«Mi siervo eres tú; te escogí»

17 de mayo

«Mi siervo eres tú; te escogí»

Isaías 41:9

Si hemos recibido la gracia de Dios en nuestros corazones, esta tiene que hacernos siervos de Dios. Quizá seamos siervos infieles —en realidad, somos siervos inútiles—; pero, a pesar de todo —¡bendito sea su nombre!— somos siervos suyos que visten su uniforme, se alimentan de su mesa y obedecen sus mandamientos. Nosotros éramos en otro tiempo siervos del pecado; sin embargo, Aquel que nos hizo libres nos admitió en su familia y nos enseñó a obedecer su voluntad. No servimos a nuestro Maestro perfectamente; pero, si pudiésemos hacerlo, ese sería nuestro deseo. Al oír la voz de Dios que nos dice: «Mi siervo eres tú», respondemos como David: «Siervo tuyo soy […] tú has roto mis prisiones» (Sal. 116:16). No obstante, el Señor no solo nos llama siervos, sino elegidos: «Te escogí». Nosotros no hemos sido los primeros en escogerlo a él, sino que él nos escogió a nosotros. Si ahora somos siervos de Dios, no lo fuimos siempre: el cambio debe atribuirse a su divina gracia. Su mirada soberana nos separó, y la voz de su inmutable gracia declaró: «Con amor eterno te he amado». Antes de que el tiempo empezara o el espacio fuera creado, Dios ya había escrito en su corazón los nombres de sus elegidos, los había predestinado a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, y los había constituido herederos de la plenitud de su amor, de su gracia y de su gloria. ¡Qué aliento encontramos en esto! Si el Señor nos ha amado tanto, ¿acaso nos desechará ahora? Él sabía cuán duros de cerviz íbamos a ser; él comprendía que nuestro corazón sería malo; y, sin embargo, llevó a cabo la elección. ¡Ah, nuestro Salvador no es un amante voluble! Él no se siente embelesado solo por algún tiempo con el brillo de los hermosos ojos de su Iglesia, abandonándola luego por su infidelidad. No: él se casó con ella en la remota eternidad, y está escrito de parte del Señor que «él aborrece el repudio» (Mal. 2:16). La elección eterna es un compromiso ideado para nuestra gratitud y para su fidelidad, que ni uno ni otro podemos repudiar.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 146). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Así dice el SEÑOR!

16 de mayo

«Y Él dijo: Así dice el SEÑOR: ‘Haced en este valle muchas zanjas.’ Pues así dice el SEÑOR: ‘No veréis viento, ni veréis lluvias; sin embargo ese valle se llenará de agua y beberéis vosotros y vuestros ganados y vuestras bestias’».

2 Reyes 3:16, 17 (LBLA)

Los ejércitos de los tres reyes perecían por falta de agua; pero Dios estaba a punto de enviarla y, con estas palabras, el Profeta anuncia la bendición que se acerca. Se trataba de un caso de impotencia humana: todos esos hombres valientes no podían conseguir del cielo una sola gota de agua, ni hallarla en los pozos de la tierra. Así también, el pueblo de Dios no sabe, a veces, lo que debe hacer. Ve la futilidad de la criatura y aprende por experiencia dónde debe buscar ayuda. Sin embargo, el pueblo debía prepararse con fe para recibir la bendición divina. Tenían que cavar las zanjas en las cuales el precioso líquido quedaría contenido. La Iglesia, por medio de sus variados instrumentos, esfuerzos y oraciones, debe prepararse para ser bendecida: ha de hacer los estanques y el Señor los llenará. Esto hay que ejecutarlo con fe, en plena seguridad de que la bendición está a punto de descender. Pronto hubo una singular dádiva de la bendición necesitada: no como en el caso de Elías, cuando las nubes derramaron la lluvia, sino que los estanques se llenaron de una forma callada y misteriosa. Dios tiene su propia manera soberana de actuar. Él no está atado a las formas o al tiempo como lo estamos nosotros, sino que actúa entre los hijos de los hombres como él quiere. A nosotros nos corresponde recibir de él con agradecimiento y no dictarle normas. Debemos también observar la extraordinaria abundancia de aquel suministro: hubo suficiente para la necesidad de todos. Así acontece también con la bendición del evangelio: todas las necesidades de la congregación y de la Iglesia entera se verán satisfechas por el poder divino en respuesta a la oración; y, sobre todo, se concederá a los ejércitos del Señor una rápida victoria.

¿Qué estoy haciendo yo por Jesús? ¿Qué zanjas estoy cavando? ¡Oh Señor, prepárame para recibir las bendiciones que tú deseas concederme!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 145). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Hechos perfectos

15 de mayo

«Hechos perfectos»

Hebreos 12:23

Recuerda que hay dos clases de perfección que el cristiano necesita: la justificación perfecta en la persona de Jesús y la santificación perfecta que obra el Espíritu Santo. Al presente, la corrupción aún permanece en el corazón del regenerado; la experiencia pronto nos enseña esta realidad. Dentro de nosotros se encuentran aún las codicias y los malos pensamientos. Sin embargo, me alegra saber que viene el día cuando Dios concluirá la obra que ha comenzado y no solo presentará mi alma perfecta en Cristo, sino también perfecta por el Espíritu: sin mancha, ni arruga ni cosa semejante. ¿Puede ser cierto que mi pobre y pecaminoso corazón llegue a ser santo como Dios es santo? ¿Es posible que este espíritu que frecuentemente clama: «¡Miserable hombre de mí, quién me librará de este cuerpo de muerte!», vaya a quedar libre del pecado y de la muerte, y que ninguna cosa mala perturbe más mis oídos ni pensamiento pecaminoso alguno turbe mi paz? ¡Oh, qué feliz momento! ¡Quiera Dios que llegue pronto! Cuando yo cruce el Jordán, la obra de la santificación quedará terminada; pero, hasta entonces, no pretenderé tener perfección alguna en mí. En aquella hora mi espíritu experimentará su último bautismo en el fuego del Espíritu Santo. Creo que anhelo morir para recibir esa última y final purificación que ha de introducirme en el Cielo. Ningún ángel será más puro que yo; pues podré decir «Soy puro» en doble sentido: por la sangre de Jesús y por la obra del Espíritu. ¡Oh, cómo deberíamos ensalzar el poder del Espíritu Santo que nos ha hecho aptos para estar delante de nuestro Padre en el Cielo! No obstante, que la esperanza de la perfección en el Más Allá no nos haga estar satisfechos con la imperfección presente; pues en ese caso nuestra esperanza no sería genuina, ya que una esperanza verdadera purifica aun ahora. La obra de la gracia tiene que ser permanente en nosotros en este tiempo; de lo contrario tampoco será perfecta después. Pidamos ser «llenos del Espíritu» para que podamos producir más y más los frutos de la justicia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 144). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«En su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará»

14 de mayo

«En su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará»

Isaías 40:11

¿Quién es este de quien se dicen estas hermosas palabras? Es el Buen Pastor. ¿Por qué lleva los corderos en su seno? Porque tiene un corazón tierno y mi flaqueza enseguida lo enternece. Los lamentos, la ignorancia y la debilidad de los pequeños de su rebaño estimulan su compasión. Su función como Sumo Sacerdote es considerar al débil. Además, él los ha comprado con sangre; son de su propiedad. Él debe cuidar de aquellos que tanto le costaron, y los cuidará. También es responsable de cada cordero, y está obligado, por compromisos del pacto, a no perder ninguno. Por otro lado, todos ellos forman parte de su gloria y recompensa.

No obstante, ¿cómo podemos entender la expresión «los llevará»? A veces los lleva no permitiéndoles soportar mucha prueba: la Providencia los trata con ternura. En muchas ocasiones, el ser «llevados» implica verse llenos de amor en un grado extraordinario para que cobren aliento y estén firmes. Aunque el conocimiento de ellos no sea muy profundo, se deleitan grandemente en lo que conocen. Con frecuencia, Jesús los «lleva», dándoles una fe muy sencilla, que recibe las promesas tales como son; y así, confiando, van directamente a Jesús con cada una de sus congojas. La sencillez de la fe les proporciona un nivel inusual de confianza que los eleva por encima del mundo.

Él lleva los corderos «en su seno». Esto nos habla de un afecto ilimitado: ¿acaso los pondría en su seno si no los amara mucho? Nos habla también de una tierna cercanía: tan cerca están de él que, posiblemente, no podrían estarlo más. Nos indica, asimismo, una familiaridad santificada: hay unos preciosos encuentros amorosos entre Cristo y sus débiles corderos. Hace referencia a una perfecta seguridad: estando en su seno, ¿quién podría dañarlos? Tendrían que dañar primero al Pastor. Y también nos habla de un reposo perfecto y de un dulce consuelo. ¡Sin duda, no somos lo suficientemente sensibles a la infinita ternura de Jesús!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 143). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El SEÑOR es mi porción»

13 de mayo

«El SEÑOR es mi porción»

Salmo 119:57 (LBLA)

Contempla tus posesiones, oh creyente, y compara tu porción con la suerte de tus semejantes. Algunos de ellos tienen su porción en el campo: son ricos y sus cosechas les producen un aumento de oro; ¿pero qué son esas cosechas comparadas con tu Dios, que es el Dios de las cosechas? ¿Qué son los graneros rotos comparados con él, que es el Labrador, que te alimenta con el pan del Cielo? Algunos tienen su porción en la ciudad: sus riquezas son abundantes y fluyen hacia sus cajas a raudales, hasta transformarse en un verdadero depósito de oro; ¿pero qué es el oro comparado con tu Dios? Tú no podrías nutrirte de él: tu vida espiritual no se podría sustentar con el mismo. Pon el oro sobre una conciencia turbada: ¿acaso podría quitar sus penas? Aplícalo a un corazón desalentado y mira si ese oro puede reprimir un solo gemido o dar un dolor de menos. Sin embargo, tú tienes a Dios y, en él, más de lo que el oro o las riquezas pudieran comprar. La porción de algunos consiste en aquello que la mayor parte de los hombres ambicionan más: a saber, el aplauso y la fama; pero pregúntate a ti mismo si no es tu Dios para ti más que todo esto. Si una miríada de clarines tocara fuerte en tu honor, ¿te prepararía eso para cruzar el Jordán o te alentaría ante la perspectiva del Juicio? No; hay dolores en la vida que las riquezas no pueden aliviar, y para la gran necesidad de la hora de la muerte ninguna fortuna puede hacer provisión. No obstante, si tienes a Dios como porción tuya, cuentas con más que todos los demás seres humanos juntos. En él se satisface toda necesidad: ya sea en la vida o en la muerte. Con Dios como tu herencia, eres realmente rico, porque él suplirá tu necesidad, confortará tu corazón, mitigará tu dolor, guiará tus pasos, estará contigo en el valle de sombra de muerte y, después, te llevará al hogar para gozar de él como porción tuya para siempre. «Suficiente tengo yo», dijo Esaú: esto es lo mejor que una persona mundana puede decir. Sin embargo, Jacob le replicó: «Todo lo que hay aquí es mío» (Gn. 33:9, 11); lo cual es una nota demasiado alta para las mentes carnales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 142). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«No temas»

12 de mayo

«No temas de descender a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación. Yo descenderé contigo a Egipto y yo también te haré volver».

Génesis 46:3, 4

Jacob debe de haberse estremecido ante el pensamiento de dejar la tierra de la peregrinación de su padre y habitar entre extranjeros paganos. Aquella era una nueva situación y probablemente resultaría problemática. ¿Quién se arriesgaría a estar entre los cortesanos de un monarca extranjero sin ansiedad? No obstante, Dios le había preparado obviamente el camino y, en consecuencia, decidió ir a Egipto. Esta es frecuentemente la posición de los creyentes en la actualidad: se les llama a enfrentarse a peligros y tentaciones sin haber sido probados. En casos como esos deben imitar el ejemplo de Jacob, ofreciendo sacrificios de oración a Dios y buscando su dirección; y no deberían dar un solo paso sin haber aguardado antes la bendición del Señor. Entonces tendrán como amigo y ayudador al compañero de Jacob. ¡Qué bendición es sentir la seguridad de que el Señor está con nosotros en todos nuestros caminos, y que condesciende a bajar con nosotros a nuestras humillaciones y destierros. Aun allende el océano, el amor del Padre fulgura como el sol en toda su fuerza. No podemos vacilar en ir adonde el Señor nos promete su presencia. Aun el valle de sombra de muerte brillará con el resplandor de esta seguridad. Marchando adelante con fe en su Dios, los creyentes tendrán la misma promesa que Jacob: ellos volverán otra vez, ya sea de los malestares de la vida o de las cámaras de la muerte. La simiente de Jacob salió de Egipto a su debido tiempo; de la misma manera todos los fieles pasarán por las tribulaciones de la vida y por los terrores de la muerte sanos y salvos. Ejercitemos la confianza de Jacob. «No temas» es la orden y el estímulo del Señor a quienes, obedientes a su exhortación, se están adentrando en nuevos mares. La presencia y la seguridad divinas nos impiden temer como lo haría un incrédulo. Sin Dios temeríamos movernos; pero cuando él nos ordena salir, resultaría peligroso el quedarnos. Avanza, lector, y no temas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 141). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Solamente esfuérzate y sé muy valiente»

11 de mayo

«Solamente esfuérzate y sé muy valiente».

Josué 1:7

El tierno amor de Dios por sus siervos hace que él se interese por el estado de los sentimientos íntimos de ellos. Él desea que sean muy valientes. Algunos estiman como cosa de poca monta el que un creyente esté turbado con dudas y temores, pero Dios no piensa así. En este versículo se ve claramente que nuestro Señor no nos quiere enredados en temores, sino que vivamos sin cuidados, sin dudas, sin cobardía. Nuestro Señor no juzga nuestra incredulidad tan livianamente como lo hacemos nosotros. Cuando vivimos desalentados estamos sujetos a una enfermedad con la que no debemos jugar, sino que debemos llevarla a nuestro Médico amado. Nuestro Señor no quiere vernos con rostros tristes. Era ley del rey Asuero que ninguno podía entrar en su corte «vestido de cilicio». El Rey de reyes no tiene esta ley —pues nosotros podemos ir a él tan tristes como estemos—, no obstante, a él le agradaría que nos despojásemos del espíritu de tristeza y nos vistiéramos las vestiduras de la alabanza; pues hay muchos motivos para estar alegres. El cristiano debe tener un espíritu animoso con el fin de glorificar al Señor, soportando las pruebas de forma heroica. Si es medroso y pusilánime, deshonrará a su Dios. Además, ¡qué mal ejemplo da con ello! Esta enfermedad de la duda y del desaliento es una epidemia que pronto se propaga entre la grey del Señor. Un creyente abatido contagia de tristeza a veinte almas. Por otra parte, si tu valor no se mantiene firme, Satanás resultará demasiado fuerte para ti. Deja, pues, que tu espíritu se goce en Dios tu Salvador y, así, el gozo del Señor será tu fortaleza y ningún demonio del Infierno te arremeterá. Sin embargo, la cobardía derribará la bandera. Además, el trabajo resulta liviano para el hombre de espíritu alegre, y el éxito aguarda a un ánimo así. El hombre que trabaja, regocijándose en su Dios y creyendo de todo corazón, tiene el éxito garantizado. El que siembra con esperanza recogerá con gozo. Por tanto, querido lector, «esfuérzate y sé muy valiente».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 140). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»

10 de mayo

«El unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»

Juan 1:14

Creyente, tú puedes testificar que Cristo es el unigénito del Padre, como también el primogénito de entre los muertos. Puedes decir: «Para mí, él es divino; aunque para todo el mundo sea humano. Él hizo por mí lo que solo Dios podía hacer. Él ha sometido mi terca voluntad, me ha ablandado el corazón de diamante, ha abierto las puertas de bronce y hecho pedazos los cerrojos de hierro. Él ha transformado mi llanto en risa y mi aflicción en gozo: llevó cautiva mi cautividad e hizo que mi corazón se regocijara con gozo inefable y glorioso. Que otros piensen de él lo que quieran; para mí, él tiene que ser el unigénito del Padre. ¡Bendito sea su nombre! Él está lleno de gracia. ¡Ah!, si él no lo estuviera, yo nunca me hubiera salvado. Él me atrajo cuando yo luchaba por huir de su gracia; y, cuando finalmente me acerqué a su propiciatorio, temblando como un reo condenado, me dijo: «Tus pecados —que son muchos— te son todos ellos perdonados. Ten ánimo». Él está también lleno de verdad: sus promesas han sido verdaderas; ninguna de ellas ha faltado. Testifico que jamás hubo un siervo que tuviera un Señor como el mío; ni un hermano que contara con un pariente como él; ni una esposa con un esposo como Cristo lo ha sido para mi alma; ni un pecador con un Salvador mejor que él; ni un hombre apesadumbrado con un consolador mejor que Cristo lo ha sido para mi espíritu. Fuera de él, no necesito a nadie. En la vida él es mi vida, y en la muerte será quien haga morir a la muerte. En la pobreza, Cristo es mi riqueza; en la enfermedad, él me hace la cama; en la oscuridad es mi estrella y en la claridad, mi sol. Él es el maná del campamento en el desierto, y será el nuevo grano de la multitud cuando esta entre en Canaán. Jesús es para mí todo gracia y ninguna ira; todo verdad y nada de falsedad. Y de verdad y de gracia él está lleno: infinitamente lleno. Alma mía, bendice al «Unigénito» en esta noche con todas tus fuerzas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 139). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Ven, oh amado mío, salgamos al campo […] veamos si brotan las vides»

9 de mayo

«Ven, oh amado mío, salgamos al campo […] veamos si brotan las vides».

Cantares 7:11–12

La Iglesia estaba por empeñarse en una importante labor y deseaba que su Señor la acompañara. Ella no dijo: «Saldré…»; sino: «Salgamos…». Cuando Jesús está a nuestro lado, el trabajo supone una bendición. Es cometido del pueblo de Dios el podar sus vides. A semejanza de nuestros primeros padres, se nos pone en el huerto del Señor para ser útiles; salgamos, pues, al campo. Observa que cuando la Iglesia está bien dispuesta desea gozar en cada una de sus múltiples labores de la comunión con Cristo. Algunos piensan que no pueden servir a Cristo activamente y, sin embargo, afirman tener comunión con él. Los tales están errados. Sin duda, es muy fácil desperdiciar nuestra vida interior en ejercicios externos y llegar a lamentarnos como la esposa: «Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña, que era mía, no guardé» (Cnt. 1:6). Sin embargo, no hay razón para que esto deba ser así, salvo nuestra insensatez y negligencia. Es cierto que un cristiano puede no hacer nada y, sin embargo, llegar a estar tan enteramente exánime en las cosas espirituales como quienes se hallan más ocupados. A María no se la alabó por sentarse tranquilamente, sino por sentarse a los pies de Jesús. Así, tampoco deben ser alabados los cristianos por descuidar sus deberes bajo la pretensión de tener íntima comunión con Jesús. No es el sentarse, sino el sentarse a los pies de Jesús, lo que es digno de encomio. No pienses que la actividad sea mala en sí misma; se trata, más bien, de una gran bendición y de un medio de gracia para nosotros. Para Pablo, el que se le permitiese predicar era una gracia que le había sido otorgada. Cualquier forma de servicio cristiano puede llegar a ser una bendición personal para quienes están ocupados en él. Los que tienen más comunión con Cristo no son los recluidos o los ermitaños, a quienes les sobra el tiempo, sino los incansables obreros que trabajan por Jesús y quienes, en sus fatigas, lo tienen a él a su lado; de suerte que son colaboradores de Dios. Recordemos, pues, en cualquier cosa que tengamos que hacer por Jesús, que podemos hacerla y debemos hacerla en estrecha comunión con él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 138). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Vuelve ahora en amistad con él

8 de mayo

«Vuelve ahora en amistad con él».

Job 22:21

Si queremos gozar de amistad con Dios como se debe, y tener paz, hemos de conocerle como él mismo se ha revelado: no solo en la unidad de su esencia y subsistencia, sino también en la pluralidad de sus personas. Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen». Que ninguno quede satisfecho hasta que conozca algo de esas tres personas de quienes procede su ser. Esforcémonos por conocer al Padre: oculta tu cabeza en su seno, en profundo arrepentimiento, y confiesa que no eres digno de ser llamado hijo suyo; recibe el beso de su amor; que el anillo, el cual es prenda de su eterna fidelidad, esté en tu dedo. Siéntate a su mesa y deja que tu corazón se alegre en su gracia. Luego, avanza y procura conocer mucho al Hijo de Dios, que es el resplandor de la gloria de su Padre; pero quien, sin embargo, en indecible condescendencia de gracia, se hizo hombre por nuestra causa. Conócelo en la peculiar complejidad de su naturaleza: Dios eterno y, sin embargo, hombre, sufridor y finito. Síguelo mientras anda sobre las aguas con el paso seguro de la deidad, y mientras se sienta en el pozo con el cansancio de su humanidad. No te quedes satisfecho hasta que conozcas mucho a Jesucristo como tu Amigo, tu Hermano, tu Esposo, tu todo. Y no olvides al Espíritu Santo: esfuérzate por obtener una clara visión de su naturaleza y carácter, de sus atributos y sus obras. Contempla a aquel Espíritu del Señor que al principio se movía sobre el caos y produjo el orden, y que ahora visita el caos de tu alma y crea el orden de la santidad. Contémplalo como el Señor y Dador de la vida espiritual, el Instructor, el Consolador y el Santificador. Mira cómo, a semejanza de la santa unción, desciende sobre la cabeza de Jesús y luego reposa sobre ti, que eres como el borde de sus vestiduras. Esa inteligente, bíblica y experimental creencia en la Trinidad en Unidad es tuya, si verdaderamente conoces a Dios; y tal conocimiento produce una paz auténtica.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 137). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.