¡Ayuda!

17 MAYO

Números 26 | Salmo 69 | Isaías 16 | 1 Pedro 4

A un nivel, en el Salmo 69 tenemos a un salmista que derrama su corazón delante de Dios, suplicando ayuda mientras se enfrenta a unas presiones y a unos adversarios extraordinarios. Posiblemente no podamos reconstruir todas las circunstancias que aquí se presentan de manera poética, pero nos consta que David ha sido traicionado por gente próxima a él, y su angustia resulta palpable.

A otro nivel, el salmo es un repertorio riquísimo de textos que encontramos citados o parafraseados en el Nuevo Testamento: “Más que los cabellos de mi cabeza son los que me odian sin motivo” (69:4, ver Juan 15:25); “Soy como un extraño para mis hermanos; soy un extranjero para los hijos de mi madre.” (69:8, ver Juan 7:5); “El celo por tu casa me consume” (69:9, ver Juan 2:17); “sobre mí han recaído los insultos de tus detractores.” (69:9, ver Romanos 15:3); “Pero yo, Señor, te imploro en el tiempo de tu buena voluntad. Por tu gran amor, oh Dios, respóndeme.” (69:13, ver Isaías 49:8, 2 Corintios 6:2); “para calmar mi sed me dieron vinagre.” (69:21, ver Mateo 27:48; Marcos 15:36; Lucas 23:36); “Y en mi sed me dieron a beber vinagre” (69:21; ver Mateo 27:34; Marcos 15:23; Juan 19:28–30); “Quédense desiertos sus campamentos, y deshabitadas sus tiendas de campaña” (69:25; ver Mateo 23:38; Hechos 1:20); “Y no sean escritos entre los justos.” (69:28, ver Lucas 10:20).

Por la concentración de citas y de alusiones procedentes de un solo capítulo, este salmo es remarcable. Por supuesto que no se trata de la misma clase de referencias en todos los casos, y en esta breve reflexión no es posible indagar en todas ellas. Pero varias de ellas encajan dentro de un mismo patrón importante. Es un salmo escrito por David. (No hay buena razón para dudar de esta atribución a partir del título del salmo.) David no es sólo el cabeza de la dinastía que desemboca en “el hijo más grande del gran David” (como dice el himno), pero en muchos aspectos David resulta ser un modelo para el rey venidero, una especie de patrón, o un tipo, si se prefiere.

Es así como razonan los escritores del Nuevo Testamento. Es suficientemente fácil demostrar que este razonamiento está bien fundado. Aquí es suficiente entrever algo del resultado. Si el Rey David podía soportar el desprecio en nombre de Dios (69:7), ¡cuánto más este Rey último, quien sin lugar a dudas sufre el rechazo de sus hermanos en nombre de Dios (69:8). Si David tiene celo por la casa de Dios, ¿Cómo no podrían los discípulos de Jesús ver en la limpieza del templo y las frases que pronuncia en aquella ocasión algo de su propio celo (Juan 2:17)? De hecho, en las mentes de los escritores del Nuevo Testamento, estos pasajes encajan con el tema del “Siervo sufriente” que aparece también en Isaías, y que aquí se asocia con el Rey David, y con su último heredero y Señor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 137). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Balac & Balán

16 MAYO

Números 25 | Salmo 68 | Isaías 15 | 1 Pedro 3

Hay más de una manera de derrotar al pueblo de Dios.

Balac quería que Balán maldijese a los israelitas (Números 22–24). Bajo la amenaza del juicio divino, Balán se mantuvo firme y proclamó sólo aquello que Dios le reveló. Pero aquí en Números 25 descubrimos una táctica diferente. Algunas de las mujeres moabitas invitaron a algunos de los hombres israelitas a visitarlas. Algunas de estas visitas eran para asistir a festivales y sacrificios a sus dioses. Nacieron relaciones entre ellos. Al cabo de poco tiempo se inició la inmoralidad sexual y el culto dirigido a estos dioses paganos (25:1–2), en particular al Baal-Peor (25:3). “Y la ira de Dios encendió contra ellos” (25:3).

El resultado es inevitable. Ahora los israelitas se enfrentan no con la ira de los moabitas, sino con la ira del Dios Todopoderoso. Una plaga se extienda por el campamento y mata a 24.000 personas (25:9). Finees recurre a una medida drástica (25:7–8). Si la valoramos a través del prisma del pluralismo actual, e incluso según las medidas de castigo que la iglesia esté autorizada a imponer (p. ej., 1 Corintios 5), la ejecución llevada a cabo por Finees suscitará el horror y harán que se le dirijan acusaciones de actuar con un barbarismo primitivo. Pero si recordamos que bajo la alianza pactada con esta nación teocrática, la sanción que tenía que recibir tanto el adulterio flagrante como la idolatría era la pena capital, y cuando recordamos que Finees, al mostrarse fiel a los términos de la alianza (con la cual todo el pueblo se había comprometido), salvó incontables vidas humanas, puesto que puso fin a la plaga. Por tanto, se mostró más bien movido por principios que por el barbarismo. Sin lugar a dudas, este juicio, por muy severo que pueda parecer, no es nada comparado con el juicio venidero.

Pero quisiera hacer dos observaciones más.

En primer lugar, Moab había encontrado la manera de destruir a Israel al incitarles a cometer actos que conllevasen el juicio de Dios. Israel era fuerte, únicamente porque Dios era fuerte. Si Dios hubiese abandonado la nación, el pueblo sería capaz de muy poco. Según los oráculos de Balán, los israelitas tenían que ser “un pueblo que vive apartado, que no se cuenta entre las naciones” (23:9). El mal que tiene la violación de la ley de Dios en esta ocasión es que ahora parecen querer ser iguales que las naciones paganas.

¿Cuáles son las tentaciones que hoy día inducen a la iglesia de Occidente a una conducta que conduzca inevitablemente al juicio de Dios?

En segundo lugar, ciertos capítulos posteriores nos muestran que no se trataba aquí de los típicos encuentros casuales entre chico y chica, sino de una política oficial que nació de los consejos de Balán (31:16; ver también 2ª Pedro 2:16; Apocalipsis 2:14). Se nos presenta el espectáculo desgraciado de un profeta corrupto que conserva la fidelidad aparente en las grandes ocasiones, y que en secreto ofrece consejos malévolos, especialmente si hay la posibilidad de llevarse alguna ganancia personal.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 136). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Canciones de alabanza

15 MAYO

Canciones de alabanza

Números 24 | Salmos 66–67 | Isaías 14 | 1 Pedro 2

En una época de muchas “canciones de alabanza”, uno diría que en nuestra generación abunda la alabanza. ¿No es evidente que nosotros sabemos mucho más acerca de la alabanza que nuestros pobres padres y abuelos, con sus vestidos oscuros y sus cultos formales y rígidos, cantando sus himnos pasados de moda?

No contribuye nada en absoluto a la claridad de pensamiento en torno a estas cuestiones fijarse sólo en los estereotipos. Pese a las sospechas de algunas personas mayores, no todas las expresiones contemporáneas de la alabanza son frívolas y superficiales; pese a las sospechas de muchos jóvenes, no todas las formas tradicionales de generaciones anteriores a la nuestra deben ser abandonadas a favor de lo inmediato y lo contemporáneo.

Pero hay dos elementos que se expresan en el Salmo 66 de los que se oye muy poco hoy en día, y que deberían ser reincorporados en nuestra alabanza y en nuestra manera de pensar.

El primero se encuentra en Salmo 66:8–12. Aquí el salmista comienza por invitar a los habitantes de la tierra a escuchar al pueblo de Dios mientras le alaban, porque él “él ha protegido nuestra vida, ha evitado que resbalen nuestros pies”. Luego el salmista se dirige a Dios directamente, y menciona el contexto en el cual Dios les ha protegido: “Tú, oh Dios, nos has puesto a prueba; nos has purificado como a la plata. Nos has hecho caer en una red; ¡pesada carga nos has echado a cuestas! Las caballerías nos han aplastado la cabeza; hemos pasado por el fuego y por el agua, pero al fin nos has dado un respiro” (66:10–12).

Esto es asombroso. El salmista agradece a Dios por haber puesto a prueba a su pueblo, por haberles purificado bajo el fuego de alguna circunstancia difícil y por haberles sostenido a través de esta experiencia. Esta es la respuesta que nace de una fe perceptiva y piadosa. No suele proceder de los labios de los que sólo agradecen a Dios cuando se libran de la prueba o se sienten felices.

El segundo enlaza el grito del salmista con la justicia: “Clamé a él con mi boca; lo alabé con mi lengua. Si en mi corazón hubiera yo abrigado maldad, el Señor no me habría escuchado; pero Dios sí me ha escuchado, ha atendido a la voz de mi plegaria” (66:17–19). Esto no quiere decir que el Señor nos escucha porque hayamos merecido su favor debido a alguna hazaña de justicia. Más bien nos escucha por el hecho de haber entrado en una relación personal con Dios según los términos de la alianza, le debemos nuestra lealtad, nuestra fe y nuestra obediencia. Si en lugar de esto, nutrimos el pecado en nuestro ser interior, y luego acudimos a Dios para que nos ayude, ¿Por qué no nos tendría que contestar con el juicio y el castigo que tan urgentemente merecemos? Es posible que simplemente se retire y permita que el pecado siga su curso nefasto.

Nuestra generación necesita desesperadamente enlazar la alabanza con la justicia, el culto con la obediencia, y la respuesta de Dios con tener un corazón limpio.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 135). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Nunca te rebajes hasta el punto de comerciar con la palabra de Dios

13 MAYO

Nunca te rebajes hasta el punto de comerciar con la palabra de Dios

Números 22 | Salmos 62–63 | Isaías 11–12 | Santiago 5

Recientemente recibí una llamada de alguien que quería contratarme como su teólogo particular. De modo que, en caso de que me escribiera o llamase, yo, tendría que responder a las preguntas que tuviese.

No llegué a preguntarle en qué cifra de dinero había pensado. Tampoco quiero cuestionar su motivación: es posible que quisiese ayudarme, o incluso honrarme o quizá simplemente quería pagarme un servicio prestado. Pero sabiendo con qué facilidad mis propias motivaciones se pueden corromper, le dije que de ninguna manera podía entrar en un arreglo de esta clase. Los predicadores no deberían considerarse como asalariados. Más bien, están siendo sostenidos por el pueblo de Dios a fin de que puedan estar libres para servir. Si me escribía, haría lo que pudiese para responder a sus preguntas, con los mismos criterios que aplico para decidir si responder o no a las numerosas preguntas que recibo cada año.

Números 22 comienza con el relato de Balán. Su vida de altibajos tiene mucho que enseñarnos, pero la lección que se destaca en el primer capítulo es el peligro que existe para un predicador o un profeta de sacrificar su independencia en el altar de la prosperidad material. Tarde o temprano el amor al dinero corromperá su ministerio.

El hecho de que Balán era profeta de Dios demuestra que seguía habiendo personas que retenían ciertos conocimientos acerca del único Dios verdadero. El llamamiento de Abraham y el nacimiento del pueblo de Israel no significan que no hubiese otros que también conociesen al único Creador soberano: otro ejemplo es Melquisedec (Gen 14). Además, Balán, parece que poseía un don profético de origen sobrenatural: a veces pronunciaba oráculos que realmente procedían de Dios mismo. Era suficientemente consciente de su don misterioso como para comprender que no era algo que pudiese manipular, y que si se trataba de un oráculo divino auténtico, él mismo no podía controlar el contenido. Sólo podía proclamar lo que Dios le mandaba decir.

Pero esto no impidió que codiciase la oferta de dinero por parte de Balac. A ojos de Balac, Balán era una especie de mago o hechicero, semejante a un practicante del vudú, alguien que viniese y maldijese al pueblo de Israel. Dios le prohíbe con contundencia que fuese con Balaac: Dios relaja la prohibición, permitiéndole que vaya, con la condición de que se limite a hacer lo que Dios le manda (22:20). Al mismo tiempo, Dios se opone a Balán en juicio, puesto que está motivado por un corazón avaricioso. Sólo la señal milagrosa de la asna que habla le inculca suficiente miedo como para guardar silencio (22:32–39).

Nunca te rebajes hasta el punto de comerciar con la palabra de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 133). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Levantado”


12 MAYO

“Levantado”

Números 21 | Salmos 60–61 | Isaías 10:5–34 | Santiago 4

El breve relato del serpiente de bronce (Números 21:4–9) es probablemente el mejor conocido de todos los relatos de semejante brevedad de todo el Antiguo Testamento, debido al hecho de que Jesús mismo se refiere a él en Juan 3:14–15: “Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.” ¿Qué significa este paralelismo que Jesús señala aquí?

En el relato de Números, se nos dice que mientras el pueblo continúa su itinerario, trazado por Dios, a través del desierto, se volvieron “En el camino se impacientaron y comenzaron a hablar contra Dios y contra Moisés” (21:4–5). Incluso llegan a quejarse por los alimentos que Dios les ha estado dando, la provisión diaria de maná: “¡Ya estamos hartos de esta pésima comida!” (21:5). Como consecuencia, el Señor envía un castigo en forma de serpientes venenosas. Mucha gente muere. Bajo este terrible latigazo, el pueblo confiese su pecado ante Moisés: “Hemos pecado al hablar contra el Señor y contra ti.” (21:7). Suplican a Moisés que interceda a Dios. Dios instruye a Moisés que haga un serpiente de bronce y que la coloque sobre un poste; “todos los que sean mordidos y la miren, vivirán.” (21:8). Por tanto Moisés forja una serpiente de bronce, la coloca sobre un poste, y el resultado es justo el que Dios había ordenado.

Así que tenemos delante a un pueblo ingrato, emitiendo juicios contra Dios por cómo les ha tratado, y cuestionando a su líder. Se enfrentan al juicio de Dios, y la única manera de librarse del juicio es el remedio ordenado por Dios mismo, del cual se benefician simplemente al mirar a la serpiente de bronce.

La situación en la que se encuentra Nicodemo en Juan 3 no es tan diferente. Sus primeras palabras dan a entender que se ve autorizado a emitir juicios sobre Jesús (Juan 3:1–2), mientras de hecho demuestra muy poca compresión de lo que Jesús dice (3:4, 10). El mundo está condenado y perece. Su única esperanza estriba en la provisión que Dios ha hecho – en otra cosa que ha sido levantada encima de un poste, o mejor dicho en otra persona que ha sido levantada en una cruz. Esta es el primer uso del vocablo “levantado” en el evangelio de Juan. A medida que los capítulos del libro se desarrollan, se convierte casi en una expresión técnica de la crucifixión de Jesús. El único remedio, la única salida, de la ira de Dios consiste en mirar la provisión de Dios: Debemos creer en el Hijo del Hombre quien ha sido “levantado”, si vamos a tener vida eterna.

Esta palabra sigue dirigiéndose a nosotros. La murmuración masiva es señal de la incredulidad. Tarde o temprano Dios nos pedirá cuentas. Nuestra única esperanza es mirar a Aquel que fue levantado en un madero.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 132). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Escuchad, rebeldes!

11 MAYO

¡Escuchad, rebeldes!

Números 20 | Salmos 58–59 | Isaías 9:8–10:4 | Santiago 3

Hay pocos pasajes en el Pentateuco que sean menos alentadores, a primera vista, que el desenlace de Números 20:1–13.

No obstante, el relato contiene ciertos elementos sutiles y complejos. Comienza con otra dosis de la murmuración habitual. No obstante, se trata de una necesidad real: el pueblo tiene sed (20:2). Pero en lugar de buscar a Yahvé con una confianza gozosa que intervenga para cubrir la necesidad de su propio pueblo, discuten con Moisés, echándole en cara las mismas acusaciones de siempre: estaban mejor en la esclavitud, su vida actual en el desierto es insoportable, y no ven más allá.

Moisés y Aarón buscan el rostro de Dios. La gloria de Dios se les aparece (20:6). Dios dice explícitamente: “Habla con la roca a vista de ellos; y ella dará su agua…” (20:8). Pero Moisés no puede más. Convoca a la multitud y les dice, “¡Escuchad, rebeldes! ¿Acaso tenemos que sacaros agua de esta roca?” (20:10) – una pregunta retórica que no deja de ser algo presuntuosa. Luego golpea la roca dos veces, y sale agua a cascadas. Pero Dios dice a Moisés y a Aarón, “Por no haber confiado en mí, ni haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no seréis vosotros los que llevéis a esta comunidad a la tierra que les he dado.” (20:12).

Caben tres observaciones:

(1) Dios no dice, “Puesto que no me obedecisteis lo suficientemente …” sino “Puesto que no confiasteis …”. Por supuesto que hubo un acto de desobediencia: Dios les dijo que hablasen, y Moisés golpeó la roca. Pero Dios percibe que el problema es todavía más profundo. El pueblo ha llevado a Moisés a un estado de profundo agotamiento, y Moisés responde desde su agotamiento. Su respuesta no es sólo la de golpear la roca. Es la respuesta de un hombre que, bajo una enorme presión, se ha vuelto amargo y arrogante (¡con lo cual no pretendo decir que cualquiera de nosotros hubiese actuado mejor!). Lo que ha desaparecido es su confianza transparente en Dios: a Dios no le ha honrado como Santo.

(2) Leed el Pentateuco como una unidad: de lo que se trata al final es que Moisés mismo se queda sin poder entrar en la Tierra Prometida. Si leemos los siete primeros libros de la Biblia no podemos por menos que llegar a la conclusión que el antiguo pacto no ha servido para transformar al pueblo. Desde el punto de vista canónico esto es muy importante: La Ley nunca fue suficiente para salvar y transformar.

(3) A la luz de 1ª de Corintios 10:4, un texto que presenta a Cristo como el antetipo de la roca, es difícil no llegar a la conclusión que el motivo por el cual Dios había insistido que la roca fuese golpeada en Éxodo 17:1–7, mientras lo prohíbe aquí, es que percibe aquí la oportunidad de enseñar, mediante este símbolo, una verdad fundamental: la Roca definitiva, de la cual fluyen corrientes de agua viva, debe ser golpeada sólo una vez, no más de una.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 131). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“En Dios confiamos”

10 MAYO

“En Dios confiamos”

Números 19 | Salmos 56–57 | Isaías 8:1–9:7 | Santiago 2

Las monedas americanas llevan las palabras “En Dios confiamos”. En nuestra era pluralista, es razonable que la gente pregunte, “¿Qué Dios?” Aunque la respuesta sea clara que se trata del Dios de la Biblia, sospecho que mucha gente concibe esta confianza en Dios como algo privado y místico. Es inquietante con qué facilidad se piensa en la fe en Dios como una especie de intuición religiosa, una sensibilidad piadosa, con sólo una vaguísima comprensión de lo que esta confianza en Dios realmente implica.

La fe de David no es así. Dos veces en el Salmo 56 su descripción del Dios en quien ha puesto su confianza implícitamente da sustancia al significado de la palabra “confianza”. “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza. Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” (56:3–4). (Énfasis añadido). Y otra vez, “Confío en Dios y alabo su palabra; confío en el SEÑOR y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” (56:10–11).

En ambos pasajes, David comprende que la confianza en Dios es la única solución a su miedo: “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza… confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?” El texto que encabeza e introduce el salmo nos explica que fue escrito poco después de su experiencia horripilante en Gat (1 Samuel 21:10–15). Mientras huía, David se escondió en territorio de los filisteos, y estuvo muy cerca de la muerte. Se libró al fingir que estaba loco. Sin duda había sentido un miedo terrible, y en medio de su miedo había puesto su confianza en Dios, y encontró las fuerzas para realizar una hazaña espectacular que le salvó la vida.

Pero lo que más nos llama la atención en esta confesión de confianza por parte de David es el hecho de que repite una frase. Tres veces habla “de Dios cuya palabra alabaré”. En este contexto la palabra específica que da lugar a esta frase seguramente tiene mucho que ver con la razón por la cual David podía confiar tan plenamente bajo estas condiciones. En cuanto a cuál fue esta “palabra”, el candidato más probable es la promesa divina que recibiría el reino y que sería establecido como cabeza de una dinastía. Sus circunstancias actuales son tan nefastas que la incredulidad parecería más justificada que la confianza. Pero David confía en “el Señor, cuya palabra alabaré”.

Lo que necesitamos es confianza en el Dios que habla, una fe en Dios que esté firmemente fundada en lo que este Dios que habla ha dicho. Luego, en medio de las circunstancias más deplorables, podemos encontrar un descanso profundo en el Dios que permanece fiel a su palabra. Cae por su peso que una fe así está fundada en las palabras reveladas de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 130). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Vamos a morir!

9 MAYO

¡Vamos a morir!

Números 17–18 | Salmo 55 | Isaías 7 | Santiago 1

A un nivel, el relato conciso que nos ofrece Números 17 concluye la serie de episodios de rebelión del capítulo anterior. Dios quiere poner fin a la murmuración continua de los israelitas cuando desafían la autoridad sacerdotal de Aarón (17:5). De modo que Moisés toma el bastón del líder ancestral de cada tribu, lo identifica cuidadosamente y lo coloca, tal como se le da, en el Tabernáculo, “La Tienda del Pacto”. Dios declara, por adelantado, que el bastón del hombre a quien él escoge florecerá.

Moisés hace lo que se le manda. La mañana siguiente va a recoger los doce bastones. Únicamente el bastón que pertenece a Aarón ha florecido – de hecho, ha reverdecido, ha florecido y ha producido almendras. Por decreto divino, el bastón se conserva para la posteridad. En cuanto a los israelitas, se dan cuenta que su rebelión no es sólo contra Aarón y Moisés sino contra el Dios viviente. Ahora gritan: “¡Estamos perdidos, totalmente perdidos! ¡Vamos a morir!…” (17:12–13).

¿Qué significa este relato?

(1) La respuesta de los israelitas es buena en parte, pero sigue siendo horriblemente deficiente. Es buena en el sentido que este suceso les lleva, por ahora al menos, a comprender que no es sólo contra Moisés y Aarón que se han rebelado, sino contra el Dios viviente. El temor de Dios puede ser bueno. Pero en este caso parece más bien el miedo paralizante de los que no conocen a Dios. Tienen miedo de ser destruidos, pero este miedo no induce en ellos una mayor devoción a Dios. En Números 20 y 21, el pueblo de nuevo se queja y murmura: la señal milagrosa del bastón que floreció no produjo ninguna convicción duradera. Esto también refleja la realidad de manera espantosa: la iglesia cuenta con una larga historia de avivamientos poderosos cuyos resultados se han disipado y cuyo legado ha acabado por prostituirse al cabo de poco tiempo.

(2) Deberíamos preguntarnos por qué Dios da tanta importancia al hecho de que sólo el sumo sacerdote designado puede realizar las funciones sacerdotales. No debemos sacar la conclusión que es así como hay que tratar a todos los líderes cristianos. Dentro del marco canónico, hay mucho más en juego en el relato del bastón de Aarón que floreció. De lo que se trata es que sólo el sumo sacerdote designado por Dios es aceptable a Dios para ejercer el oficio sacerdotal. Cómo se explica con claridad al comienzo de Números 18, sólo Aarón y sus hijos se expondrán “a las consecuencias de ejercer el sacerdocio”. El Nuevo Testamento insiste en ello: “Nadie ocupa este cargo por iniciativa propia; más bien, lo ocupa el que es llamado por Dios, como sucedió con Aarón” (Hebreos 5:4). Así también Cristo (Hebreo 5:5). Sólo sirve el sacerdote designado por Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 129). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Rebelión!

8 MAYO

Números 16 | Salmo 52–54 | Isaías 6 | Hebreos 13

Siguen dos episodios de rebelión que ensucian la historia del pueblo de Israel en el desierto (Números 16).

El primero de ellos es el complot organizado por Coré, Datán y Abiram. Fomentan un espíritu de descontento no entre los menos destacados, sino entre los líderes de la comunidad, unos 250 de ellos. La crítica que dirigen a Moisés es doble: (a) Creen que ha asumido demasiada autoridad: “toda la comunidad es santa, lo mismo que sus miembros, y el Señor está en medio de ellos” (16:3). Moisés no tiene ningún derecho de colocarse por encima de “la comunidad del Señor” (16:3). (b) El ministerio de Moisés queda tan comprometido por sus fracasos que ya no se puede confiar en él. Los había sacado de “una tierra donde abundan la leche y la miel” (16:13), prometiéndoles mucho, pero conduciéndoles finalmente al desierto. Por tanto, ¿Qué derecho tiene de “enseñorearse sobre el pueblo”?

Este razonamiento gozaría de cierta credibilidad entre los que centraban su atención en sus adversidades, los que cuestionaban cualquier autoridad, las que tenían poca memoria de cómo habían sido rescatados de Egipto, los que menospreciaban todo lo que Dios les había cuidadosamente revelado, las que se veían influenciados por la retórica fácil pero que tenían en poco sus promesas de la alianza. Son numerosos sus descendientes hoy en día. En el nombre del “sacerdocio de todos los creyentes” y de la importante verdad que la comunidad cristiana en su totalidad es santa, se han dejado de lado otras cosas ciertas que Dios dijo acerca de los líderes cristianos. Detrás de muchas de las reivindicaciones a favor de la justicia a menudo se esconde ni más ni menos que la codicia del poder, alimentada por el resentimiento.

Por supuesto, no todos los líderes de la iglesia cristiana merecen ser tratados con la misma deferencia: algunos de ellos son trepas, motivados únicamente por sus propios intereses, de los cuales la iglesia tiene la obligación de deshacerse (p. ej.,: 2 Corintios 10–13). No se castiga a todos los que protestan con el mismo juicio que cayó sobre Coré y sus amigos: algunos, como Lutero y Calvino, como Whitefield y Wesley, y como Pablo y Amós en épocas anteriores, son reformadores genuinos. Pero en una era como la nuestra, caracterizada por la hostilidad hacia la autoridad, uno siempre debe asegurarse de que la conducta de los supuestos reformadores está siendo determinada por un auténtico compromiso con las palabras de Dios, en lugar de brotar de una manipulación de estas palabras a fin de perseguir los intereses propios y personales.

En la segunda rebelión, la comunidad israelita en su totalidad (16:14), nutrida por unos resentimientos patéticos, murmura contra Moisés y Aarón, acusándoles de haber matado a los rebeldes del día anterior – como si ellos pudiesen abrir la tierra bajo los pies de estas personas y hacer que desaparezcan. Miles de ellos perecen porque el pueblo en su conjunto aun no ha comprendido la santidad de Dios, la exclusividad de sus reivindicaciones, la inevitabilidad de su ira contra los rebeldes, su justa negación a que se le trate con desprecio.

¿Por qué tendría que ser menos severo el juicio de Dios contra nuestra generación?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 128). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La culpa. ¡Qué carga más horrorosa!

7 MAYO

Números 15 | Salmo 51 | Isaías 5 | Hebreos 12

La culpa. ¡Qué carga más horrorosa!

Hay gente que se carga con un peso tremendo de culpa subjetiva – es decir, de culpa sentida – cuando en realidad no se trata de ninguna culpa real. Es mucho peor la condición de aquellos que llevan una carga enorme de culpa objetiva – es decir, son realmente culpables de un pecado odioso a ojos del Dios viviente – y están tan endurecidos que no se dan cuenta de ello.

El texto que encabeza e introduce el Salmo 51 revela que cuando David lo escribe reconoce conscientemente, una carga tanto de culpa subjetiva como objetiva. Objetivamente ha cometido adulterio con Betsabé y se las ha arreglado para que Urías, su marido, muera; subjetivamente, la parábola narrada por Natán (2 Samuel 12; ver la meditación para setiembre 16) ha taladrado la conciencia de David, haciendo que se dé cuenta de la enormidad de su pecado, de modo que escribe desde su vergüenza.

(1) David confiesa su pecado y suplica la misericordia de Dios (51:1–2). No se percibe eco alguno del reclamo de la vindicación que encontramos en algunos de los salmos anteriores. Cuando somos culpables y sabemos que lo somos, no hay otro camino posible, y sólo este camino nos lleva allí donde debemos estar.

(2) David reconoce francamente que en primer lugar a quien ha ofendido es a Dios mismo (51:4), no a Urías, ni a Betsabé, ni al niño concebido, ni siquiera al pueblo de la alianza que llevan parte del castigo. Dios establece el listón. Cuando lo transgredimos estamos desafiando a Dios. Además, David sabe que ocupa el trono por el ejercicio de la pura gracia de Dios, quien lo escogió. Traicionar el pacto, desde una posición de la confianza otorgada por Dios mismo es doblemente deplorable.

(3) David es suficientemente honesto como para reconocer que esta letanía de pecados, por horribles que sean de por sí, no se puede mirar aisladamente. Es una manifestación de lo que hay en el corazón, de la naturaleza que heredamos de nuestros padres. No hay remedio posible que nos limpie interiormente, si no se nos concede un corazón puro y un espíritu de rectitud (51:5–6, 10).

(4) Para David no se trata de un proceso meramente cerebral o fríamente teológico. La culpa objetiva, y el reconocimiento subjetivo de la misma, se combinan para producir en él una profunda opresión de espíritu: sus huesos están quebrantados (51:8), no se puede librar del terrible peso omnipresente de su propio pecado (51:3), y el gozo de su salvación se ha desvanecido (51:12). La honestidad transparente y la pasión de la oración de David revelan que no tiene ninguna intención de refugiarse en una ligera limpieza o un ritual formalista.

(5) David reconoce el valor testimonial de ser perdonado, y usa esto como argumento ante Dios para que el perdón se le conceda (51:12–15). Implícitamente esto es ni más sin menos que una apelación a la gloria de Dios.

(6) Aunque está inmerso en el sistema sacrificial del sistema de la alianza de Moisés, sin embargo David adopta unos principios más profundos que estos. Los sacrificios prescritos no significan nada sin el sacrificio de un espíritu quebrantado, un “corazón quebrantado y arrepentido” (51:16–19).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 127). Barcelona: Publicaciones Andamio.