¿Cómo podemos fortalecer el desarrollo espiritual del niño?

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 12

¿Cómo podemos fortalecer el desarrollo espiritual del niño?

a1Sabiendo que yo trabajo en la formación espiritual de los niños en mi iglesia, una madre vino a conversar conmigo y compartir su inquietud en cuanto a su hijo.
—Estoy muy preocupada por mi hijo —me dijo con voz llena de ansiedad—. Hace unas semanas, al concluir el culto, él oró con el pastor para recibir a Cristo como su Salvador. Cuando llegamos a casa, le pregunté cómo se sentía, pero no supo qué decirme.
—¿Y qué respuesta esperaba usted? —le pregunté.
—No sé exactamente —dijo—. Pero yo recuerdo muy bien el día en que yo recibí a Cristo como mi Salvador. Sentía un gozo enorme. Me parecía que estaba volando de alegría. En cambio a mi hijo, desde el día que hizo esa decisión, se lo ve triste y preocupado. Cuando le he preguntado sobre qué le está pasando, no sabe qué decirme. Por fin, hace poco me dijo: “Tengo dudas sobre mi fe, mamá. No sé si tengo una fe como dice el pastor que todos debemos tener.”
Por un rato seguí conversando con la madre sobre el tema. Traté de hacerle ver que el inicio de una vida de fe nunca ha de ser vivida de la misma manera por dos personas. Traté de ayudarla a entender que lo más importante era descubrir cuál era la causa de la confusión de su hijo en cuanto a su nueva “fe”. ¿Qué estaba entendiendo él sobre el asunto? ¿Qué condiciones le había sugerido el pastor como muestra de una verdadera fe? ¿Qué otros factores presentes en el hogar podrían estar contribuyendo a las inquietudes de su hijo?
Lamentablemente, no creo que mis palabras lograran un cambio de actitud en esa madre. Temo que ella siguió presionando a su hijo sobre la necesidad de sentir una emoción igual a la que ella había experimentado en su conversión.
Este incidente nos ayuda a enfocar otro aspecto que tiene que ver con la evangelización del niño. La pregunta que debemos hacernos es ésta: ¿Cómo podemos estimular la vida espiritual del niño una vez que haya tomado la decisión de entregar su vida a Cristo? A esta pregunta hay que agregar otra igualmente significativa: ¿Cuáles son los errores que podemos cometer que obstaculizan al niño en su desarrollo espiritual como hijo de Dios?
Para comenzar, la Biblia nos asegura que al nacer de nuevo la vida del niño, como de toda persona que cree, “está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3,NVI). Además, sabemos que el Espíritu Santo es quien se encarga de revelarle toda verdad (Juan 16:13). ¿Cuál es, entonces, nuestra responsabilidad para con este niño? ¿Podemos unir nuestros esfuerzos a los del Espíritu Santo para fortalecer y guiar esta vida? ¿Cómo podemos cuidarnos para no serle de estorbo en su desarrollo espiritual? Estos interrogantes son sumamente importantes para cada uno de aquellos que trabajamos en ministerios relacionados con la niñez.

Debemos recordar que el niño es, al fin, un niño

Uno de los problemas de la madre que mencioné al comienzo tiene que ver con cierta incapacidad que tenemos los adultos de ver al niño como un niño. Era lógico que ella interpretara lo que estaba pasando en la vida de su hijo desde la perspectiva de su propia experiencia pero, lamentablemente, eso le daba ocasión de juzgar la experiencia del niño como inadecuada. Jesús nunca cometió este error. En diferentes ocasiones les advirtió a sus discípulos que “el que no recibe el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él” (Marcos 10:15). Aunque el Señor no las define, sabemos que él estaba haciendo referencia a las características que tiene el niño y que deben ser reflejadas en las personas adultas que desean entrar en el reino de Dios. A mi entender, cuando Jesús puso a un niño como el ejemplo de estas características, estaba señalando el hecho de que los niños tienen una forma única, genuina, transparente y natural de acercarse al reino de Dios y estas cualidades son las que más le agradan al Señor.
El niño que toma la decisión de entregar su vida a Cristo ha vivido pocos años y sus experiencias de vida son muy limitadas en comparación con las de los adultos. Sus pecados, o sea, su rebeldía contra el control de Dios sobre su vida, deben ser percibidos dentro de los parámetros de su conducta como niño y no con las dimensiones que tienen los adultos. La emoción que pueda o no sentir en el momento de hacer su decisión por Cristo se relaciona con lo que él puede entender. No debe ser comparada con las profundas dimensiones de convicción de pecado y pesadas cargas de culpa que puede sentir un adulto. También, como posiblemente haya ocurrido en el caso del niño que mencioné, puede haber algún aspecto de este proceso que lo haya impactado pero sin que lo entendiera bien. Por ejemplo, es posible que para este niño la frase “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6,NVI), que probablemente escuchó en alguna predicación, le haya parecido un requisito imposible de satisfacer. Él podría estar tratando de medir y aumentar su fe sin saber cómo hacerlo. La confusión que siente no tiene nada que ver con el hecho de ser salvo. Más bien, tiene que ver con la pregunta que nos hacemos todos alguna vez: “¿Por qué no tengo más fe?”
La persona que trabaja con los niños en sus procesos de formación espiritual debe cuidarse de no hacer juicios sobre las evidencias externas de la fe del niño. Al contrario, debe hacer lo posible por escucharlo y por ofrecerle repetidas oportunidades de hacer preguntas y admitir su confusión. Cuando nos ocupamos de hacer esto, el pequeño nuevo creyente se sentirá apoyado y no hostigado en su desarrollo espiritual.

Debemos ser conscientes de los efectos de ciertas doctrinas

Cuando el niño inicia su vida con Dios, es posible que se encuentre con ciertas enseñanzas bíblicas que pueden resultarle como “trampas” y que pueden impedir su desarrollo espiritual. Al decir que son “trampas”, me refiero al hecho de que hay ciertas enseñanzas que el niño escucha a través de las predicaciones o estudios bíblicos para adultos que le crean confusión. Algunas de las doctrinas que suelen tener un efecto negativo sobre el niño son aquellas que se relacionan con la segunda venida, el infierno y el juicio final. Como el niño tiende a vivir todo en el presente, encuentra complicado el concepto del futuro. Por ejemplo, los niños de menos de seis años de edad tienen dificultad en entender el concepto de “más tarde” o “mañana”. Los números en el calendario o almanaque no representan el futuro; sólo representan números. Por tanto, estas doctrinas suenan para ellos como algo inminente.
Supe de una niña de siete años de edad que había quedado traumatizada luego de ver una película sobre la segunda venida. Por meses se escondía aterrada en un armario cada vez que alguien llamaba a la puerta de su casa. Cuando por fin su madre pudo entender la causa de la conducta extraña de su hija, descubrió que la niña creía que en cualquier momento llegaría Jesús para llevarse a su familia, dejándola a ella. Aunque había recibido a Cristo como su Salvador personal, era una niña algo traviesa y estaba convencida de que a causa de sus conductas Jesús no la iba a llevar junto con su familia.
Distorsiones similares a ésta ocurren en la mente del niño especialmente con relación al infierno. Como muchas veces se habla del infierno como un lugar de terrible sufrimiento y castigo, el efecto lamentable es de crear gran miedo en el niño. Además, esta reacción afecta la manera en la cual el niño conceptúa a Dios. Es difícil que él piense en un Dios de amor cuando cree que está en peligro de ser enviado al infierno y allí sufrir por sus conductas, o como dije antes, de ser arrancado del seno de su familia. Con esto no quiero decir que debemos eliminar estas doctrinas que, al fin, tienen fundamento bíblico. Más bien, debemos estar muy atentos a cómo el niño las está entendiendo y ser prontos en corregir sus distorsiones. Sobre todo, nunca deberíamos utilizar las doctrinas del infierno, la segunda venida o el juicio final para infundir miedo en el niño o tratar de controlar sus conductas. Al contrario, el maestro necesita tener una sensibilidad especial frente a todo lo que el niño está adquiriendo que pudiera afectar su imagen de Dios.

Personificar la gracia en el trato con el niño

Es demasiado fácil caer en una dimensión de legalismo en la vida religiosa. Siempre queremos establecer conductas que sirvan para definir nuestra vida espiritual. Hacemos lo mismo con los niños. Queremos imponer reglas de conducta que nos ayudan a evaluar su desarrollo espiritual. Nos olvidamos que lo que más nos corresponde, una vez que el niño haya hecho su decisión de entregar su vida a Cristo, es nutrir su relación con el Señor. Ésta es una relación que representa un terreno sagrado, una relación única. Ninguna persona, ni antes ni después, tendrá la misma relación con Dios que ha iniciado este niño. Dios se goza en la adoración y alabanza que salen del corazón de esta pequeña persona, y por medio del Espíritu Santo en su vida se encargará de revelarle su amor y su grandeza. No se puede ni se debe reglamentar este proceso.
A la vez, esta nueva relación del niño para con Dios es frágil, no en el sentido de dejar de existir, sino en la definición de esa relación. Ésta tiene una gran probabilidad de ser distorsionada por medio de las muchas influencias que rodean la vida del niño. Si, por ejemplo, alguien con autoridad sobre él comienza a usar su decisión de fe como la base de una disciplina (“Si de veras tú fueras cristiano, no pelearías tanto con tu hermana”), enseguida el niño empieza a ver a Dios como una fuerza más de presión que se une a las demandas de sus padres para controlar sus conductas. Ésta no es la meta de la formación espiritual. Es lamentable que en muchas iglesias existan sistemas de control que crean un ambiente de presión sobre sus miembros. El resultado de este legalismo es que muy pronto la vida cristiana llega a ser vivida sobre la base de reglas y leyes de los hombres y no de Dios. La razón de ser de la vida cristiana, que es una relación hermosa y llena de amor entre Dios y sus hijos, comienza a desaparecer. Se vive temiendo el “qué dirán” con relación a las personas con autoridad, en lugar de vivir nutriendo y profundizando la relación de amor con Dios.
Es obvio que el obedecer las leyes de Dios y las reglas familiares son parte fundamental de pertenecer a una familia. Lógicamente, el respeto y la obediencia a las leyes son algo que agrada profundamente a Dios. Sin embargo, a través de las Escrituras leemos que la obediencia que es hecha por obligación y no por amor no es de agrado a Dios: “El Señor dice: ‘Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Su adoración no es más que un mandato enseñado por hombres” (Isaías 29:13,NVI). Debemos reconocer, entonces, que la impotencia del niño frente a la vida hace que sea especialmente vulnerable a los efectos del legalismo, respondiendo con temor a las demandas de personas con autoridad sobre él, y no a una obediencia impulsada por amor hacia Dios. Este ambiente de exigencias irá apagando el entusiasmo espiritual en el niño, hasta que finalmente puede llegar a rechazar todo lo que para él representa “la iglesia”.
Lo opuesto de la religión legalista es la fe por gracia. En su actuar con nosotros, Dios obra a través de la gracia. Busca con afán relacionarse con nosotros dentro del contexto del amor, que es su misma esencia (1 Juan 4:8). Su actitud frente a nuestros fracasos es dolor por la relación dañada y no una actitud de juicio y castigo, como tantas veces creemos. Sólo con observar la ternura y compasión con la cual Jesús trató con Pedro después de su negación, podemos tener la seguridad de que lo que Dios más desea es la restauración de nuestras vidas. Si los adultos que acompañan al niño en su peregrinaje espiritual pueden vivir esta actitud de gracia para con él frente a sus tropiezos y caídas, estarán haciendo algo sumamente importante para fortalecer su relación con Dios.
El gran mensaje del evangelio es la gracia. Philip Yancey, en su libro Gracia Divina, Condena Humana habla de la gracia con estas palabras:

La noción de que el amor de Dios nos llega sin cargo alguno, sin ataduras, parece desafiar todo instinto humano. Únicamente el cristianismo se atreve a ofrecer el amor de Dios en forma incondicional. Consciente de nuestra resistencia innata hacia la gracia, Jesús habló de ella con frecuencia. Él describió a un mundo envuelto en la gracia de Dios: donde el sol resplandece sobre los buenos y los malos; donde los pájaros recogen gratis las semillas que no han sido sembradas ni cosechadas; donde las flores silvestres estallan en flor sobre las laderas rocosas. Como un visitante de otro país que se fija en todas las cosas que los nativos ignoran, Jesús veía la gracia en todo lugar.

A través de todo su libro, este autor describe cómo la gracia de Dios actúa en la restauración de vidas, haciendo que el lector mire un panorama nuevo que inspira gozo y libertad. Ése es el mensaje que queremos que los niños también entiendan, por nuestro ejemplo sobre todo, pero igualmente por nuestro trato con ellos.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 101–107). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

«CREO QUE ESTÁ ABUSANDO DE [LA NIÑA]»

16 abr 2016

«CREO QUE ESTÁ ABUSANDO DE [LA NIÑA]»

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por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

«[Sufrí abuso] a los cinco años. Viví un infierno con mis padres alcohólicos.

»Actualmente…. siguen en el alcohol. Ahora crían a las hijas de mi hermana menor porque es drogadicta…. Hoy fui a visitarlos. ¡Mi madre estaba ebria con la niña de dos años, y mi padre con la niña de seis encerrado en el dormitorio! Creo que está abusando de ella. ¿Qué hago? No sé sí son ideas por el trauma, o estoy siendo cómplice de un crimen como ese. He llorado todo el día pensando que esta criatura pase por lo que yo pasé.

»¡Ayúdeme, por favor! Regresaron a mí la angustia y la tristeza sólo de pensarlo.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimado amigo:

»Lamento mucho que haya tenido una niñez tan difícil…. [Pero] nos quedó la duda en su caso si quien abusó de usted fue su padre o si fue otra persona. Si fue su padre, entonces usted tiene la prueba de que él es un pedófilo, y es urgente que asuma la responsabilidad de hacer lo necesario para impedir que su sobrina corra ese peligro. Si el país en que usted vive aplica todo el peso de la ley en los casos de pedófilos, entonces usted debe de inmediato dar parte a la policía de lo sucedido, contándoles también sus temores acerca de lo que pudiera estar ocurriéndole a su sobrina….

»Ahora bien, si su país no se preocupa por llevar a juicio a los pedófilos, o si lo que le sucedió a usted fue hace tanto tiempo que ya no puede procesarse judicialmente, entonces usted debe confrontar a su padre y también revelarles la verdad a sus demás familiares. Es necesario que ponga al descubierto ese secreto para que otros puedan comprender por qué su sobrina necesita que se le proteja.

»Sin embargo, si quien abusó de usted no fue su padre, entonces es posible que su propia experiencia haya afectado la manera como usted interpretó la situación que se está dando en el hogar de sus padres. En definitiva, debe seguir observando y constatando si hay o no alguna evidencia de abuso; pero si no tiene pruebas, no hay por qué formular ninguna acusación….

»Esas niñas, al crecer con una madre drogadicta y con abuelos alcohólicos, van a tener serios problemas emocionales que afrontar…. Usted y su esposa pueden servirles de ejemplo, y a medida que crezcan ustedes pueden enseñarles acerca de un Padre celestial que las ama y quiere darles una vida mejor. Busquen una iglesia en la que ofrezcan clases para niños y asegúrense de llevarlas con regularidad. Dios ha preparado a maestros amorosos que pueden influir positivamente en la vida de esas niñas si se les da la oportunidad.

»Nada de esto será fácil, pero con la ayuda de Dios y el respaldo de su esposa, usted puede hacer lo debido. Las fuerzas para lograrlo vienen del Señor,1 así que pídale que lo ayude.

»¡Anímese!»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo ingresar en el sitio http://www.conciencia.net y pulsar la pestaña que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 247.


1 Fil 4:13

http://www.conciencia.net/

8. DUREZA DE CORAZÓN

SERIE GIGANTES AL ACECHO

8. DUREZA DE CORAZÓN

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David Logacho
2016-04-15

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Es un privilegio contar con su sintonía. Esta serie de estudios bíblicos está dedicada a tratar el tema de los gigantes. No se asuste, no me refiero a alguna rara especie, sino a cosas con las cuales tenemos que luchar cada uno de nosotros en nuestro diario vivir. Estas cosas pueden ser el desaliento, la crítica, el temor, el chisme, la culpa y tantas otras cosas más. A simple vista, estas cosas parecen enormes gigantes que amenazan con quitarnos el gozo de vivir como hijos de Dios. A veces, estos gigantes han tenido éxito maniatándonos y eso explica la existencia de millones de creyentes desanimados, criticones, temerosos, chismosos y quien sabe qué más. En el estudio bíblico de hoy vamos a hablar sobre otro de estos gigantes.

Siempre hay gigantes en nuestras vidas, me refiero a obstáculos que tenemos que vencer o cosas que nos impiden que disfrutemos de lo mejor de Dios. En ocasiones inclusive nos parece que a nosotros nos ha tocado enfrentar algo que jamás nadie ha enfrentado, lo cual no corresponde a la realidad porque los gigantes que nosotros tenemos que enfrentar están también atacando a todos los demás. Podemos intentar ignorarlos, pero eso no nos conducirá a ningún lado, más bien producirá un efecto contraproducente porque estos gigantes se volverán más feroces y despiadados. Lo mejor es reconocer su existencia, pero no permitir que controlen nuestra vida. La táctica de estos gigantes es la intimidación, tratan de asustarnos, pero no deberíamos caer en su estilo de juego, no deberíamos dejar que nos dominen. Estos gigantes tratarán de hacernos pensar que lo más prudente para nuestro bien es hacer caso a sus dictámenes, pero los que somos hijos de Dios no debemos hacer caso al consejo de estos gigantes sino a la infalible palabra de Dios. En esto radica en realidad la clave para conquistar a estos poderosos gigantes. Recordemos que la tierra que Dios prometió a la nación de Israel, también tenía gigantes, esos gigantes eran de carne y hueso. Moisés sin embargo dijo a su gente. No temáis, ni tengáis miedo de ellos. Pero el pueblo no escuchó la voz de Dios por medio de Moisés sino que escuchó la voz de los gigantes que clamaban: No vengan porque si vienen los vamos a devorar. De esta manera, todo una generación de los hijos de Israel perdieron la bendición de poner su pie en la tierra prometida y en lugar de ello murieron en el candente desierto. Esas son las consecuencias de dejarse dominar por los gigantes amable oyente. Hemos considerado ya a algunos de estos gigantes, desánimo, crítica, temor, chisme, sentimiento de culpa. Hoy vamos a hablar de uno más. Se llama dureza de corazón. En Mateo 24:12, Jesús dijo: y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.

Jesús advirtió que el mal iba a abundar, e iba a causar algunos estragos, entre ellos, que el amor no de pocos, sino de muchos, se iba a enfriar. Pero para enfriarse tuvo que estar caliente primero. En otras palabras, algo hará que alguien que tenía un amor ardiente, de pronto ese amor se enfríe. Lo que pasa es que atacó ese gigante que nosotros hemos llamado dureza de corazón. Es interesante, pero por medio de las circunstancias y el medio ambiente que nos rodea nos dejamos contagiar del espíritu de la época que vivimos. Quizá nos defendamos diciendo: Yo no soy así, pero somos así, lo que pasa es que no nos damos cuenta de ello. Vivimos rodeados de gente criticona, desdichada y amargada; y si no somos precavidos inevitablemente llegamos a ser como ellos. Incluso podemos criticarlos, sin tomar conciencia de que estamos haciendo las mismas cosas que ellos hacen. La iniquidad y la maldad campean por doquier. Esto nos afecta al fin y al cabo y termina por hacer enfriar nuestro amor, con un amor frío, nuestro corazón se endurece. Con un corazón así, adoptamos una actitud de dureza e insensibilidad. Llegamos a la conclusión que la gente merece todo lo malo que le está pasando debido a su impiedad. La decadencia moral abunda a nuestro alrededor y nosotros, dominados por el gigante de la dureza de corazón adoptamos una actitud de superioridad al razonar y decir: Gracias a Dios que no soy malo como el resto, por eso, todos esos impíos tienen bien merecido que Dios les castigue con rudeza.

Es muy fácil olvidar que somos lo que somos únicamente por la gracia de Dios. No estoy diciendo que debemos estar de acuerdo con lo que los impíos hacen, sino que debemos tener compasión de ellos. El Señor Jesús nunca estuvo de acuerdo con las cosas malas que hacían los impíos de su tiempo, pero sin embargo el Nuevo Testamento dice que Él tuvo compasión de las multitudes porque les vio como ovejas sin pastor. Pero si nos dejamos dominar por el gigante de la dureza de corazón no tenemos compasión por nadie. La maldad habrá hecho enfriar nuestro corazón. La dureza de corazón es realmente un gigante, y no sólo matará nuestra compasión, sino que también anulará nuestra preocupación e interés por los demás. De esta manera matará también nuestro ministerio en otras vidas. Seremos inútiles para Dios si nuestra compasión se extingue y nuestros corazones se endurecen. Dios no podrá conmovernos y tampoco las circunstancias que nos rodean. Con un corazón endurecido habremos perdido nuestra capacidad de amar. El apóstol Pablo nos ha dejado esta advertencia en Romanos 12:2. La Biblia dice: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Pablo está diciendo que los creyentes no debemos permitir que el mundo nos meta a la fuerza en su molde. No debemos pensar, ni sentir, ni actuar o juzgar de la manera que el mundo lo hace. Debemos ser diferentes. Si lo permitimos podemos llegar a ser tan insensibles que nada nos conmoverá. Cuando eso pase, dejaremos que los necesitados pasen de largo y nuestro corazón jamás se agitará para tocarlos. Por supuesto que si nuestro corazón no se agita por tocarlos, menos lo harán nuestras manos y nuestros pies jamás encontrarán un camino hacia ellos. El amor no significa estar de acuerdo con la maldad del mundo. Nunca estaremos de acuerdo con el individuo que se emborracha y atropella a alguien o con el tipo que comete algún crimen. Lo que el amor significa es que nuestro corazón se conmueve de compasión por el pecador.

La compasión es parte del carácter de Dios y por tanto debe ser parte del carácter de su pueblo. La compasión mueve a hacer lo mejor para quien es objeto de la compasión. Eso fue justamente lo que hizo el Señor Jesús al morir por nuestros pecados. Solamente existe una cosa que podemos hacer para liberarnos del domino del gigante de la dureza de corazón y eso es acudir lo antes posible al Divino especialista del corazón y decirle: Dios, he llegado a la conclusión que tengo un corazón endurecido.

No puedo pensar correctamente, no puedo ver las cosas correctamente. Mi amor es pura teoría. Todo mi amor por ti y por mi prójimo ha llegado a ser nada más que una farsa con vestimenta de religión. Señor, ayúdame. Haz algo en mí. Cambia mi corazón. Dios es experto en corazones endurecidos, amable oyente. Ante una oración así, él puede sanar el corazón y puede poner allí un nuevo corazón, lleno de compasión e interés por los demás. No continúe dominado por el gigante de la dureza de corazón. Viva la hermosa realidad de tener un corazón sensible a las necesidades de los demás. Con la ayuda del Señor podrá apropiarse de la promesa del Señor cuando dijo: Yo he venido para que tenga vida, y para que la tengan en abundancia.

La formación espiritual del niño

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 11

¿Por qué hay niños que dicen que no han pecado?

a1Hace tiempo, en una clase de niños escolares, yo estaba tratando de aclarar el concepto del pecado. Les hablé de varias conductas que comúnmente se clasifican como “pecado”: mentir, robar, decir malas palabras, desobedecer a los padres y hacerle daño a otra persona. Al final pregunté:

—¿Cuántos de ustedes han hecho alguna vez una de estas cosas?

Dos o tres niños levantaron la mano, pero rápidamente la bajaron cuando vieron que no representaban un consenso general entre los compañeros de clase. Creyendo que no me habían entendido bien, intenté de varias maneras convencerlos de que el pecado es parte de la naturaleza de todo ser humano y que todos cometemos pecado. Pero no tuve mucho éxito con la clase. Me sentí frustrada. Me preguntaba cómo se les podría hablar de la salvación si no reconocían su pecado. Como conocía bastante bien a esos niños, fui tentada a recordarles puntualmente algunas trasgresiones que habían cometido, que yo había visto o de las que sabía. Afortunadamente, frené el impulso inicial de hacerlo.

Después de aquella clase me quedé pensando. ¿Cómo puede ser que una verdad bíblica tan fundamental sea tan difícil de transmitir a los niños? Recordaba otras clases en donde todos los niños, sin excepción, habían reconocido que sí habían cometido alguno de los pecados que yo nombraba. Pero me acordé de que en esas ocasiones tampoco me había sentido satisfecha con sus respuestas. Me parecía que si hacía énfasis sólo en algunas conductas de las cuales un niño puede ser culpable, estaba minimizando la excelsa obra de Cristo en la cruz para lograr el perdón del pecado de toda persona. Además, no entendía porqué era difícil para algunos de estos niños admitir su culpabilidad. Desde entonces, y con la experiencia de muchos años, he llegado a una comprensión distinta del problema. Aquí presento varias razones de porqué hay niños que dicen que no han pecado.

El deseo natural de quedar bien ante los demás

En la vida de los niños hay ciertos factores que ejercen una influencia sobre su realidad. Por ejemplo, en el caso del grupo de niños que mencioné al comienzo de este capítulo, estuvieron presentes en la clase varios niños que eran de una misma familia. Además, todos los miembros de la clase se conocían muy bien entre sí. De modo que existía cierta presión sicológica para no mostrarse menos “bueno” al admitir su culpabilidad con relación a mi lista de pecados específicos. El que admitía sus errores amenazaba a los demás. En todo grupo existe una solidaridad aun en las deficiencias y en los fracasos.

De la misma manera, un niño que es nuevo en la clase puede sentirse expuesto al admitir sus fallas ante un grupo que conoce poco. Su reacción es de no mostrarse peor que los demás. Él sabe que si admite haber cometido alguno de estos pecados, los demás se van a burlar de él cuando tengan oportunidad. Él no está dispuesto a correr ese riesgo. No debe sorprendernos, entonces, que en las circunstancias de una clase o de un grupo pequeño, los niños reaccionen negando sus pecados.

Ahora entiendo que es mejor no hacer una pregunta tan directa. Ni los adultos encuentran cómodo el hecho de tener que responder a una pregunta tan amenazante como es la de admitir abiertamente sus pecados delante de otros. Yo podría haber logrado más declarando, sin titubear, que todos somos culpables de todos estos pecados y también de muchos otros.

La negación de ciertos recuerdos

La mayoría de los niños viven el presente sin dedicar tiempo para recordar los eventos del pasado. Lo que recuerdan siempre está guardado en su mente desde su propia perspectiva sin entender las diferentes dimensiones que los recuerdos tienen para otros. También es cierto que ellos recuerdan los hechos importantes ocurridos en momentos de crisis. Es obvio que no han de hacer mucho esfuerzo para recordar y admitir algo que les causa vergüenza, como por ejemplo, una mentira o un acto específico de desobediencia. Si agregamos a esto el hecho de que el niño puede haber recibido algún castigo por lo que hizo alguna vez, nos daremos cuenta porqué prefiere mantener silencio sobre algún error cometido más recientemente. En este contexto, podemos decir que el niño está diciendo la verdad o, por lo menos, su verdad, cuando afirma que no recuerda haber cometido pecados como los que han sido nombrados por el maestro.

Explicaciones mal interpretadas

Siempre existe la posibilidad de que el niño interprete erróneamente los conceptos que el maestro está tratando de enseñar. Esto se debe a que a veces utilizamos un vocabulario demasiado complicado o avanzado para su nivel de comprensión. Además, los términos que utilizamos cuando les estamos transmitiendo conceptos espirituales pueden ser causa de confusión. En una ocasión, un niño hizo una declaración muy enfática cuando la familia estaba cenando. Dijo: “¡A Dios no le gusta el pescado!” Sorprendida, la madre se puso a indagar un poco sobre el asunto y descubrió que el niño había entendido mal la palabra “pecado”, un término hasta entonces desconocido para él y que, por ende, había sustituido con una palabra que sonaba igual a sus oídos, “pescado”. También es cierto que a veces las ayudas visuales que utilizamos crean confusión. Una niña quedó muy perturbada por un dibujo acerca del pecado que mostraba un corazón con puertas que se abrían para mostrar adentro varios monstruos, cada uno de los cuales representaba un pecado diferente que cometían los niños.

—¡Yo no tengo esos monstruos en mi corazón!—, le gritó a la maestra.

La esencia del pecado

Es imposible elaborar una explicación adecuada del pecado para todas las edades y condiciones de los niños. Sin embargo, hay algunas cosas que podemos enseñar para que el niño tenga oportunidad de reconocer su condición de pecador y luego pueda entender su necesidad de la salvación que hay en Cristo. Como señalé en el capítulo 7, ayuda mucho hacer énfasis en la vida interior del niño, esa parte de nosotros en donde uno piensa y siente las cosas.

Creo que es fundamental que el niño comprenda que la esencia del pecado no radica tanto en las conductas que se observan, sino en el deseo de hacer lo que nosotros queremos hacer, sin importarnos lo que Dios quiere. Ésta es la actitud básica que incentivó el pecado que Adán y Eva cometieron contra Dios en el Edén. Prefirieron hacer su voluntad y no la voluntad de Dios. El niño puede entender esto, porque no es un concepto complicado. Para ilustrarlo, se le pueden formular ejemplos de casos en donde niños enfrentan el dilema entre hacer lo correcto y hacer lo incorrecto, y en donde tienen la oportunidad de elegir la mejor conducta. Esto le confirma el hecho de que todos tenemos algo que Dios puso en el ser humano desde el principio, que se llama la conciencia, que nos da la posibilidad de distinguir entre lo que nosotros queremos y lo que Dios quiere. También es importante que el niño comprenda que vivir de acuerdo con la voluntad de Dios es la mejor manera de vivir, y es por eso que Dios desea que vivamos así. El niño puede entender que sin excepción todas las personas, tanto los adultos como los niños, prefieren vivir de acuerdo con lo que ellos quieren y no con lo que Dios quiere (Romanos 7:15–20). Es por eso que todos somos pecadores, es decir, somos personas que cometemos pecado (Romanos 3:23; Jeremías 17:9).

Si se establece esta base fundamental con los niños, no habrá tanta posibilidad para ellos de sentirse libres de la culpa por haber cometido pecado. Muchos de ellos ya reconocen la lucha entre “hacer el bien” y “hacer el mal”, sin reconocer, quizá, que es ahí mismo en donde radica la esencia del pecado.

Unidos en la necesidad del perdón

Un aspecto importante de esta forma de explicar el pecado es que guarda al maestro de hablar de los pecados de los niños de una manera condescendiente, como algo que él hace rato dejó de hacer. Muchas veces, cuando estamos hablando de sus debilidades, proyectamos esta imagen sin darnos cuenta. El niño no nos escucha admitir ni confesar nuestros propios pecados. Nos hace bien recordar que Jesús señaló la capacidad espiritual del niño como el mejor ejemplo para nosotros, los adultos, cuando dijo: “Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él” (Marcos 10:15,NVI). Es decir, cuando se trata de llegar a Dios buscando el perdón de nuestros pecados, adultos y niños estamos todos en un mismo nivel. Todos necesitamos de la misma misericordia para llegar a disfrutar de la gracia de Dios en Cristo Jesús.

El maestro es quien establece el ambiente en cuanto al tema del pecado. Me refiero al hecho de que su propia transparencia hace posible que el niño hable de sus pecados y luchas. Esto no quiere decir que el maestro va a confesar ante la clase pecados inapropiados a su capacidad de comprensión (ejemplo: pecados de índole sexual), pero sí debe admitir que él también lucha con conductas que son contrarias a lo que Dios desea. Todos estamos aprendiendo a ser las personas que Dios desea. La diferencia está en que el maestro tiene más años de experiencia que el niño y que debe ser, por ende, más íntegro en su caminar con Dios. Él da el ejemplo de humildad y transparencia.

Recuerdo una escena en nuestra casa cuando nuestros hijos eran pequeños. Estábamos haciendo los preparativos para un viaje, momentos que siempre resultaban tensos y caóticos para toda la familia. Mandé a mi hija a comprar un champú para el viaje pero le di un billete de un valor grande porque no tenía otro. Ella volvió del almacén habiendo comprado el champú más grande que jamás había visto. Se me desbordó la frustración y con retos severos la mandé a que volviera al almacén, cambiara el champú y recuperara el dinero que había gastado. Mientras estaba cumpliendo con el mandado, tuve tiempo de reconocer lo severa e injusta que había sido mi reacción. Cuando volvió, todavía dolorida y lloriqueando por mis retos, la abracé y le pedí perdón por lo que había dicho. Recuerdo hasta el día de hoy su generosa respuesta:

—Está bien, mamá. Yo te perdono. Yo también a veces me equivoco.

Creo que el terreno al pie de la cruz es un terreno nivelado, donde todos nosotros, maestros, pastores, padres y niños recibimos el mismo perdón.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 95–100). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

DOBLE ABANDONO

15 abr 2016

DOBLE ABANDONO

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por el Hermano Pablo

a1«Quédate aquí —dijo la mujer aparentando afecto—. Aquí vas a estar bien. Verás correr a los perritos y te vas a entretener.» Luego puso una bolsa con pañales a su lado y una nota escrita que decía: «Me llamo John King; padezco la enfermedad de Alzheimer», y desapareció, abandonando al anciano en una pista de carreras de perros.

La que abandonó al anciano era Sue Gifford, mujer de cuarenta y un años de edad. El anciano abandonado era su propio padre, de ochenta y dos años, víctima de Alzheimer. Para librarse de la carga que significa esa enfermedad, la hija lo llevó a una pista de carreras de perros y lo abandonó en su silla de ruedas. El juez la condenó a seis años de prisión.

Este caso, que apareció en uno de los periódicos de Estados Unidos, conmovió a toda la comunidad. Se sabe que la enfermedad de Alzheimer es dolorosa. Deja a la persona totalmente inhabilitada. Ya no puede valerse por sí misma. Es un caso patético del ser humano que ha perdido lo mejor que tiene: la chispa de la inteligencia. Esa es la condición de la víctima de Alzheimer. Es una muerte en vida.

No obstante, hay una ley universal que descansa sobre el ser humano: «Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios» (Éxodo 20:12). Es el quinto mandamiento del decálogo de Moisés. Abandonar a los padres ancianos por cualquier causa que sea, y especialmente si es sólo por quitarnos de encima el estorbo que ellos nos resultan, es el colmo de la ingratitud y el desprecio.

En muchos lugares hay establecimientos excelentes que se especializan en prestar la atención debida a los ancianos. Y muchos hijos, con sabiduría y cariño, internan allí a sus progenitores inhabilitados. Pero no los abandonan. Los visitan. Y los hijos se toman el tiempo de estar con ellos, mostrando preocupación y ternura.

Sin embargo, cuando los hijos no tienen la facilidad de internar a sus padres en lugares como esos, tienen que ponerse en juego otros recursos. En tales casos hace falta un amor muy especial y un cariño único.

El mandamiento de honrar a nuestros padres viene de Dios. También vienen de Dios, para quien los desee, la inspiración, la paciencia y la determinación de proceder conforme a los eternos y justos mandamientos divinos. Honremos a nuestro padre y a nuestra madre. Algún día seremos nosotros los que recibamos esa honra.

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7. LA CULPA

SERIE GIGANTES AL ACECHO

7. LA CULPA

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David Logacho
2016-04-14

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Cuando los doce espías de Israel fueron a reconocer la tierra que Dios les había prometido, encontraron que en esa tierra había gigantes. Diez de ellos se sintieron tan amenazados por esos gigantes que llegaron a la conclusión que sería imposible tomar posesión de esa tierra prometida. Su informe fue una bofetada contra Dios y la tenemos en Números 13: 31-33. La Biblia dice: Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.

Num 13:32 Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura.
Num 13:33 También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

Solamente dos de esos doce espías honraron a Dios con su informe. Ellos dijeron: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. A estos se unió Moisés quien exhortando al pueblo les dijo: No temáis, ni tengáis miedo de ellos, Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos. Eran los mismos gigantes, pero vemos dos distintas reacciones ante ellos. Una de derrota y otra de victoria. Igual sucede en nuestra vida, amable oyente. Nosotros también encontramos gigantes en la vida cristiana que amenazan con echar a perder todo lo que Dios nos ha prometido. Nosotros también podemos manifestar dos distintas actitudes ante ellos, una actitud de derrota y una actitud de victoria. Ya hemos visto que esos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor y el chisme. En el estudio bíblico de hoy vamos a referirnos a otro gigante más.

Otro gigante que amenaza con quitarnos el gozo de disfrutar nuestra vida cristiana se llama culpa. A menudo, a pesar de que sabemos que hemos sido perdonados, no nos sentimos perdonados y no sabemos qué hacer al respecto. El gigante llamado culpa nos tiene encadenados y caminamos por la vida cristiana arrastrando unas gruesas cadenas de culpa. Un creyente genuino vive lamentado las malas acciones que cometió antes de ser creyente. La culpa es como un fantasma que le persigue sin cesar. Intentamos de diversas maneras liberarnos del domino del gigante de la culpa, pero parece que fuera más fuerte que nosotros, porque por más que lo tratamos, no lo logramos. Todos los ancianos, pastores, consejeros, se ven forzados a tratar con este problema en las iglesias. Si el gigante llamado culpa desapareciera de la vida de los creyentes, el trabajo de los ancianos, pastores y consejeros se reduciría a menos de la mitad. La culpa es un gigante muy real, invade el corazón y cuando logra asentar allí sus dominios arruina todo lo que está a su lado. Ahora bien, la culpa tiene también su lado positivo, porque nos puede motivar a dos cosas. En primer lugar a reconocer lo pecadores condenados que éramos antes de conocer a Cristo como nuestro Salvador y en segundo lugar, a reconocer las faltas que hemos cometido aun siendo ya creyentes, siempre y cuando nuestras conciencias no se hallen cauterizadas al punto que no nos sentimos culpables cuando hacemos cosas cuestionables. En cuanto a lo primero, si un incrédulo no admite culpa, nunca podrá recibir a Cristo como Salvador. La salvación, amable oyente, es para los que genuinamente reconocen su vida de pecado y se sienten culpables por ello. El incrédulo que no se siente culpable, que piensa que no hay problema con todo lo malo que ha hecho, en realidad no necesita de un Salvador, no porque no le haga falta, sino porque no está consciente de que le hace falta un Salvador. Esta persona seguirá así su camino y terminará en condenación eterna. Es increíble como razona el incrédulo para hacer desaparecer el sentimiento de culpa en su vida. Normalmente echa la culpa a otra persona o a alguna circunstancia. Su frase preferida es: No es mi culpa, y luego se dedica a buscar un culpable, fuera de él mismo, por supuesto. Que el hogar donde me crié, que si las cosas hubieran sido diferentes, que la pobreza, que la riqueza, que mi apariencia física, que mi falta de educación, que la falta de amor de mis padres, y tantas otras cosas más. Qué diferencia haría en un incrédulo reconocer que se siente culpable a causa de su pecado. Sólo así podría acudir a quien tiene el poder y la voluntad para librarlo de la culpa por el pecado. Efesios 1:7, hablando del Señor Jesucristo dice: en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,

La culpa, por decirlo así, muestra el camino hacia la salvación en el incrédulo. Pero al hablar de la culpa como un gigante, no nos estamos refiriendo a esta faceta de la culpa, sino más bien a ese sentimiento de culpa por cosas que sucedieron en nuestra vida antes de ser creyentes o por cosas impropias que hemos hecho siendo ya creyentes y que ya han sido confesadas al Señor e inclusive nos hemos apartado de ellas. Esta actitud es lo que podríamos llamar un complejo de culpa y ciertamente causa mucho malestar y sufrimiento al punto de anularnos en nuestra vida cristiana. Un creyente que ha sido atacado por este gigante siente que su culpa merece castigo, y en eso tiene la razón, toda culpa merece ciertamente un castigo. Pero ese castigo en el caso del creyente, ya lo recibió nuestro Salvador y por tanto nosotros no tenemos que recibir ningún castigo. Es probable que seamos disciplinados por cosas que hicimos mal, pero eso es otra cosa. Las consecuencias de nuestro pecado no deben ser consideradas como castigo por nuestros pecados sino como una manera de buscar restauración.

Sin embargo, los creyentes que son víctimas del gigante de la culpa piensa que si reciben castigo, eso será la manera como purgarán sus faltas por ellos mismos y entonces se sentirán más espirituales. Este razonamiento es contrario a las Escrituras, es como despreciar el sacrificio de Cristo, quien, según lo que dice Hebreos 10:14 con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Para muchos parece ser más fácil aceptar el castigo por la culpa que aceptar el perdón en Cristo y vivir libres y gozosos. Romanos 5:1 dice: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;
El ser justificados o el ser declarados justos por Dios, que es lo mismo, no es el resultado de haber recibido el castigo por nuestra culpa, sino el resultado de haber confiado en Cristo como nuestro Salvador. Esto es un hecho, sea que los creyentes dominados por el gigante de la culpa lo reconozcan o no. Los sentimientos nada tienen que ver con este hecho. Es cuestión de creerlo y aceptarlo, sin importar como nos sentimos. El verdadero problema de los creyentes que se han dejado dominar por el gigante de la culpa es que no están seguros de que Cristo es todo suficiente para librarles del sentimiento de culpa. Tienen un Dios demasiado pequeño como dice J. B. Phillips.

Saben que Cristo murió por sus pecados y le han recibido como Salvador, pero no están seguros que Él ya fue castigado por todo el pecado cometido por el creyente. Piensan que en algo ayudaría a Dios si ellos sufren también un poquito por sus propias culpas. Esto es horrendo, amable oyente. No hay pecado demasiado grande o demasiado pequeño que el creyente haya cometido por el cual Cristo no haya pagado con su sacrificio en la cruz. No se puede luchar contra este gigante de la culpa sobre la base de los sentimientos. Si lo intentamos seremos derrotados vez tras vez. En lugar de ello debemos aferrarnos a lo que dice la Palabra de Dios y punto, sólo así podremos enfrentar a este gigante junto con el Salvador, quien puede salvarnos, guardarnos, darnos la paz y perdonarnos de todos nuestros pecados. Podemos conquistar al gigante de la culpa. La libertar verdadera está en Cristo y solamente en Él.

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 10

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

a1En una ocasión yo estaba con un grupo de maestros en una conferencia de educación cristiana. Mientras almorzábamos, una maestra me hizo una pregunta.

—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. En mi iglesia hay varios niños que responden cada vez que alguien hace una invitación para aceptar a Cristo como Salvador. No importa si es en un culto en la iglesia o en una clase de la escuela dominical o en un campamento, siempre responden. No sé cuántas veces se han “convertido”. ¿Por qué pasa esto con algunos?

Algunos de los otros maestros presentes en la mesa expresaron la misma inquietud y cuando comenzamos a compartir opiniones al respecto, descubrí que era una preocupación entre todos ellos. Cuando pregunté sobre sus clases, la mayoría dijeron ser maestros de niños de edad escolar. Considero que las inquietudes expresadas por ese grupo de maestros son muy válidas. Creo, entonces, que es importante que entendamos algo más sobre la manera en la cual el niño responde a esta decisión tan fundamental para su vida. Nuestra tendencia es creer que el niño responde a la invitación de entregar su vida a Cristo de la misma manera que lo hace el adulto. Pero, en realidad, lo hace en su contexto limitado de niño y diversos factores vienen a ejercer una influencia sobre su manera de responder a esta invitación.

El trasfondo religioso del niño

Un factor importante que debemos tomar en cuenta es el trasfondo religioso que haya recibido el niño.

El niño puede venir de una tradición religiosa católico romana, en donde se utilizan términos similares a los que se usan en las iglesias evangélicas en cuanto a tener fe en Cristo, pero en donde nunca escuchó hablar de la salvación en términos de una relación personal con el Señor ni tampoco de una decisión específica que inicia ese proceso. En este caso, sus primeras reacciones pueden representar un mero reconocimiento de algo que ha escuchado antes, aunque de otra forma. Es posible que su respuesta esté relacionada con lo que ha escuchado o visto en cuanto a la confesión que se hace al sacerdote, una obligación, le han dicho, que se debe hacer reiteradas veces.

Por otro lado, el niño puede venir de un trasfondo en donde no hubo ninguna mención de Dios ni ninguna expresión religiosa en el sentido de asistencia a cultos o a ceremonias religiosas. En ese caso, todo lo que escucha es nuevo. Su respuesta puede ser nada más que un interés por seguir aprendiendo de estas cosas interesantes que recibe en un ambiente acogedor por personas que se interesan en él. Sus respuestas tienen más que ver con la novedad de una experiencia nueva y por las actitudes de amor y afirmación que recibe del maestro. Entonces, responde positivamente cada vez que hay una invitación.

El niño que viene de un hogar evangélico, en cambio, puede responder a la invitación por un sentido de obligación. Él sabe que sus padres, maestros y conocidos esperan esto de él. No quiere defraudarlos y responde reiteradas veces porque cree que está ganando cierto mérito al hacerlo, dejando a la vez que la familia quede bien parada ante los demás. Más que todo, él está buscando la aprobación de los padres.

Las diferencias en la presentación del plan de salvación

Otro factor que puede estar en juego en la respuesta de los niños tiene que ver con la diferencia en las maneras en que se les presenta el plan de salvación. Como he señalado en otro capítulo, la mayoría de los conceptos relacionados con este tema son simbólicos, y la forma de presentárselos al niño también es simbólica. Por ejemplo, muchas veces se utiliza para ello el “Libro sin Palabras”, donde las páginas de diferentes colores son utilizadas para representar diferentes verdades bíblicas. Quizá esta presentación ha sido la primera y única que el niño haya escuchado hasta ahora. Pero en otra ocasión escucha otra presentación utilizando otros símbolos. Por ejemplo, se le muestra el dibujo de un corazón con una puerta que se abre y se le dice que esto simboliza la forma como Cristo entra en el corazón. En la forma tan literal de pensar que tiene el niño, es fácil entender cómo él puede creer que se le están pidiendo dos decisiones diferentes. Como no entiende muy bien el simbolismo en ninguno de estos dos casos, por las dudas, él responde a la invitación que se le hace en ambos.

Las motivaciones escondidas

El niño siempre va a reflejar, en algún aspecto, las influencias que tiene a su alrededor. Esta característica es también parte de su forma de responder a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador.

Una de las influencias pueden ser las amistades. Quizá la primera vez que levanta su mano respondiendo a la invitación es porque casi todos los otros niños, que también lo están haciendo, son sus amigos. No quiere mostrarse diferente. Quiere solidarizarse con ellos en todo. En una ocasión estaba presente en una conferencia de mujeres donde habían sido invitadas varias predicadoras. Una de ellas concluyó su mensaje dando una invitación, y de manera muy insistente y autoritaria pidió que todas las mujeres que querían ver su sueño cumplido por Dios, pasaran adelante donde ella oraría por ellas. Muy pocas de nosotras no pasamos. Después, en conversación con unas amigas, escuché decir a una: “Yo no iba a pasar, pero cuando vi que las demás de mi grupo pasaron y que todas llevábamos el mismo color de camiseta como equipo de liderazgo, me pareció que quedaría mal no pasar, así que lo hice.” Si nosotros, como adultos, sentimos este tipo de presión, no debe sorprendernos que en circunstancias similares los niños también se sientan presionados.

Otra motivación puede estar relacionada con la amistad que el niño cree tener con el maestro. Él está condicionado a obedecer a los adultos en todo. En el caso de una clase o encuentro de niños, en donde el maestro es una persona simpática que le ha brindado una atención especial, es muy natural que el niño responda positivamente a lo que esta persona le pida. Para él es inconcebible no levantar su mano, porque quiere agradar al maestro.

También puede haber otras motivaciones. Una mujer me comentó cómo de niña ella siempre respondía a la invitación para recibir a Cristo. Me contó que en la escuela dominical a la que asistía siempre servían una merienda a los niños, y ella “no quería perderse el refresco”. Hay niños que lo han hecho para no perder el regalito que se ha prometido a quienes levantan la mano. Es importante reconocer que puede haber diversas motivaciones que impulsan a los niños en esta decisión.

Las conductas aprendidas

Algunos niños, hijos de padres evangélicos, han participado desde pequeños en los cultos de su iglesia. Han visto que la invitación de aceptar a Cristo, generalmente hecha al final del mensaje del pastor, es una entre muchas otras. Es decir, la costumbre en su iglesia es pedir que la gente responda a diversos llamados. Puede haber visto cómo la gente responde a llamados para ser sanados de dolencias físicas, para ser llenos del Espíritu Santo o para entregar la vida para servir al Señor en las misiones. Él reconoce que responder a una invitación es una conducta aprobada por los mayores y, por esa razón, también lo hace. Es posible que no tiene en claro por qué está respondiendo, pero igualmente levanta la mano o pasa adelante.

En estos casos, uno observa que los niños han levantado la mano o han pasado adelante pero en realidad no están prestando atención a lo que eso significa. Están mirando por todas partes, haciendo señas a otro niño, susurrando al compañero que tienen al lado, o riéndose quietamente con otro. Ellos han copiado las conductas de los adultos, pero no han entendido ni hecho suyo el significado de sus acciones. Tristemente, muchas veces los mayores interpretan estas conductas como expresiones sinceras de fe sin analizar el porqué de ellas. Entonces el niño va creciendo, recibiendo la aprobación de la gente de la iglesia, pero sin haber experimentado un verdadero encuentro con Cristo o haber efectuado cambios en su vida.

Una vida espiritual en desarrollo

Al considerar este tema, también es importante reconocer que el niño es un ser en desarrollo. Esto implica que él está viviendo procesos de crecimiento y maduración en todas las áreas de su vida. Su crecimiento físico es evidente casi mes por mes. Pero es más difícil medir el desarrollo de sus capacidades cognoscitivas y emocionales, especialmente cuando se trata de su formación espiritual. Por no entender adecuadamente estos procesos, a veces tratamos de acortar o impedir las características de curiosidad, exploración y descubrimiento, cualidades que son innatas y naturales en los niños. Muchas veces ignoramos su respuesta emocional frente a lo que está aprendiendo. Nos toma por sorpresa su entusiasmo y su alegría cuando ha descubierto cierta verdad y cómo ésta pueda cambiar sus relaciones con padres, hermanos o amigos. También nos sorprende su desagrado, su temor o su tristeza ante algo que está pasando en el aula o en relación con sus compañeros. Estos cambios abruptos en sus emociones nos desconciertan y a veces reaccionamos con retos, condenas o simplemente ignorándolos, dejando al niño con la sensación de abandono y rechazo. Al no darle importancia a sus cambios emocionales, estamos cancelando la posibilidad de que entienda cómo Dios puede y quiere obrar en esta parte de su vida.

El desarrollo continuo en sus habilidades produce a la vez transformaciones constantes en su comprensión de las cosas. Estas transformaciones se evidencian por su respuesta emocional a lo que está entendiendo. Por ejemplo, quizá en la época de Pascua un niño escucha una presentación muy conmovedora sobre la muerte de Cristo. Él llega a entender que la muerte de Cristo fue por él. Cuando se le hace la invitación, él responde de todo corazón impulsado por la gratitud que siente frente al sacrificio de Jesús en la cruz. En ese momento, es probable que no tenga una percepción clara del alcance del pecado ni en qué consiste el arrepentimiento. Él está respondiendo emocionalmente, pero en forma absolutamente genuina y espontánea, a lo que ha entendido sobre lo que Jesús hizo por él. Yo creo que esa decisión genuina, por más que sea hecha sobre una dimensión superficial, es mirada con agrado por el Señor y forma parte de la singular tarea de “echar las bases” para una vida en formación espiritual. Con toda probabilidad, unos meses o años después, el niño habrá de recibir una enseñanza más cabal sobre la realidad del pecado en su vida y la necesidad del arrepentimiento como parte del proceso de su desarrollo espiritual. Entonces ha de responder a una invitación con otra perspectiva, sintiendo la convicción de pecado que produce el Espíritu Santo. Podemos imaginar el daño a la vida espiritual del niño si el maestro lo reta o menosprecia por su nueva decisión, diciéndole: “Ya hiciste tu decisión y no hace falta hacerla de nuevo.” Una reacción así hace que el maestro pierda una maravillosa oportunidad para profundizar las bases espirituales del niño y lograr que afirme su vida en Dios. Cualquier actitud de desmedro que pudiera expresar el maestro ante una nueva decisión que tomara el niño corre el riesgo de “hacer tropezar a uno de estos pequeños”, una actitud que el Señor condenó severamente.

Además, la convicción de pecado puede influir mucho en la vida del niño sobre su seguridad en cuanto a la salvación. Cuando el niño fracasa haciendo algo deliberado en contra de lo que sabe es lo correcto, le invade una profunda sensación de culpa y vergüenza. Para el niño, esa sensación parece indicar que ha dejado de ser una persona adecuada, y que Dios lo rechaza por sus debilidades. En muchas ocasiones, el reproche de un adulto ante lo que hizo sólo intensifica esta sensación. En tanto, el niño no puede menos que creer que Dios también lo condena y lo repudia. Entonces, cuando se le presenta otra invitación para aceptar a Cristo, esto representa para él la esperanza de sentirse diferente. Esto ocurre aun cuando se le haya enseñado sobre la importancia de la confesión de los pecados y el perdón que hay en el Señor. La forma de pensar de niño le hace ver las cosas siempre en “blanco y negro”. Desde su punto de vista, un pecado tiende a cancelar todo lo anterior y hay que comenzar de nuevo. Por eso el maestro debe ser sumamente sensible a estas formas de pensar en los niños.

¿Qué puede hacer el maestro para impulsar la seguridad de la salvación en el niño?

Al responder a esta pregunta, debo decir que creo firmemente que la cosa más importante que puede hacer el maestro es conocer a fondo a cada uno de los niños que tiene a su cargo. Esto incluye el hecho de conocer a los miembros de su núcleo familiar, las experiencias previas que haya tenido en otras iglesias y, especialmente, la historia de la familia en cuanto a sus crisis y tragedias. No es fácil descubrir todo esto, pero son los elementos que forman parte de la historia del niño. El niño ha estado en un desarrollo espiritual desde que nació, no importa si asistía o no a una iglesia. Todas sus vivencias contribuyen al bagaje de vida que trae a su encuentro con Cristo y su comprensión del plan de salvación.

Cuando en repetidas ocasiones un niño se demuestra ansioso por aceptar a Cristo, esto demuestra que está teniendo problemas con entender lo que llamamos “la seguridad de la salvación”. Aquí puede haber varios factores en juego. Puede ser que no haya entendido que la decisión de aceptar a Cristo como Salvador se hace una sola vez. También es posible que sea un niño muy sensible o demasiado cargado con culpa. Esto puede pasar cuando en su casa le culpan por todo. También puede ser que el niño no se siente perdonado, quizá porque él cree que ha cometido un pecado tan grave que no tiene perdón. Esto puede darse en casos donde es un niño abusado sexualmente. Puede ser que haya cometido algún pecado recientemente y está sintiendo las consecuencias de lo que ha hecho sin entender que puede volver a pedir perdón a Dios por eso. Es posible que sea un niño de un hogar inconverso donde ha recibido reacciones muy negativas o de burla cuando ha compartido con sus familiares su decisión de aceptar a Cristo, haciendo que él entre en dudas sobre lo que hizo. También es posible que el niño sienta que fue obligado a tomar una decisión sin haberlo sentido de veras y después se siente avergonzado por su hipocresía. Puede ser que la invitación fue hecha por un maestro diferente y el niño cree que debe responder para complacerlo. Éstas, y otras motivaciones más, pueden llevar al niño a no sentirse seguro en cuanto a su salvación.

El maestro debe entender que la singularidad de cada vida hace que no haya un molde único en el obrar de Dios. Esto debe impulsar al maestro a estar orando constantemente por los niños a su cargo, pidiendo también que el Señor le dé la iluminación y discernimiento para poder responder a sus preguntas y dudas. Además de orar, es importante que el maestro mantenga un diálogo abierto con cada uno de sus alumnos para que, cuando surge un interrogante de índole espiritual, el maestro pueda responder con total naturalidad.

El aspecto práctico que contribuye a esto tiene que ver más que nada con las oportunidades que se le dan al niño para hacer preguntas y expresar sus dudas. Por ejemplo, en el momento de conversar con el niño después de haber respondido a una invitación para aceptar a Cristo, el maestro puede preguntar con mucho tacto:

—¿Es ésta la primera vez que tomas esta decisión?

Si el niño responde que “sí”, el maestro puede preguntarle si hay algo que no ha entendido bien y luego seguir la conversación respondiendo las preguntas que pueda tener. Si responde que “no”, el maestro puede decir:

—Para ayudarte mejor, me gustaría que me cuentes de las otras veces que hiciste esto.

O puede preguntar:

—”¿Qué le dijiste al Señor las otras veces?” o “¿Qué te gustaría decirle al Señor hoy?”

Creo que es importante no insistir en que el niño haga un análisis detallado de sus decisiones previas. Más bien, se le debe asegurar que Dios está sumamente gozoso de que haya querido acercarse a él respondiendo a la invitación. Antes de concluir la conversación, el maestro puede preguntar si el niño ha entendido algo nuevo esta vez, esperar su respuesta y luego orar con él pidiéndole al Señor que lo ayude a entender que su salvación es para siempre.

Lo más importante de todo esto es que el maestro mantenga abiertas las vías de comunicación con el niño, para que siempre sienta la libertad de preguntarle al maestro sobre sus inquietudes espirituales.

La obra del Espíritu Santo

Al final de cuentas, es el Espíritu Santo el que hace la obra de regeneración en una vida y el que da la seguridad de la salvación. Romanos 8:16 dice: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (NVI). Esta verdad nos trae gran esperanza mientras hacemos la obra de evangelización de la niñez. La obra de regeneración también depende de nuestra propia sensibilidad en cuanto a la obra del Espíritu Santo en la vida del niño. Esto hace que hagamos un esfuerzo constante de aclarar las enseñanzas de la Palabra de Dios y permitir así que el Espíritu pueda sellar la obra redentora en esa pequeña vida con una seguridad absoluta y eterna. Recordemos, sin embargo, que esta obra se ha de realizar de manera diferente en cada niño.

Todos tenemos la experiencia de ver a un niño que tuvimos en nuestra clase que, al llegar a ser adolescente, se aparta del camino del Señor. Esto se observa porque deja de asistir a la iglesia, porque empieza a expresar su disconformidad con el pastor o los hermanos, o porque empieza a demostrar conductas mundanas, casi en un espíritu de desafío a las normas que ha aprendido en la iglesia. Esto nos causa mucha tristeza y frecuentemente nos deja con dudas sobre la eficacia de nuestro trabajo. Empezamos a hacernos las preguntas: ¿Dónde me equivoqué? ¿Qué pudiera haber hecho distinto? ¿Realmente se convirtió? etcétera. De nada nos sirve tratar de entender las razones de este abandono de fe de parte de un ex-alumno. Hay muchas razones para esta lamentable realidad pero una de ellas sin duda es que no le dimos a ese niño la atención personal que él necesitaba. Era uno más entre el grupo. Suponíamos que estaba entendiendo y haciendo suyas las enseñanzas que recibía. Esa suposición es común, hecha porque nos conviene creer que con una tarea liviana y ligera hemos hecho lo necesario para encaminar una vida hacia Dios. No siempre es así. Pero en el caso de la persona que abandona la iglesia, por cualquiera razón que fuera, hay dos cosas que no debemos dejar de hacer: primero, orar constantemente por él pidiendo a Dios que tome conciencia del error de su actual alejamiento; y segundo, cuando se presenta la oportunidad, asegurarle nuestro apoyo y amistad. Muchas veces, pasada la crítica etapa de rebeldía en la adolescencia, el joven ha de volver a aquellas bases que aprendió de niño. Y por allí uno ha de recibir el premio del joven que le diga: “Nunca me pude olvidar de las cosas que usted me enseñó cuando era niño.” Y de repente el maestro siente que todo valió la pena.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 85–93). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

«EN UNA DISCUSIÓN, LE ENTERRÉ UN CUCHILLO»

14 abr 2016

«EN UNA DISCUSIÓN, LE ENTERRÉ UN CUCHILLO»

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por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Tengo alrededor de siete años con mi esposo, y [tenemos] dos niños…. En una discusión, le enterré un cuchillo pequeño en el pecho. Gracias a Dios, no [fue nada grave]; pero ahora estamos separados por medidas [legales] y estamos en espera de un juicio para dictaminar la custodia de los niños. Necesito un consejo, por favor.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Usted cuenta lo ocurrido como si fuera algo sin mayor importancia que no debiera tener serias repercusiones. No menciona si está o no arrepentida por lo que hizo, ni cómo se siente al respecto. De hecho, al contarnos su caso usted no expresa ninguna emoción sobre lo que pasó ni acerca de la posibilidad de que pierda la custodia de los niños.

»Casi todas las mujeres y la mayoría de los hombres expresan sus sentimientos cuando cuentan sus problemas. Sienten tristeza, vergüenza, temor, ansiedad o una de las tantas emociones posibles. El hecho de que relate sus problemas con indiferencia y sin sentimientos pudiera ser indicio de un trastorno emocional. Combinado con el acto violento que usted cometió, hay suficiente razón para que sea evaluada cuanto antes por un psiquiatra….

»La violencia en el matrimonio perjudica a todos los miembros de la familia. Los hijos sufrirán a causa de la ruptura del matrimonio, sin que importe con quién vivan….

»Aunque no nos cuenta con lujo de detalles la discusión que tuvo con su esposo, es obvio que usted debió de haberse enojado mucho. Sin duda usted se sintió impotente en cuanto a alguna situación, y su enojo la impulsó a valerse de un cuchillo para demostrar que sí tenía poder. Lamentablemente, la violencia no es prueba de poder sino señal de debilidad. Además, su falta de dominio propio y su patente desacato de las consecuencias son indicios de que usted necesita ayuda profesional.

»Mientras tanto, si de veras está arrepentida, Dios la perdonará si tan sólo se lo pide en oración en el nombre de su Hijo Jesucristo. Pero usted debe mostrar su arrepentimiento con la determinación de que va a vivir conforme a las leyes divinas y a comunicarse con Él todos los días mediante la oración y la lectura de la Biblia. También necesita una comunidad de seguidores de Cristo que le ayuden a superar las dificultades que tiene por delante. Así que busque una iglesia en la que la vida de los miembros demuestra que aman a Dios, y asista cada vez que tenga la oportunidad.

»Sin embargo, si bien Dios la perdonará, Él no eliminará las consecuencias que ahora tiene que afrontar por lo que hizo. Así que pídale que le ayude a tener una actitud positiva y a depender de Él, pase lo que pase.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 384.

http://www.conciencia.net/

6. EL CHISME

SERIE GIGANTES AL ACECHO

6. EL CHISME

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David Logacho
2016-04-13

a1Saludos cordiales mi amiga, mi amigo. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. Todos nosotros tenemos que enfrentar gigantes en nuestra propia vida. Cuando hablo de gigantes me estoy refiriendo a acciones o actitudes en nosotros mismos que amenazan con hacernos daño si no nos sometemos a ellas. En nuestros últimos estudios bíblicos dentro de esta misma serie hemos hablado ya de algunos de estos gigantes, el gigante del desánimo, el gigante de la crítica y el gigante del temor. En el estudio bíblico de hoy hablaremos sobre otro gigante. Este gigante se llama el chisme.

Muchos gigantes acechan nuestra vida y no nos permiten disfrutar a plenitud de lo que Dios nos ha prometido en su Palabra. Ya hemos hablado acerca de los gigantes del desaliento, la crítica y el temor. Otro de los gigantes más comunes con los cuales debemos tratar se llama chisme. Todos nosotros somos acosados insistentemente por este poderoso gigante. Es tan fácil caer en los chismes. Cuántas veces no nos habremos arrepentido de haber soltado algo que no debió haber salido de nuestra boca. Con razón que Carlos Spurgeon solía decir: No me gusta en absoluto que la gente me cuente sus secretos, simplemente porque me es muy difícil guardarlos. Creo que cada uno de nosotros podríamos pronunciar un sonoro Amén a este dicho de Spurgeon. No me gustan los chismes, pero como me entretienen, decía un amigo mío. Otro amigo mío decía: Las únicas veces que no me atrae un chisme es cuando ese chisme es sobre mí. El gigante del chisme se parece mucho al gigante de la crítica, porque ambos se basan en conjeturas carentes de veracidad. Con el gigante del chisme sucede algo interesante, es esto: Puede ser que sepamos cuál es la realidad de los hechos, pero cuando lo contamos a otros lo hacemos de tal forma que exageramos esos hechos para hacer daño a la persona de quien estamos chismeando. En realidad, amable oyente, si permitimos que este gigante nos tome por el cuello, no tardaremos en convertirnos en incurables chismosos. Ahora bien, ¿Por qué es tan nocivo esto del chisme? Bueno, porque Dios nos ha ordenado no chismear. Levítico 19:16 dice: No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová.
Interesante que el andar chismeando es un atentado contra la vida del prójimo. Por andar en chismes, ponemos en peligro la vida misma de otra persona. ¿Se puede imaginar? A veces, la lengua causa más daño que un puñal. Por esto el sabio Salomón habló bastante sobre el mal uso de la lengua, dentro de ello, el chisme. Note lo que dice Proverbios 11:13 El que anda en chismes descubre el secreto;
Mas el de espíritu fiel lo guarda todo.

Note que aquí se contrasta al chismoso con el de espíritu fiel. Andar chismeando es un atentado a la fidelidad que nos debemos el uno al otro. Actuando con necedad, el chismoso descubre algo que debía ser guardado en secreto, en cambio, el de espíritu fiel protege lo que está en secreto. Esto no tiene nada que ver con ocultar pecados, sino con personas que hablan de cosas que no saben y dicen cosas que no son verdad para lastimar a otros. Proverbios 20:19 dice: El que anda en chismes descubre el secreto;
No te entremetas, pues, con el suelto de lengua.

Esta es una descripción precisa de cómo actúa el chismoso. El chisme ha sido causa de peleas y distanciamiento de los mejores amigos. Sobre esto, Proverbios 16:28 dice: El hombre perverso levanta contienda,
Y el chismoso aparta a los mejores amigos.

Muchas veces encontramos que nuestro mejor amigo nos pone una cara larga. No logramos descubrir la razón. Una probable razón es que nuestro mejor amigo tal vez escuchó algún chisme sobre nosotros y ese chisme está separando a dos grandes amigos. Es muy fácil caer en el chisme. Ponga atención a lo que dice Proverbios 18:8 Las palabras del chismoso son como bocados suaves,
Y penetran hasta las entrañas.

¡Cómo nos divierten los chismes! Salomón los compara como bocados de delicioso manjar, pero ¡Qué consecuencias más desastrosas! Dice el texto que son peor que un puñal que penetra hasta las entrañas. Cuidado con los chismes amable oyente. No sea que estemos apuñalando a alguien sin saberlo. Es fácil descubrir como hiere un chisme. Todo lo que tenemos que hacer es recordad cómo nos dolió la última vez que oímos un chisme acerca de nosotros mismos. Cómo se incrustó ese aguijón donde más nos duele. Cómo nos lanzó a ese estado de desesperanza. Quizá nos preguntamos: ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de hacer algo semejante? Así es exactamente como sienten otros cuando escuchan un chisme que nosotros hemos repetido. Bueno, con todo lo que hemos dicho, seguramente usted tendrá un cuadro bastante completo de lo bajo y ruin que es este gigante llamado chisme. Ahora viene la mejor parte. ¿Cómo podemos evitar que este maléfico gigante nos siga dominando? ¿Cómo lograr conquistarlo? Primero, debemos tratarlo como lo que es, es decir, como un pecado. Muchas personas no miran al chisme como algo bajo y sucio, sino que lo cubren con un manto de falsa piedad. Lo consideran como una pequeña debilidad o un hábito malo pero nada serio o toman la actitud de si todos lo hacen entonces por qué no yo. Con ideas como estas sobre el chisme, nunca lograremos conquistarlo. Lo que necesitamos es encararlo honestamente y considerarlo como un pecado. Segundo, ya que estamos de acuerdo en que el chisme es pecado es necesario confesarlo como tal delante de Dios. Deberíamos decir a Dios algo como esto: Señor, reconozco que he sido un chismoso. Reconozco que el chisme es un pecado y por tanto ha ofendido tu santidad. Cuando tratamos al chisme de esta manera, podremos descansar en promesas como la que encontramos en 1 Juan 1:9 donde dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Tercero, debemos inmediatamente abandonar el chisme. Proverbios 28:13 dice: El que encubre sus pecados no prosperará;
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Si queremos en verdad conquistar al gigante llamado chisme, no es suficiente con reconocer al chisme como pecado y confesarlo como tal delante de Dios. Además se necesita de un acto voluntario por el cual decidimos dejar a un lado totalmente el chisme. Federico el Grande, rey de Rusia, ha dejado una lección sobre esto. En alguna ocasión recibió en su despacho a una distinguida dama de su imperio. Vengo a contarle que mi esposo me trata muy mal, dijo la dama. El rey sin inmutarse replicó. Ese no es asunto mío, madam. La dama entonces añadió: Pero… también habla muy mal de usted. Nuevamente el rey sin inmutarse respondió: Si es así, no es asunto suyo madam. Qué bueno sería que nosotros mostráramos la misma decisión para no andar en chismes. Cuando rendimos nuestra voluntad a Cristo, Él puede cumplir su voluntad en nosotros. Filipenses 2:13 dice: porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Cuando entregamos a Dios nuestra voluntad, él cambiará nuestra conducta. Debemos decir al Señor: Por la gracia de Dios no voy a ser más la clase de gente que hiere a las personas recibiendo o propagando chismes. Cuarto, cuando alguien venga a usted con un chisme, córtelo con cortesía, recuerde que el mal no radica solamente en ir a otros con el chisme, sino también el recibir chismes de otros. Una buena manera de hacerlo es diciendo a la persona que trae el chisme algo como esto: Antes que continúes, quiero que sepas que yo voy a verificar lo que me digas con la persona aludida. ¿Tendrías algún problema si le digo que has sido tú quien me lo ha contado? El chismoso normalmente no querrá que se revele su nombre y así usted logrará no recibir más chismes de él. Quinto, antes de hablar algo sobre otro, para evitar caer en el chisme, hágase esta pregunta: ¿Podría decir esto aún si la persona de quien se trata estuviera presente? Si la respuesta es sí, entonces, adelante, lo que diga no será un chisme, pero si la respuesta es no, y aun así, usted lo dice, habrá caído en el chisme. Sexto, ore constantemente al Señor, pidiendo poder para no caer en el chisme. David oraba de esa manera según Salmo 141:3 Pon guarda a mi boca, oh Jehová;
Guarda la puerta de mis labios.

Es preferible morderse los labios antes que soltar un chisme. Si somos diligentes en poner en práctica estos principios habremos conquistado al gigante del chisme.

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 9

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños

a1Constantemente en la conversación usamos simbolismos. Un símbolo es una palabra o frase que se utiliza para representar otra cosa, generalmente algún objeto material para explicar algo inmaterial, especialmente conceptos morales o espirituales. El elemento simbólico más usado para explicar el plan de salvación es el “corazón”. Dentro del contexto bíblico, el corazón se refiere a la sede de las emociones y el entendimiento (“…si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” Romanos 10:9,NVI). Debemos tomar en cuenta que el uso de esta palabra también es cultural en su aplicación. Por ejemplo, hay tribus en el África que consideran que el hígado es el lugar donde reposan los pensamientos y las emociones. Para las personas de la cultura occidental, nos resultaría sumamente extraño decir que “aceptamos a Jesús con el hígado”. Pero los niños sólo manejan los conceptos en forma literal y este término “aceptar a Jesús con el corazón” o “pedir que Jesús venga a vivir en el corazón” puede ser para ellos igualmente difícil de comprender.

Hubo un niño de cinco años de edad que respondió a la invitación que le hizo la maestra de recibir a Cristo, y el niño oró pidiendo que Jesús viniera a vivir en su corazón. Tiempo después le hizo esta pregunta a la madre.

—Mamá —exclamó el niño—, si yo corro muy rápido y me paro de golpe, ¿Jesús se cae?

Sorprendida, la madre se rió por encontrar sumamente graciosa la pregunta, aunque luego se sintió molesta al darse cuenta que no encontraba ninguna respuesta para el interrogante de su hijo.

Este incidente ilustra uno de los aspectos más complejos y preocupantes con relación a la evangelización de los niños. Al decir que éste es un tema complejo, me estoy refiriendo al hábito que tenemos nosotros, los adultos, de utilizar un lenguaje simbólico cuando deseamos explicar elementos espirituales, especialmente cuando queremos explicar el plan de salvación a los niños. Al indicar que es un tema preocupante, me refiero al hecho de que la mayoría de nosotros estamos tan acostumbrados a utilizar este vocabulario simbólico que no sabemos qué otro usar. El niño, hasta cumplir diez u once años de edad, piensa en forma literal y concreta. Durante esos años el niño escucha las explicaciones simbólicas y figurativas que utilizan los adultos y hace un esfuerzo para entenderlas. Pero él todavía tiene limitaciones en cuanto a su desarrollo cognoscitivo. Es decir, durante este período de su desarrollo intelectual, su comprensión de las palabras está limitada a las experiencias que ha tenido en cuanto al uso de esas palabras. Aún no puede hacer en su mente la transferencia de un significado por otro.

Un símbolo es el uso de algo conocido para representar otra cosa desconocida. Por más esfuerzo que hagamos para ilustrar en formas concretas algunos conceptos espirituales, el niño NO lo va a entender. El problema se presenta porque los conceptos espirituales que queremos transmitir son mayormente abstractos y figurativos y es difícil saber cómo explicarlos. Por ejemplo, si utilizamos la palabra “corazón”, el niño va a pensar en el órgano que late en su pecho. Los padres o alguna otra persona ya le han explicado que ese latido que él siente es la acción de su corazón circulando la sangre en sus venas. Quizá los padres hayan utilizado algún dibujo o fotografía de un corazón para ayudarle a entender ese órgano tan vital en el cuerpo. Entonces, cuando decimos que Jesús viene a vivir allí, el niño piensa que Jesús debe hacerse chiquito para poder habitar allí, y debe estar parado físicamente dentro de ese órgano. Es lógico que él entienda que Jesús es algo así como un muñeco que ha venido a vivir como por magia dentro de ese órgano que bombea sangre en su cuerpo. Lo que NO entiende es que utilizamos la palabra “corazón” para referirnos a la naturaleza espiritual de la persona, en donde radican sus pensamientos y sus emociones. Como adultos, sabemos que los pensamientos y las emociones son en realidad ejercicios de la mente y no del corazón. Pero el niño aún no tiene la capacidad de entenderlo. Este hecho debe ser motivo de examinar y corregir el lenguaje que utilizamos para transmitir los conceptos espirituales.

En una ocasión estuve dando un taller sobre este tema en una conferencia de maestros en los Estados Unidos. Una mujer compartió con el grupo una experiencia muy reciente que había ocurrido con su hijo de nueve años de edad. El padre había sufrido unos intensos dolores de corazón y, como resultado, el cardiólogo le había recetado una serie de radiografías para tratar de identificar el problema. El hombre las había traído a casa porque tenía que llevarlas a una consulta con otro especialista. El niño, curioso, se puso a examinarlas cuidadosamente una por una. Un rato después, la madre lo encontró llorando en su habitación. Cuando le preguntó al niño porqué lloraba, se sorprendió al escuchar su respuesta:

—Mamá, yo miré con cuidado a todas las radiografías de papá y él no tiene a Jesús en su corazón.

La mujer confesó al grupo que se sintió totalmente desconcertada al no saber cómo responderle a su hijo y no tener palabras adecuadas para explicar lo que significaba “tener a Jesús en el corazón”.

Algunos símbolos problemáticos

Dentro de los muchos conceptos complicados que transmitimos por lenguaje simbólico, quiero referirme a las tres frases más utilizadas: (1) “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”; (2) “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón”; y (3) “recibir el regalo de la salvación”. Cada una de estas expresiones es simbólica y, por lo tanto, difícil para que el niño las comprenda. ¿Qué se debe decir, entonces? ¿O será que los niños no están capacitados aún para entender el plan de salvación? De ninguna manera. A través de los siglos, los niños han llegado a Cristo de muchísimos modos. Ellos se han aferrado de lo poco que pudieron entender y el Espíritu Santo ha hecho su obra en sus vidas. Por su gracia los niños han llegado a entender que son hijos de Dios. Sabemos que el Señor llegará a los niños por cualquiera de las formas que pueda utilizar. Sin embargo, si tomamos en serio el llamado que el Señor nos hace de guiar a los niños a tomar una decisión clara para recibir la salvación, nos corresponde a nosotros, los maestros, esforzarnos por encontrar las mejores maneras de hacerlo. Según la Palabra de Dios es algo muy serio “hacer tropezar a uno de estos pequeños” en su camino hacia Dios (Marcos 9:42).

Primero: “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”.

El símbolo fundamental que se encuentra en la Biblia para explicar la obra de Cristo en la cruz es la palabra sangre. “Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia” (Romanos 3:25, NVI). El niño entiende lo que es la sangre porque en diferentes ocasiones la ha visto cuando, por ejemplo, ha sufrido alguna cortadura u otra herida, y ha visto que la sangre corre y crea manchas en la ropa. Él sabe que la sangre no sirve para limpiar algo. Quizá ha visto a la madre tratar de sacar sin éxito la mancha que produce la sangre. Entonces se le produce una confusión cuando escucha la frase que dice que la sangre de Cristo nos limpia de pecado. Por ejemplo: “y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Parte del problema en esto es que suponemos que las palabras bíblicas deben ser las más adecuadas para explicar el plan de salvación. Pero si estas palabras confunden a los niños, debemos buscar otros términos que sean más claros y más acordes con sus capacidades cognoscitivas. Después de todo, nuestra meta es ayudarles a entender la verdad de Dios, y no causarles confusión en cuanto a esa verdad tan trascendental.

Sugiero que si sustituimos la palabra “muerte” por la palabra “sangre”, tenemos la posibilidad de aclarar el concepto. Podemos decir: “Jesús murió para que Dios pudiera perdonar nuestros pecados.” Por cierto, esto no cubre todos los aspectos teológicos del proceso de la regeneración, pero sí expresa un concepto más sencillo que el niño puede comprender. Me gusta cómo la Traducción en Lenguaje Actualizado (Sociedades Bíblicas Unidas, 2000) expresa Colosenses 1:14: “quién por su muerte nos salvó y perdonó nuestros pecados”. La palabra “muerte” evita el uso del símbolo problemático “la sangre”, pero deja en claro para los niños la importancia de la muerte de Cristo como único camino para acercarnos a Dios.

Dentro del contexto de esta expresión “la muerte de Cristo”, se puede aclarar el significado de la palabra “perdón” con relación a nuestros pecados. Podemos explicarles a los niños que Dios es perfecto y que, por lo tanto, no puede tener ningún pecado. Para que nosotros seamos sus hijos fue necesario que su hijo Jesús muriera. Jesús murió para pagar el castigo del pecado que todos merecíamos. Lo pudo hacer porque él vivió en la tierra como un hombre, pero nunca hizo nada que no fuera lo que Dios quería. Él nunca pecó. Así es que, cuando murió sobre la cruz, murió como nuestro substituto y así hizo posible que Dios nos perdonara todos nuestros pecados.

También conviene evitar el uso de la frase “Dios mandó a su hijo Jesús para morir por nosotros” (o por ti). A veces están presentes niños que han sufrido maltrato y abuso por parte de personas adultas. Para ellos esta frase suena diferente y hasta cruel. Para ellos, suena a “Dios quiso matar a Jesús”. Entonces, es mejor decir: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo para morir por nuestros pecados”. Esta frase aclara los puntos esenciales, sin dejar lugar para que el niño tenga interrogantes sobre la bondad de Dios.

Segundo: “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón.”

¿Cómo podemos explicar al niño esta decisión tan fundamental para su vida espiritual, sin utilizar este simbolismo? Nunca es fácil transformar un concepto abstracto en algo concreto y sencillo. Sin embargo, creo que es de suma importancia encontrar una explicación que sea más adecuada que esta frase tan utilizada en la evangelización de niños.

En primer lugar, como he señalado antes, algo que ayuda mucho al niño es hacer la distinción entre “la vida interior” y “la vida exterior”. Es fácil programar pequeñas actividades de aprendizaje para aclarar este concepto. Algunas pueden estructurarse con el uso de pequeñas láminas de caritas que representan las emociones. Cuando el maestro utiliza esta ayuda gráfica, los niños adquieren rápidamente la habilidad de identificar sus propias emociones según las circunstancias que están viviendo. Se le explica al niño que esas emociones son parte de su vida interior. Para subrayar la misma idea, pero utilizando otro medio, se podría realizar un diálogo con un títere, por medio del cual el títere describe lo que está pensando y sintiendo en su vida interior.

O se puede inventar un cuento en el cual el personaje se comporta de diferentes maneras: come, habla, estudia, hace deportes u otras actividades físicas fáciles de observar. Se explica al niño que estas actividades representan su vida exterior. Por supuesto, se cuenta lo que el personaje está pensando, sus reacciones emocionales en diferentes momentos y las actitudes que se van formando en él, todos elementos que no se pueden observar y que se pueden conocer únicamente si él los expresa. Al terminar el cuento, los niños deben analizar las dos partes de la vida del personaje ficticio. Se puede repetir el cuento, pero esta vez se pide que los niños palmeen cuando hay evidencia de la vida exterior, y que levanten la mano cuando el personaje hace algo que representa su vida interior.

Con estas actividades y otras similares, los niños van adquiriendo una comprensión más adecuada de que la palabra “corazón” representa la vida interior de la persona. Cuando se haya establecido esta distinción, se le puede decir al niño que cuando acepta a Cristo está permitiendo que él tome control de la parte interior de su vida. Cristo viene a estar con el niño en esa parte de su vida donde piensa y siente todo. También se le debe explicar que es en la vida interior donde comienza todo lo que se hace en contra de la voluntad de Dios, lo que llamamos “el pecado”. Cuando le pide perdón a Jesús por su pecado y le entrega el control de su vida, está cambiando su manera de pensar. Está permitiendo que Jesús tenga control de sus pensamientos. El significado literal de la palabra “arrepentimiento” es “cambiar de mente”. Así es que, cuando me arrepiento de mi pecado, estoy deseando un cambio en mi manera de pensar, y como dice Pablo: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Romanos 12:2, VP).

Se le explica al niño que él no lo puede ver a Dios porque Dios es invisible, pero su presencia en nosotros se hace evidente por los cambios que se producen en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

Tercero: “recibir el regalo de la salvación”.

Otra de las frases simbólicas que quiero mencionar tiene que ver con un concepto que, a mi juicio, debilita para niños, como también para los adultos, la comprensión de la obra de Cristo en ofrecernos la salvación. Frecuentemente usamos la frase “recibir el regalo de la salvación”. Nos basamos en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” Ver también Romanos 8:32; Efesios 2:8. Enfatizamos el hecho de que este regalo precioso es absolutamente gratis y lo único que tenemos que hacer es aceptarlo. Desde un punto de vista, esto es correcto porque Efesios 2:8, 9 declara: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” Pero este énfasis pasa por alto otro aspecto fundamental de nuestra regeneración, que es el hecho de entregar el control de la vida a Dios. San Pablo lo expresó en estas palabras: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20,NVI). Cuando usamos la expresión “aceptar el regalo de la salvación”, estamos dando a entender que le hacemos un favor a Dios al aceptar su regalo. Es verdad que nuestra salvación no depende de nada que nosotros podamos hacer porque todo es por gracia. Pero un regalo es algo que uno recibe sin ningún compromiso. En cambio, cuando explicamos la salvación como una decisión responsable de entregar la vida a Dios para que él la controle, estamos incluyendo como parte de esa entrega el hecho de ceder el control. El apóstol Pablo habla de esto cuando dice: “Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Romanos 8:9,NVI). Trivializamos la muerte de Cristo si hablamos únicamente de “aceptar el regalo de la salvación”. La parte esencial que corresponde a toda persona es sentir remordimiento y pena por los pecados que haya cometido y arrepentirse por haber vivido haciendo lo que uno quería sin importarle lo que Dios quiere. La salvación es esencialmente el traspaso del dominio de mi vida a Dios, porque hasta ceder ese control he vivido de acuerdo con la “naturaleza pecaminosa” (la tendencia de hacer lo que uno quiere sin importarle lo que Dios quiere), y sin reconocer la necesidad de vivir bajo el dominio de Dios. El niño tiene la capacidad de entender que para que Jesús pueda ser su Salvador, él debe arrepentirse de sus pecados y pedir que Jesús sea quien controle toda su vida.

Nuestra finalidad en la evangelización de los niños debe trascender el deseo de sumar números, como si la cantidad de niños ganados diera evidencia de nuestro éxito en este trabajo. Nunca debemos pensar en los niños como cifras. Nuestra misión, además de ofrecerle la oportunidad de aceptar a Cristo, debe ser que el niño comprenda, dentro de sus posibilidades, las dimensiones profundas de la entrega de su vida al Señor. Si lo ayudamos a entender esto, estará comenzando su vida como cristiano con la capacidad de llegar a una verdadera madurez en Cristo. Desde el comienzo de su peregrinación de fe tendrá una comprensión más adecuada de lo que significa ser un seguidor de Jesús. Este compromiso demandará lo mejor de él y no será fácil. Pero no depende de sus fuerzas, sino de Cristo que vive en él.

Es imposible saber el potencial que un niño pueda tener para lograr una vida de gran utilidad y bendición a otros. Trabajamos con los niños convencidos de que tenemos un pequeño tesoro en las manos y que Dios nos ha concedido el singular privilegio de influenciar su vida. Por más breve que sea el tiempo que lo tengamos como alumno, o más pequeños e inadecuados que sean nuestros esfuerzos, sabemos que Dios ha de tomar esa semilla y la hará crecer. Algún día hemos de mirar esa vida, ya de persona adulta, y sentir un profundo orgullo por lo que Dios nos permitió lograr en la formación de su vida espiritual. En ese momento sólo nos corresponde inclinar el rostro en reverente humildad y decir en silencio: “Gracias, Señor, por el gran privilegio de contribuir a la formación de esta vida.”

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 77–84). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.