Por L. Michael Morales
Serie:Ā Jesucristo, y este crucificado
Nota del editor: Ā Este es el cuarto capĆtulo en la serie de artĆculos deĀ Tabletalk Magazine:Ā Jesucristo, y este crucificado
En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias mĆ”s bajas de la clase criminal, sino que tambiĆ©n estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximĆa a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judĆa, la crucifixión se veĆa a travĆ©s del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un Ć”rbol es maldecido por Dios (ver tambiĆ©n Gal 3:13). Dada tal realidad, Āæcómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada mĆ”s sino Ā«a Jesucristo, y este crucificadoĀ» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir pĆŗblicamente a JesĆŗs como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada mĆ”s excepto Ā«en la cruz de nuestro SeƱor JesucristoĀ» (6:14)?
La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabidurĆa, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. DespuĆ©s de la resurrección de JesĆŗs y el derramamiento de Su EspĆritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las pĆ”ginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial habĆa sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 ā 10:18). Las categorĆas del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino mĆ”s bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su mĆ”s alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).
Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de JesĆŗs en la cruz como el Ćŗnico sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de JesĆŗs nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de JesĆŗs, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos mĆ”s profundamente al ver sus raĆces en los sacrificios del Antiguo Testamento.
EXPIACIĆN La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En LevĆtico 17:11, el SeƱor declaró que puesto que Ā«la vida de la carne estĆ” en la sangreĀ», le habĆa dado a Israel la sangre sobre el altar Ā«para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiaciónĀ», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada mĆ”s notablemente a travĆ©s de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, habĆa sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por asĆ decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.
En esencia, el dĆa de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este dĆa de otoƱo, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre tambiĆ©n se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernĆ”culo, para que Ćl pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.
La ofrenda Ćŗnica por el pecado del dĆa de la expiación implicaba dos machos cabrĆos. DespuĆ©s de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrĆo era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre Ć©l. Llevando sobre sĆ la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrĆo era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que Ā«como estĆ” de lejos el oriente del occidente, asĆ alejó de nosotros nuestras transgresionesĀ» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecĆa a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabrĆos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de JesĆŗs, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el EspĆritu a aquellos que confĆan en Ćl, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran mĆ”s que una muestra de cómo Ćl llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aĆŗn mĆ”s que Ćl soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.
PROPICIACIĆN La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto asĆ que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado Ā«el altar del holocaustoĀ» (Ex 30:28).
El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en GĆ©nesis 6 ā 9. Al principio se nos dice que el SeƱor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció Ā«en su corazónĀ» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impĆos mientras salvaba a NoĆ© y a su familia. AsĆ que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no habĆa sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que NoĆ©, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye caracterĆsticas humanas a Dios, la narración describe al SeƱor oliendo Ā«el aroma agradableĀ» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volverĆa a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a NoĆ©. Como incienso aromĆ”tico, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Ćl, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. MĆ”s tarde, a travĆ©s de MoisĆ©s, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servĆan para abrir y cerrar cada dĆa, de modo que todos los demĆ”s sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.
El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La caracterĆstica que es Ćŗnica de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriĆ©ndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al SeƱor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida asĆ, vivida solo por JesĆŗs, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.
JesĆŗs cumplió el sistema de sacrificio levĆtico solo porque se ofreció a SĆ mismo a Dios en la cruz como Aquel que habĆa cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en GetsemanĆ, Ćl habĆa orado: Ā«Padre mĆo⦠no sea como yo quiero, sino como tĆŗ quierasĀ» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de JesĆŗs, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el EspĆritu y a travĆ©s de la cruz, satisfizo la ira de Dios.
Debido a que el sufrimiento de JesĆŗs fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cĆ”lidos rayos del favor del Padre Ćŗnicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a travĆ©s de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. AquĆ, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos Ā«amó y se dio a sĆ mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aromaĀ» (Ef 5:2).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. L. Michael Morales El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bĆblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Ćl es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?