¿Deberían las mujeres servir como pastoras / predicadoras?

Posiblemente no hay un tema más discutido en la iglesia de hoy que el tema de las mujeres que sirven como pastoras / predicadoras. Por consiguiente, es muy importante no mirar este tema como hombres contra mujeres. Hay mujeres que creen que las mujeres no deberían servir como pastoras y que la Biblia coloca restricciones en el ministerio de las mujeres, y hay hombres que creen que las mujeres pueden servir como predicadoras y que no hay restricciones sobre las mujeres en el ministerio. Este no es un asunto de machismo o discriminación. Es un asunto de interpretación bíblica.

1ª Timoteo 2:11-12 proclama, «La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio». En la iglesia, Dios asigna diferentes roles a los hombres y a las mujeres. Este es el resultado de la manera en que la humanidad fue creada (1ª Timoteo 2:13) y la manera en la que el pecado entró en el mundo (2ª Timoteo 2:14). Dios, a través de los escritos del apóstol Pablo, restringe a las mujeres de servir en roles de enseñanza y/o tener autoridad sobre los hombres. Esto impide a las mujeres servir como pastoras sobre los hombres, lo cual definitivamente incluye predicarles, enseñarles públicamente y ejercer autoridad espiritual sobre ellos.

Hay muchas «objeciones» a este punto de vista sobre las mujeres en el ministerio pastoral. Una objeción común es que Pablo restringe a las mujeres de enseñar porque en el siglo primero, las mujeres por regla general eran incultas. Sin embargo, en ninguna parte de 1ª Timoteo 2:11-14 menciona el nivel educativo. Si la educación hubiese sido un requisito para el ministerio, la mayoría de los discípulos de Jesús probablemente no habrían calificado. Una segunda objeción común era que Pablo solamente restringió a las mujeres de Éfeso de enseñar a los hombres (1ª Timoteo fue escrita a Timoteo, un pastor en la iglesia de Éfeso). La ciudad de Éfeso fue conocida por su templo de Artemisa, y las mujeres eran la autoridad en esa rama del paganismo; por lo tanto, la teoría dice que Pablo sólo reaccionaba contra las costumbres de los idólatras de Éfeso dirigidas por mujeres, y la iglesia necesitaba ser diferente. Sin embargo, en ningún lugar del libro de 1ª Timoteo se menciona a Artemisa, ni Pablo menciona la práctica estándar de los adoradores de Artemisa como una razón para las restricciones en 1ª Timoteo 2:11-12.

Una tercera objeción común es que Pablo solamente se está refiriendo a los esposos y las esposas, no a los hombres y a las mujeres en general. Las palabras en griego para «mujer» y «hombre» en 1ª Timoteo 2:11-14 podrían referirse a esposos y esposas. Sin embargo, el significado básico de las palabras es más amplio que eso. Adicionalmente, las mismas palabras en griego son utilizadas en los versículos 8-10. ¿Solo los esposos deben orar en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda (versículo 8)? ¿Solo las esposas deben vestirse con ropa decorosa, con pudor y modestia; tener buenas obras y adorar a Dios (versículos 9-10)? Por supuesto que no. Los versículos 8 al 10 claramente se refieren a los hombres y mujeres en general, no solamente a los esposos y a las esposas. No hay nada en el contexto que debiera indicar una limitación para esposas y esposos en los versículos 11 al 14.

Sin embargo, otra objeción a esta interpretación de mujeres en el ministerio pastoral es en relación con Miriam, Débora, Hulda, mujeres que mantuvieron posiciones de liderazgo en el antiguo testamento. Es verdad que estas mujeres fueron escogidas por Dios para un servicio especial para Él y que ellas son modelos de fe, coraje y, sí, liderazgo. Sin embargo, la autoridad de las mujeres en el antiguo testamento no es relevante para el tema de los pastores en la iglesia. Las epístolas del nuevo testamento presentan un nuevo paradigma para el pueblo de Dios, la iglesia, el cuerpo de Cristo y, ese paradigma involucra una estructura de autoridad única para la iglesia, no para la nación de Israel o cualquier otra entidad del antiguo testamento.

Argumentos similares se hacen usando a Priscila y Febe en el nuevo testamento. En el libro de los Hechos, el capítulo 18, Priscila y Aquila son presentados como ministros fieles de Cristo. El nombre de Priscila es mencionado primero, indicando probablemente que ella era más «prominente» en el ministerio que su esposo. ¿Enseñaron Priscila y su esposo el evangelio de Jesucristo a Apolos? Sí, en su casa «le expusieron más exactamente el camino de Dios» (Hechos 18:26). ¿Dice la Biblia alguna vez que Priscila pastoreó una iglesia, o enseñó públicamente o se convirtió en la líder espiritual de una congregación de santos? Sin embargo, en ninguna parte se describe a Priscila participando en una actividad de ministerio que esté en contradicción con 1ª Timoteo 2:11 al 14.

En Romanos 16:1, a Febe se le considera una «diaconisa» (o «sierva») en la iglesia y es altamente elogiada por Pablo. Pero, como con Priscila, no hay nada en las Escrituras que indique que Febe fuera una pastora o maestra de hombres en la iglesia. «Apto para enseñar» es un calificativo dado para los ancianos, pero no para los diáconos (1ª Timoteo 3:1-13; Tito 1:6-9).

La estructura de 1ª Timoteo 2:11 al 14 deja la razón perfectamente establecida. El versículo 13 comienza con «Porque» y da la «causa» de lo que Pablo declara en los versículos 11 y 12. ¿Por qué las mujeres no deberían enseñar o tener autoridad sobre los hombres? Porque «Adán fue formado primero, luego Eva. Y Adán no fue engañado; sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión». Esa es la razón. Dios creó a Adán primero y luego creó a Eva a fin de que fuera «ayuda idónea» para Adán. Este orden de la creación tiene una aplicación universal para la humanidad en la familia (Efesios 5:22-23) y en la iglesia.

El hecho de que Eva fuera engañada también se da en 1 Timoteo 2:14 como una razón para que las mujeres no sirvan como pastoras o tengan autoridad espiritual sobre los hombres. Esto no significa que las mujeres sean ingenuas o que sean engañadas más fácilmente. Si todas las mujeres son engañadas más fácilmente, ¿por qué se les permitiría enseñar a los niños (quienes son fácilmente engañados) y a otras mujeres (quienes supuestamente son engañadas más fácilmente)? El texto simplemente dice que las mujeres no deben enseñar o tener autoridad espiritual sobre los hombres porque Eva fue engañada. Dios ha dado a los hombres la autoridad de enseñanza principal en la iglesia.

Muchas mujeres sobresalen en dones de hospitalidad, misericordia, enseñanza, evangelismo y ayuda. Gran parte del ministerio de la iglesia local depende de las mujeres. Las mujeres en la iglesia no están restringidas de orar o profetizar en público (1ª Corintios 11:5), solamente de tener autoridad en las enseñanzas espirituales sobre los hombres. La Biblia en ninguna parte restringe a las mujeres de ejercitar los dones del Espíritu Santo (1ª Corintios capítulo 12). Así como los hombres, las mujeres, están llamadas a ministrar a otros, a demostrar el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), y a proclamar el evangelio a los perdidos (Mateo 28:18-20; Hechos 1:8; 1ª Pedro 3:15).

Dios ha ordenado que solamente los hombres sirvan en posiciones de autoridad de enseñanza espiritual en la iglesia. Esto no es necesariamente porque son mejores maestros, o porque las mujeres son inferiores o menos inteligentes (tal no es el caso). Es simplemente la manera en que Dios designó la iglesia para que funcione. Los hombres deben ser ejemplo en el liderazgo espiritual, en sus vidas y a través de sus palabras. Las mujeres deben asumir un papel menos autoritario. Se las anima a enseñar a otras mujeres (Tito 2:3-5). La Biblia tampoco restringe a las mujeres de enseñar a los niños. La única actividad de la que están restringidas es de enseñar o tener autoridad espiritual sobre los hombres. Esto impide que las mujeres sirvan como pastoras de hombres. De ninguna manera esto las hace menos importantes, más bien les da un ministerio enfocado más de acuerdo con el talento dado por Dios.

«Y clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová suscitó salvador . .. y libró, a Othoniel hijo de Cenes,hermano menor de Caleb. y el espíritu de Jehová fué sobre él.» (Jueces 3:9, 10.)

Manantiales en el Desierto | Lettie B. Cowman

Abril 28
«Y clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová suscitó salvador . .. y libró, a Othoniel hijo de Cenes,
hermano menor de Caleb. y el espíritu de Jehová fué sobre él.» (Jueces 3:9, 10.)

Dios prepara a Sus héroes, y cuando llega la oportunidad coloca a cada uno en su puesto. El mundo se extraña de ello y se pregunta de dónde han podido salir.
Querido amigo, deja que el Espíritu Santo te prepare por medio de la disciplina de la vida.
Llegará un día cuando nosotros juzgaremos también a las naciones lo mismo que Othoniel, y gobernaremos y reinaremos con Cristo en el milenio terrenal.
Pero antes de que llegue ese día tan glorioso debemos dejar a Dios que nos prepare como El preparó a Othoniel en Kirjath-sepher, por medio de las tribulaciones de nuestra vida presente
y las victorias pequeñas, en cuya significancia soñamos muy poco. Por lo menos estemos seguros de esto, si el Espíritu Santo tiene preparado un Othoniel, el Señor del cielo y de la tierra tiene preparado un trono para él.-A. B. Simpson.

«La fortaleza y grandeza humanas, no brotan de una vida cómoda. Los héroes tienen que ser algo más que trozos de madera flotando sobre una mar sin fluctuaciones.»
«Todo camino principal de la vida humana tiene sus caídas y sus elevaciones. Cada hombre tiene que atravesar el túnel de la tribulación antes de que pueda viajar por el camino elevado
del triunfo.»

¿Qué sabe del pecado?

Viernes 28 Abril
Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.
Romanos 3:23
Al que no conoció pecado (Cristo), por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
2 Corintios 5:21
¿Qué sabe del pecado?
Hoy, el pecado es una noción mal conocida; cada uno tiene su propia opinión al respecto.

Unos afirman que es una concepción de la Edad Media, que introdujo la religión para asustar a los fieles y mantenerlos sometidos. Otros dicen que esta palabra solo tiene que ver con los ladrones, los criminales y todos los que merecen la cárcel, y que ellos no tienen nada que ver con eso. Otra persona añadirá que la noción del pecado depende de las civilizaciones, de las culturas y de las épocas. ¡Algunos opinan que afortunadamente hoy en día se es menos severo que antes!

Lo importante no es cómo definimos el pecado, sino cómo Dios lo ve y lo juzga. Para ello es necesario leer la Biblia. El pecado es toda acción humana que no tiene en cuenta la voluntad divina. Los textos de la Palabra de Dios y el ejemplo de Cristo, al igual que sus palabras, establecen la voluntad de Dios para nosotros, lo que él aprueba o, al contrario, lo que es inaceptable a sus ojos.

Dios es santo y debe condenar el pecado, incluso si este nos parece insignificante. Pero él perdona gracias a la obra hecha en la cruz por Jesucristo, quien murió en nuestro lugar.

Para ser perdonado solo se necesita una cosa: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3:19). Dios ofrece su gracia y su perdón gratuitamente a toda persona que reconoce la necesidad de ser perdonada y cree en Jesucristo, quien viene a ser su Salvador.

Jonás 1-2 – Marcos 4:1-20 – Salmo 49:16-20 – Proverbios 14:19-20

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Todo Comienza con Dios – Incluyendo el Evangelismo | Cameron Buettel

Todo Comienza con Dios – Incluyendo el Evangelismo
by Cameron Buettel

“En el principio creó Dios…” (Génesis 1:1)

La historia de redención de Dios comienza con Él mismo. Y es ahí donde debemos empezar cuando predicamos el Evangelio.

Eso no quiere decir que se requiera un discurso exhaustivo sobre el carácter y la naturaleza de Dios, o una investigación completa de sus atributos infinitos, para comprender y creer en el Evangelio. Ni siquiera nuestras mentes iluminadas por el Espíritu pueden comprender a Dios en toda Su plenitud; cuánto más una mente que aún está oscurecida por el pecado.

Sin embargo, no podemos presentar con precisión el Evangelio sin antes derribar las ideas falsas e idólatras sobre Dios que dominan el mundo. Hoy en día, la gente fabrica descuidadamente un dios basándose únicamente en su sentimentalismo y sus preferencias espirituales. Pero esta práctica popular es tan inútil como tratar de reescribir la ley de la gravedad o desear que desaparezca por completo. Dios es eterno (Isaías 57:15) e inmutable (Malaquías 3:6), y exige nuestra reverencia en Sus términos, no en los nuestros.

Dios se presenta a sí mismo en las Escrituras como el Dios vivo y verdadero. Él dice: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios» (Isaías 45:5). Además, la Palabra de Dios revela que el único Dios verdadero existe eternamente en tres Personas distintas.

La Trinidad

La doctrina de la Trinidad es imposible de comprender, pero como John MacArthur indica, es una doctrina incuestionablemente enseñada en la Biblia:

“No obstante, aunque la plenitud de la Trinidad está mucho más allá de la comprensión humana, se trata indiscutiblemente del modo en que Dios se ha revelado en la Biblia: como un Dios que existe en la eternidad en tres personas…

“Las Escrituras son claras en que estas tres personas juntas son un Dios y solo uno (Dt. 6:4). Juan 10:30 y 33, explican que el Padre y el Hijo son uno. Primera Corintios 3:16 muestra que el Padre y Espíritu son uno. Romanos 8:9 deja en claro que el Hijo y el Espíritu son uno. Además, Juan 14:16, 18 y 23, demuestran que el Padre, el Hijo, y el Espíritu son uno… Es decir, la Biblia deja en claro que Dios es un solo Dios (no tres), pero que el único Dios es una Trinidad de personas”[1].

Dios debe ser presentado como Trino para que pueda ser proclamado fielmente. Además, la Trinidad adquiere gran importancia en el ámbito de la evangelización porque las tres Personas desempeñan papeles distintos en la salvación de los pecadores. El Padre elige (Efesios 1:3-6); el Hijo redime (Efesios 1:7-12); y el Espíritu Santo convence (Juan 16:8), regenera (Tito 3:5) y habita en los creyentes (Efesios 1:13-14).

Creador y Juez

La Biblia presenta al Dios Trino como el Creador de todas las cosas, incluyendo la humanidad (Génesis 1). Como tal, Él es dueño legítimo de Su creación (Salmo 50:10-12) y exige adoración de nosotros, Sus criaturas (Éxodo 20:2-5; Mateo 4:10).

Pero la humanidad caída se niega en rebeldía a adorar al Creador. La comunión abierta que debería existir entre Dios y el hombre está ahora bloqueada por un muro de hostilidad divina (Salmo 5:5). La justa ira de Dios hacia los pecadores puede ser un tema desagradable para la sensibilidad moderna, pero es una verdad necesaria para despertar la indiferencia espiritual de nuestra época.

Aunque el carácter y la naturaleza de Dios es un tema inagotable, el evangelista debe esforzarse por inculcar algún sentido de la supremacía y soberanía de Dios en los corazones de los pecadores. Debe explicarles por qué deben temblar al pensar en el día en que estarán ante el tribunal del Dios santo (Hebreos 9:27). John MacArthur lamenta las tendencias evangelísticas modernas, las cuales como él comenta, hacen justamente lo contrario:

“’El principio de la sabiduría es el temor de Jehová’ (Salmo 111:10). Mucho de la evangelización contemporánea intenta despertar cualquier cosa menos el temor de Dios en la mente de los pecadores. Por ejemplo: ‘Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida’, es la línea para abrir la típica apelación evangelística. Esta clase de evangelismo está muy lejos de la imagen de un Dios al que debe temerse. El remedio para tal manera de pensar es la verdad bíblica de la santidad de Dios” [2].

Santo

Las Escrituras atribuyen el superlativo más fuerte para referirse a Dios como «santo, santo, santo» (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Paul Washer señala que la santidad de Dios: “No es solamente un atributo entre muchos, sino que es el mismo contexto en el cual todos los otros atributos divinos se definen y se entienden”[3]. Nuestro énfasis evangelístico en la santidad de Dios no pretende ignorar sus otros atributos, como el amor, la misericordia y la gracia. Más bien, Sus otros atributos encuentran su significado dentro del contexto de la santidad de Dios.

La palabra «santo» se traduce de la palabra hebrea qadosh, y se refiere a la trascendencia de Dios. Como Creador, Él trasciende Su creación y es totalmente distinto de todo lo que ha hecho. Independientemente de su tamaño o esplendor, nada en la creación se acerca ni remotamente a las perfecciones de Dios.

Entonces, ¿por qué es tan importante explicar que el Creador del universo es santo? Porque nosotros, en nuestro estado pecaminoso, somos la antítesis de todo lo que Él es. No hay mayor dicotomía que demuestre nuestra enorme necesidad que la yuxtaposición entre un Dios santo y hombres pecadores. John MacArthur señala las terribles implicaciones de ese abismo infinito:

“El Eterno es completamente Santo y Su ley por consiguiente exige santidad perfecta: ‘Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo (Levítico 11:44) … Aun el evangelio requiere esta santidad: ‘Sed santos, porque yo soy santo’ (1 Pedro 1:16). ‘Seguid…la santidad, sin la cual nadie verá al Señor’ (Hebreos 12:14). Porque Él es santo, Dios aborrece el pecado”[4].

El Lugar Principal de Dios

Cuando los creyentes pensamos en Dios en términos del Evangelio, solemos hacer hincapié en Su amor y Su misericordia. Y aunque esos son atributos vitales, los cuales están entretejidos en todo el evangelio, no debemos cometer el error de descuidar Su naturaleza Trina, Su soberanía sobre la creación y Su santidad. Si lo hacemos, el resultado suele ser la proclamación de un evangelio centrado en el hombre, que presenta a Dios simplemente como un héroe que se aparece en última instancia para salvar el día.

La verdad es que los pecadores están en la mira de Dios. Son creación de Dios y han violado Su ley. Dios es el Salvador sólo porque Él es Aquel de quien los pecadores deben ser salvados, porque “Él no dejará impune al culpable” (Éxodo 34:7).

Cuando ponemos a Dios en el centro del Evangelio, adquirimos una perspectiva clara de la ofensa del pecado del hombre y la magnitud de su culpa.

«Y soy…. el que vivo, y he sido muerto, ‘Y he aquí que vivo por siglos de siglos.» (Apocalipsis 1 :17, 18.)

Manantiales en el Desierto | Lettie B. Cowman

Abril 27

«Y soy…. el que vivo, y he sido muerto, ‘Y he aquí que vivo por siglos de siglos.» (Apocalipsis 1 :17, 18.)

Flores! ¡Lirios de Pascua de resurrección! Contadme esta mañana la misma lección antigua de inmortalidad que habéis estado contando a tantas almas afligidas.
¡Antiguo y sabio Libro! Permite que lea nuevamente en tus páginas de firme certeza, que el morir es ganancia.
¡Poetas! Recitadme vuestros versos que en cada línea repiten el Evangelio de vida Eterna.
¡Cantores! Romped una vez más en canciones de gozo; permitidme que oiga los Salmos bien conocidos de la resurrección.
El árbol, la flor, el pájaro, el mar, el cielo y el viento lo susurran, lo hacen sonar de nuevo, lo le hacen resonar y latir a través de todo átomo y partícula; deja que el aire se empape con ello.
Permite que se relate una y otra vez, hasta que la esperanza se convierta en convicción, y la convicción en conocimiento de certidumbre; hasta que a semejanza de Pablo, aunque nos dirijamos a la misma muerte, caminemos con aire de triunfo, con fé firme, y con rostros apacibles y brillantes.

El dormir en Jesús es cesar El trabajo, cesar de gemir;
Es con Cristo Jesús reposar,
y empezar, sin dolor a vivir.

Es morir hacia Cristo volar,
Es morir hacia el cielo subir,
Es morir en Jesús habitar,
Es morir empezar a vivir.

Es sentir una dicha sin par
Es llegar al regazo de Dios
Es la célico, brisa aspirar,
Es beber en la fuente de amor.

Creemos que de cada tumba brota un lirio de Pascua de resurrección, y que en cada tumba se sienta un ángel. Creemos en un Señor resucitado. No volvamos nuestros rostros al pasado para adorar solamente en Su tumba, sino hacia arriba e interiormente, para que podamos adorar al Cristo viviente. Y porque Él vive, nosotros también viviremos.-Abbott.

¡ Aleluya! ¡Aleluya!
El Señor resucitó;
¡Aleluya! ¡Aleluya!
A la muerte ya venció.

No pudieron las entrañas
Del sepulcro aterrador
Retener entre sus sombras
A Jesús, el Salvador.

Vencedores también somos

Por el mártir de la Cruz,
Somos Suyos, y por siempre
Viviremos en Su Luz.

¡Eres digno de alabanza,
Victorioso Redentor,
Nuestra vida te ofrecemos,
Nuestros cantos, nuestro amor!

¡Aleluya! ¡Aleluya!
El Señor Resucitó;
¡Aleluya! ¡Aleluya!
A la muerte ya venció.
_Vicente Mendoza.

La respuesta del evangelio frente al humanismo | Juan Carlos de la Cruz

La respuesta del evangelio frente al humanismo

Juan Carlos de la Cruz

¿Por qué el humanismo, con su énfasis en colocar al hombre como centro del universo, no ha dado con la solución a los problemas del corazón humano?

Para responder a esto, y a riesgo de simplificar demasiado, necesitamos ver que hay dos errores básicos que el humanismo comete en sus diversas corrientes.

El primer error es creer que el hombre es altruista y bueno por naturaleza. Más bien, en realidad, tenemos un corazón malo. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Esto no debe sorprendernos si somos honestos ante la historia de la existencia humana, llena de maldades y horrores.

Luego de eso, el segundo error de los humanistas es no dar crédito a la Palabra de Dios, que es viva y eficaz (He. 4:12). Ella no nos provee solo de un comentario cabal sobre la miserable y depravada condición humana, sino que principalmente nos ofrece la única solución definitiva para la desgracia de nuestra maldad: el evangelio.

Cómo podemos cambiar en verdad

La única manera en el universo en que podemos cambiar en realidad es por medio de aceptar y creer la verdad de Dios y su plan de redención en Jesucristo. Así lo enseña Juan 1:10-13.

“El estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de El, y el mundo no Lo conoció. A lo Suyo vino, y los Suyos no Lo recibieron. Pero a todos los que Lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”.

Solo así, por la gracia de Dios, podremos ver el mundo y la vida de otra manera, y esto como resultado de haber renacido espiritualmente. El amor a Dios, el mismo que se requiere para amar al prójimo, no es algo que tenemos por naturaleza. El Señor tiene que realizar una obra en nuestro interior para que seamos investidos con tal amor, que es fruto del Espíritu Santo cuando viene a morar en nosotros (Ro. 5.5; Gá. 5.22; Ef. 5.1-2).

Entonces, para que podamos amar, necesitamos que Dios transforme nuestros corazones. Moisés escribió de esto cuando dijo: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Dt. 30:6; ver también Jer. 9.26, Hch. 7:51; Jer. 44:7,9; y Lv. 26.41).

Esta promesa fue comprada por Jesús en la cruz para nosotros. Esto es lo que necesita la humanidad para cambiar en lo más profundo. Solo Dios puede transformarnos realmente.

El humanismo no es suficiente

Recibiremos oposición por ser creyentes. Aun así, no dejemos la verdad de Dios para abrazar ideas opuestas a nuestra fe, o tratar de reconciliar lo que dice la Biblia con ellas. En el fondo, las propuestas humanistas son irreconciliables con la verdad.

Ni la Ilustración, ni las propuestas políticas, ni las propuestas sociales humanistas han funcionado jamás para cambiar el corazón de los hombres. El humanismo no es suficiente; la gracia de Dios revelada en Cristo sí lo es.

Esto debe conducirnos a no desmayar en nuestra comisión de predicar el evangelio de Jesús en un entorno actual lleno de humanismo. Cada vez que se arrepiente un pecador, hay regocijo en el cielo y una nueva vida transformada en la tierra. Todo por gracia, para la gloria de Dios.

Juan Carlos de la Cruz es pastor en la Iglesia Bautista Nueva Jerusalén, en Bonao, República Dominicana, y director de Southern Baptist School for Biblical Studies.

¿Cómo dejar de PECAR? | Josías Grauman

Textos en su Contexto
Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

Curación de un paralítico

Jueves 27 Abril
Sostiene el Señor a todos los que caen, y levanta a todos los oprimidos.
Justo es el Señor en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras. Cercano está el Señor a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras. Cumplirá el deseo de los que le temen.

Salmo 145:14, 17-19
Curación de un paralítico
Leer Marcos 2:1-12

Jesús estaba en Capernaum, en una casa donde era recibido frecuentemente. No podía permanecer desapercibido, pues la multitud se agolpaba y no había suficiente espacio para que los que tenían verdaderas necesidades pudiesen entrar.

Entonces le trajeron un paralítico, un hombre incapaz de acudir a Jesús por sí solo; cuatro personas se pusieron de acuerdo para llevarlo a él. Era imposible entrar por la puerta debido a la muchedumbre. ¡No había problema; pasarían por el techo! La fe nos vuelve ingeniosos y nos anima. Muchos se hubiesen rendido, pero esos cuatro hombres querían cumplir con su objetivo. ¡Qué bello ejemplo de amistad, abnegación, confianza recíproca y perseverancia!

Lo que escucharon fue más allá de lo que el enfermo podía esperar: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Un buen médico no se conforma con calmar los dolores de su paciente, ni haciendo que la fiebre le baje, sino que hará un diagnóstico y curará no solo los efectos de la enfermedad, sino la enfermedad misma. ¡Esto es lo que Jesús hace! La causa de todo el mal de la humanidad se llama pecado, y para recordárnoslo, Jesús se ocupó primeramente de este problema al curar al paralítico. Cuando nos acercamos a Jesús, sus respuestas van más allá de la débil medida de nuestra fe. El enfermo quizá se hubiese conformado con la curación de su cuerpo, pero el Salvador es rico en misericordia. Ante todo, ¡cura el alma!

Abdías – Marcos 3 – Salmo 49:10-15 – Proverbios 14:17-18

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¿Qué es la sabiduría? | Josías Grauman

¿Qué es la sabiduría? Si somos honestos, la sabiduría es un término difícil de definir. Casi siempre se trata de definir en términos lógicos, según nuestra opinión u experiencia personal. ¿Acaso la sabiduría consiste en poseer conocimiento o, quizás, implica ser inteligente? ¿Tal vez tiene que ver con ser astuto? Aunque el mundo probablemente responda que sí a las preguntas anteriores, nosotros, los hijos de Dios, no debemos contentarnos con definiciones que no toman en cuenta a nuestro Creador y Redentor. Por esa razón, debemos replantear la pregunta, a fin de enfocarla de manera correcta: ¿cómo define Dios la sabiduría? Esa es la perspectiva correcta no solo de esta pregunta, sino de todo en la vida. Para responder a nuestra pregunta reformulada, veremos la sabiduría desde cinco características que la Biblia le asigna.

La sabiduría es un regalo de Dios, la fuente de toda la sabiduría

Antes de definir lo que es la sabiduría, es importante recalcar que la verdadera sabiduría no se encuentra entre los hombres, pues aún «la necedad de Dios es más sabia que los hombres» (1 Co. 1:25). El contraste es claro y evidente. Por más esfuerzo que el hombre haga, por más que intente, no podrá ser sabio en sí mismo. La sabiduría divina solo viene de Dios, del único y sabio Dios (1 Ti. 1:17). Santiago 3:17 afirma lo mismo, que la sabiduría viene «de lo alto»; por eso es descrita como «primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía».

Así que, si queremos encontrar la sabiduría, no podemos buscarla entre los hombres. Tenemos que ir a Dios, directo a la fuente. Y, si queremos ser más específicos aún, debemos acudir a la revelación visible de la sabiduría de Dios: su Hijo Jesucristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:3). Y a Él lo podemos ver en las páginas de las Escrituras (2 Co. 3:15-18).

Cristo es, entonces, nuestro motivo para buscar la sabiduría. Si queremos ser como Él, necesitamos ser sabios. Necesitamos reflejar su perfecta sabiduría.

La sabiduría solo se obtiene por los que temen a Dios

Probablemente el versículo más famoso acerca de la sabiduría se encuentra en Proverbios 1:7a: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría». Temer al Señor o, alguien que teme al Señor, es otra manera de referirse a un creyente—aquel que teme la ira del Señor en contra del pecado y corre a Él para recibir perdón—. Allí comienza todo: cuando uno cree en Dios y abraza su evangelio. Al contrario, el incrédulo no tiene sabiduría, es un necio, pues «ha dicho en su corazón: “No hay Dios”» (Sal. 14:1). En palabras de Salomón: «los necios desprecian la sabiduría y la instrucción» (Pr. 1:7b).

Santiago 1:5-7 afirma que solo los que tienen fe reciben el regalo divino de la sabiduría:

«Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero que pida con fe, sin dudar. Porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre, que recibirá cosa alguna del Señor» [énfasis añadido].

Por lo tanto, si eres hijo de Dios y crees en Él, puedes obtener sabiduría. Así que solamente debes acudir a Él y pedirla.

La sabiduría es saber cómo vivir correctamente

En las palabras más sencillas posibles, la sabiduría es saber hacer las cosas de la forma como se deben hacer. En el Antiguo Testamento, la palabra normalmente traducida como sabiduría es « חָכמְהָ (ḥāḵmā[h])», que tiene que ver con «la capacidad de comprender y, por lo tanto, tener habilidad para vivir, lo que implica la adhesión a un estándar establecido».[1] Esta destreza de vivir bien puede aplicarse a las cosas más cotidianas de la vida, como cocer una vestidura («a quienes yo he llenado de espíritu de sabiduría, para que hagan las vestiduras de Aarón», Éx. 28:3), o la habilidad de mediar correctamente en el pleito entre dos mamás (1 R. 3:16–28).

La sabiduría, entonces, no es mera inteligencia. No es un conocimiento teórico solamente. De hecho, la palabra griega que se emplea en el Nuevo Testamento y que se traduce como sabiduría, también enfatiza lo práctico que es la sabiduría. El diccionario griego define «σοφία (sophia)» como «la capacidad de entender y funcionar debidamente».[2] El sabio no solo entiende una situación, sino que entiende cómo aplicar el conocimiento para actuar correctamente en dicha situación.

Una ilustración de lo práctico que es la sabiduría se encuentra en la matemática. Es común que el alumno de matemática sepa cómo resolver ecuaciones en el aula. Sin embargo, luego cuando se le presenta un problema matemático en la vida real, no entiende cómo aplicar la ecuación correcta a la situación. Tiene conocimiento, pero no sabe cómo aplicarlo a la vida. Al sabio no le pasa esto. El sabio entiende cómo aplicar el conocimiento para actuar de la mejor manera en cada circunstancia. Pero ¿cómo definimos lo que es mejor en cada circunstancia?

La sabiduría se aprende solo por medio de la Palabra de Dios

La única manera de aprender cómo vivir correctamente es vivir como Dios dicta. Andar en sabiduría es hacer las cosas que le agradan a Él. Dios es nuestro Creador, por lo tanto, Él determina cómo debemos vivir. Nunca al revés. De hecho, cuando Pablo enseña que debemos andar como sabios, lo resume diciendo que la sabiduría es hacer la voluntad de Dios: «Por tanto, tengan cuidado cómo andan; no como insensatos sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Así pues, no sean necios, sinoentiendan cuál es la voluntad del Señor» (Ef. 5:15-17).

Entonces, la manera de andar sabiamente es buscar agradar a Dios en todo. Es decir, yo no determino lo que es mejor en cada circunstancia. Yo no defino lo que es bueno. Solamente el Creador establece las leyes de su creación. Y Él nos dice que el motivo detrás de cada acción nuestra debe ser agradar a Dios. Pablo explica esto varias veces en sus cartas con palabras sinónimas. Si no hacemos todo de esta manera estamos haciéndolo todo mal. Todo lo que hacemos debe glorificar a Dios (1 Co. 10:31). Todo lo que pensamos y hacemos debemos hacerlo en el nombre de Cristo (Col. 3:17).

Entonces, ya establecimos que la sabiduría se trata de vivir como Dios manda, pero ¿cómo es que Él comunica sus mandatos a nosotros? A través de la Palabra de Dios. Moisés explica: «Miren, yo les he enseñado estatutos y decretos tal como el Señor mi Dios me ordenó, para que así los cumplan en medio de la tierra en que van a entrar para poseerla. Así que guárdenlos y pónganlos por obra, porque esta será su sabiduría y su inteligencia […]» (Dt. 4:5-6). Es decir, llegamos a ser sabios cuando recibimos y obedecemos la enseñanza de los estatutos y decretos que nuestro Dios nos ha mandado en su Palabra.

De hecho, existe una porción de la Escritura que se llama «los libros de sabiduría». Son los libros de Job a Cantares. Cuando pensamos un poco acerca de esta sección de la Biblia nos damos cuenta de que lo que nos enseñan es a cómo vivir de una manera que agrada a Dios, por ejemplo:

  • Job tiene un capítulo completo sobre el tema de la sabiduría (Job 28), que nos exhorta a temer al Señor aún en medio del sufrimiento. Job enseña al creyente que la manera de lidiar con la aflicción es someterse a Dios y confiar en su plan, sin cuestionarle.
  • Los Salmos nos enseñan que la reacción más sabia en cualquier circunstancia es adorar a Dios. Cada Salmo comienza en un lugar diferente. Pero todos nos enseñan a adorar.
  • Los Proverbios nos enseñan muchos principios acerca de la sabiduría. Por ejemplo, uno llega a ser sabio cuando acepta la corrección (Pr. 12:1519:20) y cuando es más pronto para escuchar que para hablar (Pr. 17:27-28).
  • Eclesiastés nos enseña la vanidad de este mundo y que el sabio vive para su eternidad con Dios.
  • Cantares nos enseña a aplicar la sabiduría a nuestro hogar, amando a la esposa de nuestra juventud. En resumen, la Biblia está llena de sabiduría, porque toda la Biblia nos revela quién es Dios y cómo vivir para Él.

Un sabio debe vivir a la luz de su sabiduría

Lamentablemente, lo cierto es que uno puede ganar sabiduría, pero rehusar obedecerla. El mejor ejemplo de un sabio que vivió como un necio es el mismo Salomón, el hombre más sabio de la historia (1 R. 4:31). Él supo lo que debía hacer, pues Dios le había llenado de mucha sabiduría. Sin embargo, decidió pecar contra Dios y buscar deleitarse en los placeres del mundo. Al final, se dio cuenta de su error y se arrepintió, escribiendo el libro de Eclesiastés para instruirnos a no seguir su camino.

Pero esa realidad —que un sabio puede desobedecer la sabiduría— confirma nuevamente nuestra definición: que la sabiduría es entender cómo vivir correctamente. Pero también afirma que la sabiduría en sí misma no es suficiente. No sirve de nada si no la llevamos a la práctica. Necesitamos obedecer lo que la sabiduría dicta.

Por lo tanto, dos aplicaciones surgen de lo que hemos estudiado. Primero, debemos buscar la sabiduría. Es un tesoro de infinito valor. Debemos estudiar las Escrituras y aprender cómo vivir para la gloria de Dios. Debemos correr hacia la Escritura, meditando y memorizando cómo es Dios y qué es lo que pide de nosotros. Solo así vamos a saber cómo vivir sabiamente. Solo así vamos a entender cómo agradar a nuestro Creador. Solo así, vamos a comprender cómo andar como Cristo anduvo (1 Jn. 2:6).

Pero surge una segunda aplicación también. Debemos aplicar la sabiduría. Debemos obedecer la sabiduría que aprendemos en la Palabra. De nada nos aprovecha saber cómo vivir bien, si no vivimos bien. ¿De qué te sirve saber cómo agradar a Dios, si lo que haces le contrista? Solo aumentará tu disciplina, ya que el que sabe la voluntad de su Señor y no lo hace, «recibirá muchos azotes», porque «a todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él» (Lc. 12:47-48). El que más fuertemente será juzgado es el que escucha la voz de la sabiduría clamando, pero luego va y hace lo opuesto. De esta persona, la sabiduría dice lo siguiente:

«También yo me reiré de la calamidad de ustedes, me burlaré cuando sobrevenga lo que temen, cuando venga como tormenta lo que temen y su calamidad sobrevenga como torbellino, cuando vengan sobre ustedes tribulación angustia. Entonces me invocarán, pero no responderé; me buscarán con diligencia, pero no me hallarán, porque odiaron el conocimiento, y no escogieron el temor del SEÑOR» (Pr. 1:26-29).

Conclusión

Debemos buscar sabiduría y después de encontrarla, obedecerla. No hay atajos ni secretos. No vale saber cómo agradar a Dios si no lo hacemos. Y ¿sabes, querido lector, lo que más agrada a Dios? Lo que agrada a Dios sobre todas las cosas es creer en Cristo y buscar imitarlo. La obra sobresaliente que Dios nos pide, el acto primario que agrada a Dios, es creer en Cristo. De hecho, cuando los judíos preguntaron a Cristo qué debían hacer para obedecer a Dios, «Jesús les respondió: “Esta es la obra de Dios: que crean en el que Él ha enviado”» (Jn. 6:29).

Entonces, terminamos donde empezamos. El inicio, el principio de la sabiduría es creer en Dios y obedecer su evangelio. En contraste, lo más necio que uno puede hacer es ir al infierno por rehusar creer en Cristo. El necio es el que muere sin Cristo, confiando en su propio mérito. El que piensa que estará bien en el juicio por sus propias obras es el más necio posible. Piénsalo de esta manera: La sabiduría es saber cómo vivir bien; la necedad, entonces, es lo opuesto. Es no saber cómo vivir bien. Y esto aplica a cada circunstancia de la vida. Pero, sobre todo, aplica a la eternidad. La sabiduría nos enseña a vivir a la luz de la eternidad. La sabiduría nos enseña cómo llegar al cielo. La necedad siempre dirige al infierno.

Y es por eso que la sabiduría siempre nos dirige a Jesucristo. Porque la única manera de estar seguro en el juicio es ser vestido de las obras perfectas de Cristo. Debemos confiar en Jesucristo, quien murió en la cruz y resucitó al tercer día para justificar al creyente delante de Dios. Solo el que cree en Cristo es sabio. Pero el sabio no solo cree en Cristo para su salvación eterna, también busca agradar a Dios hoy. Entonces, aunque es cierto que el cristiano será transformado a la imagen de Cristo cuando muera (1 Jn. 3:2), también es cierto que debemos buscar ser transformados a la imagen de Cristo todos los días. Si Dios se complace en Cristo (Mt. 3:17), entonces, se complacerá en nosotros mientras más nos parecemos a Él (2 Co. 3:18). Por eso debemos no solo creer en Cristo, sino también buscar vivir como Él.

La sabiduría imita a Cristo (Fil. 2:5), que se hizo hombre, para obedecer la ley por nosotros, y así morir la muerte que merecíamos por nuestro pecado. Debemos imitar su amor, su justicia, su santidad, su misericordia, y por supuesto, su sabiduría. Él es quien siempre supo cómo vivir para agradar a su Padre. Y no solo lo supo, sino que también lo hizo siempre. Cristo dijo: «[…] yo siempre hago lo que le agrada» (Jn. 8:29). Por eso, es mi oración que, al leer este libro, crezcas en sabiduría —en particular, que crezcas en tu conocimiento de Cristo para saber cómo vivir como Él—:

«Bienaventurado el hombre que halla sabiduría y el hombre que adquiere entendimiento. Porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus utilidades mejor que el oro fino. Es más preciosa que las joyas, y nada de lo que deseas se compara con ella» (Pr. 3:13-15).

Sin embargo, recuerda que crecer en sabiduría es solo la mitad de la ecuación. También, oro que pongas en práctica lo que la sabiduría te informe. Que vivas como Cristo. Que agrades a Dios, no siendo oidor de la Palabra solamente, sino hacedor (Stg. 1:22).

[1] James Swanson, Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Hebrew (Old Testament) (Oak Harbor, WA: Logos Research Systems, Inc., 1997), « חָכמְהָ ». Veáse también Ludwig Koehler et al., The Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament (Leiden, Países Bajos: E.J. Brill, 1994–2000), p. 314.

[2] William Arndt et al., A Greek-English lexicon of the New Testament and other early Christian literature (Chicago, IL: University of Chicago Press, 2000), p. 934. Es la «prudencia, discreción […] la capacidad de comprender y, por lo tanto, de actuar sabiamente». James Swanson, Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Greek (New Testament) (Oak Harbor: Logos Research Systems, Inc., 1997), «σοφία».

Josias Grauman

Es licenciado en idiomas bíblicos por The Master’s University y con Maestría en Divinidad por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como capellán del Hospital General de Los Angeles (California), y sirvió como misionero por dos años en la Ciudad de México. En la actualidad, está encomendado como anciano de la iglesia Grace Community Church donde sirve en el ministerio hispano. Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos.

«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.» Filipenses 3 :8

Manantiales en el Desierto | Lettie B. Cowman

Abril 26
«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.» Filipenses 3 :8

La luz es siempre costosa. la luz se produce solamente al costo de lo que la produce. Una vela sin quemar, no produce luz. El fuego viene ante que la luz. Sin que nos cueste algo no podemos ser útiles a otros. El quemar sugiere sufrimiento. Nosotros huimos del dolor. Somos formados en tal manera que sentimos que hacemos el mayor bien por el mundo cuando somos fuertes y aptos para el deber activo, y cuando nuestros corazones y nuestras manos están ocupadas con un buen servicio.

Cuando por el contrario se nos llama aparte y lo único que podemos hacer es sufrir; cuando estamos enfermos o consumidos por el dolor; cuando nos hemos visto obligados a abandonar todas nuestras actividades, sentimos que ya no servimos para nada, y que no hacemos nada.
Pero si tenemos paciencia y somos sumisos, podemos estar casi seguros que somos una bendición mucho mayor para el mundo en nuestros tiempos de sufrimiento y de dolor que lo fuimos en aquellos días en que creíamos que estábamos haciendo el mejor uso de nuestro trabajo. Ahora estamos ardiendo, y brillamos porque ardemos.-Evening Thoughts.

«La gloria de mañana está arraigada en los sufrimientos de hoy.»
Hay muchos que desean la gloria sin la cruz, el brillar sin el fuego, pero la crucifixión precede a la coronación.

«Eleva el pensamiento, Al cielo sube,
Por nada te acongojes,
Nada te turbe.
A Jesucristo sigue,
Ven, no desmayes;
y venga lo que venga, Nada te espante.»