6. EL CHISME

SERIE GIGANTES AL ACECHO

6. EL CHISME

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David Logacho
2016-04-13

a1Saludos cordiales mi amiga, mi amigo. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. Todos nosotros tenemos que enfrentar gigantes en nuestra propia vida. Cuando hablo de gigantes me estoy refiriendo a acciones o actitudes en nosotros mismos que amenazan con hacernos daño si no nos sometemos a ellas. En nuestros últimos estudios bíblicos dentro de esta misma serie hemos hablado ya de algunos de estos gigantes, el gigante del desánimo, el gigante de la crítica y el gigante del temor. En el estudio bíblico de hoy hablaremos sobre otro gigante. Este gigante se llama el chisme.

Muchos gigantes acechan nuestra vida y no nos permiten disfrutar a plenitud de lo que Dios nos ha prometido en su Palabra. Ya hemos hablado acerca de los gigantes del desaliento, la crítica y el temor. Otro de los gigantes más comunes con los cuales debemos tratar se llama chisme. Todos nosotros somos acosados insistentemente por este poderoso gigante. Es tan fácil caer en los chismes. Cuántas veces no nos habremos arrepentido de haber soltado algo que no debió haber salido de nuestra boca. Con razón que Carlos Spurgeon solía decir: No me gusta en absoluto que la gente me cuente sus secretos, simplemente porque me es muy difícil guardarlos. Creo que cada uno de nosotros podríamos pronunciar un sonoro Amén a este dicho de Spurgeon. No me gustan los chismes, pero como me entretienen, decía un amigo mío. Otro amigo mío decía: Las únicas veces que no me atrae un chisme es cuando ese chisme es sobre mí. El gigante del chisme se parece mucho al gigante de la crítica, porque ambos se basan en conjeturas carentes de veracidad. Con el gigante del chisme sucede algo interesante, es esto: Puede ser que sepamos cuál es la realidad de los hechos, pero cuando lo contamos a otros lo hacemos de tal forma que exageramos esos hechos para hacer daño a la persona de quien estamos chismeando. En realidad, amable oyente, si permitimos que este gigante nos tome por el cuello, no tardaremos en convertirnos en incurables chismosos. Ahora bien, ¿Por qué es tan nocivo esto del chisme? Bueno, porque Dios nos ha ordenado no chismear. Levítico 19:16 dice: No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová.
Interesante que el andar chismeando es un atentado contra la vida del prójimo. Por andar en chismes, ponemos en peligro la vida misma de otra persona. ¿Se puede imaginar? A veces, la lengua causa más daño que un puñal. Por esto el sabio Salomón habló bastante sobre el mal uso de la lengua, dentro de ello, el chisme. Note lo que dice Proverbios 11:13 El que anda en chismes descubre el secreto;
Mas el de espíritu fiel lo guarda todo.

Note que aquí se contrasta al chismoso con el de espíritu fiel. Andar chismeando es un atentado a la fidelidad que nos debemos el uno al otro. Actuando con necedad, el chismoso descubre algo que debía ser guardado en secreto, en cambio, el de espíritu fiel protege lo que está en secreto. Esto no tiene nada que ver con ocultar pecados, sino con personas que hablan de cosas que no saben y dicen cosas que no son verdad para lastimar a otros. Proverbios 20:19 dice: El que anda en chismes descubre el secreto;
No te entremetas, pues, con el suelto de lengua.

Esta es una descripción precisa de cómo actúa el chismoso. El chisme ha sido causa de peleas y distanciamiento de los mejores amigos. Sobre esto, Proverbios 16:28 dice: El hombre perverso levanta contienda,
Y el chismoso aparta a los mejores amigos.

Muchas veces encontramos que nuestro mejor amigo nos pone una cara larga. No logramos descubrir la razón. Una probable razón es que nuestro mejor amigo tal vez escuchó algún chisme sobre nosotros y ese chisme está separando a dos grandes amigos. Es muy fácil caer en el chisme. Ponga atención a lo que dice Proverbios 18:8 Las palabras del chismoso son como bocados suaves,
Y penetran hasta las entrañas.

¡Cómo nos divierten los chismes! Salomón los compara como bocados de delicioso manjar, pero ¡Qué consecuencias más desastrosas! Dice el texto que son peor que un puñal que penetra hasta las entrañas. Cuidado con los chismes amable oyente. No sea que estemos apuñalando a alguien sin saberlo. Es fácil descubrir como hiere un chisme. Todo lo que tenemos que hacer es recordad cómo nos dolió la última vez que oímos un chisme acerca de nosotros mismos. Cómo se incrustó ese aguijón donde más nos duele. Cómo nos lanzó a ese estado de desesperanza. Quizá nos preguntamos: ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de hacer algo semejante? Así es exactamente como sienten otros cuando escuchan un chisme que nosotros hemos repetido. Bueno, con todo lo que hemos dicho, seguramente usted tendrá un cuadro bastante completo de lo bajo y ruin que es este gigante llamado chisme. Ahora viene la mejor parte. ¿Cómo podemos evitar que este maléfico gigante nos siga dominando? ¿Cómo lograr conquistarlo? Primero, debemos tratarlo como lo que es, es decir, como un pecado. Muchas personas no miran al chisme como algo bajo y sucio, sino que lo cubren con un manto de falsa piedad. Lo consideran como una pequeña debilidad o un hábito malo pero nada serio o toman la actitud de si todos lo hacen entonces por qué no yo. Con ideas como estas sobre el chisme, nunca lograremos conquistarlo. Lo que necesitamos es encararlo honestamente y considerarlo como un pecado. Segundo, ya que estamos de acuerdo en que el chisme es pecado es necesario confesarlo como tal delante de Dios. Deberíamos decir a Dios algo como esto: Señor, reconozco que he sido un chismoso. Reconozco que el chisme es un pecado y por tanto ha ofendido tu santidad. Cuando tratamos al chisme de esta manera, podremos descansar en promesas como la que encontramos en 1 Juan 1:9 donde dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Tercero, debemos inmediatamente abandonar el chisme. Proverbios 28:13 dice: El que encubre sus pecados no prosperará;
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Si queremos en verdad conquistar al gigante llamado chisme, no es suficiente con reconocer al chisme como pecado y confesarlo como tal delante de Dios. Además se necesita de un acto voluntario por el cual decidimos dejar a un lado totalmente el chisme. Federico el Grande, rey de Rusia, ha dejado una lección sobre esto. En alguna ocasión recibió en su despacho a una distinguida dama de su imperio. Vengo a contarle que mi esposo me trata muy mal, dijo la dama. El rey sin inmutarse replicó. Ese no es asunto mío, madam. La dama entonces añadió: Pero… también habla muy mal de usted. Nuevamente el rey sin inmutarse respondió: Si es así, no es asunto suyo madam. Qué bueno sería que nosotros mostráramos la misma decisión para no andar en chismes. Cuando rendimos nuestra voluntad a Cristo, Él puede cumplir su voluntad en nosotros. Filipenses 2:13 dice: porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Cuando entregamos a Dios nuestra voluntad, él cambiará nuestra conducta. Debemos decir al Señor: Por la gracia de Dios no voy a ser más la clase de gente que hiere a las personas recibiendo o propagando chismes. Cuarto, cuando alguien venga a usted con un chisme, córtelo con cortesía, recuerde que el mal no radica solamente en ir a otros con el chisme, sino también el recibir chismes de otros. Una buena manera de hacerlo es diciendo a la persona que trae el chisme algo como esto: Antes que continúes, quiero que sepas que yo voy a verificar lo que me digas con la persona aludida. ¿Tendrías algún problema si le digo que has sido tú quien me lo ha contado? El chismoso normalmente no querrá que se revele su nombre y así usted logrará no recibir más chismes de él. Quinto, antes de hablar algo sobre otro, para evitar caer en el chisme, hágase esta pregunta: ¿Podría decir esto aún si la persona de quien se trata estuviera presente? Si la respuesta es sí, entonces, adelante, lo que diga no será un chisme, pero si la respuesta es no, y aun así, usted lo dice, habrá caído en el chisme. Sexto, ore constantemente al Señor, pidiendo poder para no caer en el chisme. David oraba de esa manera según Salmo 141:3 Pon guarda a mi boca, oh Jehová;
Guarda la puerta de mis labios.

Es preferible morderse los labios antes que soltar un chisme. Si somos diligentes en poner en práctica estos principios habremos conquistado al gigante del chisme.

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 9

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños

a1Constantemente en la conversación usamos simbolismos. Un símbolo es una palabra o frase que se utiliza para representar otra cosa, generalmente algún objeto material para explicar algo inmaterial, especialmente conceptos morales o espirituales. El elemento simbólico más usado para explicar el plan de salvación es el “corazón”. Dentro del contexto bíblico, el corazón se refiere a la sede de las emociones y el entendimiento (“…si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” Romanos 10:9,NVI). Debemos tomar en cuenta que el uso de esta palabra también es cultural en su aplicación. Por ejemplo, hay tribus en el África que consideran que el hígado es el lugar donde reposan los pensamientos y las emociones. Para las personas de la cultura occidental, nos resultaría sumamente extraño decir que “aceptamos a Jesús con el hígado”. Pero los niños sólo manejan los conceptos en forma literal y este término “aceptar a Jesús con el corazón” o “pedir que Jesús venga a vivir en el corazón” puede ser para ellos igualmente difícil de comprender.

Hubo un niño de cinco años de edad que respondió a la invitación que le hizo la maestra de recibir a Cristo, y el niño oró pidiendo que Jesús viniera a vivir en su corazón. Tiempo después le hizo esta pregunta a la madre.

—Mamá —exclamó el niño—, si yo corro muy rápido y me paro de golpe, ¿Jesús se cae?

Sorprendida, la madre se rió por encontrar sumamente graciosa la pregunta, aunque luego se sintió molesta al darse cuenta que no encontraba ninguna respuesta para el interrogante de su hijo.

Este incidente ilustra uno de los aspectos más complejos y preocupantes con relación a la evangelización de los niños. Al decir que éste es un tema complejo, me estoy refiriendo al hábito que tenemos nosotros, los adultos, de utilizar un lenguaje simbólico cuando deseamos explicar elementos espirituales, especialmente cuando queremos explicar el plan de salvación a los niños. Al indicar que es un tema preocupante, me refiero al hecho de que la mayoría de nosotros estamos tan acostumbrados a utilizar este vocabulario simbólico que no sabemos qué otro usar. El niño, hasta cumplir diez u once años de edad, piensa en forma literal y concreta. Durante esos años el niño escucha las explicaciones simbólicas y figurativas que utilizan los adultos y hace un esfuerzo para entenderlas. Pero él todavía tiene limitaciones en cuanto a su desarrollo cognoscitivo. Es decir, durante este período de su desarrollo intelectual, su comprensión de las palabras está limitada a las experiencias que ha tenido en cuanto al uso de esas palabras. Aún no puede hacer en su mente la transferencia de un significado por otro.

Un símbolo es el uso de algo conocido para representar otra cosa desconocida. Por más esfuerzo que hagamos para ilustrar en formas concretas algunos conceptos espirituales, el niño NO lo va a entender. El problema se presenta porque los conceptos espirituales que queremos transmitir son mayormente abstractos y figurativos y es difícil saber cómo explicarlos. Por ejemplo, si utilizamos la palabra “corazón”, el niño va a pensar en el órgano que late en su pecho. Los padres o alguna otra persona ya le han explicado que ese latido que él siente es la acción de su corazón circulando la sangre en sus venas. Quizá los padres hayan utilizado algún dibujo o fotografía de un corazón para ayudarle a entender ese órgano tan vital en el cuerpo. Entonces, cuando decimos que Jesús viene a vivir allí, el niño piensa que Jesús debe hacerse chiquito para poder habitar allí, y debe estar parado físicamente dentro de ese órgano. Es lógico que él entienda que Jesús es algo así como un muñeco que ha venido a vivir como por magia dentro de ese órgano que bombea sangre en su cuerpo. Lo que NO entiende es que utilizamos la palabra “corazón” para referirnos a la naturaleza espiritual de la persona, en donde radican sus pensamientos y sus emociones. Como adultos, sabemos que los pensamientos y las emociones son en realidad ejercicios de la mente y no del corazón. Pero el niño aún no tiene la capacidad de entenderlo. Este hecho debe ser motivo de examinar y corregir el lenguaje que utilizamos para transmitir los conceptos espirituales.

En una ocasión estuve dando un taller sobre este tema en una conferencia de maestros en los Estados Unidos. Una mujer compartió con el grupo una experiencia muy reciente que había ocurrido con su hijo de nueve años de edad. El padre había sufrido unos intensos dolores de corazón y, como resultado, el cardiólogo le había recetado una serie de radiografías para tratar de identificar el problema. El hombre las había traído a casa porque tenía que llevarlas a una consulta con otro especialista. El niño, curioso, se puso a examinarlas cuidadosamente una por una. Un rato después, la madre lo encontró llorando en su habitación. Cuando le preguntó al niño porqué lloraba, se sorprendió al escuchar su respuesta:

—Mamá, yo miré con cuidado a todas las radiografías de papá y él no tiene a Jesús en su corazón.

La mujer confesó al grupo que se sintió totalmente desconcertada al no saber cómo responderle a su hijo y no tener palabras adecuadas para explicar lo que significaba “tener a Jesús en el corazón”.

Algunos símbolos problemáticos

Dentro de los muchos conceptos complicados que transmitimos por lenguaje simbólico, quiero referirme a las tres frases más utilizadas: (1) “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”; (2) “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón”; y (3) “recibir el regalo de la salvación”. Cada una de estas expresiones es simbólica y, por lo tanto, difícil para que el niño las comprenda. ¿Qué se debe decir, entonces? ¿O será que los niños no están capacitados aún para entender el plan de salvación? De ninguna manera. A través de los siglos, los niños han llegado a Cristo de muchísimos modos. Ellos se han aferrado de lo poco que pudieron entender y el Espíritu Santo ha hecho su obra en sus vidas. Por su gracia los niños han llegado a entender que son hijos de Dios. Sabemos que el Señor llegará a los niños por cualquiera de las formas que pueda utilizar. Sin embargo, si tomamos en serio el llamado que el Señor nos hace de guiar a los niños a tomar una decisión clara para recibir la salvación, nos corresponde a nosotros, los maestros, esforzarnos por encontrar las mejores maneras de hacerlo. Según la Palabra de Dios es algo muy serio “hacer tropezar a uno de estos pequeños” en su camino hacia Dios (Marcos 9:42).

Primero: “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”.

El símbolo fundamental que se encuentra en la Biblia para explicar la obra de Cristo en la cruz es la palabra sangre. “Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia” (Romanos 3:25, NVI). El niño entiende lo que es la sangre porque en diferentes ocasiones la ha visto cuando, por ejemplo, ha sufrido alguna cortadura u otra herida, y ha visto que la sangre corre y crea manchas en la ropa. Él sabe que la sangre no sirve para limpiar algo. Quizá ha visto a la madre tratar de sacar sin éxito la mancha que produce la sangre. Entonces se le produce una confusión cuando escucha la frase que dice que la sangre de Cristo nos limpia de pecado. Por ejemplo: “y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Parte del problema en esto es que suponemos que las palabras bíblicas deben ser las más adecuadas para explicar el plan de salvación. Pero si estas palabras confunden a los niños, debemos buscar otros términos que sean más claros y más acordes con sus capacidades cognoscitivas. Después de todo, nuestra meta es ayudarles a entender la verdad de Dios, y no causarles confusión en cuanto a esa verdad tan trascendental.

Sugiero que si sustituimos la palabra “muerte” por la palabra “sangre”, tenemos la posibilidad de aclarar el concepto. Podemos decir: “Jesús murió para que Dios pudiera perdonar nuestros pecados.” Por cierto, esto no cubre todos los aspectos teológicos del proceso de la regeneración, pero sí expresa un concepto más sencillo que el niño puede comprender. Me gusta cómo la Traducción en Lenguaje Actualizado (Sociedades Bíblicas Unidas, 2000) expresa Colosenses 1:14: “quién por su muerte nos salvó y perdonó nuestros pecados”. La palabra “muerte” evita el uso del símbolo problemático “la sangre”, pero deja en claro para los niños la importancia de la muerte de Cristo como único camino para acercarnos a Dios.

Dentro del contexto de esta expresión “la muerte de Cristo”, se puede aclarar el significado de la palabra “perdón” con relación a nuestros pecados. Podemos explicarles a los niños que Dios es perfecto y que, por lo tanto, no puede tener ningún pecado. Para que nosotros seamos sus hijos fue necesario que su hijo Jesús muriera. Jesús murió para pagar el castigo del pecado que todos merecíamos. Lo pudo hacer porque él vivió en la tierra como un hombre, pero nunca hizo nada que no fuera lo que Dios quería. Él nunca pecó. Así es que, cuando murió sobre la cruz, murió como nuestro substituto y así hizo posible que Dios nos perdonara todos nuestros pecados.

También conviene evitar el uso de la frase “Dios mandó a su hijo Jesús para morir por nosotros” (o por ti). A veces están presentes niños que han sufrido maltrato y abuso por parte de personas adultas. Para ellos esta frase suena diferente y hasta cruel. Para ellos, suena a “Dios quiso matar a Jesús”. Entonces, es mejor decir: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo para morir por nuestros pecados”. Esta frase aclara los puntos esenciales, sin dejar lugar para que el niño tenga interrogantes sobre la bondad de Dios.

Segundo: “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón.”

¿Cómo podemos explicar al niño esta decisión tan fundamental para su vida espiritual, sin utilizar este simbolismo? Nunca es fácil transformar un concepto abstracto en algo concreto y sencillo. Sin embargo, creo que es de suma importancia encontrar una explicación que sea más adecuada que esta frase tan utilizada en la evangelización de niños.

En primer lugar, como he señalado antes, algo que ayuda mucho al niño es hacer la distinción entre “la vida interior” y “la vida exterior”. Es fácil programar pequeñas actividades de aprendizaje para aclarar este concepto. Algunas pueden estructurarse con el uso de pequeñas láminas de caritas que representan las emociones. Cuando el maestro utiliza esta ayuda gráfica, los niños adquieren rápidamente la habilidad de identificar sus propias emociones según las circunstancias que están viviendo. Se le explica al niño que esas emociones son parte de su vida interior. Para subrayar la misma idea, pero utilizando otro medio, se podría realizar un diálogo con un títere, por medio del cual el títere describe lo que está pensando y sintiendo en su vida interior.

O se puede inventar un cuento en el cual el personaje se comporta de diferentes maneras: come, habla, estudia, hace deportes u otras actividades físicas fáciles de observar. Se explica al niño que estas actividades representan su vida exterior. Por supuesto, se cuenta lo que el personaje está pensando, sus reacciones emocionales en diferentes momentos y las actitudes que se van formando en él, todos elementos que no se pueden observar y que se pueden conocer únicamente si él los expresa. Al terminar el cuento, los niños deben analizar las dos partes de la vida del personaje ficticio. Se puede repetir el cuento, pero esta vez se pide que los niños palmeen cuando hay evidencia de la vida exterior, y que levanten la mano cuando el personaje hace algo que representa su vida interior.

Con estas actividades y otras similares, los niños van adquiriendo una comprensión más adecuada de que la palabra “corazón” representa la vida interior de la persona. Cuando se haya establecido esta distinción, se le puede decir al niño que cuando acepta a Cristo está permitiendo que él tome control de la parte interior de su vida. Cristo viene a estar con el niño en esa parte de su vida donde piensa y siente todo. También se le debe explicar que es en la vida interior donde comienza todo lo que se hace en contra de la voluntad de Dios, lo que llamamos “el pecado”. Cuando le pide perdón a Jesús por su pecado y le entrega el control de su vida, está cambiando su manera de pensar. Está permitiendo que Jesús tenga control de sus pensamientos. El significado literal de la palabra “arrepentimiento” es “cambiar de mente”. Así es que, cuando me arrepiento de mi pecado, estoy deseando un cambio en mi manera de pensar, y como dice Pablo: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Romanos 12:2, VP).

Se le explica al niño que él no lo puede ver a Dios porque Dios es invisible, pero su presencia en nosotros se hace evidente por los cambios que se producen en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

Tercero: “recibir el regalo de la salvación”.

Otra de las frases simbólicas que quiero mencionar tiene que ver con un concepto que, a mi juicio, debilita para niños, como también para los adultos, la comprensión de la obra de Cristo en ofrecernos la salvación. Frecuentemente usamos la frase “recibir el regalo de la salvación”. Nos basamos en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” Ver también Romanos 8:32; Efesios 2:8. Enfatizamos el hecho de que este regalo precioso es absolutamente gratis y lo único que tenemos que hacer es aceptarlo. Desde un punto de vista, esto es correcto porque Efesios 2:8, 9 declara: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” Pero este énfasis pasa por alto otro aspecto fundamental de nuestra regeneración, que es el hecho de entregar el control de la vida a Dios. San Pablo lo expresó en estas palabras: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20,NVI). Cuando usamos la expresión “aceptar el regalo de la salvación”, estamos dando a entender que le hacemos un favor a Dios al aceptar su regalo. Es verdad que nuestra salvación no depende de nada que nosotros podamos hacer porque todo es por gracia. Pero un regalo es algo que uno recibe sin ningún compromiso. En cambio, cuando explicamos la salvación como una decisión responsable de entregar la vida a Dios para que él la controle, estamos incluyendo como parte de esa entrega el hecho de ceder el control. El apóstol Pablo habla de esto cuando dice: “Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Romanos 8:9,NVI). Trivializamos la muerte de Cristo si hablamos únicamente de “aceptar el regalo de la salvación”. La parte esencial que corresponde a toda persona es sentir remordimiento y pena por los pecados que haya cometido y arrepentirse por haber vivido haciendo lo que uno quería sin importarle lo que Dios quiere. La salvación es esencialmente el traspaso del dominio de mi vida a Dios, porque hasta ceder ese control he vivido de acuerdo con la “naturaleza pecaminosa” (la tendencia de hacer lo que uno quiere sin importarle lo que Dios quiere), y sin reconocer la necesidad de vivir bajo el dominio de Dios. El niño tiene la capacidad de entender que para que Jesús pueda ser su Salvador, él debe arrepentirse de sus pecados y pedir que Jesús sea quien controle toda su vida.

Nuestra finalidad en la evangelización de los niños debe trascender el deseo de sumar números, como si la cantidad de niños ganados diera evidencia de nuestro éxito en este trabajo. Nunca debemos pensar en los niños como cifras. Nuestra misión, además de ofrecerle la oportunidad de aceptar a Cristo, debe ser que el niño comprenda, dentro de sus posibilidades, las dimensiones profundas de la entrega de su vida al Señor. Si lo ayudamos a entender esto, estará comenzando su vida como cristiano con la capacidad de llegar a una verdadera madurez en Cristo. Desde el comienzo de su peregrinación de fe tendrá una comprensión más adecuada de lo que significa ser un seguidor de Jesús. Este compromiso demandará lo mejor de él y no será fácil. Pero no depende de sus fuerzas, sino de Cristo que vive en él.

Es imposible saber el potencial que un niño pueda tener para lograr una vida de gran utilidad y bendición a otros. Trabajamos con los niños convencidos de que tenemos un pequeño tesoro en las manos y que Dios nos ha concedido el singular privilegio de influenciar su vida. Por más breve que sea el tiempo que lo tengamos como alumno, o más pequeños e inadecuados que sean nuestros esfuerzos, sabemos que Dios ha de tomar esa semilla y la hará crecer. Algún día hemos de mirar esa vida, ya de persona adulta, y sentir un profundo orgullo por lo que Dios nos permitió lograr en la formación de su vida espiritual. En ese momento sólo nos corresponde inclinar el rostro en reverente humildad y decir en silencio: “Gracias, Señor, por el gran privilegio de contribuir a la formación de esta vida.”

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 77–84). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

¿UN PIE O LA VIDA?

13 abr 2016

¿UN PIE O LA VIDA?

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por el Hermano Pablo

a1Con un seco y sonoro ¡clic! se cerró la trampa. Era una trampa de acero, silenciosa y traicionera, oculta en la nieve por hojas de pino. Serge Cherblinko, cazador de osos en los bosques de Siberia, andaba de cacería. Sin darse cuenta, pisó donde no debió haberlo hecho, y la trampa clavó en él sus dientes de acero.

Serge sabía que por sí solo le sería imposible librarse de la trampa. El dolor era intenso, y la noche se aproximaba, con sus fríos, sus lobos y sus osos. Ahí mismo, solo y en medio del bosque, tomó una decisión drástica. Con su cuchillo de monte, se amputó el pie y, renqueando y arrastrándose como pudo, regando sangre por el camino, cubrió los dos kilómetros hasta llegar al refugio. Perdió un pie, pero se salvó la vida.

Esa noticia en la prensa internacional, aunque muy triste, nos deja una tremenda y clara lección. Es mucho mejor perder un miembro del cuerpo que perder toda la vida. Si la opción es perder un pie, o un ojo, o un miembro cualquiera del cuerpo, o perder la vida, cualquiera cedería uno de sus miembros antes que entregarse a la muerte.

¡Cuántas no han sido las veces que el cirujano se acerca a la cama del paciente y le dice: «Para salvarle la vida tenemos que amputarle la pierna»! Y como más vale la vida que una pierna, el paciente se somete. La vida misma siempre vale más que cualquier miembro del cuerpo.

Así mismo sucede con la vida espiritual, la vida eterna. Jesucristo conocía el incalculable valor de la vida eterna, así que un día, al predicarles a las multitudes, dijo: «…si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace pecar, córtatela y arrójala. Más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él vaya al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno» (Mateo 5:29‑30).

Si la vida física vale más que cualquier miembro de nuestro cuerpo, con mayor razón la vida espiritual, que es eterna, vale más que cualquier cosa en esta vida. Y sin embargo, ¡qué fácil nos es apegarnos a nuestros antojos injustos e inmorales aunque así perdamos la vida eterna! Jesús lo expresó con una claridad diáfana al decir que si ganamos el mundo entero, pero perdemos nuestra alma, lo hemos perdido todo. No cedamos lo eterno por lo efímero. Ni cedamos la gloria celestial por la vanagloria de este mundo. Al contrario, pidámosle a Cristo que sea el Señor y Dueño de nuestra vida.

http://www.conciencia.net/

5. TEMOR

SERIE GIGANTES AL ACECHO

5. TEMOR

David Logacho
2016-04-11

a1Reciba cordiales saludos amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Gracias sinceras por su sintonía. En los últimos estudios bíblicos nos hemos ocupado de algunos gigantes que amenazan nuestra vida. No se trata de ciencia-ficción o algo por el estilo. Hemos llamado gigantes a esos hábitos perniciosos que instalándose en nuestra vida nos causan serios estragos, tales como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa. Los hemos llamado gigantes porque existe cierta similitud entre estos hábitos y los gigantes que habitaban la tierra de Canaán cuando Israel estaba a punto de tomar posesión de ella conforme a la promesa de Dios para su pueblo escogido. Los gigantes de Canaán asustaron tanto a la nación de Israel, que la mayoría de los israelitas desistieron de entrar a la tierra prometida y estaban hablando seriamente de regresar a la esclavitud en Egipto. De la misma forma, esos gigantes en nuestra vida nos asustan tanto que nos impiden crecer espiritualmente, emocionalmente y hasta físicamente. Ya hemos hablado sobre los gigantes del desánimo y la crítica. En el estudio bíblico de hoy vamos a hablar de un poderos gigante llamado temor.

Toda persona, incluso los creyentes, lucha contra poderosos gigantes, es decir, contra aquellas cosas que parecen más poderosas que nosotros. Son cosas que se afanan por destruirnos y robarnos la paz y la voluntad para avanzar en la vida con decisión, fe y esperanza. Por supuesto, muchos de estos gigantes tienen la capacidad de dar la apariencia de ser mucho más grandes de lo que realmente son. En muchos casos son solamente el producto de nuestra propia imaginación, como por ejemplo, la ansiedad, o la preocupación. A veces estamos tan preocupados que perdemos el apetito, perdemos el sueño, perdemos la paciencia, nos desesperamos y hasta nos enfermamos físicamente. Sin embargo, más tarde hallamos que las cosas que tanto temíamos y que nos produjeron tanta preocupación nunca llegaron a suceder en la realidad. Uno de esos gigantes es justamente el temor. El temor no siempre es malo. El temor es como una protección natural que nos ayuda a discernir las situaciones que revisten algún peligro. Por ejemplo, usted jamás se atrevería a intentar cruzar una calle atestada de vehículos que transitan a toda velocidad. ¿Por qué? Pues porque tiene temor de que alguno de esos vehículos le atropelle. El temor nos protege, en cierto sentido, del peligro. Pero al hablar del temor como un gigante, no me estoy refiriendo a esta faceta beneficiosa del temor, sino más bien a una parte muy negativa del temor que si nos descuidamos nos puede dominar y hacernos mucho daño en la vida. Tenemos por ejemplo, el temor al fracaso. Quizá el Señor nos está abriendo una gran puerta de oportunidad para hacer algo grande para Él, pero tan pronto se abre esta puerta de oportunidad, aparece también en medio del camino el gigante llamado temor al fracaso. Este gigante no sólo susurrará al oído, sino que gritará a todo pulmón: ¡Cuidado! ¿Quién te crees que eres para pretender hacer tal cosa? ¿Acaso no sabes que eres un inútil? ¿Acaso no te han informado que no estás capacitado para esa tarea? Luego, este gigante llamado temor al fracaso se pone su manto de piedad y bajando el tono de la voz dice: Yo sólo quiero ayudar, yo sólo quiero advertirte que si sigues empeñado en hacer eso vas a fracasar y eso te va a doler y yo quiero evitarte ese dolor. Si nos dejamos dominar por este gigante, quedaremos inutilizados, perderemos el tren de la historia y para nuestra vergüenza habremos desperdiciado preciosas oportunidades que quizá jamás se vuelvan a dar y todo por dar oído al gigante del temor al fracaso. Para vencer a este gigante, tenemos que reconocer que si Dios nos llama a algo es porque Él va a estar junto a nosotros para permitir que cumplamos con lo que nos está llamando a hacer. No hay motivo alguno para temer al fracaso. Jeremías 1:18-19 dice: Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra.
Jer 1:19 Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte.
Con promesas así, es injustificable un temor al fracaso. Otra cara de este gigante llamado temor es el temor a no seguir la corriente del mundo. Usted sabe. Me refiero al pánico que a veces sentimos cuando tenemos que pararnos firmes en nuestras convicciones como creyentes. El mundo casi nos exige a que nos amoldemos a sus costumbres, y si no lo hacemos nos amenaza con el rechazo. Allí es cuando entra en escena el gigante del temor a sufrir el rechazo por mantener nuestras convicciones. Este gigante nos habla en tono airado y nos dice que no debemos ser fanáticos, que no está mal participar de actividades cuestionables de vez en cuando. Que no es justo que seamos mal vistos por el mundo. Si nos dejamos dominar de este gigante, muy pronto estaremos bailando al ritmo del mundo y eso es justamente lo que busca el enemigo de nuestras almas. Para vencer a este gigante, tenemos que recordar que aunque estamos en el mundo, no somos del mundo y que es natural que el mundo nos aborrezca. Juan 17:14 dice: Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Qué importa que el mundo nos aborrezca a causa de nuestras convicciones. Si el mundo aborreció a nuestro Maestro al punto que lo llevó a una cruz, ¿Qué nos hace pensar que a nosotros el mundo debe amarnos? Josué hizo muy bien cuando dijo: Pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Se necesita de valor para pararse firme en nuestras convicciones y eso es justamente lo que Dios espera de nosotros. No nos rindamos ante el gigante del temor a no seguir la corriente del mundo. Otra cara del gigante del temor es el temor al qué dirán. Este gigante ha maniatado a muchos creyentes, quienes están inutilizados para el Señor por el puro temor al qué dirán. Podrían hacer tanto en la obra del Señor, pero no lo hacen, están como petrificados porque temen la opinión de la gente. Este gigante se interpone en nuestro camino y nos aconseja que no es prudente ser objeto de la crítica de la gente, especialmente de nuestros conocidos. Nos pone muy en alto la opinión que los demás deben tener de nosotros y si nos dejamos dominar de este gigante, pronto estaremos haciendo cosas para agradar a los hombres antes que a Dios. Pero note lo que dice Pablo en 1 Tesalonicenses 2:4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.
A Pablo le importaba un comino la opinión de los hombres. Jamás hizo algo buscando la buena opinión de los demás. Lo único que le interesaba era agradar a Dios. Muchas veces tuvo que padecer aflicción porque algunos hombres no se formaron una buena opinión de él, pero eso no le preocupó. No se dejó dominar por el gigante del temor al qué dirán. Usted también amable oyente, si se ha dejado dominar por el gigante del temor al qué dirán, libérese inmediatamente porque nuestro compromiso no es con la gente sino con Dios. Otra cara del gigante del temor es el temor a la muerte. Tanto usted como yo, conocemos una cantidad de personas que viven obsesionadas por el temor a la muerte. Este temor es bien fundado cuando se trata de in incrédulo, porque para él, la muerte significa el fin de su oportunidad para ser salvo y el comienzo de su tormento eterno. Pero cuando se trata de creyentes, es un temor infundado, porque la palabra de Dios nos muestra que la muerte para el creyente es el paso a su gloria eterna. Es tan así, que Pablo ha pronunciado palabras impactantes a ese respecto. Filipenses 1:21 dice: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.
Pablo no temía a la muerte. Pablo la consideraba como ganancia. Pablo estaba tan seguro que la muerte le llevaría a ver al Señor cara a cara, que casi como que anhelaba la muerte. Hablando de la muerte dijo lo siguiente en Filipenses 1:23 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor;
El gigante del temor a la muerte se presenta de vez en cuando para quitarnos el gozo de vivir. La muerte para el creyente es un asunto enteramente de Dios. Él sabe cuando moriremos y mal hacemos los creyentes dejando que ese gigante nos atemorice. Aún en el instante mismo de la muerte contaremos con la presencia de Dios. David dice en Salmo 23:4 Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Con promesas como ésta es absurdo dejarnos dominar por el temor a la muerte. Como vemos, el temor puede constituirse en un poderoso gigante que amenaza pisotearnos como a hormigas. Pero si tenemos el Señor de nuestro lado, no hay razón para dejarnos dominar por él.

¿Cómo se debe guiar a un niño hacia la conversión a Cristo?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 8

¿Cómo se debe guiar a un niño hacia la conversión a Cristo?

a1Quizás el privilegio más grande que puede tener un maestro de la Biblia es el de guiar a un niño a aceptar a Cristo como su Salvador personal. Hay quienes han dudado si el niño tiene la capacidad de tomar esta decisión tan trascendental. Sin embargo, hay abundantes pruebas que hacen imposible dudar de que el niño pueda abrir su vida al amor de Dios, sentir su perdón y experimentar su ayuda en sus luchas diarias. El dilema del maestro es cómo explicarle al niño los pasos para llegar a esta experiencia tan singular, sin causarle confusiones o distorsiones.

Observaciones generales

Al tratar este importante tema, quiero hacer algunas observaciones generales.

Primero, debemos recordar siempre que el que “convierte” al niño no es el maestro sino el Espíritu Santo. La conversión genuina es algo que sólo Dios produce. Si el Espíritu no estimula la mente y la voluntad del niño, ese niño no se convertirá.

Segundo, no hay una sola fórmula para la conversión. Existe una inmensa variedad de caminos a través de los cuales las personas llegan a Dios y nunca se debe reducir este proceso a una sola fórmula que pueda aplicarse a toda persona. La individualidad del niño es tan absoluta como la del adulto y no debiera ser sometida a esquemas supuestamente aplicables a todos.

Tercero, muchos niños han experimentado una verdadera conversión aun cuando se usó con ellos una terminología simbólica y confusa y sin que ellos hayan entendido doctrinas que algunos llamarían fundamentales para la conversión. La gracia de Dios es más grande que los métodos humanos.

Cuarto, la respuesta del niño con relación a la decisión de aceptar a Cristo casi siempre será condicionada por lo que se le ha enseñado antes. Por eso, el niño de un hogar cristiano y con el hábito de asistir a la iglesia entenderá más que el niño que no ha tenido ninguna orientación ni estímulo espiritual. Entran también en esto factores de madurez y experiencia, elementos que son particulares de cada niño.

Limitaciones de vocabulario y experiencia

La persona que trabaja con los niños en el contexto de la formación espiritual debe entender ciertos factores que afectan la manera en que se le explica al niño cómo aceptar a Cristo como su Salvador.

Uno de esos factores tiene que ver con las limitaciones de vocabulario y experiencia que tiene el niño. Dado sus pocos años de vida, el niño no ha desarrollado un vocabulario extenso ni mucho menos goza de variadas experiencias de vida. En comparación con el adulto, el niño está mucho más limitado. Por ejemplo, investigaciones sobre el desarrollo intelectual del niño muestran que no tiene la capacidad de entender abstracciones ni simbolismos hasta después de los diez o doce años de edad.

Dos ejemplos ayudan para ilustrar esto. Un niño de cuatro años le preguntó a la madre:

—Mamá, si Jesús vive en mi corazón, ¿qué hace todo el día? ¿Duerme?

En otra ocasión, una niña de seis años se mostraba fascinada con el corazoncito que la madre había extraído de un pollo que preparaba para la comida. Cuando la madre le preguntó qué miraba, la niña respondió:

—Estoy buscando para ver si Jesús está allí.

Estos niños no estaban tratando de ser graciosos. Estaban tratando de entender y clasificar información que no entraba en las estructuras cognoscitivas de personas de su edad. Como el niño generalmente no admite su confusión, ni expresa las muchas ideas distorsionadas en su mente, vive con un sinfín de preguntas no contestadas. Además, el niño rápidamente aprende que no debe hacer preguntas ni admitir su confusión porque cuando lo hace, los adultos se ríen o se burlan de él. Muchos adultos con trasfondo religioso recuerdan esa clase de confusión en su niñez.

Es importante que el maestro de niños reconozca estas limitaciones y acomode su vocabulario para hacer claro el plan de salvación.

Sensibilidad emocional

Otro elemento que afecta al niño en su respuesta al plan de salvación es su sensibilidad emocional. Cuando enfatizamos en forma exagerada el sufrimiento de Cristo, o los horrores del infierno, o la tragedia de no ir al cielo cuando Cristo vuelva, estamos maltratando los sentimientos de los niños. Los niños son tan literales que en su mente exageran estos conceptos y generalmente reaccionan con temor. Muchos adultos llevan el recuerdo de temores que les fueron infundados en su niñez por enseñanzas impartidas incorrectamente por alguna autoridad espiritual. Un hombre adulto recuerda cómo, siendo niño, el maestro de escuela dominical les había enseñado que Jesús iba a volver en cualquier momento e iba a llevarse únicamente a los niños que se portaban bien. Varias noches después, repentinamente el niño se despertó y no escuchó ningún ruido en la casa ni la conversación de los padres. Cuando se levantó para investigar, descubrió que las luces estaban prendidas y también el televisor, pero en mudo. Pero los padres no estaban en ninguna parte de la casa. Aterrado, el niño volvió a su pieza y sollozando se tiró sobre la cama creyendo que Jesús había llevado a los padres al cielo y lo había dejado a él. Resulta que los padres habían salido uno minutos para visitar a los vecinos y volvieron dentro de un rato. El niño nunca contó a sus padres lo que había sentido, pero la experiencia angustiante había quedado grabada en la mente. El maestro siempre debe tener presente que el niño puede tener reacciones inesperadas porque interpreta alguna verdad bíblica desde su perspectiva limitada y literal.

La presentación del plan de salvación al niño

Es importante saber las pautas que pueden ayudar al maestro a guiar a un niño a la experiencia de salvación en Cristo. Antes de saber cuáles son, el maestro debe hacerse el compromiso de orar regularmente pidiendo que el Señor le haga sensible a las inquietudes espirituales de sus alumnos. Luego, el maestro debe memorizar los pasos básicos del plan de salvación (ver abajo) para estar preparado cuando este aspecto aparece en el desarrollo de la lección o cuando surja en forma espontánea por alguna pregunta del alumno. El maestro también debe buscar oportunidades para hablar individualmente con sus alumnos dando lugar a cuando ellos quieran o necesiten recibir ayuda espiritual. Por ejemplo, un niño triste necesita la ayuda del maestro para dar forma y expresión a lo que está sintiendo. Su tristeza es el elemento más visible de su necesidad espiritual. Sería irresponsable ignorar su tristeza en el afán de lograr una “decisión” por Cristo, porque su necesidad primordial es ser comprendido y ayudado en su dolor. Es mi opinión que el maestro debe usar mucho discernimiento en cuanto al momento y la forma de pedir una decisión por Cristo. Yo creo que no es aconsejable pedir a un niño tomar una decisión estando él frente a un grupo de sus compañeros, porque eso es como señalarlo como más pecador y el hecho de verse expuestos ante ellos le hace pasar mucha vergüenza. Tampoco se debe señalar al niño nuevo o a alguno que todavía no haya hecho la decisión, como para obligarlo a hacerlo. A mi criterio, la mejor forma de guiar al niño en esta decisión es haciéndolo individualmente. Esto no quita que se pueden presentar ciertas ocasiones cuando se hace una invitación general a toda la clase, pero el maestro igual puede tratar con ellos en forma individual.

Los pasos esenciales en la presentación del plan de salvación

Para poder aceptar a Cristo como su Salvador, en alguna medida el niño debe entender las siguientes verdades. Sugiero que el maestro use el lenguaje sencillo que se encuentra aquí sin entrar en explicaciones detalladas ya que, por la etapa de su desarrollo intelectual, el niño no capta aún los simbolismos.

1. Dios ama a todos sin excepción y quiere que seamos parte de su familia (Juan 3:16).

2. Todos hemos pecado y por eso no podemos sentir el amor de Dios ni tampoco ser sus hijos. El pecado es la actitud que dice: “Yo hago lo que yo quiero y no lo que Dios quiere” (Romanos 3:23). Esta actitud nos lleva a hacer y decir cosas que nos causan problemas porque son pecados.

3. Cristo, el Hijo perfecto de Dios, murió en la cruz por mis pecados (1 Juan 4:10; Romanos 5:8).

4. Si siento tristeza por mis pecados, puedo arrepentirme y pedirle perdón a Cristo, dándole el control de mi vida. En ese momento, él me perdona y llega a ser mi Salvador personal, haciéndome un hijo de Dios (Juan 1:12).

5. Vivir como hijo de Dios significa obedecer lo que él quiere para mi vida. Él está conmigo para ayudarme a vivir así (1 Juan 2:17; Gálatas 2:20).

6. A veces volvemos a pecar, aun siendo hijos de Dios. Cuando esto ocurre, debo confesar mi pecado a Dios y pedir su perdón (1 Juan 1:9). Él nos ayuda a no hacerlo más.

Nota: Las citas bíblicas que se dan arriba son para la orientación del maestro pero no se deben leer todas a los niños para no complicar la explicación sencilla que el niño debe entender. Cuanto mucho, el maestro puede resumir un versículo en sus propias palabras. Ejemplo: “La Biblia dice que cuando confesamos nuestros pecados, Dios nos perdona siempre” (1 Juan 1:9). Es importante, sin embargo, que el niño vea que el plan de salvación está en la Biblia. El maestro puede buscar algunos versículos clave y señalarlos con su dedo mientras se los explica al niño.

Para los niños más grandes, puede ser necesario explicar que hay una diferencia entre la muerte física y la muerte espiritual. Se explica que todos morimos, pero los que creemos en Jesús viviremos eternamente con él. El lugar donde viviremos con él se llama “el cielo”. Es importante que el niño tenga la confianza de volver a hacer preguntas sobre estas cosas cuántas veces quiera. Nacer de nuevo significa tomar un rumbo diferente en el desarrollo espiritual y el maestro es la persona clave para ayudarle a hacer esto.

Los niños preescolares no han de entender toda esta explicación a menos que hayan tenido bastante estímulo espiritual en sus hogares. Sin embargo, algunos de ellos pueden aceptar al Señor y empezar a expresar su vida de fe. Los niños escolares, en cambio, pueden responder plenamente ante estos conceptos y experimentar el gozo de recibir el perdón y tener la seguridad de que son hijos de Dios.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 71–76). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

PRESO VOLUNTARIO

12 abr 2016

PRESO VOLUNTARIO

por el Hermano Pablo

a1—Puede salir en libertad —dictaminó el juez de La Paz, Baja California, México—. A causa de su buena conducta en la cárcel, he decidido abreviar su condena. Está usted libre para volver a su familia y comenzar una nueva vida.

Para sorpresa del juez, el preso rechazó el indulto.

—Señor juez —explicó—, me metieron aquí por narcotraficante, y la sentencia era justa; pero aquí en esta cárcel he tenido una experiencia espiritual que ha cambiado mi vida. He conocido a Cristo, y quiero finalizar mi condena aquí, para darlo a conocer a mis compañeros de prisión.

Esas fueron las palabras del preso, Ignacio Mancida.

Esta notable historia la cuenta Alejandro Tapia, arquitecto de la ciudad de La Paz, Baja California, que llegó a ser un denodado seguidor de Cristo. El señor Tapia comenzó a contar acerca de su experiencia con Cristo en la cárcel de su ciudad, y al poco tiempo hubo más de cuarenta presos que hicieron profesión de fe en Cristo como su Salvador. Entre ellos se encontraba Ignacio Mancida, que optó por quedarse en la cárcel para, a su vez, contarles a otros acerca de su conversión.

Hay en este mundo, como prueba irrefutable del deterioro de la humanidad, muchísimas cárceles, penitenciarías, reformatorios y prisiones. Hay también muchas clases de presos. Presos injustamente encarcelados. Presos que muerden de rabia los barrotes de su celda. Presos por asaltos y homicidios. Presos políticos. Y presos para toda la vida. Pero presos voluntarios, que se quedan en la cárcel sólo para contarles a otros acerca de Cristo, hay pocos, muy pocos.

Hubo un tiempo célebre en la historia humana cuando los cristianos de Moravia que abrazaron la reforma religiosa del siglo dieciséis llegaron hasta a venderse como esclavos para proclamar la buena noticia de Jesucristo a otros esclavos. Tal era el amor que sentían por sus compañeros.

El apóstol Pablo padeció varios años de cárcel. Estuvo preso en Jerusalén, en Cesarea y en Roma por predicar el evangelio, y siempre aprovechó su estancia en la cárcel para predicar la libertad espiritual a los cautivos. Porque todos los seres humanos somos cautivos de lo mismo: del pecado.

Cristo todavía está redimiendo, tanto a hombres como a mujeres, de la cárcel opresora del pecado. Todos somos prisioneros, o del pecado, o de Cristo. Los que no han hecho de Jesucristo el Señor de su vida están en la cárcel del pecado. Fue por la urgencia del mensaje de libertad que Cristo les dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura» (Marcos 16:15).

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¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 7

¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?

a1Tuve el privilegio de nacer en una familia cristiana en donde mis padres, además de ser personas que servían a Dios como misioneros, tenían un compromiso profundo de criar a sus hijos en la fe. No recuerdo haber vivido ninguna etapa de mi niñez sin tener conciencia de Dios. Creo que siempre he amado a Jesús. Por supuesto, hubo diferentes crisis espirituales que marcaron el desarrollo de mi fe y de mi proceso de maduración espiritual, pero nunca viví un período de rebeldía cuando quise alejarme de la iglesia o rechazar mi fe en Dios. Considero ese hecho el resultado de su gracia en mi vida. Sin embargo, sufrí largos períodos de angustia y dudas en cuanto a la seguridad de mi salvación. Siendo niña y adolescente, tuve interrogantes sobre elementos espirituales que me daba miedo compartir con alguien. Siempre pensé que los adultos me iban a retar por mi ignorancia o que me iban a considerar una persona “perdida” por mis dudas.

Una de las preguntas de mi niñez que guardé por muchos años tenía que ver con la muerte de Cristo. En esos años yo me preguntaba: “Si fueron crucificados dos hombres más junto con Jesús, ¿por qué solamente la muerte de Jesús sirve para mi salvación?” Algo me hacía pensar que hacerles esta pregunta a mis padres me iba a dejar muy mal parada en el concepto que tenían de mí. Así que me guardé el interrogante por años. Siendo ya adolescente llegué a entender, por fin, que sólo la muerte de Cristo pudo valer ante Dios para mi salvación, porque él nunca había cometido pecado. El hecho de que Jesús nunca pecó me lo habían enseñando, pero nadie me había explicado la relación entre esa verdad y la eficacia de su muerte en la cruz para el pecado de todos, incluyendo los míos. Durante los años de mi niñez, ¿a quién iba a ir yo con mis interrogantes y dudas?

Con el pasar de los años, me doy cuenta cada vez más de que muchos niños guardan sus interrogantes por las mismas razones que tuve yo: el temor a las reacciones de los adultos. Por eso considero que en nuestro trabajo con niños es sumamente importante crear un ambiente donde el diálogo abierto es posible, y donde sus preguntas han de ser respetadas y respondidas. Por este motivo creo que es primordial que conozcamos los elementos esenciales del plan de salvación, para que cuando un niño nos haga alguna pregunta, podamos aprovechar esa oportunidad para explicar conceptos y aclarar sus dudas.

Es imposible incluir en este capítulo todos los elementos concernientes al plan de salvación. El tema es demasiado vasto. Por eso creo que lo más adecuado es pensar siempre en un “proceso de evangelización”, en donde estemos apoyando y alentando siempre la obra regeneradora del Espíritu Santo en la vida de los niños que han tomado la decisión inicial de entregar su vida a Cristo. A mi entender, las siguientes preguntas y respuestas son fundamentales.

¿Quién soy yo?

Un elemento básico para que el niño pueda entender mejor lo que significa “ser salvo” es tener un concepto más claro de su persona. El niño necesita saber que él es un ser con una vida interior y una vida exterior. Para aclarar este concepto, el maestro debe utilizar todas las formas posibles para ayudar al niño a diferenciar entre la parte visible de su persona (su cuerpo, su pelo, sus ojos, su sonrisa, etcétera), y la parte invisible (su mente, donde radican sus pensamientos y emociones). Esta parte invisible no tiene nada que ver con sus órganos, como su estómago o sus pulmones. Es la parte que no se ve ni cuando se sacan radiografías. El niño puede saber que solamente Dios y él conocen lo que sucede en su vida interior, y que esa parte de su ser es lo que la Biblia llama “el corazón”. Esto demanda que el maestro use una gran variedad de actividades que le permitirán al niño reconocer e identificar su vida interior, especialmente sus emociones. Él debe saber que todo su ser es importante, pero que su vida interior es la que Dios valora más (1 Samuel 16:7).

¿Qué es el pecado?

Cuando estamos ocupados en la enseñanza espiritual de los niños, la mayoría de las personas utilizan definiciones para el pecado que enfocan conductas. Por ejemplo, cuando queremos ilustrar lo que es el pecado, nos referimos a la mentira, el robo, la desobediencia, el uso de malas palabras, la agresividad contra otros y conductas parecidas. Casi siempre enfatizamos conductas que no le agradan a Dios. Podríamos decir que este tipo de explicación nos ayuda a identificar tipos de “pecados”, pero no aclara el problema del “pecado” en sí. Por tanto, creo que podemos ayudar al niño a tener una comprensión más adecuada del significado del pecado si le explicamos que el pecado es una actitud básica que tiene toda persona. Esta actitud empezó con el primer pecado de Adán y Eva y ha seguido por toda la historia de la raza humana. Toda persona lleva la actitud que le hace pecador (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” Romanos 3:23). Esta actitud es nuestra insistencia de vivir haciendo lo que nosotros queremos, sin pensar en lo que Dios quiere (1 Samuel 15:22, 23; Jeremías 7:23, 24; Romanos 7:18–20).

El niño puede entender que todos los pecados que comete comienzan en la vida interior en donde radican los pensamientos, las emociones y las actitudes que no agradan a Dios. Éstos nos llevan a las conductas equivocadas (Mateo 12:34, 35; 15:16–20; Salmo 19:14). Además, el niño debe entender que el pecado es lo que nos separa de Dios porque él es santo y no tiene pecado. El pecado es lo que impide que seamos parte de su familia (Isaías 59:2). Es lo que hace imposible que seamos las personas que él nos creó para ser. Este énfasis ayuda a que el niño empiece a pensar en su vida interior como el elemento que define y condiciona sus conductas.

¿Quién es Dios?

Definir a Dios es imposible. Cuando nosotros, los adultos, queremos saber cómo es Dios, lo único que podemos hacer es estudiar las características y atributos de Dios. Y por más empeño que pongamos, nos quedamos cortos en cuanto a la definición y comprensión de Dios. Pero para el niño, basta que él entienda algunos elementos básicos acerca de Dios: que él es el creador de todas las cosas, incluyendo su propia vida. Que Dios creó su cuerpo físico como también su capacidad de pensar y sentir, que es su vida interior (ver Salmo 139:1–4). Que Dios lo ama mucho más de lo que cualquier otra persona lo puede hacer. Que Dios lo conoce completamente, por dentro y por fuera. Que el anhelo de Dios es que todos nosotros formemos parte de su familia, y que le permitamos que nos ayude a llegar a ser las personas para lo cual nos creó. Que Dios desea que esta relación íntima con él sea algo que disfrutemos ahora y para siempre (Juan 3:16).

El niño también puede entender que Dios es absolutamente perfecto y santo. No puede hacer el mal. Debido a ese hecho, estamos separados de él a causa de nuestro pecado (Hebreos 12:14). Pero él nos amó tanto que hizo posible que llegáramos a ser sus hijos. Para que eso fuera posible, mandó a Jesús, su único Hijo, al mundo para mostrarnos cuánto nos ama (Juan 3:16; 1 Juan 3:16).

¿Quién es Jesús?

El niño debe reconocer que Jesús es el Hijo de Dios. Debe entender que él vino al mundo naciendo como un niño, al igual que toda persona. Que vivió en un pueblo en Palestina hasta llegar a ser un hombre adulto, cuando empezó a ir de pueblo en pueblo enseñando las verdades de Dios y ayudando a muchísimas personas a través de sus hechos. Sobre todo, el niño debe entender que Jesús es la única persona que ha vivido sin haber cometido pecado porque obedeció a Dios en todo. Él siempre habló lo que Dios quería que dijera, e hizo lo que Dios quería que hiciera. Nunca hizo algo para agradarse a sí mismo, sin primero pensar si lo que hacía agradaba o no a su Padre Dios (Juan 5:19). Por eso, aunque muchos creyeron en él, la mayoría de la gente llegó a odiarlo y finalmente lo mataron. Murió sobre una cruz, pero no quedó muerto. Después de tres días resucitó, es decir, volvió a vivir. Porque Jesús era el Hijo de Dios y porque nunca había cometido ningún pecado, su muerte sirvió ante Dios para pagar el castigo que merecían todas las personas por los pecados que han cometido (Tito 2:14; Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24).

¿Cómo puedo llegar a ser un hijo de Dios?

La respuesta a esta pregunta clave empieza con una actitud básica en cuanto al pecado: el arrepentimiento. El niño tendrá que tomar conciencia de lo que significa esta actitud. Se puede hablar de esto con términos sencillos: “Arrepentirse significa sentir tristeza por querer vivir agradándonos a nosotros mismos y no a Dios.” Sentir tristeza significa que uno siente el deseo de cambiar y de vivir de una manera distinta, una vida que agrada a Dios. El niño debe entender que si se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios (1 Juan 1:9), Dios lo perdona. Él nos puede perdonar porque Jesús murió por nuestros pecados y nuestro arrepentimiento hace posible que Jesús sea nuestro Salvador. A la vez, el niño debe entender que al arrepentirse, está expresando su deseo de entregar el control de su vida a Dios, para que él controle su vida interior y exterior. Al arrepentirse, está cambiando su manera de vivir.

Cuando Dios nos perdona, nos acepta como sus hijos y empezamos a vivir como miembros de su familia. Dios llega a ser nuestro Padre celestial. Podemos sentir su presencia en nuestras vidas y entender cuánto nos ama. Dios llega a ser algo así como un nuevo “patrón” o “jefe” a quien debemos rendir cuentas por nuestra vida. Vivir como su hijo significa que, con su ayuda, hemos de cuidar de que nuestros pensamientos, emociones, actitudes y acciones sean de su agrado. Esto no será fácil, pero podemos estar seguros de que aunque nos cuesta aprender otra manera de vivir, hacer lo que Dios desea es mucho mejor (1 Pedro 4:1, 2). Podemos contar con su ayuda siempre, porque él ha dicho que nunca nos va a dejar solos (Hebreos 13:5). Ser un hijo de Dios también significa que algún día, cuando muera nuestro cuerpo, como ocurre con todas las personas, nuestro espíritu (la parte interior) seguirá viviendo con él para siempre. Esto es lo que llamamos “la vida eterna” con Dios. La Biblia dice que el lugar donde viviremos para siempre con Dios es el cielo, un lugar hermoso e imposible de describir (Apocalipsis 21:1–7).

Algunas observaciones finales

A veces el niño queda confundido cuando le pedimos que lea muchos versículos tomados de diferentes partes de la Biblia. Es mejor limitarnos a uno o dos versículos, preferiblemente usando una versión sencilla de la Biblia (la Versión Popular Dios Habla Hoy o El Nuevo Testamento en la Traducción Biblia en Lenguaje Actual.) El mejor versículo para esto es Juan 3:16 que le asegura al niño que es un hijo de Dios. El maestro lo puede guiar en la lectura del versículo de la siguiente manera, insertando el nombre del niño en los espacios: “Pues Dios amó tanto a , que dio a su Hijo único, para que  al creer en él, no muera, sino que tenga vida eterna.” A la vez, se le explica que el versículo nos asegura que nuestra vida interior vivirá para siempre con Dios, aunque nuestro cuerpo muera.

Es importante que el niño exprese en oración su deseo de entregar su vida a Dios. Es cierto que muchos niños no se animan a orar en voz alta, porque no saben qué decir. El maestro puede ayudar al niño a pensar en una frase sencilla, como ésta: “Dios, te pido perdón por mi pecado, y quiero que tomes el control de mi vida.” Luego se da oportunidad a que el niño diga estas palabras en voz alta, agregando cualquier otra frase que él quiera. Otra opción sería ayudarlo a escribir su oración en un papel. Para este momento, muchos maestros utilizan el método de decir una oración sencilla, frase por frase, y piden que el niño vaya repitiendo cada frase en voz alta. Por lo general, cuando yo ayudo a algún niño a expresar lo que él quiere decirle a Dios, le digo que mientras los dos cerramos los ojos, él puede decir las palabras en su mente. Luego le pregunto: ¿quieres compartir conmigo las palabras que le dijiste al Señor? Entonces yo oro por él, pidiendo que Dios lo ayude a comprender lo importante que es la decisión que ha tomado.

Para enfatizar la trascendencia de la decisión que el niño ha tomado, el maestro puede entregarle como obsequio un Evangelio de Juan, subrayando el versículo de Juan 3:16. También el maestro debe asegurarle que Dios ha escuchado su oración y que su decisión le ha traído mucho gozo (Lucas 15:7).

Pero el hecho más importante que el maestro pueda lograr cuando el niño toma la decisión de aceptar a Cristo es iniciar una amistad espiritual con él. Si el niño percibe un verdadero interés en él de parte del maestro, sentirá que hay un lugar seguro donde podrá llevar sus interrogantes y dudas a medida que vayan surgiendo. Él sentirá que no está solo, sino que alguien lo está acompañando en su peregrinaje hacia Dios. Para el maestro de niños, no hay mayor privilegio que éste.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 61–69). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

BIGURRILLO EL MARIHUANERO

11 abr 2016

BIGURRILLO EL MARIHUANERO

por Carlos Rey

a1El comportamiento de Bigurrillo, adicto a la marihuana, era extraño. Si tenía su ración diaria de veinte gramos, se ponía eufórico, de buen humor. Entornaba los ojos como si soñara despierto. Trataba de pararse de cabeza como si se sintiera acróbata. Y hasta intentaba pasos de baile muy graciosos.

Pero si no tenía sus veinte gramos diarios, Bigurrillo se ponía furioso. Corría por toda la casa, rompía cosas, y mascaba lo que encontraba a su paso, como si fuera una cabra salvaje. Desde luego, Bigurrillo no era una cabra salvaje, pero tampoco era un ser humano. Era un conejo que tenía Claudio Lima, de São Paulo, Brasil. Por cierto que el hombre estaba bajo proceso judicial por maltratar animales.

¡De modo que la marihuana se ha vuelto tan popular que hasta los animales la están usando! Claudio Lima indujo a su conejo a comer la hierba, y para proporcionarle su dosis diaria, llegó a cultivar la marihuana en el traspatio de su casa.

Si bien casi ninguno de nosotros cultiva plantas de marihuana en la casa, ni jamás se nos ocurriría hacer tal cosa, como padres y madres responsables que somos debemos reflexionar sobre el problema que presenta su uso, no en conejos inofensivos sino en nuestros jóvenes. El uso de marihuana y, peor todavía, de cocaína, de heroína y de otros estupefacientes, sigue en aumento. El narcotráfico a nivel mundial está organizado a tal grado de perfección que es casi imposible neutralizarlo o combatirlo. Sus agentes, que son como lobos disfrazados de ovejas, distribuyen la droga por todas partes: escuelas, colegios, clubes deportivos, calles, plazas, parques, playas, discotecas, fuentes de soda, y cuanto lugar se llena de jóvenes.

La producción, distribución y venta de marihuana y de otras drogas es algo que es casi imposible de frenar. Sin embargo, hay algo que sí podemos hacer los padres y madres que estamos conscientes del tremendo daño que causa. Podemos impedir que entre a nuestra casa; podemos evitar que atrape a nuestros hijos. Para lograrlo, necesitamos guardar una vigilancia familiar estricta. Pero además de esto, necesitamos mantener nosotros mismos un profundo sentido de moral cristiana.

Menos mal que Dios nunca dispuso que la moral cristiana fuera algo que tuviéramos que adoptar y mantener solos. Por algo se llama «cristiana»: porque procede de su Hijo Jesucristo. Cristo quiere establecer en nosotros sus principios y sus preceptos. Si le permitimos que lo haga, es probable que a los ojos de nuestros semejantes no seamos tan populares como la marihuana, pero en definitiva podremos ponerles a nuestros hijos el ejemplo que merecen y que les hace tanta falta.

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Maneras de enseñar a los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 6

Maneras de enseñar a los niños

a1Un día estaba revisando unos libros sobre educación cristiana y encontré el siguiente comentario del educador Daniel Marsh, quien describe lo que pasa a menudo en el proceso de la educación:

La educación debe hacernos vivir con gusto y exuberancia. Pero mucho de lo que pasa por “educación” quita el asombro hacia la vida y nos coloca en el peligro mortal de ver todo por las cosas nombradas y clasificadas. Tanto de lo que pasa por la educación es el humo de un fuego que no ha hecho otra cosa que consumir la vida. La razón es que muchas veces la educación carece del elemento más importante, una dimensión espiritual. Pero la correcta metodología de la educación, aquella que afirma el concepto espiritual donde hay lugar para Dios, nos llama a despertar de la apatía que adormece el alma.

La religión es un elemento vital en una educación cabal. Agrega un sentido de responsabilidad en la libertad académica. Da aliento a un espíritu de reverencia en la búsqueda de la verdad. Establece un centro de autoridad moral en la vida del individuo. Define valores para la vida. Da validez a lo aburrido y cotidiano. Trae realización plena a la vida junto con una paz dinámica. (Education that is Christian, La educación que es cristiana)

El tema de la educación de los niños es algo sumamente vasto en su alcance. Las observaciones de Marsh enfocan el contraste entre una educación secular y una que es cristiana. En este libro mi enfoque no es sobre la educación secular, pero comparto lo la observación de Marsh, que el proceso de educación puede aplastar el espíritu de investigación y asombro en el niño. ¿Qué diríamos de la educación cristiana que generalmente se lleva a cabo en la iglesia? Temo que con frecuencia, y debido a la falta de una correcta metodología de enseñanza, también reducimos todo a meros datos, nombres y eventos sin permitir la participación del niño en el proceso de descubrimiento entusiasta de las verdades que son relevantes a su propia vida. Una educación que contiene como ingrediente esencial la dimensión espiritual, y que contribuye a la definición de valores y autoridad moral, debe ser un proceso dinámico. Para que esto pueda darse, debemos analizar las maneras cómo el maestro puede tratar a su clase.

La realidad de lo que pasa en el aula

Primero, vamos a imaginarnos la siguiente escena:

Usted, el maestro, ha llegado a la iglesia a horario para el comienzo de la escuela dominical. Durante la semana previa se ha preparado bien y está entusiasmado con poder enseñar la lección. Hay tanto que quiere enseñar que está seguro de que no le van alcanzar los 45 minutos de la clase. Es una lección sobre una sanidad que obró Cristo y tiene muchas aplicaciones para hoy. Usted tiene la esperanza de que los niños se van a portar bien, sin moverse mucho, para que pueda enseñarles correctamente y hacer las aplicaciones sugeridas.

Los alumnos empiezan a llegar y todos parecen estar “eléctricos” de energía. En seguida uno empieza a contar del accidente que tuvo un compañero de la escuela y cómo él vio todo. Cuenta que la ambulancia había venido para llevar al niño al hospital y como, más tarde, él y su familia lo visitaron. Usted quiere empezar la clase pero el alumno sigue contando cómo está vendado y enyesado el compañero. Los demás alumnos escuchan fascinados y todos se ponen a comentar el caso. En eso, otro alumno empieza comentando un accidente que él tuvo. Otra vez usted trata de iniciar la clase pero los alumnos no le están prestando atención. Siguen conversando entre sí. Finalmente, con impaciencia, usted les obliga que se callen. Dejan de hablar pero usted nota que están distraídos, y no ponen atención en lo que está diciendo. Uno de los alumnos más traviesos empieza a hacer muecas para distraer a los demás. Pero valientemente usted sigue adelante dando la lección. Cuando llega a la aplicación, trata de involucrarlos, pero no responden, le miran con ojos vacíos, y usted tiene la sensación de que la lección no ha tenido evidente efecto. Acercándose al final de la hora de clase, todos empiezan a dar muestras de estar ansiosos porque termine la clase.

Usted vuelve a su casa derrotado. ¿De qué valió tanto tiempo y esfuerzo en preparar la clase? No pasó nada. Si hubieran escuchado, ¡cuánto podrían haber aprendido! Se pregunta si vale la pena seguir con esto.

Esta escena es típica de lo que puede pasar con un grupo de niños en la escuela dominical. El hecho de que la clase haya terminado mal no es necesariamente la culpa del maestro, ni tampoco de los alumnos. Lo que falta es una dinámica de clase que pueda sobreponerse a estos imprevistos.

Para entender esto mejor, hay una pregunta que todo maestro debe hacerse. La pregunta es ésta: ¿qué tipo de maestro soy yo? Al contestar la pregunta, hay que reconocer un elemento importante que afecta nuestra manera de enseñar a otros: son las experiencias que hemos tenido nosotros con relación a la enseñanza. Todos tenemos la tendencia de imitar a los modelos que hemos tenido, aun cuando no hayan sido positivos. Esos modelos son lo que conocemos y es difícil pensar en otros. Pero aparte de lo que haya sido nuestro modelo, podemos decir que generalmente existen tres clases de maestros que pueden ser clasificados con tres palabras: los autoritarios, los permisivos y los facilitadores. Por supuesto, estas categorías se sobreponen entre sí. Es decir, ningún maestro puede decir que no tiene de vez en cuando algo de las tres características en su forma de enseñar. Pero para aclarar lo que estas clasificaciones significan, veamos las manifestaciones típicas de cada una de estas formas de enseñanza.

El maestro autoritario

El maestro autoritario tiende a sentirse inseguro en su rol de maestro y por eso necesita dominar la clase. Es importante para él tener todas las respuestas. Se ve a sí mismo más bien en el rol de policía, vigilando para que los niños se porten bien y muestren el debido respeto. Lucha por mantener la atención de sus alumnos, insistiendo en absoluto silencio durante la clase mientras él habla. No le gusta que los alumnos opinen o que hagan preguntas. Se enoja si algún alumno no acepta su punto de vista o está en desacuerdo con su opinión.

El alumno, frente a este tipo de maestro, termina siendo un objeto, un mero muñeco, que recibe lo que el maestro preparó para él, sin gozar del privilegio de responder, reaccionar o, de algún modo, ser protagonista del proceso de aprendizaje. El alumno pronto se aburre o participa de mala gana. Al ser objeto, empieza a hacer cualquier cosa para distraer a sus compañeros o para alborotar a la clase. Si tiene la libertad de elección, probablemente dejará de asistir a la clase.

Este maestro se ha olvidado de que Dios es la única autoridad espiritual y que es Jesucristo quien ocupa el lugar de mediador entre el alumno y Dios (1 Timoteo 2:5). Le hace falta reconocer que su única autoridad como maestro viene como resultado de su sumisión a la obra del Espíritu Santo en su propia vida (Juan 16:13) y a su disposición de servir a sus alumnos. Necesita reconocer que la autoridad no se impone, se gana. Si su propia inseguridad es la que determina su forma de actuar, debería tomar medidas para madurar personalmente. Este tipo de maestro, a la larga, hará que los alumnos reaccionen contra la enseñanza de la Palabra de Dios porque no han tenido la oportunidad de asimilarla de acuerdo con sus propias necesidades. Probablemente abandonarán la iglesia cuando sean adolescentes o jóvenes.

El maestro permisivo

El polo opuesto del maestro autoritario es el permisivo. Esta persona tiene una idea muy equivocada acerca del niño. Cree que el niño carece de la capacidad de entender cosas serias y que su única manera de ser feliz es por la diversión y el juego. Tan es así que ve su función principal con ellos casi como un “animador de fiestas”. Deja de lado el control y la disciplina en su clase y permite que los niños hagan lo que quieran. Sus intentos por enseñar algo son bastante infructuosos, pero eso no le preocupa mucho porque cree que el aprendizaje espiritual ocurrirá por sí solo, aunque quizá no sepa cómo ni cuándo. Los niños no toman en serio al maestro y se aprovechan del tiempo de la clase para hablar entre sí, hacer ruido, tirar cosas, dibujar en las paredes y subirse a los muebles.

Este maestro no se da cuenta de que el niño requiere guía y dirección en su enseñanza espiritual. Si ha de sentirse seguro y gozar de una sensación de logro en lo que está aprendiendo, necesita de un maestro que sepa establecer límites y definir metas. Necesita entender que el amor de Cristo, modelo para todo maestro espiritual, nunca fue un amor permisivo.

Hay personas que terminan siendo maestros permisivos porque no tienen la disciplina de preparar su clase de antemano. Como no tienen la lección preparada ni otras actividades programadas, permiten que la clase se deteriore lentamente con la única esperanza de que lleguen al final de la hora de clase sin mayores problemas o, como dijo un pastor, en cuya iglesia las aulas estaban en el segundo piso: “Sólo quiero que bajen enteros la misma cantidad de niños que subieron.” Tristemente, este tipo de enseñanza desprestigia a la iglesia que lo permite y al maestro que, sin darse cuenta, desestima la formación espiritual del niño. Además, puede producir en el niño un cierto desprecio por la Palabra de Dios porque ve que ni el maestro la toma en serio.

El maestro facilitador

El maestro facilitador, en cambio, ve su función en la clase como la persona que proporciona o dirige el aprendizaje espiritual. Es una persona sensible a las necesidades de los niños que están en su clase. Los ve como individuos en formación y entiende las capacidades y limitaciones de sus distintas etapas de desarrollo. Sus clases tienen metas bien estructuradas pero no rígidas. Se ve a sí mismo como un guía para el aprendizaje de sus alumnos. Reconoce que él mismo tiene lecciones que aprender en su vida espiritual y no se considera mejor que sus alumnos ni los trata con aire de superioridad. Depende del Espíritu Santo para obrar a través de su vida por medio de una estructura definida pero flexible, en la que los niños pueden descubrir verdades bíblicas para sus vidas. Escucha con atención y respeto a sus alumnos pero no pierde de vista los objetivos que tiene en mente para la lección. Su clase se caracteriza por mucha participación de parte de los alumnos, pero es una participación dirigida para canalizar correctamente el aprendizaje de las verdades que se están enseñando. Raras veces tiene problemas de disciplina porque sus clases están estructuradas tomando en cuenta la necesidad de moverse que tienen los niños y el deseo de descubrir las cosas por su cuenta. Sabe que si están ocupados en algo que les interesa, no habrá mayores problemas de conducta.

De las tres maneras de enseñar, es obvio que el maestro facilitador es el que mejor cumple su función porque ve su rol de maestro en forma correcta. Es importante destacar que este maestro ideal debe ser transparente con sus alumnos en cuanto a su propia vida. Su honestidad y vulnerabilidad implica que no aparentará ser lo que no es. A veces tendrá que admitir que no sabe la respuesta a alguna pregunta. A veces tendrá que admitir que se ha equivocado en algo, o tendrá que pedir disculpas por enojarse o por faltarle respeto a alguien, o por haber criticado o haberse burlado de alguien. Los niños suelen ver a sus maestros como personas perfectas. Se desaniman frente a las imperfecciones de sus propias vidas. El maestro necesita mostrarse ante el alumno como una persona que está aprendiendo a vivir como Dios desea, en toda la transparencia que eso requiere. El niño es experto en percibir la hipocresía. Por eso, la capacidad del maestro de admitir un error o de pedir perdón por una falta ayudará para que el niño se dé cuenta de que la vida en Cristo también está a su alcance.

¿Qué clase de maestro es usted? Si se tomara un retrato de su clase, ¿cuál de las tres maneras de enseñanza estaría en evidencia? Nadie puede mejorar sus capacidades como maestro sin antes reconocer las características que pueden impedir un eficiente trabajo de enseñanza. La meta es ser un maestro facilitador y eso es una destreza que se va adquiriendo y mejorando constantemente. ¡Propóngase ser ese tipo de maestro!

Hágase esta pequeña auto-valuación:

1. ¿Qué evidencia ven sus alumnos de que la autoridad de su vida se basa en el señorío de Cristo?

2. ¿Qué evidencia concreta tiene usted de que sus alumnos lo aman y gustan estar en su clase?

3. Haga una lista de los nombres de sus alumnos. ¿Cuánto sabe de cada uno? ¿Conoce a los padres? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿En qué grado está? ¿Ha visitado su casa? Si no puede contestar estas preguntas afirmativamente, haga un compromiso delante del Señor de conocer a fondo a cada uno de sus alumnos lo antes posible. Al hacerlo, escriba una breve descripción de las realidades que vive ese niño en su hogar, en su barrio o en su escuela.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 53–59). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

La preparación espiritual del maestro

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 5

La preparación espiritual del maestro

a1Al encarar el tema de la preparación espiritual del maestro se supone que hay una condición previa a la tarea de enseñanza en sí: la evaluación de la vida espiritual de la persona que desea enseñar a otros. Para ser más claro, el punto de partida para poder enseñar y guiar la vida espiritual de otro es un examen cuidadoso de la vida propia. Yo vengo a este tema con humildad y temor. San Pablo lo expresa bien al decir: “… lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes, tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13, NVI). No puedo menos que hacerme la pregunta: ¿Qué derecho tengo yo de opinar sobre algo tan personal como es la forma en la cual uno se prepara espiritualmente para su tarea? ¿Se puede establecer cierta cantidad de oración o ciertas horas de estudio que hacen falta como para poder decir al terminarlo: “Estoy preparado”? ¿Cuántos cursos hay que tomar, cuántos libros se deben leer y a cuántos talleres se debe asistir para tener el derecho de decir que uno ha satisfecho las demandas de una preparación adecuada? Yo creo que para todos nosotros que enseñamos la Biblia, está claro que uno nunca acaba de prepararse espiritualmente. Se han escrito muchos libros sobre el tema de la preparación espiritual del maestro, y sin embargo, queda todavía mucho que se podría decir.

Me atrevo a enfocar dos áreas básicas que demandan una evaluación personal porque afectan a todo lo que hace el maestro en lo que se refiere a la preparación espiritual. Estas áreas son señaladas por el mismo Señor Jesús en palabras sorprendentes y fuertes cuando dijo en cierta ocasión: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?’ Entonces les diré claramente: ‘Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!’ ” (Mateo 7:21–23, NVI). Encuentro en estas palabras dos elementos fundamentales para la vida espiritual del que quiere servir al Señor.

¿Cuál es la motivación de nuestro servicio?

El primer elemento tiene que ver con la motivación que nos impulsa en el servicio para Dios. Aparentemente, estos siervos habían gozado de cierto éxito en su labor para el Señor. ¿A quién no le gustaría señalar como prueba de su efectividad en el ministerio milagros realizados, profecías cumplidas y demonios expulsados? Sin embargo, a pesar de haberlo hecho “en su nombre”, su labor no agradó al Señor. Era lo mismo que si no lo hubieran hecho. Quiere decir, entonces, que a pesar de sus aparentes éxitos, lo que hicieron no fue para la gloria de Dios. ¿Por qué? ¿Hay que suponer que sus motivaciones en hacer lo que habían hecho estaban equivocadas? Quizás lo hacían para quedar bien con otros; quizás para alcanzar reconocimiento y fama; quizás para lograr cierto poder y control sobre la vida de otros; o quizás para cumplir con las expectativas de otros sobre sus dones y capacidades. La lista de sus posibles motivaciones se alarga hasta donde alcanza el egoísmo del hombre. El hecho de que sus motivaciones no eran correctas hizo que su trabajo, hecho seguramente con gran esfuerzo y sacrificio, quedara descalificado por el Señor. Y no solamente descalificado, sino que recibieron adicionalmente la condena del Señor que los llama “hacedores de maldad”.

Como maestros de la Palabra de Dios debemos escudriñar constantemente las motivaciones que nos llevan a cumplir con tan importante tarea. Si la crítica injusta de parte de algún padre o aun del pastor de la iglesia nos puede tirar abajo anímicamente, lo primero que debemos examinar son las motivaciones. “¿Para quién estoy trabajando?” Si no podemos contestar esta pregunta y decir con convicción “¡Para el Señor!”, ya sabemos cuál es el problema, por lo menos en parte. Aun cuando tenemos bien en claro para quién trabajamos, debemos examinar la otra faceta de nuestra labor con la pregunta: “¿Por qué lo estoy haciendo?” La respuesta correcta debe verse a la luz de la motivación que más agrada al Señor: “Porque Dios es justo, y no olvidará lo que ustedes han hecho y el amor que le han mostrado al ayudar a los hermanos en la fe, como aún lo están haciendo” (Hebreos 6:10,VP). Él quiere ver nuestro trabajo como una expresión de amor hacia él. Esto es lo que nos debe motivar en todo lo que hacemos. La canción lo expresa muy bien: “Yo te sirvo porque te amo.” No porque el pastor me lo pide, o porque hacen falta maestros, o porque al hacerlo me gano cierto mérito. La única motivación correcta es la de servir a Dios porque lo amamos. Entonces podemos entrar en el aula de clase, escuchar el bullicio de los niños y decir en el corazón: “Te ofrezco esta hora de clase, Señor, como expresión de mi amor por ti.” Esto transformará completamente la tarea que hacemos.

Uno de los resultados de estar correctamente motivados es que nos vemos impulsados a poner más empeño en lo que hacemos. Cumplimos con nuestro deber, no porque nos estén controlando, sino porque el Señor es digno de lo mejor que le podemos ofrecer. Si mi clase es una ofrenda de amor al Señor, quiero que sea la mejor clase posible. Haré el compromiso de llegar a tiempo, y de estar bien preparado y de buen humor, porque quiero que mi trabajo sea una ofrenda de amor para él. Ser motivado por amor también crea en mí un espíritu de humildad. No puedo menos que comparar lo poco que le ofrezco con lo mucho que él hace por mí. Llego a entender cuál es la única razón legítima para mi trabajo. Es para él. Jesús dijo: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:40,NVI). De esta manera, entonces, nuestro trabajo se transforma en algo hermoso y de eterno valor, aun cuando sea hecho en el aula más pequeña de la iglesia más insignificante, con los alumnos menos agradecidos y el superintendente o pastor más exigente. Todo lo que hacemos es, al final, ¡para él!

¿Cuál es la relación que tenemos con el Señor?

El otro elemento fundamental enfocado en Mateo 7:23 tiene que ver con la relación que el individuo lleva con el Señor. Aquellos siervos lo habían llamado siempre “Señor” pero, para su sorpresa, escucharon atónitos sus palabras de rechazo: “Nunca los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!” Es necesario suponer que nunca existió una relación sincera ni profunda entre ellos y el Señor. No se habían relacionado con él en un correcto sentido espiritual. Sin lugar a duda, podemos decir que el Señor da mucha más importancia a nuestra intimidad con él que a nuestra actividad por él. Después de todo, si la actividad no surge de la relación, lo estamos haciendo en nuestras propias fuerzas. Como discípulos de Cristo, nuestra “razón de ser” es llegar a conocerlo íntimamente. Es la única relación que puede satisfacer todos los anhelos del alma para sentirse uno amado y aceptado de veras. Es en esa relación de intimidad donde encontramos nuestra verdadera identidad y donde sentimos la seguridad de saber que somos de gran valor como personas. Es allí donde descubrimos la transformación que obra su perdón en nosotros y donde vamos entendiendo el alcance de su gracia. Por esa relación somos capacitados para amar, perdonar y aceptar a otros como son. Sin esta relación, todo lo que hacemos será nada más que “madera, heno y paja” (1 Corintios 3:12).

¿Cómo hace el maestro para profundizar más su relación con el Señor? Lamentablemente, establecer requisitos sobre esto sería tan difícil como tratar de reglamentar la expresión afectiva de una pareja de novios o de casados. No hay fórmulas ni recetas para lograr intimidad con el Señor. Sin embargo, una cosa puedo decir: nuestra relación con el Señor se profundiza de la misma manera que las relaciones humanas: dedicando tiempo para estar juntos, dialogando siempre y compartiendo las circunstancias, sean buenas y malas. La esencia de una relación entre dos personas es el diálogo, y sin ello la relación nunca ha de florecer.

Nuestro diálogo con el Señor se hace mediante la oración y el estudio de su Palabra. Todos hemos escuchado esto muchísimas veces. Sabemos que debemos estudiar sistemáticamente la Palabra y orar en forma específica y regular por diferentes motivos. Esto requiere una disciplina en cuanto a método y horario, es decir, un plan de acción en cuanto al estudio de la Palabra y una hora establecida para dedicarnos a ello. Generalmente llamamos a esta disciplina “el tiempo devocional”. Pero con frecuencia caemos en uno de dos extremos: o dejamos de hacerlo por las urgentes demandas de la vida; o caemos en el peligro de cumplir tan rígidamente con esta disciplina que llega a ser una obligación árida y sin vida. Cuando fallamos en su cumplimiento, nos sentimos culpables. Y cuando lo hacemos “a regañadientes” nos roba el gozo de nutrir nuestra relación de amor con el Señor y, desanimados, nos sentimos alejados de su presencia. Este sentimiento triste se puede comparar al de la joven que escucha decir a su novio que le pesa la obligación de estar periódicamente con ella.

Esta situación tan humana y real puede ser cambiada. Empieza con admitir la frustración y desánimo que han producido los muchos fracasos en tratar de ser constante en la lectura de la Palabra y en la oración. Pero se restituye cuando reconozco que el diálogo que trae deleite es aquel al cual se entra con ganas. Aunque el Señor no participa audiblemente en ese diálogo, en mi espíritu siento su presencia, que es como un diálogo silencioso. Él me habla por su Palabra; yo le hablo por la oración. Al practicar este diálogo de amor, fomento una relación de intimidad con el Señor.

Una práctica saludable es utilizar varios medios (las grabaciones de música cristiana, libros con la letra de los himnos y coros, las guías devocionales, etcétera.), para ayudarnos a encontrar una adecuada expresión de nuestro amor hacia él. En la lectura de la Biblia debemos buscar intensamente todo lo que el Señor nos pueda decir sobre su amor por nosotros, sobre su persona, y sobre su obra eterna a nuestro favor. Debemos formar el hábito de hablar con él sobre nuestra realidad: las debilidades y tentaciones, las reacciones negativas hacia otros, el orgullo, los fracasos morales y espirituales, los conflictos persistentes en el ámbito de familia, la falta de recursos económicos y el sufrimiento físico y emocional. Es en esta actitud de vulnerabilidad y transparencia donde el Espíritu de Dios nos señala nuestros pecados y donde, quebrantados y arrepentidos, encontramos el perdón. Precisamente, parte de la comunión íntima es poder llevarle al Señor los pedazos rotos de nuestras vidas y saber esperar su restauración y sanidad.

Cuando entramos en esta comunión íntima con el Señor, el Espíritu Santo comienza a despertar en nosotros hambre y sed por su Palabra y por su persona. De pronto estamos viendo nuestras circunstancias y obligaciones con otra perspectiva, una perspectiva donde descansamos en la bondad de Dios y buscamos entender cómo podemos glorificarle en el lugar donde nos ha puesto. Con esa actitud encontramos fuerzas para aceptar lo que él ha permitido en nuestras vidas y donde aprendemos a orar “sea hecha tu voluntad, no la mía”. Empezamos a ver que su amor empieza a fluir a través de nosotros hacia los demás. En esta relación de más intimidad con el Señor nuestro corazón empieza a sentir su compasión por las personas que estamos tratando de ayudar. Sumándolo todo, podemos decir que al buscar esa relación de amor con el Señor, el maestro logra la preparación previa e indispensable para enseñar la Palabra de Dios. Entonces empezamos a darnos cuenta lo que significa la frase: “…no es en vano el trabajo que hacen en unión con el Señor” (1 Corintios 15:58, VP).

Al profundizar esta relación, nos damos cuenta de otra importante verdad: lo que hacemos para el Señor nunca debe ser hecho en nuestras propias fuerzas. Si así lo hacemos, pronto hemos de desanimarnos y cansarnos. Su plan para que la Palabra tome vida es que los maestros ejemplifiquen lo que enseñan. Es decir, el maestro debe mostrar las virtudes del amor, la misericordia y el perdón, entre otras, a través de su vida. Lo que Dios desea es “hablar sus palabras” a los alumnos usando la vida del maestro. Él quiere tocar con amor vidas carentes de afecto y lo quiere hacer a través de nuestras acciones, actitudes y palabras, dando realidad en carne a su amor en nosotros. Él quiere hacer posible que otros vean la realidad de las palabras del apóstol Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2:20, VP).

Por lo tanto, es sobre la base de una correcta motivación y una íntima relación con el Señor que asumimos la tarea privilegiada de enseñar la Palabra de Dios. Todo lo que hacemos como maestros es parte de un proceso. La tarea de preparar la lección es parte de ese proceso y una manera concreta de mostrar mi obediencia al Señor mientras, a la vez, aprendo nuevas verdades que afectan mi vida. Dar la clase sirve como una forma de acercarme más a los alumnos. Mi trabajo para Dios vuelve a él en los resultados que mi enseñanza tendrá en la vida de los alumnos. Es un círculo que nunca termina: recibo inspiración y guía del Señor, que luego vuelco en mi clase, para que mis alumnos aprendan a amar y a obedecer al Señor quien, a la vez, ha de inspirar y guiar sus vidas. Nunca termina este proceso ni tampoco termina jamás mi preparación espiritual.

La hermosa oración de Pablo en Efesios 3:16–21 debe ser una realidad en la vida de cada uno que nos llamamos maestros de la Palabra de Dios: “Le pido al Padre que, por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios. Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén.”

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 45–51). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.