Un buen guía en las montañas

Un buen guía en las montañas

5/18/2017

Por tanto, os ruego que me imitéis. (1 Corintios 4:16)

Como todos los cristianos son imperfectos, necesitamos el ejemplo de alguien que también sea imperfecto, pero que sepa cómo resolver la imperfección. Tal vez sirva esta ilustración. Supongamos que decido participar en una peligrosa expedición de alpinismo. Un helicóptero deja caer a un guía en la cumbre de la montaña, y este mira hacia abajo y me dice: “Esta es la cumbre. Sube hasta aquí; este es el lugar donde quieres estar”. Este guía no sería de tanta ayuda como alguien que vaya subiendo delante de mí y me diga: “Sígueme. Conozco el camino hacia la cumbre”.

Cristo nos muestra la meta que debemos alcanzar, pero también necesitamos a alguien que sea ejemplo del proceso de alcanzar la meta. Solo venciendo el pecado podemos ser más semejantes a Cristo, de modo que necesitamos hallar a otro cristiano que también esté luchando para vencer el pecado. Un ejemplo humano y espiritual puede mostrarle cómo afrontar todas las consecuencias de nuestra condición pecaminosa. Comience a buscar y a seguir a un guía espiritual.

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«Después…»

18 de mayo

«Después…»

Hebreos 12:11

¡Cuán felices son los cristianos «después»! No hay calma más profunda que aquella que sigue a una tormenta. ¿Quién no se ha regocijado por el claro resplandor que sigue a la lluvia? Los banquetes de la victoria son para los soldados que han luchado bien. Después de matar al león, nos comemos la miel; después de escalar el Collado de la Dificultad nos sentamos en el cenador a descansar. Después de atravesar el Valle de la Humillación, después de luchar contra Apolión, aparece la claridad con la rama sanadora del árbol de la vida. Nuestras aflicciones, a semejanza de las quillas de las naves, dejan «después» una plateada estela de luz santa detrás de sí. Esta es la paz: la dulce y profunda paz que siguió a esa horrible inquietud que reinaba en otro tiempo en nuestras atormentadas y culpables almas. ¡Mira, pues, la dichosa posición del cristiano! Él obtiene sus mejores cosas al final; por eso recibe primero en este mundo lo peor de sus cosas. Pero aun sus cosas peores son, «después», cosas buenas: la dura labranza trae alegres cosechas. Aun ahora el cristiano se enriquece con sus pérdidas, se levanta con sus caídas, vive por la muerte y se llena vaciándose. Si sus penosas aflicciones le rinden tan plácidos frutos en esta vida, ¿cómo será la completa vendimia de gozo que obtendrá «después» en el Cielo? Si sus noches oscuras son tan claras como los días del mundo, ¿cómo serán sus propios días? Si la luz de sus estrellas es más brillante que la del sol, ¿cómo será la luz de su sol? Si es capaz de cantar en un calabozo, ¿cuán melodiosamente cantará en el Cielo? Si puede alabar al Señor en el fuego, ¿cómo le ensalzará delante del trono del Eterno? Si la aflicción le es ahora buena, ¿qué será para él «después» la sobreabundante bondad de Dios? ¡Oh bendito «después»! ¿Quién no querría ser cristiano? ¿Quién no estaría dispuesto a llevar la presente cruz por la corona que viene después? Sin embargo, he aquí la obra de la paciencia: pues el reposo no es para hoy, ni el triunfo para el presente, sino para «después». Aguarda, querida alma, y deja que la paciencia tenga su obra perfecta.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 147). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“La perla de gran precio”

18 MAYO

“La perla de gran precio”

Números 27 | Salmos 70–71 | Isaías 17–18 | 1 Pedro 5

Muchos cristianos han escuchado testimonios que narran la manera como un hombre o una mujer vivían una vida de futilidad y de degradación flagrante, o cuanto menos una vida de desesperación silenciosa, antes de convertirse. La fe genuina en el Señor luego dio lugar a una revolución interior: vicios empedernidos que desaparecieron, nuevas amistades y nuevos compromisos se establecieron, un nuevo propósito y una nueva orientación; allí donde había desesperación, ahora hay gozo; allí donde reinaban los conflictos, hay paz; allí donde prevalecía la ansiedad, hay al menos cierta medida de serenidad. Y algunos de los que hemos crecido en el seno de un hogar cristiano nos hemos preguntado a veces si no hubiese sido mejor habernos convertido desde algún trasfondo desastroso.

No es así como razona el salmista. “Tú, Soberano Señor, has sido mi esperanza; en ti he confiado desde mi juventud. De ti he dependido desde que nací; del vientre materno me hiciste nacer”. (Salmo 71:5–6) “Tú, oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y aún hoy anuncio todos tus prodigios.” (71:17). De hecho, a causa de este trasfondo, el salmista repasa apaciblemente los años transcurridos desde su juventud, y suplica a Dios la continuación de su gracia hasta su vejez: “No me rechaces cuando llegue a viejo; no me abandones cuando me falten las fuerzas.” (71:9). “Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más te alabaré” (71:14). “Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera, y dé a conocer tus proezas a los que aún no han nacido” (71:18).

Sin lugar a dudas había circunstancias concretas que Dios utilizó para hacer fluir estas palabras de la pluma del salmista. No obstante, la postura que adopta es en sí de mucho provecho. Los más sabios entre los que se han convertido más tarde durante su trayectoria desearían no haber perdido tantos años de su vida. Habiendo encontrado “la perla de gran precio”, lo único que lamentan es no haberla encontrado antes. Y lo que es más importante, los que crecieron en hogares cristianos piadosos están inmersos en las escrituras desde su juventud. Hay numerosos textos en las Escrituras y en su experiencia personal que les recuerda hasta que punto su corazón está inclinado hacia la perversidad; no hace falta que sean sociópatas para descubrir lo que significa la depravación. Estarán suficientemente avergonzados por los pecados que sí han cometido, a pesar de las ventajas de su educación, que, en lugar de desear haber tenido un trasfondo peor, se les cae la cabeza de vergüenza al pensar en lo poco que han aprovechado estas ventajas, y reconocerán que aparte de la gracia de Dios, no hay ni delito ni pecado el cual no pudiesen haber cometido.

Es mejor, con diferencia, estar agradecido por una herencia de piedad, y suplicar a Dios la gracia que nos permita atravesar también la vejez.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 138). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El poder de la debilidad

18 Mayo 2017

El poder de la debilidad
por Charles R. Swindoll

Hechos 18: 1-17

2 Corintios 11:22-28

Pablo seguía adelante tras su objetivo, a través de una increíble serie de dificultades ¿Son ellos hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son descendientes de Abraham? Yo también. ¿Son ellos ministros de Cristo? Yo lo soy con más razón. He trabajado más que ellos. ¡He estado más veces en la cárcel! He sido golpeado innumerables veces. He enfrentado la muerte repetidamente He recibido cinco veces, por parte de los judíos, los 39 azotes reglamentarios. He sido golpeado con vara tres veces. Fui apedreado una vez. He naufragado tres veces. Y he estado 24 horas en alta mar.

En mis viajes, he estado en peligrosos ríos y en constantes inundaciones, he sufrido a manos de asaltantes, de mis propios paisanos y de los paganos. He enfrentado el peligro en las calles de la ciudad, peligros en el desierto, peligros en alta mar y peligro entre falsos cristianos. He conocido el agotamiento, el dolor; las largas vigilias, la sed y el hambre, los ayunos, el frío y la falta de ropa para cobijarme.

Aparte de todos estos problemas externos, tengo la carga diaria de la responsabilidad de todas las iglesias. Por si fuera poco, el Señor me dio un aguijón en la carne.

Esta era la situación de Pablo, y ¿saben una cosa?, el Señor respondió sus desesperadas oraciones de quitarle el aguijón (sea cual haya sido), de la manera más inesperada. Le dijo, simplemente “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad”.

¿Le sorprende todo esto? Usted piensa ¿me está usted diciendo que no tengo que ser superfuerte y soportar cada problema confiando en mis propios recursos? Nada de eso, en absoluto. En realidad, la única manera como usted puede estar calificado para recibir la fortaleza que viene de Dios es admitiendo su debilidad, reconociendo que usted no es capaz ni fuerte, y al igual que Pablo, está dispuesto a gloriarse sólo en su debilidad y en el poder de Dios.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La luz más allá de la luz

MAYO, 18

La luz más allá de la luz

Devocional por John Piper

Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (Colosenses 3:1-2)

Jesucristo es refrescante. Apartarse de él y dejarse llevar por los placeres del ocio sin Cristo hace que el alma se reseque.

Quizás al principio uno se sienta más libre y lo pase mejor al escatimar las oraciones y desatender la lectura de la Palabra. Sin embargo, esto luego tiene su precio: superficialidad, impotencia, vulnerabilidad frente al pecado, preocupación excesiva por nimiedades, relaciones frívolas, y una alarmante pérdida de interés por la adoración y las cosas del Espíritu.

No permitamos que el verano haga que nuestra alma se marchite. Dios nos dio ese tiempo de descanso para que fuera un anticipo del cielo, no un sustituto.

Si el cartero le trae una carta de amor de su prometida, no se enamore del cartero. No nos enamoremos del video de preestreno hasta el punto de volvernos incapaces de amar la realidad que se avecina.

Jesucristo es el refrescante centro del verano. Él tiene la preeminencia por sobre todas las cosas (Colosenses 1:18), incluso sobre las vacaciones, los días de campo, las largas caminatas y las comidas y deportes al aire libre. Él nos hace una invitación: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28).

La pregunta es: ¿es eso lo que queremos? Cristo se nos ofrece a sí mismo en la medida en que nosotros anhelamos ser refrescados en él. «Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón» (Jeremías 29:13).

Lo que Pedro dice al respecto es lo siguiente: «Arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor» (Hechos 3:19). Arrepentirse no solo implica dar la espalda al pecado, sino también volverse al Señor con el corazón abierto, expectante y sumiso.

¿Qué tipo de actitud veraniega es esta? Es la actitud que describe Colosenses 3:1-2: «Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra».

¡La tierra es de Dios! Es un adelanto de la realidad de lo que el verano eterno será donde «la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera» (Apocalipsis 21:23).

El sol de verano es un mero destello de luz en comparación con el que ha de ser el sol: la gloria de Dios. El verano nos permite percibir y demostrar esta realidad. ¿Deseamos tener ojos que ven? Señor, haznos ver la luz más allá de la luz.

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La carta de Cristo

jueves 18 mayo

Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo.

2 Corintios 3:2-3

Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

Juan 11:51-52

La carta de Cristo

Casi todo el mundo ha oído hablar de Jesús, de su bondad, de su humildad, de su abnegación… Los que no creen en él suelen reprochar a los creyentes que no se parecen a él. Es cierto, nosotros los cristianos a menudo somos malos testigos de Cristo. ¡Qué diferencia entre lo que Dios hizo de nosotros, es decir, una carta de Cristo, y lo que mostramos en la vida diaria! Necesitamos volver al Señor, escuchar su palabra y dejarnos formar por su amor.

La vida cristiana diaria es en sí un mensaje. El evangelio se hace visible por la manera en que los creyentes hacen resaltar los caracteres de Dios (amor, luz, santidad…) en su vida, según leemos en Romanos 12: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos… Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (v. 18-20). No seremos carta de Cristo gracias a técnicas de comunicación, sino viviendo cada uno la vida de Cristo. Entonces el perdón, la ayuda mutua y las palabras de ánimo caracterizarán nuestras relaciones con los demás.

El Señor Jesús unió en una misma familia a todos los hijos de Dios. La Iglesia según la Biblia no es una institución, sino el conjunto de todos los que creen en el Señor Jesús. De este conjunto vivo debería brotar un mensaje poderoso de amor, de compasión y de santidad, pues cada creyente tiene a Cristo como Salvador y Señor.

1 Reyes 14 – Marcos 14:26-52 – Salmo 59:8-17 – Proverbios 15:23-24

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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