«Jesús no tiene rival alguno»

Por Amor a Dios

Un devocional para apasionarnos por la Palabra

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17 ENERO

Génesis 18 | Mateo 17 | Nehemías 7 | Hechos 17

Uno de los grandes fallos en los que también pueden caer incluso los creyentes es el de minusvalorar a Jesús (Mateo 17:1–8).

alimentemos_el_almaJesús se lleva al círculo íntimo de sus doce discípulos – a Pedro, a Santiago y a Juan – a la cumbre de una montaña alta: sólo estaban ellos cuatro. “Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz” (17:2). De pronto, aparecieron Moisés y Elías, “hablando con Jesús” (17:3) Es como si se nos permitiesen vislumbres acerca de la identidad definitiva del Hijo eterno; los tres discípulos son ahora “testigos directos de su majestad” (2 Pedro 1:16). Es difícil no ver aquí un anticipo de la gloria del Hijo exaltado (Apocalipsis 1:12–16), de Jesús tal como aparecerá cuando toda rodilla se doblegue ante él, en el cielo y en la tierra, y bajo la tierra, y toda lengua confiese que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:10–11).

Sin embargo, Pedro no lo comprende. Acierta al reconocer que es un enorme privilegio presenciar este momento: “Señor”, dice, “¡qué bien que estemos aquí!”. Pero luego mete la pata: “Si quieres, levantaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No llega a comprender el significado de la presencia de Moisés y Elías. Se imagina que se trata de que Jesús está siendo elevado así a la estatura de ellos, a la estatura del mediador de la alianza de Sinaí y a la de uno de los más grandes de los profetas bíblicos.

Está profundamente equivocado. La presencia de Moisés y Elías, significa más bien, que tanto la ley como los profetas daban testimonio de él (5:17–18; 11:13). Dios mismo es quien pone las cosas en su sitio. En una manifestación aterradora, la voz de Dios truena desde el interior de una nube que los envuelve a todos: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él. ¡Escuchadle!” (17:5). Cuando los tres discípulos se recuperaron del profundo impacto, todo había desaparecido: “Cuando alzaron la vista, no vieron a nadie más que a Jesús” (17:8). Esta última visión es una conclusión preñada de significado.

Jesús no tiene rival alguno. Ha habido y sigue habiendo muchos líderes religiosos. En una era de gran sensibilidad posmoderna y de un compromiso muy extendido y profundo con el pluralismo filosófico, es muy fácil relativizar a Jesús de muchísimas maneras. Pero sólo hay una persona de quien se puede decir que nos creó, y luego se hizo uno de nosotros; que es el Señor de la gloria y al mismo tiempo un ser humano; que murió con ignominia y vergüenza en una cruz odiosa; pero que ahora está sentado a la diestra de la Majestad, habiendo vuelto a la gloria que compartía con el Padre antes de que el mundo fuera creado.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 17). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Yo soy el Dios Todopoderoso….”

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16 ENERO

Génesis 17 | Mateo 16 | Nehemías 6 | Hechos 16

alimentemos_el_almaNo pensemos que Dios se revelaba a Abram cada día: estos momentos decisivos ocurren a lo largo de un período muy extenso. Si reunimos las pistas cronológicas, podemos deducir lo siguiente: Génesis 12 tiene lugar cuando Abram tiene 75 años; Génesis 15 no tiene fecha, pero ocurre durante la siguiente década; ahora Abram tiene 99 años, e Ismael ya tiene 13 (Génesis 17:1, 25). Las palabras con las cuales Dios inicia el encuentro debían ser profundamente consoladoras, puesto que recogen unas cuantas de las realidades que ya han sido plasmadas: “Yo soy el Dios Todopoderoso….”.

En los siguientes versículos, lo que primero se enfatiza es la alianza, la promesa de la Tierra y el hecho de que Abram será padre de muchas naciones (17:4–5). Esta última promesa es la que ocupa el lugar primordial en esta secuencia, pero hay tres elementos más que conducen hacia adelante la historia de la redención.

En primer lugar, tanto Abram como Sarai reciben un nombre nuevo. Si Abram significa “padre exaltado”, Abraham significa “padre de muchos”; es decir, “padre de muchas naciones”. Implícitamente, eso da a entender que por muy importante que sea su papel como padre de esta nación hebrea recién nacida, Abraham será aun más grande como aquel a través del cual todos los pueblos de la tierra serían bendecidos (12:3). Sara “será madre de naciones” (17:16).

En segundo lugar, Dios introduce el tema de la circuncisión como la señal iniciadora de la alianza. La circuncisión era un rito que existía entre varios pueblos mesopotámicos de aquella época. En este caso, sin embargo, se le da un significado distintivo: un rito conocido en el mundo donde Abraham vivía es recogido por Dios y revestido de un significado particular en la historia de la alianza que Dios hace con su pueblo. Abraham no tarda en cumplir con ella (17:23–27). Esto se convierte en una señal fronteriza que, a lo largo de la historia, marca la diferencia entre los hebreos y los demás; pero es algo más que eso. Se establece tan definitivamente como la señal única del pacto eterno, que quien no la cumpliese sería excluido del pueblo de Dios (17:13–14). Aun antes de que el pacto comportara una amplia gama de leyes, se están forjando su marco, sus fronteras y su simbolismo.

En tercer lugar, el escepticismo comprensible, aunque poco afortunado, por parte de Abraham en cuanto a su capacidad de engendrar a un hijo con Sara a estas alturas de su matrimonio le induce a proponer a Ismael como el hijo a través de quien Dios podría llevar a cabo sus propósitos (17:17–18). Pero Dios rechaza esta propuesta. Ismael también será padre de muchos, pero la línea de la alianza pasará por Isaac (17:19–21). La historia del pueblo de la alianza estará, por tanto, sujeta a la elección soberana de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 16). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios habla con Agar

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15 ENERO

Génesis 16 | Mateo 15 | Nehemías 5 | Hechos 15

alimentemos_el_almaEn toda la literatura de la antigua Mesopotamia, que yo sepa, Agar es la única mujer a quien Dios se dirige directamente, llamándola por su nombre (Génesis 16:8; 21:17). Esta mujer en cuestión no es una de las grandes figuras matriarcales del Antiguo Testamento – como Sara, o Raquel, o Rebeca –, sino una simple esclava que resentida con su ama, se da a la fuga. No obstante, Dios se acerca a ella, le dice que se someta a Sara (16:9), le promete que el niño que lleva en su vientre será varón, y que este varón será el progenitor de una gran nación (21:8).

Este relato tiene numerosas facetas estrechamente relacionadas entre sí. Siguiendo el relato de la alianza con Abram en el capítulo 15, este incidente deja en evidencia tanto a Abram como a Sara. Desesperados por tener un hijo, piensan que tienen derecho a llevar a término los propósitos de Dios por sus propios medios, más bien turbios. Como resultado, se produce no sólo una tensión muy grande en el seno de su propia familia que dura muchos años – tensión que se desborda hasta la siguiente generación (Génesis 21:25) –, sino que de ahí nacen los pueblos árabes, que se encuentran enzarzados en un conflicto perenne con el pueblo de Israel hasta nuestros días. Uno de los grandes rasgos característicos de la Biblia es su absoluta honestidad: los grandes hombres y las grandes mujeres se retratan con todas sus miserias. Este mundo continúa siendo un mundo deteriorado, e incluso los mejores son seres caídos. Esto nos debe prevenir ante el peligro de un culto exacerbado a la personalidad.

No obstante, hay aquí otro vínculo con los capítulos anteriores. Dios había prometido a Abram que todos los pueblos de la tierra serían bendecidos a través de él (12:3). La elección de Abram es un medio hacia este fin. Por muy centrados en la descendencia que estén los propósitos de Dios a partir de ahora, Dios sigue siendo el Rey soberano sobre todo el cosmos. En el libro de Génesis, el relato de Abram se enmarca en medio de la narrativa más amplía de la creación de todos, y de la caída de todos. De modo que aquí, al principio de la historia de la nación de Israel, Dios muestra su amor hacia los marginados y los despreciados, hacia los que no están orgánicamente incorporados en la línea de la Promesa.

Encontramos esta misma solicitud en el Señor Jesús. En Mateo 15:21–28, Jesús es perfectamente consciente de que su misión, durante los tres años de su ministerio público, va dirigida especialmente a “las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (15:24). La narrativa de la redención exige que dé prioridad al antiguo pueblo de Dios con quien hizo alianza. Pero esto no impide que reconozca la fe asombrosa de otra mujer, cananita, quien tiene la sabiduría de cambiar los términos de su pleito. Ya no se dirige a Cristo como “Hijo de David” (15:22), puesto que, no siendo Israelita, no tiene derecho a ninguna reivindicación directa, y se limita a pedir misericordia (15:27). Otra “Agar” así descubre cómo es de abundante esta misericordia, igual que muchísimas otras personas en nuestros días.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 15). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Abram creyó al Señor…”

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14 ENERO

Génesis 15 | Mateo 14 | Nehemías 4 | Hechos 14

alimentemos_el_almaEl marco temporal de Dios es muy diferente del nuestro. Abram quiere un hijo y le parece que se va quedando sin tiempo. Dios tiene en mente a un pueblo compuesto de millones de descendientes. Abram siente que su vida se acerca al final sin que sea evidente en absoluto por qué Dios le ha llamado a salir de Ur de los caldeos; Dios ve el curso entero de la historia redentora.

Lo que Dios hace en Génesis 15 es prometer a Abram que su descendencia constituirá una multitud incontable. A un cierto nivel, la promesa de Dios es suficiente: “Abram creyó al Señor…” (Génesis 15:6). La fe de Abram es sencilla y también profunda: creyó la promesa de Dios, convencido de que Dios sería fiel a su palabra. Y a ojos de Dios, esta fe “contaba como justicia”. Esto no quiere decir que Abram se mereciese puntos por mostrar una fe así. Se trata más bien de que lo que Dios exige a los que llevan su imagen, lo que siempre les había exigido, era justicia – sin embargo, en este mundo caído acepta, y lo cuenta como si fuese justicia, una fe que reconozca nuestra dependencia de Dios y que reciba la palabra de Dios como tal. Es la fe de Abram lo que le convierte en el padre de todos los que creen (Romanos 4; Gálatas 3).

Sin embargo, por muy genuina que sea esta fe, Abram tiene problemas para encajar algunos de los detalles de la promesa de Dios. Dios le habla de un tiempo en el que sus descendientes poseerán toda la tierra que le rodea, y Abram vacila y pide una señal (Génesis 15:8). En su gracia, Dios provee una: en una visión, a Abram se le permite entrar en un pacto con Dios. Probablemente, los animales troceados por medio de los cuales pasa “una hornilla humeante y una antorcha encendida” (Génesis 15:17) representan una manera de decir “que los que entren en este pacto sean igualmente troceados si violan las condiciones del mismo”. Esta visión que Abram recibe, aparte de ser un acto de bondad de parte de Dios para afianzar su fe, también le permite vislumbrar los propósitos de Dios a largo plazo, y el vasto alcance de su campo de acción: establece un pacto con Abram y con su descendencia, la misma relación de pacto en la cual entran también los creyentes de hoy día (Gálatas 3:6–9).

Hay otro elemento más en este capítulo que deja entrever la perspectiva divina. Una razón por la cual Abram no puede comenzar a conquistar la Tierra Prometida es que “antes de eso no habrá llegado al colmo la iniquidad de los amorreos” (Génesis 15:16). La cronología divina encaja tan perfectamente con su sensibilidad moral, que, cuando el pueblo de Dio esté listo para entrar en la Tierra, los habitantes de dicha Tierra se habrán hundido en la degradación moral hasta tal punto, que el juicio divino será absolutamente necesario. Llegará aquel día, dice Dios, pero en este capítulo aún no ha llegado.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 14). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El último rey-sacerdote,

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13 ENERO

Génesis 14 | Mateo 13 | Nehemías 3 | Hechos 13

alimentemos_el_almaSi leyéramos el libro de Génesis sin conocer el contenido de ningún otro libro de la Biblia una de las secciones que encontraríamos más enigmáticas sería estos versículos que tratan de Melquisedec (Génesis 14:18–20). ¿Cómo puede ser que contribuya de forma sustancial a la línea narrativa del libro?

Aparece tras la decisión (Génesis 13) de Abram y de Lot de separarse para poner fin a las querellas que se sucedían entre sus respectivos empleados. Lot escoge las llanuras de Sodoma y Gomorra. Esto quiere decir que tanto él mismo como su familia y sus bienes son capturados cuando Quedorlaomer y los reyes más bien mediocres que se han aliado con él atacan las ciudades gemelas y se hacen con un botín considerable. Abram y un buen número de guerreros persiguen a los saqueadores. La batalla acaba con la liberación de Lot y de su familia, y la restauración tanto de las personas como de los bienes que habían sido saqueados. En los versículos siguientes, Abram rechaza cualquier recompensa de parte del rey de Sodoma, una ciudad cuya maldad ya era notoria, pero acepta con agrado la bendición del rey de Salem (posiblemente la misma ciudad que Jerusalén) y a cambio le ofrece un diezmo honorífico.

Históricamente, Melquisedec (nombre que significa “rey de justicia”) parece ser el rey de la ciudad-Estado de Salem (nombre que significa “paz” o “bienestar”. Su rol en la narrativa no es sólo el del “Rey de Salem”, sino también “sacerdote del Dios altísimo” (14:18). De hecho, bendice a Abram en nombre del Dios Todopoderoso. Hasta tal punto Abram le respeta, aparentemente conociéndole ya por otros encuentros anteriores, que él a su vez también le honora.

No hay motivo para creer que Abram fuese la única persona en la tierra que conservase el conocimiento del Dios viviente. Melquisedec era otro, y Abram reconoce en él un alma gemela. En un libro que cataloga con detalle la genealogía de prácticamente todo el mundo que tiene un lugar en la narrativa, no deja de sorprender la manera como Melquisedec aparece y desaparece – no se nos dice ni quiénes eran sus padres ni como murió. Él y su ciudad son la contrapartida de Sodoma y su rey. Otra vez más, se contraponen la ciudad de Dios y la de los hombres (como diría Agustín).

Melquisedec sólo se menciona en dos sitios más en la Biblia. El primero, es el Salmo 110 (ver la reflexión para el 17 de junio); el otro es Hebreos, donde el escritor reconoce la importancia de la inclusión de Melquisedec en la línea narrativa de Génesis, afirmando que se trata de un evento cargado de simbolismo cuyo significado es extraordinario (ver especialmente Hebreos 7). Dios prepara así el camino para el último rey-sacerdote, no sólo a través de profecías verbales, sino también, mediante modelos (o tipos) que establecen las categorías y configuran las expectativas del pueblo de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 13). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Es un retrato precioso

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12 ENERO

Génesis 13 | Mateo 12 | Nehemías 2 | Hechos 12

alimentemos_el_almaEs un retrato precioso. Jesús es tan tierno y manso, que, cuando encuentra “la caña quebrada” (Mateo 12:20), en lugar de romperlo sin más, lo vuelve a enderezar con la esperanza de que cobre nueva vida. Si la mecha de una vela queda reducida a una punta apenas humeante, en lugar de apagarla del todo, Jesús sopla hasta que la llama vuelve a avivarse. Así es como actuará, según se nos dice aquí, hasta que “lleve la justicia hasta su última victoria. En su nombre todas las naciones pondrán toda su esperanza” (12:20–21).

Estas palabras proceden de Isaías 42:1–4, uno de los textos de Isaías que hablan del “Siervo Sufriente”. Mucha gente esperaba a un Mesías que llegara con un poder decisivo e irresistible, y que trajera justicia a la tierra, o al menos a Israel. Pero parece poco probable que hubiese mucha gente que relacionase al Rey venidero con el Siervo de Isaías. Por esta razón la idea de un reino que naciera a partir de la mansedumbre y de la bendición, y que pareciese poco contundente con respecto al juicio divino, no era en absoluto lo que se esperaba. No obstante, aquí tenían a Jesús que iba sanando a los enfermos entre la gente – advirtiéndoles a todos que no revelasen quién era (12:15–16). No es de extrañar, entonces, que Mateo viese en tal conducta un cumplimiento directo de las bellas palabras de Isaías.

Incluso los versículos que hay alrededor de estos apuntan hacia el mismo tema. Mientras Jesús sana a alguien en sábado, sus adversarios intentan asesinarlo por violar la ley del sábado (12:9–14); mientras Jesús expulsa demonios de una víctima desgraciada, sus adversarios le acusan de ser el mismo diablo (12:22–28). La dureza de estos, en nombre de una supuesta ortodoxia, contrasta vívidamente con la gentileza de Jesús.

Además de las grandes implicaciones cristológicas, este texto revela algo de la naturaleza del reino en el cual los cristianos han sido incorporados, y por tanto de la conducta que se nos exige. Por un lado, como Mateo ya ha explicado en el capítulo anterior, los testigos de Jesús son llamados a un coraje santo y valiente, una fidelidad firme al Evangelio que nos haga estar dispuestos a sufrir el ostracismo e incluso la persecución. Pero no debemos exhibir aquella clase de “fuerza” que sea dura o severa, ni aquella clase de “justicia” que esté llena de indignación y condescendencia, ni ningún coraje que esté privado de compasión, ni aquella clase de testimonio que sólo sepa quejarse o manipular. Seguimos al Señor Jesús, quien dice a sus discípulos: “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón” (11:20). Esto quiere decir que nosotros también, mientras proclamamos “justicia a las naciones” (12:18), debemos optar por no discutir ni gritar por las calles, acompañados por los sonidos estrepitosos de los címbalos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 12). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan»

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11 ENERO

Génesis 12 | Mateo 11 | Nehemías 1 | Hechos 11

alimentemos_el_almaEste texto, Génesis 12, constituye un punto de inflexión en el desarrollo del plan de Dios para la redención. A partir de ahora, el centro de la actividad de Dios no serán los individuos esparcidos aquí y allá, sino una raza, una nación. Este punto de inflexión hace que los documentos del Antiguo Testamento sean tan profundamente judíos. Y en última instancia, de esta raza nacen la ley, los sacerdotes, la sabiduría, los patrones de las relaciones con Dios de acuerdo con la alianza, los oráculos, las profecías, las lamentaciones y los salmos – una amplia variedad de instituciones y textos que apuntan, de maneras cada vez más patentes, a una nueva alianza, predicha por los profetas de Israel.

Incluso en este nuevo pacto con Abraham, Dios incluye una promesa que ya expande los horizontes más allá de Israel, una promesa que aparece una y otra vez en la Biblia. Dios dice a Abraham, “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!” (12:3). Por si no hemos captado la importancia de esta promesa, el libro de Génesis la vuelve a repetir (18:18, 22:18; 26:4; 28:14). Al cabo de un milenio, esta promesa se centra, no en la nación en su conjunto, sino en uno de los más grandes reyes de Israel: “Que su nombre perdure para siempre; que su fama permanezca como el sol. Que en su nombre las naciones se bendigan unas a otras; que todas ellas lo llamen dichoso.” (Salmo 72:17). El “profeta evangélico” a menudo articula la misma amplitud de visión (p.ej., Isaías 19:23–25). Los primeros predicadores de la iglesia, tras la resurrección de Jesús, comprendieron que la salvación que trajo Jesús era el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham (Hechos 3:25). El apóstol Pablo hace la misma conexión (Gálatas 3:8).

Aunque el texto de Génesis no lo cita explícitamente, este mismo planteamiento – que la última intención de Dios era, desde el principio, incorporar a seres humanos de toda raza en la nueva humanidad que está constituyendo – aparece de múltiples maneras. De hecho, aparte de este texto, dos de las tres lecturas restantes de hoy apuntan hacia la misma dirección. En Mateo 11:20–24, Jesús dice con absoluta claridad, y usando un lenguaje perturbador, que en el último día las ciudades paganas, aunque sean castigadas, lo serán con menos severidad que las ciudades de Israel que habían gozado del privilegio de escuchar a Jesús directamente y de ver sus milagros, pero sin llegar a las conclusiones correctas. La invitación que extiende es amplia: “Venid a mí todos vosotros que están cansados y agobiados, y yo os daré descanso.” (Mateo 11:28). Y en Hechos 11, Pedro relata ante la iglesia en Jerusalén su experiencia con Cornelio y su casa, tras lo cual concluyen lo siguiente: “¡Así que también a los gentiles les ha concedido Dios el arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:18).

Cristo recibe la alabanza desenfrenada del cielo, porque con su sangre había comprado a multitudes de personas para Dios “de toda raza, lengua, pueblo y nación.” (Apocalipsis 5:9; ver la meditación del 15 de diciembre).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 11). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Rogad, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo.” (Mateo 9:38)

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10 ENERO

Génesis 11 | Mateo 10 | Esdras 10 | Hechos 10

alimentemos_el_almaConmovido cuando la muchedumbre le recuerda ovejas sin pastor, Jesús manda a sus discípulos que “Rogad, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo.” (Mateo 9:38) – y luego organiza una misión formativa para los doce que constituyen su círculo más estrecho (Mateo 10). Hay muchas cosas que podemos aprender de este episodio, que, a juzgar por el lenguaje que emplea (p.ej., 10:18), sirve para Jesús como una especie de precursor de una misión a largo plazo. Aquí me centraré en sólo un aspecto.

Este aspecto, será el grado de conflicto que Jesús anticipa en este proyecto evangelístico. Algunas comunidades rechazarán a los seguidores de Jesús (10:11–14). Más adelante, aunque su testimonio llegue a los niveles más altos del gobierno, estos mismos gobiernos aplicarán sanciones muy severas (10:17–19). Las prioridades del evangelio dividirán familias, hasta tal punto que algunos familiares llegarán a traicionar a otros (10:21, 35). En los peores momentos de la persecución, los cristianos huirán de un centro a otro (10:22–23). En algunos casos, el resultado final es el martirio (10:28).

Cualquiera que tenga incluso los mínimos conocimientos de la historia sabe con qué frecuencia estas profecías se han cumplido. El hecho de que Occidente se ha librado durante tanto tiempo de los peores rasgos de la persecución de este tipo nos ha hecho bajar la guardia – incluso, los cristianos podemos llegar a pensar que la sociedad nos debe una vida libre de problemas. Sin embargo, a medida que el legado judeocristiano se va debilitando, es posible que nos encontremos inmersos en realidades conocidas por los especialistas en misiones, pero que la mayoría de nosotros ignoramos: durante el último siglo y medio, se ha convertido más gente, y ha habido más mártires, que durante los primeros dieciocho siglos de la era cristiana.

¿Dónde encontraremos estabilidad en tiempos así? Este capítulo repasa varias preciosas fuentes de apoyo: reconocer que Jesús, nuestro Maestro, era objeto de odio antes de nosotros (10:24–25); asegurarnos de que al final se hará justicia, y de que todo el mundo lo verá (10:26–27); reconocer que donde hay un temor apropiado a Dios, no cabe el miedo al hombre (10:29–31); ayudar a los demás a comprender que aceptar al testigo de Cristo es aceptar a Cristo, y recibir a Cristo es recibir a Dios (10:40); considerar la promesa de Cristo mismo que las recompensas eternas no fallarán (10:41–42).

En cualquier caso, está en juego un principio fundamental: Así es como los cristianos enfocan las cosas; de hecho, forma parte íntegra de la identidad del cristiano. “y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará.” (10:38–39).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 10). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Esperanza de vida

Por Amor a Dios

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9 ENERO

Génesis 9–10 | Mateo 9 | Esdras 9 | Hechos 9

A pesar del alcance universal del castigo que significó, el Diluvio no sirvió para cambiar la naturaleza humana. Dios sabe muy bien que el asesinato, cometido por primera vez por Caín, volverá a ocurrir. Ahora se prescribe la pena capital (Génesis 9:6), no como medida disuasoria – la disuasión no se menciona para nada – sino para señalar que el asesinato pertenece a una categoría distinta de pecado, en cuanto que consiste en matar a un ser creado a la imagen de Dios. Pero hay otras señales de la persistencia del pecado. La promesa que Dios hace, sellada por el arco iris, que nunca más destruirá el mundo de aquella manera (9:12–17), es relevante, no en el sentido de apabullar tanto al ser humano, que no tiene más remedio que someterse, sino justamente porque Dios es perfectamente consciente de que volverá a producirse el mismo escenario una y otra vez. Y el mismo Noé a quien, con respecto a sus años anteriores al Diluvio, Pedro llama, con razón, “predicador de la justicia” (2 Pedro 2:5), ahora queda retratado como un borracho, con sus relaciones familiares en vías de desintegrarse.

Pero hay otro paralelo entre estos capítulos de Génesis y lo que ocurría antes del Diluvio. A pesar de las garras del pecado, hay individuos como Abel, cuyos sacrificios agradaban a Dios; hay personas que reconocen su gran necesidad de Dios, e invocan el nombre de Dios (4:26); está Enoc, séptimo desde Adán, que “anduvo fielmente con Dios” (5:22). En otras palabras, hay una raza dentro de la raza, una raza más pequeña, no intrínsecamente superior a la otra, mas dispuesta a la relación con Dios de tal manera que se dirige de hecho en una dirección totalmente distinta. Escribiendo al principio de del siglo V, Agustín de Hipona en el norte de África encuentra en estos primeros capítulos los comienzos de dos humanidades, dos ciudades – la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres. (Véanse también la reflexión para el 27 de diciembre) El contraste se va desarrollando de varias maneras a lo largo de la Biblia, hasta que el libro de Apocalipsis lo hace entre Babilonia y la nueva Jerusalén. Empíricamente, los creyentes pertenecen a las dos ciudades; en lo que se refiere a su lealtad, pertenecen a una ciudad o a la otra.

Las mismas distinciones se restablecen después del Diluvio. La raza pronto demuestra que los problemas de rebelión y pecado están profundamente arraigados: constituyen una parte íntegra de nuestra naturaleza. No obstante, las distinciones también reaparecen. Mientras el pacto que Dios hace, según el cual promete no destruir jamás la tierra de la misma manera, es un pacto con todo ser viviente (9:16), los hijos de Noé se dividen, igual que los hijos de Adán. El ciclo tedioso vuelve a comenzar, pero no sin esperanza: la ciudad de Dios nunca se descarrila por completo, sino que anticipa las distinciones posteriores entre pactos, que están de hecho a la vuelta de la esquina, y el clímax glorioso que llegará al final de la historia de la redención.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 9). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Por qué Jesús encuentra tan asombrosa la fe del centurión?

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Donald A. Carson

8 ENERO

Génesis 8 | Mateo 8 | Esdras 8 | Hechos 8

alimentemos_el_alma¿Por qué Jesús encuentra tan asombrosa la fe del centurión? (Mateo 8:5–13) El centurión asegura a Jesús que no es necesario que el Señor venga a su casa para curar a su siervo paralítico. Comprende que, sólo con decir la palabra, su siervo será curado: “Porque”, explica el centurión, “yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi autoridad.” ¿Por qué esto es evidencia tan asombrosa de su fe?

Hay tres hechos a destacar. El primero es que, en una época en la que prevalecía la superstición. El centurión no creía que el poder de Jesús para sanar fuera cosa de encantamientos, ni que dependiese de su presencia física, sino que consistía simplemente en su palabra. No era necesario que Jesús tocase ni manipulase al siervo, ni que siquiera estuviera presente; sólo hacía falta que dijese la palabra, y sería hecho.

El segundo hecho que se destaca es que llegase a esta convicción, a pesar de que no estaba inmerso en las Escrituras. Era gentil. No sabemos qué conocimientos tenía de las Escrituras, pero sin duda eran mucho menores que los de los eruditos de Israel. No obstante, su fe era más pura, más sencilla, más perspicaz, más reconocedora de Cristo que la de aquellos.

El tercer elemento sorprendente de la fe de este hombre es la analogía que usa. Reconoce que es un hombre bajo autoridad, por lo cual tiene autoridad cuando habla dentro del marco de esta relación. Cuando dice a un soldado romano bajo su autoridad que haga algo, no habla como hombre a otro hombre. El centurión habla con la autoridad de su oficial inmediatamente superior, el tribuno, el cual habla a su vez con la autoridad de César; con la autoridad, en definitiva, del mismo imperio romano. Esta es la autoridad que pertenece al centurión, no porque él sea de hecho tan poderoso como el César en todas las dimensiones, sino porque es un hombre bajo autoridad: la cadena de mando significa que, al hablar el centurión con un soldado de a pie, habla Roma. Implícitamente, el centurión dice que reconoce en Jesús una relación semejante: la que Jesús tiene con Dios, bajo la autoridad de Dios; que, al hablar Jesús, habla Dios. Por supuesto que el centurión no se expresa desde dentro del marco de una doctrina cristiana madura con respecto a la identidad de Cristo, pero los ojos de la fe le habían permitido ver muy lejos.

Esta es la fe que nos hace falta. Tener confianza en la palabra de Jesús, refleja una profundidad sencilla y da por sentado que, cuando habla Jesús, habla Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 8). Barcelona: Publicaciones Andamio.