Freud atribuía a la religión el origen de los problemas mentales del hombre. Siempre fue un crítico acérrimo de las creencias religiosas. Carl Jung, en cambio, afirmaba que todas las religiones son positivas, pero imaginarias. En otras palabras, son mitos que hacen bien; todas contienen algo de verdad sobre la psiquis humana y pueden ayudar hasta cierto punto. Jung veía la psicoterapia como una religión alterna. “Las religiones – decía él – son sistemas de sanidad para las enfermedades psíquicas… Es por eso que los pacientes imponen al psicoterapeuta el rol de sacerdotes, y esperan y demandan de él que los libere de sus aflicciones. En consecuencia, los psicoterapeutas nos ocupamos de problemas que, estrictamente hablando, pertenecen al teólogo”.13
Jung admite que los psicoterapeutas están invadiendo un terreno que antes era manejado por otros. Ahora bien, no debemos pensar que Jung veía el cristianismo con buenos ojos. No. Jung no sólo repudió el cristianismo, sino que exploró otras experiencias religiosas, incluyendo prácticas ocultistas y la nigromancia, es decir, la comunicación con los muertos a través de un médium. Lo mismo le ocurrió a Carl Rogers. Estudió en un seminario teológico, pero renunció al cristianismo y se volcó hacia la psicología secular, terminando también en la práctica del ocultismo y la nigromancia.
Y ahora nos preguntamos, estos hombres que repudiaron de ese modo el cristianismo bíblico, ¿realmente tendrán algo que decir a la Iglesia de Cristo acerca de cómo deben vivir los cristianos y cómo deben los hombres tratar con los problemas del alma que Dios creó? Alguien puede decir: “Bueno, eso depende. Si sus postulados son científicos, entonces no habría ningún problema en servirse de ellos. Un científico impío puede llegar a conclusiones científicas objetivas y verdaderas”.
Eso es verdad, pero no en este caso. Recuerden que aquí estamos hablando de los problemas del alma, y de las soluciones que debemos dar a estos problemas. Los psicólogos no pueden estudiar el alma en una forma científica; ellos se limitan al estudio del comportamiento humano, y en base a esos estudios tratan de determinar por qué la gente se comporta como lo hace, y cuáles soluciones pueden dar a sus conflictos. Pero muchos de ellos ni siquiera creen en la existencia del alma, y una gran mayoría niega la existencia del Dios que la creó. ¿Cómo pueden llegar a conclusiones acertadas en ese terreno? Una cosa es establecer un patrón estadístico de comportamiento, y otra muy distinta pretender explicar el porqué de esos comportamientos, y muchos menos cambiarlos. Cuando la psicología penetra en ese terreno lo que afirma es pura opinión, pura teoría, pero nada más. Puede ser que en algunos casos, sus opiniones sean de cierta utilidad, pero solo en aquellos casos en que, por la gracia común de Dios, estas opiniones coinciden con las de Dios reveladas en su Palabra. Pero tales aciertos no deben confundirnos: la presuposición de que las teorías y métodos psicológicos son científicos no es más que un mito. La psicología es una especie de religión, y los que aceptan sus postulados los aceptan por fe.
El famoso historiador Paul Johnson, en su obra Tiempos Modernos, dice lo siguiente: “Después de 80 años de experiencia, se ha demostrado que en general sus métodos terapéuticos (refiriéndose a Freud) son costosos fracasos, más apropiados para mimar a los desgraciados que para curar a los enfermos. Ahora sabemos que muchas ideas fundamentales del psicoanálisis carecen de base en la biología”.14 Y Karl Popper, considerado como el filósofo de la ciencia más grande del siglo XX, dice lo siguiente sobre las teorías psicológicas: “Aunque se hacen pasar como ciencias, tienen de hecho más en común con los mitos primitivos que con la ciencia”.15
La segunda presuposición errónea que están asumiendo muchos consejeros cristianos hoy día es que la mejor clase de consejería es aquella que utiliza tanto la psicología como la Biblia. Los llamados “psicólogos cristianos” piensan estar en una mejor posición para aconsejar que los consejeros cristianos, que no son psicólogos, y que los psicólogos que no son cristianos. Ellos creen tener lo mejor de los dos mundos. El problema con esa simbiosis es que los postulados sobre los cuales se basa la psicología secular se oponen tajantemente a los postulados esenciales del evangelio. Si aprobamos uno de ellos automáticamente desaprobamos el otro.
Es por eso que a medida que la psicología ha tomado cuerpo en la iglesia, muchas enseñanzas falsas han comenzado a infiltrarse también, como por ejemplo: Que la naturaleza humana es básicamente buena, que las personas pueden encontrar respuesta para sus problemas dentro de ellos mismos, que la clave para comprender y corregir las actitudes y acciones de un individuo se encuentran en algún lugar de su pasado, que otros son culpables de nuestros problemas, y así podríamos citar muchas otras cosas más.
En muchos círculos cristianos aún el vocabulario ha sufrido cambios trascendentales. Al pecado se le llama “enfermedad”; el arrepentimiento ha sido sustituido por las terapias; los pecados habituales son llamados adicciones o conductas compulsivas, de las cuales el individuo no parece ser responsable. Quizás el ejemplo más palpable de esta distorsión es el énfasis que vemos hoy día sobre la importancia de la autoestima y el amor propio para la realización y felicidad del individuo.
Aunque este es un tema muy popular hoy día, en realidad tiene un origen reciente. Hace apenas unos 50 años que surgió fuera de la Iglesia, y desde hace unos 30 años se ha introducido con fuerza dentro de ella, adaptándola de tal modo que parece una doctrina bíblica, basada en textos bíblicos. Uno de los promotores de esta enseñanza dice lo siguiente: “Nuestra habilidad de amar a Dios y de amar a nuestro prójimo es limitada por nuestra habilidad de amarnos a nosotros mismos.
No podemos amar a Dios más de lo que amamos a nuestro prójimo y no podemos amar a nuestro prójimo más de lo que nos amamos a nosotros mismos”. Y otro psicólogo cristiano escribió: “Sin amor por nosotros mismos no puede haber amor por otros… Tú no podrás amar a tu prójimo ni podrás amar a Dios, a menos que te ames primero a ti mismo”. Esto parece ser un eco de las palabras del Señor Jesucristo al intérprete de la ley, cuando éste le preguntó: “¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mt. 22:37-40). ¿Está ordenando Cristo a los suyos en este pasaje que se amen a sí mismos, como sugieren algunos psicólogos cristianos? De ser así, no serían dos los mandamientos de los que dependen toda la ley y los profetas, sino tres: Ámate a ti mismo, ama a Dios y ama al prójimo. Y de estos tres, ¿cuál sería el más importante? Obviamente, el amarte a ti mismo, porque de ese dependen supuestamente los otros dos. ¿Pero es esa la enseñanza de ese texto? ¡Por supuesto que no! El mandamiento más importante de la ley no es que nos amemos a nosotros mismos, sino que amemos a Dios y a nuestro prójimo.
El Señor está presuponiendo más bien que nos amamos a nosotros mismos (aún el que se suicida lo hace porque piensa que estará mejor muerto que vivo), y ahora nos dice: “Con esa misma dedicación, con ese mismo fervor, ama a tu prójimo”. En la Escritura se habla del amor propio como una obra de la carne, no como una virtud. En 2 Timoteo 3:1-2 Pablo advierte a Timoteo “que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos”. Por eso el llamado de Cristo a los hombres es a negarse a sí mismos y a tomar su cruz. Cualquier mensaje que enseñe lo contrario no puede ser verdadero, ni mucho menos provechoso.
La desgracia de los seres humanos radica precisamente en el hecho de estimarse demasiado a sí mismos y de mirar continuamente dentro de sí mismos El hombre sin Cristo ha puesto el “yo” en un lugar inapropiado, y por eso su vida es un caos. Cuando el evangelio llega a nosotros y nos mueve eficazmente a confiar en Cristo, entonces las cosas caen en el lugar que les corresponde. Nuestro interés primordial no debería ser agradar al “yo” y satisfacer sus demandas, sino más bien vivir para la gloria de Dios. Como podemos ver, la psicología estudia los problemas del hombre desde una perspectiva completamente distinta a la perspectiva bíblica, y por lo tanto no puede haber una relación satisfactoria entre ambas; una de las dos tendrá que ceder ante la otra. Y tenemos mucha razón para pensar que es la iglesia la que está claudicando ante el humanismo secular. Concluyo este punto citando al Dr. MacArthur otra vez: “La ‘psicología cristiana’ es un intento de armonizar dos sistemas de pensamiento intrínsecamente contradictorios.La psicología moderna y la Biblia no pueden mezclarse sin un serio compromiso o un completo abandono del principio de la suficiencia de las Escrituras”.16
La tercera presuposición errónea que ha volcado a muchos a buscar ayuda en la psicología es que existen problemas en el hombre que no son físicos, y por lo tanto, no pueden ser tratados por un médico, ni tampoco son espirituales, y por lo tanto, no puede tratarlos un pastor. Son problemas netamente psicológicos o mentales. Pero esto no es más que un mito. O nuestros problemas son orgánicos, y en ese caso debemos buscar la ayuda de un médico, o tenemos un problema espiritual, y entonces debemos ir a un pastor que trate con nosotros con la Palabra de Dios (por la estrecha interacción del alma y el cuerpo en algunos casos necesitará del trabajo conjunto del médico y el pastor).
Una persona puede tener un problema en el cerebro que le esté ocasionando una conducta extraña o anormal, como la arteriosclerosis o el Alzheimer; pero tales personas no están mentalmente enfermas. Su problema es biológico y, por lo tanto, debe tratarlos un neurólogo no un psicólogo. Las enfermedades mentales, si usamos ese término literalmente y no en un sentido metafórico, en realidad no existen. El psiquiatra investigador E. Fuller Torrey dice con respecto a esta terminología: “El término en sí es disparatado, un error semántico. Las dos palabras no pueden ir juntas”.17 Y el psiquiatra Thomas Szasz, a quien citamos anteriormente, dice: “Es costumbre definir la psiquiatría como una especialidad médica que tiene que ver con el estudio, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Esta es una definición sin valor y engañosa. La enfermedad mental es un mito”.18
Esto no es un asunto de semántica meramente, sino un serio error que está causando no pocos inconvenientes en la iglesia de nuestra generación. La psicología ha invadido un terreno que no le corresponde y muchos pastores mansamente han claudicado ante ella. Cito aquí a Martin y Deidre Bobgan en su obra Psico-Herejía: la seducción sicológica de la cristiandad: “La mayor tragedia que produce el nombre erróneo de la enfermedad mental, es que las personas que están experimentando problemas de la vida buscan ayuda fuera de la iglesia. Y cuando piden esa ayuda a un líder de la iglesia, por lo general son [remitidas] a profesionales que se especializan en ‘enfermedad mental’ y ‘salud mental’.
Se ha hecho tan fácil enviar a una persona con problemas matrimoniales o de familia a un profesional de la salud mental, como enviar a una persona con una pierna quebrada a un médico”. Y luego continúan diciendo: “Los problemas de la vida son problemas espirituales, que requieren soluciones espirituales, no problemas psicológicos que requieren soluciones psicológicas. A la iglesia se le ha embaucado para que crea que los problemas de la vida son problemas del cerebro, que requieren soluciones científicas, más que problemas de la mente que requieren soluciones bíblicas… Mientras llamemos ‘enfermedad mental’ a los problemas de la vida, seguiremos sustituyendo la responsabilidad por la terapia”.19
Nosotros tenemos en la Biblia un manual completo de todo lo que nuestras almas necesitan para una vida bienaventurada que glorifique a Dios. Los médicos deben tratar con los problemas del cuerpo, los cristianos debemos tratar con Cristo y su Palabra los problemas del alma humana. Decir lo contrario es resucitar la vieja herejía que Pablo combatió en Colosas, que aunque ahora use terminología científica, sigue siendo igualmente errónea y dañina; los falsos maestros de Colosas querían convencer a estos hermanos de que era bueno tener a Cristo y su Palabra, pero no suficiente; de ahí la advertencia de Pablo en el capítulo 2 de la carta con la que ahora concluyo: “Mirad que nadie os haga cautivos por medio de su filosofía y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo y no según Cristo. Porque toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en él, y habéis sido hechos completos en él, que es la cabeza sobre todo poder y autoridad” (Col. 2:8-10).
8 John MacArthur, Our Sufficiency in Christ [Nuestra suficiencia en Cristo], p.31 9 Martin y Deidre Bobgan, Psico-Herejía, p.79- 80. 10 Op. cit., p.80. 11 Op. cit., p.34. 12 Ibíd., p.35. 13 Ibíd., p.26. 14 P. Johnson, Tiempos Modernos, p.18. 15 Ibíd., p.55-56. 16 John MacArthur, Una breve mirada a la consejería bíblica, p.30. 17 Citado por Martin y Deidre Bobgan, p.179. 18 Ibíd., p.181-182. 19 p.185-186.
Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad.
La Palabra de Dios nos dice que el Señor formó al hombre del «polvo de la tierra» y «sopló en su nariz aliento de vida» (Gn 2:7). Después de la caída del hombre en pecado, el Señor le dijo a Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás» (3:19). Nos humilla recordar que somos polvo y que al polvo volveremos. Pero comprender también que el Señor nos formó y nos hizo a Su imagen debería hacernos regocijar con sincero agradecimiento.
A causa de nuestro pecado, no somos tan humildes ni tan agradecidos como debiéramos. La humildad y el agradecimiento no pueden separarse, son los compañeros más cercanos. El agradecimiento nace de la humildad, pero el sentido de derecho propio nace del orgullo. En el corazón del pecado de Eva y Adán estaba su sentimiento de derecho propio enraizado en su orgullo, porque creían que podían ser como Dios. No se conformaban con ser lo que Dios quería que fueran; creían que sabían más que Dios. Este mismo pecado está en el corazón de nuestro propio pecado y en mucho del pecado que vemos en el mundo de hoy. Cuando no vivimos tal y como Dios nos ha diseñado y llamado a vivir, es porque creemos que sabemos más que Él. Cuando los del mundo viven como quieren, cometen el mismo pecado. La diferencia es que mientras el mundo exhibe su orgullo, nosotros como cristianos debemos despreciar el orgullo que acecha en nuestros corazones y arrepentirnos de él.
Hay una guerra dentro de nosotros entre la carne y el espíritu, entre la humildad producida por el Espíritu contra el orgullo. Como cristianos, debemos humillarnos ante Dios y orar diariamente para que nos haga humildes. Esta es una de las oraciones más aterradoras que podemos hacer, porque Dios a menudo responde con una prueba que nos humilla y nos hace totalmente dependientes de Él.
Oramos por una humildad genuina para que Dios reciba la gloria, no para que nosotros recibamos la gloria por ser vistos como humildes. La humildad genuina no es hacernos parecer humildes, sino olvidarnos de nosotros mismos por el bien de los demás. El hombre verdaderamente humilde es aquel a quien los demás ven como humilde, pero que no siempre se ve a sí mismo de esa manera porque sus ojos están muy fijos en nuestro humilde Salvador.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.
Jueves 28 Julio ¡Oh Señor! he aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti. Jeremías 32:17 Detente, y considera las maravillas de Dios. Job 37:14 Abramos los ojos La Vía Láctea dibuja un gran arco blanco por encima de nuestras cabezas. Incluso a simple vista, en un día despejado, podemos ver un encadenamiento de estrellas y nebulosas de intensidad diferente: esa es la galaxia a la cual pertenecemos. Los billones de estrellas que la componen se unen en forma de un enorme disco y giran, se nos dice, alrededor de un punto central, como la tierra alrededor del sol. Ese inmenso universo da testimonio del Dios creador, de su poder y de su sabiduría.
¿Ha comprendido usted que el autor de ese prodigioso universo se ocupa también de una criatura tan pequeña como el ser humano? Sin embargo, ¡los hombres han dado a Dios todas las razones para no interesarse en ellos! No obstante, él continúa mostrándoles su amor; no quiere condenarlos, sino más bien salvarlos.
Confíe en el Creador, el será su Salvador.
Contemplando el espacio inmenso, El universo tan maravilloso, Descubro tu poder En la tierra y en los cielos. Comprendo mi pequeñez, Mi nada y tu grandeza. Siento toda mi debilidad, ¡Oh Dios, potente Creador! Pero, en tu amor supremo, Me diste por Salvador Oh, mi Dios, a tu mismo Hijo; Él murió por mí, pecador. Jeremías 1 – Lucas 11:1-28 – Salmo 89:7-14 – Proverbios 20:10-11