Éxodo 28 | Juan 7 | Proverbios 4 | Gálatas 3

17 MARZO

Éxodo 28 | Juan 7 | Proverbios 4 | Gálatas 3

Por encima de todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

(1) En el simbolismo occidental contemporáneo, el corazón es la sede de las emociones: por ejemplo, “te amo con todo mi corazón”. Sin embargo, en el mundo de símbolos de las Escrituras, el corazón engloba la totalidad de la persona. Es un concepto más cercano a lo que denominamos “mente”, aunque en nuestro idioma este término tiene un matiz quizás demasiado cerebral.

(2) Por tanto, “cuida tu corazón” significa algo más que “cuidado con lo que amas o a quién amas”. Podría ser algo como: “Ten cuidado con lo que atesoras, con aquello sobre lo cual depositas tus afectos y pensamientos”.

(3) El “corazón”, en este uso, es la fuente de la vida. Dirige el resto de la vida. Lo que ocupe nuestra mente y nuestras emociones determinará dónde vamos y qué hacemos, pudiendo contaminar toda nuestra vida. Las imágenes son muy elocuentes en esta parte de Proverbios porque los siguientes versículos mencionan otros órganos: “Aleja de tu boca la perversidad; aparta de tus labios las palabras corruptas. Pon la mirada en lo que tienes delante… Allana todos tus caminos” (4:24–26, cursivas añadidas). No obstante, ante todo, guarda tu corazón, “porque de él mana la vida”. Es la fuente de todas las cosas de una forma que, digamos, los pies no son. Jesús emplea en muchas ocasiones estas mismas imágenes: “Camada de víboras, ¿cómo podéis vosotros que sois malos decir algo bueno? De la abundancia del corazón habla la boca. El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón saca el bien, pero el que es malo, de su maldad saca el mal” (Mateo 12:34–35, cursivas añadidas). Así pues, guardad vuestro corazón.

(4) Esta obligación debe tener suma importancia: “Por encima de todas las cosas, cuida tu corazón”. Podemos ver por qué. Si el corazón no es sino el centro de toda nuestra personalidad, debemos preservarlo. Si nuestra religión es únicamente externa, mientras el “corazón” bulle lleno de egoísmo, ¿qué tiene de bueno la misma? Si nuestro corazón busca con ahínco cosas secundarias (no necesariamente lascivas), desde una perspectiva cristiana pronto estaremos centrados únicamente en lo secundario. Soñar con poseer algo, o anhelar cierto salario o reputación, acaba alterando la forma que debe tener nuestra vida. Sin embargo, si sobre todo lo demás, somos conscientes de que nuestra obligación es guardar el corazón, hacerlo influirá en lo que leemos, en cómo oramos, en cómo invertimos nuestro tiempo. Provocará que examinemos nuestro interior y confesemos, que nos arrepintamos y tengamos fe, transformando así el resto de nuestra vida.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 76). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 27 | Juan 6 | Proverbios 3 | Gálatas 2

16 MARZO

Éxodo 27 | Juan 6 | Proverbios 3 | Gálatas 2

Proverbios 3 contiene varios textos muy conocidos. Muchos cristianos han recibido el consejo de no ser sabios en su propia opinión (3:7). El pasaje que asemeja la disciplina de los creyentes por parte del Señor a la que un padre ejerce sobre los hijos que ama (3:11–12) se repite en el Nuevo Testamento (Hebreos 12:5–6). Crecí en un hogar cristiano y en muchas ocasiones me dijeron: “Dichoso el que halla sabiduría, el que adquiere inteligencia… [La sabiduría] es más valiosa que las piedras preciosas: ¡ni lo más deseable se le puede comparar!” (3:13, 15). Sabiduría es el plan de Dios o los medios personificados por los que establece todo el orden creado (3:19–20).

Sin embargo, el más importante debe ser 3:5–6, presente en la pared de muchos hogares y aprendido por innumerables generaciones en la escuela dominical: “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas”. Obsérvese:

(1) La primera parte de este texto familiar ataca a la independencia como raíz de todo pecado. Nuestro propio entendimiento es insuficiente y frecuentemente sesgado. El único camino correcto es confiar en el Señor. Esta confianza en él no es un subjetivismo etéreo, sino la clase de compromiso total (“de todo corazón”, dice Salomón) que abandona las perspectivas centradas en uno mismo por las del Señor. En el contexto de la religión bíblica, eso significa aprender a conocer cuál es la voluntad de Dios y obedecerla independientemente de que sea o no lo que “está de moda” hacer. Lejos de ser una petición de dirección subjetiva, esta confianza en el Señor implica meditar en su palabra, guardarla en el corazón, aprender a pensar como Dios, precisamente de forma que uno no se apoye en su propio entendimiento. Se exigió a Josué que aprendiese esta lección al principio de su liderazgo (Josué 1:6–9). Los reyes de Israel también debían hacerlo (Deuteronomio 17:18–20), pero raramente cumplían con ello.

(2) El segundo pareado, “Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas”, exige algo más que la aceptación de que Dios existe y lo controla todo en su providencia. Significa que debemos admitir ante él que sus caminos, sus leyes y su carácter moldean nuestras decisiones y dirigen nuestra vida. Reconócelo, pues, en todos los caminos, en todas las dimensiones de la vida, no solo en un pequeño ámbito religioso. La alternativa es renegar de Dios.

Así pues, el segundo pareado es esencialmente análogo al primero. El resultado es una vida recta, dirigida por el propio Dios.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 75). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 26 | Juan 5 | Proverbios 2 | Gálatas 1

15 MARZO

Éxodo 26 | Juan 5 | Proverbios 2 | Gálatas 1

Proverbios 2 es quizás el texto que deja más claro que el antónimo de la sabiduría del Antiguo Testamento es el pecado.

Salomón se dirige a su “hijo”. Puede tratarse de su hijo inmediato y heredero al trono, o de una referencia más general. Salomón quiere que su hijo “guarde” los mandamientos de su padre, que vuelva su oído a la sabiduría y su corazón al entendimiento (2:1–2). Si hace de ello su pasión, entonces (le dice Salomón) “comprenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios. Porque el Señor da la sabiduría; conocimiento y ciencia brotan de sus labios” (2:5–6). Esa búsqueda de la sabiduría no volverá a la persona maliciosa ni astuta en el sentido negativo de la palabra. Todo lo contrario: “Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la equidad y todo buen camino; la sabiduría vendrá a tu corazón, y el conocimiento te endulzará la vida. La discreción te cuidará, la inteligencia te protegerá. La sabiduría te librará del camino de los malvados, de los que profieren palabras perversas” (2:9–12).

Deberíamos reflexionar un poco sobre esta forma de entender la sabiduría. Los cínicos pueden decir de forma condescendiente que esta visión de la misma es demasiado limitada. No es sino el beneficio parroquial de las personas religiosas. En nuestro mundo, la sabiduría auténtica se relaciona frecuentemente con el tipo de “mundanalidad” que pulula cómodamente, y con la misma ausencia de compromiso, entre secularistas, cristianos, budistas, musulmanes y paganos, tomando un poco de cada grupo, rechazando otras cosas, todo en nombre de la sabiduría cosmopolita. Como alternativa, esta puede vincularse con la inteligencia necesaria para dirigir una gran corporación o abrirse camino en los negocios o las artes. No tiene nada que ver necesariamente con la religión.

No debemos despreciar en absoluto un regalo como la inteligencia, pero, por sí misma, esta “sabiduría” se consideraría insensatez absoluta según el punto de vista de la Biblia. Desde la perspectiva de Dios, ¿qué beneficio hay en conseguir la ovación de una cultura que reniega del Señor? Jesús dice: “¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma? ¿O qué se puede dar a cambio del alma?” (Marcos 8:36–37). Si este es el universo de Dios, si él es nuestro Hacedor y Juez, ¿por qué iba a calificarse como “sabia” cualquier cosa que le ignore, en esta tierra o más allá de ella? ¿Cuánto menos si cae en acciones y actitudes prohibidas por él? Lejos de ser limitada o demasiado religiosa, la sabiduría del Antiguo Testamento es, para los cristianos, que conocen al Dios viviente, la única visión de la misma que tiene sentido. Cualquier otra postura es bastante triste y frecuentemente egoísta.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 74). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 25 | Juan 4 | Proverbios 1 | 2 Corintios 13

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Éxodo 25 | Juan 4 | Proverbios 1 | 2 Corintios 13

Antes de embarcarnos en Proverbios 1, debo decir algo acerca de la “sabiduría” en el Antiguo Testamento. Para nosotros, este término se refiere a algo parecido a la sagacidad. La persona sabia es perspicaz, perceptiva, incluso astuta, capaz de aplicar su conocimiento a personas y circunstancias diversas. Podemos entender por qué T. S. Eliot, en una de sus reflexiones más clarividentes de la era digital, preguntaba dónde está la sabiduría, ahora que se ha perdido en el conocimiento, y dónde se encuentra este, ahora que se ha perdido en la información.

Sin embargo, la sabiduría del Antiguo Testamento, aunque su significado se solape en ocasiones con su uso moderno, tiene sabor propio. Por un lado, se trata de un concepto amplio que engloba la estructura de todas las cosas en el universo de Dios, tanto la sustancia como las relaciones, incluso antes de que nada existiese (cf. 8:22). La gloria de Dios se manifiesta en esa sabiduría; puede hacerlo incluso en su decisión de ocultarla (25:2). No obstante, por otra parte, la sabiduría del Antiguo Testamento es simplemente una habilidad de un tipo u otro. (1) Puede ser la de sobrevivir, razón por la que se dice que las hormigas o los lagartos son extremadamente sabios (30:24–28); (2) la de llevarse bien con las personas, lo que llamamos “habilidades sociales”, tener buena relación con amigos, jefes, gobernantes, esposa y, sobre todo con Dios. Podemos atisbar intuitivamente la conexión entre esta “sabiduría” o habilidad prácticas y la sabiduría fundamental, esto es, cómo son realmente las cosas en el universo de Dios. Este uso del término es sorprendentemente común en Proverbios. (3) Puede referirse a alguna habilidad técnica (Éxodo 28:3). En la visión actual del concepto, uno puede tener “sabiduría” para mover un torno, programar una computadora o confeccionar una bella prenda. Una de estas habilidades prácticas, que se solapa con la segunda entrada, es la administrativa, la sabiduría administrativa, que incluye el discernimiento judicial. No solo implica la mecánica de la gestión, sino ser capaz de escuchar atentamente y llegar hasta la raíz de un asunto (por ejemplo, Deuteronomio 1:15). Esta fue, por supuesto, la “sabiduría” por la que oró Salomón (1 Reyes 3), la que caracteriza al Mesías (Isaías 11:2).

Por tanto, los proverbios de este libro se establecen “para adquirir sabiduría y disciplina; para discernir palabras de inteligencia; para recibir la corrección que dan la prudencia, la rectitud, la justicia y la equidad” (1:2–3). De ahí que lo contrario a sabiduría no sea sólo “necedad” en un sentido intelectual, sino entendida como llena de pecado. Así pues, se exhorta al “hijo” de este capítulo a obedecer las instrucciones de sus padres (1:8) o, de forma más general, a buscar la sabiduría (1:20ss.); la alternativa es ser atraído por los pecadores hacia otro camino (1:10ss.)

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 73). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 24 | Juan 3 | Job 42 | 2 Corintios 12

13 MARZO

Éxodo 24 | Juan 3 | Job 42 | 2 Corintios 12

Tres reflexiones sobre Job 42:

(a) La respuesta de Job al Señor (42:1–6) no es “Ahora lo comprendo. He entendido”, sino un arrepentimiento total. Incluso resume el razonamiento que Dios le hizo: “’¿Quién es este’, has preguntado, ‘que sin conocimiento oscurece mi consejo?” (42:3). Sin una sola muestra de justificación de sí mismo, Job responde: “Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas” (42:3). Ahora, está seguro de que ninguno de los planes de Dios puede desbaratarse (42:2). De hecho, su enorme revelación de sí mismo en palabras a Job ha manifestado tanto de él que Job contrasta lo que ve en el presente con lo que sólo había oído de él en el pasado, lo que nos recuerda, por supuesto, que Dios nos permite “verle” en muchas ocasiones a través de sus palabras en las Escrituras. “Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza” (42:6). No quiere decir que los tres amigos tuviesen razón después de todo. Job no está aceptando ahora esa gran culpa secreta que presumiblemente le provocó su sufrimiento, sino la derivada de exigir a Dios una explicación minuciosa.

(b) Dios perdona a los tres amigos por todas las falsedades que dijeron sobre él gracias a la intercesión de Job (42:7–9). Este hecho se ajusta notablemente al delito: han estado condenando a Job, pero sólo las oraciones de este bastarán para su propio perdón. Las cosas erróneas que han dicho acerca de Dios (42:7, 8) únicamente pueden proceder de su teología simplista de la contraprestación según méritos. No han dado lugar al misterio y la grandeza; de forma implícita, no han permitido la gracia.

(c) El relato acaba con una gran vindicación de Job. Dios restaura su riqueza (y la dobla), le da una nueva familia, recuperando e incrementando el honor que disponía. Muchos críticos contemporáneos encuentran esto fantasioso, o incluso creen que puede tratarse de un final secundario que algún necio editor ha añadido al final para sumar matices al libro. Este escepticismo está profundamente equivocado. Una de las principales enseñanzas del libro es que al final el pueblo de Dios será vindicado. El Señor es justo. De forma parecida, no se pide a los cristianos que acepten el sufrimiento sin vindicación, ni la muerte y la negación de sí mismos sin la promesa del cielo. El mal puede resultar misterioso ahora, pero no triunfará. No somos masoquistas espirituales que solo se satisfacen con sufrimiento. Si existe un sentido en el que nos deleitamos en el sufrimiento, es porque seguimos al Señor Jesús, que sufrió. Ni siquiera él lo hizo. El pionero y perfeccionador de nuestra fe fue aquel “quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hebreos 12:2, cursivas añadidas). Por tanto, “corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 72–73). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 23 | Juan 2 | Job 41 | 2 Corintios 11

12 MARZO

Éxodo 23 | Juan 2 | Job 41 | 2 Corintios 11

Del mismo modo que los tres capítulos anteriores, gran parte de Job 41 tiene el propósito de abrir los ojos de Job ante sus limitaciones. Si él admite que no conoce y no puede hacer lo que Dios sí, quizás deje de acusar al Señor tan a la ligera.

Un versículo, Job 41:11, exige una reflexión más detenida. Dios habla: “¿Quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay bajo los cielos!”.

¿Ante la acusación, la inmunidad de Dios se basa únicamente en su poder? Podemos imaginarnos al ciudadano más insignificante de la Alemania nazi intentando demandar a Hitler, y la contundente respuesta de este: “¿Quién tiene alguna cuenta que cobrarme? ¡Mío es todo cuanto hay en el Tercer Reich! “. Viniendo de Hitler, estas palabras hubiesen constituido una declaración claramente inmoral. ¿Por qué iba Dios a utilizar entonces un argumento así?

En primer lugar, si esta fuese la única declaración que Dios hace de sí mismo, no sería muy buena. Sin embargo, se produce dentro del contexto del libro de Job y del más amplio del canon de las Escrituras. Dentro del libro de Job, este y Dios están de acuerdo en algo: ambos reconocen en última instancia que el Señor es justo. Job no es un escéptico moderno que busca razones para rechazar al Todopoderoso. Dios no es Hitler. Si ambos coinciden en que el Señor es justo, Job debe comprender también en algún momento que este no es un igual al que él pueda llevar ante un tribunal. La confianza en Dios es más importante que intentar justificarse ante él, por muy justo que se haya sido.

En segundo lugar, dentro del contexto del canon completo, Dios ha hecho gala repetidamente de su paciencia con la raza humana, que le ha desafiado constantemente rebelándose. Él es el Dios que podría habernos destruido a todos con perfecta santidad, que ha demostrado en diversas ocasiones su terrible potencial para el juicio (el diluvio, Sodoma y Gomorra, el exilio de su propio pueblo del pacto). Sobre todo, a pesar de la insistencia de la Biblia en que Dios tenía derecho a condenar a todos, él es quien envía a su propio Hijo a morir y dar lugar a una nueva humanidad redimida.

En tercer lugar, dentro de estos marcos, Job 41:11 constituye un recordatorio saludable de que no somos independientes. Incluso si el Señor no fuese el Dios sumamente bueno que es, no habría vuelta atrás. Le pertenecemos; el universo le pertenece; toda la autoridad, las ramas del gobierno divino, el poder judicial absoluto son suyos. No se le puede juzgar desde ningún lugar. Pretender lo contrario es inútil; peor aún, forma parte de la rebelión de nuestra raza contra Dios, imaginando que él nos debe algo o que estamos en buena posición para reprenderle, una fantasía descabellada que no es ni buena ni sensata.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 71). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 22 | Juan 1 | Job 40 | 2 Corintios 10

11 MARZO

Éxodo 22 | Juan 1 | Job 40 | 2 Corintios 10

Dios da a Job la oportunidad de responder hacia la mitad de su largo discurso. Tras una pregunta retórica (“¿Corregirá al Todopoderoso quien contra él contiende?”), Dios dice: “¡Que le responda a Dios quien se atreve a acusarlo!” (Job 40:2).

Resulta vital para la comprensión de este libro no malinterpretar esta exhortación. Dios no está retirando a Job su estima inicial (1:1, 8). Incluso bajo el terrible hostigamiento de Satanás y los tres “miserables consoladores “, la integridad fundamental de Job y su lealtad básica al Todopoderoso no se han debilitado. No ha seguido el consejo de su mujer, que le insta a maldecir a Dios y morir, ni el de sus amigos, que le dicen simplemente que reconozca estar sufriendo debido a sus pecados no confesados, por lo que debe arrepentirse. Sin embargo, ha estado a punto de culpar a Dios por sus sufrimientos, o mejor dicho, ha insistido en pedir audiencia ante el Señor para justificarse. Implícitamente, y en ocasiones de forma explícita, Job ha acusado a Dios de ser injusto o de estar tan lejos que los justos y los impíos parecen abocados al mismo destino. En sus mejores momentos, Job se aparta de su retórica menos contenida, pero siente que, como mínimo, Dios le debe una explicación.

Sin embargo, ahora el Señor está diciendo que quien quiera “contender” con él, debatir algún asunto, no debe comenzar dando por hecho que Dios está cometiendo un error, ni acusar al Todopoderoso de no hacer bien las cosas. Ese ha sido el sentido de las preguntas retóricas (caps. 38–39): Job no tiene el conocimiento ni el poder necesarios para resistir el juicio de Dios.

Llegados a este punto, parece que Job ha aprendido la lección: “¿Qué puedo responderte, si soy tan indigno? ¡Me tapo la boca con la mano! Hablé una vez, y no voy a responder; hablé otra vez, y no voy a insistir” (40:4–5). No obstante, surge una pregunta: ¿está Job verdaderamente convencido de su equivocación? ¿Cree realmente ahora que, por muy justo que haya podido ser, no tiene derecho a hablar así a Dios? ¿O simplemente, como hombre piadoso que es, se ha visto obligado a conformarse?

Dios no quiere correr riesgos: presenta a Job dos capítulos más de preguntas retóricas. Una vez le dice que “se prepare”, y después comienza: “¿Vas acaso a invalidar mi justicia? ¿Me harás quedar mal para que tú quedes bien?” (40:8). Es como si el Señor quisiese algo más de él, algo que Job sólo reconoce en el último capítulo del relato.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 70). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 21 | Lucas 24 | Job 39 | 2 Corintios 9

10 MARZO

Éxodo 21 | Lucas 24 | Job 39 | 2 Corintios 9

La meditación del 20 de septiembre en el volumen 1 incide en 2 Corintios 9. Sin embargo, quiero volver a detenerme en este pasaje.

No es necesario repasar la exhortación que Pablo expresa con tanto cuidado a los cristianos de Corinto, de que tuviesen preparado para él el dinero que prometieron enviar a los pobres de Jerusalén (caps. 8–9). Hoy nos centraremos en el vínculo existente entre la misma y el Evangelio.

En el capítulo 8, Pablo recuerda el ejemplo de Cristo, que se entregó en sacrificio: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de vosotros se hizo pobre, para que mediante su pobreza vosotros llegarais a ser ricos” (8:9). Aquí, en el 9, Pablo dice que si los corintios cumplen lo prometido, los creyentes “alabarán a Dios por la obediencia con que vosotros acompañáis la confesión del evangelio de Cristo, y por vuestra generosa solidaridad” (9:13, cursivas añadidas). En cualquier caso, Pablo nunca deja que los cristianos olviden que todas nuestras ofrendas no son sino un minúsculo reflejo del “don inefable” de Dios (9:15), que, por supuesto, se encuentra en la raíz del Evangelio.

Gran parte de la ética cristiana básica está vinculada de una forma u otra al Evangelio. Cuando los maridos necesitan enseñanza acerca de cómo tratar a su esposa, el apóstol no presenta una terapia matrimonial especial ni apela a una experiencia mística. Más bien, fundamenta la conducta en el Evangelio: “Esposos, amad a vuestras esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella” (Efesios 5:25). Si buscamos madurez, tengamos cuidado de cualquier enfoque “más profundo” de la vida, que pase por alto el Evangelio, porque Pablo escribe: “Por eso, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús como Señor, vivid ahora en él, arraigados y edificados en él, confirmados en la fe como se os enseñó, y llenos de gratitud” (Colosenses 2:6–7). Por supuesto que existe una “vida más profunda” en el sentido de que se exhorta a los cristianos a seguir luchando por conformarse cada vez más a Cristo Jesús y no estancarse en el estado presente de obediencia (por ejemplo, Filipenses 3). No obstante, este hecho no llama a recurrir a nada que se aparte del Evangelio o le añada algo.

Debemos evitar la tendencia a creer que, mientras el Evangelio suministra una especie de billete para escapar del juicio y el infierno, el verdadero poder transformador de vidas proviene de otra fuente, una doctrina esotérica, una experiencia mística, una técnica terapéutica, un curso de discipulado. Esta visión del Evangelio sería muy limitada y, lo que es peor, acaba relativizándolo y marginándolo, despojándolo de su poder mientras dirige la atención de las personas lejos de él y hacia algo menos útil.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 69). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 20 | Lucas 23 | Job 38 | 2 Corintios 8

9 MARZO

Éxodo 20 | Lucas 23 | Job 38 | 2 Corintios 8

Nos acercamos al final de la historia y Dios se dirige directamente a Job por primera vez (Job 38); lo seguirá haciendo hasta el capítulo 41. En 1 Reyes 19, Dios habla a Elías con voz apacible y delicada; aquí, lo hace desde un torbellino (38:1), porque quiere que incluso su forma de comunicación y el escenario corroboren los profundos conceptos que quiere dejar claros.

Las primeras palabras de Dios son aterradoras: “¿Quién es este, que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo te preguntaré, y tú me responderás” (38:2–3). Esta salva inicial puede llevar a los incautos a pensar que Dios está principalmente disgustado con Job, y que los tres miserables amigos se han regodeado bastante. Sin embargo, como relato que va pasando de una perspectiva a otra, el libro no ha acabado aún. Después de todo, el primer capítulo recoge la gran estima que Dios tenía por Job, y no hay nada en estos últimos que modifique este hecho. Además, ya hemos llamado la atención sobre 42:7, donde el Señor dice estar enfadado con los tres amigos (algo que nunca dice de Job), porque estos no hablaron de él de la forma apropiada (algo que Job, el siervo de Dios, sí hizo). El terrible desafío del Todopoderoso a Job en estos cuatro capítulos debe colocarse en el marco más amplio del libro, si queremos captar su sentido en su totalidad.

Job ha dicho repetidas veces que desea cuestionar a Dios. Ahora es el Señor quien lo hará (38:3). No obstante, la naturaleza del bombardeo de preguntas retóricas que Dios lanza en estos capítulos no es precisamente la de las que Job quiere plantear. Él quiere hablar de sus propios sufrimientos, de la justicia de los mismos, del papel de Dios aprobándolos. Quiere hacerlo sobre todo porque desea mantener su reputación de integridad y justicia. Sin embargo, las preguntas del Señor se centran en una escena mayor. En otras palabras, le está diciendo: “Job, ¿estabas tú presente al principio de la creación? ¿Posees un conocimiento profundo del mundo entero, no digamos ya de los cielos? ¿Controlas el curso de las constelaciones, como las Pléyades u Orión? ¿Fuiste tú quien creó la mente humana, de forma que puedes explicar cómo funciona? ¿Ejerce tu palabra el tipo de influencia providencial que da de comer a los cuervos hambrientos o a la leona que sale a cazar?”.

Por una parte, por supuesto, esta contestación no responde a todas las preguntas que Job estaba haciendo. Por otra, sí lo hace. Advierte a Job de que su capacidad de entender es más limitada de lo que cree. Nos prepara para la conclusión de que Dios quiere algo más de nosotros que un simple entendimiento.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 68–69). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Éxodo 19 | Lucas 22 | Job 37 | 2 Corintios 7

8 MARZO

Éxodo 19 | Lucas 22 | Job 37 | 2 Corintios 7

Algunas personas presentan a Pablo como un frío intelectual. ¿Por qué se relacionan estas dos palabras? No estoy seguro, pero ciertamente no encajan con el apóstol. Es obvio que Dios dotó a Pablo de una mente privilegiada, pero también era un hombre que hacía gala de una intensidad apasionada.

En 2 Corintios 7, Pablo declara que su gozo se desborda (7:4) a consecuencia de algunas noticias relativas a los corintios recibidas cuando fue a Macedonia. En su primera visita allí, no había tenido descanso, sino que fue “acosado por todas partes; conflictos por fuera, temores por dentro” (7:5). Sin embargo, sus miedos y dificultades se convirtieron en gozo cuando recibió las buenas noticias acerca de los corintios.

¿Qué provocó esta drástica transformación en la perspectiva del apóstol?

(1) Fuese cual fuese su mecanismo, Pablo reconoce que el motor de la transformación fue Dios, “que consuela a los abatidos” (7:6). En este caso, el Señor consoló al apóstol llevando a Tito a su lado, con algunas noticias de los corintios.

(2) Tito informó a Pablo de que los corintios habían recuperado su equilibrio, después de la reprensión del apóstol en su anterior visita y la dolorosa carta que este envió después. Ahora, anhelaban verle y expresaban “honda preocupación” por él (7:7). Tito trajo las noticias de que el dolor provocado por la misiva de Pablo se había vuelto “tristeza que proviene de Dios” porque había llevado al arrepentimiento (7:8–10); este dolor que genera arrepentimiento “que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte” (7:10). Esta reacción de los corintios llenó a Pablo de gozo y aliento.

Todo esto indica, por supuesto, que Pablo está involucrado íntimamente en la vida de las personas a las que ministra. Sus propias emociones oscilan en función de sus relaciones con ellas. No obstante, tenemos que destacar que el apóstol no cae en dos trampas muy comunes. (a) Evita el tipo de distancia profesional que proyectan algunos ministros como escudo protector. (b) Aunque sus propios gozos y penas están claramente vinculados a lo que los cristianos corintios piensan de él, este vínculo no es principalmente personal. Cuando se da este caso, el ministro pierde su voz profética, diciendo y haciendo sólo lo que cree que mantendrá el afecto de su rebaño. Pablo se siente obligado a reprender a los corintios, en persona y por carta; no elude esa responsabilidad. Así pues, está gozoso por haberlos recuperado para sí y porque vuelven a ser fieles al Evangelio, la raíz de su deleite ilimitado.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 67). Barcelona: Publicaciones Andamio.