23 de Enero “Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya.” Levítico 1: 4. Si al poner su mano sobre el novillo, este se convertía en el sacrificio del oferente, ¿cuánto más no se volverá Jesús nuestro cuando ponemos sobre Él la mano de la fe? “Mi fe en verdad su mano pone Sobre esa amada cabeza Tuya, En tanto que como penitente estoy, Confesando allí mi pecado.” Si un novillo podía ser aceptado en lugar de una persona para hacer expiación por ella, ¿cuánto más no será el Señor Jesús nuestra propiciación plena y toda suficiente? Algunos contienden con la gran verdad de la sustitución; mas, en cuanto a nosotros, es nuestra esperanza, nuestro gozo, nuestra jactancia y nuestro todo. Jesús es aceptado en lugar nuestro para hacer expiación por nosotros, y nosotros somos “aceptos en el Amado”. El lector ha de apresurarse de inmediato para poner su mano sobre el sacrificio consumado del Señor, para que, aceptándolo, pueda obtener su inmediato beneficio. Si ya lo ha hecho una vez, que lo haga otra vez. Si no lo hubiere hecho nunca, que extienda su mano sin demorarse ni un momento. Jesús es tuyo ahora si quieres tenerlo. Apóyate en Él; apóyate fuertemente en Él; y es tuyo más allá de toda duda; estás reconciliado con Dios, tus pecados han sido borrados, y tú le perteneces al Señor.
Devocional: La Chequera del Banco de la Fe, por Charles Spurgeon.
También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Lucas 15:11–13
Si recordamos que una parábola es la presentación de una verdad espiritual utilizando el recurso de una terrenal, ¿qué quiso el Señor comunicar con la petición de este hijo y su conducta posterior? Sin duda alguna quiso representar a los publicanos y pecadores que los fariseos menospreciaron tanto en sus días. En su apreciación personal, los fariseos eran justos en sí mismos, merecedores de toda bendición divina. La rigurosidad con que se conducían en todos los aspectos externos de la religión les elevaba muy por encima de los demás mortales. Y Cristo, ante la realidad de que nadie entrará al reino de Dios con el ego inflado, en muchas ocasiones razonó y usó de misericordia para llevarles a entender el verdadero estado de sus corazones. Fue precisamente ante las murmuraciones de los escribas y fariseos que nuestro Señor ofreció las parábolas que se encuentran en Lucas 15. “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste a los pecadores recibe, y con ellos come” (vv. 1–2), es “amigo de publicanos y pecadores” (Lucas 7:34). En su mentalidad, si Jesús era un profeta santo de Dios, no debía entrar en contacto con los pecadores. Así pensó Simón el fariseo: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (v. 39). Y al razonar así, estos religiosos estaban confundiendo la misión misma que el Mesías había venido a realizar. En su contacto con ellos en otras ocasiones, Jesús aseveró este punto muy diáfanamente. En Lucas 5 nos encontramos con el llamamiento de Leví, publicano o cobrador de impuestos, gente odiada por el pueblo por tener la reputación de traicionar la nación quitando el dinero de sus conciudadanos para darlo al imperio romano. Como una muestra de gratitud al Señor, Leví le preparó un banquete, invitando también a muchos de sus compañeros publicanos. Esto fue otro motivo para la murmuración. Los fariseos no se podían explicar cómo Jesús, clamando ser el Mesías enviado de Dios, comía y bebía con publicanos y pecadores. Fue en esa ocasión cuando Cristo dijo aquellas palabras tan conocidas hoy: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:31–32). La misión de Cristo es salvar pecadores, sanar las almas enfermas con el cáncer del pecado. Por ello, cuando un hombre o una mujer se considera una persona tan justa y buena a los ojos de Dios como para no tener que experimentar un sentido de la culpa y odiosidad del pecado, nos encontramos frente a alguien que se rehúsa a ser sanado por Jesús, aun y cuando con urgencia necesita de la medicina que sólo Dios puede brindarle. El hombre tiene un grave problema con el pecado, y sólo Dios puede ayudarle. Los fariseos no veían esta necesidad, y por tanto, habían despreciado el único remedio para la sanidad de sus corazones. En el capítulo 19 de su Evangelio, Lucas vuelve a narrar el contacto de Jesús con un publicano. En este caso, con uno de los jefes de los publicanos: Zaqueo. El Señor entró en casa de Zaqueo, levantando inmediatamente la queja de sus opositores. “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador” (v. 7). Ciertamente era un hombre pecador. Él mismo confesó el pecado de hurto, arrepintiéndose y haciendo restitución por ello. Pero así llegó la salvación a su casa. “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (v. 10). De esto se trata la parábola del hijo pródigo. Es la historia de un pecador que se arrepiente de sus pecados y es perdonado por su padre. Sabiamente, el Señor presenta el caso de un gran pecador, para así exaltar todavía más el abundante perdón de Dios para los que reconocen su condición y recurren al Salvador por medio de la fe. Pero los que no se consideran perdidos, nunca serán hallados; los que no se ven a sí mismos como muertos delante de Dios, jamás serán vivificados en su presencia. Cristo trata primero con la oveja perdida (Lucas 15:1–7). Luego con la moneda perdida (vv. 8–10). Y finalmente con el hijo perdido (vv. 11–32). ¿Cuál es el punto entonces? Que el hombre está perdido en sus pecados y necesita de la salvación de Dios; que cuando éste se arrepiente, es alcanzado por la misericordia perdonadora del Señor, lo cual es causa y motivo de gran gozo y celebración en el reino de los cielos. Lo primero que observamos en el contenido de esta parábola es una manifestación de los anhelos y deseos del hijo menor. Casi podemos sentir las palpitaciones del corazón de este joven. Sus principales anhelos quedan al descubierto; abrió su corazón, y lo que brotó puso en evidencia las más bajas inclinaciones de su alma. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34). Antes de proseguir, debemos decir algunas palabras con respecto a los personajes de nuestro relato. El padre de la parábola es Dios. Obviamente, con esto Jesús no tiene la intención de afirmar que Dios es el Padre espiritual de todos los hombres. En otros lugares da a entender claramente lo contrario (Juan 8:44). Lo que Cristo está más bien argumentando es que Dios es Señor y Soberano sobre todos en virtud de Su identidad como Creador, que tiene autoridad sobre todos por cuanto es el Dador y Sustentador de la vida de cada una de Sus criaturas. “Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch. 17:25), y por esta razón tiene autoridad para mandar a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan (v. 30). Al final de la historia, aunque la opinión de los hombres aquí en la tierra haya sido diferente, cada uno dará cuenta a Aquel que es soberano sobre todos (v. 31). El padre bueno de la parábola es Dios, porque cuida y protege su creación como ningún padre jamás lo ha hecho ni lo hará. Las normas de Su hogar son las mejores: perfectas. Ha provisto al mundo de todos los recursos necesarios para toda la humanidad en todas las épocas conforme a Su misericordia y bondad. “Hace salir su sol sobre malos y buenos… hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). ¿Quién no quisiera tener a Dios como Padre? Sí, hay alguien que prefiere no tenerle dirigiendo sus asuntos: el pecador. Y esto nos lleva a nuestro segundo personaje: el hijo menor. Por lo que hemos explicado anteriormente acerca del contexto de esta parábola, vemos a los publicanos y pecadores representados en él. El hijo mayor no es mencionado sino hasta el final de la narración, segmento que consideraremos en los capítulos finales de nuestro estudio. Por ahora, podemos simplemente afirmar que el papel que representa este personaje es el de los escribas y fariseos, pecadores igual que los demás, pero con un alto sentido de justicia personal. No se nos dice mucho acerca del hogar de esta familia. Pero no sería ir muy lejos pensar que las condiciones en las cuales creció el pródigo fueron las mejores. Hay fuertes elementos emotivos en la parábola. Todo padre se puede identificar muy fácilmente con el dolor que el padre del hijo pródigo debió experimentar. A medida que avancemos en nuestro estudio veremos surgir cada uno de estos elementos. He aquí el caso de un padre con un hogar modelo, ordenado bajo principios justos y poniendo a disposición de sus hijos aquellas cosas que más le convenían. Pero nada de esto impidió la trágica decisión tomada por su hijo. Otra información ausente en el texto es una descripción del tipo de vida que el hijo había tenido hasta ese momento. No parece ser el caso que éste haya sido delincuente o borracho; ni siquiera podemos afirmar que haya sido desobediente. Esto es un punto más a favor de pensar que este personaje no sólo representa a pecadores criminales, sino a todo tipo de pecadores. Todos estamos representados en él. No importa si usted creció en un hogar cristiano o si vivió perdidamente por largos años, está representado por él. Todo pecador está representado aquí con sus anhelos e inclinaciones. ¿Por qué es importante esta última declaración? Porque a menos que usted se identifique como uno de los perdidos que Cristo vino a salvar, no irá en la actitud del pródigo a encontrar el remedio para su condición. Veamos cuáles eran los grandes anhelos del hijo menor, y así podremos observar nuestro propio retrato en él. Al realizar una radiografía de su corazón, nuestro personaje revela dos objetos principales de deseo: Independencia Con las palabras: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”, este joven estaba procurando experimentar una independencia plena de la influencia paterna. Era como si le estuviera diciendo: “Padre, yo sé que hasta ahora me has querido dar lo mejor. Sé que tienes una forma de ver las cosas, una manera de pensar. Pero ha llegado el momento para separarme de ti, para no encontrarme más bajo tu sombra. Puedes tener planes conmigo, pero otros son los que yo tengo para mí mismo. Hay cosas que quiero conocer y disfrutar, que me serían imposible de experimentar estando bajo tu techo. Dame mis bienes, porque de ahora en adelante voy a manejar mis cosas a mi manera y por mi propia cuenta.” Sus palabras nos revelan una gran insatisfacción con su padre y con la casa de su padre. Empezó a observar que las cosas no siempre eran como él quería. Poco a poco fue surgiendo el deseo de una mal llamada libertad. No era libertad de un padre tirano; quería estar libre de la influencia del testimonio y del ejemplo paterno. Quería independencia espiritual para tomar su propio camino hacia el mundo. ¿No le parece haber leído algo similar en otro lugar de las Escrituras? Eva fue tentada por el diablo precisamente en el terreno de la independencia moral. La serpiente cuestionó la moral de Dios y Su autoridad para legislar sobre la vida del hombre. Incitó a la mujer a actuar por iniciativa propia, independientemente de aquello en lo que había sido instruida previamente. Esa búsqueda de libertad de nuestros primeros padres ha sido la causa de todos los males y pecados de la humanidad. Nuestro Creador sabe lo que más conviene a Sus criaturas. Pero en su soberbia, el hombre siempre ha querido intentar una mejor opción, un camino más corto hacia la felicidad. ¿Resultado? La ruina y maldición del pecador; y con el pródigo no iba a ser diferente. Pero no podemos olvidarnos de lo siguiente: la parábola está hablando de todo pecador. El hombre sin Cristo anhela la independencia de Dios. Es importante observar que no es necesario ser un ateo para ser incrédulo. Con tan sólo dejar de tomarle en cuenta es suficiente (Rom. 1:28). Al igual que un padre de familia tiene reglas en su hogar que garanticen el buen orden y la paz doméstica, Dios también tiene sus reglas. Pero el hombre no quiere someterse al gobierno de su Creador; no quiere verse atado a tener que continuar siendo obediente a los principios y valores de su Hacedor. Él nos presenta un camino; el pecador prefiere tomar otra ruta hacia la felicidad. “Cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6). Placer El segundo elemento que encontramos en el corazón del pecador, tal como la narración de esta parábola evidencia, es el placer. Todo pecador es hedonista de corazón, aunque las manifestaciones sean tan variadas como los gustos de cada quién. El disfrute de la vida se ha convertido en la pasión de la humanidad. Billones de dólares son destinados al único fin de promover la diversión. El razonamiento del hombre es el siguiente: “La vida es breve, y hay que gozarla”; aunque para lograr sus propósitos pisotee la voluntad de Dios revelada en Su Palabra. En esencia, la humanidad del siglo I no es diferente a la de nuestra generación. “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos” parece ser una expresión extraída de los debates modernos. Pero no es otra cosa que una declaración del hedonismo que el Apóstol Pablo confrontó (1 Cor. 15:32). Un ‘buen’ momento, una buena risa, un buen descanso, parece ser el sentido de la vida. Pero todo esto no es más que la posposición de un pensamiento serio sobre la eternidad y el propósito y significado de la vida. Salomón fue alguien que cayó en esta trampa. “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno… Y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Ecl. 2:10, 11). Su perspectiva de la vida cambió; el placer no suplió las grandes necesidades de su alma. “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón” (7:2, 3). Quizá para usted sea un sueño poder entregarse a todos los placeres que se le antoje a su corazón. ¡Pero Salomón lo hizo! Si veía algo que le gustaba, podía asumirse que ya era suyo. Ciertamente alguien pensaría que en eso radica la verdadera felicidad: en hacer lo que se quiere cuando se desee. El caso de Salomón nos demuestra lo contrario… ¡y la parábola del hijo pródigo lo confirma todavía más! Este joven era el prototipo de un pecador que quiere ver sus sueños hechos realidad. El freno moral es la calamidad de la criatura que se rebela contra su Hacedor. Disfrutar de la vida ya no era el vivir en plena comunión con su padre, sino el poder dilapidar el dinero en lo que a su entender producía la máxima satisfacción. Por esto ha sido llamado “pródigo”; quiere quemar el dinero y las oportunidades de la vida en un instante. “No me hables de placer para el futuro; lo quiero ahora.” Pasó lo mismo con Esaú, quien estuvo dispuesto a cambiar su primogenitura por un plato de lentejas (Gén. 25:29–34). El guiso, en el momento, significó mucho más que las bendiciones relacionadas a sus derechos como primer hijo. En el instante pensó que había hecho el trato de su vida. Pero pasado el tiempo lamentó su decisión. “Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Heb. 12: 17). El hijo de nuestra parábola estaba haciendo exactamente lo mismo. El placer pasajero y temporal vino a ser el todo en la vida, borrando de su vista lo verdaderamente importante. Se fue tras espejismos e ilusiones con una firme pero triste resolución. “Se fue lejos a una provincia apartada” (Luc. 15:13). Quería estar lejos, lejos, bien lejos de su padre; como el pecador, que prefiere alejarse de Dios para así poder entregarse a la vanidad de su corazón. ¡Ay de aquellos que le piden a Dios que se vaya de sus vidas! Porque en ocasiones el Señor hace exactamente lo que le piden. “Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos… Y Jesús, entrando en la barca, se volvió” (Luc. 8:37). ¿Puede haber una situación más triste para el pecador? El padre de la parábola no le impidió a su hijo que realizara el acto más descabellado de toda su vida. Su corazón debía estar destrozado; pero le dejó ir. Y así, “desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (v. 13b).
Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 1-10). Salvador Gómez Dickson.
Sí, desde una perspectiva reformada —bíblica y clásica— se puede afirmar que todo cristiano, de alguna manera, está involucrado en la dimensión política, aunque no necesariamente en partidos, militancia o activismo.
Aquí te explico por qué, con equilibrio pastoral y teológico:
🟦 1. El cristiano vive en “dos reinos” (doctrina reformada clásica)
Los teólogos reformados como Lutero (doctrina de los dos reinos) y Calvino afirmaron que Dios gobierna el mundo en dos esferas:
Reino espiritual → donde Cristo reina por Su Palabra y Espíritu.
Reino civil → donde Dios ejerce Su gobierno mediante autoridades, leyes, justicia y estructuras sociales.
Bajo esta visión, todo cristiano pertenece a ambos reinos. Y por tanto, existe una responsabilidad inevitable hacia ambos.
🟦 2. La Biblia enseña que todo cristiano tiene responsabilidades públicas
Textos como:
Romanos 13:1–7 —somos llamados a someternos, orar y honrar a las autoridades.
1 Timoteo 2:1–2 —debemos interceder por los gobernantes.
Jeremías 29:7 —buscar el bienestar de la ciudad donde Dios nos coloca.
Mateo 5:13–16 —ser luz y sal también en lo público.
Esto significa que nuestra fe nunca existe aislada del contexto social y político en el que vivimos.
Aunque no seamos candidatos ni activistas, la sola presencia de la iglesia en el mundo afecta la vida pública.
🟦 3. ¿Entonces todo cristiano es “político”?
Depende de cómo definamos político.
✔ Si “político” significa:
ejercer influencia moral,
buscar el bien común,
vivir bajo leyes,
orar por gobernantes,
participar como ciudadanos responsables…
Entonces sí:
Todo cristiano es, por definición, un ser político. No por militancia, sino por vocación ante Dios y el prójimo.
❌ Pero si “político” significa:
afiliarse a un partido,
promover ideologías humanas,
convertir el evangelio en propaganda partidista…
Entonces no:
La fe cristiana no requiere militancia ni identificación con plataformas políticas humanas.
🟦 4. La perspectiva reformada evita dos extremos ❌ Politización del evangelio
Convertir la iglesia en herramienta de ideologías. (La Reforma siempre rechazó esto.)
❌ Apoliticismo irresponsable
Ignorar la justicia, el bien común o la voz profética ante el mal. (Los profetas, Jesús, Pablo, incluso Calvino, no fueron apáticos al estado.)
✔ El equilibrio reformado
El cristiano no debe ser partidista, pero sí debe ser responsablemente político. Es decir, vivir como ciudadano del cielo y de la tierra, buscando reflejar el carácter de Cristo en ambas dimensiones.
🟦 5. Ejemplos de Cristianos que participación responsable en la vida pública, defensa de la justicia, influencia ética y búsqueda del bien común, la historia de la iglesia reformada ofrece varios ejemplos de cristianos que, sin convertir la fe en partidismo, tuvieron un impacto político profundo.
1. Juan Calvino (1509–1564)
No fue un político profesional, pero su labor pastoral y teológica transformó la vida pública en Ginebra.
Desarrolló una comprensión bíblica del gobierno civil.
Promovió la educación obligatoria para todos.
Influenció constituciones, leyes justas y sistemas de bienestar.
Su visión formó la base de:
el gobierno representativo,
la separación de poderes,
la noción de responsabilidad civil,
y el derecho a resistir la tiranía (siempre bajo parámetros bíblicos).
Por eso muchos historiadores dicen que Calvino fue “político sin querer serlo”, simplemente porque la Palabra transforma sociedades.
2. John Knox (1514–1572)
Reformador escocés.
Su predicación impulsó cambios nacionales.
Promovió reformas al sistema educativo y legal.
Movilizó al parlamento escocés para establecer fundamentos bíblicos de justicia.
Su influencia llevó a una nación a renovar su marco moral.
3. Abraham Kuyper (1837–1920)
Tal vez el ejemplo más claro de un cristiano reformado literalmente político.
Pastor reformado.
Teólogo.
Fundó una universidad.
Fundó un periódico.
Y llegó a ser Primer Ministro de los Países Bajos (1901–1905).
Su frase más famosa revela su visión reformada del mundo:
“No hay un solo centímetro cuadrado en toda la creación sobre el cual Cristo no diga: ¡Mío!”
Kuyper enseñó que la fe debe iluminar cada área de la vida: arte, ciencia, educación, familia, economía y, sí, política.
4. William Wilberforce (1759–1833)
Aunque anglicano evangélico (no estrictamente reformado), su teología abrazaba los principios de la Reforma.
Parlamentario británico.
Lideró la abolición de la esclavitud en Inglaterra.
Reformó leyes laborales y prisiones.
Su servicio público se basaba en su fe en Cristo.
Es un ejemplo perfecto de cómo la fe transforma estructuras injustas.
5. Martín Bucero (1491–1551)
Reformador temprano que influyó a Calvino.
Trabajó activamente con autoridades civiles.
Diseñó reformas urbanas basadas en principios cristianos.
Promovió asistencia social para pobres y enfermos.
6. Samuel Rutherford (1600–1661)
Pastor y teólogo presbiteriano.
Escribió Lex Rex (“La ley es rey”), argumento revolucionario que decía que el gobernante está sujeto a la ley.
Sus ideas inspiraron más tarde la Declaración de Independencia de Estados Unidos y sistemas constitucionales modernos.
Conclusión
Estos cristianos reformados no fueron “políticos partidistas”, pero sí:
influyeron gobiernos,
moldearon leyes,
defendieron a los oprimidos,
promovieron justicia y libertad,
ejercieron ciudadanía cristiana fiel.
Ejemplo clave:
Un cristiano reformado no busca poder político, pero ejerce una influencia pública que transforma sociedades porque su vida está sometida al Señorío de Cristo.
«Recuerda que una mente renovada y un corazón firme en Cristo pueden transformar cualquier vida.» AEA Somos el Ministerio Alimentemos El Alma. Que la gracia y la paz de Cristo estén con todos ustedes hoy y siempre.
A Su imagen y semejanza Devocional 2/10 Serie: “Génesis: Los comienzos de la Gracia” Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”— Génesis 1:26–27
Estas palabras coronan el relato de la creación. Después de llenar los cielos y la tierra de vida, Dios hace algo único: forma al hombre y a la mujer a Su imagen. No somos fruto del azar, sino el reflejo intencional de un Dios personal, santo y lleno de amor. Ser creados “a Su imagen” significa que fuimos hechos para reflejar Su carácter, Su bondad y Su gloria en todo lo que hacemos.
En 2018, durante los incendios forestales en California, un fotógrafo captó una escena conmovedora: un bombero, cubierto de ceniza, sostenía entre sus brazos a un pequeño venado que había rescatado del fuego. Aquel gesto de compasión se volvió símbolo de esperanza en medio del desastre. Y es que esa capacidad de cuidar, de sentir misericordia y actuar con amor, es parte de la imagen de Dios impresa en cada ser humano. Aun en medio del caos, cuando la creación gime bajo el peso del pecado, Dios sigue revelando destellos de Su imagen en actos de bondad y gracia (Romanos 8:22).
Ser creados a imagen de Dios significa que fuimos hechos para reflejar quién es Él. Amamos porque Él nos amó primero — “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:19). Perdonamos porque Él nos perdonó — “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32). Y servimos porque Cristo vino a servir — “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Marcos 10:45).
El pecado no destruyó por completo esa imagen divina, pero la distorsionó. Desde la caída, el hombre busca identidad en lo creado en vez de en el Creador. Pero Cristo, “la imagen del Dios invisible” — Colosenses 1:15 — vino para restaurar esa semejanza perdida. Y por medio de Su Espíritu, somos transformados cada día “de gloria en gloria” — 2 Corintios 3:18 — hasta reflejar Su carácter plenamente.Tu valor no depende de lo que haces, ni de lo que tienes, sino de quién te hizo. El mundo mide la dignidad por logros o apariencias, pero la Palabra de Dios enseña que toda vida tiene valor porque lleva Su imagen.Tratar a otros con respeto, amar sin condiciones y cuidar de la creación es honrar al Creador que nos formó. Y si estás en Cristo, esa imagen está siendo renovada cada día por Su gracia y Su Espíritu Santo (Efesios 4:24).
El ser humano fue creado para reflejar la gloria de su Creador. Fuimos formados para mostrar Su amor, redimidos para anunciar Su gracia y transformados para vivir conforme a Su verdad. Tu existencia tiene sentido solo cuando tu vida apunta a Él. Fuiste creado para reflejar a Cristo.
Señor, gracias porque me creaste a Tu imagen y semejanza. Aunque el pecado ha manchado lo que soy, en Cristo me haces nuevo. Restaura en mí Tu reflejo, y que mi vida muestre Tu amor y Tu gracia. Porque en tiempo favorable me escuchaste, y en el día de la salvación me socorriste. ¡He aquí ahora el tiempo más favorable! ¡He aquí ahora es el día de salvación!», lo ruego en el nombre de Jesús, Amén.
«Recuerda que una mente renovada y un corazón firme en Cristo pueden transformar cualquier vida.» AEA Somos el Ministerio Alimentemos El Alma. Que la gracia y la paz de Cristo estén con todos ustedes hoy y siempre.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” — Génesis 1:1
Toda la Escritura comienza con una afirmación gloriosa: Dios es el origen de todo. Antes del tiempo, antes de la materia, antes del ser humano, Dios ya era. El relato no intenta probar Su existencia; simplemente la declara. En una sola frase, se nos muestra la majestad del Creador que habla, y el universo obedece. Génesis 1:1 nos recuerda que todo lo que existe proviene de Dios y existe para Su gloria. Nada es fruto del azar. Cada átomo, cada estrella, cada vida, fue formada por la voluntad soberana del Señor. En el principio, no hay caos fuera del control divino: hay orden, propósito y gracia en acción.
En 1968, durante la misión del Apolo 8, los astronautas dieron la vuelta a la luna por primera vez. Mientras contemplaban la Tierra suspendida en la oscuridad del espacio, uno de ellos, William Anders, tomó una Biblia y leyó al micrófono: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”Millones escucharon aquellas palabras desde el espacio. En ese momento, la humanidad, que había alcanzado un logro tecnológico sin precedentes, reconoció su pequeñez frente a la inmensidad de un Creador eterno.
La creación no solo muestra poder, sino intención redentora. Juan 1:3 nos dice que “todas las cosas por Él fueron hechas”, refiriéndose a Cristo. Desde el primer versículo de la Biblia, el Hijo eterno está obrando. Esto significa que el mundo no es un accidente; fue diseñado para reflejar la gloria del Hijo. La belleza de la naturaleza, el orden del universo y la vida misma son ecos de Su sabiduría. Sin embargo, este mundo caído nos recuerda que el hombre, al apartarse de su Creador, trajo la maldición del pecado. Pero aun así, Dios sigue buscando y llamando a pecadores por medio de Su Espíritu. El mismo Dios que dio forma al vacío del principio, hoy forma nueva vida en quienes confían y creen en Cristo……
Señor ayúdanos a comprender que cada amanecer, cada respiración, cada detalle de nuestra existencia nos grita: “Dios está en control”. En tiempos de incertidumbre, de prueba debemos recordar que Dios “en el principio” ya tenía un plan perfecto para nosotros, el cual si confiamos y perseveramos en la Fe de Dios nos traerá paz, una paz que busca y anhela el hombre, pero que no la encuentra en nada, ni nadie fuera de Dios.
Así como el universo no surgió sin propósito, tampoco tu vida es un accidente. Eres parte de la historia que Dios escribe con gracia. El mismo poder que hizo los cielos actúa en ti, moldeando tu carácter conforme a la imagen de Cristo.
Génesis 1:1 no solo abre la Biblia, abre también nuestro entendimiento: la vida comienza con Dios y solo encuentra sentido en Él. Cuando el alma reconoce su origen en el Creador, encuentra salvación, dirección, propósito y descanso. Todo empieza —y termina— en Dios…….
Padre amado, gracias por recordarme que Tú eres el principio y el fin. Nada en mi vida escapa de Tu control. Así como diste forma al vacío del universo, forma hoy mi corazón conforme a Tu voluntad. Hazme descansar en Tu poder creador y en la gracia de Cristo, que renueva todas las cosas. Porque en tiempo favorable me escuchaste, y en el día de la salvación me socorriste. ¡He aquí ahora el tiempo más favorable! ¡He aquí ahora es el día de salvación!», lo ruego en el nombre de Jesús, Amén.
«Recuerda que una mente renovada y un corazón firme en Cristo pueden transformar cualquier vida.»
Somos el Ministerio Alimentemos El Alma.
«Que la Gracia y la Paz de Cristo estén con todos ustedes hoy y siempre.»
En un mundo que valora el individualismo, pensar en el mandamiento de honrar a los padres es muy importante. Esto desafía las tendencias culturales de hoy.
Sin embargo, este principio bíblico sigue siendo muy importante hoy en día. No es solo una regla antigua, sino un criterio clave que Dios estableció para el bienestar de las familias y las sociedades.
“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da”(Éxodo 20:12, NBLA).
Este mandamiento, ubicado estratégicamente como puente entre nuestros deberes hacia Dios y hacia el prójimo, destaca la importancia que el Creador otorga a las relaciones familiares.
No es casualidad que el Señor vincule directamente el respeto a los padres con la obediencia a Él mismo. La honra a los padres refleja que entendemos la autoridad divina y establece el fundamento para todas las demás relaciones sociales.
El mandamiento de honrar a los padres es el único acompañado de una promesa específica. Nos invita a explorar su significado profundo y aplicación cotidiana.
El fundamento bíblico de honrar a los padres
El mandamiento de honrar a los padres aparece inicialmente en Éxodo 20:12 como parte del decálogo entregado a Moisés en el monte Sinaí. Es tan importante que se repite en Deuteronomio 5:16 para enfatizar la promesa:
Este principio no quedó sólo en el Antiguo Testamento; en el Nuevo, el apóstol Pablo lo reafirma en Efesios 6:1-3:
“Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra”. Efesios 6:1-3
Pablo identifica específicamente este mandamiento como “el primer mandamiento con promesa”, y subraya así su carácter único y su continuidad en la era cristiana.
La promesa de este mandamiento —”para que te vaya bien y tengas larga vida”— no es una fórmula mágica. Es un principio espiritual. Las sociedades que honran a los mayores son más estables. Las familias que respetan a las generaciones mayores tienen más bienestar. Las personas que agradecen a quienes les dieron la vida son más equilibradas ante los desafíos.
La Biblia establece así que la honra a los padres no es opcional ni temporal, sino un principio permanente del diseño divino para las relaciones humanas.
¿Qué implica honrar?
La honra a los padres va mucho más allá de la simple obediencia infantil. La palabra hebrea “kavod” significa “honrar”. Esta palabra está relacionada con “peso” o “gravedad”. Esto sugiere que debemos dar a nuestros padres una gran importancia.
Debemos valorarlos y tratarlos con la dignidad que merecen. Esta concepción abarca dimensiones mucho más profundas que el simple cumplimiento temporal de instrucciones concretas.
Honrar implica respeto expresado en palabras y actitudes. Significa cuidado práctico, especialmente en la vejez o enfermedad. Incluye gratitud por la vida recibida y los sacrificios realizados. Es también dignificación al tratar a los padres como personas de valor inherente, independientemente de sus logros o limitaciones.
Es importante entender que el mandamiento de honrar a los padres no es solo para una etapa de la vida. No se dirige solo a los niños pequeños que están bajo la autoridad de sus padres. Este mandamiento se refiere a una actitud que cambia con el tiempo. Evoluciona según las circunstancias de los hijos y de los padres.
La Biblia nos ofrece varios ejemplos de esta honra. Por ejemplo, José, a pesar de su posición de poder y autoridad en Egipto, honró a su padre, Jacob, al traerlo a vivir con él y cuidarlo en su vejez.
Rut demostró extraordinaria honra hacia su suegra Noemí, cuando la acompañó y le proveyó de alimento y protección en circunstancias extremadamente difíciles. Y Jesús mismo, incluso desde la cruz, se aseguró de que su madre María fuera cuidada encomendándola al discípulo amado.
La honra, por lo tanto, es una actitud del corazón que se traduce en acciones concretas de respeto, cuidado y valoración.
Honrar en momentos difíciles
Una pregunta que surge frecuentemente es cómo honrar a padres que han sido abusivos, han estado ausentes o han tomado decisiones que han lastimado a sus hijos o familias.
Aquí es crucial establecer que honrar no equivale necesariamente a aprobar conductas incorrectas. La honra no requiere sumisión a influencias negativas ni justificación de comportamientos dañinos.
El evangelio ofrece un enfoque redentor para estas situaciones complejas. El poder de Cristo nos ayuda a ver la diferencia entre la persona y sus acciones. La persona fue creada a imagen de Dios, pero sus acciones pueden estar manchadas por el pecado.
Por eso, podemos honrar a los padres y establecer límites saludables. También podemos ofrecer perdón sin aceptar el abuso. Además, podemos buscar la reconciliación cuando sea posible, sin ponernos en situaciones dañinas.
La honra en momentos difíciles puede incluir orar por los padres que nos han lastimado. También implica hablar de ellos con respeto ante otros, evitando la difamación. Buscar ayuda profesional para sanar heridas es importante. Debemos confiar en que Dios puede redimir incluso las historias familiares más dolorosas.
El mandamiento de honrar a los padres no anula otros principios bíblicos como la protección de los vulnerables o la búsqueda de la verdad y la justicia.
En estas situaciones, recordemos que nuestro Padre celestial entiende bien el dolor de las relaciones rotas. Él puede guiarnos sobre cómo honrar de manera saludable, incluso desde la distancia si es necesario.
La honra hoy en día
En el contexto contemporáneo honrar a los padres adquiere expresiones concretas según nuestra etapa de vida. Como adultos, la honra incluye cuidado emocional (mantener vínculos significativos), apoyo económico cuando sea necesario (1 Timoteo 5:8), y presencia genuina (tiempo de calidad, no solo por obligación).
En la vida diaria, la honra se muestra en nuestro lenguaje. Esto incluye cómo hablamos con nuestros padres y de ellos con otros. También se refleja en nuestras actitudes, como tener paciencia con sus limitaciones o diferencias generacionales. Además, se ve en nuestras decisiones, al pensar en cómo nuestras elecciones les afectan.
Un aspecto fundamental del mandamiento de honrar a los padres es transmitirlo a las nuevas generaciones. Enseñamos esta norma principalmente con nuestro ejemplo. Cuando nuestros hijos nos ven honrar a sus abuelos, ellos aprenden.
Los honramos llamándolos, visitándolos y hablando bien de ellos. También consideramos sus consejos y los cuidamos en momentos difíciles. Así, ellos aprenderán a tratarnos a nosotros en el futuro.
Es importante crear oportunidades para que las generaciones se conecten, compartan historias y construyan recuerdos significativos. Las familias que honran sus raíces suelen tener un sentido más profundo de identidad y pertenencia. El mandamiento con promesa se convierte así en un legado intergeneracional.
En una cultura que a menudo margina a los ancianos o idolatra la juventud, vivir el mandamiento de honrar a los padres ofrece un poderoso testimonio contracultural. Cuando las comunidades cristianas cuidan y valoran a los mayores, muestran un aspecto importante del carácter de Dios. Dios se identifica como Padrey honra la función de ser padre en su ley.
El mandamiento de honrar a los padres trasciende su estructuración legal y nos revela un principio espiritual de profundo alcance. Honrar a nuestros padres es reconocer el orden establecido por Dios, valorar nuestras raíces, y participar en un ciclo de bendición intergeneracional. Es el único mandamiento acompañado específicamente de una promesa, lo cual su importancia para el bienestar individual y colectivo.
Este principio bíblico nos plantea un reto tanto personal como práctico: ¿De qué manera honro a mis padres actualmente? ¿Mis palabras, actitudes y comportamientos reflejan la importancia que Dios da a esta relación? ¿He dejado que los conflictos, desacuerdos o simplemente la falta de atención debiliten mi compromiso con este mandamiento?
La invitación está abierta para redescubrir la honra a los padres no como una obligación cultural anticuada, sino como un acto vital de fe y obediencia. Cualquiera que sea tu relación con tus padres, el principio bíblico sigue siendo válido.
Puede que tengas una relación cercana o lejana. Tal vez sea buena o tensa. Incluso puede que solo los recuerdes si ya han partido. La promesa sigue: “para que te vaya bien y tengas larga vida en la tierra”.
Vivir este mandamiento con promesa puede transformar a nuestras familias y nuestra comprensión de la autoridad, la gratitud y el valor inherente de cada persona creada a imagen de Dios.
Me atrevo a decirlo así, porque, cuando disfrutas de tu hogar, lo último que quieres es estar hablando a mujeres y hombres desde un escenari La Biblia nos habla y enseña a vivir en familia, en comunidad, compartiendo unos con otros en nuestra iglesia local. Si tienes la oportunidad de en algún momento compartir con muchas mujeres a través de un taller o una conferencia, gloria a Dios, Dios te use y sea glorificado. No estoy peleada con eso. Solo te animaría a ver a tu alrededor, tu casa, tu familia, tu iglesia local. Seguramente podrás ayudar más ahí, ¿por qué estás en el lugar donde estás? Porque todos los miembros del cuerpo se ayudan entre sí, juntos (Ef. 4). Quizás seas el único miembro sano que Dios usará para traer convicción a la vida de una persona más, y esa persona a otra más y a otra más ¡Qué glorioso! Así, juntos, será más sencillo ser luminares en un lugar donde quizá la luz del evangelio no les ha resplandecido. No busquemos plataformas, mujer, usemos los dones y talentos que Dios nos ha dado para impactar en el hogar a los hijos que en un futuro serán quienes hablen el evangelio. No menospreciemos ese lugar glorioso que Dios nos ha dado en el hogar, por querer explotar esos dones y talentos en buscar la fama temporal y banal que trae un escenario. Cuida y guarda tu corazón. Cualquiera puede suplirte en un escenario, pero nadie puede hacerlo en tu hogar. 🌷«No les tengan miedo. Acuérdense del Señor, que es grande y temible, y luchen por sus hermanos, sus hijos, sus hijas, sus mujeres y sus casas». (Neh. 4:14 NBLA). ¡Luchemos por más familias fuertes! Esa es la prioridad. Caminemos uno al lado del otro, conociéndonos, siendo íntegros, hospitalarios, amando al de al lado; esto conlleva tiempo, esfuerzo y mucho amor por las almas de aquellos por quien Cristo también murió. Dios nos ayude y guíe a edificar hogares sólidos, familias fuertes que luchen por más familias fortalecidas en el Señor.
Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16.33
La sinceridad de Cristo con sus discípulos presenta un marcado contraste con la proclamación de una gran cantidad de «profetas» de nuestro tiempo. Ellos ofrecen una vida llena de bendiciones, donde todo es victoria y alegría. Inclusive, uno de los famosos grupos religiosos que han surgido en los últimos años tiene como lema: «¡Pare de sufrir!» Cristo no anduvo con vueltas, ni trató de esconder la realidad a sus discípulos. Su declaración es sencilla y directa: «¡En el mundo tendréis aflicción!» No hacía falta que diera mayores explicaciones acerca del tema, pues los discípulos mismos eran testigos del sufrido paso de Jesús por la tierra. Se había visto obligado a luchar con el hambre, el cansancio y el frío. A diario debía manejar el acoso de las multitudes, con su interminable procesión de curiosos, interesados y necesitados. Además de esto, debió lidiar con los cuestionamientos, las sospechas y las agresiones por parte de los movimientos religiosos del momento. Y, ¿qué podremos decir de las angustias particulares que el grupo de hombres cercano a él le produjeron en más de una ocasión? Todo esto formaba parte de la experiencia de transitar por este mundo. En esta ocasión Cristo acompaña esta revelación con algunos principios importantes. Gran parte del sufrimiento en tiempo de aflicción no procede de la circunstancia misma, sino de la manera en que reaccionamos a ella. Nuestra reacción frecuentemente es negativa porque nos sorprende lo que nos ha tocado vivir. La inocencia de nuestro pensar queda admirablemente expuesta cuando exclamamos: «¿por qué a mí?» Jesús les dijo que lo que les había compartido era para que tuvieran paz en él. Es decir, ninguno de ellos podía aducir que nadie les había advertido lo que les esperaba como consecuencia de ser discípulo del Mesías. Se reducía, de esta manera, un importante obstáculo en el manejo de conflictos. Acompañó esta observación declarando que, como hijos de Dios, tenían acceso a la paz. Esta es, de hecho, la característica más sobresaliente de aquellos que viven conforme al Espíritu, y no a la carne. No es que están libres de las dificultades, los contratiempos, y los sufrimientos, sino que en medio de las más feroces tormentas experimentan una quietud y un sosiego interior que no tiene explicación. Son inamovibles en sus posturas, porque lo que ocurre fuera de ellos no logra derribar la realidad interna. Cristo les hizo notar, sin embargo, que esta paz la tenían en él. No era producto de la disciplina, ni del cumplimiento de una serie de requisitos religiosos, ni de una decisión que habían tomado en el pasado de seguir a Jesús. La paz estaba en la persona de Cristo y solamente tendrían acceso a ella quienes estaban cerca de él. La paz es, en última instancia, el resultado directo de Su victoria, no de la nuestra.
Para pensar: Dios en su sabiduría no nos da la paz, sino acceso a la persona que tiene la paz. Esto nos obliga a buscarlo siempre a él, fuente eterna de vida y plenitud. ¿Pecados privados?
Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. Desarrollo Cristiano Internacional.
Nota editorial: Esta artículo pertenece a una serie de 21 artículos relacionados con los mitos acerca de los temas más relevantes de la teología y la vida cristiana. Puedes leerla en este enlace. Esta serie fue publicada originalmente en inglés porCrossway. A continuación 5 mitos sobre la atención a enfermos terminales:
Mito #1: No hay razón para hablar de la atención a enfermos terminales hasta que surge la necesidad. ¿Quién quiere hablar de la muerte? Pocas cosas detienen tanto una conversación como el tema de la muerte. Es la consecuencia vulgar de la caída, la paga del pecado digna de nuestro desprecio (Ro. 6:23). Nadie siente placer al hablar de ella. Sin embargo, la administración de las vidas que Dios nos ha dado es importante incluso hasta el final (1 Cor. 6:19-20), y con mucha frecuencia, la muerte inminente nos priva de dar una opinión cuando más necesitamos hablar. Una enfermedad grave altera la conciencia. La asistencia respiratoria por medio de un respirador requiere que se coloque un tubo de silicona en nuestras cuerdas vocales, y para tolerar ese tubo, necesitamos sedantes que nos prohíben comunicarnos. Dadas estas dificultades cuando nos golpea la tragedia, somos pocos los que podemos articular nuestras prioridades, mucho menos tomar en cuenta la voluntad de Dios en oración. Si posponemos hablar sobre la atención a enfermos terminales “hasta que surja la necesidad”, corremos el riesgo de sufrir excesivamente y no hablar del tema. Nuestro silencio con respecto a la atención a enfermos terminales también puede amontonar una carga aplastante en nuestros seres amados. Si los doctores no pueden comunicarnos las decisiones médicas, se acercarán a quienes sean más allegados, y muchos de ellos no se sienten preparados para cumplir ese papel. Los seres queridos padecen altas tasas de depresión, ansiedad, duelos complicados e incluso, estrés postraumático hasta un año después del fallecimiento de un familiar en una unidad de cuidados intensivos. Las conversaciones acerca de los enfermos terminales son incómodas y difíciles. Pero en esta era de tecnología médica compleja son esenciales, con ramificaciones que van más allá de nosotros mismos.
Mito #2: La Biblia nos manda a prolongar la vida a toda costa El Señor nos confía la vida y nos pide que la valoremos. Él nos creó a Su imagen con el fin de administrar Su creación y para servirle (Gén. 1:26; 2:19-20), y la Biblia claramente nos enseña a atesorar la vida y a esforzarnos por glorificarle en todo (Éx. 20:13; 1 Co. 10:31; Rom. 14:8). La santidad de la vida mortal ordena que, cuando se lucha con una gama de opciones médicas, debemos considerar los tratamientos que sostengan la vida que sirvan para curar. Sin embargo, la santidad de la vida no rechaza la certeza de la muerte (Rom. 5:12, 6:23). Pese a que la Biblia nos guía a buscar tratamientos que ofrezcan esperanza de recuperación, no nos impone aceptar intervenciones que prolonguen la muerte o que inflijan sufrimiento sin beneficio alguno. “Hacer todo lo posible” por salvar una vida puede ser lo correcto. Pero cuando se hace sin discernimiento, este enfoque puede imponer un sufrimiento innecesario cuando la oración compasiva es más importante. Finalmente, si nos cegamos a nuestra propia mortalidad, rechazamos la resurrección. Pasamos por alto que nuestros tiempos están en Sus manos (Sal. 31:15; 90:3) y desechamos el poder de Su gracia en nuestras vidas, la verdad de que Dios obra en todas las cosas —incluso, la muerte— para el bien de quienes le aman (Jn. 11; Ro. 8:28).
Mito #3: Dios debe sanarme si oro con el fervor suficiente Dios sí sana y puede hacerlo. En mi experiencia como médico, Él usó la recuperación improbable de un paciente para atraerme hacia Él. Durante Su ministerio, Jesús realizó sanidades milagrosas que glorificaron al Padre y profundizaron la fe (Mt. 4:23; Lc. 4:40). La Biblia nos alienta a orar con sinceridad (Lc. 18:1-8; Fil. 4:4-6), y si el Espíritu nos mueve a orar por la sanidad, sea de nosotros mismos o de nuestro prójimo, debemos hacerlo con fervor. No obstante, mientras oramos, debemos atender a una diferencia importante; aunque Dios puede sanarnos, jamás debemos presuponer que debe hacerlo. La muerte nos alcanza a todos. Cuando Cristo regrese, ninguna enfermedad manchará la creación de Dios (Apoc. 21:4), pero mientras tanto, esperamos y gemimos mientras nuestros cuerpos se marchitan. Podemos percibir la sanidad como nuestro mayor bien, pero la sabiduría de Dios sobrepasa aun el más impresionante de los alcances de nuestro entendimiento (Is. 55:8). Dios puede hacer milagros. Las montañas se derriten ante Él, y le puso límites al mar (Sal. 97:5, Job 38:8-11). Y pese a que los milagros pudieran cumplir nuestro anhelo más desesperado, es posible que éste no esté alineado con Su perfecta y divina voluntad. En el huerto de Getsemaní, mientras la agonía del mundo caía sobre Él, Jesús oró para tener una salida, pero también terminó Su oración con: “No mi voluntad, sino la tuya” (Mt. 26:39). Al igual que los discípulos de Cristo, busquemos acercarnos a nuestro Padre con la misma confianza y humildad.
Mito #4: Está mal quitarle la asistencia respiratoria a un ser querido Dios nos llama a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a ministrar al afligido (Mt. 22:39; Jn. 13:34; 1 Jn. 3:16-17). De la misma manera que Dios nos amó, debemos extendernos empatía y misericordia unos a otros (Lc. 6:36; 1 Ped. 3:8; 1 Jn. 4:7; Ef. 5:1-2). La misericordia no justifica la eutanasia activa ni el suicidio asistido por un médico, los cuales son medidas con un objetivo singular de terminar con la vida. Sin embargo, sí nos guía a alejarnos de las intervenciones agresivas y dolorosas si tales medidas son inútiles o si el tormento que imponen supera cualquier beneficio. En muchos casos al final de la vida, la tecnología induce el sufrimiento, sin ofrecer esperanza de recuperación. Pese a que nuestro objetivo es preservar la vida que Dios nos ha dado, las Escrituras no nos obligan a perseguir tenazmente medidas si éstas causan agonía sin esperanza de sanidad. Si las medidas agresivas sólo servirán para prolongar la muerte, el cambio de enfoque, como el de alejar al ser querido de la sanidad y darle algo de alivio, puede reflejar la compasión cristiana. Cuando un ser querido no logra recuperarse de una enfermedad grave y terminal, quitarle el respirador puede reducir el dolor y el malestar, mientras la enfermedad se lo lleva a casa para estar con el Señor. Por pesadas que puedan ser estas situaciones en nuestros corazones, si se las considera en oración y discernimiento, pueden cumplir nuestro llamado a amarnos unos a otros (Jn. 13:34–35).
Mito #5: No hay esperanza junto al lecho del que muere Aun cuando nos atrapa una enfermedad mortal, aun cuando distorsiona nuestras vidas hasta dejarlas irreconocibles, nuestra identidad en Cristo —amados, redimidos, hechos nuevos— permanece. Como cristianos, descansamos en la seguridad de una esperanza viva que persiste aún en nuestros últimos momentos sobre la tierra: “Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo” (1 Ped. 1:3, Sal. 23:4). Nos regocijamos que, por medio de la resurrección de Cristo, “la muerte ha sido sorbida en victoria» (1 Cor. 15:54–55). Más grande es el amor de Dios por nosotros, tan asombrosamente perfecto es Su sacrificio, que nada podrá separarnos de Él. Como lo escribió Pablo: “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 8:38–39). Este mundo roto no es el fin. Cristo ha vencido el pecado, y como tal, nuestra muerte transitoria se marchita ante la certeza de una vida renovada. Descansamos seguros en la promesa de Cristo: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn. 11:25–26). El amor de Dios por nosotros en Cristo Jesús sobrepasa todo entendimiento, y ningún respirador, monitor o enfermedad temible podrán arrancarnos de Su mano.
Kathryn Butler es una cirujana de trauma y cuidados críticos convertida en escritora y madre de familia. Es autora de «Glimmers of Grace»: A Doctor’s Reflections on Faith, Suffering, and the Goodness of God. Ella y su familia viven al norte de Boston.
Las iglesias, como comunidades de fe, están llamadas a predicar el evangelio y reflejar el carácter de Cristo, son «columna y valuarte de la verdad» 1 Timoteo 3:15, una de sus mayores responsabilidades es proclamar, cuidar y guiar a sus miembros en un ambiente de amor, libertad y verdad bíblica, sin embargo, en ocasiones se han desviado de este propósito, utilizando la coerción, la intimidación y la manipulación como medios de control. Este tipo de abuso espiritual no sólo contradice el espíritu del evangelio, sino que también hiere profundamente a los creyentes y socava la misión de la iglesia.
En este post exploraremos, con base en las Escrituras, el tema del uso y abuso de la coerción en las iglesias, manifestada en la presión psicológica, la restricción de la libertad, e incluso la violencia física. Nuestro objetivo es advertir, reflexionar y redirigir hacia la enseñanza bíblica del liderazgo basado en el «amor de servir, que es lo que a Dios le agrada, y no por obligación ni para ganar dinero. No traten a los que Dios les encargó como si ustedes fueran sus amos; más bien, procuren ser un ejemplo para ellos. Así, cuando regrese Cristo, que es el Pastor principal, ustedes recibirán un maravilloso premio que durará para siempre.» 1 Pedro 5:2-4. Cuídenlas, como cuida el «Buen Pastor» a sus ovejas.
1. La libertad en Cristo: Fundamento bíblico contra la coerción
La fe cristiana se fundamenta en la libertad que Cristo nos concede. El apóstol Pablo escribe:
“Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud.” (Gálatas 5:1)
Aquí se subraya que la vida cristiana no debe estar marcada por la esclavitud o el sometimiento indebido, sino por la libertad en Cristo. Cuando una iglesia o sus líderes utilizan la coerción para forzar la obediencia, están contraviniendo este principio fundamental.
Jesús mismo nunca forzó a nadie a seguirle. Siempre ofreció la invitación, pero dejó que las personas decidieran libremente:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.” (Lucas 9:23)
El énfasis está en el “si alguno quiere”, es decir, la decisión voluntaria. La coerción niega esta libertad y convierte el discipulado en obligación, lo cual destruye la esencia de la relación con Dios.
2. El abuso de la coerción en la iglesia: manifestaciones comunes
El abuso de la coerción puede manifestarse de varias formas, entre ellas:
a) Presión psicológica Esto ocurre cuando los líderes manipulan las emociones de los miembros, apelando al miedo, la culpa o la vergüenza. Por ejemplo, frases como: “Si no haces esto, estás desobedeciendo a Dios” o “Si no das lo que se espera, no eres un verdadero creyente” son manipulaciones que buscan controlar la conducta.
b) Restricción de la libertad Algunas comunidades imponen reglas arbitrarias que no provienen de las Escrituras, limitando la vida personal de los miembros en aspectos como la vestimenta, las amistades, el tiempo libre o las decisiones laborales. Esto recuerda lo que Pablo denunció:
“¿Por qué os sometéis a preceptos tales como: ‘No manejes, no gustes, no toques’, en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres?” (Colosenses 2:20-22)
c) Intimidación y violencia verbal o física En casos extremos, la coerción se manifiesta con gritos, amenazas o incluso agresión física. Esto es una clara distorsión del espíritu de Cristo, quien se describió a sí mismo como “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).
3. El liderazgo cristiano según la Biblia
El Nuevo Testamento enseña un modelo de liderazgo radicalmente distinto al de la coerción. Jesús corrigió a sus discípulos cuando querían replicar el estilo autoritario de los gobernantes de su tiempo:
“Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” (Mateo 20:25-26)
El liderazgo en la iglesia está basado en el servicio y no en la dominación. El apóstol Pedro exhorta a los ancianos diciendo:
“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.” (1 Pedro 5:2-3)
Estas palabras muestran con claridad que el control, la manipulación y la coerción son totalmente incompatibles con el liderazgo cristiano.
4. El peligro espiritual de la coerción
El uso de la coerción en las iglesias no solo daña a las personas, sino que también distorsiona el evangelio. Entre sus peligros encontramos:
a) Destrucción de la confianza en Dios Cuando los líderes obligan a los miembros a actuar bajo manipulación, estos terminan asociando la voz de Dios con el control humano, lo que puede llevar a un distanciamiento de la fe.
b) Fomento de la hipocresía La coerción produce obediencia externa, pero no transformación interna. Las personas pueden aparentar sumisión, mientras en su corazón sienten resentimiento o frustración. Jesús criticó duramente este tipo de religiosidad externa:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.” (Mateo 15:8)
c) Reproducción del abuso Aquellos que son controlados bajo coerción, a menudo terminan replicando el mismo patrón cuando llegan a posiciones de liderazgo. Esto perpetúa un ciclo de abuso contrario al evangelio.
5. Ejemplos bíblicos de rechazo a la coerción
A lo largo de la Biblia vemos cómo Dios se opone a la coerción en el ámbito espiritual:
El joven rico (Mateo 19:16-22): Jesús le dio la opción de seguirle, pero cuando el joven se fue triste, no lo obligó ni lo manipuló.
Josué (Josué 24:15): En lugar de forzar al pueblo, les dijo: “Escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. La fe debe ser una elección personal.
Apocalipsis 3:20: Cristo dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él”. El Señor no irrumpe por la fuerza, sino que espera la libre respuesta.
Estos ejemplos confirman que la coerción contradice la naturaleza misma de la relación de Dios con la humanidad.
6. El llamado a la verdadera edificación
El propósito de la iglesia no es someter ni controlar, sino edificar en amor. Pablo instruye:
“Hágase todo para edificación.” (1 Corintios 14:26)
Y también:
“Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.” (Efesios 4:2)
La coerción destruye, pero el amor construye. La iglesia debe ser un lugar de sanidad, libertad y crecimiento, no un espacio de miedo y control.
7. ¿Cómo evitar la coerción en las iglesias?
a) Predicando la libertad en Cristo Recordar constantemente que la vida cristiana es una respuesta voluntaria al amor de Dios.
b) Promoviendo el liderazgo servicial Formar líderes que vean su rol como un servicio y no como una posición de poder.
c) Fomentando el discernimiento bíblico Animar a los creyentes a estudiar las Escrituras por sí mismos, evitando que dependan ciegamente de la interpretación de un líder.
d) Practicando la transparencia y la rendición de cuentas Los líderes deben rendir cuentas y evitar estructuras cerradas de poder que fomentan el abuso.
Conclusión
El uso de la coerción, la intimidación o la manipulación en las iglesias es una grave distorsión del evangelio. Cristo nos llamó a la libertad, y el liderazgo en su nombre debe reflejar humildad, servicio y amor. Las Escrituras nos recuerdan que la verdadera autoridad no se ejerce con control, sino con ejemplo, y que la edificación de la iglesia se logra en un ambiente de gracia y libertad.
En palabras del apóstol Pablo:
“Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” (2 Corintios 3:17)
Que las iglesias de hoy rechacen la coerción y se conviertan en espacios donde cada persona pueda crecer en libertad, amor y verdad, reflejando fielmente a Aquel que nos llamó.
Citas tomadas de las Sagradas Escrituras. Artículo escrito por AEA y de libre difusión.