La Biblia es la revelación de Dios (1)

(Jesús dijo a Dios:) Tu palabra es verdad.

Juan 17:17

La recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.

1 Tesalonicenses 2:13

… los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.

2 Pedro 1:21

La Biblia es la revelación de Dios (1)

Para todo hombre, esta es la pregunta crucial: ¿Creo que la Biblia es la Palabra de Dios?

Si este es su caso, al leerla atentamente todo se ilumina y se aclara; pero es necesario recibir lo que Dios dice, tal como un niño recibe la palabra de su padre que lo ama y no lo engaña. ¡Solo Dios es totalmente veraz!

Así, la luz divina me ilumina desde el día en que acepto que Dios me habla por medio de Jesucristo, su Hijo. Jesús es la Palabra hecha carne. Por medio de él Dios se pone en contacto con el hombre. Dios es justo y no miente. También es amor, es fiel y no engaña a nadie, por ello podemos creer con toda confianza el testimonio que da sobre su Hijo: “Esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:11-13).

La Biblia también dice: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).

Dios quiere que todos los hombres sean salvos, por ello hizo todo lo necesario para librar nuestra alma y todo nuestro ser.

Si usted pone su confianza en otra cosa (filosofía, religiones paganas, teorías esotéricas,…) que no sea la Biblia, permanecerá en la duda y la confusión. ¡Crea en Jesús; él es “la luz de la vida”! (Juan 8:12).

(mañana continuará)

1 Crónicas 19 – Lucas 16 – Salmo 91:1-6 – Proverbios 20:27-28

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Quién me ha tocado?

sábado 5 agosto

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos.

Mateo 7:21

Y estando fuera empecéis a llamar a la puerta… comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá:… apartaos de mí todos vosotros.

Lucas 13:25-27

¿Quién me ha tocado?

Jesús se dirigía a la casa de un jefe de la sinagoga cuya hija estaba enferma. Una gran multitud lo acompañaba. De repente Jesús se detuvo e hizo una inesperada pregunta: “¿Quién es el que me ha tocado?”. Los discípulos, traduciendo la sorpresa general, respondieron: “Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?” (Lucas 8:45).

Una mujer se acercó y le confesó que después de haber buscado en vano la sanación a través de los médicos, había tocado el borde de su manto. Inmediatamente había quedado curada de su enfermedad. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz” (Lucas 8:48).

Hoy los cristianos pueden ser comparados a esas personas que se agolparon alrededor de Jesús. Y él hace esta pregunta a cada uno: “¿Quién es el que me ha tocado?”. ¿Quién de nosotros lo ha “tocado” realmente? Alcanzados por la terrible “enfermedad” del pecado, no podemos ser curados por ningún médico. Pero Jesús está ahí, a nuestro alcance. Él tiene el poder para curar nuestra alma, es decir, para perdonar nuestros pecados y darnos la vida eterna. Para ello es necesario «tocarlo», es decir, tener un contacto personal con él mediante la fe.

Si nos contentamos con formar parte de “la multitud”, pasamos al lado del único medio real para ser curados. Acerquémonos con confianza al Señor, y él nos dirá: “Tu fe te ha salvado; ve en paz”.

1 Crónicas 18 – Lucas 15 – Salmo 90:13-17 – Proverbios 20:25-26

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El reflejo de la luna en el estanque

viernes 4 agosto

Dios es amor… envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.

1 Juan 4:8-9

Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida… ni lo presente, ni lo por venir… ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8:38-39

El reflejo de la luna en el estanque

Una hermosa noche estrellada me puse a observar el reflejo de la luna en un estanque. La superficie del agua era lisa y reflejaba perfectamente su imagen.

De repente una ráfaga de viento agitó el agua, y la superficie empezó a moverse. Era como si la luna estuviera temblando. Levanté la mirada y vi que en el cielo ella seguía brillando como antes.

Luego una hoja cayó en el agua, movió nuevamente la superficie y alteró el reflejo de la luna. ¡En el cielo no había cambiado nada, pues la hoja no había tocado la luna!

Luego tomé un palo y agité el fondo del estanque. Esta vez el lodo subió a la superficie y el reflejo de la luna quedó totalmente borrado. ¡Pero ella seguía brillando entre las estrellas!

Cristianos, ¿cómo apreciamos el amor divino? “Dios es amor”, nos dice la Biblia. Dios es el mismo, suceda lo que suceda; pero nosotros somos fluctuantes. Como el viento, la caída de una hoja o el lodo turban el reflejo de la luna en el estanque, las circunstancias exteriores o nuestro estado interior pueden influenciar la manera en que apreciamos el amor divino. ¡No nos dejemos turbar! El amor de Dios por sus hijos es invariable. No depende de lo que somos; los elementos que nos perturban no pueden alcanzarlo. ¡El amor está en Dios mismo!

Por lo tanto, depositemos nuestra confianza en ese amor eterno. ¡No miremos en nosotros mismos, elevemos la mirada al cielo y gocémonos, pues Dios nos ama y seguirá amándonos!

1 Crónicas 17 – Lucas 14 – Salmo 90:7-12 – Proverbios 20:23-24

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¡Ahí está la cruz!

Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Gálatas 6:14

Jesús… sufrió la cruz.

Hebreos 12:2

¡Ahí está la cruz!

Cuando unos excursionistas que salieron de Chamonix (Francia) dejaron el valle, al despuntar el día, para subir a un pico del macizo del Mont Blanc, llovía ligeramente, pero nada dejaba suponer que afrontarían una tempestad de nieve tan violenta que los mismos guías estaban angustiados. Se detuvieron para tomar una decisión. «Si el viento se vuelve a levantar como hace un momento, declaró uno de los guías, estamos perdidos. Debemos caminar con mucha prudencia. A cada paso corremos el riesgo de caer en un precipicio que no hayamos visto debido a la borrasca».

¡De repente se oyó un grito de alegría! El guía que iba a la cabeza del grupo exclamó: «¡Ahí está la cruz! ¡Estamos a salvo!». Todos se reunieron al pie de la cruz ubicada en ese lugar para orientar a los caminantes. ¿Cada una de esas personas se daría cuenta del verdadero significado de esa cruz?

En el camino de la vida existen muchos precipicios en los cuales corremos el riesgo de caer, hay muchas tempestades que pueden desviarnos de nuestro camino. Por medio de este relato queremos llevar a cada uno de nuestros lectores a sentir la necesidad de ser perdonado, de conocer al único Salvador que puede librarnos de la muerte eterna.

En la cruz, Jesús se dejó crucificar para llevar sobre sí mismo el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). La salvación, la vida eterna, es creer en Jesús, elevar nuestra mirada hacia esa cruz donde murió por mí.

1 Crónicas 16 – Lucas 13:18-35 – Salmo 90:1-6 – Proverbios 20:22

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La aurora boreal

miércoles 2 agosto

… aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe… sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.

1 Pedro 1:6-7

La aurora boreal

Era una noche oscura, afuera reinaba un frío casi siberiano. Sin embargo, nuestros amigos finlandeses nos invitaron a que saliésemos: «Abríguense bien y salgan. ¡Vengan a ver algo espectacular!». Rápidamente nos abrigamos bien y salimos intrigados por lo que íbamos a ver. De repente el cielo se iluminó, como si se proyectasen potentes rayos láser. La luz iba y venía; era como una gigantesca cortina luminosa colgada de la bóveda celeste. ¡Estábamos maravillados! ¡Era una aurora boreal!

Ese espectáculo maravilloso nos hace pensar en lo que a veces sucede en nuestras vidas. Nos gustaría permanecer en nuestro confort, pero de repente nos encontramos en el frío de la prueba y la noche del sufrimiento. En vez de desanimarnos, ¡vayamos al Señor! Él es el Dios de gloria, el autor de todas las maravillas de la naturaleza, y el esplendor de las auroras boreales es una de ellas. Pero también creó otro tipo de belleza, una belleza de carácter moral, espiritual: el despliegue de su gracia, capaz de transformar en joyas de su amor vidas estropeadas por el pecado. Esta magnífica gracia no es efímera, sino que acompaña al creyente durante toda su vida.

Un cristiano, prisionero debido a su fe, dijo: «En medio del sufrimiento aprendemos a conocer a Jesús de una manera diferente que si estuviésemos en la abundancia. La prueba lleva sus frutos, de manera que nos damos cuenta del amor de Cristo aun más». En nuestras noches más profundas brilla con mayor resplandor la gracia del Señor.

1 Crónicas 15 – Lucas 13:1-17 – Salmo 89:46-52 – Proverbios 20:20-21

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Dios se revela

Varones atenienses… pasando y mirando… hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: Al Dios no conocido.

Hechos 17:22-23

No se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones.

Hechos 14:17

Dios se revela

Los griegos habían construido en Atenas un altar “al Dios no conocido”. Reconocidos entre los más sabios de los pueblos de la Antigüedad, fundadores de la filosofía, admitían que su sabiduría no les había permitido conocer a Dios.

Si tratamos de conocer a Dios con nuestra inteligencia, si procuramos ir a él mediante nuestros esfuerzos, seguirá siendo para nosotros el Dios desconocido. Pero él se acerca a nosotros y nos busca. Es el Dios que se da a conocer porque nos ama.

Dios no apareció en todo el esplendor de su gloria. El hombre no hubiese podido verlo y permanecer vivo (Éxodo 33:20). Pero Dios nos interpela y quiere ganar nuestra confianza. Nos da pruebas de su existencia y de su presencia, y espera una respuesta de nosotros: la respuesta de la fe.

Dios dio señales de su poder y de su sabiduría mediante el testimonio de la Creación. También se dio a conocer por las palabras que están escritas en un libro: la Biblia. La revelación de Dios va mucho más allá que el testimonio de la naturaleza, más lejos aún que las palabras de los profetas: finalmente nos habló en la persona de su Hijo Jesucristo. Jesús vino del cielo, enviado por Dios, manifestó la naturaleza de Dios: amor y luz.

¡La fe cristiana consiste en recibir ese don! ¿Lo recibió usted?

1 Crónicas 13-14 – Lucas 12:41-59 – Salmo 89:38-45 – Proverbios 20:18-19

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Yo soy la luz del mundo

lunes 31 julio

Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

Juan 8:12

Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.

Efesios 5:14

Yo soy la luz del mundo

Al principio de la creación del mundo, la tierra estaba sumida en las tinieblas. La primera intervención de Dios en este desorden y vacío fue hacer que la luz apareciese. Luego las acciones creadoras de Dios se sucedieron de forma maravillosa.

El espíritu del hombre sin Dios también está en la oscuridad, es incapaz de responder a las preguntas básicas que se hace: ¿Por qué nací? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué me espera después de la muerte? Desde hace miles de años, pensadores y filósofos estudian estas preguntas, pero ninguno de ellos ha podido dar una respuesta satisfactoria.

Sin embargo, en la persona de Jesús, la verdadera luz vino al mundo (Juan 1:9). Él, el Hijo de Dios, es la respuesta a estas angustiosas preguntas. Mediante su vida en este mundo y por su muerte, revela el amor de Dios hacia los hombres. En la cruz se cumplió perfectamente todo lo necesario para que este amor se pudiese manifestar a los hombres. No busquemos respuestas en las diversas ideologías que el hombre creó; más bien aceptemos esta luz que viene de arriba. Tengamos cuidado; cuando Cristo vivió entre los hombres, “los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19).

Aceptemos humildemente que la luz de Dios ilumine nuestra vida. Entonces todo nuestro ser será iluminado para discernir al Hijo de Dios, el Salvador. ¡Esto es conocer la luz de la vida!

1 Crónicas 12 – Lucas 12:22-40 – Salmo 89:28-37 – Proverbios 20:16-17

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¿Se ha perdido?

Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras.

Zacarías 1:4

Enséñame, oh Señor, tu camino, y guíame.

Salmo 27:11

¿Se ha perdido?

«No se va a perder; siga la carretera principal que conduce al pueblo». Seguí ese consejo, pero en realidad la famosa carretera me alejó de mi destino. Después de recorrer algunos kilómetros me di cuenta de que efectivamente me había perdido.

Es un poco la historia de nuestra vida. ¿De quién podemos fiarnos para no equivocarnos de dirección? Mi vida puede ser comparada a un camino. ¡Debo tomar la buena dirección si quiero llegar al buen lugar! ¿En quién confiar para orientarme bien? ¿Voy a seguir a la mayoría, o los consejos de filósofos, de líderes o de gurús, cada vez más numerosos?

Jesús me encontró en el camino, porque me buscaba. No estaba ahí por casualidad, sino que me estaba esperando. No solo me mostró el camino, sino que me invitó a creer en él y a seguirle, sin obligarme. Aunque varias veces no quise escucharle y me alejé cada vez más, él siempre me estuvo esperando. Su voz por fin halló eco en mi corazón: ¡creí en él! Me tomó en su mano poderosa y me salvó para siempre del camino que conduce a la perdición. Ahora, al lado de aquel que me lleva de la mano, qué gozo escuchar sus palabras: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Mediante su muerte para librarnos de nuestros pecados, Jesús nos abrió la senda que lleva al Padre. ¡Pidámosle que nos ayude a caminar en las pisadas de Jesús! Démosle también las gracias por habernos dado a conocer el camino que conduce a la vida.

1 Crónicas 11 – Lucas 12:1-21 – Salmo 89:19-27 – Proverbios 20:14-15

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La autodestrucción

sábado 29 julio

No oí la voz de los que me instruían, y a los que me enseñaban no incliné mi oído.

Proverbios 5:13

No menosprecies, hijo mío, el castigo del Señor, ni te fatigues de su corrección.

Proverbios 3:11

La autodestrucción

Nos llama la atención la incapacidad del hombre para liberarse de lo que es nocivo para él. A muchos les gusta lo que los destruye. Todos conocemos los serios daños que causa a la salud el consumo de tabaco, el alcohol, la droga y todo tipo de excesos. Pero uno no quiere, o no puede, abandonar aquello que primeramente es un placer y pronto se convierte en una esclavitud. A menudo los consejos no sirven de nada.

¡Lo que es cierto en el campo físico, también lo es en lo espiritual! Al hacer el mal, nos hacemos mal y nos destruimos a nosotros mismos. La Palabra de Dios deja bien claras las inclinaciones obstinadas de nuestra naturaleza, junto a nuestra incapacidad para liberarnos de ellas. El profeta Jeremías dijo: “Y no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante” (Jeremías 7:24).

Negarse a escuchar a Dios, a ir a él para aceptar la liberación que ofrece, conduce a la muerte eterna. Dios nos invita a escucharle y a recibir sencillamente lo que nos dice, para nuestra felicidad presente y eterna.

“Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lucas 11:28).

“Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).

“Venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma” (Isaías 55:3).

1 Crónicas 10 – Lucas 11:29-54 – Salmo 89:15-18 – Proverbios 20:12-13

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“¡Es el Señor!”

Él (Jesús) les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!

Juan 21:6-7

“¡Es el Señor!”

Lea Juan 21:1-14

Jesús resucitado fue al encuentro de sus discípulos al mismo lugar donde al principio los había llamado para que lo siguiesen. Se presentó a ellos en la orilla del lago de Tiberias, mientras pescaban.

Esto también puede suceder en nuestras vidas, amigos cristianos. Quizás, como los discípulos, estamos ocupados en nuestras actividades y pensamos que Jesús no tiene nada que ver con ellas; pero él viene a nuestro encuentro en nuestras actividades profesionales, sociales y familiares.

Sin ser reconocido, Jesús señaló a sus discípulos el lugar donde podían hallar peces. Escucharon el consejo y capturaron tantos peces que las redes se rompían. Esta pesca extraordinaria abrió los ojos de Juan, quien exclamó: “¡Es el Señor!”. Esto también nos puede suceder a nosotros, cristianos. A veces, en una situación incluso sin importancia, nos damos cuenta de que el Señor Jesús ha intervenido. ¡Nos ayudó, y nuestro gozo se despertó!

Jesús se dio a conocer no solo como el Señor, sino también como el servidor. Encendió el fuego y empezó a asar pescado para los apóstoles. Luego añadió algunos peces de los que ellos acababan de pescar y los invitó a comer. ¡Fue él quien los invitó a cenar!

Todavía hoy, Jesús nos ofrece sus recursos y quiere dirigir nuestras actividades. Aprendamos, en oración y escuchando su Palabra, a discernir su voluntad, a reconocer que él actúa y está presente en el centro de nuestra vida.

1 Crónicas 9 – Lucas 11:1-28 – Salmo 89:7-14 – Proverbios 20:10-11

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