«NO VEO QUE ÉL INTENTE CAMBIAR»

9 abr 2016

«NO VEO QUE ÉL INTENTE CAMBIAR»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de una mujer que «descargó su conciencia» en nuestro sitio http://www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que la citáramos, como sigue:

»Tengo veinticuatro años, soy licenciada en contaduría pública y voy a cumplir un año de noviazgo. Él está en su internado de medicina. Lo amo mucho más de lo que pude imaginar amarlo.

»Mi problema ahora con él es que es arrogante y chocante para decir las cosas. Conmigo se ha vuelto muy irritante: Todo le molesta. Ahora le molesta que no lea los tipos de libros que él lee, que no soy muy culta y que vivo en la ignorancia…. Dice que va a cambiar, porque él conmigo es tosco. Lo reconoce, pero yo no veo que él intente cambiar. Realmente ya no sé cómo manejar mi relación. ¡A veces me siento tan triste y perdida!»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Usted ha invertido un año de vida en esta relación y es de esperarse que se resista a darla por terminada. Ama a ese hombre y quiere estar con él, pero él hace que usted se sienta ignorante, triste y perdida. Al parecer, usted está tratando de convencerse de que la conducta de él es aceptable, pero en el corazón usted sabe que no lo es.

»¿Hace su novio que usted se sienta como un valioso tesoro? Cuando usted está a su lado, ¿siente que él la admira y la estima? ¿Le muestra él respeto y se enorgullece de todo lo que usted ha logrado?

»Algún día es posible que usted tenga una hija. Si ese novio que tiene ahora llegara a ser su esposo, ¿cómo trataría a su hijita? ¿Contribuiría a que ella sintiera el debido amor propio, o criticaría más bien constantemente las imperfecciones que viera en ella?

»Algún día es posible que usted tenga un hijo. ¿Quisiera que ese hijo tuviera a quien ahora es el novio de usted como modelo de conducta para formar su carácter?

»¿Tiene usted una relación de igual a igual con ese hombre, o hace él que usted siempre se sienta inferior? ¿La trata a usted y trata a los demás con afecto y consideración, o más bien los menosprecia?

»Si usted se mantiene en esa relación, con eso estará aprobando las actitudes y la conducta que su novio manifiesta. Cada día que se quede con él es otro día en el que se sentirá triste y perdida. Sin embargo, lo que de veras está perdiendo es todo el tiempo que ha invertido en esta relación. ¡No malgaste un día más!

»Cualquier ruptura es difícil, y después de un año de relación con él, va a ser mucho más difícil dejarlo. Usted necesitará el apoyo de amigos y de familiares para lograrlo. Recuerde que también tiene un Padre celestial que la ama y la valora. Él tiene un plan para su vida. Confíe en Él. Pídale en oración que le dé las fuerzas necesarias para afrontar los días venideros. Jamás estará sola si pone toda su confianza en Dios.»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 246.

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La importancia de las aplicaciones en la enseñanza de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 4

La importancia de las aplicaciones en la enseñanza de los niños

a1Aveces trato de imaginarme la situación de las congregaciones a las cuales Santiago dirige la carta que lleva su nombre en el Nuevo Testamento. Es más que seguro que eran similares a las congregaciones de hoy en día, compuestas de personas falibles, débiles y propensas a caer en pecado. Eugenio Peterson, pastor respetado y traductor de las Escrituras, en su introducción a la carta de Santiago comenta que las iglesias cristianas no son comunidades donde vive gente perfecta. Dice que son lugares donde los errores humanos son sacados a la luz por la Palabra de Dios, para ser enfrentados y resueltos. Cuando Santiago dice: “No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica.” (1:22), está hablando de esta realidad. En otras palabras, Santiago dice que cuando se trata de la Palabra de Dios, no es suficiente conocer su contenido. La Palabra demanda acción y esa acción debe producir cambios. Yo considero que éste es el aspecto más débil en la vida de la iglesia: la aplicación práctica de la Palabra de Dios a la vida real. Sólo con revisar la mayoría de los materiales que se ofrecen para la enseñanza de la Biblia, uno llega a la conclusión de que por lo general los autores ponen gran esfuerzo y creatividad para presentar la información bíblica por medio de técnicas y métodos novedosos, pero cuando se trata de llevar esa información bíblica a la práctica, hay poco y nada de ayuda para el maestro.

Esta misma debilidad viene a caracterizar la enseñanza de la Biblia a los niños. Los niños, igual que los jóvenes y adultos, tienen la característica muy humana de resistir el cambio. No nos gusta admitir que nuestra forma de hacer las cosas puede estar fallada porque eso es una reflexión negativa sobre nuestra persona. Menos nos gusta admitir que cometemos pecados o que estamos moralmente fallados. Hay varios factores que nos impiden admitir las fallas que tenemos. Primero, cada uno nos creemos personas buenas. “Yo no hago mal a nadie” es una auto-evaluación generalizada. Es una forma de decir: “Soy una persona buena” y aunque la persona admite tener algunas pequeñas fallas, se defiende diciendo que no son graves. Si creemos esto, es difícil que lleguemos a reconocer que necesitamos transformar lo que es nuestra manera de ser. Segundo, todos somos personas que queremos tener el control de las cosas y nos molesta que otro se encargue de lo nuestro, especialmente de las cosas privadas, como conductas morales. Nos cuesta aceptar la “ley de la dependencia” en Dios, que es parte de una vida cristiana madura. Y por ende resistimos las experiencias difíciles que nos humillan y nos duelen, aunque sabemos que son parte esencial en el crecimiento de la fe. Una tercera característica de nuestra humanidad es mirar a otros como más imperfectos y problemáticos que nosotros mismos. Escuchamos una enseñanza de la Palabra de Dios y pensamos inmediatamente en otro que lo necesita más que uno porque en su vida hay grandes defectos. Con esta reacción casi automática pasamos por alto que la aplicación debería tocar y cambiar nuestra propia vida. Jesús hacía referencia a esta tendencia cuando enseñó que no debemos juzgar a otros. Dijo a sus oyentes: “¿Cómo puedes decirle a tu hermano:‘Déjame sacarte la astilla del ojo’ cuando ahí tienes una viga en el tuyo?¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano” (Mateo 7:4, 5). Él, mejor que cualquier otra persona que haya vivido, entendía nuestra fuerte resistencia al auto-examen y al cambio.

Otro factor que impide la aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los creyentes es la acción del enemigo de nuestras almas. El apóstol Juan lo llama “el acusador” en Apocalipsis 12:10. “Porque ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios.” Este enemigo hace lo posible para que el hijo de Dios NO haga una aplicación correcta de la Palabra a la vida. Trata de desviar su atención a otros, o trata de convencerlo de que sus pecados son insignificantes, o trata de adormecerlo espiritualmente. Usa mil artimañas para no permitir que el creyente actúe sobre la verdad. Y tristemente, cuál sea su método, el enemigo logra sus fines en múltiples ocasiones.

El niño no se escapa de esta realidad. Al contrario, los procesos de aplicación se complican aún más en la enseñanza espiritual a los niños. La vida del niño es controlada por los adultos que forman parte de su hogar. Están acostumbrados a obedecer las órdenes de alguien, sea padre, madre, maestro o pariente. Muchas veces obedecen solamente porque si no lo hacen, las cosas pueden terminar mal, como con un castigo. Es decir, para los niños los parámetros de la conducta son definidos por otros. Este factor hace aún más difícil la internalización de las enseñanzas bíblicas como vivencia personal. El niño tiende a responder a los cambios de conductas, enseñados por un adulto como aplicación de la Palabra de Dios, de la misma manera que responde a las demandas de los adultos en su vida. Lo hace porque en determinadas situaciones le conviene hacerlo, pero no necesariamente porque sus actitudes hayan sido transformadas. Se cuenta de un pequeño niño rebelde cuyo padre lo disciplinó por su mala conducta obligándolo a sentarse por un buen rato en una silla del comedor. El niño se subió a la silla, se dio vuelta y declaró furioso: “¡Por afuera estoy sentado, pero por dentro estoy parado!” Todos podemos identificarnos con su actitud. No es fácil obedecer ni llevar a la práctica la vida que Dios pide.

Sin embargo, para el niño, como también para el joven y adulto, cuando la enseñanza está basada en la Palabra de Dios hay otra realidad que se debe tomar en cuenta. Cuando Jesús volvió al cielo después de su resurrección prometió que vendría otra persona para estar presente con los creyentes: “el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho” (Juan 14:26). En el perfecto plan de Dios para la humanidad, él toma en cuenta nuestra resistencia al cambio y provee una presencia en nosotros en la persona de su Espíritu para obrar los cambios que necesitamos. No es que nuestra resistencia habitual desparezca automáticamente por tener al Espíritu en nosotros. Más bien, es por medio del Espíritu Santo que nuestra voluntad va cambiando y los cambios se van logrando. “Dios es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Es él quien obra en nosotros el arrepentimiento cuando caemos en pecado, y es él quien nos motiva a persistir en una vida de obediencia que trae honra al nombre de Dios. En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo describe de una manera conmovedora la acción del Espíritu Santo en nosotros: “Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Romanos 8:26). Gracias a Dios, nuestra respuesta en obediencia a su Palabra es posible por la obra de su Espíritu.

Siempre debemos recordar que la presencia del Espíritu Santo está obrando también en la vida del niño que se ha entregado al Señor. Es la tarea del maestro apoyar esa obra de todas las formas posibles. Para entender lo que Dios quiere de él, es necesario que el niño sea enseñado de maneras que están de acuerdo con sus capacidades de comprensión. Esto quiere decir que la persona que lo enseña debe preocuparse por entender las capacidades del niño. Él aprende muy poco cuando el medio de enseñanza son únicamente palabras. Necesita ser protagonista. La enseñanza eficaz es la que utiliza diversas actividades, desafíos, juegos y proyectos para enseñar las verdades abstractas, como son muchas de las enseñanzas bíblicas. Este tipo de enseñanza requiere una gran dedicación de parte de los maestros: sacrificios de tiempo invertido en la preparación de las actividades, de artículos confeccionados a mano, de juegos preparados con anticipación y de un sinfín de detalles que hacen que la enseñanza sea eficaz. También requiere mucha paciencia con lo que parece ser a veces la falta de atención o interés de parte de los niños. Pero en todos esos esfuerzos en el maestro está presente el Espíritu Santo para motivarlo, fortalecerlo y animarlo en su tarea. Y está presente también en los alumnos para inquietarlos hacia la obediencia.

El maestro que se esmera por aplicar correctamente las enseñanzas de la Biblia a la vida del niño se dará cuenta en seguida de lo complicada que es esa tarea. Llegará pronto a reconocer cuánto lucha el enemigo por impedirlo. En mi experiencia he encontrado que en centenares de ocasiones, cuando estoy por iniciar la actividad de aplicación que he preparado con mucho cuidado para que fuera adecuada a la comprensión de los niños, ha ocurrido alguna interrupción inesperada que corta la atención de la clase y arruina este momento tan importante. Alguien golpea la puerta, un niño se cae de su asiento, otro necesita ir al baño, una madre entra buscando a su niño, etcétera. En momentos así, el arma que utilizo es la oración silenciosa: en mi mente clamo a Dios para que me dé la capacidad de captar de nuevo la atención de los niños y lograr las actividades de aplicación. Pero nunca es fácil y el enemigo nunca descansa.

La enseñanza de la Biblia tiene una sola finalidad: lograr cambios en la vida. Los materiales que utilizamos deben incluir todas las ideas y ayudas posibles para ayudar al maestro en lograr este proceso de aplicación de las verdades a la vida. A la vez, la aplicación será adecuada únicamente cuando se toma en cuenta la capacidad limitada de concentración que tiene el niño, su necesidad de participación, su vocabulario y su comprensión cognoscitiva limitada de acuerdo con su edad. Es por esta razón que hemos tratado de incorporar estos elementos en las lecciones VIVIR LA BIBLIA, para que el maestro pueda hacer vivir la verdad bíblica en la experiencia de su alumno. Santiago pone el énfasis donde corresponde: escuchen pero luego hagan. La fe cristiana tiene la dinámica de poder cambiar la forma de vivir. Pablo dice: “cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Romanos 12:2, VP).

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 39–43). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

«EL PROVECHO DE LA AGONÍA»

8 abr 2016

«EL PROVECHO DE LA AGONÍA»

por el Hermano Pablo

a1La tragedia ocurrió de noche en una de las capitales más grandes del mundo. Joseph Hawkins, de veintiún años de edad, se encontraba en el patio de su casa cuando lo mataron a tiros desde un auto que pasó velozmente. Se suponía que el joven había tenido vinculación con alguna pandilla de muchachos de la comunidad, aunque esto no pudo comprobarse. Fue un gran dolor para toda la familia.

La madre de Joseph, Loma Hawkins, quien no se amilanó ante su muerte, lanzó un programa de televisión que tituló «El provecho de la agonía», en el que invitó a todas las madres que habían pasado por una experiencia similar a venir a exponer ante las cámaras su sentir. El proyecto comenzó a tomar auge.

No obstante, dos años después la tragedia golpeó por segunda vez el hogar de Loma. Un segundo hijo, Geraldo, de diecisiete años de edad, fue asesinado en idéntica forma. El dolor para Loma fue casi insoportable. Pero al preguntarle si seguiría con el programa, ella respondió con énfasis: «Sí, y ahora con doble razón.»

He aquí una madre doliente y sufrida, pero noble, valiente y determinada, que tomó su desgracia como algo inevitable, y dándole vuelta al dolor, lo usó para lanzar un proyecto que tenía el fin de cambiar el destino de su comunidad. En la zona donde ella vivía, ese tipo de homicidios ocurrían a diario. El esfuerzo de esta mujer contribuyó a cambiar la situación.

El comentario de ella fue: «Espero abrir camino, poco a poco, en la conciencia de todo adolescente que, por tener un auto potente y un arma de fuego en la mano, se cree con derecho a matar al que se le ocurra.»

Ante desgracias como ésta, la reacción del doliente toma uno de dos cursos: o sume a la persona destrozada en una profunda depresión de la cual no encuentra, ni desea encontrar, salida, o reacciona como lo hizo Loma Hawkins, quien ante el terrible dolor de ver a su hijo muerto a balazos, alzó la vista al cielo y dijo: «Señor, ayúdame a encontrarle algún provecho a esta tragedia.»

Ella no sólo se permitió hallar consuelo y fortaleza, sino que actuó inmediatamente en auxilio de otros. Y en su dolor, usó su agonía para lanzar un proyecto con el fin de cambiar a su comunidad.

En medio de la desesperación, podemos pedirle a Dios gracia para llenar primero nuestro propio corazón con amor y perdón, y luego para ayudar a otros que tienen aflicciones afines. Él es más grande que toda tragedia, y puede cambiar en provecho lo que es desastre. Dios sólo espera que acudamos a Él.

http://www.conciencia.net/

El niño y el desarrollo del concepto de Dios

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 3

El niño y el desarrollo del concepto de Dios

a1Entre las áreas de desarrollo y formación en la vida de cada persona, hay dos que no son muy evidentes, pero que afectan en forma profunda todo lo que somos y hacemos. Son las áreas que tienen que ver con nuestra auto-imagen y con nuestra imagen de Dios. Creo que cada persona vive la vida queriendo responder a estos dos grandes interrogantes: ¿Quién soy yo? y ¿Quién es Dios? Vamos definiendo las respuestas a través de múltiples circunstancias y experiencias a lo largo de toda la vida. Lamentablemente, ningún proceso formativo es libre de las distorsiones que causa el pecado, y gran parte de la tarea de la iglesia es ayudar a las personas a corregir los conceptos equivocados que tienen acerca de su propia persona y acerca de Dios. El proceso de corrección de estos conceptos nos llevará toda la vida, pero la etapa de mayor influencia formativa es la de la niñez. Durante esa etapa estamos rodeados de personas que, para bien o mal, son capaces de transmitirnos conceptos acerca de nosotros mismos y de Dios por medio de la coherencia de sus vidas, sus actitudes, sus palabras y sus maneras de interactuar con nosotros.

La tarea del maestro en la iglesia, por supuesto, está ligada profundamente a estos procesos de aclaración y corrección de conceptos. Él, aún más que cualquier otra persona en la iglesia, está influenciando en forma positiva o negativa lo que sus alumnos aprenden sobre su valor como personas y sobre la persona de Dios. Esta tarea no es de poca importancia. La verdadera madurez espiritual se logra recién cuando hay una completa integración de un sano concepto propio con una correcta comprensión de Dios. Jesús enfatizó esta gran verdad en su respuesta a un experto en la ley cuando dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente.” Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37–39). Es imprescindible que los que somos parte de los procesos de formación espiritual de los niños estemos evaluando y corrigiendo continuamente nuestras propias respuestas a estas dos grandes preguntas.

La importancia de conocer las limitaciones cognoscitivas del niño

¿Cuáles son los elementos que contribuyen a la formación de un concepto más correcto de la imagen de Dios en los niños? Hay varios factores que tenemos que tomar en cuenta aquí, y uno de ellos es la necesidad que tenemos como adultos de comprender el desarrollo cognoscitivo del niño. Sin profundizar mucho el tema, podemos destacar algunas áreas importantes en el desarrollo intelectual del niño que han de afectar su comprensión de lo que le enseñamos acerca de Dios. Es importante reconocer que todo lo que hacemos con el niño dentro del marco de la iglesia está siendo comprendido dentro del contexto de la iglesia como “la casa de Dios”. Él está formando sus primeras actitudes acerca de Dios, la Biblia y la iglesia. El maestro que ama al niño, que comprende sus limitaciones, que cumple con sus promesas con él y que lo valora como persona está ayudando para que el niño perciba a Dios así en relación con su persona. En cambio, si el niño siente rechazo, desprotección, incomodidad física y desconfianza frente a las personas que le enseñan en la iglesia, conceptuará a Dios con las mismas características hacia él.

Mi padre, después de cumplir los ochenta años, pasó varios años enseñando la Biblia a niños preescolares en guarderías cristianas. Una tarde, en medio del recreo, un niño de cuatro años le pidió que lo levantara en sus brazos. Mi padre lo hizo, y el niño tomó su rostro entre sus pequeñas manos y dijo: “Abuelo, tú debes ser Jesús.” Siempre pienso en ese incidente cuando veo a maestros entre sus grupos de niños. ¿Qué ejemplo de Jesús estamos transmitiendo mediante el trato que tenemos con ellos?

Otro aspecto del desarrollo cognoscitivo de los niños es su dificultad en entender elementos abstractos, simbólicos y figurativos. Su capacidad para entender abstracciones se desarrolla recién alrededor de los diez u once años de edad. Su aprendizaje es en forma concreta y literal y es necesario tener siempre esto presente. Esto se hace muy complicado cuando nos damos cuenta de que la gran mayoría de los conceptos espirituales son abstracciones. En una ocasión, una maestra estaba enseñando a los niños sobre la doctrina del Espíritu Santo y utilizó el ejemplo del bautismo de Jesús cuando el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma. Un niño de la clase fue de paseo con su familia esa tarde y visitaron una plaza en el centro donde había una gran cantidad de palomas. Los padres se sorprendieron cuando exclamó: “¡Mamá! ¡Mira cuántos Espíritus Santos hay en la plaza!” El niño estaba simplemente demostrando su pensamiento literal.

Me contaron que en otra iglesia un niño preescolar comentó a su madre que esa mañana en la iglesia “había visto a Jesús.” La madre le hizo varias preguntas para tratar de entender el porqué de esta revelación y el niño insistió diciendo: “¡Sí, lo vi! Tenía traje negro y corbata y vino a la clase a buscar la ofrenda.” Otra vez más la necesidad de pensar en forma concreta resultó en una interpretación propia de lo que había dicho la maestra: “Vamos a dar nuestras ofrendas a Jesús.” Ojalá el ujier que buscó la ofrenda hubiese tratado bien a los niños, porque si los tratara mal, el trato venía de “Jesús”. Éstas son algunas de las complicaciones que se deben tomar en cuenta en la enseñanza de niños dentro de la iglesia.

La importancia de las relaciones afectivas en la formación de la imagen de Dios

Otro factor que influye mucho en el desarrollo de la imagen de Dios en los niños es la relación afectiva que tienen con los adultos que representan autoridad para ellos. Lo más importantes en este sentido son los padres, por supuesto. La Dra. Rebeca Land, una especialista en terapia familiar, dice: “En una forma muy real, la formación más temprana del concepto de Dios en el niño es el resultado directo del tipo de cuidado que recibe de sus padres.” Podríamos ampliar el concepto y decir que afecta de la misma manera el tipo de cuidado que recibe de todas las personas en autoridad sobre él, especialmente los que le enseñan la Palabra de Dios. El niño ha de sentirse amado por Dios si es amado por estas personas, y si ese amor es expresado hacia él en maneras que puede entender. El niño se siente amado si es respetado, tomado en cuenta, escuchado, cuidado y tocado con amor. El Dr. Ross Campbell en su libro SI AMAS A TU HIJO menciona la importancia de mirarle directamente a los ojos al niño cuando uno le habla. Es una manera sencilla de mostrarle respeto y de tomarlo en serio.

Por otro lado, si el niño es tratado con violencia física o verbal, con indiferencia o con rigidez, o si es abandonado física o emocionalmente, estos tratos también contribuirán a formar un concepto negativo de Dios. Es imposible comprender el amor de Dios fuera de los parámetros del amor que hemos recibido nosotros mismos. Los recuerdos dolorosos de la niñez donde no hubo afecto son demasiado profundos y siguen afectando el concepto de Dios aun en los años de vida adulta.

El efecto de la disciplina en la formación de la imagen de Dios

También contribuyen a la formación de la imagen de Dios las formas de disciplina que recibe el niño en su niñez. Debemos hacer una distinción entre disciplina y castigo. La disciplina correcta es una expresión de amor que es definida por la necesidad que tiene el niño de tener límites en su vida. La disciplina correcta corrige las conductas erradas y estimula conductas apropiadas. En cambio, el castigo es percibido por el niño como rechazo y, a menudo, provoca la rebeldía. Escuché a un padre decir que el castigo es señal de que la disciplina no ha sido adecuada. Las formas de disciplina que recibe el niño producen efectos mucho más allá que sus conductas. También tienen un efecto profundo sobre sus actitudes. Si recibe una disciplina coherente que se lleva a cabo dentro de los parámetros de sus capacidades de niño, se afirmará su valor como persona y le otorgará mucha seguridad en su desarrollo. En cambio, si la disciplina que recibe es abusiva o severa en extremo, el niño ha de adquirir la percepción de ser de poco valor como persona. Empieza a creer que nunca llegará a la medida que los adultos esperan de él. Ante estas experiencias negativas, él irá asumiendo culpa por todas las cosas que le salen mal y su espíritu quedará herido, quedando en él la sensación de que no sirve o que no puede.

El equilibrio en la disciplina que ejercen los adultos sobre los niños debe asemejarse a la disciplina que forma parte de nuestra vida con Dios. Él no hace demandas sobre nosotros que no podemos cumplir sino que promete estar a nuestro lado para ayudarnos a cumplirlas. “El Señor disciplina a los que ama” (Hebreos 12:6). Más de lo que creemos o entendemos, la disciplina equilibrada y bien llevada lleva al niño a formar un concepto correcto de Dios. La realidad es que, habiendo llegado a ser adultos, muchas personas reflejan la disciplina que recibieron de niños al percibir a Dios como un verdugo, enojado siempre, injusto, caprichoso y deleitándose en castigar a sus hijos.

En nuestros intentos de controlar las conductas de los niños recurrimos muchas veces a las amenazas. Repetimos las mismas amenazas que nuestros padres nos gritaron en nuestra propia niñez. Nosotros sabemos que no estamos hablando en serio cuando decimos estas cosas, pero nos olvidamos de que el niño no lo entiende así. Él cree absolutamente en lo que dicen los adultos y lo toma muy en serio. Como tal, nuestras amenazas huecas sólo sirven para asustarlo y terminan causándole confusión y ansiedad. Lógicamente, afectan también el concepto que irá formando de Dios. Entre las muchas amenazas que se escuchan por ahí se encuentran expresiones como éstas: “¡Dios te va a castigar! ¡Si haces eso otra vez, no te quiero más! ¡Si no dejas de llorar, te dejo aquí y me voy! ¡Pórtate bien o te mato!” Todas estas expresiones son amenazas que, por supuesto, los padres no van a llevar a cabo. Pero el niño, por su forma de entender las cosas, nunca puede estar seguro de eso. Lo que sí se va formando en él es una percepción de la no confiabilidad de las personas en autoridad sobre él, y esa percepción, por lógica, se transfiere también a Dios.

El efecto de conceptos religiosos mal interpretados en la formación de la imagen de Dios

Todo lo que se hace y se dice dentro de la iglesia tiene un impacto profundo sobre el concepto de Dios que el niño está formando. Dos cosas afectan esto. Uno es el trato que recibe de parte de las personas en autoridad. El otro es que por lo general todas las cosas que se hacen o que se dicen en la iglesia no están orientadas hacia el niño y, por tanto, fácilmente pueden ser mal interpretadas por él. Igualmente, el vocabulario religioso que utilizamos tiende a ser muy arcaico y desconocido por los niños. Ellos escuchan canciones y oraciones cargadas de expresiones muy simbólicas y difíciles de entender con el vocabulario limitado que tienen. Cuando el niño no entiende una frase o una palabra, su tendencia es sustituir alguna palabra que suena parecido y que sí es conocida por él. Todos los que trabajamos con los niños hemos escuchado sus interpretaciones tan originales. Una niña escuchó cantar muchas veces el himno que comienza: “Nunca, Dios mío, cesarán mis labios de bendecirte y cantar tu gloria.” Por muchos años creyó que la letra decía: “Nunca, Dios mío, besarás mis labios”. Otro niño preguntó quién era “La hermana Déjaque.” Cuando nadie supo contestarle, agregó: “Sí, es la que siempre se mueve, porque la canción dice: “Oh, hermana Déjaque se mueva.” Evidentemente, era su interpretación de un coro contemporáneo que habla del mover del Espíritu Santo sobre su pueblo.

Por supuesto, es imposible evitar este tipo de mal entendidos, pero por lo menos tendríamos que estar atentos para aclararlos cada vez que escuchamos esta clase de confusión. Es importante recordar que el niño no está tratando de ser gracioso, sino que se esfuerza siempre por entender lo simbólico y figurativo de nuestro lenguaje religioso. Si no hay personas que le ayudan a aclarar su confusión, asimilará conceptos erróneos y hasta ridículos acerca de Dios.

Otra área de confusión para los niños tiene que ver con las celebraciones religiosas. Se crea mucha confusión en ellos por las maneras en que llevamos a cabo los programas dentro de la iglesia para eventos como la Navidad o la semana de Pascua. Un niño quiso ilustrar lo que era para él la Pascua. Dibujó un conejo clavado sobre una cruz. Su intento respondía a la confusión creada en su mente por la diversidad de símbolos que rodean este evento tan importante en el calendario de la iglesia. El énfasis en los huevos de Pascua, en Papá Noel y en otros elementos tradicionales que no tienen nada que ver con los relatos bíblicos confunden porque nadie les explica cuáles son los elementos verdaderos, o cuáles los bíblicos, y cuáles son representativos de la tradición y la cultura. Nosotros, que trabajamos en la formación espiritual del niño, debemos comprender la forma de pensar de ellos y ser sensibles a esta mezcla de estímulos que reciben tanto de los medios como de la iglesia. Debemos hacer lo posible para expresar en lenguaje sencillo y claro lo que son las verdades y doctrinas básicas que son representadas por estas dos fiestas importantes.

El vocabulario religioso también resulta sumamente confuso para los niños en otra área. Me refiero a las formas en las cuales les explicamos el plan de salvación. Yo creo, personalmente, que cometemos los errores más graves con ellos dentro de este contexto. En lugar de simplificar este elemento básico de la fe, la disfrazamos con símbolos que crean más confusión. Además, en el afán de tener programas exitosos usamos todo tipo de disfraces, esperando que un niño tome en serio el mensaje que esté dado por un payaso o por una verdura graciosa. No presentaríamos el evangelio de esta manera a los adultos porque sería una falta de respeto. Pero lo hacemos con los niños, porque el único criterio que aplicamos es si al niño le gusta o no. El niño se interesa por cualquier cosa novedosa. No nos detenemos para preguntar qué entienden ellos acerca de Dios por estas presentaciones. Ni tampoco queremos admitir que muchas veces estamos utilizando un cierto manipuleo de sus emociones para conseguir el fin que deseamos, aprovechando el hecho de que el niño tiende a responder en sumisión a la autoridad de un adulto. Yo creo que a través de nuestras presentaciones muchas veces estamos siendo de tropiezo a los niños porque estamos llenando sus mentes de elementos que crean confusión en vez de guiarlos a Dios por un camino claro y coherente. Me parece que tenemos que pensar seriamente sobre cómo estamos afectando el desarrollo del concepto de Dios en los niños y cambiar muchos de los métodos que utilizamos.

El efecto de los medios de comunicación en la formación de la imagen de Dios

Es necesario reconocer el efecto alarmante que los medios de comunicación están teniendo sobre la vida del niño actual. Aunque éste es un tema extenso que merece una investigación cuidadosa, quiero señalar ciertos factores. Un área sumamente preocupante es la violencia como una forma de adquirir el poder. Los primeros conceptos que va adquiriendo el niño sobre el uso de la violencia y el poder vienen por los medios de comunicación, especialmente por la televisión. Por lo tanto, lo que se le enseña en la iglesia sobre el poder de Dios será interpretado por lo que ya aprendió en la televisión o en los video-juegos. Me contó una maestra cómo en su iglesia un niño había hecho la declaración con firmeza de que no le interesaba seguir a Jesús porque “él era un perdedor”. Prefería seguir al superhéroe (y nombró uno de moda) porque tenía más poder y nadie lo podía matar. Quizás otros niños no se expresan en una forma tan tajante, pero este ejemplo sirve para mostrar la confusión que los programas de televisión pueden crear en la mente del niño. Nuestro énfasis debe ser el hecho de que el poder que tiene Dios no se basa en la destrucción de personas, sino en que él hace posible que se transformen desde adentro hacia fuera y que su poder hace posible que convivamos en paz y amor el uno con el otro, sin buscar formas de vengarnos. La enseñanza bíblica debe representar una fuerza de resistencia frente al alud de violencia que inunda la vida de los niños de hoy.

Los medios de comunicación también endiosan a los cantantes, los actores de cine y los deportistas, mostrando sus vidas como algo para emular. A la vez, los valores distorsionados y la incoherencia de vida de estos artistas, quienes llegan a ser los ídolos de los niños y adolescentes, crean ambigüedad en cuanto a los verdaderos principios cristianos sobre la moral y la ética. La iglesia, y en forma más directa los padres cristianos, se sienten amenazados por este constante bombardeo de imágenes e influencias que afectan a sus niños. Y los niños, por su lado, se sienten solos, sin espacio seguro donde pueden expresar sus inquietudes. A la vez nosotros, los adultos que debemos responder a sus interrogantes, nos encontramos demasiado ocupados como para estar escuchándoles, dejándoles sin una orientación correcta.

Debido a estas influencias mundanas que invaden continuamente nuestras vidas hoy día, creo que como nunca antes en la historia, nosotros los adultos debemos involucrarnos en las vidas de los niños, siendo para ellos una presencia estable y confiable en todo momento. El hecho de ser personas accesibles al niño, con un interés genuino en los diversos aspectos de su vida, permitirá que éste encuentre fuerza para resistir los valores falsos del mundo. A la vez, esta relación de afecto y confianza ayudará a sembrar los elementos para desarrollar una relación sentida con Dios. El niño necesita ver en el adulto un ejemplo de amor, estabilidad y compromiso de fe que le ayudará a él a emular esos mismos valores y a formar, como consecuencia, un concepto correcto de Dios.

Sin el compromiso de adultos que aman a Dios y se dedican al ministerio de los niños, hemos de ir retrocediendo ante las influencias invasoras del mundo secular. Una parte fundamental de este proceso de resistencia tiene que ver con el desarrollo de un concepto sano e íntegro de quién es Dios. Lo que el niño aprende en su niñez determinará lo que será como adulto. Cuando necesito inspiración en esta singular tarea, o cuando me siento desanimado, traigo a mi mente las palabras de Jesús: “El Rey les responderá: Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí” (Mateo 25:40).

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 29–37). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

«MI FAMILIA NO SABE NADA»

7 abr 2016

«MI FAMILIA NO SABE NADA»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

«Hace una semana nos enteramos de que [mi novia] está embarazada…. Aún estoy estudiando. Por eso es que ella decidió no decir de quién es el niño que espera. Al parecer, su mamá la va a apoyar, pero mi familia no sabe nada. Le he pedido al Señor, arrepentido, que me dé otra oportunidad y que ese niño no nazca o sea mentira que está embarazada. No sé qué hacer. Siento pena por ella, y pienso en lo que será después.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimado amigo:

»No hay duda de que usted tiene razón para sentir pena por su novia. Y tiene razón para estar preocupado por lo que ha de suceder. Sin embargo, rogarle a Dios que convierta lo ocurrido en nada más que una pesadilla es poco realista e irresponsable. Ha hecho bien al pedirle perdón a Dios, pero no espere que Él, por arte de magia, elimine las consecuencias de lo que usted ha hecho.

»… A fin de guardar el secreto [debido a que usted aún está estudiando, su novia] ha decidido negarse a revelar el nombre suyo como el padre del bebé. Como resultado, es probable que la gente crea que ella ha tenido relaciones sexuales con varios hombres y que no sabe cuál de ellos es el padre. Esa clase de chismes hará que sea peor aún la situación en que ella se encuentra.

»Si su novia no proviene de una familia con recursos económicos adecuados, es muy probable que el incremento de gastos tarde o temprano la obliguen a buscar ayuda monetaria de parte de usted, tal vez hasta en los tribunales de justicia. Cuando usted termine sus estudios y consiga un empleo, puede estar casi seguro de que se le pedirá o exigirá que sustente económicamente a su hijo o hija.

»Sería mucho mejor que le dijera a su familia ahora lo que ha sucedido y asumiera la responsabilidad por la criatura que ha engendrado. Entonces usted y su novia, con sus padres y los de ella, podrían decidir qué es lo que más le conviene al niño. Nosotros creemos que el permitir que padres amorosos lo adopten es la mejor opción para los jóvenes estudiantes. Como padres adoptivos que somos, sabemos que hay miles de matrimonios que no han podido tener sus propios hijos biológicos y están esperando tener un hijo al que puedan amar durante toda la vida.

»Sin embargo, si deciden no darlo en adopción, usted tendrá que cambiar sus planes para participar de lleno en la vida de su hijo. Ningún niño merece crecer sin la presencia de su padre, y con frecuencia a quienes les toca crecer en esas condiciones afrontan años de rechazo y marginación social.

»Usted optó por quebrantar las leyes de Dios y tener una relación sexual antes del matrimonio, y eso quiere decir que optó por correr el riesgo de que su novia quedara embarazada. Ahora debe decidir hacer lo correcto por el bien de su hijo y por el bien de su novia.»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo ingresar en el sitio http://www.conciencia.net y pulsar la pestaña que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 383.

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El uso de las Escrituras en la enseñanza de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 2

El uso de las Escrituras en la enseñanza de los niños

a1Un domingo, cuando mi hija tenía ocho años de edad, salió de la iglesia muy disgustada. En el auto, volviendo a la casa, expresó con estas palabras su parecer sobre la clase que habían tenido en la escuela dominical.

—¡Mama, me aburre la clase de escuela dominical! Las maestras no hacen más que contarnos historias de ovejas y trigo y uvas. ¡No entiendo nada!

Indagando un poco sobre el asunto, me enteré que para la edad de los escolares estaban usando una serie de lecciones sobre las parábolas de Jesús. Me imagino que las personas que habían escrito el material, como también los maestros que lo estaban utilizando, habían hecho un gran esfuerzo para lograr que los niños entendieran esas enseñanzas tan importantes. Pero no habían logrado su objetivo, por lo menos en el caso de mi hija. Creo que en parte era porque mi hija siempre ha sido una persona práctica en sus enfoques frente a la vida. Las fantasías y los cuentos de hadas nunca le han interesado. Pero por otro lado, creo que ella estaba reaccionando en contra de estas lecciones por las limitaciones de comprensión que son propias de los niños de esa edad. Estoy segura que en toda probabilidad había niños presente cuando Jesús pronunció originalmente las parábolas, pero indudablemente tampoco no entendieron lo que a los adultos les resultó difícil de entender. Las parábolas de Jesús estaban impregnadas de alegorías, figuras y simbolismos. A los adultos les costaba entender las verdades misteriosas y escondidas dentro de las parábolas. Por ejemplo, en la ocasión cuando Jesús habló de la parábola del sembrador (Mateo 13:1–12; Marcos 4:1–12 y Lucas 8:4–10), los discípulos le preguntaron cuál era el significado de la parábola. Jesús les contestó que a ellos se les había concedido que conocieran los secretos del reino de Dios, “pero a los demás se les habla por medio de parábolas para que ‘aunque miren, no vean; aunque oigan, no entiendan.’ ” (Lucas 8:9, 10). Entre todo lo que implica su respuesta, por lo menos podemos entender que hay enseñanzas que son entendibles para algunos pero no para otros. ¿Por qué pensamos, entonces, que si a los adultos en el tiempo de Jesús les costaba entender las parábolas (y desde entonces hasta hoy), los niños actuales podrán entender toda la magnitud y complejidad de estos pasajes?

Creo que a todos nosotros que asumimos la sagrada responsabilidad de enseñar la Biblia, nos corresponde aplicar lo que sabemos acerca de las limitaciones cognoscitivas y emocionales de los niños en la selección de los pasajes bíblicos que hemos de enseñar. Estas limitaciones nos condicionan en el material que hemos de enseñar. Aunque toda la Biblia es “inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16), la manera cómo ciertas partes son enseñadas a los niños merece mucho cuidado. Me refiero al hecho de que debemos tener muchísimo cuidado en la elección de las porciones bíblicas que utilizamos porque su contenido no es adecuado para su edad de desarrollo. Corremos el peligro de que nuestra enseñanza de la Biblia pueda servir de impedimento en el crecimiento espiritual del niño. Vamos a mirar algunos de los parámetros que se deben tomar en cuenta en cuanto a esto.

No debemos basar nuestra enseñanza sobre situaciones que trascienden su experiencia evolutiva

Aquí estoy pensando especialmente en incidentes que contienen dimensiones sexuales. Éstos no corresponden porque el niño no tiene una capacidad de entender aún la relación íntima sexual entre hombre y mujer ni mucho menos el actuar de Dios con relación a estas circunstancias. La Biblia abunda en situaciones de conductas sexuales ilícitas, por lo menos desde el punto de vista de la moral cristiana. Basta con ver dos ejemplos: uno sería la experiencia que vivió el profeta Oseas donde recibe instrucciones de Dios de tomar como esposa a una prostituta y concebir por ella “hijos de prostitución” (ver Oseas 1:2–11, etcétera). Otro ejemplo sería el trágico incidente que se relata acerca de un levita y su concubina y la conducta de hombres perversos de Guibeá (ver Jueces 19). Inclusive, cuando uno usa algún relato bíblico que incluye detalles que tienen que ver con conductas sexuales (José y la esposa de Potifar [Génesis 39]; David y Besabé [2 Samuel 11] etcétera.), se busca una forma de contar lo ocurrido sin entrar en los detalles o explicaciones que para los niños serían problemáticos.

No debemos enseñarles doctrinas que no pueden entender

Recuerdo haber vivido en mi niñez, cuando estaba en cuarto grado, un período de dudas angustiantes por haber entendido mal la doctrina de la predestinación. Un maestro bien intencionado quiso hacernos entender el significado de esta doctrina. Como consecuencia, viví varios meses aterrada pensando que iba al infierno porque seguramente no había sido elegida por Dios para recibir la vida eterna. Afortunadamente, por un comentario que yo hice, mi padre se dio cuenta de mi angustia y con gran sabiduría supo calmar mis temores y asegurarme de que era hija de Dios.

Muchas de las doctrinas fundamentales de la vida cristiana deben ser enseñadas dando cuidadosa atención a la capacidad del niño para entenderlas. Dado sus escasas experiencias de vida y sus limitaciones de comprensión, el niño pequeño no podrá entender los pormenores de algunas doctrinas como la doctrina sobre el castigo eterno del incrédulo, los acontecimientos finales antes de la segunda venida de Cristo y otros. No estoy sugiriendo que las doctrinas básicas de la fe cristiana no se deben enseñar, sino que deben ser enseñadas cuando la persona tenga la edad suficiente para comprender e incorporarlas a su vida cristiana. Generalmente sería más apropiado dar este tipo de enseñanza cuando se llegue a la adolescencia o a la juventud.

No debemos usar pasajes bíblicos que crean confusión acerca de la persona de Dios y su manera de relacionarse con los hombres

En una ocasión me causó gran desilusión ver un material para la capacitación de maestros de niños que utilizaba como relato bíblico modelo el pasaje que se encuentra en 2 Reyes 2:23–25. Esta porción de las Escrituras relata cómo el profeta Eliseo maldice en el nombre de Dios a algunos muchachos que se estaban burlando de él. Como resultado, salieron dos osas del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de ellos. Uno no puede menos que sentir sorpresa y repugnancia contra el castigo cruel que el profeta lanzó contra esos niños. No podemos dudar de que el incidente es veraz y queda así registrado en la Biblia. Pero es un incidente aislado que se debe equilibrar por decenas de otros relatos que muestran la misericordia de Dios. El hecho de utilizar este incidente como un vehículo de enseñar verdades sobre la persona de Dios es crear confusión y temor en los niños. El niño automáticamente se identifica con los muchachos horriblemente muertos en el relato bíblico y en la mente le entran dudas si ese tipo de castigo podría caer sobre él por algún error que pudiera cometer.

Otro pasaje que a los niños se debe enseñar con mucho cuidado se encuentra en el capítulo 22 de Génesis, donde se narra el sacrificio de Isaac. La dimensión enorme de la lección de fe que Abraham aprendió en ese momento va más allá del entendimiento de un niño. Lo único que él puede entender es que Dios pidió que un padre maltratara a su hijo con la intención de matarlo y que el padre lo hizo obedeciendo las órdenes de Dios.

Muchas partes del Antiguo Testamento contienen escenas de violencia y de conflicto. Al ser éstas incluidas en lecciones para niños sin un contexto correcto, se les ha infundido temor. Aunque no es la intención del maestro, algunos niños se convencen desde pequeños de que Dios es un ser lleno de ira y que utiliza su soberanía y poder para castigar a la indefensa humanidad. El maestro, quien por su propio desarrollo espiritual está convencido de la bondad y la misericordia de Dios, puede ayudar al niño a entender que el castigo que sufrió el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento se debió a su incredulidad y desobediencia, y no al capricho de un Dios iracundo y vengativo. Dios quiso protegerlos y cuidarlos, pero por su desobediencia, ellos eligieron salir de la cobertura de su protección y provisión.

Aunque me he referido a algunos elementos que debemos evitar en la enseñanza de los niños, prefiero enfocar este tema en sentido positivo en vez de negativo; no tanto por lo que NO debemos enseñar sino por lo que SÍ. El parámetro que debe utilizar el maestro en la selección de los pasajes bíblicos se debe definir primeramente por todo aquello que sí bendice y fortalece la vida espiritual del niño. La Biblia es una fuente inagotable de riqueza para esto y el maestro tiene el privilegio de ser canal de bendición en su enseñanza de estos pasajes edificantes. Señalo algunos elementos que deben guiarnos en esta tarea.

Debemos enseñar historias que inspiran al niño a admirar la maravillosa obra de Dios

En muchísimas ocasiones ha sido mi privilegio observar cómo cae un silencio absoluto sobre un grupo de niños cuando ellos quedan inmovilizados al escuchar algún relato bíblico que muestra la grandeza de Dios. Éstos son momentos sagrados y dan evidencia de la obra del Espíritu Santo haciendo vivir las Escrituras en las mentes de los niños. Existen maravillosas historias que muestran el poder de Dios. En el Antiguo Testamento, uno ve el poder de Dios actuando a favor de su pueblo elegido especialmente bajo el liderazgo de Moisés y de Josué. En el Nuevo Testamento uno encuentra en la vida de Jesús una infinidad de ejemplos, como cuando él calma la tormenta, o cuando da sanidad a los enfermos. La Biblia es una fuente casi inagotable para el maestro en enseñar las maravillosas obras de Dios.

Debemos enseñar historias que alientan al niño a saber que Dios se deleita en tomar nuestras debilidades y usarlas para la bendición de otros

Las historias clásicas de este tipo son las experiencias de Gedeón, de Daniel o de David. En el Nuevo Testamento vemos en las vidas de Pedro y de Pablo, entre otros, a personas que fueron utilizadas con poder a pesar de sus propias debilidades. La Biblia no trata de cubrir los defectos de las personas, sino que muestra que Dios obra a través de vidas imperfectas para la bendición de otros. Estos testimonios hacen posible que el niño se identifique con estos individuos y aprenda que también Dios lo puede usar para ayudar y bendecir a otros a pesar de sus debilidades.

Debemos enseñar historias que proveen modelos de fe en Dios en medio de las circunstancias difíciles

Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas que hicieron la voluntad de Dios a pesar de estar viviendo circunstancias adversas. El capítulo 11 de Hebreos nos da una larga lista de algunos de estos personajes. En el Antiguo Testamento se destacan personas como Abraham, Moisés, José, Daniel, Elías y Eliseo como modelos de lo que significa vivir en obediencia a Dios en medio de sufrimientos y contratiempos. Igualmente en el Nuevo Testamento se destaca el libro de Hechos, donde encontramos otros ejemplos de personas valientes que vivieron en medio de tremendas adversidades mientras proclamaban el evangelio en la época del inicio de la iglesia. El niño de hoy necesita ser alentado en su fe por estas historias, porque muchos de ellos están enfrentando enormes dificultades en sus propias vidas.

Debemos enseñar historias que fortalecen al niño en la adquisición de sus primeros conceptos de las doctrinas fundamentales de la fe

Encontramos una nutrida fuente de enseñanzas en la historia del pueblo Israel que es liberado de la esclavitud en Egipto para iniciar una vida de dependencia en Dios en su largo peregrinaje hasta llegar a la tierra prometida. A través de esa experiencia, los israelitas aprendieron lo que significaba ser el pueblo de Dios y vivir en obediencia a sus decretos. Aunque fracasaron muchas veces, Dios fue fiel. En el Nuevo Testamento tenemos los fundamentos de la doctrina cristiana que nace de la muerte y la resurrección de Cristo, la esperanza de su segunda venida, el inicio de la iglesia primitiva, entre otros. Aunque el niño no está capacitado aún para entender los pormenores de algunas doctrinas, puede ir formando conceptos básicos que han de robustecer su fe.

Debemos enseñar historias que incitan al niño a ser un testigo fiel del Señor

Los ejemplos de los fieles profetas en el Antiguo Testamento como Jeremías, Natán, Daniel, Elías y Eliseo nos animan y nos dan ejemplos de cómo y dónde podemos ser testigos de Dios. En el Nuevo Testamento se destaca la vida del apóstol Pablo como un testigo valiente de su fe en Dios, sirviendo él como un ejemplo sin igual para nosotros.

Su ejemplo también es una manera excelente de inspirar e incentivar a los niños a servir a Dios como misioneros en otros países.

Debemos enseñar historias que animan al niño a poner en práctica en su vida diaria las actitudes y los valores cristianos

Las vidas de los personajes bíblicos están registradas en la Biblia para nuestra instrucción y aliento espiritual. Sus actitudes y conductas establecen modelos para toda persona, incluyendo al niño. Una lista breve lo ilustra: cómo perdonar las injusticias (José), cómo amar (Rut), cómo lograr la paz (Isaac), cómo soportar las crisis de enfermedad y sufrimiento (Job), cómo vivir en mansedumbre (Moisés), cómo obedecer a Dios sin entender todas las razones (Josué), etcétera. Cuando se hace la correcta aplicación de estas vidas a las experiencias reales del niño, éste aprende lo que significa cambiar actitudes y valores para agradar a Dios.

Debemos enseñar historias que traen consuelo al niño y le infunden ánimo en tiempos de crisis

Hay muchos ejemplos de este tipo de historia, pero una de mis preferidas es la que se encuentra en 2 Reyes 4:1–7. Dios provee para una viuda con dos niños a través del profeta Eliseo. Éste le indica a la mujer que debe juntar todo tipo de vasijas y jarros para llenarlos de aceite y luego venderlo para salir de su crisis económica. Recuerdo haber relatado esa historia una noche a un grupo de niñas de nueve a once años de edad. Decidí contar la historia tratando de meterme en la situación de la viuda, comunicando su desesperación y luego el enorme alivio que sintió al ver la milagrosa y abundante provisión de Dios. Las niñas del grupo representaban el nivel de estímulo tan característico de los niños modernos que son expuestos a las computadoras, los video-juegos, el cine y la televisión. Me sentía algo preocupada por si pudiera mantener su interés con mi sencillo relato verbal. Sin embargo, cuando terminé la historia, hubo en el grupo un silencio generalizado que duró varios segundos y luego un suspiro colectivo. Una niña levantó la mano y me dijo: “Señora, esa historia me encanta. ¿No puede contarla de nuevo?” Sus compañeras indicaron que todas estaban de acuerdo con su pedido. Al volver a casa esa noche, quedé pensando en lo que había pasado en la clase. Yo sabía que los padres de varias de las niñas estaban divorciados. Me imaginé que se identificaron totalmente con los hijos de la viuda y la situación de crisis económica que estaban viviendo. Pude saber, entonces, que la historia les había traído consuelo al saber que Dios obra a favor de las viudas y de los huérfanos y seguramente les infundió ánimo en medio de sus propias realidades. Mi experiencia de esa noche ilustra cómo las historias bíblicas cumplen el objetivo de animar y consolar al que sufre.

Debemos enseñar historias que ayudan al niño a saber que el pecado trae consecuencias dolorosas en la vida

La Biblia nos presenta la verdad sobre la condición humana y las consecuencias que el pecado produce en la vida. El niño necesita aprender acerca de su naturaleza pecaminosa y su inclinación natural a hacer el mal. Necesita entender que el pecado es algo grave que distorsiona la vida. Hay historias muy claras que dan ejemplos de cómo el pecado destruyó vidas y trajo consecuencias serias a otros que estaban involucrados. Entre ellas están la de Adán y Eva, de Acán, David, Pedro y otros.

Es importante recordar, sin embargo, que la enseñanza sobre el pecado y sus consecuencias siempre debe incluir el ofrecimiento del perdón de Dios. La meta de toda nuestra enseñanza es acercar al niño al Dios de toda esperanza, quien perdona y restaura vidas y quita la culpa por nuestros errores. El perdón de los pecados es una de las columnas principales de la fe.

Debemos enseñar historias que animan al niño a encontrar la salvación en Jesús

Las historias que encontramos en el libro de Hechos proveen testimonios poderosos de personas que fueron transformadas al poner su fe en Cristo como Salvador. Todo el mensaje de la Biblia es que Dios ama al hombre y quiere su bienestar. Esto es posible únicamente por fe en Cristo, el Hijo de Dios. Las aplicaciones, aun de las historias del Antiguo Testamento, pueden darse de tal forma que el niño es incentivado a ejercer su fe y tomar el paso de compromiso con Cristo.

La Biblia es tan compleja y rica en sus enseñanzas que a través de toda la vida estamos encontrando nuevas enseñanzas y aplicaciones de sus verdades para nuestra vida. Sin embargo, es importante reconocer que el niño necesitará otra dimensión de enseñanza en cuanto a las verdades bíblicas por el mero hecho de que tiene las limitaciones propias de ser niño. Siempre me preocupa cuando escucho de alguna iglesia que ha decidido unificar todo su programa de enseñanza para todas las edades. Es decir, si los adultos están estudiando el libro de Romanos, los niños lo deben hacer también. Lo que impulsa estas decisiones generalmente es la idea de que toda la familia debe tener la posibilidad de estar unida a través del aprendizaje de una misma porción de la Palabra de Dios. Por más noble que sea este sentimiento, mi preocupación es que generalmente estas decisiones han sido tomadas por líderes que no entienden ni toman en cuenta la naturaleza del niño en cuanto a su aprendizaje. Ni tampoco le proveen al maestro los materiales ni una capacitación como para transformar una enseñanza orientada hacia adultos en una que es adecuada a los niños. Y, como siempre en estos casos, los que salen perdiendo son los niños.

Vuelvo al ejemplo de Jesús, que siempre supo tomar en cuenta el potencial y las capacidades especiales de los niños. Fue sencillo, transparente y genuino en su trato con ellos. No complicó las cosas. Más bien quiso que los adultos hicieran todo lo posible para que los niños llegaran a él, sin impedirlos o poner condiciones. Nuestro desafío constante es saber elegir correctamente las partes de la Biblia que serán útiles y edificantes en la vida de los niños porque nuestra meta es facilitar su acercamiento al Señor.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 19–27). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

UN CAMBIO FENOMENAL

6 abr 2016

UN CAMBIO FENOMENAL

por el Hermano Pablo

a1Fue un viaje largo, de trescientos trece días. Y fue un viaje silencioso, sin escalas ni paradas, un viaje que no fue ni por automóvil, ni por barco ni por avión. Fue el viaje que hizo Sergei Krikalev, cosmonauta ruso, en su cápsula espacial. Él nunca pensó que lo que ocurrió durante su vuelo pudiera haber ocurrido.

Cuando bajó de su vehículo en la república soviética de Kazakstan, después de diez meses en el espacio, su país había sufrido un cambio total. La Unión Soviética ya no existía. El comunismo ruso era cosa del pasado. Gorbachev no era más presidente, y en lugar de la bandera roja con la hoz y el martillo, flameaba la tricolor rusa antigua. Hasta su ciudad natal, Leningrado, había cambiado de nombre y ahora se llamaba, como antes, San Petersburgo.

Sergei se sintió mareado, no sólo como reacción natural de plantar pie otra vez en tierra sino, más que todo, por tantos cambios que nadie jamás pudiera haber previsto. El cosmonauta ruso anterior, Musa Manarov, estuvo más tiempo que él en el espacio, trescientos sesenta y seis días, pero durante su ausencia nada cambió. En cambio, durante la ausencia de Krikalev, en sólo diez meses, su mundo había dado un vuelco político total.

¿Cómo reaccionó Krikalev ante un cambio tan súbito y radical? Eso no lo sabemos, pues la agencia de noticias no lo explicó, pero no podemos menos que compararlo con cómo reaccionamos nosotros ante cambios inesperados en nuestra vida.

Todos tenemos situaciones en la vida que, sin la más mínima premonición, nos sorprenden: un diagnóstico médico que es presagio de calamidad; la noticia de un accidente automovilístico que trae consigo informe de muerte; el anuncio del marido, de que otro amor ha desplazado a la esposa; la noticia devastadora de que nuestro hijo ha contraído el SIDA. Tales circunstancias pueden pasarnos a todos. Nadie es tan santo como para que no le ocurran. ¿Cómo reacciona uno ante semejantes situaciones?

Cuando no hay fe, cuando no creemos en un ser superior, cuando no nos hemos relacionado en forma personal y continua con Dios, no nos queda más que una horrible desesperación que nos deja sin ánimo de seguir viviendo.

En cambio, cuando hemos vivido tomados de la mano del Señor, y cuando conocemos lo que es fe segura en la sabiduría y en la providencia divinas, no nos amedrentamos ante el anuncio imprevisto de alguna calamidad. Sí tendremos luchas, pero con Cristo de amigo, seremos más que vencedores.

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4. CÓMO EVITAR HACER CRÍTICA DESTRUCTIVA CONTRA OTROS

SERIE GIGANTES AL ACECHO

4. CÓMO EVITAR HACER CRÍTICA DESTRUCTIVA CONTRA OTROS

David Logacho
2016-04-05

a1Saludos cordiales amable oyente. Qué privilegio es para mí contar con su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Nuestro tema de estudio tiene que ver con los gigantes en nuestra vida. Al hablar de gigantes me estoy refiriendo a poderosos enemigos que se instalan cómodamente en nuestra vida para echar a perder el gozo y la libertad que como creyentes tenemos en Cristo. Estos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el chisme, la culpa, el miedo, la soledad, los celos. En nuestro estudio bíblico anterior dentro de esta misma serie, tratamos el asunto de la crítica y vimos que puede ser constructiva o destructiva. La crítica constructiva es aquella que evalúa objetivamente una situación determinada y sugiere maneras de corregir los problemas buscando siempre una mejora. Todos deberíamos ser críticos constructivos. Por contraste, la crítica destructiva es aquella que no hace ninguna evaluación de una situación determinada y emite conclusiones basadas en premisas equivocadas o prejuiciadas, buscando destruir en lugar de construir. Esta crítica tiene dos caras. Por un lado esta la crítica destructiva que recibimos de otros y por otro lado está la crítica destructiva que lanzamos contra otros. Ya hablamos de cómo hacer frente a la crítica destructiva que recibimos de otros. En esta ocasión vamos a tratar acerca de cómo evitar hacer crítica destructiva contra otros.

En realidad, si somos honestos con nosotros mismos, debemos admitir que cuando somos objeto de la crítica destructiva, sufrimos en alto grado. Pero lo sorprendente es que no nos detenemos a pensar en ello cuando nosotros lanzamos crítica destructiva. Pensamos que de alguna forma inexplicable, los demás no van a sufrir cuando son víctimas de nuestra crítica destructiva. Es tan fácil criticar a otros. Es sencillo formarse una opinión sin conocer a fondo los detalles de los hechos. Alguien ha afirmado que los hechos pueden ser perturbadores, y por tanto, es mucho más sencillo ignorarlos. En cosas así se basa la crítica destructiva. De pronto nos convertimos en expertos en cualquier cosa que imaginemos. Con estas ínfulas pensamos que sabemos el por qué de todo. Sabemos por qué alguien hizo esto o aquello, sabemos cuáles fueron sus motivaciones. Lo entendemos todo perfectamente. Hacemos que la gente piense que en realidad estamos tan al tanto de todo que hasta conocemos lo que hay en el corazón de las víctimas de nuestra crítica destructiva, cuando la realidad es que no sabemos nada y si algo sabemos es información fragmentada y casi siempre distorsionada. Por esto no nos queda otra cosa sino hacer conjeturas. Juzgamos todo y a todos y nos creemos Dios. Pronto todo mundo llega a ser víctima de nuestra crítica despiadada. Los que son dados a la crítica destructiva son gente que ha intentado algo y ha fracasado. Por tanto se tornan amargados y envueltos en envidia debido a que como no han podido lograr la excelencia que buscaron resisten a los que están en el camino a la excelencia. También es gente que busca auto promocionarse a cualquier precio. El que critica para destruir normalmente piensa que de esa manera va a levantar su propia imagen. El viejo truco de hacer quedar mal a otros para quedar bien nosotros, o como muy bien se ha dicho, echar lodo a otros para que nosotros parezcamos más limpios que ellos. Así que, amable oyente, todos tenemos el potencial de volvernos críticos despiadados, criticando los métodos sin realmente entenderlos. Algunas veces ni siquiera sabemos lo que impulsa a las personas a actuar como lo hacen, y sin embargo los criticamos severamente. Cuando nos invade esa pasión por la crítica destructiva, generalmente hablamos mucho de algo que conocemos muy poco. Nos atrevemos a criticar las intenciones o las motivaciones de los demás, pero ¿Cómo podemos conocer algo que está muy escondido en el corazón de las otras personas? Solamente Dios puede conocer las intenciones del corazón y por eso solamente él es el único quien puede juzgar con justo juicio. Pero nosotros no somos Dios para saber las intenciones del corazón de otros y sin embargo cuántas veces habrá salido de nuestros labios expresiones como: Yo sé por qué lo hizo o yo sé lo él estaba pensando. A veces inclusive vamos más allá y empezamos a censurar y a condenar. Es muy fácil censurar cuando se desconoce la realidad de los hechos. Ahora que sabemos algo de lo que hay detrás de bastidores en cuanto a lanzar crítica destructiva, pensemos en cómo prevenir la crítica destructiva o si ya hemos caído en criticar para destruir, pensemos en cómo abandonarla. Para ello debemos tomar en cuenta ciertas cosas. Primero, la crítica destructiva será tomada muy en cuenta por Dios. Mateo 12:36 dice: Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.

La crítica destructiva es palabra ociosa o palabra inútil. Cuando criticamos a otros para destruir deberíamos pensar en este versículo. Algún día tendremos que responder por nuestras palabras ociosas, es decir por cada palabra improductiva o descuidada, que no sirve para ningún buen propósito. Esto debería servir de freno para no andar criticando a otros para destruir. Segundo, la crítica destructiva echa a perder nuestra buena relación con Dios. Santiago 1:26 dice: Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
Sería bueno que este texto sea colocado en letras grandes en nuestros hogares y en nuestras iglesias. Si no refrenamos nuestra lengua no nos digamos religiosos porque nuestra religión es vana. Esto es lo que en esencia dice este texto. Gran advertencia para no meternos en crítica destructiva y si ya hemos caído en ella, gran aliciente para salir de ella inmediatamente. Tercero, Dios nos exhorta a decir las cosas como conviene. Proverbios 25:11 dice: Manzana de oro con figuras de plata
Es la palabra dicha como conviene.

Hay una basta diferencia entre la persona que habla sabiamente y aquel que siempre anda criticando y nunca ve nada bueno en nadie. Este último jamás analiza; sólo habla. Cuarto, toda crítica destructiva que lanzamos contra otros se basa en asumir gratuitamente que conocemos los pensamientos o las motivaciones de los demás, lo cual es totalmente falso y antibíblico, porque debeos saber que solamente Dios puede conocer las motivaciones o las intenciones del corazón. Es por este motivo que Pablo nos dice lo siguiente en 1 Corintios 4:5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.

Es el Señor, amable oyente, no nosotros, quien en su debido tiempo manifestará las intenciones de los corazones. Por eso, él es el único con derecho a juzgar. Si nosotros lo hacemos estaremos cayendo en la crítica destructiva. Romanos 14:4 dice: ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.

Así que, criticar a oro para destruir es usurpar el papel de Dios o el papel de amo de la otra persona. ¿Quién de nosotros puede permitir esto? Entonces no debemos criticar a otros. Quinto, al criticar a otros debemos saber que en algún momento, nosotros también seremos criticados por otros. El crítico no puede evitar ser objeto de la crítica. Mateo 7:1-2 dice: No juzguéis, para que no seáis juzgados.

Mat 7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

Ya vimos cuan doloroso es esto de ser objeto de la crítica destructiva. Una de las maneras de evitar este dolor es por medio de no criticar a otros para destruir. Sexto, cuando nos hallemos tentados a criticar a otros, en lugar de criticar debemos orar a favor de ellos. Esta práctica nos alejará poco a poco de la crítica destructiva contra otros. Espero que estas sencillas sugerencias le ayuden a derrotar a ese temible gigante, llamado crítica destructiva.

¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 1

Una filosofía de enseñanza para la formación espiritual del niño

Capítulo 1

¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños?

a1Antes de emprender la tarea de enseñar la Biblia a los niños, conviene reflexionar sobre una pregunta fundamental que, de alguna manera, todos nos hemos hecho: ¿por qué enseñamos la Biblia a los niños?

Porque es la voluntad de Dios

La enseñanza de conceptos morales y espirituales a los niños es un mandato que inicialmente se establece en el Antiguo Testamento. Moisés dio claras instrucciones sobre esto al pueblo israelita: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:4–7, NVI). Con esta amonestación Moisés quería que los padres asumieran seriamente la tarea de educar a sus hijos en el conocimiento de las leyes de Dios. Él esperaba que estas enseñanzas partieran de vidas que demostraban profunda reverencia hacia Dios y una disposición de obedecer a sus leyes. La enseñanza que deberían impartir los padres consistiría en dos aspectos: instrucción y admonición. Instrucción sería el hecho de informar al niño acerca de las verdades y demandas de Dios; admonición sería el estímulo y desafío de ponerlas en práctica en la vida real.

El contexto donde esta enseñanza se daba era el hogar, y los padres eran las personas responsables de la instrucción. Los padres eran secundados en su tarea por las ceremonias comunales en el templo donde el niño aprendía formas de adoración a Dios viéndolas expresadas, sobre todo, por el ejemplo de sus propios padres pero también por otras familias en la comunidad de fe. Además, los sacerdotes tenían la tarea de proveer una enseñanza sistematizada acerca de las leyes de Dios para que el pueblo adquiriera sabiduría espiritual y viviera moralmente. El principio que guiaba todos estos esfuerzos era que toda persona debería traer honor a Dios por medio de su propia vida de fe y por la manera en que la familia vivía y expresaba su fe en la comunidad.

Pero, ¿acaso el pueblo de Israel cumplió este mandato de educar espiritualmente a sus hijos? No hay forma de dar una respuesta categórica a esta pregunta. Por un lado, uno puede encontrar ejemplos en el Antiguo Testamento de padres que sí lo hicieron. Un ejemplo es Isaac, el hijo de Abraham, quien cumplió fielmente con las leyes de Dios que había aprendido de su padre. Otro es José, el bisnieto de Abraham, quien encontró fuerza espiritual en la fe que había aprendido de su padre Jacob, y pudo por ello resistir las tremendas tentaciones de su exilio en Egipto. Además de la instrucción espiritual que individuos dieron a sus hijos, uno encuentra que el sistema de ceremonias y cultos religiosos se establecieron según las normas que Dios había dado a Moisés, llegando a expresar una forma de vida donde los actos religiosos definían la sociedad.

Pero, al estudiar el desarrollo histórico de la nación de Israel, hay clara evidencia de que los padres en general no cumplieron con la tarea de educar espiritualmente a sus hijos o pronto dejaron de hacerlo. Es posible hacer esa declaración porque al mirar el ejemplo de las familias prominentes, entre ellos los líderes, se ve que los hijos no siguieron la fe de sus padres. Esto llevó a que, con el correr del tiempo, el pueblo se apartara de los mandatos de Dios, se dejara influenciar por la sociedad pagana circundante y, finalmente, cayera en idolatría, trayendo sobre sí la destrucción de la nación. Aunque hubo individuos que dieron clara evidencia de su fe en Dios, por lo general la gente cayó en una indiferencia espiritual.

De allí, entonces, que el mensaje de los profetas era de fuerte amonestación de volver a Dios con una actitud de arrepentimiento y con la disposición de obedecer sus mandatos. La historia de Israel comprueba que las leyes que fueron dadas por Dios no pudieron producir obediencia ni santidad en las personas. El ejemplo del fracaso del pueblo de Israel confirma lo que el apóstol Pablo establece con claridad: la ley sirve para definir el pecado, pero no para producir santidad (ver Romanos capítulos 2 a 4). Únicamente a través de Jesucristo, dice Pablo, “hemos sido justificados mediante la fe y tenemos paz con Dios” (Romanos 5:1).

El fracaso de Israel en enseñar y vivir las verdades de Dios no disminuye el hecho de que el plan de Dios era que los adultos instruyeran a los niños. Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque ésta es la norma que Dios estableció para la familia y la sociedad.

Porque es el mandato de Cristo

Cuando pensamos en la enseñanza espiritual de los niños, nuestra guía es el ejemplo de Cristo y su claro mandato. En Mateo 28:18–20 (ver también Marcos 16:15), Jesús da a sus discípulos, y por consiguiente a nosotros también, lo que se conoce como la gran comisión: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (NVI). Aunque generalmente no se piensa en estos términos, sin duda alguna este mandato incluye también a los niños. Uno puede ver la importancia que Jesús le daba a los niños por actitudes y palabras que él expresó en cuanto a ellos. Uno de los pasajes más significativos en cuanto a su actitud hacia los niños es el que se encuentra en Mateo 18:1–6. Con un niño presente en medio del grupo, o posiblemente sentado en sus faldas, Jesús declaró varias verdades importantes con relación a los niños: primero, dijo que las cualidades de transparencia y sinceridad que caracterizan al niño son cualidades necesarias para pertenecer al reino de Dios (“…si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de Dios”); segundo, dio importancia en cuanto a la actitud que se debe tener para con el niño (“el que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí”); tercero, reconoció que la vulnerabilidad del niño en cuanto a las enseñanzas y ejemplo que recibe de un adulto puede ser defraudada (“a cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí”); y cuarto, advirtió sobre la consecuencia terrible de dañar la vida espiritual del niño (“más le valdría que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar”). Más adelante, en el versículo 10 del mismo capítulo, sus palabras muestran la importancia que él dio a los niños como individuos con necesidades espirituales (“miren que no menosprecien a uno de estos pequeños…”)

En el resto del Nuevo Testamento no hay instrucciones específicas en cuanto a la enseñanza de los niños. Más bien, los apóstoles pusieron el énfasis sobre el hecho de que el cristiano tiene una vida que lo distingue del resto de la sociedad, es decir, su fe en Cristo tiene un efecto en su forma de vivir que es definitivamente distinta que la del mundo circundante incrédulo. Como consecuencia, el deber de los padres es instruir a sus hijos en lo que esa fe implica (“Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor”, Efesios 6:4). Jesucristo, por ser el Señor de la vida, demanda un compromiso que afecta todas las áreas de la vida. Es cierto que las Epístolas no dan instrucciones específicas sobre la enseñanza espiritual de los niños. Pero podemos decir que todas las enseñanzas de los apóstoles que son dirigidas a los adultos llevan implícita la participación de toda la familia como una unidad de fe. La amonestación “instruyan a sus hijos en la fe” queda insertado en todo el mensaje del Nuevo Testamento. Si los padres han creído en Cristo, es lógico que su fe ha de transformar la vida del hogar e influenciar las formas de pensar y de ser de los hijos.

Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque Jesús mandó que lo hiciéramos y porque las enseñanzas de los apóstoles lo afirman.

Porque los niños necesitan un encuentro personal con Cristo

También enseñamos la Biblia a los niños porque necesitan aceptar a Cristo como su Salvador y entregarle la vida. Una de las ideas populares en la sociedad es que el niño es innatamente bueno e inocente de pecado. La Biblia, sin embargo, no hace tal declaración. Al contrario, la Biblia enseña que toda persona es pecador por naturaleza (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”, Romanos 3:23 NVI). El niño pequeño no tiene que ser enseñado en cómo pecar; peca porque es innato en él llevar su vida de acuerdo con sus propios intereses y no los de Dios. Uno observa en él la disposición de desobedecer, mentir, y hacer toda clase de maldad sin ayuda de nadie. La amonestación bíblica “instruye al niño en su camino…” implica que la tendencia es ignorar lo que es lo correcto para hacer lo que no se debe. Por supuesto, según los criterios humanos, los pecados de los niños serán más “inocentes” que los de un adulto. Pero porque él es pecador, necesita recibir el perdón y el alivio de la culpa que lleva por sus conductas malas y actitudes egoístas. Necesita entender que sus pecados traerán consecuencias en su vida y en la vida de quienes le rodean. Pero también necesita saber que puede creer en Jesús, puede tener el perdón de sus pecados y puede sentirse seguro en ser un hijo de Dios y un miembro de la comunidad de fe. El niño también necesita saber que puede servir a Dios a su manera. Tiene el derecho de sentir el gozo de la esperanza de la vida eterna con Cristo. En una palabra, tiene el derecho de disfrutar de una vida espiritual plena.

Como el niño es una persona en formación, ha de responder a Dios en una forma muy natural y sincera pero siempre de acuerdo con las distintas etapas de su desarrollo. Sus experiencias espirituales como niño son algo único que no volverán a repetirse jamás de la misma forma en su desarrollo posterior como adolescente o adulto. Enseñar la Biblia correctamente al niño significa darle oportunidad de gozar de las cosas de Dios en el contexto de lo que es ser niño, con la frescura y espontaneidad típica de esta etapa de formación.

Por lo tanto, enseñamos la Biblia a los niños porque queremos que ellos tengan la maravillosa experiencia de conocer a Cristo como su Salvador.

Porque los niños tienen la capacidad de responder espiritualmente a lo que van conociendo acerca de Dios

Enseñamos la Biblia a los niños porque representan la mejor etapa de la vida para el inicio de su formación espiritual. Una reconocida educadora cristiana, la Dra. Ruth Beechick cita algo escrito por un profesor de literatura secular:

La Biblia forma el nivel más básico en la enseñanza de la literatura. Debe ser enseñada detalladamente y lo más pronto posible como para que se hunda en el fondo de la mente y todo lo que venga posteriormente haya de arraigarse en ella. Me doy cuenta que esa declaración puede ser altamente controversial. Pero me estoy refiriendo a la enseñanza de la Biblia como parte de la literatura clásica de la humanidad. Hay un sinnúmero de razones de porqué enseñar la Biblia: porque continuamente se hace referencia a ella en la literatura secular, porque hay frases que salen de ella que están fijadas en la mente, porque contiene algunas de las más grandes y más conocidas historias que existen, etcétera. Por supuesto que existen razones morales y religiosas para la enseñanza de la Biblia. Pero yo me estoy refiriendo a la Biblia en el contexto de la literatura. Conocer la forma y estructura total de la Biblia es importante porque contiene el relato de la historia humana empezando con la creación y concluyendo con el juicio final. (Northrop Frye, La imaginación educada)

Según este autor, entonces, hay grandes ventajas en iniciar temprano la enseñanza de la Biblia en la vida del niño. Sin embargo, no me refiero aquí a un conocimiento meramente intelectual de la Biblia. Uno enseña la Biblia para estimular y nutrir la fe del niño. Contrario a lo que muchos creen, el niño puede responder a Dios y a su Palabra con una fe genuina. Sus conductas y actitudes pueden ser cambiadas y condicionadas por esta realidad. En su condición de niño, puede ser utilizado por Dios para bendecir a otros.

Hay dos ejemplos bíblicos, entre otros, de esto. Uno es el del niño Samuel, quien llegó posteriormente a ser un gran profeta y sacerdote de Israel. Samuel se crió en el templo, sirviendo al sumo sacerdote Elí. Su respuesta espiritual a lo que se le enseñaba en ese lugar fue personal y auténtica (1 Samuel 2:26). Tal es así, que siendo aún niño, Dios pudo hablarle en forma personal y revelarle verdades preocupantes acerca de Elí y la conducta de sus hijos. Evidentemente Dios tenía la seguridad de que, ante estas circunstancias, Samuel respondería con fidelidad y hablaría con Elí, aun cuando hacerlo le llenaba de miedo (1 Samuel 3:18). Se puede decir que hubo en Samuel, siendo aún niño, una capacidad de escuchar a Dios y obedecerle en medio de una situación arriesgada.

El otro ejemplo es el de la pequeña sirvienta judía que trabajó en la casa de Naamán, uno de los generales del ejército del rey de Siria. La situación de esta niña que servía a la mujer de Naamán fue diferente. No sabemos nada de la formación espiritual que ella pudo haber recibido en Israel antes de ser llevada cautiva a Siria. Ni tampoco sabemos cuántos años tenía cuando ocurrió el incidente que es relatado en 2 Reyes 5. Sin embargo, se ve que hubo en ella una convicción segura de lo que podía hacer el profeta Eliseo, que solamente podría haber estado basada en una fe genuina en Dios y en la autoridad espiritual que este hombre tenía. Esa fe la llevó a arriesgarse en una forma asombrosa, siendo ella nada más que una humilde esclava. Compartió con su patrona la posibilidad de que su esposo viajara a ver al profeta Eliseo para ser sanado de su lepra. Nos llama la atención el respeto que sus amos le tenían. ¿Quién puede explicar el hecho de que un poderoso general se presentara delante de su rey con una petición basada en algo dicho por una pequeña esclava? Algo hubo en esa niña, sea su fe o su conducta o su manera responsable de desempeñar sus tareas, que les había convencido a sus amos que un milagro de sanidad sería posible. La formación espiritual que había recibido antes de llegar a Siria sirvió para que ella trajera bendición sobre la vida de sus amos y de muchas otras personas.

Por lo tanto, nosotros enseñamos la Biblia a los niños porque tienen la capacidad espiritual de responder en fe genuina a Dios, dando la posibilidad de que él utilice sus vidas para la bendición de otros. “En los labios de los pequeños y de los niños de pecho has puesto la perfecta alabanza” (Mateo 21:16, NVI).

Porque la realidad social lo demanda

Es oportuno señalar que el niño actual, viviendo en los años que marcan el comienzo del siglo XXI, es un niño en crisis. Muchos de ellos, hasta podemos decir la mayoría, viven en medio del abandono físico y emocional, resultado de la separación o divorcio de los padres. Algunos viven en extrema necesidad, sufriendo desnutrición y falta de hogar. Otros viven la angustia del abuso verbal, físico y sexual. Diariamente estos niños buscan señales de seguridad en un mundo cambiante, violento e incierto. En una clase típica de escuela dominical de unos diez niños, es muy probable que cinco de ellos vivan en hogares con serios problemas. Los conflictos matrimoniales, evidenciados por la separación y el divorcio, el concubinato y los problemas típicos del síndrome del alcoholismo y la adicción, han llegado a ser comunes no sólo en la sociedad sino que repercuten en las iglesias. Si agregamos a esto la dimensión de tensión y preocupación constante que genera el desempleo, los bajos sueldos y la escasez económica típicos en la mayoría de los hogares, no debe sorprendernos que los niños mismos evidencien todo tipo de estrés en sus reacciones y conductas. El niño que vive estos problemas necesita sentir la realidad de la presencia de Dios en su vida diaria. Esa presencia puede otorgarle seguridad y paz y un amor incondicional de parte de Dios que lo acepta como es. Es mediante el contacto directo con la Biblia, donde el Espíritu Santo ha de iluminar su mente sobre verdades acerca de Dios, que el niño podrá llegar a conocerlo.

Por estas razones, y por muchas más que no tomo el tiempo de señalar ahora, enseñamos la Biblia a los niños.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 9–18). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

«BODAS DE PLATA Y DE LUTO»

5 abr 2016

«BODAS DE PLATA Y DE LUTO»

por el Hermano Pablo

a1Eran unas bodas de plata. Veinticinco años de dichosa vida matrimonial. Un cuarto de siglo de vivir juntos, de vivir unidos, de vivir ligados por estrechos vínculos de amor, de compañerismo, de fidelidad.

Neil y Brenda Janson, de Hayes, Inglaterra, quisieron celebrar sus bodas de plata en la misma capilla donde se habían casado veinticinco años antes, frente al mismo clérigo con los mismos testigos. Pero cuando Neil, el esposo, repitió las palabras del clérigo y renovó así sus votos de amor eterno, sucedió algo que desconcertó a todos. En ese momento sufrió un paro cardíaco que puso fin a sus días. Murió agarrando la mano de su esposa. Los amigos y parientes llamaron a la celebración: «bodas de plata y de luto».

Uno se pregunta: ¿Por qué tiene que morir un hombre todavía joven, precisamente en el día en que celebra sus veinticinco años de casado? Veinticinco años de matrimonio, vividos en amor, fidelidad y compañerismo son una tremenda bendición, y terminar ahí la vida, habiendo gozado de un matrimonio feliz, es un fracaso en el sentido de que es tanto un suceso funesto como un resultado adverso.

Sin embargo, mil veces más fracaso que un paro cardíaco es la destrucción de un hogar, tenga el tiempo que tenga. Consideramos que hubo injusticia divina porque un matrimonio que se llevaba bien, en el que no había peleas y reinaba la paz, se encontró con una súbita separación forzada.

No obstante, eso no es fracaso. Fracaso es no considerar lo sagrado de los votos. Fracaso es no tener paciencia en el matrimonio. Fracaso es ser irreverente y descortés con su pareja. Fracaso es cortar la comunicación y cerrar la puerta del corazón. Fracaso es ser infiel, es engañar al cónyuge, es cometer adulterio y así menospreciar los votos de honor y fidelidad mutuos. Eso es fracaso.

La calidad de nuestra vida no la determinan los años. La felicidad, la paz, el éxito en el matrimonio son el resultado de entrega mutua, de sometimiento recíproco, de sacrificio, de amor. Estas son virtudes que no responden a una emoción pasajera sino a una decisión: la de considerar sagrados nuestros votos y de amar de todo corazón a la persona que Dios nos ha dado hasta que la muerte nos separe.

Con Cristo en nuestra vida y en nuestro matrimonio podemos tener ese premio. Hagamos de Él nuestro dueño y Señor. Él le dará a nuestro matrimonio no sólo largos años de permanencia sino fuertes sentimientos de amor.

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