Aún tengo razones en defensa de Dios – Job 36:2

Aún tengo razones en defensa de Dios». Job 36:2

No debemos buscar publicidad para nuestras virtudes ni para nuestro fervor; pero, al mismo tiempo, es un pecado estar siempre procurando esconder lo que Dios nos ha concedido para bien de otros. Un cristiano no tiene que ser una aldea colocada en un valle, sino «una ciudad asentada sobre un monte».

No tiene que ser una lámpara colocada debajo de un almud, sino sobre el candelero, que alumbra a todos. El retraimiento puede resultar agradable en su tiempo, y el ocultarse a sí mismo es, sin duda, signo de modestia; pero el ocultar a Cristo en nosotros nunca puede estar justificado, y el retraerse de la verdad que nos es preciosa es un pecado contra nuestros semejantes y una ofensa contra Dios. Si tienes un temperamento nervioso y una disposición a ser retraído, ten cuidado de no tolerar demasiado esta propensión a temblar, para que no seas inútil a la Iglesia.

En el nombre del que no se avergonzó de ti, procura hacer alguna leve violencia a tus sentimientos y cuenta a otros lo que Cristo te ha dicho a ti. Si no puedes hablar con voz de trueno, hazlo con voz apacible. Si el púlpito no tiene que ser tu tribuna, si la prensa no puede llevar sobre sus alas tus palabras, di con Pedro y Juan: «No tengo oro ni plata, mas lo que tengo te doy». Si no puedes predicar un sermón desde un monte, háblale a la mujer samaritana junto al pozo de Sicar; si no puedes hacerlo en el Templo, alaba a Jesús en las casas; hazlo en el campo, si no te es posible hacerlo en el negocio; en medio de tu propia familia, si no lo puedes hacer entre la multitud. Desde los ocultos manantiales, deja que fluyan apaciblemente los vivos arroyos del testimonio, dando así de beber a cuantos pasen.

No ocultes tu talento; negocia con él y producirás un buen interés para tu Maestro y Señor. El hablar por Dios será para nosotros motivo de refrigerio, para los santos motivo de alegría, para los pecadores motivo de provecho y para el Salvador motivo de honor.

Los hijos mudos son una aflicción para los padres. Señor, desata la lengua de todos tus hijos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 20-21). Editorial Peregrino.

Yo he rogado por ti – Lucas 22:32

¡Cuán alentador es pensar en la incesante intercesión del Redentor en favor nuestro! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, el defiende nuestra causa y, por sus súplicas, nos protege de los daños invisibles. Observa la palabra de aliento dirigida a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero…» ¿qué? ¿Ve y ora por ti? Este hubiera sido un buen consejo, pero no es lo que hallamos escrito. Ni le dijo: «Pero yo te mantendré alerta y así serás preservado»: esto hubiera sido una gran bendición; pero no, lo que le dijo fue: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Poco conocemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Señor.

Cuando lleguemos a la cumbre del Cielo y miremos todo el camino por el cual el Señor nuestro Dios nos ha guiado, ¡cómo alabaremos al que, ante el Trono eterno, desbarató el daño que Satanás estaba haciendo en la tierra! ¡Cuántas gracias le daremos porque él nunca estuvo en silencio, sino que día y noche mostró las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres en su pectoral! Aun antes que Satanás empezara a tentarnos, Jesús lo anticipó e introdujo una petición en el Cielo. La misericordia le gana la carrera a la malicia. Observa: él no dice: «Satanás os ha zarandeado y, por tanto, yo rogaré», sino: «Satanás os ha pedido». Él ataja a Satanás aun en sus mismos deseos. Jesús no dice: «Pero yo he deseado rogar por ti».

No, sino que expresa: «Yo he rogado por ti, ya lo he hecho; he ido al tribunal e iniciado una réplica antes de que se presentase la acusación». ¡Oh Jesús, cuánto nos alienta saber que tú has defendido nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que has desactivado sus minas, y que has desenmascarado sus emboscadas. En esto tenemos motivo para el gozo, la gratitud, la esperanza, y la confianza.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 19). Editorial Peregrino.

En mi carne he de ver a Dios – Job 19:26

Considera el asunto de la piadosa expectación de Job: «He de ver a Dios». No dice: «He de ver a los santos» —aunque, sin duda, esa será una inefable felicidad—, sino: «He de ver a Dios». No dice tampoco: «He de ver las puertas de perlas, he de mirar los muros de jaspe, he de contemplar las coronas de oro», sino: «He de ver a Dios». Esta es la suma y la sustancia del Cielo, la gozosa esperanza de todos los creyentes para quienes constituye un placer el verle ahora por la fe. A los creyentes les gusta contemplar a Jesús en la comunión y en la oración, pero en el Cielo tendrán de él una amplia y clara visión y, así, viéndolo como él es, serán hechos en todo semejantes a él: ¡semejantes a Dios! ¿Qué más podemos desear? ¡Una visión de Dios! ¿Qué cosa superior a esta podemos ansiar? Algunos leen así el pasaje: «No obstante, he de ver a Dios en mi carne».

Y hallan aquí una alusión a Cristo como el «Verbo hecho carne», y a aquella gloriosa contemplación que constituirá el esplendor de los últimos días. Sea o no esto así, la verdad es que Cristo será el objeto de nuestra eterna visión. Tampoco deseamos nosotros un gozo que sea mayor que el gozo de contemplar a Cristo. No pienses que el contemplar a Cristo será para la mente una actividad limitada: el contemplarlo es solo una fuente de placer; pero una fuente infinita. Todos sus atributos serán objeto de contemplación y, como él es infinito en todos los aspectos, no hay temor de que se agoten. Sus obras, sus dones, su amor por nosotros y su gloria en todos sus propósitos, y en todas sus acciones, todo ello constituirá un tema siempre nuevo.

El patriarca anhelaba esta visión de Dios como un goce personal: «Mis ojos lo verán y no otro». Considera la realidad de la bienaventuranza del Cielo; piensa que esa gloria será para ti: «Tus ojos verán al Rey en su hermosura».

Todo esplendor terrenal palidece y se oscurece a medida que lo contemplamos, pero en estas palabras hay un esplendor que nunca puede empañarse, una gloria que jamás puede disminuir: «He de ver a Dios».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 18). Editorial Peregrino.

Servid al SEÑOR con alegría – Salmo 100:2

El placer en el servicio divino es señal de aceptación. Los que sirven a Dios con rostros tristes, porque les desagrada hacerlo, no están en realidad sirviéndole: pues ofrecen la forma de la reverencia, pero la vida está ausente. Nuestro Dios no pide esclavos para adornar su Trono; él es Señor del imperio del amor y desea que sus siervos se vistan con el uniforme del gozo.

Los ángeles de Dios le sirven con cánticos, no con gemidos; una murmuración o un suspiro sería como una sedición en sus filas. La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, pues el Señor mira el corazón; y si ve que le servimos por la fuerza y no por amor, rechaza nuestra ofrenda. El servicio acompañado de alegría es servicio de corazón y, por tanto, es verdadero. Quita del cristiano la espontaneidad alegre y habrás quitado la prueba de su sinceridad. Aquel a quien se arrastra a la batalla, no es patriota; pero el que marcha al combate con brillantes ojos y radiante faz, cantando «es dulce morir por la patria», demuestra ser sincero en su patriotismo. La alegría es el apoyo de nuestra fuerza: en el gozo del Señor está nuestra fortaleza.

El gozo actúa como eliminador de dificultades. El gozo es a nuestros trabajos por el Señor lo que el aceite es a las ruedas de un vehículo. Sin aceite, el eje se calienta y ocurren accidentes. Si una santa alegría no engrasa nuestras ruedas, nuestros espíritus se verán impedidos por la fatiga. El que está alegre en el servicio de Dios demuestra que la obediencia es su elemento. El tal puede cantar:
Hazme andar en tus mandamientos,
pues ellos constituyen un sendero delicioso.
Lector, permíteme hacerte esta pregunta: ¿Sirves a Dios con alegría? Mostremos a los del mundo, que piensan que nuestra religión es una esclavitud, que para nosotros es más bien un placer y un gozo.

Que nuestro gozo proclame que estamos sirviendo a un buen Amo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 17). Editorial Peregrino.

Mejores son tus amores que el vino – Cantares 1:2

Mejores son tus amores que el vino».
Cantares 1:2

Nada le da al creyente tanto gozo como la comunión con Cristo. Él goza como los demás de las bendiciones comunes de la vida, puede sentir alegría tanto en los dones como en las obras de Dios, pero en ninguna de estas cosas separadamente, ni en todas ellas juntas, halla un placer tan real como en la incomparable persona del Señor Jesús.

Tiene en él un vino que ninguna viña del mundo podría producir, un pan que ni aun todos los trigales de Egipto podrían presentar. ¿Dónde podríamos hallar la dulzura que hemos gustado en nuestra comunión con el Amado? En nuestra consideración, los goces de la tierra son solo un poco mejores que las algarrobas de los cerdos, si los comparamos con Jesús, el celestial maná.

Quisiéramos más bien tener un bocado del amor de Cristo, y un sorbo de su comunión, que todo un mundo lleno de placer carnal. ¿Qué valor tiene el tamo al lado del trigo? ¿Que valor tiene la brillante bisutería al lado del diamante? ¿Qué valor tiene el sueño al lado de la gloriosa realidad? ¿Qué valor tiene el placer temporal, en el mejor de los casos, en comparación con nuestro Señor Jesús, en su estado más humilde? Si conoces algo de la vida interior, tendrás que confesar que los placeres más sublimes, más puros y más duraderos son frutos del árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios. Ningún manantial da agua tan dulce como aquella fuente que produjo la lanza del soldado.

Toda felicidad terrenal es de la tierra, pero los consuelos de la presencia de Cristo son como él: celestiales. Podemos pasar revista a nuestra comunión con Jesús y no hallaremos en ella sentimientos de vaciedad: en este vino no hay sedimento, ni moscas muertas en su perfume.

El gozo del Señor es real y permanente. La vanidad no ha puesto sus ojos sobre él, pero la discreción y la prudencia testifican que este gozo soporta la prueba de los años y, tanto en el tiempo como en la eternidad, merece ser llamado «el único gozo verdadero».

Para la nutrición, el consuelo, el regocijo y el refrigerio, ningún vino puede rivalizar con el amor de Jesús. Bebamos hasta la saciedad esta tarde.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 16). Editorial Peregrino.

Hermana mía, esposa mía – Cantares 4:12

Observa los delicados títulos con que el celestial Salomón, con intenso afecto, se dirige a su esposa, que es la Iglesia. Mi hermana, una de mis allegadas por los vínculos naturales, partícipe de las mismas simpatías. Mi esposa, la más cercana y la más querida, unida a mí por los tiernísimos lazos del amor; mi dulce compañera, parte de mi propio ser. Mi hermana, por mi encarnación, la cual me hace carne de tu carne y hueso de tu hueso; mi esposa, por desposorio celestial, con el cual te he desposado conmigo en justicia. Mi hermana, a quien conozco desde la antigüedad y a quien observo desde su temprana infancia; mi esposa, tomada de entre las hijas, sostenida con brazos de amor y mi prometida para siempre.

Mira cuán cierto es que nuestro regio Pariente no se avergüenza de nosotros, pues él se detiene con manifiesto placer en esta doble relación. Dos veces se repite la partícula «mía» en el texto, como si Cristo se detuviese con arrobamiento ante la posesión de la Iglesia. «Sus delicias son con los hijos de los hombres», porque ellos son sus elegidos. Él, el Pastor, buscó las ovejas, porque eran sus ovejas. «Él vino a buscar y a salvar lo que se había perdido», porque lo que se había perdido era suyo antes que se perdiese. La Iglesia es la exclusiva porción de su Señor: ningún otro puede pretender una participación en ella o compartir su amor. ¡Jesús, tu Iglesia se goza de que así sea! Permite que cada creyente beba su solaz de estas fuentes. ¡Alma, Cristo está cerca de ti por los vínculos del parentesco; Cristo te es querido por los lazos de la unión matrimonial, y tú le eres querida a él! He aquí, él toma tus manos en las suyas y te dice: «Hermana mía, esposa mía».

Observa los dos medios por los cuales el Señor te tiene tan asida, quien, por otra parte, no puede ni quiere dejarte ir jamás. ¡Oh querido amigo, no te demores en retornar a la santificada llama de su amor!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 15). Editorial Peregrino.

Y la mano del SEÑOR había venido sobre mí la tarde antes de llegar el fugitivo – Ezequiel 33:22

Enero 6

Aquí quizá se hable de juicio y, si es así, debo considerar el motivo de esta visita y prestar «atención al castigo y a quien lo establece» (Mi. 6:9). No soy el único a quien se castiga en la noche; debo, pues, someterme con alegría a la aflicción y esforzarme con toda solicitud en sacar provecho de ella. Pero la mano del Señor puede hacerse sentir de otro modo: fortaleciendo el alma y elevando el espíritu hacia las cosas eternas. ¡Oh, qué dicha experimentaría yo si pudiese percibir que el Señor trata conmigo en este sentido! El sentimiento de la divina presencia y de su permanencia en nosotros lleva al alma hacia el Cielo, como sobre alas de águila. En tales ocasiones nos sentimos llenos hasta rebosar de gozo espiritual, y olvidamos los cuidados y las tristezas de la tierra; lo invisible está cerca, y lo visible pierde el poder sobre nosotros.

El siervo, que es el cuerpo, aguarda al pie del monte, mientras que el espíritu, que es el dueño, adora en la cumbre en la presencia del Señor. ¡Oh, qué bendito momento de divina comunión me puede ser concedido esta noche! El Señor sabe lo mucho que lo necesito. Esta es la razón por que su mano sanadora debiera reposar sobre mí. Su mano puede mitigar el calor de mis ardientes sienes y calmar la agitación de mi angustiado corazón.

Aquella gloriosa diestra que ha formado el mundo puede recrear mi mente, la infatigable mano que sostiene los gigantescos pilares de la tierra es capaz de sostener mi espíritu, la mano amorosa que abarca a todos los santos me puede acariciar y la poderosa mano que quebranta al enemigo someter mis pecados. ¿Qué motivos hay para que no sienta yo esta tarde el toque de esa mano? Ven, alma mía, dirígete a tu Dios con el poderoso argumento de que las manos de Jesús fueron traspasadas para tu redención y, sin duda, sentirás sobre ti aquella misma mano que una vez tocó a Daniel y lo hizo arrodillarse para que pudiese ver las visiones de Dios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 14). Editorial Peregrino.

Y vio Dios que la luz era buena – Génesis 1:4

Esta mañana, en Lecturas matutinas, señalamos la bondad de la luz y la división que hizo el Señor entre ella y las tinieblas. Observemos ahora cómo considera Dios la luz. «Vio Dios […] la luz». La miró con satisfacción, la contempló con placer, «vio que […] era buena». Si el Señor te ha dado luz, querido lector, él mira esa luz con particular interés; pues no solo la quiere por ser obra de sus manos, sino porque es semejante a él mismo, que «es luz». Para el creyente constituye un placer saber que Dios observa con tanto cariño la obra de gracia que él ha empezado.

Dios nunca pierde de vista el tesoro que ha colocado en nuestros vasos de barro. Algunas veces nosotros no podemos ver la luz, pero Dios la ve siempre; y es mucho mejor que sea así. Es mejor que el Juez vea mi inocencia y no que yo piense que la veo. Es para mí muy agradable saber que formo parte del pueblo de Dios; pero, aunque no lo supiera, con tal que lo sepa el Señor, estoy fuera de peligro. Este es el fundamento: «Conoce el Señor a los que son suyos».

Tú, quizá estés sollozando y gimiendo a causa de tu pecado innato y, posiblemente, llores en tus tinieblas; sin embargo, el Señor ve «luz» en tu corazón, pues él la puso ahí, y las oscuridades y tinieblas de tu alma no pueden ocultar tu luz de sus misericordiosos ojos. Quizá estés hundido en el desaliento y hasta en la desesperación, pero si tu alma anhela a Cristo y procura descansar en su obra consumada, Dios ve la luz. No solo la ve, sino que también la preserva en ti: «Yo, el Señor —dice—, la guardo». Estas palabras constituyen un valioso estímulo para aquellos que, después de una angustiosa vigilancia y de un buen cuidado de sí mismos, sienten su impotencia para conservar esa luz.

La luz, así preservada por su gracia, será transformada por Dios en el esplendor del mediodía y en la plenitud de la gloria. Esa luz que está en el corazón indica la aurora del día eterno.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 13). Editorial Peregrino.

José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no lo conocieron – Génesis 42:8

Esta mañana, en Lecturas matutinas, hemos deseado que el conocimiento que tenemos del Señor Jesús experimente un crecimiento; es bueno, pues, que esta noche consideremos un asunto el cual tiene afinidad con el tema de esta mañana: es decir, el conocimiento que nuestro celestial José tiene de nosotros. El conocimiento que Jesús tiene de nosotros era perfecto mucho antes de que nosotros tuviésemos el más insignificante conocimiento suyo.

Antes que estuviésemos en el mundo, ya estábamos en su corazón. Cuando éramos sus enemigos, él nos conoció y conoció también nuestra miseria, nuestra insensatez y nuestra maldad. Cuando llorábamos amargamente en desesperado arrepentimiento, y lo veíamos solo como un juez, él nos miraba como a hermanos bien amados y sus entrañas suspiraban por nosotros. Él nunca desconoció a sus escogidos, sino que siempre los consideró como objetos de su infinito afecto: «Conoce el Señor a los que son suyos».

Esto es tan cierto en cuanto a los pródigos que apacientan los cerdos como acerca de los hijos que se sientan a la mesa. Pero, ¡ay!, nosotros no conocimos a nuestro Hermano real, y en esta ignorancia se originaron un sinfín de pecados. Le negamos nuestros corazones y no le permitimos entrar en nuestro amor. Desconfiamos de él, y no dimos crédito a sus palabras. Nos rebelamos contra él y no le rendimos ningún homenaje de amor. El Sol de Justicia brilló y nosotros no pudimos verlo.

El Cielo descendió a la tierra y la tierra no lo advirtió. Gracias a Dios, esos días han pasado para nosotros; sin embargo, aun ahora, conocemos muy poco a Jesús en comparación con el conocimiento que él tiene de nosotros. Solo hemos empezado a conocerlo, pero él nos conoce enteramente. Es una ventaja que la ignorancia no esté de su lado, pues eso sería desesperanzador para nosotros.

Él no nos dirá: «Nunca os conocí»; sino que confesará nuestros nombres en el día de su Venida y, mientras tanto, se manifestará a nosotros como no se manifiesta al mundo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 12). Editorial Peregrino.

Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus veredas – Lucas 3:4

La voz del que clama en el desierto pide un camino para el Señor, un camino preparado y un camino preparado en el desierto. Yo deseo atender la proclama del Maestro y proporcionarle un camino en mi corazón: un camino obra de la gracia a lo largo del desierto de mi carácter. Las cuatro indicaciones del texto merecen mi sincera atención. «Todo valle se rellenará». Los pensamientos bajos y rastreros acerca de Dios deben abandonarse; hay que remover la duda y la desesperación y olvidar los deleites carnales.

De una a otra parte de estos profundos valles tiene que construirse una calzada de gracia. «Se bajará todo monte y collado». Deben derribarse la presunción altiva y la arrogante justicia propia para hacer un camino real para el Rey de reyes. A los pecadores altivos y orgullosos nunca se les concede la comunión divina. El Señor atiende al humilde y visita al contrito de corazón, pero el altivo le es abominación.

Alma mía, pide al Espíritu Santo que te ponga en orden acerca de este particular. «Los caminos torcidos serán enderezados». Es menester que el corazón vacilante tenga trazado un camino de decisión por Dios y de santidad. Los hombres indecisos son extraños al Dios de verdad. Alma mía, procura ser sincera y veraz en todas las cosas: como en la presencia de Dios, que escudriña los corazones. «Los caminos ásperos [serán] allanados». Tienen que quitarse los estorbos del pecado y desarraigarse las espinas de la rebelión: tan sublime visitante no debe encontrar caminos encenagados ni lugares pedregosos, cuando venga a glorificar a los suyos con su séquito.

¡Oh, que esta noche halle el Señor en mi corazón un camino real por el cual pueda efectuar su marcha triunfante desde el principio hasta el final de este año!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 11). Editorial Peregrino.