Los tiempos están cambiando

Los tiempos están cambiando
Por R.C. Sproul

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Uno de los misterios más antiguos del pensamiento teórico es la pregunta: ¿Qué es el tiempo?

Immanuel Kant definió el tiempo y el espacio como «intuiciones puras». Consideramos que el tiempo está relacionado inextricablemente con la materia y el movimiento. Sin materia y espacio (materia y movimiento), no tenemos forma de medir el paso del tiempo. El tiempo, al parecer, siempre está en movimiento. Nunca puede ser detenido.

Históricamente, hemos medido el paso del tiempo con diversos objetos materiales: el reloj de sol, que muestra el movimiento de las sombras a través de su superficie; la arena que se vierte a través del reloj de arena; las manecillas movidas por engranajes dentro de un reloj y las manecillas de los minutos y las horas que se mueven alrededor de un círculo de números. Me pongo a mirar un gran reloj de pared y a observar el movimiento de barrido del segundero. Observo el número doce en la esfera y espero a que el segundero las pase. Mis ojos miran hacia abajo, hacia el número seis, y sé que el segundero aún no lo ha alcanzado, pero a medida que la aguja barre hacia la parte inferior de la esfera, tengo la sensación de que el tiempo se mueve muy rápidamente hacia el futuro en el número seis. Entonces, instantáneamente, el segundero lo pasa, y lo que hace un momento era futuro, ahora es pasado. A veces, cuando experimento con estos ejercicios, quiero que el reloj se detenga. Pero no se detiene, no puede detenerse. Como dice el axioma, «el tiempo sigue su curso».

Todo en la creación está sujeto al tiempo. Todo en la creación es mutable. Todo en la creación pasa por el proceso de generación y deterioro. Dios y solo Dios es eterno e inmutable. Dios y solo Dios escapa a la embestida implacable del tiempo.

No solo medimos momentos en el tiempo, sino que también medimos periodos que tienen lugar en términos de edades, eras y épocas. En nuestra propia generación hemos visto varias transiciones de las culturas humanas en las que nos encontramos, precipitadas contra el telón de fondo del tiempo (como indicó Martin Heidegger en su épico libro Ser y tiempo). Decimos que los tiempos están cambiando. Eso no significa que el tiempo mismo cambie. En un minuto sigue habiendo sesenta segundos, en una hora sesenta minutos, en un día veinticuatro horas. Pero las culturas cambian constantemente en sus patrones, en sus valores y en sus empeños. En mi vida he sido testigo de cambios dramáticos en la cultura en la que me encuentro. Puedo pensar en dónde estaba y qué estaba haciendo cuando me enteré del anuncio de la muerte de Franklin Delano Roosevelt. Recuerdo dónde estaba y qué estaba haciendo cuando oí en la radio la noticia de que Estados Unidos probaba su primera bomba atómica (antes de Hiroshima y Nagasaki). Recuerdo dónde estaba y qué estaba haciendo al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ocurrió el asesinato de John F. Kennedy, el lanzamiento ruso del Sputnik al espacio y al oír la noticia del primer paso del hombre en la luna. Pero lo que recuerdo quizás más que nada es una década entera —la década de los sesenta— en la que los Estados Unidos de América pasaron por una revolución no sangrienta, que cambió la cultura tan dramáticamente que la gente que vivió antes de esa década se siente como extraterrestre en una cultura dominada por una cosmovisión posterior a los sesenta. La revolución de los sesenta supuso el fin del idealismo y dio paso a varios cambios radicales en la cultura, incluida la revolución sexual. La santidad del matrimonio fue cuestionada de forma más explícita. El discurso limpio y sano en la esfera pública se hizo cada vez más raro. La santidad de la vida con respecto a los no nacidos fue atacada legislativamente y el relativismo moral se convirtió en la norma de nuestra cultura.

Con este relativismo moral llegaron los avances tecnológicos que también alteraron nuestra vida cotidiana. La explosión de conocimientos que supuso la llegada y proliferación del uso de los computadores trajo consigo una nueva cultura de personas que viven más o menos «en línea». Esta cultura relativista trajo consigo la cultura del eros y una mayor adicción a la pornografía, así como la cultura de las drogas con la consiguiente invasión de la adicción y el suicidio.

Los tiempos en los que vivimos son tiempos sumamente desafiantes para la iglesia de Jesucristo. La gran tragedia de la iglesia en la revolución posterior a la década de los sesenta es que el rostro de la iglesia ha cambiado a la par del rostro de la cultura secular. En una búsqueda fatal de relevancia, la iglesia se ha convertido a menudo en un mero eco de la cultura secular en la que vive, teniendo un deseo desesperado de estar «con ella» y ser aceptable para el mundo contemporáneo. La iglesia ha adoptado el mismo relativismo que pretende vencer. Lo que exigen tiempos como los nuestros es una iglesia que se dirija a lo temporal y que al mismo tiempo permanezca anclada en lo eterno: una iglesia que hable, consuele y sane todas las cosas mortales y seculares sin que ella misma abandone lo eterno y lo santo. La iglesia debe enfrentarse siempre a la cuestión de si su compromiso es con la santidad o con la profanidad. Necesitamos iglesias llenas de cristianos que no estén esclavizados por la cultura, iglesias que busquen más que todo agradar a Dios y a Su Hijo unigénito, en lugar de buscar el aplauso de hombres y mujeres moribundos. ¿Dónde está esa iglesia? Esa es la iglesia que Cristo estableció. Esa es la iglesia cuya misión es ministrar la redención a un mundo moribundo, y esa es la iglesia que estamos llamados a ser. Que Dios nos ayude a nosotros y a nuestra cultura si nuestros oídos se vuelven sordos ante este llamado.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Llevar cautivas todas las cosas

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

No hace mucho, mi familia y yo estábamos comiendo en un restaurante local conocido por su cocina sureña de estilo casero y su pintoresco ambiente familiar. Cuando nos íbamos, no pude evitar fijarme en una familia que estaba sentada junta, y cada uno de ellos —papá, mamá, hermano mayor y hermana pequeña— estaba envuelto en una conversación con otra persona, en otro lugar en una galaxia muy, muy lejana. Con los hombros encorvados y los ojos mirando inertes a sus teléfonos móviles, sus dedos frenéticos tecleaban mientras colocaban cuidadosamente sus emoticones (imágenes emocionales electrónicas, como caritas sonrientes, caras tristes, etc.) que hacían la función que les correspondía como sustitutos emocionales de sus caras desapasionadas y electrónicamente brillantes.

Como observador constante de mi entorno sociocultural, tenía que captar de algún modo este triste fenómeno familiar del siglo XXI. Inmediatamente saqué mi útil iPhone y tomé una foto digital. Sí, es cierto que vivimos en un mundo nuevo y desafiante: mira hasta dónde hemos llegado.

Para bien o para mal, soy un poco anticuado y tengo tendencia a resistirme a lo nuevo, a lo mejorado, a lo que está de moda y a todo lo que se considera producto del supuesto progreso. Sin embargo, desde que me convertí en cristiano he tenido la convicción abrumadora de que debo aprovechar al máximo mi tiempo y aprovechar cada minuto de cada día para realizar lo que sea digno para la gloria de Dios, utilizando cualquier medio o nueva tecnología que sean apropiados con sabiduría y cuidado, tal como nos instruye el apóstol Pablo: Aprovecha bien el tiempo porque los días son malos (Ef 5:16). Del mismo modo, Jonathan Edwards resolvió «no perder nunca un momento de mi tiempo, sino mejorarlo de la manera más provechosa que pueda» (quinta resolución). Por esta razón, no debemos rehuir de lo que nos llegue en este nuevo mundo, por muy rápido que llegue. Por el contrario, debemos vivir cada día a la luz de la eternidad, delante del rostro de Dios, que no solo aprueba, sino que ordena el uso correcto de todas las cosas correctas, siempre que se utilicen para la edificación de Su pueblo, para la misión mundial de la iglesia de Cristo y para la proclamación de la inmutable Palabra de Dios, que fue supervisada por el Espíritu Santo y escrita con pluma y pergamino, y que ahora está a disposición del mundo entero, por el plan soberano de Dios, todo para Su gloria.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La definición de legalismo

Serie: El legalismo

La definición de legalismo
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Si quieres degradar a alguien en la iglesia, simplemente tienes que utilizar «la palabra que comienza con L» cuando hables con esa persona o sobre ella. El número de veces que un creyente ha llamado legalista a otro es incalculable. Los insultos suelen producirse cuando alguien de la iglesia cree que otro ha dicho o hecho algo que atenta contra la libertad cristiana. Al igual que su término hermano «fundamen…», la etiqueta de legalista se ha convertido en una especie de insulto religioso habitual en las iglesias orientadas a la gracia y centradas en el evangelio. Debemos ser extremadamente lentos a la hora de utilizar esta palabra cuando hablemos con o sobre otros en una comunidad eclesiástica. Puede ser que un creyente simplemente tenga una conciencia más débil o más blanda que otro (Ro 14-15). Además, los que aman la ley de Dios y procuran caminar cuidadosamente de acuerdo con ella siempre serán susceptibles de ser llamados legalistas.

Debemos cuidarnos de no lanzar descuidadamente la acusación de legalismo. Sin embargo, también debemos reconocer que el legalismo, en sus diversas formas, está muy vivo en las iglesias evangélicas y reformadas. También hay que evitarlo con la máxima determinación. Para evitar lanzar una falsa acusación contra un creyente, para evitar abrazar personalmente el legalismo y para ayudar a restaurar a un creyente que ha caído en el legalismo, debemos saber identificar este mal perenne tanto en sus formas doctrinales como prácticas.

LEGALISMO DOCTRINAL
El legalismo es, por definición, un intento de añadir algo a la obra terminada de Cristo. Es confiar en cualquier otra cosa que no sea Cristo y Su obra terminada para la posición de uno ante Dios. La refutación del legalismo en el Nuevo Testamento es principalmente una respuesta a las perversiones de la doctrina de la justificación por la fe sola. La mayoría de los oponentes del Salvador eran los que creían que eran justos por sí mismos, basándose en su celo y compromiso con la ley de Dios. Los fariseos, los saduceos y los escribas ejemplificaban, con sus palabras y sus actos, el legalismo doctrinal en los días de Cristo y los apóstoles. Aunque hacían ocasionales apelaciones a la gracia, con su autojusticia truncaron y tergiversaron el significado bíblico de la gracia. El apóstol Pablo resumió la naturaleza del legalismo judío cuando escribió: «Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:3-4).

Comprender la relación entre la ley y el evangelio en nuestra justificación es primordial para aprender a evitar el legalismo doctrinal. Las Escrituras enseñan que somos justificados por las obras del Salvador, no por las nuestras. El último Adán vino a hacer todo lo que el primer Adán no pudo hacer (Ro 5:12-21; 1 Co 15:47-49). Nació «bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Vino a ser nuestro representante para cumplir las exigencias legales del pacto de Dios, es decir, para rendir a Dios una obediencia perfecta, personal y continua en nombre de Su pueblo. Jesús hizo merecedores de justicia perfecta a todos aquellos que el Padre le había dado. Nosotros, mediante la unión de fe con Él, recibimos un estatus de justicia en virtud de la justicia de Cristo que se nos imputa. En Cristo, Dios proporciona lo que Él exige. Las buenas obras por las que Dios ha redimido a los creyentes, para que andemos en ellas, no intervienen en absoluto en nuestra justificación. Son simplemente la evidencia necesaria de que Dios nos ha perdonado y aceptado en Cristo.

Sin embargo, el legalismo doctrinal también puede introducirse en nuestra mente por la puerta trasera de la santificación. El apóstol Pablo lo dio a entender en Gálatas 3:1-4. Los miembros de la iglesia de Galacia se habían dejado engañar creyendo que su posición ante Dios dependía en última instancia de lo que consiguieran en la carne en su andar cristiano. Es posible que comencemos la vida cristiana creyendo únicamente en Cristo y en Su obra salvadora y que luego caigamos en la trampa de imaginar tontamente que depende de nosotros terminar lo que Él ha comenzado. En la santificación, al igual que en la justificación, son ciertas las palabras de Jesús: «separados de Mí nada pueden hacer» (Jn 15:5).

El legalismo doctrinal en la santificación a veces es alimentado por predicadores apasionados que hacen hincapié en las enseñanzas de Jesús sobre las exigencias del discipulado cristiano, al tiempo que las separan de la enseñanza apostólica sobre la naturaleza de la obra salvadora de Cristo para los pecadores, o minimizan tal enseñanza. El renombrado teólogo reformado Geerhardus Vos explicó la naturaleza de esta forma sutil de legalismo cuando escribió:

Todavía prevalece una forma sutil de legalismo que quiere robar al Salvador Su corona de gloria, ganada por la cruz, y hacer de Él un segundo Moisés, ofreciéndonos las piedras de la ley en lugar del pan de vida del evangelio… [el legalismo] no tiene poder para salvar.

En Colosenses 2:20-23, el apóstol Pablo aborda otra forma de legalismo doctrinal que se cuela por la puerta trasera de la santificación. Él escribe:

Si ustedes han muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivieran en el mundo, se someten a preceptos tales como: «no manipules, no gustes, no toques», (todos los cuales se refieren a cosas destinadas a perecer con el uso), según los preceptos y enseñanzas de los hombres? Tales cosas tienen a la verdad, la apariencia de sabiduría en una religión humana, en la humillación de sí mismo y en el trato severo del cuerpo, pero carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne.

Los que han abrazado esta forma de legalismo doctrinal prohíben lo que Dios no ha prohibido y ordenan lo que Él no ha mandado. Se obligan a sí mismos y a los demás a una norma de santidad externa a la que Dios no nos ha obligado en Su Palabra. Esta es una de las formas más prevalentes y perniciosas de legalismo en la iglesia actual. A menudo se presenta en forma de prohibiciones de comer ciertos alimentos y beber alcohol. A veces se cuela a través de convicciones personales sobre la crianza y la educación.

LEGALISMO PRÁCTICO
Hay otro tipo de legalismo ante el que debemos estar en guardia: el legalismo práctico, que puede tomar imperceptiblemente el control de nuestros corazones. Por naturaleza, nuestras conciencias están conectadas al pacto de obras. Aunque los creyentes se han convertido en nuevas criaturas en Cristo, todavía llevan consigo un viejo hombre, una vieja naturaleza pecaminosa adámica. El modo por defecto de la vieja naturaleza es volver a deslizarse mentalmente bajo el pacto de obras. Siempre corremos el peligro de convertirnos en legalistas prácticos al alimentar o pasar por alto un espíritu legalista.

Es totalmente posible que un hombre o una mujer tenga la cabeza llena de doctrina ortodoxa y al mismo tiempo el corazón lleno de autosuficiencia y orgullo. Podemos estar comprometidos intelectualmente con las doctrinas de la gracia y hablar con nuestros labios de la libertad que Cristo ha comprado para los creyentes, y al mismo tiempo negarlas con nuestras palabras y acciones.

El espíritu legalista es fomentado por el orgullo espiritual. Cuando un creyente experimenta un crecimiento en el conocimiento o algún poder espiritual, corre el peligro de empezar a confiar en sus logros espirituales. Cuando esto ocurre, los legalistas prácticos empiezan a mirar a los demás por encima del hombro y a juzgar pecaminosamente a quienes no han experimentado lo mismo que ellos. En su sermón «Llevar el arca a Sión por segunda vez», Jonathan Edwards explicó que había observado la realidad del orgullo espiritual y el legalismo práctico entre quienes habían experimentado el avivamiento durante el Gran Despertar:

Mientras viven, en los hombres hay una disposición excesiva para hacer una justicia de lo que hay en ellos mismos, y también una disposición excesiva para hacer una justicia de sus experiencias espirituales, así como de otras cosas… un converso es propenso a ser exaltado con pensamientos elevados de su propia eminencia en la gracia.

Quizá lo más perjudicial sea la forma en que el espíritu legalista puede manifestarse en el púlpito. Un ministro puede predicar la gracia de Dios en el evangelio sin experimentar esa gracia en su propia vida. Esto, a su vez, tiende a alimentar un espíritu legalista entre ciertos miembros de una iglesia.

LA CURA PARA EL LEGALISMO
La gracia de Dios en el evangelio es la única cura para el legalismo doctrinal y práctico. Cuando reconozcamos el legalismo doctrinal o práctico en nuestras vidas, debemos huir hacia el Cristo crucificado. Al hacerlo, empezaremos a crecer de nuevo en nuestro amor por Aquel que murió para sanarnos de nuestra propensión a confiar en nuestras propias obras o logros. A diario, necesitamos que se nos recuerde la gracia que ha cubierto todos nuestros pecados, que nos ha proporcionado la justicia desde fuera de nosotros mismos y que nos ha liberado del poder del pecado. Solo entonces perseguiremos con gozo la santidad. Solo entonces amaremos la ley de Dios sin intentar cumplirla para nuestra justificación ante Él. El grito de un corazón liberado del legalismo es este:Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano (Gá 2:20-21).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

El legalismo versus la religión del evangelio

Serie: El legalismo

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Por Burk Parsons

En los últimos años la palabra religión ha pasado por momentos difíciles. Muchos han intentado oponer la religión a la fe, diciendo que el cristianismo no es una religión sino una relación. Eso suena bien, pero no es del todo cierto. La fe y la religión no se excluyen mutuamente, sino que se complementan. El cristianismo es una religión fundada en una relación con Jesucristo. De hecho, el cristianismo es la única religión verdadera del mundo porque es la religión establecida por el único Dios verdadero. La religión cristiana es la vida integral de confiar, adorar, seguir y amar a Dios y al prójimo, capacitada por la obra regeneradora y potenciadora del Espíritu Santo, y fundamentada en nuestra relación con Cristo mediante el evangelio por la gracia sola por medio de la fe sola.

Sin embargo, hablamos con razón de la religión en forma crítica cuando hablamos de la religión creada por el hombre. Cuando hablamos de tal religión, o bien nos referimos a todas las falsas religiones del mundo, como el islam y el budismo, o bien hablamos de las normas religiosas que los hombres añaden a la Escritura y con las que intentan atar nuestras conciencias. Este último tipo de religión era la de los fariseos y, más tarde, la de los judaizantes. Sin embargo, el problema fundamental de los fariseos y los judaizantes no fue que eran demasiado celosos de la ortodoxia religiosa, sino que inventaron su propia ortodoxia religiosa. Basándose en sus invenciones legalistas hechas por el hombre, juzgaron los corazones y tiranizaron a aquellos a los que Cristo había liberado. Y ese es precisamente el problema de las formas de legalismo en nuestras iglesias de hoy. Inventamos leyes en torno a la ley de Dios. Intentamos convertir nuestras preferencias en principios de Dios. Decimos «no puedes» cuando Dios dice «puedes».

Al mismo tiempo, también debemos comprender lo que no es el legalismo. El legalismo no es la obediencia a Dios y a Su ley. El legalismo no es aprender a obedecer todo lo que Cristo nos ha ordenado. El legalismo no es perseguir la santidad. El legalismo no es esforzarnos por agradar a Dios y glorificarle en todo lo que hacemos. El legalismo no es ser celosos de nuestras buenas obras y en dar frutos de arrepentimiento.

El legalismo no es un error del cristianismo: es una religión totalmente diferente. El legalismo llama la atención sobre nosotros mismos, pero la religión del evangelio llama la atención sobre Jesucristo. El legalismo nos da gloria, pero la religión del evangelio da gloria a Dios. El legalismo está arraigado en la adoración de uno mismo, pero la religión del evangelio está arraigada en la adoración de Dios. Y lo irónico del legalismo es que no hace que la gente quiera esforzarse más, sino que hace que quiera rendirse.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Confiando en el Dios bueno y soberano en todo tiempo

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Por Timothy Z. Witmer

Mi versículo favorito de mi capítulo favorito de mi libro favorito de la Biblia es Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Me «encontré por casualidad» con este versículo hace más de cuarenta años, en mi primer año de creyente, y ha sido de gran consuelo a lo largo de mi vida adulta. Su consuelo radica en el hecho de que nada de lo que sucede en mi vida es aleatorio, sino que el Señor está obrando todo para bien de forma misteriosa. Aunque este versículo ha traído consuelo a muchos, no podemos pasar por alto el principio subyacente si queremos que su promesa nos resulte confiable. Ella solo es posible si Dios es absolutamente soberano sobre todas las cosas. Otra traducción lo expresa de una forma aún más directa cuando dice: «Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien» (Rom 8:28, NTV). Es imposible que haga que todas las cosas cooperen para el bien a menos que todo esté bajo Su dirección soberana. Y no solo se trata de todas las cosas, sino también de toda nuestra vida.

El primer capítulo de Su obra soberana en nuestras vidas comienza incluso antes de que nazcamos. El salmista escribe:

Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra (Sal 139:13-15).

Esto nos recuerda que Él es nuestro Creador y ha demostrado Su gracia al darnos el regalo de la vida misma. Además, a cada uno de nosotros nos ha dado aptitudes, talentos y dones naturales de acuerdo con Su propósito. Pero también debemos reconocer que nuestras deficiencias naturales, ya sean físicas, intelectuales o emocionales, son parte de Su providencia misteriosa, que forma lo que somos para Su gloria. Puede ser difícil creer que algo bueno puede resultar cuando un niño nace con problemas de aprendizaje o síndrome de Down, pero esta es la promesa de Dios: que, incluso en estas circunstancias, Él está llevando a cabo Su plan para nuestro bien.

En los siguientes capítulos de nuestra vida, Su obra soberana a menudo se ve en la apertura y el cierre de puertas. Muchos de los momentos críticos de nuestras vidas surgen como resultado de decisiones importantes que debemos enfrentar. Suelen ser decisiones que debemos tomar entre varias opciones. Los jóvenes deben decidir qué van a hacer con sus vidas. ¿Debería ir a la universidad o no? Si es así, ¿a qué universidad debería asistir? ¿Debería casarme? Si es así, ¿con quién debería casarme? ¿Qué trabajo debo tomar? Por supuesto, debemos aceptar nuestra responsabilidad y emplear la sabiduría dada por Dios cuando abordamos estas preguntas, pero estos son momentos importantes para creer que el Señor tiene un plan para nuestras vidas. Aquí es donde frecuentemente vemos el desarrollo del plan soberano del Señor cuando Él cierra una puerta y abre otra, cuando somos aceptados en una universidad y no en otras, cuando obtenemos este trabajo y no otro.

Recuerdo una ocasión en que era joven y me ofrecieron dos puestos laborales muy buenos. No podía decidirme y no quería salir de la voluntad de Dios. Me reuní con un ex profesor muy piadoso que me aseguró que ambas opciones eran buenas y que no podía salirme de la voluntad de Dios si buscaba Su sabiduría a través de la oración. Esos son los momentos en los que las siguientes palabras cobran vida: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5-6). A medida que los capítulos de nuestra vida se van desarrollando y nos enfrentamos a los desafíos de la edad adulta que sigue avanzando, mirar en retrospectiva con frecuencia revela la sabiduría del plan de Dios, permitiéndonos ver lo que antes no podíamos ver: el camino por el que Él nos condujo paso a paso.

Al llegar al capítulo final de nuestras vidas, sabemos que Él también es el Señor soberano sobre nuestra muerte. Volviendo al Salmo 139, leemos: «Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos» (v. 16). Como pastor, he tenido el privilegio de estar junto a miembros amados de la iglesia en momentos de gran dolor, a veces cuando un ser querido ha fallecido de forma repentina, inesperada o siendo muy joven. Ha sido una experiencia conmovedora ver cuánto reconforta a esos preciosos enlutados el comprender que, aunque los caminos del Señor son misteriosos, de algún modo Él está ejecutando Su plan. En esos tiempos, es difícil ver cómo algo así puede cooperar para bien. Coopera para bien porque la promesa se basa en el hecho de que Dios es bueno.

En la primavera del año 2000, James Montgomery Boice fue diagnosticado con un cáncer de hígado terminal. En el último sermón que pronunció ante su congregación de la Tenth Presbyterian Church [Décima Iglesia Presbiteriana] en Filadelfia, expresó su confianza en su Señor bueno y soberano. Antes que nada, le recordó a su rebaño lo que les había enseñado durante treinta años. Dijo: «Si tuviera que reflexionar sobre lo que está sucediendo teológicamente aquí, enfatizaría dos cosas. Una es la soberanía de Dios. Eso no es novedoso. Aquí hemos hablado de la soberanía de Dios siempre. Dios está a cargo. Cuando llegan a nuestras vidas cosas como esta, no son accidentales. No es como que Dios de alguna manera se hubiera olvidado de lo que estaba pasando y se le hubiera escapado algo malo».

Pero luego expresó su convicción sobre la bondad de Dios en medio del sufrimiento humano. «Lo que más me ha impresionado es algo adicional a eso. Es posible concebir a Dios como soberano pero indiferente, ¿no es cierto? Dios está a cargo, pero no le importa. Sin embargo, no es así. Dios no solo es quien está a cargo; Dios también es bueno. Todo lo que hace es bueno».

Cuán importante es recordar que, incluso cuando caminamos por el valle de sombra de muerte, nuestro Señor sigue siendo nuestro Buen Pastor. El Dr. Boice agregó a la ecuación una eventualidad hipotética. «Si Dios hace algo en tu vida, ¿lo cambiarías? Si lo cambiaras, lo empeorarías. No sería tan bueno. Así que esa es la forma en que queremos aceptarlo y seguir adelante, ¿y quién sabe qué hará Dios?». En estas palabras, no debes escuchar una actitud de pasividad respecto a algo que puedes cambiar, sino de aceptación y confianza en el Señor respecto a las cosas que no puedes cambiar. Como escribió John Owen: «No podemos disfrutar de la paz en este mundo a menos que estemos dispuestos a ceder a la voluntad de Dios con respecto a la muerte. Nuestros tiempos están en Su mano, a Su disposición soberana. Debemos aceptar eso como lo mejor».

El Catecismo de Heidelberg, en su primera pregunta y respuesta, expresa bellamente el consuelo que la soberanía de Dios brinda al creyente en toda época de su vida:

P. ¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

R. Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: sí, todas las cosas deben servir para mi salvación. Por lo tanto, mediante Su Espíritu Santo, también me asegura que tengo vida eterna y me prepara y dispone de corazón para que viva para Él, de aquí en adelante.

Estas palabras nos recuerdan que hay una página en el libro de la vida de cada creyente, ya sea tarde o temprano en su historia, donde hay un marcador carmesí que marca el plan soberano de Dios de llamarnos a Él y alinearnos con Su propósito salvador mediante la fe en nuestro Salvador resucitado. Aunque el libro de esta vida se cerrará un día, el libro de la vida eterna se abrirá. Ese libro no tiene fin. Mientras tanto, debido a que este Autor divino no necesita un editor, podemos saber que Él está obrando todas las cosas para bien.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Timothy Z. Witmer
El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.

Aceptando la soberanía de Dios en la salvación y nuestro papel como Sus heraldos

Serie: Perfeccionismo y control

Aceptando la soberanía de Dios en la salvación y nuestro papel como Sus heraldos

Por Matthew Miller

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

a doctrina de la soberanía de Dios nos da valentía ante las amenazas, resolución en medio del sufrimiento y esperanza bajo el peso de la decepción. Pero el conocimiento de Su soberanía no siempre produce esa confianza en nuestras conversaciones con los incrédulos. Aquí tendemos a sentirnos abrumados por el miedo a decir algo incorrecto y perplejos con respecto al alcance de nuestro papel humano en medio de Su plan divino.

¿Por qué existe esta diferencia? Tendemos a encontrar refugio en la soberanía de Dios cuando enfrentamos cosas que sabemos muy bien que están fuera de nuestro control: un diagnóstico, un desastre, una angustia o una muerte. Por otro lado, tendemos a aferrarnos al control, o la ilusión de control, en nuestras relaciones. Pensamos que si hacemos o decimos esto o aquello, podemos predecir razonablemente cómo reaccionarán las otras personas y cómo sus reacciones afectarán nuestra relación. Como sabemos qué tipo de relación queremos tener con ellas, hacemos todo lo posible para dirigir las cosas hacia el fin deseado. Esta ilusión de control le quita la valentía a nuestro testimonio, la valentía que la doctrina de la soberanía de Dios provee en las demás situaciones.

Hace años, me hice amigo de mi entrenador en el gimnasio. Éramos tan diferentes como podíamos ser. Yo era un estadounidense blanco de una familia que llevaba seis generaciones en el país; él era un inmigrante de piel oscura de África Oriental. Yo tenía «los brazos de un hombre pensante»; él era un enorme campeón de culturismo de peso pesado. Yo estaba soltero; él estaba en su segundo matrimonio y tenía tres hijos pequeños. Yo era cristiano; él no. Pero quería verlo llegar a conocer a Cristo.

En el fondo, también quería otra cosa: quería parecerle una persona agradable. Y ese era el problema. Mi deseo de que él conociera a Cristo a menudo chocaba con mi deseo de parecerle agradable. Pensaba que podría manejar estos dos deseos, pero en realidad tenía que elegir entre ellos.

No recuerdo exactamente cuándo sucedió, pero sí recuerdo que al fin le entregué esta relación al Señor. Oré: «Señor, no puedo salvar a este hombre, ni tengo ningún derecho a tener una amistad con él. Ayúdame a tener libertad cuando estoy con él y dejarte los resultados a Ti». Como resultado, comencé a decirle cosas sobre Cristo sin dudarlo mientras me guiaba de máquina en máquina por el gimnasio, no de manera forzada, sino de forma natural; al fin estaba cómodo con «perder» esta relación, y eso fue lo que hizo la diferencia. Llegó a conocer y confiar en Cristo meses después. El Señor lo hizo.

Una de las parábolas que nos ayuda a pensar en testificar es la parábola de los talentos (Mt 25:14-30). El señor confía talentos a sus siervos. En ningún momento los siervos son dueños de los talentos; los talentos son propiedad exclusiva del señor de principio a fin. Dos siervos se atreven a invertir el talento del señor. Un siervo no arriesga el talento, sino que lo protege, por lo que pierde la posibilidad de tener ganancias y queda bajo la condenación de su señor.

¿Has pensado alguna vez en tus relaciones con los incrédulos como algo que estás llamado a administrar y no a poseer? Lo que ocurre con los recursos encomendados también ocurre con las relaciones encomendadas: el mayordomo está llamado a arriesgarlas, a exponerlas al peligro para la ganancia del Señor. Necesitamos decirle al Señor: «Padre Celestial, si pierdo esta relación porque hablé de Ti, por más difícil que sea esa pérdida para mí, yo estaría conforme con eso. Libérame para que arriesgue esta relación como mayordomo y no la controle como si fuera mía. Tú eres el Señor soberano. Haz lo que quieras con ella».

Esto nos ayuda con uno de nuestros mayores miedos al testificar: el miedo a decir algo incorrecto. Hace dos décadas, mi madre no sabía qué hacer con una de sus amigas más queridas que no conocía a Cristo pero hacía todas las preguntas correctas y las había estado haciendo durante años. Mi madre estaba comenzando a perder la esperanza de que su amiga alguna vez cruzara el umbral entre indagar en el cristianismo y descansar en Cristo.

Las cosas llegaron a un punto crítico cuando un día su amiga le hizo otra pregunta y mi mamá respondió con un cierto grado de exasperación: «Escucha, [nombre de su amiga], a fin de cuentas, o el Señor te eligió o no lo hizo». No podía creer que esas palabras hubieran salido de su boca y deseó inmediatamente poder retirarlas. Había sido un momento de descuido. Pero ¿sabes qué? El Señor usó ese momento para irrumpir en el corazón de su amiga, quien tembló al pensar que tal vez no era escogida e inmediatamente se puso en acción para reconciliarse con Cristo. Ha estado caminando con Él desde entonces. Ese «momento de descuido» fue un momento en el que mi madre arriesgó todo, tal como lo hacen los mayordomos.

Esto también nos ayuda con nuestra mayor objeción teológica para no testificar: si Dios ya eligió quién creerá, ¿por qué deberíamos testificar? En realidad, esta pregunta es simplemente una ramificación de otra más amplia: si Dios es soberano sobre todo, ¿por qué deberíamos hacer algo?, ¿por qué plantar y cosechar?, ¿por qué tener y criar hijos?, ¿por qué estudiar?, ¿por qué levantarse de la cama? La respuesta a todas estas preguntas es la misma para el cristiano: por Su disposición soberana, Dios nos ha llamado a expresar que le pertenecemos administrando fielmente lo que Él nos ha confiado. Nos ha confiado nuestros cuerpos, así que plantamos, cosechamos y planificamos nuestras comidas. Nos ha confiado nuestras mentes, así que leemos, estudiamos y aprendemos. Nos ha confiado una descendencia, así que tenemos hijos y los criamos. Y nos ha confiado relaciones con personas que no creen (o todavía no creen), así que damos un testimonio fiel del evangelio de Jesucristo. En todas estas cosas, no solo en la última, Dios es completamente soberano y los resultados son Suyos. Pero en todas estas cosas, incluida la última, estamos llamados a expresar que pertenecemos a nuestro Señor soberano y a expresar esa pertenencia como mayordomos fieles.

Cuando pensamos en la soberanía de Dios, pensamos en Su «control», «determinación», «predestinación». Pero también deberíamos pensar en el «mío» de Dios. «Cuanto existe debajo de todo el cielo es mío», le declaró a Job (Job 41:11). Como Señor soberano, tiene derecho a hacer lo que quiera con las cosas que le pertenecen. Esas cosas incluyen nuestras relaciones con cónyuges, hijos, padres, vecinos y amigos incrédulos. ¿Qué relaciones en nuestra vida debemos ofrecerle al Señor soberano como «Suyas» y luego tratarlas como una mayordomía que debe ser arriesgada para Su gloria, y no como una posesión que debemos controlar para conseguir el resultado que preferimos?
Cuando aprendamos a pensar y orar de esta manera, descubriremos que, gradualmente, dar testimonio será menos abrumador y más natural. Encontraremos nuevo gozo en nuestras relaciones con los incrédulos, debido a que ya no llevaremos la carga falsa del control, y nueva valentía en nuestras conversaciones, debido a que nos sentiremos libres para dejarle los resultados al Señor. Todo esto es posible porque Él es un Señor bueno, sabio y completamente soberano que «desde toda la eternidad, por el sapientísimo y santísimo consejo de Su propia voluntad, ordenó libre e inmutablemente todo lo que acontece» (Confesión de fe de Westminster 3.1).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthew Miller
El Dr. Matthew Miller es estudiante de doctorado en la University of Bristol de Inglaterra, director del C.S. Lewis Institute en Greenville, Carolina del Sur y profesor adjunto de divinidad en el Erskine Theological Seminary.

Ordena el hogar sin ser controlador

Serie: Perfeccionismo y control

Ordena el hogar sin ser controlador
Por Paul David Tripp

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Estoy cada vez más convencido de que solo hay dos formas de vivir: (1) confiar en Dios y vivir en sumisión a Su voluntad y Su gobierno o (2) tratar de ser Dios. No hay muchas opciones entre medio. Como pecadores, parece que somos mejores en la segunda que en la primera. Esta dinámica espiritual golpea directamente el corazón de la crianza y el matrimonio.

LA CRIANZA
La crianza exitosa se trata de una pérdida de control legítima y ordenada por Dios. El objetivo de la crianza es criar hijos que una vez dependieron totalmente de nosotros para que sean personas maduras e independientes que, con confianza en Dios y un vínculo adecuado con la comunidad cristiana, sean capaces de valerse por sí mismos.

En los primeros años de crianza, tenemos el control de todo y, aunque nos quejamos del estrés de todo el proceso, nos gusta tener el poder. Es poco lo que los bebés y los niños muy pequeños eligen hacer. Les elegimos la comida, los tiempos de descanso, la forma en que hacen ejercicio físico, lo que ven y oyen, adónde van y quiénes son sus amigos… la lista podría seguir y seguir.

Sin embargo, la realidad es que, desde el primer día, nuestros hijos se van independizando. El bebé que antes no podía darse vuelta sin ayuda ahora puede gatear hacia el baño sin nuestro permiso y desenrollar un rollo completo de papel higiénico. Ese mismo niño pronto saldrá conduciendo de la casa hacia lugares totalmente ajenos a nuestro alcance parental.

¿Cuántos padres han luchado con los amigos que sus hijos han elegido? Sí, la elección de compañeros es un asunto muy serio, pero también es un área en la que cedemos control a un niño que va madurando. El objetivo de la crianza no es mantener un control estricto sobre nuestros hijos en un intento por garantizar su seguridad y nuestra cordura. Solo Dios puede ejercer ese tipo de control. En cambio, el objetivo es que Él nos use para inculcar en nuestros hijos un dominio propio cada vez mayor a través de los principios de la Palabra y permitirles ejercer la elección, el control y la independencia en círculos cada vez más amplios.

Como consejero y pastor, trabajé regularmente con padres que querían retroceder en el tiempo. Pensaban que la única esperanza era volver a los antiguos días de control total. Intentaban tratar a su hijo adolescente como a un niño pequeño. Terminaron pareciendo más carceleros que padres, y se olvidaron de ministrar el evangelio, que era la única esperanza en esos momentos cruciales de conflicto.

Es vital que recordemos tres verdades del evangelio en lo que respecta a estos conflictos de la crianza:

  1. No hay ninguna situación que no esté bajo control, porque Cristo reina sobre todas las cosas por amor a la Iglesia (Ef 1:22).
  2. La situación no solo está bajo control, sino que Dios también está obrando en ella, haciendo el bien que ha prometido hacer (Rom 8:28). Por lo tanto, no necesito controlar todos los deseos, pensamientos y acciones de mi hijo que está madurando. En cada situación, él o ella está bajo el control soberano de Cristo, quien está logrando lo que yo no puedo.
  3. El objetivo de mi crianza no es conformar a mis hijos a mi imagen, sino trabajar para que sean conformados a la imagen de Cristo. Mi objetivo no es clonar mis gustos, opiniones y hábitos en mis hijos. No busco que mi imagen esté en ellos; mi anhelo es ver la de Cristo.

No podemos pensar en la crianza sin considerar honestamente lo que nosotros como padres aportamos al conflicto. Si nuestros corazones están dominados por el éxito, el reconocimiento y el control, anhelaremos inconscientemente que nuestros hijos cumplan con nuestras expectativas en lugar de atender sus necesidades espirituales. En vez de ver los momentos de conflicto como puertas de oportunidades dadas por Dios, los consideraremos irritantes, frustrantes y decepcionantes, y experimentaremos una ira creciente contra los mismos hijos a los que hemos sido llamados a ministrar.

EL MATRIMONIO
Lo mismo ocurre con el matrimonio. Nuestros matrimonios viven en medio de un mundo que no funciona como Dios quiso. De una manera u otra, nuestros matrimonios se ven afectados todos los días por un mundo quebrantado. Tal vez, el asunto simplemente se trate de la necesidad de vivir con las complicaciones ordinarias de un mundo quebrantado, o tal vez estemos enfrentando problemas mayores que han alterado el curso de nuestras vidas y nuestros matrimonios. Pero hay una cosa segura: no escaparemos del entorno en que Dios ha elegido que vivamos.

No es accidental que estemos viviendo nuestros matrimonios en este mundo quebrantado. No es accidental que tengamos que lidiar con las cosas con que lidiamos. Nada de esto es azar, casualidad o suerte. Todo es parte del plan redentor de Dios. Hechos 17 dice que Él determina el lugar exacto donde vivimos y la duración exacta de nuestras vidas.

Dios sabe dónde vivimos y no se sorprende por lo que enfrentamos. Aunque enfrentemos cosas que no tienen sentido para nosotros, todo lo que enfrentamos tiene un sentido y un propósito. Estoy convencido de que comprender nuestro mundo caído y el propósito de Dios para mantenernos en él es fundamental para construir matrimonios de unidad, comprensión y amor.

Verás, la mayoría de nosotros tenemos un paradigma de felicidad personal. Ahora bien, no es malo querer ser feliz y tampoco es malo esforzarnos por la felicidad conyugal. Dios nos ha dado la capacidad de disfrutar y ha puesto cosas maravillosas a nuestro alrededor para que las disfrutemos. El problema no es que esta sea una meta errónea, sino que es una meta demasiado pequeña. Dios está trabajando en algo profundo, necesario y eterno.

Dios tiene un paradigma de santidad personal. No te dejes intimidar por este lenguaje. Estas palabras significan que Dios está obrando a través de nuestras circunstancias diarias para cambiarnos. En Su amor, Él sabe que no somos todo lo que fuimos creados para ser. Aunque sea difícil de admitir, todavía hay pecado dentro de nosotros, y ese pecado se interpone en el camino de lo que estamos destinados a ser y de lo que estamos diseñados para ser (y, por cierto, ese pecado es el mayor obstáculo de todos para un matrimonio de unidad, comprensión y amor).

Dios está usando las dificultades del aquí y el ahora para transformarnos, es decir, para rescatarnos de nosotros mismos. Y debido a que nos ama, interrumpirá o comprometerá deliberadamente nuestra felicidad momentánea a fin de dar un paso más en el proceso de rescate y transformación, al que está inquebrantablemente comprometido.

Cuando comenzamos a aceptar el paradigma de Dios, la vida cobra más sentido: las cosas que enfrentamos no son problemas irracionales, sino herramientas transformadoras. Y hay esperanza para nosotros y nuestros matrimonios, porque Dios está en medio de nuestras circunstancias y las está usando para moldearnos, dándonos la forma de lo que Él nos creó para que fuéramos. Cuando Él hace eso, no sólo respondemos mejor a la vida, sino que nos convertimos en personas mejores con las que convivir, lo que se traduce en mejores matrimonios.

Entonces, de una manera u otra, este mundo caído y lo que hay en él entrará por nuestras puertas, pero no debemos temer. Dios está con nosotros y está obrando para que estas dificultades den lugar a cosas buenas en nosotros y a través de nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Paul David Tripp
El Dr. Paul David Tripp (@PaulTripp) es pastor, conferencista y autor de numerosos libros, entre ellos What Did You Expect? [¿Qué esperabas?] y New Morning Mercies [Nuevas misericordias matutinas]. Es fundador y presidente de Paul Tripp Ministries.

El lugar de la ambición piadosa

El lugar de la ambición piadosa
Por Dan Dodds

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dame esta región montañosa… y los expulsaré». Estas son las palabras de Caleb a sus ochenta años, cuando los israelitas irrumpieron en la tierra prometida y se preparaban para enfrentarse a sus enemigos, palabras que fueron registradas en el libro de Josué (14:12). A la luz de los obstáculos frente a Caleb y los peligros que representaban, sería difícil pensar en él como algo menos que ambicioso.

Pero ¿eran buenas o malas las ambiciones de Caleb? Muy a menudo, la palabra ambición evoca la imagen negativa de los banqueros inversionistas de Wall Street racionalizando la codicia egoísta. O quizás uno podría encontrar la palabra impresa en un cartel motivacional con un escalador aferrado a la ladera de una montaña que intenta ascender. Pero ¿cuál de estas dos cosas es la ambición? ¿Es mala o debemos cultivarla en nosotros mismos y en nuestros hijos? ¿La Biblia promueve la ambición?

Cuando buscamos la palabra ambición en distintas versiones de la Biblia, la encontramos en varios pasajes como la traducción de diversas palabras griegas. La palabra ambición se emplea tanto en contextos positivos como negativos. Negativamente, Santiago condena a los que tienen «celos amargos y ambición personal» (Stg 3:14). Positivamente, Pablo expresa que tenía «Mi gran aspiración [ambición] siempre ha sido predicar la Buena Noticia» (Rom 15:20 NTV). La Biblia claramente reconoce tanto la ambición buena como la ambición mala. ¿Cómo podemos diferenciarlas?

Recordemos qué es la ambición. Según la definición del diccionario es simplemente un deseo de lograr un fin particular. Pero esta definición quizás es demasiado débil, ya que puede aplicarse a las decisiones de la vida cotidiana que no se considerarían ambiciosas. Así que, permíteme sugerir la siguiente definición de la ambición: deseo intenso que conduce a la disposición de superar obstáculos para lograr un fin particular. Hay dos observaciones importantes que hacer aquí. Primero hay que notar la relación entre el «deseo» y el «fin». En segundo lugar, observa que la definición también incluye las palabras «superar obstáculos» y «lograr», las cuales indican que se requerirá un cierto grado de esfuerzo y que se emplearán medios en el proceso. Consideremos cada una de estas observaciones con más detalle.

DESEOS Y FINES
Todos nosotros tenemos deseos: deseos de la mente y de la carne. Desear es un aspecto de ser una criatura, un producto de tener mente y cuerpo. El problema es que el pecado distorsiona esta relación de varias maneras. Primero, el pecado genera deseos (codicias, antojos, pasiones) por fines incorrectos. Es decir, nuestra naturaleza pecaminosa distorsiona nuestro pensamiento de tal manera que deseamos alcanzar fines que no agradan a Dios (Stg 4:1-3).

En segundo lugar, el pecado distorsiona la proporción de la relación deseo-fin, llevándonos a desear incluso los fines correctos con un deseo desproporcionado (un deseo débil por las cosas que son mejores y un deseo intenso por lo mediocre o trivial). Recuerda las palabras de Jesús a los fariseos en Mateo 23:23:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y estas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquellas.

Por esta razón, necesitamos que la Escritura nos recuerde una y otra vez que debemos renovar nuestras mentes para valorar lo que Dios valora y odiar lo que Dios odia. Debemos entrenar nuestra mente (y por lo tanto nuestras emociones) para amar lo que Dios ama. Observa Romanos 12:2 ―«Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto»― y el Salmo 37:4 ―«Pon tu delicia en el SEÑOR, y Él te dará las peticiones de tu corazón»―.

MEDIOS
La segunda parte de la definición de la ambición es el uso de medios para lograr los fines deseados. El pecado nos lleva a desvirtuar los medios revelados por Dios para lograr los fines; a menudo empleamos métodos pecaminosos para alcanzarlos. Sin embargo, los medios utilizados también deben estar de acuerdo con la Palabra de Dios. La Escritura está repleta de mandamientos y principios que nos guían en el uso de los medios, y nos dicen qué es lícito y qué no lo es. Incluso si el deseo es bueno y el fin agrada a Dios, no debemos emplear medios ilícitos para satisfacer ese deseo. Podríamos desear tener un hijo, y eso sería agradable a Dios, pero secuestrar al bebé de alguien como un medio para lograr este fin resultaría pecaminoso.

IMPLICACIONES DE LA AMBICIÓN PIADOSA
Entonces, juntemos estas observaciones y construyamos una perspectiva bíblica de la ambición. Primero, debemos tener ambiciones piadosas. Pablo se describe a sí mismo como ambicioso y nuestro Señor ciertamente fue ambicioso (según nuestra definición anterior) para cumplir Su llamado como Profeta, Sacerdote y Rey. En segundo lugar, la ambición piadosa requiere deseos que estén relacionados correctamente con fines justos. En tercer lugar, la ambición piadosa emplea medios justos para lograr esos fines. Pero ¿cómo desarrollamos una ambición piadosa?

DISCIPLINA, DEBER Y DESEO
Primero, debemos reconocer e implementar las herramientas que Dios nos da. Pablo escribe en 1 Timoteo 4:7: «Disciplínate a ti mismo para la piedad». Necesitamos entender que la disciplina tiene un papel en la vida de cada cristiano para que este supere la pereza y trabaje con el fin de crecer en la piedad.

En segundo lugar, está el deber. Muchos cristianos se estremecen cuando se menciona la palabra deber. Pero el deber debe entenderse como un medio para lograr un fin. El deber es la obediencia disciplinada con miras a desarrollar amor por lo que se practica. El deber es la práctica de deleitarse en lo que deleita a Dios hasta que experimentamos ese deleite verdadero. Mi esposa y yo hemos asignado quehaceres a nuestros hijos, y a menudo se resisten a hacerlos, pero nuestro objetivo es ayudarlos a desarrollar amor por el orden y el trabajo, de tal manera que el deber subyacente les resulte secundario. La disciplina y el deber son caminos hacia el deleite.

IDENTIDAD Y AMBICIÓN CRISTIANA
Otra manera de crecer en la ambición piadosa es que los cristianos comprendan su identidad, su posición y su propósito.

En cuanto a su posición, todo cristiano debería tener un entendimiento bíblico y claro de la naturaleza de su ciudadanía en el Reino de Dios. Entender que somos hijos del Creador y que estamos en pacto con Él es fundamental para comprender quiénes somos. Reflexionar en las prioridades del Reino y el juicio final nos ayudará a forjar una ambición piadosa.

Además de comprender quiénes somos (posición), necesitamos saber por qué somos (propósito). Al principio de la creación, Dios les dice a Adán y Eva lo que deben hacer; a eso lo llamamos el mandato de la creación (Gn 1:28). Estamos llamados a ser fructíferos y multiplicarnos. Lamentablemente, muchos de los que profesan a Cristo han menoscabado la responsabilidad de casarse y tener hijos. En la cultura moderna, ambas cosas se consideran difíciles e incluso contraproducentes para la libertad y el gozo personal. Pero los que buscan cumplir su destino autodesignado en oposición a los propósitos originales de Dios cuando creó la humanidad son como un tren que quiere liberarse de sus rieles. Como cristianos, debemos resistir esta corriente y considerar el matrimonio como un regalo de Dios. A menos que tengamos el llamado excepcional a la soltería específicamente por causa del ministerio, debemos tener la ambición de casarnos, tener hijos y criar familias piadosas.

El mandato de ejercer dominio sobre el planeta aborda el tema de la vocación, del llamado. ¿Consideras que de alguna manera tu trabajo forma parte de ese mandato? Deberías considerarlo así si es un trabajo legítimo. Y cuando en verdad ves tu trabajo como parte del plan de Dios, de Su panorama general, entonces tu ambición de hacer las cosas bien y tener éxito debería crecer.

Los mandatos anteriores se relacionan con la familia y el ámbito civil, pero Dios además nos colocó en la Iglesia. Al hacerlo, también nos prescribe el papel que debemos desempeñar en nuestro llamamiento como hermanos y hermanas. Dios le da dones espirituales a cada creyente (Rom 12; 1 Co 12; Ef 4; 1 Pe 4), mediante los cuales nos ministramos los unos a los otros. También se nos ha dado el mandato de ir al mundo, proclamar el evangelio (Mr 16:15) y hacer «discípulos de todas las naciones» (Mt 28:19). Ambos énfasis, el del ministerio interno en la Iglesia y el de la proclamación externa al mundo, son esenciales para la ambición y la práctica cristiana piadosa.

Pablo escribió en 2 Corintios 5:9: «Ya sea presentes o ausentes, ambicionamos serle agradables». Que esto también sea cierto de nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

Busca la perfección con realismo sobrio

Busca la perfección con realismo sobrio
Por Mike Pohlman

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Durante un vuelo que hice a Dallas hace poco, disfruté la lectura de la última edición de American Way, la revista mensual de American Airlines. En este número en particular, la historia de la portada era sobre Lexi Thompson, la golfista fenomenal. Sus comentarios sobre las razones por las que ama el golf fueron sorprendentes: «Todos los días, me despierto y hay algo diferente en mi juego: mi swing, el clima. Eso es lo que pasa con el golf. Siempre es un desafío cada vez que te levantas. Por eso me incliné hacia él. Lo que me motiva es que nunca puedes llegar a la perfección».

Lo que Thompson reconoce con respecto al golf podemos aplicarlo a la vida cristiana. En efecto, lo que nos hace seguir adelante, lo que nos hace seguir esforzándonos por crecer en la santidad práctica, es que nunca llegaremos a la perfección en la vida cristiana de este lado del cielo. Siempre se puede mejorar.

UN DESEO DE PERFECCIÓN DADO POR DIOS
Los seres humanos tenemos un deseo inherente por la perfección. Después de todo, fuimos creados a imagen de Dios (Gn 1:26-27) y se nos ha dado el mandamiento de ejercer dominio sobre la tierra para su mejoramiento (v. 28). Tanto lo que somos como lo que hemos sido llamados a hacer crean un deseo por alcanzar la excelencia en todas las cosas. Y el cristiano siente este impulso con intensidad, en vistas del mandamiento de nuestro Señor en Mateo 5:48: «Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». El apóstol Pablo hace eco de esto cuando escribe en 1 Corintios 10:31: «Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». Por lo tanto, buscar la perfección no es algo inherentemente malo. Sin embargo, el afán por la perfección puede desvirtuarse si no se atenúa con un realismo bíblico respecto a la caída y sus consecuencias.

RUINAS GLORIOSAS
Una de las consecuencias trágicas de la caída es que la perfección en esta vida es imposible. De muchas maneras, vemos todos los días cómo los seres humanos «no alcanzan la gloria de Dios» (Rom 3:23). Esto también es cierto para el cristiano. Nos reflejamos en el apóstol Pablo cuando se lamenta: «Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago» (Rom 7:15). Pablo sabe que esta vida está marcada por una lucha constante contra el pecado que mora en nosotros.

El apóstol Juan piensa lo mismo cuando escribe a los cristianos:

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros (1 Jn 1:8-10).

Juan es claro: los que dicen que no tienen pecado no solo se engañan a sí mismos, sino que también hacen a Dios mentiroso, demostrando así que la Palabra de Dios no está en ellos. Los cristianos viven una vida de vigilancia contra el pecado remanente hasta el día en que el pecado no exista más.

El puritano John Owen, en su obra clásica La mortificación del pecado, describe lo que requiere la vida cristiana: «Aun los mejores cristianos, aquellos que con toda seguridad han sido liberados del poder condenatorio del pecado, tienen que ocuparse todos los días en mortificar el poder remanente del pecado». Owen ve la mortificación como la labor de nuestra vida; debe hacerse «todos [nuestros] días» porque no alcanzaremos la perfección de este lado del cielo.

NUEVA CRIATURA EN CRISTO
Aun cuando la Biblia es clara en que la perfección no es posible en esta vida, la Palabra de Dios es igualmente clara en cuanto a que los cristianos deben crecer en la piedad. La razón teológica de esto último guarda estrecha relación con lo que sucede en la regeneración: somos hechos nuevas criaturas en Cristo. Esta es la verdad asombrosa que Pablo declara en 2 Corintios 5:17: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas».

Ser una nueva criatura es la biografía de todo cristiano. Es una promesa para todos los que están «en Cristo», es decir, unidos mediante la fe al Señor resucitado y exaltado. El término «nueva criatura» conlleva la idea del poder creativo y soberano de Dios. Pablo se refirió a esta idea anteriormente, cuando aludió al poder de Dios al crear la luz y formar al cristiano: «Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo» (2 Co 4:6).

Lo que aprendemos es que el cristianismo no es un ajuste moral. No se trata simplemente de quitarnos de encima nuestro viejo yo, como si solo estuviéramos sucios. En última instancia, el cristianismo no se trata de nuevos hábitos o una nueva perspectiva, aunque incluye esas cosas. El cristianismo se trata de una transformación completa y exhaustiva; nada menos que de una nueva creación.

El cristiano es alguien que ha experimentado la promesa del nuevo pacto de Ezequiel 36: 26-27, donde Dios proclama lo que se cumplirá en Cristo por medio del Espíritu:

Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas.

Los cristianos hemos recibido un corazón nuevo e incluso al Espíritu de Dios para que ahora «andemos en novedad de vida» (Rom 6:4).

El apóstol dice que «las cosas viejas pasaron». En la cruz de Cristo tenemos el fin del antiguo pacto, como también el fin de la vida vieja de los que ahora están en Cristo. Nuestra antigua vida carnal, egocéntrica e impía ha sido crucificada.

Y como las cosas viejas pasaron, nuestro objetivo es «dar muerte» a todo lo que perteneció a esa vida vieja:

Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó (Col 3:5-10).

El cristiano es alguien que hace un inventario constante de su vida y se pregunta: «¿Qué hay en mi vida a lo que debo dar muerte?». Una vez que identificamos algo, nos resolvemos a matarlo. De hecho, movilizamos todos los medios de gracia a nuestra disposición y libramos la batalla contra el pecado en nuestras vidas.

No obstante, la vida cristiana no se trata solo de las cosas que pasaron; también se trata de lo nuevo que ha venido. En 2 Corintios 5:17, Pablo dice que ha sucedido una renovación impresionante. Ahora, aunque sea muy débilmente, estamos comenzando a mostrar en nuestras vidas los colores radiantes de la semejanza a Cristo. En el poder del Espíritu Santo, comenzamos a «revestirnos» de la semejanza a Cristo:

Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad (Col 3:12-14).

Es cierto que no seremos perfectos en esta vida. La vida en un mundo caído significa que no estaremos totalmente libres del pecado en este lado del cielo. Pero esta verdad no nos lleva a la desesperación. Como cristianos, hemos sido unidos a Cristo por medio de la fe y se nos ha dado el Espíritu Santo. Por eso, «ambicionamos serle agradables» (2 Cor 5:9). E incluso aunque a veces tropezamos y flaqueamos, nos regocijamos con Pablo en 2 Corintios 2:14: «Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Mike Pohlman
El Dr. Mike Pohlman es profesor asistente de predicación cristiana en el Southern Baptist Theological Seminary y pastor principal de la Cedar Creek Baptist Church en Louisville, Kentucky.

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios.

Serie: Perfeccionismo y control

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios
Por Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dios es verdaderamente soberano, y yo soy verdaderamente responsable de vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. Él sostiene todas las cosas con la diestra de Su justicia (Is 41:10; Heb 1:3), y lo que yo hago con mis manos importa (Mt 5:30). Una cosa es afirmar que la soberanía de Dios y la responsabilidad humana son enseñanzas bíblicas, pero ¿cómo vivimos fielmente estas verdades de manera equilibrada en la vida diaria?

La realidad es que vivimos constantemente en la tensión empírica entre la soberanía de Dios y nuestra responsabilidad, entre el llamado a confiar y el llamado a actuar. Aquí hay un ejemplo trivial: configuré mi alarma para que me despertara esta mañana. Probablemente no juzgues eso como un acto de desconfianza total de la providencia de Dios. Hice planes. No asumí que Dios me despertaría sobrenaturalmente a las 5:30 a.m. Ese no fue un acto de incredulidad, sino una aceptación sabia de los medios secundarios. Por el otro lado, dependí de Dios para que me diera un sueño de calidad, mantuviera mi vida mientras dormía y conservara la precisión mecánica de mi despertador y la red eléctrica que lo alimenta. Estoy llamado a vivir en un mundo donde Dios es soberano y mis acciones en verdad importan.

¿PODER, PRESUNCIÓN O PRUDENCIA?
Pero es fácil desequilibrarse y pasar al «modo poder» o al «modo presunción». En el modo poder, nos hacemos cargo de nuestras vidas como si la responsabilidad humana fuera la totalidad de la ecuación. La planificación excesiva es común en este escenario. Hay una ausencia funcional de un Dios soberano; desde luego, reconocemos la soberanía de Dios, pero en la práctica no afecta nuestra vida diaria. Por el otro lado, hay un énfasis excesivo en las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la ansiedad, el miedo, el control excesivo, la responsabilidad excesiva, el perfeccionismo y la ira. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de nosotros.

En el modo presunción, soltamos nuestras vidas como si la soberanía de Dios fuera la totalidad de la ecuación. Es común que haya poca o nula planificación. Aquí hay un énfasis exacerbado en la soberanía de Dios, pero una ausencia funcional de las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la pereza, la pasividad, el estoicismo, el fatalismo y la indecisión. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de Dios.

Las Escrituras se mantienen alejadas de ambos extremos. No estamos llamados a vivir en nuestro propio poder ni con presunción. La Palabra de Dios ofrece una alternativa: la prudencia. La prudencia implica una planificación sabia y abundante en oración. Se caracteriza por una visión sólida de la soberanía y la providencia de Dios: Él es responsable. Además, mantiene un énfasis adecuado en las causas secundarias: yo también soy responsable. Vemos este énfasis dual en toda la Biblia. Una y otra vez, la Escritura nos llama a confiar en el cuidado providencial de Dios y a planificar bien y trabajar duro en varias esferas de la vida. Quiero profundizar en un área específica: la provisión material para nosotros y nuestras familias mientras confiamos nuestras labores al cuidado del Señor.

LA PROVISIÓN MATERIAL
Un aspecto inherente de nuestro papel como portadores de la imagen de Dios es que participamos en trabajos significativos. Dios plantó el huerto del Edén, pero Adán debía cultivarlo y cuidarlo (Gn 2:8, 15). Si bien la caída hizo que el trabajo fuera fatigoso (3:17-19), trabajar para mantenernos a nosotros mismos, a nuestras familias y a otras personas en necesidad sigue siendo una norma para nosotros.

Incluso en el desierto, cuando Dios proveyó maná de manera milagrosa para los israelitas, ellos estaban llamados a recogerlo y prepararlo todos los días de acuerdo con Su voluntad y mandamientos revelados (Ex 16). Recogían lo suficiente para cada día todas las mañanas, excepto el sexto día, cuando Dios proveía una porción doble porque debían descansar el séptimo día. Los que desconfiaron de la provisión de Dios (ya sea tratando de guardar algo de maná durante la noche en un día laboral o saliendo a recogerlo el día de reposo) experimentaron la reprensión de Dios. Dios proveyó soberanamente, y el pueblo respondió en la obra práctica de la obediencia, administrando lo que Él proveyó. Nuestro trabajo es importante, pero está basado en la obra providencial de Dios.

En nuestro papel como mayordomos, Dios nos advierte sobre la pereza que conduce a la pobreza (Pr 6:6-11), nos dice que trabajemos tranquilamente y nos ganemos la vida (1 Tes 4:11-12; 2 Tes 3:6-12) y nos exhorta a proveer para los miembros de nuestra casa (1 Tim 5:8) y los necesitados (Ef 4:28). Incluso el apóstol Pablo trabajó duro como fabricante de tiendas a fin de no ser una carga para sus iglesias incipientes (Hch 18:3; 1 Tes 2:9).

Al mismo tiempo, Dios llama a Su pueblo a recordar que Él es Su proveedor supremo. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, la provisión milagrosa de Dios se detuvo y debieron hacer el trabajo de cultivar la tierra (Ex 16:35). Sin embargo, Dios advirtió: «No sea que digas en tu corazón: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza”. Pero acuérdate del SEÑOR tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas» (Dt 8:17-18). Solo podemos lograr lo que Él nos permite (Sal 127:1-2). Además, Jesús nos recuerda que no debemos estar ansiosos por las provisiones materiales porque el Padre cuida de nosotros, conoce nuestras necesidades y ya nos ha dado el mayor regalo de todos: Su Reino (Lc 12:22-32). Como resultado, Jesús nos anima a ser generosos con nuestras posesiones materiales, confiando en la provisión de nuestro Padre (vv. 33-34).

Por lo tanto, es correcto considerar las necesidades materiales de nuestra familia, presupuestar de acuerdo a ellas y trabajar diligentemente. Abre un plan de ahorro universitario si puedes. Aparta dinero en una cuenta de jubilación individual. Ahorra para el techo nuevo o la remodelación de la cocina. Pero, por otro lado, no acumules tus posesiones de manera autoprotectora, impulsado por el orgullo, el miedo o la codicia, como se describe en la parábola del rico necio relatada por Jesús (vv. 13-21).

PLANIFICA BIEN Y SÉ FLEXIBLE
Dios no nos llama a vivir en nuestro propio poder ni presumiendo neciamente de Su providencia, sino en una prudencia sabia y equilibrada. Haz planes, pero sé flexible. Vive de acuerdo con la voluntad revelada de Dios, encomendándote a ti y a tus seres queridos a Sus planes soberanos. Santiago 4:13-15 refleja bien esta dinámica:

Oigan ahora, ustedes que dicen: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

Debemos esperar que, en ocasiones, Dios cambie drásticamente nuestros planes y seamos llamados a someternos humildemente a Sus propósitos amorosos y buenos.

¿Cómo puedes saber si estás perdiendo el equilibrio? Primero, busca la sobrecarga de tu corazón: las tentaciones y los estilos de vida específicos que mencioné anteriormente, asociados con un énfasis excesivo en la responsabilidad humana o en la soberanía de Dios. En segundo lugar, presta atención a tu vida de oración. Si es anémica, estás diciendo (funcionalmente, al menos) que tu propia planificación y acciones son lo que en realidad importa (modo poder) o que en verdad no importa lo que hagas (incluso en la oración) porque Dios simplemente hará lo que hará (modo presunción).

Lo que hacemos importa. En ningún caso presuponemos que Dios obrará al margen de nuestra agencia. Al contrario, considerando nuestros propios planes con humildad, reconocemos que: «Muchos son los planes en el corazón del hombre, mas el consejo del SEÑOR permanecerá» (Pr 19:21). Solo Él puede decir: «Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá» (Is 14:24). Y esa es una buena noticia. Los propósitos soberanos e infalibles de Dios nos dan libertad y valor para soñar, hacer planes, trabajar duro, fracasar con valentía, triunfar humildemente y volver a buscar Su rostro.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Mike Emletpropo
El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation Fundación de Consejería y Educación Cristiana. Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].