«He aquí el hombre»

22 de julio

«He aquí el hombre».

Juan 19:5

No hubo un momento en que el Señor Jesús fuera de tanto gozo y aliento para los suyos como cuando se sumergió en lo más hondo de las simas del dolor. Ven aquí, alma bondadosa, y contempla al Hombre en el huerto de Getsemaní; mira su corazón: tan lleno de amor que se desborda, tan lleno de dolor que necesita desahogarse. Contempla su sudor como sangre mientras cae al suelo. Ve al Hombre cuando le hunden los clavos en las manos y en los pies. Mira, arrepentido pecador, y ve la doliente imagen de nuestro abnegado Señor. Obsérvalo mientras las rojas gotas aparecen sobre la corona de espinas y adornan con valiosísimas gemas la diadema del Rey del sufrimiento. Contempla al Hombre cuando todos sus huesos están descoyuntados y él se derrama como aguas y es arrastrado al polvo de la muerte. Dios lo ha desamparado y el Infierno lo cerca. Mira y ve: ¿Hubo alguna vez un dolor igual al que le ha sobrevenido? Todos los que pasan, acérquense y miren este espectáculo de dolor único, sin paralelo: un portento para los hombres y para los ángeles, un prodigio sin par. Contempla al Emperador del dolor que en su agonía no tiene quien lo iguale ni rivalice con él. Míralo, tú afligido, pues si no hay consuelo en el Cristo crucificado, no lo hay ni en la tierra ni en el Cielo. Si en el precio del rescate que pagó con su sangre no hay esperanza, entonces tampoco hay gozo en las arpas del Cielo, y la diestra de Dios no conocerá jamás el placer. Para no sentirnos tan turbados con nuestras dudas y dolores solo tenemos que sentarnos más a menudo al pie de la cruz. Solo necesitamos ver sus dolores para avergonzarnos de mencionar los nuestros; no tenemos más que mirar sus heridas para sanar de las nuestras. Si queremos vivir rectamente, debemos contemplar su muerte; si deseamos elevarnos, hemos de meditar en su humillación y sus aflicciones.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 213). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Quién es el Siervo Sufriente del que habla Isaías?

21 JULIO

Jueces 4 | Hechos 8 | Jeremías 17 | Marcos 3

La conversión del eunuco etíope (Hechos 8:26–40) marca una extensión importante del evangelio superando varias barreras.

Necesitamos entender quién era este hombre. Era un “alto funcionario encargado de todo el tesoro de Candace, reina de los etíopes” (8:27). Candace era un nombre familiar que se había convertido en un título, parecido a César en Roma. En ciertos gobiernos matriarcales, era común que los oficiales más poderosos, los que tenían acceso directo a Candace, fueran eunucos (de nacimiento o castrados), evidentemente para proteger a la reina. Este hombre era el equivalente al Ministro de Hacienda, o algo por el estilo. Pero aunque era una figura política honrada y poderosa en su país, en Jerusalén se debe haber enfrentado a varias limitaciones. Puesto que subió a Jerusalén a adorar (8:27), debemos suponer que se había encontrado con el judaísmo, este le había atraído y él fue a Jerusalén para una de las fiestas. Pero no podía convertirse formalmente en un prosélito, porque, según la perspectiva judía, estaba mutilado. La Palabra de Dios había cautivado a este hombre y viajó durante varias semanas para ver Jerusalén y el templo.

En la pura providencia de Dios, el pasaje que leía el eunuco – por lo visto, en voz alta (8:30 – era una práctica común en esa época) – era Isaías 53. Hace la pregunta más obvia (8:34): ¿Quién es el Siervo Sufriente del que habla Isaías? “Entonces Felipe, comenzando con ese mismo pasaje de la Escritura, le anunció las buenas nuevas acerca de Jesús” (8:35).

Ese es un versículo maravilloso. No sólo es el mejor lugar para empezar, sino que además Felipe le explicó otros textos del Antiguo Testamento además de este: “comenzó con ese mismo pasaje de las Escrituras”. De manera que pasaron los kilómetros y Felipe le explicó un texto tras otro, presentándole una imagen comprensible del evangelio, las buenas nuevas de Jesús (8:35).

De esta manera, el evangelio se extiende hacia fuera en el libro de los Hechos. Los primeros conversos eran todos judíos, algunos criados en la Tierra Prometida y otros procedentes de la dispersión. Pero en el principio de Hechos 8 vemos la conversión de los samaritanos – un pueblo interesante de raza mixta, sólo parcialmente judíos, unidos a la iglesia madre en Jerusalén mediante los apóstoles Pedro y Juan. La próxima conversión es la del eunuco – un africano, para nada judío – suficientemente comprometido con el judaísmo como para hacer el peregrinaje a Jerusalén a pesar de que nunca llegaría a ser un prosélito genuino; un hombre sumergido en las Escrituras judías a pesar de que no las entendía.

No sorprende, entonces, que el próximo gran evento de este libro sea la conversión del hombre que sería el apóstol a los gentiles.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 202). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Esteban, el primer mártir cristiano!

20 JULIO

Jueces 3 | Hechos 7 | Jeremías 16 | Marcos 2

Los salmos históricos del Antiguo Testamento nos ofrecen muchísimos ejemplos en los cuales los escritores repasaban la historia compartida de Israel con algún propósito especial, ya sea teológico o ético. Algo parecido ocurre cuando 1 y 2 de Crónicas vuelven a narrar 1 y 2 de Samuel y 1 y 2 de Reyes, como para centrarse en el reino del sur y en ciertas perspectivas teológicas. Esta forma de discurso continúa en algunos sermones del Nuevo Testamento. Pablo, en Antioquía de Pisidia, comienza el relato histórico con el Éxodo y organiza sus prioridades como un cronista para mostrar que Jesús realmente es el Mesías prometido (Hechos 13:16 ss.; ver también la meditación del 26 de julio). Aquí, en Hechos 7, Esteban, el primer mártir cristiano, comienza con Abraham.

¿Cuáles son las ventajas de este acercamiento? Y en cuanto a Esteban en particular, ¿qué intenta demostrar?

Una de las ventajas es que narrar la historia capta la atención de la audiencia – y, en este caso, la audiencia era excesivamente hostil y necesitaba tranquilizarse. Su identidad personal estaba entrelazada con su historia nacional. Al menos en un principio, esta narración debió haber apaciguado los ánimos, estableciendo un terreno común para mostrar que Esteban estaba dentro de los límites de la ley. Una segunda ventaja tiene que ver con el hecho de que el cambio que Esteban quería efectuar en la mente de su audiencia judía era tan grande, que sólo podría adoptarse dentro del marco de una cosmovisión modificada. En otras palabras, los judíos pensantes no serían capaces de aceptar la identidad de Jesús – y mucho menos su muerte y resurrección – a no ser que percibieran que esto era lo que las Escrituras enseñaban. Y este hecho no se podía establecer fácilmente a menos que estuviera anclado en el tejido mismo del relato del Antiguo Testamento. De manera que debían contar una y otra vez la historia para resaltar los aspectos más importantes.

A medida que Esteban relata la historia, surge un tema lentamente al principio y luego se va acelerando hasta volverse explosivo: el pecado repetitivo del pueblo. Cuando Esteban comienza la historia, al principio no menciona la maldad de Israel. Luego, habla brevemente sobre la maldad de los hermanos de José (7:9). La maldad comunitaria resurge en la época de Moisés (7:25–27, 35). Ahora el paso se aligera. El pueblo rehusó obedecer a Moisés y “en sus corazones se volvieron a Egipto” (7:39).

Se cuenta el episodio del becerro de oro y este se equipara con la idolatría en la época de Amós (7:42–43). Avanzamos hasta David y Salomón, y la insistencia de que Dios no puede ser domesticado por un edificio. Finalmente, aparece la explosiva condenación, no sólo de las pasadas generaciones israelitas que rechazaron a Dios y su revelación, sino también de todos sus descendientes contemporáneos que resisten al Espíritu (7:51–53).

¿Qué relación tiene este hecho con las lecciones que debemos extraer de la historia bíblica?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 201). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Infidelidad, incredulidad, idolatría, desobediencia, ira.

19 JULIO

Jueces 2 | Hechos 6 | Jeremías 15 | Marcos 1

Una lectura de Jueces 1 y 2 nos muestra que, por lo visto, tras las victorias iniciales de los israelitas, el ritmo de la conquista varió considerablemente. En muchos casos, las tribus tenían la responsabilidad de controlar sus propios territorios. Sin embargo, con el paso del tiempo y a medida que los israelitas se fortalecían, parece haberse desarrollado una política silente de no exterminar a los cananeos ni echarlos de la tierra, sino subyugarlos o incluso esclavizarlos, hacer de ellos “buscadores de agua y cortadores de madera” y someterlos a trabajos forzados (1:28).

El resultado inevitable fue que permaneció una gran cantidad de paganismo en el territorio. Y dado que la naturaleza humana es como es, estos dioses falsos- como era de esperar- se convirtieron en una “trampa” para la comunidad del pacto (Jueces 2:3). Ellos rehusaron destruir los altares paganos y el ángel del Señor, enojado por ello, declaró, que si el pueblo no obedecía, él ya no les proveería la ayuda decisiva que les hubiera permitido completar la tarea (¡si hubieran estado dispuestos!). El pueblo gime por la oportunidad perdida, pero ya es muy tarde (2:1–4). Ciertamente, no es que nunca se les hubiera advertido.

Este es el trasfondo del resto del libro de Jueces. Algunos de sus temas principales se nos detallan en el capítulo 2, siendo gran parte del libro una ejemplificación de los pensamientos que aquí se presentan.

La idea central, rodeada de tragedia, es el fracaso cíclico de la comunidad del pacto y cómo Dios interviene una y otra vez para rescatarlos. Inicialmente, el pueblo permaneció fiel durante la vida de Josué y de los ancianos que le sobrevivieron (2:6). Pero, para esa época, había surgido una generación totalmente nueva – una que no había visto ningunos de los portentos que Dios había hecho, ni en el éxodo, ni durante los años del desierto, ni en el momento de entrar a la Tierra Prometida- y la fidelidad a Dios fue desapareciendo. Abundaba el sincretismo y el paganismo; el pueblo abandonó al Dios de sus padres y sirvieron a los baales, es decir, a los varios “señores” de los cananeos (2:10–12). El Señor respondió con ira: el pueblo fue sometido a saqueos, contratiempos y derrotas militares a manos de los malvados que les rodeaban. Cuando el pueblo clamó al Señor pidiendo ayuda, les levantó un juez – un líder regional y, a menudo, nacional – que libró al pueblo de la tiranía y les guió hacia la fidelidad al pacto. Y luego comenzó de nuevo el ciclo. Y otra vez. Y otra vez.

Aquí hay una lección seria. Aún después de épocas de avivamiento espectacular, de reforma o de renovación del pacto, el pueblo de Dios siempre está a sólo una o dos generaciones de la infidelidad, la incredulidad, la idolatría masiva, la desobediencia y la ira. Que Dios nos ayude.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 200). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El avivamiento no garantiza la ausencia del pecado

18 JULIO

Jueces 1 | Hechos 5 | Jeremías 14 | Mateo 28

El relato de Ananías y Safira, cuyos nombres se encuentran en los registros cristianos más antiguos a causa de su engaño (Hechos 5:1–11) es perturbador en varios aspectos. A la iglesia primitiva ciertamente le pareció así (5:5, 11). Cuatro observaciones nos ayudan a focalizar los asuntos:

Primero, el avivamiento no garantiza la ausencia del pecado en una comunidad. Cuando muchas personas se convierten y experimentan una genuina transformación, cuando muchos son renovados y verdaderamente aprenden a detestar el pecado, a otros les atrae más verse santos que ser santos. El avivamiento ofrece muchas tentaciones para la hipocresía que serían menos potentes si el ambiente de la época fuera secular o pagano.

Segundo, el tema no es tanto la utilización del dinero que Ananías y Safira recibieron al vender una propiedad, sino más bien la mentira que dijeron. Aparentemente, algunos miembros estaban vendiendo propiedades y donando las ganancias a la iglesia para aportar a sus diversos ministerios, siendo uno de los principales la ayuda a los hermanos necesitados. De hecho, Bernabé era ejemplar en este tema (4:36–37) y le sirve de modelo a Ananías y Safira. Pero estos dos vendieron su propiedad, se quedaron con parte de las ganancias y fingieron estar dándolo todo. Esta alegación de santidad y autonegación, su pretensión de generosidad y piedad, fue lo verdaderamente ofensivo. Si no se le ponía un freno, fácilmente podría multiplicarse. Ciertamente, otorgaría posiciones de honor a personas que no las merecían debido a su conducta. Pero, peor aún, era una mentira rotunda en contra del Espíritu Santo – como si el Espíritu de Dios no pudiera conocer la verdad o no le importara. En este sentido, fue un acto supremamente presuntuoso, tan alejado de la fe genuina que se centra en Dios, que llegó a ser idolatría.

Tercero, otro elemento de este tema fue la conspiración. No bastaba con que Ananías cometiera este acto malvado solo. Actuó “en complicidad con su esposa Safira” (5:2); de hecho, la mentira de ella no fue meramente pasiva, sino activa (5:8), revelando un compromiso compartido para engañar a los creyentes y desafiar a Dios.

Cuarto, en épocas de verdadero avivamiento, el juicio puede ser más inmediato que en momentos de decadencia. Cuando Dios se aleja de la iglesia y le da rienda suelta al pecado multiplicador, es el peor juicio de todos; inevitablemente, acabará en un desastre irreparable. Pero cuando Dios responde al pecado con severidad rápida, se aprende la lección y la iglesia se salva de una desviación mayor. En este caso, un gran temor cayó sobre la iglesia y sobre todos los que escucharon acerca de estos sucesos (5:5, 11).

Escrito está: “El que va por buen camino teme al Señor; el que va por mal camino lo desprecia” (Proverbios 14:2).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 199). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Volvieron a los suyos”

17 JULIO

Josué 24 | Hechos 4 | Jeremías 13 | Mateo 27

Cuando Pedro y Juan fueron liberados de su primer encuentro con la persecución, “volvieron a los suyos” (Hechos 4:23). La iglesia se reunió para orar usando las palabras del Salmo 2 (Hechos 4:25–26). Ellos entendían que el texto del Antiguo Testamento era palabra de Dios (“dijiste”) mediante el Espíritu Santo, en labios de David (4:25).

En cierto sentido, el Salmo 2 es un himno de coronación. No obstante, una vez más, vemos que la tipología de David es potente. Los reyes de la tierra y los gobernantes se reunieron en contra del Señor y de su Ungido (el Mesías) – de manera culminante cuando “en esta ciudad se reunieron Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y con el pueblo de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste” (4:27). Estos primeros hermanos y hermanas en Cristo nuestros piden tres cosas (4:29–30): (a) que el Señor considere las amenazas de sus enemigos, (b) que ellos mismos puedan ser capacitados para hablar la palabra de Dios con denuedo y (c) que Dios hiciera señales milagrosas y portentos mediante el nombre de Jesús (lo cual, en su expectativa, puede querer decir “a través de los apóstoles”; cf. 2:4; 3:6 y ss.; 5:12).

Pero antes de presentar sus peticiones, estos guerreros de la oración, tras mencionar la malvada conspiración de Herodes, Pilato y el resto de ellos, se dirigen de manera calmada a Dios con una confesión eminentemente importante: “Ellos hicieron lo que de antemano tu poder y tu voluntad habían determinado que sucediera” (4:28). Observa:

Primero, la soberanía de Dios sobre la muerte de Cristo no mitiga la culpa de los conspiradores humanos. Por otro lado, la maldad de su conspiración no tomó a Dios por sorpresa, como si él no hubiera previsto la cruz ni la hubiera planificado. El texto afirma claramente que la soberanía de Dios no se ve mitigada por las acciones humanas, y la culpa humana no se elimina al apelar a la soberanía divina. Esta dualidad se conoce a veces como compatibilismo: la absoluta soberanía de Dios y la responsabilidad moral del ser humano son compatibles. Esto es un asunto complicado, pero no podemos dudar realmente de que los escritores bíblicos enseñaron y presupusieron esta postura (ver meditación del 17 de febrero).

Segundo, en este caso es doblemente necesario ver cómo ambos hechos encajan el uno con el otro. Si Jesús murió únicamente como consecuencia de una conspiración humana, y no por designio y propósito de Dios, es difícil entender que su muerte es la respuesta divina a nuestra necesidad desesperada, planificada con muchísima anticipación. Y si la soberanía de Dios sobre la muerte de Jesús exonera a los autores humanos del acto, ¿no sería esto cierto en toda situación en la que Dios sea soberano? Si es así, ¿dónde está el pecado que necesita ser pagado por la muerte de Jesús? La integridad del evangelio depende de este elemento del Teísmo cristiano llamado compatibilismo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 198). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Aquí está el Mesías. Vamos a matarlo.”

16 JULIO

Josué 23 | Hechos 3 | Jeremías 12 | Mateo 26

Hechos 3 incluye un breve informe de un sermón que se predicó de manera imprevista. (Sin duda, como tantos otros sermones imprevistos, ¡seguramente se compuso con elementos que Pedro había utilizado antes!) Hay muchos puntos de gran interés.

(1) Pedro enlaza a menudo la venida de Jesús el Mesías con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob (3:13), con Moisés y la promesa de que Dios eventualmente levantaría un profeta como él (3:22; cf. Deuteronomio 18:15–18; ver también meditación del 13 de junio), con el testimonio profético del Antiguo Testamento (3:24) e incluso con la promesa de Dios a Abraham de que, a través de su descendencia, bendeciría a todos los pueblos de la tierra (3:25; ver meditaciones del 14 y 15 de enero). En este momento, Pedro no tenía una comprensión tan amplia de estos puntos como la tuvo más tarde, a juzgar por los capítulos 10 y 11. Pero el hecho de que haya entendido tanto, refleja ese período de capacitación con el Señor Jesús.

(2) Pedro ni por un segundo libera a sus espectadores de su responsabilidad (3:13–15). Muchos de sus oyentes fueron cómplices al exigir que se crucificara a Jesús; pero, como un profeta del Antiguo Testamento, Pedro vio al pueblo entero involucrado en la decisión de sus líderes. El pueblo puede haber actuado “por ignorancia” (3:17) – es decir, no pensaron: “Aquí está el Mesías. Vamos a matarlo.” –, pero en efecto lo mataron y Pedro les recuerda su culpa, no sólo como un hecho inalterable de la historia, sino también porque es esa misma culpa la que Jesús vino a resolver (3:19–20). Más aún, a pesar de que el pueblo es culpable, Pedro entiende que fue precisamente a través de la vil ejecución de Jesús cómo “Dios cumplió lo que había anunciado de antemano por medio de todos los profetas: que su Mesías tenía que padecer” (3:18). Esta es la suprema ironía de la historia.

(3) Hay una serie de características que relacionan este sermón con el sermón de Hechos 2 y algunos otros en el libro de los Hechos. Estos elementos incluyen: el Dios de nuestros padres ha enviado a su siervo Jesús; vosotros lo matasteis – desheredando al Santo y Justo, el autor de la vida –, pero Dios lo levantó de entre los muertos; somos testigos de estas cosas; por la muerte y resurrección de Jesús, Dios cumplió las promesas que hizo a través de los profetas; por tanto, arrepentíos y volveos a Dios. Desde luego que hay variaciones de estos temas, pero retornan una y otra vez.

(4) Aunque “muchos prodigios y señales… realizaban los apóstoles” (2:43), ellos mismos tenían claro que carecían del poder y de la santidad para hacer que un mendigo lisiado caminara (3:12). Su humildad es una lección perpetua. “Esta fe que viene por medio de Jesús lo ha sanado por completo” (3:16).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 197). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Nacimiento de la iglesia

15 JULIO

Josué 22 | Hechos 2 | Jeremías 11 | Mateo 25

A Hechos 2 a veces se le llama el día del nacimiento de la iglesia. Esto puede ser engañoso. En un sentido, a la comunidad del antiguo pacto se le puede denominar iglesia (7:38- “asamblea” en la NVI). Sin embargo, en este día comienza una “nueva salida”, una nueva etapa vinculada al don universal del Espíritu Santo, en cumplimiento de las Escrituras (2:17–18) y como resultado de la exaltación de Jesús “a la diestra de Dios” (2:33). El evento crítico que produjo esta incalculable bendición es la muerte, resurrección y exaltación de Jesucristo; evento que, a su vez, se había previsto en las Escrituras más antiguas.

Una de las cosas que resaltan del discurso de Pedro- aparte de lo amplio, valiente, directo y apasionado que fue- es la manera como el apóstol, aun en esta etapa temprana de su ministerio tras la resurrección, maneja lo que nosotros llamaríamos el Antiguo Testamento. Su uso de las Escrituras en este sermón de Pentecostés es tan rico y variado, que no podríamos analizarlo aquí en detalle. Pero observemos:

(1) Una vez más encontramos una tipología de David (2:25–28, citando al Salmo 16:8–11). Pero también hay una pequeña muestra del razonamiento apostólico en este sentido. Si bien es posible leer el 2:27 (“No dejarás que mi vida termine en el sepulcro; no permitirás que tu santo sufra corrupción”) como la convicción de David de que Dios en ese momento no lo dejaría morir, el lenguaje es tan extravagante y el papel tipológico de David es tan común, que Pedro insiste en afirmar que la palabra apunta a algo más: hay uno mayor que David que, literalmente, no verá corrupción ni su vida terminará en el sepulcro. Después de todo, David era profeta. Puede que, en este caso, David, como Caifás (Juan 11:50–52), haya hablado más de lo que sabía, o quizás no. Independientemente, al menos sabía que Dios había prometido “bajo juramento poner en el trono a uno de sus descendientes” (2:30).

(2) La profecía de Joel (Hechos 2:17–21; ver Joel 2:28–32) es más directa, puesto que hace una predicción verbal y no recurre a la tipología. El significado evidente es que Pedro detecta en los eventos de Pentecostés el cumplimiento de estas palabras: los “últimos días” (2:17) han llegado. (No debemos detenernos aquí a pensar si el sol oscurecido y la luna convertida en sangre fueron eventos en medio de las horas oscuras en las que Jesús estuvo en la cruz o si fue una exposición de simbolismo hebreo de la naturaleza.) Este pasaje del Antiguo Testamento es uno de varios textos que predicen la venida del Espíritu, o que la ley de Dios estaría escrita en nuestros corazones. En cualquier caso, profetiza sobre una transformación personal que ocurrirá en los últimos días a través de todo el pacto (Jeremías 31:31ss.; Ezequiel 36:25–27, por ejemplo).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 196). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Matías elegido por suerte?

14 JULIO

Josué 20–21 | Hechos 1 | Jeremías 10 | Mateo 24

Entre la ascensión de Jesús y Pentecostés, la iglesia naciente, cerca de ciento veinte fieles, se congregaba para orar. En una de estas reuniones, Pedro se puso en pie e inició la acción que nombró a Matías como sustituto de Judas Iscariote (Hechos 1:15–26).

(1) El uso de las Escrituras (1:16, 20) parece ser lo que guía a Pedro a concluir que “es preciso” (1:21) elegir a uno de los otros hombres que estuvo con Jesús desde el inicio de su ministerio público para que remplazara a Judas el traidor. Esto lo vemos en el libro de los Hechos, y superficialmente, el razonamiento es claro. El Salmo 69:25 dice: “Quédense desiertos sus campamentos, y deshabitadas sus tiendas de campaña”. Pedro aplica esto a Judas. El Salmo 109:8 insiste: “que otro se haga cargo de su oficio”. Pedro lo toma como un permiso divino para buscar un sustituto.

En el contexto de los Salmos 69 y 109, David busca venganza contra los enemigos -que alguna vez fueron amigos cercanos- que lo habían traicionado. Pedro usa estos versículos en una de dos maneras. Por un lado, es posible que (a) Pedro esté cometiendo el grave error de sacar un texto de su contexto. Estos textos nunca se aplicaron a Judas y sólo se logra hacerlo con trucos y malabares exegéticos. O, por otro lado, puede que (b) Pedro ya esté presuponiendo una tipología de David bastante sofisticada. Si este sentido de traición y súplica por una justicia vindicadora jugó un papel tan importante en la experiencia del gran rey David, ¿cuánto más en el Hijo grandísimo del gran David? ¿Por qué debemos estremecernos ante este razonamiento? Durante los cuarenta años anteriores, Jesús había hablado frecuentemente con sus discípulos (1:3), explicando con todo detalle “lo que se refería a él en todas las Escrituras” (Lucas 24:27). Ciertamente, la tipología de David aparece en los evangelios en labios de Jesús. ¿Por qué no debemos aceptar que lo enseñó a sus discípulos?

(2) De acuerdo con los criterios aquí presentados— que el apóstol sustituto tenía que haber sido testigo del Jesús resucitado, pero, además, haber estado con los discípulos “todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros” (1:21–22) —, Pablo no hubiera cumplido con las condiciones. El apostolado de Pablo era irregular y él mismo lo reconocía (1 Corintios 15:8–9). No debemos pensar en tonterías como que aquí Pedro y la iglesia cometieron un error al no esperar el nombramiento de Pablo.

(3) La elección de uno de los dos por medio de la suerte (1:23–26) no es un ejemplo para los procedimientos de gobierno de nuestra iglesia local. De ahí en adelante, no vuelve a aparecer un procedimiento similar en la vida de la iglesia según se presenta en el Nuevo Testamento. Esto parece ser más bien la culminación de un procedimiento del Antiguo Testamento, mediante el cual Dios mismo selecciona y autoriza a los doce hombres del cuerpo apostólico.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 195). Barcelona: Publicaciones Andamio.

 

Dios es fiel a sus promesas

13 JULIO

Josué 18–19 | Salmos 149–150 | Jeremías 9 | Mateo 23

Este (Josué 18–19) es un buen momento para reflexionar sobre los muchos capítulos de Josué que se dedican al reparto de la tierra.

(1) Enfocados en la división de la tierra, estos capítulos se centran implícitamente en la tierra misma. Después de todo, la tierra era un componente irreducible de la promesa a Abraham, del pacto del Sinaí, de la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto. Ahora se distribuye mediante la supervisión providencial de la “suerte”.

(2) La conclusión inevitable es que Dios es fiel a sus promesas. Tan sólo dos capítulos más adelante se nos revela explícitamente este punto: “Así fue como el Señor les entregó a los israelitas todo el territorio que había prometido darles a sus antepasados; y el pueblo de Israel se estableció allí. El Señor les dio descanso en todo el territorio, cumpliendo así la promesa hecha años atrás a sus antepasados. Ninguno de sus enemigos pudo hacer frente a los israelitas, pues el Señor entregó en sus manos a cada uno de los que se les oponían. Y ni una sola de las buenas promesas del Señor a favor de Israel dejó de cumplirse, sino que cada una se cumplió al pie de la letra.” (Josué 21:43–45).

(3) Estos capítulos también nos explican que la entrada en la Tierra Prometida no procedió de una ola de triunfo constante. Anteriormente, Dios había advertido que no se la entregaría toda de un golpe a los israelitas. Ahora, se nos dice varias veces que una u otra tribu no logró desalojar a ciertos cananeos y que permanecieron allí “hasta hoy”. Por ejemplo, “Los descendientes de Judá no pudieron expulsar de la ciudad de Jerusalén a los jebuseos, así que hasta el día de hoy estos viven allí junto con los descendientes de Judá.” (15:63; cf. Jueces 1:21). De hecho, Jerusalén fue tomada (Jueces 1:8), pero no todos los jebuseos fueron arrojados. Este tipo de detalle nos ayuda a explicar por qué gran parte de la historia de Israel está saturada de la lucha entre la fidelidad y el sincretismo.

(4) Algunos de los elementos en estos capítulos le ponen punto final a ciertos fragmentos anteriores de la narrativa. Por ejemplo, Caleb aparece de nuevo. Él era colega de Josué entre el grupo inicial de los doce espías; ellos dos fueron los únicos que, en Cades Barnea, al acercarse por primera vez a la Tierra Prometida, animaron al pueblo a entrar con valentía y confiar en Dios. En consecuencia, son los únicos de su generación que aún están vivos para ver la Tierra Prometida con sus propios ojos. Y ahora, en Josué 15, Caleb sigue buscando nuevos territorios para conquistar y recibe su herencia. De forma parecida, los capítulos 20 y 21 detallan la designación de ciudades de refugio y los pueblos asignados para los levitas- pasos ordenados por el Código Mosaico.

(5) Se avecinan problemas. Las ambigüedades de la situación y la memoria de las últimas advertencias de Moisés le señalan al lector que estas victorias parciales, siendo buenas, no pueden ser la provisión final o máxima de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 194). Barcelona: Publicaciones Andamio.