Nuestro Dios puede hacer infinitamente más

Nuestro Dios puede hacer infinitamente más

A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo.
Hechos 23:11
El Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas.
2 Timoteo 4:17
Estos pasajes de la Escritura marcan el comienzo del cautiverio de Pablo en Jerusalén (Hch. 23) y el final de su cautiverio en Roma (2 Ti. 4). Creemos que este periodo fue aproximadamente de unos diez años, incluyendo un corto período de libertad, pero el Señor Jesús estuvo junto al apóstol desde el principio hasta el final, conforme a su promesa: “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5; Jos. 1:5).

El apóstol Pablo estaba ansioso por ir a Jerusalén. Más de una vez sus hermanos le habían aconsejado, por el Espíritu, que no fuera; pero él estaba dispuesto no solo a ser encarcelado allí, sino a morir por el nombre del Señor Jesús (Hch. 21:13). Solo una semana después de su llegada, él estuvo a punto de ser linchado por los judíos antes de que la guarnición romana acudiera en su ayuda y lo encadenara (Hch. 22:27-34). Algunos podrían pensar que él era responsable de esto y que debía ser culpado; pero el Señor no lo culpó, sino que lo animó.

Los motivos de Pablo eran puros. El Señor Jesús vio un fiel reflejo de su propio amor en el corazón de su siervo: “Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Ro. 9:2-3). Al igual que Moisés, con celo santo, él estaba dispuesto a sacrificarse en la conducción del pueblo a los pies del Señor (Ex. 32:32).

Pero eso no iba a pasar. Pablo, al igual que su Maestro, el Señor Jesús, había llorado por Jerusalén: “Como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste” (Mt. 23:37). Las puertas del templo se cerraron (Hch. 21:30) y Pablo no pudo continuar su testimonio en Jerusalén. Pero el Señor, en su gracia soberana, transformó todo en una bendición mucho más amplia. Pablo iba a testificar en Roma, anunciando allí el misterio de Cristo y la Iglesia a través de sus escritos. Sí, nuestro Dios “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20).

Simon Attwood
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Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien

Vi asimismo en aquellos días a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban conforme a la lengua de cada pueblo. Y reñí con ellos… ¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel?… aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras… Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.
Nehemías 13:23-26, 31

Después de la cautividad en Babilonia (36) Algunos más tarde
Después de 12 años como gobernador, Nehemías regresó al rey. Más tarde se le permitió regresar a Jerusalén. Tristemente, cuando volvió se encontró con que la ciudad estaba en una condición deplorable. Eliasib, el sacerdote, había preparado una habitación para Tobías el amonita en los atrios de la Casa de Dios. Nehemías se enfadó grandemente y quitó todas las cosas de Tobías, ordenando que se limpiaran las habitaciones y se devolvieran los utensilios y las ofrendas a la Casa de Dios (vv. 7-9).

Las porciones de los levitas y de los cantores no les habían sido dadas, por lo que habían “huido cada uno a su heredad”. Nehemías culpó entonces a los oficiales, porque la Casa del Señor había sido abandonada. Puso administradores fieles sobre los almacenes para que administraran los diezmos y los distribuyeran a sus hermanos (vv. 10-13). ¡Qué necesario sigue siendo esto aún en los días actuales!

Nehemías se dio cuenta que en el día de reposo había personas que trabajaban, y que en la ciudad había tirios que comerciaban pescado y otras mercancías. Entonces tomó medidas enérgicas para corregir rápido este problema. También fue severo con los judíos que se habían casado con mujeres de las naciones paganas circundantes; citó el mal ejemplo del rey Salomón, recordándoles cómo había pecado al hacerlo. La mitad de los niños nacidos de estos matrimonios no podían hablar en judío (vv. 23-27). Esto sigue siendo un gran peligro, ya que los hijos de creyentes casados con incrédulos tienden a seguir la conducta del cónyuge inconverso. Dios dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Y, una vez más, Nehemías encomendó sus actividades a Dios (v. 14).

Eugene P. Vedder, Jr.
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El mundo no ha reconocido a su Mesías

El mundo no ha reconocido a su Mesías

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos… Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.

Mateo 2:1-3

Así es como Emanuel vino a esta tierra. Nació sin intervención humana, pero también privado de las comodidades de los hogares humanos: fue “acostado en un pesebre” (Lc. 2:12). Había que constatar solemnemente dos hechos: (1) los hombres no podían traer a la existencia a este gran Redentor, que es el único que puede traer descanso a los hombres y dar gloria a Dios; y (2) no lo iban a recibir cuando viniera.

Sí, pero el Hijo de la virgen, acostado en un pesebre, era “Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Aquel Niño era “Dios… manifestado en carne… visto de los ángeles” (1 Ti. 3:16). Y de los labios de Dios surgió el mandato: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6).

Sí, los ángeles lo adoraron, pero los hombres permanecieron indiferentes. Solo unos pocos, como aquellos sabios del lejano Oriente y los humildes pastores de las colinas circundantes, fueron tocados por este gran acontecimiento. Cegada por la incredulidad, la multitud no pudo reconocer la “señal” que Dios había dado (véase Is. 7:14); para ellos, Emanuel no era más que el “hijo del carpintero” (Mt. 13:55), y se creían tan buenos o incluso mejores que él. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:10-11).

Dios vio con qué desprecio era tratado su Hijo unigénito, y por eso, desde su trono eterno, pronunció estas palabras: “Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones” (Sal. 2:7-8). Pero cuando estuvo en este mundo, Jesús no pidió el trono universal, ni el poder para doblegar a los rebeldes con una vara de hierro (Sal. 2:9). En lugar de eso, él anduvo entre los hombres, lleno de gracia y de verdad. Emanuel había venido a reconciliar al mundo con Dios.

J. T. Mawson

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Sin falsificar la Palabra | J.C. Ryle

Sin falsificar la Palabra
“Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”
(2 Corintios 2:17).

No es cosa banal hablar a una congregación de almas inmortales acerca de las cosas de Dios. Pero la responsabilidad más importante de todas es hablar a un grupo de ministros como el que veo ante mí en estos momentos. Atraviesa mi mente la terrible sensación de que una sola palabra equivocada que arraigue en algún corazón y fructifique en el futuro desde algún púlpito puede ocasionar daños cuyo alcance desconocemos.
Pero hay ocasiones en que la verdadera humildad se ve no tanto en las confesiones de nuestra debilidad en alta voz como al olvidarnos de nosotros por completo. Deseo olvidar mi ego en esta ocasión al dirigir mi atención a esta porción de la Escritura. Si no digo mucho acerca de mi sentimiento personal de insuficiencia, hazme el favor de creer que no es porque no lo tenga.

La expresión griega que se traduce como “falsificando” deriva de una palabra cuya etimología no halla consenso entre los lexicógrafos. Se refiere o bien a un comerciante que no lleva su negocio con honradez o a un vinatero que adultera el vino que pone a la venta. Tyndale la traduce como: “No somos de aquellos que mutilan y modifican la Palabra de Dios”. En la versión Rhemish leemos: “No somos como muchos, que adulteran la Palabra de Dios”. En la Versión Autorizada inglesa, al margen, leemos: “No somos como muchos, que utilizan con engaño la Palabra de Dios”.

En la construcción de la frase, el Espíritu Santo inspiró a S. Pablo para que declarara la verdad de forma negativa y positiva. Este tipo de construcción añade claridad al sentido de las palabras y las hace inequívocas, además de intensificar y fortalecer la aseveración que contienen. Se dan casos de construcciones similares en otros tres pasajes extraordinarios de la Escritura, dos en referencia a la cuestión del bautismo y uno con respecto a la cuestión del nuevo nacimiento (cf. Juan 1:13; 1 Pedro 1:23; 1 Pedro 3:21). Se hallará, pues, que el texto contiene lecciones tanto positivas como negativas para la instrucción de los ministros de Cristo. Unas cosas debemos evitarlas. Otras cosas debemos seguirlas.

La primera de las lecciones negativas es una clara advertencia contra la falsificación o la utilización engañosa de la Palabra de Dios. El Apóstol dice que “muchos” lo hacen, señalando que aun en su época había algunos que no trataban la verdad de Dios con honradez y fidelidad. Aquí tenemos una respuesta contundente para aquellos que afirman que la Iglesia primitiva era de una pureza sin adulterar. El misterio de la iniquidad había comenzado ya a obrar. La lección que se nos enseña es que debemos cuidarnos de cualquier aseveración falsa de esa Palabra de Dios que se nos ha encargado predicar. No debemos añadirle nada. Tampoco debemos quitar nada.
Ahora bien, ¿cuándo se puede decir de nosotros que falsificamos la Palabra de Dios en la actualidad? ¿Cuáles son las rocas y bancos de arena que debemos esquivar si no queremos formar parte de los “muchos” que manipulan engañosamente la verdad de Dios? Pueden ser de utilidad unas cuantas indicaciones en cuanto a esto.

Falsificamos la Palabra de Dios de la forma más peligrosa cuando arrojamos cualquier sombra de duda sobre la inspiración plenaria de una parte de la Santa Escritura. Eso no es corromper meramente el vaso, sino toda la fuente. Eso no es meramente corromper el cubo del agua viva que declaramos presentar a nuestro pueblo, sino envenenar todo el pozo. Una vez equivocados en este punto, está en peligro toda la esencia de nuestra religión. Es una fisura en el fundamento. Es un gusano en la raíz de nuestra teología. Una vez que permitimos que ese gusano ataque la raíz, no debe sorprendernos que las ramas, las hojas y el fruto empiecen a decaer poco a poco. Soy muy consciente de que toda la cuestión de la inspiración está rodeada de dificultades. Lo único que quiero decir es que, en mi humilde opinión, a pesar de ciertas dificultades que no podemos resolver por ahora, la única postura segura y sostenible que podemos adoptar es esta: que cada capítulo, cada versículo y cada palabra de la Biblia han sido “[inspirados] por Dios”. Jamás debiéramos abandonar ningún principio teológico, como tampoco lo hacemos con los principios científicos, a causa de las aparentes dificultades que no podemos eliminar en la actualidad.

Permítaseme mencionar una analogía de este importante axioma. Aquellos que están familiarizados con la astronomía saben que antes del descubrimiento de Neptuno había dificultades que preocupaban mucho a la mayoría de los astrónomos científicos con respecto a ciertas aberraciones del planeta Urano. Esas aberraciones confundían las mentes de los astrónomos y algunos de ellos indicaron que quizá podrían demostrar que el sistema newtoniano no era cierto. Pero, por aquella época, un conocido astrónomo francés llamado Leverrier leyó ante la Academia de la Ciencia un artículo en el que establecía el gran axioma de que no convenía a un científico renunciar a un principio a causa de las dificultades que no podían explicarse. Decía en concreto: “No podemos explicar las aberraciones de Urano por ahora; pero estamos seguros de que tarde o temprano se demostrará que el sistema newtoniano es correcto. Quizá se descubra algo un día que demuestre que estas aberraciones son explicables a la vez que el sistema newtoniano sigue siendo cierto y permanece inalterado”. Unos años después, los angustiados ojos de los astrónomos descubrieron el último gran planeta: Neptuno. Se demostró que este planeta era la verdadera causa de todas las aberraciones de Urano, y lo que el astrónomo francés había establecido como un principio científico se verificó como algo sabio y cierto. La aplicación de la anécdota es obvia. Tengamos cuidado de no renunciar a ningún principio teológico básico. No renunciemos al gran principio de la inspiración plenaria debido a las dificultades que se planteen. Quizá llegue el día en que estas se resuelvan. Mientras tanto, podemos estar seguros de que las dificultades a las que se enfrenta cualquier otra teoría son diez veces mayores que aquellas a la que se enfrenta la nuestra.

En segundo lugar, falsificamos la Palabra de Dios cuando planteamos afirmaciones doctrinales equivocadas. Esto lo hacemos al añadir a la Biblia las opiniones de la Iglesia o de los Padres como si tuvieran la misma autoridad. Lo hacemos cuando sustraemos cosas de la Biblia a fin de complacer a los hombres o cuando, por un sentimiento de falsa liberalidad, evitamos cualquier afirmación que suene radical, dura o estrecha. Lo hacemos al intentar suavizar cualquier cosa que se enseñe con respecto al castigo eterno o a la realidad del Infierno. Lo hacemos cuando proponemos doctrinas de forma desproporcionada. Todos tenemos doctrinas favoritas y nuestras mentes están constituidas de tal forma que es difícil ver una verdad claramente sin olvidar que existen otras verdades igualmente importantes. No debemos olvidar la exhortación de Pablo a ministrar “conforme a la medida de la fe”. Lo hacemos cuando exhibimos un deseo excesivo de encubrir, defender y matizar doctrinas como la justificación por la fe sin las obras de la Ley por miedo a las acusaciones de antinomianismo; o cuando huimos de afirmaciones acerca de la santidad por miedo a que se nos considere legalistas. No lo hacemos menos cuando eludimos utilizar el lenguaje bíblico al mencionar las doctrinas. Tendemos a relegar expresiones como “nuevo nacimiento”, “elección”, “adopción”, “conversión”, “seguridad” y a utilizar circunloquios, como si nos avergonzáramos del lenguaje claro de la Biblia. No puedo extenderme en estas afirmaciones por falta de tiempo. Me doy por satisfecho con mencionarlas y dejarlas para tu reflexión personal.

En tercer lugar, falsificamos la Palabra de Dios cuando la aplicamos de forma equivocada. Lo hacemos al no discriminar entre clases en nuestras congregaciones, cuando nos dirigimos a todos como poseedores de la gracia en razón de su bautismo o su pertenencia a la iglesia y no trazamos una línea entre los que tienen el Espíritu y los que no. ¿No somos propensos a relegar los llamamientos claros a los inconversos? Cuando tenemos a 800 ó 2000 personas ante nuestro púlpito y sabemos que una gran proporción de ellas son inconversas, ¿no tendemos a decir “si hay alguno que no conozca las cosas necesarias para su paz eterna…”, cuando más bien debiéramos decir “si hay alguno que no tenga la gracia de Dios en él…”? ¿Y no corremos el peligro de manejar defectuosamente la Palabra en nuestras exhortaciones prácticas al no dejar claro lo que dice la Biblia a las diversas clases que forman parte de nuestra congregación? Hablamos claramente a los pobres; ¿pero hablamos también claramente a los ricos? ¿Hablamos claramente al dirigirnos a las clases altas? Este es un punto respecto al cual me temo que necesitamos examinar nuestras conciencias.

Pasemos ahora a las lecciones positivas que contiene el texto: “Sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Bastará con unas cuantas palabras respecto a cada apartado.
Deberíamos tener el propósito de hablar “con sinceridad” —sinceridad de propósito, de corazón y de motivaciones—; de hablar como quienes están profundamente convencidos de la verdad de lo que dicen, como quienes tienen fuertes sentimientos y un amor tierno hacia aquellos a quienes nos dirigimos.
Deberíamos tener el propósito de hablar “como de parte de Dios”. Deberíamos intentar sentirnos como hombres a los que se ha encargado hablar en nombre de Dios y en su lugar. En nuestro pavor a caer en el romanismo, con demasiada frecuencia olvidamos el lenguaje del Apóstol: “Honro mi ministerio”. Olvidamos cuán grande es la responsabilidad del ministro del Nuevo Pacto y lo terrible que es el pecado de aquellos que, cuando un verdadero ministro de Cristo se dirige a ellos, se niegan a recibir su mensaje y endurecen sus corazones contra Él..

Deberíamos tener el propósito de hablar “delante de Dios”. No debemos preguntarnos a nosotros mismos qué habrá pensado la gente de mí, sino cómo me habrá visto Dios. Latimer recibió en cierta ocasión el llamamiento a predicar ante Enrique VIII y comenzó su sermón de la siguiente forma. (Lo cito de memoria, no pretendo tener una precisión literal): “¡Latimer! ¡Latimer! ¿Recuerdas que estás hablando ante el excelso y poderoso rey Enrique VIII; ante aquel que tiene poder para enviarte a prisión, ante aquel que puede ordenar que te decapiten si así le place? ¿Tendrás cuidado de no decir nada que ofenda a sus regios oídos?”. Entonces, tras una pausa, prosiguió: “¡Latimer! ¡Latimer! ¿No recuerdas que estás hablando ante el Rey de reyes y Señor de señores, ante Aquel al que deberá presentarse Enrique VIII; ante Aquel al que tú mismo tendrás que rendir cuentas un día? ¡Latimer! ¡Latimer! Sé fiel al Señor y declara toda la Palabra de Dios”. ¡Oh!, que este sea el espíritu con que nos retiremos siempre de nuestros púlpitos: no preocupándonos de si los hombres quedan satisfechos o descontentos, no preocupándonos de si los hombres dicen que hemos sido elocuentes o débiles; sino con el testimonio de nuestra conciencia de que hemos hablado como delante de Dios.

Por último, deberíamos tener el propósito de hablar “en Cristo”. El significado de esta frase no está claro. Grotius dice lo siguiente: “Debemos hablar en su nombre, como embajadores”. Pero Grotius tiene poca autoridad. Beza dice: “Debemos hablar acerca de Cristo, con respecto a Cristo”. Esto es buena doctrina, pero difícilmente el significado de las palabras. Otros dicen: debemos hablar como unidos a Cristo, como aquellos que han recibido la misericordia de Cristo y cuyo único derecho a dirigirse a los demás procede de Cristo. Otros dicen: debemos hablar como a través de Cristo, con la fortaleza de Cristo. Quizá este sea el mejor sentido. La expresión en el griego corresponde exactamente a la de Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. No importa el significado que atribuyamos a estas palabras, hay una cosa clara: debemos hablar en Cristo, como quienes han recibido misericordia, como quienes no desean exaltarse a sí mismos sino al Salvador y como quienes no se preocupan por lo que puedan decir los hombres con tal que Cristo sea magnificado en sus ministerios.
En resumen, todos deberíamos preguntarnos: ¿Manejamos alguna vez engañosamente la Palabra de Dios? ¿Comprendemos lo que es hablar como de parte de Dios, delante de Dios y en Cristo? Permítaseme plantear ante todos una pregunta escrutadora. ¿Hay algún texto en la Palabra de Dios que rehuimos exponer? ¿Hay alguna afirmación en la Biblia de la que evitamos hablar a nuestra congregación no porque no la entendamos, sino porque contradice alguna idea que nos gusta con respecto a lo que es la Verdad? Si es así, preguntemos a nuestras conciencias si estamos manejando la Palabra de Dios engañosamente.

¿Hay algo en la Biblia que releguemos por temor a sonar duros y a ofender a parte de nuestra audiencia? ¿Hay alguna afirmación, ya sea doctrinal o práctica, que mutilemos o desmembremos? Si es así, ¿estamos tratando con honradez la Palabra de Dios?
Oremos para ser guardados de falsificar la Palabra de Dios. Que ni el temor al hombre ni su favor nos induzcan a relegar, evitar, cambiar, mutilar o matizar texto alguno de la Biblia. Sin duda, cuando hablamos como embajadores de Dios, debemos hacerlo con santo denuedo. No tenemos motivo alguno para avergonzarnos de cualquier afirmación que hagamos desde nuestros púlpitos siempre que sea conforme a la Escritura. A menudo he pensado que uno de los grandes secretos del maravilloso honor que Dios ha puesto sobre un hombre que no se encuentra en nuestra denominación (me refiero al Sr. Spurgeon) es la extraordinaria valentía y confianza con que habla desde el púlpito a las personas de sus pecados y de sus almas. No se puede decir que lo haga por miedo a alguien o por complacer a alguien. Parece dar lo que le corresponde a cada clase de oyente: al rico y al pobre, al de clase elevada y al de clase baja, al noble y al campesino, al erudito y al analfabeto. Trata a cada uno con claridad, según la Palabra de Dios. Creo que esa misma valentía tiene mucho que ver con el éxito que a Dios le ha complacido dar a su ministerio. No nos avergoncemos de aprender una lección de él en este aspecto. Vayamos y hagamos lo mismo.

Ryle, J. C. (2003). Advertencias a las iglesias (D. C. Williams, Trad.; Primera edición, pp. 28-35). Editorial Peregrino.

Fe en acción

Sábado 9 Diciembre
Vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro… y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
Marcos 2:3-4
Fe en acción
La conmovedora escena descrita en el capítulo 2 de Marcos ilustra de forma sorprendente el poder de la fe en relación con la obra del Señor. Si los cuatro hombres cuya conducta se describe en dicho capítulo, se hubiesen dejado influenciar por un dañoso fatalismo, hubiesen convenido en que no era necesario hacer nada; si el paralítico debía ser curado, lo sería sin ningún esfuerzo humano. ¡Ah! Fue muy conveniente para el enfermo y también para ellos que no obraran de acuerdo con aquel razonamiento falaz. ¡Véase lo que obró su hermosa fe! Reconfortó el corazón del Señor Jesús; llevó al enfermo al lugar de la curación, del perdón y de otras bendiciones; dio ocasión a que se desplegase el poder divino que llamó la atención de todos los presentes, y dio testimonio a la gran verdad de que Dios estaba en la tierra en la persona de Jesús de Nazaret.

Toda la Escritura proclama el hecho de que la incredulidad impide nuestra bendición, dificulta que seamos útiles, nos priva del honroso privilegio de ser instrumentos de Dios y de ver las operaciones de su poder y de su Espíritu en medio nuestro. Por otro lado, la fe atrae bendiciones y poder, no solo para nosotros mismos sino también para otros; y así glorifica y honra a Dios, dando lugar al despliegue del poder divino.

En una palabra, nada limitaría la bendición que podríamos gozar de parte de Dios, si nuestros corazones fuesen siempre gobernados por la fe sincera que cuenta siempre con él. “Conforme a vuestra fe os sea hecho” (Mt. 9:29). ¡Preciosas palabras! ¡Ojalá que ellas nos animen a aprovechar más abundantemente los inagotables recursos que tenemos en Dios! Se complace en que acudamos a él, ¡bendito sea para siempre su santo nombre!

C. H. Mackintosh
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

¿DEBERÍA LA MUJER SER SUMISA A LA AUTORIDAD DEL HOMBRE? | Elisabeth Elliot

¿DEBERÍA LA MUJER SER SUMISA A LA AUTORIDAD DEL HOMBRE?

Elisabeth Elliot

“Simplemente no puedo soportar la idea de ser una alfombra”, dijo Jo cuando traté de hablarle sobre el principio bíblico de gobierno y sumisión. Está a punto de divorciarse porque está decidida a encontrar su libertad; y su matrimonio, dice ella, no era cincuenta-cincuenta como ella cree que debería ser. A ella le han vendido un contrato de bienes aquellos que han declarado que la sumisión de cualquier tipo es esclavitud. Sí, ha habido grandes errores en la sociedad. Sí, estoy de acuerdo que los hombres no deben oprimirse entre sí. Sí, es cierto que algunos hombres han tratado a las mujeres como alfombras. No, al esposo no se le ordena dominar, ni a la esposa ser servil. Ha habido toda clase de ataduras humanas que el cristiano debería ser el primero en deplorar y corregir. Jesús vino a dar libertad a los cautivos.

Pero la sumisión a la autoridad dada por Dios no es cautiverio. Si tan solo hubiera podido ayudar a Jo a ver esto; pero cuando le pregunté lo que ella pensaba que debería distinguir un matrimonio cristiano de todos los demás, ella dijo: “igualdad”. La igualdad es, por un lado, una imposibilidad humana en el matrimonio. ¿Quién está en posición de distribuir todo de acuerdo con la preferencia o la competencia? “Si me gusta, lo hago” decía Jo, “y debería ser yo quien lo haga. Si no me gusta, Bill lo hace. Si a él tampoco le gusta, entonces lo dividimos por la mitad”. Suena bien al principio. Ciertamente es la forma en que se hacen muchas cosas en cualquier hogar, supongo, y no diría que está mal. ¿Pero, existe un hogar verdaderamente feliz donde los miembros hacen sólo lo que les gusta y nunca hacen con gusto lo que no les gusta? Es un punto de vista ingenuo de la naturaleza humana suponer que dos iguales pueden turnarse para liderar y seguir, y pueden, debido a que son “maduros”, hacerlo sin ningún rango. El sentido común les ha dicho a las mujeres de todas las sociedades y de todas las épocas que el cuidado del hogar les corresponde a ellas. Los hombres han sido los proveedores. Ciertamente hay circunstancias en nuestra compleja sociedad moderna que exigen modificaciones. Conozco a muchas esposas de estudiantes de seminario que tienen que trabajar para poder pagar la matrícula de sus esposos y las compras del supermercado. Obviamente, los esposos deben hacer parte del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos. Este es un recurso temporal y la mayoría de ellos, esposos y esposas, esperan con ansias el día en que las cosas vuelvan a ser normales.

Si nos hemos vuelto tan maduros, de mente abierta, adaptables y liberados que los mandatos de las Escrituras dirigidos a las esposas —“adaptarse”, “someterse”, “sujetarse”— han perdido su significado; si la palabra cabeza ya no tiene ninguna connotación de autoridad, y la jerarquía ha llegado a significar tiranía; hemos sido ahogados en la corriente de la ideología de la liberación.

Le dije a Jo, y te digo a ti lo que Pablo les dijo a los cristianos romanos: “Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios” (Romanos 12:2). Dios quiere que seamos íntegros, seguros y fuertes, y una de las formas para encontrar esa integridad, seguridad y fortaleza es someternos a las autoridades que Él ha puesto sobre nosotros. (La cuestión sobre la autoridad política, a la que la Biblia también dice que debemos someternos, se vuelve grandemente complicada y dolorosa para algunos. En los tiempos modernos Dietrich Bonhoeffer, Corrie ten Boom y su familia y Richard Wurmbrand han tenido que luchar con esto. No está dentro del alcance de estas cartas discutir ese tema, pero lo menciono por si alguien piensa que tiendo a simplificar demasiado y usaría los mismos argumentos para defender, por ejemplo, la esclavitud).

La sumisión por causa del Señor no equivale a servilismo. No conduce a la autodestrucción, el sofocamiento de los dones, la personalidad, la inteligencia o el espíritu. Si la obediencia misma requiere un suicidio de la personalidad (como lo afirma un escritor), tendríamos que concluir que la obediencia a Cristo demanda esto. Pero las promesas que Él nos ha dado difícilmente apuntan a la autodestrucción: “Yo los haré descansar” (Mateo 11:28). “Mi paz les doy” ( Juan 14:27). “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” ( Juan 10:10). “Para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna” ( Juan 3:16). “Pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás” ( Juan 4:14). “El que pierda su vida por causa de Mí, la hallará” (Mateo 16:25). “El Padre de ustedes ha decidido darles el reino” (Lucas 12:32).

Dios no le está pidiendo a nadie convertirse en un cero a la izquierda. ¿Cuál fue el diseño del Creador en todo lo que hizo? Él quería que fuera bueno, es decir, perfecto. Precisamente lo que Él quería: libre para ser lo que Él destinó que fuera. Cuando le ordenó a Adán a “someter” y “ejercer dominio” sobre la tierra, no le estaba ordenando que destruyera su significado o su existencia. Él estaba, podemos decir, “orquestando”, dando la dirección a uno, sometiendo a otro, para producir una completa armonía para Su gloria.

En Déjame ser mujer, Elisabeth Elliot escribe con claridad sobre lo que significa ser una mujer cristiana. Tanto si eres joven como mayor, soltera, comprometida, casada o viuda, entenderás mejor cómo encajas en el plan de Dios, y saldrás con una maravillosa sensación de paz sobre quién eres realmente como mujer cristiana..

Debe ser muy difícil para las personas que no han sido criadas en hogares disciplinados, aprender la relación entre autoridad y amor, porque para ellos la autoridad habrá estado asociada con elementos fuera de su hogar, como la ley civil. Pero tenemos a un Dios amoroso que arregló las cosas no solo para nuestro “mejor interés” (no siempre estamos deseosos de tener lo que es “bueno para nosotros”) sino para la libertad y el gozo. Cuando hizo a Eva, fue porque el Jardín del Edén habría sido una prisión de soledad para Adán sin ella. No era bueno para él estar solo, y para liberarlo de la prisión y traer libertad y gozo, Dios le dio a la mujer. La libertad y el gozo de Eva eran ser el complemento de Adán.

Cuando Pablo habla de la sumisión de la mujer, basa su argumento en el orden de la creación. La mujer fue creada de y para el hombre. Sigue naturalmente que ella tuvo que ser creada después del hombre. La posición cronológica secundaria de la mujer no prueba necesariamente (a pesar de Richard Hooker y otros) una inteligencia inferior. Pero aquellos que descartan la posibilidad de las diferencias sexuales en los dones intelectuales no están considerando toda la información. Hay algunas estadísticas intrigantes que apuntan a razones biológicas para tales diferencias. Los hombres parecen estar mejor equipados para tratar con más altos niveles de abstracción. Una demostración de esto es el hecho de que, si bien en la actualidad hay ochenta y dos grandes maestros de ajedrez, ninguno es mujer. De los quinientos mejores jugadores de ajedrez de la historia, ninguno ha sido mujer. Pero miles de mujeres, particularmente en la Unión Soviética, juegan ajedrez.

Leí sobre esto en un libro llamado La inevitabilidad del patriarcado por Steven Goldberg. Goldberg se esfuerza grandemente por mostrar que de ninguna manera él está sugiriendo que los hombres son generalmente superiores a las mujeres. Son diferentes, y sus diferencias están determinadas por las hormonas:

Es necesario señalar, una vez más, que no hay razón para creer que hay diferencias sexuales en la inteligencia en todos sus múltiples aspectos. Considerar la capacidad para teorizar como una mayor demostración de inteligencia que la percepción o la perspicacia no es menos arriesgado que considerar la fuerza física más importante que la longevidad como medida de buena salud.

Para el cristiano, las estadísticas de Goldberg son interesantes. Para el cristiano que cree en un orden jerárquico, son aún más interesantes, porque, aunque creemos que el orden patriarcal tradicional no es meramente cultural y sociológico, sino que tiene su fundamento en la teología, es interesante descubrir que también tiene un fundamento biológico válido.

Hay un principio espiritual involucrado aquí. Es la voluntad de Dios. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se nos muestra en incontables historias en el trato de Dios con las personas que es Su voluntad liberarlas y darles alegría. A veces, el proceso de liberarlas es doloroso. Significó la muerte para el Hijo del Hombre —Su vida a cambio de la nuestra—. No vino a condenar, ni esclavizar, ni a meternos en una prisión. Él vino a dar vida.

Y es la voluntad de Dios que la mujer esté sujeta al hombre en el matrimonio. El matrimonio es usado en el Antiguo Testamento para expresar la relación entre Dios y Su pueblo de pacto y en el Nuevo Testamento entre Cristo y la iglesia. Ningún esfuerzo por mantenerse al día, por adaptarse a los movimientos sociales modernos ni a los cultos a la personalidad nos autoriza a invertir este orden. Tremendas verdades celestiales se exponen en la sujeción de la esposa a su esposo, y el uso de esta metáfora en la Biblia no puede ser accidental.

Este artículo ¿Debería la mujer ser sumisa a la autoridad del hombre? La respuesta de Elisabeth Elliot fue adaptado de una porción del libro Déjame ser mujer, publicado por Poiema Publicaciones.

¿Por qué los cristianos necesitamos escuchar el evangelio todos los días? | Cameron Smart

Algunas personas creen que el evangelio solo es útil para la evangelización, un mensaje que solo los incrédulos necesitan oír. Pero la Biblia enseña que los seguidores de Jesús necesitan continuar escuchando el evangelio aún después de haber nacido de nuevo. Los cristianos deben meditar sobre el evangelio todos los días en su lectura personal de la Biblia, y los pastores deben predicar el evangelio en cada sermón. Necesitamos escuchar regularmente de la vida, muerte, sepultura, resurrección y ascensión de Jesús, así como el llamado a arrepentirnos de nuestros pecados y acudir a Jesús con fe.

Aquí tienes ocho razones por las que necesitamos escuchar las verdades del evangelio todos los días:

1. Para evocar alabanzas y agradecimiento a Dios. Dios nuestro Padre es quien debería estar en los titulares de las noticias cada día. En lugar de dar por sentado su increíble obra de salvación por nosotros, debemos reflexionar diariamente en lo que ha hecho en Cristo y ofrecerle la adoración y el agradecimiento que tanto merece (Romanos 11:33-36; Apocalipsis 5).

2. Para recordarnos nuestra identidad en Cristo. Escuchar el evangelio cada día y cada semana nos ayuda a centrarnos en Cristo (Col. 3:1-41 Co. 15:1-11). Olvidamos fácilmente quién es verdaderamente Cristo y quiénes somos nosotros en él. Las buenas nuevas despejan la niebla del olvido y nos recuerda lo que Dios ha hecho en la historia y en su pueblo.

3. Para sostenernos. Meditar en la Palabra de Dios y la verdad del evangelio arraiga nuestra fe, nos hace fructíferos, nos alimenta, nos refresca, nos hace crecer y nos mantiene firmes en medio de las pruebas (Salmo 1; Juan 6:22-59; Judas 20-21).

4. Para guardarnos del pecado. El evangelio nos santifica porque por medio de él crecemos en el amor a nuestro Padre y deseamos complacerle con nuestra vida. El evangelio es un tesoro más grande que cualquier recompensa temporal, un placer más grande que cualquier pecado que podamos disfrutar. Saber que no hay nada bueno que podamos hacer que haga que Dios nos ame más en Cristo nos da la libertad de amarle y obedecerle en lugar de aprovecharnos de su gracia (ver todo Romanos 6).

5. Para motivarnos a hacer buenas obras. La resurrección de Jesucristo nos libera para que ya no invirtamos nuestra vida en nosotros, sino en aquellos que nos rodean (Ti. 2:11-14; Ef. 2:1-10).

6. Para protegernos de la desesperación. Ningún pecado que cometamos hace que Dios nos ame menos. El evangelio nos libera de la desesperación. Nada puede separarnos del amor de Cristo, que se nos ha mostrado por medio del evangelio de la Cruz (Ro. 8:31-39).

7. Para animar a los que nos rodean. Cuando se nos recuerda el evangelio, somos más propensos a compartir una palabra de aliento con otros a lo largo de día. Esta palabra de aliento a su vez, los edifica en el evangelio y ministra la verdad a sus corazones (2 Ti. 2:1-7).

8. Para derribar nuestro orgullo. Una sobria reflexión sobre nuestro pecado y lo que Dios ha hecho por nosotros en el evangelio destruye nuestro orgullo y cultiva un espíritu de humildad ante el Señor y los demás (Juan 3:16, 5:24; Ti. 3:1-7).


Escrito por Cameron Smart, Cameron Smart es un plantador de iglesias en Asia Central
9Marcas
El ministerio 9Marcas existe para equipar con una visión bíblica y recursos prácticos a líderes de iglesias para que la gloria de Dios se refleje a las naciones a través de iglesias sanas.

La desprotestantización de las iglesias cristianas | J.C. Ryle

La desprotestantización en la iglesia

J.C. Ryle

El principal punto que quiero fijar en las mentes de todos es el siguiente: que la idolatría se ha manifestado decididamente en la Iglesia visible de Cristo y en ninguna parte de forma tan clara como en la Iglesia de Roma.
IV. Y ahora, en último lugar, permítaseme mostrar la abolición definitiva de toda idolatría. ¿Qué acabará con ella?
Considero que el alma del hombre que no anhela el momento en que no exista ya la idolatría carece de salud. Difícilmente puede estar reconciliado con Dios el corazón que piensa en los millones que están hundidos en el paganismo o que honran al falso profeta Mahoma u ofrecen oraciones diarias a la virgen María y no clama: “O, mi Dios, ¿cuándo llegará el fin de todas estas cosas? ¿Durante cuánto tiempo, oh Señor, durante cuánto tiempo?”.

Aquí, como en otras cuestiones, la palabra cierta de la profecía viene en nuestra ayuda. Un día llegará el fin de toda idolatría. Su condenación está señalada. Su destrucción es segura. Ya sea en los templos paganos o en las supuestas Iglesias cristianas, la idolatría será destruida en la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. Entonces se cumplirá plenamente la profecía de Isaías: “Quitará totalmente los ídolos” (Isaías 2:18). Entonces se cumplirán las palabras de Miqueas (5:13): “Haré destruir tus esculturas y tus imágenes de en medio de ti, y nunca más te inclinarás a la obra de tus manos”. Entonces se cumplirá la profecía de Sofonías (2:11): “Terrible será Jehová contra ellos, porque destruirá a todos los dioses de la tierra, y desde sus lugares se inclinarán a él todas las tierras de las naciones”. Entonces se cumplirá la profecía de Zacarías (13:2): “En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, quitaré de la tierra los nombres de las imágenes, y nunca más serán recordados”. En una palabra, se cumplirá plenamente el Salmo 97: “Jehová reina; regocíjese la tierra, alégrense las muchas costas. Nubes y oscuridad alrededor de él; justicia y juicio son el fundamento de su trono. Fuego irá delante de él, y abrasará a sus enemigos alrededor. Sus relámpagos alumbraron el mundo; la tierra vio y se estremeció. Los montes se derritieron como cera delante de Jehová, delante del Señor de toda la tierra. Los cielos anunciaron su justicia, y todos los pueblos vieron su gloria. Avergüéncense todos los que sirven a las imágenes de talla, los que se glorían en los ídolos. Póstrense a él todos los dioses”.

La Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo es esa bendita esperanza que debiera consolar a los hijos de Dios bajo la actual dispensación. Es la estrella polar que debe guiar nuestro viaje. Es el punto en el que todas nuestras expectativas debieran concentrarse: “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (Hebreos 10:37). Nuestro David ya no vivirá en Adulam, seguido por unos pocos menospreciados y rechazados por la mayoría. Manifestará su gran poder, reinará y hará que toda rodilla se doble ante Él.

Hasta entonces no disfrutamos perfectamente de nuestra redención, como dice Pablo a los efesios: “Fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Hasta entonces, nuestra salvación no está completa, como dice Pedro: “Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5). Hasta entonces, nuestro conocimiento sigue siendo defectuoso, como dice Pablo a los corintios: “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1 Corintios 13:12). En resumen, lo mejor está por venir.

Pero, en el día del regreso de nuestro Señor, todo deseo recibirá su plena satisfacción. Ya no estaremos abatidos y exhaustos por este sentimiento de constante fracaso, de debilidad y decepción. En su presencia, y no en otro lugar, hallaremos que hay plenitud de gozo; y cuando despertemos a su semejanza seremos satisfechos, si no lo fuimos antes (cf. Salmo 16:11; 17:15). Ahora hay muchas abominaciones en la Iglesia visible ante las que solo podemos gemir y clamar como el fiel en tiempos de Ezequiel (cf. Ezequiel 9:4). No podemos eliminarlas. El trigo y la cizaña crecen juntos hasta que llega la cosecha. Pero se acerca un día en que el Señor Jesús purificará una vez más su Templo y echará todo lo que lo ensucia. Hará esa obra de la que los actos de Ezequías y Josías fueron un pálido tipo hace mucho tiempo. Echará las imágenes y purgará la idolatría en todas sus manifestaciones.

¿Quién anhela ahora la conversión del mundo pagano? No la verás en su plenitud hasta la aparición del Señor. Entonces, y no hasta entonces, se cumplirá ese texto tan frecuentemente mal aplicado: “Aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos sus ídolos de plata y sus ídolos de oro, que le hicieron para que adorase” (Isaías 2:20).

¿Quién anhela ahora la redención de Israel? No la verás en su perfección hasta que el Redentor venga a Sion. La idolatría en la Iglesia profesante de Cristo ha sido una de las más poderosas piedras de tropiezo en el camino de los judíos. Cuando comience a caer, empezará a retirarse el velo sobre el corazón de Israel (cf. Salmo 102:16).

¿Quién anhela ahora la caída del Anticristo y la purificación de la Iglesia de Roma? Creo que no sucederá hasta la culminación de esta dispensación. Ese vasto sistema de idolatría quizá sea consumido y matado con el Espíritu de la boca del Señor, pero jamás será destruido salvo por el resplandor de su Venida (cf. 2 Tesalonicenses 2:8).

¿Quién anhela una Iglesia perfecta, una Iglesia en la que no haya la más mínima mancha de idolatría? Debes esperar el regreso del Señor. Entonces, y no hasta entonces, veremos una Iglesia perfecta, una Iglesia sin mancha ni arruga ni cosa semejante (cf. Efesios 5:27), una Iglesia en la que todos los miembros estarán regenerados y todos serán hijos de Dios.
Si esto es así, los hombres no deben sorprenderse de que les instemos a estudiar la profecía y les ordenemos, por encima de todo, asirse firmemente de la gloriosa doctrina de la Segunda Venida de Cristo y de su Reino. Esta es la “antorcha que alumbra en lugar oscuro” a la que haremos bien en prestar atención. Dejemos que otros se entreguen a su fantasía, si así lo desean, con la idea de una imaginaria “Iglesia del futuro”. Dejemos que los hijos de este mundo sueñen con alguna clase de “hombre venidero” que lo entienda todo y lo arregle todo. Solamente están cultivando una amarga decepción. Se darán cuenta de que sus visiones son infundadas y vacías como un sueño. Es a estos a los que bien pueden aplicarse las palabras del Profeta: “He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados” (Isaías 50:11).

Pero deja que tus ojos miren hacia el día de la Segunda Venida de Cristo. Ese es el único día en el que se rectificará todo abuso y se purgará toda corrupción y fuente de tristeza. Aguardando ese día, trabajemos y sirvamos a nuestra generación; no estando ociosos como si no se pudiera hacer nada para refrenar el mal, pero no descorazonados porque no vemos todas las cosas puestas aún bajo nuestro Señor. Después de todo, la noche está avanzada y se acerca el día. Te exhorto a esperar en el Señor.

Si esto es así, los hombres no deben sorprenderse de que les advirtamos que se cuiden de cualquier inclinación hacia la Iglesia de Roma. Sin duda, cuando la idea de Dios con respecto a la idolatría se nos revela tan claramente en su Palabra, parece el colmo del capricho unirse a una Iglesia tan impregnada de idolatría como la Iglesia de Roma. Entrar en comunión con ella cuando Dios dice: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas” (Apocalipsis 18:4), buscarla cuando el Señor nos advierte de que la abandonemos, convertirnos en sus súbditos cuando la voz del Señor clama: “Escapa por tu vida, huye de la ira venidera”. Todo esto es ciertamente ceguera mental, una ceguera como la de aquel que, a pesar de haber sido advertido, se embarca en un barco que está naufragando; una ceguera que sería casi increíble si nuestros propios ojos no vieran ejemplos de ello continuamente.

Todos debemos estar en guardia. No debemos dar nada por supuesto. No debemos suponer apresuradamente que somos demasiado sabios para que se nos engañe y decir como Hazael: “¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas?”. Aquellos que predican deben clamar en voz alta y no callar, no permitir que ninguna falsa amabilidad les silencie con respecto a las herejías de la época. Aquellos que escuchan deben tener los lomos ceñidos con la Verdad y sus mentes llenas de claras ideas proféticas en relación con el fin al que llegarán todos los adoradores de ídolos. Intentemos todos comprender que el fin del mundo se avecina y que la abolición de la idolatría se acerca. ¿Es momento de aproximarse a Roma? ¿No es más bien tiempo de alejarse y mantenerse al margen para no vernos envueltos en su caída? ¿Es momento de mitigar y paliar las múltiples corrupciones de Roma y negarnos a ver la realidad de sus pecados? Sin duda más bien debiéramos ser doblemente celosos de cualquier tendencia a romanizar la religión, doblemente cuidadosos de evitar la connivencia con cualquier traición contra Cristo nuestro Señor y doblemente dispuestos a protestar contra la adoración antiescrituraria de cualquier tipo. Repito una vez más, pues, que debemos recordar que la destrucción de la idolatría es cierta y, por tanto, cuidarnos de la Iglesia de Roma.

El asunto que estoy tratando es de una importancia profunda y trascendente y exige la seria atención de todos los clérigos protestantes. No sirve de nada negar que una gran parte del clero y de la congregación de la Iglesia de Inglaterra está haciendo todo lo posible para unir la Iglesia de Inglaterra con la idólatra Iglesia de Roma. La publicación de ese monstruoso libro llamado Eirenicon, del Dr. Pusey, y la formación de una “sociedad para promover la unidad en la cristiandad” son una clara prueba de lo que estoy diciendo. “Que corra el que leyere en ella” (Hab. 2:2).

La existencia de un movimiento como este no sorprenderá a quien ha seguido de cerca la historia de la Iglesia de Inglaterra en los últimos cuarenta años. Las tendencias del Movimiento de Oxford y del ritualismo se han dirigido constantemente hacia Roma. Cientos de hombres y mujeres han abandonado limpia y sinceramente nuestras filas y se han convertido en abiertos papistas. Pero muchos cientos se han quedado y son aún clérigos nominales en nuestro seno. El pomposo ceremonial semicatólico romano que se ha introducido en muchas iglesias ha preparado las mentes de los hombres para los cambios. Una forma extravagantemente teatral e idólatra de celebrar la Cena del Señor ha allanado el camino para la transustanciación. Ha estado en marcha durante mucho tiempo un exitoso proceso de desprotestantización. La pobre antigua Iglesia de Inglaterra se encuentra en un plano inclinado. Su misma existencia como Iglesia protestante se encuentra en peligro.
Sostengo que este movimiento romanista debe resistirse firmemente. A pesar del rango, la erudición y la devoción de algunos de sus defensores, lo considero un movimiento sumamente pernicioso, destructor de almas y contrario a la Escritura. Decir que la reunión con Roma sería un insulto para nuestros reformadores martirizados es ser muy suaves: ¡sería un pecado y una ofensa contra Dios! Antes de que se reúna con la idólatra Iglesia de Roma preferiría ver mi amada Iglesia perecer y destruirse en pedazos. ¡Mejor morir que volver a ser papista!.

Sin duda, la Unidad abstracta es algo excelente: pero la Unidad sin Verdad es inútil. La Paz y la Uniformidad son bellas y valiosas: pero la Paz sin el Evangelio —la Paz basada en un episcopado común y no en una fe común— carece de valor y no merece ese apelativo. Cuando Roma haya revocado los decretos de Trento y sus adiciones al Credo, cuando Roma se haya retractado de sus doctrinas falsas y antiescriturarias, cuando Roma haya renunciado formalmente a la adoración de imágenes, la adoración a María y la transustanciación; entonces, y no hasta entonces, será hora de hablar de reunirnos con ella. Hasta entonces hay un abismo sobre el que no se puede tender un puente sinceramente. Hasta entonces, llamo a todos los clérigos a resistir hasta la muerte esta idea de reunirse con Roma. Hasta entonces, nuestro lema debe ser: “¡No a la paz con Roma! ¡No a la comunión con los idólatras!”. Bien dice el admirable obispo Jewell en su Apología: “No rechazamos la paz y la concordia con los hombres; ¡pero no mantendremos un estado de guerra con Dios para estar en paz con los hombres!”. ¡Este testimonio es cierto! ¡Mejor le iría a la Iglesia de Inglaterra si todos sus obispos hubieran sido como Jewell!
Escribo estas cosas con pena. Pero las circunstancias de la época hacen que sea absolutamente necesario pronunciarse. Independientemente del lugar del horizonte al que mire, veo serios motivos para la alarma. No temo en absoluto por la verdadera Iglesia de Cristo. Pero por la Iglesia de Inglaterra establecida y por todas las iglesias protestantes de Inglaterra, ciertamente tengo serios temores. La marea de acontecimientos parece ir en contra del protestantismo y a favor de Roma. Parece como si Dios tuviera una controversia con nosotros como nación y estuviera a punto de castigarnos por nuestros pecados.

No soy profeta. No sé hacia dónde nos dirigimos. Pero, al paso que van las cosas, creo que es bastante factible que, dentro de pocos años, la Iglesia de Inglaterra se una a la Iglesia de Roma. Quizá la corona de Inglaterra descanse una vez más sobre la cabeza de un papista. Quizá se repudie formalmente el protestantismo. Quizá un obispo católico romano presida una vez más el Palacio de Lambethy. Quizá se diga misa una vez más en las abadías de Westminster y de S. Pablo. ¡Y el resultado será que todos los cristianos lectores de la Biblia deberán abandonar la Iglesia de Inglaterra o bien aprobar la adoración de ídolos y convertirse en idólatras! ¡Dios nos conceda que jamás lleguemos a semejante estado de cosas! Pero, a este paso, me parece bastante posible.
Y ahora solo me queda concluir lo que he estado diciendo mencionando algunas salvaguardas para las almas de todos los que lean este capítulo. Vivimos en una época en que la Iglesia de Roma camina entre nosotros con fuerzas renovadas y jactándose de que pronto recuperará el terreno perdido. Se nos están presentando constantemente falsas doctrinas de las formas más sutiles y especiosas. No se puede considerar irrazonable que ofrezca algunas salvaguardas prácticas contra la idolatría. Qué es, de dónde proviene, dónde está, qué acabará con ella; todo eso ya lo hemos visto. Permítaseme señalar cómo podemos estar a salvo de ella y me abstendré de decir más.

1) Armémonos, pues, por un lado, con un profundo conocimiento de la Palabra de Dios. Leamos nuestras biblias más diligentemente que nunca y familiaricémonos con cada parte de ellas. Que la Palabra habite en nosotros abundantemente. Cuidémonos de cualquier cosa que nos haga dedicar menos tiempo y menos empeño a la lectura atenta de sus sagradas páginas. La Biblia es la espada del Espíritu; jamás la dejemos a un lado. La Biblia es la verdadera antorcha en momentos de oscuridad; cuidémonos de no viajar sin su luz. Si conociéramos la historia secreta de las numerosas secesiones en nuestra Iglesia a favor de Roma, que deploramos, tengo fuertes sospechas de que, en casi todos los casos, uno de los pasos más importantes en la cuesta abajo se hallaría en el abandono de la Biblia, en una mayor atención a las formas, los sacramentos, los cultos diarios, el cristianismo primitivo, etcétera, y una menor atención a la Palabra escrita de Dios. La Biblia es la calzada real. Una vez que la abandonamos por un camino secundario —por hermoso, antiguo y frecuentado que este parezca—, no debemos sorprendernos si acabamos adorando imágenes y reliquias y yendo al confesionario con regularidad.

2) Armémonos, en segundo lugar, con un celo piadoso por la más mínima parte del Evangelio. Cuidémonos de sancionar el más somero intento de sustraerle una jota o una tilde o de eclipsar alguna parte por medio de la exaltación de cuestiones religiosas secundarias. Parecía una nimiedad que Pedro se abstuviera de comer con los gentiles; sin embargo, Pablo les dice a los gálatas: “Le resistí cara a cara, porque era de condenar” (Gálatas 2:11). No tengamos en poco cualquier cosa concerniente a nuestras almas. Seamos muy meticulosos al decidir a quién escuchamos, adónde vamos, qué hacemos, así como en todas las cuestiones relativas a nuestra adoración personal; y no nos preocupe la acusación de ser aprensivos y excesivamente escrupulosos. Vivimos en tiempos en los que en los pequeños actos están implícitos grandes principios, y cuestiones religiosas que hace cincuenta años se consideraban absolutamente inocuas, ahora ya no lo son debido a las circunstancias. Evitemos jugar con cualquier tendencia hacia Roma. Es de necios jugar con fuego. Creo que muchos de los que se han pervertido y apartado comenzaron pensando que no podía ser muy dañino atribuir un poco más de importancia a las cosas externas. Pero, una vez que empezaron a bajar por la pendiente, fueron de una cosa a otra. Provocaron a Dios, ¡y Él les abandonó a su suerte! Fueron entregados a un gran engaño y se les dejó creer una mentira (2 Tesalonicenses 2:11). Tentaron al diablo, ¡y este vino a ellos! Comenzaron con nimiedades, como muchos las llaman neciamente, y han acabado en una manifiesta idolatría.

3) Armémonos, por último, con ideas claras y sanas acerca de nuestro Señor Jesucristo y de la salvación que es en Él. Él es la “imagen del Dios invisible”, la “imagen misma de su sustancia” y la verdadera protección contra toda idolatría cuando se le conoce verdaderamente. Edifiquémonos profundamente en el fuerte fundamento de la obra que completó en la Cruz. Tengamos claro que Jesucristo ha hecho todo lo necesario a fin de presentarnos sin mancha ante el trono de Dios y que una fe sencilla por nuestra parte como la de un niño es lo único que hace falta para que participemos de la obra de Cristo. No dudemos que teniendo esta fe estamos completamente justificados a los ojos de Dios; nunca estaremos más justificados aunque vivamos tantos años como Matusalén y hagamos las obras del apóstol Pablo; y no podemos añadir nada a esa justificación completa por medio de actos, palabras, ayunos, oraciones, limosnas, cumplimiento de las ordenanzas o cualquier otra cosa por nuestra parte.
¡Por encima de todo, mantengamos una comunión continua con la persona del Señor Jesús! Moremos en Él diariamente, alimentémonos de Él diariamente, mirémosle diariamente, apoyémonos en Él diariamente, vivamos dependiendo de Él diariamente y tomemos de su plenitud diariamente. Comprendamos esto y la idea de otros mediadores, otros consoladores y otros intercesores parecerá completamente absurda. “¿Qué falta hace?”, responderemos: “Tengo a Cristo y en Él lo tengo todo. ¿Qué tengo yo que ver con los ídolos? Tengo a Jesús en mi corazón, a Jesús en la Biblia, a Jesús en el Cielo, ¡y no quiero nada más!”.
Una vez que permitimos al Señor Jesucristo ocupar el lugar correcto en nuestros corazones, todas las demás cosas en nuestra religión se ajustarán al lugar adecuado. La Iglesia, los ministros, los sacramentos, las ordenanzas, todo descenderá y ocupará un segundo lugar.
A menos que Cristo se siente como Sacerdote y Rey en el trono de nuestro corazón, ese pequeño reino interior estará en perpetua confusión. Pero solo con que le permitas ser el “todo en todo” ahí, todo irá bien. Ante Él caerá todo ídolo, todo Dagón. Conocer a Cristo correctamente, creer en Cristo verdaderamente, amar a Cristo de corazón es la verdadera protección contra el ritualismo, el catolicismo romano y toda forma de idolatría.

Ryle, J. C. (2003). Advertencias a las iglesias (D. C. Williams, Trad.; Primera edición, pp. 147-157). Editorial Peregrino.

Por qué conocer a tu rebaño es algo crítico para la predicación significativa | Jared C. Wilson

Por qué conocer a tu rebaño es algo crítico para la predicación significativa
Por Jared C. Wilson

El predicador se paseó por el escenario, mirando seriamente a la congregación. Era el momento de su invitación semanal. Él pidió a los que respondieron que levantaran la mano. Ninguna mano fue levantada. Pero no tenía ninguna manera de saber esto porque estaba en una pantalla de video.

Me encontraba a mi mismo en el local más cercano de esta iglesia con diferentes locales por una asignación del pastor, un hombre que recientemente que contrató para hacer un trabajo independiente de investigación para él. Visitar uno de sus muchos servicios remotos estaba supuesto a ayudarme a obtener «algo» de su ministerio. Y ciertamente lo hizo. Pero no podía evitar ser golpeado por el sentimiento de que esta forma de hacer ministerio no podía ayudar al predicador a «conocer» su congregación.

No sé lo que piensas sobre los lugares con videos o el modelo de locales múltiples de crecimiento de iglesia en general, pero esta experiencia y otras sólo ha afirmado algunas de las preocupaciones que tengo por la desconexión entre el predicador y el rebaño, y dilema en aumento en todo tipo de iglesias, grandes y pequeñas.

En realidad, este dilema no sólo está limitado a las iglesias que tienen diferentes locales o que trabajan a partir de la presentación de videos. Los pastores de iglesias en crecimiento de todos los tamaños lucharán continuamente con conocer sus congregaciones. Y la tentación de aislarse cada día más aumenta cuando es añadida complejidad a una iglesia en crecimiento.

Y por supuesto, es imposible que aún un predicador de una iglesia pequeña sea el mejor amigo de todo el mundo en su iglesia, y es imposible que los predicadores de grandes iglesias conozcan bien a todo el mundo. Pero el predicador cuyo ministerio está enfocándose cada vez más en la predicación y menos en el pastorado, ¡está socavando la tarea a la cual trata de dedicar más de su tiempo! La buena predicación requiere un pastorado de cerca. El ministerio de la predicación no puede estar divorciado del ministerio del cuidado de las almas; de hecho, la predicación es realmente una extensión del cuidado de almas. Más importantes.

La predicación significativa tiene en mente los ídolos de las personas
Cuando viajo a predicar a servicios de iglesias y conferencias, una de las primeras preguntas que regularmente le hago al pastor que me invita es «¿Cuáles son los ídolos de tu gente?» Quiero poder no sólo llegar y «hacer lo mío», sino también servir a este pastor y su congregación hablando lo mejor que pueda hacia cualquiera de las esperanzas y sueños que él puede identificar en su iglesia que no están devocionalmente unidas a Cristo como su mayor satisfacción. Tristemente, algunos pastores no saben cómo responder la pregunta.

Cuando Pablo entró a Atenas, vio que la ciudad estaba llena de ídolos (Hechos 17:16). Dicho esto, él no sólo vio esto como un problema filosófico sino espiritual que personalmente lo atribulaba. Y cuando él habló del mismo, lo hizo de manera tan específica refiriéndose a su devoción como el «dios no conocido» (17:23). Y cada vez que Pablo se dirigía a iglesias específicas en sus cartas, notarás que los tipos de pecados y mentiras a las que se dirigía eran muy específicos. Él no habló sobre generalidades. Él sabía lo que estaba sucediendo en esas iglesias.

Claro, esto no significa que comiences a avergonzar o exponer a las personas desde el púlpito. Pero sí significa que estás lo suficientemente en medio de la vida congregacional como para hablar en términos familiares. Hasta que un pastor no ha pasado tiempo de calidad con personas de su congregación, los ídolos que su predicación debe combatir con el evangelio serán meramente teóricos. Todos los seres humanos tienen algunos ídolos universales en común. Pero las comunidades donde las iglesias están localizadas, las congregaciones como una subcultura en sí mismas, y aún los grupos y las demografías específicas de las congregaciones tienden a transitar en ídolos patrones de pecados más específicos.

Conocer de antemano las esperanzas equivocadas a nivel financiero, de carrera y familiares de tu congregación te ayudará a saber cómo predicar. Te ayudará a escoger los textos correctos y hacer el énfasis correcto al explicar esos textos. Esto es lo que hace de la predicación un ministerio, y no simplemente un ejercicio.

La predicación significativa tiene a las personas que sufren como su enfoque
Puedo decirte de primera mano que mi predicación cambió después que comencé a estrechar la mano de las personas mientras morían y escuchaba el corazón de las personas mientras lloraban. Hasta que no has escuchado suficientes personas compartir sus pecados, temores, preocupaciones y heridas, tu predicación puede ser excelente y apasionada, pero no será todo lo que puede ser—profunda.

Muchos predicadores llevan la carga de la Palabra de Dios al púlpito, y esto es algo bueno. Recibir el manto pesado de la predicación llena de la gloria de Cristo, tener la carga de proclamar el favor del Señor en el evangelio es una tarea noble, digna y maravillosa. Pero el predicador también debe sentir el peso de su gente en ese púlpito. Debe subir a predicar luego de haber estado en el valle con ellos. Su manuscrito debería estar lleno de las lágrimas de su gente.

Conocer los sufrimientos que afligen a su gente de manera regular, evitará que el predicador se convierta en un tono sordo para su congregación. Él no será ligero en los lugares equivocados. Esto afectará todo tipo de ilustración que utilice, los tipos de historias que cuente, y—más importante aún—las disposiciones con las que maneja la Palabra. He visto predicadores hacer bromas sobre cosas con las que personas de su congregación estaban luchando. Y he sido ese predicador. Estamos para quitar cargas, pero con nuestras palabras no cuidadosas terminamos añadiéndole a éstas.

Predicador, ¿tienes un corazón genuino para tu gente? No me refiero a «¿eres tu alguien enfocado en las personas?» Me refiero a, ¿sabes lo que sucede en la vida de tu congregación, y esto te motiva y te atribula? ¿Has llorado con los que lloran? Si no es así, con el tiempo tu predicación lo mostrará. Piensa en Moisés, atribulado por los pecados de su pueblo (Éxodo 32:32). O en las lágrimas abundantes de Pablo (Hechos 20:31, 2 Corintios 2:4, Filipenses 3:18, 2 Timoteo 1:4). Piensa también en la compasión de Cristo, vista en los corazones de las personas (Mateo 9:36). Puedes creer que puedes trabajar en estos sentimientos sin conocer realmente tu congregación, pero no es lo mismo, especialmente no para ellos. No es lo mismo para ellos de la misma manera que cuando escuchas una palabra emocionante de un modelo a seguir no es lo mismo que escuchar una palabra emocionante de su padre. Predicador, no prediques tu texto sin llevar las verdaderas cargas de tu gente en tu corazón.

La predicación significativa tiene nombre de personas en la oración
Cada predicador fiel ora por su sermón. Ora para que la Palabra de Dios no retorne vacía (Isaías 55:11). Oran para que las personas sean receptivas. Oran para que las almas sean salvas y las vidas cambiadas. Estas son oraciones buenas. Y mejor aún es el sermón preparado y compuesto de oraciones de John Smith y Julie Thompson y la familia Cunninghan en los labios del predicador. Mejor aún es el sermón por el cual se ora sobre los escritos por la salvación de Tom Johnson y el arrepentimiento de Lewis y la sanidad de Mary Alice.

Repitas veces Pablo le dice a la gente bajo su cuidado que él los recuerda en sus oraciones (Efesios 1:6, 2 Timoteo 1:3, Filemón 1:4). Y debido a que él está frecuentemente mencionando nombres, sabemos que no lo hace de manera general. Y aunque Pablo no estaba pastoreando una congregación de cerca sino que servía mayormente como un misionero plantador de iglesia, trabajó duro para conocer a las personas que ministraba desde la distancia y buscaba visitarlas lo más frecuentemente posible. ¡Cuánto más debería el pastor de la iglesia local desarrollar relaciones con su gente! Él debería conocer sus nombres y llevar sus nombres en oración al cielo.

Es importante conocer a quién estás predicando. Es importante saber que la dama sonriente y que está asintiendo cerca del frente tiene una tendencia a no recordar nada de lo que has dicho. Cuándo sabes estas cosas, puedes orar por tu gente de una manera más profunda, personal y pastoral. Tu predicación será mejor. Será más real. No solo será algo que viene de tu mente y tu boca, sino de tu corazón, tu alma y tus agallas.

Claro, todo esto sume que estás interesado en este tipo de predicación. Si ves la predicación como algo que simplemente provee un «recurso espiritual» para las mentes interesadas y una charla para aquellos con inclinaciones religiosas y no como algo que ofrece un testimonio profético a partir de la Palabra de Dios revelada a los corazones de la gente, entonces puedes ignorar todos los puntos descritos anteriormente.

Responder al llamado de Dios | R.C. Sproul

Responder al llamado de Dios
Por R.C. Sproul
Cada día vivimos sometidos a un montón de autoridades que delimitan nuestra libertad: desde los padres hasta los policías de tránsito y los cazadores de perros. Todas las autoridades deben ser respetadas y, como dice la Biblia, honradas. Pero solo una autoridad tiene el derecho intrínseco de atar la conciencia. Solo Dios puede imponer una obligación absoluta, y lo hace por el poder de Su voz santa.

Él llama al mundo a la existencia por medio de un mandato divino, de un decreto santo. Él llama a Lázaro, quien estaba muerto y descompuesto, a la vida. Él llama a personas que no eran nadie: «Mi pueblo». Él llama de las tinieblas a la luz. Él nos llama eficazmente a la redención. Él nos llama a servir.

Nuestra vocación lleva ese nombre por su raíz latina vocatio, «un llamado». El término «elección vocacional» es una contradicción de términos para el cristiano. Es cierto que la escogemos y que, de hecho, podemos desobedecerla. Pero previo a la elección y colocado sobre ella con poder absoluto está el llamado divino, la imposición de un deber del que no nos atrevemos a huir.

Fue la vocación lo que llevó a Jonás a emprender su viaje hacia Tarsis e hizo que los navegantes aterrorizados lo arrojaran al mar para calmar la tempestad vengativa. Fue la vocación lo que provocó el grito angustiado de Pablo: «¡… ay de mí si no predico el evangelio!» (1 Co 9:16). Fue la vocación lo que puso una horrenda copa de amargura en las manos de Jesús.

Dios no siempre nos llama a una vocación glamorosa, y muchas veces su fruto en este mundo es agridulce. Sin embargo, Dios nos llama de acuerdo a nuestros dones y talentos, y nos dirige hacia los servicios que serán más útiles para Su reino. Cuánto hubiéramos perdido si Jonás hubiera llegado a Tarsis, si Pablo se hubiera negado a predicar, si Jeremías se hubiera rehusado a ser profeta o si Jesús hubiera rechazado amablemente la copa.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
Piénsalo… ¿cuáles serían las pérdidas espirituales si no respondes al llamado de Dios?

Para estudiar más a fondo
2 Corintios 10:15-16
Romanos 15:20
Filipenses 1:17

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de Ministerios Ligonier, primer ministro de predicación y enseñanza en Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, y primer rector del Reformation Bible College. Fue autor de más de cien libros, entre ellos La santidad de Dios.