El Siervo Sufriente

El Siervo Sufriente

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5 FEBRERO

Génesis 38 | Marcos 8 | Job 4 | Romanos 8

Al ser preguntados, los discípulos de Jesús confiesan quién es él (Marcos 8:27–30). Cristo es la forma griega de Mesías, que tiene un trasfondo hebreo. Esta confesión desata un aluvión de nueva revelación por parte del Señor Jesús (8:31–38). Ahora enseña que el Hijo del Hombre “tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que a los tres días resucite” (8:31). Tal como señala Marcos, Jesús “Habló de esto con toda claridad” (8:32). Al parecer, con anterioridad había comentado este asunto de una manera más encubierta.

Viviendo como lo hacemos de este lado de la cruz, nos resulta fácil ser un tanto condescendientes con la reacción de Pedro y la reprensión del Maestro (8:32). El discípulo consideraba sencillamente que Jesús debía estar equivocado en esto. Después de todo, no se mata a los mesías: ellos ganan siempre. ¿Cómo podía ser que el Mesías ungido de Dios, que hacía milagros como Jesús, pudiera ser derrotado? Por supuesto, Pedro estaba en un error; era una gran equivocación. Y es que ni siquiera los discípulos habían llegado a entender aún que Jesús, el Mesías, era el Rey conquistador y, a la vez, el Siervo Sufriente.

Pero aún había más. Jesús no solo insistió en que él mismo iba a sufrir, morir y resucitar, sino que advirtió: “Si alguien quiere ser mi discípulo —les dijo—, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga” (8:34). Para un oyente del siglo I, este tipo de lenguaje sonaría desconcertante. “lleve su cruz” no significaba soportar un dolor de muelas, perder el trabajo o una discapacidad personal. La crucifixión se consideraba, universalmente, el tipo de ejecución romano de mayor barbarie, y apenas se mencionaba entre la gente educada. El criminal condenado “llevaba su cruz”, es decir, cargaba con el travesaño y lo llevaba hasta el lugar de la ejecución. Cuando a uno le tocaba llevar su cruz, no había esperanza para él. Solo le esperaba una muerte ignominiosa y espantosa.

A pesar de todo, este es el lenguaje utilizado por Jesús, porque lo que todos sus discípulos deben aprender es que ser un seguidor suyo implica una dolorosa renuncia al interés personal para buscar de todo corazón los intereses del Señor. El abrupto lenguaje utilizado no es una invitación al masoquismo espiritual, sino a la vida: la norma infalible del reino es que centrarse en uno mismo desemboca en muerte, mientras que “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará” (8:35). Este compromiso sólo acarreará la pérdida de la vida física para unos cuantos; para todos nosotros, significa morir a uno mismo y ser discípulo de Jesús. Y esto incluye confesar a Jesús con alegría y negarse por principio a avergonzarse de él y de sus palabras, en esta generación adúltera y pecadora (8:38).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 36). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Tradiciones”

“Tradiciones”

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4 FEBRERO

Génesis 37 | Marcos 7 | Job 3 | Romanos 7

Muchos protestantes recelan de las “tradiciones” y, con frecuencia, en la polémica popular, retratan a los católico-romanos como gente que abraza la Biblia más las tradiciones, mientras nosotros nos supeditamos tan solo a las Escrituras. Antes de poder ver lo que Marcos 7 dice sobre las tradiciones, hay algunos asuntos que han de ser aclarados.

La primera observación es histórica. Las pruebas demuestran que, hasta la Reforma, la Iglesia Católica no había articulado la clara distinción que prevaleció tras ella. Aunque la Iglesia Católica postulaba una doctrina bastante innovadora, intentó por todos los medios vincularla de algún modo a las Escrituras mediante una serie de inferencias. No obstante, al ser confrontadas por la sola Scriptura (“solo las Escrituras”) de la Reforma, la Iglesia Católica alegó razones a favor de un criterio de revelación que insistía en que la verdad fue un depósito dado a la iglesia misma, de la que solo una parte se halla en las santas Escrituras y el resto en otras tradiciones que esta debía conservar y transmitir. En este tipo de fórmula, la tradición se establecería, pues, en contraposición a las Escrituras como algo adicional.

Esto nos conduce a la segunda observación, que alude al texto del Nuevo Testamento. Aquí se puede encontrar la palabra tradición o tradiciones, utilizadas tanto en sentido positivo como negativo. Este término se refiere sencillamente a lo que se va transmitiendo. Cuando se trata de la enseñanza apostólica, las tradiciones son algo bueno (p. ej., 1 Co. 11:2); si nos referimos a conflictos con lo declarado por Dios, entonces son inútiles y peligrosas (como aquí, en Marcos 7).

Esta distinción entre los diferentes tipos de tradición no es la misma que, por lo general, se pueda hacer hoy día. Distinguimos tradiciones intrínsecamente neutras, aunque útiles para la edificación de las familias o las comunidades —tradiciones familiares u otras interesantes de tipo cultural o eclesiástico—, así como otras que son represivas, restrictivas o agobiantes. En resumen, hacemos la diferenciación basándonos en el efecto social de las mismas y no en su veracidad. Sin embargo, el Nuevo Testamento no las alaba o critica según su función social, sino a la luz de su conformidad o distanciamiento con la Palabra de Dios. En este caso de Marcos 7:1–13, las tradiciones que Jesús condena son las que permiten que las personas eludan lo que las Escrituras afirman con toda claridad.

En tercer lugar, debemos reconocer que los evangélicos confesos que, de nombre, evitan la tradición, a veces abrazan tradiciones que, de hecho, adaptan la Palabra de Dios. Pueden ser interpretaciones tradicionales de la Escritura o prácticas eclesiales y formas de conducta tradicionales “permitidas” en nuestros círculos, pero muy alejadas de las sagradas Escrituras. En cualquier caso, la fidelidad hacia Cristo ordena una reforma por medio de la Palabra de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 35). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡No hay excusas!

¡No hay excusas!

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3 FEBRERO

Génesis 35–36 | Marcos 6 | Job 2 | Romanos 6

En el relato que Marcos hace de la alimentación de los cinco mil y de la ocasión posterior en que Jesús camina sobre las aguas (Marcos 6), se constata un pequeño punto y aparte que provoca una provechosa reflexión. Tan pronto como Jesús subió al barco en medio de la fuerte tormenta, el viento cesó. Según comenta Marcos, los discípulos “Subió entonces a la barca con ellos, y el viento se calmó. Estaban sumamente asombrados, porque tenían la mente embotada y no habían comprendido lo de los panes.” (6:51–52).

La primera observación es la más evidente: la sorpresa de los discípulos demuestra el triste hecho de lo poco que habían reflexionado sobre el espectacular milagro realizado por Jesús tan solo unas cuantas horas antes. A primera vista, una persona que domina la naturaleza tomando unos pocos bocados de comida y alimentando a cinco mil personas, sin duda podrá también manejarla de forma suficiente como para domesticar una tormenta. No debemos adoptar una actitud demasiado petulante y condenar a los discípulos, sino más bien reflexionar sobre la facilidad con que olvidamos la misericordia con que Dios obra en nuestra propia vida y reconocer con franqueza (y avergonzados) que nos sorprendemos cuando interviene una vez más.

La segunda observación es un poco más profunda. Si Jesús es verdaderamente el Mesías prometido, si goza de los poderes ya mostrados, ¿puede un discípulo responsable pensar que pierda el control? ¿Puede un miembro comprometido de los doce imaginar que un Mesías así podría hacer discípulos para perderlos en un accidente de navegación? Con esto no sugiero que los seguidores de Jesús estén exentos de sufrir accidentes hoy día. Claro que puede ocurrir. Este es un mundo caído y los que siguen a Jesús también se ven envueltos en los entramados trágicos y crueles de la caída. Sin embargo, aun nosotros debemos aprender a confiar en la sabia providencia de Dios en medio de las circunstancias difíciles y atemorizantes. Con toda seguridad, aquí hay algo que los discípulos deben aprender: su propio servicio particular como núcleo esencial de los discípulos está tan vinculado al ministerio de Jesús que resulta impensable que pudieran morir de manera “accidental”.

Y, en tercer lugar, no podemos evitar reflexionar en la conclusión de Marcos: “tenían la mente embotada”. Esto no significa que fueran estúpidos ni que, aunque su mente estuviera bien, sus afectos se distorsionaran, como si se estuviera refiriendo al centro de la personalidad humana; por tanto, tampoco se refiere exactamente a una percepción de la mente (esto quedaría demasiado restringido a un aspecto cerebral). La totalidad de su orientación seguía siendo excesivamente limitada, muy centrada en lo inmediato de sus temores, coartada por su incapacidad de penetrar en el misterio completo de la identidad de Jesús y el por qué de su venida.

Nosotros, que vemos la cruz y la resurrección del otro lado, tenemos aún menos excusas que ellos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 34). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“los buenos” y “los malos”

“los buenos” y “los malos”

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2 FEBRERO

Génesis 34| Marcos 5 | Job 1 | Romanos 5

alimentemos_el_almaLas películas y los libros de venganza son tan propios de la cultura popular que rara vez pensamos en la ambigua naturaleza corrosiva del pecado. Solo existen “los buenos” y “los malos”. Sin embargo, en el mundo real, el pecado no corrompe únicamente a quienes hacen el mal, sino también a aquellos que responden con arrogante indignación; créanme que es algo bastante habitual. Las únicas personas que no tienen culpa en este terrible suceso de violación y saqueo (Génesis 34) son las víctimas: Dina misma, por supuesto, y los de Siquem que, sin tener nada que ver con el pecado del hijo de Hamor o la corrupción de este, fueron masacrados o esclavizados.

Siquem, hijo de Hamor, es culpable sin lugar a dudas. A la luz de la violación cometida contra Dina, sus esfuerzos por pagar la dote y asegurarse de que los demás varones accedieran a la circuncisión parece más bien un egoísmo decidido y deliberado que una noble expiación; en cierto modo, era como si la violación no hubiera acabado. El razonamiento de Hamor y su hijo, tanto al acercarse a la familia de Jacob como a su propio pueblo, está motivado por el egoísmo y se caracteriza por las medias verdades. No reconocen su delito ni hablan con sinceridad, e intentan influenciar a su propio pueblo despertando su avaricia.

Los hermanos de Dina, “muy dolidos y, a la vez, llenos de ira” (34:7), pueden contar con nuestra comprensión, pero sus posteriores actos son indefendibles. Con extraordinaria hipocresía, utilizan el rito religioso más importante de su fe como medio para incapacitar a los hombres del pueblo (el término ciudad se refiere a una comunidad, cualquiera que sea su tamaño), para matarlos y llevarse a sus esposas, hijos y riquezas como botín. ¿Acaso estaban honrando así a Dina? ¿Agradaba esto a Dios?

También el papel desempeñado por Jacob resulta, como poco, ambiguo. Su silencio inicial (34:5) pudo no ser más que conveniencia política, pero no parece noble y carece de principios. Su conclusión final (34:30) es, sin duda, una valoración precisa de los peligros políticos; sin embargo, no proporciona justicia ni alternativa.

¿Qué aporta este capítulo al libro de Génesis, y, de hecho, al canon?

Mucho. Para empezar, nos recuerda un patrón recurrente. Una vez más, Dios, en su misericordia, intervino y ayudó a su pueblo en medio de una crisis (como lo hizo en Gn. 32–33), pero esto no significaba que ya estuvieran fuera de cualquier peligro moral o que no fueran hacia la corrupción. Más bien nos aclara de nuevo que la línea prometida no se ha escogido por una superioridad intrínseca; este capítulo es un argumento implícito de la primacía de la gracia. Se diría que la crisis de Siquem fue la que llevó a la familia de regreso a Betel (Gn. 35:1, 5), dando fin a los movimientos de Jacob y, como hecho aún más relevante, recordando al lector que “la casa de Dios” es más importante que cualquier morada meramente humana.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 33). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La tierra que produce fruto

La tierra que produce fruto

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1 FEBRERO

Génesis 33 | Marcos 4 | Ester 9–10 | Romanos 4

alimentemos_el_almaLa “parábola del sembrador” (Marcos 4:1–20) tal vez debería llamarse más bien “la parábola de los terrenos”, puesto que lo que proporciona a esta parábola su vida y su profundidad, es la diversidad de los terrenos en las cuales la semilla es sembrada.

Puesto que Jesús mismo ofrece una interpretación de su propia parábola, no tendría que haber ninguna duda en cuanto a lo que quiere enfatizar mediante ella. La semilla es la “palabra”, es decir, la palabra de Dios, la cual equivale aquí al Evangelio, las buenas noticias del reino. Igual que los agricultores del mundo antiguo sembraban su semilla esparciéndola manualmente, está palabra es esparcida con amplitud. Parte de la semilla cae en una tierra que por un motivo u otro es inhóspita: quizá en la dura tierra de un camino, o quizá las aves vienen y se la comen antes de que pueda echar raíces en los surcos, o tal vez cae en medio de espinas, las cuales ahogan los nuevos brotes, o tal vez se trata de un terreno muy superficial con roca caliza justo por debajo, de modo que no puede echar raíces profundas, capaces de absorber la humedad necesaria para su crecimiento. Las semejanzas con respecto a las personas que reciben la palabra son evidentes. Algunos son duros, y resisten cualquier presentación de la palabra; otros se dejan cautivar rápidamente por las distracciones que Satanás les pone delante; los hay que encuentran que las pruebas y la prosperidad ahogan toda preocupación por las cuestiones espirituales; otros reciben la palabra con gozo, y parecen ser los más prometedores de todos, pero nunca echan raíces suficientemente profundas para sostener la vida. Pero gracias a Dios por la tierra que produce fruto, incluso a veces fruto abundante.

Hasta aquí, está bastante claro. No obstante, hay dos aspectos de esta parábola que merecen nuestra reflexión.

El primero es que esta parábola, como muchas de las otras, modifica la perspectiva más extendida de que con la llegada del Mesías habría una ruptura repentina y decisiva: los culpables y los sucios serían condenados, y los justos y los limpios disfrutarían de un régimen transformador. Así sería el reino final. Pero Jesús dibuja un escenario del reino algo diferente. En la parábola de la semilla de mostaza (4:30–32), por ejemplo, el reino se parece a un árbol cuyos comienzos son pequeños, pero que crece y llega a ser formidable; aquí se trata de crecimiento, no de transformación brusca y apocalíptica. Así también en la parábola del sembrador; durante un periodo, la palabra será esparcida extensamente y la gente responderá de maneras diferentes, con resultados muy diversos en cuanto al fruto producido.

El segundo aspecto es que no todos los que muestran las primeras señales de vida de reino llegan a echar raíces y llevan fruto. Esta verdad merece reflexión y exige autoexamen.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 32). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“sintió mucho miedo, y se puso muy angustiado”

“sintió mucho miedo, y se puso muy angustiado”

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31 ENERO

Génesis 32 | Marcos 3 | Ester 8 | Romanos 3

alimentemos_el_alma¡Qué transformación se ha producido en Jacob! (Génesis 32). A primera vista, por supuesto, no han cambiado muchas cosas. Deja Beerseba y se dirige hacia Padán-aram, temiendo por su vida; a su hermano Esaú, le sobraban motivos, desde su propia perspectiva, para matarle. Ahora, vuelve a casa, aterrado ante la posible reacción de su hermano. También en el plano superficial, se podría argumentar que han cambiado muchas cosas; Jacob era un hombre soltero cuando abandonó las tiendas de sus padres, llevándose prácticamente nada, mientras ahora retorna un hombre rico, casado y con muchos hijos.

Pero las diferencias más profundas entre los dos viajes se manifiestan en su actitud totalmente transformada hacia Dios. En su viaje de ida, Jacob no toma ninguna iniciativa en lo que se refiere a asuntos espirituales. No hizo más que quedarse dormido (Génesis 28). Es Dios quien interviene en su vida con la visión extraordinaria de una escalera que sube hasta el cielo. Al despertarse, Jacob reconoce que lo que ha vivido debe ser una especie de manifestación de parte de Dios (28:16–17), pero su respuesta es intentar negociar con Dios: si Dios le concede seguridad, prosperidad y un feliz regreso a casa al final, Jacob, en cambio, reconocerá a Dios y le entregará el diezmo.

Ahora todo ha cambiado. Es cierto que otra vez es Dios quien toma la iniciativa: Jacob se encuentra con unos mensajeros angélicos (32:1–2). Jacob decide actuar con prudencia y envía por delante a unos cuantos de su séquito para anunciar a Esaú que vuelve su hermano. Esto da lugar a una noticia inquietante: Esaú sale a su encuentro, pero con cuatrocientos hombres.

Por un lado, Jacob pone en marcha un plan que ha tramado anteriormente con gran esmero: una ola de regalos tras otra llega a Esaú, acompañados del más alto grado de cortesía y de respeto por parte de Jacob. Por otra parte, Jacob reconoce que las cosas están fuera de su alcance. Ya ha desaparecido el espíritu negociador “sintió mucho miedo, y se puso muy angustiado” (32:7). Jacob actúa, y luego ora pidiendo ayuda. Le recuerda a Dios las promesas del pacto, confiesa su propia indignidad, reconoce la gran cantidad de bienes que ha recibido inmerecidamente, confiesa la angustia que sufre (32:9–12). Y luego, en sus horas más oscuras, lucha con esta extraña manifestación de Dios mismo (32:22–30).

Han pasado unos veinte años desde que Jacob emprendió su viaje de ida. Algunas personas no aprenden nada en veinte años. Jacob sí ha aprendido humildad, tenacidad, temor piadoso y cómo orar. Nada de esto supone que esté tan paralizado por el miedo, que no haga nada excepto refugiarse en la oración. Más bien significa que hace lo que puede, convencido, sin embargo, de que la salvación viene del Señor.

Cuando amanezca el nuevo día, es posible que camine cojo, pero es un hombre más fuerte y maduro.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 31). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Oración, ayuno y limosnas

Oración, ayuno y limosnas

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30 ENERO

Génesis 31 | Marcos 2 | Ester 7 | Romanos 2

alimentemos_el_almaLos tres actos principales de piedad entre los judíos eran la oración, el ayuno y las limosnas (es decir, dar dinero a los pobres). Por lo tanto, cuando los discípulos de Jesús parecían más bien indiferentes delante del segundo de estos actos, era inevitable que esto despertara cierto interés. Los fariseos ayunaban, los discípulos de Juan ayunaban, pero el ayuno no era uno de los rasgos característicos de los discípulos de Jesús. ¿Por qué no? (Marcos 2:18–22)

La respuesta de Jesús es sobrecogedora: “¿Acaso pueden ayunar los invitados del novio mientras él está con ellos?” (2:19–20). Aquí tenemos a Jesús, profundamente consciente de quién es, del hecho de que él mismo es el novio mesiánico, y que en su presencia inmediata la respuesta apropiada es el gozo. Amanecía el reino; el rey ya estaba presente; el día de las bendiciones prometidas se inauguraba. Este no era tiempo para el duelo, señalado por el ayuno.

Sin embargo, cuando Jesús siguió diciendo que el novio llegaría a ausentarse de sus discípulos, y que este suceso sí sería motivo de duelo, es difícil que nadie realmente captara el significado de esta afirmación. Después de todo, con la llegada del Mesías, habría justicia y el triunfo de Dios. ¿Quién podría hablar de que el novio fuese arrebatado? La analogía del novio comenzaba a volverse más bien opaca.

Pero tras la muerte y resurrección de Jesús, tras su exaltación a la gloria, y la proclamación de la promesa de su retorno al final de los tiempos, las piezas comenzarían a encajar. Los discípulos experimentarían un terrible dolor durante los días en la tumba, antes de que la resurrección gloriosa de Jesús pusiese fin a su desesperanza. Y en un sentido atenuado, los discípulos de Jesús conocerían ciclos de sufrimiento, los cuales requerirían días de ayuno mientras afrontasen los ataques del Maligno y esperasen el retorno glorioso del Maestro. Pero ahora mismo, el duelo y el ayuno eran francamente incongruentes.

La verdad, según dice Jesús, es que, con el amanecer del reino, las estructuras tradicionales de la vida y de las formas de piedad se transformarían. No sería apropiado injertar lo nuevo en lo viejo, como si lo viejo fuese la estructura base – precisamente, de la misma manera que no es apropiado reparar un desgarrón en una pieza de ropa vieja mediante un parche de tejido nuevo y sin encoger, o usar un odre viejo y frágil para contener vino nuevo, aun en plena fermentación, cuyos gases sin duda harían que el odre explotase. Lo viejo no resiste lo nuevo; apunta hacia ello, le abre el camino y luego, le cede lugar. De la misma manera, Jesús prepara a los discípulos para encajar los cambios significativos que van a sobrevenir.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 30). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La importancia de las doce tribus en la narrativa bíblica

La importancia de las doce tribus en la narrativa bíblica

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29 ENERO

Génesis 30 | Marcos 1 | Ester 6 | Romanos 1

alimentemos_el_almaCuando era niño e iba a la escuela dominical, aprendí los nombres de las doce tribus de Israel mediante un coro sencillo: “Estos son los nombres de los hijos de Jacob: / Gad, Aser y Simeón / Rubén, Isacar y Leví / Judá, Dan y Neftalí- Doce en total pero nunca en pares / Zabulón, José y Benjamín.”

Pero hicieron falta muchos años más para que comprendiera la importancia que tienen las doce tribus en la narrativa bíblica. La organización de la nación de Israel depende de que se apartase a una tribu, los levitas, como sacerdotes. De otra tribu, la de Judá, nace la dinastía davídica, la cual culmina en el nacimiento del Mesías. Al cabo de varios siglos, la tribu de José se vería dividida en dos: Efraín y Manasés; en gran parte, Benjamín se uniría a Judá. En el último libro de la Biblia, vemos cómo las doce tribus del Antiguo Testamento constituyen un contrapunto con respecto a los doce apóstoles del nuevo: esta clave 12 por 12 (es decir 144 en términos del simbolismo de este texto apocalíptico) engloba de hecho a todo el pueblo de Dios.

Pero ¡qué sórdidos son los comienzos tal como se relatan en Génesis 30! El engaño de Labán en Génesis 29, como resultado del cual Jacob acabó casándose tanto con Lea como con Raquel, ahora desemboca en uno de los episodios más feos de rivalidad entre hermanos de todas las Escrituras. Cada una de las mujeres de esta familia tiene tantas ansias de destacar con respecto a la otra, que está dispuesta a entregar su criada a su marido para evitar que la otra le aventaje en la carrera para dar a luz. Tan egocéntricas e impetuosas son las relaciones aquí descritas, que otra vez más Raquel llega a vender la intimidad sexual con su marido a su hermana Lea a cambio de un par de mandrágoras. La poligamia se ha establecido, junto con el caos de relaciones distorsionadas a la que da lugar.

De estas relaciones dolorosas y francamente disfuncionales, nacen 11 hijos y una hija (el nacimiento de Benjamín se relata en el capítulo 35). He aquí los orígenes de las doce tribus de Israel, los cimientos de la nación israelita, unos orígenes que no son peores que los de cualquier otra nación, sino que son sencillamente típicos. Pero una cosa ya va quedando clara: Dios no se asocia con esta familia porque esta sea algo superior a las demás familias. Más bien, escoge usarla a fin de mantener sus promesas a Abraham, Isaac y Jacob. Por gracia, persevera con ellos a fin de llevar a cabo sus grandes propósitos redentores. Ni la sórdida dinámica familiar, la cual podría constituir el argumento de una película de segunda categoría, es capaz de impedir que el Soberano del universo mantenga las promesas de su pacto.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 29). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Por qué dudaste?

¿Por qué dudaste?

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Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.

Mateo 14:31-33

alimentemos_el_almaLos discípulos de Jesús habían cruzado el lago de Genesaret, mientras su Maestro se había quedado solo, en un lugar retirado, para orar. Era de noche y se había levantado una tempestad. La barca estaba en medio del lago, zarandeada por las olas, y los discípulos se preguntaban si lograrían llegar a la otra orilla. Entonces Jesús fue hacia ellos, caminando sobre las aguas, y les dijo: “¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!” (v. 27).

Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (v. 28). Jesús le respondió: “Ven”; entonces Pedro descendió de la barca y caminó sobre las aguas.

De repente todo cambió, Pedro vio que el viento era fuerte, se atemorizó, empezó a hundirse y clamó: “¡Señor, sálvame!”. Entonces Jesús lo tomó de la mano y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (v. 30-31).

¿Cuántas veces podría hacernos la misma pregunta? Nuestra fe tiene altibajos. A veces, al igual que Pedro, avanzamos llenos de confianza en situaciones difíciles, contando con el Señor. Es como si él nos llevase en sus brazos a través de las circunstancias. Luego, de repente aparece el pánico, el desánimo, el cansancio, o todo a la vez… y empezamos a hundirnos.

Pero podemos clamar al Señor, pensar en él, o quizá solo pronunciar su nombre en nuestro corazón. Él siempre está ahí, escucha nuestros suspiros y nos tiende la mano. Lo que cuenta para ser ayudado es confiar en él.

1 Samuel 23 – Mateo 18:15-35 – Salmo 18:7-15 – Proverbios 6:1-5

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.chlabuena@semilla.ch

“¡Bien hecho!”

“¡Bien hecho!”

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28 ENERO

Génesis 29 | Mateo 28 | Ester 5 | Hechos 28

alimentemos_el_almaLa frase que concluye Mateo 28 es sobrecogedora: “Y os aseguro que estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo” (28:20). Por supuesto, se trata de una gran promesa por parte del Cristo resucitado a su pueblo, poco antes de su ascensión. Pero el contexto nos revela que aquí no se trata de ninguna garantía generalizada y nada más, sino que estas palabras van ligadas a la Gran Comisión. ¿Cuál es la conexión entre las dos cosas exactamente? O, para indagar un poco más en el significado de la promesa, ¿por qué se encuentra esta promesa de estar con sus discípulos hasta el fin añadida al final de su afirmación de su propia autoridad y del mandato de que hagan discípulos a todos, en todas partes?

Hay que reconocer aquí que estas palabras no se expresan en ninguna forma condicional, ni ocultan una velada amenaza. Jesús no dice: “Si hacéis discípulos yo estaré con vosotros, hasta el fin del mundo”; y mucho menos, “Si no hacéis discípulos no estaré con vosotros.” Sin embargo, no deja de haber aquí una conexión entre una cosa y la otra. ¿Cuál es?

Dicha conexión es tan general, que sospecho que lo que viene a decir es que la presencia de Jesús es la clave por la que vamos obedeciendo la Gran Comisión – es decir, es la experiencia de los que obedecen, y al mismo tiempo el marco que da sentido a nuestra obediencia. Conocemos y experimentamos la presencia de Jesús de acuerdo con la promesa, y damos testimonio de esta realidad mientras proclamamos quién es él, qué es lo que ha hecho, y qué es lo que manda. Aunque sea objetiva la verdad del evangelio que anunciamos, no la proclamamos únicamente porque sea verdad, sino porque nosotros mismos hemos experimentado su poder salvador y transformador. Por lo tanto, no sólo proclamamos esta verdad, sino que la llevamos como testimonio personal a ella y a Jesús mismo. No somos meros heraldos de ciertos hechos en los cuales no estemos involucrados personalmente, sino que somos discípulos comprometidos con la tarea de hacer otros discípulos.

Que no nos extrañe que, mientras vayamos cumpliendo nuestra misión, la presencia prometida de Jesús se aprecie cada vez más. Porque le conocemos y porque experimentamos su presencia transformadora en nuestras propias vidas, evangelizamos, bautizamos, instruimos y discipulamos – y, así, descubrimos que le vamos conociendo mejor, y experimentamos más y más esta presencia transformadora en nuestras vidas. La promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo resulta ser entonces la clave por la que obedecemos la Gran Comisión, siendo simultáneamente el cimiento y la meta, la base y la recompensa. ¿Cómo podría ser de otra manera? Le servimos porque le amamos y porque anhelamos oír las palabras benditas: “¡Bien hecho!” al final de nuestro trayecto aquí.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 28). Barcelona: Publicaciones Andamio.