¿Por qué todo pecado es, en última instancia, un pecado contra Dios?

Got Questions

¿Por qué todo pecado es, en última instancia, un pecado contra Dios?

El pecado generalmente daña a otra persona, pero, en última instancia, todo pecado es contra Dios. La Biblia contiene muchas referencias de personas que admiten: «He pecado contra Dios» (Éxodo 10:16; Josué 7:20; Jueces 10:10). Génesis 39:9 nos da una visión más cercana de esto. José estaba siendo tentado a cometer adulterio con la esposa de Potifar. Al resistirse a ella, dijo: «No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?». Resulta interesante que José no dijera que su pecado sería contra Potifar. Esto no quiere decir que Potifar no se viera afectado. Sin embargo, la mayor lealtad de José era hacia Dios y a Sus leyes. Era a Dios a quien no quería ofender.

David dijo algo similar después de haber pecado con Betsabé (2 Samuel 11). Cuando fue confrontado con su pecado, David se arrepintió profundamente, diciendo a Dios: «Contra ti, contra ti solo he pecado» (Salmo 51:4). Está claro que también había pecado contra Betsabé y su marido, aunque fue la violación de la ley de Dios lo que más afligió a David. Dios odia el pecado porque es la antítesis de Su naturaleza y porque nos perjudica a nosotros o a otra persona. Al pecar contra Dios, David también había dañado a otras personas.

Cuando alguien comete un crimen, la persona que fue perjudicada por el crimen no es la que castiga al criminal. Es la ley la que juzga a una persona culpable o inocente, no la víctima. Lo que se ha violado es la ley. Independientemente de los méritos o la inocencia de la víctima, todos los delitos se cometen en última instancia contra la ley establecida. Si robas en la casa de tu vecino, obviamente has perjudicado a tu vecino, pero no es él quien te hace rendir cuentas. Es una ley superior la que has violado. El gobierno tiene la responsabilidad de condenarte y castigarte; tu vecino, aunque se vea afectado por tu delito, se somete al gobierno.

De la misma manera, toda ley moral comienza con Dios. Como fuimos creados a imagen de Dios, tenemos Su ley moral escrita en nuestros corazones (Génesis 1:27). Cuando Adán y Eva comieron del árbol prohibido en el Jardín del Edén, Dios dijo: «He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal» (Génesis 3:22). En ese momento, que sepamos, no se había establecido ninguna ley escrita. Sin embargo, Dios había comunicado claramente Su voluntad a Adán y Eva, y ellos supieron que habían pecado y corrieron a esconderse de Dios (Génesis 3:10). Su vergüenza después de pecar era evidente.

Nosotros también sabemos intrínsecamente cuándo hemos pecado. El pecado es una perversión del diseño perfecto de Dios. Todos llevamos la imagen misma de Dios, y cuando pecamos, estropeamos esa semejanza. Fuimos creados para ser espejos de la gloria de Dios (Efesios 2:10; 4:24; Hebreos 2:7). El pecado es una gran mancha en el espejo, y reduce la belleza y la santidad que debemos reflejar. Cuando pecamos, nos salimos del propósito para el que fuimos creados, violando así la ley moral de Dios, y somos responsables ante Él por la transgresión. Romanos 3:23 dice: «Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios». El pecado es cualquier cosa que se aleja del plan de Dios. Por lo tanto, ya sea que nos perjudique a nosotros o a otra persona, todo pecado es, en última instancia, contra un Dios santo.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

El temor a ser un mal padre

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier


Serie: El Temor

El temor a ser un mal padre

Jon Nielson


Nota del editor:
 Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Cuando tuvimos a nuestro primer hijo, experimenté esa avalancha de emociones que los padres dicen sentir. Asombro. Admiración. Gratitud. Los primeros dos días en el hospital fueron maravillosos, pues estábamos rodeados de enfermeras serviciales y animados por las visitas de nuestros amigos. Pero nunca olvidaré el sentimiento que se apoderó de mí mientras nos alejábamos del hospital con nuestra hija de dos días en el asiento trasero: «¿Realmente creen que somos capaces de cuidar a esta niña? ¿Qué vamos a hacer sin un botón para llamar a la enfermera?». Sentía miedo, aprensión y una profunda sensación de insuficiencia.

Dios ha sido fiel. Disfrutamos profundamente esta responsabilidad que Él nos ha dado de criar a cuatro hermosas hijas . Pero este temor de los padres nunca desaparece por completo, ¿no es cierto? Se transforma y adopta diferentes formas a medida que nuestros hijos van creciendo. Comenzamos a temer los futuros años rebeldes de nuestros hijos: ¿Y si rechazan la fe cristiana? Tememos su irrespeto: ¿Y si se niegan a someterse a nosotros? Tememos nuestra propia debilidad: ¿Y si cometemos grandes errores en su crianza? Sentimos lo que sentí cuando salimos de ese hospital nueve años atrás: miedo, aprensión y una sensación de insuficiencia.

Cuando hacemos lo que es correcto para nuestros hijos, haciéndolos infelices en el proceso, no deberíamos enfocarnos en su desaprobación sino en la aprobación eterna que tenemos ante Dios en Cristo.

Permíteme traer algunas palabras de la carta de Pablo a los efesios que pueden ayudarnos a rechazar estos temores tan comunes. Primero, podemos criar a nuestros hijos sin temor debido a la soberanía de Dios en la salvación. El apóstol Pablo no se anda con rodeos con respecto a nuestro estado sin Cristo: estábamos «muertos» en nuestros pecados (Ef 2:1). No heridos, ni parcialmente destrozados, ni faltos de oxígeno: muertos. Una de las doctrinas gloriosas de la fe cristiana es la de la regeneración: la obra soberana del Espíritu Santo que hace que los corazones muertos cobren vida para tener una fe salvadora en Jesucristo. Padres, no podemos fabricar la regeneración. Es una obra de Dios el Espíritu Santo, el único que puede dar vida a los muertos. Podemos dar testimonio, diariamente, del evangelio de Jesucristo. Podemos enseñar a nuestros hijos la Palabra de Dios y las doctrinas de la fe. Podemos modelar la obediencia a Jesucristo para que nuestros hijos la vean. Podemos orar hasta llorar. Pero ningún padre ha podido regenerar el corazón de un hijo. Por tanto, quítate esa carga. Ese trabajo le corresponde a Dios.

En segundo lugar, podemos criar a nuestros hijos sin temor admitiendo nuestra insuficiencia y debilidad. El apóstol Pablo deja en claro que, dado que nuestra salvación es por la sola gracia y no por obras, ningún cristiano puede «jactarse» de su aprobación ante Dios (Ef 2:9). ¿De qué podemos jactarnos, aparte de Jesucristo nuestro Salvador? Estábamos muertos en nuestros pecados, nos resucitó y nos dio el don de la fe. De modo que, padres, sintámonos libres de admitir nuestra propia insuficiencia y debilidad en la crianza de nuestros hijos, así como admitimos nuestra total insuficiencia y debilidad ante un Dios santo. Es seguro que cometeremos errores; el temor a ello no debe dominarnos. Somos absolutamente insuficientes para salvar a nuestros hijos; ya lo hemos dicho. Así que liberémonos del temor al fracaso en la crianza. Todos fallaremos. Oremos para que Dios dirija los corazones de nuestros hijos, a través y a pesar de nuestra guía imperfecta, hacia un Salvador que nunca fallará.

En tercer lugar, podemos criar a nuestros hijos sin temor debido a la aprobación eterna de Dios que tenemos en Cristo. Incluso ahora, que nuestros hijos están pequeños, no me gusta cuando se molestan conmigo. Me encanta ser el papá «divertido», decirles que sí a todo lo que pueda y ver las expresiones de gratitud en sus caritas. No me gusta decirles que no. No me gusta que me digan que no soy divertido. Si soy honesto, la razón por la que no me gusta es mi propia inseguridad. Soy un hombre adulto… y necesito la aprobación de los niños. Suena un poco tonto, ¿no? Pero creo que esto se intensifica a medida que los niños crecen. Por supuesto que queremos ser divertidos. Por supuesto que queremos dar a nuestros hijos las cosas que quieren. Pero a menudo no podemos. Y cuando hacemos lo que es correcto para nuestros hijos, haciéndolos infelices en el proceso, no deberíamos enfocarnos en su desaprobación sino en la aprobación eterna que tenemos ante Dios en Cristo. Nuestro Padre celestial «nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para Sí mediante Jesucristo» (Ef 1:4-5). Es esa eterna aprobación de un Padre amoroso lo que nos fortalece para lidiar con la enojada (y esperemos que temporal) desaprobación de nuestros hijos.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jon Nielson
Jon Nielson

El Dr. Jon Nielson es el pastor principal de Christ Presbyterian Church en Roselle, Illinois. Es autor de varios libros, incluso algunos volúmenes de la serie Reformed Expository Bible Studies [Estudios bíblicos expositivos y reformados] .

Las parábolas de la oveja y la moneda perdidas

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

Las parábolas de la oveja y la moneda perdidas

Por Josh Moody

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

El contexto de estas dos famosas parábolas, que conducen a la aún más famosa parábola del hijo pródigo, es que Jesús está siendo criticado por pasar tiempo con «pecadores». Él los está recibiendo y comiendo con ellos. Jesús está pasando tiempo con aquellos a quienes los fariseos y los escribas, esos archilegalistas de Su época, consideraban como marginados de la sociedad, fuera de los límites, no deseados e inaceptables para Dios. El problema era este: si Jesús es lo que dice ser (que, según lo veían los fariseos, era al menos un hombre santo que hablaba por Dios), ¿cómo es que puede pasar tiempo con estos insoportables «pecadores»?

Cuando Jesús responde a sus críticas por medio de estas parábolas, reposiciona la conversación de manera magistral (y como Maestro): lejos de ser cuestionable, lo que Jesús hace verdaderamente representa el latido mismo del gozo del cielo. 

Si nos falta gozo en nuestra vida cristiana o en nuestras iglesias, el primer remedio es comenzar a buscar a los perdidos.

Veamos primero cómo reposiciona la conversación en cada una de las parábolas y luego apliquemos eso a nuestro contexto del ministerio del siglo XXI. 

Comencemos con la parábola de la oveja perdida, que es bastante conocida. Un hombre que tiene cien ovejas, pierde una. ¿Qué hace? ¿Se olvida de la que ha perdido y se concentra en la mayoría que sí está a su cuidado y a salvo? ¿O se olvida de las noventa y nueve y va tras la una? ¿O hay alguna técnica intermedia que pueda adoptar, delegando en otro el ministerio a esa una o a las noventa y nueve para así multiplicar el impacto? Dado que el representar al pueblo de Dios como ovejas era algo muy familiar para todos en ese momento, los oyentes originales habrán comprendido inmediatamente que Él estaba hablando de personas, no de ovejas. La insinuación radical de Jesús parece inevitable porque Su pregunta expone cómo habrían actuado Sus oyentes en relación con ovejas reales. Dejarían las noventa y nueve e irían tras la una. 

Para aquellos que han pasado su vida en entornos urbanos —la gran mayoría del mundo en estos días— vale la pena un breve repaso sobre lo tontas que son las ovejas. Se pierden fácilmente. Se caen y parecen incapaces de ponerse de nuevo en pie. Si hay una descripción adecuada de lo que es hacer ministerio pastoral, esa es pastorear. Todos somos como ovejas que tienden a extraviarse. Esta primera parábola enfatiza que incluso cuando alguien se ha descarriado, cuando alguien ha «pecado» y se ha marginado de la sociedad y ha extralimitado los estándares de las reglas religiosas y los rituales del momento, es la responsabilidad del pastor concentrarse en esa una, no en las noventa y nueve. Más aún, el gozo que hay en los cielos es la recompensa para aquellos que se enfocan en la una. 

La segunda parábola, la de la moneda perdida, en términos generales, enseña lo mismo. El contexto, sin embargo, nos es menos familiar. ¿Por qué una mujer tendría «diez monedas de plata»? La mayoría de los comentaristas a lo largo de los años han estado de acuerdo en que esta mujer es una joven soltera y las diez monedas de plata representan su dote, que ha guardado cuidadosamente y tal vez ha adherido a su cabellera como señal de su disponibilidad para el matrimonio. Entonces, perder una moneda de plata es el equivalente a perder, no solo una gran cantidad de dinero, sino también la posibilidad de casarse pronto. El énfasis de esta historia, entonces, no está tanto en el «dejar atrás» (aparentemente, ella podía guardar las nueve monedas restantes en algún lugar seguro mientras buscaba), sino en el esfuerzo y la diligencia requeridos para encontrar la moneda perdida. Una vez más, el punto principal es el gozo que viene como resultado, esta vez tanto en su comunidad de amigos como en los atrios del cielo mismo, representado por los ángeles de Dios. 

¿Qué debemos aprender de estas parábolas respecto al ministerio de hoy en día? En primer lugar, que la gran división que existe en el ministerio contemporáneo, entre aquellos que se enfocan en ser «buscadores» y aquellos que apuntan a enseñar solamente a los cristianos, es una división antibíblica y que no nos permite ver una dinámica y un desarrollo de la narrativa bíblica más amplios. ¿No urgía Pablo a Timoteo, un pastor que enseñaba a los cristianos, a hacer el trabajo de un evangelista? Y en segundo lugar, que si nos falta gozo en nuestra vida cristiana o en nuestras iglesias, el primer remedio es comenzar a buscar a los perdidos.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Josh Moody
Josh Moody

El Dr. Josh Moody es pastor principal de College Church en Wheaton, Illinois, y es presidente de God Centered Life Ministries. Es autor de varios libros, incluido How the Bible Can Change Your Life [Cómo puede la Biblia cambiar tu vida].

Viviendo santamente en la vida cotidiana

The Master’s Seminary

Viviendo santamente en la vida cotidiana

Luis Contreras

A lo largo de las Escrituras encontramos ciertos pasajes y capítulos que sobresalen porque enfatizan o explican alguna verdad de manera concentrada o detallada. Levítico 19 sobresale porque Dios le explicó a Israel un principio muy importante: la santidad en la vida se manifiesta en obedecer las Escrituras en la vida cotidiana. Aunque Levítico 19 fue escrito a la nación de Israel bajo el antiguo pacto, 1 Pedro 1:14–16 aplica el principio de la santidad a nuestras vidas, como cristianos. En otras palabras, al igual que los israelitas de la época de Levítico, tu santidad debe manifestarse en toda área de tu vida diaria. Por eso, es vital estudiar los primeros versículos de Levítico 19, ya que es un texto que presenta principios que te ayudan a entender cómo vivir en santidad como miembro de tu iglesia. En este pasaje, Dios les dio a los israelitas mandatos específicos, para que supieran cómo reflejar la relación de pacto que tenían con el Señor. Estos mandatos servirán de guía para entender el mandato a vivir vidas santas y cómo se debe ver la santidad en la vida cotidiana.

La santidad mandada

El Señor es quien demanda santidad porque Él es santo. En el capítulo 19 de Levítico es Él quien «habló a Moisés» (Lv. 19:1). La iniciativa viene de Él. No era algo que Moisés pedía del pueblo. El propósito de Dios es que su mensajero «[hablara] a toda la congregación de los hijos de Israel», diciendo: «seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv. 19:2). Dios es santo en el sentido que «es inherentemente grande […] es distinto a todas sus criaturas en majestad infinita, de un modo trascendental»[1], pero también «está apartado del pecado, y es moral y éticamente perfecto, aborrece el pecado y exige pureza en sus criaturas morales»[2]. La demanda de Dios es categórica, ya que «está basada en el principio que Dios es santo»[3]. Israel no tenía que ser santo en el primer sentido ya que, naturalmente, Dios es distinto. Su demanda no tiene que ver con que Israel fuese grande y trascendente como Él, sino que tenían que apartarse del pecado y vivir para Él.

El llamado a ser santos en Levítico 19:2 resume el contenido y la razón de todos los mandatos en el resto del capítulo. Los israelitas debían apartarse del pecado, porque su Dios estaba apartado del pecado. Debían «vivir el carácter piadoso del Señor en cada esfera de la vida […] En pocas palabras, la santidad no está restringida a asuntos religiosos: toda la vida es un escenario sobre el cual se debe vivir la santidad»[4]. En términos teológicos, a esto se le llama el principio de la imitación de Dios o, en latín: imitatio Dei[5].

Al final del versículo 2, Dios firmó —por así decirlo— de esta manera: «yo, el Señor vuestro Dios». Esta frase y dos variantes —«yo soy el Señor vuestro Dios» y «yo soy el Señor»— se repiten dieciséis veces a lo largo del capítulo (19:2–4, 10, 12, 14, 16, 18, 25, 28, 30–32, 34, 36–37). ¿Por qué repitió Dios estas frases tantas veces? Él quería que los israelitas estuvieran conscientes de que el Dios santo con el que profesaban tener una relación de pacto, era el que les mandaba a vivir en santidad. En el resto de Levítico 19, Dios les explicó cómo debía verse esa santidad en su vida diaria bajo la ley, el antiguo pacto.

Nosotros como cristianos, como creyentes bajo el nuevo pacto, no tenemos la obligación de mostrar santidad de una manera exactamente igual a la que Dios le mandó a los israelitas bajo el antiguo pacto en Levítico 19. Sin embargo, Dios sí nos manda a vivir vidas santas; es decir, vidas que no satisfacen deseos pecaminosos, como cuando no éramos salvos. 1 Pedro 1:14 nos exhorta a que, «como hijos obedientes, no [nos conformemos] a los deseos que antes [teníamos] en [nuestra] ignorancia». La idea aquí es que como hijos que hacen lo que sus padres les mandan, obedezcamos su voluntad. No debemos vivir como antes. No conformarse tiene que ver con no formarse conforme al patrón de algo o no adquirir la forma de algo más; en otras palabras, «no [adaptarse] a este mundo» (Ro. 12:2). Debemos, por lo tanto, vivir santamente, «así como aquel que [nos] llamó es santo» (1 P. 1:15).

No hay área alguna en nuestra vida que no deba ser santa. No hay área que no deba ser sometida al señorío de Cristo. No puede haber un área de obediencia y otra de desobediencia. No puede haber una santidad selectiva: «aquí sí me aparto del pecado, pero acá no». No debe ser así. El Señor nos manda a ser «santos en toda [nuestra] manera de vivir» (1 P. 1:15). La buena noticia es que, porque Él nos salvó, tenemos la capacidad de hacer lo que nos manda (1 P. 2:9).

Dios no quiere que vivamos vidas a medias. No quiere nuestro corazón dividido. Cuando Pedro dice: «sed vosotros santos […]», es un imperativo. Dios da un mandato que debe ser cumplido, y 1 Pedro 1:14 nos explica cómo ser santos: somos santos al no «[conformarnos] a los deseos que antes [tuvimos]». ¿Qué deseos eran estos? Todo aquello que hacíamos «en otro tiempo [viviendo] en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente» (Ef. 2:3). En pocas palabras, éramos «hijos de ira» (Ef. 2:3; cp. 1 P. 4:3–4). Ahora hemos sido «[llamados] de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9); por eso, al alejarnos activa y constantemente de la vida que vivíamos cuando «[estábamos] muertos en [nuestros] delitos y pecados», estaremos viviendo para Dios, en santidad.

La motivación para vivir vidas santas, además de ser un mandato como se vio antes, es «porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo» (1 P. 1:16). Debido a que tenemos una relación con el Dios que está separado del pecado, debemos vivir separados del pecado. No hay otra opción. No hay otra manera de vivir la vida cristiana. Todo esto es un ejemplo claro de que es imposible separar la teología de la vida práctica. Piénsalo: Dios es santo —la santidad es una cualidad de Dios, eso es teología—, y debido a que Dios es santo, debemos vivir vidas de santidad —eso es vida práctica—. Él quiere un pueblo santo para sí mismo, porque Él es santo:

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo (He. 7:26–27).

La santidad explicada

En Levítico 19:2, Dios le dijo a Israel que debían vivir alejados del pecado, así como Él está alejado del pecado. Y en el resto del capítulo, en los versículos 3 al 37, Dios les explicó cómo se debía mostrar el vivir alejados del pecado en su vida diaria. Por motivos de espacio no podemos ahondar en todos los aspectos mencionados en Levítico 19. Sin embargo, un ejemplo de esto, el primero que Dios brinda, servirá de ilustración para comenzar a entender lo que Dios demandaba de ellos y cómo esto debe impactar nuestras vidas hoy: «cada uno de vosotros ha de reverenciar a su madre y a su padre» (Lv. 19:3). Esto habla del respeto que debían tener hacia sus progenitores. Dios repite aquí el quinto mandamiento del decálogo, con una palabra un poco diferente de la que se usa en Éxodo 20:12. Ahí, Dios dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx. 20:12); sin embargo, el punto es el mismo: los israelitas debían respetar a sus padres. Parte de ese respeto tenía que ver no solo con el trato sino incluso con ayudarles económicamente cuando tuviera necesidad (véase Mt. 15:4–6). Además, este mandato de honrar a los padres se repite para nosotros como cristianos en Efesios 6:2–3: «Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra». Al igual que con los israelitas, esto significa dos cosas: debemos respetarlos y remunerarlos. Esto es parte también de vivir en santidad, y es solo uno de los aspectos —el primero que el Señor mencionó en Levítico 19.

Pero ¿qué comprendía este aspecto práctico de la santidad? En primer lugar, tenemos que respetar a nuestros padres. Es nuestra obligación hacerlo de por vida. Sin embargo, esto no significa que tenemos que obedecerlos y hacer todo lo que nos pidan como cuando teníamos cinco años y estábamos en casa y dependíamos de ellos. Una vez que una persona deja de depender de sus padres, ya sea porque deja de vivir con ellos y vive de manera independiente de ellos en todo sentido, o porque se casa, ya no tiene la obligación de obedecerlos de la misma manera que antes (Ef. 6:1). En segundo lugar, tenemos que remunerarlos. Esto tiene que ver con ayudarles con sus necesidades materiales. Esto puede verse, por ejemplo, con una viuda que no tiene lo necesario para vivir en 1 Timoteo 5:3–16. En otras palabras, una vez que hayamos cubierto las necesidades de nuestra esposa e hijos, debemos atender las necesidades materiales de nuestros padres. Aunque sea contrario a la práctica común, aunque vaya en contra de lo que se cree actualmente, todo esto es santidad en la práctica.

Una vez que ha quedado clara la necesidad de vivir en santidad y cómo se ve un aspecto de la santidad que se nos requiere como hijos de Dios, puede que te preguntes por qué el Señor habrá comenzado a explicar a los israelitas cómo se veía la santidad en su vida diaria con este mandamiento a temer a sus padres. La respuesta es muy sencilla: la santidad comienza en el hogar. Ya sea que fueses un israelita que escuchó las instrucciones de Levítico 19 o un cristiano hoy en día, lo cierto es que la obediencia a Dios debe comenzar en tu hogar. No podrás vivir una vida santa en la iglesia, en la vía pública, en el trabajo o en la universidad, si no vives santamente primero en tu hogar. Esto lo vemos ilustrado también por uno de los requisitos para los hombres que quieren servir como pastores: se pide de ellos «que [gobiernen] bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)» (1 Ti. 3:4–5). Al mismo tiempo, somos mandados a imitar a nuestros pastores: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe» (He. 13:7). Si Dios manda a los pastores a ser un ejemplo de obediencia a Dios en su casa y si Dios nos manda a imitar la obediencia de nuestros pastores, la santidad entonces comienza por nuestra casa. Esto ilustra y confirma lo que enseña el resto de Levítico 19: los israelitas debían ser santos en toda área de su vida diaria, empezando por cómo vivían en su familia. Lo mismo se requiere para ti, como cristiano, el día de hoy. Vives en santidad al vivir en obediencia a la Palabra de Dios. No hay cómo escaparse de ello, no hay atajos, no hay claves secretas, no hay posibilidad de alterar el requisito: si vives en obediencia al Señor y su Palabra, esa santidad se reflejará en tu casa, en tu trabajo, en tu iglesia y en toda área de tu vida.

[1] John MacArthur y Richard Mayhue, Teología sistemática: Un estudio profundo de la doctrina bíblica (Grand Rapids: Portavoz, 2018), 188.

[2] Ibíd., 188–189.

[3] Paul R. House, Old Testament Theology (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1998), 144.

[4] Jay Sklar, Leviticus: An Introduction and Commentary, ed. por David G. Firth, vol. 3, TOTC (Nottingham, England: InterVarsity Press, 2013), 243.

[5] Stephen G. Dempster, «Work», en Evangelical Dictionary of Biblical Theology, Baker Reference Library (Grand Rapids: Baker, 1996), 831. Para más información acerca del concepto de imitatio Dei para los judíos y la importancia que Levítico 19:2 tiene para ellos, véase Harold M. Wiener, «Pentateuch», ed. por James Orr et al., The International Standard Bible Encyclopaedia (Chicago, IL: The Howard-Severance Company, 1915), 2312.


Luis Contreras

Luis Contreras

Luis Contreras (M.Div., Th.M., D.Min, The Master’s Seminary) sirvió 17 años como pastor-maestro de la Iglesia Cristiana de la Gracia y tiene más de 20 años trabajando como profesor del Seminario Bíblico Palabra de Gracia. Luis contribuyó al proyecto de La Biblia de Estudio MacArthur, como parte del equipo de traducción y como corrector final. Actualmente, Luis traduce los sermones del Dr. John MacArthur en Gracia a Vosotros y es parte de Grace en Español en Sun Valley, California. Está casado con Robin y tienen 3 hijos: Olivia, Rodrigo y Ana Gabriela.

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Temor

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Por Rebecca VanDoodewaard


Nota del editor:
 Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Mónica era una mujer que temía por el alma de su hijo. Y con razón: Agustín veía la fe de Mónica como algo tonto y débil. Rechazó su cristianismo, volviéndose a la filosofía pagana, al entretenimiento violento y a la indulgencia sexual. Sin embargo, esta madre de la Iglesia primitiva siguió a su hijo por todo el Imperio romano, con la esperanza de seguir influenciándolo y de algún modo llevarlo a Cristo. 

Mónica no está sola. El temor por nuestros hijos es tan antiguo como Adán y Eva. Parece ser tan natural en la crianza como lo son las ampollas después de un maratón. Nos preocupamos por el bienestar físico, mental y emocional de nuestros hijos. Y los temores tienden a crecer junto con ellos: nos preocupa que al aprender a caminar terminen con un chichón en la frente; nos preocupa que al aprender a conducir terminen en la sala de emergencias de un hospital.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Pero el temor a que un hijo no sea salvo es el más oscuro de nuestros temores. La conducta de nuestros hijos puede confirmar y aumentar nuestros temores, profundizándolos a medida que pasa el tiempo y persiste su falta de arrepentimiento. Y este temor es complicado. Tememos no solamente por las almas de nuestros hijos, aunque eso es lo principal. También tememos que se hagan daño a sí mismos y a los demás, que desacrediten el nombre de Cristo y de la Iglesia, que nadie entienda nuestro dolor, que estemos perdiendo el contacto con ellos mientras buscan escapar de nuestra influencia. Tememos que esta prueba sea de por vida. Aun en medio del dolor, el temor a lo que piensen los demás acerca de nuestra paternidad o familia puede nublar nuestras mentes y nuestros corazones.

La preocupación de Mónica por Agustín la hacía llorar mientras iba de un lugar a otro. Las oraciones y las lágrimas deben estar allí, fluyendo a causa del amor por nuestros hijos y la tristeza por la acumulación de su culpa delante de Dios. Pero nuestras lágrimas nunca podrán consolar, alentar ni eliminar la culpabilidad de nuestros hijos. ¿Qué pasa si no lloramos lo suficiente o si lloramos por las razones equivocadas? ¿Qué pasa si oramos con un énfasis incorrecto? Nuestras acciones paternas nunca son meritorias. Como diría el gran escritor de himnos Horatius Bonar, todas nuestras oraciones, suspiros y lágrimas son incapaces de aliviar su terrible carga.

Hace falta que intervenga un amor por nuestros hijos que supere el nuestro. Dios no ha prometido salvar a todos los niños del pacto (Mt 10:34-36). Pero Él sigue siendo el Dios fiel que guarda el pacto y que se reveló a Sí Mismo a Abram (Gn 17). Nuestra experiencia no cambia el carácter de Dios. Si nuestros hijos no se aferran a las promesas del pacto, la culpa es de ellos, no de Dios. Dios es el mismo Padre celestial inmutable que salva a todos los que vienen a Él. Él escucha nuestras oraciones y las responde con Su sabiduría oculta.

Pero Él hace más que eso. Dios entiende lo que es tener un hijo descarriado. En Oseas, el Señor dice: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo. Cuanto más los llamaban los profetas, tanto más se alejaban de ellos» (11:1-2a). Dios fue rechazado por un pueblo que Él amó y cuidó.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Tú y yo nunca habríamos sacrificado a un hijo fiel y amoroso por gente que nos odiara. Esto va más allá del alcance del amor humano. Pero si estamos en Cristo, esta es nuestra experiencia: antes estábamos «alejados y… de ánimo hostil, ocupados en malas obras» (Col 1:21), mas ahora estamos reconciliados con el Padre por medio de la expiación del Hijo. El Dios que se acercó a nosotros no ha cambiado a pesar de nuestras circunstancias.

Un hijo descarriado es una gran prueba de fe, en parte porque la situación expone qué tanto caminamos por fe, y no por vista. Cuando solo tenemos ojos para nuestro hijo descarriado, y para todas las formas en que el mundo, la carne y el diablo están obrando con éxito en él o ella, el temor es una respuesta natural. Al vivir por fe uno puede ver esta realidad. Uno ve el peligro espiritual, pero se enfoca en quién es Dios. Miramos a Cristo, quien puede decirle al Padre: «De los que me diste, no perdí ninguno» (Jn 18:9). Por Su gracia, Dios trae a muchos pródigos de vuelta a casa. Los padres cristianos deben llegar al punto de su fe en el que, con mansedumbre pero de todo corazón, afirmen junto con nuestro Señor Sus palabras más difíciles:

El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí (Mt 10:37-38).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rebecca VanDoodewaard
Rebecca VanDoodewaard

Rebecca VanDoodewaard es autora de Reformation Women: Sixteenth-Century Figures Who Shaped Christianity’s Rebirth [Las mujeres de la Reforma: Figuras del siglo XVI que moldearon el renacimiento del cristianismo] y de las series para niños de Banner Board Books.

Un Llamado al Valor Respecto a La Hombría y a La Feminidad en la Biblia 

Esclavos de Cristo

Un Llamado al Valor Respecto a La Hombría y a La Feminidad en la Biblia 

Albert Mohler

Las líneas de falla de la controversia en la Cristiandad contemporánea oscilan a través de un vasto terreno de temas, pero ninguno parece ser tan volátil como la cuestión del género sexual. Como Cristianos hemos estado pensando esto una y otra vez durante los años recientes, un claro modelo de divergencia ha aparecido. En juego en este debate, existe algo más importante que la cuestión del género sexual, ya que esta controversia alcanza las cuestiones más profundas de la identidad Cristiana y la autoridad bíblica.

Durante demasiado tiempo, aquellos que sostienen las interpretaciones tradicionales de la hombría y la feminidad, arraigadas profundamente tanto en las Escrituras como en la tradición, se han permitido el ser “empujados” a una postura defensiva. Dado el espíritu prevaleciente de la época y la enorme presión cultural hacia la conformidad, actualmente los tradicionalistas están siendo acusados de estar lamentablemente fuera de foco y desesperanzadamente pasados de moda. Ahora es un buen momento para reconsiderar los temas sobre la base de este debate y reasegurar los argumentos relativos a la hombría y feminidad bíblicas.

La cuestión más básica de esta controversia se reduce a lo siguiente: ¿Ha Dios creado a los seres humanos como hombre y mujer con una revelada intención respecto a cómo nos relacionamos uno con el otro? El mundo secular se encuentra actualmente profundamente comprometido a la confusión respecto a estos temas. Negando al Creador, el punto de vista del mundo secular entiende que el género sexual no es más que un subproducto accidental del ciego proceso de evolución. Por lo tanto, el género sexual se reduce a nada más que a la biología, tal como las feministas famosamente han argumentado, la biología no es destino.

Esta rebelión radical en contra del modelo del género sexual divinamente diseñado ha alcanzado actualmente los límites externos de la imaginación.

Si el género sexual no es más que un accidente biológico, y si los seres humanos no están por lo tanto moralmente obligados a tomar su sexo en forma significativa, entonces los teóricos radicales del género sexual y los defensores de los derechos homosexuales están, después de todo, en lo correcto. Ya que, si el género sexual es meramente incidental respecto a nuestra humanidad básica, entonces debemos ser libres de poder hacer cualquier ajuste, alteración o transformación respecto a las relaciones sexuales que cualquier generación pudiere desear o exigir.

El punto de vista mundano post-moderno abarca la noción del género sexual como una construcción social. Es decir, los post-modernistas argumentan que nuestras nociones de lo que significa ser hombre y mujer se deben enteramente a lo que la sociedad ha construido como sus teorías de masculinidad y feminidad. Por supuesto que la construcción social de toda la verdad es central para la mente post-modernista, pero cuando el tema trata del género sexual, los argumentos se tornan más volátiles. El feminismo se reduce al reclamo relativo a que las fuerzas patriarcales en la sociedad han definido a hombres y mujeres de modo tal que todas las diferencias atribuidas a las mujeres representan esfuerzos por parte de los hombres para proteger su posición de privilegio.

Por supuesto, la penetración de esta teoría explica por qué el feminismo radical debe necesariamente unirse a la agenda homosexual. Ya que, si el género sexual es socialmente construido, y por lo tanto, las diferencias entre hombres y mujeres no son más que una convención social, desde luego la heterosexualidad se torna nada más que en una forma culturalmente privilegiada de sexualidad.

La utopía prevista por las feministas ideológicas seria un mundo libre de toda preocupación respecto al género sexual – un mundo dondela masculinidad y la feminidad se borran como nociones anticuadas, y una era en la cual las categorías de hombre y mujer son maleables y negociables. Desde el punto de vista del post-modernismo, todas las estructuras son plásticas y todos los principios, líquidos.

La influencia de eras anteriores nos ha moldeado para creer que los hombres y las mujeres son distintos de maneras significativas, pero nuestra era recientemente liberada nos promete liberarnos de dichas mal concepciones y dirigirnos hacia un nuevo mundo de sentido transformado del género sexual.

Tal como una vez lo reflejó Elizabeth Elliot, “A través de los milenios de la historia humana, hasta hace alrededor de dos décadas, la gente tomó por concedido que las diferencias entre hombres y mujeres eran tan obvias que no necesitaban comentario alguno. Aceptaban las cosas tal cual eran.

Pero, nuestras fáciles suposiciones han sido atacadas y confundidas, de modo tal que hemos perdido nuestros conceptos en una niebla de retórica acerca de algo denominado igualdad, de modo tal que me encuentro en la incómoda posición de tener que atacar verbalmente con criticismo a la gente educada lo que alguna vez fue perfectamente obvio para el campesino más sencillo”.

En respuesta a ello, los tradicionalistas seculares argumentan que la experiencia histórica de la raza humana afirma distinciones importantes entre hombres y mujeres y diferentes roles para ambos sexos tanto en la familia como la sociedad más grande. Los tradicionalistas seculares tienen a la historia de su parte y su reclamo respecto a la autoridad está arraigada en la sabiduría acumulada de las eras. Respecto a la evidencia, estos tradicionalistas señalarían el modelo consistente del matrimonio heterosexual a través de culturas y la realidad histórica innegable respecto a que los hombres han predominado en posiciones de liderazgo y que los roles de las mujeres han estado mayormente definidos alrededor del hogar, los hijos y la familia. De este modo, estos tradicionalistas advierten que el feminismo representa una amenaza respecto al orden social y que el sentido transformado de los sexos que las feministas exigen conduciría a la anarquía social.

Claramente, los tradicionalistas entran el debate con un argumento fuerte. Ellos sí tienen a la historia de su parte y debemos reconocer que la experiencia histórica de la raza humana no es insignificante. Algunas de las pensadoras feministas más honestas admiten que su verdadero objetivo es el de revertir su este modelo histórico y mucha de su escolástica está dirigida a identificar y ejercer este modelo patriarcal en el futuro. El problema con el tradicionalista secular es que su argumento es, al final, esencialmente secular. Su argumento se reduce a reclamar que la sabiduría heredada de la experiencia humana apunta a un deber y a un imperativo moral que debería informar al presente y al futuro. Finalmente, este argumento, aunque poderoso y aparentemente significativo, falla respecto a la persuasión. Los individuos modernos han sido entrenados desde la cuna para creer que toda generación se renueva a sí misma y que el pasado es realmente pasado.

Esta ética moderna de liberación, actualmente tan profundamente y absolutamente encastrada en la mente moderna, sugiere que las tradiciones del pasado pueden verdaderamente ser una prisión de la cual la generación actual debería exigir la liberación. Aquí es donde los tradicionalistas bíblicos deben ingresar al debate con vigor. Compartimos mucho terreno en común del argumento con los tradicionalistas seculares. Los tradicionalistas bíblicos afirman que la experiencia histórica de la humanidad debería ser informativa del presente. También afirmamos que el modelo de roles distintos entre hombres y mujeres, combinado con la centralidad de la familia natural, presenta un argumento imperativo que debería ser comprendido como descriptivo y prescripto. No obstante, el argumento fundamental del tradicionalista bíblico va más allá de la historia.

En esta era de desenfrenada confusión, debemos volver a capturar el concepto bíblico de hombría y feminidad. Nuestra autoridad debe ser nada menos que la revelada Palabra de Dios. Bajo esta luz, el modelo de la historia afirma que la Biblia incuestionablemente revela que Dios ha creado a los seres humanos a Su imagen como hombre y mujer, y que el Creador ha revelado su gloria en ambas similitudes y diferencias por las cuales establece a los seres humanos como hombre y mujer.

Confrontados por la evidencia bíblica, debemos tomar una decisión interpretativa vitalmente importante. Debemos elegir entre dos opciones inevitables: si la Biblia se afirma como la inequívoca e infalible Palabra de Dios y por lo tanto presenta una visión comprensiva de la humanidad verdadera tanto en unidad como en diversidad, o si debemos clamar que la Biblia está, en un grado u otro, comprometida y envuelta por una parcialidad patriarcal dominada por el hombre que debe superarse en nombre de la humanidad.

Para los tradicionalistas bíblicos, la opción es clara. Entendemos que la Biblia presenta un hermoso retrato del complemento entre los sexos, y que ambos, hombres y mujeres deben reflejar la gloria de Dios de un modo diferente. Así, existen distinciones muy reales que marcan la diferencia entre la masculinidad y la feminidad, hombres y mujeres. Sobre la base de la autoridad bíblica, debemos criticar tanto el presente como el pasado cuando el modelo bíblico ha sido comprometido o negado. Del mismo modo, debemos apuntar a nosotros mismos, nuestras iglesias y nuestros hijos hacia el futuro, afirmando que la gloria de Dios respecto a nuestra respuesta a la obediencia o a la desobediencia de Su diseño, está en juego.

Durante demasiado tiempo, aquellos que sostienen un modelo bíblico de distinciones de sexo se han permitido ser silenciados, marginados e intimidados cuando son confrontados por los teóricos del nuevo género sexual. Ahora es el momento de volver a capturar la culmine, de forzar las preguntas y de mostrar a esta generación el diseño de Dios en el concepto bíblico de la masculinidad y la feminidad. La gloria de Dios se muestra al mundo en el complemento entre el hombre y la mujer. Este desafío crucial es una convocatoria a la audacia cristiana del momento.

Por Al Mohler sobre Masculinidad y Feminidad
Una parte de la serie JBMW
Traducción por Maria Gustafson

Pornografía, Masturbación y Otras Prácticas Perniciosas: Perversión de la Intimidad

Alimentemos El Alma

Dinero y posesiones en Proverbios

Pornografía, Masturbación y Otras Prácticas Perniciosas: Perversión de la Intimidad

Por Jeffrey S. Black sobre Sexualidad
Una parte de la serie Journal of Biblical Counseling
Traducción por Ana Villoslada

Una vez, un abogado me mandó a una persona que había estado implicada en una serie de delitos sexuales. Para cuando lo conocí, ya había sido arrestado y acusado. Se trataba de un creyente de más de 50 años, viudo con varios hijos que vivían en otro estado. Cuando cometió los delitos sexuales su esposa hacía unos 10 años que había fallecido.

El matrimonio había sido muy problemático; había peleas y a él lo habían echado de casa. Su esposa había sido hospitalizada en numerosas ocasiones. Desde un punto de vista clínico, había sufrido depresión. Durante esas épocas, la pareja no había mantenido relaciones sexuales y el esposo me reveló que se había involucrado en varias relaciones extramatrimoniales cuando su mujer había estado hospitalizada y sexualmente indispuesta. A su parecer, eso lo hacía menos censurable.

Este hombre también me contó que desde la adolescencia hasta los veinte, había tenido varias citas homosexuales preliminares antes de su matrimonio. Durante su matrimonio y después de la muerte de su esposa, había tenido una relación muy estrecha con su hija, tanto que pensé que quizás había habido algo incestuoso pero me dijo que no. No obstante, estaba claro que su hija había actuado de otro modo como sustituta de su esposa. Cuando cumplió treinta decidió irse de casa. Un año después aproximadamente, el hombre comenzó a tener relaciones sexuales con dos jóvenes adolescentes.

Este caso ejemplifica dos aspectos del pecado sexual que los consejeros tienen que tener en mente: la inmoralidad es una forma de “engaño” y expresa un modelo de “deriva”.

La inmoralidad sexual es un “engaño”.

¿Qué queremos decir describiendo la inmoralidad sexual como un «engaño”? Normalmente, solemos pensar en un engaño en términos de tener una aventura con alguien que no es su cónyuge. Mi intención aquí es un poco distinta. Efesios 5:31-32 dice:

“Por esto el hombre dejara a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio, pero hablo con referencia a cristo y a la iglesia. En todo caso, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido”.

Las Escrituras son muy claras cuando dicen que el matrimonio tiene la intención de “tipificar” la relación del creyente con Cristo. Ya que Dios es el que crea la relación matrimonial y el que revela las verdades sobre la redención y nuestra relación con Cristo, el significado de la metáfora es de autoridad. Dios mismo crea la semejanza en vez de articular una semejanza que ya existe. Los principales temas de la metáfora (la naturaleza del vínculo matrimonial y la unión del creyente con Cristo) interaccionan de un modo que cambia o enriquece nuestra comprensión de los mismos. Mi experiencia con Cristo en mí me ayuda a comprender que clase de esposo tengo que ser. En cambio, mi experiencia de estar en un mismo sentir en el matrimonio me ayuda a captar algo de la unión espiritual (Gálatas 2:20). Como resultado de la experiencia de mi unión con Cristo (Efesios 4:1-20,21; 5:1), estoy obligado a hablar verdad (Efesios 4:25), a edificar (Efesios 4:29), a morir a mí mismo (Efesios 5:1) y a no ser controlado por el egoísmo, las pasiones o la ira (Efesios 4:31) en las relaciones, especialmente en el matrimonio.

¿Dónde encaja el sexo en este ejemplo? Creo que está destinado a estar al final de la cadena de la intimidad. Pablo señala que el sexo es el producto o expresión (1 Corintios 7:3-4) de la unión. El sexo nunca crea la unión. Como es lógico, el mundo nos dice exactamente lo contrario. La sexualidad tal y como se la retrata en los medios de comunicación conduce o crea intimidad o está totalmente separada del «problema» de la intimidad. De hecho, a menudo se insinúa que el mejor sexo es el sexo anónimo.

Si el matrimonio está destinado a retratar la relación sexual como una expresión de compañerismo e intimidad intensos, entonces cualquier expresión sexual, incluso en el contexto del matrimonio que no expresa dicha unión no alcanza el diseño de Dios. Las Escrituras dicen que dos se vuelven uno y Dios dice que la sexualidad en el matrimonio debe ser la expresión de ese compañerismo, la expresión y consecuencia de esa intimidad. Si ese es el caso, entonces hay decenas de esposos y esposas en la iglesia que son ateos funcionales.

¿Qué suele caracterizar un matrimonio en el que hay problemas sexuales? La esposa se queja: «mi esposo llega a casa, no he tenido ningún tipo de relación con él, no hay comunicación”. “Me dice: cariño… Lo miro y dice ¿Quién eres? ¡Déjame solo!”. “Pero quiere arreglarlo acostándonos; piensa que eso hará que me sienta más cerca de él”. Aunque aquí no hay implicada ninguna inmoralidad flagrante, hay “engaño”, sexo sin intimidad.

Al comportamiento de mi delincuente sexual lo denominé “engaño” porque toda su vida sexual (su matrimonio, sus aventuras extramatrimoniales e incluso el comportamiento sexual desviado que mostró) era una expresión de su deseo por tener sexo sin intimidad. Era un perezoso. No quería esforzarse en su relación con su esposa, de ahí el adulterio. Después encontró la intimidad en una oportuna relación con su hija para la que Dios dijo que no había lugar. Este hombre era un tramposo. Dios había diseñado un plan y él se lo había saltado para hacer las cosas a su modo.

Mientras lo aconsejaba, le pregunté sobre la posibilidad de volverse a casar y me contestó: «Bueno, es que no quiero otro matrimonio para que acabe como el primero”. Eso era comprensible, ¿pero qué estaba diciendo en realidad? Me estaba diciendo: “no quiero entrenar la intimidad. Quiero el resultado de la sexualidad pero no quiero alcanzarlo como Dios lo ha diseñado». Después de que su hija se marchase, este hombre se agarró a dos chicos que vivían cerca que comenzaron a servirle para el propósito de engaño de su vida.

Cada vez que vea a una persona envuelta en un comportamiento sexual ilícito, puede estar seguro de que esa persona es una tramposa, quiere gratificación sexual sin intimidad. Lo que quiere decir que cuando se aconseja a alguien que tiene problemas con la pornografía, un problema sexual en el matrimonio o incluso esté metido en formas extrañas y pervertidas de sexualidad, en la raíz esta persona no quiere experimentar el sexo en el contexto para el que Dios lo ha creado. Esta persona tiene que enfrentarse al plan de Dios, y ese plan es intimidad.

Engaño y egocentrismo.

Cuando aconseje a personas que tengan problemas con la pornografía, hay que entender que la pornografía tiene un fin muy sencillo: la masturbación. Cuando alguien produce una película o una revista pornográfica (en una industria claramente dirigida al hombre), el objetivo de la pornografía es la masturbación. Aparte de esto, el objetivo de la pornografía y la masturbación es crear un sustituto de la intimidad.

Masturbarse es tener sexo con uno mismo. Si estoy teniendo sexo conmigo mismo, no quiero invertirme en otra persona. Las personas que son “adictas” a la pornografía, no son tan adictas a cosas morbosas como lo son al egocentrismo. Están comprometidas a servirse a ellas mismas para hacer cualquier cosa con el fin de encontrar una manera apropiada de no morir a ellos mismos, que es la naturaleza de la compañía en una relación.

El egocentrismo se pone de manifiesto de muchas formas. Cuando hable con personas que son pedófilos (pederastas), una de las cosas más interesantes de las que se dará cuenta es su tendencia a mirar a los niños como una pareja sexual adulta. Ellos no piensan: “estoy teniendo sexo con un niño”; intentan ver al niño como un igual físico, emocional y sexual. Lo contrario sería desplazarse del centro, ver las cosas a través de otra lente distinta a sus propios deseos y experiencias. Eso es morir a uno mismo, intimidad, compañía, eso es amar a otra persona, que es precisamente lo que no están dispuestos a hacer.

Las Escrituras ofrecen el mejor modelo para comprender este tipo de pecado sexual. Los libros de psicología ofrecen un sin fin de explicaciones para estos comportamientos con la intención de dejarlo preocupado por su caso, su experiencia y su madre, pero no tendrá que enfrentarse consigo mismo ni con sus decisiones.

En oposición, las Escrituras siempre se centran en el corazón. Ya que Dios diseñó la sexualidad para ser una expresión de un mismo sentir, cualquier forma de perversión sexual también lo es de perversión del plan de intimidad de Dios. Ya sea que esté aconsejando a alguien cuyo comportamiento sexual le da asco o a alguien con problemas sexuales comunes en el matrimonio, el problema siempre vuelve a la intimidad y al origen de la intención de Dios de la sexualidad. Génesis 2:18 («no es bueno que el hombre esté solo”) significa que su intervención más esencial como consejero es enseñar a esta persona a morir a sí misma y a amar a los demás más que a sí misma.

Una interesante separata en este estudio de caso muestra la divergencia entre las explicaciones teológicas de la Biblia y las ideas seculares comunes sobre perversión sexual. Mientras aconsejaba a este hombre, recibí una llamada de su abogado. Quería que su cliente acudiese a una clínica de rehabilitación para adictos sexuales creyendo que esto sería favorable ante la sentencia del juez. Accedí a mi pesar ya que no pensaba que esta persona continuase siendo una amenaza; parecía estar bien centrado en ese momento y yo no quería que fuese a la cárcel. Creía que se había arrepentido y que estaba haciendo un buen progreso en las charlas. Pero accedí.

¡Qué gran error! Mi paciente no está en la cárcel pero para poder obtener una sentencia favorable, tenía que denominarse a sí mismo adicto sexual y aceptar apartarse de cualquier relación hasta que estuviese curado. Lo irónico, por supuesto, era que yo lo estaba retando a buscar la intimida legítima en el contexto del matrimonio por primera vez en su vida, pero a cause de la denominación de adicto sexual, el objetivo del tribunal fue mantenerlo apartado de cualquier relación significativa, la misma raíz del problema.

La inmoralidad sexual como “deriva”.

El segundo aspecto de la inmoralidad sexual es la «deriva», que es lo que yo llamo los antecedentes del corazón. Le voy a dar un ejemplo.

Cuando tenía 17 años, decidí comprarme mi primera revista pornográfica. Esto fue algo temible para mí. Recuerdo cómo fui a la tienda del barrio que tenía una sección de revistas. Esperé y me aseguré de que nadie me veía, tomé una revista y la enrollé para que nadie pudiese ver qué era. Entonces me quedé ahí y me paseé de arriba abajo hasta que reuní todo el valor suficiente para pagarla. Justo cuando caminaba hacia la caja, el hombre se fue y una mujer lo reemplazó. Me giré rápidamente. Debí pasar cuarenta y cinco minutos en esa tienda intentando comprar esa revista, hasta que conseguí comprarla. Conforme pasó el tiempo, compré algunas más.

Entonces me di cuenta de algo. Ya no enrollaba la revista. Ya la tomaba, caminaba hacia la caja y ¡la compraba! De hecho, comencé a comprar dos. Todavía las compraba sólo cuando el hombre estaba allí pero después de un tiempo, no me importaba quién estuviera detrás de la caja. Al final era capaz hasta de charlar con la mujer cuando compraba las revistas.

Las personas empiezan con lo que yo llamo «el área cómoda de la línea de fondo” por la manera con la que tratan con su pecado. Dios dice que así es la naturaleza del pecado mientras continuamos pecando y apagamos el Espíritu, mientras quemamos nuestra consciencia; lo que antes era algo muy desagradable ahora se vuelve agradable. Comenzamos a ir a la deriva conforme nos comprometemos. Con frecuencia, el pecado sexual comienza como una experiencia terrible y que provoca ansiedad, pero esta reacción se desvanece después de un tiempo a causa de nuestra lujuria, nuestro deseo, nuestro corazón opuesto a Dios. Nos encontramos en una nueva área de comodidad y cuando pasa un tiempo, si no nos arrepentimos nos vamos aún más a la deriva.

Cada vez que aconsejo a alguien con un problema sexual, en concreto algo considerado extraño o desviado, presupongo que voy a encontrar una pauta o historia que predispone al problema actual. Nadie se levanta por la mañana y dice: «como no tengo nada que hacer hoy, ¡creo que voy a exponerme!». Las personas nunca saltan de cabeza a formas extremas de pecado, se “derivan” a ellas. Cuando aconseje a alguien con un patrón de desviación sexual, asuma que él o ella tiene un largo y pesado historial de inmoralidad que es poco probable que se revele sin que usted lo investigue constantemente. Normalmente, cuando le pregunte a esas personas lo que hicieron, se lo dirán, pero cuando pregunte “qué más hicieron, qué los condujo a eso», responderán que no hicieron nada más. Persista en la búsqueda. Siempre que pase tiempo con esas personas, comenzará a ver un caso de compromiso que lleva al final con un pasito y no con un salto. En términos de pecado sexual, la persona ya se ha alejado muy a la deriva de los criterios de Dios.

La “deriva” del pecado es como ir a la playa y quedarse dormido en una balsa en el mar. De repente, el silbato de un socorrista interrumpe su sueño. Mientras se despierta ante el continuo y molesto sonido agudo del silbato, se pregunta: «¿A qué está silbando ese idiota?» Levanta la mirada y ¡es a usted! No lo había planeado pero de repente todas las personas de la playa parecen puntitos porque usted se ha ido a la deriva en el mar. El pecado funciona así, el pecado siempre tiene unos antecedentes. Pero recuerde que Dios también tiene antecedentes con nuestros corazones.

La solución de Dios contra la «deriva”.

Este antecedente se llama santificación. La santificación es completa llegada a un punto y progresiva de manera dinámica. El salmo 119:9-11 dice: “¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti”. En Juan 17:14-19, Jesús ora al Padre “Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico, para que ellos también sean santificados en la verdad”.

La persona que va a la deriva vive con un corazón lleno de compromiso e inmoralidad. Siempre está pensando en sus propios pensamientos, intrigando sus intrigas. Pero el creyente está llamado a santificarse a sí mismo meditando en la Palabra de Dios. Esta es la solución de Dios a los pecados sexuales que dan problemas y atormentan a muchos.

La Biblia no tiene que decir nada específico para la masturbación porque no es necesario. El problema de la masturbación no es la masturbación sino la condición del corazón de la persona. Las Escrituras no son insuficientes, como dirían muchos, porque no articule un mecanismo de comportamiento para tratarlo. Dios dice que si mi corazón se mantiene puro meditando continuamente en su Palabra en el contexto de la obra santificadora de Dios, tendré el poder de vencer las tentaciones que conducen a la satisfacción, pornografía y masturbación.

Muchas personas piden consejo porque tienen un problema de centrismo. Piden una técnica para no involucrarse en cierto comportamiento. Están deseando recibir un curso intensivo que les permita utilizar a Dios para vencer un pecado concreto. Su deseo por una solución rápida es comprensible pero no existe técnica o mecanismo (psicológico, espiritual, etc) que les impida satisfacerse en la pornografía o la masturbación.

Los pacientes no han puesto a trabajar sin cesar la Palabra santificadora de Dios, por lo que en momentos de crisis descubren que no están equipados para tratar con el pecado. Esperan encontrar rápidamente una solución que eluda el trabajo constante de la Palabra mediante el Espíritu. Lo que dicen básicamente es: “¡deprisa! ¡Necesito un poco de Dios! ¡Estoy en un gran problema aquí!”

Como consejero no puede darles algo que Dios perfecciona lentamente un día tras otro. Lo único que puede ofrecerles es información de la Biblia. Lo que realmente necesitan es sabiduría, pero la sabiduría es lo que llega cuando Dios aplica Su Palabra en sus vidas. En medio de una crisis, lo único que el consejero puede hacer es promover el comienzo de este proceso.

“Diferenciarse” de Dios o del mundo.

Mientras tratamos con el problema del pecado sexual, es importante que reconozcamos otro factor que está obrando. Lo que la Biblia llama “el mundo” es un sistema de valores y creencias que con agresividad buscan tomar el control de nuestros corazones. El mundo también tiene (si se me permite usar esta expresión) un influencia “santificadora” con la que el mundo buscar diferenciarnos para sí mismo en contraposición al deseo de Dios de diferenciarnos para Él mismo. Una persona que pide consejo sobre pecados sexuales es una persona a la que el mundo ha «diferenciado», a la que constantemente le ha permitido satisfacerse en las cosas que el mundo le presentaba.

Debemos volver a la realidad bíblica de que la sexualidad es un acto espiritual, no fundamentalmente físico. Siempre implica al espíritu del hombre, ya sea con la voluntad de Dios conjuntamente en comunión con el Espíritu Santo o en rebelión contra esa voluntad, intentando echar al Espíritu Santo del camino. El mundo quiere ignorar esa dimensión y presenta el sexo como un acto biológico caracterizado por el acumulamiento y necesaria liberación de la tensión sexual. Cuando se acumula la presión, el mundo implica que no tenemos poder para resistir. Incluso hombres cristianos piensan así cuando citan erróneamente 1 Corintios 7:1-9 para reafirmar el argumento de que el matrimonio es una provisión para la pasión: “Pablo dice que es mejor casarse que quemarse”.

Sin embargo, como muchos hombres casados han descubierto, la carne es insaciable. No opera bajo el principio de reducción de la tensión; el corazón del hombre busca insaciablemente lo malo. Como resume Jeremías 17:9: “Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio”. Este es el problema que revela el pecado sexual y al que se dirige la Palabra de Dios.

En ese sentido, en cada parte que leo de las Escrituras, veo cómo tratar el tema de la pornografía, la masturbación, la perversión sexual, la pederastia, pedofilia y otras cosas en las que se involucran las personas. La Biblia tiene mucho que decir al respecto pero no desde un punto de vista técnico, no se trata de técnicas psicológicas. El tema es que Dios concibió el sexo para ser una expresión de comunión e intimidad. Es una metáfora de nuestra relación con Cristo. Parece que nosotros buscamos todas las maneras posibles de eludir esta realidad.

El sexo es un acto espiritual, no biológico. No se trata de un problema para tratar con nuestros impulsos sino de santificar nuestros corazones. Cuando aconseje, mantenga eso al frente de sus pensamientos. A menudo, cuando las personas piden consejo se decepcionan muchísimo porque quieren una solución que no los obligue a sujeta su voluntad al Espíritu Santo. Dicho de una manera sencilla, su aproximación al problema es el problema. Cuando trabaje con ellos, tendrá éxito si consigue ayudarlos a reconocer que la única solución es lo que dice el salmista, que si guardo la Palabra de Dios en mi corazón, no pecaré contra Él.

Jeff Black es miembro de la facultad en CCEF, Glenside, Pennsylvania.

Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

¿Por qué es una cuestión tan grave el pecado sexual?

Got Questions

¿Por qué es una cuestión tan grave el pecado sexual?

La cultura moderna ha intentado redefinir la sexualidad como un derecho personal que se puede ejercer de la manera que el individuo desee. El comportamiento sexual se considera una elección personal, al igual que la decisión de comprar una casa o alquilar un apartamento. Al mismo tiempo, la opinión popular prácticamente ha eliminado la palabra pecado del vocabulario de nuestra cultura. La única expresión sexual que se considera «mala» es la que la persona que la define considera desagradable. Sin embargo, la aceptación social varía tanto que incluso el más vil de los actos sería considerado legítimo por muchos. Por lo tanto, antes de poder determinar por qué el pecado sexual es tan importante, tenemos que definir el pecado sexual.

Afortunadamente, el hombre nunca ha tenido el privilegio de definir el pecado. Aquel que creó la sexualidad también tiene el derecho de establecer los límites de la misma, y la Biblia es clara en cuanto a las directrices. Cuando Dios creó al primer hombre, Adán, y le trajo a la primera mujer, Eva, los unió en matrimonio y lo declaró «muy bueno» (Génesis 1:31; 2:18, 24). En ese momento, Dios introdujo la sexualidad y estableció los límites para su expresión. Dios creó una unión entre marido y mujer que llamó «una sola carne» (Génesis 2:24; Mateo 19:6; Marcos 10:8; Efesios 5:31). Luego definió cualquier actividad sexual fuera de la relación marido-esposa como una violación de Su don. La fornicación, la homosexualidad, la pornografía y la lujuria son todas violaciones de la intención de Dios cuando creó el acto sexual (1 Corintios 6:9,18; Gálatas 5:19-20; Judas 1:7; Mateo 5:28; Hebreos 13:4).

Entonces, ¿por qué es tan importante la violación de esos límites? La primera pista está en Génesis 2:24 con las palabras «una sola carne». Hay un gran poder unificador en la unión sexual. Dios la diseñó para involucrar no sólo a los cuerpos, sino también a los corazones y a las vidas. El sexo fue diseñado para consumar la unión de por vida entre un hombre y una mujer. Jesús dijo: «lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6; Marcos 10:9). Él diseñó los cuerpos del hombre y de la mujer de manera diferente para que pudieran unirse en un acto de intimidad física que los une de por vida. «Así que no son ya más dos, sino uno» (Marcos 10:8). El acto de convertirse en uno crea una nueva entidad: una familia. Esta poderosa fuerza también da lugar a una nueva vida (Génesis 4:25). La raza humana sólo se puede propagar mediante la unión de un hombre y una mujer. Y, dentro del matrimonio, Dios lo bendice (Génesis 1:28; 9:27; Salmo 17:3). El sexo es un regalo para el marido y la mujer que hace que su relación sea única entre todas las demás relaciones.

Sin embargo, lo que Dios crea como bueno, Satanás lo pervierte. Satanás comenzó su insidiosa profanación en el Jardín del Edén con las palabras «¿Conque Dios os ha dicho?» (Génesis 3:1). Y ese desafío a la autoridad de Dios continúa todavía. Cuando usamos la sexualidad como entretenimiento o para satisfacer la lujuria, rebajamos la belleza de este poderoso don y desafiamos a Aquel que lo diseñó. También cosechamos las consecuencias de nuestro pecado. Nuestra desobediencia sexual ha producido un mundo que se tambalea bajo el peso de la enfermedad, el aborto, la perversión, el abuso de menores, la adicción y la explotación sexual. Dios creó los límites para nuestro bien, para que pudiéramos disfrutar de Su regalo como fue diseñado para ser disfrutado.

La electricidad es algo poderoso y útil si se usa correctamente. Sin embargo, si se usa mal o se abusa de ella, la electricidad puede ser mortal. Lo mismo ocurre con la sexualidad. Si se usa mal, el sexo también es mortal. Abusar del don de Dios produce problemas como el aborto, la pobreza, la violación, el adulterio, el divorcio y la pornografía. El pecado sexual comienza con la tentación, como todo pecado. Cuando nos negamos a reconocer los límites de Dios, permitimos que la lujuria determine nuestras decisiones. Y la lujuria nunca conduce en la dirección correcta. Santiago 1:13-15 dice: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte».

Otra razón por la que el pecado sexual es tan importante es que destruye la imagen del pacto inquebrantable que Dios tiene con Su pueblo. La Biblia utiliza el matrimonio como una metáfora para describir la relación de pacto que Jesús tiene con Su «novia», aquellos que ha comprado con Su propia sangre (Apocalipsis 19:7; 2 Corintios 11:2). En el Antiguo Testamento, Dios frecuentemente comparaba al rebelde Israel con una esposa rebelde, utilizando el adulterio como imagen del más atroz de los pecados (Jeremías 3:6). Dios creó el acto sexual para que fuera la consumación de una relación de alianza, una alianza en la que Dios ha participado (Malaquías 2:14; Mateo 19:6; Marcos 10:9). El pacto matrimonial ilustra el pacto inquebrantable de Dios con nosotros. Mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio viola la intención de Dios y acarrea graves consecuencias.

El pecado sexual contamina mucho más que nuestros cuerpos físicos (1 Corintios 6:18). Tiene un significado espiritual. Casi todos los libros de la Biblia rechazan la inmoralidad sexual, indicando que Dios la considera un pecado grave. Cometer un pecado sexual se opone directamente a la voluntad de Dios de santificarnos (1 Tesalonicenses 4:3).

Romanos 13:13-14 esboza la vida que Dios desea que vivamos: «Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne». El pecado sexual es una forma más de gratificar la carne en lugar de caminar en el Espíritu (Gálatas 5:16). Jesús dijo que los «puros de corazón» «verán a Dios» (Mateo 5:8). El pecado sexual sin arrepentimiento contamina el corazón, haciendo imposible experimentar el poder del Espíritu Santo en nuestras vidas. Si deseamos ser puros de corazón, no podemos involucrarnos en el pecado sexual.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

El temor a las pérdidas económicas

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El temor

El temor a las pérdidas económicas

Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Considera cuánto de tu vida gira en torno a tu estabilidad económica. Te despertaste esta mañana en un dormitorio cálido porque pagaste la factura de electricidad. Desayunaste porque compraste provisiones. Fuiste y volviste del trabajo porque pagaste un billete de tren o la gasolina para tu automóvil. Llevabas puesta ropa apropiada para tu profesión, la cual compraste en una tienda. Tu trabajo te proporciona un ingreso regular que paga la calefacción, la comida, el transporte y la ropa. Y eso es solo la punta del iceberg. Casi todo lo que has tocado hoy tiene un costo.

Dado el grado en que las necesidades básicas de la vida están conectadas a la solvencia financiera, no es de extrañar que incluso los cristianos luchen contra el miedo a sufrir pérdidas económicas. En un mundo caído, aun aquellos que trabajan y presupuestan diligentemente a veces encuentran que sus gastos exceden sus ingresos. Una enfermedad prolongada acaba con los ahorros. Las caídas del mercado de valores destruyen las cuentas de jubilación. Los despidos laborales ocurren en la flor de la vida. La quiebra nos amenaza. El hambre y la falta de vivienda no son problemas aislados. La transitoriedad de la seguridad financiera es parte de la realidad de vivir en un mundo maldito por el pecado y saturado de sufrimiento (Pr 23:4-51 Tim 6:7).

Jesucristo es nuestra posesión más verdadera y profunda en medio de las fortunas cambiantes de la vida.

Es apropiado preocuparse por esto, pero a menudo nuestras vidas manifiestan reacciones y estrategias pecaminosas para evitar la posibilidad de la ruina financiera. Nuestra ansiedad se dispara. Nos convertimos en adictos al trabajo. Acumulamos nuestro dinero por temor a que nunca sea suficiente (Lc 12:13-21). Nos volvemos tacaños y calculadores, tratando cada decisión y relación como si fuera un balance financiero. Nuestra generosidad desaparece. Y, aun así, el fantasma de la pérdida no se va. Entonces ¿cómo afrontamos esta posibilidad con una creciente confianza  en Dios en lugar de una creciente ansiedad?

Es fundamental que comprendamos y confiemos en que Dios es un Padre amoroso y generoso que tiene cuidado de Sus hijos y les provee lo que más necesitan. En el contexto de una discusión sobre la codicia y las posesiones, Jesús les dice a Sus discípulos: «Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis» (Lc 12:22). ¿Qué nos da confianza para dejar a un lado nuestras ansiedades por posibles pérdidas económicas? Los versículos que siguen (vv. 22-34) destacan cuatro cosas.

  1. LA VIDA ES MÁS QUE LA SATISFACCIÓN DE NECESIDADES TEMPORALES (V. 23).

Aunque la comida y la ropa son importantes (y, por lo tanto, también los recursos financieros que permiten su adquisición), hay algo aún más esencial para una vida abundante. En contraste con aquellos que «buscan estas cosas» como fines en sí mismas, Jesús exhorta a Sus discípulos a buscar primero Su Reino (v. 31; ver Mt 6:33). Vivir de acuerdo con esta prioridad del Reino es lo que le permite al apóstol Pablo decir: «Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día» (2 Co 4:16).

  1. DIOS PROVEE HASTA PARA LAS MÁS PEQUEÑAS DE SUS CRIATURAS (LC 12:24-28).

Si Él alimenta a los cuervos y viste a los lirios con belleza, ¿no proveerá para los seres humanos, que son el pináculo de Su creación? Él sabe lo que necesitamos (v. 30). No nos dará una piedra si le pedimos pan (Mt 7:9).

  1. SOMOS PARTE DEL REBAÑO DE DIOS (LC 12:32). VIVIMOS EN COMUNIDAD CON NUESTROS HERMANOS EN CRISTO.

Confiar en la provisión de Dios incluye creer que Él traerá gente para socorrernos cuando pidamos ayuda en un momento de crisis económica. La colecta de Pablo para la iglesia en Jerusalén demuestra esta interdependencia en el cuerpo de Cristo (2 Co 8 – 9).

  1. A NUESTRO PADRE LE HA PLACIDO DARNOS EL REINO (LC 12:32).

Si Él nos ha dado la posesión más grande de todas: una herencia que es «incorruptible, inmaculada y que no se marchitará» (1 Pe 1:4), ¿cómo no nos dará también por gracia lo que realmente necesitamos (Rom 8:32)? La riqueza duradera y la verdadera seguridad se encuentran en el Reino: «Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de Su pobreza llegarais a ser ricos» (2 Co 8:9).

Una creciente confianza  en nuestro Dios fiel no garantiza inmunidad contra las pérdidas económicas. Sin embargo, a pesar de la amenaza real de bolsas de dinero que envejecen, tesoros terrenales que fallan, ladrones que entran y roban, y polillas que devoran (Lc 12:33), Jesucristo nunca le faltará al pueblo de Dios. Él es nuestro pan de vida (Jn 6:35) y nuestra agua viva (Jn 4:14), y nos viste con Su justicia (Is 61:10Zac 3:1-52 Co 5:21Flp 3:9). Él es nuestra posesión más verdadera y profunda en medio de las fortunas cambiantes de la vida. Verdaderamente, Él es Jehová-Jireh, nuestro proveedor (Gn 22:14).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mike Emlet
Mike Emlet

El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation [Fundación de Consejería y Educación Cristiana] (CCEF). Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].