Tiene que saberlo

A este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

Hechos 2:36

Tiene que saberlo

El versículo citado nos concierne a todos, pues declara el lugar que Dios dio a Jesús. Dios es el que habla, y nosotros no podemos ignorarlo ni poner en duda su Palabra. Comentamos el versículo palabra por palabra:

–“Jesús”: este nombre significa “Dios Salvador”. Es Dios hecho hombre, vino a la tierra para participar de nuestra humanidad y al mismo tiempo revelarnos su divinidad. Él es el único nombre “dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

–“a quien vosotros”: Dios recuerda a su pueblo, “la casa de Israel”, la responsabilidad de la crucifixión; pero fue Pilato, el gobernador romano, quien lo entregó a los verdugos. Por lo tanto, los que no somos judíos debemos reconocer que esto también nos concierne, pues rechazamos al Enviado de Dios, que vino para salvarnos.

–“crucificasteis”: los hombres crucificaron al Hijo de Dios. Él murió en la cruz del Calvario. Aceptó el juicio que nosotros merecíamos debido a nuestra desobediencia, para que Dios no nos la tenga más en cuenta.

–“Dios”: aquel que tiene la autoridad suprema y la justicia… ¡sin olvidar el amor!

–“le ha hecho Señor”: A Jesús, el Hombre humillado, Dios lo hizo Señor, aquel que domina sobre todo y a quien debemos obediencia.

–“y Cristo”: también lo hizo Cristo, es decir, aquel que fue ungido, escogido para reinar.

Usted debe conocer estas verdades bíblicas y recibirlas con total seguridad, pues su futuro eterno dependerá de lo que haga con ellas.

1 Reyes 6 – Marcos 8:22-38 – Salmo 54 – Proverbios 15:1-2

La violencia

Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.

Mateo 15:19

(Dios dijo:) Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.

Ezequiel 36:26

La violencia

Esta tarde observaba a dos de mis nietos que jugaban en el jardín. La calma solo duró unos instantes, pues pronto empezaron a discutir y a pelear. El mayor recibió un golpe de su hermano, quien rápidamente se lo devolvió. Intervine y les pregunté qué sucedía. Las dos respuestas fueron idénticas: «¡Él me pegó!». ¿Cuál era la verdadera? Me fue imposible oírla, pues cada uno culpaba al otro.

Esta pequeña disputa entre niños casi nos haría sonreír si no fuera el reflejo de una violencia mucho más seria en el mundo de los adultos. La Biblia nos dice que la violencia marca las relaciones humanas desde el principio: Caín mató a su hermano Abel. Desde ese suceso, ¡cuánta violencia ha habido en el mundo! En efecto, el corazón humano es egoísta y pronto para actuar con maldad. ¿Podemos erradicar esta raíz de mal que hay en nosotros?

La Biblia dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo el Señor” (Jeremías 17:9-10). El corazón del hombre no ha cambiado en el curso de las generaciones. La única solución para cambiar ese corazón tan duro es la que Dios, por amor, propone mediante su Hijo. Jesucristo da una vida nueva a aquellos que lo aceptan como Salvador; da un corazón nuevo en el que Dios derrama su amor mediante su Espíritu (Romanos 5:5).

¡Sí, con Jesús puedo tener una vida nueva, una vida marcada por la pureza y el amor!

1 Reyes 5 – Marcos 8:1-21 – Salmo 53 – Proverbios 14:35

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La autoridad de Jesús

viernes 5 mayo

Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna.

Juan 12:49-50

La autoridad de Jesús

Cuando estaba en la tierra, Jesús hablaba y actuaba con autoridad. Impresionaba a las multitudes, que decían: “Con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen” (Marcos 1:27). Sus palabras tenían un poder desconocido hasta ese momento. Podía curar las enfermedades mediante una simple palabra. Un oficial romano incluso le pidió: “Di la palabra, y mi criado sanará” (Mateo 8:8). Este oficial no fue decepcionado: “Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora” (Mateo 8:13).

Su autoridad también fue perceptible en su enseñanza. “Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Marcos 1:22). Jesús no se apoyaba en tal o cual maestro de la ley para acreditar sus declaraciones. Simplemente afirmaba: “De cierto, de cierto os digo”.

¿De dónde tenía esta autoridad? Los evangelios nos dan la respuesta. Jesús es más que un hombre excepcional. Es el Hijo de Dios; quiso acercarse a su criatura para salvarla del mal y de la muerte. Su autoridad se establecía de forma natural, porque era Dios. Era visible en toda su vida, su comportamiento, sus palabras, porque había venido a revelar a Dios el Padre: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). Era el Enviado del Padre, no para dominar, sino para liberar; no para condenar, sino para salvar a los que confiaban en él. ¡Esto todavía es cierto hoy!

¿Ha reconocido usted la autoridad de Jesús en su vida, con confianza y sinceridad?

1 Reyes 4 – Marcos 7:24-37 – Salmo 52 – Proverbios 14:33-34

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¿Por qué la prueba?

jueves 4 mayo

Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo.

Santiago 5:11

¿Por qué la prueba?

Una persona mayor, que había pasado por muchos sufrimientos en su vida, me dijo: «Sabe, los que todavía no han tenido pruebas, es mejor que se vayan preparando».

Tarde o temprano todos pasamos por momentos difíciles, preocupaciones, tristezas, duelo… Esos sufrimientos producen reacciones muy diferentes según las personas.

Dios permite el sufrimiento… pero el creyente sabe que Dios lo ama y desea su bien. El libro de Job nos presenta a un creyente que había perdido todo: sus hijos, sus bienes y su salud. El último capítulo muestra qué aprendió Job en medio del sufrimiento:

–“Yo conozco que todo lo puedes…” (Job 42:2). Ahora Job mide su pequeñez ante Dios.

–“Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí” (v. 3). Con humildad reconoció la sabiduría del plan divino hacia él.

–“Oye, te ruego… tú me enseñarás” (v. 4). Deseaba estar atento a lo que Dios quería enseñarle.

–“Ahora mis ojos te ven” (v. 5). Mediante la prueba aprendió a conocer realmente al Señor.

–“Por tanto me aborrezco…” (v. 6). Reconoce y confiesa que en su ser interior no todo está conforme a la voluntad de Dios.

Las pruebas que Job tuvo que atravesar en su vida tenían como objetivo mostrarle que el Señor “es muy misericordioso y compasivo”.

Aprendamos a ver a Dios cuando el dolor invade nuestro horizonte. Él quiere llevarnos a su luz, recordarnos nuestra fragilidad y cuánto necesitamos su gracia.

1 Reyes 3 – Marcos 7:1-23 – Salmo 51:13-19 – Proverbios 14:31-32

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Tenga un encuentro con Dios

miércoles 3 mayo

La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Hebreos 4:12

¿No es mi palabra como fuego, dice el Señor, y como martillo que quebranta la piedra?

Jeremías 23:29

Tenga un encuentro con Dios

El evangelista Moody (1837-1899) contaba que unos creyentes enviaron tratados evangélicos a hombres de la alta sociedad, miembros de un club importante de una ciudad americana.

Un tratado titulado «¡Despierte! ¡Tenga un encuentro con su Dios!», fue enviado a uno de ellos, muy conocido por su vida disoluta.

«¿Quién tiene la insolencia de enviarme estas tonterías?», exclamó. Furioso contra el desconocido remitente, se levantó para quemar el tratado. Pero en ese momento se le ocurrió la idea de enviárselo a un amigo, como broma, para ver cómo reaccionaría. Puso el tratado en un sobre y, disimulando su escritura, lo remitió a un amigo muy bromista. El tratado fue recibido con una palabrota dirigida a esos «cristianos idiotas». El destinatario iba a romper la hoja cuando sus ojos cayeron sobre el título: «¡Despierte! ¡Tenga un encuentro con su Dios!». ¿Cómo? El hombre empezó a leerlo, y cuando terminó, ya no quería romperlo. Su conciencia había sido alcanzada; era como si una flecha divina hubiese alcanzado lo más profundo de su ser. Pronto se convenció de que tenía muchas cosas que arreglar en su vida y halló el perdón en Jesucristo.

Luego pensó en sus amigos que vivían sin preocuparse por Dios. El tratado volvió al correo, pero esta vez iba dirigido con buen motivo a otro amigo. Allí también el llamado de Dios alcanzó el corazón del lector.

1 Reyes 2:26-46 – Marcos 6:30-56 – Salmo 51:6-12 – Proverbios 14:29-30

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Progresar hacia la madurez

Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad.

2 Pedro 3:18

Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.

1 Corintios 3:6

Progresar hacia la madurez

¿Cómo crece el trigo? En Europa y América del Norte los pequeños granos se siembran en otoño y necesitan todo el invierno para convertirse en finos tallos verdes. Luego el viento acaricia y sacude sucesivamente las espigas que se van formando. A menudo la lluvia las azota y el sol parece quemarlas. Pero la planta continúa sacando alimento del suelo y madurando bajo el efecto del calor.

Para nosotros, cristianos, es lo mismo: maduramos lentamente. Pero, ¿qué puede ayudarnos a progresar espiritualmente? No es el ocuparnos de nosotros mismos, pensar en nuestro desarrollo personal, sino impregnarnos pacientemente, en nuestro interior, del ejemplo de Jesús, y esforzarnos para agradarle mediante nuestra manera de vivir. Contemplarlo a él nos transforma “en la misma imagen” (2 Corintios 3:18).

Progresamos cuando nuestro gozo abunda en el Señor, pero muchas veces crecemos más a través de las dificultades. Los fracasos y las tristezas, atravesados con el Señor, nos enseñan a conocernos mejor y a conocer más la fidelidad y el amor de Dios. También nos ayudan a comprender un poco a los que nos rodean.

Así como los padres se alegran por los progresos de sus hijos, Dios está atento al desarrollo espiritual de aquellos que pasaron a ser, mediante el nuevo nacimiento, sus hijos e hijas. Y su deseo es que cada uno de ellos se parezca cada vez más a Jesús, “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).

1 Reyes 2:1-25 – Marcos 6:1-29 – Salmo 51:1-5 – Proverbios 14:27-28

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Jesús habla a las mujeres (1)

lunes 1 mayo

Jesús iba… y los doce con él, y algunas mujeres… y otras muchas que le servían de sus bienes.

Lucas 8:1-3

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.

Juan 19:25

Jesús habla a las mujeres (1)

Al leer los evangelios nos llama la atención la actitud de Jesús hacia las mujeres con quienes se encontraba. Se mostró libre de todo prejuicio, les hablaba como hablaba a los hombres, con el mismo respeto, el mismo amor, las mismas exigencias y las mismas promesas: su actitud estaba ligada a lo que leía en los corazones. Su comprensión, su tacto, son tan diferentes a las opiniones de su época… ¡y de la nuestra!

Jesús defendió a una mujer despreciada debido a su pasado y subrayó su actitud de arrepentimiento, de humildad y agradecimiento porque sus pecados habían sido perdonados (Lucas 7:36-50). Protegió a otra que le presentaron para ser lapidada (Juan 8:3-11). También defendió a María de Betania, a quien los discípulos habían criticado por su gesto de adoración (Juan 12:1-8).

Con algunas mujeres Jesús tuvo conversaciones profundas sobre temas espirituales. Unas mujeres estuvieron cerca de él cuando fue crucificado. Y después de su resurrección se reveló primero a unas de ellas.

Jesús no desprecia a nadie, ni a los niños, ni a las mujeres, ni a los pobres, ni a los ricos, ni a los pecadores, ni a aquellos que se creen justos… Por supuesto que no pasa por alto nuestras faltas, pero no es con el objetivo de condenarnos, sino para perdonarnos.

En los 7 lunes que vienen presentaremos los diálogos entre Jesús y esas mujeres, todas diferentes, pero todas interpeladas por la gracia de Dios, de ese Dios que nos busca y quiere salvarnos.

1 Reyes 1:28-53 – Marcos 5:21-43 – Salmo 50:16-23 – Proverbios 14:25-26

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Le pedí a Dios que me mostrase dónde hallarlo

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

Mateo 7:7-8

Le pedí a Dios que me mostrase dónde hallarlo

Testimonio

«Nací en una familia cristiana, pero no era creyente. Cuando tenía 20 años empecé a buscar a Dios. Me dirigí a los testigos de Jehová y estudié la Biblia con ellos durante cuatro años. Así pude aprender diferentes relatos bíblicos, pero en mi vida nada había cambiado. Puse mi Biblia en un rincón y dejé a Dios de lado.

Más tarde me casé, pero rápidamente tuve muchos problemas en mi vida conyugal… En ese momento nuevamente oí hablar de Dios a través de varios cristianos, pero el mensaje me parecía demasiado hermoso para ser verdad. Un buen día retomé mi Biblia, pero dudaba entre compartir con los testigos de Jehová o con mis nuevos amigos cristianos.

¿En dónde estaba Dios? Con mis ojos llenos de lágrimas… oré con todo mi corazón y pedí a Dios que, si realmente existía, me mostrase dónde encontrarlo. Una hora después encontré en mi buzón una invitación a unas conferencias sobre la fe cristiana. Dos días después fui a la dirección indicada, y ese día me di cuenta de que Jesús había muerto por mí. Le pedí perdón por todos mis pecados.

Toda mi vida cambió, la paz y el amor volvieron a mi hogar. Dios llenó mi corazón con una paz y un gozo totalmente nuevos. Mi marido y varios miembros de mi familia también se convirtieron al Señor. ¡Sí, Dios fue muy bueno conmigo!».

Patricia

«Yo… soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados» (Isaías 43:25).

1 Reyes 1:1-27 – Marcos 5:1-20 – Salmo 50:7-15 – Proverbios 14:23-24

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¿Podemos olvidar a Dios?

sábado 29 abril

Te has olvidado de Dios tu creador.

Deuteronomio 32:18

Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.

Jeremías 31:3

¿Podemos olvidar a Dios?

En el Salmo 54 el rey David escribe, hablando de los hombres que querían destruir su vida: “No han puesto a Dios delante de sí” (v.3).

Todavía hoy, muchos hombres y mujeres rechazan incluso la noción de Dios, alejándola de sus pensamientos y de sus proyectos. No quieren admitir que Dios los ve y los oye, que toma nota de todo lo que hacen.

Sin embargo, Dios dice en la Biblia: “Yo el Señor, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:10). Y añade que llegará el momento en que todos los hombres que lo hayan excluido de sus pensamientos y de su vida tendrán que comparecer ante el divino Juez (Apocalipsis 20:11-15). ¡Es cierto que podemos olvidar a Dios durante nuestra vida, pero nadie podrá evitar estar un día ante su presencia!

En cambio Dios no se olvida de nadie. Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Ningún ser en el mundo, incluso el más odioso, está excluido del campo de su amor. ¿Ha tratado usted de olvidar a Dios? ¡Aún no es demasiado tarde para reparar ese olvido! Jesús dijo, y esto es válido para todos: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

Tomemos esta promesa al pie de la letra y conozcamos al Dios que nos ama. ¡Así nunca más huiremos de su presencia!

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 12:1).

Jonás 3-4 – Marcos 4:21-41 – Salmo 50:1-6 – Proverbios 14:21-22

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La puerta de la gracia

¿Por dónde va el camino a la habitación de la luz?

Job 38:19

(Jesús dijo:) Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo.

Juan 10:9

La puerta de la gracia

La habitación de la luz es el cielo, la casa del Padre, un lugar de absoluta felicidad donde Jesús el Salvador se halla rodeado de una multitud de ángeles. ¿Quién no quisiera ir allá? Pero, ¿dónde está la puerta del cielo? Solo hay una. Es estrecha (Mateo 7:13), y pocos son los que la hallan; es la puerta de la gracia. Una madre cristiana no puede hacer entrar a su hijo con ella. Puede mostrarle el camino al cielo, orar por él, pero el acceso es personal.

Para entrar se necesita una llave que abra la puerta. Los hombres forjaron centenares de llaves en el curso de los siglos. Tienen nombres muy conocidos: obras, peregrinaciones, sufrimientos que uno se impone, diversos sacrificios y hasta el don de su propia vida. Ninguna de estas llaves abre la puerta del cielo. Solamente una lo puede hacer, la llave de la fe personal. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

Dios nos abrió la puerta al enviar a Jesús, su Hijo, a la tierra para que soportara el castigo que merecían nuestros pecados. Dios, en su gracia, perdona a todos los que acuden a él confiando en el sacrificio de Jesucristo. Esto es entrar por Jesús, quien es “la Puerta”.

“Entrad por la puerta estrecha” (Mateo 7:13).

Jonás 1-2 – Marcos 4:1-20 – Salmo 49:16-20 – Proverbios 14:19-20

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