Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda

7 de mayo

«Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda»

Juan 5:8

Como muchos otros, aquel hombre impotente había esperado que se produjera un milagro y se obrara una señal. Estaba cansado de velar cerca del estanque sin que ningún ángel se presentara o, por lo menos, se presentara para sanarlo a él. Sin embargo, creyendo que esta era su única oportunidad, seguía esperando, no sabiendo que allí, cerca de él, estaba Uno cuya palabra podía curarlo enseguida. Muchos están en la misma condición: esperan alguna singular emoción, alguna impresión extraordinaria, alguna visión celestial… Aguardan en vano y velan por nada. Aun suponiendo que en algunos casos se vean señales extraordinarias, sin embargo, estas son inusuales y ningún hombre tiene derecho a esperarlas para su propio caso. Ningún hombre, especialmente el que siente su impotencia, se vale del movimiento del agua aunque este tenga lugar. Es triste pensar que decenas de miles están actualmente esperando el uso de medios, de ceremonias, de votos y de resoluciones; y así han esperado en vano, completamente en vano, por un tiempo indefinido. Entre tanto, esas pobres almas olvidan al Salvador, quien las invita a mirar a él para ser salvas. Él las podría sanar al instante, pero prefieren esperar a un ángel y un milagro. Confiar en Jesús es el camino seguro a toda bendición, y él es digno de toda confianza. No obstante, la incredulidad hace que la gente prefiera los fríos portales de Betesda al cálido seno de su amor. ¡Oh, que el Señor dirija su mirada sobre las multitudes que se encuentran en la misma situación en esta noche; que perdone el menosprecio con que consideran su divino poder y las llame con esa dulce voz que constriñe, para que se levanten del lecho de la desesperación y, con la energía de la fe, tomen su lecho y anden! ¡Oh Señor, oye nuestra oración por los tales en esta tranquila hora de la noche y, antes que el día amanezca, haz que miren y vivan.

Atento lector, ¿hay algo para ti en esta meditación?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 136). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Todos los días de mi edad esperaré».

6 de mayo

«Todos los días de mi edad esperaré»

Job 14:14

Una breve permanencia en la tierra hará del Cielo un lugar más celestial. Nada nos hace descansar tan dulcemente como el trabajo. Nada hace que la seguridad sea más agradable que el vernos expuestos a sobresaltos. Las copas terrenales de amarga casia darán al vino nuevo, que chispea en los tazones de oro de la gloria, un agradable sabor. Nuestra abollada armadura y nuestros rostros surcados de cicatrices harán célebres nuestras victorias en el Más Allá, cuando se nos dé la bienvenida en las mansiones de quienes han vencido al mundo. No tendríamos plena comunión con Cristo si no peregrináramos por algún tiempo aquí abajo, pues él fue bautizado entre los hombres con un bautismo de sufrimientos y nosotros tenemos que serlo con el mismo bautismo si queremos participar de su Reino. La comunión con Cristo es tan valiosa que la aflicción más dolorosa llega a ser un precio insignificante para adquirirla. Otra razón por que permanecemos aquí es por el bien de otros. No quisiéramos entrar en el Cielo hasta haber acabado nuestra obra; y pudiera ser que aún se nos estuviese ordenando llevar luz a las almas que se hallan en tinieblas en el desierto del pecado. Nuestra prolongada permanencia aquí es, sin duda, para la gloria de Dios. Un santo probado, al igual que un diamante bien cortado, brilla mucho en la corona del Rey. Lo que más honra a un obrero es que su obra soporte triunfante una prolongada y severa prueba sin ceder en nada. Nosotros somos hechuras de Dios en las cuales él se gloriará por medio de las aflicciones. Soportamos la prueba de nuestra fe con gozo sagrado para honrar a Jesús. Que cada uno consagre sus propios deseos a la gloria de Cristo y diga: «Si mi postración en el polvo puede elevar a mi Señor tan solo un centímetro, dejadme yacer aún entre los tiestos de la tierra. Si el vivir en la tierra para siempre hiciera más glorioso a mi Señor, mi Cielo sería el ser excluido del Cielo». Nuestro tiempo está fijado y establecido por decreto eterno: no estemos angustiados en cuanto al mismo, sino esperemos con paciencia hasta que las puertas de perla se abran.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 135). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El que pone atención a la palabra hallará el bien; y el que confía en el SEÑOR es bienaventurado»

5 de mayo

«El que pone atención a la palabra hallará el bien; y el que confía en el SEÑOR es bienaventurado»

Proverbios 16:20 (LBLA)

La sabiduría es la verdadera fuerza del hombre y, bajo su dirección, este cumple mejor los fines de su existencia. El dirigir sabiamente los asuntos de la vida le da al hombre el goce más exquisito y ofrece a sus facultades la ocupación más noble; por tanto, el hombre halla bien en el sentido más amplio. Sin la sabiduría, es como un pollino de asno montés, que corre de aquí para allá gastando unas fuerzas que podrían emplearse provechosamente. La sabiduría es la brújula por la cual el hombre debe guiarse a través del intransitable desierto de la vida; sin ella, es un barco abandonado, a merced de los vientos y de las olas. El hombre tiene que ser prudente en un mundo como este; de lo contrario, no hallará el bien, sino que será traspasado de innumerables males. El peregrino herirá lastimosamente sus pies entre las zarzas del bosque de la vida si no decide sus pasos con mucho cuidado. El que está en un desierto infestado de ladrones debe conducirse sabiamente si quiere viajar con seguridad. Si, adiestrados por el gran Maestro, seguimos por donde él nos guía, hallaremos el bien, aun en esta triste morada. Hay frutos celestiales que cosechar de este lado de los cenadores del Edén, y cantos del Paraíso que han de cantarse en medio de la arboleda de la tierra. Sin embargo, ¿dónde se hallará esta sabiduría? Muchos han soñado con ella, pero no la han poseído. ¿Dónde la aprenderemos? Atendamos a la voz del Señor, porque él ha declarado el secreto. Él nos ha revelado a los hijos de los hombres dónde se encuentra la verdadera sabiduría, y nosotros la descubrimos en este texto bíblico: «El que confía en el Señor…». El verdadero modo de tratar un asunto sabiamente es confiando en el Señor. Esta es la pista segura para salir del más intrincado laberinto de la vida; síguela y hallarás felicidad eterna. El que confía en el Señor posee un diploma en sabiduría que se le ha concedido por inspiración; es bienaventurado ahora, y más lo será en el Cielo. Señor, en este suave anochecer, pasea conmigo por el huerto y enséñame la sabiduría de la fe.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 134). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible».

4 de mayo

«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible».

1 Pedro 1:23

Pedro exhorta a los santos esparcidos, muy ardientemente, a que se amen unos a otros «entrañablemente de corazón puro» y extrae, muy sabiamente, su argumento para ello, no de la ley, ni de la Naturaleza, ni de la filosofía, sino de aquella elevada y divina naturaleza que Dios ha implantado en los suyos. Así como un sensato tutor de príncipes crea y alimenta en ellos un espíritu regio y una conducta decorosa, basando sus argumentos en la posición y la ascendencia de los tales, así también, considerando a los hijos de Dios como herederos de la gloria, príncipes de sangre real, descendientes del Rey de reyes, la más genuina y antigua aristocracia del mundo, Pedro les dice: «Procurad amaros unos a otros, a causa de vuestro noble origen, pues habéis nacido de simiente incorruptible; a causa de vuestro linaje, pues descendéis de Dios, el Creador de todas las cosas; y a causa de vuestro destino inmortal, puesto que nunca moriréis, aunque la gloria de la carne se marchite y su existencia acabe». Sería conveniente que, con espíritu humilde, reconociéramos la verdadera dignidad de nuestra naturaleza regenerada y viviéramos de acuerdo con ella. ¿Qué es un cristiano? Si lo comparas con un rey, tiene, además de la dignidad real, la santidad sacerdotal. La realeza del rey reside, frecuentemente, solo en su corona; pero la del cristiano está infusa en lo más íntimo de su naturaleza. Por su nuevo nacimiento, el cristiano se halla por encima de sus semejantes como el hombre por encima de las bestias que perecen. Sin duda, tiene que conducirse en todas sus relaciones como alguien que no es del montón, sino como un elegido de entre el mundo, distinguido por la gracia soberana, inscrito entre el «pueblo adquirido» y que, por tanto, no puede arrastrarse en el polvo como los demás, ni vivir según la manera de los ciudadanos del mundo. Que la dignidad de tu naturaleza y el esplendor de tu esperanza, oh creyente en Cristo, te constriña a adherirte a la santidad y a evitar aun la apariencia del mal.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 133). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Nuestro pronto auxilio

3 de mayo

«Nuestro pronto auxilio»

Salmo 46:1

Las bendiciones del pacto no existen simplemente para ser admiradas, sino para que las apliquemos. Aun nuestro Señor Jesús se nos da para suplir nuestra presente necesidad. Creyente, tú no recurres a Cristo tanto como debieras. Cuando estás en aflicción, ¿por qué no le cuentas a él tu dolor? ¿Acaso no tiene un corazón compasivo? ¿No puede confortarte y aliviarte? Estás recurriendo a todos tus amigos, excepto a tu mejor Amigo; y cuentas tu historia en todas partes, menos en el pecho de tu Señor. ¿Te sientes cargado por los pecados de este día? He aquí una fuente llena de sangre: ¡Utilízala, santo, utilízala! ¿Experimentas de nuevo un sentimiento de culpa? La gracia perdonadora de Jesús puede comprobarse una y otra vez. Ve a él enseguida para que te limpie. ¿Deploras tu debilidad? Él es tu fuerza. ¿Por qué no te apoyas en él? ¿Te sientes desnudo? Ven aquí, alma inquieta: ponte el manto de la justicia de Jesús. No te quedes mirándolo, sino póntelo. Desnúdate de tu propia justicia y de tus temores; vístete con el precioso lino blanco, porque ha sido hecho para que el creyente lo vistiera. ¿Te sientes enfermo? Toca la campana de la oración y solicita la presencia del Médico amado. Él te dará el remedio que te hará revivir. Tú eres pobre, pero tienes «un pariente, un hombre muy rico». ¿Qué, no irás a él y le pedirás que te dé su abundancia, siendo así que él te ha prometido que serás su coheredero y te ha entregado todo lo que él es ahora y todo lo que será? No hay nada que disguste más a Cristo que el que su pueblo hable mucho de él pero no recurra a él. Él quiere que lo utilicemos: cuanta más carga pongamos sobre sus hombros, tanto más precioso será él para nosotros.

¿Vives triste y angustiado?

¿Buscas tú solaz?

«Ven a mí —te dice Cristo—

y halla paz».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 132). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Yo soy la rosa de Sarón»

1 de mayo

«Yo soy la rosa de Sarón»

Cantares 2:1

Todo lo que pueda haber de belleza en el mundo material, Jesús lo posee en el mundo espiritual en grado superlativo. Entre las flores, se considera la rosa como la más fragante; pero Jesús es mucho más hermoso en el jardín del alma que la rosa pueda serlo en los jardines de la tierra. Él ocupa el primer lugar como el señalado entre diez mil. Él es el sol, los otros las estrellas. Los cielos y el día resultan oscuros a su lado, porque el Rey, con su belleza, lo sobrepasa todo. «Yo soy la rosa de Sarón»: esta era la mejor y la más inusual de las rosas. Jesús no solo es «la rosa», sino la «rosa de Sarón». Así como él llama «oro» a su justicia, y añade: «Oro de Ofir»; lo mejor de lo mejor. Él es positivamente hermoso y superlativamente el más hermoso. Tiene una variedad de encantos. La rosa es hermosa a la vista y su perfume agradable y refrescante; así también cada uno de los sentidos del alma —el gusto, el tacto, el oído, la vista o el olfato espiritual— hallan su pertinente placer en Jesús. Aun el recuerdo de su amor resulta agradable. Toma la rosa de Sarón, quítale los pétalos uno por uno y guárdalos en el florero de la memoria, y hallarás, mucho después, que cada uno de esos pétalos ha conservado su fragancia y llenado la casa de perfume. Cristo satisface completamente el gusto más refinado de los espíritus más cultos. El más destacado de los aficionados a los perfumes se siente completamente satisfecho con la rosa; y cuando el alma haya llegado a su más alto grado de auténtico deleite, aun entonces se sentirá satisfecha con Cristo. Más aún: estará mejor capacitada para apreciarlo. El Cielo mismo no tiene nada que sobrepase a la rosa de Sarón. ¿Qué emblema puede exponer plenamente su belleza? El lenguaje humano y las cosas terrenales son insuficientes para revelar a Jesús. Los más exquisitos encantos de la tierra, todos juntos, reflejan débilmente su valiosísimo carácter. ¡Bendita rosa, florece tú en mi corazón para siempre!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 130). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!»

30 de abril

«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!»

Salmo 139:17

El pensamiento de la omnisciencia divina no concede aliento alguno a la mente impía, pero al hijo de Dios lo inunda de consuelo. Dios piensa en nosotros en todo momento: nunca desvía de nosotros su mente y siempre nos tiene delante de sus ojos. Es así, precisamente, como deseamos que sea; porque resultaría espantoso vivir un solo momento siquiera fuera de la observación de nuestro Padre celestial. Sus pensamientos son siempre tiernos, amables, sabios, prudentes, de gran alcance, y nos otorgan incontables beneficios. De ahí que suponga un placer exquisito el recordarlos. El Señor siempre ha pensado en su pueblo; por ende la elección y el pacto de gracia por el cual la salvación de ese pueblo está asegurada. El Señor siempre pensará en ellos; de ahí su perseverancia final, mediante la que se les llevará con seguridad a su descanso último. En todos nuestros extravíos, la atenta mirada del Vigilante eterno está siempre fija en nosotros, y nunca vagamos más allá de la vista del Pastor. En nuestros pesares él nos observa incesantemente, y ninguno de nuestros dolores se le escapa. En todos nuestros trabajos él advierte nuestra fatiga, y escribe en su libro todas las luchas de sus fieles. Estos pensamientos del Señor rodean cada uno de nuestros pasos y penetran en lo íntimo de nuestro ser. Ningún nervio o tejido, válvula o vaso de nuestro cuerpo está descuidado. En todas las cosas pequeñas de este pequeño mundo piensa nuestro gran Dios.

Querido lector, ¿no es esto precioso para ti? Entonces retenlo. Nunca te dejes extraviar por esos necios racionalistas que predican un Dios impersonal y charlan acerca de la materia como si existiera por sí misma y se gobernara a sí misma. El Señor vive y piensa en nosotros: esta es una verdad demasiado preciosa para que nos la arrebaten fácilmente. Las atenciones de un noble son tan altamente estimadas que quien las obtiene considera que su fortuna está hecha. ¡Cuánto más valioso es ser recordado por el Rey de reyes! Si el Señor piensa en nosotros, todo está bien y podemos regocijarnos siempre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 129). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Porque el SEÑOR se deleita en su pueblo»

29 de abril

«Porque el SEÑOR se deleita en su pueblo»

Salmo 149:4 (LBLA)

¡Cuán amplio es el amor de Jesús! No hay parte alguna de los intereses de su pueblo que él no tenga en cuenta; no hay nada que concierna al bienestar de ellos que no sea importante para él. Creyente, Jesús no solo piensa en ti como un ser inmortal, sino también como un ser mortal. No lo niegues ni lo dudes: «Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt. 10:30). «Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y el Señor se deleita en su camino» (Sal. 37:23, LBLA). Sería triste para nosotros si ese manto de amor no cubriera todas nuestras iniquidades; porque, en tal caso, nos perjudicaría en aquella parte de nuestras ocupaciones que no cayera bajo la inspección de nuestro bondadoso Señor. Creyente, descansa confiado, que el corazón de Jesús cuida de tus preocupaciones más insignificantes. La anchura de su tierno amor es tal que puedes recurrir a él para cualquier asunto, porque él se siente afligido en todas tus aflicciones y, como un padre se compadece de sus hijos, se compadece él de ti. Los más humildes intereses de todos sus santos los lleva el Hijo de Dios en su ancho regazo. ¡Oh qué corazón es el suyo, que no solo abarca a los componentes de su pueblo, sino que contiene también las diversas e innumerables preocupaciones de todos ellos! ¿Piensas acaso, cristiano, que puedes medir el amor de Cristo? Medita en lo que su amor te ha traído: justificación, adopción, santificación, vida eterna… Las riquezas de su bondad son inescrutables; nunca podrás contarlas ni aun concebirlas. ¡Oh, qué anchura es aquella del amor de Cristo! ¿Tendrá un amor como este solo la mitad de nuestros corazones? ¿Lo retribuiremos con un amor frígido? El maravilloso cariño de Jesús y su tierno cuidado ¿recibirán tan solo una respuesta débil y un reconocimiento tardío de nuestra parte? ¡Oh alma mía, entona con tu arpa un alegre cántico de acción de gracias! Ven a descansar con gozo, porque no eres ningún solitario extraviado, sino un amado hijo, guardado, cuidado, suplido y defendido por tu Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 128). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«La casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón»

28 de abril

«La casa de Israel es dura de frente y obstinada de corazón»

Ezequiel 3:7

¿No hay excepciones? No, ninguna: aun al pueblo favorecido se lo describe así. ¿Son los mejores tan malos? Entonces, ¿cómo serán los peores? Ven, corazón mío, piensa hasta dónde participas de esta acusación universal. Y mientras consideras esto, prepárate para avergonzarte de ti mismo acerca de aquello en lo que hayas podido hacerte culpable. El primer cargo es el de desvergüenza o dureza de frente: falta de santo recato, impía audacia para el mal… Antes de mi conversión, yo podía pecar sin sentir remordimiento, oír hablar de mi pecado sin humillarme y aun confesar mi iniquidad sin sentirme pesaroso. Un pecador impenitente que vaya a la casa de Dios y pretenda orar al Señor y alabarlo, revela un rostro endurecido de la peor especie. ¡Ay!, desde el día de mi nuevo nacimiento he dudado de mi Señor en su presencia, he murmurado delante de él sin avergonzarme, lo he adorado negligentemente y he pecado sin llorar por haberlo hecho. Si mi frente no fuera como un diamante, más dura que un pedernal, tendría más santo temor y una contrición de espíritu más profunda. ¡Ay de mí!, soy uno de los desvergonzados de la casa de Israel. El segundo cargo es el de obstinación de corazón. No debo atreverme a fingir inocencia sobre este particular. En otro tiempo tenía un corazón de piedra; y aunque ahora, por medio de la gracia, cuento con un corazón nuevo que es de carne, mucha de mi antigua obstinación permanece aún en mí. No me siento afectado por la muerte de Jesús como debiera; ni conmovido, como sería de esperar, por la perdición de mis semejantes, por la maldad de los tiempos, por el castigo de mi Padre celestial o por mis propios fracasos. ¡Ojalá que mi corazón se derritiera ante el relato de los sufrimientos y de la muerte de mi Salvador! Dios quiera que pueda librarme de esta piedra de molino que tengo dentro, de este odioso cuerpo de muerte. No obstante —bendito sea el nombre del Señor—, la enfermedad no resulta incurable: la preciosa sangre del Salvador es el disolvente universal y a mí, sí a mí, me ablandará de veras hasta que mi corazón se derrita como lo hace la cera delante del fuego.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 127). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El SEÑOR es Rey eternamente y para siempre»

27 de abril

«El SEÑOR es Rey eternamente y para siempre».

Salmo 10:16 (LBLA)

Jesucristo no es un reclamante despótico del derecho divino, sino real y verdaderamente el Ungido del Señor: «Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Col. 1:19). Dios le ha dado todo poder y autoridad. Como Hijo del Hombre es ahora «cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (Ef. 1:22), y reina en el Cielo, en la tierra y en el Infierno con las llaves de la vida y de la muerte colgadas de su cinto. Ciertos príncipes se han complacido en llamarse a sí mismos reyes por voluntad popular y, ciertamente, nuestro Señor Jesucristo es tal en su Iglesia. Si se votara para determinar si Jesús debía ser rey en la Iglesia, todo corazón creyente lo coronaría. ¡Oh, si lo coronásemos más gloriosamente de lo que lo hacemos! Ningún sacrificio que glorifique a Cristo debiera considerarse superfluo. Sufrir debería constituir un placer; y perder, una ganancia, si con ello pudiéramos ceñir sus sienes con coronas más relucientes, presentándolo más glorioso a los ojos de los hombres y de los ángeles. Sí, él reinará. ¡Viva el Rey! ¡Salve, Rey Jesús! Salid, almas vírgenes que amáis a vuestro Señor; inclinaos a sus pies; sembrad sus sendas con los lirios de vuestro amor y las rosas de vuestra gratitud. «Sacad la diadema real y coronadle Señor de todos». Además, nuestro Señor Jesús es Rey en Sion por derecho de conquista: él ha entrado con asalto y arrebatado los corazones de su pueblo, matando a los enemigos que los mantenían en cruel esclavitud. En el mar Rojo de su propia sangre, nuestro Redentor ahogó al Faraón de nuestros pecados. ¿No será él Rey en Jesurún? Él nos ha librado del yugo de hierro y de la pesada maldición de la ley. ¿No será coronado Libertador? Nosotros somos su porción que él arrebató de la mano de los amorreos con su espada y con su arco. ¿Quién le arrebatará el botín de las manos? ¡Salve, Rey Jesús, nosotros gozosamente reconocemos tu pacífico gobierno! Gobierna, pues, en nuestros corazones para siempre, hermoso Príncipe de Paz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 126). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.