Una salvación definitiva

Martes 12 Febrero

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.

1 Juan 5:13

Una salvación definitiva

Numerosos textos de la Biblia afirman que el que cree en Jesús y recibe la vida eterna jamás puede perder la salvación de su alma, aun si a veces pierde la convicción de ella. Los siguientes versículos no dejan lugar a ninguna duda respecto a este tema tan fundamental:

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Esta vida que Dios nos comunica es eterna, no se interrumpe, no puede desaparecer. Por otra parte, ella “está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3). ¿Quién podría quitárnosla?

Cuando creemos, recibimos una nueva naturaleza, nacemos “de nuevo” (Juan 3:3-8). “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1 Juan 5:1). “Ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2). Es una relación que no puede ser alterada.

Jesús se compara con una puerta por la cual deben entrar las ovejas, es decir, las personas que creen en él (Juan 10:7). Una vez que las ovejas han pasado por esa puerta, imagen de la conversión, pertenecen para siempre al buen Pastor. Él declara: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-29).

Ante tales afirmaciones no queda lugar a ninguna duda. La salvación adquirida por Jesús en la cruz es definitiva y eterna. Es una certeza incondicional porque está fundada sobre lo que Cristo hizo.

2 Samuel 5 – Mateo 26:47-75 – Salmo 22:6-11 – Proverbios 8:32-36©

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Bienaventurados los mansos

Lunes 11 Febrero

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Mateo 5:5

Tú, oh hombre de Dios… sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.

1 Timoteo 6:11

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los mansos (3)

El adjetivo traducido por “manso” designa un rasgo de carácter no muy apreciado entre los valores de este mundo. Sin embargo, aparece en la Biblia. “Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3). Un profeta del Antiguo Testamento había anunciado la venida del Mesías Rey, quien sería humilde (Zacarías 9:9), y la humildad es inseparable de la mansedumbre. Esta profecía se cumplió cuando Jesús entró en Jerusalén. “He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna” (Mateo 21:5). Jesús invita a ir a él a todos los que están cargados, y les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Solo él lo fue plenamente.

En ciertas personas la mansedumbre parece ser natural. Sin embargo, la mansedumbre a la cual se une la promesa es el fruto del Espíritu de Dios en la vida del creyente (Gálatas 5:22-23). Si somos conscientes de la inmensa bondad de Dios, podemos vivir y manifestar esa mansedumbre alrededor nuestro. Ser manso es una disposición de corazón que se expresa estando atento al prójimo, y siendo humilde, es decir, no insistiendo sobre los propios derechos.

Los mansos “recibirán la tierra por heredad”, dijo Jesús. Esta promesa, que simboliza la bendición, se cumplirá cuando el reino de Cristo venga. Pero desde ahora, él abre los tesoros de su gracia a aquellos que son mansos y humildes. “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5).

(continuará el próximo lunes)

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Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Domingo 10 Febrero

Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Mateo 16:16

El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

Juan 1:14

La divinidad y la humanidad de Jesucristo (2)

En otra oportunidad, los discípulos atravesaban el lago durante la noche. Jesús se había quedado en tierra para orar. De repente vieron que alguien caminaba sobre el agua, cerca de la barca. Turbados, pensaron que era un fantasma. Entonces Jesús los tranquilizó diciendo: “¡Yo soy, no temáis!” (Marcos 6:50).

En el transcurso de su vida en la tierra, Jesús mantuvo veladas sus glorias divinas bajo la humilde apariencia de su humanidad. Sin embargo, en breves momentos dejaba brillar algunos de sus caracteres divinos. Sus discípulos fueron testigos de ello, algunas veces se maravillaron y otras se asustaron.

Él estuvo “en la condición de hombre” (Filipenses 2:8), pero el pecado no estaba en él y no podía tomar posesión de él. En Jesús no existía ningún rastro de egoísmo, de amor propio o de orgullo. Ninguna concupiscencia podía nacer en su alma santa. Ningún contacto ni situación podía hacerlo impuro.

Igualmente la muerte de Jesús lleva la marca de la unión más íntima de su humanidad y su divinidad. Aunque aparentemente murió como un hombre, “crucificado en debilidad” (2 Corintios 13:4), entró en la muerte como vencedor, y salió de ella “según el poder de una vida indestructible” (Hebreos 7:16). No murió agotado por los sufrimientos del suplicio, sino que entregó su vida, la cual nadie le podía quitar (Juan 10:18). Murió en la cruz dando ese gran clamor de victoria que convenció al centurión romano de su divinidad (Marcos 15:39).

2 Samuel 3:22-39 – Mateo 25:31-26:13 – Salmo 21:8-13 – Proverbios 8:22-27

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La divinidad y la humanidad de Jesucristo (1)

Sábado 9 Febrero

Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.

Romanos 9:5

Cristo Jesús… hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Filipenses 2:7-8

La divinidad y la humanidad de Jesucristo (1)

Durante una tempestad en el lago de Tiberias, Jesús dormía en la popa de la barca, como cualquier hombre cansado. Pero un momento después se levantó como el Dios poderoso a quien el viento y el mar obedecen (Marcos 4:36-41). Asombrados, sus discípulos vieron el poder divino reemplazar a una apariencia de debilidad humana.

La Biblia establece con igual fuerza la divinidad y la humanidad de Jesús. Este es un misterio ante el cual nos inclinamos sin comprender. Por un lado, Cristo es Dios, el Enviado del Padre, y por el otro, él es la simiente de la mujer (Génesis 3:15).

Jesucristo fue perfectamente Dios y perfectamente hombre, desde su nacimiento hasta su crucifixión. Es imposible separar sus dos naturalezas. Esa unión de su humanidad y su divinidad se manifestó desde el nacimiento de nuestro Señor. Siendo “nacido de mujer” (Gálatas 4:4), fue concebido por el Espíritu Santo en el cuerpo de una virgen elegida por Dios (Lucas 1:35). Se hizo “semejante a los hombres”, sin embargo siguió siendo “Dios… manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16).

Como todo hombre, nuestro Señor Jesucristo tuvo sed, hambre, se cansó (Hebreos 2:17-18). Se hizo semejante a un hombre para poder socorrer a los hombres en todas sus angustias. Pero al mismo tiempo era Dios soberano, como lo demostraban los milagros y prodigios que hacía, y como lo probó su resurrección (Romanos 1:4).

(mañana continuará)

2 Samuel 3:1-21 – Mateo 25:1-30 – Salmo 21:1-7 – Proverbios 8:17-21

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Una salvación gratuita

Viernes 8 Febrero

Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Efesios 2:8-9

Una salvación gratuita

Desear, comprar, pagar, poseer, es el camino lógico para obtener un bien. De la misma manera, muchas personas que reconocen estar perdidas por haber desobedecido a Dios, piensan que deben hacer algo para ganar su salvación y escapar al juicio y a la muerte. Otras creen que con una oración sincera podrán obtenerla. También hay quienes estiman conveniente hacer un voto, prometen cambiar de vida o mejorar su conducta con buenas acciones o conformándose a ciertas reglas religiosas para obtener la salvación de Dios. Todo esto es inútil, pues la salvación no se compra, es un don, por lo tanto es gratuita. “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús” (Romanos 6:23).

Nadie puede acercarse a Dios por sus propios medios. Dios es demasiado grande para vender la salvación, y el hombre es demasiado pequeño para poder adquirirla con sus esfuerzos o méritos personales.

Dios no vende nada, pero la salvación de los hombres le costó muy caro. Dio a su Hijo unigénito, Jesucristo, para que podamos tener el perdón, la paz, el gozo. Él pagó nuestra liberación con su propia vida. “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo… mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 Pedro 1:18-19, 21). El Señor Jesús pagó ese precio tomando sobre sí mismo todo el peso de nuestros pecados. Dios da esa salvación gratuitamente, y perdona a todo el que va a él con las manos vacías, tal como es, para recibirla.

2 Samuel 2 – Mateo 24:29-51 – Salmo 20:6-9 – Proverbios 8:12-16

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Dios nos habla hoy

Jueves 7 Febrero

(Jesús dijo:) El que tiene oídos para oír, oiga.

Marcos 4:9

Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios.

Jeremías 7:23

Oíd, y vivirá vuestra alma.

Isaías 55:3

Dios nos habla hoy

Podemos escuchar muchas voces. Internet deja el campo libre a todos los discursos, desde el más noble hasta el más vil. Pero, ¿quién querrá escuchar la voz de Dios?

Dios nos ama y quiere darse a conocer a cada uno de nosotros. Hace oír su voz a través de las situaciones difíciles o excepcionales, pero también por medio de detalles: una frase que hemos escuchado se graba en nuestro espíritu, un texto que hemos leído nos interroga, etc. Dios se hace oír. Su voz puede ser fuerte para obligarnos a escucharle, pero también puede ser suave, sutil, llena de gracia. Dios nos habla una vez, dos veces… ¡debemos prestar atención! En particular cuando una luz roja se prende en nuestra conciencia.

Él se dirige a nosotros de diversas maneras y nos advierte, pero nos habla más directamente mediante su Palabra escrita, la Biblia. Por medio de ella nos muestra lo que somos: pecadores que merecen su condenación. Sin embargo, también nos da a conocer su amor, tan grande como su justicia.

Todos aquellos que creen en Jesús, quien murió por sus pecados y resucitó, son considerados como justos por Dios mismo. Tienen la vida eterna. Aprenden a escuchar la voz de Dios, la voz de un Padre fiel y cercano que los ama.

En la Biblia Dios expone ese plan de salvación para el hombre. Leer este libro con atención, como la Palabra de Dios, es escuchar a Dios mismo. Hagámoslo con humildad y oración.

2 Samuel 1 – Mateo 24:1-28 – Salmo 20:1-5 – Proverbios 8:1-11

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¿Creer en una religión o en Jesucristo?

Miércoles 6 Febrero

Cuando os trajeren… ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir.

Lucas 12:11-12

¿Creer en una religión o en Jesucristo?

Un cristiano chino fue arrestado por su fe y permaneció mucho tiempo en prisión. Finalmente compareció ante el tribunal.

–¿Cree todavía en el cristianismo?, le preguntó el juez en tono burlón.

–No creo en el cristianismo, respondió el creyente.

–Ah, ¿no? Y entonces, ¿en qué cree?

–No creo en una religión, sino en Jesucristo, una Persona viva.

–¡Deje de hacer distinciones inútiles!, replicó el juez.

–Usted no me comprende, continuó el cristiano. Puede cerrar iglesias, arrestar o matar a los cristianos, prohibir toda religión, e incluso quemar las Biblias. Pero, ¿puede usted tocar a Jesucristo? Él vive eternamente. Él vive en mi corazón. Usted no puede sacarlo de ahí. Y si me mata, estaré con él para siempre.

Existen muchas religiones, pero un solo Evangelio. La religión es obra del hombre, pero el Evangelio es un don de Dios.

La religión es lo que el hombre hace de Dios y quiere hacer para Dios; el Evangelio es lo que Dios hizo por el hombre por medio de su Hijo Jesús.

En las religiones, el hombre busca a Dios. En el Evangelio, Dios busca al hombre.

Una religión es un sistema de creencias y prácticas por medio de las cuales las personas esperan progresar y enaltecer sus almas. Por el contrario, la fe en Jesucristo es una relación viva y personal con el Hijo de Dios y con su Padre, a quien él nos quiere revelar.

1 Samuel 31 – Mateo 23 – Salmo 19:11-14 – Proverbios 7:24-27

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Una terrible pregunta

Martes 5 Febrero

Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre.

Mateo 15:19-20

Una terrible pregunta

El escritor ruso Solzhenitsyn, quien conoció los horrores de los campos de trabajo forzado, escribió sobre sus verdugos: «¿Cómo apareció esta horda de lobos? ¿No tienen las mismas raíces que nosotros? ¿No tienen la misma sangre?». Y él mismo da la respuesta: «Sí, somos de la misma sangre. Y cada uno debería preguntarse: si mi vida hubiera sido de otra manera, ¿no hubiera sido yo también como uno de estos verdugos? Es una terrible pregunta, si se la quiere responder honestamente».

Este hombre conoció la perversidad del corazón humano. Lo vio de cerca, cuando nada lo retenía, libre de llevar a cabo todas sus locuras. Y toda esa maldad lo espantó.

Podríamos esperar que el juicio del escritor solo alcanzara a «la horda de lobos». Sin embargo, también encontró que en el corazón de los torturados, así como en el suyo propio, existía la misma naturaleza, la misma fuente de mal que en el de los verdugos.

Reconocer que el corazón humano es totalmente malo es un punto importante. Pero no debemos quedarnos ahí: existe un remedio. ¿De dónde viene? ¿De la aplicación de un principio filosófico o de una regla moral? ¡En absoluto! Ese remedio viene del cielo, de Dios. Sí, Dios vino para salvar al hombre caído en el pecado. ¿Cómo? Dando a su Hijo en rescate.

Solo es necesario abrir el corazón a Dios, pasar por un nuevo nacimiento espiritual y recibir así un corazón nuevo.

1 Samuel 30 – Mateo 22:23-46 – Salmo 19:7-10 – Proverbios 7:6-23

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Las bienaventuranzas

Lunes 4 Febrero

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Mateo 5:4

Dios… nos consuela en todas nuestras tribulaciones.

2 Corintios 1:4

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los que lloran (2)

En esta bienaventuranza, el duelo es la tristeza que se siente y se acepta frente a todas las circunstancias que acarrean rupturas, pérdidas irreparables, y aun la muerte. No excluye el gozo de la vida cristiana. Esta tristeza no es debida a los deseos insatisfechos que minan el interior de la persona y destruyen la esperanza. El apóstol Pablo escribió: “La tristeza del mundo produce muerte”. Pero también dice: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (2 Corintios 7:10). Esta tristeza, producida algunas veces al descubrir nuestras malas tendencias, es útil y positiva. Ella nos conduce a apartarnos del mal y a volvernos a Dios. ¡Qué feliz ruptura!

¿Nos hemos entristecido a causa de nuestros pecados? Los que lloran debido a sus faltas serán alentados por el único consuelo que puede calmar la angustia: el perdón gratuito de Dios.

A veces nos sentimos como sumergidos ante tantas injusticias y sufrimientos que hay en el mundo. Dolernos por ello significa presentar estos casos a Cristo en nuestras oraciones. Es el único camino de liberación del poder del mal que nos oprime. También es un testimonio para los que nos rodean. Entonces experimentamos algo del consuelo de Dios, mientras esperamos el momento en que la muerte, “el postrer enemigo” (1 Corintios 15:26), será vencida. En ese radiante día el consuelo de Dios será completo. “Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 7:17).

(continuará el próximo lunes)

1 Samuel 28:15-29:11 – Mateo 22:1-22 – Salmo 19:1-6 – Proverbios 7:1-5

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La sangre preciosa de Jesucristo

Domingo 3 Febrero

Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.

Juan 19:34

La sangre de Jesucristo… nos limpia de todo pecado.

1 Juan 1:7

La sangre preciosa de Jesucristo

Poco antes de ser arrestado y crucificado, el Señor Jesús instituyó la Cena, el banquete en memoria de él: el pan y la copa. Explicó a sus discípulos el significado de la copa: “Esto es mi sangre… que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28), es decir, para que los pecados sean perdonados y quitados. Para que los suyos no lo olviden, Jesús les dejó una señal concreta y visible que les recordara su muerte.

Antiguamente los israelitas sacrificaban muchos animales para su servicio religioso. Pero la epístola a los Hebreos nos explica que “en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:3-4). Esas ofrendas anunciaban el sacrificio de Jesucristo y su sangre derramada en la cruz, la base de nuestra salvación. Sin el derramamiento de esa sangre no podía haber perdón para el hombre pecador (Hebreos 9:22).

Los apóstoles Pedro y Pablo insistieron en que la salvación depende de la sangre de Jesucristo, de su muerte. “Fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19). Sí, en Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Efesios 1:7). “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:8-9).

1 Samuel 27:1-28:14 – Mateo 21:23-46 – Salmo 18:43-50 – Proverbios 6:27-35

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