Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
l pastor J. C. Ryle comentó una vez que «la ausencia de definiciones precisas es la vida misma de la controversia religiosa». Esto es especialmente cierto cuando se trata de la doctrina de la expiaciódoctrinn limitada. El adjetivo «limitado», solo por su nombre, crea un problema. En la historia de la redención, la expiación de Cristo es el clímax de la tan esperada salvación de Dios, entonces, ¿por qué querría alguien limitarla?
Por supuesto, en cierto nivel, todos limitan la expiación de Cristo: algunos limitan su alcance (solo para los elegidos de Dios); otros limitan su eficacia (no salva a todas las personas para las que estaba destinada). Por lo tanto, no se trata de si alguien limita la expiación de Cristo; sino de cómo. Por eso propongo un término más positivo y menos ambiguo: expiación definida.
La doctrina de la expiación definida establece que en la muerte de Jesucristo, el Dios trino se propuso lograr la redención de cada persona que el Padre dio al Hijo en la eternidad pasada y aplicar los logros de Su sacrificio a cada uno de ellos por el Espíritu Santo. En pocas palabras: la muerte de Cristo tuvo la intención de ganar la salvación del pueblo de Dios únicamente, y no solo tuvo la intención de hacerlo, sino que también lo logrará. En este sentido, el adjetivo «definida» cumple una doble función: denota la intención de la muerte de Cristo (solo para Sus elegidos) y denota la eficacia de la muerte de Cristo (Él realmente salvará a Sus elegidos, garantizando su fe en el evangelio). Jesús será fiel a Su nombre: «Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1:21).
La muerte de Cristo tuvo la intención de ganar la salvación del pueblo de Dios únicamente, y no solo tuvo la intención de hacerlo, sino que también lo logrará.
Desde la madura expresión de la doctrina en el Sínodo de Dort (1618-19), la doctrina de la expiación definida ha recibido una buena cantidad de críticas. En el siglo XVIII, Juan Wesley predicó que la doctrina era contraria a «todo el tenor del Nuevo Testamento». En el siglo XIX, John McLeod Campbell, un ministro de la Iglesia de Escocia, argumentó que la doctrina robaba al creyente la seguridad personal de que Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2:20). En el siglo XX, Karl Barth se quejó de que la «doctrina siniestra» era una deducción lógica de la visión equivocada de Juan Calvino respecto a la doble predestinación. Otros han expresado su preocupación de que la expiación definida sea como el talón de Aquiles de la teología reformada, una debilidad que destruye el evangelismo y la misión.
Sin embargo, a pesar de estas críticas, quiero proponer que deberíamos (re)afirmar la doctrina de la expiación definida, al menos por tres razones.
SU BASE BÍBLICA
Varios textos del Nuevo Testamento hablan del amor de Dios, o de la muerte de Cristo, por «muchos» (Rom 5:15, 19), por «todos» (11:32; 2 Co 5:14-15; Col 1:20; 1 Tim 2:6; 4:10; Tit 2:11), y por «el mundo» (Jn 3:16; 2 Co 5:19; 1 Jn 2:2). Estos textos suelen ser empleados por quienes quieren defender una expiación universal. En cambio, hay varios textos del Nuevo Testamento que hablan del amor de Dios, o de la muerte de Cristo, por un grupo particular de personas: por «mí» (Gal 2:20), por la «iglesia» (Hch 20:28; Ef 5:25), por «un pueblo» (Tit 2:14), y por «nosotros» los creyentes (Rom 5:8; 8:32; 1 Co 5:7; Gal 3:13; Ef 5: 2; 1 Tes 5:10; Tit 2:14). Cuando los textos universalistas y particularistas se leen juntos, parecería que la razón recae en los proponentes de una expiación universal al explicar por qué el Nuevo Testamento pudiera alguna vez hablar del amor de Dios, o de la muerte de Cristo, en términos limitados si en realidad no existe tal limitación.
Sin embargo, proporcionar un conjunto de «textos probatorios» particularistas no prueba la doctrina de la expiación definitiva más de lo que un conjunto de «textos probatorios» demuestra la Trinidad o la deidad de Cristo. No se llega a tales doctrinas simplemente acumulando textos bíblicos como apoyo; también implica sintetizar internamente doctrinas relacionadas que inciden en una doctrina particular. La síntesis teológica es una parte importante de cualquier construcción doctrinal.
SU SÍNTESIS TEOLÓGICA
La doctrina de la expiación definida no existe en el vacío; más bien, está conectada con una serie de otras doctrinas que también inciden en ella. Esto se puede demostrar en Efesios 1:3-14. En este gran párrafo de una sola oración (en el griego), donde Pablo desglosa las bendiciones que nos pertenecen en Cristo, el apóstol habla de la obra salvadora de Dios en tres maneras.
Primero, la obra salvadora de Dios es indivisible. Pablo presenta la obra salvadora de Dios en un lienzo temporal que va desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Consiste en cuatro momentos distintos de la salvación: la redención predestinada, cuando Dios nos escogió antes de la fundación del mundo (vv. 4-5); la redención cumplida, cuando Cristo nos redimió mediante Su sangre (v. 7); la redención aplicada, cuando Dios selló Su Palabra en nuestros corazones por Su Espíritu (v. 13); y la redención consumada, cuando poseamos nuestra herencia futura que nos ha sido otorgada por el Espíritu (v. 14). Estos cuatro momentos de la obra salvadora de Dios son indivisibles; es decir, son momentos distintos pero inseparables del acto único de salvación de Dios. Esto significa que la expiación definida de Cristo (redención cumplida) nunca puede separarse del decreto eterno de Dios (redención predestinada) o de la obra santificadora de Dios por Su Espíritu (redención aplicada), que está conectada con nuestra glorificación en el último día (redención consumada).
En segundo lugar, la obra salvadora indivisible de Dios es trinitaria. En este pasaje, Pablo se refiere a cada miembro de la Trinidad y Sus respectivos roles en la obra de salvación. El Padre nos elige y predestina (vv. 4-5); el Hijo nos redime por Su sangre, perdonando nuestros pecados (v. 7); y el Espíritu sella la Palabra de Dios en nuestros corazones (v. 13) a la vez que sirve como garantía de nuestra herencia futura (vv. 13-14). Las tres personas de la Trinidad trabajan juntas para lograr un único acto de salvación desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Por lo tanto, cuando se trata de la intención de la expiación de Cristo, las personas de la Trinidad no tienen propósitos cruzados, sino que trabajan juntas en armonía para lograr la salvación.
En tercer lugar, la obra salvadora indivisible y trinitaria de Dios se realiza en Cristo. Varias veces en este párrafo, Pablo usa la frase preposicional «en Cristo» o «en Él». La fraseología habla de la unión del creyente con Cristo, que atraviesa los cuatro momentos de la salvación: fuimos escogidos «en Él» antes de la fundación del mundo (v. 4; la redención predestinada); «en Él» tenemos redención mediante Su sangre (v. 7; la redención cumplida); «en Él» fuimos sellados con el Espíritu Santo (v. 13; la redención aplicada); «en Él» hemos obtenido una herencia futura (v. 11; la redención consumada). Por lo tanto, no hay momento de nuestra salvación que no esté dentro de la esfera de la unión con Cristo. Esto garantiza que, si bien los momentos de redención son distintos, son inseparables.
SU ÍMPETU PASTORAL
Dos estímulos pastorales surgen de la doctrina de la expiación definida, basada en la Biblia y sintetizada teológicamente. Primero, a pesar de las protestas en sentido contrario, la expiación definida no priva al creyente de la seguridad personal; más bien, la fundamenta. Cuando Jesús murió en la cruz, estábamos en Su mente. Como comentó Martín Lutero, «la dulzura del evangelio se encuentra en los pronombres personales: “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2:20)». En segundo lugar, contrario a lo que argumentan algunas personas, la expiación definida no corta el suministro de fuerzas al evangelismo y la misión; más bien, se las aumenta. Si es cierto que Cristo murió por todas las personas sin distinción (que expió a todo tipo de personas: ricas, pobres, hombres, mujeres, asiáticas, africanas, europeas, etc.) como siempre ha mantenido la fe reformada, entonces la misión se convierte en un esfuerzo emocionante y gratificante. Dado que Cristo definitivamente ha rescatado a personas para Dios de cada tribu, lengua, pueblo y nación, algunos de cada uno de estos ciertamente creerán en el evangelio (Ap 5:9). La expiación definida, por tanto, no es un obstáculo para la evangelización y la misión; en todo caso, es un ímpetu.
El Dr. Jonathan Gibson es profesor asociado de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia y ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana Internacional del Reino Unido.
“Jesús era mi gran modelo. Por esta razón me había involucrado tanto en las obras sociales al servicio de los más pobres, para tratar de parecerme a él y obtener, si podía, la salvación. Pero a la luz del Evangelio descubrí que iba por mal camino. Antes de ser mi modelo, Jesús debía ser mi Salvador. Comprendí que no podía salvarme a mí mismo mediante muchas buenas obras, sino que debía recibir la salvación como un regalo del Dios de gracia.
Naturalmente, nadie quiere deber todo a la gracia. Siempre nos aferramos a una secreta esperanza de encontrar “un buen fondo” en nosotros mismos, y nuestro orgullo nos impide reconocer que no tenemos nada. La Biblia nos da un mensaje de gracia soberano: solo por medio de la gracia, por medio de la fe, somos hechos justos. Me gozo porque Dios me reveló esta verdad. Deshizo en mí esta creencia profunda y perniciosa de la auto redención”.
T. V.
“Es una etapa difícil cuando dejamos de lado nuestros pensamientos (de mérito, de ganancia, de ser suficientemente bueno) para recibir simplemente, con las manos vacías, el regalo de Dios que encontramos en Jesucristo”.
Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo vía radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.
Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.
Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bíblico y confiable en más idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.
Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
n 1546, el Concilio de Trento, una asamblea católica romana que se reunió poco después de la muerte de Martín Lutero, emitió dos decretos sobre la Sagrada Escritura. El primer decreto maldijo a los que no aceptaban las Escrituras y a los que «condenaban deliberadamente» las tradiciones de la Iglesia. El segundo decreto prohibió las lecturas tergiversadas de la «Sagrada Escritura» en asuntos doctrinales o morales. El concilio también condenó las interpretaciones de «la Sagrada Escritura contrarias a… la santa madre Iglesia» o «contrarias al consentimiento unánime de los Padres», y explicó que es tarea de la Iglesia «juzgar el verdadero sentido e interpretación de las Santas Escrituras».
Ambos decretos están abarrotados de cláusulas complicadas y frases extrañas. Hay una razón para esto: los obispos en el concilio no estaban de acuerdo entre sí acerca de la relación entre la Escritura y las tradiciones de la Iglesia utilizadas para interpretar la Escritura, así que discutieron sobre cómo llegar a algún tipo de consenso. De los que estaban dispuestos a votar sobre el tema, treinta y tres miembros pensaron que la Escritura y la tradición son «iguales» en autoridad, once pensaron que son «similares» pero no «iguales» en autoridad, y tres pensaron que el concilio solo debería exigir que se respetaran las tradiciones. Se abandonó el lenguaje de igualdad autoritaria entre la Escritura y la tradición.
En otro consenso, el concilio hizo otra distinción: treinta y ocho miembros querían que el concilio condenara a aquellos que no aceptaban las Escrituras ni la tradición. Pero treinta y tres miembros querían una posición más flexible. Estaban dispuestos a condenar a los que no aceptaban la Escritura, pero con respecto a la tradición, los obispos solo condenarían a las personas que conscientemente rechazaran las tradiciones de la iglesia. Aquí el partido minoritario ganó la votación, ya que el partido mayoritario no estuvo dispuesto a ignorar las opiniones de sus colegas.
Como autoridad final, la Escritura, al ser la Palabra de Dios, permanece firme por Sí misma.
Cuento esta historia porque es sorprendente escuchar que miembros del Concilio de Trento presentaron ideas que todo reformador podría afirmar (y que creo que todo cristiano protestante debería afirmar). Después de todo, todo reformador podría estar de acuerdo en que la Escritura no debe ser manipulada para que diga lo que queremos. La Biblia es la Palabra de Dios: debemos ser moldeados por ella; no que ella sea moldeada por nosotros. Los reformadores también podrían estar de acuerdo con la pequeña minoría de votantes en el Concilio de Trento: las tradiciones de la Iglesia, siendo sin duda los escritos y las prácticas más antiguas de la Iglesia, merecen estimación. Sí, ha habido falsos maestros en la historia de la Iglesia, pero también existe una historia de enseñanza útil en la Iglesia que afirma y apoya la enseñanza de la Escritura. Hay mucho que aprender de aquellos que nos han precedido.
Al fin y al cabo, los reformadores se dieron cuenta de que la idea católica romana de lograr un «consentimiento unánime» entre los maestros cristianos de los primeros siglos de la Iglesia no tenía base alguna en la realidad. De hecho, la Confesión de Augsburgo de 1530, la declaración teológica luterana primitiva más importante, destaca los desacuerdos presentes dentro de la misma tradición romana, incluyendo contrastes entre las enseñanzas de la Iglesia y las enseñanzas de los padres prominentes de la Iglesia. Sin embargo, considerar las enseñanzas de los padres de la Iglesia como importantes resultaba obvio para todos. Como autoridad final, la Escritura, al ser la Palabra de Dios, permanece firme por Sí misma. De todos modos, las personas sabias leen las Escrituras en compañía de otros, no solos, incluso aquellos que nos han precedido.
Cuento esta historia también porque el concilio llegó a otras conclusiones que ningún reformador podría aceptar (y que ningún cristiano protestante debería aceptar). Principalmente, los reformadores no pudieron aceptar que «juzgar… el verdadero sentido e interpretación» de la Biblia es responsabilidad de la Iglesia. Poner tal autoridad en manos de la Iglesia sería poner a la Iglesia por encima de la Biblia en lugar de la Biblia por encima de la Iglesia. Insistir en que este tipo de interpretación es necesaria era como anunciar que la Biblia no es clara en Sí misma.
Toda la historia de la Iglesia protestante, vista en los cientos de confesiones y catecismos producidos por luteranos y reformados por igual, testifica del poder y la utilidad de la Escritura y llama a las iglesias a reformarse según las Escrituras. Estas confesiones ocasionalmente citan a autores importantes en la historia de la Iglesia. Los escritores protestantes lo hacían a menudo. Pero entendieron que solo la Escritura tiene las marcas de necesidad, suficiencia, autoridad suprema y claridad en todos los asuntos relacionados con la salvación. En última instancia, la relevancia, la utilidad, la veracidad y la capacidad de persuasión de cualquier otro texto deben evaluarse únicamente a través de la Escritura sola.
En 1646, la Asamblea de Westminster, escribiendo al final de la larga Reforma de Inglaterra, declaró:
«El Espíritu Santo, que habla en la Escritura, y de cuya sentencia debemos depender, es el único Juez Supremo por quien deben decidirse todas las controversias religiosas, y por quien deben examinarse todos los decretos de los concilios, las opiniones de los antiguos escritores, las doctrinas humanas y las opiniones individuales» (Confesión de Fe de Westminster 1.10).
Esto fue simplemente para registrar la actitud de los mismos escritores bíblicos, quienes validaron muchos de sus argumentos con un «así dice el Señor», seguido de una cita de la Escritura. ¿Debemos respetar los decretos de los concilios, tener en alta estima a los escritores antiguos y el adecuado interés en las enseñanzas de otros hombres? Sí. Como los hombres sabios han señalado en el pasado, muchos problemas en la Iglesia pudieron haberse evitado si los cristianos hubieran escuchado, no solo lo que creemos que el Espíritu Santo nos está enseñando, sino también lo que Él pudo haberle enseñado a otros. Sin embargo, ninguna de estas fuentes de conocimiento y sabiduría, y mucho menos las declaraciones de los papas, puede elevarse al nivel de la autoridad de la propia Palabra de Dios. En esto debemos estar firmes.
Ahora, ¿hay «controversias religiosas» que necesitan resolverse? Entonces solo hay un estándar que es necesario que utilicemos, una sola corte a la que todo cristiano e iglesia debe apelar. ¿Hay «decretos de concilios» que deban evaluarse? Entonces solo hay un canon por el cual estos concilios y sus decretos pueden ser considerados legítimamente correctos o incorrectos. ¿Han encontrado tú o tus amigos «opiniones de escritores antiguos» con gran peso? Solo hay una balanza en la que se pueden pesar. ¿Nos encontramos con «las enseñanzas de los hombres» en conversaciones, lecturas y predicaciones? Solo hay una luz con la que pueden examinarse. ¿Hay «opiniones individuales» o criterios personales en la Iglesia? Entonces solo hay una manera en que deben ser juzgados. Hay una «sentencia» en la que «debemos depender», y esa no puede ser otra que la del «Espíritu Santo que habla en la Escritura».
El Dr. Chad Van Dixhoorn es profesor de historia de la Iglesia y director del Centro Craig para el Estudio de las Normas de Westminster en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de Confessing the Faith.
Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Doctrinas mal entendidas
El estudio adecuado de la doctrina no es fácil. Requiere de tiempo, trabajo duro y mucha oración. Por tales razones, muchas personas no la estudian. Otros no estudian la doctrina porque piensan que es solo para profesionales, e incluso algunos pastores no la estudian porque piensan que es solo para eruditos. Sin embargo, hay otros que no estudian la doctrina porque son indiferentes a ella. Están contentos con ser alimentados con leche y conocer solamente los fundamentos de la fe, son muy apáticos al ejercicio de perseguir la carne doctrinal de la fe.
Me resulta difícil tolerar este tipo de indiferencia en mí mismo y en otros cristianos. La indiferencia en el contexto de nuestras creencias es deplorable, porque ¿cómo podemos ser indiferentes a esas verdades vitales que pueden salvar o condenar nuestras almas? Como dijo un pastor puritano: «La indiferencia a la doctrina es la madre de todas las herejías». Si nos volvemos indiferentes a la doctrina, pronto seremos indiferentes a la Escritura y eventualmente nos tornaremos indiferentes a Dios.
En 1929, J. Gresham Machen salió del otrora doctrinalmente sólido Seminario Teológico de Princeton para ayudar a fundar el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia. Machen y los hombres que lo acompañaron no se fueron simplemente por la desviación teológica liberal de Princeton ni tampoco porque su facultad negaba ciertas doctrinas confesionales históricas. Abandonaron Princeton, fundamentalmente, por la creciente falta de atención a la doctrina misma. «La indiferencia a la doctrina no produce héroes de la fe», escribió Machen.
Si conocer la doctrina no tiene importancia, entonces nada realmente importa. Vivimos en una cultura que continuamente promueve la indiferencia; muchas iglesias se han suscrito a esta indiferencia porque dicen que la doctrina es difícil, que no es llamativa y que causa división. Es cierto, la doctrina separa a los verdaderos cristianos de los falsos. Pero la doctrina también unifica a través del Espíritu de Dios, ya que solo las doctrinas confesionales ortodoxas de la Escritura son capaces de unir a un grupo de pecadores miserables para poder tener un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4:5).
En muchos casos, las personas son indiferentes a la doctrina porque no se les ha enseñado cómo estudiar la Biblia o porque han sido enseñados por aquellos que han malinterpretado doctrinas importantes. Pero muchos en las iglesias no entienden las doctrinas bíblicas simplemente porque nunca las han estudiado. Si la Iglesia ha de entender y profesar la sana doctrina, rechazar las doctrinas no bíblicas y deshacerse de presuposiciones no bíblicas y malentendidos doctrinales, entonces tenemos que comenzar arrepintiéndonos de nuestra indiferencia a la doctrina. Sin la sana doctrina, estamos condenados.
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano?de Juan Calvino.
Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo. Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia.
Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano. Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies.
El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.