“ Escogido por gracia”

21 AGOSTO

1 Samuel 13 | Romanos 11 | Jeremías 50 | Salmos 28–29

Romanos 11 se ha interpretado de maneras que son contradictorias. Aquí no hay espacio para mencionarlas, y mucho menos para evaluarlas, así que sencillamente expondré el fluir del argumento de Pablo, tal como lo veo.

(1) El argumento de Pablo en Romanos 9–10, ¿significa que Dios ha abandonado totalmente a “su pueblo”, es decir, a los israelitas? Pablo escribe rotundo: “¡De ninguna manera!” (11:1). La primera evidencia en contra de este pensamiento (11:1–6) es que Pablo mismo es judío, y benjamita además (una de las tribus que no se separó de la dinastía davídica tras la muerte de Salomón). En otras palabras, uno no puede decir que Dios había desechado a los israelitas si todavía los está salvando. Más aún, nunca se había tratado de que todos los israelitas mostraran la gracia transformadora. Por ejemplo, cuando Elías, en una profunda depresión, pensó que era el único que quedaba, el Señor le informó que había reservado a siete mil israelitas fieles que jamás habían sucumbido a la adoración de Baal (1 Reyes 19:4, 10, 18; ver también la meditación de 16 de octubre). Era igual en la época de Pablo que en la nuestra: Dios ha preservado un “remanente” de judíos que han mostrado ser fieles a su revelación continua. Desde la perspectiva de Dios, es un remanente “escogido por gracia” y por lo tanto no se fundamenta en algo tan débil como las obras (11:5–6).

(2) Pero si la nación entera, conforme a las profecías de la Escritura, tropezó de manera tan grande (11:7–10), ¿significa que ya no hay esperanza para ellos, que han perdido la posibilidad de recuperarse? “¡De ninguna manera!” (11:11). Pues en los propósitos redentores de Dios, el endurecimiento importante de los judíos había sido el móvil que impulsó el evangelio hacia los gentiles: y “si su transgresión ha enriquecido al mundo, es decir, si su fracaso ha enriquecido a los gentiles” y “si el haberlos rechazado dio como resultado la reconciliación entre Dios y el mundo”, “¡cuánto mayor será la riqueza que su plena restauración producirá” y “¿no será su restitución una vuelta a la vida?” (11:12, 15). Suena claramente como si Pablo visualizara un giro importante en el futuro. En la providencia de Dios, el “rechazo” de muchos en Israel ha redundado en abundante gracia para los gentiles; la “aceptación” de muchos en Israel redundará en más gracia para el mundo. Pablo imagina una importante vuelta a Jesús por parte de sus compatriotas judíos, un giro que generará un aún mayor alcance evangelístico a escala mundial.

(3) Pablo extrapola algunas lecciones prácticas para sus lectores cristianos gentiles y usa la analogía de un árbol con ramas que se desgajan y otras que se injertan (11:17–25). Pero la culminación de su argumento es su exaltación de la insondable sabiduría y el conocimiento del Dios que genera este resultado espectacular (11:33–36).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 233). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo”

20 AGOSTO

1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

Aquí quisiera reflexionar sobre una pequeña parte de Romanos 10.

Como parte de su insistencia en que tanto los judíos como los gentiles pueden ser salvos únicamente por la fe, el apóstol Pablo repasa la “palabra de fe” cristiana fundamental: “que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” (10:9). Luego lo amplía un poco: “Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo” (10:10). El versículo adicional no nos presenta la salvación en dos pasos concretos: primer paso, cree en tu corazón y serás justificado; segundo paso, confiesa con tu boca y serás salvo. Esto casi implicaría que la justificación podría suceder separada de la salvación y que la fe es un medio inadecuado que debe ser complementado con la confesión. Más cercano al pensamiento del apóstol sería decir que ambas líneas son paralelas, no porque cada una dice lo mismo que la otra (no es así), sino porque cada una arroja luz sobre la otra, la clarifica, la explica un poco. Fe en el corazón sin confesión con la boca se vuelve inverosímil; por otro lado, una confesión con la boca que es meramente formal y no generada por fe en el corazón tampoco es lo que el apóstol tenía en mente. Él propone una fe que genera confesión; esta confesión nace junto con la fe. Y de esta fe/confesión surge la justificación/salvación. Una vez más, las categorías coinciden, de manera que para Pablo, no se puede tener la una sin la otra.

Así, Pablo redondea su planteamiento: en este sentido, no hay diferencia entre judío y gentil, pues el mismo Señor es Señor de todos y bendice a todos los que claman a él, como dice la Escritura: “Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo” (10:13; Joel 2:32). Esto significa que los cristianos necesitan enviar personas con las buenas noticias, porque de otra manera, ¿cómo invocará la gente a aquel de quien no han oído (10:14–15)?

Debe observarse que el mismo Pablo que afirma con tanta contundencia en Romanos 8 y 9 que Dios es incondicionalmente soberano insiste con la misma fuerza en Romanos 10 que las personas deben creer en sus corazones y confesar la verdad del evangelio con sus bocas si es que van a ser salvos, y encomienda a la conciencia de los creyentes el mandato de llevar estas buenas noticias a aquellos que no las han oído. Toda teología que intente disminuir la soberanía de Dios al apelar a la libertad humana es tan profundamente no-paulina como cualquiera que de alguna manera disminuya la responsabilidad humana al apelar a un burdo fatalismo divino.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 232). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Jesús realmente es el Mesías»

19 AGOSTO

1 Samuel 11 | Romanos 9 | Jeremías 48 | Salmo 25

Una de las preguntas importantes que los primeros cristianos tuvieron que contestar mientras daban testimonio de Jesús el Mesías, fue algo como: “Si Jesús realmente es el Mesías prometido, ¿por qué tantos judíos lo rechazan?” Inevitablemente, hubo variaciones, como por ejemplo: “Si los cristianos tenéis razón, ¿no significa esto que Dios no cumplió sus promesas a los judíos?” o “¿Por qué apóstoles como Pablo invierten tanto tiempo en evangelizar a los gentiles como si hubieran abandonado a su propio grupo?”

Las páginas del Nuevo Testamento ofrecen muchas respuestas complementarias a estas preguntas y a otras parecidas. Aquí, podemos notar algunos componentes de la respuesta de Pablo (Romanos 9).

Primero, a pesar del énfasis sobre los gentiles en el ministerio de Pablo, este nunca descartó a los de su propia raza. Todo lo contrario: hubiera deseado ser maldecido si con ello hubiera podido salvarlos (9:3). Sería fácil descartar este tipo de lenguaje como si fuera una hipérbole fundada en una mera posibilidad hipotética. Pero el hecho de que Pablo pueda escribir en esos términos revela, no a un apóstol que es un simple experto en apologética, frío y analítico, sino a un hombre con pasión y extraordinario amor por su propio pueblo. La iglesia necesita hoy día desesperadamente evangelistas con el mismo tipo de corazón.

Segundo, Pablo afirma que si muchos judíos no creen, no es porque la palabra de Dios haya fracasado (9:6). En absoluto: nunca se estableció que todos los hijos de Abraham serían incluidos en el pacto. Dios especificó que la línea sería a través de Isaac, no de Ismael ni de los hijos de Cetura (9:7). Para decirlo de otra manera, sólo los “hijos de la promesa” se consideran descendientes de Abraham, no todos los hijos naturales (9:8). Más aún, Pablo ya les había recordado a sus lectores la promesa a Abraham de que por medio de su descendencia serían benditas todas las naciones de la tierra (4:16–17), no sólo los judíos.

Tercero, la defensa de estas proposiciones da un giro dramático. Dios coordinó una selección de entre los hijos de Abraham—no sólo en la generación de Abraham sino con respecto a los hijos de Isaac (9:8–13)— “y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios” (9:11–12). Nada deja más claro la supremacía de la gracia que la doctrina de la elección. Dios no tenía que salvar a nadie. Si salvaba a uno, sería un gran acto de gracia. Aquí salva a una inmensa cantidad de personas culpables, sólo por su gracia, teniendo compasión de quien él quiera (9:15), pues tal es su derecho (9:16–24).

Cuarto, las Escrituras del Antiguo Testamento habían previsto que un día el pueblo de Dios dejaría de estar limitado a la raza judía (9:25–26).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 231). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Qué significa para los cristianos ser “más que vencedores”?

18 AGOSTO

1 Samuel 10 | Romanos 8 | Jeremías 47 | Salmos 23–24

¿Qué significa para los cristianos ser “más que vencedores”? (Romanos 8:37) Una cantidad considerable de personas lo entienden como un grupo especial de cristianos ilustres que viven como si nada les afectara, poderosos al combatir la tentación, victoriosos en sus vidas de oración, fructíferos en su testimonio, maduros y fieles en sus relaciones. Pero el texto no dice nada de eso.

Primero, cuando el apóstol afirma que “somos”, se refiere a todos los cristianos. Dios ha conocido de antemano a todos los cristianos y “los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo”; los llamó, los justificó y los glorificó (8:29–30). El pueblo al que se refiere no son una élite de entre los elegidos; son los cristianos ordinarios, todos los cristianos genuinos.

Segundo, la evidencia de que son “más que vencedores” es que perseveran a pesar de toda oposición. Esta podría tomar la forma de la horrible persecución que describe la Escritura (8:35–38). Puede ser otro tipo de dificultad, incluso el hambre misma. Las glorias de la vida no acabarán por seducirlos; los terrores de la muerte no los desviará por completo; ni las presiones del presente ni las frustraciones del futuro los destruirán (8:38). Ni poderes humanos ni ninguna otra cosa en toda la creación, ni siquiera todos los poderes del infierno desencadenados, nos podrán “separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (8:39).

Tercero, esa última oración lo deja claro: los cristianos no pueden ser separados del “amor de Cristo” (8:35) o el amor de Dios en Cristo (8:39). En cierto aspecto, por supuesto, esto es simplemente decir que ningún poder puede evitar que los cristianos sean cristianos. Por esto somos “más que vencedores”. Pero ese asunto se podía presentar de muchas maneras. Elegir esta forma, con el énfasis en el amor de Cristo como aquello de lo cual no podemos separarnos, nos recuerda la absoluta gloria y el placer que es nuestro, tanto ahora como en la eternidad, por estar en ese tipo de relación. No meramente somos absueltos; somos amados. No somos amados por uno igual a nosotros, sino por Dios mismo. Esto tampoco se refiere al amor general que Dios le tiene a toda su creación. Lo que aquí está en juego es ese amor especial que se aferra a todos “los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (8:28).

Cuarto, la garantía de prevalecer, perseverar y mostrar ser “más que vencedores” en este sentido no es más que los propósitos soberanos de Dios (8:29–30), manifestados en la muerte de su Hijo por nosotros (8:31–35). “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?” (8:32). No es posible imaginar una seguridad mayor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 230). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El inestable carácter de Saúl

17 AGOSTO

1 Samuel 9 | Romanos 7 | Jeremías 46 | Salmo 22

De vez en cuando, aparece alguien que muestra un potencial excepcional desde su juventud y luego cumple con las expectativas que eso genera. Pero esa no parece ser la norma. ¿Quién hubiera pensado que un desconocido pintor de Viena se convertiría en el coloso monstruoso que el mundo conoció como Adolfo Hitler? ¿Quién hubiera pensado que un mercero fracasado de Missouri, sin educación universitaria, sería el sucesor de Roosevelt, quien soltó la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, despidió al general Douglas MacArthur y ordenó la integración racial de las fuerzas armadas?

Considera a Saúl (1 Samuel 9). Era benjamita; es decir, de la pequeña tribu que había perdido personas y prestigio en los horribles eventos de Jueces 19–21 (ver meditaciones del 5 al 7 de agosto). Ni siquiera era de un clan principal dentro de esa tribu (9:21). Físicamente, era un joven robusto que trabajaba en el campo en las tareas que su padre le asignaba, sin pretensiones (que sepamos) de gloria ni de poder. De hecho, en el siguiente capítulo la gente tiene que convencerle para que salga de su escondite entre el equipaje y acepte la aclamación que el pueblo quería darle.

Aún no es el momento de detallar todo lo que salió mal—algunas de esas cosas las mencionaré en meditaciones más adelante. Pero cualquiera que tenga al menos un mínimo conocimiento de las Escrituras sabe cuán inestable resultó ser el carácter de Saúl y lo trágico de su fin. ¿Qué debemos aprender?

(1) Si nos encontramos en una curva ascendente muy prometedora, debemos proponernos perseverar en las pequeñas marcas de fidelidad y humildad. Un buen inicio no garantiza un buen final.

(2) Si tenemos la responsabilidad de contratar personas, ya sean pastores y otros líderes cristianos o ejecutivos para una corporación, aunque algunos tenemos una visión a largo plazo y hay quienes son más sabios que otros, todos cometemos errores. La sencilla razón es que, aparte de todas las malas decisiones que podamos tomar, una buena se puede convertir en mala (y viceversa) porque la gente cambia.

(3) Podemos concluir que cada organización, sobre todo la iglesia local, necesita algún tipo de mecanismo para deponer de manera piadosa a los líderes que resulten ser malvados o terriblemente inadecuados. Eso no era posible en el Israel antiguo, en relación al rey. En cuanto al liderato del Nuevo Testamento, no sólo se permite, sino que se ordena.

(4) Sólo Dios sabe el final desde el principio. Después de que hayamos ejercitado nuestro mejor juicio, nada es más importante que entregarnos a Dios, buscar agradarle, intentar conformar nuestros juicios a lo que él ha revelado de sí mismo en su Palabra y confiar de manera absoluta en el Único que conoce el final desde el principio.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 229). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios no sólo entiende sus peticiones, sino que percibe y evalúa sus motivaciones.

16 AGOSTO

1 Samuel 7–8 | Romanos 6 | Jeremías 44 | Salmos 20–21

Por qué la gente pide algo, es al menos tan importante como qué piden.

Esto es muy cierto en numerosas áreas de la vida. Conozco a un ejecutivo en una corporación mediana que convenció a sus jefes para que establecieran un nuevo comité. La razón que dio fue que era necesario para supervisar algunos nuevos desarrollos. Lo que no les dijo fue su verdadero motivo: al cabo de un tiempo, podría usar este comité para eludir a otro comité ya existente que estaba cuestionándole algunos de sus proyectos y se los había retenido. Él vio al nuevo comité como un truco gerencial para evitar que le controlaran y así ascender más rápidamente. Lo que se pudo haber planteado como un mecanismo astuto para darle la vuelta a un obstáculo innecesario en la estructura de la compañía (si les hubiera explicado a sus jefes lo que estaba haciendo) se presentó en términos muy diferentes, porque él no podía decirles honestamente lo que pensaba hacer— sabía que ellos pensaban que el comité establecido estaba realizando un buen trabajo. De ahí el engaño.

No hace falta buscar muy lejos. ¿Cuántas de nuestras propias peticiones—en el hogar, la iglesia, el trabajo o en nuestras oraciones—enmascaran motivos interesados y egoístas?

Este era el problema de Israel al pedir un rey (1 Samuel 8). El problema no era la petición en sí misma. Después de todo, Dios les daría la dinastía davídica. Moisés había previsto la época en que habría un rey (Deuteronomio 17). El problema era la motivación. Vieron sus altibajos recientes con los cananeos a su alrededor y no percibieron muchas de sus propias faltas e infidelidades. No querían fiarse de la palabra de Dios presentada a través de profetas y jueces ni aprender verdaderamente a obedecer esa palabra. Supusieron que sólo por tener un rey obtendrían estabilidad política. Querían ser como las demás naciones (!), con un rey que les dirigiera en sus escaramuzas militares (8:19–20).

Dios no sólo entiende sus peticiones, sino que percibe y evalúa sus motivaciones. En esta ocasión, sabe que el pueblo no está meramente soltando sus lazos con un profeta como Samuel, sino que se están alejando de Dios (8:7–8). El resultado fue horrendo: recibieron lo que pidieron, acompañado de una terrible gama de nuevos males que no habían adelantado.

Ese, por supuesto, es el error fatal de los planes maquiavélicos. Puede que obtengan algunas ventajas a corto plazo, pero Dios está en su trono. La verdad eventualmente saldrá a la luz, ya sea en esta vida o en la próxima, y además, puede que paguemos un precio terrible, en nuestra familia y cultura, por consecuencias inesperadas administradas por un Dios que ama la integridad de motivaciones.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 228). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡A Dios nunca le hace gracia que se le trate con desdén!

15 AGOSTO

1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

A Dios nunca le hace gracia que se le trate con desdén, ni que ignoren o desafíen sus instrucciones explícitas. Porque, en esos casos, él no sería Dios.

Dios es muy capaz de defenderse. En 1 Samuel 5–6, el relato que se va desarrollando logra ser tan comedido precisamente porque para el lector es tan evidente como para los filisteos, que Dios mismo está detrás de las enfermedades trágicas y las muertes que estaban sufriendo. Las sorpresas comenzaron con la caída de su dios pez, Dagón. Pronto propagó una plaga de ratas, una epidemia de tumores, el aumento en muertes—y no sólo en la ciudad de Asdod, a donde se llevó originalmente el arca del pacto, sino a otras ciudades a las cuales se transportaba—Gat y Ecrón. Se desató el pánico.

Si bien, todos los fenómenos que experimentaron los filisteos pudieron haber sido naturales, ellos no lo pensaron así, por supuesto; pero aún así, era difícil estar seguros Así que los sacerdotes filisteos inventaron una prueba tan en contra de la naturaleza, que si funcionaba, el pueblo quedaría convencido de que lo que estaban sufriendo provenía de la mano del “Dios de Israel” (6:5, 7–9). Separaron a las vacas de sus becerros y siguieron al lado del carro hasta Bet-Semes, en el lado de Israel: Dios mismo le sigue el juego a sus supersticiones y temores.

Mientras los israelitas se regocijaban por el regreso del arca del pacto, Dios atacó a algunos de los hombres de Bet-Semes e hizo morir a setenta de ellos por haber mirado dentro del arca del Señor (6:19). No hay razón para pensar que esto sucedió instantáneamente. Si uno hubiera echado un vistazo dentro del arca y hubiera caído muerto al instante, los demás no hubieran tenido tantas ganas de hacerlo. No se nos insinúa que una luz consumidora y cegadora surgió de la caja abierta y derritió la piel de la gente, como si fuera una película de Indiana Jones. Más bien, setenta hombres de Bet-semes miraron dentro del arca (lo cual, desde luego, estaba prohibido so pena de muerte) y seguramente vieron lo que había allí: las tablas de piedra (aparentemente, habían desaparecido la vasija de maná viejo y la vara de Aarón que había florecido, tal vez sacados por los filisteos). Luego comenzaron las muertes, todas prematuras, por el medio que fuera, y el único elemento común era que ocurrieron entre los hombres que habían mirado dentro del arca. “El Señor es un Dios santo. ¿Quién podrá presentarse ante él?” preguntó el pueblo (6:20). Esto lo dijeron sin intención de aprender el camino de la santidad, sino para deshacerse del arca, justamente el mismo patrón que se siguió en las ciudades paganas.

Dios no aceptará que se le trate con desprecio, ni permitirá que su pueblo del pacto ignore sus palabras para siempre.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 227). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Una imagen pervertida de Dios.

14 AGOSTO

1 Samuel 4 | Romanos 4 | Jeremías 42 | Salmo 18

Cuando la gente conoce poco sobre el Dios que en efecto se ha revelado a sí mismo, es muy fácil que se desvíen hacia una imagen pervertida de ese Dios, hasta el punto que la visión que tienen de él no se parece en nada a la realidad.

Podemos entender la ignorancia de los filisteos (1 Samuel 4). En su mundo politeísta, lleno de ídolos que proveían una representación concreta de sus dioses, la llegada del arca del pacto al campamento israelita se vio como si fuera del mismo dios de Israel (4:6–7). Pero este Dios, aunque si había demostrado ser lo suficientemente poderoso como para vencer a los egipcios en su momento, sigue siendo un dios más: finito, limitado y local. De manera que los filisteos, al tener que elegir entre rendirse por temor y desafiarlo con valentía, optaron por esta última y vencen. Implícito en esta victoria hay un supuesto y un resultado: el supuesto era que Dios ya no estaba llenando los corazones cananeos con el terror de los israelitas que había acompañado a las primeras victorias de Israel (y esto significa juicio para los israelitas); el resultado es que ahora los filisteos tendrán una imagen aún más reducida de Dios. Conociendo al Dios de la Biblia, podemos estar seguros de que esta situación no durará mucho; Dios actuará para defender su propia gloria.

La ignorancia de Dios por parte de los israelitas es totalmente inexcusable, pero es parte del horrendo declive del final de la época de los jueces. Están siendo aplastados por los filisteos. Su razonamiento teológico era tan malo, que se creen que pueden alterar la suerte en la guerra al traer el arca del pacto al campamento militar, como si fuera un amuleto gigantesco. El escritor nos sugiere cuán terriblemente osada era la noción: traen “el arca del pacto del Señor Todopoderoso, que reina entre los querubines” (4:4). Tristemente, los sacerdotes Ofni y Finés, hijos de Elí, son cómplices en estos apaños. ¿Es tan fácil manipular el favor de Dios? ¿Le importa a él la ubicación de una caja tanto como la conducta e (in)fidelidad de las criaturas que llevan su imagen, de su comunidad del pacto? ¿Qué clase de imagen domesticada y reducida de Dios tendrían los líderes de Israel en esta coyuntura, para proferir tamaña sandez?

Ayer recibí por correo una carta de uno de los predicadores televisivos más famosos en Estados Unidos, que me invitaba a enviarle dinero, y a cambio, me ofrecía un adorno para el árbol de Navidad, en forma de un “ángel” con una trompeta, para recordarme que Dios le había ordenado al ángel que me cuidaba que hiciera sonar la trompeta para felicitarme. ¿Qué clase de imagen domesticada y reducida de Dios tienen estos líderes, para que profieran tal idiotez?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 226). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”

13 AGOSTO

1 Samuel 3 | Romanos 3 | Jeremías 41 | Salmo 17

El Señor no llama a todos sus profetas de la misma manera, ni en la misma etapa de su vida. A Amós lo llamó cuando era pastor en Tecoa. A Eliseo lo llamó Elías para servir como aprendiz. Pero a Samuel lo llamó desde antes de ser concebido.

La experiencia consciente de Samuel del llamado de Dios (1 Samuel 3) ocurrió cuando era un muchacho—seguramente no era un niño, como algunas imágenes más románticas lo han pintado, pues sabía lo suficiente como para entender lo que el Señor le dijo, preocuparse por ello y titubear antes de repetírselo a Elí. Pero no era muy mayor, pues todavía era un “joven” (3:1).

La historia es tan conocida que no hace falta repetirla, pero algunas observaciones nos podrían ayudar a enfocar algunos asuntos:

(1) La voz que le llega a Samuel es una voz verdadera, que habla hebreo, un idioma real. No es una “sensación” subjetiva de ser llamado. En la Biblia, ocurren llamados auténticos, visiones reales, revelaciones verdaderas, pero en la época de Samuel, no “eran frecuentes” (3:1). Ciertamente, hasta este momento, Samuel nunca había tenido una experiencia así; él “todavía no conocía al Señor, ni su palabra se le había revelado” (3:7).

(2) Elí es una figura triste. En su propia vida, es una persona íntegra, a pesar de que es un desastre con su familia. Su vasta experiencia le permite saber lo que está sucediendo cuando el Señor llama a Samuel por tercera vez, y logra guiar al joven hacia una respuesta adecuada: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (3:9).

(3) La sustancia de la revelación que se le da a Samuel en esta ocasión incluye una dificultad inminente tan chocante que “a todo el que lo oiga le quedará retumbando en los oídos” (3:11). En esta tragedia, está incluida la destrucción de la familia de Elí, conforme a lo que el Señor ya le había dicho a este: Dios iba a juzgar a su familia para siempre porque “él sabía que [sus hijos] estaban blasfemando contra Dios y, sin embargo, no los refrenó” (3:13). Esta negligencia siempre es malvada, por supuesto, pero es particularmente maligna en los líderes religiosos que ascienden a sus hijos a posiciones en las que usan su poder para abusar de la gente y tratan a Dios mismo con desdén (2:12–25).

(4) Cuando Elí logra que Samuel le cuente todo lo que el Señor le dijo, su propia respuesta, si bien conserva una evidencia de confianza, revela su irresponsabilidad: “Él es el Señor; que haga lo que mejor le parezca” (3:18). ¿Por qué no se arrepiente inmediatamente, toma acción decisiva en contra de sus hijos, ejercita la disciplina que le correspondía como sacerdote y le pide al Señor misericordia?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 225). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Todos están bajo el pecado

12 AGOSTO

1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

Si Romanos 1 condena a toda la raza humana, Romanos 2 se centra específicamente en los judíos. Tienen enormes ventajas, ya que recibieron la Ley: la revelación de Dios a través de Moisés en el Sinaí. Pero aquí también, Pablo declara que, todos están condenados; poseer la ley no entraña salvación en sí mismo. En 3:19–20, el apóstol establece explícitamente que los que están “bajo la ley” quedan silenciados junto con los que no tienen ley: todos están bajo el pecado. Esto prepara el camino para la gloriosa solución del evangelio (3:21–31).

Aquí, en Romanos 2, sin embargo, hay un párrafo que ha generado muchísima discusión (Romanos 2:12–16). En el versículo 12, Pablo hace la afirmación general de que Dios juzga a las personas conforme a lo que estas conocen, no por lo que no conocen. Así que: “Todos los que han pecado sin conocer la ley, también perecerán sin la ley; y todos los que han pecado conociendo la ley, por la ley serán juzgados” (2:12). Jesús también había unido la responsabilidad humana al privilegio humano: cuanto más sabemos, más severamente se nos pedirá cuentas (Mateo 11:20–24). La mera posesión de la ley no vale nada. Aquellos (judíos) que obedecen la ley, son justos. Luego, Pablo añade: “De hecho, cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (2:14–15).

Muchos escritores entienden que esto implica que habría gentiles que podrían ser salvos sin haber escuchado jamás acerca de Jesús. Después de todo, Pablo dice que algunos gentiles “cumplen por naturaleza lo que la ley les exige” y afirma que sus conciencias incluso “los excusan”. Otros tratan de evitar esta implicación argumentando que esa alternativa positiva es puramente hipotética para Pablo. Pero Pablo no está proponiendo que hay un grupillo de gentiles que son tan buenos que sus conciencias siempre están limpias y, por tanto, serán salvos. Más bien, está argumentando que en todas partes los gentiles tienen alguna noción del bien y el mal, aunque carecen de ley, y que esto lo demuestran al hacer ciertas cosas que son conforme a la ley y mediante las conciencias que a veces los acusan y a veces los defienden. Su argumento no es que algunos son lo suficientemente buenos como para ser salvos, sino que todos expresan, por su intuición sobre el bien y el mal, una conciencia de estos estándares morales (seguramente, basada en la Imago Dei), de manera que ellos también tienen suficiente conocimiento como para que se les pida cuentas. Pablo quiere demostrar que “tanto los judíos como los gentiles están bajo el pecado” (3:9).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 224). Barcelona: Publicaciones Andamio.