Jesucristo

Viernes 23 Diciembre

Dios… nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.

Hebreos 1:1-3

Jesucristo

La Biblia nos habla de él desde sus primeras páginas, cuando Dios anuncia, después del primer pecado del hombre, que un día habría un Salvador, el cual aplastaría la cabeza de la serpiente. Más adelante, en los textos del Antiguo Testamento, Abraham, Moisés, David y los profetas anunciaron la venida del Mesías, el Cristo.

El Nuevo Testamento comienza por los cuatro evangelios. Son cuatro relatos donde Jesucristo, el Hijo de Dios, aparece como un hombre en la tierra, quien vino para cumplir perfectamente la voluntad de Dios. Su obediencia lo condujo hasta la cruz, sobre la cual aceptó morir. Allí sufrió en nuestro lugar el juicio que nosotros merecíamos por nuestra desobediencia a Dios. Murió, pero Dios lo resucitó. Jesucristo salió de la tumba demostrando que había vencido incluso a la muerte (Hebreos 2:14-15).

Luego Jesús fue llevado al cielo y Dios lo hizo sentar a su diestra, probando así que estaba satisfecho con su obra cumplida en la cruz. Ahora el Señor Jesús se ocupa de nosotros. Aunque esté junto a Dios el Padre, también está con nosotros para hacernos bien, para aconsejarnos, animarnos y librarnos del mal.

Pero esto no ha terminado. Jesucristo vendrá pronto a buscar a los que han creído en él. Jesús prometió: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). ¡Qué esperanza para los creyentes estar con el Señor para siempre!

Jueces 14 – Apocalipsis 16 – Salmo 146:1-7 – Proverbios 30:18-20

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cartas a las iglesias: Laodicea (7)

Jueves 22 Diciembre

(Jesús dijo:) He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

Apocalipsis 3:20

Cartas a las iglesias: Laodicea (7)

Leer Apocalipsis 3:14-22

Laodicea se había vuelto muy rica gracias a su industria de la confección, a sus ungüentos y a su colirio; desde lejos venían para comprarlos. Sus habitantes eran materialistas y se creían autosuficientes. La iglesia de Laodicea también tenía ese carácter, se creía y decía ser rica, pero estaba ciega en cuanto a su verdadero estado espiritual. Su pecado no era la idolatría, sino la tibieza y la pretensión. ¡Situación muy grave! Es la única iglesia de la que el ángel dice que Jesús está “a la puerta”. Jesús estaba fuera. Muchos vivían “un cristianismo sin Cristo”, sin relación con él. Reducían la fe cristiana al respeto a un conjunto de valores morales.

Hoy igualmente, es una situación incoherente y arriesgada servirse de los valores cristianos sin la fe en el Señor Jesús. Lo que hace de un cristiano un verdadero testigo es la realidad de su vida interior con Cristo. Hoy todo cristiano corre el peligro de promover valores humanistas sacados de la cultura cristiana, como la paz, la caridad, la unidad, la tolerancia, sin tener esta unión vital con Cristo.

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo”, dice Jesús a la iglesia de Laodicea. Cristianos, en víspera de su retorno, escuchemos su voz y abrámosle la puerta. Entonces él mismo nos hará gustar algo verdadero, muy dulce… algo de lo que ningún cristiano puede prescindir: la intimidad de su presencia.

“En cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en el Señor mi esperanza” (Salmo 73:28).

Jueces 13 – Apocalipsis 15 – Salmo 145:14-21 – Proverbios 30:17

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Conocer y encontrar a Dios (2)

Miércoles 21 Diciembre

(Jesús dijo:) Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Mateo 11:29

Conocer y encontrar a Dios (2)

«Sus respuestas a mis preguntas me derrotaron porque me parecieron verdaderas y llenas de sentido. Esto despertó en mí una sed de saber más al respecto. Entonces le hice la pregunta: “Admitamos que tu Dios existe, ¿cómo hacer para estar seguro, para conocerlo?”. Él simplemente me respondió: “Dios dice en la Biblia que el que lo busca de todo corazón, lo hallará” (Deuteronomio 4:29). Dios inició un profundo trabajo en mí; comencé a experimentar la verdad de su Palabra, la Biblia. Ella se volvió cada vez más viva para mí; bajo mis ojos podía ver su poder. Hoy estoy en paz, libre de todo mi pasado.

Antes nunca había pensado o querido integrar una asamblea de verdaderos creyentes, y menos aún hacerme bautizar. Pero hice todo esto por convicción. Es milagroso. Porque este camino no es fácil en un mundo donde los valores morales son lo opuesto a lo que Dios ha establecido; donde el diablo ya no se oculta. Pero con Jesús todo cambia. La paz de Dios y el conocimiento de su Hijo Jesucristo vinieron a llenar el vacío que había en mi corazón. Con dulzura y paciencia Dios me transformó poco a poco mediante su Espíritu y su Palabra, a pesar de mis numerosas debilidades y defectos.

Incluso si a veces es difícil permitir que Dios nos libere de nuestro orgullo, él siempre transforma el corazón del que confía en él. No espere para decidirse ante Dios y recibir ese don de Dios: la salvación del alma. Él lo ofrece a todo el que cree en su Hijo Jesucristo».

Thomas

“Les daré corazón para que me conozcan que yo soy el Señor; y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios” (Jeremías 24:7).

Jueces 12 – Apocalipsis 14 – Salmo 145:8-13 – Proverbios 30:15-16

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cómo el calvinismo cambió mi sufrimiento

por Jane Story

Mi salud se fue cuesta abajo a mediados de mi segunda década de vida. Problemas de sueño, salud mental, una lesión importante en el hombro y una cirugía, así como una rara migraña, llegaron a mí una tras otra. Estas luchas dominaron cinco años de mi vida y a veces parecía que nunca me recuperaría.

Comencé esa temporada con una perspectiva esperanzadora. Estaba orando, confiando en Dios y buscando una comunidad. Pero empecé a quebrarme a los pocos meses. Ya fuera gritándole a Dios con rabia en el auto a las cuatro de la mañana o escondiéndome bajo una cobija mientras me preguntaba cómo iba a enfrentar el día, igual me sentía perdida en la miseria.

Esperanza equivocada

Miro hacia atrás y veo que mi mayor problema era el agotamiento espiritual y la confusión. Algo de esto fue resultado de mis circunstancias, pero mucho se debió a una teología aplicada de manera insuficiente. Había adoptado intelectualmente una comprensión calvinista de la salvación años antes de mi temporada de sufrimiento. Sin embargo, todavía no había aplicado esas verdades en situaciones de la vida real.

En lugar de dejarme llevar por los altibajos de la vida, descubrí que la soberanía de Dios era mi fundamento estable

 

Todavía me guiaba por falsedades sutiles que paralizaban mi capacidad de sufrir bien. La falsedad más importante era creer que era mi responsabilidad aferrarme a Cristo y no perder mi fe, que tenía que sufrir de una manera «suficientemente buena» para mantener mi posición con Dios.

Es cierto que la Biblia tiene numerosos llamados a resistir hasta el final, recordar la bondad de Dios y mirar hacia adelante con fe, pero mi esperanza estaba en mi capacidad de ser fiel, más que en la fidelidad de Cristo. Estoy lejos de ser una experta en Calvino, pero incluso una  comprensión simple de sus enseñanzas sacó a la luz mi pensamiento defectuoso y finalmente me trajo una gran esperanza. Estas son solo dos de las muchas doctrinas que encontré de gran ayuda en medio del sufrimiento.

La soberanía de Dios

Dios tiene el poder y la autoridad para hacer lo que decida. Esto fue crucial: ¿Quién era yo para decirle a Dios lo que puede y no puede hacer? ¿Quién era yo para juzgar a Dios como cruel? Tenía todo el testimonio de las Escrituras para explicarme Su carácter. También tenía las promesas de que obraría con misericordia para mi bien y de que es bondadoso con los pecadores.

La doctrina de la soberanía de Dios me dolía más de lo que me consolaba en mis momentos más oscuros. Pero era la herida fiel de un amigo (Pr 27:6). Sin Su soberanía, mi sufrimiento carecía de propósito, y ese es un destino mucho peor. Reconocer Su soberanía significaba aceptar que permitía mi dolor voluntariamente o incluso lo causaba. Eso era difícil.

Sin embargo, someterse al gobierno de Dios y llamarlo bueno en medio del dolor resultó ser el camino de la esperanza y el gozo. Insistir en que Dios ordenara mi vida según mi voluntad me enfadaba y me hacía dudar si no hacía lo que yo quería. Pero me liberó aceptar todas las circunstancias como voluntad de Dios. Mis pruebas ya no tenían el poder de «refutar» el amor y el poder de Dios. Por el contrario, descubrí que todas las adversidades eran, en última instancia, para mi bien y tenían como propósito hacerme más semejante a Cristo (1 P 1:3-9). En lugar de dejarme llevar por los altibajos de la vida, descubrí que la soberanía de Dios era mi fundamento estable.

La perseverancia de los santos

De niña me enseñaron implícitamente que somos salvos por gracia, pero que tenemos la responsabilidad de la santificación. Creía que dependía de mí el mantenerme fuerte en mi fe y que era posible perder mi salvación. Más tarde, en medio de mis problemas médicos, me enfadé y me desanimé, hasta el punto de querer huir de Dios. Debido a que mi fe se sentía débil, me preocupaba estar en peligro de perder mi posición en la familia de Dios.

Pero el calvinismo me llevó a la dulce doctrina de la perseverancia de los santos. Una vez que has sido salvado, siempre serás salvo. Esta doctrina está estrechamente vinculada a otras ideas, como la elección incondicional (yo no contribuyo a la salvación, salvo mi propia necesidad) y la gracia irresistible (si Dios me ha llamado, me salvará). En conjunto, estas doctrinas significan que la salvación no depende en absoluto de cómo me sienta o de cuánta convicción pueda reunir. Tengo seguridad a pesar de mi lucha y mis dudas, porque mi seguridad se encuentra fuera de mí.

Por supuesto, debo procurar alimentar mi fe y aferrarme a Cristo en los momentos difíciles. Pero mi seguridad no está en mi capacidad de sufrir perfectamente, sino en el único que sufrió perfectamente en mi lugar. Mi ira y mis dudas se volvieron menos temibles al saber que no podían arrancarme de la mano de Dios (Jn 10:28-30).

Transformación

En medio de esos años terribles, mis oraciones y mi adoración cambiaron. Comprendí por experiencia que Cristo me salvó de mi pecado, incluido el pecado de no confiar en Él en medio del sufrimiento. Reconocí más plenamente que la fe y la salvación, de principio a fin, son dones irrevocables. Comprendí que, incluso en mis luchas, el poder de Cristo se magnificaba en mi debilidad.

Espero afrontar las pruebas futuras con más paciencia y confianza que en el pasado. Pero mi mayor consuelo es saber que, incluso cuando mi fe es escasa, el Señor sigue sosteniéndome. Tanto yo como todos los elegidos hemos sido entregados a Cristo por Dios Padre. Mi perseverancia está garantizada, no por mi desempeño, sino por el de Cristo. Esto quita el filo del sufrimiento porque, como dice Pablo, nada «nos separará del amor de Cristo», ni siquiera nuestras propias dudas, pruebas o el pecado (Ro 8:35-37).

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

La Verdadera Iglesia

Por J.C. Ryle

Yo deseo que pertenezcas a la única Iglesia Verdadera: a la Iglesia fuera de la cual no hay salvación. No pregunto a dónde asistes los domingos sino pregunto si ‘¿Perteneces a la única Iglesia Verdadera?» 

¿Dónde se encuentra esta única Iglesia verdadera? ¿Cómo es esta Iglesia? ¿Cuáles son las características por las cuales se puede reconocer esta única Iglesia verdadera? Quizás me hagas tales preguntas. Escucha bien y te daré algunas respuestas al respecto. 

La única Iglesia verdadera se compone de todos los creyentes del Señor Jesús. Se compone de todos los elegidos de Dios -de todos los hombres y mujeres convertidos -de todos los cristianos verdaderos. A cualquier persona que se le manifiesta la elección de Dios el Padre, la sangre vertida de Dios el Hijo, la obra santificadora de Dios el Espíritu, lo consideramos como un miembro de la Iglesia verdadera de Cristo. 

Es una Iglesia en la cual todos los miembros poseen las mismas características. Todos son nacidos del Espíritu; todos poseen «un arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo,» y santidad de vida y conversación. Todos odian el pecado y todos aman a Cristo. Adoran en diferentes maneras; algunos adoran con una forma de oración, y otros sin ninguna; otros adoran hincados y otros en pie; pero todos adoran con un sólo corazón. Todos son guiados por un mismo Espíritu; todos edifican sobre el mismo cimiento; todos derivan su religión de un sólo libro la Biblia. Todos están unidos a un mismo eje-Jesucristo. Todos aun ahora pueden decir con un corazón, «Aleluya;» y todos pueden responder con un corazón y una sola voz, «Amén y Amen. 

Es una Iglesia que no depende de ningún ministro aquí en la tierra, aunque sí estima mucho a aquellos que predican el evangelio a sus miembros. La vida de sus miembros no depende de la membresía oficial de la Iglesia, ni del bautismo ni de la cena del Señor aunque también estiman mucho estas cosas cuando, se pueden practicar. Pero sólo posee un Líder Supremo un Pastor, un obispo principal -y ese es, Jesucristo. Sólo Él, por medio de su Espíritu, da la entrada a los miembros de esta Iglesia, aunque los ministros les pueden indicar la entrada. Hasta que Él abra la puerta ningún hombre en la tierra la puede abrir-ni obispos, ni presbíteros, ni convocaciones, ni sínodos. Una vez que un hombre se arrepiente y cree en el evangelio, se convierte en ese momento en un miembro de esta Iglesia. Es posible que como el ladrón penitente no tenga la oportunidad de bautizarse, pero él sí tiene aquello que es mucho mejor que el bautismo en el agua eI bautismo del Espíritu. Puede ser que no pueda recibir el pan y el vino en la Cena del Señor; pero él come del cuerpo de Cristo y bebe de la sangre de Cristo todos los días de su vida, y ningún ministro en la tierra se lo puede impedir. Puede ser excomulgado por hombres ordenados y cortado de las ordenanzas externas de la Iglesia protestante: pero ni todos los hombres ordenados en el mundo lo pueden sacar de la única verdadera Iglesia. 

Es una Iglesia cuya existencia no depende de formas, ceremonias, catedrales, iglesias, capillas, púlpitos, bautismales, vestimentas, órganos, fundaciones, dinero, reyes, gobiernos, magistrados ni de ningún favor de parte del hombre. Muchas veces ha sobrevivido y continuado cuando todas estas cosas le han sido quitadas. Muchas veces se ha escapado de aquellos que debían de ser sus amigos al desierto y a las cuevas en la tierra. Su existencia no depende de nada sino la presencia de Cristo y de su Espíritu; y como éstos estarán siempre con ella, la Iglesia no puede morir. 

Esta es la Iglesia a la cual pertenecen los títulos bíblicos de honra y privilegio presentes, y sus promesas de gloria futura; éste es el cuerpo de Cristo; éste es el rebaño de Cristo; ésta es la casa de fe y la familia de Dios; éste es el edificio dc Dios, el cimiento de Dios, y el templo del Espíritu Santo. Esta es la Iglesia de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo; éste es el sacerdocio real, la generación escogida, el pueblo escogido, la posesión adquirida, la habitación de Dios, la luz del mundo, la sal y el trigo de la tierra; ésta es «la santa Iglesia Católica» del Credo de los Apóstoles; ésta es la «única Iglesia Católica y Apostólica» de Credo de Nicea; esta es la Iglesia a la cual Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella,» 5 y a la cual dice, «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 16:18; 28:) 

Esta es la única Iglesia que posee una verdadera unidad Sus miembros están completamente de acuerdo respecto a los asuntos más importantes de la religión, porque todos son enseñados por un mismo Espíritu. En cuanto a Dios, a Cristo, el Espíritu, al pecado, a sus propios corazones, a la fe, al arrepentimiento, a la necesidad de la santidad, al valor de la Biblia, a la importancia de la oración, a la resurrección y al juicio venidero están de acuerdo. Escoge a tres o a cuatro de ellos, sin conocerse, de las regiones más aisladas de la tierra y examínalos individualmente sobre estos puntos y verás que serán de un mismo corazón. 

Esta es la única Iglesia que posee la verdadera santidad. Todos sus miembros son santos. No sólo son santos en palabra, en nombre o en el sentido de caridad; todos son santos en acto y hecho, en realidad, en su vida diaria y en la verdad. Todos están más o menos conforrnados a la imágen de Jesucristo. Ningún hombre impío pertenece a esta Iglesia. 

Esta es la única Iglesia que es verdaderamente católica. No es la Iglesia nacional de alguna nación o raza: sus miembros se encuentran en cada región del mundo donde el evangelio es recibido y creído. No está limitada a las fronteras de cierto país ni encerrada dentro de la estructura de formas particulares ni de un gobierno externo. En ella no hay diferencia entre judío o griego, negro o blanco, piscopaliano o Presbiteriano pero la fe en Cristo es todos. Sus miembros serán juntados del norte, del sur, y del oriente y del occidente, y todos tendrán dife rentes nombres y lenguas-pero todos serán uno en Jesucristo. 

Esta es la única Iglesia que es verdaderamente apostólica. Está edificada sobre los cimientos echados por los Apóstoles, y sostiene las doctrinas que ellos predicaban. Las dos metas que sus miembros; procuran realizar son, la fe y la práctica apostólicas; y ellos consideran que el hombre que sólo habla de seguir a los apóstoles sin poseer estas cosas, no es mejor que un metal que resuena o címbalo que retiñe. 

Esta es la única Iglesia que con certeza perdurará hasta el final. Nada puede vencerla o destruirla del todo. Sus miembros pueden ser perseguidos, oprimidos, encarcelados, golpeados, decapitados, y quemados, pero la verdadera Iglesia nunca es eliminada; vuelve a surgir nuevamente de sus aflicciones sobrevive el fuego y el agua. Cuando la aplastan en un país brota en otro. Los Faraones, los Herodes, los Neros, las Marías sangrientas, han luchado por eliminar esta Iglesia; ellos matan sus miles y luego se mueren y van a su lugar. La verdadera Iglesia dura más que todos ellos, y es testigo de la muerte de éstos. Es un yunque que ha quebrado muchos martillos en este mundo, y aún seguirá quebrando más. Es una zarza que arde muchas veces pero no se consume. 

Esta es la única Iglesia de la cual ningún miembro perecerá. Una vez que uno se matricula en’ esta Iglesia, sus pecados están perdonados por la eternidad; nunca son echados fuera. La elección de Dios el Padre, la intercesión continua de Dios el Hijo, la renovación diaria y el poder santificador de Dios el Espíritu Santo, los rodea y los encierra como en un jardín. Ningun hueso del cuerpo místico de Cristo será roto; ningún cordero del rebaño de Cristo le será arrebatado de la mano. 

Esta es la Iglesia que desempeña el trabajo de Cristo en la tierra. Sus miembros son un pequeño rebaño y pocos en número, comparados con los hijos del mundo: uno cuantos aquí, otros tantos allá-unos cuantos en esta parroquia y otros tantos allá. Pero estos son los que sacuden el universo; éstos son los que cambian el destino de gobiernos con sus oraciones; éstos son los que son los obreros activos para difundir el conocimiento de la religión pura y sin mácula; éstos son los que son la misma vida de un país, el escudo, la defensa, la resistencia y el apoyo de cualquier nación a la cual pertenecen. 

Esta es la Iglesia que será verdaderamente gloriosa al final Cuando toda la gloria terrenal se termine entonces esta Iglesia será presentada sin mancha delante del trono de Dios el Padre. Los tronos, los principados, y los poderes en la tierra llegarán a la nada todos los dignatarios, los oficios y las fundaciones pasarán; pero la Iglesia de los primogénitos brillará como las estrellas al fin y será presentada con gozo delante del trono del Padre en el día de la apariencia de Cristo. Cuando las joyas del Señor se preparen y suceda la manifestación de los Hijos de Dios, no se mencionarán el Episcopalianismo ni el Presbiterianismo ni el Congregacionalismo sino una sola Iglesia y ésa será la Iglesia de los elegidos. 

Lector, esta es la iglesia verdadera a la cual uno necesita pertenecer si has de ser salvo. Hasta que pertenezcas a ésta no eres nada mas que un alma perdida. Puedes tener la forma, la cáscara, la piel y la semblanza de la religión pero no posees la substancia y la vida. Sí, puedes gozar de muchos privilegios y puede ser que estés dotado con mucha luz y conocimiento pero sino perteneces al Cuerpo de Cristo, tu luz y tu conocimiento y privilegios no salvarán tu alma. ¡Ay, cómo hay ignorancia sobre este punto! Los hombres se imaginan que si se unen a esta iglesia o a aquella y se convierten en miembros y hacen ciertos ritos que sus almas están bien. Es un engaño total y es un error muy grave. No todos aquellos que se Ilamaban Israel eran de Israel, ni tampoco todos aquellos que profesan ser cristianos son miembros del cuerpo de Cristo. 

Nota bien; puede ser que seas Episcopaliano, Presbiteriano Independiente, Bautista, Metodista o Pentecostal y aún un pertenecer a la iglesia verdadera. Y si no perteneces, al final seria mejor que no hubieras nacido. 

-por J.C. Ryle, Obispo de Liverpool

¿Cuál es el camino de los Romanos hacia la salvación?

El camino de los Romanos hacia la salvación, es una manera de compartir las buenas nuevas de la salvación, utilizando versículos del libro de Romanos. Este es un simple, pero poderoso método para explicar por qué necesitamos la salvación, cómo Dios proveyó la salvación, cómo podemos recibir la salvación, y cuáles son los resultados de la salvación.

El primer versículo del camino de los Romanos hacia la salvación es Romanos 3:23, «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». Todos hemos pecado. Todos hemos hecho cosas que desagradan a Dios. No hay uno que sea inocente. Romanos 3:10-18 nos da una descripción detallada de cómo luce el pecado en nuestras vidas. La segunda escritura en el camino de los Romanos hacia la salvación es Romanos 6:23, y nos enseña las consecuencias del pecado – «Porque la paga del pecado es muerte…». El castigo que merecemos por nuestro pecado es la muerte. ¡No solamente la muerte física, sino la muerte eterna!

El tercer versículo en el camino de los Romanos hacia la salvación se encuentra en la segunda mitad de Romanos 6:23, «mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». Romanos 5:8 declara, «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». ¡Jesucristo murió por nosotros! La muerte de Jesús pagó el precio de nuestros pecados. La resurrección de Jesús prueba que Dios aceptó la muerte de Jesús como pago por nuestros pecados.

La cuarta parada en el camino de los Romanos hacia la salvación es Romanos 10:9, «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo». ¡Debido a la muerte de Jesús a favor nuestro, todo lo que tenemos que hacer es creer en Él, confiar en Su muerte como pago por nuestros pecados – y seremos salvos! Romanos 10:13 lo dice nuevamente, «Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». Jesús murió para pagar el castigo por nuestros pecados y rescatarnos de la muerte eterna. La salvación, el perdón de los pecados, está disponible para cualquiera que confía en Jesucristo como su Señor y Salvador.

El aspecto final en el camino de los Romanos hacia la salvación es el resultado de la salvación. Romanos 5:1 tiene este maravilloso mensaje, «Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». A través de Jesucristo podemos tener una relación de paz con Dios. Romanos 8:1 nos enseña, «Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Debido a la muerte de Jesús a nuestro favor, nunca seremos condenados por nuestros pecados. Finalmente, tenemos esta preciosa promesa de Dios en Romanos 8:38-39, «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

¿Le gustaría seguir el camino de los Romanos hacia la salvación? Si es así, aquí está una sencilla oración que usted puede hacer a Dios. Hacer esta oración es una manera para declararle a Dios que usted está confiando en Jesucristo para su salvación. Las palabras mismas no van a salvarle. ¡Solamente la fe en Jesucristo es la que le puede dar la salvación! ¡Dios, sé que he pecado contra ti y merezco el castigo. Pero Jesucristo tomó el castigo que yo merecía, de manera que a través de la fe en Él yo pueda ser perdonado. Con tu ayuda, me aparto de mi pecado y pongo mi confianza en Ti para la salvación. ¡Gracias por Tu maravillosa gracia y perdón – el don de la vida eterna! En el Nombre de Jesús, ¡Amén!»

¿Ha hecho usted una decisión por Cristo por lo que ha leído aquí? Si es así, por favor oprima la tecla “¡He aceptado a Cristo hoy!”

Un libro que me comprende

Sábado 17 Diciembre

La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Hebreos 4:12

Un libro que me comprende

Émile Cailliet (1894-1981), profesor de literatura y filosofía, conocedor de Blaise Pascal, venía de una familia atea. Él cuenta cómo, en las trincheras de la guerra de 1914-1918, había soñado con un “libro que lo comprendería”. Después de la guerra emigró a los Estados Unidos y empezó a buscar dicho libro, pero no tuvo éxito. Entonces decidió escribirlo él mismo, a partir de sus lecturas. Al final, Émile abrió su preciosa colección de textos seleccionados. Pero ¡qué decepción! Él no se sentía identificado con ese libro: esos pasajes no hacían más que recordarle obras que lo habían decepcionado.

«En ese mismo momento, afirma él, mi esposa, quien no sabía nada del proyecto sobre el cual yo trabajaba, volvía de la ciudad. Por un extraño encadenamiento de circunstancias, ella traía una Biblia en la mano. ¡Tomé el libro, lo abrí en el instante y “caí” sobre las bienaventuranzas! (Mateo 5:1-12). Leí, leí, y leí, incluso en voz alta, mientras un calor indescriptible me invadía. No encontraba palabras para expresar mi asombro. De repente, tomé conciencia: ¡ese era el libro que me comprendía! Sus páginas estaban como animadas por la presencia del Dios vivo. Por primera vez oré a Dios, a ese mismo Dios del cual hablaba este libro».

Dios quiere revelarse a todo hombre y utiliza los medios adaptados a cada temperamento. Hizo descubrir a Émile Cailliet el libro que buscaba, el que nos permite descubrir al Dios que nos comprende.

Jueces 9:1-29 – Apocalipsis 10 – Salmo 143:7-12 – Proverbios 30:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El gozo puesto delante de él

Viernes 16 Diciembre

Jesús… el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.

Hebreos 12:2

Gocémonos… porque han llegado las bodas del Cordero.

Apocalipsis 19:7

En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.

Salmo 16:11

El gozo puesto delante de él

“Por el gozo puesto delante de él”, Jesús “sufrió la cruz”. ¿Cuál era ese gozo cuya perspectiva sostenía a Jesús en medio de semejante sufrimiento? Este contiene tres aspectos, unidos unos a otros:

– El gozo del Salvador: Jesús se compara a sí mismo con un pastor, y compara a los hombres con ovejas perdidas que él busca. Cuando encuentra una oveja, el pastor “la pone sobre sus hombros gozoso”. Nuestro Salvador Jesucristo se goza por cada persona salvada, y el cielo también se goza por cada pecador que se arrepiente (Lucas 15:5-7).

– El gozo del Esposo: muriendo en la cruz, Jesús adquirió una Esposa: su Iglesia, formada por todos los verdaderos creyentes. Pronto, él se presentará su Esposa “gloriosa… santa y sin mancha” (Efesios 5:27), y la llevará junto a él. Este gozo será compartido por todo el cielo (Apocalipsis 19:6-7).

– El gozo del Hijo: el primer hombre, Adán, dudó de Dios, le desobedeció y lo deshonró. Jesús, el Hijo de Dios, enviado a la tierra por su Padre, vino como hombre. Confió en Dios y le obedeció hasta la muerte, dando su vida en la cruz. Allí satisfizo las exigencias de la justicia y de la santidad de Dios, quien debía castigar el pecado. Demostró el amor de Dios, quien sacrificó a su Hijo unigénito para salvar a los pecadores. Jesús llevó a cabo la obra de la cruz. Dios lo acreditó resucitándolo y sentándolo a su diestra. La presencia y la aprobación del Padre hacen el gozo del Hijo.

Jueces 8 – Apocalipsis 9 – Salmo 143:1-6 – Proverbios 30:1-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cartas a las iglesias: Filadelfia (6)

Jueves 15 Diciembre

He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar… Yo vengo pronto; retén lo que tienes.

Apocalipsis 3:811

Cartas a las iglesias: Filadelfia (6)

Leer Apocalipsis 3:7-13

La ciudad de Filadelfia controlaba una de las rutas más grandes del imperio romano, uniendo Europa al Oriente. Su situación geográfica daba a la iglesia local una posición estratégica para propagar el Evangelio, pero allí había muchos adversarios religiosos, “la sinagoga de Satanás”. En esas condiciones, el testimonio y el servicio de esos cristianos eran difíciles. Entonces, desde el principio de esta carta, el Señor les muestra que él los conoce: “Tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”; les hace esta promesa animadora: “He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”. Esta aprobación de Jesús hasta su regreso -“Vengo pronto” –, nos alienta. Jesús es la puerta por la cual él nos lleva a Dios el Padre. Él abre a los cristianos una puerta para servirle, para anunciar el Evangelio y para congregarse de una manera que lo honre, guardando su Palabra.

“Retén lo que tienes”: recomendación dirigida a la iglesia local, pero también a cada uno de nosotros. ¿Cuál es esta “puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”? Cuando en todos los aspectos de nuestra vida (relaciones familiares, laborales, escolares, entre vecinos, etc.) retenemos firme lo que hemos aprendido de Cristo, y permanecemos aferrados a él, descubrimos que ningún obstáculo puede impedir que lo sigamos y testifiquemos de él.

Jesús también es la puerta abierta para salir de nuestros propios pensamientos, de nuestros fracasos, de nuestro pasado, de las tradiciones que nos paralizan. Su amor nos ayuda cada día, mediante la fuerza de su Palabra y de su Espíritu.

(fin el próximo jueves)

Jueces 7 – Apocalipsis 8 – Salmo 142 – Proverbios 29:26-27

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El lenguaje humano de Jesús

Miércoles 14 Diciembre

Hablad verdad cada uno con su prójimo.

Efesios 4:25

Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.

Colosenses 4:6

El lenguaje humano de Jesús

El regalo más maravilloso que Dios hizo al hombre, con la vida, es la palabra. Y para revelarse al hombre, Dios le habla. En todas las épocas Dios ha transmitido su mensaje de manera comprensible, por medio de diversos siervos y profetas, cada uno en su estilo propio. Ese mensaje ha sido transcrito en la Biblia, la Palabra de Dios. Ese libro es una palabra viva, eterna. Al leerla, nos enteramos de lo que Dios dice.

Luego Dios quiso acercarse más a su criatura, por lo que envió a su Hijo al mundo para hablarle. Jesús, el Verbo hecho carne, vino a la tierra (Juan 1:14Hebreos 1:2). Jesucristo fue la revelación de Dios en el mundo, y todo su comportamiento manifestó la verdad de Dios: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Mientras vivía entre los hombres, Jesús hablaba el arameo, la lengua de los que lo rodeaban. De su boca salían palabras de gracia (Lucas 4:22); las multitudes se asombraban al oír sus poderosas palabras (Mateo 7:28-29). Incluso sus opositores dijeron: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Era el cumplimiento de lo que el profeta Isaías había anunciado unos 700 años antes: “El Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4). Solo él comunicó la palabra apropiada a la situación de quien lo escuchaba; esta palabra es comparada a “manzana de oro con figuras de plata” (Proverbios 25:11).

Cristianos, parezcámonos más a nuestro modelo. Velemos para que nuestra forma de hablar muestre que somos discípulos de Cristo.

Jueces 6:22-40 – Apocalipsis 7 – Salmo 141:5-10 – Proverbios 29:24-25

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch