Bienaventurados los de limpio corazón (6)

Lunes 4 Marzo

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Mateo 5:8

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.

Ezequiel 36:26

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los de limpio corazón (6

En la Biblia, el corazón designa nuestro ser moral, interior, en contraste con el cuerpo. En el corazón se forman los pensamientos, los sentimientos y las motivaciones. Allí se toman las decisiones.

Un corazón impuro nos aleja de Dios. Nos lleva a tomar malas decisiones, nos conduce a la miseria, a la amargura y a la muerte. Por ello podemos orar, como David: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10).

A quien cree en el Señor Jesús, Dios le da un corazón nuevo con nuevas motivaciones y un nuevo amor. Él nos invita a vivir esta nueva vida, purificándonos de todo lo que se opone a su voluntad: celos, orgullo, resentimientos, excesos, adulterios, codicia… Un corazón puro es un corazón que se vuelve a Dios en una feliz relación con él, en su amor y su luz.

Cuán hermosa es la promesa para “los de limpio corazón”: ¡“verán a Dios”! Aquí no se trata de una mirada fugaz o superficial. Además, Dios es invisible. Pero Jesús, Dios hecho Hombre, nos lo ha revelado. Lea los evangelios y dirá con gozo, como los discípulos de Cristo en Emaús: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32). Esto es ver a Dios, no solamente con un corazón puro, sino también con un corazón feliz, que arde de amor por Jesús, ahora y para siempre: “Ellos verán a Dios”. ¡Qué felicidad!

(continuará el próximo lunes)

2 Samuel 23 – Hechos 12 – Salmo 29:7-11 – Proverbios 10:29-30

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“Líbrele… si le quiere”

Domingo 3 Marzo

He entregado lo que amaba mi alma en mano de sus enemigos.

Jeremías 12:7

(Dios) no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Romanos 8:32

Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Romanos 5:10

“Líbrele… si le quiere”

El Señor Jesús estaba clavado en la cruz, y los que asistían a este “espectáculo” se burlaban de él sin discreción. Los jefes religiosos lanzaron un desafío a Dios: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios” (Mateo 27:43).

El Señor Jesús confiaba en Dios. Sus enemigos lo sabían. Él era el Hijo de Dios. Sus obras lo demostraban. Dios declaró dos veces que hallaba complacencia en él (Mateo 3:17; 17:5).

“Líbrele… si le quiere”. ¿No respondería Dios inmediatamente a este reto? ¿Dejaría suponer que no quería a su amado Hijo?

Pero Jesús permanecía colgado en la cruz. Ninguna voz se hizo oír desde el cielo. Las burlas continuaban; Dios permitió que actuaran libremente… Luego la oscuridad cubrió la tierra durante tres horas, y Jesús clamó a gran voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1; Mateo 27:46; Marcos 15:34). Así Jesús proclamó a oídos de todos que ese Dios santo en quien él confiaba lo había abandonado. Pero seguía siendo su Dios, a quien no dejó de amar, incluso durante esas terribles horas. Nada puede explicar esta escena, salvo estas verdades: “Dios es amor” (1 Juan 4:8); “tú eres santo” (Salmo 22:3).

Este fue el precio que el Dios de amor pagó para ofrecer la salvación a hombres culpables y rebeldes contra él. En esas horas tenebrosas, Jesús cargó nuestros pecados. El Dios santo lo hirió, lo abandonó, pero solo así puede perdonar a todos los que creen en él.

2 Samuel 22:31-51 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

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Buscando la verdadera vida (2)

Sábado 2 Marzo

(Jesús dijo:) De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Juan 5:24

Buscando la verdadera vida (2)

«En el transcurso del viaje le expliqué al cristiano, que tan gentilmente me llevó en su vehículo, que yo conocía un poco la Biblia pero que mis preguntas seguían sin respuesta. Entonces me citó algunos versículos de la Biblia, me habló del problema del pecado y me mostró claramente lo que me impedía encontrar el camino de la vida eterna: Entre tú y Dios hay un muro, es todo el mal que has hecho. Lo que Dios te pide es que te arrepientas.

Entonces comencé a confesar mis pecados a Dios. Eso duró aproximadamente una semana. Mientras tanto oí hablar de condenación, y eso me angustió mucho debido a todo el mal que había hecho… ¡No sería perdonado! Poco después volví a ver al cristiano que me había anunciado las buenas nuevas de salvación. Me dijo: Jesucristo fue crucificado por nuestros pecados, mas resucitó, y todo aquel que cree en él es perdonado y recibe gratuitamente la vida eterna… ¡De gozo no podía creerlo!

Al día siguiente, después de leer un pasaje de las Escrituras, oré y entregué mi vida al Señor. Por la fe me refugié en sus promesas divinas, especialmente en esta: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). En ese momento nací de nuevo (cap. 3:7), es decir, comencé una nueva vida con el Señor Jesús en mi corazón. Sé que Dios es mi Padre y que nada me puede separar de él. Pasaré la eternidad con él, en una felicidad perfecta, en compañía de todos los que han puesto su confianza en Jesús, nuestro único Salvador».

Según P. Danis

2 Samuel 22:1-30 – Hechos 10:25-48 – Salmo 28:6-9 – Proverbios 10:26

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Buscando la verdadera vida (1)

Viernes 1 Marzo

Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.

Santiago 4:8

Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón.

Salmo 69:32

Buscando la verdadera vida (1)

Testimonio

«Desde mi juventud me hacía muchas preguntas: ¿Por qué existimos? ¿A dónde vamos después de la muerte?

Entonces me puse a leer libros existencialistas que incitan a hacerse más preguntas, pero no ofrecen ninguna respuesta. Quise conocer otras religiones y llegué a vivir entre monjes budistas.

Finalmente, leyendo el Nuevo Testamento, me impresionó cada vez más la persona de Jesucristo. Primero por sus milagros, luego por su sabiduría, por el amor y la libertad de expresión con la que enfrentaba a los religiosos de su tiempo. Decidí, pues, leer toda la Biblia. Nadie influyó sobre mí. Lo decidí yo solo. De repente comprendí que no había otro camino fuera de Jesús. Dios me mostró que debía elegir, entonces quemé todos los demás libros religiosos que poseía. Pero aún permanecía turbado.

Oré a Dios: Haz algo por mí, Señor. Leí en tu libro que tenías discípulos. Si aún tienes algunos hoy, permite que encuentre aunque sea uno que me pueda ayudar.

No hablé con nadie, pero dos días más tarde, mientras hacía auto stop, un hombre me llevó en su carro y me dijo: Soy cristiano. Creo en el Señor Jesucristo. Él es mi Salvador… Y me anunció el Evangelio.

Feliz de ver que Dios había respondido mi oración, comprendí que él se interesaba por mí».

(mañana continuará)

2 Samuel 21 – Hechos 10:1-24 – Salmo 28:1-5 – Proverbios 10:24-25

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¿Quién responderá nuestras preguntas?

Jueves 28 Febrero

¿Quién dio al espíritu inteligencia?

Job 38:36

El Señor es el Dios verdadero; él es Dios vivo y Rey eterno.

Jeremías 10:10

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!

Romanos 11:33

¿Quién responderá nuestras preguntas?

Un proverbio africano dice que aquel que hace preguntas no se equivocará de camino. Tarde o temprano, todo ser humano se ve confrontado a preguntas sin solución: ¿Cuál es el origen de la vida? ¿Por qué hay tantas catástrofes y sufrimientos en el mundo? ¿Qué hay después de la muerte?

Unas respuestas a estas preguntas fueron elaboradas por filósofos, hombres de la política, periodistas, científicos, etc. ¿Hemos quedado satisfechos con sus respuestas? ¿Hemos tenido la certeza de que ellas nos dirigen hacia la verdadera luz?

En realidad solo Dios puede respondernos. Él creó todo, dispuso las estrellas en el cielo, instaló a los hombres en la tierra, posee la llave del futuro y del universo. Él conoce todo, pues es el Creador.

La Biblia es su Palabra. En ese libro revela sus pensamientos hacia nosotros. Busquemos en ella la respuesta a nuestras preguntas. No comprenderemos todo, y quizá surjan nuevas preguntas. Pero los interrogantes producidos por la lectura de la Biblia nos llevarán a la luz divina, al conocimiento de Dios y de Jesucristo como nuestro Salvador.

Cuando algo se nos escapa, oremos a Dios, pidámosle que nos aclare, que responda nuestras preguntas. Él quiere hacerlo, pero espera que nuestro corazón esté dispuesto a recibir sus respuestas para llenarlo de luz y paz.

2 Samuel 20 – Hechos 9:23-43 – Salmo 27:9-14 – Proverbios 10:22-23

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Señor, si quieres, puedes limpiarme

Miércoles 27 Febrero

Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquel, y quedó limpio.

Marcos 1:40-42

Señor, si quieres, puedes limpiarme

En la época en que Jesús estaba en la tierra, una persona leprosa era excluida de la sociedad. Debía permanecer aislada y proclamar desde lejos su estado para evitar todo contacto con quienes estaban sanos. Sin embargo, el hombre leproso cuya historia es relatada en los versículos del encabezamiento se acercó a Jesús. ¿Lo hizo debido a su situación desesperada? ¿O porque tenía confianza en el Señor Jesús y creía que podía sanarlo? El texto no lo dice, pero nos muestra su valor que sobrepasó los obstáculos.

“Si quieres, puedes limpiarme”, dijo a Jesús. Estaba seguro de que Jesús tenía el poder de sanarlo, pero lo interpeló con humildad.

Jesús se compadeció. No se alejó ni rechazó al hombre atribulado. Por el contrario, con un gesto de amor lo tocó y lo sanó con una palabra: “Quiero, sé limpio”.

En la Biblia, la lepra es un símbolo del pecado que nos ensucia y degrada. Quizá, como este hombre, sufrimos porque el pecado arruinó nuestra vida. Entonces, como él, vayamos a Jesús y pidámosle con fe y humildad: “Si quieres, puedes limpiarme”. Él solo espera esto, él lo hará.

Amigos cristianos, frente a todas las exclusiones, ¿sabemos decir a quienes nos rodean que Dios no rechaza a nadie? Él da a cada uno de los que creen en él, sin excepción, el perdón de sus pecados y una nueva dignidad: la de hijo de Dios.

2 Samuel 19:24-43 – Hechos 9:1-22 – Salmo 27:5-8 – Proverbios 10:20-21

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Jesús sanó mi corazón

Martes 26 Febrero

(Jesús dijo:) La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Juan 14:27

Jesús sanó mi corazón

Testimonio

«Nací en una familia cristiana y fui educada según las enseñanzas de la Biblia, aunque no las seguía ni las respetaba. Por el contrario, era muy rebelde con mis padres. Pero lo que yo no sabía era que Dios en su gran bondad y amor infinito tenía un plan para mí.

En el año 2010 contraje una rara enfermedad. Es una afección que ataca los músculos, ligamentos y articulaciones. Lo peor es que no existe ningún tratamiento, y los dolores persisten día y noche.

Una tarde fui a una reunión cristiana. A través de la predicación, Dios obró profundamente en mi corazón. Esa misma tarde supe que mi vida ya no me pertenecía: ahora era de Cristo. Me sentí liberada, transformada. La paz reinaba en mi corazón.

Hoy, después de años de sufrimiento, me doy cuenta de que una vida con Dios es un cambio radical y una gracia infinita. Nunca le he pedido a Dios que me sane de mi enfermedad; sé que si es su voluntad sanarme, lo hará, lo creo sinceramente. Todo lo que quiero es conocer cada día más a Jesús mi Salvador.

Dios me concede la gracia de poder dar testimonio de lo que él hizo por mí. Y les digo, una vida sin Dios, sin Jesús, es desdichada. Mi vida no es nada, yo no soy nada, solo por la gracia de Dios puedo ser lo que Cristo quiere que sea».

Suzanne P.

“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación… Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:11, 13).

2 Samuel 19:1-23 – Hechos 8:26-40 – Salmo 27:1-4 – Proverbios 10:19

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Bienaventurados los misericordiosos

Lunes 25 Febrero

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Mateo 5:7

Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

Lucas 6:36

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los misericordiosos (5)

En la Biblia, ser misericordioso significa identificarse con el sufrimiento del otro y actuar en consecuencia. Ella nos habla de “la entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lucas 1:78), que nos invita a comprender el sufrimiento de los demás, procurando aliviar la miseria de nuestro prójimo. Cristo realizó concretamente lo que expresa el nombre de Dios: “misericordioso y piadoso… grande en misericordia y verdad” (Éxodo 34:6).

Esta bienaventuranza parece simple de comprender, aun cuando no encaja con la imagen un poco egoísta que nos hacemos de la felicidad. No obstante, notemos que la misericordia de Dios hacia nosotros no depende de la nuestra hacia los demás. Varios versículos de la Biblia dicen claramente lo contrario. El amor de Dios, su gracia y su misericordia están siempre en primer lugar. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

No se trata de una especie de trato con Dios. No puedo hacer una demostración heroica de misericordia hacia los demás, esperando que, a cambio, Dios tenga misericordia de mí. Más bien, solo podré disfrutar de la misericordia divina al ser misericordioso, sensible a la miseria que me rodea.

La misericordia tuvo un lugar central en la vida y las enseñanzas del Señor Jesús. La ejerció continuamente hacia los que sufrían: se conmovía y los sanaba. Ahora invita a todos los que creen en él a seguir sus pisadas, mostrando así algo de lo que Dios es.

(continuará el próximo lunes)

2 Samuel 18 – Hechos 8:1-25 – Salmo 26:8-12 – Proverbios 10:17-18

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La obediencia

Domingo 24 Febrero

(Jesús dijo:) Amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago.

Juan 14:31

La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?

Juan 18:11

La obediencia

Cuando salía a hacer las compras, pedí a Julia que ordenara su habitación. Al volver, un delicioso aroma a torta llenaba la casa. Julia había decidido sorprenderme. Sin embargo, su habitación estaba en el mismo estado que antes. Julia quería mostrar su cariño por su madre, pero en esto eligió no obedecer.

Antes de la cena, llamé a Gregorio para que pusiera la mesa. Me respondió refunfuñando y, aunque de mal humor, hizo el trabajo.

El día siguiente fue el turno de Paula. Llegó antes de la hora de la comida, puso la mesa y preguntó si podía ayudarme en otra cosa. Al igual que su hermano, ella puso la mesa… pero, ¡qué diferencia cuando el amor y la abnegación reinan en una familia! Nuestra naturaleza egoísta y orgullosa está al frente de esos duros combates para obedecer o hacerse obedecer. Solo el amor produce la obediencia gozosa.

Cuando Jesús vino al mundo, mostró su abnegación por su Padre en su vida de obediencia voluntaria. El amor era el motivo profundo. Hacer la voluntad de su Padre era su gozo. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmo 40:8). Recibió de su Padre una aprobación sin reserva: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 17:5). Esa obediencia le costó caro: fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).

Por su obediencia, Jesús abrió el camino de la salvación a todos, y “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9).

2 Samuel 17 – Hechos 7:30-60 – Salmo 26:1-7 – Proverbios 10:15-16

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¿Qué hacer para ser fuerte?

Sábado 23 Febrero

(Dijo a Jesús:) Creo; ayuda mi incredulidad.

Marcos 9:24

Por fe… sacaron fuerzas de debilidad.

Hebreos 11:33-34

¿Qué hacer para ser fuerte?

–«Yo creo, ¡pero me gustaría tanto tener una fe más grande!». Si consideramos la calidad de nuestra fe terminaremos desanimados. Sin embargo, el Señor Jesús dice que Dios responderá incluso a quien tenga una fe tan pequeña “como un grano de mostaza” (Mateo 17:20). Dios no espera necesariamente grandes cosas de nosotros. Él ama la fidelidad en las pequeñas cosas (Lucas 16:10; 19:17). Después de poner nuestra confianza en Jesús, crecemos en la fe viviendo cerca de él, orando y leyendo la Biblia.

–«Yo creo, ¡pero me gustaría tener una fe más sólida!». Cada día es una ocasión para darnos cuenta de que somos inconstantes. Lo que considerábamos adquirido, todavía está por aprenderse. Aun los siervos más fieles a Dios tuvieron sus dudas. El profeta Elías era un hombre con “pasiones semejantes a las nuestras” (Santiago 5:17). Después de haber obtenido extraordinarias liberaciones, dudó y huyó. Pero Dios continuó ocupándose de él (1 Reyes 17 al 19).

–«Yo creo, ¡pero me gustaría tener una fe más viva!». Después de haber creído que Jesús es el Hijo de Dios, que murió en la cruz por nosotros, tenemos tendencia a volver a nuestra rutina. Los discípulos de Jesús lo acompañaron durante tres años, y creyeron sus palabras. Sin embargo, después de Su crucifixión, muchos volvieron a sus antiguos trabajos. Entonces Jesús resucitado se les apareció y les habló (Juan 21:1-14).

Cuidemos diariamente nuestra comunión con el Señor, hablándole y escuchando sus palabras. Esta relación permanente hará que nuestra fe sea viva.

2 Samuel 16 – Hechos 7:1-29 – Salmo 25:16-22 – Proverbios 10:13-14

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