Vivir con su conciencia

Domingo 15 Diciembre

Procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.

Hechos 24:16

Aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.

1 Corintios 4:4

Vivir con su conciencia

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La conciencia es la parte de nuestra personalidad que, voluntaria o involuntariamente, reacciona a una ley moral interna, no escrita, que puede variar según las culturas y las épocas. La conciencia no es la voluntad, y a menudo incluso se opone a esta última.

La conciencia siempre está despierta, a veces susurra y a veces grita. Antes de que pensemos en una acción, ella trata de decirnos si está bien o está mal. Durante la acción, en general ejerce una influencia muy débil. Después, y es entonces cuando habla más fuerte, pronuncia un veredicto sobre el acto. Ella no juzga solo nuestros actos, sino también nuestros pensamientos, nuestras actitudes e incluso nuestros motivos.

Leyendo la Biblia podemos distinguir:

– una buena conciencia, que siempre debe ser alumbrada por la Palabra de Dios (1 Timoteo 1:5);

– una mala conciencia, influenciada por el pensamiento del hombre sin Dios;

– una conciencia insensible, endurecida por el pecado (Tito 1:15);

– una conciencia enfermiza, es decir, que reacciona con exceso, en lugar de contar con las promesas de Dios;

– una conciencia contaminada por la corrupción del mundo (1 Corintios 8:7).

Como el vidrio de una ventana, nuestra conciencia necesita ser limpiada mediante un contacto regular con la Palabra de Dios. Esta es la única referencia que nos da una apreciación justa en cada situación. Entonces, por la fe, viviremos libres y felices en la presencia de Dios.

Cantares 5-6 – Apocalipsis 8 – Salmo 142 – Proverbios 29:26-27
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El banquete de Arquias

Sábado 14 Diciembre

No sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.

Santiago 4:14

El banquete de Arquias

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Tebas, Grecia, 378 a. de J. C. El gobernador Arquias ofrecía un gran festín. Las comidas, los vinos, la música, las danzas y los halagos, todo era un deleite para los convidados. En medio de la fiesta, Arquias recibió una carta informándole sobre el complot de Pelópidas, quien quería derrocarlo. Arquias aplazó la lectura y dejó la carta bajo su almohadón, diciendo: «¡Para mañana los asuntos serios!», pero para él no habría mañana. Horas más tarde, una docena de conspiradores, bajo las órdenes del traidor, se lanzaron contra él y lo asesinaron. ¿Para qué sirvió el mensaje de advertencia? ¡Para nada! La indiferencia de Arquias fue fatal para él.

Muchas personas actúan como Arquias, dejando para mañana el momento de ocuparse de su alma, piensan que “será el día de mañana como este” (Isaías 56:12). ¡Cuántos dicen que la vida es bella, que conviene aprovecharla y que mañana, o más tarde, habrá tiempo para pensar en nuestra alma! Mañana es la palabra de los imprudentes. Hoy es la palabra de Dios, quien dice a cada uno: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:19).

El descuido y la tendencia a dejar todo para mañana no forman parte del vocabulario divino. Este defecto ha llevado a la perdición a multitudes de personas.

Dios dice a quienes todavía están lejos de él: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:7-8).

Cantares 3-4 – Apocalipsis 7 – Salmo 141:5-10 – Proverbios 29:24-25

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Cómo ser un instrumento útil

Viernes 13 Diciembre

Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré.

Salmo 5:3

Hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya.

Cantares 2:14

Cómo ser un instrumento útil

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En una venta de antigüedades, un visitante curioso descubrió un viejo violín cubierto de polvo. La tapa y el fondo estaban abiertos y el barniz descascarado; así ese violín no servía para nada, incluso en las manos de un excelente músico. No era más que un objeto inútil.

Un verdadero creyente es una persona que ha puesto su confianza en Jesucristo, quien murió por él en la cruz para perdonar sus pecados. Cuando comprende que es salvo, experimenta un gozo inmenso y desea vivir con el Señor. Sin embargo, a veces, al pasar el tiempo, los momentos en que se dirige al Señor mediante la oración se hacen cada vez más esporádicos.

Dios quiere que permanezcamos en comunión con él, desea escuchar cada día nuestra “voz”: nuestra oración. Oremos, pues,

– para agradecerle: “Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:17-18);

– para pedirle: “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica” (Efesios 6:18);

– para adorar a Dios: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él (Jesús), sacrificio de alabanza” (Hebreos 13:15).

Dios nos escucha. Jamás se cansará de nosotros, incluso si nos dirigimos a él con torpeza.

Si nuestras oraciones, como los sonidos del violín roto, han cesado por falta de vigilancia, si nuestro interés por las verdades espirituales se ha desvanecido, ¿es definitivo? No. Tarde o temprano el creyente será despertado por los cuidados del Señor para cumplir nuevamente su función.

Cantares 1-2 – Apocalipsis 6 – Salmo 141:1-4 – Proverbios 29:23

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Pesado en la balanza de Dios

Jueves 12 Diciembre

Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.

Tito 3:4-5

Pesado en la balanza de Dios

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En el cielo nadie podrá levantar la mano y decir: Estoy aquí porque lo merezco. La mejor de las acciones hechas por el mejor de los cristianos aún es una obra imperfecta, más o menos ambigua en sus motivos o incompleta en su ejecución. Los ojos de nuestros semejantes quizá no vean ningún defecto, pero en la balanza de Dios será demasiado liviana, como dice el autor del Salmo 62: “Pesándolos a todos igualmente en la balanza, serán menos que nada” (Salmo 62:9). A la luz del cielo, esta acción se verá llena de manchas. “No hay quien haga lo bueno” (Salmo 14:3). “Todos ofendemos muchas veces” (Santiago 3:2).

Frente a Dios y a su perfecta justicia es imposible conservar una buena opinión de nosotros mismos. Debemos confesar, como Abraham: “Soy polvo y ceniza” (Génesis 18:27), o como Job: “Yo soy vil” (Job 40:4). Sin embargo, estos patriarcas fueron hombres excepcionales. Isaías declaró que todos nuestros actos son como un vestido sucio (Isaías 64:6). Incluso la gloriosa compañía de apóstoles, profetas y mártires de todos los tiempos está compuesta por pecadores perdonados. Ellos pueden proclamar: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amen” (Apocalipsis 1:5-6).

Llegamos a una sola conclusión: todos somos pecadores, y todos necesitamos el perdón obtenido por un gran Salvador. Solo por la fe en su obra somos purificados y llegamos a ser más blancos que la nieve (Salmo 51:7).

Eclesiastés 12 – Apocalipsis 5 – Salmo 140:6-13 – Proverbios 29:21-22

Agradó a Dios salvar a los creyentes.

Miércoles 11 Diciembre

Agradó a Dios salvar a los creyentes.

1 Corintios 1:21

¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.

Juan 9:35-38

¿Discriminación?

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En un puesto bíblico, un cristiano ofrecía la Palabra de Dios a los transeúntes. Un hombre le respondió: –Yo hago todo lo posible para llevar una vida correcta, y usted también. Pero, ¿por qué con el pretexto de que yo no creo en Dios y usted sí, usted será salvo y yo no? ¡Eso es simplemente discriminación!

Sacudiendo la cabeza, el creyente preguntó a su interlocutor: –Usted ha realizado buenas acciones, pero ¿no ha hecho nada malo? El hombre dudó y luego confesó que sí. El creyente prosiguió: –Yo también. Entonces, hasta aquí, no hay diferencia entre nosotros. Sin embargo, mis malas acciones fueron borradas por la obra expiatoria de Jesucristo. Por eso soy salvo. Si usted no quiere creer en Dios ahora, deberá comparecer ante él para ser juzgado, y entonces no tendrá excusa ni Salvador. Usted será declarado culpable y Dios deberá castigarlo por sus pecados.

Dios no discrimina. Él “ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). “Es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). “Jesucristo hombre… se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6).

Pero hay una diferencia. Jesucristo declara que “el que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).

Eclesiastés 10-11 – Apocalipsis 4 – Salmo 140:1-5 – Proverbios 29:19-20

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Una cesta de juncos en el río (2)

Martes 10 Diciembre

Por este niño oraba, y el Señor me dio lo que le pedí.

1 Samuel 1:27

Orad sin cesar.

1 Tesalonicenses 5:17

Una cesta de juncos en el río (2)

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Generalmente los padres cristianos velan solícitamente sobre sus hijos, brindando los cuidados apropiados en cada etapa de su crecimiento. Pero, llega un momento en el cual es necesario dejarlos salir del nido familiar e ir a un mundo donde abundan los peligros. ¿Qué hacer entonces para continuar rodeando a sus hijos con esos cuidados?

Ante esta importante pregunta, y en relación con la historia de Moisés relatada ayer, un autor cristiano dice:

«¡Oren y oren! Así tejerán una arquilla de juncos para ellos, la harán impermeable al mundo y al pecado, e incluso si deben dejarla entre los carrizales del río, Dios la cuidará, y sus oraciones no serán vanas. Quizá no podrán constatar inmediatamente sus efectos tangibles. Sin embargo, sus intercesiones por sus hijos permanecen delante del Señor como un capital que fructificará produciendo intereses elevados en el reino de Dios. Cuando estén junto al Señor, miles de padres descubrirán hasta qué punto la arquilla de juncos que tejieron con sus perseverantes oraciones fue eficaz para proteger y salvar a sus hijos o nietos»

J. A.

“Yo y mi casa serviremos al Señor”, dijo con firmeza Josué, jefe del pueblo de Israel (Josué 24:15).“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”, predicaron Pablo y Silas al carcelero de Filipos (Hechos 16:31).

“Si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14).

El Señor animó a Abraham con estas palabras: “Yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio” (Génesis 18:19).

Eclesiastés 9 – Apocalipsis 3:7-22 – Salmo 139:19-24 – Proverbios 29:17-18

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Una cesta de juncos en el río (1)

Lunes 9 Diciembre

Faraón mandó… Echad al río a todo hijo que nazca (de las familias hebreas).

Éxodo 1:22

No pudiendo ocultarle más tiempo (la madre de Moisés), tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río.

Éxodo 2:3

Una cesta de juncos en el río (1)</p

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Retrocedamos en el tiempo y revivamos la extraordinaria historia de Moisés, al comienzo de su vida en el antiguo Egipto. Los hebreos eran esclavos allí, y a pesar de ser tratados duramente, cada vez eran más numerosos. En esto el Faraón vio una amenaza y decidió que todos los varones recién nacidos debían ser echados al río.

En una familia nació un niño. Su madre se negó a cumplir la mortal acción y escondió al bebé todo el tiempo que pudo. Luego preparó una arquilla de juncos y la recubrió con asfalto y brea para impermeabilizarla. En ella depositó a su precioso bebé y la puso en la orilla del río. ¿Qué más podía hacer? Con sabiduría hizo todo lo que estuvo a su alcance. A esos padres angustiados no les quedaba otra cosa que confiar su hijo al poder y a la misericordia del Dios en quien creían. La respuesta de Dios sobrepasó toda esperanza. La hija del Faraón descubrió al niño y lo recogió. ¡Incluso fue conducida por la providencia divina a escoger como nodriza a la madre del bebé!

Este relato bíblico es rico en enseñanzas para todos los padres cristianos de hoy. Ellos velan cuidadosamente sobre sus hijos pequeños, luego llega el momento en que deben dejarlos ir hacia un mundo lleno de peligros. ¿Qué recurso les queda a esos padres que tienen tantas razones para estar preocupados?

(mañana continuará)

Eclesiastés 8 – Apocalipsis 2:18-3:6 – Salmo 139:13-18 – Proverbios 29:15-16

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Una visita diferente

Domingo 8 Diciembre

Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará.

Salmo 55:22

El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.

Hebreos 13:6

Una visita diferente

Hay personas cuyo mundo se limita a una habitación de hospital. Un cristiano había pasado catorce años hospitalizado y había visto pasar muchos enfermos por la cama de al lado. Cierto día varias personas fueron a visitar a su vecino y conversaban animadamente. Mientras tanto, un amigo del enfermo solitario llegó a visitarlo; después de saludarlo, abrió la Biblia y leyó el salmo 93: “Alzaron los ríos, oh Señor, los ríos alzaron su sonido; alzaron los ríos sus ondas. El Señor en las alturas es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas, más que las recias ondas del mar” (Salmo 93:3-4). En dicha habitación, las voces callaron y todos escucharon esas palabras alentadoras, como si esa presencia divina se hiciera sentir. Entonces el visitante se apoyó en ese texto para ilustrar dos pensamientos:

1. Esas muchas aguas nos hacen pensar en el juicio de Dios que pesó sobre su Hijo cuando le hizo llevar el castigo por nuestros pecados. De cierta manera, Jesús atravesó esas aguas con inmensos sufrimientos, pero como un vencedor. Estando en la cruz, dijo: “Consumado es”, entregó su espíritu al Padre, y resucitó al tercer día.

2. Esas fuertes ondas también evocan los sufrimientos que pueden sumergir a los creyentes. Pero Dios está allí, más poderoso que el dolor, para calmar y sostener a los que sufren. No es un Dios indiferente, ni distante, y tampoco es superado por las necesidades de los suyos.

Al final, el visitante repitió la promesa dirigida a todos los afligidos: “El Señor en las alturas es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas”.

Eclesiastés 6-7 – Apocalipsis 2:1-17 – Salmo 139:7-12 – Proverbios 29:13-14

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Un amor incomprensible

Sábado 7 Diciembre

Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Romanos 5:8

Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.

1 Juan 4:9

Un amor incomprensible

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Al pasar frente a un puesto donde se presentaba la Biblia, unas jóvenes rieron descontroladamente con solo leer un versículo bíblico: “El Señor os amó” (Deuteronomio 7:8).

Quizás esa también sea su reacción frente al amor divino. Usted ríe, escapando así a un verdadero encuentro con Dios. O tal vez lo rechaza con un odio abierto. Quizá no le produce risa, pero tampoco cree…

Sin embargo, las pruebas del amor de Dios son numerosas. Si abriéramos los ojos ante la belleza de la naturaleza continuamente renovada, todos podríamos reconocer con admiración ese amor. ¿Hemos reconocido también que esta gracia de vivir, repetida cada día, es un don puro de Dios?

Burlarse de ese amor, menospreciarlo, o sentir odio hacia Dios si nuestra vida no es fácil, caracteriza el estado de nuestro corazón en rebeldía contra él.

Sin embargo, más allá de todo esto, Dios continúa amándonos. Él vino en la persona de Jesucristo para mostrárnoslo. Lo probó castigando a su Hijo en nuestro lugar, por nuestra rebelión contra él. Él quería darnos la paz. Él quiere que nuestros sarcasmos o ira contra él desaparezcan. Hizo todo para librarnos de ello, y quiere llenar nuestro corazón de su paz y su gozo. Si nuestro corazón está compenetrado con la gracia de Dios, nuestro rostro se iluminará.

“El corazón alegre hermosea el rostro; mas por el dolor del corazón el espíritu se abate” (Proverbios 15:13).

Eclesiastés 4-5 – Apocalipsis 1 – Salmo 139:1-6 – Proverbios 29:11-12

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El llamado de la cruz

Viernes 6 Diciembre

Le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

Juan 19:18

Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados.

Isaías 53:5

El llamado de la cruz

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Entre todos los acontecimientos de la historia, hay uno capital, que se dirige al hombre de hoy como lo hizo al del pasado: Jesucristo, a quien mataron mediante un terrible suplicio, la crucifixión, dio voluntariamente su vida para salvar al hombre. Ocho siglos antes de ese acontecimiento, el profeta Isaías describió los sufrimientos de Jesús, el Hijo de Dios (Isaías 53). Jesús mismo anunció su muerte en la cruz y sus consecuencias: “Si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). El lugar donde la cruz fue levantada estaba a la vista de todos. Era necesario que su crucifixión fuera pública para que se constatara el hecho de que Cristo sufría y moría por la humanidad, a fin de que todos pudieran recibir la salvación de Dios.

Un día, el joven conde de Zinzendorf (Alemania, 1700-1760) quedó estupefacto ante una obra de arte que representaba a Cristo en la cruz. El pintor había agregado algunas palabras al pie del cuadro: «Esto he hecho yo por ti, ¿qué has hecho tú por mí?». Estas palabras puestas en la boca de Cristo lo alcanzaron como una flecha, y el joven se sintió interpelado por Dios mismo. En primer lugar respondió creyendo que Jesús había llevado en la cruz el castigo por sus pecados. Luego pasó su vida sirviéndole.

Si uno no percibe el amor de Dios, tampoco comprende lo que Jesús hizo muriendo en la cruz, incluso le parece una locura. Pero la resurrección del Hijo de Dios demuestra la grandeza infinita de Su persona y de Su obra. Desde hace dos mil años, la cruz de Jesús hace su llamado, ¿cómo responderá usted?

Eclesiastés 2:12-3:22 – Santiago 5 – Salmo 138:6-8 – Proverbios 29:9-10

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