Canciones de alabanza

15 MAYO

Canciones de alabanza

Números 24 | Salmos 66–67 | Isaías 14 | 1 Pedro 2

En una época de muchas “canciones de alabanza”, uno diría que en nuestra generación abunda la alabanza. ¿No es evidente que nosotros sabemos mucho más acerca de la alabanza que nuestros pobres padres y abuelos, con sus vestidos oscuros y sus cultos formales y rígidos, cantando sus himnos pasados de moda?

No contribuye nada en absoluto a la claridad de pensamiento en torno a estas cuestiones fijarse sólo en los estereotipos. Pese a las sospechas de algunas personas mayores, no todas las expresiones contemporáneas de la alabanza son frívolas y superficiales; pese a las sospechas de muchos jóvenes, no todas las formas tradicionales de generaciones anteriores a la nuestra deben ser abandonadas a favor de lo inmediato y lo contemporáneo.

Pero hay dos elementos que se expresan en el Salmo 66 de los que se oye muy poco hoy en día, y que deberían ser reincorporados en nuestra alabanza y en nuestra manera de pensar.

El primero se encuentra en Salmo 66:8–12. Aquí el salmista comienza por invitar a los habitantes de la tierra a escuchar al pueblo de Dios mientras le alaban, porque él “él ha protegido nuestra vida, ha evitado que resbalen nuestros pies”. Luego el salmista se dirige a Dios directamente, y menciona el contexto en el cual Dios les ha protegido: “Tú, oh Dios, nos has puesto a prueba; nos has purificado como a la plata. Nos has hecho caer en una red; ¡pesada carga nos has echado a cuestas! Las caballerías nos han aplastado la cabeza; hemos pasado por el fuego y por el agua, pero al fin nos has dado un respiro” (66:10–12).

Esto es asombroso. El salmista agradece a Dios por haber puesto a prueba a su pueblo, por haberles purificado bajo el fuego de alguna circunstancia difícil y por haberles sostenido a través de esta experiencia. Esta es la respuesta que nace de una fe perceptiva y piadosa. No suele proceder de los labios de los que sólo agradecen a Dios cuando se libran de la prueba o se sienten felices.

El segundo enlaza el grito del salmista con la justicia: “Clamé a él con mi boca; lo alabé con mi lengua. Si en mi corazón hubiera yo abrigado maldad, el Señor no me habría escuchado; pero Dios sí me ha escuchado, ha atendido a la voz de mi plegaria” (66:17–19). Esto no quiere decir que el Señor nos escucha porque hayamos merecido su favor debido a alguna hazaña de justicia. Más bien nos escucha por el hecho de haber entrado en una relación personal con Dios según los términos de la alianza, le debemos nuestra lealtad, nuestra fe y nuestra obediencia. Si en lugar de esto, nutrimos el pecado en nuestro ser interior, y luego acudimos a Dios para que nos ayude, ¿Por qué no nos tendría que contestar con el juicio y el castigo que tan urgentemente merecemos? Es posible que simplemente se retire y permita que el pecado siga su curso nefasto.

Nuestra generación necesita desesperadamente enlazar la alabanza con la justicia, el culto con la obediencia, y la respuesta de Dios con tener un corazón limpio.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 135). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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