El ASESINATO de los 5 MISIONEROS que cambió el panorama de las MISIONES | BITE

Ed McCully, Peter Fleming y Jim Elliot

Mártires asesinados con lanzas: la muerte de cinco misioneros que avivó el impulso misionero
Han pasado más de sesenta años desde la trágica muerte de cinco misioneros en Ecuador, pero su historia sigue siendo fuente de inspiración para la iglesia.

El 11 de enero de 1956, Johnny Keenan, piloto de la Mission Aviation Fellowship (MAF), sobrevolaba en un monoplano Piper Cruiser PA-14 el río Curaray, en el este de Ecuador. Se asomó por la ventanilla en busca de señales de vida y divisó los restos de otra avioneta Piper de color amarillo. Cuando vio el cuerpo de un joven flotando boca abajo en el agua, a unos 400 metros río abajo, agarró inmediatamente la radio para informar del hallazgo.

Mientras Johnny hacía la llamada, a 50 millas de distancia, Marj Saint, esposa del piloto del Piper amarillo, estaba sentada mientras recibía el mensaje. Otras tres mujeres estaban a su lado mientras escuchaba el informe.

El miércoles por la noche, los indígenas quichuas que le conocían identificaron el cadáver del estudiante de derecho convertido en misionero, Ed McCully. Como no pudieron recuperar su cuerpo en el río Curaray, trajeron su reloj y arrojaron a la orilla su zapatilla del número 13,5 como forma de identificación.

El 13 de enero, un grupo de búsqueda formado por soldados ecuatorianos, algunos quichuas, un militar estadounidense y un fotógrafo de la revista Life, Cornell Capa, recorrieron 40 kilómetros de selva a pie y en canoa para llegar al lugar. Descubrieron los restos de un trágico suceso, unos pocos objetos personales, una olla de verduras volcada y los cadáveres de cinco jóvenes misioneros: el paracaidista de la Segunda Guerra Mundial Roger Youderian, Peter Fleming, el profundamente espiritual Jim Elliot, el innovador piloto de la MAF Nate Saint y Ed McCully. El grupo de búsqueda enterró los cuerpos en la selva durante una fuerte tormenta, y Jack Shalanko, que formaba parte del grupo, escribió más tarde que “Estaban descompuestos hasta quedar irreconocibles. Algunos aún tenían lanzas”.

Los hombres, que tenían entre 27 y 32 años, eran esposos y padres (con un total de 8 hijos de 7 años o menos y un bebé más que nacería dentro de un mes). Todos ellos tenían un fuerte deseo de compartir las buenas nuevas de Jesús con aquellos que nunca habían oído hablar de Él. La “Operación Auca” había llegado a su fin, ¿o no?

Una jungla muy peligrosa
La idea de la “Operación Auca” surgió en las mentes de Saint, Elliot, McCully y Fleming. Los tres primeros se conocían de su época en el Wheaton College. Saint recibía clases en la universidad, mientras que Elliot y McCully eran figuras destacadas en el campus como atletas estrella y conocidos por sus bromas pesadas. Se referían a ellos como “los chicos de los Hermanos”, ya que trabajaban a las órdenes de los Hermanos de Plymouth. En sus conversaciones, sopesaban la posibilidad de establecer un contacto pacífico con un grupo indígena aislado y hostil de Ecuador, conocido como “Aucas” (que significa “salvaje” en la lengua quichua de las tierras bajas) y ahora conocido como “Waorani” (que significa “el pueblo” en la lengua de la misma tribu).

En 1952, Jim y su amigo Peter Fleming se embarcaron en un viaje como misioneros hasta Guayaquil. Luego pasaron seis meses en Quito para mejorar su español, antes de viajar al interior para establecer su base misionera en Shandia, en medio de la selva amazónica. Durante ese mismo año, McCully llegó a Quito y al año siguiente se había unido a sus dos compañeros en la jungla.

Por otro parte, el piloto de la Segunda Guerra Mundial Nate Saint, se había unido a la MAF, para servir a los equipos misioneros dispersos por toda la selva ecuatoriana. Estando en esta labor, Saint conoció a Roger Youderian, un misionero que había estado trabajando en la evangelización indígena durante varios años. Youderian quería regresar a los Estados Unidos, pero Saint, que previamente había conocido a Elliot, McCully y Fleming y a su plan, le propuso a Youderian que se quedara y se uniera al proyecto.

A finales de 1955, unos 500 waoranis vivían en un área una tercera vez más pequeña que El Salvador. Sus tierras estaban situadas cerca de donde estaban destinados Elliot, McCully y Saint. Los waorani se desplazaban con frecuencia y vivían en pequeños claros, por lo que resultaba difícil localizarlos. Muchos forasteros los evitaban, ya que los waorani recibían a los visitantes con lanzas de 2,5 metros de largo. Pero en septiembre de 1955, cuando Saint y Fleming divisaron entre la selva varios claros waorani, creyeron que podrían utilizar un avión para allanar el camino hacia un contacto pacífico en tierra.

Del 6 de octubre al 23 de diciembre de 1955, Saint, acompañado por McCully o Elliot, realizó 13 vuelos sobre los claros waorani. Fleming proporcionó apoyo logístico y de oración desde su estación. Saint dejó en tierra regalos como una olla de aluminio decorada con cintas flotantes, botones, pantalones, camisas (ya que los waorani sólo llevaban tangas de algodón), una cabeza de hacha, cuchillos, fotos y machetes. Los waorani recibieron estos regalos con sonrisas y cierta amabilidad, y también empezaron a devolver regalos de agradecimiento como una diadema, hilo tejido, cola de mono ahumada, dos ardillas y un loro. Durante estos intercambios, los misioneros gritaban frases cuidadosamente elegidas en la lengua waorani que habían aprendido de Dayuma, una joven waorani que había escapado de la violencia tribal y vivía como sirvienta en una hacienda cercana.

Debido a la aparente apertura de los waorani y al clima favorable, los misioneros decidieron planear un contacto pacífico a principios de enero de 1956. Un mes antes de la misión, incorporaron a Roger Youderian, miembro de la Unión Misionera Evangélica que había sobrevivido a la Batalla de las Ardenas durante la Segunda Guerra Mundial. El plan se fijó para el martes 3 de enero. Saint transportó a los otros cuatro al lugar designado, que estaba a seis millas del claro waorani más cercano. El viernes 6 de enero llegaron “los vecinos”, dos mujeres y un hombre waorani. Desde la perspectiva de los misioneros, fue una visita amistosa. Los waorani probaron hamburguesas y los misioneros compartieron su repelente de insectos con ellos. Uno de los hombres waorani, Naenkiwi, estaba fascinado con el avión, así que Saint lo llevó a dar una vuelta por la aeronave. Los waorani eran muy habladores, pero ninguno de los dos grupos entendía mucho al otro.

Contacto peligroso
Los misioneros ignoraban que su contacto con estos tres waorani les había colocado en medio de un conflicto potencialmente mortal. Naenkiwi quería casarse con una aborigen llamada Gimari, pero su hermano, llamado Nampa, se oponía. Los waorani, que tenían un historial de conflictos violentos entre ellos, solían matar por cuestiones menos importantes. La ira se redirigió hacia los cinco misioneros, a los que se les llamaba cowodi (que significa “forasteros” o “caníbales”) y enemigos tradicionales. Años más tarde, Geketa, miembro del grupo de alanceadores, dio su perspectiva de los hechos en una película producida por el Instituto Lingüístico de Verano:

Un día nos sobrevoló un avión. Daba vueltas y vueltas… Desde el avión nos arrojaron ropa y cuchillos. Luego nos llamaron: “Vengan, vengan, vengan con nosotros”… Algunos de nuestro grupo fueron a reunirse con ellos. Más tarde, la noche siguiente, Nampa montó en cólera por una boda a la que se oponía. Nampa… cogió todas sus lanzas y me gritó: “Ven, vamos a matar”. Aquí cerca están los cowodi. Recuerda cómo nos advertían nuestras madres cuando éramos niños. Los cowodi siempre han llevado armas y nos han disparado. Ahora es nuestra oportunidad, matémoslos”… [Al día siguiente] el avión… aterrizó en el banco de arena, entonces salimos con nuestras lanzas a matar. Los cowodi estaban en el banco de arena llamándonos. Nampa corrió hacia uno con una lanza. El hombre disparó a Nampa, y el hombre cayó allí mismo… Alanceamos a otro, y mientras corrían, alanceé a dos más… El último cowodi nos llamó. “No lances. No lances”. Y entendimos. “Sólo hemos venido a verlos. No vamos a matarlos. ¿Por qué nos matas?” Estaba de pie sobre un tronco que sobresalía del río cuando Kimu le atravesó el pecho con una lanza y cayó al agua.

Los waoranis llegaron a “Palm Beach” a las 3:00 PM. con la intención de dividir a los extranjeros antes de atacarlos. Enviaron a tres mujeres al otro lado del río, una de ellas se quedó oculta en la selva, pero las otras dos se dejaron ver. Elliot y Fleming cruzaron el río para saludarlas, pero fueron atacados por la espalda. Algunas versiones dicen que Elliot, el primer misionero herido, sacó su pistola pero no hizo ningún disparo contra sus atacantes. Fleming, antes de ser herido, reiteró desesperadamente sus ofertas amistosas y les preguntó en inglés a los waoranis por qué los estaban asesinando.

Mientras tanto, los guerreros restantes atacaron a los misioneros que se encontraban en la playa. Primero lancearon a Saint y después a McCully cuando intentó detenerlos. Youderian intentó huir hacia el avión con la intención de usar la radio, pero fue asesinado con una lanza cuando alcanzaba el micrófono.

Los waoranis arrojaron los cuerpos y pertenencias de los misioneros al río y destruyeron el revestimiento de su avión. Luego regresaron a su aldea y, temiendo una posible venganza, la quemaron completamente y huyeron a la selva.

Aunque muchos detalles concretos siguen siendo inciertos, se cree que el disparo de la pistola, probablemente alcanzó a Nampa, que murió más tarde. Los misioneros no opusieron ninguna resistencia organizada y ninguno de ellos intentó salvarse aparte de sus amigos. El suceso concluyó a media tarde del domingo 8 de enero. El reloj de Nate Saint se detuvo a las 15:12.

Héroes internacionales
La historia de los cinco misioneros asesinados en Ecuador se difundió rápidamente por todo el mundo y sobre todo tuvo un profundo impacto en los evangélicos estadounidenses. Durante el siglo XX, se calcula que 26 millones de personas fueron asesinadas en todo el mundo en parte a causa de su fe cristiana. Sin embargo, la mayoría de estas muertes pasaron desapercibidas. Pero las muertes de estos cinco misioneros se hicieron ampliamente conocidas, celebradas, casi veneradas, e incluso décadas más tarde, se siguen produciendo libros y películas, y mucha gente todavía los recuerda. La pregunta es: ¿por qué ocurrió esto?

Parte de la razón por la que la historia de estos cinco misioneros resonó en muchas personas reside en el carácter de los cinco hombres y sus esposas. Eran valientes, profundamente espirituales, aventureros y actuaban bajo una genuina preocupación por el bienestar espiritual de los waorani. Estaban dispuestos a sacrificar sus vidas para librar a esta gente del sufrimiento del infierno y eso es exactamente lo que hicieron.

La situación era tal que tuvo un gran atractivo para el público. Los hombres, con sus esposas e hijos, encarnaban los ideales que los estadounidenses de posguerra tenían para sus propias familias. Los nuevos medios de comunicación mundial permitieron una atención pública sostenida en los primeros días de la difusión instantánea de noticias. La emisora de radio misionera de Quito HCJB transmitió la historia por onda corta, la revista Life envió al fotógrafo Cornell Capa al lugar de los hechos, Reader’s Digest recogió la historia, incluyendo notas de los diarios de los hombres, y el libro de Elisabeth Elliot “Portales de esplendor” se convirtió en un éxito en ventas. Los artículos de las revistas destacaron el compromiso de las esposas, ya que cuatro de ellas se quedaron para continuar su servicio misionero.

Para la gente que buscaba un propósito en un mundo consumido por los temores de la Guerra Fría, la perspectiva eterna de la vida que ofrecía la misión de estos cinco hombres resultaba muy atractiva. Como el historiador Dana Robert ha señalado de otros héroes misioneros, en la muerte, los cinco hombres se convirtieron en misioneros más significativos para su propio país de lo que pudieron serlo para los waorani. A lo largo de los años, muchas personas han citado la muerte de estos hombres como un factor decisivo para su propia conversión o llamado al campo misionero.

Los waorani hasta hoy
¿Qué ocurrió con los waorani tras la muerte de los cinco misioneros? Antes de la muerte de los hombres, una mujer waorani llamada Dayuma había trabajado como informadora lingüística para Rachel Saint, la hermana mayor de Nate, que era miembro del Instituto Lingüístico de Verano (ILV). Dayuma allanó el camino para que Rachel y Elisabeth Elliot, la viuda de Jim, contactaran pacíficamente con la familia extensa de Dayuma, incluidos los hombres que habían matado a sus seres queridos.

Los waorani llevaban más de seis décadas de violentas y sangrientas venganzas entre ellos. Los antropólogos James Yost y James S. Boster han calculado que más del 60% de las muertes durante este periodo fueron causadas por la violencia, lo que convierte a los waorani en una de las culturas más violentas del planeta. En la cultura waorani, Raquel y Elisabeth deberían haber buscado venganza por la muerte de sus seres queridos. Pero cuando en su lugar hablaron de Dios, presentaron a los Waorani una forma alternativa de acabar con el ciclo de violencia.

En los 20 años siguientes se produjo un cambio significativo en la cultura waorani. La mayoría de los miembros de la etnia ya no eran tan violentos como antes. Sin embargo, en 1987, dos misioneros católicos fueron asesinados por guerreros de un grupo aislado de waoranis. Incluso en 2003 se produjo un trágico brote de violencia en el seno de la tribu.

En diciembre de 1961, Elisabeth Elliot abandonó a los waorani. Rachel Saint, salvo por unos pocos años, vivió entre el pueblo hasta su muerte en 1994. Ella inició la traducción del Nuevo Testamento a la lengua wao, que más tarde completaron Catherine Peeke y Rosi Jung, miembros del personal del ILV. El antropólogo James Yost y la coordinadora de alfabetización Pat Kelley también aprendieron la difícil lengua wao y pasaron largas temporadas con el pueblo durante las décadas de 1970 y 1980. En 1995, el hijo mayor de Nate Saint, Steve, y su familia vivieron entre los waorani. Todos ellos han intentado demostrar lo que significa ser cristiano, aunque a lo largo de los años ha habido controversia sobre su participación y la de otros misioneros.

Para el cambio de siglo, la población waorani rondaba los 2 000 habitantes y se habían enfrentado a una serie de retos como consecuencia de su creciente interacción con el mundo exterior. Algunos de ellos han rechazado el cristianismo tal y como lo entienden, mientras que otros han abrazado la versión limitada del “no matarás”, al mismo tiempo que otros buscan una fe significativa y plena basada en su comprensión de la Palabra de Dios.

A pesar de los retos, la semilla del evangelio se ha plantado, y hay waoranis que viven la fe por la que los cinco misioneros dieron su vida hace casi 70 años.

Este artículo está basado en el trabajo de Kathryn Long y Carolyn Nystrom, publicado en CT; y en el trabajo de Justin Taylor, publicado en TGC.

Arrepiéntete o perecerás | A.W. Pink

ARREPIÉNTETE O PERECERÁS

A.W. Pink

(1886-1952)
“Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

Estas fueron las palabras del Hijo de Dios encarnado. Nunca han sido canceladas, ni lo serán mientras exista este mundo. El arrepentimiento es absolutamente necesario si el pecador ha de hacer paz con Dios (Isa. 27:5), porque arrepentirse es echar a tierra las armas de rebelión contra Él. El arrepentimiento no salva, sin embargo ningún pecador jamás fue ni será salvado sin el mismo. Sólo Cristo salva, pero un corazón no arrepentido no lo puede recibir.

Un pecador no puede creer verdaderamente hasta que se arrepiente. Esto es visto claramente en las palabras de Cristo respecto a su precursor: “Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; y los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle” (Mateo 21:32). Es evidente también en su llamado autoritario, (claro y fuerte como eran las órdenes que se pregonaban a son de trompeta), que hizo en Marcos 1:15: “Arrepentíos y creed en el evangelio.” Es por esto que el apóstol Pablo testificaba “acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21). No te equivoques en este punto, estimado lector; Dios “ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).

Al exigirnos el arrepentimiento, Dios reclama sus derechos justos sobre nosotros. Él es infinitamente digno de amor y honor supremo, y de obediencia universal. Maliciosamente se lo hemos negado. Nos requiere tanto un reconocimiento del mismo, como un cambio al respecto. Es necesario confesar y acabar con nuestro desapego para Él y nuestra rebelión contra Él. Así que, el arrepentimiento es darnos cuenta sinceramente de haber fracasado espantosamente, a través de toda la vida, en darle a Dios su puesto legítimo en nuestro corazón y vida cotidiana.

La justicia de la demanda de Dios para mi arrrepentimiento es evidente si consideramos la naturaleza infame del pecado. El pecado es una renuncia de Aquél que me formó. Es negarle su derecho de gobernarme. Es mi determinación de agradarme a mi mismo, y por lo tanto es rebeldía contra el Todopoderoso. El pecado es anarquía espiritual, y menosprecio total por la autoridad de Dios. Es decir en mi corazón: “No me importa lo que Dios requiere; voy a hacer todo a mi manera. No me importan cuales sean sus derechos en mi vida; voy a ser mi propio señor.” Lector, ¿te das cuenta que has vivido así?

El arrepentimiento verdadero surge cuando, por la obra del Espíritu Santo en el corazón, nos damos cuenta sinceramente de que el pecado es sobremanera pecaminoso, y de lo terrible que es ignorar las demandas y desafiar la autoridad de Aquél que nos formó. Por lo tanto, consiste en un odio y horror santo por el pecado, y en una tristeza profunda por él. Además, consiste en la confesión honesta de él delante de Dios, y en un abandono sincero y completo del mismo. Dios no nos perdona hasta que esto se realiza. “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). En el verdadero arrepentimiento el corazón se vuelve a Dios y confiesa: “He ido en pos de un mundo vano que no puede satisfacer las necesidades de mi alma. Te abandoné a tí, la Fuente de Aguas de vida, yendo tras cisternas rotas que no retienen agua. Ahora reconozco y lamento mi necedad.” Y además, dice: “He sido un sujeto desleal y rebelde, pero ya no lo seré más. Ahora deseo y me propongo servirte y obedecerte con todas mis fuerzas, como mi único Señor. Dependo de tí como mi Porción presente y eterna.”


Lector, profese ser cristiano o no, la opción es: arrepentirte o perecer. Para cada uno de nosotros, seamos miembros de alguna iglesia o no, no hay otra alternativa más que volverme o quemarme. Tienes que apartarte de caminar conforme a tu propia voluntad y gusto, y volverte a Dios con el corazón quebrantado, buscando su misericordia en Cristo. Tienes que volverte con el corazón plenamente decidido a agradarle y servirle a Él. De lo contrario, serás atormentado día y noche por los siglos de los siglos en el lago de fuego. ¿Cuál de los dos será? ¡Oh! arrodíllate ahora mismo y ruégale a Dios que te dé el espíritu de verdadero arrepentimiento.

El engaño del dinero

Viernes 25 Agosto
Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?.
Marcos 8:36-37
El engaño del dinero
La gran pregunta que se hace hoy en día es: “¿Qué gano con esto?”. Cuando se haya sumado todo, ¿qué dejará tal o cual transacción? ¿En qué medida habré salido ganando? ¿Cuál es el beneficio?

Un millonario estadounidense dijo en su lecho de enfermedad: “El hombre más pobre que conozco es aquel que solo tiene dinero”. Otro dijo: “Aunque un hombre sin dinero es pobre, el hombre que no tiene nada más que dinero es aún más pobre. Las posesiones del mundo no pueden evitar que los espíritus desfallezcan y se encojan cuando llegan las pruebas y los problemas, al igual que un dolor de cabeza no se puede curar con una corona de oro, o el dolor de cuello con una cadena de perlas”. Agustín de Hipona comentó una vez que “las riquezas terrenales están llenas de pobreza”. Esto ciertamente es mucho más acertado que la idea de que un hombre que tiene 100. 000 dólares es el doble de feliz que alguien que posee 50. 000 dólares. Nunca se cometió un error más grande que este y, sin embargo, es lo que la gente comúnmente cree.

Es mucho más correcto decir que el dinero es un proveedor universal de todo menos de la felicidad, y un pasaporte universal a todo lugar menos al cielo. La palabra comúnmente usada para “riquezas” en el Antiguo Testamento se traduce frecuentemente como “pesado”. Esto es muy significativo, ya que el que posee abundantes riquezas es el que mejor sabe las cargas que imponen tales posesiones. Alguien más ha dicho: “Hay una carga debida al cuidado al obtenerlas, un temor al conservarlas, una tentación al usarlas, una culpa al abusar de ellas, una tristeza al dejarlas, y una carga debido a las cuentas que hay que rendir al final a causa de ellas”.

G. Cutting
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

La necesidad de un Salvador

Domingo 7 Mayo
Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados.
2 Corintios 5:19
Nuestro Salvador Jesucristo… quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.
2 Timoteo 1:10

La necesidad de un Salvador

La complejidad extraordinaria del cuerpo humano muestra la inteligencia del Creador que lo formó. Dios creó a los seres humanos, los ama y quiere tener comunicación con ellos. Sin embargo, esta obra prodigiosa, notable demostración de lo que es la vida, está destinada a morir un día. La Palabra de Dios lo declara, la sentencia de muerte pesa sobre el ser humano desde que desobedeció a su Creador y así el pecado entró en el mundo (Romanos 5:12). Debido al pecado, ¿la única perspectiva para el hombre será entonces la muerte? ¡No! Es cierto que el pecado creó una separación entre Dios y el hombre (Isaías 59:2), pero “Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9).

Era necesario que Jesús muriese para borrar nuestros pecados y darnos una vida nueva, eterna. Jesús permitió, pues, que lo clavasen en la cruz. Y el Padre recibe con amor a todo aquel que por la fe acepta esa salvación perfecta, ofrecida gratuitamente. ¿Comprendemos el valor que nuestra vida tiene para Dios? Es infinito: no hay amor más grande que dar su vida por los que amamos (Juan 15:13). Arrepentirse reconociendo que somos pecadores ante Dios, y aceptar el sacrificio de Jesús por nosotros, es suficiente para obtener el perdón y la vida eterna.

“¿Quiero yo la muerte del impío? dice el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos? Echad de vosotros todas vuestras transgresiones… y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ezequiel 18:23, 31).

1 Reyes 6 – Marcos 8:22-38 – Salmo 54 – Proverbios 15:1-2

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Evangelio de la 🚫PROSPERIDAD🚫| Paul Washer

Predicando la Palabra de Dios ✞

Paul Washer Se convirtió al cristianismo y experimentó el nuevo nacimiento mientras estudiaba para ser abogado en leyes petroleras en la Universidad de Texas. Tras terminar la carrera, inicio estudios en el Seminario Teológico Bautista Southwestern seminario perteneciente a la Convención Bautista del Sur y obtuvo una Maestría en Divinidad. Poco tiempo después de su graduación Paul salió de Estados Unidos y se mudó a Perú para servir como misionero.

¿Por quién muere JESÚS? | Samuel Pérez Millos

Samuel Pérez Millos
Nació en Vigo (Pontevedra) España en 27 de Enero de 1943. Fui guiado en el estudio de la Palabra de la mano del insigne teólogo español Dr. Francisco Lacueva. Master en Teología por el IBE (Instituto Bíblico Evangélico) actualmente es miembro de la Junta Rectora del IBSTE (Instituto Bíblico y Seminario Teológico de España) y profesor activo en las áreas de Prologómena, Bibligrafía y Antropología. Une a su preparación académica la valiosa experiencia vital y pastoral de su anterior labor por más de 25 años como pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Vigo (España).

Autor de más de treinta obras de teología y estudios bíblicos, conferenciante en el ámbito internacional y consultor adjunto de la Editorial CLIE en el área de lenguas bíblicas.

Yo soy un católico, ¿por qué debo considerar el convertirme en cristiano?

Primero, por favor comprende que no intentamos ofenderte en la redacción de esta pregunta. Verdaderamente recibimos preguntas de católicos, tales como; “¿Cuál es la diferencia entre católicos y cristianos?” En conversaciones cara a cara con católicos, literalmente hemos escuchado, “Yo no soy cristiano, soy católico” Para muchos católicos, el término “cristiano” y “protestante” son sinónimos. Con todo lo expuesto, el intento de este artículo es que los católicos estudien lo que dice la Biblia acerca de ser un cristiano, y quizás consideren que la fe católica no es la mejor representación de lo que describe la Biblia.

La diferencia clave entre católicos y cristianos es la visión que se tiene de la Biblia. Los católicos ven la autoridad de la Biblia al mismo nivel de la autoridad de la Iglesia y la tradición. Los cristianos ven la Biblia como la suprema autoridad para la fe y la práctica. La pregunta es, ¿cómo se presenta la Biblia a sí misma? 2 Timoteo 3:16-17 nos dice, “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” La Escritura, por sí misma, es suficiente para que el cristiano sea enteramente preparado para toda buena obra. Este texto nos dice que la Escritura no es “solo el principio”, o “solo las bases”, o el “cimiento para una más completa tradición eclesiástica.” Por el contrario, la Escritura es perfecta y totalmente suficiente para todo en la vida cristiana. La Escritura puede enseñarnos, reprendernos, corregirnos, entrenarnos, y equiparnos. Los cristianos bíblicos no niegan el valor de las tradiciones de la iglesia. Más bien, los cristianos sostienen que para que una tradición de la iglesia sea válida, debe estar basada en una clara enseñanza de la Escritura, así como estar en concordancia con la misma. Amigo católico, estudia la Palabra de Dios por ti mismo. En la Palabra de Dios encontrarás la descripción y la intención de Dios para Su iglesia. 2 Timoteo 2:15 dice, “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.”

Una segunda diferencia clave entre católicos y “cristianos bíblicos” es el entendimiento de la manera en que podemos aproximarnos a Dios. Los católicos tienden a aproximarse a Dios a través de intermediarios, tales como María o los santos. Los cristianos se aproximan a Dios directamente, ofreciendo oraciones a nadie más que a Dios mismo. La Biblia proclama que nosotros podemos aproximarnos al trono de Gracia de Dios confiadamente (Hebreos 4:16). La Biblia es perfectamente clara en que Dios desea que le oremos a Él, que tengamos comunicación con Él, que le pidamos a Él las cosas que necesitamos (Filipenses 4:6; Mateo 7:7-8; 1 Juan 5:14-15). No hay necesidad de mediadores o intermediarios, porque Cristo es nuestro único y solo mediador (1 Timoteo 2:5), y tanto Cristo como el Espíritu Santo, están ya intercediendo a nuestro favor (Romanos 8:26-27; Hebreos 7:25). Amigo católico, Dios te ama íntimamente y ha provisto una puerta abierta para una comunicación directa a través de Jesucristo.

La diferencia más crucial entre católicos y “cristianos bíblicos” está en el tema de la salvación. Los católicos ven la salvación casi enteramente como un proceso, mientras que los cristianos ven la salvación de dos formas; como un estado y un proceso. Los católicos se ven a sí mismos como “siendo salvados”, mientras que los cristianos se ven a sí mismos como “habiendo sido salvados”. 1 Corintios 1:2 nos dice, “… a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…” Las palabras “santificados” y “santos” vienen de la misma raíz griega. Este verso establece ambas cosas, que los cristianos son santificados y llamados a ser santos. La Biblia presenta la salvación como un regalo que es recibido al momento en que una persona pone su fe en Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16). Cuando una persona recibe a Cristo como Salvador, él / ella es justificada, (declarada justa – (Romanos 5:9), redimida (rescatada de la esclavitud del pecado – 1 Pedro 1:18), reconciliada, (logrando la paz con Dios – Romanos 5:1), santificada (puesta aparte para los propósitos de Dios – 1 Corintios 6:11), y renacida como una nueva creación (1 Pedro 1:23; 2 Corintios 5:17). Cada una de estas características son hechos consumados que son recibidos al momento de la salvación. Los cristianos son entonces llamados a vivir y practicar (llamados a ser santos), lo que ya es una realidad, posicionalmente (santificados).

El punto de vista católico es que la salvación se recibe por fe, pero entonces ésta debe ser “mantenida” por buenas obras y participación en los Sacramentos. Los cristianos bíblicos no niegan la importancia de las buenas obras o que Cristo nos llama a observar las ordenanzas en memoria de Él y en obediencia a Él. La diferencia es que el punto de vista cristiano es que estas cosas son el resultado de la salvación, y no un requerimiento para la salvación, o un medio para mantener la salvación. La salvación es una obra completa, comprada por el sacrificio expiatorio de Jesucristo (1 Juan 2:2). Como resultado, todos nuestros pecados son perdonados y se nos promete la vida eterna en el cielo, al momento en que recibimos el regalo que Dios nos ofrece – la salvación a través de Jesucristo (Juan 3:16).

Amigo católico, ¿deseas esta “salvación tan grande” (Hebreos 2:6)? Si es así, todo lo que debes hacer es recibirla (Juan 1:12), a través de la fe (Romanos 5:1). Dios nos ama y nos ofrece la salvación como un regalo (Juan 3:16). Si recibimos Su gracia, por fe, tenemos la salvación como nuestra eterna posesión (Efesios 2:8-9). Una vez salvados, nada podrá separarnos de Su amor (Romanos 8:38-39). Nada puede arrebatarnos de Su mano (Juan 10:28-29). Si deseas esta salvación, si deseas obtener el perdón de todos tus pecados, si deseas tener la seguridad de tu salvación, si deseas tener acceso directo al Dios que te ama – recíbela y es tuya.

Esta es la salvación por la que Jesús murió para concedérnosla y la que Dios ofrece como un regalo.

¿Puede un cristiano perder la salvación?

Antes de que esta pregunta sea respondida, se debe definir el término “cristiano”. Un “cristiano” no es una persona que haya dicho una oración, o pasado al frente, o que haya crecido en una familia cristiana. Mientras que cada una de estas cosas pueden ser parte de la experiencia cristiana, no son éstas las que “hacen” que una persona sea cristiana. Un cristiano es una persona que ha recibido por fe a Jesucristo y ha confiado totalmente en Él como su único y suficiente Salvador y, por lo tanto, tiene el Espíritu Santo (Juan 3:16; Hechos 16:31; Efesios 2:8-9).

Así que, con esta definición en mente, ¿puede un cristiano perder la salvación? Quizá la mejor manera de responder a esta importante y crucial pregunta, es examinando lo que la Biblia dice que ocurre en la salvación, y entonces estudiar lo que implicaría perder la salvación.

Un cristiano es una nueva criatura. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Un cristiano no es simplemente una versión «mejorada» de una persona; un cristiano es una criatura completamente nueva. Él está “en Cristo”. Para que un cristiano perdiera la salvación, la nueva creación tendría que ser destruida.

Un cristiano es redimido. “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19). La palabra “redimido” se refiere a una compra que ha sido hecha, un precio que ha sido pagado. Fuimos comprados y Cristo pagó con Su muerte. Para que un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que revocar Su compra por la que pagó con la preciosa sangre de Cristo.

Un cristiano es justificado. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). “Justificar” significa “declarar justo”. Todos los que reciben a Jesucristo como Salvador son “declarados justos” por Dios. Para que un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que retractarse de lo dicho en Su Palabra y “cancelar” lo que Él declaró previamente. Los absueltos de culpa tendrían que ser juzgados de nuevo y declarados culpables. Dios tendría que revertir la sentencia dictada por el tribunal divino.

A un cristiano se le promete la vida eterna. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). La vida eterna es una promesa de vida para siempre en el Cielo con Dios. Dios hace esta promesa – “cree, y tendrás vida eterna”. Para que un cristiano perdiera la salvación, la vida eterna tendría que ser definida nuevamente. Si a un cristiano se le ha prometido vivir para siempre, ¿cómo entonces puede Dios romper esta promesa, quitándole la vida eterna?

Un cristiano es marcado por Dios y sellado por el Espíritu. «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Efesios 1:13-14). En el momento de la fe, el nuevo cristiano es marcado y sellado con el Espíritu, a quien se le prometió que actuaría como depósito para garantizar la herencia celestial. El resultado final es que la gloria de Dios es alabada. Para que un cristiano pierda la salvación, Dios tendría que borrar la marca, retirar el Espíritu, cancelar el depósito, romper Su promesa, revocar la garantía, guardar la herencia, renunciar a la alabanza y disminuir Su gloria.

A un cristiano se le garantiza la glorificación. “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). De acuerdo a Romanos 5:1, la justificación es nuestra al momento de la fe en Cristo. Según Romanos 8:30, la glorificación viene con la justificación. Todos aquellos a quienes Dios justifica, se les promete la glorificación. La glorificación se refiere a un cristiano recibiendo un perfecto cuerpo glorificado en el Cielo. Si un cristiano pudiera perder la salvación, entonces Romanos 8:30 sería un error, porque Dios no puede garantizar la glorificación para todos aquellos a quienes Él predestinó, llamó, y justificó.

Un cristiano no puede perder la salvación. La mayoría, si no todo, de lo que la Biblia dice que nos sucede cuando recibimos a Cristo, sería invalidado si la salvación se perdiera. La salvación es el don de Dios, y los dones de Dios son «irrevocables» (Romanos 11:29). Un cristiano no puede ser creado sin una nueva creación. Los redimidos no pueden ser recomprados. La vida eterna no puede ser temporal. Dios no puede renegar de Su Palabra. Las Escrituras dicen que Dios no puede mentir (Tito 1:2).

Las objeciones más frecuentes a la creencia de que un cristiano no puede perder la salvación son; (1) ¿qué hay de aquellos que son cristianos y continuamente viven una vida inmoral sin arrepentirse? – y – (2) ¿qué pasa con aquellos que son cristianos, pero luego rechazan la fe y niegan a Cristo? El problema con estas dos objeciones es la suposición de que todos los que se dicen ser “cristianos” han nacido de nuevo. La Biblia declara que un verdadero cristiano ya no continuará viviendo una vida inmoral sin arrepentirse (1 Juan 3:6). (2) La Biblia también declara que alguien que se separa de la fe, demuestra que realmente nunca fue un cristiano (1 Juan 2:19). Puede haber sido religioso, puede haber aparentado, pero nunca nació de nuevo por el poder de Dios. «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). Los redimidos de Dios pertenecen al «que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios» (Romanos 7:4).

Nada puede separar a un cristiano del amor del Padre (Romanos 8:38-39). Nada puede arrebatar a un cristiano de la mano de Dios (Juan 10:28-29). Dios garantiza la vida eterna y mantiene la salvación que Él nos ha dado. El Buen Pastor busca la oveja perdida y, «cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos» (Lc 15:5-6). El cordero es encontrado, y el Pastor soporta alegremente la carga; nuestro Señor asume toda la responsabilidad de llevar al perdido a casa sano y salvo. Judas 24-25 enfatiza aún más la bondad y fidelidad de nuestro Salvador: “Y Aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén”.

¿Puedo tener seguridad de salvación?

Johannes Pflaum

Hay mucha polémica alrededor de la pregunta de si el creyente puede o no tener seguridad de salvación, pero existen tres aspectos que consolidan su certeza y demuestran el poderoso estímulo que significa este conocimiento para el renacido.

En primer lugar, la seguridad de salvación no está fundamentada en el hombre ni en su manera de vivir. Pensando de manera contraria, se crea una seudo seguridad, al creer que somos salvos por nuestra buena conducta, según el lema: “Dios debe estar contento conmigo”.

Aunque una persona dedique cada hora de su vida, durante cien años, a entregarse completamente al Señor, este esfuerzo no la salva ni le asegura el perdón de sus pecados. Nuestra perdición es demasiado grande. Esta es la razón por la que Pablo enfatiza en Efesios 2:8-9: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Hace algunos años, una mujer me contó de su difunta madre. Ella había sido fiel en la asistencia en su iglesia donde, además, se desempeñaba como colaboradora, pero en su lecho de muerte se vio atormentada por las dudas acerca de su salvación. Me entristecí mucho al escuchar cómo la hija intentó consolarla: le recordó su fiel asistencia y colaboración con la iglesia. Le dijo además que nunca había asistido a los bailes y que siempre había huido de todas las prácticas pecaminosas, terminando su razonamiento de manera casi sugestiva: “¡si alguien debe ser salva, eres tú!”.

Seguir a Cristo con nuestras propias fuerzas y esforzarnos por conducirnos de manera piadosa, no puede darnos la seguridad de ser salvos, pues esta seguridad no está condicionada por nuestra manera de vivir o rendimiento personal. Es así que Romanos 3:24 dice: “[…] siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”.

En segundo lugar, la seguridad de salvación se obtiene tan solo a partir de la convicción de nuestra perdición. La Epístola a los romanos responde de manera magistral a la pregunta de por qué la salvación es solo por fe y por gracia. Allí podemos notar cómo el apóstol Pablo, de manera llamativa, desarrolla el plan de Dios a través de las “buenas nuevas”. A causa de su composición, la epístola nos muestra el camino a la salvación y la seguridad del perdón de nuestros pecados.

Después de la introducción, Pablo no comienza su enseñanza hablando acerca del amor y la misericordia de Dios para con todos los hombres, sino que en los tres primeros capítulos da cuatro “golpes de timbal” de diferentes tonalidades. En el primer capítulo, a partir del versículo 18, abre nuestros ojos a la justa ira de Dios y su juicio sobre la incredulidad y el pecado de las naciones, quienes le dieron la espalda. En su rebelión contra el Creador, el hombre se ha enredado en el pecado y la impiedad, por lo que ha caído bajo el justo juicio divino.

Luego, Pablo se dirige al hombre moral y religioso, quien de seguro se encuentra horrorizado ante la impiedad de las naciones, mencionada un capítulo antes. Pero el apóstol demuestra, en los primeros 17 versículos del capítulo 2, que este hombre religioso y moralista también está bajo el juicio de Dios. No importa lo ejemplar que pueda ser para los demás la vida de una persona: si no se arrepiente delante de Dios, si niega el juicio divino que recae sobre su vida, evidencia entonces su pecado y egoísmo, por lo que se mantiene bajo este juicio.

En la segunda parte del capítulo 2, el apóstol aclara que incluso el judío, que pertenece al pueblo elegido de Dios, no se salvará por su conocimiento de la ley ni por su esfuerzo en practicarla, sino que, a pesar de esto, será condenado.

A partir del versículo 9 del capítulo 3, Pablo hace sonar el cuarto “sonido del timbal”. A pesar de todo lo dicho, aún corremos el peligro de considerarnos bastante buenos. Es así que el apóstol vuelve a demostrarnos toda nuestra perdición. Todos los hombres, gentiles o judíos, que se revuelcan en el lodo del pecado o se esfuerzan en alcanzar un estatus moral, sean cristianos o de otra religión, están bajo el juicio de Dios: “no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10-12).

Reconocer nuestra perdición, el hecho que no tenemos ni una sola chispa de bondad en nosotros, que no hay nada que podamos presentar que agrade en lo más mínimo a Dios, es la base fundamental sobre la que se genera la verdadera seguridad de la salvación. Hay una gran diferencia entre aceptar de manera intelectual Romanos 7:18 y dejar que la luz de la Biblia penetre todo mi ser y me permita verme como Dios me ve: “y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”.

Es asombroso el nivel de “humanismo cristiano” que aún experimentamos en la actualidad, predicado incluso entre cristianos con buenos fundamentos bíblicos. En teoría, concordamos con que el hombre es pecador y está perdido, pero al mismo tiempo nos esforzamos por ganarnos el favor de Dios y contribuir en algo con nuestra salvación. Todos tenemos innato el concepto de mérito, pero mientras persigamos este afán, no llegaremos a tener una verdadera seguridad de nuestra salvación.

El orden de la Epístola a los romanos nos deja ver que solo a través del reconocimiento de nuestra propia perdición podremos llegar a tener la certeza de la salvación.

En tercer lugar, esta seguridad solo se fundamenta en Cristo y Su obra. Como hemos visto, la Biblia afirma que no hay nada en nosotros que pueda generarla. La certeza de ser salvos y haber sido perdonados está garantizada tan solo en Cristo y Su obra perfecta. Por lo tanto, la razón por la que tenemos esta convicción se encuentra fuera de nosotros. El poeta Johann Andreas Rothe (1688-1758) lo expresó en un himno con estas palabras:

He hallado el fundamento
que para siempre sujetará mi ancla:
¿dónde, si no en las heridas de Jesús?
Allí estaba, ya antes de que existiera el mundo,
el fundamento que permanecerá inamovible
aun cuando pasen cielo y tierra.
Es la eterna misericordia,
que sobrepasa todo pensamiento.
Son los brazos de amor abiertos
de Aquel que se inclina hacia el pecador,
de Aquel cuyo corazón se quiebra,
venga o no venga a él el hombre.
Sobre este fundamento permaneceré
mientras esta tierra sea mi hogar.
Determinará mi pensar y actuar
mientras lata el corazón.
Y un día cantaré con sumo gozo:
¡Oh, infinito mar de misericordia!

La Epístola a los hebreos nos muestra de manera singular la exclusiva importancia del Señor Jesús y de Su obra perfecta en nuestra salvación. El capítulo 6 nos habla del ancla del alma, referente a nuestra esperanza y salvación. También allí podemos ver que el fundamento donde está anclada se encuentra fuera de nosotros: en Cristo y en la expiación de nuestros pecados, obtenida a nuestro favor en el santuario celestial. Hebreos 6:18-19 (lbla) dice: “[…] los que hemos huido para refugiarnos, echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo”.

El hecho de que el ancla de nuestra salvación esté fijada fuera de nosotros, nos asegura un agarre firme y permanente que no depende de nuestra percepción. Esto mismo fue lo que llevó al apóstol Pablo a comenzar la Carta a los efesios con una suprema alabanza a Dios, agradeciéndole por todas las bendiciones espirituales con las cuales ya nos ha bendecido en el cielo:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia.” (Ef. 1:3-8).

Durante los tres años de discipulado con Jesús, Pedro vivió convencido de su propia capacidad y entrega personal. Esta es la razón por la cual era tan rápido para interrumpir o proponer soluciones a su Señor. Estaba seguro de que amaba al Señor un poco más que los otros discípulos, que era un poco más fiel que los demás (Juan 13:37). Sin embargo, la noche en que Jesús fue arrestado lo negó tres veces, no quedó nada de este alto concepto de sí mismo. Pedro aprendió que el Señor no dependía de su amor y fidelidad, sino que era él quien necesitaba por completo de la fidelidad y el amor de su Señor. El apóstol entendió que el fundamento de su salvación no se hallaba en él mismo, sino en Cristo. Este descubrimiento es clarificado de forma maravillosa a través de las palabras iniciales de la Primera carta de Pedro: “bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 P. 1:3-4).

Por otra parte, en la ya citada Epístola a los hebreos se expresa, a través de muchos de sus pasajes, la misma seguridad, una certeza que se fundamenta tan solo en la perfecta obra de salvación del Señor Jesús:

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” (He. 10:19-23).

El Señor vivió y cumplió de manera perfecta la justicia que Dios exige de nosotros, pagando todos nuestros pecados con Su sangre derramada en la cruz, sacrificándose como un Cordero sin defecto. Por eso, la fe bíblica está basada de forma exclusiva en la obra de Cristo: ¡el creyente es salvo tan solo por Jesucristo!

Se atribuye a Spurgeon la siguiente afirmación: “cuando se acerca la muerte, toda mi teología se reduce a cuatro palabras: Jesús murió por mí”. Por otra parte, Martín Lutero definió su fe, fundamentada únicamente en la obra perfecta del Señor Jesús, con las siguientes palabras:

Debido a mi maldad y debilidad innatas, hasta hoy me ha sido imposible cumplir con las demandas de Dios. Si no se me concediera la fe en que Dios me perdonó, por causa de Cristo, mis fracasos que cada día lloro, entonces todo se acabaría para mí. Debería desesperarme. Pero no lo haré. Colgarme de un árbol como Judas –no lo haré–. Más bien me colgaré del cuello de Cristo, tal como la mujer pecadora, aunque soy aún peor que ella. Me aferro a mi Señor Jesús, y Él entonces le dirá al Padre: “Padre, a ese apéndice de ahí déjalo pasar. Bien es verdad que no guardó tus mandamientos, que los ha transgredido todos, pero se ha aferrado a mí. Padre, también morí por él. ¡Déjalo deslizarse por la puerta!”. ¡Que esta sea mi fe!

CULPA

EL EFECTO DE LA REVELACIÓN GENERAL

“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó.”

Romanos 1:19

Las Escrituras dan por sentado, y la experiencia lo confirma, que los seres humanos tienen inclinación natural por alguna forma de religión, y con todo, no adoran a su Creador, cuya revelación general de sí mismo lo da a conocer de manera universal. Ni el ateísmo teórico, ni el monoteísmo moral son naturales en nadie: el ateísmo es siempre una reacción contra una creencia preexistente en Dios o en dioses, y el monoteísmo natural sólo ha venido a aparecer a raíz de la revelación especial.

Las Escrituras explican este estado de cosas, diciéndonos que el egoísmo pecaminoso y la aversión a lo que nuestro Creador proclama sobre sí mismo conducen a la humanidad a la idolatría, la cual significa la transferencia de nuestra adoración y homenaje a algún poder u objeto diferente al Dios Creador (Isaías 44:9–20; Romanos 1:21–23; Colosenses 3:5). De esta forma, los humanos apóstatas “detienen con injusticia la verdad” y cambian “la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:18, 23). Sofocan y mitigan tanto como pueden la conciencia que les da la revelación general de que hay un Juez-Creador trascendente, y adhieren su indestructible sensación de que existe lo divino a objetos indignos de ello. Esto conduce a su vez a una drástica decadencia moral, con su consiguiente angustia, como primera manifestación de la ira de Dios contra la apostasía del ser humano (Romanos 1:18, 24–32).

Hoy en día, la gente idolatra en el occidente, y de hecho adora una serie de objetos seculares, como la empresa, la familia, el fútbol, y sentimientos placenteros de diversas clases. La decadencia moral sigue siendo la consecuencia, tal como lo era cuando los paganos adoraban ídolos físicamente reales en los tiempos bíblicos.

Los seres humanos no pueden suprimir por entero su sensación de que hay un Dios, ni la de su juicio presente y futuro; Dios mismo no está dispuesto a permitírselo. Siempre queda algún sentido de lo que es correcto o incorrecto, y de que somos responsables ante un Juez divino que es santo. En nuestro mundo caído, todos aquéllos cuya mente no se halla deteriorada de alguna forma, tienen una conciencia que en algunos puntos los guía, y que de vez en cuando los condena, diciéndoles lo que deberían sufrir por las maldades que han cometido (Romanos 2:14 ss.), y cuando la conciencia habla en esos términos, constituye en verdad la voz de Dios.

En cierto sentido, la humanidad caída es ignorante con respecto a Dios, puesto que aquello que la gente quiere creer, y de hecho cree, acerca de los destinatarios de su adoración, falsifica y distorsiona la revelación de Dios, de la cual no pueden escapar. No obstante, en otro sentido, todos los seres humanos siguen estando conscientes de que hay un Dios, y se sienten culpables, además de tener incómodos indicios de que se aproxima un juicio que ellos no quisieran que se produjera. Sólo el Evangelio de Cristo puede poner paz en este perturbador aspecto de la situación del ser humano

 Packer, J. I. (1998). Teologı́a concisa: Una guı́a a las creencias del Cristianismo histórico (pp. 23–24). Miami, FL: Editorial Unilit.