La oración

Domingo 27 Mayo

El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?… El Señor conoce los pensamientos de los hombres.

Salmo 94:9, 11

Me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica. Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia.

Salmo 66:19-20

La oración

La oración no es la repetición de frases aprendidas de memoria, que nos darían cierto mérito a los ojos de Dios.

La oración tampoco es un medio mágico para ganar los exámenes, triunfar en los negocios o tener una garantía contra todo riesgo.

Tampoco es una especie de escapatoria para los débiles que tratan de huir, o para los que no saben asumir sus responsabilidades.

La oración no debe ser el último recurso cuando todos los demás fracasan, o en caso de dificultad mayor.

La oración es una conversación entre dos personas que existen realmente, entre un ser humano y una persona divina. Es sencillamente hablar con Dios como lo hace un niño con su padre, o hablar con Jesús, quien vino a tomar nuestra condición humana. Es exponerle nuestras preocupaciones, nuestras tristezas y alegrías, nuestros proyectos, y también darle gracias. Es tener la seguridad de que nos escucha, de que nos responderá y nos dará lo que es bueno para quienes se dirigen a él.

Así como nos habla por medio de su Palabra, la Biblia, también desea que nosotros le hablemos mediante la oración, de forma sencilla, con nuestras palabras, que son la expresión de un corazón sincero y confiado. “Dios es amor” (1 Juan 4:8), y el hecho de que nos escuche es la prueba de ello.

Alguien dijo que orar, en cierto sentido, es tener una puerta abierta al cielo.

Levítico 8 – Romanos 5 – Salmo 64 – Proverbios 16:7-8

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El fariseo y el recaudador de impuestos

Sábado 26 Mayo

Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Lucas 18:14

No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.

Eclesiastés 5:2

El fariseo y el recaudador de impuestos

Algunas parábolas (13): Lucas 18:9-14

Resumen: Un fariseo (miembro de un partido religioso) y un publicano (un recaudador de impuestos al servicio de los invasores romanos) fueron al templo a orar. El primero se creía mejor que los demás y daba gracias a Dios por ello. El segundo, al contrario, consciente de sus faltas, imploró la gracia divina: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Entonces Jesús dio la apreciación de Dios: el segundo fue justificado, el primero no.

Significado: El fariseo representa a un hombre que confía en sí mismo y en sus prácticas religiosas. Llega a considerarse superior a los demás. El recaudador de impuestos representa a una persona consciente de su indignidad ante Dios, pero que ora con fe.

Aplicación: Exteriormente la actitud de ambos era la misma, y era buena: oraban en el templo. Pero esto no era suficiente; lo que cuenta es el estado del corazón, y este es puesto a la luz a través de las palabras de los dos hombres: a pesar de sus oraciones, el fariseo ponía su confianza en sí mismo. Expuso sus méritos personales y permaneció ajeno a la gracia de Dios.

Pero el recaudador de impuestos sabía que era pecador y contó absolutamente con la gracia de Dios. Salió del templo con la certeza de que Dios lo había escuchado y recibido. Se fue con el corazón en paz. Tomó el lugar correcto ante Dios y halló el consuelo y la justicia. ¡Imitémosle!

(continuará el próximo sábado)

Levítico 7 – Romanos 4 – Salmo 63:5-11 – Proverbios 16:5-6©

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Dos aspectos de la cruz de Cristo

Viernes 25 Mayo

(Cristo hizo) la paz mediante la sangre de su cruz.

Colosenses 1:20

Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.

Gálatas 6:14

Dos aspectos de la cruz de Cristo

1) El fundamento de nuestra paz con Dios.

En la cruz Jesús dio su vida por nosotros, llevó el castigo que merecían nuestros pecados. Por ello la cruz es el fundamento de nuestra paz con Dios. En ella vemos a Dios como el que amó de tal manera al mundo, que dio a su Hijo unigénito (Juan 3:16). En la cruz Dios se reveló, a la vez, como el que nos ama y el que es justo. Condena el pecado y justifica al pecador que se arrepiente (Romanos 3:26). En la cruz la gracia de Dios nos alcanza, nos levanta y nos salva. Nos reconcilia con él, nos hace sus hijos y nos coloca en su presencia. ¡Nos llena de agradecimiento y alabanza!

2) El fundamento de nuestro testimonio diario.

Si, por una parte, la cruz nos une a Dios, por otra parte nos separa moralmente del mundo. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Somos pues, como él, rechazados por el mundo. Las dos cosas van juntas: si la cruz se ha puesto entre nosotros y nuestros pecados, también se pone entre nosotros y el mundo. En el primer caso, nos da la paz con Dios; en el segundo caso, nos pone en oposición con el mundo, donde sin embargo debemos vivir y hacer el bien, imitar a Cristo.

Retengamos estos dos aspectos de la cruz. ¿Vamos a aceptar el primero y rechazar el segundo? Por medio de la cruz, Dios nos invita a entrar en el “reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13), pero también a salir moralmente del mundo, cuyo jefe es Satanás.

Levítico 6 – Romanos 3 – Salmo 63:1-4 – Proverbios 16:3-4©

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Examen para un cristiano

Jueves 24 Mayo

Por el fruto se conoce el árbol.

Mateo 12:33

Yo pues… os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.

Efesios 4:1

Examen para un cristiano

Un predicador se sentó en el bus que lo llevaría al lugar donde iba a predicar el Evangelio en público. Al contar el dinero que le devolvió el conductor, se dio cuenta de que había 40 centavos de más. Cuando llegó a su destino, en el momento de bajarse del bus, devolvió los 40 céntimos al conductor, diciéndole: –Me dio de más.

El conductor sonrió y le preguntó: –¿Es usted el nuevo predicador del barrio?

–Sí.

–Pues fíjese, continuó diciendo el conductor, desde hace algún tiempo he pensado ir a una iglesia, y solo quería ver cómo reaccionaría usted si le devolvía más de la cuenta… ¡Hasta el próximo domingo! Nos veremos en la sala de reuniones…

Cristianos, a menudo nuestra vida diaria es la primera manera de dar a conocer el Evangelio de Cristo a aquellos que nos rodean. La Palabra de Dios incluso afirma que para ellos somos “carta de Cristo” (2 Corintios 3:3): nuestra vida muestra lo que creemos. El ejemplo de este evangelista ilustra la manera como nos miran quienes nos rodean, y también la manera como a veces podemos ser probados mediante nuestro comportamiento. Somos llamados a actuar honestamente ante todos los hombres (Romanos 12:17), tanto en los pequeños detalles como en aquello que es más importante.

Recordemos que un cristiano lleva el nombre de Jesucristo. ¡Velemos sobre nuestras palabras, nuestros actos y nuestro comportamiento!

Levítico 5 – Romanos 2 – Salmo 62:9-12 – Proverbios 16:1-2

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Tres objetivos

Miércoles 23 Mayo

Qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia (bondad), y humillarte ante tu Dios.

Miqueas 6:8

Tres objetivos

Amigos cristianos, Dios conoce las disposiciones interiores de cada uno de nosotros. A través del profeta Miqueas nos indica tres maneras de orientar nuestra vida para agradarle.

–Hacer justicia: Significa ser recto en nuestras palabras, actitudes y relaciones con los demás. Esta rectitud se nota rápido en un mundo impregnado de mentira e hipocresía. Es la base de todo testimonio cristiano. Muestra uno de los caracteres de Dios.

–Amar misericordia: “De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos” (Salmo 90:14). Dios es la fuente de la misericordia, de la bondad, y Jesús es su perfecta expresión. Esa bondad nos conduce a buscar el bien de los que nos rodean y a responder a sus necesidades espirituales, afectivas o materiales, sin dejarnos desanimar por la indiferencia o el menosprecio.

–Humillarte ante tu Dios (o “andar humildemente con tu Dios”): Los dos primeros puntos conciernen a nuestras relaciones con nuestros semejantes, y este último a nuestra actitud hacia Dios. Él es nuestro Creador, nuestro Dios Salvador. Él es quien nos sostiene en nuestra vida cristiana. Si reconocemos que absolutamente todo lo debemos a Dios, permanecemos humildes ante él y contamos con su ayuda para hacer su voluntad cada día.

Solo hubo Uno que respondió perfectamente a lo que Dios esperaba del hombre, Jesús nuestro Señor. Dios le dijo desde el cielo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Marcos 1:11).

¡Él desea que lo sigamos y lo imitemos!

Levítico 4 – Romanos 1 – Salmo 62:5-8 – Proverbios 15:33©

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Fe y obras

Martes 22 Mayo

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Romanos 5:1

Fe y obras

“Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

Un evangelista explicaba este versículo. Estamos reconciliados, tenemos la paz con Dios solo mediante la fe, es un don de Dios. Nuestra salvación no se gana, no se merece, no se compra. Un asistente, convencido de que las obras eran necesarias para ser salvos, le citó otro pasaje de la Biblia: “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24). ¿Ambas cosas son compatibles?

La Biblia es la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo es su autor. Dios no se contradice. Estos dos versículos expresan dos puntos de vista diferentes y complementarios: lo que Dios ve y lo que pueden ver los hombres.

Dios puede leer en nuestros pensamientos y en nuestro corazón. Él sabe si el creyente confía solo en la obra de Cristo para ser salvo. Solo de esta manera, es decir, por la fe, es hecho “justo” ante Dios. La fe es un acto de confianza en Dios y no una simple adhesión a un conjunto de dogmas.

Para los hombres, que únicamente ven el resultado exterior de la transformación interior, las obras hacen que la fe sea visible. Las obras de un creyente son coherentes con lo que hay en su interior. Su vida cotidiana es el reflejo de su fe.

Los dos aspectos son importantes. Primeramente la fe, para echar mano del regalo de Dios, y luego los actos, como frutos de la vida divina.

Levítico 3 – Marcos 16 – Salmo 62:1-4 – Proverbios 15:31-32

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Las inescrutables riquezas de Cristo.

Lunes 21 Mayo

Si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.

Romanos 8:17

Las inescrutables riquezas de Cristo…

Efesios 3:8

La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros.

Colosenses 3:16

¡Instálese en el castillo!

Un hombre pobre acababa de recibir una herencia inesperada. Un tío que no tenía hijos había muerto súbitamente y él era el único heredero. ¡De repente se había convertido en el propietario de un castillo rodeado de un gran terreno! ¡Era rico!

Se disponía a tomar posesión de la propiedad. Pero, intimidado, no se atrevió a ocupar el castillo. Prefirió instalarse con su familia en una cabaña destinada al encargado de cuidar la propiedad. El notario fue a visitarlos y estupefacto exclamó: «Pero señor, ¡instálese en el castillo!». Le mostró el documento que probaba que todo le pertenecía. ¡Qué lástima conformarse con una vivienda pequeña e incómoda cuando se posee un castillo!

Al recibir a Jesús por la fe, nos convertimos en hijos de Dios y herederos de las riquezas divinas. Pero a menudo nuestra vida cristiana es pobre y mediocre. Nos conformamos con saber que somos salvos, sin tomar posesión activa de las riquezas que Jesús nos ofrece: el perdón de nuestros pecados, la benignidad permanente de Dios, el conocimiento del Padre, el acceso a él mediante la oración, la liberación del poder del pecado, la esperanza de la vida eterna, la perspectiva de compartir la gloria del Hijo de Dios, ¡y todo el gozo y la paz que Dios quiere que experimentemos desde ahora en la tierra!

El «acta notarial» mediante la cual conocemos nuestros derechos es la Palabra de Dios. Leámosla atentamente y descubriremos cuán ricos somos.

Levítico 1-2 – Marcos 15:21-47 – Salmo 61 – Proverbios 15:29-30

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Edificaré mi iglesia.

Domingo 20 Mayo

No os dejaré huérfanos… Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Juan 14:18, 26

Edificaré mi iglesia.

Mateo 16:18

Pentecostés

Lea Hechos capítulos 1 y 2

Sucedió en Jerusalén, un domingo por la mañana, el día de Pentecostés, 50 días después de la resurrección de Jesucristo. Muchos judíos piadosos, procedentes de diferentes naciones, se encontraron para celebrar “la fiesta de las semanas” (Éxodo 34:22; Levítico 23:15-16). Los discípulos estaban reunidos en una casa. Desde que Jesús fue alzado al cielo, estaban felices, alababan y bendecían a Dios en el templo (Lucas 24:53), perseverando en la oración. También esperaban que la promesa de Jesús se cumpliese: Os enviaré el Espíritu Santo (Juan 16:7). Aquella mañana esa promesa se hizo realidad: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). La Iglesia, o Asamblea, nació.

La primera manifestación del poder del Espíritu Santo permitió a los discípulos anunciar “las maravillas de Dios” en las diferentes lenguas de las personas que se habían agrupado (Hechos 2:8-11). Los auditores quedaron estupefactos: “¿Qué quiere decir esto?”. Entonces el apóstol Pedro les recordó la crucifixión de Cristo, su resurrección y su ascensión al cielo. Sus palabras alcanzaron el corazón de muchas personas: “¿Qué haremos?”, preguntaron. Pedro respondió: “Arrepentíos”, es decir, reconoced que Jesucristo murió por vuestros pecados. Aceptadle como su Salvador, luego sed bautizados en el nombre de Jesucristo, y recibiréis el Espíritu Santo.

Aquel día 3.000 personas recibieron la palabra de Dios y fueron bautizadas.

Joel 3 – Marcos 15:1-20 – Salmo 60:6-12 – Proverbios 15:27-28
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El hijo arrepentido y su hermano

Sábado 19 Mayo

Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó… El padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle.

Lucas 15:20-22

El hijo pródigo y su hermano

Algunas parábolas (12): Lucas 15:11-32

Resumen: Un hombre tenía dos hijos. El menor le pidió su parte de la herencia; luego se fue lejos y malgastó todo “viviendo perdidamente”. Pronto se vio obligado a cuidar cerdos para poder sobrevivir. ¡Ansiaba comer el alimento de los animales, pero nadie le daba! Entonces pensó en la casa de su padre y decidió volver…

Cuando su padre lo vio de lejos, corrió hacia él, se echó sobre su cuello y le besó. Luego le puso el mejor vestido y organizó una fiesta para gozarse con los suyos. Cuando el hijo mayor regresó del trabajo, se enojó y no quiso participar en la fiesta. Acusó a su padre de ser injusto, pero este le respondió: “Tu hermano… se había perdido, y es hallado”.

Significado: El hijo menor representa a toda persona que reconoce que lejos de Dios su vida es un fracaso y vuelve a él arrepentida. Entonces Dios Padre la recibe manifestándole su gracia. El hijo mayor es aquel que piensa que tiene una buena moral y estima que Dios le debe algo. No conoce la gracia divina y es ajeno a su gozo.

Aplicación: ¿Nos identificamos con la historia del hijo menor? Después de haber vivido egoístamente con lo que Dios nos dio, y a veces en el mal, ¿hemos vuelto a Dios? Si nos arrepentimos, experimentaremos la bienvenida del Padre, su gracia y su gozo; pero si no lo hacemos, seremos como el hijo mayor, satisfechos de nosotros mismos, con el corazón cerrado y frío.

(continuará el próximo sábado)

Joel 2 – Marcos 14:53-72 – Salmo 60:1-5 – Proverbios 15:25-26

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¡Rechazado!

Viernes 18 Mayo

Jesús… a este… matasteis por manos de inicuos, crucificándole.

Hechos 2:22-23

Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

Hechos 2:36

Rechazado

Jesús, el Hijo de Dios, vino a la tierra para salvarnos. ¿Cómo fue recibido? ¡Nadie lo quiso! “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Cuando nació, no hubo lugar para sus padres José y María en el mesón; no tuvo una cuna, sino un pesebre (Lucas 2:7). Fue incomprendido y rechazado desde sus primeras palabras en público en Nazaret, la ciudad donde vivía; la gente se sentía incómoda con su presencia. Trataron de deshacerse de él (Lucas 4:29).

Al final de su vida en la tierra todos se unieron contra él: judíos y romanos, Herodes rey de Judea y Poncio Pilato gobernador romano, los jefes religiosos y el pueblo. Todos sabían que Jesús solo había hecho el bien, pero todos pedían su muerte. Los motivos eran diversos: celos por motivos religiosos, envidia, odio, hostilidad, indiferencia… Jesús tuvo que enfrentarse al desprecio, la burla, las calumnias, el odio, la brutalidad de los soldados, los latigazos, la corona de espinas, las bofetadas, los escupitajos… ¡Qué injusticia tan grande contra aquel que no había hecho ningún mal! (Lucas 23:41).

Pero más grave todavía, los hombres se atrevieron a matar al Mesías, el Cristo, el santo Hijo de Dios. Todos, judíos y no judíos, son culpables de este crimen.

Jesús no mostró resistencia, sin embargo dijo: “Pongo mi vida… Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:17-18). Fue por amor que “él puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16).

Joel 1 – Marcos 14:26-52 – Salmo 59:8-17 – Proverbios 15:23-24

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