Dejemos que Dios sea Dios

30 JUNIO

Carson, D. A.

Josué 2 | Salmos 123–125 | Isaías 62 | Mateo 10

Una vez oí a un erudito, que era sociólogo, confesionalmente evangélico, explicar con autoridad académica por qué ni siquiera un gran avivamiento, en caso de que el Señor escogiese darlo a un país como América, podría lograr una transformación rápida del país. El problema no sería solamente el grado de analfabetismo bíblico de los niveles más poderosos de la sociedad, ni la medida en la que el espíritu secularista ha penetrado los medios de comunicación, ni la historia de las decisiones del Tribunal Supremo que han influido en el contenido de los programas educativos y en los libros de texto de nuestras escuelas, sino también la manera como estos elementos se ven entrelazados los unos con los otros. Aun cuando, digamos, un millón de personas se convirtiesen, ninguna de estas estructuras sociales interdependientes ni de estos valores culturales se desmontaría por ese solo hecho.

Para ser justos con el estudioso en cuestión, estaba intentando, al menos en parte, advertirnos contra una manera de pensar que alimenta una concepción simplista de la religión y de los avivamientos –como si un buen avivamiento nos eximiera de la responsabilidad de pensar con profundidad y con amplitud a fin de ir cambiando la cultura.

El elemento fundamental que falta en esta clase de análisis es el enorme alcance de la soberanía de Dios. El análisis de este sociólogo es reduccionista. Parece como si pensase casi únicamente según categorías naturalistas, dejando al mismo tiempo un pequeño rincón para el fenómeno de la regeneración que, aunque sobrenatural, resulta más bien impotente. No estoy diciendo en absoluto que Dios no suela actuar a través de medios que se conforman a las estructuras regulares que Dios mismo ha creado. Pero es de suma importancia que insistamos en el hecho de que Dios no queda restringido por estas regularidades. Ante todo, la Biblia habla repetidamente de períodos cuando, por un lado, él sumerge a naciones enteras en la confusión y la angustia, o, por otro transforma a los seres humanos de tal manera al escribir su Ley en sus corazones, que anhelan por encima de todo lo demás, complacerle. Estamos ante un Dios que no queda limitado por las maquinaciones de los medios de comunicación. Es perfectamente capaz de intervenir de tal forma, sea con juicio o con gracia, que ejerza un control soberano sobre la manera de pensar de la gente.

Esto lo vemos en el Éxodo, a través del cántico de Miriam y Moisés, Dios se exalta por la manera en que desata el pavor entre las naciones a lo largo de las fronteras por las que Israel debe pasar en su camino hacia la Tierra Prometida (Éxodo 15:15–16). De hecho, esto es precisamente lo que Dios promete que hará (Éxodo 23:27). Y promete lo mismo con respecto a los Cananeos (Deuteronomio 2:25). Por tanto, no nos debería extrañar encontrarnos con pruebas inequívocas de tales intervenciones, cuando, por ejemplo, los israelitas se acercan a su primera ciudad amurallada (Josué 2:8–11; ver también 5:1).

Puede que Dios suela obrar normalmente a través de medios ordinarios. Pero no se halla limitado por dichos medios. Es por esto por lo que todo el poderío militar del mundo por sí sólo es incapaz de garantizar la victoria, e igualmente toda la secularización, todo el postmodernismo, el materialismo y el paganismo del mundo no puede por sí solo impedir el avivamiento. Dejemos que Dios sea Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 181). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Cánticos de los peregrinos

29 JUNIO

Carson, D. A.

Josué 1 | Salmos 120–122 | Isaías 61 | Mateo 9

Los quince salmos cortos (Salmos 120–134) que siguen inmediatamente después del 119 y están recogidos bajo el nombre “cánticos de los peregrinos”: es decir, cada salmo lleva este mismo título. La explicación más probable es que estos salmos se cantaban mientras los peregrinos iban de camino hacia Jerusalén y su templo para participar en las grandes fiestas: la gente “subía” a Jerusalén desde cada punto del mapa, de la misma manera como en Inglaterra la gente “sube” a Londres desde cada punto del mapa. Esto no quiere decir que cada uno de estos salmos se hubiese compuesto para este propósito. Algunos se escribieron sin duda dentro de contextos muy diferentes y fueron incluidos en esta colección por considerarse apropiados. De modo que el Salmo 120 parece reflejar una experiencia personal, pero podría ser entonado con gran empatía por peregrinos que se sentían enajenados al encontrarse rodeados por vecinos paganos –un tema importante mientras los peregrinos se acercaban a Jerusalén con el sentimiento de que volvían “a casa”–. De hecho, la serie de quince salmos va moviéndose, más o menos, desde una tierra lejana hasta Jerusalén (Salmo 122), y, finalmente, en el último de estos salmos, al arca de la alianza, los sacerdotes y el templo, “todos vosotros sus siervos, que de noche permanecen en la casa del Señor” (134:1).

El Salmo 121 se ubica dentro de esta matriz. La primera línea, “Alzaré mis ojos a los montes”, se arranca a menudo de su contexto para justificar algún tipo de misticismo, o cuando menos para una interpretación que sugiere que los montes y las montañas sirven para recordarnos la grandeza de Dios y, por tanto, sacarnos de nuestra introspección hacia él con el fin de acallar nuestro corazón agitado. De hecho, la referencia a los montes es enigmática. ¿Acaso nos hablan, a nivel simbólico, como el monte del Salmo 11:1, es decir, un lugar de refugio para los que se sienten amenazados o atemorizados? ¿Están plagados de bandidos, de modo que el primer versículo sirve para plantear el problema al cual el resto del salmo se dirige? O, tratándose de unos cánticos de peregrinos, tal vez sea más probable que este peregrino alce los ojos hacia los montes de Jerusalén, y que los montes evoquen no una especie de misticismo sino la sede del rey Davídico, el lugar del templo. Si esta es la interpretación correcta, es como si el salmista viera estos montes como una llamada a la reflexión en el Dios que los había creado (“el Creador del cielo y de la Tierra”, 121:2), el Dios que “cuida de Israel” (121:4) como el Redentor de la alianza.

Los últimos versículos del salmo rebosan de regocijo por el asombroso alcance del cuidado de Dios como “tu sombra protectora” (nótese que la palabra “tu” es singular, como si un peregrino hablase con otro peregrino). “El Señor es quien te cuida” (121:5) –día y noche (121:6), protegerá tu vida (121:7), en todo lo que hagas (“en el hogar y en el camino”, 121:8), “desde ahora y para siempre” (121:8).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 180). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Cómo se acaba el Pentateuco (Deuteronomio 34)?

28 JUNIO

Deuteronomio 33–34 | Salmo 119:145–176 | Isaías 60 | Mateo 8

¿Cómo se acaba el Pentateuco (Deuteronomio 34)?

En cierto sentido podríamos hablar de esperanza, o cuando menos de anticipación. Aunque a Moisés se le ha negado la posibilidad de entrar en la Tierra Prometida, los israelitas están a punto de hacerlo. La tierra que “fluye leche y miel” está a punto de ser suya. Josué, hijo de Nun, un hombre “lleno de espíritu de sabiduría” (34:9), ha sido nombrado. La bendición de Moisés sobre las doce tribus (Deuteronomio 33) se podría leer como la conclusión más adecuada de este capítulo de la historia del pueblo de Israel.

No obstante, esta sería una lectura demasiado optimista. Hay elementos convergentes que dejan al lector atento con unas expectativas más bien pesimistas respecto al futuro inmediato. Al fin y al cabo, durante cuarenta años el pueblo ha venido haciendo promesas y después rompiéndolas, y se les ha llamado repetidamente a una renovada fidelidad mediante unos juicios muy severos. En Deuteronomio 31, Dios mismo predice que “muy pronto esta gente me será infiel con los dioses extraños del territorio al que van a entrar. Me rechazarán y quebrantarán el pacto que hice con ellos” (31:16). Moisés, este líder increíblemente valiente y perseverante, no entra en la Tierra Prometida debido a que en una ocasión no honró a Dios ante el pueblo. En este aspecto, sirve de prototipo del gran patriarca hebreo que aparece al principio de la historia de Israel: Abraham muere como peregrino en una tierra ajena, que no le pertenece aún, pero al menos muere con honor y dignidad. Mientras, Moisés muere, en soledad vergonzosa, como peregrino a quien no se le permite entrar en la Tierra Prometida a él y a su pueblo. No se nos dice cuánto tiempo ha transcurrido entre la muerte de Moisés y la redacción de este último capítulo de Deuteronomio, pero debía ser un período largo, porque en el versículo 10 leemos: “Desde entonces no volvió a surgir en Israel otro profeta como Moisés”. No podemos por menos que escuchar en estas palabras la profecía de la llegada de un profeta como Moisés (18:15–18). En el momento de la redacción, otros líderes habían salido, algunos de ellos fieles y fuertes, pero ninguno había sido igual a Moisés, tal como se había prometido.

Estos elementos hacen que el lector pueda apreciar ciertas cosas, especialmente si el Pentateuco se ubica dentro de la línea narrativa de toda la Biblia. (1) La ley-alianza no tuvo el poder de transformar al pueblo de Dios de la alianza. (2) No nos debería extrañar que se produzcan más ejemplos de un declive catastrófico. (3) La principal esperanza reside en la venida de otro profeta como Moisés. (4) De alguna manera esto queda vinculado con las promesas que encontramos al final del relato: esperamos a alguien de la semilla de Abraham a través de quien todas las naciones de la Tierra serán bendecidas.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 179). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Padre, soy salvo”

27 JUNIO

Deuteronomio 31 | Salmo 119:121–144 | Isaías 59 | Mateo 7

Uno de los grandes temas de las Sagradas Escrituras es el mismo que sale con frecuencia en el Salmo 119– es el despliegue de las palabras que Dios da luz “y da entendimiento al sencillo” (119:130) en dos aspectos, como mínimo.

En primer lugar, “sencillo” se puede referir a los “necios”, los “cortos de entendimiento” –los que no entienden nada de cómo vivir en la luz de la revelación que Dios en su gracia ha provisto–. La exposición de las palabras de Dios da luz a personas así. Les enseña cómo tienen que vivir, y les da una profundidad y comprensión en cuestiones morales y espirituales que jamás habían demostrado anteriormente.

En segundo lugar, las palabras de Dios expanden nuestros horizontes. Unos párrafos antes, el salmista escribió: “¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día medito en ella. Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos porque me pertenecen para siempre. Tengo más discernimiento que todos mis maestros porque medito en tus estatutos. Tengo más entendimiento que los ancianos porque obedezco tus preceptos” (119:97–100). El salmista no está diciendo que tenga un coeficiente intelectual superior que sus profesores, ni que sea más inteligente que sus enemigos ni más listo que los ancianos del pueblo. Más bien está afirmando que la reflexión continua en la instrucción de Dios (su “ley”) y un compromiso profundo a obedecer los preceptos de Dios, provee al creyente unos parámetros para la vida y también un entendimiento más profundo que quedan inasequibles tanto a los que son teólogos brillantes pero nada más, como a los líderes políticos muy bien adiestrados.

Uno de mis propios estudiantes podría servir de ejemplo. A duras penas se licenció de la escuela secundaria. Jamás había entrado en ninguna iglesia. Cuando preguntaba a su padre acerca de Dios, se le decía que dejara de hablar de temas así. Se alistó en el ejército como un soldado raso y llevó una vida dura. En varias ocasiones se drogó con LSD. Finalmente se alistó en las fuerzas aéreas y comenzó a llevar su ejemplar de la Biblia (repartida a todos los soldados por los gedeones) por todas partes, como si fuese un talismán y así protegerse del peligro cuando saltaba de los aviones. En una ocasión la comenzó a leer –al principio despacio, ya que no era buen lector–. La leyó toda entera y se convirtió. Se acercó a uno de los capellanes y le dijo: “Padre, soy salvo”. El capellán le dijo: “Aun no”, y le inició en las clases de catecismo. Por fin encontró una iglesia que enseñaba la Biblia. Se liberó de las drogas (y al cabo de seis meses muchos de sus compañeros drogadictos en el ejército fueron expulsados), dejó el ejército, consiguió entrar en la universidad por los pelos, pero creció y maduró enormemente hasta encontrarse entre los mejores en Griego en la Facultad de Teología.

Absorbía profundamente las palabras de Dios. Transformó su vida y le proporcionó más entendimiento que muchos de sus profesores. “La exposición de las palabras de Dios da luz, y da entendimiento al sencillo”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 178). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Reflexionemos por un momento

26 JUNIO

Deuteronomio 31 | Salmo 119:97–120 | Isaías 58 | Mateo 6

Reflexionemos por un momento en las maneras muy diversas que Dios proveyó a Israel para ayudarles a recordar lo que había hecho para liberarlos y el carácter de la alianza que se habían comprometido obedecer.

Estaba el propio tabernáculo (más tarde el templo), con sus reglas y fiestas cuidadosamente prescritas: la alianza no era un sistema filosófico abstracto sino que se materializaba mediante ciertos rituales religiosos celebrados con regularidad. La nación se había constituido de tal manera que los Levitas estaban repartidos entre las demás tribus y les correspondía a ellos la tarea de enseñar la Ley a todo el pueblo. Las tres fiestas principales estaban diseñadas de tal manera que servían para reunir al pueblo en el tabernáculo central o en el templo, donde tanto los ritos como la lectura de la ley constituían un recordatorio muy poderoso (Deuteronomio 31:11). De vez en cuando, Dios enviaba a jueces y a profetas, a quienes él había revestido de poder, para llamar al pueblo a un compromiso renovado con la alianza. A las familias se les enseñaba con empeño cómo transmitir a sus niños la historia heredada, de modo que las generaciones, que jamás hubiesen visto ninguna manifestación del poder de Dios cuando el Éxodo, se instruyesen no obstante acerca de ello, y lo reclamasen como suyo. Además, las bendiciones de Dios fluirían de la obediencia, mientras la desobediencia conllevaría los juicios de Dios, por lo cual las circunstancias reales de la comunidad tenían como propósito inducir la reflexión y el autoexamen. Se establecía una legislación que fomentase una consciencia de separación por parte de la nación naciente con respecto a las demás naciones, irguiéndose ciertas barreras que impidiesen al pueblo dejarse contaminar con facilidad por las prácticas paganas que le rodeaba. A través de acontecimientos singulares –como los gritos antifonales en los montes de Gerizim y Ebal al entrar a tomar posesión de la tierra (ver la meditación del 22 de Junio)– se pretendía inculcar, en la memoria colectiva del pueblo, la fidelidad a la alianza.

Pero aquí se añade una disposición más. Al saber Dios que, tarde o temprano, el pueblo acabaría por rebelarse, manda a Moisés escribir un cántico de tanta fuerza y contenido que se convertirá en un tesoro nacional –y que sería un testimonio cantado contra ellos mismos (31:19–22)–. Alguien ha dicho, “Dejadme escribir los cánticos de la nación, y poco me importa quién escribe las leyes”. Se trata de un aforismo algo exagerado, por supuesto, pero contiene gran perspicacia. Este será el propósito del siguiente capítulo, Deuteronomio 32. Los israelitas aprenderán que, por así decirlo, su propio himno nacional será lo que les condenará si desoyen todas las demás llamadas a recordar y a obedecer.

¿Cuáles son las disposiciones, tanto en las Escrituras como en la historia, que Dios ha puesto al alcance de los herederos de la nueva alianza para que recordemos y obedezcamos? Reflexionemos en ellos. ¿Cómo los estamos utilizando? Entre los cánticos que cantamos, ¿Cuáles son los cánticos que nos ayudan a poner en práctica este principio, que instruyen al pueblo de Dios en asuntos realmente sustanciosos y que van más allá del mero sentimentalismo?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 177). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La palabra reveladora de Dios

25 JUNIO

Deuteronomio 30 | Salmo 119:73–96 | Isaías 57 | Mateo 5

En su despliegue de las reflexiones acerca de Dios y de su revelación, el Salmo 119 es insuperable. Aquí me concentraré en los temas que aparecen en el Salmo 119:89–96:

(1) La palabra reveladora de Dios, la palabra que se ha puesto por escrito para convertirse en “Las Escrituras”, no es algo que Dios ha ido improvisando sobre la marcha, como si no supiese o no pudiese predecir cómo saldría todo. Nada más lejos de la verdad: “Tu palabra, Señor, es eterna, y está firme en los cielos” (119:89). Siempre estaba allí, eterna, en la mente de Dios. He aquí una de las razones por las cuales podemos confiar absolutamente en él; no hay nada que le pueda sorprender ni coger desprevenido. Como la palabra de Dios está firme en los cielos, el salmista puede añadir: “Tu fidelidad permanece para siempre” (119:90).

(2) Hay un enlace entre la palabra de la revelación, y la palabra de la creación y la providencia. Por esto, la primera parte del verso 90, “Tu fidelidad permanece para siempre;” está vinculada con lo que le precede (el final del 89) y con lo que sigue (final del verso 90). La fidelidad de Dios a través de todas las generaciones está fundada en la obra creadora y providencial de Dios: “estableciste la tierra, y quedó firme. Todo subsiste hoy, conforme a tus decretos, porque todo está a tu servicio” (119:90–91). La misma mente omnisciente, ordenante y reflexiva permanece detrás tanto de la Creación como de la revelación.

(3) Lejos de ser opresora y restrictiva, la instrucción de Dios es libertadora y esclarecedora: “He visto que aun la perfección tiene sus límites; ¡Sólo tus mandamientos son infinitos!” (119:96). Toda empresa humana, terrenal, se enfrenta con límites. Están limitados los recursos, el tiempo y la cantidad de vida que podemos dedicar a estas empresas; incluso el proyecto más sublime que se pueda imaginar puede recibir una entrega limitada de nuestra parte. Los límites se convierten en barreras frustrantes. Más de un comentarista ha observado que este verso constituye un resumen de dos líneas del libro de Eclesiastés, en el cual cada actividad que se desarrolla “bajo el sol” corre su curso y llega a su fin, o demuestra ser insatisfactoria y fugaz. En nuestra experiencia sólo hay una excepción: “sólo tus mandamientos son infinitos” (119:96).

Aquí encontramos más que una simple repetición de la conocida paradoja: la esclavitud a Dios es la perfecta libertad. Para empezar, hay que definir la libertad. Si nuestros pasos se dirigen según la Palabra de Dios, hay libertad del pecado (ver 119:133); la observación de los preceptos de Dios está vinculada con el “caminar en libertad” (119:45). Además, “reflexionar en” y “conformarse con” las palabras de Dios genera no una estrechez de miras pedante, sino una amplitud de espíritu que se extiende hacia aquello que sólo la mente de Dios puede alcanzar: “tus mandamientos son infinitos”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 176). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Lo secreto le pertenece al Señor

24 JUNIO

Deuteronomio 29 | Salmo 119:49–72 | Isaías 56 | Mateo 4

Lo secreto le pertenece al Señor nuestro Dios, pero lo revelado nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos para siempre, para que obedezcamos todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 29:29). Hay en este texto dos puntos principales que requieren reflexión.

En primer lugar, lo que corresponde a la comunidad del pacto es centrarse en aquello que Dios ha revelado. No se trata sólo de cosas que “pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre”, sino de cosas que nos han sido dadas para que “obedezcamos todas las palabras de esta ley”. Esta es la principal razón por la cual este texto se ha ubicado al final de un capítulo largo sobre la renovación a través del pacto. Es verdad que hay muchas cosas ocultas que no podremos saber, pero lo que sí se ha revelado –en este contexto se trata de las condiciones del pacto con Moisés, con las enormes posibilidades que contiene tanto para la bendición como para el juicio– es lo que tiene que ocupar nuestro interés y producir en nosotros una obediencia consecuente.

En segundo lugar, tenemos que reconocer con franqueza que hay cosas que no nos han sido reveladas. No comprendemos bien, por ejemplo, la relación entre el tiempo y la eternidad, y tampoco alcanzamos a comprender cómo Dios, quien habita la eternidad, puede darse a conocer en nuestra historia finita de tiempo/espacio. Se nos ha revelado que así lo hace –y tenemos varios términos para describir ciertos elementos de esta revelación (por ejemplo: encarnación)–, pero no sabemos cómo se realiza esto. No comprendemos cómo Dios puede ser al mismo tiempo personal, transcendente y soberano; no comprendemos cómo el único Dios puede ser también una trinidad.

Sin embargo, en ninguno de estos casos supone refugiarse en la ignorancia de una manera sutil e irresponsable, o detrás de lo irracional o misterioso. Cuando admitimos, e incluso insistimos, que hay misterios en torno a estos asuntos, no estamos admitiendo que no tengan sentido o que sean contradictorios en sí mismos. Más bien lo que decimos es que nuestro conocimiento es limitado y reconocemos nuestra ignorancia. Lo que Dios no haya revelado acerca de sí mismo no se puede conocer. “Lo secreto pertenece a Dios”.

De hecho, a causa del contraste que el texto presenta, lo que se da a entender es que sería presuntuoso pretender que podemos saber estas cosas, o incluso pasar demasiado tiempo intentando descubrirlas, pues sería intentar acceder al territorio que sólo pertenece a Dios. Dicho esto, algunas cosas se nos esconden para incitarnos a buscar. En Proverbios 25:2 leemos que corresponde a la gloria de Dios esconder un asunto, y corresponde a la gloria de los reyes sondearlo. Pero no es una regla universal: el primer pecado consistió en intentar alcanzar conocimiento sobre aquello que debía permanecer oculto, a fin de ser “como Dios”. En tales casos, el camino de los sabios es el de la adoración reverente hacia aquél que conoce todas las cosas, junto con un sometimiento obediente a aquello que él, por su gracia, ha escogido revelar.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 175). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Maldiciones!

23 JUNIO

Deuteronomio 28:20–68 | Salmos 119:25–48 | Isaías 55 | Mateo 3

Puede que no haya ningún pasaje en la Biblia más perturbador que Deuteronomio 28:20–68. El escenario que el texto describe es el de los juicios que caerían sobre el pueblo de Dios si desobedecían los términos del pacto y se rebelaban contra Dios, “Si no te empeñas en practicar todas las palabras de esta ley, que están escritas en este libro, ni temes al Señor tu Dios, ¡nombre glorioso e imponente!” (28:58)

Hay muchos elementos en estas maldiciones que nos llaman la atención. Me quiero centrar en dos de ellos.

En primer lugar, los juicios detallados aquí se podrían interpretar desde un punto de vista secular como accidentes de unas circunstancias políticas y sociales cambiantes, o dentro de una cosmovisión pagana como el fatal destino desencadenado por unos dioses malévolos. A primera vista, todos los juicios se desarrollan dentro del mundo natural: la enfermedad, la sequía, la hambruna, la derrota militar, los forúnculos, la pobreza, el sometimiento a un poder superior, las plagas de langostas, las desavenencias económicas, el cautiverio, la esclavitud, los estragos terribles de los sitios interminables, el declive demográfico, la diáspora entre las naciones. En otras palabras, no hay ningún juicio que parezca ser una clara intervención desde los cielos. Por lo tanto, los que han dejado de escuchar las palabras de Dios se encuentran en la horrible situación de sufrir castigos que no creen proceder de él. Y esto forma parte justamente del castigo: se enfrentan a castigos, pero en su incredulidad están tan endurecidos que ni siquiera son capaces de ver tal castigo como lo que es. Las bendiciones que habían gozado por la benévola misericordia, no habían sabido recibirlas como dones de Dios; las maldiciones que ahora sufrían se infligen desde el placer de Dios (28:63), y siguen incapaces de reconocerlos como dádivas a Dios. La ceguera se enquista, se vuelve sistémica, persistente, humanamente incurable.

En segundo lugar, los juicios de Dios se extienden más allá de las tragedias infligidas desde el exterior hasta mentes que están totalmente descolocadas –en parte por la magnitud de la pérdida, pero también por Dios mismo–. El Señor dará a estas personas “…ni paz ni descanso. El Señor mantendrá angustiado tu corazón; tus ojos se cansarán de anhelar, y tu corazón perderá toda esperanza. Noche y día vivirás en constante zozobra, lleno de terror y nunca seguro de tu vida” (28:65–66). Este Dios no sólo controla los sucesos materiales de la historia, sino también las mentes y los sentimientos de los que caen bajo sus juicios.

Ante un Dios así, es indeciblemente necio intentar escondernos o engañarle. Lo que debemos hacer es arrepentirnos y arrojarnos a sus pies pidiendo misericordia, pidiéndole la gracia necesaria para seguirle en un espíritu de obediencia honesta, conscientes de lo terrible que es la rebeldía, con los ojos abiertos para percibir y recibir tanto su bondad providencial como sus juicios providenciales. Debemos ver la mano de Dios en todo; debemos juzgarlo todo, resueltos a centrarnos inamoviblemente en él en nuestra manera de interpretar nuestras realidades.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 174). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Meditar en la Palabra

22 JUNIO

Deuteronomio 27:1–28:19 | Salmo 119:1–24 | Isaías 54 | Mateo 2

En esta meditación, los textos de Deuteronomio y Salmos convergen.

El escenario descrito por Deuteronomio 27–28 es impresionante. Cuando los israelitas entran en la Tierra Prometida, deben llevar a cabo un acto solemne de compromiso nacional. Deben dividirse en dos grandes compañías, cada una compuesta por cientos de miles de personas. Seis de las tribus deben ponerse en las pendientes del Monte Gerizim y las otras seis en las del Monte Ebal. Las dos grandes multitudes luego debían llamar la una hacia la otra en una serie de respuestas antifonales. Durante algunas partes de esta ceremonia, los Levitas, quienes se encontraban con los otros en el Monte Gerizim, debían pronunciar unas frases prescritas y la multitud entera clamaba: “¡Amén!”. En otras partes, la multitud del Monte Gerizim clamaba las bendiciones de la obediencia y la del Monte Ebal clamaba las maldiciones de la desobediencia. El impacto dramático de este acontecimiento, en el momento de llevarse a cabo (Josué 8:30–32), tuvo que ser asombroso. El propósito de este ejercicio fue que el pueblo en su conjunto comprendiese la absoluta seriedad con la que hay que tomar la palabra de Dios si realmente queremos gozar de su bendición, y las terribles consecuencias que contrae la desobediencia, la cual da lugar a la maldición divina.

El Salmo 119 es muy diferente desde el punto de vista formal, pero aquí también nos damos cuenta del énfasis extraordinario que pone en la Palabra de Dios. Parece como si el capítulo más largo de todas las Escrituras tuviese como propósito desplegar el significado del segundo versículo del libro de los Salmos: “sino que en la ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella” (1:2, ver también la meditación que corresponde al 1 de Abril). El Salmo 119 es un poema acróstico: cada una de las 22 letras del alfabeto hebreo sirve para introducir cada uno de los ocho versículos cuyo tema, en todos los casos, es la palabra de Dios. A lo largo de este poema, se emplean ocho términos casi sinónimos para referirse a las Escrituras: la ley (que tal vez se traduce mejor con la palabra instrucción, y que sugiere la revelación), los estatutos (término que nos llama la atención a la fuerza vinculante de las Escrituras), los preceptos (término que tiene que ver con la benévola supervisión de Dios, que cuida todos los detalles de quienes son objeto de su protección), los decretos (las decisiones del Juez supremo y sabio), la palabra (tal vez el término más amplio, que engloba toda la verdad de un Dios que se ha autorrevelado, sea en forma de promesa, de relato, de estatuto o de mandamiento), mandamientos (basados en la autoridad que Dios tiene para decir a sus criaturas lo que tienen que hacer), promesas (palabra que viene del verbo “decir”, pero que se emplea en contextos que nos recuerdan la palabra inglesa “promise”), y testimonios (la acción decidida con la cual Dios “testifica” o “da testimonio” de la verdad contra todo aquello que es falso; la palabra en Hebreo a veces se traduce por “estatuto” en algunas versiones inglesas.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 173). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Este es el día que hizo YAHVÉ

21 JUNIO

Deuteronomio 26 | Salmos 117–118 | Isaías 53 | Mateo 1

Cuando yo era niño había una placa en una pared de nuestra casa que rezaba: “Este es el día que hizo Yahvé, nos regocijaremos y nos alegraremos en él”. Son las palabras del Salmo 118:24.

Mi padre solía gentilmente referirnos a este texto cuando nos quejábamos por trivialidades: que si hacía un tiempo caluroso y pegajoso, por ejemplo, o que si llovía a cántaros y no podíamos salir a jugar. “Este es el día que hizo Yahvé, nos regocijaremos y nos alegraremos en él”. “¡Qué día (o lugar, o vacación, o visita a familiares) más aburrido!”, decíamos. “Este es el día que hizo Yahvé, nos regocijaremos y nos alegraremos en él”. A veces repetía algunas de las palabras con un énfasis muy particular: “Este es el día que hizo YAHVÉ, nos regocijaremos y nos alegraremos en él”.

No es que mi padre no escuchara nuestras importantes quejas; no es que las Escrituras no tengan otras cosas qué decir, pero cada generación de creyentes tiene que aprender que la queja es una afrenta a la soberanía y la bondad de Dios.

Sin embargo, el texto se debe leer, en primer lugar, dentro de su contexto. Anteriormente, el salmista ha expresado su compromiso de confiar en Dios y no en la ayuda de ningún ser humano (118:8–9), aunque se encuentre rodeado de enemigos (118:10). Ahora afirma que entre sus “enemigos” incluye los “constructores” (118:22) –personas con poder dentro de Israel. Estos constructores eran capaces de rechazar ciertas piedras a la hora de construir los muros de sus edificios– y, en este caso, la piedra que optaron por rechazar se ha convertido en la piedra del ángulo. Con casi toda seguridad, en esta primera instancia, la piedra a la que se refiere, la piedra del ángulo, es el rey Davídico, tal vez David mismo. Los hombres poderosos lo habían rechazado, pero resultó ser la piedra del ángulo. Además, este resultado no se consiguió mediante unas maquinaciones ni manipulaciones inteligentes. Nada más lejos de la verdad. “De parte de Yahvé es esto y es cosa maravillosa a nuestros ojos” (118:23). Isaías, por su parte, se refiere a gente de sus propios días cuando dice que hacen de la mentira su refugio mientras rechazan la piedra del ángulo de Dios (Isaías 28:15–16). La última instancia de este patrón se encuentra en Jesucristo, rechazado por sus propias criaturas, y no obstante escogido por Dios, la definitiva piedra del ángulo, y preciosa (Mateo 21:42; Romanos 9:32–33; Efesios 2:20; 1 Pedro 2:6–8) – una piedra cuya valor se puso plenamente de manifiesto con su resurrección de la muerte (Hechos 4:10–11)–. Ya sea en los tiempos de David o en el cumplimiento final de estas palabras en Cristo, el maravilloso triunfo de Dios nos llama a la alabanza: “Este es el día que hizo Yahvé, nos regocijaremos y nos alegraremos en él” (118:24).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 172). Barcelona: Publicaciones Andamio.