Domingo 27 Agosto Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Juan 11:33-36 La simpatía de Jesús Jesús, el Hijo de Dios, está parado junto a la tumba de Lázaro, y lo vemos llorar. Visitaba a menudo esta acogedora casa de Betania, donde se respiraba una atmósfera de amor. En medio de toda la agitación, el Extranjero celestial podía llegar allí y hallar almas unidas a él, junto con una gran calma. Pero las cosas han cambiado porque ha entrado otro visitante: la muerte, ese intruso inoportuno, acababa de traer consigo la tristeza y el dolor. Jesús llegó justo en medio de estas tristes circunstancias.
Leemos en Isaías 63:9: “En toda angustia de ellos él fue angustiado”. La escena junto a la tumba muestra claramente el cumplimiento de esta profecía. Jesús compartió el dolor de Marta y María, y sintió su pena como nadie más podría hacerlo. No solo mostró una simpatía incomparable, sino que fue capaz de aportar esperanza a esta escena de tristeza y muerte. De hecho, este era el propósito de su venida. Todos los enemigos deben huir de su presencia. Sí, vencerá a todos los enemigos, incluida la muerte, y triunfará sobre ellos (cf. 1 Co. 15:26).
Cristo vino a quitar de en medio el pecado por el sacrificio de sí mismo. Vino a derrotar con su muerte al diablo, quien tenía el poder de la muerte. Además, vino a traer vida e incorruptibilidad a este mundo en el que reinaban el pecado y la muerte. Nuestro precioso Salvador no solo lloró con los que lloraban y se vio afectado por los sentimientos de dolor y simpatía, también llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, así como todo el peso del pecado y el juicio de Dios contra este. Cristo venció, y su victoria es nuestra. “Sorbida es la muerte en victoria… ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?… gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:54-57).
Sábado 26 Agosto Cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste… Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza. Josué 2:18-19 El cordón de grana ¡Qué hermosa imagen de la salvación de Dios! Rahab tuvo que atar el cordón de grana a su ventana para que todos pudieran verlo. Los lugareños no sabían para qué servía; tal vez pensaban que era solo un adorno. Los dos espías le dijeron a Rahab que reuniera en su casa a su padre, su madre, sus hermanos y otros miembros de su familia. El cordón de grana que colgaba de la ventana los mantendría a salvo el día en que el juicio llegara a Jericó.
En su Palabra, Dios nos ha dado un cordón de grana (el color de la sangre); Él salva a todos los que se ponen bajo su protección, todos los que están dentro de esa casa. Todos los que están en Cristo están protegidos por su preciosa sangre. Esto es una señal segura, ya que el Padre la está mirando. Cristo murió por mí; por eso mi alma está a salvo. En otras palabras, estos hombres le dijeron a Rahab: “Responderemos por tu seguridad; tú y toda tu casa se salvarán, porque están a salvo por el cordón de grana”. Cristo es la seguridad para todos los que ponen su confianza en su preciosa sangre. Pero si Rahab, o cualquiera de su familia, no se ponía bajo la protección del cordón de grana, era bajo su propio riesgo.
Si te niegas a poner tu confianza en el Señor Jesucristo, si te niegas a refugiarte bajo su preciosa sangre, el día en que Dios venga a sacudir poderosamente la tierra, todas las cosas en las que los hombres han puesto su confianza se harán añicos. Entonces serás una pobre alma, perdida y arruinada, y tu sangre estará sobre tu propia cabeza, porque has despreciado el sacrificio ofrecido por nuestro Señor Jesucristo.
El movimiento de los cuáqueros surge en Inglaterra en el siglo XVII. Fue fundado por George Fox (1624-1691), hijo de un tejedor, conocido en su comunidad como un hombre de indudable rectitud cristiana. Su madre también era una mujer reconocida por su piedad, de manera que Fox recibió una profunda formación religiosa que lo movió a procurar desde su juventud una vida cristiana coherente, apartada de la mundanalidad que se percibía en aquellos días en Inglaterra entre muchos que profesaban la fe.
Aunque Fox creía que la Biblia es la Palabra de Dios, también creía que era un libro cerrado para cualquiera que lo leyera sin una obra de iluminación de parte del Espíritu de Dios, a la que él llamaba la Luz Interior.
Fox congregó alrededor de sí a un grupo de seguidores que fueron conocidos originalmente como «Hijos de Verdad», y luego como «Hijos de Luz». Ellos creían que algo dentro de ellos les decía lo que estaba bien y lo que estaba mal, y que los movía de la falsedad a la verdad, de lo impuro a lo puro. El historiador Justo L. González dice al respecto:
Esta luz es una semilla que existe en todos los seres humanos, y es el verdadero camino que debemos seguir para encontrar a Dios. La doctrina calvinista de la corrupción total de la humanidad le parecía una negación del amor de Dios y de su propia experiencia. Al contrario, decía él, en toda persona queda una luz interna, por muy eclipsada que esté por el momento. A su vez, esto quiere decir que, gracias a ella, los paganos pueden salvarse. Pero esa luz no ha de confundirse con el intelecto ni con la conciencia. No se trata de una razón natural, como la de los deístas, ni tampoco de una serie de principios de conciencia que señalen hacia Dios. Se trata más bien de algo que hay en nosotros que nos permite reconocer y aceptar la presencia de Dios. Es por la luz interna que reconocemos a Jesucristo como quien es; y es también gracias a ella que podemos creer y entender las Escrituras. Luego, en cierto sentido, la comunicación con Dios mediante la luz interna es anterior a todo medio externo.
En cuanto a las iglesias existentes en Inglaterra en aquellos días, Fox no aceptaba ninguna de ellas, así como tampoco ninguno de sus credos ni de su teología. Tampoco creía en las escuelas teológicas ni en el entrenamiento formal para el ministerio.
Algunos creen que el nombre de «cuáqueros» se derivó de una frase que Fox pronunció ante un magistrado inglés, a quién Fox exhortó a temblar ante la Palabra del Señor. Otros piensan que se trata más bien de una referencia al entusiasmo que manifestaban en sus primeros días los seguidores de Fox y que los llevaba a temblar de emoción. Pero ellos preferían llamarse a sí mismos como «Sociedad de Amigos», basados en el texto de Juan 15:15.
Sus lugares de reunión eran excesivamente simples. No tenían púlpito. No cantaban… Se sentaban y esperaban en silencio a que el Espíritu los moviera. Si no había movimiento del Espíritu en cierto lapso de tiempo, ellos partían sin pronunciar ninguna palabra. Pero el Espíritu podía mover a uno de los «amigos» presentes, sea hombre o mujer, así como a varios a la vez. En ese caso, aquellos que eran movidos se levantaban y daban sus mensajes.
Este movimiento tuvo un crecimiento sorprendente, por cuanto habían muchos en Inglaterra que se sentían inconformes y disgustados por la tibieza y la mundanalidad que manifestaban muchas iglesias en aquellos días. El grupo de los cuáqueros era de apenas sesenta personas en 1654. Cuatro años más tarde, el número ascendió a treinta mil. Aunque fueron severamente perseguidos, no solo crecieron en Inglaterra, sino que llevaron sus doctrinas a Europa, África y América.
Una versión de este contenido apareció primero aquí. Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.
Viernes 25 Agosto Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?. Marcos 8:36-37 El engaño del dinero La gran pregunta que se hace hoy en día es: “¿Qué gano con esto?”. Cuando se haya sumado todo, ¿qué dejará tal o cual transacción? ¿En qué medida habré salido ganando? ¿Cuál es el beneficio?
Un millonario estadounidense dijo en su lecho de enfermedad: “El hombre más pobre que conozco es aquel que solo tiene dinero”. Otro dijo: “Aunque un hombre sin dinero es pobre, el hombre que no tiene nada más que dinero es aún más pobre. Las posesiones del mundo no pueden evitar que los espíritus desfallezcan y se encojan cuando llegan las pruebas y los problemas, al igual que un dolor de cabeza no se puede curar con una corona de oro, o el dolor de cuello con una cadena de perlas”. Agustín de Hipona comentó una vez que “las riquezas terrenales están llenas de pobreza”. Esto ciertamente es mucho más acertado que la idea de que un hombre que tiene 100. 000 dólares es el doble de feliz que alguien que posee 50. 000 dólares. Nunca se cometió un error más grande que este y, sin embargo, es lo que la gente comúnmente cree.
Es mucho más correcto decir que el dinero es un proveedor universal de todo menos de la felicidad, y un pasaporte universal a todo lugar menos al cielo. La palabra comúnmente usada para “riquezas” en el Antiguo Testamento se traduce frecuentemente como “pesado”. Esto es muy significativo, ya que el que posee abundantes riquezas es el que mejor sabe las cargas que imponen tales posesiones. Alguien más ha dicho: “Hay una carga debida al cuidado al obtenerlas, un temor al conservarlas, una tentación al usarlas, una culpa al abusar de ellas, una tristeza al dejarlas, y una carga debido a las cuentas que hay que rendir al final a causa de ellas”.
Sinclair B. Ferguson El presente libro plantea lo que nuestros antepasados en la Iglesia cristiana solían llamar “el abandono espiritual”, ese sentimiento de que Dios se ha olvidado de nosotros y que nos hace sentir aislados y sin rumbo. A algunos que tomen estas páginas y les echen un vistazo puede que les parezca inconcebible que ningún verdadero cristiano pudiera jamás pensar de esa manera. “Si piensan así, algo muy malo tiene que pasarle a su espiritualidad.” No obstante, en mi mente ha ido creciendo la convicción de que muchos cristianos saben lo que es sentir que no pueden más. A tales cristianos, cantar “ahora soy feliz todo el día” les parece tanto falso como superficial. Sin ir más lejos, esta misma semana he recibido una carta de una cristiana que me contaba cuánto más difícil la vida le ha parecido desde que Cristo se apoderó de ella. Este libro es para cristianos así. No les quitará todas sus dificultades; pero mi oración es que les sea una mano que ayude en el camino y que les dé ánimo, como si fuera una voz que diga: “Sé adónde vamos; da el siguiente paso aquí y verás cómo avanzas, aunque todo parezca totalmente oscuro a tu alrededor.” El formato del libro –estudios en los Salmos– no es como es por casualidad. Cada capítulo llama la atención a experiencias que o bien llevaron al autor a sentir que Dios le había abandonado, o que pudieron haberlo hecho. Hay varias razones por las que he decidido escribir el libro de esta manera, y espero que éstas se hagan patentes. Una de ellas es ésta: vivimos en un mundo que busca y ofrece respuestas fáciles y rápidas hasta para dificultades y planteamientos profundos. Tristemente, muchas personas se sienten decepcionadas con Dios mismo si Él no proporciona esa misma clase de respuestas. Sin embargo, Dios no es nuestro siervo; sus caminos son más altos, más profundos y más anchos que los nuestros. El poeta inglés William Cowper aprendió, a través de sus propias depresiones profundas, que los brillantes propósitos de Dios a menudo se forjan en “minas profundas e insondables de infalible sabiduría”. De la misma manera, los Salmos nos muestran cómo el pueblo de Dios ha luchado con sus preguntas, sus dudas y sus experiencias de abandono, y cómo Dios les ha vuelto a levantar y traer a nueva luz y nuevo gozo. Otra razón importante para acercarnos a este tema por medio del estudio de la Biblia es que cuando estamos desanimados, o tenemos que enfrentarnos con dificultades, o sentimos que Dios nos ha abandonado, la gran tentación es volvernos introspectivos. Perdemos el sentido de la perspectiva, la objetividad. Necesitamos que se nos saque de nosotros mismos y que se vuelva a dirigir nuestra mirada fuera de lo que somos y hacemos, y hacia lo que Dios es y hace. Sólo esto nos proporcionará la nueva orientación que todos necesitamos para la buena salud espiritual. Así que estas páginas son, en un sentido, estudios bíblicos, estudios en la teología tal como ésta se aplica a la experiencia del espíritu herido. Esta manera de acercarse al tema es importante por varias razones. Una de ellas es que, al tratar las dificultades y problemas personales de otros, existe una tentación para aquellos escritores cuya vocación sea la de teólogo o pastor, de dar por hecho que nuestra propia pericia es suficiente para solucionar todas las dificultades. Pero no es así, y nuestra formación bíblica y teológica tenía que habernos enseñado que no es así. Las Escrituras recalcan que somos seres materiales tanto como espirituales, y que existe entre los dos aspectos una constante interrelación en nuestras vidas. A veces, el desánimo y la depresión que podemos experimentar están tan íntimamente relacionados con nuestra condición física que deberíamos buscar ayuda y sanidad consultando a algún médico. Estaría fuera de lugar que yo pretendiese poder dar los consejos que sólo un médico debidamente cualificado puede dar. No obstante, hay también otra consideración: en mi experiencia, a muchos cristianos desanimados que han buscado ayuda para su desánimo, haya sido de tipo médico o espiritual, se les ha decepcionado con los consejos que se les han dado. Todos hemos conocido de sobra casos de cristianos a quienes ciertos consejeros seculares les han dicho que su problema es que leen la Biblia, y que les convendría evitarla. Pero por otro lado, por desgracia, ¡la manera como muchos cristianos leen la Biblia y ven la vida cristiana, agrava de hecho sus dificultades! A veces hay consejeros seculares que, sin darse cuenta, dan con el clavo en una seria necesidad que tienen muchos cristianos. Pero por desgracia, además de distorsionar la naturaleza del problema, no consiguen proporcionar la solución apropiada. Aconsejan deshacerse de la Biblia y del Dios de la Biblia, cuando la verdadera solución es aprender a entender bien la Biblia y descubrir al Dios de infinita gracia y compasión que en ella nos habla. La mayoría de nosotros nos acercamos a un libro como éste buscando ayuda o bien para nosotros mismos o para otros: un arreglo lo más rápido posible. Pero los consejos demasiado rápidos sólo nos llevarán de una crisis a la siguiente. Lo que necesitamos es ayuda a más largo plazo, y ésta sólo se puede conseguir por medio de medidas a largo plazo. Necesitamos estudiar la Palabra de Dios de manera disciplinada, pensando bien en lo que hacemos, con oración, y emprendiéndolo con la ayuda del Espíritu. Esto cambiará nuestra manera de pensar y, como consecuencia, nuestra manera de vivir y, con el tiempo, cómo nos sentimos. Ciertamente, éste fue el modelo apostólico. En la enseñanza de Pablo, es la renovación de la mente la que produce la transformación de nuestras vidas, y ésta, a su vez, nos lleva a descubrir “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:1, 2). Esta verdad la subraya un conmovedor testimonio personal del Dr. John White, en su libro The Masks of Melancholy (Las máscaras de la melancolía), y máxime cuando éste habla desde la perspectiva de sus muy diversas experiencias como psiquiatra cualificado además de teólogo pastoral que ha leído mucho y tiene gran experiencia. Una segunda área en la que el consejero pastoral puede ofrecer ayuda, cualquiera que sea la causa básica de la depresión, es el enseñar y animar a los que la están padeciendo (siempre y cuando éstos tengan suficiente capacidad para concentrarse) a través del sólido estudio bíblico inductivo, y el disuadirles de leer lo meramente devocional. En la mayoría de los casos de las personas con depresión, la lectura devocional o se ha dejado del todo, o ha degenerado en algo poco sano o provechoso. Hace años, cuando yo estaba profundamente deprimido, lo que salvó mi propia cordura fue una gran lucha –aunque tan seca como el polvo– para entender la profecía de Oseas. Estuve semanas enteras, mañana tras mañana, tomando notas de forma meticulosa y comprobando las alusiones históricas del texto. Empecé a sentir que el suelo debajo de mis pies se hacía cada vez más firme. Sabía, sin duda alguna, que la sanidad estaba surgiendo continuamente de mi lucha para captar el significado de la profecía. Creo que no se puede exagerar la importancia de este principio. Es cierto que no es nada especialmente llamativo; pero en la vida cristiana hay mucho que no tiene nada de llamativo. Lo importante no es que sea llamativo, sino el hecho de que es el camino de Dios. Y precisamente porque es su camino, funciona. Esto lo explica Pablo en una afirmación que muchas veces asociamos con la inspiración de las Escrituras, aunque el enfoque es la importancia práctica de las Escrituras en las vidas de aquellos que la conocen y la aman: Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Ti. 3:16, 17). Cuando estudiamos las Escrituras y meditamos en ellas, empiezan a hacer un impacto significativo sobre nuestras vidas en su totalidad. Imparten “enseñanza”: acerca de Dios, Cristo, nosotros mismos, el pecado, la gracia y toda una multitud de otras cosas. De esta manera nos conducen a conocer a Dios, moldean nuestra manera de pensar y nos dan dirección clara para la vida. También “redarguyen”: examinando nuestros corazones y tocando nuestras conciencias. La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (He. 4:12, 13). Cuando nuestras vidas se exponen así a la influencia de la Palabra de Dios en las Escrituras, tiene lugar un proceso de limpieza. Tal como oró Jesús, somos santificados por medio de la verdad que es la Palabra de Dios (Juan 17:17). Este proceso es tan importante para nuestro bienestar espiritual como lo es la limpieza de una herida para su sanidad. Luego Pablo añade que las Escrituras nos “corrigen”. Cuando yo era niño e iba a la escuela, pensaba que ser regañado y ser corregido eran sinónimos, ¡y no me gustaba ninguna de las dos cosas! Pero esta palabra que utiliza Pablo, corregir, es más que simplemente otra manera de decirnos que hemos hecho mal. De hecho, la palabra se utilizaba fuera del Nuevo Testamento en el campo de la medicina para “corregir” un miembro del cuerpo que se había lesionado: como curar una pierna rota. Es por medio de la reprensión de Dios como vemos nuestra necesidad; y es gracias al poder para sanar que tiene su Palabra –animando, dirigiendo de nuevo y dando seguridad– por lo que pueden sanarse nuestras mentes y nuestros espíritus. El caso es que, nos viene a decir Pablo, se puede encontrar en las Escrituras todo lo necesario para ayudarnos a ser siervos de Cristo estables. Y es precisamente la estabilidad la cualidad que necesitamos cuando estamos desanimados y hemos empezado a pensar: “No voy a poder aguantar esto mucho más.” Sobre todo, las Escrituras cambian el enfoque de nuestros corazones y mentes en cuanto a Dios para que éste vuelva a ser Aquel cuyo carácter aquéllas revelan. Nuestra necesidad más profunda es llegar a conocerle a Él mejor. Y cuando se satisface esa necesidad, se ven todas las demás necesidades que tenemos –las dudas, el desánimo, la depresión, el desconsuelo– en su verdadero contexto. A Martín Lutero, el reformador del siglo XVI, en una ocasión cuando estaba muy desanimado, le recordó esta verdad de manera contundente su esposa Catalina. Ésta, al ver que su marido no respondía a ninguna palabra de ánimo, una mañana se vistió de negro: de ropa de luto. Ya que no le dio a su marido ninguna explicación, éste, al no haberse enterado de que nadie hubiera muerto, le preguntó: “Catalina, ¿por qué vas vestida de luto?” “Alguien ha muerto”, respondió ella. “¿Alguien ha muerto?”, exclamó Lutero, “yo no he oído que nadie haya muerto. ¿Quién puede haber muerto?” “Pues, al parecer”, le respondió su esposa, “¡habrá muerto Dios!” Lutero cayó en la cuenta. Él, siendo creyente, un cristiano, y teniendo por Padre a un Dios tan grande, ¡estaba viviendo como si fuera en la práctica ateo! Pero Lutero sabía que Dios no estaba muerto. ¡Dios estaba vivo, reinando, y obrando en los acontecimientos de la Historia y también en la vida del propio Lutero! ¡Qué necio había sido! Y el desánimo lo desterró inmediatamente. Conocer y amar a Dios crea un ambiente en el que les cuesta respirar al desánimo y a un sentimiento de depresión o de abandono espiritual. Es esto, en última instancia, lo que descubrieron una y otra vez los salmistas, y lo que nos dicen en diferentes contextos y de muchas y diversas maneras. Sentémonos, pues, a sus pies y aprendamos a ver lo que ellos vieron: Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; Ten misericordia de mí, y respóndeme. Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová… Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová (Sal. 27:7, 8, 13, 14)
Ferguson, S. B. (2000). ¿Abandonado por Dios? (A. J. Birch, Trad.; Primera edición, pp. 10-16). Editorial Peregrino.
Jueves 24 Agosto Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Mateo 16:15-16 Simón Pedro (3) – Su confesión El Señor Jesús estaba viajando cerca de Cesarea de Filipo, una ciudad ubicada a unos 200 km al norte de Jerusalén, en una región habitada principalmente por gentiles. Fue allí donde Cristo les preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mt. 16:13). Los discípulos le informaron cuál era la opinión popular: la gente creía que Jesús era uno de los venerados profetas, o Juan el Bautista que había vuelto a la vida (v. 14). A los ojos de mucha gente, Jesús era un hombre santo o un profeta.
Pero ¿qué opinaban los propios discípulos? Simón Pedro tomó la palabra, como era su costumbre, y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Esta confesión de Pedro no fue producto de un razonamiento humano, ni de una visión particular. El Padre se lo había enseñado divinamente. No fue la “carne ni sangre” lo que lo llevó a esta conclusión, sino la gracia soberana de Dios (véase Juan 1:13).
Proféticamente, el Señor había anunciado el nuevo nombre de Pedro cuando este creyó en él como el Mesías (Jn 1:41, 42). Pero ahora, tras confesar que Cristo es “el Hijo de Dios viviente”, el Señor le reveló el significado más profundo de su nuevo nombre. Como Hijo del Dios “viviente”, él tiene poder sobre las “puertas del hades”. El reino de Satanás y el poder de la muerte no prevalecerán. El nombre “Dios viviente” significa que es el Dios de la resurrección. Sobre esta roca -la confesión de que Jesús es el Hijo del Dios viviente- sería edificada la Iglesia. La roca es Cristo, no Pedro, como algunos han supuesto erróneamente. Pedro significa simplemente piedra, y nosotros, al igual que él, somos “piedras vivas” que son puestas en el templo que Cristo está construyendo (1 P. 2:5). La muerte no tendrá ningún poder sobre los que han creído en él. ¡Demos gracias al Padre por habernos revelado a su amado Hijo!
A veces los cristianos podemos cometer el error de creer que al tener un trabajo no podemos glorificar tanto a Dios, como si estuviéramos a tiempo completo en la obra. ¿Qué nos dice Dios al respecto? ¿Es eso cierto?
El apóstol Pablo, en su carta a los Colosenses, capítulo 3 nos habla de todo lo que ha hecho Cristo en nosotros y como eso ha de manifestarse de maneras concretas, con cambios específicos en nuestras vidas. A grandes rasgos nos dice que debemos hacer morir lo terrenal en nuestras vidas y tener una perspectiva correcta con respecto a las cosas del mundo y las cosas del cielo.
Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Colosenses 3:17)
Lo anterior no deja nada fuera, dice “y todo” lo que hacéis, eso incluye las cosas dentro y fuera de la iglesia, en nuestro hogar, en nuestro trabajo, en nuestra universidad, en nuestros colegios, con nuestros vecinos, etc. Todo hay que hacerlo en el nombre del Señor, como principio general.
Luego, unos versículos más adelante (22 al 24), en su contexto nos habla específicamente sobre amos y esclavos, práctica que era muy común en esos tiempos, no obstante, el principio bíblico que se enseña ahí, se puede aplicar hoy en día a jefes y empleados:
Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís. (Colosenses 3:22-24)
En el versículo 23 vuelve a utilizar la palabra “todo”, lo que hagáis. Nada queda excluido, absolutamente todo lo que hagamos debemos hacerlo de corazón como para el Señor. Si somos capaces de hacer todo como para el Señor, no solo podremos agradarle, sino que además recibiremos recompensa en el cielo. Servir a Cristo no es un sacrificio, es una bendición y un honor.
Algunas maneras prácticas en que podemos glorificar a Dios en el trabajo pudieran ser:
Llega temprano al trabajo. Hay trabajos que son flexibles en el horario de entrada, que eso no signifique que te relajes llegando a abusar. Llega temprano de vuelta del almuerzo. Hay muchos trabajos donde no se controla la hora de almuerzo, no obstante, si tienes una hora de almuerzo, no te tomes mas de una. Cumple con las metas o hitos que te impongan. Se que muchas veces esas metas o hitos son poco realistas. Esfuérzate por cumplirlas de igual modo. Si puedes hacer más de lo que te piden, hazlo. No pierdas el tiempo en redes sociales. Hay trabajos donde no se prohíbe el uso de éstas. Que no sea ocasión para abusar o para distraerte de tus obligaciones. Obedece a tus jefes, aunque no siempre tengan la razón. Por supuesto esto excluye lo que va contra la Palabra de Dios, pero obedece, Dios nos manda eso en el versículo 22. Comparte “prudentemente” el evangelio. Jesús nos dejó la gran comisión, de ir por el mundo y predicar el evangelio, ello debe ser parte fundamental en nuestra vida y por cierto también en el trabajo. Lo de prudente lo digo porque debes ser sabio en la manera en que lo haces, muchos pueden parecer fanáticos religiosos al hacerlo y terminar alejándolos aún más del evangelio. Otros puede que prediquen bien el evangelio, no obstante al ser un mal testimonio en su trabajo (por ejemplo con los puntos anteriores), quizás parezca hipócrita y el mensaje pierda sentido. Esfuérzate en ser un buen testimonio siempre y ser de apoyo bíblico cuando veas a alguien en problemas o en necesidad. Trata de ser alegre en tu trabajo. ¿Que tiene eso que ver? Pues, ¿Puedes decir que Cristo te ha cambiado y que ahora tienes gozo en Él, aún en pruebas y tribulaciones, y que te da la paz que sobrepasa todo entendimiento, si nunca estás alegre?
Todo lo anterior y muchas cosas más puedes hacer para ser un buen siervo, pero no lo hagas solo para agradar a tu jefe. Pon atención a la advertencia que nos hace el versículo 22. Podemos agradar a hombres pero al mismo tiempo no estar agradando a Dios. Agradar y glorificar a Dios debe ser nuestra meta.
Cuando por la gracia de Dios somos salvos, entonces tenemos vida nueva. Cristo y nadie más que Cristo pasa a ser nuestro Señor, Le pertenecemos y solo a Él debemos servir. Si somos conscientes de ello y lo aplicamos en nuestras vidas en todo lo que hagamos, podremos mostrar verdaderamente cómo el evangelio de Dios es capaz de cambiar a un pecador, el mundo verá que somos distintos, que “hay algo” que nos hace realizar todo de manera excelente, y de ese modo nuestras vidas estarán mostrando en la práctica el evangelio transformador de Cristo.
Podemos y debemos glorificar a Dios en nuestro trabajo, solo debes recordar que ¡Trabajas para Dios y no para el mundo!
Daniel Aldea http://www.aldeacms.com/ Es director del Ministerio Siervo Fiel. Ingeniero en informática de profesión, y está felizmente casado con Ana María, con quien tiene 2 pequeños hijos, Lucas y Amanda.
Miércoles 23 Agosto Pues por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza. 1 Crónicas 15:13 Hacer la voluntad de Dios en obediencia a su Palabra El deseo de David de llevar el arca de vuelta a Jerusalén era bueno, pero la forma en que lo hizo fue incorrecta. Se olvidó de consultar la Palabra de Dios en cuanto a la forma de transportar el arca, y recurrió al método que los filisteos habían utilizado: “un carro nuevo” (1 S. 6:7). Ningún cristiano con discernimiento espiritual podría negar que existe un orden divino en la Palabra de Dios. Las tribus de Israel estaban acampadas alrededor del tabernáculo en conformidad con una instrucción divina, y se les había dado órdenes de cómo se debía desmontar y transportar el tabernáculo; a la tribu de Leví se le encargó especialmente el transporte de sus distintas piezas. El arca debía ser llevada sobre los hombros de los coatitas. Este mandamiento no se cumplió y el resultado fue desastroso. Los hijos de Israel confesaron entonces que no habían actuado de acuerdo según el orden establecido. Y cuando trajeron el arca como Dios había ordenado, se produjo una gran alegría.
Hay un orden divino para el funcionamiento de la Iglesia, “porque Dios no es Dios de desorden, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos” (1 Co. 14:33 VM2020). Descuidar este orden divino para la Iglesia, establecido en las Epístolas a los Corintios, ha traído como consecuencia la confusión y el desorden, generando que cada uno haga lo que cree que es correcto a sus propios ojos.
Que Dios bendiga a los dos o tres que, en gran debilidad y oprobio, se reúnen sencillamente al nombre del Señor Jesús, y sin reconocer otra cabeza que no sea Cristo, ni otro poder que no sea el del Espíritu Santo, y sin depender más que de la Palabra de Dios. A los tales, el Señor les promete no solo su presencia, sino también su aprobación. Los tiempos cambian, pero no afectan a su Palabra, y Dios es tan inmutable como su Palabra.
¿Cuál es el Pecado Imperdonable? by Jeremiah Johnson
Una de las defensas que los carismáticos emplean con más frecuencia ante las críticas, es la persistente amenaza del “pecado imperdonable”. Ellos advierten a los críticos del grave peligro de blasfemar contra el Espíritu Santo, y defienden su propia falta de discernimiento como un intento por evitar cometer ellos mismos la ofensa mortal.
Pero, ¿es así como debemos entender la advertencia de Cristo sobre la “blasfemia contra el Espíritu [que] no será perdonada” (Mateo 12:31)? ¿Acaso condenó Cristo a todo aquel que cuestionara una supuesta obra del Espíritu Santo? ¿Prohibió Él el discernimiento cuando se trata de afirmaciones de señales y maravillas sobrenaturales? ¡Por supuesto que no!
En su libro Diferencias Doctrinales Entre Los Carismáticos y los no Carismáticos, John MacArthur explica cómo este malentendido del pecado imperdonable tiene profundas raíces en los círculos carismáticos.
¿Qué es el pecado contra el Espíritu Santo? Charles y Frances Hunter, un matrimonio que sirve en un ministerio muy bien conocido, han escrito varios libros y hablan constantemente a favor de la experiencia carismática.
Aunque los Hunter no son eruditos ni teólogos, se comunican fácilmente con la persona promedio y su influencia se siente ampliamente dondequiera que dan su interpretación de la Escritura. En la introducción a su libro Why Should “I” Speak in Tongues? (¿Por qué debería “yo” hablar en lenguas?), los Hunter comparan a cualquiera que cuestiona las lenguas u otros aspectos del movimiento carismático con los fariseos que criticaban a Jesús y le atribuyen su obra a Satanás[1]. Los Hunter también implican que los críticos del movimiento carismático pueden estar peligrosamente cercanos a cometer el pecado imperdonable de blasfemia contra el Espíritu Santo[2]. ¿Tienen razón los Hunter? ¿Acaso cuestionar la doctrina carismática equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo? Cuando alguien niega que las lenguas son para hoy, o que el bautismo del Espíritu es una experiencia posterior a la salvación, ¿ha cometido esa persona un pecado imperdonable?[3].
Innumerables líderes carismáticos como los Hunter han hecho acusaciones similares, incluyendo algunos que respondieron al libro Fuego Extraño de John MacArthur. En un artículo titulado “Dear Dr. MacArthur (Estimado Dr. MacArthur)”, R.T. Kendall escribió: “En primer lugar, si su libro habla del peligro de ofender al Espíritu Santo con una adoración falsificada, me temo que usted está en mayor peligro de ofender al Espíritu Santo al atribuir Su obra a Satanás”[4].
En su artículo “John MacArthur, Strange Fire and Blasphemy of the Spirit (Fuego Extraño y Blasfemia del Espíritu)”, Michael Brown niega haber hecho la acusación contra John MacArthur, antes de insinuarla de todos modos. Respondiendo a la afirmación del pastor John, de que el movimiento carismático “blasfema del Espíritu Santo; atribuye al Espíritu Santo incluso la obra de Satanás”, Brown escribe:
“Para que quede perfectamente claro, no estoy afirmando ni por un segundo que el pastor MacArthur esté blasfemando contra el Espíritu (¡Dios no lo quiera!), pero en el Nuevo Testamento, blasfemar contra el Espíritu es atribuir conscientemente las obras del Espíritu a Satanás (Marcos 3:23-30), y me preocupa mucho más negar el fuego verdadero que apagar cada aberrante hoguera carismática”[5].
La afirmación de Brown representa la actitud casi supersticiosa de muchos carismáticos cuando se trata de las supuestas obras del Espíritu, como si cualquier duda constituyera un pecado imperdonable. Pero esa mentalidad no puede ser la que Cristo pretendía, no cuando las Escrituras instruyen a los creyentes a: “Probar los espíritus para ver si son de Dios” (1 Juan 4:1), y a imitar a los nobles bereanos, que: “Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
Está claro que Dios quiere que su pueblo tenga discernimiento, especialmente cuando se trata de los que dicen hablar en su nombre. En cierto sentido, ese fue el punto de Cristo en su confrontación con los fariseos en Mateo 12:22-32.
El pasaje comienza con Jesús sanando a un hombre ciego y mudo que también estaba poseído por un demonio (Mateo 12:22). El versículo 23 nos dice: “Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será este aquel Hijo de David?”. La gente comprendió con razón que aquel poder milagroso sólo podía pertenecer al Mesías. Para disuadir a la multitud de esa idea que suponía una amenaza directa a su propia autoridad, los fariseos hicieron circular la acusación blasfema de que: “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios” (Mateo 12:24).
John MacArthur explica la profundidad depravada de la afirmación de los fariseos:
“Beelzebú, el señor de las moscas, era una deidad filistea. Se creía que era el príncipe de los espíritus malignos, y su nombre se convirtió en otro nombre para Satanás; así que lo que los fariseos estaban diciendo era que Jesús echaba fuera demonios por el poder de Satanás”[6].
Aunque los fariseos no tuvieron el valor de hacer su acusación perversa delante del Señor, las Escrituras nos dicen que Él conocía sus pensamientos (Mateo 12:25). Él reprendió a los fariseos públicamente, exponiendo lo absurdo de su afirmación.
“Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?” (Mateo 12:25-26).
En términos sencillos, Cristo mostró lo ridículo que sería que Satanás trabajara en contra de sí mismo. Él redujo la acusación a su absurda esencia, y reveló la necedad y perversión de los corazones de los fariseos. Como explica John MacArthur: “Los fariseos tenían tal odio por Cristo que su lógica estaba distorsionada. En lugar de ser racionales, estaban siendo absurdos”[7].
Se suponía que estos hombres eran los líderes espirituales de Israel, y estaban engañando intencionalmente a la gente acerca de demostraciones obvias e innegables del poder divino de Cristo.
Habiendo expuesto la verdadera naturaleza de la acusación engañosa de los fariseos y el odio que consumía sus corazones, Cristo procedió a condenar en los términos más severos posibles el rechazo de ellos a la obra del Espíritu a través de Él.
“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo12:31-32).
En su comentario sobre este pasaje, John MacArthur explica la naturaleza y el alcance de la condena de Cristo.
“Jesús declaró en primer lugar que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres. Aunque la blasfemia es una forma de pecado, en este pasaje y en su contexto las dos cosas se tratan de modo separado, con la blasfemia representando la más extrema forma de pecado. Pecado aquí representa toda la gama de pensamientos y acciones inmorales e impías, mientras que blasfemia representa consciente condena y rechazo a Dios. La blasfemia es irreverencia desafiante, el pecado especialmente terrible de hablar intencional y abiertamente mal contra el Dios santo, o difamarlo o escarnecerlo (Marcos 2:7). El castigo en el Antiguo Testamento para la blasfemia era la muerte por lapidación (Levítico 24:16). En los últimos días, la blasfemia será una característica sobresaliente de quienes se oponen a Dios de manera rebelde e insolente (Apocalipsis 13:5-6; 16:9; 17:3).
“Pero blasfemar o hablar contra el Espíritu Santo era algo más grave e irremediable. Esto no solo reflejaba duda, sino incredulidad resuelta: rechazar después de haber presenciado toda la evidencia necesaria para tener un entendimiento completo, incluso para considerar creer en Cristo. Esto era blasfemar contra Jesús en su deidad, contra el Espíritu Santo de Dios que lo habitaba y fortalecía de forma única. Reflejaba rechazo resuelto a Jesús como el Mesías, en contra de todas las pruebas y argumentos. Reflejaba ver la verdad encarnada y luego, a sabiendas, rechazar y condenar al Hijo de Dios. Demostraba un rechazo absoluto y permanente a creer, lo cual resultó en pérdida de oportunidad de alguna vez ser perdonado, ya sea en este siglo o en el venidero”[8].
Esa es una distinción importante, y muy diferente de la amenaza que los líderes del movimiento carismático utilizan para anular el discernimiento y sembrar la credulidad en sus congregaciones. Mediante la tergiversación de las palabras de Cristo, los carismáticos han asustado a sus seguidores para que nunca cuestionen sus afirmaciones ni contrasten sus enseñanzas con las Escrituras, engañándoles con la idea de que dudar de las afirmaciones sobrenaturales es un pecado imperdonable. Mientras tanto, siguen blasfemando contra el Espíritu Santo al atribuirle sus engaños y divagaciones incoherentes.
El pueblo de Dios no debe tolerar este abuso de Su Palabra. Tenemos que hablar en contra de cualquiera que falsamente utilice la amenaza de la condenación eterna para silenciar a sus críticos y suprimir el discernimiento de sus seguidores.
Martes 22 Agosto Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. 2 Pedro 1:3 El llamamiento divino (12) – Llamamiento y elección El llamamiento de Dios refleja quién es él, mientras que su poder produce una respuesta en aquellos que llama. El “Dios de toda gracia” (1 P. 5:10) es el gran Creador y Redentor que trae vida donde hay muerte. Él trabaja en quienes hemos sido llamados, para perfeccionarnos y prepararnos para su gloria eterna. Mientras estamos en esta tierra, el temor de Dios (la piedad) nos capacita para una verdadera comunión con él y con los que él ha llamado. El conocimiento pleno de Aquel que llama implica una relación consciente de amor con él. Su llamamiento nos ha dado entrada a Dios, que es amor, para su propia gloria y excelencia -o virtud moral.
La traducción aquí utilizada dice que Dios “nos llamó por su gloria y excelencia”, lo cual no es una contradicción: ambos pensamientos son verdaderos. Como resultado, los cristianos -creyentes verdaderamente nacidos de nuevo- pueden tener vida y comunión con él ahora y para siempre, y esto ha sido posible por el llamamiento eficaz del poder de Dios.
Pedro sabía que pronto dejaría la tierra. Como pastor (Jn. 21:15-17), quería que todos los creyentes crecieran en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Quería que todos fueran diligentes en el uso de los recursos de Dios y progresaran en el camino de la fe. Él dijo: “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 P. 1:10). El llamamiento y la elección de Dios implican que los creyentes se involucren, que hagan la voluntad de Dios.
Nuestras mentes no pueden comprender cómo el llamamiento de Dios, en su gracia soberana, no deja de lado nuestra propia responsabilidad. El desafío de Pedro muestra ambos lados: cuando hacemos lo que Dios desea, Dios hace su obra, y todo el crédito es suyo. Llamados a heredar una bendición, debemos ser vencedores diligentes. Dios siempre cumple su parte. ¡Hagamos su voluntad!