Resistir

Martes 13 Septiembre

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe.

1 Pedro 5:8-9

Resistir

Dentro de la famosa Torre de Constanza en Aigues-Mortes (Francia), una palabra grabada en una piedra hace aproximadamente tres siglos desafía el tiempo: “Resistir”. Esta inscripción es atribuida a Marie Durand (1711-1776), prisionera en esa torre durante 38 años debido a su fe. Ella la talló pacientemente, tal vez con una aguja. Sin duda esta palabra fue un incentivo para las que permanecerían prisioneras después de ella en esa torre, pero también lo es para todos los cristianos.

Este estímulo a resistir es para todos los creyentes que, en numerosos países, se enfrentan a la maldad de las autoridades, al acoso diario y a las persecuciones más severas. Ellos pueden contar con esta promesa de Jesús: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).

Pero esta consigna también es para nosotros que, por la gracia de Dios, no tenemos que resistir a una autoridad hostil. Porque Satanás es tan peligroso cuando toma la apariencia de una serpiente astuta que cuando actúa como un león rugiente. Él conoce bien el corazón humano; nos acecha, y aprovecha nuestras menores debilidades para llevarnos poco a poco a la deriva. No nos muestra a dónde quiere conducirnos y no dejará ir fácilmente al que cae en sus garras. Así que tengamos cuidado, cualquiera que sea nuestra edad.

Es cierto que el diablo es poderoso, pero nosotros estamos con Jesús. Él es más poderoso que el diablo, y lo venció en la cruz. Animémonos y fortalezcámonos “en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10).

Jeremías 45-46 – 2 Corintios 2 – Salmo 105:16-22 – Proverbios 23:9-11

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HABLAR CON NUESTROS HIJOS: EL OBJETIVO ES ENTENDERLOS

HABLAR CON NUESTROS HIJOS: EL OBJETIVO ES ENTENDERLOS
POR TEDD TRIPP

Los vendedores ambulantes se cansan de la comida de los restaurantes. Mi padre entendía esto y por eso muchas veces traía vendedores a cenar a casa.

Durante una de esas noches, no estábamos dispuestos a obedecer, pero mi padre nos recordó nuestro deber preguntando: “¿Qué dice Efesios 6:1?”. En nuestras mentes recitábamos: “Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo”, y procedíamos con nuestro deber.

El poderoso efecto que tuvo esta pregunta impresionó a nuestro invitado. De seguro se había dado con un método nuevo para hacer que los niños obedecieran. Al final de la velada, él no pudo contener su curiosidad. “A propósito”, finalmente preguntó: “¿Qué es Efesios 6:1? Me gustaría enseñárselo a mis hijos”.

Como muchos padres, el amigo de mi padre quería un método efectivo de tratar con sus hijos y pensó que este método de Efesios 6:1 funcionaría con ellos.

¿Qué dice la Biblia acerca de nuestro método de crianza? La Palabra de Dios no solo debe formar nuestros objetivos, sino también nuestros métodos. Los métodos y los objetivos deben ser complementarios. Seguramente quieres que tu hijo viva para la gloria de Dios y se dé cuenta de que la vida que vale la pena es la que se vive bajo el señorío de Jesucristo. Por tanto, tus métodos deben demostrar esa sumisión a ese mismo Señor. Podemos decir, entonces, que los métodos diseñados para producir niños bien amoldados y exitosos no van a funcionar, porque su meta no es simplemente el éxito y el buen comportamiento.

Una propuesta bíblica para la instrucción de los niños contiene dos elementos que tú entretejes: el primero es una comunicación plena y rica; el otro es la vara. En el libro de Proverbios encontramos estos métodos lado a lado:

No dejes de corregir al joven,

que no va a morirse si lo castigas con vara.

Al contrario, castígalo con vara

y lo librarás de caer en el sepulcro.

Hijo mío, si en tu corazón eres sabio, eso alegrará también mi corazón�

En mi interior sentiré gran alegría

cuando con tus labios digas lo que es justo.

No abrigues en ti envidia por los pecadores,

sino mantente siempre en el temor del Señor.

Lo cierto es que hay un futuro,

y tu esperanza no se verá frustrada.

Hijo mío, escúchame y adquiere sabiduría

Deja que tu corazón enderece el rumbo

Proverbios 23:13-19 RVC

Escucha a tu padre, que te engendró,

y no desprecies a tu madre cuando sea anciana.

Proverbios 23:22

Dame, hijo mío, tu corazón

y no pierdas de vista mis caminos.

Proverbios 23:26

Salomón hace una mezcla entre la comunicación plena y la vara, porque estos elementos son esenciales para la crianza bíblica. Juntos forman un método para la disciplina, la corrección y la formación de los niños que es agradable a Dios, adecuado, coherente y unificado. Por un lado, Dios ha dado autoridad a los padres al llamarlos a actuar como Sus agentes en la crianza, y el uso de la vara preserva esa autoridad bíblica. Por el otro, el énfasis en la comunión evita la disciplina fría y tiránica y provee un contexto para una comunicación honesta, en el que el niño es conocido y aprende a conocerse a sí mismo.

Esta combinación es algo muy sensible, siempre y cuando esté alejada de un sentimentalismo “patético”. La vara y la comunicación siempre deben estar entretejidas en el verdadero pastoreo de los niños.

Este es un extracto de una conversación que recientemente tuve con un padre, que sirve de ilustración:

“Háblame de la comunicación que tienes con tu hijo”, inquirí.

“Oh, más o menos buena”, respondió. “Anoche me pidió que le diera una bicicleta y le dije que se comiera sus frijoles”.

El comentario trajo una sonrisa a mi cara, pero al reflexionar, me di cuenta de que probablemente era una descripción real de la comunicación entre la mayoría de los padres y sus hijos. Los padres y madres les dicen a los niños lo que deben hacer mientras que los niños les dicen a los padres sus deseos y sueños.

Hablar con tus hijos

Cómo pastorear el corazón de tu hijo

Tedd Tripp

Un libro que rompe los esquemas de crianza y nos dirige a la raíz del problema: el corazón. Redefine bíblicamente nuestra tarea como padres y los medios para lograrlo. Traducido a más de 25 idiomas, con más de un millón de copias vendidas, es un libro valioso y práctico para todos los padres.

La comunicación es diálogo, no monólogo

A menudo pensamos que la comunicación es la habilidad de expresarnos a nosotros mismos y por esto, acabamos hablándoles a nuestros hijos. Sin embargo, tú debes procurar hablar con tus hijos porque la comunicación no es un monólogo, sino un diálogo.

No es solamente la habilidad de hablar, sino también la habilidad de escuchar. Proverbios 18:2 habla de este asunto con agudeza: “Al necio no le complace el discernimiento; tan solo hace alarde de su propia opinión”. Proverbios 18:13 nos recuerda que “es necio y vergonzoso responder antes de escuchar”.

La excelencia del arte de la comunicación no consiste en aprender cómo expresar los pensamientos propios, sino en aprender a entender los pensamientos de otro. Por ende, el objetivo de tu conversación debe ser comprender a tu hijo, no simplemente hacer que él te entienda. Muchos padres nunca aprenden esta habilidad, y por eso nunca descubren cómo ayudar a sus hijos a articular sus pensamientos y sentimientos.

Hay cierta ironía en todo esto. Cuando los niños son pequeños, no los incluimos en nuestras conversaciones importantes, y cuando tratan de acercarse a nosotros, respondemos con un desinteresado: “¡Sí, sí, ajá!”. Eventualmente, ellos aprenden el juego, pues se dan cuenta de que no estamos tan interesados en lo que les sucede. Aprenden que el significado para nosotros de lo que es una “buena conversación” es un “buen escuchar” de parte de ellos. El problema es cuando los niños llegan a la adolescencia, las posiciones cambian: los padres desean poder involucrarse con ellos, pero hace tiempo que ellos se han cansado de tratar de hacerlo y han abandonado todo intento.

Crystal es un buen ejemplo. Sus padres la trajeron a consejería porque se había retraído mucho. Ellos sabían que tenía problemas, pero ella no les hablaba. Su madre le gritaba y la comunicación se había limitado a períodos de actividad volcánica. Cuando la madre echaba lava, Crystal buscaba refugio. Por otro lado, su padre era una persona retraída y distanciada y raramente se relacionaba con alguien. Ahora, Crystal, a los 14 años, está explotando en su interior, pero nunca ha experimentado el beneficio de tener la participación comprensiva de los padres. Con consejería bíblica está aprendiendo a hablar con sus padres y ellos están aprendiendo a facilitar la comunicación y escuchar lo que dice.

Los tiempos están cambiando

Los tiempos están cambiando
Por R.C. Sproul

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Uno de los misterios más antiguos del pensamiento teórico es la pregunta: ¿Qué es el tiempo?

Immanuel Kant definió el tiempo y el espacio como «intuiciones puras». Consideramos que el tiempo está relacionado inextricablemente con la materia y el movimiento. Sin materia y espacio (materia y movimiento), no tenemos forma de medir el paso del tiempo. El tiempo, al parecer, siempre está en movimiento. Nunca puede ser detenido.

Históricamente, hemos medido el paso del tiempo con diversos objetos materiales: el reloj de sol, que muestra el movimiento de las sombras a través de su superficie; la arena que se vierte a través del reloj de arena; las manecillas movidas por engranajes dentro de un reloj y las manecillas de los minutos y las horas que se mueven alrededor de un círculo de números. Me pongo a mirar un gran reloj de pared y a observar el movimiento de barrido del segundero. Observo el número doce en la esfera y espero a que el segundero las pase. Mis ojos miran hacia abajo, hacia el número seis, y sé que el segundero aún no lo ha alcanzado, pero a medida que la aguja barre hacia la parte inferior de la esfera, tengo la sensación de que el tiempo se mueve muy rápidamente hacia el futuro en el número seis. Entonces, instantáneamente, el segundero lo pasa, y lo que hace un momento era futuro, ahora es pasado. A veces, cuando experimento con estos ejercicios, quiero que el reloj se detenga. Pero no se detiene, no puede detenerse. Como dice el axioma, «el tiempo sigue su curso».

Todo en la creación está sujeto al tiempo. Todo en la creación es mutable. Todo en la creación pasa por el proceso de generación y deterioro. Dios y solo Dios es eterno e inmutable. Dios y solo Dios escapa a la embestida implacable del tiempo.

No solo medimos momentos en el tiempo, sino que también medimos periodos que tienen lugar en términos de edades, eras y épocas. En nuestra propia generación hemos visto varias transiciones de las culturas humanas en las que nos encontramos, precipitadas contra el telón de fondo del tiempo (como indicó Martin Heidegger en su épico libro Ser y tiempo). Decimos que los tiempos están cambiando. Eso no significa que el tiempo mismo cambie. En un minuto sigue habiendo sesenta segundos, en una hora sesenta minutos, en un día veinticuatro horas. Pero las culturas cambian constantemente en sus patrones, en sus valores y en sus empeños. En mi vida he sido testigo de cambios dramáticos en la cultura en la que me encuentro. Puedo pensar en dónde estaba y qué estaba haciendo cuando me enteré del anuncio de la muerte de Franklin Delano Roosevelt. Recuerdo dónde estaba y qué estaba haciendo cuando oí en la radio la noticia de que Estados Unidos probaba su primera bomba atómica (antes de Hiroshima y Nagasaki). Recuerdo dónde estaba y qué estaba haciendo al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ocurrió el asesinato de John F. Kennedy, el lanzamiento ruso del Sputnik al espacio y al oír la noticia del primer paso del hombre en la luna. Pero lo que recuerdo quizás más que nada es una década entera —la década de los sesenta— en la que los Estados Unidos de América pasaron por una revolución no sangrienta, que cambió la cultura tan dramáticamente que la gente que vivió antes de esa década se siente como extraterrestre en una cultura dominada por una cosmovisión posterior a los sesenta. La revolución de los sesenta supuso el fin del idealismo y dio paso a varios cambios radicales en la cultura, incluida la revolución sexual. La santidad del matrimonio fue cuestionada de forma más explícita. El discurso limpio y sano en la esfera pública se hizo cada vez más raro. La santidad de la vida con respecto a los no nacidos fue atacada legislativamente y el relativismo moral se convirtió en la norma de nuestra cultura.

Con este relativismo moral llegaron los avances tecnológicos que también alteraron nuestra vida cotidiana. La explosión de conocimientos que supuso la llegada y proliferación del uso de los computadores trajo consigo una nueva cultura de personas que viven más o menos «en línea». Esta cultura relativista trajo consigo la cultura del eros y una mayor adicción a la pornografía, así como la cultura de las drogas con la consiguiente invasión de la adicción y el suicidio.

Los tiempos en los que vivimos son tiempos sumamente desafiantes para la iglesia de Jesucristo. La gran tragedia de la iglesia en la revolución posterior a la década de los sesenta es que el rostro de la iglesia ha cambiado a la par del rostro de la cultura secular. En una búsqueda fatal de relevancia, la iglesia se ha convertido a menudo en un mero eco de la cultura secular en la que vive, teniendo un deseo desesperado de estar «con ella» y ser aceptable para el mundo contemporáneo. La iglesia ha adoptado el mismo relativismo que pretende vencer. Lo que exigen tiempos como los nuestros es una iglesia que se dirija a lo temporal y que al mismo tiempo permanezca anclada en lo eterno: una iglesia que hable, consuele y sane todas las cosas mortales y seculares sin que ella misma abandone lo eterno y lo santo. La iglesia debe enfrentarse siempre a la cuestión de si su compromiso es con la santidad o con la profanidad. Necesitamos iglesias llenas de cristianos que no estén esclavizados por la cultura, iglesias que busquen más que todo agradar a Dios y a Su Hijo unigénito, en lugar de buscar el aplauso de hombres y mujeres moribundos. ¿Dónde está esa iglesia? Esa es la iglesia que Cristo estableció. Esa es la iglesia cuya misión es ministrar la redención a un mundo moribundo, y esa es la iglesia que estamos llamados a ser. Que Dios nos ayude a nosotros y a nuestra cultura si nuestros oídos se vuelven sordos ante este llamado.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

El día más hermoso de mi vida

Lunes 12 Septiembre
Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.
Salmo 66:16
Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo.
Daniel 4:2
El día más hermoso de mi vida
 – Dime, papi, ¿cuál fue el día más hermoso de tu vida?

 – ¡Ah! Sabes, he tenido días de gran gozo y días de gran tristeza… En mis viajes he admirado las maravillas de la creación: el desierto del Sahara, el inmenso océano, los Alpes cubiertos de nieve… ¡Pero el día más hermoso de mi vida fue diferente!

Me acuerdo como si fuera ayer; solo tenía 17 años. Hasta entonces tenía una idea equivocada de Dios, lo veía un poco como un policía tratando de hallarnos en alguna falta para castigarnos. Es verdad que todos somos culpables ante él. Pero leyendo la Biblia comprendí que Dios me amaba y que había enviado a su Hijo Jesucristo, quien aceptó ser castigado en mi lugar. Sí, Jesús cargó con mi culpa. Él fue castigado por Dios para que yo nunca lo sea. ¡Este amor extraordinario sobrepasa toda imaginación! ¡Fue un descubrimiento! Solo debía creer en el Dios de amor y en Jesús, quien murió por mí. Y fue lo que hice. Estando solo, en un rincón, me arrodillé. Reconocí delante de Dios que le había desobedecido y le pedí que me perdonara. Él lo hizo, y me llenó de una paz y un gozo profundos. ¡Oh, sí! Ese fue el día más hermoso de mi vida… Escribí la fecha en mi Biblia. Y, ¿sabes?, nunca he perdido la paz que Dios me dio ese día.

Dios también te ama a ti. El día en que lo comprendas también será el día más hermoso de tu vida, ¡un día que nunca olvidarás!

Jeremías 44 – 2 Corintios 1 – Salmo 105:7-15 – Proverbios 23:6-8

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El Llamado de Cristo a Reformar la Iglesia

por John MacArthur 

El Señor Jesucristo escribió, en el libro de Apocalipsis, siete cartas a ciudades en Asia Menor. No las escribió al ayuntamiento sino a la iglesia. 

Piense en eso por un momento. En los capítulos finales de las Escrituras, el Señor no llama a su iglesia para una misión de «redimir la cultura”. No aconsejó a su pueblo que aprovechara el poder político para instituir moralidad, o para protestar contra el gobierno de individuos inmorales. Es más, Él no lanzó una revolución social ni ideó una estrategia política de ninguna clase. 

La iglesia de nuestro tiempo –y en particular la iglesia en los Estados Unidos- debe entender que Dios no ha llamado a su pueblo a salir del mundo simplemente para librar una guerra cultural con el mundo. No estamos destinados a ganar terreno temporal como alguna fuerza invasora que lucha superficialmente para “hacer que este país regrese a Dios”. Debemos liberarnos de la ilusión de que la moralidad de nuestros antepasados convirtió una vez a los Estados Unidos en una “nación cristiana”. Nunca ha habido naciones cristianas, solo ha habido cristianos. 

Los creyentes debemos entender que lo que ocurra política y socialmente en los Estados Unidos no tiene nada que ver con el avance o el poder del reino de Dios. El cambio cultural no acelera el crecimiento del reino, ni puede obstaculizarlo (Mt. 16:18). El reino de Cristo “no es de este mundo” (Jn. 18:36). 

Eso no quiere decir que yo desprecie nuestro proceso democrático o que sea desagradecido por tener una voz en él. Es una gran bendición tener voto y poder apoyar las normas bíblicas de la moral. Muchos cristianos a lo largo de la historia de la iglesia han vivido circunstancias mucho peores que las nuestras, sin medios legales para hacer algo al respecto. 

Pero la presunción de que un movimiento social o una influencia política podrían llevar a cabo un gran cambio espiritual en el mundo es evidencia de una grave falta de comprensión del pecado. Los creyentes debemos concentrar nuestras energías en el ministerio que puede transformar vidas, no en leyes. La obra del reino no tiene que ver con reformar gobiernos, reescribir regulaciones, o reconstruir la sociedad en alguna versión de una utopía cristiana. En el mejor de los casos, los esfuerzos de justicia política y social son soluciones externas de corto plazo para los males morales de la sociedad, y no hacen nada por abordar la problemática personal, interna y dominante de los corazones pecadores que odian a Dios (Ro. 8:7), los cuales solo pueden ser rescatados de la muerte eterna por fe en el Señor Jesucristo.  

(Adaptado de El Llamado de Cristo a Reformar la Iglesia)

¿Dónde están nuestras riquezas?

Domingo 11 Septiembre

Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Mateo 6:21

La bendición del Señor es la que enriquece.

Proverbios 10:22

¿Dónde están nuestras riquezas?

Cristianos, ¿cuál es nuestra actitud frente a la prosperidad y a las riquezas? En teoría, sabemos bien que todo lo que el mundo ofrece es efímero e inestable, pero en la práctica, ¿qué sucede? Tal vez los nuevos medios de telecomunicación y los aparatos modernos hayan influenciado nuestras vidas. Nos hemos acostumbrado a la comodidad y al confort, los cuales pueden convertirse en verdaderos obstáculos para nuestra vida espiritual.

El apóstol Pablo escribió: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:17-19).

La Biblia nos da ejemplos como el de Moisés: tuvo “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios”. Por la fe vio “al Invisible” (Hebreos 11:26-27).

Hoy, “las abundantes riquezas de su gracia” nos son presentadas “en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”, quien vino del cielo para salvarnos (Efesios 2:7). Estas riquezas nos son aseguradas, son un “tesoro en los cielos” que no se agota, “donde ladrón no llega, ni polilla destruye” (Lucas 12:33).

“Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:1-3).

Jeremías 43 – 1 Corintios 16 – Salmo 105:1-6 – Proverbios 23:4-5

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¿Es pecado ingerir bebidas alcohólicas?

Un creyente debe abstenerse de ingerir cualquier bebida alcohólica.

Como siempre ha sido nuestra práctica, dejemos que la palabra de Dios nos instruya sobre este tan debatido y polémico asunto de conducta cristiana.

Comenzaremos diciendo que la Biblia no contiene ningún mandato en contra de ingerir bebidas alcohólicas. Lo que sí contiene es mandatos en contra de la embriaguez. Note uno de ellos, se encuentra en 1ª Corintios 6:9-10 donde leemos: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios»

De aquí podemos concluir que la palabra de Dios condena la borrachera al ponerla en el mismo plano que la fornicación, el adulterio, la homosexualidad, la idolatría, etc.

¿Será entonces que el creyente puede ingerir cualquier bebida alcohólica siempre y cuando no llegue a emborracharse? Hay muchos que opinan que sí, y se convierten en bebedores sociales, lo cual, según ellos, significa que ingieren bebidas alcohólicas con moderación para cumplir con sus compromisos sociales. Dicen ellos que como la Biblia no contiene un versículo que diga: No seáis un bebedor social, entonces no hay ningún problema con ingerir bebidas alcohólicas siempre y cuando no lleguen a emborracharse.

Pero aquí debemos detenernos y meditar, porque estamos entrando en un campo que debe ser considerado con sumo cuidado antes de decidir que podemos ingerir bebidas alcohólicas con moderación como dicen algunos.

Es necesario considerar la ley del amor gobernando nuestra libertad en Cristo para hacer o dejar de hacer ciertas cosas no legisladas en la Biblia. En esencia lo que esta ley dice es que la libertad que tenemos en Cristo para hacer o dejar de hacer las cosas que no están reguladas en la Biblia está limitada por una ley superior que es el amor a los demás.

Esta ley aparece en textos como Gálatas 5:13 donde dice: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servios por amor los unos a los otros»

Según lo que dice este texto, diríamos que efectivamente, el creyente tiene plena libertad para ingerir bebidas alcohólicas con moderación, sin llegar a emborracharse, pero existe el peligro de usar esta libertad como ocasión para la carne.

¿Qué significa esto? Pues que la libertad que tiene el creyente para hacer cierta cosa, se ha tornado en un justificativo para agradarnos a nosotros mismos en detrimento de los demás. Por eso el versículo que leímos termina diciendo: sino servios por amor los unos a los otros.

Esto significa entonces que la libertad del creyente para hacer las cosas no legisladas en la Biblia queda subyugada al servicio a los demás en amor. ¿Cómo serviríamos a otros por amor, en el caso que nos atañe? Pues simple y llanamente cediendo voluntariamente el derecho que tenemos para ingerir bebidas alcohólicas.

Es por esto que Pablo nos deja con un excelente enfoque de su libertad en Cristo en 1ª Corintios 10:23-24 donde dice: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.»

Aplicando este texto al caso específico de ingerir o no bebidas alcohólicas con moderación, sin llegar a emborracharse, Pablo diría: Es lícito ingerir bebidas alcohólicas sin llegar a emborracharse, pero no es necesariamente conveniente. Es lícito ingerir bebidas alcohólicas sin emborracharse, pero puede ser que no sea edificante. ¿Cómo saber si es o no conveniente? ¿Cómo saber si es o no edificante? Pues por el efecto que esta conducta va a tener en los otros.

La libertad cristiana está entonces limitada por como va a afectar nuestras acciones sobre otros hermanos. Es en relación a esto que Pablo pronunció las palabras que tenemos en 1ª Corintios 8:13 donde dice: «Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano.»

Aplicando esto a nuestro caso de ingerir bebidas alcohólicas con moderación, Pablo diría: Si ingerir bebidas alcohólicas con moderación afecta negativamente a algún hermano, gustosamente cederé mi derecho de ingerir bebidas alcohólicas con moderación para por amor no hacer tropezar a ese hermano. Esto es la libertad limitada por el amor; y es característica de una verdadera madurez espiritual.

Terminando ya, leamos lo que dice Romanos 15:1-2 «Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.»

Resumiendo entonces, la Biblia no ordena abstinencia total de bebidas alcohólicas por parte del creyente. El creyente tiene libertad de hacerlo, pero esta libertad está limitada por el amor a otros hermanos y esto resulta en un ceder el derecho de ingerir bebidas alcohólicas para no herir a otros hermanos. Esta es una conducta propia de la madurez espiritual.

Verdaderos valores

Sábado 10 Septiembre
Buscad lo bueno, y no lo malo, para que viváis.
Amós 5:14
Jesús… anduvo haciendo bienes.
Hechos 10:38
Verdaderos valores
Con motivo de una ceremonia de graduación, el alcalde de la ciudad, después de las felicitaciones acostumbradas, invitó a los estudiantes a preguntarse sobre los verdaderos valores, pero no precisó cuáles. Nuestra sociedad ha perdido todas sus referencias, ya no tiene la capacidad de responder sobre dicho tema. Y los mensajes difundidos por los medios de comunicación, ¿presentan verdaderamente valores recomendables? A menudo promueven el espíritu de competencia, la vanidad, la superficialidad, el juicio sobre las apariencias… Ahora bien, “lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15).

Entonces, ¿cuáles son los verdaderos valores? ¿Dónde debemos buscarlos? En la Biblia, porque ella es la Palabra de Dios. La enseñanza de Jesucristo en los evangelios nos los muestra: amor, bondad, compasión, humildad… Y toda su vida los ilustra.

¿Es necesario, pues, imitar a Cristo como lo hacía el apóstol Pablo? (1 Corintios 11:1). Sí, pero nadie puede hacerlo sin haber recibido primero la vida nueva, la vida eterna. Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).

Si lo hemos aceptado como nuestro Salvador, él nos dará la fuerza moral que necesitamos cada día: pidámosela. También necesitaremos leer la Biblia diariamente, para conocer mejor al Señor Jesús. Entonces podremos ser testigos, no solo de los verdaderos valores, sino sobre todo de Aquel que dio su vida por nosotros, y que nos los mostró a través de su ejemplo.

Jeremías 42 – 1 Corintios 15:29-58 – Salmo 104:27-35 – Proverbios 23:1-3

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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«A ti clamo, SEÑOR; ven pronto a mí. ¡Atiende a mi voz cuando a ti clamo!»(Sal. 141:1).

En las Escrituras podemos leer muchos salmos en los que el salmista suplica la protección de Dios, unas veces de los ejércitos enemigos, otras de las calamidades de la vida, de las tempestades, sequías, accidentes o engañadores. Pero este salmo expresa la necesidad de ser protegidos del principal enemigo retratado en los salmos. El enemigo más cercano, el propio pecado.
El primer enemigo es descrito (v. 1-4) al nivel de las palabras, las obras, y el corazón. Una vez más el salmista clama en oración, y ruega en primer lugar por sus labios: «SEÑOR, ponme en la boca un centinela» (v. 3). Este es el principal temor del rey David, que sus palabras no vayan a inclinarse hacia cosas malas como eviden- cia sintomática de que su corazón se ha dejado seducir por el mal. David reconoce que necesita de la intervención divina para ale- jarse de lo malo y sabe que Dios suele obrar mediante instrumentos humanos (v. 5-7): «Que la justicia me golpee, que el amor me re- prenda…» (v. 5). Los creyentes somos, o debiéramos ser, al fin y al cabo, meros instrumentos en las manos del Redentor para el bien de nuestros hermanos. David lo pudo comprobar en primera persona cuando el profeta Natán se acercó a él con una clara exhortación respecto a su pecado y la reprensión del justo fue medicina para él. La reprensión puede ser primero amarga, pero luego trae frutos de justicia. Quienes no tienen reprensión, sin embargo, siguen su camino de destrucción sin tener quien le exhorte o sin escuchar la exhortación (v. 6-7).
La conclusión del salmista es simple, pero no simplista. «En ti, SEÑOR Soberano, tengo puestos los ojos» (v. 8). Quiera el Señor hacernos más y más conscientes de ese primer enemigo que lle- vamos dentro, de nuestro propio pecado, y de la batalla diaria que hemos de librar con él. Quiera el Señor darnos que nuestros ojos no miren hacia dentro, ni hacia los demás, sino hacia Él, pues de Él solamente vendrá nuestra ayuda y nuestras fuerzas para vivir la vida cristiana.
¿Cuán consciente eres de la gravedad de tu propio pecado? ¿Oras como David, pidiéndole que Dios no deje que tu corazón se inclin al mal? ¿Tienes tus ojos puestos en el cielo o en el suelo? Ora al Señor rogándole que te de las fuerzas que necesitas para combatir contra tu enemigo más íntimo. La vida del creyente supone una lucha encarnizada contra el pecado a fin de que Dios siga forman- do en nosotros a Su Hijo amado. «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre» (Heb. 12:4). En esa lucha, tenemos una bendita espe- ranza y una victoria segura en Cristo Jesús. Pon sobre Él tus ojos. Conf ía solamente en Él. Mira al crucificado, cuya sangre te lava de tus pecados. Que hoy pueda ser, descansando en el poder de Dios, un poco más parecido a lo que serás eternamente por Su gracia.

Llevar cautivas todas las cosas

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

No hace mucho, mi familia y yo estábamos comiendo en un restaurante local conocido por su cocina sureña de estilo casero y su pintoresco ambiente familiar. Cuando nos íbamos, no pude evitar fijarme en una familia que estaba sentada junta, y cada uno de ellos —papá, mamá, hermano mayor y hermana pequeña— estaba envuelto en una conversación con otra persona, en otro lugar en una galaxia muy, muy lejana. Con los hombros encorvados y los ojos mirando inertes a sus teléfonos móviles, sus dedos frenéticos tecleaban mientras colocaban cuidadosamente sus emoticones (imágenes emocionales electrónicas, como caritas sonrientes, caras tristes, etc.) que hacían la función que les correspondía como sustitutos emocionales de sus caras desapasionadas y electrónicamente brillantes.

Como observador constante de mi entorno sociocultural, tenía que captar de algún modo este triste fenómeno familiar del siglo XXI. Inmediatamente saqué mi útil iPhone y tomé una foto digital. Sí, es cierto que vivimos en un mundo nuevo y desafiante: mira hasta dónde hemos llegado.

Para bien o para mal, soy un poco anticuado y tengo tendencia a resistirme a lo nuevo, a lo mejorado, a lo que está de moda y a todo lo que se considera producto del supuesto progreso. Sin embargo, desde que me convertí en cristiano he tenido la convicción abrumadora de que debo aprovechar al máximo mi tiempo y aprovechar cada minuto de cada día para realizar lo que sea digno para la gloria de Dios, utilizando cualquier medio o nueva tecnología que sean apropiados con sabiduría y cuidado, tal como nos instruye el apóstol Pablo: Aprovecha bien el tiempo porque los días son malos (Ef 5:16). Del mismo modo, Jonathan Edwards resolvió «no perder nunca un momento de mi tiempo, sino mejorarlo de la manera más provechosa que pueda» (quinta resolución). Por esta razón, no debemos rehuir de lo que nos llegue en este nuevo mundo, por muy rápido que llegue. Por el contrario, debemos vivir cada día a la luz de la eternidad, delante del rostro de Dios, que no solo aprueba, sino que ordena el uso correcto de todas las cosas correctas, siempre que se utilicen para la edificación de Su pueblo, para la misión mundial de la iglesia de Cristo y para la proclamación de la inmutable Palabra de Dios, que fue supervisada por el Espíritu Santo y escrita con pluma y pergamino, y que ahora está a disposición del mundo entero, por el plan soberano de Dios, todo para Su gloria.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.