Pornografía, Masturbación y Otras Prácticas Perniciosas: Perversión de la Intimidad

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Pornografía, Masturbación y Otras Prácticas Perniciosas: Perversión de la Intimidad

Por Jeffrey S. Black sobre Sexualidad
Una parte de la serie Journal of Biblical Counseling
Traducción por Ana Villoslada

Una vez, un abogado me mandó a una persona que había estado implicada en una serie de delitos sexuales. Para cuando lo conocí, ya había sido arrestado y acusado. Se trataba de un creyente de más de 50 años, viudo con varios hijos que vivían en otro estado. Cuando cometió los delitos sexuales su esposa hacía unos 10 años que había fallecido.

El matrimonio había sido muy problemático; había peleas y a él lo habían echado de casa. Su esposa había sido hospitalizada en numerosas ocasiones. Desde un punto de vista clínico, había sufrido depresión. Durante esas épocas, la pareja no había mantenido relaciones sexuales y el esposo me reveló que se había involucrado en varias relaciones extramatrimoniales cuando su mujer había estado hospitalizada y sexualmente indispuesta. A su parecer, eso lo hacía menos censurable.

Este hombre también me contó que desde la adolescencia hasta los veinte, había tenido varias citas homosexuales preliminares antes de su matrimonio. Durante su matrimonio y después de la muerte de su esposa, había tenido una relación muy estrecha con su hija, tanto que pensé que quizás había habido algo incestuoso pero me dijo que no. No obstante, estaba claro que su hija había actuado de otro modo como sustituta de su esposa. Cuando cumplió treinta decidió irse de casa. Un año después aproximadamente, el hombre comenzó a tener relaciones sexuales con dos jóvenes adolescentes.

Este caso ejemplifica dos aspectos del pecado sexual que los consejeros tienen que tener en mente: la inmoralidad es una forma de “engaño” y expresa un modelo de “deriva”.

La inmoralidad sexual es un “engaño”.

¿Qué queremos decir describiendo la inmoralidad sexual como un “engaño”? Normalmente, solemos pensar en un engaño en términos de tener una aventura con alguien que no es su cónyuge. Mi intención aquí es un poco distinta. Efesios 5:31-32 dice:

“Por esto el hombre dejara a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio, pero hablo con referencia a cristo y a la iglesia. En todo caso, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido”.

Las Escrituras son muy claras cuando dicen que el matrimonio tiene la intención de “tipificar” la relación del creyente con Cristo. Ya que Dios es el que crea la relación matrimonial y el que revela las verdades sobre la redención y nuestra relación con Cristo, el significado de la metáfora es de autoridad. Dios mismo crea la semejanza en vez de articular una semejanza que ya existe. Los principales temas de la metáfora (la naturaleza del vínculo matrimonial y la unión del creyente con Cristo) interaccionan de un modo que cambia o enriquece nuestra comprensión de los mismos. Mi experiencia con Cristo en mí me ayuda a comprender que clase de esposo tengo que ser. En cambio, mi experiencia de estar en un mismo sentir en el matrimonio me ayuda a captar algo de la unión espiritual (Gálatas 2:20). Como resultado de la experiencia de mi unión con Cristo (Efesios 4:1-20,21; 5:1), estoy obligado a hablar verdad (Efesios 4:25), a edificar (Efesios 4:29), a morir a mí mismo (Efesios 5:1) y a no ser controlado por el egoísmo, las pasiones o la ira (Efesios 4:31) en las relaciones, especialmente en el matrimonio.

¿Dónde encaja el sexo en este ejemplo? Creo que está destinado a estar al final de la cadena de la intimidad. Pablo señala que el sexo es el producto o expresión (1 Corintios 7:3-4) de la unión. El sexo nunca crea la unión. Como es lógico, el mundo nos dice exactamente lo contrario. La sexualidad tal y como se la retrata en los medios de comunicación conduce o crea intimidad o está totalmente separada del “problema” de la intimidad. De hecho, a menudo se insinúa que el mejor sexo es el sexo anónimo.

Si el matrimonio está destinado a retratar la relación sexual como una expresión de compañerismo e intimidad intensos, entonces cualquier expresión sexual, incluso en el contexto del matrimonio que no expresa dicha unión no alcanza el diseño de Dios. Las Escrituras dicen que dos se vuelven uno y Dios dice que la sexualidad en el matrimonio debe ser la expresión de ese compañerismo, la expresión y consecuencia de esa intimidad. Si ese es el caso, entonces hay decenas de esposos y esposas en la iglesia que son ateos funcionales.

¿Qué suele caracterizar un matrimonio en el que hay problemas sexuales? La esposa se queja: “mi esposo llega a casa, no he tenido ningún tipo de relación con él, no hay comunicación”. “Me dice: cariño… Lo miro y dice ¿Quién eres? ¡Déjame solo!”. “Pero quiere arreglarlo acostándonos; piensa que eso hará que me sienta más cerca de él”. Aunque aquí no hay implicada ninguna inmoralidad flagrante, hay “engaño”, sexo sin intimidad.

Al comportamiento de mi delincuente sexual lo denominé “engaño” porque toda su vida sexual (su matrimonio, sus aventuras extramatrimoniales e incluso el comportamiento sexual desviado que mostró) era una expresión de su deseo por tener sexo sin intimidad. Era un perezoso. No quería esforzarse en su relación con su esposa, de ahí el adulterio. Después encontró la intimidad en una oportuna relación con su hija para la que Dios dijo que no había lugar. Este hombre era un tramposo. Dios había diseñado un plan y él se lo había saltado para hacer las cosas a su modo.

Mientras lo aconsejaba, le pregunté sobre la posibilidad de volverse a casar y me contestó: “Bueno, es que no quiero otro matrimonio para que acabe como el primero”. Eso era comprensible, ¿pero qué estaba diciendo en realidad? Me estaba diciendo: “no quiero entrenar la intimidad. Quiero el resultado de la sexualidad pero no quiero alcanzarlo como Dios lo ha diseñado”. Después de que su hija se marchase, este hombre se agarró a dos chicos que vivían cerca que comenzaron a servirle para el propósito de engaño de su vida.

Cada vez que vea a una persona envuelta en un comportamiento sexual ilícito, puede estar seguro de que esa persona es una tramposa, quiere gratificación sexual sin intimidad. Lo que quiere decir que cuando se aconseja a alguien que tiene problemas con la pornografía, un problema sexual en el matrimonio o incluso esté metido en formas extrañas y pervertidas de sexualidad, en la raíz esta persona no quiere experimentar el sexo en el contexto para el que Dios lo ha creado. Esta persona tiene que enfrentarse al plan de Dios, y ese plan es intimidad.

Engaño y egocentrismo.

Cuando aconseje a personas que tengan problemas con la pornografía, hay que entender que la pornografía tiene un fin muy sencillo: la masturbación. Cuando alguien produce una película o una revista pornográfica (en una industria claramente dirigida al hombre), el objetivo de la pornografía es la masturbación. Aparte de esto, el objetivo de la pornografía y la masturbación es crear un sustituto de la intimidad.

Masturbarse es tener sexo con uno mismo. Si estoy teniendo sexo conmigo mismo, no quiero invertirme en otra persona. Las personas que son “adictas” a la pornografía, no son tan adictas a cosas morbosas como lo son al egocentrismo. Están comprometidas a servirse a ellas mismas para hacer cualquier cosa con el fin de encontrar una manera apropiada de no morir a ellos mismos, que es la naturaleza de la compañía en una relación.

El egocentrismo se pone de manifiesto de muchas formas. Cuando hable con personas que son pedófilos (pederastas), una de las cosas más interesantes de las que se dará cuenta es su tendencia a mirar a los niños como una pareja sexual adulta. Ellos no piensan: “estoy teniendo sexo con un niño”; intentan ver al niño como un igual físico, emocional y sexual. Lo contrario sería desplazarse del centro, ver las cosas a través de otra lente distinta a sus propios deseos y experiencias. Eso es morir a uno mismo, intimidad, compañía, eso es amar a otra persona, que es precisamente lo que no están dispuestos a hacer.

Las Escrituras ofrecen el mejor modelo para comprender este tipo de pecado sexual. Los libros de psicología ofrecen un sin fin de explicaciones para estos comportamientos con la intención de dejarlo preocupado por su caso, su experiencia y su madre, pero no tendrá que enfrentarse consigo mismo ni con sus decisiones.

En oposición, las Escrituras siempre se centran en el corazón. Ya que Dios diseñó la sexualidad para ser una expresión de un mismo sentir, cualquier forma de perversión sexual también lo es de perversión del plan de intimidad de Dios. Ya sea que esté aconsejando a alguien cuyo comportamiento sexual le da asco o a alguien con problemas sexuales comunes en el matrimonio, el problema siempre vuelve a la intimidad y al origen de la intención de Dios de la sexualidad. Génesis 2:18 (“no es bueno que el hombre esté solo”) significa que su intervención más esencial como consejero es enseñar a esta persona a morir a sí misma y a amar a los demás más que a sí misma.

Una interesante separata en este estudio de caso muestra la divergencia entre las explicaciones teológicas de la Biblia y las ideas seculares comunes sobre perversión sexual. Mientras aconsejaba a este hombre, recibí una llamada de su abogado. Quería que su cliente acudiese a una clínica de rehabilitación para adictos sexuales creyendo que esto sería favorable ante la sentencia del juez. Accedí a mi pesar ya que no pensaba que esta persona continuase siendo una amenaza; parecía estar bien centrado en ese momento y yo no quería que fuese a la cárcel. Creía que se había arrepentido y que estaba haciendo un buen progreso en las charlas. Pero accedí.

¡Qué gran error! Mi paciente no está en la cárcel pero para poder obtener una sentencia favorable, tenía que denominarse a sí mismo adicto sexual y aceptar apartarse de cualquier relación hasta que estuviese curado. Lo irónico, por supuesto, era que yo lo estaba retando a buscar la intimida legítima en el contexto del matrimonio por primera vez en su vida, pero a cause de la denominación de adicto sexual, el objetivo del tribunal fue mantenerlo apartado de cualquier relación significativa, la misma raíz del problema.

La inmoralidad sexual como “deriva”.

El segundo aspecto de la inmoralidad sexual es la “deriva”, que es lo que yo llamo los antecedentes del corazón. Le voy a dar un ejemplo.

Cuando tenía 17 años, decidí comprarme mi primera revista pornográfica. Esto fue algo temible para mí. Recuerdo cómo fui a la tienda del barrio que tenía una sección de revistas. Esperé y me aseguré de que nadie me veía, tomé una revista y la enrollé para que nadie pudiese ver qué era. Entonces me quedé ahí y me paseé de arriba abajo hasta que reuní todo el valor suficiente para pagarla. Justo cuando caminaba hacia la caja, el hombre se fue y una mujer lo reemplazó. Me giré rápidamente. Debí pasar cuarenta y cinco minutos en esa tienda intentando comprar esa revista, hasta que conseguí comprarla. Conforme pasó el tiempo, compré algunas más.

Entonces me di cuenta de algo. Ya no enrollaba la revista. Ya la tomaba, caminaba hacia la caja y ¡la compraba! De hecho, comencé a comprar dos. Todavía las compraba sólo cuando el hombre estaba allí pero después de un tiempo, no me importaba quién estuviera detrás de la caja. Al final era capaz hasta de charlar con la mujer cuando compraba las revistas.

Las personas empiezan con lo que yo llamo “el área cómoda de la línea de fondo” por la manera con la que tratan con su pecado. Dios dice que así es la naturaleza del pecado mientras continuamos pecando y apagamos el Espíritu, mientras quemamos nuestra consciencia; lo que antes era algo muy desagradable ahora se vuelve agradable. Comenzamos a ir a la deriva conforme nos comprometemos. Con frecuencia, el pecado sexual comienza como una experiencia terrible y que provoca ansiedad, pero esta reacción se desvanece después de un tiempo a causa de nuestra lujuria, nuestro deseo, nuestro corazón opuesto a Dios. Nos encontramos en una nueva área de comodidad y cuando pasa un tiempo, si no nos arrepentimos nos vamos aún más a la deriva.

Cada vez que aconsejo a alguien con un problema sexual, en concreto algo considerado extraño o desviado, presupongo que voy a encontrar una pauta o historia que predispone al problema actual. Nadie se levanta por la mañana y dice: “como no tengo nada que hacer hoy, ¡creo que voy a exponerme!”. Las personas nunca saltan de cabeza a formas extremas de pecado, se “derivan” a ellas. Cuando aconseje a alguien con un patrón de desviación sexual, asuma que él o ella tiene un largo y pesado historial de inmoralidad que es poco probable que se revele sin que usted lo investigue constantemente. Normalmente, cuando le pregunte a esas personas lo que hicieron, se lo dirán, pero cuando pregunte “qué más hicieron, qué los condujo a eso”, responderán que no hicieron nada más. Persista en la búsqueda. Siempre que pase tiempo con esas personas, comenzará a ver un caso de compromiso que lleva al final con un pasito y no con un salto. En términos de pecado sexual, la persona ya se ha alejado muy a la deriva de los criterios de Dios.

La “deriva” del pecado es como ir a la playa y quedarse dormido en una balsa en el mar. De repente, el silbato de un socorrista interrumpe su sueño. Mientras se despierta ante el continuo y molesto sonido agudo del silbato, se pregunta: “¿A qué está silbando ese idiota?” Levanta la mirada y ¡es a usted! No lo había planeado pero de repente todas las personas de la playa parecen puntitos porque usted se ha ido a la deriva en el mar. El pecado funciona así, el pecado siempre tiene unos antecedentes. Pero recuerde que Dios también tiene antecedentes con nuestros corazones.

La solución de Dios contra la “deriva”.

Este antecedente se llama santificación. La santificación es completa llegada a un punto y progresiva de manera dinámica. El salmo 119:9-11 dice: “¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti”. En Juan 17:14-19, Jesús ora al Padre “Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico, para que ellos también sean santificados en la verdad”.

La persona que va a la deriva vive con un corazón lleno de compromiso e inmoralidad. Siempre está pensando en sus propios pensamientos, intrigando sus intrigas. Pero el creyente está llamado a santificarse a sí mismo meditando en la Palabra de Dios. Esta es la solución de Dios a los pecados sexuales que dan problemas y atormentan a muchos.

La Biblia no tiene que decir nada específico para la masturbación porque no es necesario. El problema de la masturbación no es la masturbación sino la condición del corazón de la persona. Las Escrituras no son insuficientes, como dirían muchos, porque no articule un mecanismo de comportamiento para tratarlo. Dios dice que si mi corazón se mantiene puro meditando continuamente en su Palabra en el contexto de la obra santificadora de Dios, tendré el poder de vencer las tentaciones que conducen a la satisfacción, pornografía y masturbación.

Muchas personas piden consejo porque tienen un problema de centrismo. Piden una técnica para no involucrarse en cierto comportamiento. Están deseando recibir un curso intensivo que les permita utilizar a Dios para vencer un pecado concreto. Su deseo por una solución rápida es comprensible pero no existe técnica o mecanismo (psicológico, espiritual, etc) que les impida satisfacerse en la pornografía o la masturbación.

Los pacientes no han puesto a trabajar sin cesar la Palabra santificadora de Dios, por lo que en momentos de crisis descubren que no están equipados para tratar con el pecado. Esperan encontrar rápidamente una solución que eluda el trabajo constante de la Palabra mediante el Espíritu. Lo que dicen básicamente es: “¡deprisa! ¡Necesito un poco de Dios! ¡Estoy en un gran problema aquí!”

Como consejero no puede darles algo que Dios perfecciona lentamente un día tras otro. Lo único que puede ofrecerles es información de la Biblia. Lo que realmente necesitan es sabiduría, pero la sabiduría es lo que llega cuando Dios aplica Su Palabra en sus vidas. En medio de una crisis, lo único que el consejero puede hacer es promover el comienzo de este proceso.

“Diferenciarse” de Dios o del mundo.

Mientras tratamos con el problema del pecado sexual, es importante que reconozcamos otro factor que está obrando. Lo que la Biblia llama “el mundo” es un sistema de valores y creencias que con agresividad buscan tomar el control de nuestros corazones. El mundo también tiene (si se me permite usar esta expresión) un influencia “santificadora” con la que el mundo buscar diferenciarnos para sí mismo en contraposición al deseo de Dios de diferenciarnos para Él mismo. Una persona que pide consejo sobre pecados sexuales es una persona a la que el mundo ha “diferenciado”, a la que constantemente le ha permitido satisfacerse en las cosas que el mundo le presentaba.

Debemos volver a la realidad bíblica de que la sexualidad es un acto espiritual, no fundamentalmente físico. Siempre implica al espíritu del hombre, ya sea con la voluntad de Dios conjuntamente en comunión con el Espíritu Santo o en rebelión contra esa voluntad, intentando echar al Espíritu Santo del camino. El mundo quiere ignorar esa dimensión y presenta el sexo como un acto biológico caracterizado por el acumulamiento y necesaria liberación de la tensión sexual. Cuando se acumula la presión, el mundo implica que no tenemos poder para resistir. Incluso hombres cristianos piensan así cuando citan erróneamente 1 Corintios 7:1-9 para reafirmar el argumento de que el matrimonio es una provisión para la pasión: “Pablo dice que es mejor casarse que quemarse”.

Sin embargo, como muchos hombres casados han descubierto, la carne es insaciable. No opera bajo el principio de reducción de la tensión; el corazón del hombre busca insaciablemente lo malo. Como resume Jeremías 17:9: “Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio”. Este es el problema que revela el pecado sexual y al que se dirige la Palabra de Dios.

En ese sentido, en cada parte que leo de las Escrituras, veo cómo tratar el tema de la pornografía, la masturbación, la perversión sexual, la pederastia, pedofilia y otras cosas en las que se involucran las personas. La Biblia tiene mucho que decir al respecto pero no desde un punto de vista técnico, no se trata de técnicas psicológicas. El tema es que Dios concibió el sexo para ser una expresión de comunión e intimidad. Es una metáfora de nuestra relación con Cristo. Parece que nosotros buscamos todas las maneras posibles de eludir esta realidad.

El sexo es un acto espiritual, no biológico. No se trata de un problema para tratar con nuestros impulsos sino de santificar nuestros corazones. Cuando aconseje, mantenga eso al frente de sus pensamientos. A menudo, cuando las personas piden consejo se decepcionan muchísimo porque quieren una solución que no los obligue a sujeta su voluntad al Espíritu Santo. Dicho de una manera sencilla, su aproximación al problema es el problema. Cuando trabaje con ellos, tendrá éxito si consigue ayudarlos a reconocer que la única solución es lo que dice el salmista, que si guardo la Palabra de Dios en mi corazón, no pecaré contra Él.

Jeff Black es miembro de la facultad en CCEF, Glenside, Pennsylvania.

Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

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