¿Tiene la Iglesia evangélica cosas condenables como lo tiene la Católica?

No es tan simple como parece

29 – ¿Tiene la Iglesia evangélica cosas condenables como lo tiene la Católica?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

www.integridadysabiduria.org

33 – ¿Traes Paz o Contienda?

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

33 – ¿Traes Paz o Contienda?

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

8 – Felices los Pacificadores

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Verdadera Felicidad

8 – Felices los Pacificadores

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

03 – Dios busca una relación de amor

Iglesia Evangélica Unida

Serie: Mi experiencia con Dios

03 – Dios busca una relación de amor 

Juan Marcos Vázquez

JUAN MARCOS VÁZQUEZ

Ha sido profesor de teología en los Centros de Educación Teológica de Catalunya y Galicia, presidente de la Unión Evangélica Bautista de España, presidente de la Unión Bautista do Noroeste y presidente del Consello Evanxélico de Galicia. En el año 2014 realizó un viaje misionero a Guinea Ecuatorial, donde estuvo durante 5 meses colaborando en la dirección del Colegio Buen Pastor y la iglesia Bautista de Malabo. En la actualidad es miembro de la Junta Directiva de la U.E.B.E.

¡Vayan!

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

¡Vayan!

Por Dennis E. Johnson

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Con sus esperanzas frustradas por la muerte de su Maestro, dos de los amigos de Jesús caminan apesadumbrados hacia Emaús. Al encontrarse con un «extraño» en el camino, le explican cómo la crucifixión de Jesús ha hecho añicos sus sueños: «Nosotros esperábamos que Él era el que iba a redimir a Israel» (Lc 24:21). Escucha su desilusión: «Habíamos esperado, pero luego Él murió». 

Pero ahora, semanas después, sus esperanzas están vivas nuevamente, emergiendo con Él de Su tumba. Ellos han visto a Jesús, misteriosa pero tangiblemente vivo de nuevo, una y otra vez. El sueño en sus corazones alcanza la punta de sus lenguas: «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el Reino a Israel?» (Hch 1:6). Ciertamente un Dios que ha rescatado de la tumba a Su Mesías puede desterrar a los infieles opresores de Su tierra, quebrando el yugo que tenían en el cuello de Su pueblo.

Sin embargo, a los ojos de Jesús, los sueños más descabellados de Sus discípulos en cuanto al resurgimiento de Israel no son lo suficientemente grandes. Dios tiene una agenda de Reino más grande de lo que ellos han imaginado, una que minimiza su insignificante preocupación por el rango de Israel en el orden jerárquico político. Jesús les recuerda que el tiempo de Dios no es asunto de ellos (como les había dicho antes en Mr 13:32); luego Él expande sus horizontes con respecto al Reino de Dios: «Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). De esta promesa fluye el resto del relato de Lucas de «los Hechos», pero no los de los apóstoles. Al caracterizar su evangelio como un relato de «todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» (Hch 1:1), Lucas da a entender que Hechos relata todo lo que Jesús siguió haciendo y enseñando después de ascender al cielo. La diferencia es que ahora Él reina como Señor y Cristo en el cielo, extendiendo Su gobierno sobre la tierra a través del poder del Espíritu en la palabra de Sus testigos. 

La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando.

La luz se mueve en forma de ondas, como las ondas en un estanque que se propagan desde el punto donde la piedra atravesó la superficie. Obediente al mandato del Señor, la Iglesia espera al Espíritu en Jerusalén y, cuando este llega en poder, ella da su primer testimonio valiente allí. Aunque el lugar es la capital de Israel, sus oyentes constituyen los primeros frutos de una cosecha mundial (de manera apropiada, ya que la Ley estableció a Pentecostés como una fiesta de los primeros frutos, Nm 28:26). Lucas inserta una lista de nacionalidades (Hch 2:9–11) que evoca la lista de naciones que precedió a Babel (Gn 10) con el objeto de subrayar el movimiento centrífugo geográfico y demográfico del Reino. A medida que el evangelio es proclamado, una gran cantidad de gente de todas partes se precipita a este. La Iglesia crece de ciento veinte a más de tres mil en un solo día, y los números pronto superan los cinco mil (Hch 4: 4). 

El aumento trae oposición y sobrecarga administrativa. Los apóstoles pasan las noches tras las rejas y los días presentándose ante los celosos agentes de poder del sistema judío, quienes amenazan con serias consecuencias a menos que los testigos de Jesús dejen de proclamarlo crucificado y resucitado. Sin embargo, los testigos no son libres para desistir; la autoridad de su Señor resucitado triunfa sobre la de los líderes del judaísmo. Obligados a obedecer a Dios por encima del hombre, ellos explican con calma: «No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (4:20; cf. 5:29). 

La fructuosidad del evangelio en gran número, así como las diferencias de idioma, interfieren en el cuidado de la Iglesia para con las viudas de habla griega, amenazando su unidad (6:1). La solución es una distribución de la autoridad de liderazgo, con siete hombres sabios y de confianza (todos con nombres griegos, ¡y uno que era un prosélito gentil!) designados para supervisar los ministerios de misericordia, liberando a los apóstoles para servir a la gente con la Palabra de Dios y la oración (Hch 6). La Palabra sigue creciendo (6:7), porque la Iglesia crece por la Palabra (ver 12:24; 19:20; Col 1:6). 

A través de Esteban y sus colegas, el Reino irrumpe como una ola sobre los muros de Jerusalén, esparciéndose por toda Judea y Samaria, llevado por cristianos dispersos ​​por la persecución como si fueran semillas que dan vida (Hch 8:1). Esteban abre las compuertas al declarar que Dios (quien no está encerrado en templos hechos por el hombre) puede estar con Sus siervos en cualquier lugar: con Abraham en Mesopotamia, con José en Egipto y con Moisés en el Sinaí (7:2, 9, 30). Esteban sella su testimonio con su sangre, y su paz frente a la muerte enciende el celo de Saulo, quien no descansará hasta que haya borrado esta amenaza a sus preciadas tradiciones (8:3). 

Felipe, consiervo de Esteban, es dispersado hacia el norte hasta Samaria (8:4-25) y luego hacia la costa (8:26-40). Por medio de él, el Reino de Dios rompe dos barreras demográficas más. Los samaritanos son mestizos étnicos y sincretistas religiosos, que se adhieren a los libros de Moisés pero añadiéndoles elementos paganos (2 Re 17:24-41 nos da una pista sobre sus antecedentes). Sin embargo, el Jesús que Felipe predica irrumpe como la luz del día en corazones nublados con superstición y magia. Al poco tiempo Pedro y Juan siguen los pasos de Felipe e incorporan a los creyentes samaritanos en la Iglesia bautizada en el Espíritu (Hch 8:14-25). 

La segunda barrera es aún más alta: la pared aparentemente inviolable que separa a los judíos de los gentiles incircuncisos (Ef 2:14-15). El tesorero de Etiopía ha hecho una peregrinación al templo de Dios en Jerusalén, y de regreso está desconcertado por un precioso pergamino que contiene la profecía de Isaías sobre el Siervo Sufriente (Hch 8:26-39). Este dignatario no puede ser un prosélito del judaísmo. Él es un eunuco, y su discapacidad, así como su linaje gentil, lo excluyen doblemente de la asamblea del Señor (Dt 23:1). Pero ahora un nuevo día ha llegado. Dios ahora da la bienvenida tanto a los eunucos como a los extranjeros a Su nuevo templo, abrazando a los «extranjeros» en Su gracia (Is 56:3-8). 

Pedro sigue a Felipe hacia el oeste hasta la costa, llegando a Jope a tiempo para su cita divina con los emisarios de un centurión romano, Cornelio (Hch 10-11). A los ojos de los judíos, Cornelio es un gentil piadoso, pero todavía incircunciso y, por lo tanto, fuera del pueblo de Dios (10:1-2; 11:3). Pero aún más grave, Cornelio necesita el perdón que se encuentra solo en el nombre de Jesús (10:43). Este perdón él y sus amigos lo reciben por fe mientras Pedro predica y el Espíritu inunda sus corazones y llena sus bocas de alabanza (10:44-46). El tsunami de la gracia ha reventado el muro entre judíos y gentiles de una vez por todas. En poco tiempo, una vibrante Iglesia multiétnica está creciendo en la cosmopolita Antioquía de Siria (11:19-30). 

Mientras tanto, el objetivo de Saulo ha sido destruir la Iglesia (Hch 9:1-2). Pero Jesús tiene otros planes. Aunque lleva consigo órdenes de arresto para los cristianos, Saulo se encuentra a sí mismo arrestado mientras al acercarse a Damasco, derribado por la deslumbrante gloria del Señor a quien él persigue capturado por la gracia soberana para llevar el nombre de Jesús «en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel» (9:15). En Hch 13-28 escuchamos a Saulo (Pablo) dirigirse a cada una de estas audiencias, llevando el evangelio desde la costa de Israel hasta la capital del César.

Desde Antioquía, el Espíritu Santo envía a Bernabé y Saulo a las costas al otro lado del mar (ver Is 42:449:1), comenzando con Chipre y el sur central de Asia Menor (Hch 13-14). Después del concilio apostólico que confirma de manera decisiva que Dios reúne a los gentiles por la fe en Jesús, no por la circuncisión en la carne (Hch 15), Pablo parte con un nuevo compañero, el profeta Silas. Como si fuera un pastor alemán celestial, el Espíritu de Jesús le impide la entrada a las provincias de Asia y Bitinia, guiándolos hacia el oeste hasta la costa del mar Egeo (16:6-8). En respuesta a una visión, cruzan el mar y entran en Macedonia, llevando el evangelio a Europa. 

A través de Pablo, que una vez fue el perseguidor violento  pero ahora es el defensor apasionado, la Palabra impacta a los judíos y a los gentiles piadosos, conocedores de las Escrituras y de la tradición de la sinagoga (Hch 13:13-49). La Palabra también brilla en la oscuridad de los politeístas supersticiosos (14:8-18) y de los intelectuales sofisticados (17:16-34). Jesús el Señor comparte Su papel de siervo con Sus siervos: «Te he puesto como luz para los gentiles, a fin de que lleves la salvación hasta los confines de la tierra» (13:47). 

Pablo finalmente llega a Roma en los confines de la tierra (desde la perspectiva  de Israel), aunque el evangelio ya ha echado raíces allí para cuando él llega (Hch 28:15; ver Rom 1:8) y ha impactado incluso la casa de César (Flp 4:22). Lucas cierra apropiadamente su relato con una afirmación paradójica de que Pablo, aunque encadenado «24/7» a guardias romanos, predica a Jesús y Su Reino sin estorbo (Hch 28:31). Aunque Pablo está encadenado, la Palabra de Dios no lo está (2 Tim 2:9). 

El heróico despliegue del evangelio a través del imperio más poderoso del mundo antiguo nos deja sin aliento. Nuestra predecible y ordinaria vida hace que esos emocionantes días de antaño parezcan casi míticos en su grandeza: la agonía de los azotes soportados con gozo «por Su nombre» (Hch 5:41) y el éxtasis de los corazones esclavizados puestos en libertad. Pero el Espíritu de Dios que movió a Lucas a escribir esta historia santa (¡no un mito!) no nos dio a Hechos para despertar la nostalgia por los «buenos viejos tiempos». La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando. El Espíritu que empodera a los testigos de Jesús no es dado solo a los apóstoles que presenciaron Su resurrección, sino también a todos los que obedecen el llamado del evangelio de Dios (Hch 5:32). La Palabra que hizo crecer a los hombres sigue creciendo y con su luz los ojos cegados ven la gloria del Señor y los confines de la tierra son testigos de la salvación de nuestro Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Dennis E. Johnson
Dennis E. Johnson

El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

¿Por qué Discipular?

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 2

¿Por qué Discipular?

Introducción

¿Por qué quieres discipular a alguien? Porque tienes que, es decir, ¿sientes que es una obligación? Porque quieres, es decir, ¿por qué has encontrado alguna forma de motivación que te hace desear hacerlo?

La semana pasada mencionamos que todo cristiano está llamado al ministerio de discipulado, independientemente de que te encuentres siendo discipulado por un creyente más maduro o alguien más joven en la fe, o ambas cosas.  Antes de comenzar este ministerio de discipulado queremos entender cuáles son los fundamentos bíblicos para una motivación cristiana de hacer discípulos. Hoy vamos a considerar dos razones por las cuales discipular.

Razón #1. ¿Por qué discipular? ¡Para tu gozo!

A algunas personas puede parecerles extraño decir que un motivo principal de nuestro discipulado hacia los demás es el gozo que recibimos al hacerlo. Suena egoísta, ¿no es así? Y aunque pueden haber muchas maneras en que podríamos buscar este gozo equivocadamente, el hecho está en que la Escritura presenta nuestro gozo como un motivador legítimo para los cristianos discipuladores.

Escucha estos versículos (selecciona personas para que lo lean en voz alta):

«Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora.» (Fil. 1:3-5)

«Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.» (Fil. 2:1-2)

«Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados.» (Fil. 4:1)

«Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal.» (Ro. 16:19)

«Mucha franqueza tengo con vosotros; mucho me glorío con respecto de vosotros; lleno estoy de consolación; sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones. Por esto hemos sido consolados en vuestra consolación; pero mucho más nos gozamos por el gozo de Tito, que haya sido confortado su espíritu por todos vosotros. Pues si de algo me he gloriado con él respecto de vosotros, no he sido avergonzado, sino que así como en todo os hemos hablado con verdad, también nuestro gloriarnos con Tito resultó verdad. Y su cariño para con vosotros es aun más abundante, cuando se acuerda de la obediencia de todos vosotros, de cómo lo recibisteis con temor y temblor. Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros.» (2 Co. 7:413-16)

«Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo.» (1 Ts. 2:19-20)

«Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.» (2 Jn. 1:4)

Pregunta – En todos estos versículos, ¿cuál era el fundamento del gozo de Pablo y Juan? ¿Puedes escoger algún tema en común en estos versículos que explique su motivación para el discipulado?

Respuesta – Ellos escribieron acerca de su propio gozo. Dios busca producir gozo en ti cuando eres usado para ayudar a otros a prosperar y crecer.

Explicación – A partir de estos textos vemos que Pablo y Juan reciben una motivación especial del conocimiento que ELLOS personalmente estaban utilizando para ayudar a edificar a los cristianos a quienes escribían. ¿Esto te sorprende? Esta es una razón bíblica por la que no debemos avergonzarnos de cultivarlo. Los cristianos pueden de manera natural encontrar mucho placer en ver a otros creyentes crecer y prosperar. Pablo frecuentemente se referirá a sus oidores como sus «hijos en el Señor» y él parece disfrutar verlos prosperar a través del fruto de su ministerio y la labor continua de los demás. El gozo de Pablo es que los hijos se encuentren caminando en la verdad.

Pregunta – ¿Es este tipo de gozo egoísta? ¿Es que el gozo de ayudar a alguien a madurar discípulos nos lleva a enfocarnos en el hombre o es algo bueno?

Respuesta – Si este fuera el total de lo que Pablo y Juan (y otros) disfrutaran entonces si podría llevar a una dependencia equivocada, pero esa no es la ilustración que tenemos. Ellos se estaban deleitando al verse a sí mismos como los medios utilizados en el discipulado cristiano, específicamente porque luego traía gloria al Dios que amaban mucho.

Pregunta – ¿Esto lleva al orgullo?

Respuesta – El hecho de que puedes hacer algo mal no es un argumento contra hacerlo bien.

Resumen:

  1. Los cristianos se regocijan al ver otros creyentes crecer, y se gozan en ver que ese crecimiento ocurre como resultado de su involucramiento. Este placer de trabajar para ver a otros prosperar espiritualmente a través de tu involucramiento en sus vidas, es uno de los gozos más importantes del corazón de un verdadero discípulo cristiano.
  2. Ver crecer a los creyentes como un fruto de tu ministerio es parte de tu gloria y recompensa ante Cristo. Lejos de ser algo equivocado, diría que si no disfrutas ser usado por Dios para exhortar y edificar a otros creyentes, entonces hay algo incorrecto en tu entendimiento.
  3. Nuestro placer en ver a Dios usarnos para exhortar y edificar a otros creyentes es una motivación importante y bíblica, pero no es la motivación suprema.

Razón #2: ¿Por qué discipular? ¡Para la gloria de Dios!

Aprendemos de la Palabra de Dios que el resultado de discipular es el mayor fruto de nuestras vidas que lleva a la gloria de Dios. Para considerar esta idea de forma cuidadosa, pasaremos el resto de los próximos minutos observando una sección de la Escritura que explica este concepto con muchos detalles- Juan capítulo 15, versículos del 1 al 17.

Lee Juan 15:1-8. Aquí Jesús enseña a sus seguidores diciendo:

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

En las próximas semanas tendremos tiempo para pensar más acerca de lo que significa permanecer en Cristo como una vía de fructificación. Pero ahora mismo quiero que prestemos más atención a la idea final de esta sección.

Pregunta – ¿Qué es lo que Cristo describe de la vida del creyente que traerá más gloria al Padre?

Respuesta – Que llevemos mucho fruto. Discutiremos lo que es ese fruto en un momento.

Pregunta – ¿Y que demostrará ese fruto al mundo que nos observa?

Respuesta – Que somos verdaderos discípulos de Jesucristo, para la gloria de Dios el Padre.

Pregunta – Entonces, ¿cuál es ese fruto del que Jesús está hablando?

Respuesta – El texto no especifica lo que significa exactamente, si solo es una cosa o muchas cosas a las que nos referimos aquí. Sin embargo, podemos obtener buenos conocimientos del significado que se busca simplemente continuando con la lectura de los versículos del 9 al 17. Aquí vemos ejemplos del tipo de fruto que Jesús tiene en mente, el fruto que debe fluir de forma natural de nuestro ser «en Cristo» y cómo ese fruto trae una gran gloria al Padre.

Lee los versículo del 9 al 17.

Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros.

Juan capítulo 15 está claramente enfocado en la necesidad de morar en Cristo y en el amor que Él nos ha mostrado. Pero también hay un mandato claro para nosotros en este pasaje… se nos dice que debemos amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Por tanto, parece obvio que por lo menos parte del fruto del que se habla aquí es el amor, es decir, un amor por Dios que se manifiesta a través de amarnos unos a otros. Sin embargo, pensemos acerca de como Cristo nos ha amado y cómo eso puede darnos pistas hacia el tipo particular de «amor fructífero» que estamos llamados a reflejar.

Jesús entregó su vida por nosotros

Primero, en los versículos 12-13 leemos que Cristo nos amó al entregar su vida por nosotros. Él nos ordena a nosotros (seguidores de Cristo) hacer lo mismo—para nosotros el amor es definido al imitar a Cristo, por ejemplo, amando a nuestros hermanos al entregar nuestra vida en su nombre.

La semana pasada mencionamos que no podemos entregar nuestra vida por otro de la manera en que solo Cristo pudo hacerlo. Cristo es el unigénito Hijo de Dios y su muerte cumplió una gran obra redentora de lo cual solo podemos maravillarnos pero nunca si quiera imitar. Aun así, parece que Cristo desea que pasemos nuestra vida dedicada a los demás de la misma manera que Él lo hizo. Por tanto, piensa más específicamente acerca de lo que podría ser entregar tu vida.

Pregunta: Con relación a hacer el bien a la humanidad, ¿cuál fue el objetivo principal de Jesús al entregar su vida por nosotros? ¿Qué estaba Él cumpliendo para aquellos que había escogido al entregar su vida?

Respuestas – llevarnos al Padre.

  • Para que pudiéramos compartir el gozo que Cristo disfruta con el Padre
  • Para que podamos llevar fruto
  • Para que nuestro gozo sea completo
  • Para que nuestra enemistad hacia Dios sean reemplazada por una relación de amor

¡Así debe ser con nosotros! Debemos entregar nuestra vida por los demás con la intención deliberada de convertirnos en medios que Dios pueda utilizar para hacer estas cosas buenas en la vida de otras personas. La mayoría de nosotros nunca será llamado a morir por otros cristianos. Solo un grupo selecto es llamado a entregar su vida como libación sobre el altar del martirio. Pero el resto de nosotros está también llamado a entregar su vida, una gota a la vez. Día a día, entregando nuestro tiempo y nuestra energía al bien eterno de los creyentes que Jesús ha colocado a nuestro alrededor. Jesús entregó su vida para hacer un bien eterno por aquellos que amaba, y nosotros debemos entregar nuestra vida por los demás no simplemente para ayudarles en algún sentido terrenal sino para ayudarles eternamente. Nuestro fruto debe ser uno que permanezca para siempre.

Jesús nos dio a conocer todo lo que aprendió de su Padre

Segundo, leemos que otra marca del amor de Cristo por sus discípulos es que él les dio a conocer lo que aprendió del Padre. Él les proporcionó la verdad y los propósitos de Dios para ellos. Él compartió con ellos el conocimiento que venía del Padre.

Es trágico que en nuestra cultura arrogante e individualista muchos han perdido el entendimiento bíblico de que enseñar no es algo autocrático o rudo. Lejos de ser arrogante, enseñar amorosamente a otra persona acerca de las verdades de la Escritura es una señal fuerte de que realmente los amamos y consideramos nuestros amigos. Nosotros, que hemos aprendido algunas cosas de Dios, debemos amar a los demás al compartir la verdad de la Palabra con ellos como Cristo lo hizo con nosotros graciosamente.

Por tanto, una segunda manera de imitar a Cristo y mostrar amor a nuestros hermanos es compartir voluntariamente la verdad que hemos aprendido de la Palabra de Dios con los demás.

Esto no significa que necesitas ser un experto en la Biblia, como un profesor de seminario. A cada cristiano que está aquí se le ha otorgado la verdad de Dios, independientemente de si es a través de tu propio estudio personal de la Palabra o de la enseñanza pública que recibimos en esta iglesia, o de buenas conversaciones espirituales que has tenido con amigos, o de buenas lecturas que hacemos a través de muchos libros que son vendidos o que llegan a esta iglesia. Tienes la responsabilidad de mostrar amor a los demás al no retener esa verdad. Estás llamado a ser un canal de verdad—para comunicar los demás lo que has aprendido de Dios.

Resumen:

Si determinar relacionarte deliberadamente con otro cristiano con el fin de hacerle un bien espiritual, estás amándole al entregar tu vida por ellos y al comunicarle voluntariamente verdades de la Palabra de Dios.

CONCLUSIÓN:

  1. Para ser fructífero en el discipulado debemos enfocarnos en la motivación fundamental del mismo—nuestro gozo en la gloria de Dios.
  2. Desear ver a otros crecer es obligatorio para los cristianos.

COSAS QUE HACER:

  1. Meditar en la manera como el discipulado te trae gozo, edifica la iglesia, y trae mucha gloria a Dios.
  2. Si encuentras que aun no estás motivado a pasar tiempo exhortando a otros creyentes a crecer, entonces toma tiempo esta semana para contemplar, cambiar, «sumergirte» en las razones por las cuales discipular que hemos establecido en la lección de hoy. Mientras consideras las razones bíblicas, esperamos que encuentres que la Palabra comienza a motivar tu corazón.
  3. Determina hoy cultivar un gusto por el gozo de ser un medio que Dios utiliza para motivar a otros.

Te exhorto a comenzar a pensar en cómo puedes crecer en tu propio discipulado de Cristo, al convertirte en un contribuidor intencional y deliberado de la cultura de discipulado de Capitol Hill Baptist Church.

Por CHBC Capitol Hill Baptist Church (CHBC) es una iglesia bautista en Washington, D.C., Estados Unidos

02 – Mirar a Dios

Iglesia Evangélica Unida

Serie: Mi experiencia con Dios

02 – Mirar a Dios

Samuel Pérez Millos

Samuel Pérez Millos

 Casado con Noemí Susana Colacilli, misionera durante 24 años en Palabra de Vida.

Samuel es responsable del área de formación bíblica en la Iglesia Unida de Vigo.

 Licenciado y Master en Teología (TH. M) por el Instituto Bíblico Evangélico.

Pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Vigo, hoy Iglesia Evangélica Unida, desde el 26 de septiembre de 1981.

Profesor de Biblia y Teología en la Facultad Evangélica de España y del Departamento de Teología Sistemática de la escuela Escrituras.

http://www.unidavigo.es

22 – SOBERANO SOBRE EL CLIMA

Sabiduría para el Corazón

Serie: ESTUDIO DE JOB

22 – SOBERANO SOBRE EL CLIMA

Stephen Davey

VISITE NUESTRA PÁGINA: https://www.sabiduriaespanol.org

Texto: Job 38:19-38
Dios continúa haciendo preguntas que Job no puede responder. Tal es la grandeza, la sabiduría, y el control soberano de Dios que, al finalizar este programa, no tendremos más palabras que las del salmista cuando dijo, «Al ver Tus cielos, obra de Tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el ser humano, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?»

Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes. Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/

Principados y potestades

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

Principados y potestades

Por Chris Schlect

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Los lectores atentos de la Biblia deberían preguntarse qué sucedió entre Malaquías y Mateo. El Antiguo Testamento cierra con el pueblo de Dios acabando de regresar a su tierra palestina. Hablan y escriben el idioma hebreo en un mundo dominado por los persas. Pasando la página hacia el Nuevo Testamento, vemos al mismo pueblo todavía en Palestina, pero ahora el idioma que ellos hablan y escriben es el griego, no el hebreo, y los romanos, no los persas, están a cargo. Entre los Testamentos, el centro de la civilización se desplazó desde el valle del Tigris-Éufrates hasta el Mediterráneo. Comprender este cambio es entender el mundo en el que fue establecida la Iglesia del primer siglo.

La lengua griega y las formas de pensamiento que vinieron con ella fueron la herencia directa de Alejandro III de Macedonia. Alejandro partió de Grecia en el 335 a. C. para arrebatarle Asia a los persas. Su campaña lo llevó por el extremo oriental del Mediterráneo, derrotando a los persas en Issos, luego sitiando a Tiro y Gaza por la costa. Josefo nos dice que fue en esta etapa de su campaña, en 332 a. C., que Alejandro vino a Jerusalén. Allí honró al sumo sacerdote y reconoció al Dios de ese sacerdote como el que le estaba concediendo la victoria sobre los persas. Cuando a Alejandro le presentaron la profecía de Daniel de que los griegos derrotarían al Imperio persa, creyó que él mismo era el cumplimiento de esa profecía y le concedió favores a los judíos. 

El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Sin embargo, el resultado permanente de la conquista de Alejandro no fue tan grato para los judíos. En solo 11 años, convirtió en griego al mundo conocido, pero no vivió para reinar sobre su imperio. En el 323 a. C., Alejandro, ya en su lecho de muerte con solo 33 años de edad, dividió su vasto reino entre sus oficiales. Por más de un siglo después, Palestina fue disputada en un tira y afloja entre dos de las dinastías que Alejandro creó: los ptolomeos de Egipto y los seléucidas de Siria y Asia. A este conflicto en Palestina se sumó la presión cultural y política para que los judíos adoptaran las costumbres griegas, un proceso llamado «helenización». El rey seléucida Antíoco III (el Grande) finalmente le arrebató Palestina a los ptolomeos en 198 a. C., y su hijo, Antíoco IV (Epífanes), intensificó la campaña de helenización. Josefo explica que este Antíoco más joven profanó el templo de Jerusalén de la manera más abominable: lo convirtió en un santuario para Zeus y sacrificó cerdos al dios griego en el Lugar Santísimo. Antíoco Epífanes también prohibió la circuncisión y otras prácticas de la ley judía y ordenó quemar las Escrituras judías. Así inició la incesante hostilidad religiosa entre los judíos monoteístas de Palestina y los griegos. Esta hostilidad continuaría en el período romano y daría forma a la Iglesia del primer siglo como veremos. 

Muchos judíos claudicaron en sus convicciones y siguieron el programa coercitivo de helenización de Antíoco Epífanes, pero algunos se negaron. Un grupo patriótico de judíos rebeldes temerosos de Dios se alzó bajo el liderazgo de Judas Macabeo. Judas y sus tropas rebeldes bien entrenadas retomaron Jerusalén y rechazaron a la oposición seléucida. Él se convirtió en el fundador de una nueva dinastía gobernante independiente, los asmoneos (nombrados en honor a uno de los antepasados ​​de Judas). El 14 de diciembre de 164 a. C., Judas limpió el templo de la profanación griega, y las lámparas del templo se encendieron una vez más en el nombre de Yahvé. Este evento se conmemoró a partir de ese entonces en la fiesta judía de la dedicación (o «Jánuca», que significa «luces»). Años después, Jesús mismo estuvo en Jerusalén durante esta celebración (Jn 10:22). Jánuca es una metáfora adecuada para el contexto cultural de la Iglesia del primer siglo, ya que el festival nos recuerda la hostilidad entre la religión de Abraham y Jesús, por un lado, y las creencias grecorromanas establecidas, por el otro. 

Alejandro Magno desvió la atención del mundo hacia el oeste, desde Susa hasta Grecia. Pronto se movería aún más al oeste, a Roma. En los días de Alejandro, Roma se distinguía a sí misma por las victorias sucesivas y la ampliación del territorio en la lejana península italiana. A diferencia de otros imperios antiguos, Roma trató a sus enemigos conquistados como aliados, en lugar de esclavos. Cuando la guerra con Cartago añadió Sicilia, Córcega y Cerdeña a sus dominios (241-238 a. C.), los romanos formularon un esquema eficiente para gobernar a los súbditos distantes: organizaron «provincias», territorios con magistrados especiales asignados a cada uno de ellos. 

Fue en el 63 a. C. que Judea quedó bajo el dominio romano como parte de la provincia de Siria. Para ese entonces, Roma había derrotado a los cartagineses en el norte de África y España, y a los macedonios en Grecia, convirtiendo así el Mediterráneo en un lago latino. Del 67 al 62 a. C., Pompeyo el Grande intensificó el control romano en Siria y Asia. El historiador romano Tácito nos dice que cuando Pompeyo llegó a Jerusalén, entró en el templo, un acto que pensó era su prerrogativa por derecho de conquista. Se presume que él quería proclamar que la pequeña deidad de los judíos había sido vencida por los dioses superiores de Roma. Al igual que los griegos, los romanos aceptaban a dioses desconocidos, siempre que se diera el debido honor a los dioses de Roma. Esto, a menudo trajo conflicto entre judíos y cristianos y sus amos. 

Los judíos no solo eran extraños, sino también fastidiosos. Roma gobernó Judea durante la dinastía de los asmoneos y luego la de los herodianos, pero una actitud rebelde se agudizaba entre los orgullosos judíos. Al reconocer su inestabilidad, Roma hizo de Judea una provincia autónoma en el año 6 d. C. y asignó su gobierno a una sucesión de prefectos. Poncio Pilato (26-36 d. C.) fue el tercero de ellos, y por lo menos fue tan incompetente como cualquiera de los que ocuparon el cargo. Los herodianos gobernaron un vasto territorio bajo Herodes el Grande (37-4 a. C.). Herodes fue sucedido por sus hijos, Felipe el Tetrarca (4 a. C.-34 d. C.) quien gobernó la parte norte del territorio de su padre, y Herodes Antipas (4 a. C.-39 d. C.), quien es a menudo mencionado en los Evangelios y que gobernó en el sur. Cuando Felipe el Tetrarca murió, su territorio fue anexado a la provincia de Siria. Pero tres años después, en 37 d. C., el emperador Calígula separó ese mismo territorio de Siria y se lo dio a un sobrino de Herodes Antipas y Felipe, Agripa I (37-44 d. C.). El emperador Claudio expandió el territorio de Agripa para que fuera tan vasto como el de Herodes el Grande, y le confirió el título de «rey». 

Estos fueron los primeros años del Imperio romano. A lo largo del primer siglo antes de Cristo, el mundo romano fue devastado por la guerra civil. Los militares de alto rango tenían más poder como individuos que el mismo Senado romano, puesto que las legiones que dirigían eran más devotas a sus generales que a Roma. Cuando Mario luchó contra Sila, las tropas romanas llegaron de hecho a marchar contra la ciudad de Roma. Más tarde, César llevó a sus legiones desde la Galia a Roma para luchar contra el poderoso Pompeyo. Finalmente, Marco Antonio y su aliada amante egipcia, Cleopatra, fueron derrotados por Octavio. El polvo se había asentado, y Octavio era el último hombre en pie. La paz finalmente había regresado a Roma, y ​​en el 27 a. C. el Senado le confirió a Octavio el título de «Augusto». Las vastas fronteras del imperio estaban protegidas. Las carreteras estaban bien construidas y eran seguras, y las rutas marítimas habían sido purgadas de piratas. La justicia era administrada con imparcialidad y eficiencia (de acuerdo a los estándares antiguos). Roma se veía hermosa, y Horacio y Virgilio proclamaban una nueva era de paz. En la remota Judea, nacía un Salvador. 

Muchos judíos despreciaban el gobierno herodiano y romano y esperaban que Yahvé los liberara de sus opresores. Algunos eran radicales —los zelotes— que estaban dispuestos a tomar las armas contra Roma al igual que los jueces de antaño habían hecho contra sus opresores, y como Judas Macabeo había hecho contra los seléucidas. Del otro lado estaban los recaudadores de impuestos, que eran vistos como traidores a Israel. 

Recuerda que los orígenes de la Iglesia fueron judíos. «La salvación es de los judíos», dijo Jesús (Jn 4:22). Jesús mismo era judío, Sus primeros seguidores eran judíos, y la Iglesia se fundó sobre el evangelio que fue predicado a nuestro padre Abraham (cf. Gal 3:7-9Ef 2:11-13). Cuando los cristianos comenzaron a llamar la atención en el siglo I, fueron identificados por los de afuera, y con razón, como una secta que había surgido desde dentro del judaísmo. 

Irónicamente, fue de los mismos judíos de donde vino la hostilidad más intensa contra los cristianos del primer siglo. Al principio, cualquier estigma que el mundo pagano le había adjudicado al judaísmo le fue etiquetado también al cristianismo. Tácito dijo que los cristianos fueron «odiados por sus abominaciones» y calificó su punto de vista como «una superstición muy maliciosa». En Roma, el emperador Nerón aprovechó el desdén popular hacia los cristianos para culparlos del incendio de Roma. Él iluminaba sus fiestas de jardín con antorchas de cristianos en llamas. 

Al igual que sus padres hebreos, los cristianos del primer siglo fueron despreciados. Sin embargo, ellos vinieron a un mundo preparado por Dios para una extensión generalizada del evangelio. El mundo estaba bajo una ley: la de Roma. El mundo hablaba una lengua cosmopolita: el griego de Alejandro Magno. Los caminos y las rutas marítimas eran seguras. El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Chris Schlect
Chris Schlect

El Dr. Chris Schlect es profesor de historia en New Saint Andrews College y anciano en Christ Church en Moscow, Idaho.