Cómo resolver bíblicamente los conflictos

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Cómo resolver bíblicamente los conflictos
Por Dan Dodds

Cuando la gente acude a mi oficina para recibir consejería, generalmente llega por uno de estos tres motivos: (1) están buscando sabiduría o aliento en su sufrimiento o en su prueba, (2) están luchando con un pecado dominante y quieren aprender a mortificarlo o (3) están involucrados en un conflicto y están buscando ayuda.

¿Las Escrituras tienen algo que decir sobre la resolución de los conflictos? Mil veces sí. La Escritura está llena de ilustraciones de conflictos y contiene múltiples principios sobre cómo debemos comportarnos cuando estamos enemistados con otro cristiano.

Uno de los pasajes más comunes sobre resolución de conflictos a los que aludimos los cristianos es Mateo 18:15-20. Ese pasaje es una guía que nos muestra paso a paso cómo avanzar en el proceso desde el principio hasta el final. Antes de analizarlo, consideremos algunos principios preliminares.

PRINCIPIOS PRELIMINARES
Primero, todos los creyentes tenemos la obligación de buscar la paz con los demás. Pablo escribe en Romanos 12:18: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (ver también He 12:14). Huir o esconderse del conflicto no es una opción válida para el cristiano. Piensa bien en esto. Si te encuentras en un conflicto con otro cristiano, Dios te ordena que trates de resolver ese conflicto de una manera piadosa. De hecho, la Escritura nos dice que debemos actuar para resolver el conflicto antes de asistir a la iglesia (ver Mt 5:23-24).

Resolver los conflictos es crítico para la paz de la iglesia porque contribuye a mantener una vida justa entre sus miembros. Si analizamos los versículos que contienen las palabras «paz» y «justicia», veremos que hay una clara relación entre ambas cosas.

Confrontar a alguien con su pecado requiere valentía y debemos hacer esto con mucho cuidado. Observa la cautela de Gálatas 6:1: «Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

Segundo, podemos resolver algunos conflictos si simplemente los pasamos por alto. Pedro escribe: «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8). No hay que lidiar con todas las ofensas. Entonces, ¿cómo sabemos si hay que abordar una ofensa o no? Si tu comunión con la otra persona está rota y el problema sigue siendo una barrera entre ustedes, es necesario que, en amor, inicies una conversación con la otra parte involucrada y que con una actitud de oración y humildad busques la paz y la reconciliación.

Tercero, saca la viga de tu ojo. Estudia lo que quiso decir Jesús durante el Sermón del monte en Mateo 7:1-5 antes de confrontar a la otra persona. La tendencia natural (y pecaminosa) de todos nosotros es agrandar los pecados cometidos contra nosotros y restar importancia a nuestros propios pecados. Ver nuestro propio pecado requiere humildad y sabiduría, tal vez incluso la ayuda de un amigo de confianza o de un pastor que nos hable con verdad y franqueza.

Cuarto, recuerda cuál es el objetivo de confrontar a un hermano o a una hermana. Recuerda lo que no es confrontar a alguien más. El fin no es impresionar a la parte ofensora con lo mucho que te hirió su pecado; no es que el otro sienta tanto dolor como tú; no es hacer pública tu historia ni conseguir que los demás sean hostiles hacia esa hermana; no es lograr que la expulsen de la iglesia.

Entonces, ¿cuál es el propósito? Hay varios. Confrontamos al que peca contra nosotros para darle la oportunidad de arrepentirse y ser liberado de su culpa. Confrontamos con el propósito de restaurar la relación. Confrontamos para restaurar la paz y la justicia en la iglesia.

CONFRONTAR EN AMOR
Cuando ya has determinado que es necesario conversar y que tu corazón es recto delante de Dios, puedes seguir los pasos dados por Jesús en Mateo 18:15-20. Veámoslos en orden.

Paso 1: Confrontación uno a uno. Jesús les enseñó a Sus discípulos que la persona que ha sido ofendida debe acercarse en privado a la persona que ha cometido la ofensa. Nota que esto es contrario a nuestra intuición; por lo general, pensamos: «Bueno, él me ofendió; él tiene que acercarse a mí». Sin embargo, eso no es lo que Jesús enseña: si estás ofendido, tú debes acercarte, especialmente porque es posible que el otro ni siquiera sepa que te ofendió. Y cuando te acerques, repasa en tu mente los muchos versículos que hablan de lo importante que es decir la verdad (noveno mandamiento), hablar la verdad en amor (Ef 4:15) y no dar lugar a la ira ni a la venganza (Ro 12:19).

Advertencia: hay situaciones en que no sería sabio que la víctima confronte al ofensor. Pienso en el caso de un niño que ha sido victimizado por un adulto y podríamos añadir más situaciones. Basta con decir que es necesario ejercer sabiduría. Si no estás seguro, habla con tu pastor.

Paso 2: Lleva a otra persona contigo. Pero ¿y qué si la persona no escucha? ¿Qué pasa si no responde o si niega su pecado? Jesús se anticipó a esa posibilidad y les dijo a los discípulos que involucraran a otro hermano o hermana para que confronte en amor al ofensor con su pecado.

¿A quién debes llevar contigo? A un hermano o hermana con madurez y sabiduría. Tal vez sea mejor que no lleves al pastor ni a un anciano. ¿Por qué? Porque los ancianos y el pastor pueden terminar involucrándose en la disciplina oficial de la iglesia más adelante. Sin embargo, si el pastor o un anciano es tu única alternativa, lo mejor es que entienda claramente que todavía no está involucrado en virtud de su oficio, sino como un hermano que contribuye a la reconciliación.

La esperanza es que el «peso» de un testigo adicional haga que el hermano o la hermana que ha pecado reconozca, confiese y se arrepienta de su mal, de modo que la parte ofendida pueda perdonarlo y se restaure la comunión cristiana. Sin embargo, las cosas no siempre funcionan así. En realidad, muchas veces la gente endurece su resistencia, su negación o las dos cosas y es entonces que el creyente recurre a la iglesia en busca de ayuda.

Paso 3: Dilo a la iglesia. En Mateo 18:17, leemos: «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia». Aquí, la iglesia se refiere a sus ancianos, que están llamados a pastorear espiritualmente el rebaño (1 P 5:1-5). Los ancianos están llamados a gobernar en la iglesia (He 13:7) y parte de ese gobierno consiste en promover la paz entre los hermanos. Los ancianos deben considerar oficialmente los cargos contra el hermano o la hermana en falta y volver a aplicar la Escritura de forma sabia y cautelosa en un esfuerzo por llevarlo al arrepentimiento.

Según como sean las políticas de tu iglesia, es posible que los ancianos, en algunas circunstancias, también pidan que los miembros de la iglesia tomen acciones con la esperanza de un último impulso al arrepentimiento. La congregación debe orar por la persona descarriada y darle aliento a nivel personal para que sea restaurada, pues ayudar a restaurar a una oveja descarriada es una obra realmente buena (Stg 5:20).

Si tu hermano se arrepiente, vuelve a recibirlo en la comunión. Si hay problemas materiales (o financieros) que deban abordarse, los ancianos tendrán que dar consejos sabios sobre el mejor modo de llegar a una solución justa. Si hay más personas involucradas en el conflicto, la parte que pecó debe hablar con todas ellas de modo que se restauren todas las relaciones.

No pienses que es imposible que eso pase. Lo hemos visto en nuestra iglesia y en muchas otras. Con frecuencia Dios bendice a Su pueblo con una restauración sana y ese es un momento de alegría para la congregación. No obstante, si eso no ocurre…

Paso 4: Trátalo como un incrédulo. Si finalmente el miembro no se arrepiente, los ancianos tienen el deber de declarar que su falta de arrepentimiento, que es una evidencia de incredulidad, los ha forzado a declarar oficialmente que el individuo en cuestión ha dejado de ser miembro de la iglesia de Jesucristo (Mt 18:17: «Sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos»). Este proceso también se conoce como excomunión. Consiste en quitarle los privilegios de la Cena del Señor y del cuidado, la provisión y la protección de la iglesia.

¿Qué pasa después? Si el individuo de verdad es creyente, Dios usará su tiempo fuera de la iglesia para forzarlo a regresar. Pero si no es así, su excomunión será perpetua a menos que se arrepienta.

Finalmente, recordemos que aunque este proceso es difícil, seguirlo es amar. La confrontación cristiana es totalmente distinta al mundo, que rechaza a todos los que violan la ideología de turno y rara vez vuelve a recibirlos sin hacerlos pagar un gran precio y humillarlos públicamente. Podemos agradecer al Señor por Su plan perfecto para restaurar a los que tienen oídos para oír.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

Conflictos por temas menores

Conflictos por temas menores
Por Paul Levy

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

El Nuevo Testamento es maravillosamente reconfortante y realista. No pinta una imagen romántica ni artificial de la vida en la iglesia. Hay batallas, conflictos y desacuerdos, y no siempre son sobre cuestiones correctas. Nos habla de dos mujeres que habían tenido una disputa en la iglesia de Filipos. No nos dice por qué discutieron ni quién tenía la razón. Pablo simplemente escribe: «Ruego a Evodia y a Síntique, que vivan en armonía en el Señor» (Fil 4:2).

La iglesia cristiana no es una secta en la que todos tenemos que vernos iguales, vestirnos iguales y pensar lo mismo. Hay doctrinas esenciales respecto a las cuales no puede haber discusiones, pero también hay muchas áreas de la vida en que los cristianos vamos a discrepar de maneras legítimas. Todos tenemos distintas luchas y llegamos a distintas conclusiones sobre algunos asuntos. El apóstol Pablo le escribe a la iglesia en Roma y les dice a los cristianos allí que dentro de la iglesia hay creyentes débiles y creyentes fuertes, y que no deben contender sobre «opiniones» discutibles (Ro 14:1). Luego, nos ofrece un capítulo notable sobre cómo lidiar con los desacuerdos que surgen en la vida de la iglesia, pero sin dividirla.

El problema de Romanos 14 era la carne ofrecida a los ídolos; algunos la comían, otros no, y ambos bandos se juzgaban mutuamente. Algunos guardaban los días festivos y otros no lo hacían. Ambos grupos tenían motivos correctos, y el desacuerdo era legítimo. Habían pensado en el asunto y arribado a distintas conclusiones. Pero ese no era el problema. El problema era que estaban juzgándose unos a otros (v. 4) o, usando un lenguaje aún más fuerte, estaban despreciándose unos a otros (v. 3).

Pablo aborda de lleno este problema y nos dice cómo debemos actuar con los demás cuando tenemos discrepancias legítimas, cuando surgen conflictos entre cristianos que son más fuertes y cristianos que son más débiles. Para partir, en el versículo 1, el apóstol le recuerda a la iglesia que deben «aceptarse» mutuamente. Esto es notable. Acepta a alguien que es diferente a ti y que tiene opiniones diferentes a las tuyas. En el versículo 3, Pablo da instrucciones para ellos y nosotros: «El que come no desprecie al que no come». Este imperativo es fuerte y va seguido de la frase «no juzgue». Es la acción deliberada de no dejar que la hostilidad entre a la iglesia por estos asuntos. Luego, en el versículo 5, leemos: «Cada cual esté plenamente convencido según su propio sentir». Sin embargo, con un equilibrio hermoso, después, en el versículo 13, el apóstol nos enseña a «no poner obstáculo o piedra de tropiezo al hermano».

El apóstol Pablo habla en este ambiente incómodo y aplica el evangelio a la situación. Les recuerda a los romanos sobre su Dios y Su carácter. «Dios lo ha aceptado» (v. 3), tanto al que se abstiene como al que come, tanto al que guarda las festividades como al que no las guarda. Si el Señor los ha aceptado a todos, ciertamente ellos pueden aceptarse entre sí. Pablo se dirige a ambos grupos y los hace ver más allá de sus divisiones. Les dice que deben estar conscientes de que ambos grupos están actuando de un modo que, hasta donde ellos creen, honra al Señor (v. 6). Debemos pensar lo mejor de los que discrepan con nosotros sobre asuntos discutibles y no dudar de sus intenciones. Incluso si pensamos que están equivocados, podemos honrarlos y amarlos. Luego, Pablo les recuerda a los romanos que Dios es el Juez: «De modo que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo» (v. 12). No debemos juzgarnos los unos a los otros porque Dios es el Juez.

Trágicamente, en muchas áreas de la vida de la iglesia, la gente se ha peleado e incluso ha abandonado congregaciones debido a «opiniones». La unidad se ha roto porque la gente se ha pisoteado entre sí. Sabemos que es fácil dividir una iglesia, contristar al Espíritu Santo y arruinar el testimonio ante el mundo que está afuera. Si somos honestos, muchas de las divisiones que vemos en la vida de la iglesia no tienen que ver con doctrina ni con asuntos relacionados con la salvación, sino con las preferencias de las personas.

Pablo les dice a los efesios: «Vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor» (4:1-2). La vida en la iglesia no siempre es sencilla. Mientras buscamos vivir una vida piadosa en Jesucristo, habrá (y debe haber) desacuerdos sobre asuntos discutibles. No tendremos las mismas opiniones sobre algunas libertades legítimas del cristiano. Al tratar de resolver esas disputas, debemos orar por las personas con las que discrepamos y decirle a Dios: «Ayúdame a pensar bien de mi hermano o de mi hermana». Al diablo le encanta dividir la iglesia de Dios, y debemos protegernos de él y no darle asidero en la vida de la iglesia.

Si una iglesia puede aplicar las enseñanzas de Romanos 14, mostrará con gran poder lo maravilloso que es el evangelio, que une a la gente en Jesucristo y que está unida en amor unos por otros. Será la clase de iglesia que el mundo necesita y que está buscando sin saberlo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Paul Levy
El Rev. Paul Levy es ministro de la International Presbyterian Church Ealing en Londres.

Cómo resolver el conflicto doctrinal

Cómo resolver el conflicto doctrinal
Por Fred Greco

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

La historia de la iglesia está llena de conflictos doctrinales. Los cristianos modernos podrían pensar que esos conflictos son un fenómeno nuevo causado por nuestra distancia de las enseñanzas de Jesús y de la Iglesia primitiva. Sin embargo, en los primeros siglos de la Iglesia primitiva, hubo debates sobre diferencias teológicas significativas, las cuales, finalmente, fueron zanjadas por concilios de la iglesia, como los de Nicea y Calcedonia. ¿Cómo, entonces, deberían resolverse los conflictos doctrinales? La buena noticia para nosotros es que no es necesario que adivinemos o inventemos un modelo o un método: en Hechos 15, el Espíritu Santo nos ha dado una historia inspirada sobre cómo lidiar con los conflictos doctrinales.

PASO UNO: RECONOCER EL CONFLICTO Y BUSCAR AYUDA

Hechos 15 comienza con un acontecimiento conocido: surge un conflicto en la iglesia local porque había hombres enseñando lo que ellos creían que era una doctrina obligatoria para la iglesia (Hch 15:1). Eso no concordaba con la enseñanza de la iglesia local, por lo que Pablo y Bernabé contendieron con ellos, lo que dio lugar a «gran disensión y debate» (v. 2). En vez de dividir la iglesia o aceptar sus discrepancias, los líderes enviaron un grupo a Jerusalén para pedir ayuda. Sabían que la importancia de este asunto doctrinal iba más allá de su asamblea local, así que buscaron la sabiduría de toda la iglesia. De la misma manera, cuando surge un conflicto doctrinal en la iglesia hoy, debemos reconocer que es mejor buscar solucionarlo y no dejar que el conflicto se encone y genere división. La iglesia debe estar unida en su testimonio ante el mundo que la observa. Buscar ayuda más allá de la iglesia local es fácil en mi contexto presbiteriano, que cuenta con una serie de tribunales a los que podemos apelar. Pero incluso en un contexto congregacionalista, es posible convocar a un grupo de iglesias con ideas afines para abordar los conflictos doctrinales.

PASO DOS: LA IGLESIA SE REÚNE PARA RESOLVER EL CONFLICTO
Buscar ayuda solo es valioso si la iglesia en general está dispuesta a ayudar a resolver los conflictos doctrinales y es capaz de hacerlo. Eso es lo que vemos que hace la iglesia en Hechos 15. Pablo y Bernabé llevan el problema ante la iglesia de Jerusalén, y «los apóstoles y los ancianos se reunieron para considerar este asunto» (v. 6). Aquí no hubo un concurso de popularidad ni un deseo de llegar a un término medio para evitar los efectos nocivos del conflicto. Por el contrario, los apóstoles y los ancianos se reunieron para escudriñar las Escrituras y debatir el tema en cuestión. No tenemos una transcripción del debate. Sin embargo, vemos que tanto Pedro como Santiago aplican la verdad de la Palabra de Dios, incluyendo su doctrina de la justificación por la fe y la profecía del Antiguo Testamento sobre el llamado de los gentiles, para resolver el conflicto. Hoy en día, sería sabio que siguiéramos el ejemplo de la Iglesia primitiva y nos reuniéramos para resolver las disputas doctrinales. La historia de la iglesia está llena de ejemplos de esta clase de resoluciones para guiarnos. Algunos conflictos antiguos han vuelto a surgir (como ciertos postulados sobre la Trinidad), y nuevas aplicaciones en nuestra cultura contemporánea de enseñanzas establecidas han causado conflicto en la iglesia (como la naturaleza de la tentación y el pecado).

PASO TRES: PUBLICAR LA RESOLUCIÓN DEL CONFLICTO
Después de zanjar la pregunta de si la circuncisión es necesaria para la salvación, la iglesia dio el paso importante de redactar una carta y enviar su decisión a la congregación de Antioquía y a las demás iglesias. Esto no solo sirvió para resolver el problema doctrinal, sino también para «animar y fortalecer» a las iglesias con la decisión. Las diferencias doctrinales habían producido una brecha en la paz de la iglesia local y también obstaculizado los esfuerzos de evangelismo y misiones.

El concilio de Jerusalén terminó con esa crisis mediante su pronunciamiento concluyente. Quizás nos preguntemos si esta es una solución posible para la iglesia de hoy, ya que no tenemos apóstoles como Pedro y Santiago para que nos corrijan. La tentación es decir que hoy los conflictos doctrinales nunca pueden ser resueltos por los concilios de la iglesia, pues no son exactamente iguales al concilio de Jerusalén. Sin embargo, eso es negar la realidad de que la iglesia a nivel mundial concuerda en las doctrinas de la Trinidad, la persona de Jesucristo y la autoridad de la Biblia porque los concilios del pasado se han pronunciado al respecto. Decir que la iglesia habla con autoridad no significa que hable de forma infalible (Confesión de Fe de Westminster 31.4). Los conflictos doctrinales son una oportunidad para que la iglesia adopte una postura clara en favor de la verdad de la Palabra de Dios. Debemos recurrir a la obra del Espíritu Santo al interior de la iglesia si queremos encontrar ayuda para nuestra fe y nuestra práctica.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Fred Greco
El reverendo Fred Greco es pastor principal de Christ Church (PCA) en Katy, Texas.

Luchando por la fe

Luchando por la fe
Por Nate Shurden

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Todavía recuerdo cuando mi profesor de tercer grado de la escuela dominical me contó la famosa (y dudosa) historia del intercambio (o algo así) que hubo entre Nicolás de Mira y Arrio de Alejandría en el Concilio de Nicea el año 325 d. C. Según la leyenda, Nicolás de Mira —más conocido hoy como San Nicolás— estaba presente en el primer concilio ecuménico. Allí, Arrio argumentó que el Hijo de Dios no es igual a Dios Padre, sino el primer ser creado, el más elevado de todos (este punto de vista, conocido como arrianismo, fue justamente condenado como herético en el Concilio de Nicea). Mientras los obispos escuchaban atentos la propuesta de Arrio, Nicolás se sentía inquieto y frustrado. Finalmente, se le agotó la paciencia. Se puso de pie, atravesó la sala y abofeteó a Arrio.

La veracidad de esta historia es difícil de confirmar, pero no dejes que su punto central pase inadvertido. Si el hombre del que viene la leyenda del alegre San Nicolás es recordado por abofetear a alguien debido a un asunto doctrinal, entonces quizá debemos por lo menos considerar la posibilidad de que la doctrina es lo suficientemente importante como para contender por ella. Si me permites el atrevimiento de decirlo, la fidelidad a Jesucristo requiere que todos juntemos el coraje y la sabiduría para involucrarnos en conflictos doctrinales (aunque siempre debemos resistir la tentación de abofetearnos los unos a los otros).

La lógica es simple. Si Cristo estuvo involucrado regularmente en disputas teológicas y nosotros estamos llamados a tomar la cruz y seguirlo, entonces no podemos ser realistas y a la vez esperar que pasaremos por la vida sin involucrarnos en algún conflicto doctrinal. Los siervos siguen el camino del maestro, y nuestro Maestro no echó pie atrás ante los conflictos doctrinales necesarios. Nosotros tampoco debemos hacerlo.

Lo cierto es que no podemos proclamar la verdad del evangelio y esperar que las mentiras del maligno permanezcan dormidas. El conflicto siempre acompaña al ministerio del evangelio, así que debemos estar preparados para los conflictos doctrinales si vamos a compartir el evangelio y vivir sus implicaciones en el mundo.

Por eso, todas las cartas del Nuevo Testamento proclaman la verdad del evangelio, corrigen el error doctrinal de algún modo y denuncian a los enemigos de la verdad. Todo es un paquete. Incluso cuando las cartas no están involucradas directamente en un conflicto doctrinal ni desenmascaran a los falsos maestros, tienen la mira en los conflictos doctrinales y los falsos maestros del futuro.

Pedro nos recuerda las verdades que sabemos, porque vendrán falsos maestros, «los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras» (2 P 2:1). Pablo advierte a Timoteo: «Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, conforme a sus propios deseos, acumularán para sí maestros, y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a los mitos» (2 Ti 4:3-4). Estos son solo dos ejemplos de las muchas advertencias del Nuevo Testamento (ver 2 Co 11:13-14; Col 2:8; 1 Jn 4:1-2).

Ahora bien, en toda esta discusión sobre el conflicto doctrinal, debemos cuidarnos de caer en la tentación del sectarismo doctrinal. Cada vez que convertimos asuntos doctrinales de segundo y tercer orden en temas de importancia suprema, hacemos daño a la iglesia. «Las diferencias de opinión sobre asuntos no esenciales no debe ser la base de cismas entre cristianos bajo ninguna circunstancia», señala sabiamente Juan Calvino (este es un concepto que todos los cristianos deberíamos tener en cuenta).

Dicho esto, el problema más frecuente al que nos enfrentamos en nuestros días es la displicencia doctrinal. Somos demasiado indiferentes hacia la verdad. Rara vez juzgamos alguna doctrina como algo por lo que valga la pena luchar. Pero ten por seguro que cuando se llega a un acuerdo vago y carente de contenido para buscar la «unidad», esa paz es falsa, un fundamento de arena. Para que la iglesia sea la columna y el sostén de la verdad (1 Ti 3:15), debemos reunirnos en torno a aquello sobre lo que estamos fundados: la enseñanza de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular (Ef 2:20).

A la luz de esto, resistamos la tentación de restar importancia a las diferencias doctrinales por miedo a irritar a alguien. En lugar de bajar el perfil a diferencias teológicas fundamentales como si fueran asuntos de simple perspectiva o interpretación, debemos «luchar ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos» (Jud 3) con amor y gran cuidado, con mansedumbre y gracia, pero a la vez con valor y perseverancia, pues por esta fe vale la pena luchar.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nate Shurden
El reverendo Nate Shurden es pastor principal de Cornerstone Presbyterian Church y miembro adjunto de la facultad del New College Franklin en Franklin, Tennessee. Puedes seguirle en Twitter como @NateShurden.

Conflictos necesarios

Conflictos necesarios
Por Roland Barnes

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

La confrontación rara vez o nunca es agradable, pero a menudo es necesaria. En 1 Corintios 11:18-19, el apóstol Pablo considera muy necesario confrontar a la iglesia de Corinto por las divisiones y facciones que están proliferando entre ellos:

Pues, en primer lugar, oigo que cuando se reúnen como iglesia hay divisiones entre ustedes, y en parte lo creo. Porque es necesario que entre ustedes haya bandos, a fin de que se manifiesten entre ustedes los que son aprobados.

Cuando el pecado es confrontado y se produce un conflicto, surge una oportunidad para el arrepentimiento y la reconciliación. Cuando el pecado no se controla porque estamos evitando el conflicto, dejamos que el pecado y la incredulidad pongan en peligro a la iglesia. El apóstol Pablo instruye a Tito que se enfrente a los falsos maestros de las iglesias de Creta en Tito 1:10-13:

Porque hay muchos rebeldes, habladores vanos y engañadores, especialmente los de la circuncisión,a quienes es preciso tapar la boca, porque están trastornando familias enteras, enseñando por ganancias deshonestas, cosas que no deben… Por eso, repréndelos severamente para que sean sanos en la fe. 

La palabra griega traducida como «reprender» tiene varios significados: desenmascarar, convencer, reprobar. El vocablo también se encuentra en Efesios 5:11, donde el apóstol Pablo da instrucciones sobre cómo enfrentarnos a las tinieblas: «Y no participen en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien, desenmascárenlas». Cuando las desenmascaremos, de seguro habrá un conflicto.

El conflicto es muy necesario para que la iglesia siga siendo una iglesia verdadera, fiel al evangelio. Cuando confrontamos el error como en 1 Corintios 11, preservamos la fe cristiana genuina. Pablo afirma eso en el versículo 19: «Porque es necesario que entre ustedes haya bandos, a fin de que se manifiesten entre ustedes los que son aprobados».

Aunque la palabra «conflicto» no se encuentra en el versículo 19, Pablo está confrontando a los que promueven herejías y causan divisiones en la iglesia, y el resultado suele ser un conflicto necesario. Esto es necesario para preservar la pureza del evangelio y distinguir a los creyentes genuinos de los que no lo son. Cuando las facciones (los maestros de herejías) son confrontadas en la iglesia, las personas que creen verdaderamente y siguen de verdad a Cristo son reconocidas.

En Gálatas, Pablo enfrentó frontalmente los errores de los judaizantes, y el conflicto necesario resultante preservó a las almas de muchas de las seducciones engañosas de aquel otro «evangelio», que no era el evangelio verdadero en absoluto. Los que enseñaban que la circuncisión es necesaria para la salvación estaban destruyendo el verdadero evangelio de la gracia y no debían ser vistos como creyentes genuinos. Pablo escribe en Gálatas 1:6:«Me maravillo de que tan pronto ustedes hayan abandonado a Aquel que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente».

Una y otra vez, a lo largo de la historia de la iglesia, los conflictos necesarios han servido para preservar la pureza del evangelio. En el primer siglo, el conflicto necesario confrontó a los judaizantes y preservó al evangelio de la gracia redentora de Dios del error de la justicia basada en las obras. A principios del siglo IV, el conflicto necesario confrontó los errores de los arrianos, y así se preservó la doctrina de la deidad plena de Cristo. A comienzos del siglo V, el conflicto necesario preservó la naturaleza soberana de la gracia de Dios cuando Agustín confrontó a Pelagio. En la Reforma, el conflicto necesario confrontó muchos errores que se habían colado en la vida de la iglesia durante la Edad Media, entre ellos la corrupción del culto, de los sacramentos, del papel del clero y del propio evangelio.

Fue necesario confrontar estos errores, y, como resultado, estallaron grandes conflictos en la iglesia. Muchos hombres piadosos perdieron la vida. Sin embargo, esos conflictos eran totalmente necesarios para restaurar la salud y vitalidad espiritual de la iglesia. Los errores fueron confrontados y los hombres piadosos perseveraron en medio de los conflictos, y así la iglesia verdadera fue preservada, y las personas que no creían de verdad fueron desenmascaradas.

Los conflictos pueden ser desagradables, pero son necesarios si queremos ser fieles a Cristo y tratar de preservar la pureza de Su iglesia. Que Dios nos dé sabiduría para poder discernir cuándo es necesaria la confrontación y cómo manejar los conflictos resultantes de manera que Cristo sea honrado y Su iglesia sea preservada.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Roland Barnes
Roland Barnes

El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.

Las razones del conflicto en la iglesia

Las razones del conflicto en la iglesia
Por Peter Van Doodewaard

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Los cristianos atesoramos la paz que da Cristo. Las relaciones sin Dios son crueles y difíciles, y el evangelio promete cosas mejores. Si conoces la paz con Dios y con los demás creyentes, la idea de un conflicto en la iglesia te resultará alarmante. La experiencia del conflicto puede ser tan devastadora que algunos abandonan la iglesia y albergan dudas sobre el poder del evangelio. Por lo tanto, comprender las causas y los remedios de los conflictos en la iglesia es importante para el cristiano. El Espíritu Santo nos da ese entendimiento en Santiago 4:1-6.

Al parecer, los conflictos eclesiásticos llevaron al apóstol Santiago a plantear una pregunta sobre la causa de los mismos: «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes?» (Stg 4:1). ¿Qué es lo que alimenta la guerra civil en una sociedad que nuestro Señor diseñó para que muestre amor (Jn 13:35)? La pregunta del apóstol (y su respuesta) nos da cuatro lecciones sencillas que nos capacitan para afrontar los conflictos en la iglesia.

En primer lugar, el hecho de que Santiago haya formulado esta pregunta significa que no debería sorprenderte que haya desacuerdos en tu iglesia. Desde el principio, el conflicto ha sido una realidad en la vida de la iglesia. Hay otros casos tristes en el Nuevo Testamento: Pablo y Bernabé tuvieron una disputa, y lo mismo ocurrió con Pedro y Pablo. En Filipos, Evodia y Síntique no podían «vivir en armonía en el Señor». Al parecer, la iglesia de Corinto discutía casi por todo. La guerra de Satanás está especialmente dirigida a perturbar a la iglesia de Cristo, y no debe sorprenderte ese conflicto ni el sufrimiento que conlleva (1 P 4:12-13).

En segundo lugar, el contexto de la pregunta, que está precedida por las palabras «Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz» (Stg 3:18), y seguida por un reproche del conflicto, nos recuerda que el conflicto es contrario al propósito y testimonio de la iglesia. La unidad es una marca de la iglesia de Cristo, y el conflicto va en contra de los propósitos unificadores de Dios:

En Él tenemos redención mediante Su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia que ha hecho abundar para con nosotros. En toda sabiduría y discernimiento nos dio a conocer el misterio de Su voluntad, según la buena intención que se propuso en Cristo, con miras a una buena administración en el cumplimiento de los tiempos, es decir, de reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra (Ef 1:7-10).

Jesús oró por esa unidad justo antes de la cruz:

Pero no ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en Mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste.

La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como Nosotros somos uno: Yo en ellos, y Tú en Mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a Mí (Jn 17:20-23).

En tercer lugar, el apóstol identifica la fuente del conflicto como «las pasiones que combaten en sus miembros» (Stg 4:1b). Esto se refiere a la realidad del pecado que mora en nosotros: el cristiano verdadero todavía tiene deseos egoístas poderosos que buscan el placer. Santiago describe esto en términos gráficos: «Ustedes codician y no tienen, por eso cometen homicidio. Son envidiosos y no pueden obtener, por eso combaten y hacen guerra. No tienen, porque no piden. Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en sus placeres» (vv. 2-3).

Esto es profundamente humillante: el conflicto hace aflorar los deseos pecaminosos y las formas mundanas de pensar y actuar que ya existían en nosotros. Santiago advierte que estas cosas corrompen nuestras oraciones («Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos») y desvían nuestros objetivos de la gloria de Dios y del bien de nuestro prójimo al placer y la influencia del mundo («la amistad del mundo»). Tales pasiones alimentan el fuego del conflicto y nos ponen en oposición a Dios mismo, pues «la amistad del mundo es enemistad hacia Dios». Son actos de traición contra el pacto. Santiago llama a esto adulterio espiritual: «¡Oh almas adúlteras! ¿No saben ustedes que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (v. 4).

El hecho de que el conflicto se origine en nuestros deseos pecaminosos y pensamientos mundanos nos apunta hacia una solución. El camino hacia la paz empieza por plantearnos preguntas difíciles. ¿Por qué están tan encendidas mis pasiones? ¿Estoy andando al ritmo del Espíritu, o estoy siendo obstinado? ¿Estoy orando para que Dios me muestre la viga en mi propio ojo antes de ocuparme de la mota en el ojo de mi hermano (Mt 7:3)? ¿Estoy dispuesto a cubrir los pecados con amor? Debemos evaluar nuestro propio papel en la desunión y nuestra respuesta frente a ella: considera tu corazón (Mr 7:20-23). Ora para que Dios use el conflicto para revelar el pecado y purificar a Su iglesia.

Hay una última lección: el conflicto en la iglesia es una oportunidad para renovar nuestra dependencia de la gracia de Dios. Este conflicto específico en la Iglesia primitiva fue una ocasión para que el Espíritu Santo llevara a la iglesia a comprender mejor la gracia. Santiago concluye con esta sencilla afirmación: «Pero Él da mayor gracia» (Stg 4:6).

Quizás hayas pensado que la gracia es un depósito único, algo que necesitaste al principio de tu vida cristiana. Sin embargo, la gracia es más que eso: es el poder duradero de Dios que te trajo a la vida en Cristo, te mantiene en esa vida y te dirige a casa. Él da mayor gracia porque es obvio que los cristianos necesitamos desesperadamente más gracia, para ver y confesar nuestros pecados, y para vivir para Dios. Como dice Santiago: «Por tanto, sométanse a Dios. Resistan, pues, al diablo y huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes» (vv. 7-8).

Si respondemos bíblicamente a los conflictos en la iglesia, no vamos a amargarnos ni nos sentiremos orgullosos, incluso aunque parezca que no nos va a ir bien. En cambio, comprenderemos que Él está obrando en nuestro corazón, con la intención generosa de darnos más gracia que nos capacite, a fin de equiparnos para promover el bien de Su iglesia. Por lo tanto, confía en Él, incluso en los días más difíciles. Él tiene la intención de darnos mayor gracia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Peter Van Doodewaard
El Rev. Peter VanDoodewaard es pastor de Covenant Community Church en Greenville, Carolina del Sur.

Conflicto y paz

Conflicto y paz
Por Burk Parsons

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Lidiar con el conflicto es el trabajo diario del pastor. Como subpastores de Su rebaño, Dios nos ha llamado a cuidar de Sus ovejas, y eso a menudo significa cuidarlas en medio del conflicto, incluso cuando nosotros, los pastores, podemos ser la causa. El conflicto en la iglesia a veces es la razón por la que la gente deja la congregación, y la carga que produce el conflicto suele ser la razón por la que los pastores dejan el ministerio. Los pastores que no sirven junto a un grupo de ancianos fieles suelen sucumbir a la presión abrumadora del conflicto.

Todo cristiano enfrenta conflictos, y hacemos todo lo posible por evitarlos. El conflicto es miserable. Puede ser desgarrador. Nos agobia y a veces puede abrumarnos. Por eso, cuando nos encontramos en un conflicto, debemos echarnos a nosotros mismos y todas nuestras cargas sobre el Señor, porque Él tiene cuidado de nosotros. Una de las maneras en que nos cuida es a través de la iglesia, incluso si el conflicto que enfrentamos está en la propia iglesia. Dios nos hizo para vivir en comunidad, y la única manera de lograr una resolución y reconciliación auténtica es a través de la comunidad de la familia de Dios, siguiendo los principios que Él ha establecido en Su Palabra para buscar la paz auténtica. Esa paz no viene a través de la transigencia, sino a través de la verdad, la gracia, la humildad, el arrepentimiento y el perdón. La paz verdadera llega mediante la reivindicación del justo y el arrepentimiento y la restauración del ofensor. Sin embargo, cuando buscamos la reconciliación, siempre debemos tratar de sacar la viga de nuestro propio ojo mucho antes de lidiar con la mota en el ojo de nuestro hermano.

Aunque, en última instancia, el conflicto es consecuencia de la caída, a veces surge por malentendidos, suposiciones o una mala comunicación. También debemos reconocer que, a veces, Dios usa providencialmente el conflicto como una forma de producir paz duradera, pureza y unidad en la iglesia, nuestras familias y nuestras relaciones. Incluso en Su ministerio terrenal, Jesús trajo conflictos para purificar a Su iglesia y lograr la salvación y la paz de Su pueblo elegido (Mt 10:34; Jn 2:13-22). A lo largo de la historia de la iglesia, han habido múltiples conflictos que Dios ha utilizado soberanamente para hacer que volvamos a descubrir Su verdad en Su Palabra, para que Su evangelio sea proclamado y para que Sus elegidos sean librados del conflicto supremo que nosotros, los pecadores, tenemos con Él, nuestro Dios justo y recto. Gracias a Dios, Él obra a través del conflicto para reconciliarnos con Él, de modo que podamos estar justificados ante Su trono de juicio por la fe sola.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Cómo la vocación transformó la sociedad

Cómo la vocación transformó la sociedad
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Los cristianos de hoy hablan con frecuencia de transformar la sociedad. Un ejemplo dramático de cómo una enseñanza teológica tuvo un impacto social revolucionario es la doctrina de la Reforma sobre la vocación. La sociedad de la Edad Media era muy estructurada, jerárquica y estática. Pero esto cambió, a partir del siglo XVI, como consecuencia, quizás involuntaria, de la doctrina de la vocación enseñada por Lutero.

LA DOCTRINA DE LA VOCACIÓN
Para Lutero, la vocación, palabra latina que significa «llamado», significaba mucho más que un trabajo o una profesión. La vocación es la doctrina de Lutero sobre la vida cristiana. Más aún, la vocación es la forma en la que Dios actúa a través de los seres humanos para gobernar Su creación y otorgar Sus dones.

Dios nos da el pan de cada día por medio de agricultores, molineros y panaderos. Crea y cuida la nueva vida por medio de los padres y las madres. Nos protege por medio de las autoridades legítimas. Anuncia Su Palabra y administra Sus sacramentos por medio de los pastores. La vocación, decía Lutero, es la «máscara de Dios», la manera en la que Él se esconde en las relaciones y tareas ordinarias de la vida humana.

Un texto clave para la vocación es 1 Corintios 7:17: «Fuera de esto, según el Señor ha asignado a cada uno, según Dios llamó a cada cual, así ande». El contexto inmediato de ese pasaje tiene que ver con el matrimonio. Nuestras familias, nuestra ciudadanía en una comunidad o sociedad particular, nuestras congregaciones y, sí, nuestros lugares de trabajo, son todas facetas de la vida a las que Dios nos ha asignado y llamado.

El propósito de todos nuestros llamados es amar y servir al prójimo que cada vocación trae a nuestras vidas (en el matrimonio, nuestro cónyuge; en la paternidad, nuestros hijos; en el trabajo, nuestros clientes; y así sucesivamente).

Somos salvos por la gracia sola por medio de la fe en la obra de Jesucristo. Pero entonces somos enviados a nuestros llamados para vivir esa fe. Dios no necesita nuestras buenas obras, decía Lutero, pensando en los esfuerzos elaborados para merecer la salvación aparte del don gratuito de Cristo, pero nuestro prójimo sí necesita nuestras buenas obras. Nuestra fe da fruto en el amor (Gá 5:6; 1 Ti 1:5), y esto ocurre en nuestras familias, nuestro trabajo, nuestras comunidades y nuestras congregaciones. En estas tareas, también llevamos nuestras cruces, pecamos y encontramos perdón, y crecemos en la fe y la santidad.

LOS ESTAMENTOS
La sociedad medieval se dividía en tres estamentos: el clero («los que oran»); la nobleza («los que luchan» o, en la práctica, «los que mandan»); y los plebeyos («los que trabajan»).

Se pensaba que el clero tenía una «vocación», un llamado distinto de Dios para seguir «la vida espiritual» al margen del mundo. Dedicarse por completo a la oración y a los ejercicios espirituales se consideraba de mucho mayor mérito que lo que se podía encontrar en los estados seculares. Entrar en una orden religiosa exigía los votos de celibato, pobreza y obediencia. Para Lutero, esta búsqueda de méritos no solo era un rechazo del evangelio, sino que tales votos repudiaban las mismas esferas de la vida —la familia, el trabajo y el gobierno— que Dios había establecido. Estas esferas, insistía, eran también vocaciones cristianas.

Lutero redefinió los estamentos como instituciones diseñadas por Dios para la vida terrenal. Estos son la iglesia, el estado y el hogar (la familia y su trabajo económico). Son paralelos a los estamentos medievales del clero, la nobleza y los plebeyos. Pero mientras que en la Edad Media se trataba de tres categorías sociales separadas, las que Lutero definió son esferas de la vida en las que todo cristiano habita y en las que todo cristiano tiene vocaciones.

Las distinciones sociales rígidas entre los tres estamentos —los que oraban, los que gobernaban y los que trabajaban— se desmoronaron. La vida de oración no es solo para una clase sacerdotal, sino para todos los creyentes. El Estado no es solo cosa de una élite gobernante, sino de todos sus ciudadanos. El hogar no es solo para los plebeyos. Todos, incluido el clero, pueden ser llamados al matrimonio y a la paternidad. Todos, incluida la nobleza, están llamados al trabajo productivo. Todos oran. Todos (eventualmente) gobiernan. Todos trabajan.

EL IMPACTO SOCIAL DE LA REFORMA
Otro nombre para la doctrina de la vocación es el sacerdocio de todos los creyentes. Dios llama a algunos cristianos a ser pastores, pero llama a otros cristianos a ejercer su real sacerdocio arando los campos, forjando el acero y creando negocios. Pero todos los sacerdotes —incluidos los campesinos y las sirvientas— necesitan tener acceso a la Palabra de Dios. Por eso, durante la Reforma, se abrieron escuelas y floreció la alfabetización.

Los plebeyos educados ascendieron en la escala social y acabaron gobernándose a sí mismos. Los trabajadores que amaban y servían a sus clientes con su trabajo encontraron el éxito económico. Mientras que Lutero se dirigía a una sociedad medieval tardía y estática, Calvino y más tarde los puritanos adaptaron la vocación al mundo moderno emergente. Hicieron énfasis en los llamados del lugar de trabajo y alentaron a los cristianos a abrazar las nuevas oportunidades a las que Dios los llamaba. Así, la Reforma trajo consigo una movilidad social sin precedentes.

Extrañamente, la doctrina de la vocación está hoy olvidada. ¿Qué aportaría a la sociedad actual un redescubrimiento de la vocación?

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

El ideal de matrimonio de la Reforma

El ideal de matrimonio de la Reforma
Por Michael Haykin

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Nuestro recuerdo de lo ocurrido durante la Reforma del siglo XVI es en cierto modo selectivo. Como herederos del protestantismo reformado, la recordamos principalmente como una recuperación del evangelio y de la forma bíblica de adoración. Pero también necesitamos recordarla como una gran recuperación de la comprensión bíblica del matrimonio.

Sobre la base de la piedad monástica de la antigüedad, encontrada en autores como Agustín y Jerónimo, la Iglesia medieval había llegado a considerar la vida célibe del monasterio o el convento como el semillero de una espiritualidad muy superior a la que había en los hogares de los casados. El célibe, se argumentaba, vivía la vida de los ángeles y, por lo tanto, ya experimentaba en cierto modo la vida del mundo venidero. Sin embargo, con la creciente corrupción de la iglesia a finales de la Edad Media, la realidad era que demasiados clérigos eran célibes pero no castos.

LUTERO, ESPOSO Y PADRE PIONERO
Aunque Martín Lutero no fue el primero de los reformadores en casarse y tener una familia, su matrimonio con Catalina de Bora, el 13 de junio de 1525, se convirtió en muchos sentidos en el paradigma para la familia protestante. Al principio, su matrimonio no fue por amor. Catalina se había escapado de un convento en Nimbschen, cerca de Grimma, con otras monjas y acabó en Wittenberg buscando refugio. Durante un tiempo, Lutero actuó como una especie de casamentero, buscando maridos para las monjas. Finalmente, solo quedó Catalina, con la que Lutero se casó, según dijo, para complacer a su padre, que siempre había querido tener nietos, y también, como dijo anecdóticamente, para fastidiar al papa.

Estas no son las mejores razones para casarse, pero con el tiempo, su matrimonio «floreció convirtiéndose en una unión de verdadera profundidad y conmovedora devoción», para citar a Andrew Pettegree en su reciente estudio sobre Martín Lutero. Este «éxito rotundo» del matrimonio de Martín y Catalina y los seis hijos que nacieron de su unión se convirtieron, en palabras de Pettegree, en «un poderoso arquetipo de la nueva familia protestante». El amor de Lutero por sus hijos le llevó a ver, con razón, que el centro de las alegrías del matrimonio eran los hijos e hijas, los cuales son un regalo. Y «las personas a las que no les gustan los hijos», dijo una vez con su estilo contundente, son «tontos y estúpidos, que no son dignos de llamarse hombres y mujeres, porque desprecian las bendiciones de Dios, el creador y autor del matrimonio».

EL MATRIMONIO DE JUAN CALVINO
Cuando Juan Calvino se casó, le dijo a su íntimo amigo y colaborador Guillermo Farel, a finales de la década de 1530, que no le preocupaba en absoluto la belleza física. Lo que quería era una esposa que fuera casta y sensata, económica y paciente, capaz de «cuidar mi salud».

A diferencia de Lutero, que era relativamente público en cuanto a los detalles de su vida matrimonial, Calvino apenas habló de su matrimonio con Idelette de Bure durante los ocho años y medio que duró el mismo. Ella falleció en marzo de 1549, después de haber padecido varios años de mala salud. Sin embargo, de vez en cuando, un comentario muestra lo unidos que estaban el uno al otro. Por ejemplo, Calvino estaba con su esposa en Estrasburgo durante la primavera de 1541. Una plaga hacía estragos en la ciudad y Calvino decidió quedarse en Estrasburgo, pero envió a su esposa lejos por su propia seguridad. Escribió a Farel que «día y noche mi esposa ha estado constantemente en mis pensamientos, necesitada de consejo ahora que está separada de su marido».

Tuvieron un hijo, Jacques, que murió poco después de nacer, en 1542. «El Señor», escribió Calvino a un amigo cercano, Pierre Viret, «ciertamente ha infligido una herida severa y amarga con la muerte de nuestro hijo recién nacido. Pero Él mismo es un Padre y sabe mejor lo que es bueno para Sus hijos».

En el momento de la muerte de su esposa, Calvino declaró en una carta a Farel: «En verdad, la mía no es una pena común. He perdido a la mejor amiga de mi vida, a una persona que, de haber sido así, habría compartido de buena gana no solo mi pobreza, sino también mi muerte. Durante su vida fue la fiel ayudante de mi ministerio». Este es un pasaje notable y revela la profundidad del cambio que la Reforma protestante había provocado. El matrimonio se consideraba ahora tal como Dios lo concibió en Génesis 2: la unión de dos aliados íntimos, trabajando por una causa común, a saber, la extensión del reino de Dios.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

Michael Haykin
El Dr. Michael Haykin es profesor de Historia de la Iglesia y Espiritualidad Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky. Es autor de varios libros, entre ellos The Christian Lover y Rediscovering the Church Fathers.

Sacramentos divinamente instituidos

Sacramentos divinamente instituidos
Por R. Scott Clark

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Aveces, los defensores del catolicismo romano, los noticieros e incluso los guías turísticos de las catedrales británicas y europeas nos dan la impresión de que la Reforma se coló en la iglesia y se robó cinco sacramentos antiguos cuando nadie estaba mirando. Eso es totalmente falso. Solo a finales del siglo XIII hubo un reconocimiento oficial de algo parecido a lo que hoy conocemos como el sistema sacramental católico romano. Los laicos fueron privados caprichosa y tiránicamente del cáliz el año 1281 en el Concilio de Lambeth y de nuevo en el Concilio de Constanza (1415). Aunque retuvo la copa, Roma reconoció que nuestro Señor nos dio pan y vino en la Cena del Señor. Cuando las iglesias protestantes confesionales y magisteriales rechazaron los cinco sacramentos romanos inventados por la iglesia (la confirmación, la penitencia, el matrimonio, la ordenación y la extremaunción) y devolvieron la copa a los laicos, lo que hicieron fue rechazar innovaciones de doscientos cincuenta años de antigüedad desarrolladas gradualmente durante el periodo medieval y que habían sido impuestas sobre los cristianos de la Baja Edad Media sin justificación bíblica. Los protestantes le estaban devolviendo a la iglesia los dos sacramentos instituidos por Cristo. También estaban devolviéndole la práctica universal de la antigua iglesia cristiana.

Las dos grandes ramas de la Reforma protestante, los luteranos y los reformados, estuvieron de acuerdo en que solo hay dos sacramentos divinamente instituidos: el bautismo y la Cena del Señor. Concordaron en que ambos son sacramentos del evangelio, representaciones visibles de la buena nueva que se predicaba en los púlpitos protestantes. Concordaron en que, en el evangelio, Dios declara justos a los pecadores solo por Su libre favor (sola gratia) y que la salvación se recibe por la fe sola (sola fide). Concordaron en que los sacramentos son medios de gracia (media gratiae) por los que Dios fortalece y anima a los creyentes. Concordaron en que el bautismo es la señal y el sello de Cristo del lavamiento de los pecados por la gracia sola, que debe administrarse a los creyentes y a sus hijos (aunque discrepaban en cuanto a su eficacia), y que la Cena es Su institución para nutrir la fe de los creyentes profesantes. También concordaron en que la doctrina católica romana del sacrificio conmemorativo y propiciatorio de Cristo en la Cena es un ataque idólatra contra la obra consumada de Cristo. Sin embargo, a pesar de estar de acuerdo en algunos de los aspectos más esenciales de los sacramentos, las dos grandes tradiciones de la Reforma discreparon en varios puntos.

A diferencia de la tradición luterana, los reformados desarrollaron una visión exhaustiva de los pactos bíblicos que sirvió como marco para entender los sacramentos. A principios de la década de 1520, Ulrico Zuinglio y otros teólogos concluyeron que existe un solo pacto de gracia en la historia redentora, administrado de diversas formas, en el que Dios ha prometido ser el Dios de Abraham y el Dios de sus hijos.

Los reformados también llegaron a distintas conclusiones sobre la Cena del Señor. Concordaron en que, en la Cena, los creyentes son alimentados por Cristo, pero no podían aceptar la confesión luterana de que el cuerpo de Cristo está «verdaderamente presente» en, con y bajo los elementos. Para los reformados, esa noción no refleja la enseñanza bíblica sobre la ascensión de Cristo, la promesa del Espíritu Santo y la consustancialidad (de la misma esencia) entre la humanidad de Cristo y la nuestra.

A mediados del siglo XVI, los habitantes de Ginebra y Heidelberg y las iglesias reformadas francesas, belgas y neerlandesas continuaron desarrollando la postura de Zurich en lo que respecta a la Cena. Desde principios de la década de 1540 y hasta su muerte, Juan Calvino enseñó que, en la Cena, Cristo alimenta al creyente con Su verdadero cuerpo y Su verdadera sangre mediante la fe, por la operación misteriosa del Espíritu Santo. La Confesión Francesa (1559), la Confesión Belga (1561) y el Catecismo de Heidelberg (1563) confiesan esta doctrina sublime.

El redescubrimiento de la antigua doctrina y práctica cristiana de los sacramentos fue tan esencial para la Reforma que las iglesias reformadas de Europa y las Islas Británicas hablaron del uso correcto de los sacramentos como «marcas» de la iglesia verdadera. En el artículo veintinueve de la Confesión Belga, las iglesias de habla francesa y neerlandesa confesaron que hay tres marcas de una iglesia verdadera: la predicación pura del evangelio, la «administración pura de los sacramentos» y el ejercicio de la disciplina de la iglesia. La frase «administración pura» de los sacramentos era una forma rápida de rechazar tanto a los anabaptistas como a Roma.

Durante la celebración en 2017 de la Reforma, es posible que hayas escuchado a los guías turísticos decir que los reformadores eliminaron sacramentos de la iglesia. Nada puede ser más falso. La Reforma no fue vandalismo, sino la restauración de una perla de gran valor: los dos sacramentos instituidos por nuestro Salvador con las buenas noticias de las que son sellos y señales.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

R. Scott Clark
El Dr. R. Scott Clark es profesor de historia de la Iglesia y de teología histórica en el Westminster Seminary California y ministro asociado de Escondido United Reformed Church. Es autor de Recovering the Reformed Confession [Recuperar la confesión reformada].