Justificación y seguridad

Ministerios Ligonier

Serie: La doctrina de la justificación

Justificación y seguridad
Por Michael Reeves

Nota del editor: Este es el sexto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

«El fin principal de la existencia del hombre es glorificar a Dios, y gozar de él para siempre», dice el Catecismo Menor de Westminster. ¿Pero cuál doctrina describe cómo Él nos lleva a una relación para que podamos disfrutar de Él? La justificación por la gracia sola de Dios a través de la fe sola y en Cristo solo.

Este maravilloso punto central del evangelio bíblico demuestra la suficiencia de Cristo como único Salvador. A través de Él, Dios es glorificado tanto por ser totalmente misericordioso y bueno, como por ser supremamente santo y compasivo, y por lo tanto la gente puede encontrar su consuelo y deleite en Él. Por medio de esta doctrina, incluso los creyentes que luchan pueden conocer una posición firme ante Dios, conociéndolo con gozo como su «Abba, Padre», seguros de que Él es poderoso para salvarlos y guardarlos hasta el fin.

CONSUELO Y ALEGRÍA
Para comprender esto, considera las diferencias entre la teología católica romana y la de la Reforma en cuanto a la seguridad de la salvación. ¿Puede un creyente saber que es salvo?

Del lado de la Reforma, el puritano Richard Sibbes argumentó que, sin esa seguridad, simplemente no podemos vivir vidas cristianas como Dios quiere que lo hagamos. Dios, dijo, quiere que estemos agradecidos, alegres, regocijados y fuertes en la fe, pero no podemos estar así a menos que estemos seguros de que Dios y Cristo son nuestros para siempre.

Hay muchos deberes y disposiciones que Dios requiere y en los que no podemos estar sin una firme seguridad de salvación. ¿Cuáles son estos? Dios nos pide que demos gracias por todo. ¿Cómo puedo dar gracias, a menos que sepa que Dios es mío y Cristo es mío?… Dios nos ordena que nos regocijemos. «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocijaos!» Flp 4:4. ¿Puede un hombre alegrarse de que su nombre esté escrito en el cielo sin saber si su nombre está escrito allí?… ¡Qué triste! ¿Cómo puedo prestar un servicio a Dios con gozo, cuando dudo de si Él es mi Dios y Padre?… Dios requiere de nosotros una disposición que nos llene de ánimos y que seamos fuertes en el Señor; y que seamos valientes por Su causa para resistir a Sus enemigos y a los nuestros. ¿Cómo podemos tener valor para resistir nuestras corrupciones y las tentaciones de Satanás? ¿Cómo podemos tener valor para sufrir persecuciones y cruces en el mundo, si no tenemos algún interés particular en Cristo y en Dios?

Sin embargo, la confianza misma que Sibbes defendía como un privilegio cristiano fue condenada por la teología católica romana como pecado de presunción. Fue precisamente uno de los cargos presentados contra Juana de Arco en su juicio en 1431. Allí, los jueces proclamaron:

Esta mujer peca cuando dice que está segura de ser recibida en el Paraíso como si ya fuera partícipe de… la gloria, ya que en este viaje terrenal ningún peregrino sabe si es digno de la gloria o del castigo, lo cual solo el Juez soberano puede decir.

Ese juicio tenía todo el sentido dentro de la lógica del sistema católico romano: si solo podemos entrar en el cielo por habernos hecho personalmente merecedores de él (por la gracia habilitadora de Dios), por supuesto que nadie puede estar seguro. Según ese razonamiento, solo puedo tener tanta confianza en que iré al cielo como confianza tenga en mi propia pureza.

Pero aunque esa manera de pensar tenía sentido en la iglesia católica romana, generaba miedo y no gozo. La necesidad de tener méritos personales ante Dios para su salvación dejaba a la gente aterrorizada ante la perspectiva del juicio. Fue exactamente la razón por la que el joven Martín Lutero temblaba de miedo al pensar en la muerte y por la que dijo que odiaba a Dios (en lugar de disfrutar de Él). Él no podía estar agradecido, alegre, regocijado y fuerte en la fe ya que solo creía en Dios como un juez que estaba en su contra.

Con su descubrimiento de que los pecadores son libremente declarados justos en Cristo, todo eso cambió. Su confianza para ese día ya no estaba puesta en sí mismo, sino que todo descansaba en Cristo y en Su justicia suficiente. Y así, el horroroso día del juicio final vino a ser lo que él llamaría «el día final más feliz», el día de Jesús, su amigo. El consuelo que aporta a todos los que se adhieren a la teología de la Reforma quedó perfectamente plasmado en la sorprendente redacción del Catecismo de Heidelberg:

Pregunta: ¿Qué consuelo te infunde que Cristo “ha de venir a juzgar a vivos y muertos”?

Respuesta: Que en todos mis dolores y persecuciones espero con la cabeza levantada que Aquel que en el pasado se ofreció a Sí mismo por mi causa ante el tribunal de Dios y que ha quitado toda la maldición de sobre mí volverá del cielo como Juez, y arrojará a todos los enemigos Suyos y míos a la condenación eterna, pero a mí me tomará consigo junto a todos Sus elegidos a los gozos y las glorias celestiales (pregunta y respuesta 52).

HUMILDAD Y VALOR
La justificación por la fe sola no solo provee la alegría que el apóstol Pablo ordena sino que al mismo tiempo humilla y da valor a quienes la aprecian.

Por medio de la justificación por la fe sola, los creyentes son hechos conscientes tanto de quién es Dios como de quiénes son ellos. A diferencia de lo que pensaban antes, se dan cuenta de que Él es grande, glorioso, misericordioso y hermoso en Su santidad, y ellos no lo son. Cuando la justificación eleva a Cristo como el Salvador supersuficiente, los creyentes se vuelven como Isaías, cuya visión del Señor en la gloria, alto y elevado, le hizo clamar: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejércitos» (Is 6:5). Los evangelios alternativos, en los que el pecado es un problema pequeño y, por tanto, Cristo un salvador pequeño (o un asistente), nunca tendrán el mismo efecto.

La humildad que aprendemos a través de la justificación, al gloriarnos en Cristo y no en nosotros mismos, resulta ser la fuente de toda salud espiritual. Cuando nuestros ojos son abiertos al amor de Dios por nosotros, pecadores, dejamos caer nuestras máscaras. Condenados como pecadores pero justificados, podemos empezar a ser honestos con nosotros mismos. Al ser amados a pesar de nuestra falta de amor, empezamos a amar. Al recibir la paz de Dios, empezamos a conocer la paz y el gozo interior. Cuando se nos muestra la magnificencia de Dios sobre todas las cosas, nos volvemos más resilientes, temblando de asombro ante Dios y no ante el hombre.

Esta fue la transformación que Lutero experimentó a través de su descubrimiento de la justificación por la fe sola. Lutero a menudo se describía como un joven ansioso y tan encerrado en sí mismo que todo le daba miedo. Incluso el sonido de una hoja movida por el viento lo ahuyentaba (Lv 26:36). Eso cambió gracias a su encuentro con el evangelio de Cristo, como relata Roland Bainton en las espléndidas palabras finales de su biografía:

El Dios de Lutero, como el de Moisés, era el Dios que habita en las nubes de la tormenta y cabalga en las alas del viento. A Su paso, la tierra tiembla, y el pueblo ante Él es como una gota de agua. Es un Dios majestuoso y poderoso, inescrutable, aterrador, devastador y que consume Su ira. Sin embargo, el Todo Terrible es también el Todo Misericordioso. «Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el SEÑOR …». Pero ¿cómo podemos saberlo? En Cristo, solo en Cristo. En el Señor de la vida, nacido en la miseria de un establo y muerto como un malhechor bajo el abandono y el escarnio de los hombres, clamando a Dios y recibiendo como respuesta solo el temblor de la tierra y el oscurecimiento del sol, incluso abandonado por Dios, y en esa hora tomando para Sí y aniquilando nuestra iniquidad, pisoteando las huestes del infierno y revelando, en la ira del Todo Terrible, el amor que no nos abandonará.

Este, concluye Bainton, fue el efecto:

Lutero ya no se ahuyentaba por el susurro de una hoja arrastrada por el viento y en lugar de invocar a Santa Ana se declaró capaz de reírse de los truenos y de las dentelladas de la tormenta. Esto fue lo que le permitió pronunciar palabras como: «Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén».

La humildad que Lutero encontró ante la majestad y la misericordia de Dios no fue tímida ni pesimista, triste ni débil. Fue plena, gozosa y valiente.

Este es el sello de la humildad que se halla en la justificación por la fe sola. Cautivados por la magnificencia de Dios, tales creyentes no se sentirán tan atraídos por la religión terapéutica centrada en el hombre. Bajo el resplandor de Su gloria, no querrán establecer sus propios pequeños imperios. Sus pequeños logros parecerán insignificantes, sus disputas y agendas personales odiosas. Él se impondrá, haciéndolos audaces para complacer a Dios y no a los hombres. No vacilarán ni tartamudearán con el evangelio. En cambio, conscientes de su propia redención, compartirán su mansedumbre y gentileza, sin quebrar la caña cascada. Serán prontos para servir, prontos para bendecir, prontos para arrepentirse y prontos para reírse de sí mismos, porque su gloria no está en ellos mismos sino en Cristo. Esta es la feliz integridad que se encuentra a través de la elevación de Cristo en las buenas nuevas de la justificación por la fe sola.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael Reeves
El Dr. Michael Reeves es presidente y profesor de teología en Union School of Theology en Gales. Es autor de varios libros, incluyendo Rejoicing in Christ [Regocijo en Cristo]. Es el profesor destacado de la serie de enseñanza de Ministerios Ligonier The English Reformation and the Puritans [La Reforma inglesa y los puritanos].

67 – Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 67

Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Mansos y Humildes como Jesús

Mansos y Humildes como Jesús
Jesús es Mayor: La supremacía de Cristo en un mundo caótico
MIGUEL NÚÑEZ

En este taller de la Conferencia Nacional TGC21, el pastor Miguel Núñez nos comparte acerca de la humildad y mansedumbre en la vida del cristiano.

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​Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.

69 – La iglesia protestante ha adquirido supersticiones que tienen que ser eliminadas

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 69

Un cristiano transformado por el evangelio exhibe el fruto del Espíritu

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

La doctrina de la santificación definida confesionalmente

Ministerios Ligonier

Serie:  La doctrina de la justificación

La doctrina de la santificación definida confesionalmente

Por Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Es correcto pensar que la Reforma Protestante fue el rescate de la doctrina bíblica de la justificación por la fe sola. Pero la Reforma también rescató la doctrina bíblica de la santificación. Reconoció que solo se puede tener claridad sobre la justificación si se tiene claridad sobre la santificación. En sus confesiones, la tradición reformada nos ha dejado un testimonio especialmente rico sobre la doctrina de la santificación. Podemos ver ese testimonio a lo largo de siete puntos principales.

Primero, la santificación es obra de la gracia de Dios. La santificación no es la obra de un ser humano por sí solo. Es la obra continua de Dios en y a través de un ser humano. Esta obra comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración, cuando Dios crea «un nuevo corazón» y «un nuevo espíritu» en una persona (Confesión de Fe de Westminster 13.1). En el comienzo de la vida cristiana, Dios pone en el corazón «las semillas del arrepentimiento para vida y todas las demás gracias salvadoras», gracias que son «estimuladas, aumentadas y fortalecidas» para el resto de la vida de esa persona (Catecismo Mayor de Westminster 75). Por estas razones, la santificación nunca obtiene mérito personal delante de Dios. Es una «obra de la libre gracia de Dios» (Catecismo Menor de Westminster 35).

En segundo lugar, la santificación comienza con un cambio de señorío. La santificación no consiste en que Dios haga refinamientos cosméticos en la vida de una persona. La santificación comienza, más bien, con la obra de Dios de trasladar una persona del reino del pecado al reino de la gracia. En Adán, estamos en esclavitud bajo el pecado (CFW 9.4). Muertos en delitos y pecados, hemos «perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación» (CFW 9.3). Tampoco podemos convertirnos a nosotros mismos o prepararnos para la conversión (CFW 9.3). Pero en Cristo, Dios nos pone de manera salvadora, invencible e irreversible bajo el reino de la gracia (CFW 9.4; Catecismo de Heidelberg 43). De manera voluntaria y gozosa sometemos todo nuestro ser —cuerpo y alma— a Jesucristo, nuestro Señor (Sal 110:3). Por estas razones, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes una y otra vez a vivir de forma que refleje el señorío presente de Jesucristo sobre la totalidad de nuestras vidas (p. ej. Rom 6:1-7).

En tercer lugar, el poder en la santificación es el del Espíritu Santo, quien aplica la obra de Cristo a nuestras vidas. La santificación es, especialmente, la obra de Dios el Espíritu (2 Tes 2:13). El título del Espíritu, «Espíritu Santo», está directamente relacionado con Su compromiso de hacernos cada vez más santos (ver 1 Tes 4:7-8). En particular, el Espíritu mora en nosotros (CFW 13.1) y nos aplica la muerte y resurrección de Cristo (Catecismo Menor de Westminster 75). Por lo tanto, somos capaces de hacer morir el pecado (Rom 8:13) y de andar en la «novedad» de la «vida» de resurrección (6:4). La santificación, entonces, tiene dos dimensiones inseparables pero distinguibles. Por un lado está la mortificación: el debilitamiento y la muerte gradual y continua del pecado. Y por otro lado, la vivificación: un avivamiento del creyente en la gracia «para la práctica de la verdadera santidad» (CFW 13.1). Podríamos pensar en la santificación en términos negativos («no hagas»), y deberíamos hacerlo. Pero la santificación también es positiva («haz»). Al dejar el pecado, al mismo tiempo buscamos la justicia.

En cuarto lugar, la meta de Dios en la santificación es que seamos renovados conforme a la imagen de Dios en Cristo. Dios está renovando a cada uno de Sus hijos «en la totalidad de su ser según la imagen de Dios» (Catecismo Mayor de Westminster 75). Pablo nos dice que en la santificación estamos siendo renovados «conforme a la imagen de aquel que [nos] creó» (Col 3:10; cp. Ef 4:24). De manera particular, cada hijo de Dios está siendo conformado a la imagen de nuestro hermano mayor, Jesucristo (CH 86). La santificación, dice Pablo a los filipenses, es el proceso de conformación a Cristo (Flp 3:10). Al «contemplar la gloria del Señor» en las Escrituras, «estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria», y esto por el poder del Espíritu Santo (2 Co 3:18). La santificación también nos recuerda que Dios está formando una familia de pecadores redimidos. Cada miembro de la familia está siendo hecho para llevar la semejanza del Hijo amado de nuestro Padre celestial. Por eso, Pablo dice a los corintios: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Co 11:1). Al parecernos cada vez más a Cristo, ayudamos a nuestros hermanos y hermanas a ver con más claridad lo que Dios quiere que también ellos sean.

En quinto lugar, Dios nos ha llamado a participar en nuestra santificación. Aquí podemos apreciar la forma en que la tradición reformada ha captado el equilibrio de la enseñanza de las Escrituras. La santificación es obra de la gracia de Dios. Pero eso no significa que seamos pasivos en la santificación. Por el contrario, la gracia de Dios nos compromete en una actividad enérgica. Como dice Pablo a los filipenses: «ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito» (Flp 2:12-13). Precisamente porque Dios trabaja en nosotros, podemos y debemos trabajar en nuestra salvación. La gracia de Dios nos capacita para vivir una vida piadosa (ver Tit 2:11-12). ¿Cómo, entonces, participamos en nuestra santificación? Podemos responder a esta pregunta en dos vertientes. En primer lugar, tanto la fe como el arrepentimiento son dones de Dios para el pecador (ver Hch 5:31; 11:18; Ef 2:8, Flp 1:29), y tenemos la responsabilidad de ejercer estos dones. Dios no cree ni se arrepiente por nosotros. Por la gracia de Dios, nosotros creemos y nosotros nos arrepentimos. En segundo lugar, Dios ha designado ciertos medios por los que se complace en llevar a una persona a la fe (el ministerio de la Palabra) y aumentar y fortalecer esa fe (el ministerio de la Palabra; la administración de los sacramentos; la oración) (CFW 14.1). Si descuidamos estos medios, no podemos esperar crecer en santificación. Si usamos estos medios con diligencia, sí podemos esperar que Dios nos dé el crecimiento en la gracia que deseamos y necesitamos.

En sexto lugar, la Biblia nos informa sobre un patrón particular para la santificación del creyente. Todo creyente debe perseguir las buenas obras que la Biblia requiere de nosotros. Estas buenas obras se llevan a cabo en obediencia a la ley moral de Dios (ver CFW 16.1; CH 115). Las buenas obras son importantes por muchas razones en la vida cristiana, sobre todo para servir como «frutos y evidencias de una fe viva y verdadera» y para «fortalecer [nuestra] seguridad» (CFW 16.2; cp. Confesión Belga 24). Nuestra obediencia a Dios es tanto un deber como un placer. Obedecemos la ley de Dios tanto porque tenemos que hacerlo como porque queremos hacerlo. La vida de santificación es también una lucha continua contra nuestros enemigos: el mundo, la carne y el diablo (CFW 13.2; ver Rom 7:14-25; Gal 5:17). Esta batalla tendrá sus contratiempos y decepciones, pero luchamos a la luz de la victoria que Cristo ya ha ganado en nuestro favor sobre el pecado y la muerte (ver 1 Jn 3:9; 4:4; 5:4-5). Y debido al compromiso de Dios de terminar lo que empieza, sabemos que Dios completará el proyecto de santificación que ha comenzado en nuestras vidas (Flp 1:6; cp. Cánones de Dort V.13, CFW 13.3).

En séptimo lugar, debemos preguntarnos en qué se diferencian la justificación y la santificación. Ambas gracias son posesión del creyente. No hay ningún creyente justificado que no esté siendo santificado. Pero estas gracias son distintas entre sí al menos en cuatro aspectos (ver Catecismo Mayor de Westminster 77). En primer lugar, la justificación es un acto de la gracia de Dios, mientras que la santificación es una obra de la gracia de Dios (cp. Catecismo Mayor de Westminster 71 y 75). Es decir, la justificación es una declaración legal única y definitiva en el tribunal de Dios por medio de la cual somos «contados como justos». Dios pronuncia este veredicto en el momento en que una persona llega a la fe en Cristo. La santificación es una obra continua y progresiva de Dios en la vida de un creyente. En segundo lugar, la justificación al presente es perfecta, mientras que la santificación al presente es imperfecta pero «los hace crecer [a los creyentes] hacia la perfección» (Catecismo Mayor de Westminster 77). No puedes ser más justificado de lo que eres actualmente. Pero sí puedes y serás más santificado, y un día serás perfectamente santificado. En tercer lugar, la justificación se ocupa de la culpa del pecado, mientras que la santificación se ocupa del dominio y la presencia del pecado. En la justificación, Dios perdona nuestros pecados. En la santificación, Dios nos rescata de una vez por todas de la esclavitud del pecado y, gradualmente, elimina la presencia y la influencia del pecado de nuestra forma de pensar, nuestras elecciones, nuestras prioridades y nuestro comportamiento. En cuarto lugar, en la justificación, Dios «imputa la justicia de Cristo»; en la santificación, Dios, por medio de Su Espíritu, «infunde la gracia y capacita para ejercerla» (Catecismo Mayor de Westminster 77). En la justificación, la justicia de Cristo es imputada o contada al creyente en la corte de Dios y recibida por medio de la fe sola. Esta justicia imputada es la única base de nuestra justificación. En la santificación, Dios infunde la gracia de manera que nos volvemos interiormente más y más justos en nuestras vidas.

Las confesiones reformadas pretenden ayudar a los cristianos a entender la enseñanza de la Biblia de forma clara y completa. Su objetivo, como hemos visto, es ayudarnos a vivir para gloria y alabanza de Dios. La verdad es siempre conforme a la piedad (Tit 1:1). Si hemos puesto nuestra fe en Jesucristo, estamos perfecta e inmutablemente justificados. En amor, gratitud y obediencia a nuestro gran Dios trino, no aspiremos a algo menos que a lo que un día seremos: ser conformados a la imagen de Jesucristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy Prentiss Waters

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

68 – Un cristiano transformado por el evangelio exhibe el fruto del Espíritu

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 68

Un cristiano transformado por el evangelio exhibe el fruto del Espíritu

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

67-Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 67

Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

19-La creación

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

LAS OBRAS Y LOS DECRETOS DE DIOS

19-La creación

Todo lo que existe en el tiempo y el espacio tuvo un principio. Yo tuve un principio; todos tuvimos un principio. La casa en que vivimos ha tenido un principio. La ropa que vestimos ha tenido un principio. Hubo un tiempo en que nuestras casas, nuestra ropa, nuestros automóviles, nuestras lavadoras, y nosotros mismos, no existíamos. No eran, no existían. Nada puede resultar más obvio que esto.

Como estamos rodeados por cosas y personas que obviamente tuvieron un principio, nos vemos tentados a saltar a la conclusión de que todo tuvo un principio. Esta conclusión, sin embargo, podría ser un salto fatal al abismo de lo absurdo. Sería fatal para la religión. También sería fatal para la ciencia y la razón. ¿Por qué? ¿No dije en un comienzo que todo lo que existe en el tiempo y el espacio tuvo un principio? ¿No es acaso lo mismo que decir que todo tuvo un principio? De ningún modo. Resulta simplemente imposible lógica y científicamente que todo haya tenido un principio. ¿Por qué? Si todo lo que existe tuvo un principio, entonces debe haber habido un tiempo cuando nada existía.

Detengámonos un instante para reflexionar. Intentemos imaginarnos que nada existe. Absolutamente nada. No podemos ni siquiera concebir la nada absoluta. El concepto en sí mismo es la negación de algo. Sin embargo, si dicho tiempo cuando nada existía fue, ¿qué habría ahora? Exactamente. ¡Nada! Si no había nada, entonces la lógica me obliga a deducir que siempre habrá nada. Ni siquiera es posible hablar de un «siempre» en que nada hubo.

¿Cómo podemos tener tanta certidumbre, en realidad, la más absoluta de las certezas, de que si no había nada entonces no habría nada ahora? La respuesta es sorprendentemente sencilla, a pesar de que hasta las personas muy inteligentes se tropiezan con este hecho tan obvio. La respuesta es sencillamente que no se puede extraer algo a partir de la nada. Una ley absoluta de la ciencia y de la lógica es ex nihilo nihil fit (de la nada, nada surge). La nada no puede producir nada. La nada no puede reír, cantar, llorar, trabajar, bailar o respirar. Y de ningún modo puede crear. La nada no puede hacer nada porque nada es. No existe. No tiene absolutamente ningún poder porque no es.

Para que algo surgiera de la nada tendría que poseer el poder de la autocreación. Debería ser capaz de crearse a sí mismo, de traerse a la existencia. Pero esto es a todas luces un absurdo. Para que algo se cree o se produzca a sí mismo es necesario que sea antes de ser. Pero si algo ya es, no tiene necesidad de ser creado. Para crearse a sí mismo, algo debería ser y no ser, debería existir y no existir, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Esto es una contradicción. Violala más fundamental de todas las leyes científicas y racionales, la ley de la no contradicción.

Si es que sabemos algo, sabemos que si hoy algo existe, entonces, de algún modo, y en algún lugar, debe haber habido algo que no tuvo un principio. Soy conciente de que pensadores brillantes como Bertrand Russell, en su famoso debate con Frederick Copelston, argumentó que el universo presente es el resultado de una «serie infinita de causas finitas». Postula una serie infinita, desarrollándose hacia la eternidad pasada, de cosas causadas causando otras por siempre. Lo que esta idea hace es simplemente replantear el problema de la autocreación hacia el infinito. Es un concepto fundamentalmente tonto. El hecho de que haya sido propuesto por personas inteligentes no lo hace menos tonto. Es peor que una tontería. Las tonterías pueden ser reales. Pero este concepto es lógicamente imposible.

Russell puede negar la ley de que nada surge de la nada, pero no puede refutarla sin cometer un suicidio mental. Sabemos (con certidumbre lógica) que si algo existe ahora, entonces debe haber algo que no tuvo un principio. La cuestión ahora se convierte en saber qué o quién.

Hay muchos académicos que creen que la respuesta al qué la hallamos en el universo mismo. Argumentan (como en el caso de Carl Sagan) que no hay necesidad de buscar más allá del universo para encontrar algo que no tenga un principio a partir del cual todo proviene. En otras palabras, no es necesario suponer que exista algo semejante a «Dios» que trascienda el universo. El universo, o alguna cosa dentro del universo, puede cumplir esta función perfectamente.

Hay un error muy sutil en este escenario. Tiene que ver con el significado del término trascendente. En filosofía y en teología la idea de trascendencia significa que Dios está «sobre y más allá» del universo en el sentido de que Dios es un ser de orden superior a los otros seres. Solemos referimos a Dios como el Ser supremo.

¿Qué es lo que convierte al Ser supremo en algo distinto de los seres humanos? Notemos que ambos conceptos tienen algo en común, la palabra ser. Cuando decimos que Dios es el Ser supremo, estamos diciendo que es un tipo de ser distinto a los seres ordinarios. ¿En que consiste precisamente esta diferencia? Lo llamamos supremo porque no tiene principio. Él es supremo porque todos los demás seres le deben su existencia a Él, mientras que Él no le debe su existencia a nadie. Él es el Creador eterno. Todo lo demás es la obra de su creación.

Cuando Carl Sagan y otros dicen que dentro del universo, y no por encima o más allá del universo, hay algo que no ha sido creado, simplemente están haciendo uso de sofismas para hablar sobre la morada del Creador. Están diciendo que lo que no fue creado vive aquí (dentro del universo), y no «allá afuera» (por encima o trascendiendo el universo). Pero esto todavía requiere la existencia de un Ser supremo. La parte misteriosa, a partir de la cual provienen todas las cosas creadas, todavía estará más allá y por encima de cualquier otra cosa de la creación en términos de ser. En otras palabras, todavía se requiere la existencia de un Ser trascendente.

Cuanto más indagamos sobre este «Creador dentro-del-universo», más se asemeja a Dios. No ha sido creado. Crea todo lo demás. Tiene el poder intrínseco de ser.

Lo que resulta tan claro como el agua es que si algo ahora existe, entonces debe haber un Ser supremo que lo hizo existir. La primera afirmación de la Biblia es «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Este texto es fundacional para todo el pensamiento cristiano. No se trata solamente de una afirmación religiosa sino que es un concepto racionalmente necesario.

Resumen

l. Todo lo que existe en el tiempo y el espacio tuvo un principio.

  1. De la nada no puede surgir algo. La nada, nada puede hacer.
  2. Si no había nada, entonces ahora habría nada.
  3. Ahora existe algo; por lo tanto, debe existir algo que no tuvo un principio.
  4. Las cosas no se pueden crear a sí mismas porque esto implicaría que fueran antes de ser.
  5. Si alguna «parte» del universo no ha sido creada, entonces esta «parte» es superior o trascendente a las partes que han tenido un principio.
  6. Un ser que no ha sido creado es supremo (es un ser de un orden superior a los seres creados), independientemente de dónde esté su morada.
  7. La trascendencia se refiere a un nivel de existencia, no a la geografía.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Gen. 1

Ps. 33:1-9

Ps. 104:24-26

Jer. 10:1-16

Heb. 11:3

La pregunta fundamental

Ministerios Ligonier

La pregunta fundamental

Serie:  La doctrina de la justificación

Por W. Robert Godfrey

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (Heb 9:27).

Estas impactantes palabras de la carta a los hebreos son casi incidentales a su enseñanza sobre la obra de Cristo, pero deberían alentar al hombre moderno a una reflexión minuciosa. Hoy en día se cuestiona cada parte de esa declaración, aunque los cristianos y la mayoría de los paganos del mundo antiguo la veían como algo evidente. Hoy muchos dudan que algo suceda después de la muerte y más aún de un juicio venidero. Algunos incluso dudan de la realidad de la muerte, llamándola una ilusión. Algunos ciertamente rechazan la existencia del Dios que establece un tiempo para morir, juzga a los muertos o que tiene un estándar moral por el cual juzgarlos.

Sin embargo, para los cristianos, la realidad de Dios, de la muerte y del juicio es una convicción firme. Así que, debemos preguntarnos a nosotros mismos y a los demás: ¿cómo seremos juzgados? Sabemos que el estándar moral por el cual el Dios santo nos evaluará es Su propia ley perfecta. También sabemos por nuestras propias conciencias y por la ley de Dios que como pecadores no podemos permanecer a la luz de la santidad de Dios. La respuesta adecuada a esta situación es decir con Isaías: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, porque soy hombre de labios inmundos… porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejércitos» (Is 6:5).

Como pecadores, no podremos sostenernos en el juicio por nuestra propia justicia así como un leproso no puede sanar su propia lepra. ¿Quién limpiará, quién salvará, quién tomará nuestro lugar en el juicio? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la doctrina cristiana de la justificación, la doctrina de la reconciliación con Dios. Pablo explica esta doctrina de manera más completa en su carta a los romanos, pero se enseña de varias maneras a lo largo de la Biblia. Así como Pablo usa imágenes de la sala de un tribunal para explicar la justificación, Hebreos usa imágenes del templo. Al tratar el sacerdocio de Jesús, Hebreos muestra cómo los pecadores se podrán sostener en el juicio: «Una sola vez en la consumación de los siglos, [Jesús] se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo» (9:26).

¿Los pecados de quién destruyó Cristo? Obviamente no fueron los Suyos. Hebreos declara repetidamente que Él no tuvo pecado. Él «ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (4:15).

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados… ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios? (7:26-27; 9:14).

John Murray resume de manera deslumbrante la pureza perfecta de Cristo: Cristo tiene «una justicia en la cual la omnisciencia no puede hallar mancha, ni la santidad perfecta halla falta».

Entonces, ¿murió Cristo por todos los pecados de todas las personas? Nuevamente, la respuesta es no. Hebreos 9:28 declara claramente: «Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez». Aquí hay claramente un eco de la gran profecía mesiánica: «llevando Él el pecado de muchos» (Is 53:12). Jesús no murió por los pecados de todos, Él murió por los pecados de Su pueblo: «Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo» (Heb 2:17). Su sacrificio erradicó la ira de Dios hacia los pecados de Su pueblo.

La perfección de este sacrificio de Cristo se vuelve perfectamente nuestra: «Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados» (Heb 10:14; ver también 7:11, 28). Aunque Hebreos no examina explícitamente la doctrina de la imputación plena de la justicia de Cristo como lo hace Pablo, su enseñanza sobre nuestra perfección en Cristo la enseña implícitamente. ¿Qué perfección poseemos ahora? No la perfección de la santificación completa ni la glorificación completa, sino la perfección de la justicia perfecta acreditada a nosotros por la misericordia de Cristo. Es en este sentido que Hebreos también describe a los cristianos como purificados: «¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo?» (9:14) y «Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia» (10:22). Esta pureza se presenta como completa y definitiva: «Y según la ley, casi todo es purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón» (9:22). La sangre de Jesús, que trae el perdón total de los pecados, ha purificado a Su pueblo. Nuevamente, por implicación vemos aquí la imputación de la justicia pura de Cristo.

El pueblo de Dios recibe los beneficios de la obra perfecta de Cristo como un regalo de Dios, es decir, por gracia. Una forma en que podemos ver esto aquí en Hebreos es en la cita de Jeremías 31 sobre el nuevo pacto que aparece como un paréntesis en la discusión de la obra de Jesús como Sumo Sacerdote. Si bien Jeremías 31 se enfoca mayormente en el cumplimiento de la redención a través del sacrificio de Cristo, el verso 33 —también citado en Hebreos 8:10 y 10:16— declara que la aplicación de la redención es obra de la gracia de Dios: «Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré». Las promesas de que Dios obrará para aplicarnos la redención son las mejores promesas, las que están más llenas de gracia y sobre las cuales se basa el nuevo pacto en Cristo (Heb 8:6).

Este don se recibe por medio de la fe. Una vez más, Hebreos no expresa la verdad de «la fe sola» en términos paulinos, sino que la explica en sus propias palabras. Aquellos que han recibido la bendición de tener sus pecados perdonados, en fe «ansiosamente le esperan» a que regrese (9:28). Su «confianza» es fruto de la fe (10:19), como también lo es su «plena certidumbre de fe» (v. 22). Viven su fe, por la que recibieron la misericordia de Cristo.

El efecto de las verdades de Cristo solo, la gracia sola y la fe sola es que llenan de confianza a los cristianos. El llamado a la confianza en Hebreos es recurrente y fuerte (p. ej., 4:16; 10:19; 11:1; 12:1-3, 22-24). Sin embargo, bien podríamos preguntarnos si el mismo Hebreos no fomenta cierta incertidumbre. A veces, Hebreos parece promover la ansiedad y la incertidumbre en la vida cristiana. Por ejemplo: «Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados» (10:26). Pero esta es una advertencia contra cualquier descuido o indiferencia al vivir la vida cristiana. Esta advertencia es realmente una exhortación hacia el cuidado y la consideración y, de hecho, una reiteración de la certeza:

Por tanto, no desechéis vuestra confianza, la cual tiene gran recompensa. Porque tenéis necesidad de paciencia, para que cuando hayáis hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa… Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (vv. 35-36, 39).

Podemos estar seguros de que Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará porque Jesús es «el autor y consumador de la fe» (12:2).

El efecto de la doctrina de la justificación, tal como se presenta en Hebreos y en toda la Biblia, también ocasiona un efecto profundo en nuestra comprensión sobre la iglesia y refuerza fuertemente la doctrina de la Reforma sobre la iglesia. Tras la obra de nuestro Gran Sumo Sacerdote en Su sacrificio, la iglesia no tiene necesidad de otros sacerdotes ni de otros sacrificios. El sacrificio de Jesús en la cruz fue el sacrificio definitivo hecho de una vez para siempre (9:26, 28; 10:10, 12, 14, 18), poniendo fin a los sacrificios por el pecado y al sacerdocio. La Iglesia católica romana en su doctrina de la justificación y de la misa, así como en su ministerio y liturgia, es condenada por Hebreos 9 y 10. Roma trata de exculparse diciendo que sus sacerdotes ofrecen el mismo sacrificio único de Cristo, pero dado que cada misa es propiciatoria (que satisface la ira de Dios), Roma no puede dar cuentas de la clara enseñanza sobre la completa y definitiva obra de Cristo en la cruz que encontramos aquí en Hebreos.

El gran ministerio de la iglesia no es ofrecer sacrificios propiciatorios sino enseñar la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento en general y Hebreos en particular enfatizan la centralidad de la Palabra de Dios para la vida del cristiano y para el ministerio de la iglesia (p. ej., 1:1-2; 2:1-3; 3:7-4:12), resumido en Hebreos 13:7, que dice: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios».

Ciertamente está establecido que el hombre muera una vez y después el juicio. La buena noticia del evangelio es que antes de morir y enfrentar el juicio, podemos saber que Jesús murió para destruir nuestros pecados y para purificarnos y perfeccionarnos en Su justicia, y que podemos vivir en paz y en la confianza (pero no con presunción) de que nuestra salvación está resuelta y consumada solo en Jesucristo. Nos habremos de sostener en el juicio porque Jesús ha hecho por nosotros todo lo necesario para cumplir y aplicarnos la salvación.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Robert Godfrey
El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.

 66 – La tergiversación del evangelio

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 66

La tergiversación del evangelio

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

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