Hace más de 500 años, un monje alemán llamado Martín Lutero dio inicio a una protesta que se extendió hasta convertirse en un movimiento mundial. ¿Qué fue en realidad este movimiento de la Reforma protestante? Descubre la respuesta en este corto video narrado por el Dr. R.C. Sproul. Compártelo con tus amigos y familiares.
Renovando Tu Mente R.C.Sproul Serie: El matrimonio íntimo
En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.
¿Qué es el matrimonio cristiano? Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas. En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.
Martín Lutero confesó: «Las Escrituras son la viña en la que todos debemos trabajar». Y sí que trabajó en esa viña. En un principio, la educación formal de Lutero lo dirigió a los campos de las artes y las ciencias. Fue educado en los temas propuestos y desarrollados por Aristóteles. Su mente perspicaz lo preparó muy bien para sus estudios de maestría en el campo del derecho. Durante todo ese tiempo, tuvo conflictos profundos en su alma.
La infame tormenta eléctrica que sorprendió a Lutero camino a Erfurt terminó llevándolo al monasterio. Sin embargo, los deberes como monje no lograron calmar sus batallas internas. Sus superiores, que ahora estaban muy interesados en él, prescribieron más estudio, así que Lutero emprendió un viaje de investigación teológica.
Estudiar teología y Biblia en la década de 1510 significaba poco más que estudiar lo que los maestros tenían que decir sobre la teología y la Biblia. Los textos de estudio de Lutero eran fuentes sobre más fuentes —escritos de teólogos anteriores, papas y otros hombres— y se esperaba que él no hiciera mucho más que dominar las fuentes para que, a su vez, también apuntara a los estudiantes del futuro hacia los maestros.
Cuando Lutero pasó de ser alumno a ser profesor, estaba emergiendo una nueva estrella en la educación, una estrella que alumbraría al Renacimiento y a la Reforma. Los historiadores se refieren a esta nueva forma de aprender con la frase latina ad fontes, «a las fuentes». Hay que quitar las capas de la tradición y las fuentes secundarias; hay que ir directamente al documento original. Lutero acudió a la fuente. Leyó a Pablo, leyó los Salmos, leyó a los profetas. En la viña de la Escritura, halló la solución para sus luchas y mucho más que eso.
Erasmo publicó su Nuevo Testamento griego-latín en Basilea el año 1516. Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia un año después. La primera de esas tesis cuestiona la traducción latina de la palabra griega usada para referirse al «arrepentimiento». Con la Biblia en la mano, Lutero y la Reforma despegaron de verdad.
Pocos años después de publicar las noventa y cinco tesis, Lutero hizo un trabajo de amor para su propio pueblo: la traducción del Nuevo Testamento al alemán. Más adelante, dejó ambos testamentos a disposición de los lectores alemanes. En 1525, Tyndale tradujo el Nuevo Testamento desde el griego para el mundo de habla inglesa.
La Reforma se basó en la Biblia, así que no debe sorprendernos encontrar en los reformadores una doctrina robusta de la Escritura. Un modelo útil para esclarecer la doctrina de la Escritura es el que está compuesto por cuatro términos claves: autoridad, necesidad, claridad y suficiencia.
El reformador italiano Pedro Mártir Vermigli definió con claridad la autoridad de la Escritura al centrar su atención en una frase latina compuesta por dos palabras: Dominus dixit, que significa «Así dice el Señor». La Biblia es la Palabra de Dios, así que es verdadera, así que es concluyente, así que es inerrante, así que es infalible, así que es nuestra única guía segura.
Juan Calvino es famoso por comparar la Escritura con un par de lentes. Sin la Escritura, malinterpretamos el mundo natural, la naturaleza humana y al Creador. La Escritura sola nos entrega una imagen clara de quién es Dios, quiénes somos nosotros y cuál es el plan que Dios en verdad tiene para el mundo. Sin la Escritura, tropezamos en la oscuridad. La Escritura es necesaria para que veamos correctamente el mundo.
Uno de los escritos más importantes de Ulrico Zuinglio se titula Sobre la claridad y la certeza de la Palabra de Dios. La idea de que la Escritura es clara no significa que todo lo que hay en ella es igual y abundantemente claro. Sin embargo, sí significa que el mensaje y el sentido principal de la Escritura es claro. Zuinglio también nos dice que Dios nos ha dado el Espíritu Santo, «el Maestro de la verdad», y que Dios ha dotado a Su iglesia de maestros e individuos con dones para que conozcamos Su Palabra con certeza.
Justo antes de su martirio, Lady Juana Grey anotó un par de palabras en la copia del Nuevo Testamento que iba a dejarle a su hermana. Escribió que ese volumen no estaba adornado exteriormente con oro, como los libros más elegantes de su biblioteca, pero «internamente vale más que las piedras preciosas». Pedro dice que Dios nos ha concedido «todo cuanto concierne a la vida y a la piedad» en las «preciosas y maravillosas promesas» de Su Palabra (2 P 1:3-4). La Palabra de Dios es suficiente para decirnos qué debemos creer para ser salvos y cómo agradar a Dios.
En realidad, el cimiento reformado de la sola Scriptura —«la Escritura sola»— está formado por las cuatro palabras claves que describen a la Biblia. Puesto que es autoritativa, necesaria, clara y suficiente, la Escritura es nuestro estándar supremo en asuntos de fe y práctica. En consecuencia, debemos predicar, leer, estudiar y publicar la Escritura. La Reforma se basó en el cimiento firme de la Palabra de Dios.
Al celebrar lo que la Reforma logró quinientos años atrás, también debemos mirar al futuro, a la próxima Reforma. ¿Podemos imaginarnos todo lo que la Palabra de Dios podrá lograr en manos del pueblo de Dios en los años venideros?
Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine Stephen Nichols El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our Salvation, Jonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and Thought, Peace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.
Algunas personas piensan que la Reforma protestante fue una restauración milagrosa del cristianismo apostólico producida por Dios en la historia directamente desde lo alto. En su momento, esta postura dominó especialmente el pensamiento protestante de Estados Unidos. Sin embargo, fue impugnada de forma eficaz a mediados del siglo XIX por dos gigantes del pensamiento histórico y teológico: John Williamson Nevin y Philip Schaff, del Mercersburg Seminary, de Pensilvania. Desde entonces, no hemos vuelto a aquella vieja postura. Aunque es cierto que Dios obró con poder en el siglo XVI, no lo hizo pasando por alto la historia ni las causas humanas (por cierto, los ocho volúmenes de History of the Christian Church [Historia de la iglesia cristiana] de Schaff siguen siendo una obra maestra que merece nuestro afecto y atención).
LA INFLUENCIA DEL RENACIMIENTO En muchos sentidos, la Reforma fue la cara espiritual del Renacimiento. Los filósofos renacentistas del siglo XV reaccionaron contra buena parte de la cultura medieval, y llamaron a volver a la cultura del período clásico de Grecia y Roma, que era más antigua y, según ellos, más saludable. Su famoso lema era ad fontes, «a las fuentes», y llevó a algunos a rechazar casi toda la teología y la espiritualidad medieval para volver a las fuentes originales del cristianismo, es decir, a la Biblia y a los padres de la Iglesia primitiva. Pensaban que los padres eran mejores intérpretes del evangelio que los teólogos escolásticos medievales.
Este retorno a la Biblia y a los padres se vio con muchísimo poder en la vida y obra de Erasmo, célebre por su devoción académica hacia el Nuevo Testamento griego, a la luz del cual evaluó y halló defectos en la Vulgata Latina, la Biblia oficial de la Iglesia medieval de Occidente (los apóstoles escribieron el Nuevo Testamento en griego). El descubrimiento renacentista del idioma griego, y el impulso hacia las fuentes del cristianismo derivado del principio ad fontes, llevaron a Erasmo a imprimir su edición del Nuevo Testamento griego en 1516. Ese volumen fue un puente por el que muchos alumnos pasaron del Renacimiento a la Reforma. Lo encontramos en las primeras dos tesis de las noventa y cinco que redactó Martín Lutero:
Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo «arrepiéntanse», quiso decir que toda la vida de los creyentes debe ser de arrepentimiento. No podemos pensar que esa palabra se refiere al sacramento de penitencia administrado por los sacerdotes, es decir, a la confesión y la satisfacción.
Aquí, Lutero apela a la palabra griega traducida como «arrepiéntanse», que, debido a la traducción de la Vulgata Latina, poenitentiam agite, «hagan penitencia», se entendía antes como una referencia al sacramento de penitencia.
La devoción de Erasmo por el Nuevo Testamento griego es bien conocida. Tal vez es menos conocido que tenía casi la misma devoción, tanto a nivel académico como espiritual, por los padres de la Iglesia primitiva. Editó y reimprimió muchos escritos de los padres, invitando a los lectores a hallar en ellos un cristianismo más puro que el que estaba disponible en las fuentes medievales. El modelo a seguir del propio Erasmo era el gran Jerónimo, el erudito célibe que consagró sus dones intelectuales para promover la causa de la fe verdadera.
El conocimiento más amplio y preciso de los padres de la Iglesia primitiva que Erasmo promovió llevó a muchos a cuestionarse el cristianismo contemporáneo. ¿Era el cristianismo del siglo XVI la misma fe que se había expresado en los grandes credos de la iglesia, por ejemplo, en el Credo Apostólico, el Credo Niceno y la Definición de Fe de Calcedonia?
En esta defensa renacentista de los padres como los mejores intérpretes del evangelio, un padre en específico cobró mucha relevancia: Agustín. En parte, esto se debió al simple hecho de que Agustín superó a todos los otros padres de la Iglesia occidental por su genio teológico, su influencia formadora y su prolífica autoría. Sin embargo, muchos también hallaron alimento para sus almas en las obras devocionales y doctrinales de Agustín. Martín Lutero y Ulrico Zuinglio se convirtieron en sus discípulos fervientes y un aspecto notable de esto fue que abrazaron su postura sobre la soberanía de la gracia divina. Una generación después, Juan Calvino dijo que se alegraría si toda su fe se expresara de acuerdo a las enseñanzas de Agustín. Esta, pues, es otra forma muy específica en la que el Renacimiento se infiltró en la Reforma. Al crear un nuevo nicho para Agustín, el Renacimiento alimentó el «movimiento de renovación» agustiniano, que era muy cercano al corazón de la Reforma.
El propio Erasmo también avivó la llama de la Reforma. Su disgusto por los defectos del catolicismo romano medieval tardío, que a menudo expresaba con sátiras desoladoras, contribuyó a preparar la mente de la gente para que estuviera dispuesta a adoptar medidas drásticas. Por lo general, su Elogio de la locura es visto como el mayor ejemplo de los escritos de Erasmo en ese género. En mi opinión, su ensayo Julio excluido del reino de los cielos es mucho más divertido. Allí, el alma del papa Julio II (1503-1513) llega a las puertas del cielo, solo para descubrir que san Pedro no lo reconoce y se niega a dejarlo entrar, por lo que Julio amenaza con excomulgar al apóstol.
En términos más positivos, Erasmo trató de implementar un programa para reformar la sociedad. Incluía la centralidad de la educación, el conocimiento del idioma griego, el estudio de la Biblia y una espiritualidad enfocada en la fe del corazón, no en meros rituales externos. Con mucha frecuencia, vemos que los reformadores protestantes de Europa estaban impregnados de estos ideales erasmianos. Les añadieron una dimensión teológica que no estaba en el programa de Erasmo (por ejemplo, la doctrina agustiniana de la gracia), pero esos dos aspectos —el erasmismo y el agustinianismo— terminaron siendo poderosamente compatibles. En algunos casos, incluso podemos ver que la influencia directa de los ideales positivos y los escritos de Erasmo llevaron a la gente a tomar el camino de la Reforma, especialmente en el caso de Zuinglio, quien siempre afirmó que le debía su conversión a un poema religioso escrito por Erasmo:
En 1514 o 1515, leí un poema sobre el Señor Jesús escrito por el profundamente erudito Erasmo de Róterdam, donde, con muchas palabras hermosas, Jesús alega que la gente no busca toda la bendición en Él para que Él sea su fuente de toda bendición, su Salvador, su consuelo y el tesoro de su alma. Entonces pensé: «Bueno, si esto es cierto, ¿por qué habríamos de buscar ayuda en cualquier ser creado?».
LA IMPRENTA Tan importante para la Reforma como el propio Renacimiento fue la creación de un nuevo modo revolucionario de difundir la información: la impresión con tipos móviles. Quizás, una de las razones básicas por las que los movimientos previos de reforma evangélica no habían capturado el pensamiento colectivo (pensamos en los valdenses, los lolardos y los husitas) fue que entraron en escena antes de la invención de la imprenta. En una Europa dominada por la jerarquía católica romana, la difusión intelectual de ideas nuevas y «no oficiales» era mucho más difícil antes de la introducción de los tipos móviles.
La invención de la impresión con tipos móviles fue la revolución informática de la Baja Edad Media. Johannes Gutenberg, de Maguncia, Alemania, fue su gran precursor durante la década de 1450. Para la llegada del siglo XVI, había más de doscientas imprentas produciendo libros en toda Europa. Habían acabado los días en que los escribas (por lo general monjes) debían copiar a mano las obras literarias. Por primera vez, los editores podían producir miles de copias de un libro con facilidad y rapidez, y hacerlas circular de forma masiva. Eso significó que las ideas podían expandirse mucho más rápido que antes. También significó que la capacidad de leer empezó a ser más valorada.
En consecuencia, las ideas reformadoras del Renacimiento lograron expandirse por Europa con relativa sencillez y, de paso, también las ideas de Lutero, Zuinglio y otros, que eran aún más radicales en su carácter reformador. Podríamos decir que la imprenta permitió que la Reforma «se viralizara» de un modo que simplemente habría sido imposible en una época anterior. Esta nueva tecnología de la información terminó siendo un regalo de Dios para Su pueblo.
Vemos el vínculo entre la revolución de la imprenta y la difusión de la Reforma en un solo hecho: las ciudades y universidades fueron las primeras en abrazar la Reforma. Por ejemplo, en Inglaterra, Londres se convirtió rápidamente en el semillero del protestantismo para la nación. Allí estaban las grandes imprentas. Además, allí había un puerto floreciente al que los buques mercantes podían llevar literatura protestante desde el continente europeo.
Hallamos un fenómeno similar cuando analizamos la Suiza del siglo XVI. La Confederación Suiza estaba compuesta por trece estados miembros conocidos como cantones. Cuatro de ellos eran cantones urbanos: Zúrich, Basilea, Berna y Schaffhausen. Los otros nueve eran cantones agrícolas que giraban en torno al campo y las aldeas, y estaban dominados por cinco cantones forestales centrales. ¿Será un mero accidente histórico que la Reforma haya triunfado en los cuatro cantones urbanos mientras que los cantones forestales siguieron siendo bastiones del catolicismo romano? Las ciudades, con sus centros de educación superior y sus industrias de impresión, fueron lugares ideales para que se diseminara el pensamiento reformado.
Del igual modo, en Alemania, la mayoría de las ciudades imperiales libres (ciudades autogobernadas sin alianzas superiores al margen del emperador del Sacro Imperio Romano) se convirtieron al protestantismo. No fue una simple conversión política y superficial, como descubrió para su pesar el emperador Carlos V al tratar de reimponer el catolicismo romano en esas ciudades usando la fuerza armada a fines de la década de 1540. El pueblo de las ciudades alemanas actuó en desacato y siguió siendo protestante. La espada podía conquistar sus territorios, pero no sus almas. Carlos finalmente tuvo que admitir su derrota y retirarse.
REFORMADORES MENOS CONOCIDOS También debemos contextualizar a Lutero y Zuinglio como figuras destacadas pero no aisladas de la Reforma protestante. Lutero solo habría sido la mitad de lo que fue sin Felipe Melanchthon. Más que Lutero mismo, fue Melanchthon quien aportó la pericia lingüística de la Reforma alemana. Su conocimiento del idioma griego era fenomenal, y es posible que Melanchton haya sido el primero en ver y recalcar que, en el Nuevo Testamento, el vocablo griego traducido como «justificar» significa «declarar justo» en un sentido judicial, no «hacer justo» en el sentido de la santificación. Esa terminó siendo la piedra angular de la doctrina de la justificación por la fe. Sin duda alguna, Melanchton fue quien escribió la Confesión de Augsburgo, que terminó transformándose en el estándar internacional de la doctrina luterana. Lutero estaba muy consciente de su deuda con Melanchton, su colaborador más íntimo:
Yo soy tosco, revoltoso e impetuoso, nacido para pelear contra ejércitos de diablos y monstruos. Mi labor es quitar troncos y piedras, arrancar espinas y cardos, despejar bosques silvestres. Entonces llega el maestro Felipe, con gentileza y suavidad, sembrando y regando con gozo, según los dones que Dios le ha concedido en tanta abundancia.
Otros colaboradores de Lutero fueron Johannes Bugenhagen, quien tuvo un papel clave contribuyendo a reformar la Iglesia en Dinamarca; Justus Jonas, quien dejó huella como escritor de himnos; Nikolaus von Amsdorf, un teólogo escolástico de profesión que abrazó la Reforma; y varios otros hombres que eran conocidos en su época, aunque ahora han quedado eclipsados tras la sombra de Lutero. Por grandioso que haya sido, Martín Lutero no fue un hombre orquesta.
Zuinglio tampoco lo fue. Contó con la hábil asistencia de hombres como Leo Jud, Oswald Myconius y Juan Ecolampadio. Tras la muerte prematura de Zuinglio en 1531, lo sucedió el brillante Heinrich Bullinger, quien se transformó en el «gran anciano» de la Reforma y murió en 1575.
Otras regiones de Europa tuvieron sus propios grandes reformadores. Martín Bucero en Estrasburgo (ahora está en Francia, pero entonces estaba en Alemania) trató de combinar lo mejor de la Reforma de Lutero con lo mejor de la Reforma de Zuinglio. El resultado fue enormemente atractivo para un joven francés llamado Juan Calvino que, como parte de la segunda generación de reformadores, fue discípulo de Bucero. Puede que hoy discutamos quién es un verdadero calvinista, pero el propio Calvino no era más que un verdadero bucerista.
En Dinamarca, hallamos a Hans Tausen, el «Lutero danés», cuya predicación difundió el evangelio como un incendio forestal a partir de 1524. En Suecia, los hermanos Olaf y Lars Petersson tuvieron un ministerio evangelizador de impacto similar. En Inglaterra, William Tyndale publicó su traducción inglesa del Nuevo Testamento en 1525; ni la religión ni el lenguaje de Inglaterra volvieron a ser iguales.
Podríamos seguir hablando así. Lutero y Zuinglio tal vez lideraron el camino, pero no estuvieron solos. Por toda la faz de la Europa romanista, inspirada por los ideales de Erasmo y la teología de Agustín, una generación completa se separó de las corrupciones de una iglesia que se había descarriado. Deberíamos invertir algo de tiempo y energía en aprender sobre los reformadores menos conocidos.
REFORMAS MÚLTIPLES Los historiadores modernos también enfatizan correctamente que la Reforma protestante solo fue una de las reformas que experimentó la gente del siglo XVI. El contexto más amplio nos fuerza a tomar en consideración la Reforma radical y la Contrarreforma de la Iglesia católica romana. Los reformadores radicales eran un grupo muy diverso. En la actualidad, es común dividirlos en anabaptistas, racionalistas y espiritualistas, pero algunos historiadores también mencionan a los milenialistas apocalípticos. En muchos casos, comenzaron como seguidores de Lutero y Zuinglio, pero después se desataron y tomaron un curso propio.
A pesar de su diversidad, los reformadores radicales rechazaron al unísono la visión protestante de la Escritura y la justificación por la fe sola. El grupo anabaptista evangélico que más ha perdurado, los menonitas, tenía una postura romanista sobre el canon de la Escritura (aceptaban los libros apócrifos). Todos los reformadores radicales repudiaron el bautismo de infantes, pero no estuvieron de acuerdo sobre lo que debían colocar en su lugar (¿el credobautismo? ¿El bautismo en el Espíritu?). También rechazaron toda conexión entre la Iglesia y el Estado, por tenue que fuera. Tal vez la mayoría de los protestantes modernos empatizan con ellos en ese punto.
La Contrarreforma fue la reforma interna que efectuó la Iglesia romana, en parte para responder a la Reforma protestante. Algunas corrientes reformadoras dentro de Roma eran muy positivas (desde la perspectiva protestante), en especial el movimiento evangélico católico, que abrazó la justificación por la fe. Sin embargo, lo que terminó emergiendo fue una Iglesia romana consolidada en su postura de antiprotestantismo militante. En el plano teológico, eso ocurrió en el Concilio de Trento, donde se codificó la doctrina romanista durante más de veinte años con una nueva precisión y claridad antiprotestante. A nivel más básico, esta hostilidad militante contra la Reforma protestante fue encarnada con vigor desenfrenado por la nueva orden monástica conocida como la Compañía de Jesús o los jesuitas.
Cuando las cosas se calmaron, Europa quedó dividida por la mitad en torno a cuestiones religiosas. El norte era (generalmente) protestante y estaba enfrentado al sur, que era católico romano. Los radicales, que estaban esparcidos a ambos lados de la división, eran perseguidos dondequiera que vivieran. Vendrían ciento cincuenta años de «guerra fría» religiosa, que a veces se acaloraba y se convertía en conflictos militares devastadores que asolaban el suelo de Europa y lo empapaban de sangre. Al menos en Gran Bretaña, la causa protestante se alió con la causa del gobierno constitucional, lo que tuvo grandes efectos para el futuro de los Estados Unidos de América.
En conclusión, el estudio cuidadoso de la Reforma nos muestra que, lejos de ser un rayo caído inexplicablemente del cielo, fue un fenómeno inmerso en la historia de sus tiempos en todo sentido. Tuvo raíces y antecedentes, tuvo canales de influencia identificables y quedó profundamente entrelazado con la política y cultura de su propia época singular (que ahora está a quinientos años de nosotros). Si me lo permites, quisiera cerrar citando algo que dije una vez:
En muchos sentidos, los reformadores protestantes fueron personas profundamente influenciadas por su época, tal como nosotros por la nuestra. No debemos esperar encontrar perfección en ellos más de lo que las generaciones futuras podrán encontrar en nosotros. Sin embargo, si nos sumergimos en la época de la Reforma, de seguro veremos que, como solía decir Hollywood de sus películas, «toda la vida está aquí». Además, tal vez veamos que esa vida, tan fresca, agitada y valiente, tiene mucho que ofrecernos hoy, cuando, en comparación con ellos, estamos en el hastío y la superficialidad.
Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
Nicholas R. Needham El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.
La iglesia siempre necesita reforma. Incluso en el Nuevo Testamento, vemos a Jesús reprendiendo a Pedro, y a Pablo corrigiendo a los corintios. Como los cristianos siempre somos pecadores, la iglesia siempre necesitará la reforma. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es cuándo esa necesidad se vuelve totalmente imperiosa.
Los grandes reformadores del siglo XVI concluyeron que la reforma era urgente y necesaria en sus días. Mientras buscaban reformar la iglesia, rechazaron dos extremos. Por un lado, rechazaron a los que insistían en que la iglesia estaba básicamente sana y no necesitaba cambios fundamentales. Por otro lado, también rechazaron a los que creían que podían crear una iglesia perfecta en cada detalle. La iglesia necesitaba una reforma fundamental, pero también iba a necesitar seguir reformándose siempre. Los reformadores llegaron a estas conclusiones gracias a su estudio de la Biblia.
En 1543, el reformador de Estrasburgo, Martín Bucero, le pidió a Juan Calvino que escribiera una defensa de la Reforma para presentarla ante el emperador Carlos V en la dieta imperial que se reuniría en Espira el año 1544. Bucero sabía que el emperador, que era católico romano, estaba rodeado por consejeros que difamaban los esfuerzos por reformar la iglesia, y creía que Calvino era el ministro más capaz para defender la causa protestante.
Calvino aceptó el desafío y escribió una de sus mejores obras, La necesidad de reformar la iglesia. Aquel tratado sustancial no convenció al emperador, pero ha llegado a ser considerado por muchos como la mejor presentación de la causa reformada que se ha escrito.
Calvino parte observando que todos concordaban en que la iglesia tenía «enfermedades numerosas y severas». También afirma que los problemas eran tan serios que los cristianos no podían permitirse «mayores demoras» para la reforma ni tampoco esperar por «remedios lentos». Rechaza la acusación de que los reformadores eran culpables de «innovación precipitada e impía». Más bien, recalca que «Dios levantó a Lutero y a otros» para preservar «la verdad de nuestra religión». Calvino veía que los fundamentos del cristianismo estaban bajo amenaza y que solo la verdad bíblica renovaría a la iglesia.
Calvino observa cuatro grandes áreas de la vida de la iglesia que necesitaban una reforma. Estas áreas forman lo que él llama el alma y el cuerpo de la iglesia. El alma de la iglesia está compuesta por la «adoración pura y legítima de Dios» y por «la salvación de los hombres». El cuerpo de la iglesia está compuesto por el «uso de los sacramentos» y «el gobierno de la iglesia». Para Calvino, estos asuntos estaban en el núcleo de los debates de la Reforma. Son esenciales para la vida de la iglesia y solo podemos entenderlos correctamente a la luz de la enseñanza de las Escrituras.
Tal vez nos sorprenda que Calvino haya catalogado la adoración de Dios como uno de los asuntos más importantes de la Reforma, pero este era un tema consistente en él. Antes, le había escrito al cardenal Sadoleto: «No hay nada más peligroso para nuestra salvación que una adoración absurda y perversa de Dios». La adoración es el lugar donde nos encontramos con Dios y ese encuentro debe realizarse según los estándares de Dios. Nuestra adoración muestra si de verdad aceptamos la Palabra de Dios como nuestra autoridad y nos sometemos a ella. La adoración creada por nosotros mismos es una forma de justicia por las obras y una expresión de idolatría.
Luego, Calvino se refirió a lo que solemos ver como el tema más grandioso de la Reforma, es decir, la doctrina de la justificación:
Sostenemos que, más allá de cómo sean las obras de un hombre, él es considerado justo delante de Dios sobre la sola base de la misericordia gratuita, pues Dios, sin ninguna consideración por las obras, lo adopta gratuitamente en Cristo, imputándole la justicia de Cristo como si fuera suya. Esto lo conocemos como la justicia de la fe, es decir, cuando un hombre, desnudo y vacío de toda confianza en las obras, se siente convencido de que la única base de su aceptación ante Dios es una justicia que él no tiene en sí mismo, pero le es prestada por Cristo. El punto en que el mundo siempre se desvía (pues este error ha prevalecido casi en todas las épocas) es el de imaginar que el hombre, por muy parcialmente deficiente que sea, sigue mereciendo, hasta un cierto punto, el favor de Dios por las obras.
Estas cuestiones fundamentales que conforman el alma de la iglesia son respaldadas por el cuerpo de la iglesia: sus sacramentos y gobierno. Debemos devolverles a los sacramentos el sentido y uso puro y simple que reciben en la Biblia. El gobierno de la iglesia debe rechazar toda tiranía que ate la conciencia de los cristianos de manera contraria a la Palabra de Dios.
Cuando observamos la iglesia de nuestros días, bien podemos concluir que la reforma es necesaria —de hecho, es imprescindible— en muchas de las áreas por las que Calvino tanto se preocupó. A fin de cuentas, solo la Palabra y el Espíritu de Dios reformarán la iglesia. Sin embargo, debemos orar y trabajar fielmente para que esa reforma llegue en nuestros días.
Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine W. Robert Godfrey El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.
En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.
¿Qué es el matrimonio cristiano?
Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas.
En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.
l 31 de octubre de 1517, Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, Alemania. Lo hizo por causa de la paz, la pureza y la unidad de la iglesia. En su primera tesis, llamó a la iglesia al arrepentimiento genuino y continuo, y en sus últimas tesis la llamó a la paz verdadera en Cristo. Lutero no fue un cismático rebelde que quiso liderar una rebelión contra Roma; fue un ardiente heraldo y defensor del evangelio que, debido a su fidelidad obstinada e inquebrantable, encendió la ira de Roma, que estaba alzada contra la verdad, el evangelio y la iglesia verdadera. Lutero no fue un divisor; fue un pacificador. Para que haya paz verdadera y unidad verdadera, primero debe haber verdad, y la verdad divide antes de que pueda unir. La verdad debe conquistar antes de que pueda libertar. Lutero no dividió la iglesia; Roma dividió la iglesia infiltrándola con doctrinas falsas de hombres. Los reformadores no abandonaron Roma; Roma los abandonó a ellos al dejar la verdad, el evangelio y la iglesia. Los reformadores buscaron la reforma de Roma, y Roma, a su vez, buscó sus cabezas. Roma hizo una división entre la iglesia verdadera y la iglesia falsa, y expulsó a la iglesia verdadera.
Los precursores de la Reforma (por ejemplo, Pedro Valdo, John Wycliffe y Jan Hus) y los reformadores magisteriales del siglo XVI (hombres como Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino) bien merecen el nombre de reformadores, pero lo fueron en el sentido más básico de la palabra. Procuraron la Reforma para llevar a la iglesia de vuelta a su forma original. Para reformar algo, primero debe haber una forma, y la forma que buscaron los reformadores fue la original de la iglesia que se encuentra en la única guía infalible para la fe y la vida, es decir, en la Escritura, y en la Escritura sola. A fin de cuentas, los reformadores no intentaron cambiar la naturaleza de la iglesia, sino llamar a la iglesia a volver a su identidad bíblica y a lo que debe ser para constituir la iglesia verdadera.
Los reformadores querían la paz, pero no a expensas de la verdad, como exclamó Lutero: «¡La paz si es posible, pero la verdad a toda costa!». La paz verdadera solo llega con el arrepentimiento verdadero. Al llamar a Roma a arrepentirse, Lutero no quiso dividir la iglesia, sino unirla y producir paz verdadera proclamando la verdad. La paz verdadera solo se encuentra en la verdad de Jesucristo, así que la paz y la unidad verdaderas solo pueden existir donde reina la verdad. La iglesia verdadera conoce la verdad, y la verdad nos hace libres (Jn 8:32). Y cuando somos libres en Cristo, también buscamos la verdad y, a su vez, la paz, la pureza y la unidad de la iglesia, solo para la gloria de Dios, soli Deo gloria.
Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.
Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
La idea de ministrar a personas con adicciones probablemente resulte intimidante para la mayoría de los cristianos. Las adicciones suelen dar lugar a otros pecados relacionados, como mentir o robar, que hacen que sea desagradable o incluso peligroso estar cerca de alguien que sufre una adicción. Para cuando su problema sale a la luz, la vida de muchos adictos está fuera de control y es difícil imaginar que se puedan reunir los recursos y la energía necesarios para ayudar realmente a alguien con una adicción. Este ministerio puede parecer del tipo que requiere una formación o experiencia especial. Ciertamente, no es algo que el miembro «promedio» de la iglesia pensaría en emprender y muchas congregaciones se paralizan cuando se trata de trabajar con personas que luchan contra la adicción.
Dos categorías bíblicas pueden ayudarnos a entender lo que ocurre en la vida de alguien cuando está en las garras de una adicción:
Primero, los adictos son idólatras. La adicción es fundamentalmente una adoración. La Biblia nos dice que cualquier cosa a la que la gente acuda en busca de consuelo, confort y esperanza, esa cosa está desempeñando funcionalmente el papel de Dios en sus vidas. Un adicto es alguien que busca algo destructivo, algo que no es el único y verdadero Dios para eliminar el aburrimiento, el dolor, la soledad o la ansiedad de la vida. La alegría de los adictos cuando están en presencia de la cosa que anhelan —ya sea el juego, el alcohol, las drogas o la pornografía— tiene todas las señales de la adoración.
Segundo, los adictos son esclavos. Esto es quizás lo que más pensamos cuando pensamos en la adicción. La diferencia entre alguien que simplemente se entrega a un vicio y alguien que consideraríamos un adicto es que este último es incapaz de detenerse, incluso cuando piensa que quiere hacerlo. La persona adicta está esclavizada por un amo al que parece que hay que obedecer cada vez que le llama.
Estas dos categorías representan una forma de entender la adicción muy diferente a la que se suele tener en el mundo. En la mayoría de las comunidades médicas y psiquiátricas se toma como una verdad sagrada que los adictos sufren una enfermedad y, por lo tanto, no son totalmente responsables de sus comportamientos. Sin embargo, aunque la adicción suele tener un componente físico muy real, la comprensión cristiana del pecado nos obliga a insistir en que Dios hace responsables a los adictos de sus comportamientos y elecciones.
Esta comprensión también ayuda a cerrar la brecha que podemos sentir entre nosotros mismos y los adictos a los que ministramos, porque cuando miramos la Biblia, vemos que las mismas cosas que son verdaderas para los adictos son verdaderas para todos los pecadores. Por naturaleza y sin Cristo, todo hombre, mujer y niño es culpable de adoración falsa (Ro 1:21-23). Todos nos exaltamos a nosotros mismos y miramos a la creación en lugar de al Creador para encontrar significado y ayuda; todos somos idólatras. Además, aparte de Cristo, todos somos esclavos del pecado (Jn 8:34). No podemos evitar pecar y por nuestra cuenta no podemos hacer nada para cambiar esta situación (Ro 1:28-31; Ef 2:1-3).
Si miramos las cosas desde ese punto de vista, vemos que tenemos un punto básico en común con alguien que está luchando con una adicción. Sus comportamientos destructivos pueden hacerlos parecer muy diferentes de nosotros, pero en realidad tenemos las cosas más importantes en común. En Adán, todos somos esclavos idólatras del pecado; de hecho, se podría decir que todos somos adictos al pecado. Podríamos tener la tentación de mirar a alguien que es adicto al alcohol, o a las drogas, o a la pornografía, o al juego y pensar: «Esta persona es demasiado diferente a mí; no puedo ayudarla». Pero, en cambio, deberíamos pensar: «Esta persona es fundamentalmente igual que yo. Aparte de Cristo, todos somos esclavos del pecado y la idolatría».
Una vez que vemos que el problema de la adicción es realmente el problema del pecado, vemos que la solución a la adicción es la misma que la solución al pecado: el mensaje del evangelio. Los adictos necesitan que el amor de sus corazones sea reordenado por la gracia de Dios. Necesitan tanto asumir la responsabilidad de su pecado en el arrepentimiento como reubicar su esperanza en Cristo. Esa es, en última instancia, la única esperanza para los adictos y es una esperanza más que suficiente. Al tratar de ministrar a los adictos, las iglesias no necesitan nada más de lo que ya tienen en el evangelio y en la iglesia que el evangelio crea.
Sin embargo, dicho todo esto, debemos admitir que ministrar a las personas atrapadas en el pozo de las adicciones presenta algunos desafíos especiales. Con este fin, aquí hay cuatro cosas prácticas a tener en cuenta al tratar de ayudar a las personas en estas circunstancias:
No descuides a las familias. A menudo, los cónyuges e hijos de un adicto experimentan un gran estrés emocional y económico. Los programas de adicción a veces ponen a la persona adicta en el centro del universo, pero sus familias a menudo son víctimas inocentes que merecen apoyo y compasión.
Ten cuidado con las falsas soluciones. Muchos de los programas de tratamiento más populares no abordan un problema central para los adictos: su propia idolatría, egoísmo, falta de autocontrol y malas decisiones. En su lugar, a veces se anima a los adictos a cambiar sus adicciones insanas por obsesiones menos peligrosas o socialmente más aceptables.
Calcula el costo. Que una iglesia acompañe a un adicto será costoso en términos de tiempo y energía. A menudo, los únicos amigos de un adicto son otros adictos. La iglesia debe proporcionar una comunidad alternativa en la que los adictos puedan estar rodeados de personas espiritualmente sanas y aprender a vivir para algo más que para ellos mismos.
Ten expectativas razonables. No hay muchas personas que cambian por completo y de inmediato. Si tú y yo cambiamos lentamente, ¿por qué esperar que los adictos no lo hagan? No te rindas cuando surjan contratiempos, sino que persevera en llevar el evangelio a sus vidas.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Mike Mckinley El reverendo Mike McKinley es el pastor principal de Sterling Park Baptist Church en Sterling, Virginia, autor de The Resurrection in Your Life [La resurrección en tu vida] y coautor de La iglesia en lugares difíciles.
La mortificación de las adicciones Por Jeremy Pierre
Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
Como diácono, estaba a cargo de los terrenos de nuestra iglesia y las malas hierbas eran mis peores enemigos. Las malas hierbas son las matonas del mundo de las plantas domésticas. Roban los preciosos recursos necesarios para el crecimiento de la hierba y las flores y no se disculpan por ello. Así que deben morir. Un jardinero acepta este deber y diseña su plan. Pero no todas las malas hierbas son iguales y no todas morirán con los mismos esfuerzos. Algunas son lo suficientemente pequeñas como para arrancarlas con las manos. Algunas requieren una herramienta manual. Otras requieren implementos aun más pesados, como palas, machetes e incluso ojivas nucleares.
Había una mala hierba en particular en el terreno de la iglesia que se burlaba de mí. Era como un árbol, se extendía muy por encima de mi cabeza, creciendo desde un sistema de raíces bien establecido, entretejida en los cimientos mismos del edificio de la iglesia. Cada temporada, tomaba un hacha, una pala e incluso veneno. Nada la mataba. Cada vez que yo reducía el crecimiento visible, volvía a crecer. El problema principal era que su sistema de raíces se había integrado en los cimientos del edificio. Y esa es una gran ilustración de cómo las adicciones se distinguen de los pecados habituales y normales de la vida.
La muerte única de una adicción Al considerar cómo una persona puede matar las adicciones en su vida, los diferentes niveles de esfuerzo que se requieren para estos tipos diferentes de malas hierbas sirven como una buena ilustración. Como mis colegas escritores ya han establecido en esta serie de artículos de Tabletalk, las adicciones siempre involucran cierta idolatría del corazón que, cuando se persigue de manera repetida, condiciona el alma y el cuerpo de tal modo que la libertad de la persona se tuerce, se inclina hacia un objeto particular y, lo que es peor, se inclina lejos de Dios. Cuando esto sucede, el tipo de pecado más arraigado se apodera de las motivaciones de una persona. Las adicciones no son como un montón de pequeñas malas hierbas al aire libre, sino más bien como una mala hierba integrada en los cimientos de un edificio. Las adicciones enhebran sus raíces por medio de las expectativas y los deseos del alma, así como de los impulsos y anhelos del cuerpo.
De manera que, cuando hablamos de matar las adicciones, debemos tener cuidado con lo que queremos decir. Lo que no quiero decir es que matar las adicciones es como arrancar una pequeña mala hierba, con raíz y todo, para que deje de ser una amenaza. Lo que sí quiero decir es que matar las adicciones es como ir a la guerra contra la espesa enredadera de raíces que ha penetrado hasta los cimientos. Se trata de reducir de manera constante cualquier signo de crecimiento para que, al no tener hojas brotando que capten la energía solar, las raíces debiliten su sujeción estructural a los cimientos.
Como aquella mala hierba, las adicciones no mueren con una acción decisiva puntual. Mueren durante un largo período de tiempo. Por supuesto, debemos reconocer que Dios puede liberar a alguien de manera definitiva de la atracción de una adicción particular con un acto milagroso, y a veces lo hace. Pero ¿por qué se requiere generalmente un proceso complicado a lo largo del tiempo en lugar de una simple acción en un momento dado? La respuesta es teológica.
Dios nos diseñó para conformarnos, en cuerpo y alma, a aquello que perseguimos. Cuando perseguimos una y otra vez un objeto particular como reemplazo de Dios, condicionamos nuestros cuerpos y almas a la forma de eso que perseguimos. En términos físicos, el comportamiento adictivo opera en nuestro hardware neurobiológico, nuestras dependencias químicas y nuestros antojos corporales. Las estructuras de nuestros cuerpos se vuelven dependientes de sustancias que normalmente no se necesitan para mantener la vida. En términos del alma, el comportamiento adictivo se moldea a sí mismo en nuestra concepción del gozo, la satisfacción y el asombro; nos vemos comprometidos a encontrar esos valores inmateriales en las cosas materiales. Adoramos las cosas creadas en lugar del Creador; nos comprometemos a encontrar el valor de Dios en un objeto particular que no es Dios (Ro 1:21-25).
Un cuerpo y un alma condicionados por tales búsquedas socava la libertad de elección personal. Eso no quiere decir que un adicto sea menos culpable por su comportamiento, ni que su comportamiento sea menos voluntario. Todo es voluntario, pero de una manera extendida en lugar de una forma puntual. Lo que quiero decir es que deberíamos pensar en las adicciones como voluntarias, como una amplia serie de elecciones en lugar de una elección singular en un determinado viernes por la noche.
Muerte por medio de una búsqueda Si pensamos de esta manera en la naturaleza voluntaria de las adicciones, crearemos un plan de acción más realista y efectivo contra ellas. En lugar de tratar las adicciones como algo de lo que una persona puede decidir deshacerse en un solo momento viniendo a Jesús, debemos pensar en el tratamiento de las adicciones como una serie de nuevas opciones que se acumulan en una nueva búsqueda. Entonces, matar las adicciones significa ayudar a alguien que está luchando a pensar en su responsabilidad con una fuerza verbal específica hacia ella: no decirle «tienes que matar esta adicción», sino más bien «tienes que estar matando esta adicción». Es una práctica, no una simple acción. Es una nueva búsqueda que mata a una vieja.
¿Cómo matamos una búsqueda con otra? Es útil pensar en una búsqueda como una serie de tareas. Son tareas, no pasos. Decir pasos implicaría una secuencia estricta. Pero hablamos más bien de las acciones regulares que una persona necesita tomar para mortificar las adicciones.
Encuentra las raíces en los cimientos y reconoce su fuerza. En otras palabras, sé honesto con Dios, contigo mismo y con los demás acerca de cuán arraigados se han vuelto los deseos por el objeto en particular.
Los deseos tienen un componente físico y otro espiritual, y se abren paso de manera profunda en las estructuras del cuerpo y el alma. Si bien se ha de reconocer las dificultades externas únicas que pueden haber provocado la búsqueda adictiva, no obstante, un adicto debe reconocer su debilidad física y espiritual. La dependencia física de una sustancia a menudo requiere desintoxicación mediante asistencia médica como parte del tratamiento inicial. El cuerpo ha sido condicionado para necesitar la sustancia y los antojos que experimenta una persona se basan en la estructura misma de su cuerpo. Un adicto debe reconocer que el deseo es en parte una consecuencia fisiológica del comportamiento pasado y, por lo tanto, no es una guía confiable para el comportamiento presente. Cuando siente algo como si fuera una «necesidad», no es porque en verdad lo sea, sino porque ha condicionado su cuerpo para pensar que lo es.
Pero los deseos no son solo físicos, también son espirituales. Compiten con los deseos de lo que Dios dice que es bueno y, por lo tanto, no son neutrales. No solo quieren el objeto en sí, sino algo más profundo de lo que el objeto promete proporcionar: satisfacción duradera, escape del dolor, paz estable. Un adicto debe ver el valor más profundo que promete el objeto superficial, luego arrepentirse de sus oscuras lealtades y reconocer su impotencia para cambiarlas.
Reconocer la idolatría y la impotencia traerán dolor y miedo. El dolor y el miedo son en verdad respuestas adecuadas a la realidad de lo que está en juego: el corazón está inclinado a adorar un objeto que lo destruirá. ¿Te imaginas cómo se regocijaría la familia de un adicto al ver que el dolor y el miedo marcan su vida como un patrón de vigilancia en vez de que sean solo parte de su remordimiento? Tal sobriedad mental es una señal de vida (1 Ts 5:5-11).
Este es el evangelio para los adictos: debido a que Jesús provee toda la justicia que necesitan, pueden reconocer con seguridad ante Dios todas las cosas dolorosas y aterradoras sobre ellos mismos. Pueden tener en los cimientos raíces que otros no tienen, pero esa no es razón para alejarse de Dios. De hecho, la única salida de la adicción pasa por esta tarea dolorosa de reconocimiento. Deben desarrollar el hábito de describir estos deseos a Dios en oración. A medida que las personas expresan las particularidades de su necesidad de perdón y fortaleza, encontrarán las particularidades de la gracia para ayudarlos en tiempos de necesidad (He 4:14-16).
Recorta el crecimiento visible de las raíces. En otras palabras, sé vigilante, ante Dios y los demás, con las conductas que refuerzan las búsquedas adictivas. Tal vigilancia honesta sobre los deseos aumentará el estado de alerta sobre las conductas que refuerzan dichas búsquedas. No todas las conductas adictivas se relacionan de manera directa con la adquisición del objeto de la adicción en sí. Las conductas pueden ser tanto condicionantes como explícitas en su búsqueda del objeto. Por ejemplo, un alcohólico puede ir a un bar un jueves por la tarde, pero también puede condicionarse a sí mismo con otras conductas, como el exceso de trabajo. El alcohol se convierte en un falso refugio de escape.
Al igual que con los deseos, un adicto tiene que ser honesto con Dios acerca de sus conductas. No solo con la conducta de ceder, sino con las miles de pequeñas elecciones que lo llevan a ello. Parte de reconocer estos comportamientos ante Dios es reconocerlos ante el pueblo de Dios (He 3:12-13). Para poder permanecer alerta, un adicto necesitará personas que estén lo suficientemente presentes de manera regular en su vida para notar estos comportamientos. Esta es la parte más difícil del ministerio a las personas que luchan contra las adicciones: el nivel de supervisión es difícil de mantener, especialmente en situaciones en las que los círculos habituales de la persona socavan el cambio y refuerzan los viejos patrones. Ayudar a un adicto requiere una apreciación de los aspectos sociales de la adicción. Para tener éxito, un adicto debe colocarse en condiciones relacionales ideales en la medida de sus posibilidades.
Cultiva algo más que sea hermoso. En otras palabras, haz pequeños actos de obediencia que establezcan una búsqueda nueva que honre a Dios. En un mundo de luz solar y agua, el crecimiento se va a dar. La pregunta es, ¿qué tiene prominencia en los recursos limitados de tiempo, atención y energía de una persona? Un adicto necesita ayuda para establecer alguna búsqueda de reemplazo. Aquí tenemos que pensar de manera holística. No se trata solo de hacer que lea la Biblia y ore más, sino de ver cómo la búsqueda de Dios en esas cosas obliga a otras búsquedas en las ocupaciones regulares de la vida. Una persona que encuentra a Dios en privado es libre de disfrutar las cosas buenas de la tierra sin estar atado a ellas (1 Ti 4:4-5). Un adicto necesita volver a aprender que el deleite proviene de muchas fuentes distintas al objeto que lo ha capturado.
¿Sabes qué? Nunca maté esa estúpida mala hierba. Pero llegué al final de mi período diaconal sin que hiciera más daño en los cimientos y en el pasto que los rodeaba. ¿Cómo? Nunca dejé de matarla. Dios no promete la muerte instantánea de la adicción ni que será fácil de combatir. Lo q ue Él promete a los que confían solo en Él es que siempre tendrán la fuerza para mantenerse matándola. Y que al final, esta no ganará.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Jeremy Pierre El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].
Lo que la Biblia dice sobre las adicciones Por L. Michael Morales
Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las adicciones
«Señor, dame castidad y continencia», oraba una vez el joven Agustín, «pero todavía no». De hecho, el que llegaría a ser obispo de Hipona y uno de los teólogos más grandes de la historia de la iglesia describió su vida temprana como encadenada por los placeres mortales de la carne. En sus Confesiones, Agustín relata cómo el Espíritu Santo aplicó poderosamente la Palabra de Dios a su corazón, convirtiéndolo a través de un pasaje de Romanos 13:
Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias. Antes bien, vístanse del Señor Jesucristo, y no piensen en proveer para las lujurias de la carne (vv. 13-14).
Confiando humildemente en la gracia capacitadora de Dios, Agustín aprendería una nueva oración: «Señor, concédeme lo que ordenas y ordena lo que deseas».
Al describir su experiencia en términos de esclavitud y liberación, Agustín estaba evaluando su vida a través del lente y la cosmovisión de las Escrituras, sus pensamientos expresados de una manera profundamente bíblica, proporcionándonos una entrada útil al tema en cuestión. Aunque la palabra adicción puede parecer un término adecuado para describir cualquier tipo de comportamiento compulsivo y habitual, independientemente de sus efectos negativos, este término no aparece en la Biblia, la cual habla más bien del principio dominante del pecado, la esclavitud subyacente y la causa fundamental de muchas de nuestras propensiones desviadas. El lugar para comenzar nuestra consideración bíblica de las adicciones, entonces, es con el problema mucho más profundo de la caída de la humanidad y la consecuente esclavitud al pecado.
El Todopoderoso creó a los seres humanos a Su imagen y semejanza para que disfrutaran de la comunión con Él en el día de reposo y para que gobernaran como señores de la creación en Su nombre. Esta libertad y dignidad, sin embargo, fueron despreciadas y arruinadas en la rebelión. Aunque la serpiente había prometido igualdad con Dios por comer el fruto prohibido, el resultado amargo de la transgresión de Adán fue la corrupción revolucionaria de su naturaleza: el humano gobernador de la creación se corrompió moralmente al caer bajo el dominio del pecado. Esta condición de pecado y miseria no se limitó a la primera pareja humana. La doctrina bíblica del pecado original, formalizada como ortodoxa a través de los esfuerzos del propio Agustín, enseña que toda la humanidad que desciende de Adán por generación ordinaria nace con una naturaleza corrupta, manchada por el principio del pecado. Una doctrina similar, denominada «depravación total» por los teólogos reformados, explica que cada parte de los seres humanos —nuestras mentes, nuestras voluntades, nuestras emociones, incluso nuestra carne— está impregnada del poder del pecado. No es que las personas sean tan malas en la práctica como podrían serlo, sino que cada parte de nuestra naturaleza está manchada y contaminada por el pecado. Debido a que esta esclavitud está forjada por los lazos de nuestras propias voluntades y deseos profundos, somos impotentes para liberarnos. Inclinados hacia el pecado, seguimos naturalmente las pasiones degradantes, ahondando cada vez más en el fango de la vergüenza y la depravación (Ro 1:21-32). Peor aún, la Biblia explica que la esclavitud de la humanidad al pecado es la marca de que estamos bajo el dominio del maligno, Satanás, y de que vivimos según sus designios y estamos destinados al juicio eterno (Ef 2:1-3). Solo en el contexto de esta cruda realidad —que la humanidad está espiritualmente muerta, esclavizada al pecado, bajo el dominio del maligno y encaminada hacia el más espantoso juicio— se puede tener una discusión significativa sobre las adicciones de una persona. Claramente, nuestra necesidad no es primero un plan para mantener a raya ciertas propensiones; más bien, necesitamos ser liberados de la esclavitud y recreados según una nueva humanidad.
Cuán desesperantemente oscura sería esta situación si la Palabra de Dios no hubiera revelado también el amor infinito, eterno e inmutable del Padre quien, siendo rico en misericordia, ha logrado nuestra liberación por medio de Su Hijo (Jn 3:16; Ef 2:4-6; 1 Jn 3:8). Jesús llevó cautiva la cautividad para liberar a Su pueblo; el Espíritu Santo aplica la obra de Cristo a nuestros corazones y nos crea de nuevo, al darnos nacimiento y libertad celestiales. En su primera carta a la iglesia de Corinto, Pablo enumera muchas clases de pecadores —desde fornicadores, adúlteros y homosexuales hasta ladrones y borrachos— y luego declara: «Y esto eran algunos de ustedes» (6:11). ¿Cómo se rompieron estos lazos titánicos? El mismo versículo explica que estos, que antes estaban tan atados a los pecados hasta el punto de ser definidos por ellos, ahora habían sido lavados, apartados y hechos justos en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de Dios.
Sin embargo, ser liberado de la esclavitud del pecado no es el final de la historia. La conversión inaugura nuestra batalla espiritual contra los deseos pecaminosos, y la Biblia enseña mucho sobre nuestra necesidad de participar diariamente en esta guerra, así como sobre la naturaleza de las armas de nuestra guerra. Para empezar, se advierte con urgencia a los cristianos de la posibilidad real de someterse de nuevo a la esclavitud. Aunque realmente hay un consuelo maravilloso en la declaración de Pablo en 1 Corintios 6:11, su objetivo general en ese contexto es advertir a los santos sobre la posibilidad de volver a someterse al dominio incluso de las prácticas lícitas: «yo no me dejaré dominar por ninguna», escribe (6:12). Del mismo modo, Pablo advierte a la iglesia de Roma de la esclavitud que espera a los que, suponiendo que la gracia hace menos peligrosos los deseos corruptos, se someten en obediencia al pecado (Ro 6:16). Para que no nos engañemos, estas advertencias están reforzadas en las Escrituras por la afirmación franca de que —independientemente de la profesión de fe de cada uno— los que de hecho son fornicarios, sodomitas, borrachos, mentirosos, etc., no heredarán en modo alguno el reino de Dios (1 Co 6:9-10; Gá 5:19-21; Ef 5:5-7; Ap 21:8, 27). Por lo tanto, los cristianos deben mantenerse firmes en la libertad de Cristo para no volver a ser enredados con un yugo de esclavitud (Gá 5:1). A medida que una generación en Occidente olvida que los cristianos constituyen la «iglesia militante» en medio de una guerra hostil y que nuestros enemigos —el mundo, la carne y el diablo— se afanan por nuestra destrucción, no deben sorprendernos nuestras fatalidades espirituales.
Ante esta perspectiva sobria, la Palabra de Dios nos llama a huir de nuestras lujurias naturales, que pueden encadenarnos de nuevo, y a esforzarnos por progresar en la santificación. La Biblia suele utilizar lo que muchos consideran imágenes bautismales para describir nuestro papel en la santificación: se nos instruye para que nos despojemos de las obras de la carne, que son como muchos harapos de nuestra vieja naturaleza adámica, y nos revistamos de Cristo Jesús, de Su carácter justo y de Su obediencia (Gá 3:27; Ef 4:22-24). El aspecto de «despojarse» se relaciona con la mortificación deliberada y disciplinada del pecado, que requiere tanto un esfuerzo vigoroso como un sacrificio; Pablo, por ejemplo, relata cómo golpeó su propio cuerpo para someterlo (1 Co 9:27). Hemos de dar muerte sin piedad a las obras del cuerpo, sin hacer ninguna provisión para la carne, y esto ha de hacerse —de hecho, solo puede hacerse— por el Espíritu Santo (Ro 8:13). El Espíritu nos aplica la propia muerte de Cristo al pecado, permitiéndonos morir cada vez más profundamente con Él y en Él para vivir cada vez más profundamente con Él y en Él para Dios. Como soldados disciplinados que se visten con toda la armadura de Dios, debemos permanecer en la lucha (Ef 6:10-18), recordando la advertencia de Jesús de que deben aplicarse medidas prácticas (bastante severas en Mt 5:27-30, incluso como lecciones objetivas) para mortificar los hábitos pecaminosos.
El aspecto de «revestirse» se relaciona con el entrenamiento en la piedad, el reemplazo intencional de los hábitos corruptos por un comportamiento que honre a Dios. A menudo, el caminar positivamente en las buenas obras es socavado por un enfoque obsesivo en nuestras compulsiones pecaminosas; sin embargo, el intento de negar los hábitos carnales aparte de cultivar las virtudes cristianas como su reemplazo está condenado al fracaso. No obstante, el deseo de Dios de obtener frutos de nuestros beneficios del evangelio es apremiante y serio (Lc 13:6-9; Jn 15:5-8). Una vez más, no hay que ignorar las medidas prácticas: levantarse temprano y trabajar duro en nuestras vocaciones por el reino de Cristo es un antídoto seguro contra una multitud de pecados perniciosos, mientras que la falta de laboriosidad engendra impiedad (1 Ti 5:9-14).
Por último, la Biblia enseña que las armas de nuestra guerra son los mismos medios que Dios ha ordenado para nuestro crecimiento espiritual, todos los cuales fluyen dentro y fuera de la comunión con Dios en la adoración corporativa. La superación de las adicciones pecaminosas implica aprender principalmente a deleitarse en el Señor en Su día de reposo: disfrutar de Su presencia mientras nos deleitamos con la proclamación de Su Palabra, nos alimentamos con Sus sacramentos, nos consolamos con Su renovado perdón de nuestros pecados confesados, derramamos nuestros corazones hacia Él en la oración, participamos en una comunión piadosa y recibimos gustosamente Su bendición —Su presencia, poder y protección— para los días venideros. Al comprender nuestra dependencia absoluta del poder del Espíritu, quien resucitará nuestros cuerpos como nuevas creaciones, y al entender cómo Él otorga la gracia solo a través de estos canales, no nos apresuraremos a descartar por ser demasiado espirituales preguntas pastorales como: «¿Has orado por esto pidiendo “líbranos del mal”, con ayuno?». Más bien, comenzaremos humildemente a aprender las tácticas de nuestra guerra.
Volviendo al punto de la comunión con Dios, aquí debemos tener cuidado de no separar a Cristo de Sus beneficios. Nuestra necesidad verdadera siempre es mirar a Cristo mismo, nuestro Mediador todo suficiente, en la gloria de Su triple oficio: nuestro Profeta que nos revela la Divinidad; nuestro Sumo Sacerdote que siempre vive para interceder por nosotros; y nuestro Rey conquistador que somete a nuestros enemigos internos y externos. La provisión abundante de Dios en Él —todas las bendiciones espirituales— (Ef 1:3) es mucho mayor que nuestras debilidades. Al mirar a Cristo con fe, aprendamos con Agustín que Dios realmente concede lo que ordena.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. L. Michael Morales El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?