El uso de las Escrituras en la enseñanza de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 2

El uso de las Escrituras en la enseñanza de los niños

a1Un domingo, cuando mi hija tenía ocho años de edad, salió de la iglesia muy disgustada. En el auto, volviendo a la casa, expresó con estas palabras su parecer sobre la clase que habían tenido en la escuela dominical.

—¡Mama, me aburre la clase de escuela dominical! Las maestras no hacen más que contarnos historias de ovejas y trigo y uvas. ¡No entiendo nada!

Indagando un poco sobre el asunto, me enteré que para la edad de los escolares estaban usando una serie de lecciones sobre las parábolas de Jesús. Me imagino que las personas que habían escrito el material, como también los maestros que lo estaban utilizando, habían hecho un gran esfuerzo para lograr que los niños entendieran esas enseñanzas tan importantes. Pero no habían logrado su objetivo, por lo menos en el caso de mi hija. Creo que en parte era porque mi hija siempre ha sido una persona práctica en sus enfoques frente a la vida. Las fantasías y los cuentos de hadas nunca le han interesado. Pero por otro lado, creo que ella estaba reaccionando en contra de estas lecciones por las limitaciones de comprensión que son propias de los niños de esa edad. Estoy segura que en toda probabilidad había niños presente cuando Jesús pronunció originalmente las parábolas, pero indudablemente tampoco no entendieron lo que a los adultos les resultó difícil de entender. Las parábolas de Jesús estaban impregnadas de alegorías, figuras y simbolismos. A los adultos les costaba entender las verdades misteriosas y escondidas dentro de las parábolas. Por ejemplo, en la ocasión cuando Jesús habló de la parábola del sembrador (Mateo 13:1–12; Marcos 4:1–12 y Lucas 8:4–10), los discípulos le preguntaron cuál era el significado de la parábola. Jesús les contestó que a ellos se les había concedido que conocieran los secretos del reino de Dios, “pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que ‘aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan.’ ” (Lucas 8:9, 10). Entre todo lo que implica su respuesta, por lo menos podemos entender que hay enseñanzas que son entendibles para algunos pero no para otros. ¿Por qué pensamos, entonces, que si a los adultos en el tiempo de Jesús les costaba entender las parábolas (y desde entonces hasta hoy), los niños actuales podrán entender toda la magnitud y complejidad de estos pasajes?

Creo que a todos nosotros que asumimos la sagrada responsabilidad de enseñar la Biblia, nos corresponde aplicar lo que sabemos acerca de las limitaciones cognoscitivas y emocionales de los niños en la selección de los pasajes bíblicos que hemos de enseñar. Estas limitaciones nos condicionan en el material que hemos de enseñar. Aunque toda la Biblia es “inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16), la manera cómo ciertas partes son enseñadas a los niños merece mucho cuidado. Me refiero al hecho de que debemos tener muchísimo cuidado en la elección de las porciones bíblicas que utilizamos porque su contenido no es adecuado para su edad de desarrollo. Corremos el peligro de que nuestra enseñanza de la Biblia pueda servir de impedimento en el crecimiento espiritual del niño. Vamos a mirar algunos de los parámetros que se deben tomar en cuenta en cuanto a esto.

No debemos basar nuestra enseñanza sobre situaciones que trascienden su experiencia evolutiva

Aquí estoy pensando especialmente en incidentes que contienen dimensiones sexuales. Éstos no corresponden porque el niño no tiene una capacidad de entender aún la relación íntima sexual entre hombre y mujer ni mucho menos el actuar de Dios con relación a estas circunstancias. La Biblia abunda en situaciones de conductas sexuales ilícitas, por lo menos desde el punto de vista de la moral cristiana. Basta con ver dos ejemplos: uno sería la experiencia que vivió el profeta Oseas donde recibe instrucciones de Dios de tomar como esposa a una prostituta y concebir por ella “hijos de prostitución” (ver Oseas 1:2–11, etcétera). Otro ejemplo sería el trágico incidente que se relata acerca de un levita y su concubina y la conducta de hombres perversos de Guibeá (ver Jueces 19). Inclusive, cuando uno usa algún relato bíblico que incluye detalles que tienen que ver con conductas sexuales (José y la esposa de Potifar [Génesis 39]; David y Besabé [2 Samuel 11] etcétera.), se busca una forma de contar lo ocurrido sin entrar en los detalles o explicaciones que para los niños serían problemáticos.

No debemos enseñarles doctrinas que no pueden entender

Recuerdo haber vivido en mi niñez, cuando estaba en cuarto grado, un período de dudas angustiantes por haber entendido mal la doctrina de la predestinación. Un maestro bien intencionado quiso hacernos entender el significado de esta doctrina. Como consecuencia, viví varios meses aterrada pensando que iba al infierno porque seguramente no había sido elegida por Dios para recibir la vida eterna. Afortunadamente, por un comentario que yo hice, mi padre se dio cuenta de mi angustia y con gran sabiduría supo calmar mis temores y asegurarme de que era hija de Dios.

Muchas de las doctrinas fundamentales de la vida cristiana deben ser enseñadas dando cuidadosa atención a la capacidad del niño para entenderlas. Dado sus escasas experiencias de vida y sus limitaciones de comprensión, el niño pequeño no podrá entender los pormenores de algunas doctrinas como la doctrina sobre el castigo eterno del incrédulo, los acontecimientos finales antes de la segunda venida de Cristo y otros. No estoy sugiriendo que las doctrinas básicas de la fe cristiana no se deben enseñar, sino que deben ser enseñadas cuando la persona tenga la edad suficiente para comprender e incorporarlas a su vida cristiana. Generalmente sería más apropiado dar este tipo de enseñanza cuando se llegue a la adolescencia o a la juventud.

No debemos usar pasajes bíblicos que crean confusión acerca de la persona de Dios y su manera de relacionarse con los hombres

En una ocasión me causó gran desilusión ver un material para la capacitación de maestros de niños que utilizaba como relato bíblico modelo el pasaje que se encuentra en 2 Reyes 2:23–25. Esta porción de las Escrituras relata cómo el profeta Eliseo maldice en el nombre de Dios a algunos muchachos que se estaban burlando de él. Como resultado, salieron dos osas del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de ellos. Uno no puede menos que sentir sorpresa y repugnancia contra el castigo cruel que el profeta lanzó contra esos niños. No podemos dudar de que el incidente es veraz y queda así registrado en la Biblia. Pero es un incidente aislado que se debe equilibrar por decenas de otros relatos que muestran la misericordia de Dios. El hecho de utilizar este incidente como un vehículo de enseñar verdades sobre la persona de Dios es crear confusión y temor en los niños. El niño automáticamente se identifica con los muchachos horriblemente muertos en el relato bíblico y en la mente le entran dudas si ese tipo de castigo podría caer sobre él por algún error que pudiera cometer.

Otro pasaje que a los niños se debe enseñar con mucho cuidado se encuentra en el capítulo 22 de Génesis, donde se narra el sacrificio de Isaac. La dimensión enorme de la lección de fe que Abraham aprendió en ese momento va más allá del entendimiento de un niño. Lo único que él puede entender es que Dios pidió que un padre maltratara a su hijo con la intención de matarlo y que el padre lo hizo obedeciendo las órdenes de Dios.

Muchas partes del Antiguo Testamento contienen escenas de violencia y de conflicto. Al ser éstas incluidas en lecciones para niños sin un contexto correcto, se les ha infundido temor. Aunque no es la intención del maestro, algunos niños se convencen desde pequeños de que Dios es un ser lleno de ira y que utiliza su soberanía y poder para castigar a la indefensa humanidad. El maestro, quien por su propio desarrollo espiritual está convencido de la bondad y la misericordia de Dios, puede ayudar al niño a entender que el castigo que sufrió el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento se debió a su incredulidad y desobediencia, y no al capricho de un Dios iracundo y vengativo. Dios quiso protegerlos y cuidarlos, pero por su desobediencia, ellos eligieron salir de la cobertura de su protección y provisión.

Aunque me he referido a algunos elementos que debemos evitar en la enseñanza de los niños, prefiero enfocar este tema en sentido positivo en vez de negativo; no tanto por lo que NO debemos enseñar sino por lo que SÍ. El parámetro que debe utilizar el maestro en la selección de los pasajes bíblicos se debe definir primeramente por todo aquello que sí bendice y fortalece la vida espiritual del niño. La Biblia es una fuente inagotable de riqueza para esto y el maestro tiene el privilegio de ser canal de bendición en su enseñanza de estos pasajes edificantes. Señalo algunos elementos que deben guiarnos en esta tarea.

Debemos enseñar historias que inspiran al niño a admirar la maravillosa obra de Dios

En muchísimas ocasiones ha sido mi privilegio observar cómo cae un silencio absoluto sobre un grupo de niños cuando ellos quedan inmovilizados al escuchar algún relato bíblico que muestra la grandeza de Dios. Éstos son momentos sagrados y dan evidencia de la obra del Espíritu Santo haciendo vivir las Escrituras en las mentes de los niños. Existen maravillosas historias que muestran el poder de Dios. En el Antiguo Testamento, uno ve el poder de Dios actuando a favor de su pueblo elegido especialmente bajo el liderazgo de Moisés y de Josué. En el Nuevo Testamento uno encuentra en la vida de Jesús una infinidad de ejemplos, como cuando él calma la tormenta, o cuando da sanidad a los enfermos. La Biblia es una fuente casi inagotable para el maestro en enseñar las maravillosas obras de Dios.

Debemos enseñar historias que alientan al niño a saber que Dios se deleita en tomar nuestras debilidades y usarlas para la bendición de otros

Las historias clásicas de este tipo son las experiencias de Gedeón, de Daniel o de David. En el Nuevo Testamento vemos en las vidas de Pedro y de Pablo, entre otros, a personas que fueron utilizadas con poder a pesar de sus propias debilidades. La Biblia no trata de cubrir los defectos de las personas, sino que muestra que Dios obra a través de vidas imperfectas para la bendición de otros. Estos testimonios hacen posible que el niño se identifique con estos individuos y aprenda que también Dios lo puede usar para ayudar y bendecir a otros a pesar de sus debilidades.

Debemos enseñar historias que proveen modelos de fe en Dios en medio de las circunstancias difíciles

Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas que hicieron la voluntad de Dios a pesar de estar viviendo circunstancias adversas. El capítulo 11 de Hebreos nos da una larga lista de algunos de estos personajes. En el Antiguo Testamento se destacan personas como Abraham, Moisés, José, Daniel, Elías y Eliseo como modelos de lo que significa vivir en obediencia a Dios en medio de sufrimientos y contratiempos. Igualmente en el Nuevo Testamento se destaca el libro de Hechos, donde encontramos otros ejemplos de personas valientes que vivieron en medio de tremendas adversidades mientras proclamaban el evangelio en la época del inicio de la iglesia. El niño de hoy necesita ser alentado en su fe por estas historias, porque muchos de ellos están enfrentando enormes dificultades en sus propias vidas.

Debemos enseñar historias que fortalecen al niño en la adquisición de sus primeros conceptos de las doctrinas fundamentales de la fe

Encontramos una nutrida fuente de enseñanzas en la historia del pueblo Israel que es liberado de la esclavitud en Egipto para iniciar una vida de dependencia en Dios en su largo peregrinaje hasta llegar a la tierra prometida. A través de esa experiencia, los israelitas aprendieron lo que significaba ser el pueblo de Dios y vivir en obediencia a sus decretos. Aunque fracasaron muchas veces, Dios fue fiel. En el Nuevo Testamento tenemos los fundamentos de la doctrina cristiana que nace de la muerte y la resurrección de Cristo, la esperanza de su segunda venida, el inicio de la iglesia primitiva, entre otros. Aunque el niño no está capacitado aún para entender los pormenores de algunas doctrinas, puede ir formando conceptos básicos que han de robustecer su fe.

Debemos enseñar historias que incitan al niño a ser un testigo fiel del Señor

Los ejemplos de los fieles profetas en el Antiguo Testamento como Jeremías, Natán, Daniel, Elías y Eliseo nos animan y nos dan ejemplos de cómo y dónde podemos ser testigos de Dios. En el Nuevo Testamento se destaca la vida del apóstol Pablo como un testigo valiente de su fe en Dios, sirviendo él como un ejemplo sin igual para nosotros.

Su ejemplo también es una manera excelente de inspirar e incentivar a los niños a servir a Dios como misioneros en otros países.

Debemos enseñar historias que animan al niño a poner en práctica en su vida diaria las actitudes y los valores cristianos

Las vidas de los personajes bíblicos están registradas en la Biblia para nuestra instrucción y aliento espiritual. Sus actitudes y conductas establecen modelos para toda persona, incluyendo al niño. Una lista breve lo ilustra: cómo perdonar las injusticias (José), cómo amar (Rut), cómo lograr la paz (Isaac), cómo soportar las crisis de enfermedad y sufrimiento (Job), cómo vivir en mansedumbre (Moisés), cómo obedecer a Dios sin entender todas las razones (Josué), etcétera. Cuando se hace la correcta aplicación de estas vidas a las experiencias reales del niño, éste aprende lo que significa cambiar actitudes y valores para agradar a Dios.

Debemos enseñar historias que traen consuelo al niño y le infunden ánimo en tiempos de crisis

Hay muchos ejemplos de este tipo de historia, pero una de mis preferidas es la que se encuentra en 2 Reyes 4:1–7. Dios provee para una viuda con dos niños a través del profeta Eliseo. Éste le indica a la mujer que debe juntar todo tipo de vasijas y jarros para llenarlos de aceite y luego venderlo para salir de su crisis económica. Recuerdo haber relatado esa historia una noche a un grupo de niñas de nueve a once años de edad. Decidí contar la historia tratando de meterme en la situación de la viuda, comunicando su desesperación y luego el enorme alivio que sintió al ver la milagrosa y abundante provisión de Dios. Las niñas del grupo representaban el nivel de estímulo tan característico de los niños modernos que son expuestos a las computadoras, los video-juegos, el cine y la televisión. Me sentía algo preocupada por si pudiera mantener su interés con mi sencillo relato verbal. Sin embargo, cuando terminé la historia, hubo en el grupo un silencio generalizado que duró varios segundos y luego un suspiro colectivo. Una niña levantó la mano y me dijo: “Señora, esa historia me encanta. ¿No puede contarla de nuevo?” Sus compañeras indicaron que todas estaban de acuerdo con su pedido. Al volver a casa esa noche, quedé pensando en lo que había pasado en la clase. Yo sabía que los padres de varias de las niñas estaban divorciados. Me imaginé que se identificaron totalmente con los hijos de la viuda y la situación de crisis económica que estaban viviendo. Pude saber, entonces, que la historia les había traído consuelo al saber que Dios obra a favor de las viudas y de los huérfanos y seguramente les infundió ánimo en medio de sus propias realidades. Mi experiencia de esa noche ilustra cómo las historias bíblicas cumplen el objetivo de animar y consolar al que sufre.

Debemos enseñar historias que ayudan al niño a saber que el pecado trae consecuencias dolorosas en la vida

La Biblia nos presenta la verdad sobre la condición humana y las consecuencias que el pecado produce en la vida. El niño necesita aprender acerca de su naturaleza pecaminosa y su inclinación natural a hacer el mal. Necesita entender que el pecado es algo grave que distorsiona la vida. Hay historias muy claras que dan ejemplos de cómo el pecado destruyó vidas y trajo consecuencias serias a otros que estaban involucrados. Entre ellas están la de Adán y Eva, de Acán, David, Pedro y otros.

Es importante recordar, sin embargo, que la enseñanza sobre el pecado y sus consecuencias siempre debe incluir el ofrecimiento del perdón de Dios. La meta de toda nuestra enseñanza es acercar al niño al Dios de toda esperanza, quien perdona y restaura vidas y quita la culpa por nuestros errores. El perdón de los pecados es una de las columnas principales de la fe.

Debemos enseñar historias que animan al niño a encontrar la salvación en Jesús

Las historias que encontramos en el libro de Hechos proveen testimonios poderosos de personas que fueron transformadas al poner su fe en Cristo como Salvador. Todo el mensaje de la Biblia es que Dios ama al hombre y quiere su bienestar. Esto es posible únicamente por fe en Cristo, el Hijo de Dios. Las aplicaciones, aun de las historias del Antiguo Testamento, pueden darse de tal forma que el niño es incentivado a ejercer su fe y tomar el paso de compromiso con Cristo.

La Biblia es tan compleja y rica en sus enseñanzas que a través de toda la vida estamos encontrando nuevas enseñanzas y aplicaciones de sus verdades para nuestra vida. Sin embargo, es importante reconocer que el niño necesitará otra dimensión de enseñanza en cuanto a las verdades bíblicas por el mero hecho de que tiene las limitaciones propias de ser niño. Siempre me preocupa cuando escucho de alguna iglesia que ha decidido unificar todo su programa de enseñanza para todas las edades. Es decir, si los adultos están estudiando el libro de Romanos, los niños lo deben hacer también. Lo que impulsa estas decisiones generalmente es la idea de que toda la familia debe tener la posibilidad de estar unida a través del aprendizaje de una misma porción de la Palabra de Dios. Por más noble que sea este sentimiento, mi preocupación es que generalmente estas decisiones han sido tomadas por líderes que no entienden ni toman en cuenta la naturaleza del niño en cuanto a su aprendizaje. Ni tampoco le proveen al maestro los materiales ni una capacitación como para transformar una enseñanza orientada hacia adultos en una que es adecuada a los niños. Y, como siempre en estos casos, los que salen perdiendo son los niños.

Vuelvo al ejemplo de Jesús, que siempre supo tomar en cuenta el potencial y las capacidades especiales de los niños. Fue sencillo, transparente y genuino en su trato con ellos. No complicó las cosas. Más bien quiso que los adultos hicieran todo lo posible para que los niños llegaran a él, sin impedirlos o poner condiciones. Nuestro desafío constante es saber elegir correctamente las partes de la Biblia que serán útiles y edificantes en la vida de los niños porque nuestra meta es facilitar su acercamiento al Señor.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 19–27). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

UN CAMBIO FENOMENAL

6 abr 2016

UN CAMBIO FENOMENAL

por el Hermano Pablo

a1Fue un viaje largo, de trescientos trece días. Y fue un viaje silencioso, sin escalas ni paradas, un viaje que no fue ni por automóvil, ni por barco ni por avión. Fue el viaje que hizo Sergei Krikalev, cosmonauta ruso, en su cápsula espacial. Él nunca pensó que lo que ocurrió durante su vuelo pudiera haber ocurrido.

Cuando bajó de su vehículo en la república soviética de Kazakstan, después de diez meses en el espacio, su país había sufrido un cambio total. La Unión Soviética ya no existía. El comunismo ruso era cosa del pasado. Gorbachev no era más presidente, y en lugar de la bandera roja con la hoz y el martillo, flameaba la tricolor rusa antigua. Hasta su ciudad natal, Leningrado, había cambiado de nombre y ahora se llamaba, como antes, San Petersburgo.

Sergei se sintió mareado, no sólo como reacción natural de plantar pie otra vez en tierra sino, más que todo, por tantos cambios que nadie jamás pudiera haber previsto. El cosmonauta ruso anterior, Musa Manarov, estuvo más tiempo que él en el espacio, trescientos sesenta y seis días, pero durante su ausencia nada cambió. En cambio, durante la ausencia de Krikalev, en sólo diez meses, su mundo había dado un vuelco político total.

¿Cómo reaccionó Krikalev ante un cambio tan súbito y radical? Eso no lo sabemos, pues la agencia de noticias no lo explicó, pero no podemos menos que compararlo con cómo reaccionamos nosotros ante cambios inesperados en nuestra vida.

Todos tenemos situaciones en la vida que, sin la más mínima premonición, nos sorprenden: un diagnóstico médico que es presagio de calamidad; la noticia de un accidente automovilístico que trae consigo informe de muerte; el anuncio del marido, de que otro amor ha desplazado a la esposa; la noticia devastadora de que nuestro hijo ha contraído el SIDA. Tales circunstancias pueden pasarnos a todos. Nadie es tan santo como para que no le ocurran. ¿Cómo reacciona uno ante semejantes situaciones?

Cuando no hay fe, cuando no creemos en un ser superior, cuando no nos hemos relacionado en forma personal y continua con Dios, no nos queda más que una horrible desesperación que nos deja sin ánimo de seguir viviendo.

En cambio, cuando hemos vivido tomados de la mano del Señor, y cuando conocemos lo que es fe segura en la sabiduría y en la providencia divinas, no nos amedrentamos ante el anuncio imprevisto de alguna calamidad. Sí tendremos luchas, pero con Cristo de amigo, seremos más que vencedores.

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4. CÓMO EVITAR HACER CRÍTICA DESTRUCTIVA CONTRA OTROS

SERIE GIGANTES AL ACECHO

4. CÓMO EVITAR HACER CRÍTICA DESTRUCTIVA CONTRA OTROS

David Logacho
2016-04-05

a1Saludos cordiales amable oyente. Qué privilegio es para mí contar con su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Nuestro tema de estudio tiene que ver con los gigantes en nuestra vida. Al hablar de gigantes me estoy refiriendo a poderosos enemigos que se instalan cómodamente en nuestra vida para echar a perder el gozo y la libertad que como creyentes tenemos en Cristo. Estos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el chisme, la culpa, el miedo, la soledad, los celos. En nuestro estudio bíblico anterior dentro de esta misma serie, tratamos el asunto de la crítica y vimos que puede ser constructiva o destructiva. La crítica constructiva es aquella que evalúa objetivamente una situación determinada y sugiere maneras de corregir los problemas buscando siempre una mejora. Todos deberíamos ser críticos constructivos. Por contraste, la crítica destructiva es aquella que no hace ninguna evaluación de una situación determinada y emite conclusiones basadas en premisas equivocadas o prejuiciadas, buscando destruir en lugar de construir. Esta crítica tiene dos caras. Por un lado esta la crítica destructiva que recibimos de otros y por otro lado está la crítica destructiva que lanzamos contra otros. Ya hablamos de cómo hacer frente a la crítica destructiva que recibimos de otros. En esta ocasión vamos a tratar acerca de cómo evitar hacer crítica destructiva contra otros.

En realidad, si somos honestos con nosotros mismos, debemos admitir que cuando somos objeto de la crítica destructiva, sufrimos en alto grado. Pero lo sorprendente es que no nos detenemos a pensar en ello cuando nosotros lanzamos crítica destructiva. Pensamos que de alguna forma inexplicable, los demás no van a sufrir cuando son víctimas de nuestra crítica destructiva. Es tan fácil criticar a otros. Es sencillo formarse una opinión sin conocer a fondo los detalles de los hechos. Alguien ha afirmado que los hechos pueden ser perturbadores, y por tanto, es mucho más sencillo ignorarlos. En cosas así se basa la crítica destructiva. De pronto nos convertimos en expertos en cualquier cosa que imaginemos. Con estas ínfulas pensamos que sabemos el por qué de todo. Sabemos por qué alguien hizo esto o aquello, sabemos cuáles fueron sus motivaciones. Lo entendemos todo perfectamente. Hacemos que la gente piense que en realidad estamos tan al tanto de todo que hasta conocemos lo que hay en el corazón de las víctimas de nuestra crítica destructiva, cuando la realidad es que no sabemos nada y si algo sabemos es información fragmentada y casi siempre distorsionada. Por esto no nos queda otra cosa sino hacer conjeturas. Juzgamos todo y a todos y nos creemos Dios. Pronto todo mundo llega a ser víctima de nuestra crítica despiadada. Los que son dados a la crítica destructiva son gente que ha intentado algo y ha fracasado. Por tanto se tornan amargados y envueltos en envidia debido a que como no han podido lograr la excelencia que buscaron resisten a los que están en el camino a la excelencia. También es gente que busca auto promocionarse a cualquier precio. El que critica para destruir normalmente piensa que de esa manera va a levantar su propia imagen. El viejo truco de hacer quedar mal a otros para quedar bien nosotros, o como muy bien se ha dicho, echar lodo a otros para que nosotros parezcamos más limpios que ellos. Así que, amable oyente, todos tenemos el potencial de volvernos críticos despiadados, criticando los métodos sin realmente entenderlos. Algunas veces ni siquiera sabemos lo que impulsa a las personas a actuar como lo hacen, y sin embargo los criticamos severamente. Cuando nos invade esa pasión por la crítica destructiva, generalmente hablamos mucho de algo que conocemos muy poco. Nos atrevemos a criticar las intenciones o las motivaciones de los demás, pero ¿Cómo podemos conocer algo que está muy escondido en el corazón de las otras personas? Solamente Dios puede conocer las intenciones del corazón y por eso solamente él es el único quien puede juzgar con justo juicio. Pero nosotros no somos Dios para saber las intenciones del corazón de otros y sin embargo cuántas veces habrá salido de nuestros labios expresiones como: Yo sé por qué lo hizo o yo sé lo él estaba pensando. A veces inclusive vamos más allá y empezamos a censurar y a condenar. Es muy fácil censurar cuando se desconoce la realidad de los hechos. Ahora que sabemos algo de lo que hay detrás de bastidores en cuanto a lanzar crítica destructiva, pensemos en cómo prevenir la crítica destructiva o si ya hemos caído en criticar para destruir, pensemos en cómo abandonarla. Para ello debemos tomar en cuenta ciertas cosas. Primero, la crítica destructiva será tomada muy en cuenta por Dios. Mateo 12:36 dice: Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.

La crítica destructiva es palabra ociosa o palabra inútil. Cuando criticamos a otros para destruir deberíamos pensar en este versículo. Algún día tendremos que responder por nuestras palabras ociosas, es decir por cada palabra improductiva o descuidada, que no sirve para ningún buen propósito. Esto debería servir de freno para no andar criticando a otros para destruir. Segundo, la crítica destructiva echa a perder nuestra buena relación con Dios. Santiago 1:26 dice: Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
Sería bueno que este texto sea colocado en letras grandes en nuestros hogares y en nuestras iglesias. Si no refrenamos nuestra lengua no nos digamos religiosos porque nuestra religión es vana. Esto es lo que en esencia dice este texto. Gran advertencia para no meternos en crítica destructiva y si ya hemos caído en ella, gran aliciente para salir de ella inmediatamente. Tercero, Dios nos exhorta a decir las cosas como conviene. Proverbios 25:11 dice: Manzana de oro con figuras de plata
Es la palabra dicha como conviene.

Hay una basta diferencia entre la persona que habla sabiamente y aquel que siempre anda criticando y nunca ve nada bueno en nadie. Este último jamás analiza; sólo habla. Cuarto, toda crítica destructiva que lanzamos contra otros se basa en asumir gratuitamente que conocemos los pensamientos o las motivaciones de los demás, lo cual es totalmente falso y antibíblico, porque debeos saber que solamente Dios puede conocer las motivaciones o las intenciones del corazón. Es por este motivo que Pablo nos dice lo siguiente en 1 Corintios 4:5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.

Es el Señor, amable oyente, no nosotros, quien en su debido tiempo manifestará las intenciones de los corazones. Por eso, él es el único con derecho a juzgar. Si nosotros lo hacemos estaremos cayendo en la crítica destructiva. Romanos 14:4 dice: ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.

Así que, criticar a oro para destruir es usurpar el papel de Dios o el papel de amo de la otra persona. ¿Quién de nosotros puede permitir esto? Entonces no debemos criticar a otros. Quinto, al criticar a otros debemos saber que en algún momento, nosotros también seremos criticados por otros. El crítico no puede evitar ser objeto de la crítica. Mateo 7:1-2 dice: No juzguéis, para que no seáis juzgados.

Mat 7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

Ya vimos cuan doloroso es esto de ser objeto de la crítica destructiva. Una de las maneras de evitar este dolor es por medio de no criticar a otros para destruir. Sexto, cuando nos hallemos tentados a criticar a otros, en lugar de criticar debemos orar a favor de ellos. Esta práctica nos alejará poco a poco de la crítica destructiva contra otros. Espero que estas sencillas sugerencias le ayuden a derrotar a ese temible gigante, llamado crítica destructiva.

¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 1

¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños?

a1Antes de emprender la tarea de enseñar la Biblia a los niños, conviene reflexionar sobre una pregunta fundamental que, de alguna manera, todos nos hemos hecho: ¿por qué enseñamos la Biblia a los niños?

Porque es la voluntad de Dios

La enseñanza de conceptos morales y espirituales a los niños es un mandato que inicialmente se establece en el Antiguo Testamento. Moisés dio claras instrucciones sobre esto al pueblo israelita: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:4–7, NVI). Con esta amonestación Moisés quería que los padres asumieran seriamente la tarea de educar a sus hijos en el conocimiento de las leyes de Dios. Él esperaba que estas enseñanzas partieran de vidas que demostraban profunda reverencia hacia Dios y una disposición de obedecer a sus leyes. La enseñanza que deberían impartir los padres consistiría en dos aspectos: instrucción y admonición. Instrucción sería el hecho de informar al niño acerca de las verdades y demandas de Dios; admonición sería el estímulo y desafío de ponerlas en práctica en la vida real.

El contexto donde esta enseñanza se daba era el hogar, y los padres eran las personas responsables de la instrucción. Los padres eran secundados en su tarea por las ceremonias comunales en el templo donde el niño aprendía formas de adoración a Dios viéndolas expresadas, sobre todo, por el ejemplo de sus propios padres pero también por otras familias en la comunidad de fe. Además, los sacerdotes tenían la tarea de proveer una enseñanza sistematizada acerca de las leyes de Dios para que el pueblo adquiriera sabiduría espiritual y viviera moralmente. El principio que guiaba todos estos esfuerzos era que toda persona debería traer honor a Dios por medio de su propia vida de fe y por la manera en que la familia vivía y expresaba su fe en la comunidad.

Pero, ¿acaso el pueblo de Israel cumplió este mandato de educar espiritualmente a sus hijos? No hay forma de dar una respuesta categórica a esta pregunta. Por un lado, uno puede encontrar ejemplos en el Antiguo Testamento de padres que sí lo hicieron. Un ejemplo es Isaac, el hijo de Abraham, quien cumplió fielmente con las leyes de Dios que había aprendido de su padre. Otro es José, el bisnieto de Abraham, quien encontró fuerza espiritual en la fe que había aprendido de su padre Jacob, y pudo por ello resistir las tremendas tentaciones de su exilio en Egipto. Además de la instrucción espiritual que individuos dieron a sus hijos, uno encuentra que el sistema de ceremonias y cultos religiosos se establecieron según las normas que Dios había dado a Moisés, llegando a expresar una forma de vida donde los actos religiosos definían la sociedad.

Pero, al estudiar el desarrollo histórico de la nación de Israel, hay clara evidencia de que los padres en general no cumplieron con la tarea de educar espiritualmente a sus hijos o pronto dejaron de hacerlo. Es posible hacer esa declaración porque al mirar el ejemplo de las familias prominentes, entre ellos los líderes, se ve que los hijos no siguieron la fe de sus padres. Esto llevó a que, con el correr del tiempo, el pueblo se apartara de los mandatos de Dios, se dejara influenciar por la sociedad pagana circundante y, finalmente, cayera en idolatría, trayendo sobre sí la destrucción de la nación. Aunque hubo individuos que dieron clara evidencia de su fe en Dios, por lo general la gente cayó en una indiferencia espiritual.

De allí, entonces, que el mensaje de los profetas era de fuerte amonestación de volver a Dios con una actitud de arrepentimiento y con la disposición de obedecer sus mandatos. La historia de Israel comprueba que las leyes que fueron dadas por Dios no pudieron producir obediencia ni santidad en las personas. El ejemplo del fracaso del pueblo de Israel confirma lo que el apóstol Pablo establece con claridad: la ley sirve para definir el pecado, pero no para producir santidad (ver Romanos capítulos 2 a 4). Únicamente a través de Jesucristo, dice Pablo, “hemos sido justificados mediante la fe y tenemos paz con Dios” (Romanos 5:1).

El fracaso de Israel en enseñar y vivir las verdades de Dios no disminuye el hecho de que el plan de Dios era que los adultos instruyeran a los niños. Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque ésta es la norma que Dios estableció para la familia y la sociedad.

Porque es el mandato de Cristo

Cuando pensamos en la enseñanza espiritual de los niños, nuestra guía es el ejemplo de Cristo y su claro mandato. En Mateo 28:18–20 (ver también Marcos 16:15), Jesús da a sus discípulos, y por consiguiente a nosotros también, lo que se conoce como la gran comisión: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (NVI). Aunque generalmente no se piensa en estos términos, sin duda alguna este mandato incluye también a los niños. Uno puede ver la importancia que Jesús le daba a los niños por actitudes y palabras que él expresó en cuanto a ellos. Uno de los pasajes más significativos en cuanto a su actitud hacia los niños es el que se encuentra en Mateo 18:1–6. Con un niño presente en medio del grupo, o posiblemente sentado en sus faldas, Jesús declaró varias verdades importantes con relación a los niños: primero, dijo que las cualidades de transparencia y sinceridad que caracterizan al niño son cualidades necesarias para pertenecer al reino de Dios (“…si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de Dios”); segundo, dio importancia en cuanto a la actitud que se debe tener para con el niño (“el que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí”); tercero, reconoció que la vulnerabilidad del niño en cuanto a las enseñanzas y ejemplo que recibe de un adulto puede ser defraudada (“a cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí”); y cuarto, advirtió sobre la consecuencia terrible de dañar la vida espiritual del niño (“más le valdría que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar”). Más adelante, en el versículo 10 del mismo capítulo, sus palabras muestran la importancia que él dio a los niños como individuos con necesidades espirituales (“miren que no menosprecien a uno de estos pequeños…”)

En el resto del Nuevo Testamento no hay instrucciones específicas en cuanto a la enseñanza de los niños. Más bien, los apóstoles pusieron el énfasis sobre el hecho de que el cristiano tiene una vida que lo distingue del resto de la sociedad, es decir, su fe en Cristo tiene un efecto en su forma de vivir que es definitivamente distinta que la del mundo circundante incrédulo. Como consecuencia, el deber de los padres es instruir a sus hijos en lo que esa fe implica (“Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor”, Efesios 6:4). Jesucristo, por ser el Señor de la vida, demanda un compromiso que afecta todas las áreas de la vida. Es cierto que las Epístolas no dan instrucciones específicas sobre la enseñanza espiritual de los niños. Pero podemos decir que todas las enseñanzas de los apóstoles que son dirigidas a los adultos llevan implícita la participación de toda la familia como una unidad de fe. La amonestación “instruyan a sus hijos en la fe” queda insertado en todo el mensaje del Nuevo Testamento. Si los padres han creído en Cristo, es lógico que su fe ha de transformar la vida del hogar e influenciar las formas de pensar y de ser de los hijos.

Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque Jesús mandó que lo hiciéramos y porque las enseñanzas de los apóstoles lo afirman.

Porque los niños necesitan un encuentro personal con Cristo

También enseñamos la Biblia a los niños porque necesitan aceptar a Cristo como su Salvador y entregarle la vida. Una de las ideas populares en la sociedad es que el niño es innatamente bueno e inocente de pecado. La Biblia, sin embargo, no hace tal declaración. Al contrario, la Biblia enseña que toda persona es pecador por naturaleza (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”, Romanos 3:23 NVI). El niño pequeño no tiene que ser enseñado en cómo pecar; peca porque es innato en él llevar su vida de acuerdo con sus propios intereses y no los de Dios. Uno observa en él la disposición de desobedecer, mentir, y hacer toda clase de maldad sin ayuda de nadie. La amonestación bíblica “instruye al niño en su camino…” implica que la tendencia es ignorar lo que es lo correcto para hacer lo que no se debe. Por supuesto, según los criterios humanos, los pecados de los niños serán más “inocentes” que los de un adulto. Pero porque él es pecador, necesita recibir el perdón y el alivio de la culpa que lleva por sus conductas malas y actitudes egoístas. Necesita entender que sus pecados traerán consecuencias en su vida y en la vida de quienes le rodean. Pero también necesita saber que puede creer en Jesús, puede tener el perdón de sus pecados y puede sentirse seguro en ser un hijo de Dios y un miembro de la comunidad de fe. El niño también necesita saber que puede servir a Dios a su manera. Tiene el derecho de sentir el gozo de la esperanza de la vida eterna con Cristo. En una palabra, tiene el derecho de disfrutar de una vida espiritual plena.

Como el niño es una persona en formación, ha de responder a Dios en una forma muy natural y sincera pero siempre de acuerdo con las distintas etapas de su desarrollo. Sus experiencias espirituales como niño son algo único que no volverán a repetirse jamás de la misma forma en su desarrollo posterior como adolescente o adulto. Enseñar la Biblia correctamente al niño significa darle oportunidad de gozar de las cosas de Dios en el contexto de lo que es ser niño, con la frescura y espontaneidad típica de esta etapa de formación.

Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque queremos que ellos tengan la maravillosa experiencia de conocer a Cristo como su Salvador.

Porque los niños tienen la capacidad de responder espiritualmente a lo que van conociendo acerca de Dios

Enseñamos la Biblia a los niños porque representan la mejor etapa de la vida para el inicio de su formación espiritual. Una reconocida educadora cristiana, la Dra. Ruth Beechick cita algo escrito por un profesor de literatura secular:

La Biblia forma el nivel más básico en la enseñanza de la literatura. Debe ser enseñada detalladamente y lo más pronto posible como para que se hunda en el fondo de la mente y todo lo que venga posteriormente haya de arraigarse en ella. Me doy cuenta que esa declaración puede ser altamente controversial. Pero me estoy refiriendo a la enseñanza de la Biblia como parte de la literatura clásica de la humanidad. Hay un sinnúmero de razones de porqué enseñar la Biblia: porque continuamente se hace referencia a ella en la literatura secular, porque hay frases que salen de ella que están fijadas en la mente, porque contiene algunas de las más grandes y más conocidas historias que existen, etcétera. Por supuesto que existen razones morales y religiosas para la enseñanza de la Biblia. Pero yo me estoy refiriendo a la Biblia en el contexto de la literatura. Conocer la forma y estructura total de la Biblia es importante porque contiene el relato de la historia humana empezando con la creación y concluyendo con el juicio final. (Northrop Frye, La imaginación educada)

Según este autor, entonces, hay grandes ventajas en iniciar temprano la enseñanza de la Biblia en la vida del niño. Sin embargo, no me refiero aquí a un conocimiento meramente intelectual de la Biblia. Uno enseña la Biblia para estimular y nutrir la fe del niño. Contrario a lo que muchos creen, el niño puede responder a Dios y a su Palabra con una fe genuina. Sus conductas y actitudes pueden ser cambiadas y condicionadas por esta realidad. En su condición de niño, puede ser utilizado por Dios para bendecir a otros.

Hay dos ejemplos bíblicos, entre otros, de esto. Uno es el del niño Samuel, quien llegó posteriormente a ser un gran profeta y sacerdote de Israel. Samuel se crió en el templo, sirviendo al sumo sacerdote Elí. Su respuesta espiritual a lo que se le enseñaba en ese lugar fue personal y auténtica (1 Samuel 2:26). Tal es así, que siendo aún niño, Dios pudo hablarle en forma personal y revelarle verdades preocupantes acerca de Elí y la conducta de sus hijos. Evidentemente Dios tenía la seguridad de que, ante estas circunstancias, Samuel respondería con fidelidad y hablaría con Elí, aun cuando hacerlo le llenaba de miedo (1 Samuel 3:18). Se puede decir que hubo en Samuel, siendo aún niño, una capacidad de escuchar a Dios y obedecerle en medio de una situación arriesgada.

El otro ejemplo es el de la pequeña sirvienta judía que trabajó en la casa de Naamán, uno de los generales del ejército del rey de Siria. La situación de esta niña que servía a la mujer de Naamán fue diferente. No sabemos nada de la formación espiritual que ella pudo haber recibido en Israel antes de ser llevada cautiva a Siria. Ni tampoco sabemos cuántos años tenía cuando ocurrió el incidente que es relatado en 2 Reyes 5. Sin embargo, se ve que hubo en ella una convicción segura de lo que podía hacer el profeta Eliseo, que solamente podría haber estado basada en una fe genuina en Dios y en la autoridad espiritual que este hombre tenía. Esa fe la llevó a arriesgarse en una forma asombrosa, siendo ella nada más que una humilde esclava. Compartió con su patrona la posibilidad de que su esposo viajara a ver al profeta Eliseo para ser sanado de su lepra. Nos llama la atención el respeto que sus amos le tenían. ¿Quién puede explicar el hecho de que un poderoso general se presentara delante de su rey con una petición basada en algo dicho por una pequeña esclava? Algo hubo en esa niña, sea su fe o su conducta o su manera responsable de desempeñar sus tareas, que les había convencido a sus amos que un milagro de sanidad sería posible. La formación espiritual que había recibido antes de llegar a Siria sirvió para que ella trajera bendición sobre la vida de sus amos y de muchas otras personas.

Por lo tanto, nosotros enseñamos la Biblia a los niños porque tienen la capacidad espiritual de responder en fe genuina a Dios, dando la posibilidad de que él utilice sus vidas para la bendición de otros. “En los labios de los pequeños y de los niños de pecho has puesto la perfecta alabanza” (Mateo 21:16, NVI).

Porque la realidad social lo demanda

Es oportuno señalar que el niño actual, viviendo en los años que marcan el comienzo del siglo XXI, es un niño en crisis. Muchos de ellos, hasta podemos decir la mayoría, viven en medio del abandono físico y emocional, resultado de la separación o divorcio de los padres. Algunos viven en extrema necesidad, sufriendo desnutrición y falta de hogar. Otros viven la angustia del abuso verbal, físico y sexual. Diariamente estos niños buscan señales de seguridad en un mundo cambiante, violento e incierto. En una clase típica de escuela dominical de unos diez niños, es muy probable que cinco de ellos vivan en hogares con serios problemas. Los conflictos matrimoniales, evidenciados por la separación y el divorcio, el concubinato y los problemas típicos del síndrome del alcoholismo y la adicción, han llegado a ser comunes no sólo en la sociedad sino que repercuten en las iglesias. Si agregamos a esto la dimensión de tensión y preocupación constante que genera el desempleo, los bajos sueldos y la escasez económica típicos en la mayoría de los hogares, no debe sorprendernos que los niños mismos evidencien todo tipo de estrés en sus reacciones y conductas. El niño que vive estos problemas necesita sentir la realidad de la presencia de Dios en su vida diaria. Esa presencia puede otorgarle seguridad y paz y un amor incondicional de parte de Dios que lo acepta como es. Es mediante el contacto directo con la Biblia, donde el Espíritu Santo ha de iluminar su mente sobre verdades acerca de Dios, que el niño podrá llegar a conocerlo.

Por estas razones, y por muchas más que no tomo el tiempo de señalar ahora, enseñamos la Biblia a los niños.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 9–18). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

«BODAS DE PLATA Y DE LUTO»

5 abr 2016

«BODAS DE PLATA Y DE LUTO»

por el Hermano Pablo

a1Eran unas bodas de plata. Veinticinco años de dichosa vida matrimonial. Un cuarto de siglo de vivir juntos, de vivir unidos, de vivir ligados por estrechos vínculos de amor, de compañerismo, de fidelidad.

Neil y Brenda Janson, de Hayes, Inglaterra, quisieron celebrar sus bodas de plata en la misma capilla donde se habían casado veinticinco años antes, frente al mismo clérigo con los mismos testigos. Pero cuando Neil, el esposo, repitió las palabras del clérigo y renovó así sus votos de amor eterno, sucedió algo que desconcertó a todos. En ese momento sufrió un paro cardíaco que puso fin a sus días. Murió agarrando la mano de su esposa. Los amigos y parientes llamaron a la celebración: «bodas de plata y de luto».

Uno se pregunta: ¿Por qué tiene que morir un hombre todavía joven, precisamente en el día en que celebra sus veinticinco años de casado? Veinticinco años de matrimonio, vividos en amor, fidelidad y compañerismo son una tremenda bendición, y terminar ahí la vida, habiendo gozado de un matrimonio feliz, es un fracaso en el sentido de que es tanto un suceso funesto como un resultado adverso.

Sin embargo, mil veces más fracaso que un paro cardíaco es la destrucción de un hogar, tenga el tiempo que tenga. Consideramos que hubo injusticia divina porque un matrimonio que se llevaba bien, en el que no había peleas y reinaba la paz, se encontró con una súbita separación forzada.

No obstante, eso no es fracaso. Fracaso es no considerar lo sagrado de los votos. Fracaso es no tener paciencia en el matrimonio. Fracaso es ser irreverente y descortés con su pareja. Fracaso es cortar la comunicación y cerrar la puerta del corazón. Fracaso es ser infiel, es engañar al cónyuge, es cometer adulterio y así menospreciar los votos de honor y fidelidad mutuos. Eso es fracaso.

La calidad de nuestra vida no la determinan los años. La felicidad, la paz, el éxito en el matrimonio son el resultado de entrega mutua, de sometimiento recíproco, de sacrificio, de amor. Estas son virtudes que no responden a una emoción pasajera sino a una decisión: la de considerar sagrados nuestros votos y de amar de todo corazón a la persona que Dios nos ha dado hasta que la muerte nos separe.

Con Cristo en nuestra vida y en nuestro matrimonio podemos tener ese premio. Hagamos de Él nuestro dueño y Señor. Él le dará a nuestro matrimonio no sólo largos años de permanencia sino fuertes sentimientos de amor.

http://www.conciencia.net/

¿CÓMO PUEDO SER SALVO?

EL MARIDO INTEGRAL

Guía Práctica Para Ser un Esposo Bíblico

Por Lou Priolo

¿CÓMO PUEDO SER SALVO?

a1A través de este libro se ha hecho referencia al hecho de que un hombre no puede ser la clase de esposo que Dios requiere aparte del poder habilitador del Espíritu Santo. Tú puedes estarte preguntando, “¿Cómo sucede esto? ¿Cómo recibe una persona el poder necesario para vivir una vida agradable a Dios?” Este apéndice procura responder esta pregunta.

El Espíritu de Dios habita sólo en aquellos que, por gracia, han puesto su fe en la muerte sustitutiva del Señor Jesucristo. Ellos son salvos por gracia por medio de la fe.

Todos los versos citados en este apéndice se encuentran en el Nuevo Testamento. Escúchalos por un momento:

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Ef. 2:8–9).

Respondió Jesús y le dijo: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios (Jn. 3:3).

Dios dice que nuestros pecados nos han separado de Él. Dios es santo y justo. Su santidad le hace odiar el pecado. Su justicia le demanda castigar el pecado. La paga o el castigo del pecado es muerte (Rom. 6:23). Para Dios, tolerar el pecado sin requerir el castigo apropiado sería una violación de su justicia.

Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron (Rom. 5:12).

Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 6:23).

Porque escrito está: SED SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO (1 Pedro 1:16).

Trata de verlo de esta manera: ¿Considerarías justo a un juez si, por parcialidad para con un asesino convicto, lo sentenciara sólo a 30 días en la cárcel en lugar de la sentencia mínima requerida por la ley? ¿Se le debería permitir a ese juez injusto sentarse en la banca de la corte? ¿Qué acerca de Dios? ¿Debería Dios, “el juez de toda la tierra,” simplemente no castigar a los pecadores que transgreden su ley? ¡Por supuesto que no! Si Dios eximiera a los hombres y mujeres pecadores sin demandar que paguen al menos la pena mínima por sus crímenes, esto lo volvería injusto. La sentencia mínima para el pecado de acuerdo a la Biblia es la muerte. Dicho simplemente: Dios tiene que castigar el pecado porque Su justicia se lo requiere.

Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (Heb. 9:27).

El Señor, entonces, sabe rescatar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos bajo castigo para el día del juicio (2 Pedro 2:9).

Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de cuya presencia huyeron la tierra y el cielo, y no se halló lugar para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono, y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, que es el libro de la vida, y los muertos fueron juzgados por lo que estaba escrito en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Hades entregaron a los muertos que estaban en ellos; y fueron juzgados, cada uno según sus obras. Y la Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Ésta es la muerte segunda: el lago de fuego (Ap. 20:11–14).

Por otro lado, Dios es amoroso y misericordioso. Él “es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.” ¿Cómo puede entonces Dios perdonar a los pecadores en amor y misericordia cuando su justicia requiere que los castigue por sus pecados?” ¡La respuesta es encontrar un sustituto!

Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús el Nazareno, varón confirmado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo en medio vuestro a través de Él, tal como vosotros mismos sabéis, a éste, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis, a quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que era imposible que Él quedara bajo el dominio de ella (Hechos 2:22–24).

Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras (1 Cor. 15:3).

Si Dios pudiera encontrar a alguien que estuviese dispuesto a pagar el precio por la pena del pecado y que no tuviese que morir por su propio pecado, entonces Él podría castigar al sustituto en lugar del pecador. ¿Pero quién es sin pecado? Sólo Dios. Así que Dios, en Su amor y misericordia, se hizo hombre en la persona de Jesucristo (Fil. 2:7), vivió una vida sin pecado y luego murió en la cruz como sustituto por los pecadores que eran incapaces de redimirse a sí mismos. Luego, después de ser sepultado se levantó de entre los muertos y al hacerlo demostró Su poder sobre la muerte.

Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne pero vivificado en el espíritu (1 Pedro 3:18).

El mismo poder de la resurrección está disponible para aquellos que creen verdaderamente en el evangelio de la gracia de Dios. Para los que creen, el evangelio no es sólo poder sobre la muerte, sino también sobre el pecado – el mismo pecado que nos esclaviza y por el cual Cristo murió para salvarnos de él. Como ves, es sólo cuando alguien se convierte en cristiano que el Espíritu Santo habita en él dándole el poder para cambiar y obedecer a Dios.

¿Eres cristiano? ¿Qué te impide serlo? Oye de nuevo las buenas nuevas que son proclamadas a ti y a todos los que escuchan:

Si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación … porque: TODO AQUEL QUE INVOQUE EL NOMBRE DEL SEÑOR SERÁ SALVO (Rom. 10:9–10, 13).

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna … El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él (Juan 3:16–36).

Priolo, L. (2012). El marido integral: Guía práctica para ser un esposo bíblico (pp. 259–262). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

«¡CINCO MIL MUERTOS PIDEN VENGANZA!»

4 abr 2016

«¡CINCO MIL MUERTOS PIDEN VENGANZA!»

por Carlos Rey

a1Durante siete años prosperó el negocio. Sus dueños multiplicaron sus ganancias. Tenían una funeraria en Pasadena, California, en la que vendían servicios de honras fúnebres. Embalsamaban muertos. Incineraban muertos. Enterraban muertos. Y transportaban muertos a otras ciudades. Pero lamentablemente también profanaban a los muertos.

Al amparo de tarjetas de donación de órganos, que falsificaban, vendían ojos, riñones, corazones y huesos. Vendían además, cuando lograban robarlas, piezas de oro, tales como anillos y brazaletes, e incluso empastes de oro de las dentaduras. Y para colmo de males, incineraban los cadáveres en masa, por montones, de modo que las cenizas que entregaban a los familiares no eran de ningún difunto en particular.

Durante siete años cometieron estas atrocidades con impunidad, hasta abril de 1987. Ese mes las autoridades de California hicieron una redada en la funeraria Lamb en Pasadena luego de descubrir en la localidad de Hesperia, a más de una hora de distancia en el condado de San Bernardino, un enorme crematorio oculto al que se había hecho pasar por un horno para cerámica usado para curar paneles resistentes al calor para el transbordador espacial.

De ahí que los tres miembros de la familia dueña del negocio —Laurieanne Lamb Sconce, su esposo Jerry Sconce y su hijo David— tuvieran que afrontar una demanda por quince millones de dólares. Al concluir el juicio, a la madre la declararon culpable de ocho acusaciones, y al padre, de robo y de maltrato de restos humanos. En 1989 el hijo, David Sconce, se confesó culpable de varios cargos, incluso de robo de tumbas, y lo condenaron a cinco años de cárcel. Lamentablemente, lejos de satisfacer la demanda de los familiares de los cinco mil muertos procesados por la familia Sconce, esa condena por el ultraje póstumo perpetrado contra ellos, que representaba apenas un año de cárcel por cada mil difuntos, no surtió más efecto que recordarles amargamente las palabras tajantes de la abogada Elizabeth Joan Cabraser, que dijo: «¡Cinco mil muertos piden venganza!»

El juez del caso, por su parte, comentó con sabiduría salomónica: «La dignidad de una sociedad se mide por la dignidad que ella les concede a sus muertos.» De hecho, el sabio Salomón mismo, consciente de que toda sociedad se dignifica o se envilece según sus valores morales, planteó los siguientes valores que a la sociedad actual le convendría adoptar:

Vale más el buen nombre
que el buen perfume.
Vale más el día en que se muere
que el día en que se nace.
Vale más ir a un funeral
que a un festival….
El sabio tiene presente la muerte;
el necio sólo piensa en la diversión….
Quien teme a Dios
saldrá bien en todo.1

14-PERSISTE FIRME

EL MARIDO INTEGRAL

Guía Práctica Para Ser un Esposo Bíblico

Por Lou Priolo

Capítulo Catorce

PERSISTE FIRME

a1¿Te has sentido alguna vez como si tu matrimonio fuese una caja donde estás atrapado y que se hace más pequeña con cada día que pasa? ¿Te has preguntado si acaso esa caja te va a apretar tanto que te sofocará o te aplastará? Yo he conocido a muchos que se han sentido así. Es para ellos que se escribe este capítulo. Por supuesto, tú te vas a beneficiar leyéndolo aun si la caja donde Dios te tiene ahora no tiene que ver con tu matrimonio. También te vas a beneficiar si te has sentido tentado a tirar la toalla intentando hacer que tu matrimonio funcione, así que por favor quédate conmigo por las siguientes páginas finales.

Poner a dos pecadores juntos en la cercanía íntima de una relación matrimonial puede, por momentos, producir mucha presión. ¿Cómo has manejado esa presión?

Aquí estás tú en una caja. Estás encerrado, incómodo y progresivamente más frustrado con cada hora que pasa. Tú quieres que esa presión que sientes se levante para tener algún alivio. ¡Quieres que Dios te saque de esa caja de una vez por todas! La Biblia tiene algunas cosas importantes que decir acerca de esa caja.

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla (1 Corintios 10:13).

La primera cosa que Dios quiere que conozcas es que tú no eres el único que has estando encasillado en esta clase de caja. El problema en que estás no es nuevo, es “común a los hombres.” Es decir, aunque pueda tener algunos componentes únicos; sin embargo, es una clase de problema que ha encasillado o aprisionado a muchos antes de ti. Ciertamente, mientras lees esto hay otros (sí, aun otros cristianos) que están básicamente en la misma caja que tú, ahora mismo.

Otra cosa que Dios te dice en este verso acerca de tu caja es que Él ha puesto límites al problema en que estás, y lo ha hecho de dos maneras muy importantes. Esta promesa divina; sin embargo, sólo se aplica a los cristianos. Es decir, a aquellos que por la fe dependen sólo de la obra redentora de Cristo en la cruz para su salvación.1 Para ellos, Dios ha limitado la extensión y la duración de sus problemas.

La fidelidad de Dios hacia ti significa, primero, que Él “no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar.” Es decir, Él no permitirá que la tentación se vuelva tan difícil que no seas capaz de lidiar con ella bíblicamente. En otras palabras, ¡Él no dejará que tu caja se vuelva tan pequeña que te aplaste o te sofoque!

Segundo, la promesa de la fidelidad de Dios es que como cristiano tu prueba tendrá fin. Él “proveerá también la vía de escape a fin de que podáis resistirla.” Dios promete que algún día, de alguna manera, tu prueba terminará; que El te va a dejar salir de la caja.2 Él no te dice cómo, o cuándo, sólo que lo hará.

La “caja” en la que estás:

Tarde o temprano Dios va a sacarte de la caja. Él puede proveer tu vía de escape enviando un tractor que derribe la pared. O podría oprimir un botón que disparara silenciosamente una puerta de escape en el piso de la caja. Él puede enviar un abridor de latas gigante que rompa la tapa de la caja y lanzarte una escalera para que te subas de allí y salgas. Quizás podría enviar un ejército de ángeles que marche alrededor de tu caja y que con un grito las paredes caigan como los muros de Jericó. O con un simple chasquido de Sus dedos Él puede hacer desaparecer la caja.

La pregunta que quiero hacer es “¿Qué estás haciendo mientras estás allí?” Mientras esperas que Dios te saque, ¿estás cooperando con su plan o, como muchos, has sacado impacientemente tu navaja tratando de romper la caja y salirte a tu manera antes de que Dios te saque por medios legítimos y justos a su manera?

Puesto que he tratado de referirme en este libro a cada pasaje del Nuevo Testamento que contenga un mandamiento específico a los esposos, voy a incluir también una explicación de 1 Corintios 7:11b: “que el marido no abandone a su mujer.”

Tú, esposo cristiano, no debes abandonar a (divorciarte de) tu mujer aunque sea incrédula: “si un hermano tiene una mujer que no es creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone” (1 Cor. 7:12).3 El debate sobre el divorcio y el re-casamiento continúa en este día. Con frecuencia produce más calor que luz. Pero una cosa en la que casi todos concuerdan es que el matrimonio es muy difícil de disolver.

Nada sino la infidelidad marital o la deserción de un cónyuge incrédulo constituye un divorcio bíblico (es decir, no pecaminoso).4 Aunque estés casado con una mujer que no profesa ser cristiana, mientras ella quiera vivir contigo, tu llamado es: “persiste” y trata de que tu matrimonio funcione.

En mis 13 años de profesión como consejero matrimonial, nunca he visto que un divorcio anti-bíblico cause menos dolor y sufrimiento de lo que causaría “reparar” el matrimonio. Ciertamente, es difícil resistir. Requiere mucha tolerancia y trabajo arduo. Pero por difícil que sea estar casado, es mucho más difícil proseguir con un divorcio pecaminoso porque “el camino de los [‘traicioneros’ RVA] transgresores es duro” (Prov. 13:15 RV60).

Cuando aconsejo a una persona que está pensando iniciar un divorcio anti-bíblico, usualmente le hago dos preguntas:5 La primera es: ¿Quieres lo mejor de Dios? La mayoría de la gente responde, “¡Por supuesto!” pero nunca se han detenido a considerar que su rebelión egocéntrica de iniciar un divorcio no sólo es un serio pecado contra el Dios Todopoderoso sino que tendrá un profundamente calamitoso impacto en su vida y felicidad futuras. El pecado causa miseria temporal y eterna. La gracia no es, como muchos suponen, pecado sin consecuencia. Tú no debes esperar que Dios bendiga tu desobediencia removiendo todas las consecuencias naturales (y sobrenaturales) de tu pecado. No importa cuán miserable piensas que eres en tus circunstancias actuales, si buscas un divorcio anti-bíblico serás, a largo plazo, más miserable de lo que eres ahora, aunque experimentes algún alivio momentáneo de tu sufrimiento. Recuerda la advertencia de Gálatas 6:7: “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará.”

La otra pregunta que me gusta hacer a los que quieren desertar innecesariamente de su matrimonio es, “¿Estás dispuesto a demostrarle a Dios y todo el mundo que tienes un corazón duro?” La mayoría de cristianos entienden las claras implicaciones de esta pregunta. Jesús, cuando fue cuestionado por los fariseos sobre las regulaciones del divorcio, demostró que el pacto del matrimonio no es un contrato tan fácil de abandonar como algunos de ellos creían.

Y se acercaron a Él algunos fariseos para probarle, diciendo: ¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo? Y respondiendo Él, dijo: ¿No habéis leído que aquel que los creó, desde el principio LOS HIZO VARÓN Y HEMBRA, y añadió: “POR ESTA RAZÓN EL HOMBRE DEJARÁ A SU PADRE Y A SU MADRE Y SE UNIRÁ A SU MUJER, Y LOS DOS SERÁN UNA SOLA CARNE”? Por consiguiente, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe. Ellos le dijeron: Entonces, ¿por qué mandó Moisés DARLE CARTA DE DIVORCIO Y REPUDIARLA? Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón, Moisés os permitió divorciaros de vuestras mujeres; pero no ha sido así desde el principio. Y yo os digo que cualquiera que se divorcie de su mujer, salvo por infidelidad, y se case con otra, comete adulterio (Mat. 19:3–9).

Cuando un cristiano inicia un divorcio anti-bíblico es siempre porque ha endurecido su corazón contra Dios.

Un tiempo atrás yo estaba en mi oficina tratando de convencer a una mujer que ella no tenía base bíblica para divorciarse de su esposo. A pesar de mi esfuerzo por hacerle ver lo que las Escrituras enseñan, ella no se convenció. Cuando comencé a presionar la autoridad de las Escrituras tratando de convencerla con ellas (“toda Escritura es inspirada por Dios y útil para … corregir … 2 Tim. 3:16), ella parecía ser inmune. Aunque le estaba lanzando todo lo que hay en el Libro, ella parecía impenetrable; no podía hacer llegar la verdad de la Palabra de Dios a través de los bloques que parecía haber levantado en su corazón. Finalmente, trató de justificar su pecaminoso plan diciendo, “Usted no conoce mi corazón, sólo Dios, y Él entiende.” A lo cual respondí, “¡Usted está en lo cierto, Dios conoce su corazón y entiende que es duro!”

Ahora, como hombre, tú podrías decir, “Yo se que sería un pecado, pero creo que Dios me perdonaría si me divorcio de mi esposa.”

¡No te apresures! Pensemos bien esto por un momento. Supón que tú eres el presidente de un banco y que entrando en tu oficina con una mirada sombría en mi rostro yo te preguntara, “¿Recuerda cuando su banco fue asaltado hace tres semanas?”

“Ciertamente sí,” replicas tú con un tono sospechoso en tu voz y una mirada suspicaz en tus ojos.

“Bueno, no sé como decirle esto exactamente pero … Bueno, eh, yo vine para confesarle el crimen y pedirle que me perdone. De verdad, de verdad lo siento mucho. Mire, yo sé que no lo merezco, pero ¿cree que podría perdonarme de corazón? ¡Por favor!”

“Ya veo. Bueno, ¿Dónde está el dinero que se robó?”

“¿El dinero?”

“Sí, quiero que me devuelva mi dinero”

“Pero yo vine a pedirle que me perdone. Yo no quiero regresarle el dinero. ¿No puede perdonarme y olvidarse del dinero?”

“Por supuesto que no, usted tiene que estar dispuesto a restituir lo que se robó antes de comenzar a pensar que lo voy a perdonar.”

¿Ves ahora cuán necio es esperar que Dios perdone tu divorcio pecaminoso sin primero estar dispuesto a arrepentirte y (si es posible) reconciliarte con tu esposa?

“¡Pero es que si sigo casado con esa mujer me voy a volver loco!”

“Es más probable que te “vuelvas loco” desviándote de la voluntad revelada de Dios que obedeciendo su Palabra y sufriendo por la justicia. Abandonar el lugar donde la Palabra de Dios dice que debemos estar es una cosa seria: “Como pájaro que vaga lejos de su nido, así es el hombre que vaga lejos de su hogar” (Prov. 27:8). El egoísmo y el descontento es lo que hace que un hombre abandone a su esposa y a su familia, separándose de ellos para buscar su deseo pensando que hay pastos más verdes en otro lugar (Prov. 18:1).

Yo he aconsejado a muchos hombres cristianos del otro lado de un matrimonio pecaminoso, quienes no quisieron reconciliarse con la esposa que desecharon antes de entrar en un matrimonio posterior. Pero no recuerdo ni uno que, después de todo, esté mejor ahora de lo que habría estado si hubiese estado dispuesto a persistir, a enfrentar la dificultad envuelta en enderezar su vida y a reconciliar su matrimonio.

Recientemente, un hombre que estaba separado de su esposa vino a mí de otra iglesia en el área para consejería. Le pregunté por qué venía conmigo en lugar de ir con el consejero de su propia iglesia. Su respuesta me enfureció.

“Ese consejero,” replicó, “me dijo que un buen divorcio es mejor que un mal matrimonio.”

El problema es que muchos cristianos no están dispuestos a sufrir por la justicia. Ellos parecen haber olvidado, si es que alguna vez lo supieron, que parte del paquete que viene cuando te comprometes con el cristianismo bíblico es que Dios te llama a sufrir (Mat. 5:10–12; 16:24; 2 Tim. 3:12; 1 Pedro 2:19–25). Algunas veces ese sufrimiento viene en la forma de un matrimonio difícil que hay que soportar. A menos, y hasta que Dios te provea una ventana bíblica por la cual puedas salirte (por ejemplo, la infidelidad sexual o la deserción matrimonial de tu esposa) mejor planea mantenerte allí a largo plazo.

La persistencia es otro de esos conceptos bíblicos que ha eludido de alguna manera a los cristianos hoy. El sufrimiento y la persistencia van mano a mano en la Biblia. Un importante efecto de la persistencia es la habilidad de soportar una prueba sin recurrir a medios pecaminosos de liberación (1 Sam. 24:1 y siguientes). Es decir, cuando Dios te pone en una caja, si tienes persistencia, no vas a sacar tu pecaminosa pequeña navaja para tratar de librarte a ti mismo con maneras que deshonran a Dios. Más bien, “persistirás allí” hasta que Dios te provea una manera honrosa a Él para salir de la caja. En relación a la dificultad del matrimonio, usualmente implica aprender a hacer funcionar un matrimonio. Para comenzar, primero debes sacar la viga de tu propio ojo (Mat. 7:5), esforzándote por ser un esposo bíblico integral.

Otro elemento de la persistencia que me gustaría mencionar tiene que ver con la forma en que percibes la prueba; en como ves el hecho de estar en una caja. Una persona persistente tiene la habilidad de mantener una perspectiva bíblica sobre sus problemas. Él o ella hacen esto rehusando magnificar una prueba tolerable para que parezca intolerable e insoportable.

Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón. Porque todavía, en vuestra lucha contra el pecado, no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre (Heb. 12:3–4).

Con toda probabilidad, las dificultades que estás atravesando y que te tien tan a tirar la toalla en tu matrimonio, no son en lo mínimo tan intolerables como te las imaginas. Seguramente son dolorosas, pero tienes que tener cuidado de no quejarte de una herida en la piel como si fuese un puñal atravesado en el corazón. También harás bien en considerar que Dios puede estar usando las pruebas de tu matrimonio para castigarte y santificarte para bien tuyo y la gloria de Su nombre. Él quiere producir en ti el fruto de justicia que sabe a paz.

Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: HIJO MÍO, NO TENGAS EN POCO LA DISCIPLINA DEL SEÑOR, NI TE DESANIMES AL SER REPRENDIDO POR ÉL; PORQUE EL SEÑOR AL QUE AMA, DISCIPLINA, Y AZOTA A TODO EL QUE RECIBE POR HIJO. Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no hijos verdaderos. Además, tuvimos padres terrenales para disciplinarnos, y los respetábamos, ¿con cuánta más razón no estaremos sujetos al Padre de nuestros espíritus, y viviremos? Porque ellos nos disciplinaban por pocos días como les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia. Heb. 12:5–11

Cuida de no pensar como Caín, quien neciamente se quejó de que su castigo era demasiado grande para ser soportado (Gen. 4:13). ¡La verdad es que tú aún no has recibido todo lo que mereces por tus pecados! Cristo ha tomado ese castigo sobre sí mismo. Si estás siendo castigado es para tu propio beneficio y para la gloria de Dios. Considera también que si Dios está usando tu matrimonio para disciplinarte, ¿Qué bien te hará evitarlo? Dios irá detrás de ti y te disciplinará más severamente – probablemente con una tabla más grande (y más dolorosa). Si te divorcias de tu esposa en contra de la Biblia y te casas con otra, no sólo estarás cometiendo adulterio, sino te estarás exponiendo a que Dios continúe el proceso de disciplina en tu próximo matrimonio. Créeme y cree en la Biblia: no vale la pena. A menos que tengas verdaderas bases bíblicas para el divorcio, es mucho más fácil soportar lo que sea para reparar tu matrimonio que abandonarlo y comenzar todo de nuevo.

Si lo que quieres es comenzar de nuevo, ¿Por qué no comienzas siendo la clase de esposo que la Biblia requiere de ti? Si en verdad eres cristiano tú puedes aprender a hacer cualquier cosa que la Biblia requiera. Puedes aprender a vivir con tu esposa “de manera comprensiva.” Puedes aprender a amar a tu esposa “como Cristo amó a la iglesia y se entregó a si mismo por ella,” soportando su pecado (vea Luc. 9:41; Rom. 5:8). Puedes aprender a amarla con la misma intensidad que te amas a ti mismo. Puedes aprender a reemplazar cualquier amargura en tu corazón hacia ella con la generosidad, ternura y perdón de Cristo. Puedes aprender a honrarla como a “vaso más frágil.” Puedes aprender a “santificarla” y “limpiarla” lavándola con “el agua de la Palabra.” Puedes aprender a mejorar tu vida sexual y dejar de defraudarla a ella (y a ti mismo) en esta área. Puedes aprender a ser el líder espiritual y dirigente de tu casa que Dios quiere que seas. Y si lo haces, tarde o temprano tendrás la clase de matrimonio que no sólo será placentero para ti sino que agradará y glorificará a Dios; tendrás un matrimonio que realmente demostrará a todos la espectacular y amorosa relación que existe entre Cristo y su iglesia.

Al llegar al final de este libro, me gustaría tomar un momento para usar un poco de imaginación santificada. Imagina lo que será cuando, por la gracia de Dios, puedas presentar, a ti mismo y a Cristo (en el cielo), a tu esposa “en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante” (Ef. 5:27b) porque ella es “santa e inmaculada” (Ef. 5:27c). Que el Señor bendiga tu esfuerzo de llegar a ser, por el poder del Espíritu Santo y con la infalible asistencia de las Escrituras, un esposo integral.

1 Si estás inseguro acerca de lo que esto significa o acerca de si eres o no un verdadero cristiano, si aún no lo has hecho (este es tu recordatorio final), por favor toma un momento para leer el apéndice A “Cómo Puedo Ser Salvo.”

2 Aun aquellos cristianos que están sufriendo alguna enfermedad terminal o incurable tienen esperanza de que algún día Dios les sacará de la caja de su carpa carnal (su cuerpo físico) y los conducirá a la libertad de su casa celestial (Romanos 8:12–22) (“un edificio de Dios, una casa no hecha por manos, eterna en los cielos” 1 Cor. 5:1–4).

3 De una serie de dos partes en cassette titulada “Cómo Vivir con un Esposo Incrédulo” (Título en inglés: “How to Live with an Unbelieving Spouse”).

4 Aunque todo divorcio es resultado del pecado, no todos los divorcios son pecaminosos. Para una explicación más completa sobre la posición protestante tradicional vea Matrimonio, Divorcio y Re-Casamiento, por Jay Adams (Grand Rapids: Zondervan, 1980) – Título en inglés Marriage, Divorce and Remarriage in the Bible.

5 Desde que yo recuerdo más mujeres cristianas profesantes inician divorcios anti-bíblicos de lo que lo hacen los varones cristianos profesantes. Esto es una realidad solemne. No pienses, “a mí y a mi esposa nunca nos sucederá.” El matrimonio es una cosa preciosa y debe ser tratado con cuidado.

Priolo, L. (2012). El marido integral: Guía práctica para ser un esposo bíblico (pp. 247–256). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

CREER EN CRISTO O CREERLE A CRISTO, PERSONAS DESTINADAS PARA CONDENACIÓN

CREER EN CRISTO O CREERLE A CRISTO, PERSONAS DESTINADAS PARA CONDENACIÓN

David Logacho
2016-03-31

a1Por medio del correo electrónico se ha comunicado con nosotros una amable oyente para hacernos la siguiente consulta: He encontrado dificultad en evangelizar a algunas personas no creyentes. Me dicen que ellos también creen en Cristo y que reciben milagros y que sus oraciones son contestadas. Cuando yo les hablo de las obras de la ley y de la fe en Cristo, me salen con que ellos tienen fe en Cristo, pero lo dicen sólo de palabra, sin entender lo que están afirmando. ¿Cómo puedo hacerles entender claramente el error en el que se hallan? ¿Qué palabras bíblicas se aplican a este problema tan delicado?

Gracias por su consulta amiga oyente. Comienzo por felicitarle por su deseo de compartir el Evangelio con otras personas. Habrá algunos que oyen el mensaje, no lo entienden en absoluto, y muy pronto se olvidan de lo que oyeron y siguen viviendo sin pensar siquiera en su condición espiritual. Habrá otros que oyen el mensaje, y al momento lo reciben con gozo, pero cuando vienen las pruebas de la vida, se desaniman y rehúsan seguir al Señor. Habrá otros que oyen el mensaje, parece que lo aceptan, pero muy pronto se nota que no pasó nada, porque más les interesa los afanes de este mundo y el engaño de las riquezas. Habrá otros que oyen el mensaje, lo entienden totalmente y de todo corazón, con sinceridad reciben a Cristo como su Salvador y esta decisión transforma totalmente sus vidas. El Señor Jesús habló de estas cuatro diferentes respuestas al mensaje del Evangelio, en lo que se conoce como la parábola del sembrador. Usted se siente algo frustrada porque algunas personas a quienes ha compartido el mensaje del Evangelio han dicho que ya creen en Cristo, y que sus oraciones son contestadas y hasta han recibido milagros. Bueno, existe la posibilidad de que estas personas sean ya creyentes y por eso han respondido de esa manera, pero también existe la posibilidad de que no sean creyentes aunque esté convencidas de que lo son. Esto último es lo que Usted piensa en cuanto a las personas a quienes compartió el Evangelio. Lo que pasa es que mucha gente piensa que cree en Cristo por el sólo hecho de ser miembro de alguna religión que tiene algo que ver con Cristo, no importa cuál religión sea. Mucha gente piensa que debe tener comunión con Dios porque cuando le pide algo, recibe lo que pide. Mucha gente piensa que Dios está con ellos porque han sido librados milagrosamente de algún peligro. Pero no debemos olvidar lo que dice Santiago 2:19 donde leemos: Tú crees que Dios es uno;  bien haces.  También los demonioscreen,  y tiemblan.

Hasta los demonios creen que Dios es uno, y no sólo eso, sino que tiemblan, pero no por eso dejan de ser siervos de Satanás y por tanto enemigos de Dios. Una cosa es creer en Dios o creer en Cristo y otra muy diferente es creer a Dios o creer a Cristo. Creer a Cristo significa conocer lo que Él ha dicho y hacer lo que Él ha dicho. Aquí radica la falla de muchos que dicen que creen en Cristo o que creen en Dios. El Nuevo Testamento presenta un episodio por demás trágico de personas que profetizaban, hacían obras sobrenaturales y todo en el nombre de Cristo, pero sin tener a Cristo en su vida. Ponga atención a lo que dice Mateo 7:21-23 No todo el que me dice:  Señor,  Señor,  entrará en el reino de los cielos,  sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mat 7:22  Muchos me dirán en aquel día:  Señor,  Señor,  ¿no profetizamos en tu nombre,  y en tu nombre echamos fuera demonios,  y en tu nombre hicimos muchos milagros?

Mat 7:23  Y entonces les declararé:  Nunca os conocí;  apartaos de mí,  hacedores de maldad.

No es cuestión de invocar al Señor de labios para afuera para poder entrar al reino de los cielos. Es algo más que eso. Implica un nuevo nacimiento, que hace posible el que cumplamos con la voluntad del Padre que está en los cielos. El Señor Jesús dijo que llegará un día, el día que el mundo llama el día del juicio, cuando no pocos, sino muchos estarán ante la persona del Señor y sabiendo que están en condenación, dirán al Señor: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Note, eran personas como las que Usted menciona en su consulta, que dicen que creen en Cristo, que reciben lo que piden en oración y que hasta milagros reciben. Pero estas personas no eran salvas, porque jamás habían sometido su voluntad a la voluntad de Dios, jamás habían recibido al Señor Jesucristo como Salvador. Por eso, estas personas escucharán las fatídicas palabras del Señor: Nunca os conocí. Apartaos de mí, hacedores de maldad. Estas personas profetizaban en el nombre del Señor, echaban demonios en el nombre del Señor, hacían milagros en el nombre del Señor, pero no hacían la voluntad del Señor sino la voluntad de Satanás. Nunca tuvieron una relación íntima y personal con el Señor y prueba de ellos es que su vida estaba caracterizada por hacer el mal. Cuando nos encontramos con personas que no quieren obedecer lo que dice Dios en su palabra, porque según ellos ya creen en Cristo y Dios les contesta las oraciones y reciben hasta milagros, es necesario reconocer que Dios necesita intervenir en estas personas haciendo su obra de quitar la venda espiritual que no les permite ver su triste condición espiritual como pecadores separados de Dios. Nosotros podemos orar a Dios pidiendo por esto, pero Dios tiene la última palabra. Él sabrá como lo hace y cuando lo hace. Algo que sí podemos hacer, además de orar, es compartir con estas personas el plan de salvación, poniendo énfasis en que el hombre es pecador, según Romanos 3:23, señalando que el hombre está en peligro de recibir eterna condenación por el hecho de ser pecador, según Romanos 6:23, indicando que Dios ama al pecador conforme a lo que dice Juan 3:16 y que por ese amor Dios envió a su Hijo unigénito para que muera en lugar del pecador, según Romanos 5:8 y finalmente invitando al pecador a reconocer que Cristo murió por él y por tanto debe recibirlo por la fe como Salvador personal, para llegar a ser hijo de Dios, según Juan 1:12. La palabra de Dios, y el poder del Espíritu Santo pueden derribar cualquier obstáculo que pueda poner el enemigo para evitar que el pecador halle salvación en Cristo Jesús.

La segunda consulta de nuestra amiga oyente que hizo la consulta anterior dice así: En Judas 4 dice el texto bíblico que algunas personas han sido desde antes destinadas para condenación, y he leído que Dios no quiere que ninguno se pierda, sino que todos sean salvos. ¿Cómo puedo explicar esta aparente contradicción? No puedo creer que Dios destine a alguien para perdición.

Gracias por su consulta. Usted tiene toda la razón al afirmar que la voluntad de Dios es que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento. 2 Pedro 3:9 dice: El Señor no retarda su promesa,  según algunos la tienen por tardanza,  sino que es paciente para con nosotros,  no queriendo que ninguno perezca,  sino que todos procedan al arrepentimiento.

Siendo así, es de esperarse que Dios no predestine a nadie para condenación, como efectivamente se ve en la Biblia. Lo que la Biblia presenta es una paradoja en la salvación. Los que somos salvos hemos sido elegidos para ser salvos antes de la fundación del mundo, pero los que no son salvos, se condenan, no por no haber sido elegidos para ser salvos antes de la fundación del mundo, sino porque voluntariamente rechazan la oferta de salvación en Cristo. Con esto en mente permítame leer el texto que se encuentra en Judas 4. La Biblia dice: Porque algunos hombres han entrado encubiertamente,  los que desde antes habían sido destinados para esta condenación,  hombres impíos,  que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios,  y niegan a Dios el único soberano,  y a nuestro Señor Jesucristo.

Leído a la ligera, parecería que este versículo está diciendo que Dios ha predestinado, o decidido de antemano que algunos hombres terminen en condenación. Estos hombres son los apóstatas. Pero no hay tal. La Biblia nunca enseña que alguien sea predestinado para condenación. Cuando los hombres se salvan es por la soberana gracia de Dios. Pero cuando los hombres se condenan es por su propio pecado y desobediencia. Lo que este versículo está diciendo es que la condenación que van a recibir los apóstatas ha sido decidida por Dios con anticipación. El versículo no está hablando de que Dios ha determinado con anticipación quien va a ser apóstata. Lo que está diciendo el versículo es que cuando alguien por su propia voluntad se desvía del camino de la verdad y por su propia voluntad decide ser un apóstata, entonces lo que le espera es la condenación que de antemano Dios ha determinado para todo apóstata.

 

3. LA CRÍTICA DESTRUCTIVA

SERIE GIGANTES AL ACECHO

3. LA CRÍTICA DESTRUCTIVA

David Logacho
2016-03-30

a1Doy gracias al Señor por la oportunidad de compartir este tiempo con usted, amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada Gigantes al Acecho. Al hablar de gigantes nos estamos refiriendo a enemigos como el desánimo, la crítica, el chisme, la culpa, el miedo, la soledad, los celos. En nuestro último estudio bíblico vimos cuan poderoso es ese gigante llamado desánimo. Es tan poderoso que ha sacudido países, familias, iglesias, ministerios cristianos y vidas de personas. Todavía retumba en nuestros oídos el triste final de toda una generación de hijos de Israel en el desierto, quienes, en cierta ocasión, presa del desánimo, se rebelaron contra Moisés y Aarón y llegaron a dudar de la persona y propósitos de Dios. En esta ocasión hablaremos de otro poderoso gigante al acecho. Este gigante se llama la crítica.

La crítica puede ser buena o mala. Una crítica buena, también llamada crítica constructiva es aquella que tiene como propósito hacer una evaluación objetiva y razonada de cierto asunto buscando siempre una mejoría de aquello que ha sido materia de la crítica. La crítica constructiva busca construir mas no destruir. Esta crítica constructiva es muy necesaria. Cada uno de nosotros debería tener un espíritu crítico en el buen sentido de la crítica. Es decir, debemos ser capaces de dar una opinión cuidadosa, inteligente y razonada de lo que percibimos con nuestros sentidos. No deberíamos aceptar cualquier cosa sin mayor explicación. No hay nada de malo con realizar una crítica constructiva. Pero existe otro tipo de crítica, que en esencia es mala. Es la crítica destructiva. Aquel que hace una crítica destructiva es el que emite su opinión despiadada, irreflexiva y a menudo prejuiciada en cuanto a cierto asunto o cierta persona. El que hace crítica destructiva lo ve todo negativamente, busca trivialidades y arma con ellas un escándalo mayúsculo. Colecciona todos los errores insignificantes, y basándose en ello se apresta a condenar irreflexivamente. Una persona así se convierte en una persona desconfiada y llega a creer que toda conducta humana está motivada por un interés egoísta de buscar el beneficio propio. Este tipo de persona desconfía de las motivaciones de las demás personas y mira a casi todo con una incredulidad que raya en el desprecio; y muy especialmente hacia aquello que le hacer sentirse o aparecer inferior. Este gigante, llamado crítica destructiva impulsa el descontento, destruye todo lo que halla en su camino y deja atrás un reguero de personas destrozadas. Ahora bien, este poderoso gigante tiene dos caras. Parece que fuera uno solo, pero en realidad son dos, a manera de hermanos gemelos. Uno es el gigante de la crítica destructiva que recibimos de otros y su hermano gemelo es la crítica destructiva que nosotros lanzamos contra otros. En nuestro estudio bíblico de hoy nos limitaremos a esa crítica destructiva que recibimos de otros. Cuando alguien habla mal de nosotros, esto puede destruirnos rápidamente a menos que sepamos como controlar a este gigante. Este gigante siempre anda persiguiéndonos. Si todavía nunca se ha encontrado con él, no dude que en algún momento tropezará con él. Todos los que nos hemos encontrado con este gigante nos hemos sentido lastimados, confundidos, preocupados, indignados, airados. La crítica destructiva nos sacude sin misericordia y nos deja lamiéndonos las heridas, muriéndonos de miedo. Hablando sobre esto, un poema dice lo siguiente: El hombre, con el aliento que le dio el cielo, habla palabras que ensucian la blancura de la vida. Es igual que un asesino, porque igual se mata con la lengua que con un cuchillo. Cuando alguien hable mal de usted, se sentirá como si le traspasaran el alma con un cuchillo. Este gigante se meterá en su vida y enredará todas las cosas. Atacará desde muchos frentes. Serán tiempos de prueba para su alma. No será capaz de entenderlo, se sentirá confundido, frustrado, perplejo y abrumado. Si dejamos que este gigante nos domine, viviremos amargados el resto de nuestros días. La clave está entonces en conquistar a esta poderoso gigante. ¿Cómo hacerlo? Primero, reconociendo que no es del todo extraño que recibamos crítica destructiva, especialmente si estamos esforzándonos por vivir vidas santas delante de Dios o si Dios nos ha puesto en alguna posición de liderazgo. Moisés fue objeto de la crítica destructiva una cantidad de veces. Josué y Caleb fueron objeto de la crítica cuando dieron un buen reporte acerca de lo que vieron en la tierra prometida. David fue objeto de la crítica destructiva tantas veces que perdió la cuenta. En su angustia por la crítica destructiva, exclamó las palabras que se hallan en textos como Salmo 64:1-6. La Biblia dice: Escucha, oh Dios, la voz de mi queja;

Guarda mi vida del temor del enemigo.

Psa 64:2 Escóndeme del consejo secreto de los malignos,

De la conspiración de los que hacen iniquidad,

Psa 64:3 Que afilan como espada su lengua;

Lanzan cual saeta suya, palabra amarga,

Psa 64:4 Para asaetear a escondidas al íntegro;

De repente lo asaetean, y no temen.

Psa 64:5 Obstinados en su inicuo designio,

Tratan de esconder los lazos,

Y dicen: ¿Quién los ha de ver?

Psa 64:6 Inquieren iniquidades, hacen una investigación exacta;

Y el íntimo pensamiento de cada uno de ellos, así como su corazón, es profundo.

Todos los hombres y mujeres que han hecho algo de bueno por el Señor, han sido víctimas de la crítica destructiva. Pero nadie ha sufrido tanta crítica destructiva como el Señor Jesús. Él fue criticado por comer con pecadores, fue criticado por echar fuera demonios, fue criticado por haber sanado a un hombre en un día de reposo, fue criticado por enseñar con autoridad, fue criticado por perdonar pecados. Así que, no piense que usted es la única víctima de la crítica destructiva. Es natural que los hijos de Dios seamos objeto de la furia del enemigo. Segundo, agradezca al Señor por la crítica destructiva en su contra. Esto suena extraño, pero cuando considera a la crítica destructiva como una oportunidad para crecer espiritualmente, estará dispuesto a agradecer al Señor por ello. Quizá cuando más rápidamente creció David en su relación con el Señor, fue cuando se encontró en la hoguera encendida por sus críticos. Tercero, no se esfuerce por dar su merecido a quien ha lanzado la critica destructiva en contra suya. Si está a su alcance el desmentir la crítica destructiva, hágalo, pero no tome la justicia en su propia mano para vengarse de quien ha hecho crítica destructiva en su contra. Ni siquiera piense por un momento en contrarrestar la crítica destructiva en su contra por medio de criticar destructivamente a la persona que le ha criticado. Es mejor poner todo en la mano del Señor y confiar en que Él castigará a os que le han criticado injustamente. Romanos 12:19 dice: No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

Cuarto, no permita que la crítica destructiva altere su estilo de vida, si está haciendo bien las cosas, por supuesto. El que critica para destruir busca justamente eso, destruir. Si se desanima y se abandona a usted mismo y piensa que lo mejor es no hacer nada para no se objeto de una crítica destructiva, habrá sido derrotado por ese gigante de la crítica destructiva. A pesar de lo que digan sus críticos, si sabe que está limpio delante del Señor de cualquier cosa que haya sido acusado injustamente, siga adelante con fe y determinación. Recuerde que los que hemos sido víctimas de la crítica destructiva hemos sido personas que estamos caminando hacia la madurez en nuestra vida cristiana. Esto me trae a la mente un pasaje de El Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Un día, Sancho Panza, su fiel escudero, se quejó de que los perros les ladraban. El Quijote le respondió: No te preocupes Sancho Panza, si los perros ladran, eso significa que estamos caminando. Así es mi querido amable oyente. Si está siendo víctima de la crítica destructiva, eso significa que está caminando hacia la madurez. Deje que los perros que critican para destruir sigan ladrando. Quinto, dependa del Señor para que Él proteja su integridad. Deje que el Señor luche por usted. Salmo 3:3 dice: Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí;

Mi gloria, y el que levanta mi cabeza.

Si en su propia fuerza se embarca en desvanecer las críticas destructivas en su contra, terminará frustrado y mal herido. Mejor es confiar en el Señor. Él sabe hacerlo bien. Espero amable oyente que estas ideas sean de ayuda para conquistar al gigante de la crítica destructiva en nuestra vida.