La eternidad en nuestros corazones

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Entre dos mundos

La eternidad en nuestros corazones

Por John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

ocas cosas reflejan mejor la anticipación de ver a Cristo cara a cara que una boda. El 14 de enero de 1632, el pastor y teólogo presbiteriano escocés Samuel Rutherford escribió una carta llamando la atención sobre este fenómeno. Afirma: «Nuestro amor [a Cristo] debe comenzar en la tierra, tal como será en el cielo; porque la novia no se deleita tanto en su traje de bodas como lo hace por su novio».

Si alguna vez has asistido a una boda, apreciarás la observación de Rutherford. Por muy hermoso que sea su atuendo, la novia nunca camina hacia el altar con la mirada puesta en su vestido. Su atención está en su futuro marido. Rutherford amplía la ilustración para ayudarnos a ver más claramente la verdadera maravilla del cielo. Continúa: «Así que nosotros, en la vida venidera, aunque revestidos de gloria como con un manto, no nos veremos tan afectados por la gloria que nos rodea como por el rostro y la presencia gozosa del novio». Bajo la superficie de la prosa anticuada de Rutherford hay una profunda ilustración. Por más impresionante que será el cielo, lo que lo hará tan maravilloso es que finalmente veremos el rostro de nuestro Salvador. La Iglesia, así como la novia, estará con Jesús como novio y vivirán felices para siempre.

Casi dos siglos después de que Rutherford escribiera sus famosas cartas, una poeta inglesa llamada Anne Cousin escribió el conocido himno The Sands of Time Are Sinking [Las arenas del tiempo se hunden], basado en los «dulces refranes» de Rutherford. Una estrofa en particular resume el drama de contemplar a Cristo en gloria:

La novia, su vestido
Allí no mirará, 
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

De este lado de la eternidad, la vida cristiana es como un compromiso matrimonial. Se vive anticipando el día de la boda. Como cristianos, vivimos entre el ya de nuestro desposorio con Cristo y el todavía no de la celebración de las bodas del cordero. Debemos ser como la futura esposa que aprovecha cualquier ocasión para prepararse para la vida con su amado. La expectativa de ver a Cristo por vista en el cielo debe, por tanto, informarnos sobre cómo vivimos por fe aquí en la tierra.

En un nivel más básico, el entusiasmo que sienten las parejas comprometidas expone un deseo fundamental que todas las personas comparten: el anhelo de eternidad. Este punto es bien señalado por el Predicador en Eclesiastés 3:9-11:

¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana? He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen. Él ha hecho todo apropiado a su tiempo. También ha puesto la eternidad en sus corazones; sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.

Consideremos dos maneras en que este texto nos enseña sobre nuestro anhelo por la eternidad. En primer lugar, se nos dice que Dios «ha hecho todo apropiado a su tiempo» (v. 11). Un comentarista moderno ha llamado a este verso «la mejor declaración de la providencia divina en toda la Escritura». Lo que hace que este texto bíblico sea tan sorprendente es que hay muchas cosas en la vida que están lejos de ser apropiadas. Pero el Predicador no ignora la fealdad que invade al mundo. Su pregunta en el versículo 9 se hace eco de la maldición pronunciada en el jardín del Edén: «¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana?». No se trata de una mera pregunta retórica desvinculada de las presiones de la experiencia real de la vida (ver 1:3). La aparente inutilidad del duro trabajo con poca ganancia es algo de lo que él ha sido testigo de primera mano: «He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen» (3:10).

Para ser claros, el registro bíblico afirma la dignidad del trabajo. Antes de la caída, a Adán y a Eva se les ordenó ejecutar sus tareas con la promesa de ser fructíferos (Gn 1:28-31; 2:15-17; ver Ec 3:13). Pero después de la caída, el trabajo es arduo (Gn 3:17-19). Ya no realizamos nuestras tareas en el exuberante entorno de un jardín, sino en las duras condiciones de un desierto lleno de espinas y cardos, de fracasos y frustraciones. Como lamenta el Predicador en Eclesiastés 2:23, «su tarea es dolorosa». Cuando enfrentamos dificultades en nuestras carreras, injusticia en el lugar de trabajo y el fracaso a la hora de completar las asignaciones, somos confrontados con la dolorosa verdad de que este mundo caído nunca producirá ganancias duraderas. La insatisfacción vocacional nos recuerda que hemos sido creados para algo más grande que lo que pueden ofrecer nuestras aficiones y carreras.

Pero hay esperanza. Se nos dice que Dios ha hecho todo apropiado a su tiempo. El «todo» de Eclesiastés 3:11 nos recuerda el «todo» del versículo 1: «Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo». El hecho de que la vida se viva bajo el cuidado de un Creador soberano ilumina nuestra comprensión de todo. A la luz de Su providencia, aprendemos que hay un tiempo para nacer y para morir, para plantar y para cosechar, para lamentarse y para bailar, para guerra y para la paz. Sobre todas estas cosas, Dios tiene el control. La belleza se encuentra en el descubrimiento de que Dios orquesta hasta el último detalle según su perfecto diseño.

Eclesiastés 3:11 es el Romanos 8:28 del Antiguo Testamento. En Romanos 8:28, el apóstol Pablo afirma: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Observa que Pablo no dice que todas las cosas son buenas, sino que todas las cosas cooperan para bien. ¿Y qué es el bien? Es ser conformado a la imagen de Cristo (v. 29). A medida que los cristianos experimentan las estaciones de la vida, podemos ser reconfortados al saber que Dios usa cada circunstancia para conformarnos más y más a la imagen de Su Hijo.

El 24 de agosto de 1662, más de dos mil ministros fueron expulsados de la Iglesia de Inglaterra por no ajustarse al Libro de Oración Común. El día fue conocido como el Día de Black Bartholomew, una referencia solemne a cuando miles de hugonotes franceses fueron masacrados ese mismo día en 1572. Uno de los ministros expulsados fue un puritano llamado Thomas Watson. En respuesta a la Gran Expulsión, escribió un breve libro llamado A Divine Cordial [Una consolación divina], basado en Romanos 8:28, con el fin de consolar a los cristianos que sufren. Observó que «las mejores cosas y las peores cosas, por la mano dominante del gran Dios, trabajan juntas para el bien de los santos». Es innegable que este mundo es a menudo sombrío y está lleno de angustias. Pero Dios utiliza maravillosamente tanto las alegrías como las penas para transformarnos como cristianos en la semejanza a Cristo. Las decepciones tienen una manera de hacernos desear aún más estar con Él.

En segundo lugar, se nos dice que Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones» (Ec 3:11). Estas palabras anticipan el inicio de las Confesiones de Agustín, donde afirma: «Alabarte es el deseo del hombre, pequeña parte de tu creación. Tú haces que el hombre se complazca en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti». Tanto el antiguo Predicador como el padre de la Iglesia afirman que hemos sido creados con conocimiento de Dios y un anhelo de eternidad. Mientras que Agustín destaca la inquietud que experimentamos sin el conocimiento de Dios en Cristo, el Predicador en Eclesiastés plantea un punto ligeramente diferente. Al subrayar la futilidad de la vida bajo el sol, nos empuja a reconocer nuestra conciencia innata de la eternidad.

Fíjate en lo mucho que el Predicador dice percibir sobre los caminos de Dios. Entiende que Dios da trabajo a los hombres como un regalo (Ec 3:10, 13), que Dios hace todo apropiado a Su tiempo (v. 11a), que Dios pone la eternidad en los corazones de los hombres (v. 11b), que los propósitos de Dios son inescrutables (v. 11c), que los planes de Dios perduran para siempre (vv. 14-15), y que Dios juzgará a los justos y a los impíos (vv. 16-22). En resumen, el Predicador sabe que los caminos de Dios son apropiados, inescrutables y eternos. Aunque seamos criaturas finitas y caídas, Dios nos ha dado la capacidad de discernir que la historia tiene un propósito, aunque seamos incapaces de comprender plenamente «la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin» (v. 11). Ser confrontados con nuestra finitud debe aumentar nuestra dependencia de Dios. Debemos vivir nuestra vida desde el punto de vista de la eternidad.

El pecado, sin embargo, distorsiona esta perspectiva. Ya no tratamos el trabajo como un regalo de Dios, sino como una plataforma para la grandeza personal. El tiempo no se ve como algo hermoso que debe ser redimido, sino como algo intrascendente que puede ser desperdiciado. La historia no se entiende como el escenario del gobierno providencial de Dios, sino como un campo de juego para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Y la vida eterna no se desea, sino que es objeto de burla por parte de los que solo viven el momento. Eclesiastés nos enseña que ese fatalismo es inútil. Fuimos creados para conocer a Dios. Nada, aparte de la eternidad con Él, satisfará nuestros anhelos más profundos.

La buena noticia es que Cristo proporciona el camino para que las personas pecadoras habiten en la presencia de Dios para siempre. Como afirma el apóstol Pedro: «Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Por esta esperanza eterna es que vivimos. Como peregrinos que viajan de este mundo al otro, nos levantamos cada mañana esperando ansiosamente el regreso de nuestro Rey. Reconocemos que cada día del Señor es un anticipo de la eternidad. Y durante el resto de la semana, marcamos nuestros relojes sabiendo que incluso nuestros trabajos están siendo utilizados por Dios para prepararnos para la Tierra de Emanuel.

En la mañana del Día de Black Bartholomew de 1683, William Payne fue a despedirse de su viejo amigo John Owen. Payne también llevaba la noticia de que el último libro de Owen iba a ser publicado pronto. Owen respondió memorablemente:

Me alegro de oír que esa obra está en la imprenta; pero, ¡oh hermano Payne, por fin ha llegado el día tan esperado, en el que veré esa gloria de otra manera en la que nunca lo he hecho o he sido capaz de hacer en este mundo!

El testimonio de Owen al morir fue para recordar la eternidad a su congregación. Quería que supieran que la única manera de ver a Cristo por vista en el cielo es contemplándole primero por la fe aquí en la tierra.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

9 – Cristo: ¡Señor de todo o Señor de nada!

Iglesia Bautista Internacional

Serie: Él es, el Cristo que predicamos

9 – Cristo: ¡Señor de todo o Señor de nada!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis #5 – Los apóstoles y profetas fueron el fundamento de la iglesia, no oficios para hoy

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 5

Los apóstoles y profetas fueron el fundamento de la iglesia, no oficios para hoy

95 Tesis para la Iglesia Evangélica de Hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

El Pastor Miguel Núñez nos habla un poco más sobre este nuevo proyecto de 95 semanas de tesis, “Latinoamérica Despierta: De regreso a la verdad-Sola Escritura”.

​Miguel Núñez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

9 – «La santificación por El Espíritu «

IGLESIA BAUTISTA CASTELLANA

Serie: Hablando del Espíritu Santo

9 – «La santificación por El Espíritu «

Edgardo Piesco

Bienvenido a Iglesia Bautista Castellana. Mi nombre es Edgardo Piesco, actual pastor de la Iglesia Bautista Castellana y me siento muy honrado con su visita.

En cuanto a nuestra identidad, somos la primera iglesia evangélica establecida en Canadá contando con, 50 años de vida en el servicio a nuestra comunidad hispano-parlante. Nuestra congregación está constituida por inmigrantes provenientes de toda Latinoamérica. Oficiamos servicios en español y otros especiales en inglés para los jóvenes que dominan éste, como primera lengua. Nuestro objetivo primordial es hacer conocer el evangelio a nuestra comunidad en una actitud seria y de respeto por la dignidad humana.

Esta congregación se ha mantenido en una tradición de trabajo honesto, íntegro y procurando asistir a la sociedad. Nuestro enfoque es estrictamente bíblico; la predicación, expositiva; el objetivo de dicha predicación y enseñanza es que el pueblo conozca la Palabra de Dios sin especulaciones y/o manipulación de la misma, para la salvación del alma. Nuestra congregación promueve un ambiente familiar, proveyendo un equipo ministerial de ayudantes y colaboradores debidamente equipados para hacer placentera su visita a nuestros servicios.

Esperamos que disfrute su tiempo en nuestro medio, y que tengamos pronto el gran privilegio de gozarnos con su visita y cordial compañía. Hasta entonces, que la gracia y la paz de Dios y Su Hijo Jesucristo sea con usted y todos los suyos.

Afectuosamente,
Pastor Edgardo Piesco

48 – El ministerio de Pablo y el tuyo | Romanos 15:14-21 

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Romanos

48 – El ministerio de Pablo y el tuyo | Romanos 15:14-21 

Ps. Sugel Michelén

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

http://www.ibsj.org

El ya y el todavía no

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Serie: Entre dos mundos

El ya y el todavía no

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

Este mundo no es nuestro hogar, pero lo será. Vivimos nuestros días en este mundo triste esperando ansiosamente el cielo nuevo y la tierra nueva, aferrándonos diariamente a esta promesa: «He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21:3-4). Somos peregrinos en nuestro viaje a casa y añoramos un lugar en el que nunca hemos estado. Somos extranjeros, forasteros y extraños en una tierra extraña, cuya ciudadanía en el cielo está asegurada en Aquel que ha ido delante de nosotros, que está sentado a la diestra del Padre y que vuelve para juzgar, vencer y consumar.

En este mundo tendremos tribulaciones, pero «confiad», dijo Jesús —no porque vayamos a vencer al mundo, cambiar completamente el mundo, acostumbrarnos a este mundo o llegar a amar el mundo— sino porque Jesús declaró: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). Y así, esperamos entre el ya y el todavía no, entre lo que nuestro Señor ha declarado que ya es verdad y lo que todavía no se ha revelado. Sin embargo, nuestra espera no es en vano, ni es una espera pasiva o aislada. Más bien, esperamos a nuestro Novio para que pueda reunir a Su novia de toda tribu, lengua y nación para Su gloria. Esperamos con esperanza, con participación activa en la misión de Dios y en comunidad con la Iglesia de Jesucristo, pues Cristo es la luz del mundo y los que estamos unidos a Él por la fe —y por la fe sola— estamos en Él. Y así, tan pronto como Cristo nos llama a salir de las tinieblas y a entrar en Su maravillosa luz, nos envía de vuelta a las tinieblas para brillar tanto en palabras como en hechos ante el mundo que nos observa. A medida que el mundo vea nuestras buenas obras y mientras el mundo escuche nuestra proclamación del glorioso evangelio, la novia elegida de Cristo de todo el mundo glorificará a nuestro Padre en el cielo.

Para que la creencia tenga un significado que cambie el corazón y la vida, requiere que Dios sea tanto su fuente como su objeto (Sal Aunque retirarse por completo del mundo a menudo parece atractivo, el Señor no nos da esa opción (1 Co 5:9-10). Más bien, mientras vivimos en este mundo de pecado y en estos cuerpos de pecado, somos embajadores de Cristo en nuestro viaje a la tierra prometida. Cuando nosotros los peregrinos lleguemos a casa, Jesús enjugará toda lágrima de nuestros ojos —no solo las de tristeza, sino también las de alegría— ya que, de lo contrario, no podríamos verle cara a cara mientras le adoramos por siempre coram Deo.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Quién soy yo?

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Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El cuádruple estado de la humanidad

Por Burk Parsons

¿Quién soy yo?

En la adaptación musical de la obra clásica de Victor Hugo, Los Miserables, el protagonista Jean Valjean llega a un punto de crisis en su vida en que se siente abrumado por su culpa al haber sido convicto como un criminal y delincuente. En una escena notablemente emocional, Valjean hace una pregunta penetrante: «¿Quién soy yo?». Al considerar su pasado, su presente y su futuro, lucha con la realidad de su culpa y su merecida condenación ante Dios y los hombres. Se ve forzado a cuestionar su identidad e integridad y a enfrentarse con la inocencia de un hombre que fue acusado falsamente porque ha sido erróneamente identificado como Valjean. Aunque Valjean ha logrado evitar ser reconocido como reo al cambiar de nombre e identidad, tiene que afrontar la verdad de quién es realmente: un convicto cuyo número de prisión es 24601.

Muchos lectores de Los Miserables no conocen el significado de ese número. Los estudiosos literarios argumentan que Víctor Hugo le asignó ese número a Valjean como una forma de identificarse con su protagonista, ya que representaba la fecha en que Víctor Hugo creía que había sido concebido: el 24 de junio de 1801 (24/6/01). Víctor Hugo se estaba identificando con Valjean como un pecador, no solo desde el momento en que pecó por primera vez, sino desde el día de su concepción. Bien pudiera ser que Víctor Hugo haya tenido en mente lo que David confesó: «He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre» (Sal 51:5).

La mayoría de las personas en el mundo no saben por qué están aquí, quiénes son en realidad, de dónde provienen ni hacia dónde van. Además, tienen una opinión totalmente incorrecta de sí mismas, pues creen que son fundamentalmente buenas, que nacieron buenas y que están de camino a un lugar bueno. No entienden que son pecadores culpables, concebidos en pecado, nacidos con una naturaleza pecaminosa, que viven bajo la ira de Dios y esperan la justa condenación de Dios. Toda la humanidad se encuentra por naturaleza en un estado de pecado, y todas las personas necesitan desesperadamente escuchar las buenas nuevas de Jesucristo para que, por la obra regeneradora del Espíritu Santo, puedan ser justificadas ante Dios por la fe sola y salvadas eternamente por medio de Cristo. Solo por la obra del Espíritu en nosotros a través del evangelio de Cristo, Dios nos muestra quiénes somos realmente, de modo que cuando somos movidos por el Espíritu a preguntar: «¿Quién soy yo?», podemos declarar humilde y valientemente: «Fui concebido en pecado, nací pecador, mereciendo la condenación, pero he nacido de nuevo por el Espíritu, he sido unido a Jesucristo y estoy destinado a la gloria. Eso es quien soy: mi identidad, por la gracia de Dios, está en Cristo».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El monje solitario

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El monje solitario

Nicholas Needham

El siglo VII es una época olvidada para la mayoría de los protestantes. Sin embargo, vale la pena conocerla. El corazón creativo de su teología estaba en el Este: el Imperio bizantino, con su centro en Constantinopla. Aquí las controversias cristológicas del siglo V todavía estaban presentes. Como resultado de los concilios de Calcedonia (451) y el Segundo de Constantinopla (553), la iglesia del Este y el Imperio se dividieron amargamente entre dos grandes partidos. En un lado de la controversia estaban los calcedonios, leales al credo ortodoxo de Calcedonia, de que Cristo es una persona con dos naturalezas; y al otro lado estaban los monofisitas, numerosos en Egipto y Siria, que sostenían que el Cristo encarnado tiene una sola naturaleza (una especie de naturaleza divina-humana sintetizada).

El Imperio bizantino haría un último intento para eliminar la brecha entre los calcedonios y los monofisitas. La iniciativa vino del emperador Heraclio (610–641). Él tomó su postura teológica del patriarca Sergio I de Constantinopla, quien sugirió que los calcedonios y los monofisitas podrían unirse en torno a la fórmula de una «energía única» en Cristo. Cuando los teólogos hablaban de «energía» (en griego, energeia), se referían a la acción, actividad, trabajo u operación que revela la naturaleza distintiva de una cosa. 

¿Qué tenía esto que ver con la disputa entre calcedonios y monofisitas? La controversia se desarrolló en torno a cómo Cristo puede ser una persona si tiene dos naturalezas. Los calcedonios hacían distinción entre la naturaleza y la persona, argumentando que las dos naturalezas de Cristo habitan una en la otra sin confundirse entre ellas, unidas por la única persona divina de Cristo. Los monofisitas respondieron que si Cristo es una sola persona, esto requiere que Sus dos naturalezas se conviertan en una. Pero la energía fue un tercer factor en la ecuación, algo diferente a las ideas de naturaleza y persona. Si los calcedonios y los monofisitas pudieran estar de acuerdo en que Cristo tiene una sola energía, tal vez ambas partes podrían aceptar esto como la explicación de Su unidad.

Sergio I de Constantinopla argumentó que la energía pertenece a la persona y no a la naturaleza. Ya que los calcedonios y los monofisitas estaban de acuerdo en que Cristo era una persona, ellos (sugirió Sergio) podrían ver que Sus dos naturalezas estaban unidas en la única energía de Su persona. El emperador Heraclio defendió la fórmula de «energía única» de Sergio y tuvo cierto éxito. Sin embargo, la reunión se encontró con serios problemas en Palestina. Los monjes calcedonios, dirigidos por el brillante patriarca Sofronio I de Jerusalén, se opusieron fuertemente a la fórmula de energía única. Sofronio argumentó que la energía no pertenece a la persona (como dijo Sergio), sino a la naturaleza (como en el entendimiento tradicional). Por lo tanto, en Cristo hay dos energías distintas, humana y divina, que revelan las dos naturalezas distintas del Salvador.

La oposición de Sofronio a la fórmula de energía única incitó a Heraclio a buscar el apoyo del papa Honorio I. Esto fue lo peor que pudo haber hecho. Honorio llevó el conflicto a aguas aún más tormentosas. Profesando estar descontento con toda la charla sobre energías, propuso la sugerencia explosiva de que Cristo tiene una sola voluntad en lugar de una sola energía. Honorio pensó que los calcedonios y los monofisitas podían encontrar puntos en común al confesar que las dos naturalezas del Salvador están unidas por su única voluntad divina, lo cual, por supuesto, significaba negar que Cristo tiene una voluntad humana. El emperador Heraclio aprovechó esta idea y, en el 638, emitió una declaración teológica oficial, la Ekthesis. Esta declaración prohibió toda mención adicional de energías, y decretó que Cristo tenía una sola voluntad divina. Esta iba a ser la nueva ortodoxia. Aquellos que apoyaron la Ekthesis fueron conocidos como mono theletes, término griego que significa «voluntad única».

La posición monotelista levantó poderosos enemigos entre los calcedonios ortodoxos. El más poderoso fue el monje griego Máximo el Confesor (580–662), quien sostuvo vehementemente que Cristo tiene dos voluntades, una humana junto a una divina. ¿Por qué le dio tanta importancia a este asunto? La respuesta reside en su preocupación por la doctrina de la salvación. La voluntad humana, señaló Máximo, es la fuente del pecado, la sede misma de nuestra corrupción que necesita ser rescatada y santificada. Por lo tanto, si ha de haber salvación para nuestras voluntades caídas, el Hijo de Dios debe tomar una voluntad humana para Él mismo en la encarnación. La única forma en que nuestras voluntades pueden llegar a ser santas es siendo conformadas a la voluntad humana perfectamente santa de Cristo, el Dios-hombre. Pero los monotelitas estaban diciendo que Cristo no tiene voluntad humana. ¿De dónde entonces, preguntó Máximo, proviene la santificación de nuestras voluntades pecaminosas? Es esencial para nuestra salvación que Dios el Hijo haya tomado una voluntad humana.

No era una buena señal para los monotelitas el haberse hecho un enemigo como Máximo. Él era un teólogo de gran eminencia, al nivel de Atanasio, los padres de Capadocia, Cirilo de Alejandría y Juan de Damasco como una de las mentes más destacadas de la Iglesia oriental.

Cuando murió Heraclio, su sucesor fue su nieto Constante II (641–68), un dictador cruel. El emperador Constante intentó apagar la controversia silenciando a todas las partes; su edicto de 648, Typos, prohibió a todos los ciudadanos bizantinos volver a mencionar voluntades y energías en Cristo, bajo pena de severo castigo. Para los ortodoxos, esta orden imperial significaba tolerar la herejía en la Iglesia, y algunos de ellos no estaban dispuestos a obedecerla.

Uno de ellos fue el nuevo papa, Martín I, quien ascendió al trono papal en julio del 649. Martín era un aliado cercano de Máximo e impresionó a todos con su radiante santidad y su profundo conocimiento. En octubre de ese año, Martín convocó un concilio romano que condenó el monotelismo y afirmó que Cristo tiene dos voluntades, una humana y una divina. Máximo estuvo presente y jugó un papel principal en este concilio. Luego, Martín envió copias de las decisiones del concilio a lo largo de Oriente y Occidente, junto con una carta circular advirtiendo a todos los cristianos fieles contra la peligrosa herejía de los monotelitas.

Ese desafío tan osado al emperador Constante selló el destino de Máximo y Martín. Las tropas bizantinas los capturaron en el 653, los llevaron a Constantinopla y los encarcelaron durante un largo período en condiciones horrendas que destrozaron la ya mala salud de Martín. Finalmente fueron juzgados por traición en el 655. Martín fue declarado culpable y condenado a muerte; sus ropas papales les fueron arrancadas; fue azotado y arrastrado a los calabozos. En un inesperado toque de misericordia, Constante suavizó la sentencia de Martín condenándolo al destierro. Agotado por su terrible encarcelamiento, el papa murió seis meses después: un mártir por su fe en la humanidad plena de Cristo.

Entonces se llevó a cabo un juicio contra Máximo. Él había encabezado la oposición al monotelismo. Constante estaba decidido a hacer un espectáculo público de él. Día tras día, los jueces lanzaron acusaciones de traición y herejía contra el anciano monje, que ahora tenía 74 años. Sin embargo, Máximo no se inmutaba, rechazando todos los cargos de traición y negando firmemente que un emperador tuviera derecho a interferir en asuntos teológicos. Tal conducta era el Estado imponiendo sus manos impías en la independencia de la Iglesia. Constante no estaba impresionado; Máximo fue golpeado y desterrado a la pequeña ciudad de Bizia en Tracia.

Desde Bizia, Máximo continuó hablando y escribiendo contra el monotelismo; así que en el 662, un enfurecido Constante lo sometió a un nuevo juicio. Los jueces presionaron a Máximo con el argumento de que todos los demás miembros de la Iglesia oriental se habían sometido al Typos. ¿Cómo se atrevía él, un monje solitario, a desafiar la voz de la Iglesia? ¿Solo Máximo tenía la razón y todos los demás estaban equivocados? ¿Creía que solo él era salvo? La respuesta de Máximo resuena a través de los siglos: «Dios conceda que yo no condene a nadie, ni diga que solo yo soy salvo. Pero prefiero morir antes que violar mi conciencia abandonando lo que creo acerca de Dios».

Esta vez, el castigo de Máximo fue más severo: le arrancaron la lengua y le cortaron la mano derecha para que no pudiera hablar ni escribir. Luego fue desterrado a la costa sureste del Mar Negro, donde murió unos meses después. Fue por su firme confesión de fe en medio de estas crueldades que la Iglesia más tarde llamó a Máximo «el Confesor».

Constante fue asesinado en el 668. Su hijo Constantino IV (668–85) resultó ser un tipo de emperador muy diferente a su padre. Actuando en armonía con el papa de su tiempo, Agatón, quien fue un fiel discípulo de Martín y Máximo, Constantino convocó al sexto de los concilios ecuménicos en noviembre del 680, el Tercer Concilio de Constantinopla. El concilio fue un triunfo total para los enemigos del monotelismo, vindicando la creencia en la humanidad plena de Cristo por la cual Máximo y Martín habían sufrido. El concilio también nombró y condenó a quienes habían enseñado la doctrina de la energía única y la voluntad única, especialmente al patriarca Sergio de Constantinopla y al papa Honorio, llamándolos instrumentos de Satanás, herejes y blasfemos. Esta condena de un papa herético por parte de un concilio ecuménico fue más adelante una de las armas favoritas de los protestantes en su conflicto con el papado y sus afirmaciones de infalibilidad.

El Tercer Concilio de Constantinopla puso fin a los siglos de controversia sobre la relación entre la humanidad y la divinidad en Cristo. También fue el último de los concilios ecuménicos en recibir el reconocimiento de las tres ramas de la Iglesia profesante: católica romana, ortodoxa oriental y protestante.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Un cristianismo consistente

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Serie: La ética cristiana

Un cristianismo consistente
Por Jim E. Kim

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

on frecuencia, en la Biblia se trata el tema de la hipocresía pero rara vez se menciona de manera diplomática. Originalmente designaba a un actor actuando con una máscara pero luego la palabra adquirió la connotación negativa de una inconsistencia entre lo que uno cree y cómo actúa. Esta inconsistencia se puede entender de dos maneras. Algunas inconsistencias son pretensiones de justicia propia, actuando como si uno fuera justo y virtuoso de manera exterior, mientras se carece de convicción interior. Hay muchos ejemplos de esto en los Evangelios. Jesús criticó deliberadamente a muchos que estaban más interesados ​​en la alabanza pública por sus actos religiosos de orar, ayunar y dar limosna (Mt 6:2, 5, 16), aquellos que condenaban los pecados de otros mientras ignoraban los suyos propios (7:5) y aquellos que adoraban de labios y externamente pero sin sinceridad (15:8-9). Jesús llamó la atención sobre la hipocresía de muchos líderes religiosos de Su tiempo comparándolos con vasos y platos que están limpios por fuera mientras permanecen sucios en su interior, y con «sepulcros blanqueados», como algo hermoso por fuera que cubre la muerte por dentro (23:25-28). Esta inconsistencia —pretensión espiritual externa o falsa espiritualidad— es la descripción más común de hipocresía.

Pero la hipocresía también puede referirse a una inconsistencia de otro tipo: pretender no tener convicciones internas cuando ejercitarlas es inconveniente o difícil. En Gálatas 2, Pablo relata una interacción importante que tuvo con Pedro y Bernabé (vv. 11-14). Cuando Pedro se unió a Pablo en Antioquía, inicialmente disfrutó de la compañía y hermandad de los cristianos gentiles sin vacilar ni dudar. Esto es totalmente consistente con la creciente comprensión de Pedro del mensaje del evangelio, que rompe las tradiciones y distinciones que separaban a los judíos de los gentiles (ver Hch 10-11). Sin embargo, cuando llegaron otros llamados «los de la circuncisión», que mantenían las distinciones tradicionales entre judíos y gentiles, Pedro «empezó a retraerse y apartarse» (Gal 2:12). ¿Por qué? Por su temor a los hombres. Cuando Bernabé y muchos otros judíos comenzaron a seguir a Pedro, Pablo se enfrentó a Pedro y lo reprendió por su hipocresía (v. 13). Pedro debió haberlo sabido. Aunque realmente creía en el poder del evangelio para derribar las barreras humanas, siguió las costumbres de los hombres por temor al juicio de ellos. Sus acciones externas eran incompatibles con sus convicciones internas.

Si somos honestos, luchamos contra ambas formas de inconsistencia. En la Iglesia, a menudo buscamos la aceptación y el reconocimiento de otros creyentes hablando, actuando y sirviendo en maneras que nos hagan parecer más fieles, más conocedores y más maduros de lo que realmente somos. Además, en nuestra vida diaria, con frecuencia buscamos la aceptación y el reconocimiento del mundo silenciando nuestras convicciones y ocultando nuestros compromisos en la forma en la que hablamos, actuamos y servimos. Nada de esto es aceptable.

Las Escrituras nos exhortan a ser cristianos consistentes, con una vida de fe informada y motivada por el evangelio. Claro, esto es más fácil decirlo que hacerlo. Tal vez la iglesia de Colosas nos instruya. Cuando Pablo escribió su carta a esa congregación, la iglesia de Colosas era pequeña y nueva, y muchos de sus creyentes estaban luchando para vivir su fe en un mundo confuso y hostil. Por todos lados había filosofías, sabidurías y religiones que animaban a estos creyentes a silenciar, mezclar y, en ocasiones, a abandonar su fe. A estos cristianos que luchaban para vivir su fe, ¿qué les dijo Pablo? Les recordó enfática y repetidamente a los colosenses que Cristo es supremo sobre todas las cosas y que todos los creyentes le pertenecen (Col 1:15-20). Como dice de manera muy bella el Catecismo de Heidelberg: «Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo» (pregunta y respuesta 1). Además, si le pertenecemos, entonces como creyentes debemos andar «como es digno del Señor» (Col 1:10; ver 2:6).

Pablo consideró la idea de vivir «como es digno del Señor» lo suficientemente importante como para repetirla en otros lugares con ligeras variaciones, ya que instó a los creyentes a vivir de una manera digna «del evangelio de Cristo» (Flp 1:27), «de la vocación con que habéis sido llamados» (Ef 4:1) y de «Dios» (1 Tes 2:12). Esta es una vida tan transformada por Cristo que ya no busca mayor identidad ni mejor estatus pretendiendo ser algo más que pecadores salvados por gracia. Esta es una vida tan conformada a Cristo que seguir la voluntad de Dios en Cristo ya no es un sacrificio, sino un gozo persistente, incluso cuando seguirlo fielmente implique persecución y sufrimiento. Esta es una vida tan centrada en Cristo que agradarle a Él es el primer y único propósito en la vida, de modo que ya no seamos tentados a agradar a otros pretendiendo ser más o menos de lo que realmente somos. Como dijo de modo provechoso Juan Calvino:

Por lo tanto, si se pregunta qué clase de vida es digna de Dios, tengamos siempre presente esta definición de Pablo: que es una vida tal que, dejando las opiniones de los hombres, y dejando, en suma, toda inclinación carnal, está regulada de manera que queda sujeta únicamente a Dios.

Esto significa que ya sea en privado o en público, en la Iglesia o en el mundo, ante un amigo o enemigo, o en persona o en línea, vivimos consistentemente de una manera digna de alguien que es amado por Cristo, salvo por Cristo y que pertenece a Cristo.

Un cristianismo consistente es lo que la Palabra enseña y lo que el mundo necesita. Nuestras iglesias no necesitan cristianos con egos inflados sino creyentes que a diario entiendan que «es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3:30). Nuestras comunidades y sociedades no necesitan cristianos que se desvanezcan en el trasfondo de la cultura y la vida actuales; en cambio, necesitan de aquellos que con fidelidad y consistencia en lo ordinario den testimonio de una vida y una realidad que no son de este mundo. Esto no es algo que podamos hacer por nosotros mismos, pero damos gracias «Porque Cristo, que nos ha redimido y liberado por Su sangre, también nos renueva a Su propia imagen por Su Espíritu Santo, para que así demos testimonio, a través de toda nuestra conducta, de nuestra gratitud a Dios por Sus bendiciones, y para que Él sea alabado por nosotros» (Catecismo de Heidelberg, 86).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jim E. Kim
Jim E. Kim

El Rev. Joel E. Kim es presidente de Westminster Seminary California. Es el co editor de Always Reformed [Siempre Reformado]

111 – La Pasión de Cristo y su significado

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111- La Pasión de Cristo y su significado

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

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